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El Secreto de Obama

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El secreto

de

Obama

Descubra las claves de su oratoria y

conozca al presidente de EEUU

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© Mónica Pérez de las Heras

Revisión de la traducción: Kay Leach.

©Bubok Publishing S.L., 2009 1ª Edición

ISBN: 978-84-92662-27-2 DL: PM 35-2009

Impreso en España / Printed in Spain Impreso por Bubok Publishing

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A las personas que se han entusiasmado con Barack Obama, que creen en la Esperanza, el Cambio y la Acción

y que saben que no son "sólo palabras", si no que "Sí podemos".

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Índice

Introducción ...7

Un negro con un nombre extraño ...11

Su inteligencia emocional ...29

Su naturalidad, su humildad y su corazón ...47

Su manera de pensar...65 Su voz ...85 Sus gestos ...97 Lenguaje verbal ...119 Su esposa ...137 Su imagen ...153 Sus discursos ...167 Conclusión ...255 Bibliografía ...259 Fechas clave ...261

Relación de los 45 discursos seleccionados ...263

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Introducción

“Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamamiento. Este es nuestro momento. Esta es nuestra hora –de poner a nues-tra gente a nues-trabajar de nuevo y abrir las puertas de las oportuni-dades a nuestros hijos; restaurar la prosperidad y promover la paz; recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental –que de muchos, somos uno; que mientras respiramos, tenemos es-peranza y donde nos encontremos con cinismo, y dudemos, y aque-llos que nos digan que no podemos, les responderemos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo:

Sí podemos*. Gracias, Dios os bendiga, y bendiga a Estados Unidos de América”.

Noche electoral. Chicago, Illinois 4 de noviembre de 2008 Minutos antes de pronunciar estas palabras, el lla-mado “discurso de la Victoria”, Barack y Michelle Oba-ma estaban sentados en un sofá, esperando el resultado de las elecciones. Así se lo relataban a Steve Kroft, perio-dista de la CBS, el 16 de noviembre de 2008. Al pregun-tarles cuándo se dieron cuenta de que Obama era el

ele-* Nota de la autora: El "Sí podemos" es la traducción al castellano del "Yes we can" de Obama, aunque ellos, para la comunidad latina lo tradu-jeron como "Sí se puede" por cuestiones conmemorativas que se explica-rán más adelante. Lo cierto es que "Sí podemos" tiene toda la fuerza del "Yes we can" original y por eso se ha preferido mantener así en este libro.

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gido. Michelle contestó: “estábamos viendo la televisión y de repente advertí la foto de mi marido con un cartel que decía ‘Presidente electo: Barack Obama’, le miré y le dije: ‘Eres el 44º presidente de Estados Unidos, ¡guau, vaya país en el que vivimos!’”. Y Obama añadió: “Enton-ces ella continuó diciendo: ¿vas a llevar mañana las niñas al colegio?”. “¡No dije eso!”, protesta ella, sabiendo que su esposo está bromeando.

Este libro está repleto de fragmentos de este estilo, pe-queñas porciones de sus discursos, condimentados con anécdotas e historias personales de su familia, cocinado para conseguir una receta muy especial. “El secreto de Obama” no es la biografía del actual presidente de Estados Unidos de América. Para eso está su espléndido libro “Los sueños de mi padre”. Tampoco es un texto sobre sus ideas políticas. Para eso está su espléndido libro “La audacia de la esperanza”. Ambos auténticos “bestsellers”. Esta es una publicación con pretensiones sencillas: descubrir por qué Barack Obama es tan buen orador y, de paso, desentrañar cómo es el hombre que ocupa la Casa Blanca.

Para quien le guste hablar en público –o no tenga más remedio que hacerlo– la figura de Obama es absoluta-mente cautivadora y descubrir sus dotes para ello puede ser muy interesante. Para los practicantes de la Inteli-gencia Emocional aquí están las claves del liderazgo. Para los conocedores de la Programación Neurolingüística (PNL) será un placer una vez más reconocer los recursos con los que esta ciencia dota a la oratoria. Y para todo aquél que le guste este planeta y sea sensible a los temas políticos, sociales y ambientales, la personalidad y la sin-gularidad de de este afroamericano les parecerá fasci-nante.

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El proceso de realización de este texto ha llevado dos largos años de estudio de sus discursos, análisis de sus vi-deos, sus entrevistas y demás apariciones públicas, si-guiendo cada uno de sus pasos, y sobre todo, cada uno de sus éxitos.

¿Qué hace a Obama tan buen orador? ¿Cuál es el se-creto de su éxito? Bueno, eso es lo que podrá desentrañar aquí. A lo largo de los distintos capítulos irá compren-diendo que son muchos los factores que han convertido al inquilino de la Casa Blanca en tan buen disertante.

Tratando de esclarecer “cómo lo hace” se ha llegado a profundizar, sin pretenderlo, en el carisma y la idiosin-crasia de la persona que tiene su oficina en el Despacho Oval. Su vida, sus fortalezas y sus debilidades brotan de sus discursos desnudando su personalidad.

Verá como con Barack Obama puede reírse en mu-chos momentos, escuchar su tristeza cuando habla de cuestiones que realmente le hacen perder su armonía in-terior, y sobre todo, sentirá que bajo la piel del presidente de Estados Unidos de América, se esconde una persona que realmente merece la pena conocer.

Y además, puede mejorar sus conocimientos en ora-toria. Así que, como dijo Walt Disney: “prefiero que se entretengan con la esperanza de que aprendan, a que aprendan con la esperanza de que se entretengan”.

Sólo espero que les guste. Muchas gracias. 1 de enero de 2009

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Capítulo Uno

Un negro con un nombre extraño

“No hay una América* liberal y una América conservadora; hay los Estados Unidos de América. No hay una América negra y una América blanca y una América latina y una América asiá-tica; hay los Estados Unidos de América”.

Convención Nacional Demócrata 27 de julio de 2004. Boston Enero de 2005. El día antes de jurar su cargo como senador, Barack Obama pronunció una rueda de prensa. Todavía no se había sentado nunca en su escaño, y por supuesto, no había participado en ninguna votación. De repente, un periodista le preguntó: “Senador Obama, ¿cuál es su lugar en la Historia?”. Según él mismo mani-festó posteriormente, se rió y pensó: “¿lugar en la Histo-ria? Debe estar bromeando. Si aún no sé si los demás se-nadores me guardarán uno en el comedor”.

* Nota de la autora: Los estadounidenses emplean el término "América" como contracción de "Estados Unidos de América". Aquí, aunque en re-alidad están hablando del país y no de todo el continente, se ha dejado "América", entendiendo que se refieren a Estados Unidos, por razones de retórica, fundamental en la sonoridad de los discursos de Obama.

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Poco podía imaginar aquél reportero, que aquella pre-gunta se convertiría en toda una predicción. Poco podía imaginar aquel senador, que la Historia le estaba reser-vando un lugar especial.

Como esta anécdota, una buena ración de la vida de Barack Hussein Obama ha sido repartida por él mismo a través de sus brillantes discursos, a lo largo de su fructí-fera carrera política. Tanto sus triunfos como sus derro-tas, sus momentos óptimos y de congoja, han trascen-dido de él para llegar a todos aquellos que quieran cono-cerle un poco más. Gracias además a las nuevas tecnolo-gías –especialmente Internet– es factible visualizarle rea-lizando sus disertaciones, escuchando sus entrevistas e incluso, sentir el calor que el presidente de Estados Unidos provoca en sus alocuciones públicas.

1985. Cuando se trasladó a Chicago, por ejemplo, y emprendió su labor como “organizador comunitario” se dispuso a coordinar una reunión sobre la violencia entre bandas. Durante varias semanas estuvieron preparando el evento, realizando llamadas telefónicas, contactando con la policía, visitando las comunidades religiosas, re-partiendo folletos… La noche del encuentro su grupo dispuso un gran local con muchas sillas pensando que la asistencia sería masiva. A la hora prevista, esperaron. Y esperaron. Y esperaron. Y finalmente, un grupo de per-sonas de la tercera edad comenzaron a entrar y a sen-tarse. Cuando Obama y su equipo empezaban a ani-marse, una señora mayor levantó la mano y, al darle la pa-labra preguntó: “¿es aquí donde se juega al bingo?”.

Afortunadamente, ninguno de los escollos que Barack Obama encontró en su camino le hizo retroceder.

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Cuando decidió meterse en política y aspirar a ser sena-dor, se lo tomó tan en serio que allá donde había dos per-sonas reunidas, ahí estaba él, panfleto en mano, conven-ciéndoles para que le votaran. Y la gente le solía hacer dos preguntas:

“¿De dónde has sacado ese extraño nombre?”, era más fácil para ellos llamarle “Alabama” o “Yo Mama”. Y él iba dando explicaciones indicando que ese era el nom-bre de su padre, que era de Kenia.

La segunda cuestión más habitual era la siguiente: “Tú pareces un chico majo. ¿Por qué alguien como tú se metería en algo tan sucio y desagradable como la po-lítica?”.

En un discurso que pronunció el 26 de julio de 2007 en Columbia (Carolina del Sur), relató una conversación mantenida con un señor mayor que conoció antes de trasladarse a Chicago. Obama le explicó sus planes y el hombre le respondió: “Déjame decirte algo. Eres un hombre joven y guapo, y tienes una bonita voz. Así que déjame darte un consejo –olvida este tema de organiza-dor comunitario. Tú no puedes cambiar el mundo y la gente no va a apreciar que lo intentes. Lo que tienes que hacer es dedicarte a la televisión. Te lo digo, ahí tienes fu-turo”. El propio senador comentó, ante la presencia de periodistas en el evento que, por supuesto no pretendía ofenderles, pero que estaba muy contento de no haber hecho caso a aquél caballero.

Pero… ¿quién es Barack Hussein Obama? El actual presidente de Estados Unidos se desnudó en el discurso que le hizo célebre, el de la Convención Nacional

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Demó-crata de 2004. Allí explicó que su padre nació y se crió en Kenia, cuidando cabras. Consiguió una beca para estu-diar en América, la tierra de las grandes oportunidades, y consumó su deseo en la Universidad de Hawai. Allí co-noció a su madre, Stanley Ann Dunham. Nacida en Kansas, su padre trabajaba en los pozos de petróleo, y el día después del ataque de Pearl Harbor éste se enroló en el ejército. A su regreso los padres de Ann se trasladaron a vivir a Hawai y allí su madre se encontró con su padre. Él negro y ella blanca, procedentes de dos mundos dife-rentes, se casaron en 1960 una época en la que eso era una temeridad. Años más tarde, en 1967, la película de Hollywood “Adivina quién viene a cenar esta noche”, con Catherine Hepburn y Spencer Tracy expondría una situación similar.

El actual inquilino de la Casa Blanca nació el 4 de agosto de 1961 –curiosamente, el mismo día que el pre-sidente del Gobierno Español, José Luís Rodríguez Zapatero aunque éste un año antes–. Le pusieron el nombre de su padre, Barack, que significa “bendito”, aunque durante mucho tiempo sus familiares y amigos le denominaron “Barry”. En 1963, su padre regresó a Kenia y sólo le volvió a ver una vez más en su vida. Él permaneció en Hawai con su madre y sus abuelos mater-nos. En 1967, a la edad de seis años, su progenitora se casó con un indonesio, Lolo Soetoro, y se trasladaron a Yakarta. Allí nació su hermana Maya. A los diez años su madre resolvió que “Barry” necesitaba una mejor educa-ción y le envió a vivir con sus abuelos a Hawai.

Cuando terminó sus estudios primarios Obama estu-dió en Los Ángeles, y sus extraordinarias calificaciones le

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llevaron hasta la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde se graduó en Ciencias Políticas. En 1985, frente a todos los pronósticos que le auguraban un fu-turo prometedor en Wall Street, decidió ser “organizador comunitario”. Su intención era “cambiar las cosas desde abajo”. Encontró una oportunidad en uno de los barrios más modestos de Chicago, el “South Side”. Allí conoció al reverendo Wright, y con él, abrazó el cristianismo. Tras varios años en Illinois, se animó a cursar Derecho en la Universidad de Harvard donde llegó a ser el primer pre-sidente afroamericano de la prestigiosa revista “Harward Law Review”. En 1991 se graduó “magna cum laude” y regresó a Chicago donde emprendió su trabajo en una firma de abogados. Allí conoció a Michelle La Vaughn Robinson, con quien se casó en 1992, y tuvieron dos hijas: Malia y Sasha. Obama comenzó a dar clases de Derecho Constitucional en la Universidad y se planteó la posibilidad de entrar en política. Primero lo hizo como senador del Estado de Illinois. En 2000 se presentó a las elecciones para el Senado de Estados Unidos pero no lo consiguió. Su discurso en la Convención Nacional De-mócrata de 2004 le hizo ganarse el reconocimiento del Partido. El 4 de enero de 2005 obtuvo su escaño por fin. En 2007 tomó la decisión más importante de su vida, presentarse a lo que parecía todo un sueño, la Presiden-cia de Estados Unidos.

Lo que desde luego no ayudaba en su carrera política era su nombre. Según explica él mismo en su segundo libro, “La audacia de la esperanza”, un día de finales de septiembre de 2001 comía con un amigo experto en me-dios de comunicación. En el periódico del día el titular

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era: “Osama bin Laden”. Su compañero le dijo: “Es mala

suerte. No puedes cambiarte el nombre, claro. Podrías usar un apodo si estuvieras al principio de tu carrera. Pero ahora…” El

parecido del apellido del ahora presidente y el terrorista más buscado de todos los tiempos era evidente. Por otra parte, su segundo nombre, Hussein, musulmán, tam-poco era una gran ayuda.

Además de sus alocuciones públicas, hay dos instru-mentos muy valiosos para desentrañar cómo es el actual presidente de Estados Unidos. Son sus dos libros, los cuales se convirtieron en “best-sellers” antes de que fuera un político de renombre. Ambos permiten descu-brir, de primera mano, cómo es Barack Obama, qué opina sobre numerosas cuestiones y cuáles son sus prin-cipios y valores.

“Los sueños de mi padre” fue publicado por

pri-mera vez en 1995 y detalla los primeros 33 años de su vida. Es, como el autor mismo proclama: “una historia de raza y herencia”. No es sólo un libro de memorias en-tretenido y muy bien escrito, también es una explicación clara de la existencia de Barack Hussein Obama y su fa-milia, que fluye con su propia voz.

“La audacia de la esperanza” vio la luz en 2006.

No es una continuación del anterior, es un texto distinto. Es una publicación que descubre al lector cómo es y cómo piensa Obama sobre cuestiones que quedan fiel-mente reflejadas en sus capítulos: “Republicanos y De-mócratas, Valores, Nuestra Constitución, Política, Oportunidades, Fe, Raza, El mundo más allá de nuestras fronteras, y Familia”. No sólo muchas de las anécdotas que menciona en sus discursos proceden de este relato,

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sino que gran parte de sus propuestas electorales durante la campaña presidencial están presentes ya en él. Cuestiones como seguridad, sanidad, empleo, educación, impuestos o energía de las que habla en el libro, han for-mado parte del programa electoral del actual presidente. Lo cual demuestra dos cuestiones muy importantes, que sus propuestas políticas están basadas en la experiencia adquirida en la calle, escuchando a los ciudadanos y sa-biendo cuáles son sus necesidades, anhelos y sueños, y que su programa electoral no ha sido fruto de la impro-visación.

El título de este último texto tiene también su histo-ria. Procede de su época de organizador comunitario en Chicago. Hasta entonces, Obama no era hombre de ir a la Iglesia. Educado sin una especial formación religiosa había conocido varias opciones pero no se había decan-tado por ninguna. Su madre, que sin embargo era una mujer “muy espiritual”, según su hijo, había dejado que él tomara su propia elección. Un día, como colaboraba con diferentes parroquias, alguien le sugirió que podía entrar a formar parte de alguna. Y así lo hizo. Como él mismo explicó en un discurso en 2007, se puso uno de sus pocos trajes limpios y entró en la “Trinity United Church of Christ” en la calle 95 de Chicago. Allí cono-ció al pastor Jeremiah. A Wright, autor del sermón, “La audacia de la esperanza”.

Desde entonces aquella se convirtió en “su Iglesia”. El reverendo le bautizó, ofició su matrimonio con Michelle, y allí cristianaron también a sus hijas. Desafor-tunadamente, los sermones del pastor –un tanto exalta-dos– salieron a la luz en plena campaña electoral

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provo-cando no pocos dolores de cabeza tanto a Obama como a su equipo, como se verá más adelante, en la que cons-tituyó una de las mayores posibles crisis de su carrera hacia la presidencia.

Una de las anécdotas que el autor menciona en su se-gundo libro es la de su primera visita a la Casa Blanca en 2004. Un grupo de senadores se reunían con el presi-dente George Bush. Al acabar el encuentro, éste emplazó especialmente a Obama y le quiso presentar a su esposa Laura. A ambos les había llamado la atención el senador negro que había hablado en la Convención de Boston, así como su jovial compañera. ¡Qué poco podían imagi-nar que cuatro años más tarde, los “Obama” serían reci-bidos en la Casa Blanca por los “Bush” para el “traspaso del local”!

Si algo tiene en común sus dos publicaciones es que permiten tener una visión intimista del actual presidente americano. Y sobre todo, comprender cómo se formó su personalidad, cómo se gestó su manera de ser y, por su-puesto, cómo ha llegado a ser tan buen comunicador. Las cualidades que forman su “receta” para el éxito de hablar en público vienen de muy lejos, en parte de cómo era su padre, que ya destacaba por su oratoria; de la per-sonalidad de su madre, abierta y tolerante; de cómo eran sus abuelos, emprendedores y valientes, y cómo su fami-lia keniana, luchadora y unida. Todo ello ha forjado la notabilidad de una persona que hoy en día ostenta el cargo político más importante del mundo.

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SU FAMILIA

Para conocer al presidente Obama es preciso enten-der quién forma parte de su familia. Es imposible incluir a todos sus parientes kenianos que son muchos, así que sólo se han considerado aquí los que más relación han te-nido con él. Tiene seis hermanos por parte de padre (eran siete pero un hermano murió hace algunos años) y una por parte de madre. Los datos aquí incluidos se basan en la información existente sobre ellos en diciem-bre de 2008.

Su madre, Stanley Ann: nació en Wichita, Kansas.

Estudió Antropología en la Universidad de Hawai. Le llevaba libros a Obama sobre el movimiento de dere-chos civiles y los discursos de Martin Luther King. Consideraba que “Harry Belafonte era el hombre más guapo del planeta”. Le enseñó valores como: honesti-dad, justicia, sincerihonesti-dad, opinión independiente, y sobre todo, la importancia de la empatía. Murió de cáncer en 1995.

Su padre, Barack Obama: nació en Kogelo, Kenia,

perteneciente a la tribu de los Luo. Fue el primer estu-diante negro de la Universidad de Hawai, y el primer presidente de la Asociación Internacional de Estudian-tes, organización que ayudó a constituir. Se casó varias veces, la segunda con la madre de Barack, en 1960. Tenía buenas dotes para hablar en público. Falleció en accidente de tráfico en Kenia en 1982.

Su hermana, Maya: es hermana de madre, su

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canadiense de origen chino. Tiene una hija. Vive en Hawai donde es profesora de Historia. Participó en la campaña electoral apoyando a Barack. Según su her-mano es una mujer “bella e inteligente”.

Su hermana, Auma: es hermanas de padre. Es la

que está más unida a Obama de la rama paterna. Ha estado con él en EEUU y también viajó con el actual presidente en su primera visita a Kenia, sirviéndole de cicerone en el país africano. Se casó con un inglés y vive en el Reino Unido, tiene una hija.

Su hermano, Roy: es el mayor de los hermanos de

Obama. Hace unos años adoptó su nombre africano, Abongo, y la religión musulmana. Vive en Kenia y se ha convertido en el patriarca de la familia. Durante la campaña presidencial fue el portavoz de la familia en el país africano.

Su abuela materna, Madelyn Dunham: nacida

en Augusta, Kansas. Obama le llamaba “Toot” que en hawaiano significa “abuela”. Ayudó a su madre a criarle. Llegó a ser vicepresidenta de un banco. Falle-ció dos días antes de las Elecciones Generales, pero había votado por correo por su nieto. Cuando el pre-sidente electo fue a Hawai en sus vacaciones de Navidad, se ofició un servicio religioso por ella.

Su abuelo materno, Stanley Dunham: Nacido en

El Dorado, Kansas. Trabajó en los pozos petrolíferos. Se alistó para ir a la Segunda Guerra Mundial tras el ataque a Pearl Harbor. Al regresar, se marchó con su esposa a vivir a Hawai. Según Obama, “era un

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hom-bre que amaba la libertad, el individualismo y la gene-rosidad”.

Su abuela paterna, Sarah: en realidad no es abuela

de sangre de Obama, aunque él la considere así. Fue la tercera esposa de su abuelo. Vive en Kogelo, Kenia. Tras el éxito de su nieto en las Elecciones Presiden-ciales salió a la calle a celebrarlo bailando.

Su abuelo paterno, Hussein Onyango Obama:

Fue cocinero para los ingleses, quienes le llamaron “Boy” (chico) toda su vida. Se ocupó de que su hijo, el padre de Barack, estudiara en Estados Unidos, con unas becas que ofreció el gobierno Kennedy.

Su mujer, Michelle La Vaughn Robinson: Nació

en Chicago, en el barrio del “South Side” donde Obama trabajó como “organizador comunitario”. Él le considera “la roca” que le sustenta. Se define a sí misma como “madre y esposa”. Se involucró completamente en la campaña electoral realizando sus propios mítines en apoyo a la candidatura de su marido.

Sus hijas, Natasha, llamada Shasa (7 años) y Malia Ann (10 años): Sus padres les prometieron

que tendrían un perro cuando terminara la campaña electoral, tanto si ganaban como si perdían. Malia es fan de los “Jonas Brothers”, un grupo musical norte-americano.

Su cuñado, Craig Robinson: Es un reconocido

entrenador de baloncesto. Actualmente trabaja con el equipo de la Universidad del Estado de Oregón.

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Según Michelle, siempre ha sido un gran apoyo para ella. Apoyó puntualmente en la campaña electoral.

Su suegra, Marian Shields Robinson: Participó

en la carrera a la presidencia poniendo la voz a un video sobre su hija Michelle, y sobre todo, cuidando de las niñas mientras los Obama estaban viajando por todo el país. Se ha trasladado con ellos a vivir en la Casa Blanca.

Su suegro, Frasier Robinson: Fue un gran

traba-jador que luchó toda su vida para sacar a su familia adelante. Se le diagnosticó esclerosis múltiple y aún así siguió con su labor, día tras día, para conseguir sacar a sus hijos adelante. Gracias a él ambos pudieron es-tudiar en la Universidad de Princeton, Nueva Jersey. Murió en 1990.

SUS “SPEECHWRITERS”

Era 2004. El senador Barack Obama iba a hacer la in-tervención que impulsaría su vida política para siempre. De repente, un joven blanco se acercó a él de parte del candidato John Kerry. Le solicitó que modificara una frase de su discurso para que no perjudicara a una de su jefe. Obama miró al chico de veintitantos años que tenía enfrente y debió pensar: “¿quién es este crío?”. Aquél chaval que trabajaba a las órdenes de Kerry no era sino Jon Favreau, el ahora principal escritor de discursos de Obama.

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Seguro que jamás pensó que su vida iba a cambiar de esa manera y que llegaría a convertirse en uno de los más valiosos colaboradores del presidente de Estados Unidos. Jon Favreau es un joven de 27 años que en 2004 estaba trabajando como becario para el candidato de-mócrata a la presidencia John Kerry. Ahí le descubrió Obama y surgió la posibilidad de que colaborara con él. Desde entonces es su principal “speechwriter”, la per-sona que escribe sus discursos. Cuentan que la primera vez que se sentó a hablar con el actual inquilino de la Casa Blanca, en 2005, éste le preguntó qué le había pare-cido su alocución de Boston, Favreau respondió que le había gustado porque le había llegado al corazón. Así se incorporó primero a la oficina del senador y, posterior-mente, como el principal escritor de discursos del candi-dato a la Presidencia.

Está claro que Obama puede hacerlo por sí mismo. De hecho, el primer texto que le hizo famoso, el de la Convención Nacional Demócrata de 2004 lo elaboró sin ayuda. Además ha publicado dos libros que demuestran su capacidad retórica y literaria.

Pero como es habitual en la actualidad, los políticos no tienen tiempo para redactar sus propios textos. Por ello Barack Obama también se ha rodeado de un equipo de “speechwriters”, que trabajan con él. Aunque, preci-samente porque él sabe escribir y le gusta, interviene muy directamente en lo que se escribe para él, dando sus ideas y corrigiendo borradores hasta que el discurso final queda listo.

Jon Favreau es uno de los responsables de la retórica y la profundidad de los textos que luego Obama

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inter-preta tan bien delante de miles de personas. Su labor du-rante la campaña política del actual presidente fue muy intensa. Persiguiendo al candidato por todo el país, iba apuntando cualquier frase, cualquier comentario que Obama hacía, para transformarlo después en poderosas palabras, capaces de mover el corazón de la gente que le escuchaba.

Los discursos de los Kennedy, tanto Robert como John, Martin Luther King, y sobre todo, Abraham Lincoln, junto con los dos libros de Obama, son una gran fuente de inspiración para el equipo, que encuentra en ellos muchas de las anécdotas e historias personales que el candidato utilizó ante las multitudes en su reco-rrido por Estados Unidos.

El “speechwriter” tiene que tener unas cualidades es-pecíficas para realizar su labor. Por un lado, debe contar con las aptitudes para desarrollar ese trabajo, es decir, saber escribir y expresar las ideas de forma comunicativa. Pero también tiene que tener una adecuada actitud de servicio hacia la persona con la que está trabajando. El escritor debe tener en cuenta el estilo, las ideas y las ne-cesidades de su jefe, teniendo la capacidad de adaptarse a él en cada momento. Por supuesto, debe estar abierto a las críticas, comentarios, y sugerencias, lo que le llevará a realizar diferentes borradores hasta que se vea el resul-tado final. Sus textos pasarán, posiblemente, no sólo por las manos de su jefe, sino por las de otros miembros del equipo (directores de campaña, directores de comunica-ción, especialistas en protocolo, etc) que también ten-drán algo que decir. Es verdad también que cuando el equipo que rodea al personaje ya está “rodado”, es decir,

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ya ha estado algún tiempo trabajando junto, es capaz de dar al escritor o equipo de escritores más confianza y li-bertad que al principio.

¿Quién suele trabajar de “speechwriter”? Habitual-mente son personas que tienen buena capacidad de escri-bir, y que tienen conocimientos de política, economía, etc, así como de los temas de especialidad de su jefe. Suelen ser personas que han estudiado periodismo, co-municación, ciencias políticas, filología o derecho.

Su trabajo suele ser tan discreto que, en muchas oca-siones, son anónimos, hasta el punto de que el gran pú-blico creen que son los propios políticos quienes desa-rrollan esta labor. En algunas ocasiones, como es el caso de Jon Favreau, saltan a los medios de comunicación cuando los periodistas quieren saber quién está detrás de la prosa de los políticos. Entre los “speechwriters” más famosos de la historia de Estados Unidos estuvo Ted Sorensen, que escribió los textos más conocidos de John F. Kennedy, y que apoyó la campaña de Obama estando presente en alguno de sus mítines; Richard Goodwin que lo hizo para el presidente Lyndon B. Jonson; Peggy Noonan trabajó para Ronald Reagan; y Michael Gerson y William McGurn de George W.Bush.

UN HOMBRE, UN MITO

Suceda lo que suceda durante la presidencia de Barack Hussein Obama, éste es ya un mito en la Historia de Estados Unidos de América. En un país en el que aún existen “clubes” donde no se permite entrar a los

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ciuda-político más alto al que se puede aspirar. El apoyo elec-toral, tanto en recaudación –donde superó a McCain con creces– como en número de votos, fue masivo. Pero no sólo en su país, la “Obamamanía” ha llegado a todos los rincones del planeta. Millones de personas de todo el mundo vibraron ante la televisión aquella noche, al con-templar a Obama hablando ya como presidente electo.

El apoyo de otra familia muy reconocida en EEUU ha sido importante. A pesar de que los Clinton hicieron lo posible para conquistar al Clan Kennedy, todos al uní-sono se unieron a los Obama, incluida Maria Shriver, es-posa del gobernador republicano Arnold Swarzenegger, quien hizo campaña a favor de McCain. Edgard, Patrick y Carolina Kennedy, sobre todo, han participado con ellos en diferentes mítines y expresado públicamente su respaldo al afroamericano. Por otra parte, curiosamente, su progenitor, viajó a EEUU desde África, gracias a unas becas creadas por el presidente John Fitzgerald.

Algunos encuentran en el nuevo inquilino de la Casa Blanca el carisma de J.F.K., lo que ha llevado a denomi-narle el “Kennedy negro”, y a Michelle en la Jacqueline del momento. Una pareja joven ha llegado de nuevo a Washington. De hecho, es la primera vez en muchos años que hay niños tan pequeños en la residencia oficial norteamericana. El más joven hasta ahora había sido John John Kennedy.

En un discurso pronunciado por Al Gore, el exvice-presidente de EEUU, en junio de 2008, éste explicó: “re-cuerdo cuando un candidato republicano se cuestionó si el demócrata que se presentaba a las elecciones tenía edad suficiente para ser presidente, también le llamaron

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puede permitir arriesgar el futuro del mundo libre con inexperiencia e inmadurez en la Casa Blanca’. ¿De quién estaban hablando? Todas estas citas provienen de la cam-paña de 1960 cuando los republicanos atacaban a John Fitzgerald Kennedy”. Precisamente, calificativos que el propio Obama tuvo que escuchar también durante su ca-rrera presidencial.

Sea por su naturalidad, tanto la de Michelle, su esposa, como la suya propia, lo cierto es que la familia más fa-mosa de América goza ya de una popularidad sin prece-dentes. De hecho, a los pocos días de su victoria electo-ral, el periódico “Chicago Tribune” ya ofrecía a sus lec-tores un tour por la ciudad donde han estado alojados durante la mayor parte de su vida, con enclaves tan im-portantes como: “el lugar donde se conocieron”, “la he-ladería donde le dio el primer beso”, “su restaurante fa-vorito”, “la Universidad donde él daba clases”, “la barbe-ría donde Obama se corta el pelo”, etc.

Incluso la imagen de Obama ha llegado hasta Japón. En mayo de 2008 surgió la noticia de que en el país nipón había un pueblo llamado “Obama” que estaba co-laborando con el candidato demócrata con el slogan: “Obama por Obama”. Los 32.000 habitantes de este pueblo apoyaban al senador realizando merchandising con su cara para vender a los turistas. En marzo de 2008 el alcalde de la ciudad recibió una carta del futuro presi-dente, agradeciéndole los regalos que le habían enviado, con una nota en la que mostraba su apoyo y admiración por la cultura japonesa.

Otra de las carreras que el inquilino de la Casa Blanca puede ganar es la olímpica. Chicago, su “ciudad” ha

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pre-sentado la candidatura para celebrar las Olimpiadas de 2016, precisamente las mismas a las que vuelve a aspirar Madrid. El 21 de noviembre de 2008, siendo ya presi-dente electo, Barack Obama intervino en video en la pre-sentación que hizo Chicago ante el Comité Olímpico Internacional (COI) para apoyar su candidatura. Desde luego el respaldo de un líder tan carismático como él puede llevar consigo otra victoria, esta vez, para su país. A lo largo de la campaña a la presidencia, Barack Oba-ma supo ganarse, con su presencia, su voz y sus senti-mientos, la simpatía de gente de todos los rincones del planeta Parte de ese triunfo se lo debe a su padre. Como su abuelo le explicó en una ocasión, su progenitor siem-pre decía: “La confianza es la clave del éxito de un hom-bre”. Esa confianza tiene el pueblo americano en su nuevo presidente, y esa confianza ha puesto él en el pue-blo americano; aunque al principio de su carrera política, según explica en su primer libro, él fuera sólo “un negro con un nombre extraño”.

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Capítulo Dos

Su inteligencia emocional

“Habréis oído que mi abuela, que ayudó a criarme, murió ayer. Su nombre era Madelyn Dunhan, nació en Kansas, en 1922. Ella fue uno de esos héroes callados que hay en América, que no son fa-mosos, que no salen en los periódicos, pero que cada día de su vida trabajó duramente para cuidar a su familia. En esta multitud se-guro que hay héroes como ella”.

Charlotte, Carolina del Norte 3 de noviembre de 2008 No fue fortuito que Daniel Goleman mencionara a Obama tres veces durante su conferencia. El autor que en 1995 alcanzó la fama con el libro “Inteligencia Emocional” estuvo en Madrid en octubre de 2008, ha-blando sobre liderazgo. En principio, el ponente no tenía ninguna excusa para nombrar al actual presidente de Estados Unidos. Aunque resulta significativo que una de las personas pioneras en la inteligencia emocional mun-dial apoyara –gratuitamente, porque el público era emi-nentemente español– a un candidato. A no ser que lo considere un líder “emocionalmente inteligente”.

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Lo que sí es casualidad es que en 2004 el propio Goleman publicara en la revista “Harvard Law Review” un famoso artículo denominado “¿Qué hace a un líder?” que se ha hecho mundialmente famoso. Precisamente la publicación en la que Obama destacó por ser el primer afroamericano presidente de la misma. En él su autor decía: “Los líderes verdaderamente efectivos se distguen por un alto grado de inteligencia emocional, que in-cluye la autoconciencia, la autorregulación, la motiva-ción, la empatía y las habilidades sociales”.

Una de las cualidades del actual inquilino de la Casa Blanca, y por eso Goleman aludía a él en su charla, es su inteligencia emocional, una característica que apoya –con-siderablemente– su capacidad para hablar en público.

Según el que es considerado “el padre” de la misma, ésta incluye:

autoconciencia o autoconocimiento: consiste en la

comprensión personal de cómo es uno mismo: sus fortalezas, sus debilidades, sus necesidades, sus moti-vaciones y sus emociones. Las personas con un alto autoconocimiento tienen una gran capacidad para transmitir sus emociones, tener seguridad en sus capa-cidades, reírse de sí mismos y comprender sus limita-ciones.

Durante la etapa de transición, mientras Barack Oba-ma estaba anunciando a los miembros de su futuro gobierno, muchas fueron las voces que se alzaron para criticar que, después de haber hablado de tanto “cambio”, algunos de los seleccionados por el presi-dente electo no eran caras nuevas sino políticos cono-cidos tanto por su trabajo en la era Clinton como en

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la del propio Bush. En diferentes entrevistas con los medios de comunicación él lo dejó claro: “El cambio viene de la persona del despacho Oval”. Conociendo su trayectoria política se advierte que éste siempre ha apostado por la gente valiosa, fueran o no amigos suyos, defendiendo ante todo la experiencia y la capa-cidad para enfrentarse a sus puestos políticos. En un momento de crisis como el que el afroamericano se encontró al acceder a la presidencia de Estados Uni-dos no podía sino tratar de buscar a los mejores, fue-ran republicanos, demócratas o independientes, viejos o nuevos. Esa es la razón por la que seleccionó a Joe Biden como su vicepresidente, un hombre con la ex-periencia en Washington que Obama no tenía, así como a Hillary Clinton, su gran competidora en las Elecciones Presidenciales, convertida después en se-cretaria de Estado.

Hablando de liderazgo, el propio demócrata, en su libro, “La audacia de la esperanza”, menciona una cualidad que considera sumamente “elusiva” en los lí-deres, la “autenticidad”. Él lo define como la capaci-dad de ser uno mismo. Y a lo largo de su carrera po-lítica es lo que ha tratado de ser, y también lo que la gente le pidió. Desde que comenzó a participar en el Senado, las personas con las que se entrevistaba para conocer sus problemas, sus inquietudes y sus anhelos, le decían: “Por favor, siga siendo como es. No nos de-cepcione”.

autorregulación: significa ser capaz de gestionar

co-rrectamente sus emociones, canalizándolas según se necesite. Las personas con una alta autorregulación

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permanecen tranquilas frente a cualquier eventualidad que pueda acontecer.

Obama tiene una capacidad innata, y así lo ha demos-trado durante toda su vida y a través de la campaña electoral, para gestionar correctamente sus emocio-nes. Es capaz de expresar muy bien lo que le ocurre, pero rara vez se deja llevar por emociones negativas como la ira o el resentimiento. Sólo en una ocasión, cuenta en su segundo libro perdió los nervios. Aconteció en 2004 cuando se presentaba al Senado de EEUU y su oponente era otro afroamericano, Alan Keyes. Según Obama éste era un hombre que, no sabía por qué, le irritaba. Durante la campaña, el Sr. Keyes acusó al aspirante demócrata con diferentes ca-lificativos: le llamó “marxista académico de ala dura”, “propietario de esclavos”; incluso llegó a decir que “Cristo no votaría por él”. Su equipo le aconsejó que no se tomara en serio las difamaciones de Keyes, puesto que estaba bastante desprestigiado hasta en su propio partido. Sin embargo, cuenta Obama que en una ocasión, durante el desfile del Día de la Independencia, no pudo evitar tocarle en el pecho con un dedo mientras le decía algo, en lo que según él mismo fue “una conducta de macho alfa en la que no había recaído desde la secundaria”. Los periódicos se hicieron eco de aquello y el demócrata consiguió ven-cer la irritación que Keyes le producía, en los debates posteriores que mantuvo con él, arrepentido de su comportamiento.

En general, durante toda su vida Obama ha demos-trado una gran capacidad de autorregulación, a veces

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incluso en condiciones extremas. Uno de esos mo-mentos tuvo lugar durante el discurso que se men-ciona como apertura de este capítulo. Su abuela, Madelyn Dunham, de 86 años, que fue la mujer que le crió cuando vivió en Hawai, falleció dos días antes de las Elecciones Presidenciales. Su nieto, que suspendió la campaña una semana antes durante unos días para acompañarla y despedirse de ella, tuvo que dar la no-ticia a la multitud que le esperaba en el mitin que le correspondía ese día, en Carolina del Norte. Por pri-mera y única vez en la carrera a la Casa Blanca, el can-didato demócrata sentía cómo las lágrimas se derra-maban por sus mejillas mientras hablaba. Las cámaras de televisión y los fotógrafos de prensa captaron el lance. Obama, ni pudo ni quiso reprimir un llanto que brotaba de lo más hondo de su corazón. A pesar de la tristeza profunda que sentía dentro de su alma, el can-didato fue capaz de recomponerse y continuar con su argumentación.

Otro de los momentos de autorregulación más claros de la campaña electoral sobrevino el 18 de marzo de 2008, cuando Obama realizó la que dicen es una de sus mejores intervenciones públicas. Denominado “A More Perfect Union” (Una unión más perfecta), lo cierto es que este texto ha sido apodado el “Discurso de la Raza”. Además de ser una alocución espectacu-lar de la cual se habespectacu-lará más adelante, surgió en parte debido a la aparición en los medios de comunicación de las declaraciones incendiarias del reverendo Wright, con quien le unía una buena amistad. Segura-mente el candidato demócrata se sintió un tanto trai-cionado por las afirmaciones realizadas por el pastor

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que él había respetado tanto, sin embargo, demos-trando una gran serenidad, explicó su desacuerdo con el pastor de la manera más natural posible.

Por otra parte, en una campaña política es habitual –desafortunadamente– que los contrincantes utilicen todo tipo de instrumentos para atacar al oponente. En este sentido, es de resaltar las impecables intervencio-nes de Obama durante prácticamente todo el periodo electoral. A pesar de las críticas hacia su persona, pri-mero de Hillary Clinton, su contrincante demócrata, y luego tanto de John McCain como de Sarah Palin, candidatos republicanos a la presidencia y la vicepre-sidencia respectivamente, él no tuvo palabras ofensi-vas para ninguno de ellos, haciendo alusión exclusiva-mente a sus programas electorales.

De hecho, la llegada de Palin a la campaña electoral fue bastante revolucionaria arremetiendo contra Oba-ma de forOba-ma vehemente, indicando, entre otros califi-cativos, que era “amigo de terroristas”. En este caso la historia procedía del contacto de Barack Obama con Bill Ayers, un profesor universitario de Chicago que en los años 70 perteneció a un grupo anti-vietnam que fue considerado como terrorista. Cuando el sena-dor demócrata conoció a Ayers éste era ya un profe-sor más de la Universidad de Illinois cuyo pasado había dejado atrás hacía mucho tiempo.

También ridiculizó Palin su experiencia como “orga-nizador comunitario” indicando que eso no era sufi-ciente para ser presidente de EEUU. Obama respon-dió a las críticas de la gobernadora de Alaska expli-cando que el trabajo que realizó en el “South Side” de

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Chicago le había aportado un conocimiento intere-sante que le sería útil para su estancia en la Casa Blanca, y que lo que pretendía Palin era hacer acusa-ciones porque no tenía programa político que defen-der, y él no estaba dispuesto a entrar en ese juego. Por su parte, el senador siempre tuvo palabras de agradecimiento hacia ellos por su valía y su compro-miso con el país. Así lo hizo durante el periodo de Primarias con Hillary, a la que reconocía cualquier vic-toria de ésta. Fue el caso por ejemplo, del 14 de mayo de 2008, en Warren (Michigan), Obama felicitó a la senadora Hillary por su victoria en Kentucky. Explicó que a pesar de los desacuerdos que tenían durante la campaña, admiraba su valentía, su compromiso y su perseverancia. Incluso añadió que sucediera lo que su-cediera con las Primarias (es decir, aunque él no ga-nara) siempre reconocería las barreras que Clinton había roto y los cambios que ello supondría para las mujeres de Estados Unidos.

También lo hizo con los republicanos, destacando el agradecimiento que el pueblo americano le debía a John McCain por su dedicación al país.

Como el propio Obama dice en su libro “La audacia de la esperanza”, “que te llamen cosas feas no es lo peor que te puede pasar”; y como él mismo también ha indicado en alguna ocasión: “cuando estás en la cancha de baloncesto oyes cosas peores”.

motivación: poseer un impulso interior que mueve

a la persona a actuar según sus ideales, sus objetivos, su pasión. Un amor por lo que se hace que se trans-mite a los demás con facilidad.

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Si algo fue Barack Obama a lo largo de toda la cam-paña presidencial ha sido motivador. Su ímpetu, su pasión, se transmitió fácilmente a la sociedad, no sólo norteamericana, sino a todo el mundo, de manera que surgió todo un credo universal, el “Yes we can”, tra-ducido al castellano como “Sí podemos”.

La mayoría de las arengas del demócrata demuestran su amor por la familia, sus principios, sus ideales y un objetivo: hacer este mundo un poco mejor. Movido por unos valores que para él son sagrados y a los cua-les dedica incluso un capítulo de su segunda publica-ción, el actual inquilino de la Casa Blanca se indigna ante cuestiones como la corrupción, la mentira, la falta de honestidad… y así lo hizo saber a sus segui-dores a través de toda la carrera a la presidencia. Por ejemplo, el 25 de mayo de 2008 en una alocución pública en Middletown (Connecticut), el propio Obama manifestó a la multitud que le escuchaba cómo surgió en él el interés por trabajar en temas so-ciales. Indicó que había aprendido de su madre tres valores fundamentales: el trabajo duro, la honestidad y la empatía. Poco a poco, en la Universidad, comenzó a ser más consciente de que existía un mundo a su al-rededor del que podía preocuparse, convirtiéndose en un activista contra el “apartheid” de Sudáfrica, y a in-volucrarse contra la pobreza y las enfermedades. Al terminar la carrera decidió escribir a las organizacio-nes comunitarias de todo el país. Así consiguió su em-pleo en el “South Side”. Mientras sus amigos se colo-caban en grandes despachos de Manhattan, Obama obtuvo un empleo con un sueldo de 12.000 dólares al

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año más 2.000 dólares para la adquisición de un coche.

Sus principios fundamentales, motivados siempre por el Movimiento de los Derechos Civiles y las figuras de Martin Luther King y John F. Kennedy, son de gran relevancia para Barack Obama y así lo evidenció tanto a lo largo de su campaña electoral como en el periodo de transición. Por ejemplo, en la constitución de su equipo de gobierno, se encargó especialmente de que cada una de las personas seleccionadas tuviera un pa-sado que no fuera incompatible con las labores que iba a desempeñar. De hecho, la tardanza en el nom-bramiento de Hillary Clinton como secretaria de Estado no fue debida, como algunos medios de co-municación explicaron, a que la senadora estuviera to-mando la decisión; sino al estudio que los asesores de Obama estaban realizando sobre las actividades de su marido, Bill Clinton, para comprobar que no existiera ninguna incompatibilidad con la labor que la senadora iba a desempeñar.

Otra de las cuestiones que Obama criticó duramente en su oratoria fue el caso de políticos que han traba-jado en la administración norteamericana defen-diendo los derechos de grandes empresas, con el ob-jetivo de obtener posiciones ventajosas tras su paso por Washington. Así lo denunció por ejemplo el 22 de junio de 2007 en una presentación sobre sus ideales éticos, en la que expuso que, en caso de gobernar, es-taba dispuesto a encontrar políticos que tuvieran vo-cación de servicio a su país, más que a rastrear un puesto de trabajo para cuando se acabara su periodo de gobierno.

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Y una de las principales motivaciones de Obama es, por supuesto, su familia. Durante la campaña electo-ral en numerosas ocasiones se le pudo contemplar de-mostrando el amor que siente por su esposa Michelle –“la roca” como él la llama– y por sus dos hijas, Sasha y Malia. Así lo confesaba el 15 de junio de 2008 en una disertación que dio en su ciudad de residencia, Chicago. Explicó que cuando era joven su vida giraba en torno a él y a lo que iba a hacer en el mundo. Sin embargo, cuando las niñas nacieron el foco dejó de estar en él para posarlo sobre sus dos hijas. Y resolvió entonces luchar para dejarles una sociedad mejor que la que él mismo había heredado. Un lugar donde las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hom-bres, donde no hubiera diferencias por razas, donde Estados Unidos no fuera un país odiado por muchas otras naciones y donde el ser humano no estuviera destruyendo el clima. Para un hombre que no tuvo una familia reunida, tener la suya propia es un pilar fundamental.

autoestima: se refiere al cariño por uno mismo, ser

capaz de cuidarse y tener confianza en lo que se hace. Sirve para pisar firme al andar.

Parece superfluo hablar de la autoestima de un hom-bre que llevará para siempre el título de “el primer afroamericano que alcanza la Presidencia de la Casa Blanca”. Él creyó en sí mismo a pesar de que, como ha dicho en más de una ocasión, “no tenía el pedigrí ni el dinero ni siquiera el color de piel que parecía ne-cesario para acceder al puesto”.

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Es su propia autoestima la que le permite reconocer sin problemas su imperfección, y así lo proclama tam-bién en sus alegatos públicos. Por ejemplo, el 3 de septiembre de 2007, en la ciudad norteamericana de Manchester (New Hampshire), explicó que cada día era consciente de que no era un hombre perfecto. Ni que tampoco sería un presidente perfecto. Pero a con-tinuación se comprometió a ser honesto y a escuchar a todos, a los que estuvieran de acuerdo con él y a los que no. Y a decirle al pueblo americano, con honesti-dad, lo que estaba en sus manos hacer y lo que no, res-pecto a los desafíos a los que se enfrentaran.

En su segundo libro analiza en un momento dado qué hace que un político se presente a una campaña elec-toral. Por un lado explica que tiene que haber ambi-ción y determinaambi-ción; la tercera emoambi-ción según él, la siente desde que se presenta la candidatura hasta que se producen las elecciones: el miedo. Él supo lo que es la derrota porque en 2000 perdió frente a Bobby Rush, un congresista demócrata que optó cómo él a un puesto en el Senado de EEUU. A Obama le fue mal y no lo consiguió. ¿Lección que aprendió de aquello? Muchas, pero entre otras, que como él mismo expresa: “en política no hay premio por quedar segundo”. En un plano más personal, el actual inquilino de la Casa Blanca también tuvo que echar mano de su au-toestima cuando trató de conquistar a su actual com-pañera. Michelle ostentaba un cargo más importante que él cuando Barack llegó al despacho de abogados de Chicago, y se negaba en rotundo a salir con el re-cién llegado, a pesar de que éste fuera mayor que ella.

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La joven letrada incluso le presentó a algunas de sus amigas. Pero Obama había quedado encandilado por esa muchacha alta, inteligente, atractiva, y sobre todo con mucho sentido del humor que le rechazaba cons-tantemente. Al final, consiguió su propósito y, si Michelle siempre había sido “la hermana del jugador de baloncesto Craig Robinson”, él pasó a ser “el novio de la hermana del jugador de baloncesto Craig Robinson”.

empatía: ponerse en los zapatos del otro. Ser capaz

de comprender a los demás y sus distintos puntos de vista, contemplando el mundo desde los ojos de otro. Leyendo un poco la vida de Obama es fácil saber quién le inculcó la capacidad para empatizar con los demás, algo que en la actualidad realiza de forma in-nata. Su madre fue la persona que más le influyó en este sentido. Ella le enseñó a tratar bien a todo el mundo, y sobre todo, a si tenía alguna duda, pregun-tarse: “¿Cómo crees que te sentirías tú en esa situa-ción?”, una interpelación que el actual inquilino de la Casa Blanca se ha hecho en muchas ocasiones en su vida. En sus discursos es muy habitual que haga hin-capié en ello; a veces, relatando incluso, una anécdota de su juventud no muy “honrosa” pero que le ilustró lo suficiente.

Lo rememoró el 19 de mayo de 2007 en la Univer-sidad de New Hampshire, mientras participaba en la graduación de unos estudiantes. Durante su primer año universitario estaba en una etapa rebelde, donde no tenía muy claro su futuro, le gustaba estar de fiesta y estudiaba lo justo para pasar los exámenes. En una

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ocasión, en una noche que estaba de juerga con unos amigos en su dormitorio, bebieron demasiado y llega-ron incluso a romper algunas botellas, con lo cual, la habitación quedó hecha un desastre. Al día siguiente, cuando la limpiadora comprobó cómo estaba aquello se echó a llorar. Al comentárselo Obama a una amiga ésta le recriminó: “Esa mujer podía haber sido mi abuela, Barack. Ella se pasó la vida aseando lo que otros habían ensuciado”.

Tan importante es el valor de la empatía para Obama, que recomienda a los padres que se lo inculquen a los hijos. En un discurso que pronunció el Día del Padre –el 15 de junio de 2008–, ante un público familiar, el actual inquilino de la Casa Blanca instó a los progeni-tores a trasladar a sus hijos la capacidad de “mirar el mundo a través de los ojos de los demás”.

En sus alocuciones públicas también mencionó en numerosas ocasiones el “déficit de empatía” existente en Estados Unidos. Para él, el ponerse en los zapatos del otro supone que puedes entender su punto de vista y, además, tratar de encontrar un terreno común. Algunos de sus discursos intentan demostrar a los electores la importancia de situarse en ese territorio compartido, porque como él dice: “lo que nos separa no es más importante que lo que nos une”.

Y como afroamericano, puede saber cómo se siente un negro en EEUU porque él mismo ha vivido situa-ciones, como comenta en su segundo libro, donde le han tratado de forma “especial” por el color de su piel. Así explica que él ha comprobado cómo los guar-das de seguridad de unos grandes almacenes le

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vigila-ban mientras compraba; cómo una patrulla de policía le paraba “simplemente porque sí” o incluso cómo, esperando a Michelle en la puerta de un restaurante, una pareja blanca había llegado y le había querido en-tregar las llaves de su coche para que se lo aparcara.

habilidades sociales: relacionarse con los demás

con facilidad, ganarse a la gente.

Una de las formas de mejorar el contacto con los demás es a través de la escucha activa, tener la capaci-dad de poner atención a lo que los demás están co-mentando. Dicen que hay una razón por la cual el ser humano tiene dos orejas y una sola boca, puesto que se debería escuchar el doble y hablar la mitad. La his-toria de Obama, reflejada en sus alegatos públicos, es la de alguien que ha pasado gran parte de su vida aten-diendo a lo que los demás tenían que contarle. A tra-vés de sus libros así lo expresa, tanto mientras traba-jaba como organizador comunitario como cuando fue senador del Estado de Illinois y se lo tuvo que reco-rrer de arriba abajo; su principal labor era saber qué es lo que el pueblo norteamericano tenía que aportar. Así averiguó los problemas de los estadounidenses, sus inquietudes, sus anhelos, sus sueños, y eso fue lo que le movió a meterse en política. En sus alocucio-nes hay continuas referencias a personas reales, de la calle, cuyas vidas anónimas le sirven a Obama para poner ejemplos de lo que le acontece a la ciudadanía de su país.

Un ejemplo de ello aparece en uno de sus textos. Según comenta, los senadores en EEUU tienen dere-cho a utilizar aviones privados para sus

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desplazamien-tos, pagando por ello como si fuera un billete normal de línea aérea. Pues bien, aunque Obama reconoce que a veces era incómodo viajar por línea regular de una ciudad a otra: había que hacer cola, soportar los atas-cos de tráfico para ir a los aeropuertos, etc…una de las ventajas era que, en esos momentos de espera, había gente que se le acercaba y le contaba cosas que, como él mismo profiere: “Estas son las historias que te pier-des en un jet privado a cuarenta mil pies de altura”.

TRANSMISIÓN DE EMOCIONES

Todas estas cualidades que identifican si una persona es emocionalmente inteligente son fundamentales a la hora de hablar en público. La inteligencia emocional es algo que se puede y se debe trabajar, es decir, todo el mundo puede desarrollarla.

Las emociones, además se transmiten muy fácilmente; saber hacerlo adecuadamente es una herramienta básica para la oratoria. Barack Obama es un buen ejemplo de ponente que propaga emociones constantemente, tan pronto hace reír al auditorio como consigue que a éste se le encoja el corazón. No tiene problema, por ejemplo, para hablar de sus orígenes sencillos, de su amor a su fa-milia, de sus dificultades… Él dice que fue su padrastro indonesio, Lolo Soetoro quien le enseñó a gestionar sus emociones.

La inteligencia emocional consigue “humanizar” a la persona, mostrarla como es, con sus virtudes y defectos, sin que ella se avergüence del tema. Durante la campaña

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electoral, en julio de 2008, los cuatro miembros de la fa-milia Obama fueron entrevistados en el programa de te-levisión “Access Hollywood”. En el mismo, aparecían en un sofá al aire libre, su mujer, las niñas, Malia y Sasha, y él. En un momento determinado, hablando de moda, Michelle comentó que los pantalones que su marido lle-vaba puestos los tenía desde hacía 10 años. El entonces candidato a la presidencia de Estados Unidos se rió y asintió con la cabeza. También una de sus hijas, pregun-tada por algún defecto de su padre, explicó como éste solía dejar los calcetines tirados por el suelo. El matrimo-nio Obama, con la naturalidad que les caracteriza, son-rieron ante la ocurrencia de su hija.

En otra ocasión, durante el segundo debate presiden-cial que tuvo contra John McCain, el 7 de octubre de 2008 –que era del estilo “tengo una pregunta para usted” de TVE– una de las cuestiones que le hizo el público asistente a Barack Obama fue: “¿qué no sabe y qué hace para saber?”. El demócrata cogió el micrófono de mano y reveló: “ahí está mi mujer, seguro que tiene una lista mejor que la mía sobre lo que no sé hacer, y cuando algo no lo sé se lo pregunto a ella”. Días más tarde, pregun-tada Michelle Obama sobre este momento en el pro-grama televisivo de Larry King, ella dijo: “Pensé: ¡qué majo es! Es verdad, si Barack no sabe algo lo bueno que tiene es que lo reconoce y no tiene problema en buscar a quién lo sepa. Su ego no es tan grande como para que no pueda reconocer lo que no sabe, es capaz de reírse de sí mismo. El sentido del humor es muy importante en el liderazgo y él lo tiene”.

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Curiosamente, hablando de esta natural inteligencia emocional del presidente Obama, el 24 de diciembre de 2008 el New York Times publicaba un artículo de Jeff Zeleny indicando que el carácter tranquilo y sereno del actual inquilino de la Casa Blanca puede deberse a su na-cimiento y primeros años de vida en Hawai, un estado que puede considerarse el más “zen” de los EEUU. “Para muchos observadores de Hawai –dice Zeleny– el buen humor del Sr. Obama representa el “Espíritu Aloha”, un estado mental de paz y una actitud amistosa de aceptación de todas las ideas y culturas”. Algunos añaden incluso que la sensación de calma que transmite cuando habla procede también de la isla americana. Influya o no en su carácter su anecdótico nacimiento en Hawai, lo cierto es que Barack Obama cuenta con una especial condición de emocionalmente inteligente que le beneficia, entre otras cosas, en su trato con las demás personas y, por supuesto, en su oratoria. En referencia a su procedencia, en una ocasión la propia Michelle ex-clamó: “No puedes entender realmente a Barack hasta que entiendes a Hawai”.

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Capítulo Tres

Su naturalidad, su humildad y su corazón

“Sé qué duro es esto. Poco tiempo para dormir, mal pagado y mucho sacrificio. Hay días de decepción, pero a veces, sólo a veces, hay noches como esta –una noche– una noche que, dentro de unos cuantos años, cuando hayamos hecho los cambios en los que cree-mos; cuando más familias puedan permitirse ver a un médico; cuando nuestros hijos –cuando Malia y Sasha y vuestros hijos– he-reden un planeta un poco más limpio y más seguro; cuando el mundo vea a América diferente, y América se vea a sí misma como una nación menos dividida y más unida; miraréis hacia atrás con orgullo y diréis que este fue el momento en el que todo empezó”.

Des Moines, Iowa 3 de enero de 2008 5 de febrero de 2008. Obama está a punto de corres-ponder a una multitud que le aclama por su victoria en el supermartes. Su mujer, Michelle le acompaña al subir es-trado. Una vez que le deja sólo el candidato demócrata inicia su charla. Agradece su presencia a los asistentes, a su esposa y a sus niñas. Comenta cómo antes de llegar había preguntado a su hija Malia si quería estar arriba con

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él. La cría le contestó: “Papá, tú sabes que eso no es lo mío”. El público, evidentemente, rió ante la respuesta de la niña y la naturalidad del padre al relatarlo.

Hay tres claves fundamentales para hablar en público, tres características que hacen que el orador tenga éxito, pues le capacitan para transmitir sus emociones adecua-damente, son: la naturalidad, la humildad y el corazón. La familia Obama –tanto Barack como Michelle– como se observará a lo largo de este libro, dispone de los tres ingredientes, lo cual les facilita, en gran medida, ganarse al público que les atiende.

NATURALIDAD

La naturalidad, entendida como el “ser uno mismo” es una de las cualidades más fructíferas a la hora de ha-blar en público. Frente a los políticos encorsetados y de cartón, aquellos que se muestran más “normales” triun-fan con mayor facilidad. En el mundo de la oratoria éste es un valor muy escaso y, a la vez, muy rentable. Cada vez más oradores dejan de lado el atril o el formalismo de di-sertar tras una mesa y se sueltan a hacerlo mientras se mueven por el escenario con el único apoyo del micró-fono de mano, y a veces, unas fichas en la otra.

Habitualmente una de las cuestiones que más preocu-pan al orador novato es el miedo a “hacer el ridículo” y que los demás se rían de uno. Como herramienta para enfrentarse a ello está la naturalidad.

Otra de los puntos que inquietan al ponente que co-mienza es la sensación de que “algo pueda salir mal”. Y

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aunque es factible que algo falle en una presentación en público: un micrófono no funciona, el proyector se es-tropea, el ordenador no reconoce el “pendrive”, se rompe un foco, etc, una vez más la clave está en el buen uso de la naturalidad. El auditorio lo entiende todo, y lo acepta todo, si se le explica convenientemente y con una sonrisa. Por supuesto, llegar con tiempo al lugar, revisar y comprobar los medios técnicos, ensayar incluso si es posible, es también fundamental para reducir al mínimo las probabilidades de que algo no marche bien en el mo-mento oportuno. De hecho los políticos que realmente quieren tener éxito en sus apariciones, aprecian pisar el escenario antes de que se incorpore el público, de ma-nera que tengan claro dónde se tienen que situar, cómo funcionan los micrófonos, por dónde deben entrar y salir, etc.

Por supuesto, la capacidad de comportarse con natu-ralidad lleva aparejada también la seguridad en uno mismo obtenida por la experiencia. A lo largo de su ca-rrera política Barack Obama se ha ido enfrentando cada vez a retos mayores en cuanto a alocuciones públicas se refiere, superando todos ellos con creces. Uno de los momentos en el que tuvo que contener los nervios fue el de su primer gran discurso, el de la Convención Nacional Demócrata de 2004 en Boston. Él no era una figura im-portante dentro del partido y ni siquiera tenía muy claro por qué le habían elegido para esa labor, como él mismo ha relatado en alguna ocasión. En el auditorio estaban todos los demócratas a los que admiraba, incluidos Jesse Jackson, a quien había ido a escuchar a algún mitin cuando aún estaba en la Universidad, Hillary y Bill Clinton, John Kerry, etc. Unos minutos antes de salir al

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escenario su equipo y Michelle estaban decidiendo qué corbata debía ponerse. Al final eligieron la que llevaba puesta Robert Gibbs, uno de sus hombres. Justo cuando se disponía a salir, su esposa le dio un fuerte abrazo y le dijo: “No la pifies, amigo”. Y con la mayor naturalidad del mundo, como si lo hubiera hecho siempre, el senador de Illinois salió al escenario y encandiló a un público que descubrió a un joven afroamericano con una historia ex-traña, que describía su vida y la de su familia con gran es-pontaneidad. Los aplausos fueron ensordecedores y Obama marcó un hito en aquella reunión.

Durante toda su carrera política el actual inquilino de la Casa Blanca ha tenido que disertar en muchas y dife-rentes circunstancias. A veces, junto a personajes que le imponían especialmente, como el 4 de marzo de 2007, en un acto en conmemoración del Derecho al Voto. Obama se encontró con que C.T. Vivian, reverendo y gran amigo del Dr. King, estaba entre la audiencia. “Cuando vas a hablar delante de quien Martin Luther King dijo que era el mejor predicador que él jamás había oído, entonces tienes problemas. Estoy un poco ner-vioso de estar con tan buenos predicadores”.

En otra ocasión, el 2 de mayo de 2005, en Michigan participó en un acto sobre Derechos Civiles. En su dis-curso, mencionó cómo días antes había coincidido en Atlanta con personalidades como Ethel Kennedy –viuda de Robert Kennedy– y Coretta Scott King –viuda de Martin Luther King. Cuenta que ambas le manifestaron: “Estamos deseando oírte hablar”, lo cual, según Obama, le intimidó completamente, y así de espontáneamente lo relató.

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También el 27 de junio de 2005, conferenciando ante la Asociación Americana de Bibliotecas estaba expli-cando lo importante que era para él que los niños leye-ran. Así que comentó: “¿Qué ocurriría si conseguir un libro fuera tan fácil como alquilar un DVD o comprar una hamburguesa en McDonalds? ¿Y si en vez de un ju-guete con cada Happy Meal dieran un libro? ¿Qué pasa-ría si hubiera carritos de libros en vez de carritos de he-lados en los parques?” Con total naturalidad expuso lo que para él podía ser normal, hacer más accesibles los li-bros a los niños. Seguro que en muchas ocasiones, otros padres tenido estas mismas ideas.

Hay cientos de anécdotas que demuestran la naturali-dad del presidente; por ejemplo, la inserción en el dis-curso de la victoria, el 4 de noviembre de 2008, dirigién-dose a sus hijas, de la referencia a que por fin les com-praría un perro. El cachorro había sido una promesa de los Obama a sus niñas tanto si ganaban como si perdían las elecciones. El tema del perro se hizo tan famoso en EEUU que, como indicó el presidente electo en una en-trevista televisada en noviembre de 2008: “estamos reci-biendo más consejos sobre el perro que deberíamos ad-quirir que sobre la crisis económica”.

Uno de los temas polémicos que surgió durante la campaña electoral y que Obama supo resolver con tran-quilidad fue el de la pregunta sobre si había tomado dro-gas o no en su vida. Frente a otros políticos que niegan sus pasados más “rebeldes”, el senador demócrata nunca ha tenido reparos en reconocer que en una época de su juventud probó ciertas drogas como el alcohol, la mari-huana y la cocaína. Un ejemplo más de su naturalidad

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pero también de su honestidad, pues pocos de los que se dedican a la Política son capaces de mostrarse tan y como son y tal y como fueron. Evidentemente, la since-ridad le supuso ciertas críticas por parte de sus oponen-tes, como era de esperar, pero evitó la especulación sobre si las había tomado o no, o si lo estaba ocultando o no.

HUMILDAD

De igual importancia es la humildad a la hora de ha-blar en público. El orador, sea quien sea, tiene que ser consciente de sus limitaciones, de quién es, asumiendo que como individuo, tiene cualidades buenas y malas. Es un error habitual entre algunos ponentes el considerarse superior a las personas que les están escuchando, consi-guiendo de esta forma dificultar su capacidad de empati-zar con el público.

A lo largo de su biografía y de su carrera política hay muchas anécdotas que demuestran la humildad de Obama y quien ha leído un poco sobre él y ha seguido sus mítines lo sabe. Nunca, por ejemplo, le ha importado que se conocieran sus orígenes. Él es el primero que habla de su abuelo materno trabajando en los pozos de petróleo de Kansas y su abuela en una fábrica; mientras su abuelo paterno fue un empleado doméstico de los in-gleses durante toda su vida.

También es muy habitual en él comentar lances que le han acaecido en un evento, cuando se encontraba en otro. Por ejemplo, el 2 de junio de 2006 dio una confe-rencia para los estudiantes que se graduaban en la

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Universidad de Massachussets. Comenzó indicando que era un placer para él volver a Boston pues tenía muy bue-nos recuerdos de la Convención Nacional Demócrata. Él mismo reconoció que fue un enorme honor para él y que si se lo hubieran dicho años antes que él iba a estar allí ese día dirigiéndose a tanta gente no se lo hubiera creído. Aunque lo mejor fue cuando relató lo que le había suce-dido en otra reunión similar. Era el año 2000 y estaba iniciando su carrera política. Estaba un poco deprimido porque las cosas no le iban muy bien y sus amigos le ani-maron para que asistiera a la Convención Demócrata que iba a tener lugar en Los Ángeles. Cuando llegó al aero-puerto, se dirigió al mostrador de Hertz para alquilar un coche, rellenó los papeles necesarios, entregó su tarjeta de crédito y la señorita le dijo: “Sr. Obama, parece que hay un problema”. Era verdad. Su tarjeta había sido de-negada. Al final pudo presenciar la Convención pero las credenciales que le dieron no eran las que le correspon-dían así que se pasó una semana viendo los actos desde los peores lugares. Según él mismo relató, cuando cuatro años más tarde le instaron a que diera el discurso en Boston, lo primero que se aseguró fue de tener vehículo para asistir.

En otra ocasión, el 2 de mayo de 2007 en San Diego, California, en la Convención Estatal Demócrata, ya du-rante la campaña a la Presidencia, Obama confesó al pú-blico asistente:

“Creo en mi capacidad para liderar este país. Pero también creo que no puedo hacerlo sin vosotros. Habrá momentos en los que es-taré cansado, habrá momentos en los que cometeré errores –es ver-dad, preguntadle a mi mujer, ella os dirá. Pero esta campaña que

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estamos llevando a cabo tiene que ser sobre vuestras esperanzas y vuestros sueños y eso es lo que haré. Porque hay pocos obstáculos que puedan acallar el poder de millones de voces reclamando un cambio”.

Meses más tarde, el 22 de julio de 2007, en un encuen-tro en Miami, explicó lo conmovido que se sentía porque miles de personas abarrotaban sus mítines, muchas de ellas, según dijo, gente que nunca antes había estado pre-sente en un acto electoral.

“Estamos viendo más americanos registrándose [para el voto] y contribuyendo de lo que se ha visto en cualquier otra campaña en la historia. Hay gente joven y vieja, republicanos y demócratas, blancos, negros y latinos. Me gustaría pensar que todo el mérito es mío, pero mi mujer me recuerda todos los días, que yo no soy tan grande”.

Un ejemplo más de la sencillez de Barack Obama sur-gió en una entrevista que le realizaron en la televisión. En ella, él comentaba que cuando comenzó a trabajar como senador en Washington, se alquiló un apartamento en un bloque de pisos para pasar las tres noches que tenía que dormir en la capital del país. El lugar era tan modesto que su equipo se reía de él porque decían que tenía el alojamiento más simple que cualquier chaval de menos de 25 años de los que trabajaban con él. El can-didato demócrata comentó que no necesitaba más.

Referencias

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