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Biografía del señor Gabriel Echeverri E.

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BI OGRAFI A DEL SEÑOR

GABRI EL ECHEVERRI

TEODOMI RO LLANO

Nota: Este libro se transcribió exactamente igual al original, respetando la ortografía y la redacción

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DEDICATORIA

¿A quién mejor que á tí, esposa mía, podría yo consagrar estas modestas páginas, escritas al calor del

hogar y bajo tu santa inspiración?

Acógelas con favor: porque, bien ó mal escritas, ellas se encaminan á perpetuar la memoria del que fue

tu padre aquí en la tierra, y es hoy tu compañero en la mansión serena de la eterna bienandanza.

T. LLANO

PROLOGO

Si hubo realmente rasgos de grandeza en el carácter del señor Echeverri, si su nombre debe asociarse

al progreso de medio siglo en Antioquia, si logró levantarse algunos codos sobre el nivel común de sus

conciudadanos, son puntos que dejamos á la consideración del lector que tenga la paciencia de seguirnos

hasta el fin de este Boceto.

Antioquia ha sido fecundo en hombres eminentes en las letras, las armas y la industria; pero muy

contados aquellos á quienes se ha hacho honor póstumo de un relato biográfico, justiciero y completo.

Esta censurable indiferencia en punto que toca á la honra y gloria de la patria, contrasta con el esmero

con que otros pueblos cultos recogen, cual reliquias preciosas, los hechos memorables de sus hijos

esclarecidos. Y así debe ser, no sólo por gratitud y por satisfacer un noble orgullo, sino también por

conveniencia; ya que la vida de los hombres superiores sirve de norma y estímulo y aliento á las

generaciones subsiguientes.

Con las obras del arte y la riqueza creada, dejan los muertos á los vivos dechados de conducta y un

copioso caudal de ciencia y experiencia. Así, enlazándose el pasado y el futuro con el presente, se conserva

la solidaridad de nuestra especie, se desarrolla la vida colectiva, y se facilita la difusión creciente del gusto

artístico, de la ciencia y de la moralidad.

Considerada desde este punto de vista, la muerte de los individuos no es más que un accidente

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sobrevive lo que era verdadero en sus ideas y lo que fue bueno en sus acciones: lo uno y lo otro ha entrado

en el patrimonio común de la familia humana; merced, en parte, á ello mismo, va siendo cada día mayor el

número de hombres capaces de comprender lo primero y de imitar lo segundo.

Y al decir esto, no nos referimos solamente á los pocos hombres que han abierto nuevas sendas á la

actividad humanas, ó llevado la virtud hasta la santidad ó el heroísmo: en más humilde esfera, puede decirse

también que ninguna lección se pierde, y que lo realmente meritorio jamás es fecundo.

La vida menos brillante de los hombres que sin llegar hasta la exelsitud, han hecho el bien en la medida

de sus facultades, en más reducido teatro, es quizá un ejemplo más provechoso, en cuanto está, digámoslo

así, más al alcance de todo el mundo: “ no todos podemos ser grandes, pero todos podemos ser buenos.”

¡Felices los que pueden escribir magistralmente – más felices aún los que pueden imitar- una de esas

vidas, que son como antorchas que la Providencia de cuando en cuando en nuestro camino!

Busquemos en ellas, despojados de envidia y egoísmo, cordiales para los que desfallecen, valor y

esperanza para los que luchan con una suerte contraria, y, para todos, confianza en el poder del trabajo

honrado y en la fecundidad del bien.

Mas no siempre permiten las circunstancias que sean conocidos, cual fuera de desearse, hombres que

han desplegado grandes cualidades, y aun ejecutando acciones heroicas, en posiciones subalternas, o en

empresas de escasa nombradía. La alabanza y gratitud de los pueblos se reserva, de ordinario, para los que

han desempeñado los primeros papeles en la Historia. Raro es un monumento como el que el Gobierno

francés acaba de levantar, a las orillas del Loira, a la memoria de dos ciudadanos cuyos nombres se ignoran,

que solos disputaron, hasta la muerte, el paso de ese río a un ejército alemán. Aun aún la ficción, es rara una

de primer orden, como La guerra y la paz del Conde Tolstoi, en que es un hombre de humilde condición, un

simple soldado, quien enseña cómo se debe vivir y morir. ¡Cuántos de esos héroes oscuros yacerán hoy en

olvidadas sepulturas que no adornan ni una modesta corona de siemprevivas!

Pero en cambio, ¡cuántas afortunadas nulidades a quienes la suerte veleidosa ha levantado hasta las

nubes, aunque en rigor sólo podría decirse de ellas con un poeta francés:

“ Colas est mort de maladie

Tu veux que j´ en pleure le sort

Que diable veux-tu que j´ en die?

Colas vivait est mort!”

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Séanos permitido, antes de empezar nuestra narración, echar una mirada retrospectiva a lo que era

Antioquia, y principalmente Medellín, a fínes del siglo XVIII y a principios del presente.

Introducción obligada en cierto modo. No es posible apreciar bien los hechos y dibujar la fisionomía de

un personaje cualquiera, sin trasladarse con el pensamiento al medio social en que vivió y á la época y lugar

en que se verificaron los sucesos relacionados con él. Las circunstancias de tiempo y lugar imprimen cierto

carácter casi fatal á los hombres y á los acontecimientos.

Pocos son, á la verdad, aun entre los verdaderos genios, los que, levantándose por sobre la atmósfera

de su época, se han adelantado á ésta y vislumbrado el porvenir. Los ha habido, los hay y los habrá; pero

son seres excepcionales que, lejos de infirmar, confirman la regla general.

Por otra parte, ignorando quiénes fueron y qué hicieron nuestros progenitores, ¿cómo saber si hemos

ganado ó perdido con el andar del tiempo, y cómo saber del pasado saludables ejemplos y útiles

enseñanzas?

Es de sentirse que se haya descuidado tanto entre nosotros ese rico filón de las cosas de antaño,

donde habrían podido hacerse valiosos hallazgos. Nosotros lo tocaremos apenas, en lo que se relaciona con

nuestra historia; ya que los estrechos límites de ella no nos permiten ahondarlo.

* * *

Si en el cuadro que vamos á trazar se encuentra uno que otro rasgo ridículo ó grotesco, la culpa no es

nuéstra sino de la naturaleza de las cosas. A fuerza de narradores fieles, tenemos que pintar los hombres y

las cosas como fueron. No está en nuestro poder, ni nos permite nuestro deber, hacer bello lo feo, grande lo

pequeño y noble lo ruin y plebeyo.

En el curso del relato propiamente biográfico, interpolaremos tal cual anécdota relacionada con las

aventuras del señor Echeverri. Son cuentecillos de su propia cosecha con que solía sazonar su charla

animada y sabrosa, en los ratos de vagar, en el seno de la amistad ó en las veladas de familia. En el día y en

el tráfago constante de los negocios era otra cosa: las palabras salían de la boca como contadas, pesadas y

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CAPITULO I

IN ILLO TEMPORE

EXCEPCIÓN hecha de la Gran Bretaña y acaso de la Holanda, ningún país antiguo ni moderno ha sabido

plantear el régimen colonial con recíproco provecho de la población indígena y la adventicia, sobre todo

cuando esta última no ha sido guiada más que por un interés sórdido y cruel, con el único designio de

enriquecerse en el suelo conquistado.

Pruébalo España, que, digan lo que quieran sus admiradores, en más de tres siglos de señorío

absoluto en sus vastos dominios de la India occidental, no quiso, no supo ó no pudo echar siquiera los

fundamentos de futuras nacionalidades, grandes, prósperas y fuertes. Llegarán á serlo acaso, y acaso

empiezan á serlo algunas; pero merced á su propia iniciativa, á sus propios esfuerzos, dirigidos

convenientemente, y al contacto más ó menos activo, más ó menos frecuente con los pueblos civilizados, á

quienes ha abierto de par en par sus puertas y ofrecídoles con buena voluntad dividir con ellos su adversa ó

su próspera fortuna.

A no ser, pues, por la gloriosa obra de su emancipación política, todavía se hallarían marcando el paso

estos fragmentos de la vieja monarquía española, siempre bajo el imperio de un régimen á la vez restrictivo y

absorbente, y siempre sometidos al yugo de preocupaciones absurdas implantadas por la espada y

sostenidas por la costumbre, con la doble sanción de la Iglesia y del Estado.

Pero quédense aparte las consideraciones generales, que á la verdad nos podrían llevar muy lejos, y

concretémonos á Antioquia, en la época á que hemos aludido. ó sea cuando asomaban ya los primeros

destellos de la nueva éra.

¿Qué era entonces este rincón del antiguo Virreinato? Bien poca cosa, por cierto, así en el orden

material como en el moral é intelectual. Esta provincia, como todas sus hermanas, apenas daba señales de

existencia, á causa del estrecho vasallaje y del completo aislamiento en que vivía, bajo la inexorable consigna

de obedecer y callar.

Nada, ó casi nada, de ciencias, artes y oficios: nada, ó casi nada, de vías de comunicación, de industria

y de comercio: nada, ó casi nada, de libertad y garantías individuales. El cuerpo avasallado, la mente

embrutecida; pero en compensación, costumbres más sencillas y más puras, respeto á la propiedad y á la

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contrariedades de la vida, que tanto se han ensanchado y agravado por el febril devaneo y la loca ambición

que hoy nos devoran.

La población de esta provincia, según el historiador Restrepo, no pasaba, en 1808, de 111,000

habitantes, desparramados en un territorio extraordinariamente quebrado y relativamente extenso, cubierto

de selva virgen en sus cuatro quintas partes. Componíase la población de españoles europeos, en su

vigésima parte cuando mucho; el resto, es decir, la masa general, era formada de criollos, indios, negros,

zambos, mulatos y cuarterones.

Los peninsulares constituían la nobleza; los criollos, la clase media, y los demás la canalla. Bien es

verdad que en la nobleza no faltaban algunos majagranzas gellegos, extremeños, asturianos, ó de cualquiera

otro punto de aquellos reinos lejanos, que á duras penas sabían escribir su nombre, que tomaban el camino

de América por el Ceuta, donde debieron ir á purgar sus fechorías. Pero al fin eran ó se titulaban españoles,

y éste era título bastante para ostentar aquel aire insultante de superioridad y de arrogancia linajuda que á

muchos caracterizaba, que los hizo tan aborrecibles, y que, á no dudarlo, fue la causa generadora del

alzamiento general de las colonias contra la Metrópoli.

Fortuna fue, y no poca, que estas comarcas hubiesen sido invadidas solamente por esa nobleza de

dudosa alcurnia, y no por duques, condes y marqueses, ó por caballeros de tantas órdenes civiles, religiosas

y militares como pululaban en España. Aquí, en el Nuevo Reino de Granada, sólo tenemos noticia de un

magnate titulado, que lo fue don Jorge Tadeo Lozano, marqués de San Jorge, que tenía su casa solariega en

Santafé y era señor de inmensas y opulentas tierras de pan llevar. Creemos que en Popayán hubo también

un conde de Casa Valencia.

Pero si, como hubo algunos solamente, hubiera habido centenares ó millares, el carro de la revolución

habría pasado por encima de todos, y los habría reducido al quilate que les diese su valor intrínseco,

haciendo á un lado pergaminos, cruces y cordones.

A CADA CUAL SEGÚN SUS OBRAS: tál es la divisa de la República.

En materia de creencias reinaba la fe del carbonero, y en cuanto á lealtad, la palabra empeñada suplía

al instrumento más solemne. Raro, muy raro, era el uso del papel sellado, y por ende la polilla de las rábulas

era casi desconocida.

Verdad es que la justicia era difícil, y sobre difícil, cara en demasía; pues todo litigio de mediana

importancia tenía que ir en alzada á la Real Audiencia, que tenía su asiento en Santafé. Allí dormían los

negocios años enteros, bien fueran por la pereza ingénita de aquellos eminentísimos letrados (los oidores), ó

bien porque el derecho común de aquel entonces era un maremagnum espantoso, que obligaba á consultar

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Canónico y multitud de pragmáticas y reales órdenes sueltas y resueltas, que acaso no entendía ni el mismo

soberano que las había firmado.

Fuera, pues, por sincero acatamiento al derecho ajeno, ó por miedo á la Justicia, es la verdad que los

pleitos eran raros, y, en consecuencia, la propiedad era efectiva, respetada la honra y muy rara vez turbada

la paz de las familias.

Los odios, persecuciones y venganzas, cortejo obligado de las revoluciones, no habían venido todavía á

envenenar los ánimos, ni á debilitar, y á soltar á veces, los vínculos sociales, ni los más santos aún de la

familia.

Pueblos, hogares é individuos fraternizaban cordialmente, y si por razón de rango, de fortuna ó de

costumbres solía haber algunas discrepancias, no eran éstas tan profundas y enconadas que pasasen de un

mero retraimiento, ó de un poco de arrogancia desdeñosa, que nunca ó rara vez encontraba eco bastante

para formar bandos contrapuestos, sino al extinguirse la Colonia. En las fiestas populares no era raro ver

codeándose al hidalgo flamante con el triste ganapán, ni rozarse la fregona con la dama de veinticinco

alfileres. Era ésta una democracia intermitente, que solía tener lugar á cielo descubierto; pero pasado el

jolgorio, la fregona y el ganapán volvían á ser gente de bronce, y la dama y el hidalgo siempre se quedaban

sus mercedes.

* * *

En achaques de matrimonio, era común todavía la práctica de celebrar enlaces de acomodo y

conveniencia entre adolescentes, sin que ellos se atreviesen á oponer la más pequeña resistencia á la

soberana voluntad de los padres. La primera virtud que éstos sembraban en el corazón de sus hijos era la

obediencia sin réplica: ¡ay del que trataba de poner límites á tan absoluta sumisión, sin haber salido, por

ministerio de la ley, de la patria potestad! Los castigos más crueles é inhumanos no se hacían esperar.

Rebelarse contra la voluntad paternal, era rebelarse contra el cielo.

Antes de casarte abre bien los ojos, después de casado, ciérralos bien, decía el buen hombre Ricardo.

Pues aquí solía practicarse lo contrario, es decir, que se abrían los ojos cuando debían cerrarse, ó sea

cuando ya no había remedio.

Pasabánse algunos años hasta que acababan de emplumar aquellos pollos, tomados por asalto en la

mañana de la vida para incorporarlos en el augusto gremio de que tantas lindezas nos ha contado Balzac

con sobra de malignidad. Llegados á la edad propiamente núbil, ella á quince y él á veinte, entonces ya el

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penates, allí con hambre ó con hartura, con amor ó sin amor, allí, vellis nollis, tenían que vivir y morir juntos,

porque, como dice don Ramón Salas, las puertas de la casa quedan entonces tapiadas.

¿Qué solía ser de tales matrimonios? Presúmalo el lector.

* * *

La vida era barata, y tan cómoda cuanto lo permitían los recursos de cada cual y las producciones de la

tierra. Ni la extremada parsimonia de un anacoreta, ni el sibaritismo refinado de un Lúculo. Pero si las

golosinas que hoy se usan eran casi desconocidas, si los manjares regalados no abundan, y el vino generoso

era tan raro que se vendía en las boticas como cordial inestimable, en cambio se tenía buen apetito al trabajo

material y á costumbres austeras.

Un pedazo de tierra, esmeradamente cultivado y plantado de maíz, fríjol, yucas y arracachas, con unas

cuantas vacas lecheras, bastaban para subvenir á la subsistencia de una ó más familias. Si algunas

economías podían hacerse, después de pagar el diezmo y la primicia, se empleaban en aumentar el predio,

hasta formar una heredad considerable, donde la prole pudiese vivir con más holgura.

Se almorzaba entre ocho y nueve de la mañana, se comía á las doce en punto, se merendaba á puestas

de sol, y se cenaba al golpe de las ocho. Se ayunaba la cuaresma entera, sin escapar en muchas partes ni la

más tierna infancia, ni aun la ancianidad flaca, triste y achacosa, sin duda no tanto por exigir así la iglesia,

cuando por un religioso fervor exagerado. Fuera del ayuno, se guardaba la vigilia de una manera rigurosa, y

sólo se podía comer carne, que no fuera pescado, proveyéndose de bulas que se vendían al principiar la

cuaresma, y se compraban con empeño, como si en ellas únicamente estribase la eterna salvación. Su

eficacia era de un año no más.

Pero, eso sí, al amanecer el día de Pascua, el cerdo gordo estaba listo, y no siempre se satisfacía el

apetito dentro de los límites racionales, pues se comía á lo Vitelio, y la carne se proponía vengar con carne

su martirio.

A tal punto solía llegar la intemperancia, que muchos de aquellos tragamallas penitentes se quedaban

ahítos de por vida, y otros se iban al otro mundo con el buche provisto para una larga temporada.

Hablámos antes de boticas, y debemos apresurarnos á recoger la palabra; pues ¿cuáles podía haber,

donde el arte del farmaceuta era completamente ignorado, no menos que el de curar? Raíces, yerbas y

resinas no faltaban en los campos, ni agua en los arroyos para confeccionar los bebistrajos que aplicaban los

galenos de aquel tiempo. Ya se ve, ¿dónde, cómo y con quién podía estudiarse medicina con la extensión y

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Santafé para hacer estudios profesionales en debida forma, éste se decidía generalmente por la

jurisprudencia ó la teología; pues en la iglesia y en el foro se cifraban entonces el brillo y la fortuna de los

hombres de letras. Fuera de esto, ó como complemento, se adquiría algún barníz de humanidades y un poco

de filosofía aristotélica. Pero lo que era medicina, puf! qué peste! O no se creía en esta ciencia, ó no se

comprendía su importancia; es lo cierto que maldito el caso que hacían de ella tomistas y bartolinos; ni el

gobierno se empeñaba en enseñarla, ni en allegar los elementos científicos y materiales que se necesitaban

para ello.

Según las crónicas de aquel tiempo, la misma capital del Virreinato ea bien pobre en notabilidades de la

ciencia médica. López Aldana, los dos Quijanos, el padre Isla, el francés Broc, Merizalde y algún otro quizás;

pero bien se guardaron de venir á ejercer su profesión en esta breñas solitarias, donde no podían

prometerse ni honores ni dinero. A ese respecto, ¡cuánta diferencia de aquel tiempo acá!

* * *

En lo tocante á vestidos, había que distinguir entre la clase ínfima, la media y la de alto coturno.

Diferencia que se acentuaba más en los días festivos, pues entre semana casi todos vestían de tela burda y

resistente, propia para las faenas rurales ó mineras, en que conjuntamente se ocupaban amos y esclavos,

patrones y gente asalariada. Era también común á los dos sexos y á las personas de todo rango y condición,

andar descalzos; pues siempre se consideró como un estorbo el calzado, y aun lo es hoy día entre las gentes

del campo; lo cual no solamente es económico, sino que da más vigor y soltura al cuerpo y lo hace más

expedito para moverse en este suelo montañoso. De aquí la superioridad del soldado antioqueño en las

marchas largas y difíciles.

Pues bien: la clase baja, ó gentuza, como solían llamarse, no rompía sin fula azul, batán del reino,

capiyasos y jerga pastusa (de Pasto). Los criollos gastaban mahón, barragán, cotí, calancán, zaraza ó

indiana, y los nobles algo de lo mismo con más, sarga, pana, damasco, paño de San Fernando y un poco de

raso y terciopelo. La clase superior era especialmente propensa á las joyas de gran precio: todavía se

exhiben como muestras de prístino esplendor, gruesas perlas del golfo pérsico y de Panamá, rubíes, zafiros,

esmeraldas y diamantes.

Las señoras en su tocado nunca descuidaban las peinetas y peinetones de carey con estrellas y filetes

de oro. Su camisa era de finísima estopilla, con muy ricos bordados, basquiña de sarga ó raso, y zapato

igualmente de raso de colores varios, con hebillas de plata ú oro, las cuales también eran comunes á los

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casacón de enormes faldas que llevaba el nombre de volante, y por fin y remate, un corbatín acartonado y

rígido, en forma de gollete, donde el cuello quedaba aprisionado, formando como una sola pieza de la

cabeza y de los hombros. Lustroso chambergo de anchas alas y borlas flotantes en la parte posterior, cubría

la empolvada peluca, de la cual se desprendía como apéndice obligado la coleta, que era una trenza que caía

cobre la espalda. Pero es de advertir que tales prendas, más el bastón y el espadín, no salían á lucir sino en

los grandes días, en los de gran parada, en los días de gaudeamus. Estos eran los de renovación en los

templos, el del patrón ó patrona del lugar, el del cambio de Ayuntamiento y recepción de nuevos alcaldes

ordinarios ó pedáneos, ó aquel en que llegaba una noticia gorda de Ultramar, como la de haberse coronado

un nuevo soberano, ó hallarse en estado interesante Su Majestad la Reina.

Entonces, y sobre todo en los dos últimos casos, era preciso echar la casa por la ventana con

demostraciones de alborozo general.

Después de las felicitaciones y besamanos de ordenanza, venían las comilonas opíparas, los fandangos

de rompe y rasga y las iluminaciones y fuegos de artificio. Todo ello sazonado con la tradicional corrida de

toros, que si no eran tan bravos y fornidos como los de Jarama, tampoco tenían que habérselas con espadas,

chulos y picadores, como los peninsulares. Pero á falta de Lagartijos y Frascuelos, solía presentarse en la liza

algún jaque linajudo con flamantes atavíos, y cabalgando en soberbio pisador, y si por habilidad, ó por

chiripa, hacía un rasguño á la fiera con su espadín ó su tizona, era saludado con una tempestad de aplausos,

y aquello se ponía de alquilar balcones: en muchos días á la continua y en muchas leguas á la redonda no se

hablaba más que de la gran hazaña de tan gentil caballero.

En lo recio de la lid solía exclamar alguno con aire compungido: ¡Pobre bestia! A lo cual no dejaba de

replicar el vecino, en tono socarrón: -¿De qué bestia habla usted, caballero, del picador ó del toro?

El pueblo, es decir, la gentuza, se desbordaba en tales días por calles, plazas y campos en revuelto

garbullo, cantando la guavina, el torito, el currulao, al compás de sonoros cedros ó de estridentes

bandurrias, tañidos y rasgueados con primor. Pero si Baco llegaba á zamparse en el jaleo (como es de rigor

hoy en día), entonces menudeaba el garrote, y no faltaba alguna que otra mojada, que según las

circunstancias y las consecuencias, solía conducir ó á las bóvedas de Cartagena, ó á la Inquisición, ó á la

horca. Esta se mantenía levantada para desagravio de la justicia y terror de los malvados: por fortuna, eran

raras, muy raras, las ejecuciones capitales, como ya lo ha observado el doctor Ospina, refiriéndose á una

época anterior.

Las fiestas religiosas de aquel tiempo se celebraban á golpe de tambor y á son de chirimía, y con

grande estrépito de pólvora labrada. Costumbre estúpida y salvaje, que se conserva aún con desdoro del

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* * *

En el comienzo del siglo eran todavía los edificios sencillos y toscos por extremo: de un solo piso, en su

mayor parte, y de tapia y teja en los centros principales; pero en los nuevos caseríos eran generalmente de

bahareque y paja. El ajuar estaba en armonía con las habitaciones: el arte del ebanista era desconocido, y

así, el mobiliario apenas se componía de mesas y camas de cedro á medio pulimentar, sillas y taburetes de lo

mismo aforrados en vaqueta, algunos escaparates ó alacenas pintarrajeados á brocha gorda, y un arcón

desvencijado para guardar las provisiones de boca. La tarima, estrado de madera ancho y bajo, era el

asiento favorito de las señoras; allí se arrellanaban con las piernas recogidas y cruzadas á la turca, y sobre

una ligera alfombra ó una zalea medianamente adobada. Algunos santos viejos de retablo en la pared

pregonaban la piedad del propietario. Nada de porcelana, y nada de cristalería; aun la loza común era tan

rara, que si alguien conseguía una taza, un canjillón ó cualquier otra vasija procedente de la fábrica de

Sarganelos en Madrid, ó de la de Cartuja en Sevilla, aquella pieza se consideraba como un dije precioso, y

era el adorno principal de los salones; y si tenía algún mamarracho pintado con colores chillones, mejor que

mejor. Una araña de hojalata con algunos cintajos descoloridos colgaba de una viga, coronada la

ornamentación y daba testimonio de gusto refinado. Pero en cambio, la plata andaba á porrillo: plata en la

vajilla, plata en las armas, plata en el vestido, plata en las espuelas y demás arreos de cabalgar, y hasta en

las herraduras de los caballos. Por supuesto que todo eso era entre la gente de pro, á la cual tampoco debía

faltarle un par de esclavos, cuando menos; pero éstos vivían como en familia con sus amos. Los casos de

sevicia con esos infelices eran muy raros en Antioquia, lo cual no sólo era una fortuna para ellos, sino que

aminoraba en mucho el aprobio de aquella institución proterva é inhumana.

Tres veces al día se rezaba el Angelus, y poco después de la oración, reunidas familia y servidumbre, se

rezaba el Rosario, el Trisagio ó la Corona a la Virgen, algunas veces todo junto. Al golpe de la queda se

servía la cena, y al acabar, la esclava no levantaba el mantel sin juntar las palmas de las manos, alabar a Dios

y dar las buenas noches á Sus Mercedes. Pero mientras llegaba la hora de dormir, los mayores se iban á

echar una partida de tute, ó de ropilla, y la gente menuda se iba á la cocina. Allí, en íntima promiscuidad con

la servidumbre, y al resplandor de la vacilante llama de los últimos tizones del hogar, se entregaban á la más

dulce expansión, en medio de estrepitosa algarabía. De vez en cuando hacían silencio y el más cuco y decidor

echaba un cuento picaresco, bien fuera de la rica colección de los de Pedro Urdemales, ó bien del tío Conejo

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Esos cuentos y otros varios, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, si no eran tan

ingeniosos como los de las Mil y una Noches, ó como los de la Alhambra de Washington Irving, ó como los

Cuentos Azules del espiritual y tierno Laboulaye, eran los cuentos populares de esta tierra, que á todo

antioqueño de aquel tiempo, y aun ahora, le recordaban y recuerdan los días felices de la infancia, de esa

edad de abandono candoso, que se desliza entre lágrimas y risas, y que se trae siempre á la memoria con

inefable placer.

La voz estentórea del jefe de familia, que llamaba á recogerse, solía dejar el cuento truncado; pero á la

siguiente noche se concluía, ó se empezaba de nuevo.

A los primeros albores del siguiente día, ya toda la familia estaba en pie, ó mejor dicho, de rodillas,

dando gracias al Sér Supremo por los beneficios recibidos, é implorando su asistencia para el nuevo día.

En lo general, después de las oraciones matinales, venía un himno cantado en coro, que solía ser el

Magníficat. Solemne por demás debía de ser á aquella hora, en que las aves de las vecinas arboledas, con su

cantar sabroso no aprendido, saludaban á la aurora confundiendo sus variados trinos con el eco de este

arranque sublime del cántico sagrado.

“ Glorifica mi alma Señor, y mi espíritu se llena de alegría, al contemplar la eternidad de Dios, mi

salvador” .

Cumplido aquel deber de verdaderos creyentes, se tomaba chocolate en coco negro y con arepa

caliente; y cada cual se echaba su herramienta al hombro, y ¡á trabajar! Eso cuando se vivía en el campo;

pues si era en poblado, la misa privada sobre todo, tanto más cuanto entonces estaba todo su vigor la vieja

máxima española de que “ Por oír misa y dar cebada se perdió jornada” .

* * *

Entre los gustos peregrinos de aquel tiempo, cuéntase el de haber dado las damas principales, y

especialmente las viejas, en la flor de jugar á los naipes, y no como quien dice por mero pasatiempo, sino á

juego bravo, con notable detrimento de la honra de la hacienda. Sería cosa de ver aquellos tahures de faldas

en torno de la carpeta verde haciendo triunfos, y dando ó recibiendo codillos entre gente quizá de mala

estofa, y diciendo y oyendo dicharachos de taberna. Pero no era esto lo peor; pues solía acontecer que en

saliendo el marido y mujer á prima noche, y tomando uno mismo ó diferentes caminos, los criados no

querían quedarse atrás y se escabullían por la puerta excusada, ó por algún agujero ó sus camaradas

solamente conocían. Caso hubo (perfectamente histórico) en que uno de aquellos matrimonios de la vida

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cuna y los cofres rotos y vacíos. Eso, si no era muy edificante, era por lo menos lógico: en pos de la ocasión

viene el ladrón; dada la causa, esperad el efecto; de tales premisas tales consecuencias.

Mas ya que de gustos vamos tratando, tampoco hemos de dejar en el tintero otro que, si bien más

inocente que el anterior, no dejaba de ser estrafalario, por lo menos así nos parece hoy día. Hablamos del

caballo andón, que era de cabalgadura predilecta entre la gente de tono. La andadura es el paso más

desairado conocido,, y si no estamos errados, se le llama de dos y dos en la moderna equitación.

A tal jamelgo, como si dijéramos á tal clavileño, correspondía el uso del sillón entre las damas. Era éste

una especie de banqueta cuadrilonga ó torrecilla truncada, que se aseguraba con fuerte correaje al espinazo

de la bestia para que conservase su centro de gravedad. Lo que ese chisme perdía en elegancia, solía

ganarlo en magnificencia, pues los había con aforros de ricas telas, con chapetas de luciente plata, galones

de oro fino y mullido cojín de terciopelo. No sabemos cómo podían acomodarse aquellas amazonas siu

generis con ese andar de medio lado, ó paso oblicuo, como diría un militar; pero sí tenía ventaja de que la

dama podía zafarse pronto y fácilmente en un lance apurado, aunque no siempre y... según cómo. Mas no

sólo entre las nobleza calificada se hacía uso del sillón; también lo gastaban hasta las negras; sólo que en

este caso eta de materiales burdos, sin decoración alguna.

Los hombres gustaban también del caballo andón, pero en las grandes cabalgatas; de camino preferían

la mula ó el macho romo.

En este último caso llevaban sombrero con funda de hule verde, granate ó amarilla, zamarros de una

piel cualquiera, espuelas de plata y chirrión; éste era un palillo medio bruñido, con un ramal de cuero en la

punta. El viajero echaba por delante á un negro, que conducía el condumio y el petate, con otros menesteres

de ordenanza.

* * *

Apuntámos antes que la hora de irse á la cama era entre las ocho y nueve de la noche, y ahora

agregamos que se dormía toda la noche de un tirón, gracias á una conciencia sosegada y á un cuerpo

quebrantado por las faenas cotidianas. Agregamos más, y es que á la hora supradicha no siempre se

hallaban todas las ovejas en el aprisco; pues no faltaba algún cuitado barbilindo, ó algún hidalgo de

garnacha, que se fuese á picos pardos por esas calles, encrucijadas y andurriales, para lo cual era muy

socorrido disfrazarse de espantajo. ¿Quién no conoce hoy día las horripilantes historias de mohán y el

sombrerón? Y de tales artes se valían ya por la pueril vanidad de difundir el terror en más de una legua á la

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nos antoja habrían de ser como los esbirros de la Santa Hermandad. ¡Cuántos lances verdaderamente

criminales ó simplemente ridículos y humorísticos ocurrían entonces, dignos de ocupar la pluma de un curioso

cronista, que por desgracia nos faltó, con mengua de la integridad de nuestra historia!

Lo que puede revocarse á duda es la supina credulidad y la gran superstición de aquellos tiempos de

Maricastaña. Si un sacerdote cometía un pecadillo, era de rigor que por doquiera fuese dejando la huella de

una bestia, representada por una garra, un casco, una pezuña. Si á una mujer le daba por saber á dónde iba

y qué hacía su marido, no tenía más que ocurrir á ciertas mañas para convertirse en ave nocturna, y hasta en

pulga y lagartija, para poderse colar por el intersticio más estrecho, y deslizarse y brincar por todas partes.

Las brujas con gorros de cucurucho y vestidos vaporosos cabalgando en escobas, en ramas ó en troncos de

col, correteaban por los tejados haciendo monerías y profiriendo indecencias. Los niños llevaban una

chaquira, ó un coral á guisa de pulsera, para precavarse de mal de ojo, y aun así no siempre escapaban de

los duendes ó trasgos que los perseguían. Si un prójimo se iba al otro barrio debiendo una peseta al vecino,

ó una misa á San Fulano, había de venir todas las noches á turbar el reposo de los vivos con voces

plañidoras, para que alguien se moviese á compasión y cumpliendo el empeño, sacase al infeliz del

purgatorio. Si algunas sustancias pútridas brillaban en la oscuridad, era seguro indicio de la existencia de un

tesoro. Si alguna cosa de perdía, no podía recuperarse sin pegar de una zahorí. En fin, y para colmo de

paparruchas, el uso del familiar estaba en boga. Este era el mismo enemigo malo en forma de un negrillo en

miniatura, de ojos blancos y boca bermellón, el cual se llevaba en la faltriquera. Debía comprarse en

Zaragoza, y costaba siete pesos en cuartillos. Tenía tres virtudes, á cual más sustancial ó sustanciosa; pues

servía, como quien no dice nada, para pelear, para buscar plata y para enamorar. Lo que no se ha podido

averiguar, es por qué teniendo tamañas cualidades el susodicho embeleco, se compraba tan barato y al

mismo tiempo era tan raro.

* * *

Por lo expuesto se viene en conocimiento de la sombra tenebrosa que velaba á aquellos espíritus

endebles y apocados, perfectamente accesibles á la más estúpida superchería. Pero eso estaba en el orden

natural, por lo mismo que en los cálculos políticos de la nación dominadora, entraba el perpetuar su

ascendiente, manteniendo las colonias sumidas en la más crasa ignorancia. Nada, pues, tenía de extraño que

el pueblo, y mucha parte que no era pueblo, fuesen completamente iliteratos. Muy contados eran los que

sabían leer y escribir: 1º., porque no era necesario; y 2º., porque era pecado ú ocasión de pecar, sobre todo

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necesidad que había de letras, ni aun de cambio, cuya existencia ni se sospechaba. En las homilías, ó pláticas

dominicales, el cura de la parroquia decía cuanto convenía aprender, si es que Su Merced no adolecía de la

general ceguera; pues la mayor parte de los sacerdotes eran de misa y olla. Algunos, como un doctor

Saldarriaga ó don Jerónimo, un don Alberto, ó un don José Miguel de la Calle, brillaban más por sus virtudes

que por su saber.

Aquí conviene anotar que en aquel tiempo no se conferían las sagradas órdenes, ni los cargos políticos

civiles y judiciales, sino á la nobleza aquilatada; con lo cual se atestiguaba el respeto y veneración que se

tenía por la magistratura en todo el orden y jerarquía. ¿Era una aberración? Indudablemente, porque siempre

ha habido plebeyos eminentes por su saber y sus virtudes, y caballeros de la sangre azul imbéciles ó pícaros;

porque á falta de otras razones, salían con aquello de que la cabra siempre tira al monte, dicho que en

opinión de muchos se ha vendido corroborando durante el reinado de la democracia.

Pero cerremos el paréntesis para volver á las letras, y concluyamos que no obstante haber nacido ya el

siglo de las luces, éstas no asomaban por acá; tardas y perezosas, ó afeminadas, es lo cierto que tanto se

recataban de penetrar en los confines del Asia y en el corazón del Africa, como en estos rincones de la

América meridional. ¡Si será que la civilización es una doncella esquiva y delicada, que no gusta de atravesar

desiertos y desfiladeros, cabalgando en acémilas de dos ó cuatro pies! Es posible.

En el tiempo á que nos referimos se viajaba poco, y eso por setenta razones: la primera, porque no

había por dónde, y quédense las demás en el tintero. Motivo tenían, pues, aquellas buenas gentes cuando

antes de ponerse en camino, si así puede decirse, fuera para la Costa, ó para la carrera de arriba. (Provincia

del Cauca), ó para Santafé, hacían testamento, y se acercaban al tribunal de la penitencia, así llamado, no

sólo por ser ése su nombre canónico, cuanto por la que iban á imponerse los viandantes, que por lo mismo

venían á ser dios veces penitentes. Aquello era como despedirse para dar la vuelta al mundo; era más, era

como pedir órdenes para la eternidad.

Y efectivamente, los atajos y veredas por donde se trajinaba entonces no eran fruta de comer, y el

recorrelas se tenía por hazaña, y con razón.

Por fortuna conservábase aún el brío, la audacia y la pujanza de la raza conquistada, en cuya lengua la

palabra miedo era desconocida.

Cuando Antioquia (la ciudad) mantenía aún el primer rango, el comercio con el exterior se hacía

remontando el Cauca hasta Raudal ó Espíritu Santo. Algo más tarde ya se hacía por Nechí hasta Zaragoza de

las Palmas de Oro, ó por San José de Garrapatas, á salir á las Lomas de Cancán, y más tarde aún, cuando

Rionegro llegó á la categoría de ciudad principal, se adoptó la vía de Nare á Juntas, y a fin de la de Naré á

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¿Y qué era el comercio entonces? De los más escaso y pobre, por cierto. Algunas telas, algunos

instrumentos y algo de menaje, procedentes de Cádiz de Barcelona, y un poco de vino de Málaga para

consagrar. Lo demás lo daba la tierra. Tal era la parsimonia de aquel tiempo en el vestir, en el comer y en el

beber, que el comercio y aun la agricultura daban apenas señales de existencia.

Los demás ramos de industria y las artes en general, corrían parejas con la agricultura y el comercio.

Fabricabánse algunos instrumentos de labranza con fierro de Vizcaya, y eran tan rudos y toscos, que con

gran dificultad podían usarse. Los destinados á la minería no eran mejores. Esta industria, que ha tomado

después tan rápido incremento, se hallaba entonces en pañales, y circunscrita á un estrecho radio. Por el

norte y nordeste se extendía desde San Pedro hasta Zaragoza, pasando por Santa Rosa de Osos,

Hojas-anchas, Yolombó, Cancán y Remedios. Por el oriente no pasaba de los contornos de Guarne, Rionegro, San

Vicente y Concepción.

Los riquísimos criaderos de Zea (Tacamocho), Anorí y Amalfi, no se explotaban todavía, y el mismo

Titiribí, que ha vendió á ser el Potosí antioqueño, se hallaba entonces inexplorado é ignoto casi por entero.

Del sur y sud-oeste no hay que hablar; el desierto en el primero principiaba en Abejorral y Sonsón, y en el

segundo en Caldas, es decir, á poco más de dos miriámetros de lo que es hoy la ciudad capital.

Las artes mecánicas y liberales brillaban por su ausencia; á menos que pudieran apellidarse artistas

algunos carpinteros á boca de hacha, algunos herreros que apenas medio forjaban el hierro, algunos

músicos de arrabal, algunos pintores de mamarrachos y algunos poetas al puro natural. Entre los últimos no

faltaron algunos que con un poco de lima hubieran sido vates verdaderamente inspirados. Tales fueron

Salazar y Mejía, de Rionegro, y Tomás Rodríguez, de Antioquia, cuyos versos fáciles, chispeantes y sonoros

se hicieron populares y alcanzaron merecido renombre, por lo menos aquí.

* * *

Hé ahí, á grandes rasgos, la fisonomía moral y material de este apartado rincón de la América española,

en el momento de extinguirse la Colonia. A pintarla peor ó mejor, nuestra mal endilgada pluma se habría

desviado del camino de la verdad y la justicia, que debe recorrer todo el que aspira á merecer el dictado de

historiador imparcial. Ni optimismo candoso, ni pesimismo intransigente.

Sentado esto, cabe preguntar ahora: ¿Era entonces Antioquia una Arcadia venturosa, donde Ceres y

Pomona derramaban á porfía sus preciados dones en una fiesta sin fin; ó era, al contrario, una mansión

caliginosa, donde toda desdicha tenía su asiento, donde era un purgatorio la existencia? En otros términos,

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de este lugar y laborioso por demás, para ver de dar una solución razonada y razonable á tal cuestión. Pero

antójasenos que, si en ella nos engolfáramos, habríamos de llegar á esta conclusión: que desde Adán hasta

hoy, aquí y en todas partes, han vendió codeándose el bien y el mal, el placer y el dolor, las grandes virtudes

y las grandes bellaquerías.

Si el amor á la existencia está en razón de la felicidad que se disfruta, y si ésta, como alguien la ha

definido, estriba en tener un alma sana en un cuerpo sano (mens sana in corpore sano), fuerza es reconocer

que los colonos españoles fueron relativamente dichosos. Avezados al trabajo, en lucha abierta con una

naturaleza tan bravía cuanto lozana, adquirían formas atléticas, y con pocas necesidades fácilmente

satisfechas, deslizábase su vida alegre y sosegada, en medio de la paz y la abundancia.

Pero al fin cayeron en la cuenta de que tal felicidad tenía un poco de bestial, y les dio por buscar otra

mejor, consistente en el libre desarrollo de su sér moral é intelectual, y en avanzar, aunque cayendo y

levantando, en solicitud del reinado de la virtud, de la libertad y la justicia. ¿Lo han conseguido, lo

conseguirán? La contestación merece un libro.

* * *

No cerraremos este somero y desaliñado bosquejo sin consagrar unos renglones especialmente a

Medellín, que si ni fue la ciudad natal del señor Echeverri, vino á ser, sí, el teatro principal en que él

desarrolló sus privilegiadas facultades, y á cuyo bienestar y progreso contribuyó eficazmente.

En la época á que vamos refiriéndonos, Antioquia y Rionegro eran las dos ciudades principales de la

Provincia. En ellas residía lo más granado de la nobleza, y á ellas convergían los pocos elementos de

progreso y bienestar que podían dar de sí la tierra y las circunstancias.

Medellín era un villorrio de poca ó de ninguna importancia, no obstante remontarse su erección al año

de 1675, en que el Gobernador de la Provincia don Miguel de Aguinaga, y Regente de España doña Mariana

de Austria.

La hija de Robledo, muellemente recostada sobre el ángulo que forman el Cauca y el Tonuzco, gozaba

de las regalías y preeminencias que le daban su edad, su rango y su riqueza, y por ello era la residencia de

los altos dignatarios en el orden eclesiástico, político y civil. Sus moradores, si no eran opulentos, tenían lo

bastante para llevar una vida cómoda y holgada, merced á su comercio y, más que todo, á sus ricas

plantaciones de cacao, que á la sazón se hallaban en el apogeo de su producción, y eran sostenidas por

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Todavía se pronuncian con respeto los nombres de los Sarrazolas, Barcenillas, Martínes, Arrublas,

Pardos, Bonis, Corrales, Zapatas, Garcías, Montoyas, Hoyos y Londoños.

Rionegro le seguía en importancia, y era llamada por antonomasia la ciudad, en contraposición á

Medellín, que se designaba con el nombre de la villa, usando de la misma figura. Merced al comercio con el

exterior, que ya empezaba á hacerse por la vía de Remolinos, á su benigno clima y á su entonces generoso

suelo, con el aditamento de ricas minas en contorno, la sucesora de Santiago de Arma se alzaba erguida y

lozana, alegre y bulliciosa.

Los Mejías y los Campuzanos, los Sáenz, Garcías y Mendozas, los Lorenzanas, Linces y Montoyas,

dieron á la ciudad un grado de esplendor que no pudo conservar; bien por el flagelo de las revoluciones; bien

por la vecindad de Medellín, que se la ha ido absorbiendo; ó bien, digámoslo con franqueza, por la desidia de

sus hijos, que en vez de enfrentarse con la mala fortuna y buscar en el trabajo y la industria una reacción

benéfica y reparadora, han preferido emigrar en distintas direcciones.

Los que no lo han hecho, inspirándose hoy en sus verdaderos intereses, comienza ya con el éxito feliz

la suspirada reacción, mediante el ensanche de sus relaciones comerciales, el esmerado cultivo de sus lindos

campos y el trabajo perseverante, acompañado de prudente economía. Si así continúa, Rionegro volverá á

ser lo que fue.

* * *

Pero, como antes decíamos, Medellín al comienzo del siglo no era más que un menguado población, no

obstante su posición central entre sus dos rivales, y el primor y la opulencia del valle en que se asienta.

Sinembargo, abrigaba ya en su seno el núcleo de una burguesía audaz y emprendedora, representada por la

viril generación que con el señor Echeverri acaba de extinguirse. Ese núcleo, compuesto en su mayor parte

de hombres de ilustre cepa, pero casi todos pobres de solemnidad, que vivían á la pata llana, esperaba el

momento propicio para desarrollarse y robustecerse á fuerza de trabajo, de rigurosa economía, de audacia

emprendedora. Ese momento llegó cuando la revolución triunfante dio el golpe de gracia al monopolio

español y abrió de par en par las puertas de la República al comercio universal. Los medellinenses, y entre

ellos Echeverri, fueron de los primeros en aprovechar esa dichosa coyuntura, lo cual hizo de Medellín el

emporio del comercio de toda la Provincia y en mucha parte de la Nación entera.

Los Barrientos y Gavirias, los Obesos y Carrasquillas, los Vilas y Tirados, los Sañudos y Alvarez del Pino,

los Uribes y Restrepos, los Latorres y Lalindes, los Saldarriagas, Vélez, Londoños, Posadas y Santamarías,

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glorioso núcleo de que hablamos, y por ellos, en poco más de medio siglo, ha logrado ocupar Medellín el

primer rango en el Departamento y el segundo en la República.

Desdeñado nobiliarios blasones, y vinculando su elevación y su fortuna en su esfuerzo individual

únicamente, esos hombres lograron redimir su pequeña patria de la cuasi barbarie de otros tiempos, y dejar

á su prole numerosa, no sólo riquezas de consideración, sino magníficos ejemplos de imitar, y ancha por

donde avanzar en prosecución de los más altos destinos.

¡Bendigamos su memoria!

CAPITULO II

INFANCIA DE DON GABRIEL

Nació este caballero en el paraje denominado Guacimal, en el promedio de Copacabana y Hatoviejo, el 3

de Abril de 1796, y fue bautizado en la iglesia del Rosario de esta última parroquia, por el Presbítero Mateo

Palacio, el 7 del mismo mes.

Fueron sus padres don Joaquín Echeverri y doña Josefa Escobar; abuelos paternos, don Cristóbal

Echeverri y doña Juana Manuela Gallón, y abuelos maternos, don Lorenzo Escobar y doña Brígida Cano.

Tuvo dos hermanos, que fueron, que fueron doña María Josefa y don José María, finados ya, troncos

uno y otra de dos familias honorables, que ocupan justamente un rango distinguido en la sociedad

antioqueña.

Los primeros años de don Gabriel transcurrieron apaciblemente en el hogar paterno, situado en el

dicho paraje de Guacimal, donde su padre cultivaba un pequeño cortijo con unos pocos esclavos: ése era su

único patrimonio, pues el haber de don Joaquín, que no fue escaso, se había disipado en negocios

desgraciados y en el sostenimiento de un gran pleito. El último sacrificio hecho por el venerable anciano con

tal objeto, fue la venta de una rica botonadura de oro que llevaba al pecho en los días solemnes.

Don Gabriel perdió su padre cuando era muy niño aún; pero su madre supo hacer las veces de aquél, é

infundir al niño, con el ejemplo y el consejo, amor á la virtud y decisión por el trabajo. Era doña Josefa

respetabilísima matrona, vástago del viejo tipo español, dechado de nobleza, tomada esta palabra en su

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educación, ella no pudo proporcionar ninguna á sus hijos, y hubo de contentarse con habituarlos al rudo

trabajo de la tierra. Don Gabriel á duras penas aprendió á leer mal – en bulas viejas, de que su madre

conservaba gran número con religiosa veneración – y á escribir peor. Cuando era ya joven espigado, se

avergonzaba de tan supina ignorancia.

Con la mano puesta sobre el timón del arado, el pie descalzo y la frente al sol, fue como el joven

Echeverri adquirió la musculatura recia y vigorosa, las formas varoniles, la talla levantada, la gran figura, que

podría haber campado entre lo más gallardo de la raza anglosajona.

Solía consagrarse también al trabajo de las minas, yá por cuenta de su madre, y por lo mismo en

pequeño, vá como simple obrero de otros empresarios. A este respecto solía referir en las veladas de familia,

y como recuerdos de su juventud, tal cual anécdota que no carecía de interés, por ser un reflejo de las

costumbres de aquel tiempo.

Vaya una muestra.

A inmediaciones de Guacimal elaboraba una mima un portugués de apellido Alburquerque, si no nos

engaña la memoria. Allí trabaja don Gabriel en compañía de un negro de su casa, alquilados ambos por la

señora Escobar al portugués. Este llegó a su labor á una roca de gran dureza, inaccesible al barretón y á la

almadana. Un su amigo le indicó que no había más medio que la pólvora para vencer la resistencia; y dócil á

tal insinuación, el del Portugal determinó emplear ese expediente. Pero bien se comprende que en tal época,

y en tal país y en tales circunstancias, el minero aquél distaba un poquito de un Germán Sommeiller, y que

sus máquinas no serían de aire comprimido, ni sus taladros de diamante negro. ¿Qué hizo, entonces, el viejo

portugués? Pues, señor, puso á un negro á perforar la roca con un pedazo de fierro mal acerado que él

llamó taladro, y mientras se hacía el agujero, él formaba un cartucho fumando churumbela (pipa), y con una

totuma de Urabá, llena de pólvora, entre las piernas. El diablo no tardó en meter la cola, y cuando menos de

pensó, voló el pobre lusitano antes de volar la roca, la cual quedó ahí con toda su integridad y su dureza.

Otro día despachó su madre al señor Echeverri, con el negro consabido, á ayudarle á sacar una

barredura á un tal don Juan Sabatier, español, que trabajaba por los lados de Belmira. La mina que éste

elaboraba era de aluvión, ó sea de oro corrido. Bien sabido es (en Antioquia por lo menos) que una

berredura es la completa explotación de un área determinada, grande ó pequeña, según los recursos del

empresario y según el tiempo que se quiera invertir en la campaña.

Si la mina no es de saca sino de tonga y á tajo abierto, las operaciones que demanda la barredura son:

el desmonte (batido de la capa superficial); la choca (disgregación y batido de la cinta, que es un manto de

conglomerado que reposa encima de la peña); el barrido, que es la recolección de la arenas que han

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arenas en un estrecho canalón de piedra ó madera, por el cual se hace correr el cascajo y las arenas,

dejando el oro asentado; y últimamente el lavado, que es el acto mismo de recoger el oro perfectamente

limpio, el cual se coloca en una cacerola de plata ó cobre para secarlo y pesarlo.

Pues bien: mientras el español practicaba esas operaciones con grande afán y no poco entusiasmo, era

el objeto predilecto de su más fervorosa adoración una imagen de Santa Rita de Casia, que mantenía á la

cabecera de su lecho entre dos luces, y de quien esperaba una lavada suculenta. Y para comprometer más a

la celestial mediadora, todas las noches hacía postrar de hinojos ante ella á toda la cuadrilla, á rezar el

rosario y cantar salmos y alabados de la rica colección del devoto empresario.

Así pasaron noches y vinieron días, hasta que llegó el suspirado de lavar. Pero... ¡oh pícara fortuna! ¡oh

desengaño amargo! sólo quince tomines de oro, no cabales, fueron el fruto de tan porfiada campaña. Visto lo

cual por el señor de Sabatier, montó en cólera, dio unas cuantas zapatetas acompañadas de una interjección

de grueso calibre, y estirando el brazo, con aire de qué se me da á mí, descolgó de un pilar la sagrada efigie,

enrrollóla bonitamente y, atándola con lo que pudo, la arrojó aguas abajo! Turulatos se quedaron los negros

de la cuadrilla; todos á una hicieron la señal de la cruz, invocaron los tres dulcísimos nombres, y con la jeta

colgando y mirada mortecina, quedándose aguardando á que se los tragase la tierra, con amo y todo, por

supuesto. Pero viendo que tal no sucedía, empezaron á recobrarse, y luégo se apersonaron á recoger

chirimbolos y herramientas para levantar el campo. Y en realidad lo levantaron al teñir la aurora del siguiente

día. Don Juan y su cuadrilla siguieron camino de Santa Rosa; el joven Echeverri, con el negro que lo

acompañaba, volvió á casa de sus padres, harto de fatigas y falto de dinero.

Refiriendo á su madre lo acontecido con Santa Rita, la buena señora, entre asombrada y compunjida,

no pudo menos de exclamar: ¡Válganos Dios! lo siento por el alma de don Juan; pues, hijo, las minas... al fin

son minas; pero querer que Santa Rita, aunque abogada de imposibles, convirtiese el oro en guijarros, era

mucho querer. En este terció el negro en la conversación y dijo: -Ya yo sé, por qué le fue tan mal al amo

Juan; pues debió de ser porque tenía mal pecho (ambición); y por eso el oro se escondió, y la santa no hizo

caso de tanto rezar y canturrear. Bien hecho, mi señora, aunque su merced haya perdido mis jornales y los

del niño Gabriel.

* * *

Con tal candor y tal aire de jovialidad refería don Gabriel esos episodios relacionados con su vida

juvenil, que siempre se le oía con agrado. Dotado de felicísima memoria, reproducía el dedillo, en sus ratos

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privilegio concedido por la naturaleza á ciertos hombres, el de poder leer en el pasado, y en edad muy

avanzada, como quien ve lo de la víspera, y como quien se halla en el apogeo de la vida y en plena posesión

de su intelecto!

Por lo demás, su infancia y parte de su juventud nada ofrecen digno de especial mención. Arrostrando

las privaciones y el rudo batallar que le imponía la precaria y estrecha situación de su excelente madre, pero

ajeno á los ardientes deseos y locas ambiciones que se despiertan y avivan con el roce de la alta sociedad y

en el tumulto del mundo, el joven Echeverri se acercaba á la edad de 21 años.

Ningún oficio había esquivado, por plebeyo que pudiese parecer á los ojos vulgares. Para su madre y

para él, ninguno envilecía. A su recto criterio no se ocultaba que toda tarea encaminada á dar independencia,

lejos de macillar, enaltece y dignifica. No pudiendo ser otra cosa, el noble joven fue alternativamente gañán,

minero, vivandero y hasta caporal de mulas.

Entrado ya en la edad viril, dióle por venir con frecuencia á Medellín, probablemente á comprar

chucherías para expender en San Pedro y Santa Rosa. En uno de estos viajes, y probablemente con motivo

de sus reducidos negocios, tuvo ocasión de conocer á don Juan Santamaría, con quien no tardó en trabar

relaciones de amistad, sostenidas por pequeñas transacciones y fortalecidas por el sentimiento de mutua

simpatía que supieron inspirarse desde el punto en que se conocieron y trataron.

Era entonces el señor Santamaría joven también, y estaba recién casado con la señora María Josefa

Bermúdez. El encuentro de los dos jóvenes, fortuito ó motivado (pues de esto nada sabemos), fue el

principio de una carrera brillante para ambos, y ocasión de intimar sus relaciones á tal punto, que las dos

almas se completaban la una por la otra, ó más bien, eran dos almas en una: tanto así se identificaron en

carácter, en aspiraciones y en modo de sentir, pensar y obrar.

Oriundo de nobilísima estirpe, de apostura gallarda, de trato ameno y campechano, el joven Santamaría

iba limando y puliendo á Echeverri, quien si no le iba en zaga en figura y corazón, era natural que conservase

aún el aire tímido y apocado que lleva impreso generalmente el hombre pobre que ha nacido y crecido entre

rústicos labriegos, y cumplido al pie de la letra con el divino precepto de ganar el pan con el sudor de su

rostro.

A vuelta de poco tiempo, y gracias al nuevo teatro en que iba entrando, y á las nuevas relaciones que

iba adquiriendo, ya el joven Echeverri había logrado ser recibido y tratado cordialmente por toda la familia de

Santamaría, de la cual formaba parte la señorita Francisca Romana Bermúdez, cuñada de don Juan.

Luego requirióla de amores Echeverri, y viéndose correspondido, no tardó en pedirla á sus padres, que

lo eran doña Micaela Tirado y don Domingo Bermúdez de Castro. Inútil es agregar que el matrimonio tuvo

(23)

Con ello, y con la fama que tenía sentada de buen mozo, despabilado y diligente en los negocios, y

hombre de bien á carta cabal, pudo nuestro joven entrar en una feliz faz de su existencia, con horizontes

más limpios y risueños por delante, con más brío de cuerpo y más aliento en el alma.

Y en ello no iba errado. Don Juan, que ya contaba con mediano capital, lo tomó decididamente bajo su

protección. Dispensábale una confianza ilimitada y un afecto verdaderamente fraternal. Enlazados ambos en

una misma familia (aunque sin parentesco alguno, juridícamente hablando), continuaron viviendo como

hermanos que se amaban con alma y corazón. Perfectamente identificados, como queda dicho, en ideas,

sentimientos y aspiraciones, hicieron en cierto modo solidaria su existencia y siguieron de la mano la senda

escabrosa de la vida.

¡Oh, si siempre se encontrara una mano benévola y generosa que levantase del polvo, y muchas veces

del fango, á tántos jóvenes que nacen dignos de una buena suerte! ¡Cuántos de ellos se salvarían entonces

del vicio, y aun del crimen, y llegarían á ser, como Echeverri, miembros honorables, y hasta eminentes, de la

sociedad que los alberga y alimenta!

Por desgracia son raros los ejemplos, quizá porque también son raros los hombres á quienes el cielo

se complace en dotar de tan singulares prendas como el señor Echeverri; y raros son también los que, como

él, saben corresponder tan dignamente á los favores que reciben.

CAPITULO III

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Era la época en que, á virtud de los triunfos de los libertadores, iban cayendo las barreras que

circunscribían el comercio de la Colonia, únicamente al de la Madrepatria. Dada la gloriosa batalla de Boyacá,

esas barreras cayeron por completo, y á la emancipación política siguió de cerca la industrial y mercantil.

Jamaica era el puesto avanzado que la previsora Gran Bretaña tenía en el mar de las Antillas para

enseñorearse un día de todo comercio de la India occidental. Y si no es aventurado nuestro juicio, debióse á

ese sentimiento, harto mezclado de egoísmo, el interés con que aquello gran Nación abrazó la causa

sud-americana, y la señalada simpatía que ésta le mereció en todo el Continente. Si antes no lo había hecho,

pudo ser por no dar mal ejemplo á sus colonias del Norte.

Perdón ¡oh vieja Inglaterra!, pero así nos lo hacen creer vuestra índole, vuestro carácter, vuestra

historia. ¿Ha habido, por ventura, alguna cuestión trascendental para cuya solución no hayáis invocado el

poder del oro, y no os haya servido de guía el interés? En todos vuestros asuntos políticos, económicos y

sociales, siempre se os descubre, á poco que se ahonde, el auri fames. No pueden negar su patria Hobbes y

Béntham. Pero cualquiera que fuese la mente del gobierno inglés á ese respecto, ello es que un deber de

gratitud nos obligará siempre á descubrirnos cuandoquiera que se traiga á la memoria el recuerdo de aquella

LEGIÓN BRITÁNICA, que, en lo más recio y angustiado de nuestra lucha de emancipación, vino á ofrendar su

sangre generosa en aras de la patria colombiana.

Y quédese ahí el paréntesis para proseguir nuestro relato.

* * *

Fue don Gabriel de los primeros, al menos en Antioquia, que se lanzaron al mar con dirección á

Jamaica, para aprovechar aquel punto de escala en la compra de mercaderías inglesas, que desde luégo

vinieron á reemplazar las españolas, únicas que hasta entonces se habían consumido en la Provincia. Otros

se dirigían á San Thomas con el mismo fin: eso en aquel tiempo se llamaba emplear.

El primer empleo de don Gabriel fue apenas un ensayo con algunas libras de oro que él y su socio y

protector Santamaría habían allegado en poco tiempo. Pero el ensayo, aunque penoso, fue feliz; y halagados

por la ganancia, hubieron de repetirlo en escala mayor.

Fueron, pues, varios los viajes que hizo don Gabriel á Jamaica desde el año 21 hasta el 37, en que, si

no estamos equivocados, comenzaron sus relaciones comerciales directamente con Europa.

En tales viajes principió don Gabriel á desplegar sus grandes dotes de hombre de negocios, y su valor

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Por fortuna viajaba siempre provisto de cartas de introducción y crédito, que espontáneamente le ofrecían los

comerciantes más acaudalados y conspícuos de Medellín.

A esa circunstancia, al estricto cumplimiento de sus compromisos y á su carácter comunicativo y jovial,

debió la buena acogida que obtenía por dondequiera y las valiosas relaciones que contrajo en la Costa y en

Jamaica. Jamás olvidaba á sus buenos amigos Mier, Ujueta, Díaz Granados, Roviras, Maciá y José María Pino.

Este último era una verdadera providencia, no sólo para don Gabriel, sino para todo comerciante y no

comerciante que tuviese que remontar el Magdalena. Natural de Rionegro y establecido en Mompox de

tiempo atrás, había logrado hacerse el agente obligado del comercio del interior; y á tal punto llevaba su celo

en el cumplimiento de su encargo, que con razón y justicia se granjeaba las más fervorosas simpatías de

cuantos lo ocupaban y trataban. Puede verse la biografía de este antioqueño eminente en el Papel periódico

de don Alberto Urdaneta: es ella una pieza magistral.

Bien sabido es que en aquel entonces no existía la navegación por vapor, ni marítima ni fluvial. Aunque

la travesía á las Antillas era corta por la distancia, solía no serlo por el tiempo. Vientos contrarios, ó ausencia

de ellos hasta la calma chicha, hacían entonces de la navegación, no sólo un gran martirio, sino un gran

peligro, amén del que ofrecían los corsarios y piratas; por lo cual todo buque mercante de mediana

importancia iba acompañado de cerca por uno de guerra en calidad de guardián. Pero así y todo, era

entonces el mar un paraíso comparado con el río Magdalena, nuestra obligada arteria de comunicación con el

interior de la República.

Llegado á Mompox en vía para el interior, el infeliz negociante se hallaba como si llegase á los confines

de las regiones hiperbóreas y topase por doquiera con esta fatídica sentencia: Hic usque venies, hasta aquí

llegarás, ó sea, de aquí no pasarás. Y era verdad; pues en ocasiones, como aconteció á don Gabriel más de

una vez, llegaba allí el mísero viandante, y encontraba ya tomadas las pocas y menguadas embarcaciones

que se conocían entonces, y vellis nollis tenía que esperar á que se construyesen otras, o el regreso de las

que ya habían partido, lo que implicaba uno, dos y hasta tres meses de fatal estadía en aquel clima

abrasador y pestilente.

¡Oh , señor! ¡y qué embarcaciones aquellas, y que gente tripulaba!

Champanes y bongos de capacidad de 2, 3 ó 400 bultos, donde éstos iban amontonados y revueltos

con los pasajeros, víveres, cocina, trebejos y hasta con bestias, inclusive los bogas. Esta canalla marrullera,

sucia y brutal en grado sumo, era el tormento principal de los viajeros. Era de rigor pagarles anticipadamente

el viaje, sin excluír el patrón; pero hé aquí que no asomaban á la embarcación sino después de consumir su

paga en la más infame crápula, y eso cuando no se iban con otro, ó se ocultaban, ó enfermaban á fuerza de

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marchaba, pero ¿cómo, cuándo y á dónde se llegaba? hé ahí el problema pavoroso. Después de tres, cuatro

y hasta seis meses llegaba, si llegaba, el menguado vehículo á su destino, con la cubierta desportillada y

llena de bichos y malezas; pero casos había, y no eran raros, en que el cargamento llegaba con grandes

averías, y su dueño, si no quedaba sepultado en una playa solitaria, rendía su jornada hecho un espectro,

una sombra, un cuasi cadáver.

Don Gabriel fue de los pocos que resistieron á tales pruebas en sus repetidos viajes, y llegó á ser tan

conocido por su indomable energía y su fogosa actividad, que su sola presencia en medio del más rudo

conflicto, era augurio bien seguro de salir con buen éxito.

En uno de esos viajes se hizo acompañar de su hermano don José María, y de un fiel esclavo llamado

Marcos. A poco de haber llegado á Jamaica enfermó gravemente don José María. Su médico era un doctor

Bancroft, que lo había sido de los ejércitos de Napoleón. Vencido el mal, y ya el enfermo en convalecencia,

preguntó un día don Gabriel al facultativo si su hermano podría tomar mazamorra; pero aquél, que ignoraba

lo que era eso, ordenó antes de dictaminar que se le tuviese una muestra para el día siguiente. Se la tuvo en

efecto, pues Marcos era práctico en hacerla, y maíz y ceniza se encuentran por doquiera. El doctor llevó la

taza á la boca y escupió el trago. – Esto no parece comida, dijo al enfermo; pero tampoco ha de ser veneno,

supuesto que lo gastan en su tierra. Tome usted la mazamoga; tome cuanta le pida el cuerpo. – Dicho y

hecho, y el hombre alentado. Entonces don Gabriel no pudo menos que espetarle al Esculapio nuestro refrán

favorito: -Doctor: “ el cerdo con lo que se cría” , decimos por allá; -pero es seguro que el doctor se quedaría á

oscuras, como se había quedado cuando le hablaron del consabido alimento.

* * *

El oro, que solía comprarse castigado, era el único artículo de cambio con que contaba Antioquia para

saldar sus cuentas en el exterior. Pero estaba gravado con el derecho de quintos (3 por 100 desde el

gobierno español, revalidado expresamente por la ley II, P. 4ª., T.V de la Recopilación Granadina). A virtud de

tal ley, prohibíase la exportación del oro en polvo, granos, tejos ó palacras sin haber enterado en las arcas

nacionales el impuesto supradicho, y sería largo de decir de qué argucias y artificios se valía el comercio para

eludir ese impuesto exorbitante. Don Gabriel no lo intentó siquiera, y nada le habría sido más fácil, como que

era de ingenio rico y fecundo, y poseía el arte de inspirar confianza y simpatía dondequiera que llegaba.

No siempre expendía sus negocios en Antioquia, yá por tener que afrontar aquí una fuerte competencia,

yá seducido por las mejores condiciones de otras plazas, yá en fin, por satisfacer el deseo vehemente de

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relaciones y grande acopio de experiencia. A Bogotá y á Popayán eran sus excursiones favoritas. Y sea ésta

la ocasión de hacer mérito de algunos episodios de su vida trashumante, que no dejan de rozarse con la

historia del país en la época solemne de su transformación política.

* * *

Corría el mes de Enero del año de 1821. Casi definitivamente derrocado en Colombia el poder español,

á virtud de las jornadas memorables de Boyacá y Carabobo, el ejército libertador se concentraba en Cali para

abrir operaciones sobre el Sur. El día en que el General Bolívar llegó á dicha ciudad, se reveló su guardia por

un grupo de jóvenes patriotas de lo más granado que había en el lugar; y como figurase entre ellos

Echeverri, estacionado allí accidentalmente con motivo de negocios mercantiles, tocóle presenciar un

incidente y trascendental en los anales de nuestra grande epopeya.

Entrada ya la noche, la guardia dio paso franco hacia la estancia del Libertador á un joven militar que

llevaba las insignias de Teniente Coronel. Era éste un mozo bien plantado, alto de cuerpo, blanco de color y

con indicio apenas de rubia y abundante barba. Vestía á la rigurosa, y era de continente marcial, aunque de

formas casi femeniles, de puro delicadas y esbeltas. Su conferencia con el héroe colombiano debió de ser

larga y de rodar sobre gravísimos asuntos, porque no se le vio salir sino á horas muy avanzadas de la noche.

¿Quién era ese hombre? Pues nada menos que el Jefe de los puestos avanzados del ejército realista, que

aun dominaba el Sur hasta los suburbios de Popayán, cuya guarnición mandaba el bravo Coronel Pedro León

Torres. Era, en fin, José M. Obando, que tánta celebridad había de alcanzar después en nuestras luchas

intestinas. El Coronel Torres había ajustado con él un armisticio que debía durar un mes, y en ese intervalo

tuvo lugar la referida conferencia.

En ella Obando quedó casi rendido á la palabra incisiva y vehemente del Libertador, y ya esperaba sólo

un momento propicio para entrar de firme en las filas republicanas. Ese momento se hizo esperar poco:

habiendo llegado su entrevista con Bolívar á conocimiento de Mourgeon, Capitán general de Quito y

Generalísimo de las tropas reales. éste improbó la conducta de Obando, y en ello es de presumir que empleó

estilo duro y descompuesto; pues de allí tomó pie Obando para consumar su defección. Con este hecho, por

un lado magnífico y por otro infame, quedaron acéfalas y desconcertadas las guerrillas del Rey que

merodeaban de Patía a Popayán. Estas fueron quedando barridas definitivamente por el ejército patriota en

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