EL
ESCRITOR
Y
SU
EXPERIENCIA
José
Santos
González
Vera.
Este artículo es parte de un ensayo del mismo nombre, que aparece en el libro
"Eutrapelia',
de González Vera. (N. de laR.)
Era
adolescentecuando,
para ganarme elpan,
intenté
aprenderlos
másdiversos
oficios.Así
pude vincularme a obreros ansiososde
establecer una sociedadigualitaria
y
libre,
comola
concibenlos
anar quistas.Muy
prontohice
míatal
aspiración,
porque nada ayudatan
to
adecidirse
como el serjoven,
y
todavía
con un restode
candor.Esa hermandad
perfectase estabafraguando
casi a mi vista.De habér
seme preguntadola fecha de
suadvenimiento, y del
consiguiente cambio social,
raohubiese
vacilado en considerarlaterrenal dentro de
cinco años.(El
añodel
mancebo es muchísimo máslargo
que eldel
adulto.De esos
trabajadores,
decididos
artesanosdel porvenir,
fue
el zapateroAugusto
Pinto,
mi maestro. Nos uníala
más profunda afi nidady
cuantoél
decía
encontraba en mí eco perdurable.Siempre
estábamosimaginando,
detalle
adetalle,
la
'organizaciónfutura,
la
anárquica,
la
de los
iguales.
Aunque su certidumbrede
quela
sociedad ideal
eratan inevitable
como el airey
la
luz,
expresó una vez:—
¡Gran cosa sería un estado
de
pobreza sin miseria!Cuando
lo
dijo
me pareció undeseo
prudente,
juicioso
tam
bién,
peromuy
limitado.
Pienso,
ahora,
que sila
humanidad
al canzara esenivel,
elde la
pobreza sin miseria, en no másde
un siglo,habría
que echar a vuelotodas las
campanas.¿De qué modo podía
acercar, hacer
másviable,
la
sociedadde
los
iguales?
Mi
padrehabía
escrito relatosy
versos quedejó inéditos.
Mi
abuelo materno redactó obrastécnicas. Y
mimadre,
lectora
de
novelas,
solía,
en nochesde
invierno,
contarlas con viva sencillez.Gorki,
quelo
mostraba con sobretodode
cuelloredondo,
abotonadobajo
el mentón.El
abrigo se me grabótan profundamente,
quede
imagen
se metransformó
endeseo.
Recorté
el retratoy lo
conservélargo tiempo.
Había leído los
másde
suslibros. Leyéndolo
tomé
gusto por el paisajeliterario y pude,
cuando mi sensibilidad seafinó,
sentirlo
enla
naturaleza.Su
amor porla
errancia prendió enmí, pero,
dada
miíndole
sedentaria,
en vezde ir de
una región aotra,
comoGorki lo
hiciera,
lo
satisfice cambiandode
empleosdentro de la
ciudad.
No
trabajé
sino para patronesagradables,
notoriamente simpáticos.
Al
equivocarmey
caerbajo la
potestadde
un sujetohosco
oligeramente animal,
en. ellapso
de
una mañanalo
abandonaba.No
había
entonces poder alguno que me obligara.Casi
era unhombre
libre.
Nunca tuve
sobretodo.Mi
madre,
al comenzar elfrío,
metía,
entre elforro y
la tela
de
michaqueta,
una manode
periódicos, y
enla
estación,invernal
sentíametan
abrigado como unrey
austero.Pero
elde Máximo Gorki
seimpuso. Ni
antes nidespués
sentí con persistencia deseos
de
poseer cosaalguna,
salvo ese abrigo.Apenas
reunídinero
encargué unoparecido,
mas node
género grueso como el buen sentidoaconsejaba,
sinode
cheviot.Al
principio estuvemuy
satisfecho.
Consideraba
que llevándole meidentificaba
con elideal del hom
bre
superior que uno se haforjado.
Leí,
entonces, "El
abateJulio",
de Octavio
'Mirbeau.En
eltranscurso
de los
meses perdí el regocijo que mi abrigo mecausara,
tanto
porque meflotaba,
lo
que podía estarbien
era un profeta,
comoporque se me enquistóla tonta
idea
de
queél
asemejábame al fraileloco,
al abate Julio.Una noche,
yatarde,
mientrasbebía
café enla
Alameda,
acér ceseme un alemán escuálidoy viejo,
que al mediodíadejara
elhos
pital. Cubríase con camisode
brin,
carecíade
hogar y
su porvenirin
mediato erala
neumonía.Una
mezclade
piedady despego
a mi sobretodo,
tan.
flotante,
meimpulsó
adárselo
sin pensarlodos
veces.* * *
Bajo
la influencia
de Gorki
tomé
la
descomunal
resoluciónde
irme
a Valparaíso.Era
para mí no menos que partir ala Cochinchina.
Nunca había visto el mar.Durante
un mesimaginé
cuálsería mi vida en el puerto.Lo
mejorde los
viajesdebe
ser la visión previa.Figuró
en mis planesdormir
junto
al malecón..Fantaseando
enmi casa no podía sentir
frío,
ni molestia porla promiscuidad,
nide
sazón porla
catadurade los
vagos.per-hoctar
al airelibre.
Sin
demora
busqué
la
cartade
recomendación quéalguien,
casi ala
fuerza,
pusoera mibolsillo,
y
aceptémuy
complacidola hospitalidad
que se mebrindaba.
Tras
unos 'díasde
ocio,
me convertí en vendedorde
libros,
pri mero enla
Subidade
San Juan
de
Dios;
acontinuación,
en elPasaje
Quillota. Ofrecíanse
en unatienda
los
.saldosde la
quefuera
editorialdel
libro barato. Entre
las
obras queadquirí,
a sesenta centavos elvolumen,
estaban"El
inútil",
de Joaquín Edwards
Bello,
y
"Azul",
de
Rubén Darío. Los demás vendedores,
quelo
erande
aves,
verdurasy
frutas,
mirábanme no sinextrañeza, juraría
que condesprecio,
tam
bién.
Agotada
estaexperiencia,
fui
cobradorde tranvías
enla
línea de
Valparaíso a Viña
del Mar. Pretendieron
enseñarme sumanejo,
pero cuando roelo
confiaban nolograba
detenerlo
antesde
la esquina,
sino más
allá,
a media cuadra. Por milagro rao atropello a nadie.Al
retornar aSantiago,
tuve
mayor contacto conJosé
Domingo
Gómez
Rojas,
que,
fuerade
su vozabarcadura,
tenía
el poderde
am plificar cualquier asunto(hasta
miedoinspiraba
aalgunos)
.Era
elocuente.
Nunca
carecióde tema
nijamás
se mostródecaído.
Bastaba
que
dijera
unafrase
para que su fantasíalo
proveyesede
ciento o mil.Estudiaba
castellano en. elInstituto
Pedagógico.A
una preguntadel
profesorDucoing,
contestó en undiscurso de
unahora.
Comenzó
escribiendo versos enla huella de
ciertos poetas anar quistasargentinos,
comoJosé
de
Maturana.
Luego
hizo dramas
y
comedias y,
bajo
el sortilegiode
OsearWilde y de Gabriel
Miró,
prosas alegóricas o narrativasque,
con sus comediasy
versos metía en unsaco. Eira
fecundo.
De
una sentada escribíados
sonetos.Al
compartir
sucuarto por unosdías,
una noche en que mehallaba
en camale
yendo,
él,
antesde tomar la pluma,
seriamente,
como sifuera
casual,se empolvó
las
manosy
se puso ala
tarea.
Me
cuidéde
expresar mi asombro.Era literario y lo
arrastrabala elocuencia,
pero al caer ala
cár cel sus versos rezumaban sufrimiento.Además
de hablar bien tenía innúmeros
talentos.
De los
jóvenes
que conocí
éste
fue
quien pudodisparar
más alto.Nunca
mermó su admiración porOsear
Wilde,
pero enlo
demás
era versátil.Al
serencarcelado,
su actitudbizarra
con eljuez Astor
quizafue digna del
graninglés.
Es
cierto quele
costóla
vida.gustado
frecuentar
alas jóvenes
másempingorotadas.
Afanábase
enque sus amigos
fuesen
escritores o artistas.No
había
uno al cual nole
adivinase vocación.Durante
un paseo porlas
orillasdel
Mapocho,
con algúnmisterio,
me aconsejó escribir.De las
observaciones que yohacía,
infería él
que enmí, todavía
enpotencia,
existían condicionesliterarias.
Como
pasáramos ante unacarretela,
agregó:—
Aquí
tienes la
carretela,
sucaballo,
el conductor.Hay
un chi co.Todo deberá describirse.
Si
el caballoanda,
sus herraduras produ cen sonidosDebes
reproducirlos.El
tiempo
esfresco
y caluroso;
el rostro
del
carretelero acusa un estadode
ánimo
.Deberás
captarlo, y
tam
bién lo
que sirvade marco,
cuanto se ve o se mueve eratorno.
¿Hasleído
"Elhombre
que sorbía susopa", de Edgardo Garrido
Merino?He
ahí un cuentohecho
con naday,
sinembargo,
parece uncuadrito,
uno
de
esos euadritosflamencos.
Anduvimos
cincohoras.
El hablaba y
yo escuchaba embelesado.Sus
palabras estimularon mi vanidady
enla
noche me senté ala
mesa,
en elcomedor,
mientras mi gentedormía,
y
escribí. ¿Qué pudehacer?
De
seguro algomuy
ingenuo,
una especiede
introspección.
Escribí
unas pocas páginas en el añoinicial,
y
continuéleyendo
alPríncipe de
Kropótkin,
que era mi guía.Entre
sus muchas afirmaciones
sabias,
se me grabóla
de
que nohay
pensamiento ni sentir que no .puedaexpresarseclaramente,
con sencillez.Esta idea fue
para mí como esas melodías que el subconsciente atesoray que,
por períodos,
proyectahacia
la
zonaluminosa
de
nuestrasensibilidad,
para re galarnos.La
enseñanza mediante ellibro,
proclamarlo no esaudacia,
reside en quelo
aseverado enéste
se entiendade
una sola manera.Cuando
caben
dos
o másinterpretaciones,
es porque el escritor nofue
preciso ni claro.Un
libro
así vale como acertijo.Hay
quien piensa quelo
desentrañable
enla
primeralectura
ca recede
profundidad,
y
es,
asílo creen,
superficialy
hasta banal.
A
mi ver, es profundo el escritor que ve más
lejos y
ve máshorado,
siem pre que sepa acercarlo
lejano y hacer
diáfano
lo
escondido.* * *
Me
cuidéde
noleer tratado
alguno que contrariase misideas.
Habíalas
acogido confervor,
conreligiosidad,
tal
sifueran
dogmas.
Creí haber
descubierto la
verdady
sentía por mis semejantes un piadoso
desdén.,
¿Quéles
impedía
verlo
que yo veíay
pensar como yopensaba?
De Kropótkin
pasé a otros rusosy,
eraseguida,
—sin perca
tarme—,
alos
franceses,
los
nórdicos,
los
españoles,
a cuantostenían
comohorizonte la
mejora social.Antes
de
unlustro
empecé aleer
autores que no pretendían sino reflejarla
realidad odecir
lo
que seles
antojaba.Necesité
valor alprincipio.
Después
mefui
acostumbrando ala libertad
mental.Es
un placer mental que embriagay
que confunde.El
versede
súbitofrente
atodos
los caminos,
dificulta la
elección.* *■
La lectura
ha
sido mi placer máslogrado.
Por leer
quiseha
cerme
barbero y
acepté empleos míseros.Siendo
mozo enla
oficinade
unafundición,
emprendíla lectura
de los
rusos.Mi
patrón salíaen
las
tarde.
A
veces unindustrial
quehabía
entrado sin quelo
sintiera,
me preguntaba:—¿Quedan uniones
del
seis?En
ese minuto solía estar enOdesa
o en el marCaspio,
de
ayudante
del
propioGorki
que allítrabajaba
de
estibador. ¿Sefiguran
miapresuramiento,
la
celeridad con quedebía
abandonar el mar ruso parallegar
en un santiamén ala
oficina?Al
quepregunta, le
pareceinterminable
eltiempo
que antecedea
la
respuesta,
aunque seade
segundos.Y
mi cuerpo estabaahí, y
mis ojos miraban
y
mis manos semovían,
pero mislabios
no podían responder.Era
casi eterno elinstante
que mi almatardaba
enincor
porárseme.
—
Quedan.
¿Cuántas necesita? —respondía alfin.
Era
vezde
alegrarse,
el comprador mostrábasede
súbitoperplejo,
como si ya
las
unionesdel
seisle
fueranindiferentes.
Al irse
me gratificaba
conla
más anormal miradade
soslayo. Sólodespués
de
mu chovivir,
entendí que se mirade
esa manera al que vuelvede la
hip
nosis o al extravagante.Debía llevar
encargos adomicilio.
Leía
enlos
tranvías.
Al
cabode largo
rato sentíadesasosiego,
como si esta vezdemorase
más enllegar. Efectivamente,
mehabía
pasado.Con
unlibro
abierto meiba
a almorzar.Solía
el personaje adueñarse de
mi espírituy
miraba através de
mis ojos.Me
sentíamuy
extraño,
y
feliz de
serlo,
pero nunca conté esto a ser viviente.Sojuz
gado por elpersonaje,
quédesconocido hallaba
mibarrio,
la
calle mis ma en que moraba.Y
no podía serde
otro modo.Aquél
era naturalde
Ucrania.
A las once,
mimadre,
que 'gozabadel
privilegiode
leer
enlas
tardes,
clamaba:
—
Apaga la luz.
Conseguía
unabreve
tregua. Y luego debía
obedecerle porque era madrugadora.El desdichado personaje,
en esa página estaba sufriendo
untrance de
consecuenciasimprevisibles
y
quedaría entregado asu propia suerte. ¡Qué callada
desesperación
se apoderabade
mí!'Cuando meechaban
del
empleo o resolvía nover más amipatrón,
ni a ningunode
sus parientesinmediatos,
vivíahoras
inanejorables.
Eran
quince otreinta
días
de hartazgos y de
orgías enla
Biblioteca
Nacional,
ala
que entraba apenas abierta.Leía
convehemencia,
visitaba otros países
y
eratestigo
de
hechos
sumamente privadosy
subyugantes. Estaban a mi
disposición las
mejoresy
las
peores alma».Al salir,
anochecido,
alas
callescéntricas, lo hacía
conla
sensaciónde
verlas por primeravez,
después de larga
ausencia.En
la
casaobser<-vaba a mi madre
y hermanos
con acumuladaternura. Eira
como si melos
regalasende
nuevo.Casi ignorándolo
derivé
hacia la literatura. Redacté
unboceto ti
tulado
"El conventillo".Conocí
adon
MiguelLuis
Rocuant,
que,
porcortesía, me pidió colaboración para su revista.
Don Miguel
erade
fi guraimponente;
vestíabien;
daba bastonazos
alos
choferes que en sordecían con suscláxones;
altérmino de
su almuerzo encendía unpuro
larguísimo y, dos
veces porsemana,
visitaba alPresidente
de
la
República,
que era su amigo.El título
de
mi escrito pareciólede
malísimo gusto.Cuando
selo
entreguévestía paleto enhuinchado.Fue
peor.Mas,
comohombre
fino
y de
educación a pruebade emociones,
hizo
un gesto amabley dijo:
—
Mejor
le
pondremos"En
elarrabal".
En
elarrabal, fue la base
de
"El
conventillo", que,
enseguida,
des
arrolléy
es parte de Vidas mínimas.Al
aparecerla
colaboración no cabía en míde
alborozo.Y
éste
llegó
al
éxtasis
cuandovi,
en el mismotranvía
en queviajaba,
a unindi
viduo
gordo,
empleadode
zapatería,
quellevaba la
revista'en
su manoy leía
mi producción.Antes le tuve
por criaturainsignificante.
Desde
ese momento
hallé
eraél
unhalo
superiory,
durante
muchosaños,
al verlotan
opulentode formas,
parecíame queéstas
eran el merodisfraz
de
un pensador quese ganaba su vida en un afán modesto.Cuando
empecé aescribir,
era costumbreleer
untrozo
a cualquier compañero.Nadie
se ofendía.El
oidor nodejaba
nuncade
corresponder
con unafrase estimulante. >Enesainteligencia
leí
a un amigo poetaunas pocas páginas y,
terminado
quehube,
lo
miré.¿Y saben ustedesqué me
dijo?
—
Tu
prosa es como estar 'contando chauchas.Siempre
había
sido unhombre
desabrido,
pero en ese momentollegaba
al exceso.Escribía
de
preferencia enlos
veranos para quitarle el cuerpo alfrío.
Trabajaba
enla
noche.Hacía
unpárrafo, lo
corregíay,
aldes
aparecer
la
posibilidadde
mejorarlo,
poníale enlimpio
en otrahoja,
y
enésta
comenzaba el segundo.Era
procedimientodigno
de
un miniaturista
chino,
que se me pegóde
observarlo en el poetaamigo,
el cual pulía verso por versoy
sólo escribía el siguiente cuando el anterior estaba
acabadodel todo.
Necesitábamos
de
grandes cantidadesde
papel.Mi
propósitofue
ser preciso, económicode
palabrasy
ajustarme alo
que sentía.También
quise ser consecuente con misideas humani
tarias
y
ofrecer al posiblelector,
escritosbreves. Más
tarde,
atendiendo unconsejo,
escribíde
una vez elasunto,
con vista a preservarlela
fres
curay la
unidad.En
la
siguiente sesión me ocupabade
ordenarlo
escritoy
en mu chas otrasde
suprimirlo accesorio,
y
completarlo. En ocasioneslucha
ba
en vano porcontinuar,
pero nodaba
conla
frase o el párrafo que permitiera pasarde
unaidea
aotra, de
una escena a otra escena.Esa
frase
que sirvede puente, da
quehacer.
Descubrí,
tras
fatigosa
bús
queda,
quela
consulta conla
almohadatenía
sentidoprofundo,
y, aldormirme,
hacía traspaso de
mi preocupación alsubconsciente,
ese mo zointerior
quetanto
nos ayuda.A la
vueltade
días
la
frase
o el pá rrafo graciosamente caían ala
puntade la
pluma.'Otra
dificultad
que sume al escritor en sostenidas vacilaciones escuando,
enlo
que vaescribiendo,
unaidea
'secundaria sedesarrolla y
coloreadesmesuradamente.
Lodoloroso
para el autor en que estaidea
dé
una página o másy
que en sítenga
alguna calidad. ¿Cómo sacrifi carlasiha
salidotan
bien,
contanto
sentidoy
fluidez?
Un
sentimiento paternalinduce
adejarla y
eltotal
se resientey fracasa.
Muy
ala
larga,
se adquiere el
heroísmo
de
eliminar cuanto seaimpertinente.
La
eufonía nosarrastra,
amenudo,
a redondearla
frase,
adarle
un
término
expirante.Mas,
releyendo,
se advierte quelas
dos
otres
uno
las
suprimey
la frase
quedacomo esos senderitosde
montaña cortados
por el abismo.Es fastidioso también
que eltexto
quedeliso. Disgusta
queideas
y
sentimientos se ajusten a undiapasón. Debería
producirse enla
prosa un poquito
de
oleaje.La
variación eslo
quetodo
escritor envidia al músico.La
inteligencia
disfruta
cuando puede prever eldesarrollo
y
fin,
en cualquier
plano,
de
un relato.Pero
eso suele matarla sugerencia,
hilo
sutil através
del cual quienlee
completala
creación.Si
imagina
mos
la
pinturade
untrozo de calle,
cegada alfondo
por unavivienda,
podemosfigurarnos
cómo vivenlos
que ahíhabitara,
pero si el pintordeja la
calleabierta,
¡quien mire podráimaginar
infinidad de
variantesy
cuandola
propiafantasía deje de ver,
quedarátodavía
la
ilusión
de
que el camino continúa.
Lo
que ameniza eltrabajo
esla
persecuciónde
oraciones o vocablos
sin. oficio.No
soy
mal cazadory termino
la
jornada
conlas
manosllenas.
iSuele asaltarmela duda
de
que,
algunavez,
la
euforia melleve
a eliminar palabras que podrían
tener función.
El texto
concluido —unrelato,
uncuento, lo
que sea— mejoraríamuchísimo si
fuera
conocidode
personashabituadas
aleer.
Casi
nunca sus reparos son equivocados.Si
leemos
a cualquiera uraa página sobrealgo
real,
es seguro que nosdará
una opinión certera.Mejor
aún sidejamos
quela lea
sin apuro.La
última lectura de
su originaldebería
hacerla
el autor enfrío,
cuandohaya
olvidadolo
queescribió,
y
no corregir másde
cinco pági nasdiarias
para quesu atención se mantengaávida.
No
parece sensato que el autor pueda gozarleyendo
sus propioslibros. Al leer lo suyo,
por acabado queesté,
no puede eludir el contraste
entrelo
conseguidoy
el antecedente quele
sirvióde
inspiración.
Gran
partede
éste
continúadentro de
él
en estadoinefable,
como ocurre con
lo
mástierno,
conlo
másdelicado.
El
placer selo
procuranlas
obrasajenas,
pueslas
aprecia en sípor
lo
queexpresan,
porla
emocióny
el agrado quele
transmiten,
sinsaber
de
qué partieron sus creadores.Y
disfruta
más que ellector
común,
porque sabe cómo se escribey
celebra,
aconciencia,
las
dificul
tades
que elliterato
salvó con grandeza.Se
dirá,
¿por qué empeñarse entonces en escribiry
no contentarsecon
los libros
clásicos,
probados por siglos?Aquí
seimpone
una confesión penosa:
hasta
el más humildeescritor,
aqueldesconocido
aún
de
sus vecinos, conservala
irracional
esperanzade
crear una obraimpe-recedera.
Aunque
exista en español una medidatan
alta como elQui
jote,
él confía,
porinstantes
que se vany siempre
retornan,
enhacer
algo mejor. iSfi
lo
dice
agritos,
serátenido
porloco,
y de insistir
hasta
puede ser recluido.Ninguna
persona razonable osaría negar a nadiela
posibilidadde
un
logro
inmortal. Mientras aliente el más cohibidode los
seres,
tendrá
la
potenciade
expresarlo
nuncadicho.
Un
escritor concienzudo no puede aspirar sino a que su obra seapasable
o,
si seprefiere, digna de leerse. Hasta
ahí puedela
voluntad.Escribir,
alguna vez, una página merecedorade
constanterecuerdo,
es algo que nodepende del
autor. Es unresultado,
una gracia omilagro,
cuyas
leyes todavía
sedesconocen.
Pero,
aunque se escribamal,
escribir es unbien,
sobretodo
para aquellosseres,
hiperestésicos,
a quienesla
vidahiere
en excesoy que,
poreducación,
orgullo o admiración alos
ingleses,
no gritan ni sela
mentan, y
absorbenlos
sinsaboresy los
malosratos,
sin pestañear, sindarse
porenterados, aunque,
a sudebido
tiempo,
su sistema nervioso o su estómago sí que se enteren.Cuando
el prójimoherido
quiere olvidar sus penasleyendo,
no entenderá lo
quelee;
si se sumerge en un ambientede
melodías,
no podráoír,
pero si escribe —o se entrega a untrabajo de
creación— alos
po cosminutos,
todo
su ser estarádentro de
las
ideas,
las
formas
olos
colores
y
pronto no sentirá malestaralguno,
no sentirá sucuerpo, lo
que constituye casi
la
felicidad.
También fatiga
escribir.Cuando
alborde
del
cansancio visitabalibrerías,
y
veía sus anaqueles repletosde
libros
que nadie compray
que, seguramente,
sus autoreshicieron
conla
intención
clarísimade
que fueran obrasmaestras,
mi entusiasmo esfumábase por completo.* * *
Apenas
he
dicho
queterminé
unlibro:
Vidas
mínimas.Puedo
agregar que
lo
publiqué. Pordos
otres
meses estuvedisfrutando de
abundantefelicidad
porquelos
críticoslo
recibieronbien,
pero el público,
ademásde cauto,
se mostrada prudentísimo,tanto
quedemoré
diecisiete
años en vender quinientos ejemplares.Sin embargo,
tuve
suerte con otros
tantos
que regalé.No
me rechazaron ninguno.Como
la bondad
de
lo
que se escribe no se puededemostrar,
niprobar,
el autor notiene
la
certezade
haber hecho
obra verdadera sino a'ratos.
Cuando
surgela
duda,
se sientela
másdesvalida
de
las
criaturas.
y
otros agentesde
olvido.Los
másvigorosos,
confuerza
suficiente para enmendar ¡su
rumbo,
sehacen
industriales,
comerciantes ofuncio
narios.
Al bordear la
cincuentenatiene
un pocode
plata.Basta
iqueestén en reposo para que
les
entre ciertadesazón:
¿Y side
persistirhubiesen
escrito unbuen
libro?
Y
los
abruma unatremenda
melan colía.Cuando
se apoderabade
mí eldesaliento,
releía el prólogoque,
por sugusto,
Alone
puso aVidas íntimas. Releyéndolo
conseguía,
sirao resucitar mi
confianza,
porlo
menosdejarla latente.
El literato
enformación,
al vencerlas
primerasdificultades,
seconsidera alto como una
torre,
y
a medida queavanza,
que vadomi
nando
la
técnica,
escribiendomejor,
empequeñece.Hay
instantes,
y
también
semanasy meses,
en que no se ve, en. que parecería estar aras
de tierra.
No
hay
escritor que pueda prescindirdel
estímulo.Algunos
siguenescribiendo porque amigos piadosos
les
aseguran una periódica raciónde
elogios.Durante
untiempo
lo
confortarán esasalabanzas; luego
necesitará más y, si
todos los
lectores
y
críticos se pusierande
acuerdo en celebrarloúnicamente
aél,
nole
causaría extrañeza.Sentiría
que eslo
justo.
A
veces un escritor piensa que su vecino es unsimple,
hombre
sin clave
y
sinideas,
pero siéste
sele
acercay le
dice
queleyó
suúl
timo
cuentoy le
agradó como ningúnotro,
sedirá: "¡Qué
equivocadoestaba!
Este
hombre es,
quéduda
cabe,
muy
culto, tiene
gustoy
suinteligencia
es aguda".Se
asemeja alos demás
artistas enlo
desmesurado de
sus ambiciones.
Aspira a que su obra seaúnica.
Sien un raptode
escepticismo sele
entra el pensarinsidioso de
que sulibro
es meritorio en supaís,
verá presto que
hay
otroslibros
nacionalestan
estimables como el suyo.
Supongamos
veinte.Esta
comprobaciónlo
inducirá
a pensar queen el continente
pueden, de
esosveinte,
salvarsedos.
Y
side
razón enrazón asciende al plano
universal, dejando
de
lado
épocas,
escuelasy
cualesquieradiferencias,
puede que ningunole
parezcadigno de
fi
gurar
junto
alas
grandes obras.Y
el máshorrendo
pesimismolo
abatirá días
y
meses.Otros
literatos,
pordesventura
poquísimos,
sonpaternales,
nodudan jamás y,
aunqueasombre,
aman cuanto salede
sus manos.Los
desespera,
esosí,
la tardanza
de
los
lectores
en participarde idén
tico
amor. iSuelen atribuirlo aincomprensión.
Y
paradarse
ánimo
sueñan
en que escriben paralas
generacionesfuturas
presumiblemente máslúcidas.
Debido
ala
necesidadde
ganarmeel pan enlo
primero que se mepresentara,
a midebilidad
por conversarhoras,
tardes
y
días,
a miescondida
inseguridad (que
a pesar mío conservo en el afánliterario
y
enla acción),
demoré
cinco años enterminar
el segundolibrito:
Á'hué,
másbreve
que el anterior.La
crítica volvió a mostrarse generosa.
Pude
obsequiar cuatrocientos ejemplares.Los lectores dejáronse
llevar
por sentimientosdadivosos
y
agotaron el restode
la
edicición en no másde
doce
años.Después
me entregué ala
vida, quefue
para mí conservar másy
admirarlos bienes terrenales. Y también disfrutar
de
algunos.Y
pensar endónde
y
cuándo confluyen nuestra propia existenciay
la
de
todos,
y
buscar,
sin rumbocertero,
el caminode la
mejoracomún,
que no se ve claro sino porinstantes. Tras largos
intervalos'escribía unas páginas.
Y hubiese
abandonadotan
sano entretenimientode
no entrar a unanuevarevista,
enla
quedebí
colaborar cuando otros no podíanhacerlo.
Tardé
másde
veinte años en. publicarCuando
era muchacho.(Se
ríainjusto
decir
que el público conservó su serenidad.No. Su
primera edición, seha
vendido endos
años solamente.Habrá
que achacarlo ala
velocidadde
la
vida moderna.Al
que mantiene comercio conla literatura
le
preocupasaber,
através de
su existencia, en qué consistirá su aportación.Puede,
ca vilandomucho,
convencersede
quedebe
dar
lo
que enél
hay
de
genuino, pero, se
dirá
¿qué eslo
genuino en unhombre
determinado?
La
iluminación.,
adiferencia
de la
gracia que vienede lo alto,
suelen proporcionarlalos
demás.
Uno,
enbuena porción,
eslo
que otros ase guran quees, y
sólo en parteínfima lo
que cree ser.Aceptemos
que se estéformado
de
una personalidad externa, so metida ausos y normassociales, y
de
un serinterno
cuyos pensamientos
son espontáneos,buenos
o malos, a vecestemerarios
odebilitados
por un sinotímido,
pero siemprevitales,
verdaderos.Esa
partede
nos otros eslo
peculiar,lo genuino, la
quedebe
ser escuchada.El descubrimiento
de
lo
que unoes,
y
node
lo
que pretendeser,
es valerosa
tarea
puesacaece,
si el coraje no nosabandona,
quetras
mucho examendeba
unotenerse
porindividuo
apenasmediano, lleno
de
limitaciones,
condenado,
perpetuamente,
a notraspasar
ciertas zonas.■Es natural que deseemos ser mucho
y
untanto triste
que en verdad
seamosalgo, pero,
aunque sólo seamosalgo,
no cesala
obligación dpdar lo
propio,
de darlo
tan
acabado como nuestro entendimientolo
permita.Si
el escritor escucha a sualma,
y
revelalo
que en ellahay
de
valedero,
no podráfalsearse.
Al
verter el sentiríntimo
seimpone
una consideración:la
de
nomenospreciar
la
condiciónde los
demás.
Cuanto
digamos
será unaapelación a
la sensibilidad,
ala
concienciadel
prójimo.La
misióndel
escritor es registrarlos
pensamientosdel pueblo,
todo
el contenidode
su voz, su sentir múltiple.Y
como elfin
suele unirse alprincipio,
repito que comencé a escribir en procura
de
un orden másfavorable
ala
comunidad; tuve
enel camino graves
dudas
sobre el sentidodel progreso; hasta
creí quedespués
de
agotarnos en cualquierintento
creador, volvíamos al primitivo
lugar,
pero viviendoy juntando
años,
he
adquirido el convencimiento
de
que estamos viajando siempre endirección
certera,
aunque
las
fuerzas
sociales nos obliguen adejar
el caminodirecto
y
nosimpongan
fatigosos
rodeos.Las
instituciones
sontransitorias.
La
fuerza también lo
es.La
libertad,
ordenadoraperfecta,
nunca es abatida
por completo.De
todas
las
pruebas surge más robusta.La
equidad,
aventado el ofuscamientomultitudinario,
nuevamente encuentrarefugio en mayor número
de
corazones.Y lo
único
firme,
real, estable,
es
lo
quelos
seres consienten sin presiónde
nadie.Creo
quela
vidahumana
notendría
tanto
arraigo si uno no pudiera forjarse
planesde
mejorasocial,
si noimaginara
que alguna vezhabrá
un nivelmínimo,
perosatisfactorio,
del
cual nadie puedades
cender