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Esclavos del Deseo (1996) Título Original: Editorial: Sello / Colección: Género: Protagonistas: Argumento:

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Jacqueline Baird

Esclavos del Deseo (1996)

Título Original: A Devious Desire (1995) Editorial: Harlequin Ibérica S. A.

Sello / Colección: Julia 801

Género: Contemporánea

Protagonistas: Alex Statis y Saffron

Argumento:

Cuando Saffron conoció a Alex Statis, pensó que su cara le resultaba

familiar, y pronto se dio cuenta de que era el hombre que había provocado la

destrucción de su amiga Eve. Debía seguir trabajando para la madre de

Alex, lo que suponía enfrentarse a su propio deseo por él, pero poco a poco

una idea perversa se fue fraguando en su interior. La intensa pasión que

había entre ellos dos podía ser un arma contra Alex, y si el deseo lo

arrastraba hasta el matrimonio… ¡por fin podría vengarse de él!

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Capítulo 1

Saffron se echó para atrás y se acomodó en la silla de plástico del viejo café de carretera; sonrió cínicamente a la mujer mayor situada en el extremo opuesto de la mesa y le dijo:

—Ya he pagado la cuenta y le he pedido al dueño del bar que nos pida un taxi. Son casi las seis, y a las siete tenemos que estar a bordo.

—No protestes, cielo, y termínate el vino.

—Tus deseos son órdenes para mí —contestó—. Pero recuerda que es tu tercer vino. Y luego no me eches la culpa si tu artritis te juega una mala pasada —dijo Saffron, e inmediatamente se tomó el vino.

No tenía valor para robarle a Anna unos minutos en aquel viejo café de la ciudad amurallada de Rhodes, después de que ésta se hubiera pasado horas tratando de encontrarlo.

—¿Qué tiene de especial este café, al fin y al cabo? —preguntó Saffron por enésima vez.

En realidad no esperaba una respuesta. Anna había sido muy reservada en este punto, y a Saffron tampoco le importaba demasiado. Su pregunta no era una queja, la hacía casi por costumbre.

Un mes antes, Saffron había estado trabajando como terapeuta de rehabilitación y estética para una agencia de Londres que ofrecía sus servicios a domicilio a importantes clientes, y que además cubría el servicio en algunos hospitales de la ciudad. A través de esta agencia, el doctor de Anna Statis se había puesto en contacto con ella, ya que consideraba que una terapia le ayudaría a mejorar su movilidad, afectada por un viejo problema de artritis en la rodilla y por una mala caída que le había afectado al hombro. Después de diez días de trabajo había conseguido un contrato de seis meses como terapeuta particular de Anna. En ese momento estaban haciendo un crucero por las islas de Grecia, en el Pallas Corinthian. No se podía quejar. Mejor vida, imposible.

Habían disfrutado de la tarde paseando por Rhodes, y caminando por la Calle de los Caballeros de San Juan, donde se habían podido deleitar entre las pintorescas casas y tabernas que la poblaban. Finalmente, para satisfacción de Anna y alivio de Saffron, habían encontrado el pequeño bar. Era mejor que Anna no siguiera andando, en su estado no era recomendable.

—Aquí concebí a mi hijo.

—¿Qué? —Dijo Saffron, apurando lo que le quedaba de vino y con una especie de risotada—. Me estás tomando el pelo. ¿En un bar de carretera? —preguntó fijando sus ojos verdes al azul de los de la anciana.

—Es cierto. Yo era una bailarina en un crucero. Era muy osado hacer algo así para una chica inglesa de esos tiempos. El barco pasaba normalmente por Rhodes.

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Conocí a un griego, Nikos Statis, muy apuesto. Y en una habitación que hay arriba de este café concebimos a mi hijo Alexandros, hace cuarenta años.

Saffron miró a la mujer. Su pelo, ahora cano, había sido rubio. Tenía enmarcado el rostro en un moño, y podían adivinarse unos rasgos delicados que habrían hecho de Anna una bella mujer. Sin embargo, a pesar de la belleza que conservaba aún a los sesenta y pico de años, también se detectaba un cierto aire melancólico en sus ojos.

—Y ahora vuelves al lugar. ¡Qué romántico! —murmuró Saffron, aunque sinceramente tenía sus dudas acerca de lo que le contaba.

Cuando llevaba una semana trabajando con Anna, se había sorprendido viendo cómo ésta se las había ingeniado para convencer a su médico de que lo que necesitaba era hacer un crucero, para que su recuperación fuera más rápida. Anna podía dar la impresión de ser frágil, pero no había duda de que tenía una gran habilidad para salirse siempre con la suya.

—¡Sí, romántico! Yo también pensé eso en su momento —continuó Anna—. Pero me equivoqué, y mucho.

Saffron estaba intrigada, y quería oír más sobre la historia, por lo que dijo: —¿Equivocada?

—Algún día te contaré la historia. Necesito contarle a alguien la historia. Y en el corto tiempo que llevamos juntas, me he sentido más cerca de ti que de ninguna otra persona a lo largo de estos años. Probablemente porque tú has vivido sola la mayor parte de tu vida, y también estás sola, como yo.

—Pero tú tienes un hijo.

Anna hablaba siempre de su hijo, pero sin embargo él se ocupaba poco de su madre. En todo el tiempo que llevaba trabajando con Anna no la había llamado ni una sola vez.

—Sí, es cierto.

Evidentemente, su hijo y ella no tenían una relación estrecha. «La típica actitud masculina», pensó Saffron.

Pero tendría que esperar para que Anna le siguiera contando, porque acababa de acercarse un taxi al bar.

Anna apuró su vaso y dijo:

—Venir a este bar me ha servido para dejar atrás algunos fantasmas. Pero debemos irnos ahora, ¿no?

—Sí. De todos modos, me ha gustado conocer tu café. Sobre todo porque ahora te encuentro mejor de ánimo.

—¿Mejor? ¿De verdad lo crees? Gracias, Saffy.

Saffron miró con ternura a su paciente, se colgó el bolso al hombro, y ayudó a la mujer a ponerse de pie, sosteniéndola por el codo. Anna echó un último vistazo al piso de arriba del bar. Cuando Saffron estaba a punto de ayudarla a sentarse en el coche, oyó una voz que gritaba:

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—¡Vámonos!

Al mismo tiempo vio cómo daban un tirón al bolso de Anna. Y Saffron le advirtió:

—¡Cuidado! ¡Un ladrón!

Los años en el orfanato, y una vida entera cuidando de sí misma, más unas clases de defensa personal, la habían ayudado a tener los reflejos rapidísimos, y a reaccionar y defenderse sin vacilación. Con un movimiento algo masculino y una llave magistral, enseguida dominó a su atacante. Entonces, ayudando como pudo a la anciana, dijo:

—¡No te preocupes, Anna! Está todo controlado. Pero cuando Saffron miró a Anna, descubrió que ésta, lejos de preocuparse, se lo había tomado a risa.

—¡Es gracioso!

—¡No tiene ninguna gracia! ¡Casi nos roban!

—Saffy, hija. Si hubiese dudado de tu capacidad para desenvolverte en este puesto, no sé qué sería de mí —y luego continuó entre risas—. ¡Pero es que nunca he visto nada más gracioso en mi vida!

Saffron llevaba unos pantalones cortos, un top ajustado sin sujetador, y el pelo pelirrojo despeinado. Entre su aspecto, y la mirada llena de adrenalina que luchaba por salir, pensó que seguramente asustaría a cualquiera.

—¿Qué tiene de gracioso? —preguntó, y luego le dedicó una mirada al hombre que tenía en su poder—. Este hombre intentaba atacarnos —Saffron no le veía la cara, pero oía sus lamentos contra el suelo.

La escena había reunido a varios curiosos, incluido el propietario del bar, que preguntó:

—¿Quiere que llame a la policía? «La policía…», dudó Saffron.

Pronto debían estar a bordo del barco. Si la policía las entretenía, perderían el barco. Saffron miró a Anna ante sus dudas. La mujer estaba secándose las lágrimas de risa, y con la otra mano negaba con un gesto.

—¡Policía, no! —dijo Anna.

—Entonces subamos al coche y vámonos.

Saffron se dio cuenta entonces de que eran el centro de atención y eso no le gustó. Sujetó firmemente su bolso y, cuando se dispuso a partir, por fin pudo ver la cara del hombre, que lentamente se había ido arrastrando hasta el coche.

Era un hombre moreno, cuyos rizos ocupaban parte de la ancha frente. Unas cejas bien formadas, los ojos negros, la mandíbula cuadrada, y una nariz un poco larga y respingona; una boca ancha completaba sus rasgos faciales. En ese momento tenía en los labios un gesto de dolor. Saffron dirigió la mirada entonces hacia sus hombros anchos, cubiertos por una camiseta blanca que dejaba apenas al descubierto una sombra oscura de pelo en el pecho. Unos pantalones cortos dejaban al aire unas

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piernas largas y musculosas con el mismo vello. Su aspecto era algo rudo y peligroso. Saffron pensó entonces que quizás no había sido acertado lo que había hecho con el hombre. Si lo hubiera visto antes, no se habría atrevido con él, probablemente.

«¡Qué extraño! Su cara me es familiar», pensó, pero era imposible.

—Vamos, Anna. Métete en el coche. No vale la pena perder el tiempo con este espécimen. Ya se encargará la policía de él.

Saffron ayudó a Anna. Quería desaparecer de aquel lugar inmediatamente. No fuera que el hombre tuviera tiempo de hacerles algo.

—No, no, Saffy. No entiendes nada —dijo Anna riéndose aún—. Éste es mi hijo. Alexandros. Alex.

—¿Qué? ¿Tu hijo? No puede ser. No te creo —no salía de su asombro—. No… —Pero lo es. De verdad —dijo al final Anna controlando un estallido de risa. —Gracias, mamá. Me alegro de que te resulte tan gracioso que yo pase por esto —dijo él con voz grave.

Saffron se sintió absolutamente estúpida. Pero de pronto empezó a sonreírse ante lo absurdo de la situación. Sabía que no era muy oportuna su risa, pero no pudo evitarlo, de modo que aquella sonrisa primera fue transformándose en una risa franca y relajada.

—Y usted también, quienquiera que sea —siguió diciendo él—. Si yo estuviera en su lugar no me reiría. Si alguien debe llamar a la policía, ése soy yo, a quien usted acaba de atacar sin el menor escrúpulo.

—¡Oh, Alex! ¡Por Dios! ¿Qué estás diciendo? Eres un engreído —y luego, apoyándose en el brazo de Saffron, agregó—: Tienes razón. Será mejor que nos vayamos. Entra en el taxi. Podemos perder el barco si no nos apuramos.

Pero no fue fácil escapar de aquel incidente. Rápidamente, Alex se metió en el coche con ellas, le indicó la dirección al taxista en griego, y emprendieron todos el camino hacia el puerto.

—Bueno, madre, quizás quieras explicarme qué estás haciendo con esta especie de demonio pelirrojo —le dedicó una mirada a Saffron, que estaba entre ellos dos, y luego volvió a mirar a su madre—, en un crucero por las islas.

—De vacaciones —contestó Anna abiertamente—. Saffy es mi nueva acompañante. Y antes de que digas nada, te aclaro que el doctor Jenkins está de acuerdo.

Saffron se resistía a alzar la cabeza, evitaba la mirada de Alex. En medio de la excitación que habían provocado los acontecimientos de la última media hora, Saffron no había podido pensar en lo que había pasado realmente. Ahora se daba cuenta de que había atacado al hijo de la persona para la que trabajaba, y que eso era bastante comprometido. Ella contaba con seis meses de contrato con Anna. Tenía todos los gastos pagados, además de cobrar una suma con la que podría ahorrar y poner en el futuro su propio centro de rehabilitación y estética. Un sueño que acababa de estropear con ese incidente.

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De pronto, Alex le dijo unas cuantas cosas en griego a Anna. No parecían muy amables aquellas palabras. Sin embargo, luego estiró el brazo para alcanzar la espalda de su madre y rodearle los hombros. Al hacerlo, rozó el cuello de Saffron, provocándole un escalofrío. Ella fue consciente entonces de su potente masculinidad, y lamentó sinceramente haber reaccionado con él de ese modo.

Había conocido a muchos hombres de ese estilo. Duros, fríos. Incluso su madre había dado a entender que se sentía sola. Ahora Saffron entendía por qué. Las había forzado a meterse en el taxi como si ellas fueran un equipaje. «¡Cerdo arrogante!», pensó. Luego, para horror suyo, se dio cuenta de que había hablado en voz alta, y que él la estaba mirando.

—Mire, si quiere seguir con vida, le aconsejo que mantenga la boca cerrada. Ya ha ocasionado bastantes problemas. Secuestrando a mi madre. Atacándome… Una palabra más, y conocerá las cárceles griegas antes que ningún otro sitio.

—Ya está bien, Alex —lo interrumpió Anna—. No creo que un taxi sea el lugar adecuado para discutir. De todos modos, ya hemos llegado.

Alex, sin más palabras, salió del coche y fue a abrirle la puerta a su madre. Saffron bajó y miró hacia el muelle, luego volvió a mirar a Anna y a su hijo. Vio entonces que Alex se inclinaba para darle un beso a su madre, y después pagaba al taxista. Entonces condujo a Anna gentilmente hacia la escalerilla del barco.

Saffron pensó entonces que tal vez se había equivocado en su juicio hacia él, y que verdaderamente no descuidaba a su madre. Para tratarse de una mujer que veía poco a su hijo, Anna no había parecido sorprenderse cuando Alex había aparecido. Más bien se lo había tomado como una broma. Era todo bastante extraño…

De todos modos le daba igual. Se le acabaría el trabajo. Le hubiese gustado seguir haciendo el crucero, pero si tenía en cuenta la cara de asesino que le había dedicado Alex Statis, debía resignarse a perderlo.

Pero también se equivocaba en esta apreciación.

Una vez a bordo, Saffron pensó que lo mejor sería darles la oportunidad a Anna y su hijo de tener una conversación a solas. Para ello, se entretuvo charlando con otro viajero, un amable caballero americano, con quien compartió una conversación acerca de la belleza de Lindos y el lugar de destino del crucero para ese día. Luego, discretamente, se fue al camarote.

Tan pronto como entró notó en el ambiente una atmósfera tensa. Anna estaba sentada, con las manos cruzadas sobre el regazo, la cara seria, mientras Alex iba de un lado a otro del camarote como un tigre enjaulado.

—No hay prisa, señorita Martin —Alex la miró de forma tan intensa que Saffron se sintió intimidada.

—No tenía idea de que tuviéramos prisa. Al fin y al cabo este crucero dura tres días más.

—No para usted —dijo Alex. Saffron se sintió turbada por su contestación—. Las dos tienen que hacer las maletas, y estar listas lo antes posible para abandonar el

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barco. Voy a hablar con el capitán para que demore la salida, pero dése prisa. Porque cada minuto de retraso sobre la hora de salida va a costarme muy caro.

—¿Qué? —Saffron no estaba segura de lo que estaba oyendo. Debían abandonar el barco, pero ¿adonde iban después?—. ¿Dónde vamos? —dijo por fin.

—A mi yate. Y no tengo tiempo para preguntas. Mi madre insiste en que usted siga con nosotros y complete sus seis meses de contrato. Parece que usted es insustituible para ella.

Alex le dedicó una mirada de arriba abajo, deteniéndose más de la cuenta en sus pechos ceñidos bajo el escaso top, siguiendo por la pequeña cintura hasta sus caderas estrechas y sus piernas largas. Con esa mirada estaba todo dicho. Alex dio dos pasos largos y se colocó a su lado.

Saffron se sintió amenazada. Luchó para frenar sus impulsos de empujarlo y apartarlo. Él estaba demasiado cerca. Había algo en el hombre que la intimidaba, que la hacía sentirse amenazada. Era algo que tenía que ver con su sexualidad, debía admitirlo. Pero además se trataba de algo más profundo y oscuro, que no alcanzaba a comprender, pero que ella percibía claramente como amenazante.

Cuando Saffron alzó la mirada y se encontró con las facciones duras del rostro de Alex. Le pareció conocerlo de algún sitio…

De pronto su voz grave la sorprendió:

—He conocido a más de una de su estilo; y no creo que valga usted demasiado. Al contrario; más bien será un error que termine saliendo caro.

Saffron no pudo evitar alzar la mano para darle una bofetada. Pero él la detuvo sujetándola, mientras le decía:

—No obstante, y en contra de mi deseo, hemos acordado que seguirá con mi madre, por su bien.

El contacto de su mano tuvo un efecto casi eléctrico sobre su piel.

—Sonría, Saffron —y luego dijo en voz alta para que lo oyera su madre—: Hemos hecho un trato, Saffron. Démonos la mano.

Y así fue como la forzó a tener un gesto amistoso con él antes de soltarle la mano.

Ella aún estaba reponiéndose cuando lo oyó decir:

—Pero no crea que me he olvidado de lo que ha hecho antes. Se lo haré pagar, bruja de ojos verdes.

Alex se fue dando un portazo.

Saffron estaba tan asustada como rabiosa. De no haber sido por la cara implorante de la vieja mujer, se hubiera ido de allí inmediatamente.

—Te pido disculpas por el comportamiento de mi hijo. Es un poco tirano, pero en el fondo lo hace por mi bien. ¿Quieres aún seguir conmigo? Te necesito, de verdad.

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—No me parece que sea una buena idea —dijo Saffron secamente—. Tu hijo y yo no nos entendemos para nada, y sobre todo después de que yo lo atrapase… —de pronto el recuerdo de la escena le hizo gracia, y soltó una sonrisa.

—No fue culpa tuya. No creo que Alex lo tenga muy en cuenta en realidad. Por otro lado el yate es muy grande, y por lo que conozco a Alex, seguramente no le veremos el pelo. Suele traer siempre a alguna mujer, o a más de una, y por supuesto a la familia —dijo frunciendo el ceño—. Por eso prefería hacer un crucero con gente desconocida. Es más divertido.

Saffron estaba indignada. Cómo podía un hombre tratar así a su madre, llevarla con él de vacaciones, pero dejarla totalmente sola, olvidada en el barco, mientras él pasaba un rato agradable con su último objeto sexual en un camarote. Porque Saffron estaba segura de que para un tipo como él las mujeres no debían significar más que eso. Su actitud y los comentarios lo confirmaban: era un hombre que se creía muy macho, y que destilaba agresividad por los cuatro costados.

—Pero el médico ha dicho que no debías sufrir disgustos, y experiencias que pudieran ponerte nerviosa. Sería mejor que se lo dijeras a tu hijo. Has tenido una caída, es cierto, pero pronto estarás totalmente recuperada.

Anna le había pedido a su médico y a Saffron que mantuvieran en secreto el accidente que había sufrido. No quería preocupar a su hijo y complicarle la vida. Saffron, en cambio, pensaba que su hijo le traía más problemas a ella de los que nunca hubiera podido acarrearle su madre, llevándola de aquí para allá, en lugar de dejarla tranquila en Londres.

—Estoy segura de que si él supiera lo que te ha pasado se portaría contigo de otro modo, y podría cuidarte él mismo, en vez de hacerlo yo.

—No entiendes, querida. No puedo decírselo a Alex. Sé lo que iba a decir. Que soy demasiado vieja para vivir sola y andar a mi aire. Querría que dejara mi casa de Londres y que viviera con la familia. Y eso no podría soportarlo. Quiero conservar mi independencia. Por favor, prométeme que te quedarás.

Saffron suspiró. No podía abandonar su trabajo, por más que le disgustara el hijo de su pobre paciente. «Pobre», pensó, quizás no fuese la palabra para definirla. Porque por más que a la vista de todos parecía una vieja débil y delicada, se había impuesto al duro Alex y había hecho su voluntad, que era que se le permitiera seguir con Saffron.

—Sí, por supuesto —contestó Saffron enternecida por Anna, mientras se dirigía al ropero. Luego agregó—: Será mejor que empiece a hacer el equipaje.

Saffron daba vueltas en la cama. Y sabía que no era por el calor, porque el barco tenía aire acondicionado; ni tampoco por el ruido del motor del barco abriéndose paso por el Mar Egeo, al que ya se había acostumbrado. Se debía al fantasma de Alex Statis, que la perseguía mentalmente y la llenaba de desconfianza y temor.

Con una eficiencia asombrosa, él las había apartado de aquel crucero, las había llevado en taxi hasta un helicóptero que las estaba aguardando, y para su asombro, a

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las diez de esa misma noche, habían descendido en la plataforma de un enorme y lujoso yate atracado en una de las principales islas.

Sin el menor rodeo, un camarero las había conducido a su camarote. ¡Y qué camarote! Tenía una cama circular, una suite a juego, un baño, un aseo. El camarote de Anna era aún más lujoso, con una sala de estar para ella sola.

Saffron había intentado charlar con Anna mientras deshacía el equipaje. Pero su jefa no parecía estar de humor para la conversación. Sin embargo, más tarde, cuando Saffron comenzó a cepillarle el pelo antes de irse a dormir, la mujer le dijo:

—Quizás he sido algo irresponsable al irme por ahí por mi cuenta, sola. Al menos eso es lo que piensa Alex —murmuró suavemente, como quien habla sola. Luego, fijando la mirada en el espejo, le dijo a Saffron con ojos suplicantes—: Pero tú lo entiendes, ¿no?

Saffron no entendía nada, ni una pizca.

La cena había sido una cena fría, informal. Y no por la hora tardía que se había hecho, ya que los griegos estaban acostumbrados a cenar tarde, sino probablemente por deferencia a la salud de Anna. Después, Alex había mirado a su madre y le había dicho a Saffron que acompañase a Anna a su cuarto para que se acostase. Saffron se alegró de salir de la vista de Alex, ya que no se la quitaba de encima. Alex la observaba en todos sus movimientos, algo que para Saffron, cuando menos, resultaba molesto.

—No, en realidad no entiendo nada —le contestó a Anna.

—No, claro, supongo que no. Se trataba de recrear una fantasía del pasado para esta pobre vieja. El Pallas Corinthian era el barco en el que yo trabajaba, un barco que, más tarde lo descubrí, pertenecía a mi esposo, Nikos.

—¿Quieres decir que me hiciste reservar un viaje en tu propio crucero? — Saffron recordó entonces que Anna había insistido, cuando le había hecho reservar los pasajes, en que fuese ese barco y no otro.

—No exactamente. Alex está encargado del negocio, lleva ocupándose de él desde hace años, y se lo vendió a otra compañía hace algunos años. Él no tenía tiempo para sentimentalismos. Por eso mismo no pude contarle lo que quería hacer. Pero me alegro de que hayamos tenido unas vacaciones, Saffy, aunque no durasen mucho. Me bastó visitar Rhodes y el café; gracias, querida, por hacerle caso a esta vieja loca y nostálgica.

—No creo que seas una vieja loca. Yo creo que eres maravillosa. ¿Quieres que te dé masajes en la espalda antes de irte a la cama?

—No, hoy mejor no. Estoy muy cansada, y prefiero irme directamente a dormir. Anna se levantó y tocó suavemente la mejilla de Saffron. Luego dijo:

—Eres una buena chica por aguantarme, pero me gustaría que hicieras una última cosa por mí.

—Sí —contestó Saffron sin dudar un momento. En las últimas semanas sentía que se había encariñado con Anna, y que haría cualquier cosa que le pidiera.

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—Por favor, no le digas a Alex por qué quería una terapeuta y masajista. No quiero que sepa que estoy tan mal que no puedo levantar el brazo siquiera para peinarme. Es muy astuto, enseguida sospecharía que tengo algo más que artritis y se preocuparía.

Saffron pensaba que ya era hora de que el bruto de su hijo se preocupase por ella. Pero no le dijo una palabra a Anna sobre ello, y en cambio le prometió que no diría nada.

Saffron trataba de convencerse de que no había cambiado nada desde la aparición de Alex. Al fin y al cabo había podido conservar el trabajo y seguían haciendo un crucero, aunque éste era en un barco particular. Pero había algo en toda esta historia que la inquietaba, si bien no sabía bien qué era. Además, en una o dos semanas estarían de vuelta en Londres y Anna se instalaría en su lujosa casa del centro. Y entonces sería más que improbable que se volviera a encontrar con Alex Statis. Así que todo lo que debía hacer era cerrar la boca y no interponerse en su camino. Y no sería demasiado difícil lograrlo. Después de todo ella era una acompañante de Anna, nada más.

Cerró los ojos una vez más, pero la imagen de Alex, apostado sobre el quicio de la puerta y siguiéndola hasta el camarote de Anna, no se la podía borrar. Parecía estar grabada en sus pupilas. Aquel hombre moreno, vestido con ropa informal pero elegante, sus pocas canas adornando sus rizos, delatando sus treinta y nueve años. Su frente ancha, los labios sensuales formando una sonrisa cínica a su paso. «Puede irse ahora mismo». Era una frase que no se la podía sacar de la cabeza.

«Puede irse ahora…», se repetía y repetía. ¿Lo conocía de antes? No, no era posible, debían ser figuraciones suyas, una mala jugarreta de su mente cansada. O no. Tal vez había visto alguna foto suya en casa de su madre y por eso su cara le parecía familiar. Seguramente era eso.

Volvió a cerrar los ojos, y por fin se rindió al sueño, donde un hombre alto y moreno aparecía también en sus pesadillas.

Alguien golpeó la puerta del camarote, interrumpiendo un descanso poco profundo.

—Café, señorita —seguramente sería el camarero.

—Adelante —se incorporó, e inmediatamente pensó si Anna estaría despierta ya.

De pronto las imágenes del día anterior se hicieron nítidas, y seguidamente Saffron abrió los ojos grandes para tratar de disolver la imagen ante sí. Pero…

—¡Usted!

Alex, vestido escasamente con un albornoz corto, apenas sujeto a la cintura con el cinturón, se acercaba a ella con una jarra de café y una taza en una bandeja.

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El hombre no tenía una belleza convencional, pero había que admitir que tenía un atractivo que pocas mujeres podrían resistir, incluida Saffron. Su piel bronceada, la barba incipiente de la mañana, le daban un aire de pirata irresistible.

—¿Le parece que ésta es una forma de saludar a su jefe por la mañana? ¿Sobre todo si le trae café?

—Usted no es mi jefe —contestó ella, pero su comentario le había traído a la mente sus obligaciones—.Pero si sale podré vestirme e ir a ver a Anna —dijo enseguida, ya totalmente despierta.

No tenía idea del aspecto adorable que tenía, con su pelo entre rojizo y dorado, caído sobre los hombros, y un mechón fuera de sitio metido entre sus pechos, por debajo de su ínfima camiseta que llevaba para dormir.

—Por lo que se ve, no es una persona que funcione bien por la mañana. No se despierta de buen humor. Es una pena, porque tiene un aspecto sinceramente delicioso.

¿Cómo se atrevía a esos juegos de seducción?

Los ojos de Saffron se dirigieron a los de Alex. Y así descubrió que él los tenía fijos en otra parte de su cuerpo femenino que estaba más abajo. De un tirón se envolvió en la lujosa sábana de satén, justo a tiempo, porque Alex ya se estaba sentando en la cama. Estaba muy cerca, demasiado cerca. Y no tenía ningún derecho a estar allí.

—¿Puede salir, por favor? —preguntó nerviosa.

—No esté tan atemorizada. Una chica guapa como usted debe haber tenido docenas de hombres en su habitación.

Ella nunca había tenido a ningún hombre en su habitación, y estaba segura de que no iba a empezar con un espécimen tan arrogante como el que tenía ahora a su alcance.

—¡Fuera!

—No sea presumida —dijo Alex cínicamente, mirando sus mejillas rojas sin la menor discreción—. Sólo vengo a hablar con usted antes de que se levante mi madre. ¿O por qué cree que he venido a despertarla a las siete de la mañana? —preguntó burlón.

Saffron no podía hacer nada por controlar el rubor que se había apoderado de ella.

—¡Qué mente tan retorcida, Saffron! —dijo con una sonrisa sardónica.

El hombre se complacía en tomarle el pelo. Pero Saffron se había dispuesto a aguantarlo y permanecer impasible. Por tanto se dirigió a la mesa donde estaba el café y se sirvió una taza, luego agregó leche. Y entonces le dedicó una mirada.

—Dígame, ¿por qué le pusieron el nombre Saffron? Siempre pensé que era una especia. ¿Es como las especias? —preguntó, con una sonrisa malévola.

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Saffron le dedicó una mirada, luego miró la taza que tenía en sus manos, sorbió el café caliente, y sólo entonces contestó, ignorando la parte de la pregunta que no le interesaba.

—Saffron es una planta, que cuando se seca se pone de un color amarillo intenso, casi anaranjado, y puede servir como tinte. Cuando nací, mis padres en cuanto vieron el color de mi pelo, me llamaron Saffron.

Él alargó la mano hasta el mechón que le caía entre el pecho, y se envolvió uno de sus dedos.

—Su color no es pelirrojo exactamente. Está entre el pelirrojo y el rubio dorado. Una mezcla de colores parecida a una llama viva.

Sus pechos se endurecieron al leve roce de su mano. Se puso colorada, porque Alex se había dado cuenta de cuál había sido su reacción. Se sintió indefensa. Un día antes se había sentido una eficiente profesional que hacía su trabajo concienzudamente. En cambio, en las últimas doce horas, desde la aparición de este hombre, con su estilo de vida lujoso y sofisticado, se había sentido extraña, incómoda. No estaba segura de que le gustara todo eso.

Saffron liberó su mechón de pelo de su dedo, y rápidamente bajó la mirada. Entonces Alex se movió de manera que su albornoz dejó al descubierto parte de su pierna bronceada y musculosa. Saffron dejó volar la imaginación, y en su fantasía erótica lo vio acercarse a ella y apretar su cuerpo contra la sábana de satén que la cubría, permitiendo el tacto entre sus cuerpos casi desnudos. Alex, desnudo y bronceado, acercándose, sus ojos encendidos de pasión.

—¿Qué tal el café? ¿Bien?

Saffron estaba horrorizada ante su propia imaginación. Apartó la vista del muslo que la había encendido, y trató de ocultar su rubor, bajando la cabeza.

—Sí —respiró hondo, y exhaló lentamente el aire.

Su reacción ante Alex había sido ridícula. ¿Qué diablos le estaba pasando?

Siempre se había sentido orgullosa de su autocontrol, pero con este hombre estaba claro que iba a tener que emplearse a fondo.

—¿El camarote está bien? —preguntó él.

Él sabía perfectamente que mejor no podía ser el camarote, que era lujoso para cualquiera. Pero, evidentemente, estaba tratando de darle conversación, o de cambiar de conversación.

Entonces ella decidió ser directa:

—¿Qué quiere, señor Statis? —preguntó con firmeza.

—No se trata de lo que yo quiero, señorita Martin. Es más bien qué es lo que usted quiere —había abandonado el tono de burla totalmente, y empleaba uno grave, que acompañaba con una mirada fría y profunda—. Mi madre es una mujer rica. No sé quién convenció a quien para hacer un crucero, algo absolutamente innecesario en estas circunstancias.

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—Yo no…

—Es posible que me esté diciendo la verdad. Mi madre puede ser bastante retorcida a veces —interrumpió él secamente.

¡Anna retorcida! Bueno, quizás un poco, pero comparada con ese hombre, era la inocencia personificada. Saffron escuchó sus palabras absolutamente enojada.

—He hablado con su médico y parece que está todo controlado. Sé que usted le gusta a mi madre. Y sé, a mi pesar… —torció los labios en un gesto de desagrado—, que usted puede cuidarla y cuidarse muy bien, por lo que se ve. Pero me gustaría saber dónde aprendió esas formas, y por qué le hizo falta aprenderlas. Así que tómelo como una advertencia; si tiene la más mínima idea de aprovecharse de ella, o de mezclarse en sus demenciales planes, olvídelo. ¿Entiende?

Alex se puso de pie y la miró de forma amenazadora.

—Ahora le dejo que saboree su café. ¡Ah! Se me olvidaba, bienvenida a bordo. Saffron nunca se había sentido tan insultada. ¡Qué ideas tenía el hombre! Como si ella fuera a engañar a Anna.

Entonces, en medio de estos pensamientos humillantes, Saffron explotó, y le tiró la taza de café encima.

—Por qué… —unas manos fuertes la sujetaron, la arrastraron desde la cama hasta un cuerpo vigoroso.

Quedó suspendida en el aire. No le dio tiempo a continuar hablando, porque la boca de Alex se posó sobre la suya y le dio un beso que la dejó sin aliento. Intentó luchar para soltarse y sintió entonces que se caía.

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Capítulo 2

Saffron cayó de espaldas en la cama. Todo el peso del cuerpo de Alex se le vino encima. Ella intentó levantar una rodilla, pero Alex no se lo permitió. Su muslo desnudo empujaba entre sus piernas. Saffron intentó arañarlo en la cara, pero él le sujetó las manos, diciéndole:

—¡Maldita gata salvaje! Ayer me sorprendiste totalmente desprevenido. No me vas a sorprender dos veces. Alguien tiene que darte una lección, y voy a ser yo.

Saffron sintió la amenaza de su mirada.

—¿Qué dices? —alcanzó a preguntar ella antes de que él le cerrara la boca con un beso.

La lengua de Alex se abría paso a través de la profundidad de su boca. Saffron entonces sintió la desnudez del muslo de él entre sus piernas. La camiseta de ella se había enrollado en la cintura, dejando al descubierto parte de su anatomía. El albornoz de él se había abierto completamente, y sus cuerpos habían quedado por fin en contacto, piel con piel. Los pechos de Saffron, entonces, desobedeciendo sus órdenes, se habían endurecido anhelantes de aquella presión, sobresaliendo en el tejido de la prenda.

Para su sorpresa, notó que su corazón se empezó a acelerar, a la vez que un calor interno la recorría de pies a cabeza. Y el beso que en principio había tratado de frenar, empezaba a convertirse en un acto apasionado y seductor. Fue consciente del poder viril de su cuerpo. Sus muslos se movían entre sus piernas, y había algo más…

«Bueno, al fin y al cabo, yo no le hice daño ayer…», pensó Saffron. Y entonces, una risa histérica brotó de sus labios.

—¿Qué diablos te pasa? —Alex le clavó la mirada, y luego se levantó de pronto y se puso de pie.

Ella reconocía que aquella risa había sido causa más del temor que del humor, pero no sabía si él realmente lo había notado.

—Cúbrete, haz el favor. No me vas a atrapar tan fácilmente —dijo a la vez que le echaba encima la sábana.

«¿Atrapar?», pensó Saffron. ¿Qué quería decir con eso? De repente tuvo consciencia del magnífico cuerpo que se abría paso por un albornoz completamente abierto. Unos hombros anchos, el cuerpo desnudo totalmente. Su fantasía del día anterior había sido satisfecha con esta realidad de un cuerpo magnífico. Ese cuerpo bronceado en toda su extensión… a excepción de una franja más clara que lo atravesaba a la altura de las caderas.

—Recuerda que te lo he advertido —dijo Alex fríamente, mientras se colocaba bien el albornoz—. Y ahora será mejor que hagas la tarea para la que has sido contratada y te ocupes de mi madre.

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Saffron era incapaz de reaccionar. Seguía igual que estaba antes de irse él. No estaba preparada para un ataque semejante a sus sentidos. Tenía el pulso acelerado, los pechos erguidos, y en el aire aún percibía el aroma del cuerpo de Alex seduciéndola en su ausencia.

Era increíble, pero no imposible, se decía. No le gustaba Alex, y sin embargo se había sentido atraída irresistiblemente por él. Ella, que podía contar con los dedos de la mano los hombres a los que había besado.

Lentamente, a medida que su respiración se fue haciendo normal, Saffron empezó a justificar su reacción. Se dijo que no era normal, que había sido el efecto de una alucinación, que no podía haber sido real, sino algo imaginado.

Tenía veinticinco años y se conocía lo suficiente como para saber que no era una persona con grandes apetencias sexuales. Un par de experiencias en la adolescencia le habían enseñado que era mejor no interesarse demasiado por la sexualidad.

A los diez años había perdido a sus padres en un accidente de coche, y se había quedado sola en el mundo. El resto de su vida lo había pasado en un orfanato. No había estado mal su experiencia allí, el personal era amistoso, pero nunca podía reemplazar al hogar que había perdido en Surrey. Tenía trece años cuando había tenido su primer problema. Uno de los chicos mayores, la había atacado y tirado en el suelo, sujetándole las manos a la altura de su pecho. Pero Eve, su amiga, había impedido que el hecho se consumara.

Saffron respiró hondo, y decidió levantarse de la cama. Tenía los ojos empañados por un llanto incipiente a cuenta de los recuerdos. Eve, su mejor amiga, dos años mayor que ella. Después de dejar el orfanato aún la seguía llamando. Pero Eve había muerto hacía dos meses, y su muerte la había llenado de desconsuelo. Aún no se había repuesto de ella.

Se secó las lágrimas, y se dirigió a la suite.

Era mejor dejar los recuerdos donde estaban, en el pasado. Se fue entonces a la ducha. Abrió el grifo todo lo que daba como para que la fuerza del agua borrara de su cabeza todo lo que le rondaba.

Lo más razonable era dejar el trabajo en cuanto regresaran a Londres. No dudaba que echaría de menos a Anna. Pero la mujer no tardaría en encontrar a otra persona de su agrado. Y si permanecía con ella, iba a terminar teniendo serios problemas con Alex Statis. Era un hombre poderoso y peligroso, que estaba seguro de que ella buscaba algo de su madre. No sería fácil la vuelta a Londres. Ella acababa de dejar su habitación compartida con Tom y Vera, y éstos se habían alegrado, porque habían decidido casarse y preferían empezar la nueva vida viviendo solos. Por supuesto que podía pasar una temporada en un hotel o un hostal, pero seguramente eso le ocasionaría un desembolso económico con el que no contaba.

Entonces recordó el último mensaje de Eve.

Lo tienes todo, Saffron, eres guapa, tienes buen carácter, y la experiencia como para seguir adelante sola. No como yo. Yo soy una perdedora nata. Prométeme, Saffron, que no

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dejarás que cualquier cabrón se apodere de tu vida. Sé siempre fiel a ti misma, a tus sueños. Trabaja por tu cuenta. Sé tu propio jefe. Hazlo por mí. Demuéstraselo a ellos.

Después de estos pensamientos, tomó una decisión. No dejaría que el señor Statis la hiciera sentir amenazada y temerosa en su trabajo. Salió de la ducha y se envolvió en la toalla con determinación. Anna era quien la había contratado. Y Anna estaba contenta con ella. Y en todo caso, cuando llegaran a Londres no tenía por qué volver a ver a su hijo. Y el salario que recibiría le permitiría satisfacer su sueño de poner un centro de belleza y rehabilitación.

Diez minutos más tarde, vestida con unos pantalones cortos azul marino y una camiseta blanca lisa, Anna abrió la puerta de su camarote.

—¡Oh! Estás levantada —dijo Saffron. Anna le sonrió.

—Y ya has tomado café, por lo que veo —agregó Saffron, al tiempo que se daba cuenta de que Anna fijaba la vista en la taza que tenía al lado de la cama.

Si había un vicio que tenía la mujer ése era el café.

—Sí, querida. Al parecer, he tenido el mismo ser vicio que tú. Alex me lo ha llevado.

Saffron se puso colorada, ya que seguramente Anna no había sido atacada de la misma forma que ella.

Saffron se acercó al comodín a buscar sus cosméticos y crema limpiadora.

—¿Quieres que te pida el desayuno o prefieres darte una ducha y un masaje primero? —preguntó Anna tratando de disimular su rubor.

—El masaje primero. Pero que sea rápido, si puedes. Tengo que subir a desayunar con Alex a las nueve y media en punto. Y no quiero discusiones con él. Acaba de decirme que ha perdido tres días a cuenta mía.

—¡Perdido! —Saffron se sintió irritada ante la sola idea—. ¡Si ha sido culpa suya! Estábamos perfectamente en el Pallas Corinthian. Esta fue idea suya — gesticuló Saffron.

—Bueno, no es exactamente así. Tengo que confesarte algo. Saffron la miró con curiosidad. Entonces Anna prosiguió:

—Mira. Lo que pasa es que yo generalmente voy con ellos en el crucero durante una semana, en junio. Pero como esta vez Alex estaba en Australia, y no sabía cuándo volvería, decidí hacer el crucero contigo a mi aire. Cuando él llegó el fin de semana no sabía dónde estaba yo. Entonces decidió buscarme, y así fue como se pasó varios días siguiendo mis pistas, en lugar de estar trabajando. Normalmente yo tendría que haberme reunido con él y la familia el pasado fin de semana.

—Si es así, ¿por qué tanta prisa? Podríamos haber esperado a los otros miembros de la familia en el puerto, y tu hijo podría haber permanecido en su trabajo.

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—Es culpa mía. Insistí en irnos rápido, porque tuve miedo de que si estábamos unos días en el puerto tú pudieras cambiar de opinión y quisieras volverte a Inglaterra. Sé lo pesado que puede ser el trato con mi hijo, y temí que te fueras. No quería perderte. De esta forma no puedes bajarte del barco, y además le dije a Alex que quería que tuviera una relación amistosa contigo.

—¿Por qué lo hiciste, Anna? No sé si está bien que intercedas por mí —dijo Saffron.

—Sí, bueno, pero tú sabes que no hay nadie como tú, que pueda arreglarme el pelo o maquillarme. Ni siquiera yo misma, cuando estaba bien —respondió Anna con sinceridad.

Una hora más tarde, Saffron había terminado con el arreglo personal de Anna y la estaba acompañando hasta el lugar donde la esperaba Alex.

Era muy tarde cuando habían llegado la noche antes. Sin embargo Saffron había podido ver el lujo de los camarotes, la elegancia del salón principal, y el deslumbrante comedor. Pero la zona donde él las estaba esperando tenía algo más. Un sofá tapizado en algodón en colores verde y azul pastel; un par de sillones mullidos; una mesa baja a juego con varias otras más pequeñas discretamente colocadas en lugares donde podrían ser útiles, y varias plantas grandes adornando el salón, era lo primero que se veía en el lugar. Al lado de la zona de los sofás había también una piscina circular. El agua cristalina dejaba ver un fondo de azulejos claros con dibujos de delfines. El efecto era impresionante, ya que la sensación que se tenía era de que los delfines estaban nadando en la piscina, lo que le daba un toque mágico y sorprendente. Alrededor de la piscina había unas tumbonas estratégicamente distribuidas, y unas mesas debajo de sombrillas a juego.

Saffron estaba impresionada por el derroche y el lujo del lugar. Ella se había imaginado que Anna tenía dinero, pero parecía que Alex Statis tenía más aún. No le extrañaba que estuviera preocupado por la posibilidad de que alguna persona sin escrúpulos quisiera raptar a su madre, o aprovecharse de ella. Pero eso no le daba derecho a desconfiar de ella, pensó con rabia. No la conocía, y tampoco tendría la oportunidad de conocerla. Evidentemente ella estaba muy por debajo del nivel de su círculo social, y lo sabía perfectamente.

Saffron se sentó en uno de los sillones, tratando de evitar mirar a Alex, que se encontraba en uno de los sofás frente a ella, elegantemente vestido. El desayuno era completo. La mesa estaba preparada con pan, croissants, cereales, café, té y zumos de frutas. El mismo camarero que la había recibido el día anterior lo estaba sirviendo.

Hablaron de temas generales; y Saffron apenas hizo algún comentario oportuno. Prefirió dejar la conversación en manos de madre e hijo, y entretenerse en cambio en admirar lo que los rodeaba. El sol de junio brillaba en la piscina y, sobre todo, en el profundo mar azul; también daba una luz cálida al blanco del barco. Saffron pensó que aquello podía ser perfectamente el paraíso… Y que además, si seguía comiendo así, su nuevo trabajo le iba a suponer bastante sobrepeso.

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Saffron se sintió sorprendida al oír su nombre. Descubrió entonces que posiblemente ella misma podría haber sido parte de la conversación, y que esperaban que ella diera la opinión acerca de algo.

—Díselo otra vez, Alex —dijo Anna con una sonrisa.

Saffron miró sin ganas hacia donde se encontraba Alex. Volvió a descubrir el bronceado de sus piernas largas, que emergían de unos pantalones cortos blancos. Una camiseta sin mangas negra destacaba el ancho pecho musculoso. Su apariencia era peligrosamente masculina, poderosamente atractiva.

—Llegaremos a Mykonos en un par de horas. Mi madre quería ver otra vez la isla, pero no se encuentra bien como para recorrerla —entonces dudó antes de seguir hablando—. Me sugiere la idea de que yo la lleve a usted —agregó con un tono burlón, en el cual había incluido un doble sentido a la proposición—. Serán unas pocas horas.

Su sonrisa canalla, su cuerpo contundente cerca de ella, le estaba causando un cierto efecto hipnótico. Entonces tragó saliva, y abrió la boca para decir «no», pero entonces se le hizo un nudo en la garganta, y oyó:

—Sí, por supuesto que Saffron querrá ir —era Anna que contestaba en su lugar—. No puede perderse Mykonos.

—No lo sé… —atinó a decir, sabiendo que estar a solas con Alex era peligroso. —Por supuesto que sí —insistió Anna.

Saffron miró a Alex. Tenía una mirada divertida, burlona. Sabía que ella quería decir que no. Que no se atrevía…

—Sí, de acuerdo. Es una buena idea —se oyó decir, mientras se perdía la mirada de cinismo en los ojos de él.

—Bueno, señoras, si me permiten. Tengo cosas que hacer —dijo Alex poniéndose de pie. Luego agregó con una sonrisa a su madre—: A eso de la una estoy contigo, mamá.

Los rasgos de su cara se relajaron por un momento y pareció otro hombre; casi bello. Pero cuando dejó de sonreír a su madre, volvió a ponerse la máscara de hombre duro, y a sus ojos marrones asomó un gesto de salvaje depredador.

—Espero poder mostrarle Mykonos. Me agradará ver su impresión del lugar. Saffron sintió una emoción difícil de definir. Se preguntaba si sería temor, o qué. Pensó que tal vez sólo se trataba del entusiasmo por un día libre, al margen de sus obligaciones. De todos modos, algo le pasaba frente a ese hombre.

—Será un placer —contestó con una sonrisa fría.

Saffron se apoyó en la baranda del barco mirando a la tripulación, cómo bajaban la escalerilla, y cómo se acercaban para tomar tierra, donde Alex y ella bajarían a dar un paseo.

La isla era como Anna se la había descrito durante toda la mañana, entre charla y charla.

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El barco había tomado tierra en el puerto de Mykonos y la vista desde allí era absolutamente espectacular. La tierra salpicada de casitas blancas, dunas a lo lejos, y sobresaliendo apenas, las cúpulas redondeadas de las iglesias que le daban fama al lugar. Molinos de viento formando una hilera completaban la imagen de calidez.

Saffron trató de desprenderse del hipnotismo del lugar, y trató, una vez más, de convencer a Anna de que fuese con ellos.

—Luego te ayudaré a bajar al barco, Anna. Vas a estar bien, te lo prometo. Es una pena que no bajes.

—¡No! Desde aquí puedo ver todo lo que quiero.

No te olvides de que yo he estado aquí numerosas veces. —Bueno, si estás segura de que eso es lo que quieres.

—Seguro. Quiero que Alex y tú os olvidéis de mí, y que no volváis hasta que hayáis visto el atardecer en la Pequeña Venecia.

Antes de que Saffron pudiese responder, Alex estaba a su lado. Se había cambiado los pantalones cortos blancos por unos azul marino, que conjuntaba con una camisa de seda estampada. Y estaba realmente atractivo, pensó Saffron.

—¿Está lista, Saffron? ¿Se ha traído su traje de baño? —preguntó él echándole una mirada de arriba abajo.

—Sí —contestó ella con el bolso de playa al hombro.

Saffron estaba preparada para ir delante de él, pero Alex le previno:

—En este caso los caballeros van primero; así, si se cae al agua puedo ayudarla —le dijo soltándole el brazo por el que la había detenido.

El pequeño bote llegó rápido a la costa. Un coche alquilado los estaba esperando. Y en pocos minutos habían abandonado ya el lugar y se dirigían al campo.

—Pensé que íbamos a ver la ciudad —dijo Saffron, preocupada por lo que parecían ser distintos planes de Alex.

—Más tarde. Primero recorreremos la isla en coche, quizás nos demos un baño. Hay unas playas magníficas. Hay dos o tres nudistas, si las prefiere —agregó malévolo.

—No, gracias.

—¿Por qué no? No será nada nuevo, nada que no hayamos visto esta mañana. Saffron se puso colorada, recordando los hechos de aquella mañana.

Alex se rió y luego dijo:

—De acuerdo. Trajes de baño. Usted gana.

Era como un día de descanso para Saffron. Después de esa tomadura de pelo, Alex parecía haber dejado su hostilidad hacia ella y haberse transformado en una agradable compañía.

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Almorzaron pescado con arroz y verduras frescas en un pequeño café en una playa casi desierta. Tomaron vino y dieron un paseo por la playa.

Alex la sorprendió con una conversación amena acerca de la historia de la isla. Aparentemente, no hacía mucho tiempo, era una isla pequeñita habitada por pastores y pescadores. Pero el estilo de las casas, todas pintadas de blanco con leves toques azules, era tan pintoresco que las autoridades decidieron incluirla como lugar de importancia turística. Ahora se había transformado en un lugar muy popular, lleno de turismo. Pero la seguían cuidando, de manera que no se permitía atracar a los grandes barcos. Sólo tenían acceso los barcos pequeños.

A mitad de la tarde el sol estaba más fuerte y Alex sugirió que descansaran un rato. Extendió en la arena una toalla que tenía en el bolso. Y ella hizo lo mismo con otra toalla que colocó algo apartada de él. Alex entonces se quitó los pantalones cortos y se quedó con un bañador pequeño que dejaba poco a la imaginación.

Saffron hizo esfuerzos por no mirarlo. Al filo de los cuarenta años, su cuerpo atlético parecía el de un hombre de veintitantos y además era perfecto. No le faltaba ni le sobraba nada. Saffron empezó a sentir el riesgo que suponía quedarse a solas con él.

—Te echo una carrera hasta el agua —la incitó.

—Ve tú primero. Luego te alcanzo —Saffron necesitaba unos minutos para relajarse.

Alex se alejó hacia el agua turquesa. Ella volvió a deleitarse ante su físico descomunal. Pero… ¡qué estaba pensando!

Saffron se despojó de la ropa y se vio a sí misma en bañador. Había preferido un bañador a un bikini porque le parecía más tradicional y conservador. Pero ahora se preguntaba si había hecho bien. Era un traje color verde jade, de lycra, que dejaba ver sus piernas hasta la cintura, sin tirantes y con unas tiras atravesando el triángulo que formaba el escote. De pronto se dio cuenta de lo provocativa que estaba. ¿No se había dado cuenta antes? Ahora ya era tarde. No tenía remedio. Tomó aliento y fue corriendo hacia el agua. A lo lejos pudo ver a Alex nadando. Era un buen nadador. Pero Saffron sospechaba que era el tipo de hombre que todo lo hacía bien. Saffron no se molestó en competir con él. Simplemente disfrutó del contacto con el agua y jugó a su aire. Alex parecía estar a millas de distancia, tratando de llegar a una roca. Nadaba rítmicamente.

Saffron salió del agua, quizás decepcionada por la falta de interés de Alex hacia ella, si bien no quería admitirlo. Luego se tendió al sol y cerró los ojos. Como consecuencia del cansancio y la tensión de esos días, se quedó dormida.

—¡Saffron! —despertó aturdida, sin saber dónde estaba.

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—¿No sabes que quedarse dormido al sol es el colmo de la estupidez? —le preguntó tocando el contorno del escote suavemente, con un dedo—. Te vas a quemar, tienes la piel delicada.

—Alex… —hubiese querido preguntarle si había disfrutado del baño, pero entonces se dio cuenta de que el dedo de Alex se había adentrado levemente entre sus pechos. Ella sabía que debía oponerse a ese gesto, pero no pudo detenerlo.

—Es muy suave y voluptuoso. Una combinación perfecta.

Alex olía a sal y a mar, y su masculina esencia irradiaba el aire. Ella sintió su larga pierna acercarse a las suyas y vio que bajaba más la cabeza, tapándole el sol.

—Saffron, me vuelves loco —le dijo.

Saffron sintió que algo le quemaba en su interior. Sabía que debía moverse, irse de allí, pero sólo pudo hacer un movimiento de la lengua sobre sus labios secos, como quien anticipara el beso que se avecinaba. El calor de los labios de él invadió la boca de ella. Sintió la mano varonil en uno de sus pechos. La lengua de Alex buscó un hueco en la de Saffron y todo ello produjo una respuesta absolutamente desconocida en ella. Nunca lo había sentido antes con un hombre. El reaccionó inmediatamente a la excitación de ella. Pero de pronto, en medio del beso, Alex soltó un quejido de frustración.

Ella lo miró confusa y atemorizada. Sus ojos negros la amenazaban.

—¿Cuántos años tienes, Saffron? ¿Diecinueve? ¿Veinte? —dijo acomodándole el traje de baño y situándose a un lado. La miraba fijamente—. Debo estar loco.

—Tengo veinticinco, casi veintiséis —atinó a decir cuando recobró el habla. —Menos mal. No quiero seducir a una menor.

—No me estás seduciendo —dijo ella incorporándose de golpe—. Ya he tomado bastante sol —siguió diciendo mientras se preguntaba dónde iría a parar su pregunta sobre la edad.

Una vigorosa mano la retuvo cuando ella intentaba ponerse de pie.

—Espera, Saffron. Sé que lo de ayer no fue un buen comienzo. Aunque reconocerás que no ha sido sólo culpa mía. Pero somos dos personas adultas; seguramente podemos ser más razonables si nos lo proponemos.

Saffron se giró para mirarlo. Sus ojos oscuros aún brillaban con el deseo. —¿Razonables? —preguntó ella.

—Sí. Te deseo, más de lo que haya podido desear a cualquier mujer en todos estos años.

Alex se había excitado demasiado, algo evidente a la vista de su erección. Ella se ruborizó al verlo. «No tiene la más mínima vergüenza este hombre», pensó furiosa.

—Hace tiempo que no me ocurría esto. Debiéramos explorar las posibilidades entre nosotros. Sé que tú también me deseas. Lo noto cada vez que te toco.

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Su modo tan directo de encarar el tema la puso furiosa. Se puso de pie como un resorte. Él parecía una fiera dispuesta a comerse a su presa.

Saffron recogió su toalla de un tirón, llenándolo de arena, luego levantó su ropa y le dijo:

—Ni lo sueñes —dijo mientras se alejaba del lugar—. Él soltó una risotada franca y sonora.

Por supuesto que tendría que regresar en cinco minutos, pero por lo menos estaría vestida. Y sería otra cosa.

—Quizás no he sido muy delicado en mi forma de expresarlo —comenzó a decir mientras se ponía el pantalón corto y la camiseta.

—No me interesa ninguna de las formas en que pudiera expresarlo, señor Statis —respondió ella—. Y ahora, ¿podemos irnos, por favor? Me gustaría ver Mykonos. A eso hemos venido, ¿no? Y no para plantear esas cuestiones.

Alex la miró con desprecio.

—Me parece que la dama protesta demasiado. Tú quieres tener una relación sexual conmigo, igual que yo; lo que pasa es que no lo quieres reconocer —dijo Alex al mismo tiempo que le tomaba la mano. Ella trató de soltarse, pero Alex la detuvo con una mirada profunda.

—No seas infantil.

Luego se dirigieron al coche.

Saffron había tomado la determinación de no volver a hablarle, por lo que durante todo el viaje de vuelta permaneció en silencio.

Al llegar al pueblo, Alex le dijo:

—De acuerdo. Te pido disculpas. ¿Somos amigos? Te prometo que no te volveré a tomar el pelo.

Dicho esto alargó la mano en señal de amistad.

Saffron se puso colorada. Qué tonta había sido. Para él había sido una broma, mientras que ella casi había sucumbido. No podía tener interés en una chica como ella. Incluso su madre lo había dado a entender. Había dicho que tenía montones de mujeres.

Por fin le dio la mano.

En poco rato el episodio pasado había quedado olvidado. El encanto y calidez del lugar, y un Alex aparentemente reformado y amistoso, también la ayudaron a disfrutar de la tarde. Era imposible no deleitarse con aquellas callecitas, con los molinos de viento puestos como por casualidad en distintos puntos del pueblo. Al final de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar, él la llevó a la Pequeña Venecia. Los edificios estaban al borde mismo del mar, y los pisos de las casas parecían estar colgados del cielo, formando balcones mirando al mar. Por toda la ciudad había callejuelas con escalinatas. Así fue como llegaron a un bar, el mejor del lugar según Alex, desde donde podía apreciarse una vista perfecta del crepúsculo sobre la

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ciudad. La música clásica servía de fondo a tan delicioso paisaje. Se sentaron en una mesa al lado de una ventana. Saffron nunca había estado en un sitio tan romántico.

—¿Qué quieres tomar, Saffron? —le preguntó un Alex aún más imponente por el efecto de la atmósfera.

—Lo que quieras. Elige tú. Esto es perfecto —ella no pudo contener su entusiasmo por el placer que le proporcionaba estar en un sitio como ése, y alargó un brazo, para tocarlo con la mano y decirle—: Gracias por haberme traído a este lugar.

—El placer es mío —sonrió él, clavándole los ojos, de modo que Saffron no pudo dejar de mirarlo, y sentirse absolutamente prendada de la calidez y atracción de su mirada.

El camarero llegó con un whisky con soda que Alex había pedido, y un cocktail muy llamativo que había pedido para Saffron.

—Brindemos —le dijo a Alex chocando su vaso—. Dije que quería beber cualquier cosa, pero no me imaginé semejante cosa —dijo Saffron mirando su copa adornada con una sombrillita y una luz de bengala encendida iluminándola.

Se rieron juntos, y luego, sin ponerse de acuerdo, disfrutaron de la vista, desde el balcón, en silencio.

De pronto la música cambió, y Saffron la reconoció inmediatamente.

—¡Rossini! ¡Mi compositor favorito! La ladrona Magpie —dijo ella apasionadamente, al reconocer una de sus obras. La ópera era una de sus pasiones secretas.

—¿Te gustan sus oberturas?

—¡Me encantan! —dijo ella, un poco incómoda por la mirada insistente de él—. Tengo una colección.

—Sí, ya veo. Eres una romántica, impetuosa e impulsiva, como la música de Rossini. Lo llevas todo ahí, en esos ojos gatunos que tienes, y en ese pelo impresionante que luces; se adivina tu naturaleza apasionada.

Saffron iba a negarlo, pero luego se dio cuenta que lo que había dicho de la música de Rossini, era como él decía. Pensó si detrás de su pasión por Rossini no escondería una naturaleza apasionada que disimulaba muy bien. La idea la preocupó. Estaba en Grecia con un hombre que apenas conocía, en una isla…

Absorta en sus pensamientos, casi no oyó su cínico comentario: —Esperemos que no tengas nada que ver con el título de la ópera.

Lo miró profundamente. Por un momento todo a su alrededor desapareció. Sólo estaban ellos dos en todo el universo; y en ese momento fluyó un sentimiento profundo y genuino entre ellos.

—Tú estás de acuerdo conmigo —dijo Alex, y ella no lo interpretó exclusivamente por lo de la música.

Saffron desvió la mirada, levantó la copa, y sorbió. Se sentía totalmente dominada por una atracción sexual que nunca antes había sentido. Siempre había

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creído que era una mujer fría, incapaz de sentir pasión. Y sin embargo, después de un solo día de conocer a Alex se sentía totalmente turbada por su presencia. El amor y la pasión no tenían lugar en su vida. Se dio cuenta entonces de que llevaba años tratando de salir adelante por sí sola, luchando por ser ella misma ante todo y poder arreglárselas sola. Esto había ocupado un lugar desmedido en su vida, y había invadido cualquier otra ambición. No tenía amigas, a excepción de Eve, que ya estaba muerta…

Dirigió la mirada al barco de Alex, el Lion Lore, observó las luces de colores que lo adornaban desde la proa hasta la popa, mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte con gloria majestuosa.

—Tienes que ir a la ópera en Verona. Es una experiencia inolvidable. No debes perdértela —de pronto Alex le cubrió la mano con la suya—. ¿Me vas a dejar que te lleve? —preguntó con tono seductor, mientras le acariciaba la palma con su dedo pulgar.

En ese momento ella hubiera deseado decir que sí. Pero sabía que él quería algo más que una noche de ópera. Y entonces apartó su mano y dijo:

—Es hora de que regresemos. Anna seguramente me necesitará.

—Ella no es la única —dijo Alex suavemente mientras salían del bar hacia la noche tibia.

Cuando estuvieron a orillas del mar, él la obligó a mirarlo mientras rodeaba su cintura con sus brazos.

Saffron se puso tensa. ¿Por qué sentía siempre sus palabras como una amenaza, cuando todos sus gestos indicaban una ternura que ella añoraba?

—Es gracioso que ocurra esto con una chica que siente pasión por la ópera… — dijo él mientras le rozaba el pelo con su barbilla y le daba un beso casi imperceptible sobre un mechón—. Eres muy lenta… ¡Digo para reconocer las óperas!

—¡Dios mío, Alex, deja de jugar con el doble sentido! —dijo Saffron, ya relajada ante el juego de palabras que la había hecho sonreír.

—¡Sí, pero te hice sonreír!

Con las manos entrelazadas emprendieron el regreso hacia el yate que los aguardaba.

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Capítulo 3

La cena fue informal también esa noche. Anna, al no saber a qué hora regresarían Alex y Saffron, había encargado una cena fría nuevamente.

Una vez más la compañía de la anciana significó un alivio para Saffron, lejos de las tensiones que había supuesto compartir la tarde con Alex; sobre todo por la atracción sexual que le despertaba. Cenaron en cubierta, bajo el brillo de las estrellas de la noche.

Saffron, mientras saboreaba el vino, estudiaba detenidamente a Alex, quien discutía con su madre acerca de unos conocidos. No era realmente guapo; sus rasgos eran demasiado duros, demasiado salvajes. Pero sin embargo, la había fascinado.

¿Por qué sería? ¿Por qué se preguntaría cómo sería perder la virginidad con un hombre tan potente y sensual como Alex Statis?

Bajo el vestido, sus pechos se irguieron ante la sola idea. Como en un gesto defensivo, cruzó sus brazos delante de su pecho, se sentó más derecha, y luchó por que los colores no se le subieran a la cara.

¿Por qué su presencia le producía ese efecto tan embriagador? Y más importante aún, ¿por qué tenía la sensación de que ya lo conocía?

Alex estaba vestido como siempre con ropa informal, pantalones color crema, un polo azul, y unas sandalias que dejaban al descubierto unos pies desnudos. Su aspecto relajado ocultaba seguramente a un hombre más que dinámico. Saffron suponía que era un enérgico hombre de negocios. Pero, ¿a qué se dedicaría? Porque la línea de cruceros era sólo parte de sus negocios, Anna se lo había dicho. Seguía ocupándose de ello por deferencia a su padre muerto, pero sus proyectos empresariales se habían expandido más allá del negocio familiar.

—Lo siento, señoras, pero tengo que hacer. Saffron se vio sorprendida por el tono de su voz.

Lo vio ponerse de pie en toda su altura, y fijar su mirada en ella por unos instantes.

—No entretengas a mamá hasta muy tarde. ¿De acuerdo, Saffron? Mañana llegan invitados.

—Hmm —protestó Anna—. Es hora de que te cases de una vez por todas, y me traigas unos cuantos nietos, en vez de andar por ahí tonteando.

—Un día te voy a sorprender y voy a hacer lo que dices, mamá —miró a Saffron de reojo mientras decía esto—. ¿Qué opinas, Saffron? ¿Te parece que podría ser un buen marido? —le preguntó bromeando.

—No sé. No te conozco —dijo ella fríamente, volviendo la cabeza hacia Anna, que la miraba sorprendida.

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—Entonces haré todo lo posible para que me conozcas —dijo Alex mientras le daba un beso en la cabeza a su madre—. Prometiste portarte bien, mamá. Así que asegúrate de cumplir tu promesa.

Saffron no entendió sus palabras.

—¿A qué se ha referido? Tú siempre te portas bien —dijo Saffron cuando él ya se había ido.

—Sí, bueno… Todavía no conoces a los invitados —respondió Anna con ironía. Y Saffron no pudo sacarle una palabra más.

A las siete de la tarde del día siguiente, Saffron empezó a comprender lo que le había dicho Anna el día anterior. El barco había atracado en un puerto exclusivo en la costa cercana a Atenas, a sólo media hora del centro de Atenas. No había visto a Alex desde la hora del desayuno, cuando, para sorpresa suya, se había despedido como de costumbre de su madre, con un beso en la cabeza, y luego también le había dado a Saffron un breve beso en los labios, antes de comentar:

—Por lo que pinta, por ahora eres la mejor.

¿A qué se refería? Se puso colorada, y luego preguntó a Anna: —¿Qué me ha querido decir?

—Olvídalo, Saffy. Alex tiene sus propios códigos.

No era fácil olvidarse. De todos modos, no lo volvieron a ver hasta dos horas después en que aparecieron dos limousines, y él con sus invitados.

—Dame el brazo, querida. Tendremos que ir a saludar —le dijo Anna cuando vio que los invitados subían la escalerilla.

—No pareces muy entusiasmada con la visita —dijo Saffron mientras ayudaba a Anna a acercarse a ellos.

—No lo estoy en absoluto —contestó Anna en un aparte, antes de saludar a una mujer de su misma edad, atractiva aún, que se aproximaba con una sonrisa en los labios.

—Katherina, me alegro de verte —se dieron besos. Katherina era griega por lo que se veía. Y luego agregó Anna mirando hacia otra mujer—. Y María, qué agradable. ¿Y quién es tu amiga? ¿O es amiga tuya, Alex? —dijo luego dirigiéndose a su hijo que se aproximaba del brazo de otra mujer.

—Os presento a Silvia, que es la directora de la cadena de Salud y Tiempo libre desde hace tres años.

Saffron se sorprendió. «Así que Alex tiene una cadena de salones dedicados a la salud», se dijo. Hubo como un click en su mente. Si pudiera hacer memoria… Pero no pudo concentrarse, ya que inmediatamente se vio envuelta en una rueda de presentaciones y saludos.

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Silvia, una mujer de unos treinta años, extremadamente atractiva, morena, de ojos negros, un cuerpo perfecto y una cara guapa, era la única inglesa del grupo. Al ver que Saffron era sólo una acompañante de Anna pareció ignorarla. Lo mismo hicieron Katherina y su hija María. Con ellas había un hombre mayor, Spiros, que aparentemente era el marido de Katherina.

Saffron se acercó a Anna, y le dijo, al verla muy callada. —¿Te encuentras bien?

—Por supuesto que está bien —contestó Alex por su madre—. Está con su familia.

Pero Saffron no estaba segura de que él tuviese razón. Acababa de hacerle masajes a Anna y aprovechó un momento en que el camarero les había ofrecido un té para relajarse y hablar tranquilamente con ella.

—¿Qué opinas de la familia? —preguntó Anna con cinismo—. Dilo con sinceridad. No me importa.

—Bueno, sinceramente no los conozco. Las primeras impresiones pueden ser… Bueno, son muy griegos…

Afortunadamente la risa de Anna no la dejó terminar.

—Exactamente. ¿Sabes? A veces me olvido de que mi hijo es medio inglés. Entre el aspecto físico que tiene, y su idea de la familia. Todos los años insiste en que nos vayamos de vacaciones todos juntos. No sabe el suplicio que es para mí.

—¿Cuál es el problema, no te llevas bien con ellos?

Saffron pensó que quizás era porque ella era inglesa, pero los griegos tenían fama de ser muy sociables y amistosos. Debía haber otro motivo.

Anna dejó la taza de café en la mesa, y se echó hacia atrás, hundiéndose en los almohadones del sofá con gesto dramático.

—¿Te acuerdas cuando te dije en aquel café de Rhodes que un día te contaría mi vida? Ha llegado el día de contártela, creo.

—No tienes que contármela si no quieres —Saffron estaba preocupada por el tono de voz de Anna.

Pero Anna continuó, como si no la hubiera oído:

—Sí, tengo que contártela. Las tragedias griegas deben contarse. Mi marido era un hombre honorable, y se casó conmigo porque yo estaba embarazada. Yo lo amaba, y era feliz. Su hermano mayor estaba casado con Katherina y vivía en Nueva York. Mi hijo tenía doce años cuando vinieron la primera vez a pasar un tiempo con nosotros. Yo me di cuenta de que mi marido miraba a Katherina de un modo muy especial, y supe entonces que eran más que amigos. Un día, en una fiesta que dimos en su honor, me dijo abiertamente que mi marido siempre la había amado, y que ella se había casado con su hermano mayor porque entonces era más rico, pero que si quería podía quitarme el marido cuando quisiera.

(28)

—¡Y peor aún! Ella tenía razón. Un día hablé con mi marido y me lo confesó. Me dijo que ella lo había conocido a él antes que a su hermano. También me juró que ya no tenían nada que ver desde hacía años. Quise creerle. Su hermano y su familia regresaron a América al finalizar las vacaciones. Alex empezó el colegio en Inglaterra y a lo largo de los siguientes seis años nuestra relación siguió igual, a excepción de mi sensación de que yo no había sido una elección libre para mi marido.

Los ojos de Anna brillaban con intensidad.

—El debió amarte… —comenzó a decir Saffron, pero Anna la interrumpió. —Katherina y su marido volvieron cuando Alex tenía dieciocho años, y trajeron a su hija con ellos. Pasamos las vacaciones juntos en Inglaterra. Unos meses más tarde su marido murió y ella pasó a ser una viuda doliente, y por supuesto vino a quedarse con nosotros, como se acostumbra en Grecia. Después de meses de compartir mi casa con ella, le di un ultimátum a mi marido. Alex estaba en la universidad en Inglaterra, y nosotros habíamos comprado una casa en Londres. Le dije a mi marido que yo me quedaría en Londres y que, o se iba mi cuñada con su hija de nuestra casa, o yo me divorciaba. No podía soportar esa situación. Llevaba dos meses en Londres, cuando un día recibí una llamada del aeropuerto de Heathrow. Mi marido había llegado y quería hablar conmigo. Pero, como en las tragedias griegas, tuvo un accidente de coche viniendo del aeropuerto y murió.

—¡Dios mío! —exclamó Saffron.

—¿Qué podía hacer? No podía decirle a mi hijo que su padre había tenido intenciones de divorciarse de mí y casarse con su tía. Hubiese sido desilusionarlo. Por consiguiente, mi hijo no puede entender lo que me pasa con sus parientes griegos, y es un tema que produce bastantes fricciones entre nosotros.

Hizo una pausa y volvió a hablar.

—Irónicamente, Katherina se estableció en una mansión de Atenas unas semanas después de su funeral, pero yo me quedé en Londres, y mi hijo decidió pasar la mayor parte del tiempo en Grecia. Dejó la universidad y se encargó de los negocios de su padre. Katherina se casó cinco años más tarde, y mi relación con Alex mejoró bastante en los últimos años. Voy de visita a la isla, a su mansión, una vez al año. En realidad es mi isla, ya que su padre me la dejó a mí. Ya ves por qué éstas no son mis vacaciones favoritas.

Saffron nunca había oído una historia tan impactante. Pensó que debía ser terrible para Anna aguantar todos los años a la mujer a la que su marido había amado.

—¿Y por qué no se lo dices a tu hijo? Estoy segura de que sería mejor.

—No. Por más que lo ame tanto, él es más griego que un griego. Y la familia es lo más importante para él. A los dieciocho años no quería desilusionarlo. Y ahora ya no me importa tanto todo esto.

—De todos modos pienso que sería mejor que se lo dijeras —dijo Saffron; y luego pensó que si Alex fuese más sensible, ya se habría dado cuenta de que su madre se sentía mal con su familia.

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