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Fiebre - VK Powell.pdf

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Agradecimientos

No me sería posible dedicarme a lo que más me gusta sin el apoyo y los ánimos de unos amigos maravillosos. Cada uno de vosotros es un regalo especial en mi vida por el que estoy muy agradecida.

A Len Barot, por permitirme ser «escritora»; tienes mi cariño más sincero. Hace que el corazón me salte de alegría. Y a toda la familia de Bold Strokes, que lee, pellizca, masajea y mejora mi producto imperfecto: os doy

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las gracias.

Para la doctora Shelley Thrasher: muchas gracias por tus consejos (sutiles y no sutiles), tus sugerencias y tu amabilidad. Me has ayudado a ver mi trabajo con nuevos ojos.

A todas las lectoras que me apoyan y me animan a escribir: gracias por comprar mi historia, visitar mi página web (www.powellvk.com), enviarme correos electrónicos y venir a las firmas de libros. ¡Hacéis que mi «trabajo» sea mucho más divertido!

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A las cuatro mujeres fantásticas con las que compartí unas vacaciones de esas que pasan solo una vez en la vida: Dawn S.

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Chaney, Julia Huff-Jerome, Carole Morse y Carol Place. Gracias por los recuerdos.

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CAPÍTULO UNO

La pesada lluvia londinense sonaba como si cayeran perdigones contra el casco de aluminio del pequeño jet privado. Zak Chambers se esforzaba por no sobresaltarse cada vez que una ráfaga de viento hacía bambolearse el avión sobre la pista de asfalto. Normalmente los espacios cerrados no la incomodaban, pero los ruidos parecidos a disparos la ponían nerviosa. Pegó la espalda a la pared junto a la portezuela abierta y observó el exterior. Tras comprobar que todo

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parecía normal en el amanecer de Heathrow, se agarró de ambos lados de la puerta y se inclinó hacia fuera, con la esperanza de que las afiladas gotas de lluvia que le caían sobre la cara y el pecho le devolvieran cierta sensación de control sobre su pequeña parcela de universo.

Zak se pasó los dedos por el espeso cabello corto, para intentar enterrar los sentimientos indeseados que la atormentaban desde hacía días, pero enseguida se riñó por aquel momento de debilidad y devolvió su atención al avión. Su nueva clienta llegaría en menos de media hora y todavía tenía que cargar provisiones y repasar el

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plan de vuelo antes de que aquella lujosa habitación de hotel estuviera lista para volar.

Subió la última caja de agua embotellada de la plataforma de carga, con cuidado de no aspirar otra bocanada de aire nocturno cargado de los humos del jet. Según el capitán Stewart, aquella misión iba a ser más parecida a unas vacaciones que a un trabajo. Cierta empresaria samaritana quería construir una escuela primaria para los niños de las tribus de la sabana africana y ella tenía que escoltarla hasta allí. Recordaba claramente las palabras de Stewart: «Será coser y cantar, Ebony. Ir y volver,

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dinero fácil. Tómate unos días libres y diviértete». Pero aquel no era el tipo de misión para la que la habían entrenado en la Compañía y en el que había destacado durante los últimos doce años.

Catorce meses antes se había colado en la vida de una brillante joven que tenía un futuro prometedor, Mark 235. Si la llamaba por su verdadero nombre la convertiría en una persona de carne y hueso, y Zak quedaría capada profesionalmente. Tenía que seducir a 235 y determinar en qué medida había vendido secretos gubernamentales. En el tiempo que estuvieron juntas, 235 fue acusada de espionaje, introducida

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en las listas negras del gobierno y tuvo que enfrentarse a cargos penales. Y durante todo ese tiempo, Zak fingió ser una amante devota, que la apoyaba y la comprendía, hasta que descubrió que a Mark 235 le habían tendido una trampa. Entonces, en contra de la política de la Compañía, Zak permaneció en la misión hasta limpiar el nombre de 235 y solo después se marchó. Aun así, el sabor amargo del engaño todavía le ardía en la garganta al recordar el dolor en el rostro de la otra mujer cuando se fue del apartamento anunciando sin más que se había terminado.

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era posible dar explicaciones, pero en aquella ocasión Zak había querido hacerlo de verdad por primera vez. Y también por primera vez habría necesitado cargar las pilas, reparar sus defensas dañadas y recuperar el control de sus maltrechas emociones, pero no había tenido tiempo. No se sentía lista para otro encargo, y menos uno que potencialmente pudiese remover sentimientos pasados.

Puede que Stewart notase que cada vez estaba más descontenta con los trabajos que atentaban contra sus valores fundamentales de manera sistemática. A lo mejor lo que intentaba era darle el respiro que

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tanto necesitaba. Aun así, ¿por qué aquella misión en África? Sobre todo cuando Stewart sabía el vínculo agridulce que tenía con el continente y su gente. Habían pasado tres años y no tenía ninguna prisa en volver, ni siquiera durante unas horas. En África, demasiadas cosas podían ir mal y a menudo así era.

Zak cargó el resto de los bultos de la plataforma, incluido su gastado petate de piel negra. Aquella bolsa de 40x60 contenía todo lo que poseía y le importaba. La llevaba consigo a todas partes: si no estaba en la bolsa, no lo necesitaba. Hacía menos de cuarenta y ocho horas que se había dado un

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último baño en el océano Índico, en la costa oeste de Australia, había hecho la bolsa y había dejado el único lugar al que había llamado hogar en su edad adulta. Aunque había sido el emplazamiento de una misión, casi había empezado a sentirse como en casa.

Así pues, quizá lo que Zak necesitaba era precisamente un paréntesis. El tiempo podía ser tu amigo o tu enemigo, y por el momento ella quería tiempo para aminorar un poco la marcha y darse margen para recomponerse y decidir lo que quería en realidad. Lo cierto era que nada ni nadie la retenía en Londres, París ni

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ningún otro lugar en donde hubiera estado por su carrera, así que África era un sitio tan bueno como cualquier otro para buscar respuestas. Después de todo, allí era donde habían nacido las preguntas.

Zak cogió el manifiesto de vuelo y fue comprobando una vez más que lo tenía todo, al tiempo que se preguntaba cómo sería la mujer a la que iba a acompañar. El jefe le había dado muy poca información sobre la clienta y el piloto tampoco soltaba prenda, por mucho que hubiera intentado sobornarlo con una jugosa cantidad. Se había limitado a sonreír y a decirle: «Hay cosas que tienes que

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experimentar por ti misma».

Después de meter la bolsa debajo del asiento que estaba justo detrás del piloto y más cerca de la salida, Zak se deslizó por la barandilla mojada e hizo una comprobación rápida del exterior del avión. Lo único que deseaba era tener un vuelo de nueve horas tranquilo durante el cual pudiera centrarse y prepararse para la misión. Necesitaba tiempo para enterrar sus sentimientos por Mark 235 y por África en lo más hondo de su mente.

Terminó el repaso, se metió bajo la panza del avión y subió los escalones mientras calculaba mentalmente los minutos de soledad de los que

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disfrutaría antes de volver a estar de servicio.

—Muy pocos —murmuró, justo cuando el chaparrón arreciaba y la calaba hasta los huesos, coincidiendo con la llegada de una limusina blanca a la pista—. Siempre son demasiado pocos.

***

—Por amor de Dios, Rikki, déjame cerrar la mampara —farfulló Sara Ambrosini, librándose de las garras de su amante para apretar el botón de la pantalla de separación y dedicando al chófer una sonrisa de disculpa.

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despedida. A la mierda con África... Rikki se arrancó la camisa y se subió la falda en un solo movimiento, señalando a la conductora con la cabeza.

—Una de las ventajas de contratar a los amigos es que Lois ya nos ha visto desnudas antes.

—Pero no en el asiento trasero de mi limusina de empresa.

Rikki se sentó a horcajadas sobre el regazo de su compañera y le cogió la mano.

—Tócame, nena.

Sara dejó que Rikki la guiara hacia el punto deseado entre sus piernas y no pudo sino preguntarse dónde había

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estado el ardor de su amante la noche anterior. La noche que habían pasado juntas tras un vuelo de seis horas desde Nueva York no había sido tan íntima como a Sara le habría gustado. Rikki se había empeñado en pasar la tarde en La Guarida, un local de lesbianas que se había puesto de moda, en lugar de tener una cena romántica de despedida en casa, como Sara esperaba. Y esta, una vez más, se había doblegado a sus deseos.

Sara deslizó los dedos al ardiente interior de Rikki y se sorprendió, como siempre, de encontrarla ya tan mojada y caliente. Rikki movía la cabeza adelante y atrás, perdida en sus

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caricias, y la larga melena rubia le bailaba sobre los firmes pechos como si fuera una bufanda al viento. Se frotó contra la mano de Sara, se tocó sus pechos y se pellizcó los pezones hasta gritar. Se correría en unos segundos y Sara se preguntó, no por primera vez en los últimos tiempos, para qué la necesitaba Rikki. Era muy capaz de satisfacerse sola o, si las habladurías tenían algún fundamento, de encontrar a alguien que lo hiciera por ella en ausencia de Sara.

Sin embargo, Sara había decidido no creer los rumores. Rikki y ella llevaban juntas nueve meses y estaban pensando en formalizar un

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compromiso más serio. Parte de ese compromiso conllevaba comprar una casa y, finalmente, ser socias en el negocio, así que la confianza era esencial. Rikki no soportaba estar sola, pero Sara tenía que creer que respetaría la relación que tenían.

—Oh, sssí, nena, sí, eso es —Rikki restregó su sexo sobre la mano de Sara una vez más y se desplomó sobre ella —. Eres la mejor.

Empezó a vestirse sin darle tiempo a responder. Entonces se detuvo un momento, como si se lo pensara dos veces, antes de alargar la mano hacia los botones de la blusa de Sara con poco entusiasmo.

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—¿Y tú qué, nena?

—Estoy bien. Además, ya casi hemos llegado al aeropuerto. No hay tiempo.

En realidad no estaba bien. Había querido pasar una velada tranquila, las dos solas, despedirse. Lo que necesitaba era sentirse conectada a Rikki, compartir una intimidad de verdad, y no echar un quiqui en el asiento trasero de una limusina. Pero como también quería que la última noche que pasaron juntas fuera memorable para Rikki, había cedido.

—Maldita África. ¿Por qué precisamente África de entre todos los sitios perdidos del mundo?

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—Ya sabes por qué. Es la última voluntad del testamento de mi madre. Tengo que ir.

En aquel momento Sara tenía serias dudas sobre marcharse y rezaba por que su vuelo se retrasara, ya que así al menos tendría más tiempo para convencer a Rikki de que todo saldría bien. Estiró la mano para consolar a Rikki, pero esta evitó la caricia.

—Volveré antes de que puedas echarme de menos.

—Ya.

Rikki trazó un círculo con la mano en el vaho de la ventanilla y contempló el cielo encapotado de Londres haciendo un puchero. Estaba

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distanciándose. Para ella, que la dejaran sola fuera el tiempo que fuera era igual a ser abandonada y era motivo suficiente para disculpar cualquier cosa. Así era, al menos, cómo justificaba su mal comportamiento.

—Te pedí que vinieras, ¿te acuerdas?

—Ya, claro. ¿Y qué iba a hacer yo en medio del desierto sin agua corriente ni aire acondicionado?

—Te estás poniendo melodramática. Te enviaré un billete de avión para que vengas a visitarme cuando esté instalada. Ya verás.

—Pero en esa parte no has estado. —Rikki se arrimó a Sara y la besó

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suavemente en los labios—. Prefiero malo conocido. Tú date prisa en volver.

—Lo haré. —Sara abrió la mampara —. Lo, ¿llamas al jet y les dices a qué hora llegaremos, por favor?

—Sí, jefa.

—Y no me llames jefa.

—Cuando estoy trabajando eres la jefa, jefa —sonrió Lois, mientras cogía el móvil.

Al cabo de diez minutos llegaron al hangar y esperaron a que la lluvia amainara un poco. Rikki le acarició la mejilla a Sara y le pasó una pierna sobre el muslo.

—No quiero que nos peleemos antes de que te vayas. —Frotó la pelvis

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contra el firme cuádriceps de Sara—. Joder, eres preciosa, ¿te lo había dicho últimamente? —prosiguió sin aguardar respuesta—. Tienes las curvas más perfectas que he visto nunca. Los pechos del tamaño justo para metérmelos en la boca, y cuando me monto encima de ti es como cabalgar sobre un corcel salvaje.

Sara notaba el calor de Rikki concentrándose entre sus piernas a través de la tela de los pantalones del traje.

—¿Qué estás haciendo?

—Solo te recuerdo lo que dejas atrás... durante meses.

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masajeó mientras se frotaba perezosamente contra su pierna.

—Y ay, Dios, me encanta cuando llevas el pelo hacia atrás como ahora. Pareces una diablilla pecosa inocente que se muere por que se la follen.

En ese momento, Lois golpeó la ventanilla para llamar su atención y el ruido resonó por toda la limusina. Sara empujó a Rikki para que saliera de encima y abrió la ventanilla unos centímetros. Lois estaba fuera con un paraguas y su equipaje.

—Lo siento, jefa, pero tienes que irte ya.

—Mierda —farfulló Rikki, y se frotó la entrepierna—. Y yo que ya

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estaba poniéndome contenta otra vez —le dedicó a Sara una sonrisa traviesa —. Te acompaño hasta el avión.

Mientras se acercaban al jet, Sara se fijó en una figura en la escalera. Silueteada en la penumbra del interior del avión, la desconocida parecía un fantasma, indistinguible como si estuviera hecha de niebla. Cuando Rikki y ella subieron al avión, la guía dio un paso a un lado y se transformó en una mujer arrebatadora, de pelo oscuro, empapada por la lluvia. Llevaba la camiseta como si se la hubieran pintado con espray, marcándole los pechos y los pezones turgentes, y le chorreaba agua de los pantalones

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militares hasta formar un charco en torno a sus botas recién enceradas. Incluso a la luz parecía una sombra, salvo por el brillo de su piel marfileña y el resplandor de su mirada, que era como si la luz se reflejara en una pieza de metal.

Aquellos ojos gris oscuro cautivaron a Sara y al mismo tiempo la sobrecogieron. Parecían capaces de ver a través de embustes y fachadas y desnudar el alma de las personas. El rostro de la mujer parecía tan delicado y bruñido como el de una muñeca de porcelana. Era alta y de musculatura fina, lo cual contrastaba con el look de teniente O’Neil, que le daba un aspecto

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más amenazador. Sara no pudo apartar la mirada hasta que Rikki le dio un codazo desde detrás.

—Sara Ambrosini —se presentó, y le tendió la mano, pero la mujer ignoró el gesto y la saludó con una inclinación de cabeza.

Al pasar por su lado, Sara notó que olía a lluvia fresca y a sal marina. Aspiró sus dos fragancias favoritas y se preguntó cómo lograba mezclarlas y exudarlas de una manera tan sugerente.

—Zak Chambers. Bienvenidas a bordo, señoras.

La mujer tenía acento estadounidense, aunque había cierto

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color en su habla que Sara no acababa de localizar. Tenía una voz profunda y aterciopelada, como el retumbar lento de un tambor de piel, y el tono le arrancó un escalofrío. El chillido agudo de Rikki resonó estridente en la pequeña cabina.

—¿Estás de coña? Suena como una pistola alemana defectuosa. ¿Lo pillas? ¿Z-a-k Chambers?

Eso sí, burlarse de su nombre no fue impedimento para que Rikki se acercara para inspeccionar la mercancía. Le dio un buen repaso a Zak, deteniéndose en cada músculo y cada curva el tiempo necesario.

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defectuoso.

—Rikki, por favor...

Sara trató de pararle los pies a su novia ultracelosa, cuyo autocontrol sexual, ya de por sí bastante laxo, parecía haber desaparecido por completo. Rikki miraba a toda mujer atractiva que se le ponía a tiro, incluso con Sara delante, y esta ya se había acostumbrado porque se había convencido a sí misma de que, si Rikki la quisiera engañar, no sería tan obvia. Además, en aquel caso, ¿quién iba a culparla? La verdad es que Zak Chambers era preciosa: alta, esbelta, misteriosa y peligrosa. Era el tipo de mujer con el que una fantaseaba, pero

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que temía llegar a conocer. Acostarse con una mujer como aquella solo podía acabar con deshidratación, malnutrición y combustión espontánea.

«¿En qué estoy pensando? Rikki está flirteando y yo estoy cachonda.»

—Estás empapada, ¿eh? —Rikki se pegó contra el costado de Zak como una lapa, le pasó la mano por el pecho y se detuvo justo bajo la cintura. Entonces, como si quisiera asegurarse de tener toda su atención, se llevó la mano a su entrepierna—. Yo también.

Sara observó cómo reaccionaba Zak al descarado coqueteo con una mezcla de interés, vergüenza y placer curioso.

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Aquella mujer había evitado estrecharle la mano, pero en cambio permitía una violación de su espacio personal con clara intención de seducción. En lugar de apartarle la mano a Rikki, Zak se limitó a observarla con ojos vacíos de toda emoción. Parecía que incluso su cuerpo se hubiera apagado, porque se le habían dejado de marcar los duros pezones, como si hubieran perdido la sensibilidad. Al notar la falta de efecto en Zak que tenían sus esfuerzos, Rikki dio un paso atrás.

—¿Llevas pistola? No he encontrado ninguna, a no ser que esté en algún sitio donde no haya buscado.

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—Tenía la impresión de que era una misión de guía, no de protección. ¿He sido informada erróneamente?

—No, estás en lo cierto —aclaró Sara.

—Quiero decir que, si fuera necesario, podrías protegerla, ¿no? — insistió Rikki.

Zak miró a Sara con la misma seguridad con la que contestó.

—Sí, podría. Pero no sabía que serían dos.

—Ah, no. Rikki no viene. Solo soy yo —apuntó Sara, que se sintió culpable de inmediato al darse cuenta de que la idea le resultaba de lo más atractiva.

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—A lo mejor tendría que repensármelo —dijo Rikki, comiéndose a Zak con los ojos una vez más.

Sara observó los gestos concisos de la mano que Zak intercambió con el piloto antes de anunciar:

—Tendrá que decidirse pronto. Despegamos en cinco minutos.

Se echó a un lado y cogió el equipaje de Sara en un solo movimiento. A continuación se dirigió a la parte trasera del avión. Rikki ladeó la cabeza y observó a Zak deslizarse como una modelo profesional por la pasarela.

—Jesús. Qué pedazo de hembra. No me importaría viajar con ella donde

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fuera. Pero no habla mucho, ¿no te parece?

Sara cabeceó.

—¿Es que tú solo piensas en el sexo?

—Claro que no. También pienso en la falta de sexo, mientras no estés. — Se arrimó a Sara y le dio un largo y profundo beso mientras le apretaba las nalgas y le metía el muslo entre las piernas.

A Sara no le cupo duda alguna de que, si se lo permitía, Rikki se la follaría allí mismo.

—Para.

Rikki emitió un gruñido insatisfecho y se apartó.

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—No me gusta despedirte cachonda, sobre todo con una tía que está tan buena como acompañante —musitó, indicando a Zak con la cabeza.

—Al contrario de lo que piensa una de nosotras, las lesbianas no nos sentimos atraídas por todas las mujeres.

—Ya sabes que yo solo tengo ojos para ti. —Rikki besó a Sara y se encaminó hacia la puerta—. Te llamaré, nena, siempre que pueda. Te quiero.

—Espero que sea verdad.

Mientras la veía bajar las escaleras, Sara se sintió tremendamente culpable. Antes de volver, sabría si

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Rikki y ella tenían algún futuro, porque el detective privado que había contratado la ayudaría a resolver la cuestión. Sus amigos insistían en que Rikki le había sido infiel desde el principio, pero Sara quería creer que se equivocaban.

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CAPÍTULO DOS

Sara Ambrosini seguía diciéndole adiós con la mano a su novia florero cuando Zak cerró la escotilla y aseguró el cierre. Había bastado un vistazo a la melena rubia, la minifalda, las uñas de cinco centímetros y los pendientes de aro para saber todo lo que había que saber. Si a aquello le añadías el intento de seducción de tan mal gusto delante de su novia, estaba más claro que el agua: era un putón. ¿Cómo lograban aquel tipo de mujeres tener parejas aparentemente inteligentes? Y aquella

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se había llevado la palma, porque se acostaba con una ricachona. Fuera como fuera, la vida sentimental de su nueva clienta no era asunto suyo.

—Siéntese, por favor, señora Ambrosini —Zak indicó la parte trasera del avión—. He llevado sus cosas allí para que esté más tranquila.

—Preferiría sentarme aquí —dijo Sara, y señaló el asiento que había al lado de la bolsa de Zak—. Normalmente es mi asiento.

—Por supuesto, el avión es suyo. Zak fue a coger su bolsa justo cuando Sara se movía para detenerla. Instintivamente, Zak la esquivó. Era la segunda vez que aquella mujer

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intentaba tocarla y la segunda que evitaba el contacto. Había sido muy maleducado negarse a darle la mano al conocerse, y lo de retroceder aquella segunda vez era grosero y rayano en la paranoia. Tenía que salir del estado de ánimo en el que se encontraba y centrarse en el trabajo. Era un encargo como cualquier otro, y su clienta merecía que fuera profesional.

Sara le dedicó una mirada de escepticismo.

—Si no le importa, creo que tenemos que hablar del viaje. Y será difícil si nos sentamos una aquí y la otra al fondo del avión.

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aquella mujer tenía algo que hacía que a Zak se le dispararan todas las alarmas. Puede que fuera el resplandor ambarino de su cabello al reflejar la luz tenue de la cabina lo que la hacía tan atractiva. O la larga trenza que le caía hasta media espalda como si fuera una serpiente a la espera lo que la hacía tan seductora. Posiblemente, el traje italiano a medida color verde esmeralda que se ajustaba tan bien a sus curvas tenía algo que ver en lo que la hacía tan cautivadora. O la calidez de sus ojos marrón oscuro, como chocolate caliente sobre una bola de helado; o su voz, que la arrullaba como si fuera la suave y tranquilizadora

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marea del océano. Cortó aquella línea de pensamiento allí mismo. Muy bien, era una mujer preciosa, pero había estado con muchas mujeres atractivas y había sido capaz de comportarse como la profesional que era. Rikki era la prueba más reciente. Sin embargo, su incomodidad con Sara era mucho más simple y, si pensaba con la cabeza en lugar de dejarse llevar por sus desbocadas emociones, las razones también resultarían obvias.

Una mujer como Sara Ambrosini siempre conseguía lo que quería. Su riqueza y su vida privilegiada la hacían incapaz de sentirse identificada con la gente que sufría penalidades y

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de darle importancia a las cosas que la tenían de verdad. Claramente, Rikki era uno de sus trofeos. Una mujer que exudaba sexo de una manera así de vulgar y estaba de caza continua decía mucho de su dueña. Si Sara creía que Rikki le era fiel era idiota, pero, si no lo creía, también lo era por acostarse con alguien tan por debajo de sus posibilidades. Fuera como fuera, Sara era una idiota rica y Zak decidió llevarle la contraria solo por principios.

—Dejemos la charla para después. Necesito descansar. Acabo de terminar otro encargo.

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callada. Zak volvió a alargar la mano hacia su bolsa, pero Sara desplazó su sinuoso cuerpo a un lado y le bloqueó el paso. Las dos mujeres se quedaron muy cerca y fue como si la cabina del avión engullera cualquier posibilidad de retirada. Los ojos castaños de la pelirroja se encendieron y se tornaron de un negro turbio. Se irguió en toda su estatura, que era al menos ocho centímetros menor que el metro ochenta que medía Zak, y la retó con la mirada. Incluso se le oscurecieron un poco las pecas que tenía en la nariz al sonrojarse. Puede que su clienta fuera algo más que una cara bonita con mucho dinero. Un carácter tan

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inflamable solía ser señal de una pasión o creencia muy fuerte por algo. Esperó a la explosión que precedían el humo y las chispas.

—Señora Chambers, siento mucho que tenga una agenda tan apretada, pero tenemos asuntos que discutir. Tengo preguntas sobre el viaje y se la ha contratado en contra de mis deseos, por cierto, para responder a esas preguntas y para servirme a modo de innecesaria y, en mi humilde opinión, terriblemente cara, guardaespaldas. Lo menos que puede hacer es contestar unas simples preguntas. ¿Le parece mucho pedir?

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pausa para tomar aire, Zak replicó. —No.

Pero sin dar muestras de haberla oído, Sara continuó con su diatriba. Todo parecía indicar que tenía muchas ganas de desahogarse:

—He estado en África muchas veces en la vida y me siento perfectamente capaz de arreglármelas sola. Mi familia iba de vacaciones a Mombasa y sus alrededores. Aunque entiendo que Mombasa no es la sabana, creo que podré moverme y comunicarme lo que sea necesario para cumplir mis objetivos. Y además...

Se interrumpió, como si por fin hubiera procesado la respuesta de Zak.

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—¿No? ¿Ha dicho que no?

Por poco que le gustase, Zak tenía que admitir que aquella mujer iba a ser su jefa hasta que llegasen a su destino, así que era mejor que empezara a acostumbrarse a recibir órdenes de la señora Paganini. Si lo que quería era que contestara a sus preguntas de inmediato, Zak le daría el gusto. Era típico de los ricos no tener en cuenta las necesidades de nadie más salvo las suyas propias.

—He dicho que no. No es mucho pedir que le dé la información que precisa. Y tiene razón. Usted no tiene por qué pagar mis errores.

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contrapié y esta recuperó la palidez de las mejillas con un profundo suspiro. Su atractivo cuerpo bien proporcionado adoptó de nuevo una pose cordial, en lugar del modo de pelea.

—Fantástico. ¿Quiere cambiarse de ropa antes? No puede estar muy cómoda con esa ropa mojada. Mientras tanto haré café.

—Como usted quiera, señora Ambrosini —contestó Zak, que cogió por fin su bolsa y se dirigió al baño.

—Tutéame, por favor. ¡Me llamo Sara! —le gritó esta, antes de que desapareciera.

Zak regresó a la cabina cuando el piloto estaba dando las instrucciones

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para el despegue, vestida con ropa seca idéntica a la que acababa de quitarse. Sara estaba sentada con el cinturón de seguridad abrochado, en su asiento preferido junto a la ventana. Zak se sentó en el asiento que daba al pasillo, en el lado opuesto a su clienta y al asiento que había tenido intención de ocupar en un principio, evitando la mirada interrogativa de Sara.

«No pienso justificarme. Tampoco es que pueda. Por alguna razón, no puedo estar cerca de esta mujer.»

Sus alarmas internas seguían sonando, pero Zak estaba demasiado cansada para analizar lo que significaban. Apoyó la cabeza en el

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respaldo y se concentró en disfrutar del zumbido hipnótico de los motores del jet mientras despegaban. Sara Ambrosini no tardaría en monopolizarla.

—¿Señora Chambers?

—Sí —respondió Zak sin abrir los ojos. Llevaba días sin dormir y tenía la esperanza de poder echarse una pequeña siesta. Con eso bastaría: unos pocos segundos y estaría como nueva.

—¿Puedo llamarte Zak? —Sí.

—¿Podemos hablar ahora?

Lo dijo con tono precavido, lo cual era un cambio importante respecto a su arrebato de antes. Zak abrió los ojos

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a regañadientes y se volvió hacia ella. —Sí.

—No eres muy habladora, ¿verdad? —Solo lo necesario.

Sara la estudió con una mirada cálida que hizo que Zak se removiera en su asiento, incómoda. Claramente la falta de descanso estaba afectando a sus sentidos; eso sin mencionar que tenía que dormir un poco antes de llegar o no serviría para nada.

—¿Qué quieres saber?

Sara se estiró en el pasillo que las separaba, y su aroma a perfume de vainilla mezclado con sexo reciente alcanzó a Zak.

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disculpas por Rikki.

Zak sacudió la cabeza para quitarse de la mente la imagen de Sara y su amante rubia sudorosas mientras lo hacían.

—No es necesario. Ninguna mujer debería disculparse por el comportamiento de su amante.

Zak calló, porque lo que quería decir en realidad era que una mujer que se comportara como lo había hecho Rikki delante de Sara no la merecía, pero era irrespetuoso y degradante tanto para ellas como para su relación y Zak no era nadie para opinar así.

Sara pareció darle vueltas a las palabras de Zak antes de continuar.

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—Puede que eso sea cierto, pero diría que paso mucho tiempo haciéndolo. Y ya que estoy postrándome ante ti, siento haberte saltado al cuello antes. Ha sido muy poco profesional y no había ninguna necesidad. Me gustaría explicarme.

—No tienes por qué.

—Pero lo necesito. —Sara se mordió el labio inferior y los ojos castaños se le llenaron de lágrimas. Se retorció la trenza que le colgaba por la espalda, como para distraerse un poco y poder seguir hablando—. Mi madre murió el año pasado.

—Lo siento.

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Había perdido a su padre hacía tres años y el recuerdo todavía le parecía muy reciente. Era como tener un cuchillo en el corazón, clavado hasta el fondo y envenenado con culpabilidad.

—Gracias. Estábamos muy unidas. Cuando murió, dejó una serie de voluntades en su testamento que tengo que cumplir antes de recibir su herencia. La última es esta escuela en la sabana africana. No es que me importe cumplir los deseos de mi madre, pero no los entiendo. Parecen una especie de minipruebas para mí, y estoy suspendiéndolas todas miserablemente. Es como si quisiera empujarme a algo. Cuando se

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construya la escuela, tengo que quedarme en África para ayudar a matricular y a enseñar a la primera clase. Tengo un negocio del que ocuparme. ¿Acaso no lo sabía?

Zak se alegraba de que la última pregunta de Sara fuera retórica, porque no tenía ni idea de qué contestar ni de qué hacer con todas las emociones que emanaban de la angustiada mujer. Por fortuna, Sara hizo de tripas corazón, y del pesar pasó de nuevo a un estado de leve enfado.

—Así que tengo que cargar con la incertidumbre de lo que mi madre quería en realidad, lo que intenta decirme desde la tumba, sobre si puedo

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o no confiar en mi chica... Es igual, vamos a olvidar eso. Y encima mi abogado me dice que voy a llevar una canguro para el viaje —miró a Zak, contrita—. Lo siento, pero entenderás que estaba un poco sensible. Por supuesto, eso no es excusa para pagarlo contigo.

Zak esperaba no tener que contestar a eso tampoco, porque en su opinión Sara estaba un poco más que sensible. Ojalá cuando se tranquilizara también tuviera menos ganas de hablar. Estaba bastante segura de que no podría soportar ocho horas de cháchara ininterrumpida.

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¿aceptas mis disculpas? —Por supuesto.

A veces, Zak odiaba que su trabajo la hubiera convertido en una persona introvertida por necesidad. Cuando otra persona estaba siendo sincera y se mostraba vulnerable con ella, quería decirle algo profundo que la consolara, pero las palabras se le atragantaban, porque se emocionaba demasiado y corría el riesgo de quedar expuesta. Por eso se refugiaba en la personalidad fuerte y callada, que era más indicada para su profesión.

—También siento lo de que no quería contratarte —la mirada de Sara vaciló y se sonrojó.

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—¿Es cierto?

—Técnicamente sí.

Sara se arrimó a Zak con los brazos extendidos. Era un gesto que indicaba que era una persona emocionalmente expresiva. No había nada en Sara que no gritara a los cuatro vientos que era una mujer abierta, sincera y sensible. Y en el interior de Zak, no había una sola célula que no gritara: «Cuidado».

—Como te comentaba, he estado en África muchas veces y no necesito ningún guardaespaldas. La empresa ha insistido, por el seguro. Pero tengo que poder estar en contacto con la gente, hablar de sus problemas con libertad y que parezca al menos que entiendo y

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comparto sus preocupaciones. ¿Qué van a pensar si aparezco flanqueada por una G.I. Joe? No te ofendas.

—Pero tú...

—No he estado nunca en la sabana ni cerca de animales salvajes, eso es cierto. ¿Pero tan poco civilizado puede ser?

—Mucho. Tienes que pensar en las fieras, los insectos, las serpientes, el tiempo, la comida y el agua, la ropa, el alojamiento, la seguridad y el clima político —enumeró Zak, contando con los dedos.

Sara la miró con curiosidad, divertida.

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protegerme de todo eso? A lo mejor estaba equivocada y sí que necesito tus servicios —le sonrió a Zak con una chispa traviesa en los ojos.

Zak reflexionó sobre lo que había dicho y le pareció menos gracioso que a ella. Tenía que hacerle entender que vivir en África era algo serio y apremiante, para prepararla para lo que pudiese pasar.

—Bueno, puede que muchas de esas cosas no dependan de ti, pero tienes que saberlas y estar lista. Hasta un error inadvertido puede salir caro o resultar peligroso.

Sara se desabrochó el cinturón de seguridad y se sentó al lado de Zak.

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—Siento si te incomoda, pero no me comunico bien de lejos. Soy de familia italiana y lo hablamos todo de muy cerca. La distancia es una barrera que no tolero muy bien.

—Ya veo.

Tener a Sara tan cerca la distraía; su voz era como un licor dulce que le corría por las venas e imposibilitaba cualquier tipo de resistencia, y su perfume al moverse era de vainilla y azúcar. El hecho de estar comparando a su nueva clienta con un elixir alcohólico y un dulce era la prueba de que estaba más cansada de lo que pensaba. Sus sensores internos estaban funcionando mal en su modo más

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básico y aquello era arriesgado. Tenía que centrarse y recordar las reglas. Su misión era mantener a salvo a Sara pese a sí misma, ser objetiva y mantenerse a distancia. Sin embargo, como todos los ricos, Sara Ambrosini parecía pensar que las únicas reglas que tenía que seguir eran las suyas propias.

—Nos estamos saliendo del tema. «Y tú estás demasiado cerca.»

—¿Ah, sí? Bueno, pues adelante si quieres prepararme para el viaje durante las próximas ocho horas, pero no te ofendas si me duermo. Los detalles aburridos no son mi fuerte. Eso sí, si quieres que nos contemos

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cosas de nuestras vidas soy toda oídos. —No —replicó Zak, con más vehemencia de la que había previsto antes de darse cuenta de que Sara hablaba medio en broma—. ¿Has estado alguna vez en el distrito de Narok de Kenia?

—No es tan fácil distraerme, pero te seguiré la corriente por ahora. ¿Dónde está?

Zak tomó nota mental de que su clienta era muy perspicaz.

—Es adonde vamos. Talek Gate, para ser exactos, justo al salir de la reserva de los masáis mara. Es donde vas a montar tu escuela, según creo. ¿No es así?

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—Sí, sí, tienes razón. Pero no sabía que lo llamaban Nanook o lo que quiera que hayas dicho —se encogió de hombros, como para pedir perdón—. Oye, Zak, yo...

La interrumpió el agudo timbre del teléfono del avión y Sara se echó hacia delante para descolgarlo de su soporte de pared. Zak no pudo evitar fijarse en su perfecto y redondeado trasero, apoyado en equilibrio precario al borde del asiento. Su trabajo consistía en llevar a aquel culito perfecto, aquellos pechos de aspecto delicioso y aquella larga y pelirroja melena hasta su destino sanos y salvos, sin que aquella mujer independiente y emotiva

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perdiera ninguna de esas cosas por el camino. Empezaba a pensar que aquella no iba a ser una misión tan relajada como Stewart le había descrito.

—Ey, hola, Rikki. Solo ha pasado una hora, ¿ya me echas de menos? — Sara le hizo un gesto con el índice a Zak y fue hacia el fondo del avión. Zak reclinó el asiento, cerró los ojos y se durmió en cuestión de segundos, con el sonido tranquilizador de los susurros de Sara de fondo en la cabina del avión.

Mark 235 la miró incrédula, con los ojos anegados en lágrimas.

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favor, dime por qué.

—Se ha acabado y ya está, Gwen.

***

Sara terminó de hablar con Rikki y volvió a su asiento de puntillas. En la hora larga que se había pasado hablando, había oído a Zak farfullar incoherentemente. Seguramente su estirada acompañante estaba intentando dormir. Nunca había visto a nadie descansar tan mal. Movía la cabeza a lado y lado y no dejaba de murmurar cosas entre dientes. Sara inclinó la cabeza para ver si oía lo que decía, pero no fue capaz de descifrar

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nada de lo que parecía un galimatías de frases en otros idiomas. Una mujer tan arrebatadora como aquella debía de tener secretos que le quitaban el sueño, pero era demasiado cerrada como para revelarlos, ni despierta ni en su agitado sueño.

Intrigada, Sara escrutó el rostro de su nueva empleada sin tener que fingir o dar explicaciones. Incluso en reposo, el cuerpo entrenado de Zak se veía tenso, listo para entrar en acción. Tenía unas piernas largas y esbeltas, estiradas como las de una potranca recién nacida. De caderas estrechas y pechos menudos que eran todo músculo, no había nada que la

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estorbara para moverse. Incluso sus finos dedos, cerrados en un puño sobre su regazo, se tensaban de cuando en cuando, como si luchara con un enemigo invisible. ¿Qué podía ser tan amenazador como para atormentar a Zak mientras dormía? ¿Sería algo de su pasado? ¿De su trabajo? ¿Y de qué trabajaba Zak exactamente? Seguro que no se pasaba la vida escoltando a gente rica por el mundo. Aquel tipo de trabajo no requería habilidades o entrenamiento especiales y no cabía duda de que Zak había formado parte de un programa disciplinado durante años. Tenía aire militar y sentido de la dedicación. A lo mejor era una

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mercenaria de baja que le estaba haciendo un favor a un amigo. Sara tenía muchas preguntas sobre la mujer a la que habían confiado su seguridad.

Después de todo, lo poco que sabía seguro no era demasiado útil. La empresa la había contratado sin su consentimiento y era insultantemente cara. Se suponía que tenía una reputación intachable y había pasado mucho tiempo en África. Todo aquello lo había sabido a través de su abogado, Randall Burke. También había supuesto unas cuantas cosas por sí misma: Zak Chambers era, ya fuera por naturaleza o por decisión, una persona muy celosa de su intimidad.

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Tenía una capacidad de autocontrol tremenda que llegaba hasta el punto de inhibir las reacciones naturales de su cuerpo, como había evidenciado el intento fallido de seducción por parte de Rikki. O su escolta tenía una vida muy peligrosa o le preocupaba algún tema pendiente de su pasado. También parecía desdeñar particularmente a los ricos, aunque podía ser que fuera algo personal contra Sara. Si no, ¿por qué había rechazado a propósito estrecharle la mano al conocerse y luego había dejado que Rikki le metiera mano? Aunque le resultaba duro, Sara había aceptado que las mujeres fuertes e interesantes no

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solían sentirse atraídas por ella. Si lo hacían, solía ser solo por su dinero.

Ahora bien, si Sara era sincera, tenía que admitir que sentía curiosidad intelectual por Zak Chambers. La gente a la que no le gustaba hablar, especialmente sobre sí misma, la intrigaba. Una mujer así seguro que tenía una amante, o varias, distribuidas por todas partes del mundo. Y ella tenía a Rikki. No le hacía daño a nadie alegrándose la vista con un especimen completamente inalcanzable como su escolta. Probablemente, Rikki incluso lo aprobaría.

Sara paseó la mirada sobre el torso de Zak, hasta llegar a sus gruesos y

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jugosos labios. Los tenía entreabiertos y se entreveían sus blanquísimas paletas, ligeramente separadas. Tenía el pelo negro como el carbón, corto y muy rizado. Sara imaginó que, si lo llevase largo, le caería sobre los hombros en forma de tirabuzones. Los rasgos contraídos de Zak estaban ahora mucho más relajados que antes y se le notaban ojeras por el cansancio. Sara deseó poder eliminar los signos de estrés y fatiga del cuerpo de Zak, pero enseguida reprimió su impulso de cuidarla. Aquella mujer ni quería ni necesitaba nada que pudiera ofrecerle.

«Mientras lo recuerdes, todo irá bien.»

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¿Por qué siempre la intrigaban las mujeres reservadas e inaccesibles que no sentían el menor interés por ella? ¿Y por qué acababa con mujeres arrogantes que no tenían los pies en el suelo, más pegajosas que independientes y tirando a infieles? La recorrió un escalofrío que le alcanzó la entrepierna, sin apartar la mirada de Zak.

—¿Has terminado? —preguntó esta, sin abrir los ojos.

—¿Terminado? —saltó Sara, roja de vergüenza.

—De mirarme.

Zak se removió en el asiento, apoyó el codo en el reposabrazos y la barbilla

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en la palma de la mano. Atravesó a Sara con sus ojos azules y esta se sintió desnuda bajo su mirada.

—Creía que estabas dormida. —Obviamente.

Zak sonrió, algo que casi no había hecho desde que se habían conocido. Fue como si se le iluminara toda la cara, inocente y expectante. Sara deseó que sonriera más a menudo. Sin embargo, su expresión amistosa se desvaneció casi tan deprisa como había aparecido.

—¿He dormido mucho rato?

—No has dormido casi nada. Estabas un poco inquieta. ¿Tienes muchas cosas en la cabeza? —se

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interesó Sara, al tiempo que se esforzaba por meter en vereda su díscola mirada y sus inadecuados pensamientos.

—Gajes del oficio, supongo.

Sara no dejaba pasar una oportunidad cuando se la ponían en bandeja. Además, tenía la impresión de que Zak Chambers no le pondría muchas más como aquella.

—¿Y a qué te dedicas exactamente, dices?

La mirada mordaz que le dedicó Zak de entrada le puso un nudo en el estómago, pero al poco suavizó su expresión y evaluó a Sara con serenidad.

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—Dejémoslo en que me dedico a la seguridad.

Sara quiso pedirle más detalles, pero sabía que el tema estaba zanjado.

—¿Te apetece un café? —ofreció. Se levantó y fue a la pequeña cocina de la parte trasera del avión—. Déjame adivinar: solo, ¿verdad?

Zak asintió y sus seductores labios se curvaron ligeramente en un amago de sonrisa.

—¿Quieres que te comente el plan de viaje para que puedas hacer los cambios que te parezcan?

—Claro —accedió Sara, mientras servía el café.

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conseguiré más provisiones, comprobaré nuestro vuelo y organizaré nuestros suministros para el transporte y para la construcción una vez que lleguemos a Talek. Te dará tiempo a hacer un poco de turismo o ir de compras o lo que hagas. Sara se plantó delante de Zak con dos tazas de café y una mirada incendiaria.

—¿Ir de compras o lo que haga? ¿Tienes la menor idea de lo sexista e intolerante que suena eso? —montó en cólera, pese a la expresión de sorpresa de Zak—. Alguien en tu posición tendría que tener más cuidado con ese tipo de comentarios.

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¿Desprecias a todos los ricos o solo a los que somos pelirrojos?

Zak levantó los brazos en gesto de rendición, pero Sara estaba embalada.

—¿O hay algo más en mi aspecto que te desagrade? Porque no me conoces lo bastante como para criticarme de esa manera.

El rostro de Zak pasó del asombro a la distancia que solía llevar a modo de máscara, y Sara se dio cuenta de que había dicho algo que no debía o, al menos, había estado cerca. Abrió la boca para disculparse pero, cuando el avión atravesó unas turbulencias, se inclinó repentinamente y la hizo tropezar. Las dos tazas de café

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acabaron sobre el regazo de Zak y Sara cayó hacia delante, de rodillas, agitando los brazos en busca de algún asidero. Agarró lo que tenía más cerca: los firmes pechos de Zak. Cuando por fin se estabilizó, estaban tan cerca que notaba el aliento cálido de Zak en la cara. Se humedeció los labios resecos como si se preparara para besarla y la idea la sobresaltó. Aunque se esforzaba por incorporarse y soltarla, el avión estaba ascendiendo y las fuerzas G la tenían inmovilizada donde estaba. Maldijo y bendijo a las fuerzas de la naturaleza que habían causado aquel inesperado giro de los acontecimientos.

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Tan súbitamente como se había echado hacia delante, el avión se niveló otra vez y Sara salió despedida hacia el asiento. Le hacía cosquillas todo el cuerpo y decidió atribuir la sensación al cambio brusco de altitud.

—Lo siento. ¿Estás bien? ¿Te he quemado?

Zak asintió y luego negó con la cabeza a modo de respuesta, pero había cambiado algo en su actitud. Sara la miró a los ojos y fue testigo de cómo el color gris tormenta se fundía como si fuera fuego líquido. Por un instante, su rostro estoico adoptó una expresión de ansia sexual teñida de miedo tan intensa que Sara tuvo que parpadear.

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Al abrir los ojos de nuevo, Zak había vuelto a levantar sus defensas. Durante un segundo, había vislumbrado algo que claramente Zak Chambers no había deseado mostrarle.

—Espero que lleves otro traje de ninja en la bolsa.

—Va a tener que encontrar a otra guía lo antes posible, señora Ambrosini.

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CAPÍTULO TRES

Zak se metió apresuradamente en el baño, que al menos era un lugar seguro y aislado, para cambiarse de ropa y rezar por que se le pasaran los calores. Tras quitarse la ropa manchada de café, contempló sus pechos desnudos. Casi esperaba ver la huella de las manos de Sara marcada a fuego sobre la piel. Aunque hubiera sido sin querer, al tocarla así Sara no solo la había usado como apoyo, sino que le había provocado una sacudida física sorprendente y demasiado placentera.

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El contacto había encendido más de lo que Zak estaba preparada para sentir: una indeseada chispa de deseo. Los sentimientos sin resolver que había enterrado tras su última misión debían de estar filtrándose entre los muros de contención: no había ninguna otra explicación lógica. Ni siquiera Gwen le había despertado una reacción tan fuerte y tan deprisa. Aunque aquello había sido trabajo.

Al darse cuenta de lo absurdo que era aquel pensamiento, Zak se refrescó la cara con agua fría. Sara Ambrosini también era trabajo, al menos de momento. Aquel encargo no iba a funcionar para ninguna de las dos. Al

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parecer, no dejaba de cabrear a la emotiva pelirroja y la curiosidad interminable de la extrovertida Sara ponía a prueba su paciencia.

A diferencia de Rikki, que era fácil de manejar, Sara era un desafío continuo. Zak estaba acostumbrada a los ataques frontales de mujeres como Rikki, a sus insinuaciones sexuales y a las tácticas que iban directas al grano. Los sentimientos no desempeñaban ningún papel en la ecuación, y su curiosidad terminaba en la cama. Zak trataba con mujeres así a diario. Tanto sus cuerpos como sus deseos eran tan superficiales y huecos como ellas, y ya se había cansado de buscar el placer en

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físicos tan poco inspiradores y en personalidades que no sabían cómo complacerla.

Sin embargo, las mujeres como Sara Ambrosini no usaban estrategias tan descaradas. Se acercaban como si no pretendieran nada y se dedicaban a atraer a sus amantes potenciales con sensibilidad y delicadeza. El arma que escogían eran las emociones, y eso sí se abría paso directo hasta el corazón. La curiosidad era una distracción encantadora destinada a recabar información y asegurar la posición de fuerza. Y a diferencia de los figurines acartonados a los que estaba acostumbrada, Sara tenía un cuerpo

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creado para la tentación y la seducción. Tenía curvas donde Zak estaba plana y era poco favorecida. Era suave donde Zak tenía músculos de acero. Su cuerpo era sustancia pura y, al igual que las emociones que Zak había leído en sus ojos, rebosaba potencial más que peligroso.

Estaba acostumbrada a aquel tipo de tácticas en el contexto de su trabajo y sabía cómo arreglárselas, pero que una mujer como Sara mostrara interés emocional por ella, incluso si solo era en su cabeza, la aterrorizaba. La Compañía no le había proporcionado las herramientas ni el entrenamiento para esquivar a una oponente tan

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formidable y poco común. Su última misión era prueba de ello.

La prolongada exposición a Gwen en el contexto de su «relación» había minado sus defensas, y Zak había quedado debilitada. Era el peor momento para verse absorbida por otra vorágine emocional. Nunca había reaccionado de aquella manera ante alguien que acabara de conocer. Otras misiones de larga duración en el pasado la habían agotado hasta el punto de causarle alucinaciones. Puede que, en aquella ocasión, el síntoma fuera físico. Fuera lo que fuese lo que estaba sucediendo entre Sara y ella, y ya se debiera a la fatiga, al miedo o a

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un simple choque de personalidades, tenía que acabar. Para poder dar un servicio de escolta en África, aunque fuera temporalmente, tenía que estar al cien por cien. Ya había demasiadas distracciones inherentes como para sumarle otra, así que, si Sara no organizaba un relevo, lo haría ella misma.

Una vez tomada la decisión, Zak se remetió la camiseta limpia en los pantalones militares. Cuando la suave tela le rozó los pezones, gimió involuntariamente al recordar cómo Sara le había agarrado los pechos. Cerró las piernas para contener la corriente súbita de excitación y apoyó

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la frente en la fría pared espejada del baño. Perdió la noción del tiempo mientras luchaba por redirigir la energía que se había acumulado entre sus piernas a una parte de su cuerpo más funcional. Cuando se sintió lo bastante cómoda para volver a caminar, abrió la puerta y regresó a su asiento sin mirar a los ojos a su clienta.

Sara estaba otra vez al teléfono, en la parte de atrás del avión. A juzgar por el tono meloso de su voz, debía de estar hablado con Rikki. Zak apoyó la cabeza en el reposacabezas y decidió que, al menos, fingiría dormir. El vuelo todavía iba a durar varias horas más y esperaba poder descansar, sin

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distracciones y sin nuevos enfrentamientos.

—Muy bien, cariño. Yo también te quiero.

La despedida de Sara reverberó por la cabina con más claridad que el resto de la conversación. A continuación reinó un silencio inquietante durante varios minutos, hasta que Zak la oyó pulsar el teclado del teléfono para hacer otra llamada. No estaba preparada para lo que vino a continuación, aunque lo hubiera pedido ella misma.

—¿Randall? Sí, estamos volando. Necesito que sustituyan a la guía lo antes posible. Los detalles no

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importan, digamos simplemente que no va a funcionar.

En su voz había una nota de tristeza y su tono era más resignado que triunfante. Al parecer, su interlocutor también quería discutirle las órdenes.

—Por amor de Dios, tú también no. Hazlo y punto —le pidió con cansancio, colgó y volvió a marcar.

La petición de Sara hirió a Zak en su sentido del orgullo y del deber. No había pedido nunca que la apartaran de una misión y nunca habían tenido que sustituirla en ningún encargo. Era como si hubiese fastidiado la misión. Sabía que iba a pasar, que tenía que pasar, pero la realidad la golpeó con

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sabor a fracaso, como si el fallo hubiera sido ella. No era capaz de dominar sus

sentimientos en la posición en la que se

encontraba con su clienta; al menos lo suficiente para terminar el trabajo.

La siguiente conversación de Sara fue completamente diferente. Le cambió el tono de tenso y profesional a solícito y amistoso, mientras intercambiaba historias personales con alguien que, claramente, era un amigo cercano. Lo único que quería Zak era un poco de soledad. Mientras se sumía en un estado de duermevela, la voz de Sara se tornó melódica. Sus tranquilizadores susurros y su suave risa casi le resultaban relajantes, como

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si fueran un audiolibro. A Zak empezaron a pesarle los párpados, con la alegre charla de fondo en algún rincón de la consciencia, hasta caer dormida.

Algo más tarde, un sonoro rugido en el exterior del avión devolvió a Zak a la realidad. El pequeño jet se bamboleaba y se balanceaba por culpa de una tormenta. Al abrir los ojos, se encontró con Sara sentada a su lado, agarrada al asiento con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos. Se le veía en los ojos que estaba aterrorizada.

—No me gustan las tormentas, sobre todo cuando estoy en una,

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atrapada en un cilindro de aluminio. Eso no puede ser bueno.

Palideció y las pecas que tenía en el puente de la nariz destacaron sobre la piel blanca como si fueran diminutos guijarros.

—En realidad, estos tubos de aluminio son bastante seguros.

—Eso es fácil de decir para ti, señorita Ninja sin medo. —Se tapó la boca y soltó una risilla—. Perdón, quería decir pedo. Digo miedo. Supongo que no ha sido muy buena idea lo de los chupitos de vodka. Pero en su momento lo parecía.

Zak no pudo disimular una sonrisa. Había muy poca gente que admitiera

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sus miedos con tanta tranquilidad. —Relájate. La tormenta pasará pronto.

—Relájate tú. Yo estoy tensa. Háblame o algo. —Sara compuso una mueca seria y la señaló con el dedo, acusadora—. ¡Oh! Me olvidaba. Tú no hablas.

—¿Por qué no hablas tú?

—Vale, ya lo has conseguido. ¡Has abierto la caja de Pandora de los Ambrosini! Voy a hablar hasta que se te caigan esas orejitas tan monas que tienes.

Soltó el asiento, se quitó la chaqueta del traje y la dejó doblada en el respaldo, encima de su cabeza. Luego

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volvió a acomodarse y entrelazó el brazo con el de Zak sobre el apoyabrazos. Fue un gesto tan natural e inocente que Zak estuvo a punto de poner la otra mano encima. El impulso la recorrió como un escalofrío al darse cuenta de lo que había querido hacer, y retrajo los músculos.

—Lo olvidaba, tampoco se supone que pueda tocarte —murmuró Sara, que empezó a apartarse.

—No pasa nada, tú habla.

Zak suponía que lo mínimo que podía hacer era mantener distraída a Sara mientras durasen las turbulencias, pero la ajustada camiseta de color crema que le marcaba los pechos la

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desvió de su objetivo inicial. Los pechos bonitos eran uno de sus fetiches personales, pero es que aquellos eran espectaculares. Bajo la fina tela, los pechos de Sara eran como copas de helado rebosantes, con una cereza encima. Mucho mejor para chupar. A Zak se le calentó la sangre al imaginarlo y se humedeció los labios instintivamente.

—¿Me estás mirando las tetas? Los ojos castaños le chispearon, y Zak distinguió las vetas verdes en sus profundidades de fuego líquido.

—No —mintió Zak.

—Seguro que sí. Todo el mundo lo hace. Parece que es el único atributo

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que me salva. —Se acurrucó contra el costado de Zak, metiendo las tetas entre ellas—. Te gusto. No quieres, pero no lo puedes evitar. Lo veo en tus ojos.

Incluso ebria, Sara la miraba con tal intensidad que Zak tuvo que apartar la vista. Puede que su clienta tuviera parte de razón; verdaderamente era encantadora, atractiva e inteligente, pero aquella clase de pensamientos no hacían más que embarrar las claras aguas de la vida profesional de Zak. Lo mejor era no reconocerlo.

—A ver, ¿dónde estaba...? Ah, sí, estaba hablando. Soy hija única, no lo habías imaginado, ¿verdad? Me porto

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muy bien. Mis padres, que en paz descansen, eran geniales. I-ta-lia-nos, pero muy poco italianos, según se mire. Odiaban la violencia. Muy poco mafiosos, ¿eh? Eran como hippies

flower-power, veinte años más tarde.

»Siempre estábamos rodeados de familia, en vacaciones, en todas las ocasiones especiales. Siempre, en cada comida. Comer solos era casi sacrílego. Lo compartíamos todo. Si cualquiera de mis primos tenía una espinilla, se enteraba toda mi familia y la mitad del vecindario. Cuando salí del armario, tuvimos una gran reunión comunitaria, con comida y bebida, para discutirlo. Tuve que oír hasta el

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hartazgo cómo descalificaban a toda mujer que pudiera potencialmente convertirse en mi pareja.

El avión descendió de repente y un relámpago horadó la oscuridad tras las ventanillas. Sara chilló, se agarró el estómago con una mano y le clavó las uñas a Zak en el brazo con la otra.

—Mierda...

—No pasa nada, sigue hablando —le dijo Zak, dándole palmaditas en la mano hasta que dejó de hundirle las uñas.

—Odio esta mierda. Bueno, pues mis padres hicieron su fortuna con el aceite de oliva y el petróleo. Lo primero venía heredado de mi

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tatarabuelo en Italia, pero mi padre quería diversificarse y se metió en el negocio del petróleo cuando el mercado estaba bajo. Fue un movimiento inteligente. Cuando era pequeña, lo común era que los niños fueran al colegio en Europa, y pasé mucho tiempo viviendo en culturas diferentes, haciendo de voluntaria en los centros comunitarios y aprendiendo idiomas.

Cuanto más hablaba Sara de su familia y la vida que habían llevado juntos, más sobria estaba, como si se tratara de recuerdos demasiado importantes como para hablar de ellos con irreverencia.

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—Mi padre murió de un ataque hace cinco años. Lo había dejado todo dispuesto para que a mi madre y a mí no nos faltara de nada, así que nosotras lo convertimos todo en empresas filantrópicas. Ya sé que te sonará tonto, pero para mí significa mucho... lo que hago.

No obstante, en sus palabras faltaba convicción y sus ojos decían algo muy diferente. ¿Qué podía faltarle a aquella mujer en la vida? Era perfecta bajo los estándares contemporáneos: tenía poder, una buena posición, riqueza y mujeres más que dispuestas a lanzarse a sus brazos. Y, pese a todo, Sara parecía triste y perdida de un modo

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que Zak no lograba entender, hasta que cayó en la cuenta de que las dos eran iguales. Ella también estaba huyendo a África para reexaminar su vida; a las dos les faltaba una conexión en sus vidas. Le complacía y al mismo tiempo le preocupaba que Sara y ella compartieran algo tan esencial. Entonces se percató de que Sara la miraba, a la espera de que contestase a su comentario anterior.

—A la gente debería importarle lo que hace. Es lo que nos define.

Sara se la quedó mirando fijamente, como si acabara de decir algo único y profundo, digno de consideración.

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—Señoras, llegaremos a Mombasa dentro de diez minutos. Prepárense para el aterrizaje.

—Has conseguido que sobreviva a la tormenta. Ni me he dado cuenta de que se había terminado. Gracias.

Sara le soltó el brazo a Zak, le llevó la mano a la mejilla y le dio un beso fugaz en los labios. Zak se quedó tan sorprendida que no tuvo tiempo de apartarse ni de esquivar el beso. La caricia y los labios de Sara se fundieron con su piel como si estuvieran hechos de lluvia sobre tierra cuarteada. Deseó poder congelar el momento en el que sus labios se unieron y beberse la suavidad de la

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boca de Sara. Había sido un simple gesto de agradecimiento, pero tan espontáneo y auténtico que le llegó al alma. Ella casi nunca recibía muestras de afecto que no estuvieran calculadas para conseguir algún resultado.

Sara retiró las manos y se las llevó a los labios como si se hubiera quemado.

—Lo siento mucho, yo...

Zak volvió la cabeza, porque no confiaba en sí misma para hablar. Aquella mujer estaba removiendo cosas que Zak prefería no tocar y lo estaba haciendo con infinita delicadeza. Tras las ventanillas, la oscuridad retrocedía, atravesada por rayos ocres de sol. El cielo estaba

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decorado con capas de múltiples colores, desde el negro azabache a los tonos berenjena, cerúleo y blanco. Las aguas turquesa del océano Índico eran casi invisibles bajo una noche que se resistía a terminar.

Zak se alegraba de que la sabana de los masáis mara no se viera al aproximarse al aeropuerto internacional Moi. Le vendría bien un día más antes de reencontrarse con el paisaje que había sido para ella más hogar que el suyo y lidiar con los sentimientos que le despertaba aquel sitio. Le cosquilleaba la piel de expectación, se le llenaron los ojos de lágrimas y algunas le rodaron mejillas

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abajo. Se las enjugó enseguida con el dorso de la mano y se abrochó el cinturón para aterrizar. Aunque ya no tuviera trabajo, Zak iba a quedarse en África, pues tenía preguntas sin responder y asuntos que arreglar.

***

Sara fue a su asiento original y se preparó para aterrizar. Le ardían los labios del beso y trataba de encontrarle la lógica a lo sucedido. Ella era propensa a las demostraciones de afecto, y el beso había sido un impulso nacido de la pura alegría de estar viva, una muestra de agradecimiento a la mujer que había

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sabido cómo tranquilizarla. Rikki no era capaz de aplacar sus miedos y solía optar por hacerla callar como si fuera una niña. En cambio, Zak había entendido que si la hacía hablar sin parar la distraería lo suficiente. Había sido un beso banal, así que ¿por qué había sabido a algo más?

Mientras se ajustaba el cinturón, miró de reojo a la misteriosa mujer del otro lado del pasillo. No había respondido al beso en absoluto y se limitaba a mirar por la ventana, como si no hubiera pasado nada, pero cuando le había tocado los pechos sin querer había reaccionado de un modo muy diferente. Su respuesta intelectual

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