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Diamela Eltit - Los Vigilantes - Original

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LOS VIGILANTES

Diamela Eltit

EDITORIAL SUDAMERICANA

SANTIAGO DE CHILE -BUENOS AIRES

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Diseño de Tapa :

Patricio Andrade

Ilustración

:

Sobre un cuadro de Lotty Rosenfeld

2ª Edición, Agosto de 1999

1ª Edición Virtual Privada, Febrero de 2010*

*La versión digitalizada de esta obra corresponde a su distribución sin fines

de lucro en el medio virtual, cualquier distribución por medios materiales

deberá ser consultada con la casa editora, quien posea los derechos de

distribución y/o con la autora.

Impresión: Imprenta Andros, Santa Elena 1955

Composición: Valgraf Ltda.

©1994, Editorial Sudamericana Chilena

Santa Isabel 1235, Providencia, Santiago-Chile

ISBN: 956-262-028-X

© 1994, Diamela Eltit

IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE

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A mis hijos Nadine y Felipe.

Mi gratitud en el tiempo mexicano de este libro

para la escritora Margo Glantz y

para el joven Guido Cam .

ú

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No, no tem la pira que me consumir a

í

í

sino el cerillo mal prendido y esta

ampolla que entorpece la mano con que escribo.

(Rosario Castellanos)

(7)

Indice

I.

BAAAM

11

(007)

II. AMANECE

23

(018)

III. BRRRR

119 (111)

IV. AUTORIDAD, MARGINALIDAD Y PALABRA

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V.

FRACASO Y TRIUNFO

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I

BAAAM

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MAMÁ escribe. Mamá es la única que escribe.

Mamá y yo nos compartimos en toda la extensión de la casa. La casa está ruidosa, a veces tranquila. Tranquila. Mamá no está tranquila, lo noto en su pantorrilla engranujada. Tiene muchos pedacitos de piel desordenados. Desordenados. Los dedos que tengo están enojados con su desorden. Cuando me enojo mi corazón TUM TUM TUM TUM y no lo puedo contener porque parece decir TON TON TON To. Seré el tonto de los rincones. La incomprensible pequeñez de la casa se superpone en mi mente. En mi mente. Presagio días funestos, paisajes adormilados. Presagio sólo lo horrible. Mi cuerpo habla, mi boca está adormilada. La casa tonta se contiene en mi mente con una impresionante pequeñez. Me muevo entre la multitud de mis vasijas. De la vasija. Subiré como una larva por la vasija. Pero la vasija se convierte en pantorrilla. Es musculosa. Musculosa. Yo no. Mi cuerpo laxo habla, mi lengua no tiene musculatura. No habla. Subiré para arriba agarrado fuertemente de la vasija, subirá el tonto baboso que soy. Mi lengua es tan difícil que no impide que se me caiga la baba y mancho de baba la vasija que ahora se ha convertido en pantorrilla y quizás así se me pegue un poquito de musculatura. Mi corazón palpita como un tambor. TUM TUM TUM TUM. Es musculoso. Mi corazón me habla todo el tiempo de su precoz resentimiento sexual, me lo dice en un lenguaje díficil (ya ahora mismo/ vi uno de esos pedazos que sueño/ a pedazos/ sueño en pedazos/me duele duele duele/ aquí mismo/ calentito/ un poquito más/ basura/ me sobra mucho/ un espacio calentito/ el molar que muerde/ devora/ ahora mismo/ la grasa/ que oscuro/ qué horrible/ ¿tendrá existencia el bosque de mis deseos?/). No quiero entenderlo. Entiendo todo. La pantorrilla intenta derribarme para dejarme abandonado en un rincón de la casa. Lo sé. Lo sé. Mamá se inclina hacia mí y aparece su

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boca sardónica. Sardónica. Se inclina y sospecho que quiere desprenderme con sus dientes. Babeando lanzo una estruendosa risa. Ay, cómo me río. Cómo me río. Caigo al suelo y en el suelo me arrastro. Es bonito, duro, dulce. Golpeo mi cabeza de tonto, PAC PAC PAC PAC suena duro mi cabeza de tonto, de tonto. TON TON TON To. Ella me recoge del suelo. Mamá está furiosa, la pantorrilla, mi vasija. Me engarfio rico y corre la baba por toda la superficie ¿Cuánto llevamos?¿un día?¿un minuto? Yo no sé. Ah, si hablara. Miren cómo sería si yo por fín hablara (se acabará, se acabará, anda vida, se acabará). Mamá tiene razón, nada de caridad y tan rico haberme azotado la cabeza y haber, ay, reído. Tengo una reserva infinita de baba. En el día la baba todo el tiempo. Yo y mi vasija siempre mojada. Primero la mojo, luego la seco. Cuando él le escribe a mamá mi corazón le roba sus palabras. El le escribe porquerías. Porquerías. (Ya/ apúrate/ ¿Quieres más fuerte?/ ¿Más fuerte?/ APURATE/ ¿Dónde más?/ por qué no te apuras/ basta/ no llores/ no me molestes/ ya empezó/ ya empezó/ no pongas esa cara/ ¿por qué tienes que poner esa cara?/). No le escribe esas palabras, sólo piensa esas palabras. Yo le leo las palabras que piensa y no le escribe. Mi corazón guarda sus palabras. Sus palabras. Mi corazón aprende porquerías y yo quiero tanto a mi cabeza de tonto. De TON TON TON To. Me agarro de una de mis vasijas y veo una pantorrilla en la que puedo clavar las pocas uñas que tengo. No podría sangrar una vasija, sólo a una pantorrilla. RRRRR, rasco mi pierna mirando la casa. Me detengo y me agacho para mamá. Mamá me pega en mi cabeza de tonto. AAAAY, duele. Duele. Otra vasija y otra. Mamá me pone en el suelo y mancho de baba el piso. Salgo hacia afuera para manchar de baba la tierra. La tierra cambia de color con mi baba. No sé de qué color se pone. Hago un hoyito y me tuerce la mano. La mano. Si ella sigue, BAAAM, BAAAM, me reiré. Me deja hacer otro hoyito y después me meto los dedos en la boca que no

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habla. No habla. La baba ahora se espesa y me arrastro hasta la tierra con la boca abierta. Abierta. Mamá me mira y me dan ganas y me RRRR, rasguño de sangre el ojo. Me meto el dedo en el ojo. Mamá me agarra el dedo y me lo mete en la nariz. La nariz. No quiero. Quiero una de mis vasijas. Voy en busca de mi vasija y meto los dedos adentro. Adentro. Mamá se enoja, yo me río. Ella no soporta que me ría y por eso lo hago. Si yo me río su corazón suena como un tambor, TUM TUM TUM TUM. Ahora mamá está enojada. Enojada. Cuando mamá está enojada su corazón se llena de porquerías. Mamá se pone rabiosa, enérgica, abrumada. Yo me alejo detrás de mis vasijas para huir de sus pensamientos. En los momentos en que mamá se enoja me da hambre. Hambre. Mamá se niega a que yo engorde. Con el hambre mi cabeza de tonto se llena de porquerías. Mamá está traspasada por el miedo. Su pie me patea. AAAAY, me arrastro en medio de un hambre inextinguible, me arrastro para hacer un hoyito en la tierra y sentir en el dedo el tambor de mi TUM TUM TUM TUM, corazón. Mamá y yo estamos siempre unidos en la casa. Nos amamos algunas veces con una impresionante armonía. Armonía. Yo miro a mamá que quiere escribir unas páginas inmundas (un pedazo de brazo, el pecho, un diente, mi hombro/ no puedo detenerme ahora, no puedo frenar/ la uña, el hombro sí que tiene consistencia/ la mano, el dedo/ no me duele, hace años que no me duele/ es mentira que duele/ un latido en el párpado). Sólo lo piensa, no lo escribe. Mamá y yo estamos juntos en toda la extensión de la casa. Existo sólo en un conjunto de papeles. Agarrado de una de mis vasijas quiero decir la palabra hambre, la palabra hambre y no me sale. Ah, BAAAM, BAAAM, me río. Me meto los dedos en la boca para sacar la palabra que cavila entre los pocos dientes que tengo. En algún hoyito dejaré la pierna de mamá cuando consiga la palabra que aún no logro decir. La piel de mamá es salada. A mí no me gusta lo dulce,

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engorda. Engorda. Vomito lo dulce, lo salado es rico. Ahora mamá está inclinada, escribiendo. Inclinada, mamá se empieza a fundir con la página. A fundir. Quiero morderla con los pocos dientes que tengo, pero ella no lo sabe. Quiero morderla para que se me pegue en mi cabeza de TON TON TON To tonto y deje esa página. Esa página. Cuando pueda decir la palabra hambre esta historia habrá terminado. Dejaré la vasija y me agarraré a a la pierna de mamá para contener mi baba para siempre. Me lo dice mi corazón TUM TUM TUM TUM de tambor. Mi corazón salado que conoce el gusto de todas las cosas y los sufrimientos de todas las gentes. Pero mamá es una mezquina. De tan mezquina que no me convida ni un poquito de calor. Ahora hace frío que me pongo azul y mamá dice que parezco su estrella. Y es ella la que tirita de frío y yo necesito un pedazo de tierra para enterrarme. Mamá no me deja porque el azul es bonito dice y dice que le gusta tanto verme tranquilo. Pero yo me alejo hasta mi pieza y me enrosco. Mamá me sigue y trata de enderezarme con su pierna. Su pierna. Tiene un hueso salvaje en su rodilla que me da en la nariz. En la nariz. AAAAY. Sangro leve por la nariz y mamá me limpia con su falda y después me mete un pedazo de género por la nariz para que se me quede la sangre en su falda. Su sangre es calentita. Calentita. Se me pasa un poquito lo azul. Me enojo y lanzo una risa que dispara a mamá lejos. Si me pongo más azul mamá se alegrará y entonces no podré derribar a mis vasijas. La espalda de mamá tiene un peligro. Lo sé. Peligro. Mamá me da la espalda para meterse en esas páginas de mentira. Mamá tiene la espalda torcida por sus páginas. Por sus páginas. Las palabras que escribe la tuercen y la mortifican. Yo quiero ser la única letra de mi mamá. Estar siempre en el corazón de mamá TUM TUM TUM TUM y conseguir sus mismos latidos. Mamá odia mi corazón y quiere AAAAY, destrozarlo. Pero mamá me ama alguna parte del tiempo y

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me mira para saciar en mí su hambre. Me río del hambre de mamá con una risa opulenta. BAAAM, BAAAM, salta la risa de mi boca en la primera oscuridad que encuentro. Mamá corre a taparme la boca con su mano. Con su mano. AAGGG, me asfixio. Me asfixio y vomito en la mano de mamá. Mamá me esquiva porque me lee los pensamientos. Me lee los pensamientos y los escribe a su manera. Mamá quiere que nos volvamos felices en las letras que escribe y por eso se toma tanto trabajo su espalda. Su espalda. Cuando yo hable impediré que mamá escriba. Ella no escribe lo que desea. Mamá me busca para salir a la calle y que se hiele mi cabeza de TON TON TON To. La calle me asusta. Me gusta la poca tierra que hay en la calle. Si mamá me obliga a salir hacia afuera le haré una herida con los pocos dientes que tengo. Ahora parece que nos congelaremos seré la única estrella de mamá. Mamá sale a la calle para ver las estrellas. Las estrellas. BAAAM, BAAAM, me río por toda la casa esperando a mamá. Con la escasa lengua que tengo lamo mi vasija para soportar el hambre. El hambre. Cuando mamá regresa aprieta las páginas con sus manos y me da la espalda. Es peligroso. Pero si me pongo azul le daré contento a mamá que quiere que reluzca como una estrella. BRRRR BRRRR tiritamos juntos y BAAAM, BAAAM, me río. Mamá se quiere tapar las orejas. Las orejas. Yo me trepo hasta su oreja y BAAAM, BAAAM, me río, pero ella me abraza y de tanto frío no puedo negarme. Negarme. Entre los brazos de mamá se siente calentito. Me siento oscuro, peligroso, calentito. Debajo está mamá, la falda de mamá más abajo un abismo sinsabores. Su pesar me da hambre. Hambre. El hambre me provoca saliva. La saliva corre buscando un poco de comida. Pero mamá ha olvidado la comida y pretende tironearme los pocos pelos que tengo. Me lleno de saliva y de una poca de risa que me queda. Risa. Me RRRR, raspo la cara. RRRR. Duele. Duele quizás la mejilla, la nariz y busco la mano de mamá para que me sobe. Me sobe. Mamá me

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limpia la mano en su falta y me mira. Cuando mamá me mira con su pesadumbre me tapo mi cabeza de TON TON TON To porque me asusta su cara despavorida. Despavorida. Si mamá tiene la cara apesadumbrada y despavorida yo le tomo los dedos y se los tuerzo para que olvide las páginas que nos separan y nos inventan. Ella en sus páginas quiere matar mi cabeza de TON TON TON To. Después me voy lejos pensando algunas palabras para mi boca que no habla. Mi pensamiento está cerca de mamá y a distancia de mi lengua que de tanta saliva no habla. No habla. Sé que mamá en sus páginas deshace el poco ser que le queda y por eso ella tiene piernas y palabras. Palabras. Mamá desea que se me caigan los pocos dientes que tengo para que no se me vaya a quedar una palabra metida entre los huesos. Quiero romper mis dientes en sus páginas. Pretende romper mis dientes, de espaldas a mí par que nos quedamos flotantes y azules como unas desesperadas estrellas. Estrellas. Mamá se siente menos abrumada cuando me ve helado y BRRRR se nos mete el frío para adentro y ella sabe que sólo sus piernas y las penurias de su falda nos sanan. La amargura de mamá es displiscente conmigo y anda metida entre su falda y en el medio de sus páginas atacando a la parte más valiosa que tiene y que yo le agarro para ser su estrella. Su estrella. Mamá necesita tanto una estrella y me desbarata mi cabeza de tonto porque no me pongo azul, azul, como debiera. Pero mi cabeza de tonto va a empezar a congelarse si mamá se refugia entre sus páginas. Páginas. Mamá lo que desea es que el que le escribe se congele y si lo consigue estaremos unidos para siempre y mi baba será nuestro único consuelo. Consuelo. Mamá algunas veces se siente tranquila de arriba. Cuando está tranquila de arriba piensa las peores cosas y yo empiezo a reírme. A reírme. Me gusta tanto que mamá tenga pensamientos pues me deja concentrarme en mis vasijas y en rasgar sus amenazantes formas. Formas. Las formas son

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sorprendentes. Yo soy parecido a una vasija cuando me pongo azul. Cuando mamá se pone azul por el frío me pide que le ponga baba en su pantorrilla. Pero mi baba se adelgaza por el frío y ella se enoja y empieza sus febriles páginas. Yo me arrastro por el suelo y la obligo a mirarme. Me ovillo. Ovillo. PAC PAC PAC PAC mi cabeza de TON TON TON To cae en todas las direcciones. Con los pocos dientes que tengo raspo el piso y algunas veces como un poquito de materia. Mamá me saca la materia de la boca y yo le masco la uña que me mete en la boca. Rica la uña de mamá. Quiero decir: “Rica la uña de mama” y las palabras no me salen. Si mamá me ve con la boca abierta intenta tirarme la lengua para afuera. Quiere arrancarme la lengua para que no hable. Hable. Cuando yo hable mamá temblará porque yo le adivino los pensamientos. Pero mamá me ama y seguimos unidos en la casa entre el frío y la poca baba que tengo. El que le escribe no está a la vista. Mamá ha desarrollado un odio por su ausencia en el centro de su pensamiento. Lo sé porque yo le leo los pensamientos a mamá. El odio de mamá está transferido a la parte más sinuosa de su falda. De su falda. El odio de mamá ondula de aquí para allá a la medida de sus pasos. Porque si mamá me abandona, me río y me aferro a las vasijas que ella mantiene con ira. Si mamá se atreve con mis vasijas yo la sorprendo con una risa nueva que invento en ese mismo momento. Momento. Mamá sabe que siempre tengo hambre y preciso de algún alimento. Lo sabe cuando caigo en el resquicio de alguna de las habitaciones. En algunas ocasiones caigo sobre su pierna por la fuerza del hambre. Cuando caigo, mamá se alarma y sale atolondrada a conseguir un poquito de comida. Un poco de comida que masco con los pocos dientes que tengo. En extrañas oportunidades ella me da unas escasas gotas de leche. La leche de mamá es el contenido que ella esconde con sigilo. Con sigilo. Mamá conserva a través de los años un poquito de leche y la controla para que no se

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les acabe. Es un secreto de mamá. La leche de mamá es calentita. Cristalina y calentita. Pero mamá la cuida para todos los años de su vida y me deja sorber apenas una o dos gotas y quiero pedirle más, más, y las palabras no me salen. Me quedo con la boca abierta para decirle “más” y se me abre mucho la boca y ahí mamá me pellizca los labios. Labios. Mamá protege tanto el secreto de su leche. Mamá guarda su leche para sentir su parte de arriba calentita. Lo sé porque cuando he tocado su parte de arriba está calentita. Calentita y ardorosa. Pero mamá es una mezquina y aleja mi cara de TON TON TON To. Me aparece una risa indeterminada. Me río de tantas maneras que logro poner mi cara en su pecho. En su pecho mamá tiene demasiado furor y por eso me da la espalda y se vuelve hacia sus páginas con tanta obstinación. Obstinación. Mamá sale de pronto a la calle y me trae noticias impresionantes. La gente de la calle es impresionante. A mamá ciertas gentes la reconocen en la calle por la sutil mancha de leche que lleva sobre su pecho. Sobre su pecho. La leche de mamá tiene un secreto que yo debo vigilar. Ese secreto le provoca a mamá un estado malo. Malo. Mamá queda con el estado malo cuando ve cómo el hambre inunda las calles. Esa hambre la prende con una fuerza verdaderamente devastadora y a su cabeza entran las más peligrosas decisiones. Decisiones. Entra a la casa y deja en sus páginas la vergüenza que le provoca la salida. Caemos contra la pared en un movimiento que hiere mi cabeza de TON TON TON To. Caemos y con la poca visión que poseo observo cómo mamá va a buscar un beneficio en sus páginas para olvidar el hambre de las calles. Ella deja ahí el poco ser que le queda. Pero ya ha caído sin saberlo en quizás cuál punto del hambre de las calles. Ha caído en medio de una helada extraordinariamente poco conocida. Y mamá y yo esperamos que el que le escribe se ponga azul para el resto de su vida. De su vida. Ahora mismo yo me voy poniendo

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azul, azul como una estrella y me río con una de mis risas mas notorias para que mamá me aplauda. Con la poca visión que tengo veo la gotita de leche que le queda a mamá y mi labio se desenfrena por llegar hasta su pecho, pero estoy tan helado que caigo. Que caigo. Mamá muy conmovida siente que estamos cerca del cielo. Siente que vamos a tocar ese cielo que hace tantos años espera. Espera. AAAAY, caigo. Ella anhela que me ponga azul, azul como una estrella y la lleve con el poco ser que le queda hasta el pedacito de cielo que le aliviará el trabajo de su mano y de su angustiada página, le aliviará la mancha de su pecho y el escozor de su falda. Entero azul como una estrella caigo en medio de una helada indescriptible. Caigo buscando a mamá que ya no ve, que me vuelve la espalda, inclinada ante el desafío de su incierta página. Mamá que permanece ajena a la hambruna de la gente de las calles porque ahora mismo yace perdida. Yace perdida y solitaria y única entre las borrascosas palabras que la acercan al escaso cielo en el que apenas puedo habitar.

Ahora mamá escribe. Me vuelve la espalda. La espalda.

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II

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AMANECE mientras te escribo. Tu desconfianza

aumenta aún más las fronteras que se extienden entre nosotros. Se ha dejado caer un frío considerable. Un frío que se vuelve cada vez más tangible en este amanecer y no cuento con nada que me entibie. Ah, pero no es posible que lo entiendas porque tú, que no te encuentras expuesto a esta miserable temperatura, jamás podrías comprender esta penetrante sensación que me invade. Deberás responderme con urgencia. Como lo temía, tu hijo fue expulsado hoy de la escuela. Recuerda que te pedí de manera insistente, y, en ocasiones, desesperada, que hicieras los arreglos necesarios para intentar impedir esa resolución. Ahora es demasiado tarde. El cielo empieza a ponerse infinitamente azul, un azul que presagia la llegada conmovedora de un sol macilento que ya sé, sólo vendrá a iluminar aún más el frío que nos circunda.

... Tu hijo aún duerme. Duerme como si nada hubiera sucedido, pues cuenta con la certeza de que tú seguirás con distancia nuestro hostil derrotero. Pero, esta vez, deberás entender este dilema que también te pertenece, porque si no lo haces, nuestra aflicción te tocará y la tranquilidad que rodea tu vida quedará inutilizada para siempre.

... Me parece que el cielo hoy será arrogante y extenso. Mientras que tu hijo soporta el frío con una extrema liviandad, yo sufro como si hubiera sido atacada por una peste malsana. Nunca he logrado una apariencia para resistirlo y en estos instantes llego a pensar que, tal vez, mi piel fue perversamente diseñada para los inviernos.

... Las últimas heladas me han devastado con rigor, llevándome hacia un malestar que vulnera las leyes de cualquier enfermedad. Tu hijo, en cambio, aunque trémulo, conserva la constancia de la alegría en sus juegos solitarios,

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cruzados por sus sorprendentes carcajadas. Se ríe abiertamente durante aquellas horas en las que me resguardo buscando un sueño que me alivie del frío. Te solicité que se lo dijeras, te advertí en cuánto me perturbaban sus juegos. No lo hiciste. En unos momentos me hundiré entre las gastadas cobijas de mi lecho y te aseguro que tu hijo se despertará únicamente para privarme del descanso que requiero.

... Eso es todo. Piensa que permanezco a la espera del gesto que corrija el conjunto de mis inquietudes. Ah, piensa también en el frío que penetra por cada uno de los intersticios de la casa.

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... PERO, ¿cómo te atreviste a escribirme unas palabras

semejantes? No comprendo si me amenazas o te burlas. ¿En qué instante tu mano propició unas acusaciones tan injustas? Estás equivocado, la expulsión de tu hijo fue completamente acertada y me parece cruel que insinúes que fui yo la que lo indujo a buscar una salida de la escuela. Fue una acción de tu hijo del todo personal y yo, si me hubiera visto enfrentada al conflicto de los administradores de la escuela, habría tomado idéntica medida. Ah, qué agravios tuyos debo recibir. Ahora, además del frío, me hieren tus injurias ante las que no demuestras la menor contemplación. Te insisto; la expulsión representó un tibio castigo frente a una falta que me parece imperdonable. Pero, ¿cómo puedes acusarme de desear que tu hijo abandone su educación? En estos momentos, temo que ni siquiera conozcas a tu propio hijo y te niegues a entender que su actuación estuvo provista de una gran dosis de maldad. Lo que hizo sobrepasó todos los límites y yo me vi enfrentada a un conocimiento que me ha dejado demasiado avergonzada.

... Afuera está plagándose de una extrema turbulencia. Estoy cierta de que el cielo, en esta noche, muestra una dispersión poco frecuente. Es como si las distintas oscuridades se protegieran al interior de la siguiente y, a la vez, intentaran separarse. Se trata de una noche abrumadora e indecisa. No quiero volver a recibir de ti ninguna expresión inoportuna o que pretendas dudar de una decisión que es ineludible. Jamás te solicité que ejercieras un pronunciamiento ante la expulsión, ni menos que calificaras mis conductas. En realidad, ahora comprendo que tu carta fue escrita por el solo placer de provocar mis iras. Pero a mí lo único que me moviliza es la necesidad de una respuesta a la enorme disyuntiva con la que ahora convivimos. Temo a la llegada de la luz del día. Tu hijo se despierta con la luz y me persigue con sus juegos

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y sus inminentes carcajadas. Esos ruidos inhóspitos atraviesan las puertas tras las que me protejo para prevenirme de sus enfermizos sonidos.

... Tú no sabes cómo, temblando de frío, descompuesta por el sueño, me cubro con las manos los oídos hasta provocarme daño. Ah, no entiendes lo que significa habitar con sus desconcertantes carcajadas . Ahora exijo que retires tus palabras y sólo te limites a darme una respuesta. Comprendo que mi tono te resulte imperativo, pero de esa dimensión es el conflicto al que me enfrento.

... En el curso de esta noche pareciera que el cielo propiciara una catástrofe. Nunca había presenciado una apertura similar. Es inútil que intentes una estratagema, no quieras convencerme de que la palidez de tu hijo se está volviendo progresivamente malsana. El mal que anuncia está sólo contenido en tus perniciosos juicios. Limítate a escribir, con la sensatez que espero, una solución para esta tragedia que me resulta interminable.

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...DURANTE toda la noche mi corazón me ha hostilizado sin

cesar. A lo largo de estas horas, me he sentido disminuida, atacada por un cansancio verdaderamente perturbador. Prisionera de distintas angustias, aún en la más leve, hube de ansiar una pronta muerte. Pero no podía adivinar que me esperaban más castigos, los que se manifestaron en algunos fugaces sueños de mutilaciones. En mis breves sueños, un cuerpo destrozado descansaba entre mis manos. Ah, imagínate, yo era la causante de esa muerte y, sin embargo, no sabía cual destino correspondía dar a los restos. No sé cómo sobrevivo a ese sueño en donde me vi, maravillada, sosteniendo a unos despojos mutilados de los cuales yo era responsable. Mi corazón me ha humillado toda la noche. El corazón late, late, late, pero el mío fue, en esta noche, irregular. Latió con una desarmonía espantosa. Mi corazón se ha comportado de una manera hiriente que no estoy en condiciones de responder a las preguntas que me haces.

... Sé que esta mala noche se la debo a mi vecina. Mi vecina me vigila y vigila a tu hijo. Ha dejado de lado a su propia familia y ahora se dedica únicamente a espiar todos mis movimientos. Es una mujer absurda cuyo rencor la ha sobrepasado para quedar librada a la fuerza de su envidia. Mi vecina sólo parece animarse cuando me ve caminar por las calles en busca de alimentos. Me enfrento entonces a sus ojos que me siguen descaradamente desde su ventana, con un matiz de malicia en el que puedo adivinar los peores pensamientos. Sale después hacia afuera y hasta sería posible asegurar que algunas veces me ha seguido. Tú sabes que poseo un fino sentido cuando me siento acechada. Podría testificar que ella ha ido tras mis pasos en mi único recorrido a través de la ciudad. Ahora sé que mi vecina, a pesar del frío, va de casa en casa y estoy cierta de que soy el motivo de sus viajes y la razón de sus conversaciones. Su mirada es definitivamente tendenciosa

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y puedo prever cómo el mal se desliza por mi espalda, se despeña por mi espalda dejándome arañada por crueles difamaciones. Ah, no entiendo desde cuál de sus incontables odios ha escogido hacer de mí su contendiente.

... Sabes pues que soy vigilada por mi propia vecina. Las preguntas que me haces, sólo duplican en mí la vigilancia. El que tu hijo no asista a la escuela no augura que habitemos de una manera indecorosa. Te advertí que este momento llegaría. Si tú no lo detuviste, ¿por qué pues debo entonces obedecer tus órdenes? Permanecemos, nos quedamos por tu voluntad en una ciudad que enloquece de manera progresiva. Mi vecina me vigila y vigila a tu hijo y cuando anochece puedo escuchar su llanto desesperado. Llora por que su vida occidental se le ha dado vuelta, porque el frío se ha dado vuelta y, por su contagio, esta noche hasta mi corazón se ha sublevado.

... Tu hijo y yo pasamos este tiempo comprometidos en un ritmo que no merece el menor reproche y no veo por qué habría de hacerte una cuenta detallada de cómo pasamos el día. Pero, en fin, has de saber que nuestras horas transcurren burlando el frío que está alcanzando un cuerpo realmente monstruoso. Tu hijo lo esquiva ejecutando sus juegos y lo soslaya con el fragor de sus estruendosas carcajadas. Yo velo el día y vigilo el paso de la noche. Pero ¿cómo hacerte comprender que mi vecina me fustiga de manera vergonzosa? Deja pues de abrumarme con argumentos que no tienen el menor asidero. Tu hijo fue expulsado de la escuela por su comportamiento y debemos permanecer reducidos en la casa. ¿Qué es lo que en realidad temes? ¿Qué mal podría amenazar a quienes viven encerrados entre cuatro paredes?

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AH, MI VECINA busca envilecernos. Su pupila, siempre

agazapada, no deja de mostrar una furia incomprensible hacia nosotros. Tu hijo, que ha entendido, ahora también juega agazapado. Somos vigilados por una mujer que se ha reducido a su carne gesticulante, una mujer aterrada de sí misma que consigue, en el poder de su mirada, algunos instantes de entusiasmo con los que aligera su monótona vida. Ella realiza, desde su venta, acciones desconectadas y en gran medida apática, una serie de acciones en las que apenas se disimula el balbuceo de un raudal de palabras ofensivas. Mi vecina es la mejor representante de un procedimiento ciudadano que me parece cada vez más escabroso. Un procedimiento a través del cual ella remueve sus cromosomas mal pactados al interior de su lamentable anatomía.

La vigilancia ahora se extiende y cerca de la ciudad. Esta vigilancia que auspician los vecinos para implantar las leyes, que aseguran, pondrán freno a la decadencia que se advierte. Ellos han iniciado actividades que carecen de todo fundamento como no sea dotarse de un ejercicio que les permita desentorpecer sus ateridos miembros. Tu hijo y yo ahora nos movemos entre las miradas y un frío inconcebible. Sin embargo, tú te atreves a dudar de mis palabras y con eso buscas disculpar a mi vecina. Me acusas de ser la responsable de un pensamiento que, según tú, alude a una posición asombrosamente ambigua, o que mis aseveraciones, como has dicho, son el resultado del efecto anestésico de un peligroso sueño.

Con tus juicios, quieres hacer de mí, la imagen de una mujer que miente. Una mujer que miente, impulsada por un creciente delirio. Te digo -y eso bien lo entiendes- que tus palabras representan el modo más conocido y alevoso de la descalificiación. De esa manera es que te niegas a

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aceptar que mi vecina me vigila y vigila a tu hijo, y en este instante me parece que tú mismo te sirvieras de su enfermiza mirada para mi beneficio de tus propios fines.

Me pregunto, ¿qué es lo que te perjudica de nuestra conducta? Si bien le entendí a tu reciente carta, te altera el que yo quiera promover en tu hijo un pensamiento que te parece opuesto a tus creencias, dices también que yo yo la que intento apartar a tu hijo de una correcta educación y hasta llegas a afirmar que es mi propia conducta la que te inspira desconfianza, pues ya más de un vecino te ha descritos mis curiosos movimientos.

¿No será el delirio en el que me implicas, lo que en verdad dirige tu letra? ¿Acaso olvidas que fui yo misma la que te previne del problema escolar al que se enfrentaba tu hijo? ¿Y no olvidas, también, que mis palabras no recibieron de ti la menor atención? Tu hijo fue expulsado de la escuela y ahora yo debo preocuparme por su enseñanza. Debo hacerlo a pesar de la violencia del frío que mantiene a la ciudad casi paralizada. Ah, el frío sigue y sigue cruzando la casa, congelando hasta los más ínfimos rincones. Tu hijo se mueve entre esta inaceptable temperatura con una actividad que me sorprende. Atraviesa la casa a una gran velocidad y, en ocasiones, se golpea contra las paredes. Sus golpes, sin embargo, no me alarman. Yo misma me he golpeado demasiado por súbitas caídas, en accidentes inevitables, por distracciones legítimas. No me asustan pues sus golpes, lo que me descompone son sus carcajadas que parecen multiplicarse en medio de este frío, como si con su risa pretendiera derrotar a esta insoportable helada. Tu hijo se ríe con un sonido que me resulta tan destemplado como el frío que nos cae encima, y se hace caso omiso del malestar que me provocan esos ruidos. Mis días transcurren soportando su

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risa y evadiendo la custodia de mi insistente vecina.

Pero, a pesar de estos inconvenientes, tu hijo y yo gozamos, durante ciertas horas, de una extraordinaria paz. Una paz que me parece más real, más lícita y mucho más brillante que la reglamentación que tú, no sé desde cuál capitulación, quieres obligarnos a aceptar.

Este atardecer se presenta plagado de signos que amenazan. Las calles muestran una tonalidad que me resulta difícil describir. Ah, el atardecer se deteriora y se desploma con un increíble dramatismo. En este instante, tu hijo se ha dormido al lado mío. Su cabeza se sacude y se sacude como si quisiera aniquilar las imágenes de un terrible sueño. Cubriré su cuerpo con una manta de lana. Debo buscar una cinta de colores para rodear su cintura.

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ME SIENTO inmersa en una noche infinita, plena de

subterfugios amenazadores. Tu hijo no duerme en esta noche y juega de una manera veloz, escenificando a un espacio sitiado que no le permite ya ninguna salida. Ah, si hubiera alguien con quien compartir nuestros ojos abiertos, desvelados, enrojecidos. Ahora llego a pensar que esta noche podría no terminar nunca, estimulada por un frío que no sé en cuánto más podremos resistir. El frío de la noche se vuelve asombrosamente tangible, arruinando mis piernas y mi espalda, lacerando hasta el último hueso de mi brazo. Sabrás pues que el escribirte representa para mí un sobrehumano ejercicio. Se nos han terminado ya todas nuestras provisiones y debo salir, en cuanto empiece a amanecer, hacia las calles en busca de alimentos.

Dices que un vecino te ha informado que han desaparecido algunos objetos de mi casa. Sí, es verdad que he vendido algunas de mis pertenencias, pero sabes que cuento con el privilegio, si así lo estimo conveniente, de deshacerme de mis propios bienes. Ni siquiera abasteces las necesidades de tu hijo y aún osas inmiscuirte en la forma en que procuro nuestra subsistencia. Tus acusaciones están plagadas de impudor y no sé con qué palabras ya exigirte que sólo te limites a inquirir sobre aquellos temas que puedan favorecer el crecimiento de tu hijo. Pero, para tu consuelo, te diré que me he desecho sólo de los objetos que menos atraían mi interés, apenas de unas cuantas piezas que presentaban una pequeña falla y que siempre intranquilizaron a tu hijo. Me he enterado de que ahora adornan los salones de algunas de las casas cercanas y están dispuestas en lugares centrales. Mis vecinos se acicalan pues, gracias a tu inalterable displicencia.

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sufrimientos cuando insistes y vuelves a insistir en que la expulsión de tu hijo se originó en un conjunto de artimañas que yo le fui inculcando de manera deliberada. Pero, no quiero volver más sobre ese doloroso episodio que puso en evidencia el mal comportamiento de tu hijo.

Debes de saber que aunque mi cariño hacia él es ilimitado, algunas veces su mente me fastidia. Su mente se empecina en mostrar un dramatismo que tiene algo de aritmético. No sé cómo podría explicarlo, pero intuyo al interior de su cerebro un proceso altamente numérico que altera mi moderación. Un proceso que les extravía el pensamiento y que se desencadena sus irritantes carcajadas. Es odioso y vulgar para mí tener que presenciar esas operaciones que se acumulan en si mente sin el menor sentido.

Sin embargo, tu hijo tiene a su favor recursos divinos. Aparece divino cuando pasa de habitación en habitación y deja de lado sus terribles carcajadas para realizar pequeños actos de valor universal. Sus actos universales radican en su propio cuerpo y los ejecuta con la versatilidad de una pieza de baile creada para figuras condenadas. Parece que, en esas ocasiones, él se sumergiera en otro tiempo, en un tiempo que yo no conozco, que no reconoceré nunca siento entonces que es la mente más brillante que habita la ciudad. Le consiento ensoñaciones, sueños de venganza, miradas oblicuas, balbuceos. Se lo concedo con creces, sacrificando la multitud de mis propios sueños, mis deseos de dejarlo perdido deleitándose en la próxima forma que tomará nuestra soledad.

Es conveniente que dejes de simular una preocupación que en realidad no experimentas. Sabes que me siento amenazada por mis propios vecinos y que

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necesito de la mayor tranquilidad para resistir sus embates ahora que ellos han conseguido convertir la vigilancia en un objeto artístico. Debo cuidar de que tu hijo no estropee con sus carcajadas las leyes que penosamente nos amparan. Uno de mis vecinos tiene el pie deformado y el dolor le ocasiona una artificiosa cojera, una cojera impostada que me llena de vergüenza. Como vez estoy expuesta al cerco de un hombre baldado. No seas tú entonces el que termine de aniquilar nuestra casa con comentarios que, sabes, derrumban como nada mi ánimo.

Quiero que me comprendas que desde cuando el pensamiento de tu hijo se tuerce, ese defecto atormenta mi espíritu. Mi espíritu también se tuerce en esas ocasiones. Pero tú, aunque no habitas con nosotros, te encargas de inyectar en mi espíritu la mayor dosis de inseguridad y apareces en mí más implacable que el azote del frío.

Te pido que entiendas de una vez que te escribo derrumbada. Me amanezco escribiéndote. Supieras cuánto me derrumbo en cada amanecer. Ahora va a empezar el día en cualquier momento. Tengo que poner mi cuerpo en condiciones para sortear la helada de la calle. Saldré de un instante a otro hacia la calle. Lo haré, y tú muy bien lo sabes, un poco exasperada, bastante sigilosa.

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PIENSO que tomaste una decisión apresurada. Aún no

me siento convencida de que tu hijo, por ahora, deba volver a la escuela. Sería para mí demasiado fatigoso tener que atender esos asuntos. El frío no se detiene y ya se ha vuelto circular. Está iniciándose una noche que anuncia la llegada de una tempestad. Este invierno se extiende y se extiende, contraviniendo su particular naturaleza, desafiando abiertamente a las otras estaciones. La bruma no hace sino transitar a través de las calles de una manera dramática, dejando una estela de crueles presagios a su paso.

Tu hijo no puede volver a la escuela por ahora. Sería nocivo para él y para mí. No quiero discutir esta decisión pues tus mandatos sólo consiguen agotarme más de lo que merezco. ¿Cómo no te das cuenta de que es pedirnos demasiado en los momentos en que necesitamos de un absoluto descanso? El frío ha alcanzado en los últimos días niveles insostenibles y nadie ha dado una explicación convincente para esta situación. Ahora mismo se dejará caer una tormenta irremediable. El sonido de los truenos me resulta descarado, pero estoy cierta de que tu hijo sería capaz de sobrepasar esos sonidos con sus carcajadas. No podría asegurar que la crueldad de este invierno sea peor que los juegos con los que a diario se deleita tu hijo.

Te suplico que no vuelvas a insistir en su palidez. Como sabes, la piel en la niñez es absolutamente sorprendente. Tu hijo pertenece a la especie de los que poseen una tenue armonía y me resulta absurdo e insidioso de tu parte adjudicar a una enfermedad lo que constituye el centro de su belleza. Con tu alarma sólo consigues provocarme daño, pero, también entiendo que la desconfianza que demuestras, no es más que una argucia que disimula tu propia indiferencia. Te has

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dedicado a unir cuestiones totalmente distintas. Por ahora tu hijo no volverá a la escuela y a mi decisión es intransable. No existe el inconveniente que señalas, sólo debes postergar el compromiso que tomaste. Aduce lo que quieras ante la nueva escuela, hasta que me sienta en condiciones de enfrentar con serenidad esa nueva etapa con tu hijo.

Afuera ha estallado una impresionante tormenta. Ah, si vieras cómo en el cielo se abre un multiforme campo de batalla del que estoy recibiendo unos ecos desesperados. Asisto a una escena dotada de una soberbia que puede resultar letal, un espacio ilimitado en el que se debaten pasiones insolubles. Me asusta la tempestad, pero, pese a este desastre, tu hijo duerme acrecentando aún más mi desagrado. Tu hijo, algunas veces, se ríe en sus sueños. Sueña en medio de una risa que me resulta tolerable y, en esas ocasiones, ha bastado que me dirija hasta su lecho para tocar su frente y mi gesto ha logrado que su risa se transforme en un dulce gemido.

Estoy fatigada y plena de desconcierto observando esta tormenta. No puedes imponernos reglas por las que no podrás velar para su cumplimiento. Tu hijo volverá a la escuela cuando nuestro estado se revierta. Todo este tiempo te has mostrado excesivamente obstinado, no permitas que te ciegue la naturaleza que rige tu carácter, recuerda que yo no quiero sino la felicidad de tu hijo y el que vuelva ahora mismo a un ambiente asfixiante, sólo sería un motivo más de desdicha. Ya es bastante el peso que debemos sobrellevar por la audaz vigilancia que han adoptado mis vecinos. Sé que comprenderás la lógica de mi decisión. No te hagas parte de un orden de Occidente que puede terminar en un fracaso irrebatible.

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OH, DIOS. Tu insistencia se transforma en una feroz

arma que usas una y otra vez para atacarme. Parece que hubieras salido de ninguna parte cuando decides ignorar el modo en el que habita una familia. Presentas ante mí una incertidumbre que no puede ser legítima y te complaces en preguntar sobre costumbres que aun las más ínfimas de las especies animales organizan.

Si tu hijo no asiste en este tiempo al colegio, significa que sus horas se dividen en diversas y útiles actividades. Sabrás que también existen otros conocimientos además de que los que imparte la escuela. Tu hijo aprende, por ejemplo, el impresionante dilema que contienen las habitaciones, el misterio que encubre la distancia que separa a la oscuridad de la luz, la dimensión y el rigor que ocupa la techumbre, el pasado que ofrecen los rincones. ¿Por qué vuelcas sobre mí todas tus inquietudes? ¿Qué te hace no atender a los problemas reales que te expreso?

El verdadero conflicto que afrontamos descansa en los vecinos y en el conjunto de sus intolerancias. Ahora, gracias a ellos, la ciudad que en algunas horas y por obligación recorro, me parece un espacio irreal, un lugar abierto hacía lo operático y hacia lo teatral. Un resto de tales proporciones que puedo augurar que pronto quedará librado a la anarquía. Este trastorno es imputable del todo a los vecinos. Ellos intentan establecer leyes que nadie sabe a ciencia cierta de dónde provienen, aunque es evidente que urden esta acometida únicamente para incrementar los bienes que acumulan en sus casas. Pero yo advierto con precisa claridad cómo se debaten en medio de una indescriptible conciliación y aluden a desmanes que no sé si sólo ocurren en sus mentes. Siento que los vecinos quieren representar una obra teatral en la cual el rol del enemigo es adjudicado a los habitantes que no se someten

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a la extrema rigidez de sus ordenanzas.

Los vecinos sostienen que la ciudad necesita de una ayuda urgente para poner en orden la iniquidad que la recorre. Afirman que la ciudad ha sido abandonada por la mano de Dios y yo pienso que si eso fuera así, se debe únicamente a la avaricia de los hombres. Es verídico que las avenidas principales han perdido todo su prestigio y que los vecinos más poderosos ahora trepan hacia los confines, cerca de las planicies cordilleranas, para sortear la pesadumbre de la crisis. Sin embargo, lo que ellos en realidad encubren, es que no quieren pertenecer a un territorio devaluado y que están dispuestos a iniciar cualquier medida para salvarse de una terrible humillación. Por eso van de casa en casa transmitiendo leyes que carecen de sentido. Nuevas leyes que buscan provocar la mirada amorosa del otro lado de Occidente. Pero el otro Occidente es terriblemente indiferente a cualquier seducción y sólo parece ver a la ciudad como una gastada obra teatral. Sé que ya estás enterado de lo que pretenden los vecinos es gobernar sin trabas, oprimir sin límites, dictaminar sin cautela, castigar sin tregua.

¿No piensas acaso que es difícil sobrevivir en una ciudad tan asediada? ¿qué haces tú para aliviar mi vida y la de tu hijo? El temor que experimentas de que en tu hijo se interrumpa el caudal de sus conocimientos es completamente absurdo pues, al revés, se incrementa día a día. Eso no debiera ser una fuente de aprensión. Más bien deberías inquietarte por la vigilancia que sobre nuestra casa ejercen los vecinos y hacer todo lo que estuviera a tu alcance por protegernos de esa persecución malsana. Es quizás arriesgado de mi parte aventurar un juicio sobre tu comportamiento, pero en ocasiones pienso que estás confabulando con las peligrosas normas que intentan

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imponernos; de otra forma, no volverías siempre sobre los mismos temas. Tu hijo pasa ahora por lo que considero que es su mejor momento. Lo único que nos frena es la virulencia de este frío. Ah, el frío. Es tanto el frío que mi mano se desencaja y me entorpece la letra. Las palabras que te escribo están guiadas por una razón helada. No me obligues pues a más de lo que ya me obligas. ¿No has aprendido acaso que lo humano se estrella contra sus propios límites?

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MI MANO tiembla mientras te escribo. Tiembla como si

la atacara un huracán en medio de un despoblado. Tu madre ha venido hoy a visitarnos como tu emisaria. Pero, dime, ¿era necesario hacernos pasar por una humillación de tal naturaleza? Tu madre se atrevió a entrar en nuestra casa buscando no sé qué clase de delito entre las habitaciones. En esos momentos yo dormía y fue tu hijo el que me advirtió de su llegada. Tu hijo me despertó impulsado por el pánico pues ya sabes cuánto odia la intrusión de desconocidos. Ah, no te imaginarías, pero calmarlo constituyó para mí una verdadera hazaña.

Afortunadamente la bruma nos trae una apaciguante media luz diurna que diluye la expresión de las facciones. La bruma hoy fue favorable para soportar el inquisitivo rostro de tu madre. No encuentro las palabras que expresen la desazón y la angustia con las que hube de atravesar este día. A lo largo de estas horas me he paseado insomne por las habitaciones,maldiciéndote. Tu hijo, después de la visita, jugó de una manera tan frenética que se ocasionó el peor acceso de risa en los últimos meses. ¿Desde qué libertar es que te permites estos gestos? ¿qué mal te hemos ocasionado para que nos hagas caer en este estado?

Las palabras de tu madre contenían una insolencia poco frecuente, una insolencia envuelta tras una engañosa fachada de amabilidad. Tu hijo y yo estábamos avergonzados por su conducta, sin saber cómo comportarnos en nuestra propia casa. Incluso se atrevió a darme sugerencias para aumentar la luz que nunca hemos deseado. El frío y la claridad me parecen totalmente incompatibles. Tu hijo -y así te lo he manifestado- siente más placer con la opacidad. El tiene un extraordinario sentido para encontrar entre la penumbra todo tipo de

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objetos. ¿Lo entiendes?, dime ¿lo puedes entender?, porque, tú sabes, ésa es una cualidad que le va a permitir en su futuro traspasar lo más duros obstáculos. La penumbra nos trae la escasa felicidad con la que contamos. Pero tu madre, empecinada en destruirme, buscó asociar nuestro regocijo con la palidez, que a su parecer, tenía el rostro de tu hijo.

En ese momento comprendí que tu madre más que en tu emisaria se había convertido en mi enemiga. Tu madre, hablando por tu boca, aludió sin cesar a la palidez de tu hijo. Para tranquilizarla, debí pasar por la terrible prueba de poner el rostro de tu hijo ante la luz para que ella lo examinara. Ah, aún no sé en dónde encontré la fortaleza para hacerlo. Tu hijo se estremecía, aferrado a mi vestido, intentando sortear la luz que lo encandilaba. Tu madre después se retiró anunciándonos una pronta visita.

Es preciso que lo comuniques que no toleraré otra irrupción semejante. Pero, a pesar de mis palabras, debo reconocer que tu madre estaba extremadamente bella, recorrida por una impresionante perfección occidental, como si el frío a ella tampoco la perjudicara. Entendí que entre tu madre y tu hijo se alternaba una similar jerarquía orgánica. Quise hablarle de cómo compartían parte del mismo valor genético, pero su adversa actitud pronto me desanimó. Te has encargado de sembrar en tu madre un gran prejuicio hacia nosotros. Te anuncio que desde este instante le cerraré todas las puertas de la casa. Como vez, tu agresión puede ser fácilmente diluida.

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QUIERO convencerte de que tu saña ha motivado en

mí una imagen admirable. Te mataré. Sí. Te mataré algún día por lo que me obligas a hacer y me impides realizar, tiranizándome en esta ciudad para dotar de sentido a tu vida, a costa de mi desmoronamiento, de mi silencio y de mi obediencia que a través de amenazas irreproducibles has obtenido. Es inconcebible la manera en que utilizas a tu madre para que invoque el nombre del amor por tu hijo con sus ojos clavados en el cielo. Te mataré algún día para arrebatarte este poder que no te mereces y que has ido incrementando, de manera despiadada, cuando descubriste, allá en los albores de nuestro precario tiempo, que yo iba a ser tu fiera doméstica en la que cursarías todos tus desmanes.

Te mataré bajo la sombra de un árbol para no fatigarme mientras empuño el arma que dejaré caer sobre tu cuerpo infinidad de veces hasta que hayas sido asesinado para siempre. Deseo matarte en los momentos más álgidos de una tormenta, en donde tus estertores se confundan con el exquisito sonido del eco de un trueno y tus convulsiones se asemejen al dibujo de un rayo con el que me amenazas cuando me condenas a la intemperie, para que me deshaga un rayo como ha dicho tu madre, a gritos, cuando se desata el pánico de una tempestad.

Porque, dime, ¿no te resulta avergonzante el beneficio que has obtenido manejando a la distancia nuestras vidas al interior de la casa? Tu expropiaste todas mis decisiones al hacerte el dueño de nuestros pasos y con eso has garantizado tu propia sobrevivencia. Y yo, te mataré, ya lo verás, por estas y otras razones que iré decantando entre el frío de estos días, continuaré profundizando de hora en hora, mientras me tiendo sobre los hilos soberbios de los minutos en los que me arriesgo a

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la crueldad de la temperatura. Porque habrás de saber que este frío es cruel y me devasta y me agota aunque yo misma me obligue a soportarlo al interior de mi cuerpo contagiado. Has adoptado conmigo los antiguos hábitos que ya habían caído en desgracia y que fueran repudiados incluso por la poderosa historia de la dominación que los hubo de eliminar por inhumanos, relegándolos a la historia de las barbaries. Pero tú, que tuviste noticias de esas horribles prácticas, las repusiste conmigo a pesar de saber bien que las antiguas víctimas se rebelaron y aunque muchas de ellas sucumbieran, otras lograron la liberación y la caída de esas salvajes costumbres.

Adoptaste conmigo los antiguos hábitos porque estás a la espera de mi levantamiento en donde mi insurrección se enfrente con la tuya y me obligues, de una vez y para siempre, a medir nuestras fuerzas. Pero no te otorgaré ese placer, porque yo sé que no sabes cuáles son las fuerzas que me mueven, con qué fuerzas, que no sean las tuyas, me mantengo a pesar de la hostilidad de todos los climas y eso te exaspera, te exaspera en tal forma que tú, que eres en extremo cuidadoso, permites que en tus cartas aparezca la duda y aflore la perniciosa necesidad de que yo me haga frontalmente tu enemiga.

Jamás mediré mis fuerzas con las tuyas y continuaré aceptando, con aparente resignación, este sometimiento urbano al que me has obligado, y las amenazas bárbaras a través de las que demandas mi insurrección. Mi insurrección, por el momento, son únicamente ciertas caminatas calle abajo y que aún así te dejan estremecido por el pánico. Pero es allí, en plena calle abajo, donde consigo las imágenes que me acompañan después, entre la soledad de la noche, y que si lograras adivinarlas quedarías estremecido por el terror.

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En unos instantes cerraré los ojos extasiada, bailaré de manera solitaria pensando, extasiada, en el momento en que deberé matarte de una manera justa y definitiva. Te mataré entre el maravilloso decoro de los bosques y protegida por tu hijo que se mantendrá a una distancia prudente, conmovido por la precisión de cada una de las estocadas con las que pondré fin a tu existencia. Sólo pienso ahora, durante todos mis ateridos minutos, en qué muerte será digna de tu cuerpo y cuál de todas las heridas estará al alcance de mi mano.

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DEBO DISCULPARME y reconocer que mis palabras

fueron precipitadas, guiadas por un torpe e infantil enojo. Quiero que perdones mis ofensivas y letales imágenes. El frío me hizo cometer un terrible desacierto. Te suplico que intercedas y me salves. Es necesario evitar llegar a ese desatinado juicio que se apresta a iniciar tu madre. Jamás pretendí herirla ni menos privarla de su legítimo derecho a visitar a tu hijo. Comprendo el esfuerzo que ella ha realizado al cruzar de extremo a extremo la ciudad para encontrar, al final de su camino, nuestra casa cerrada. Sé que el clima daña su salud y sé también que las calles están plagadas de desamparados a los que ella les teme y, para evadirlos, debe emprender múltiples rodeos que extienden aún más su penosa caminata. La salud de tu madre es delicada y no tienes que recordarme que debe pasar la mayor parte de sus días recluida en su pieza para aminorar la anemia que la diezma. La sangre de tu madre siempre se ha mostrado contraria a su organismo y hasta parece que te olvidas en cuánto hube de asistir a su enfermedad durante aquel aterrador verano en el que la ciudad quedó casi deshabitada.

Recuerdo a tu madre debatida entre el bochorno y los escalofríos, la recuerdo acosada por una muerte y que intentaba tenderse encima de ella como un amante torpe que hubiera pretendido una inmediata y banal consumación. Jamás me atrevería a afirmar que le salvé la vida, pues el que ella sobreviviera fue el prodigio de un empeño mayor dictado por su propio deseo. Tu madre, en esos momentos, jugaba con la muerte movida quizás cuál veleidoso capricho. Yo fui la testigo de su juego y la vi emerger como la triunfadora al cabo de una agotadora apuesta. Tu madre burla constantemente la composición de su sangre y, en ese inédito verano, llevó a efecto la más álgida contienda para purificar su cuerpo.

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Sé que tu madre se hastía y es así como sobrepasa la monotonía que le ocasiona su considerable belleza. Al igual que ella, considero que su belleza occidental es inútil, pues sólo consigue desgastarla con miradas que la escudriñan como si se tratara de un objeto sagrado. Salvo tu nacimiento, ninguna mácula pareciera haber tocado su carne y eso la privó para siempre de la felicidad. Entiendo que se divierta con la muerte para sentirse viva y se obligue a inducir la contaminación al interior de su propio organismo. Tu madre siempre ha inspirado en mí los mejores sentimientos y jamás estuvo en ninguna de mis partes la intención de privarle la entrada a nuestra casa. Pero no puedo aceptar la oferta que nos hace. Tu hijo y yo, ya hemos determinado cómo viviremos. Para tu madre nuestra compañía sólo sería un disturbio mayor para tu salud.

Debes aconsejar a tu madre que desista y decirle que aceptaré que nos visite cuando yo haya sido convenientemente advertida. La causa que me anuncia la he ganado de antemano porque tu madre es una mujer enferma. Los jueces pues, ¿ante quién se inclinarían? Pero te confieso que me aterra presentarme ante los jueces, no pueden hacerme pasar por ese vejamen otra vez. Transmítele mi deseo de que llegue hasta nuestra casa y dile que concedo todo lo que solicitó en torno al modo en que se debe vestir tu hijo.

Debes comunicarle todo esto en seguida. No quiero que su idea envenene aún más el difícil paisaje en que transcurre nuestra vida. Suspendamos de una vez estos estériles pleitos. Quiero que estés seguro de que mi mano jamás se volvería en contra de tu cuerpo. Tu hijo permanece ahora a mi lado y ha dado su consentimiento a cada una de las palabras que te escribo. El está ahora

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maravillosamente vestido de azul. Dime, ¿por qué el azul sería un color tan indecoroso para ustedes?

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HACES GALA de una extraordinaria precisión con las

palabras. Tú construyes con la letra un verdadero monolito del cual está ausente el menor titubeo. Tu última carta estaba llena de provocaciones, plagada de amenazas, rodeada de sospechas. Una carta que, en el conjunto de las seguridades que se expresan, me resulta descarada.

Entiendo, que desde el énfasis que despliega tu carta, que tú y tu madre no ven más salida para nuestras diferencias que el inicio de un juicio. Un juicio que me separe de tu hijo y que aleje de él, lo que denominas, como mi negativo ascendiente. Pero, ¿qué es lo que en realidad persigues? ¿Pretendes acaso llenar de satisfacción a tu descontenta madre? ¿Piensas, por un instante, que ella obtendrá así el lugar que tanto necesita? ¿Por qué no te detienes a enjuiciar su comportamiento?

Tu madre vive como si no viviera, buscando por todos los rincones un mal abstracto, lo busca con una implacable voluntad que quiere destruir todo aquello que obstaculice su camino. Pienso que lo que espera, en realidad, es conjurar la multiplicidad de sus propios miedos, el temor que siente frente a cada esquina, su notorio espanto ante la posibilidad de que se resquebraje un muro. Y detrás de su miedo, yace el pánico que experimenta a que tú no consideres sus palabras. Tu madre, insisto, vive como si no viviera y por eso ha decidido envolverme en una serie de mentiras. Porque mentiras son las que te comunica, falsedades son las que sustentan la idea de este juicio.

Sin embargo, pareciera que tu madre ya hubiera dado inicio a su causa cuando me interroga, busca, duda, me presiona durante sus intencionadas visitas. Su cuerpo entra en un estado de extrema tensión, su oído se dilata alertando a su entreverada masa cerebral y, algunas veces,

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hasta su lengua se ha trabado y en su garganta se confunden las preguntas. Tu madre, que no vive, habita sólo el lugar del miedo, su increíble pavor de perder el lugar de la emisaria. Tu hijo se ha convertido para ella en un pretexto que le permite actuar sus inestables fantasías y lo persigue y lo acosa y luego se demuestra insatisfecha ante cada uno de sus actos.

Tu hijo se defiende y le oculta el prodigioso desarrollo de un impresionante juego corporal. Juega a las apariciones y a las desapariciones, su cuerpo se ausenta y se presenta, cae y se levanta, se enreda sobre sí mismo, huye, se fuga, se amanece luego de una larga vigilia, se conduele del estado de sus miembros. El realiza con su cuerpo una operación científica en donde se conjugan las más intrincadas paradojas. Porque, dime, ¿no piensas acaso, al igual que tu hijo, que el cuerpo es el reducto de la ceremonia? El ha comprendido el oficio rebuscado del cuerpo y en su juego hace chocar constantemente el goce con el sufrimiento de la misma manera en que conviven la carne con el hueso. La ceremonia avanza, se detiene, se deposita en el fragmento de un órgano. Su estómago que pulsa, la cadera. La pureza del ojo ciego y visionario. Un maravilloso movimiento circular de su brazo. Y de pronto, en un instante, el cuerpo de tu hijo se aproxima a la pulverización. Cuando eso sucede, me alarmo y me retiro, pero él después aparece ante mí, recompuesto, como si jamás hubiera experimentado el instante de un límite.

Sabrás que el cuerpo sedentario de tu hijo batalla contra el nomadismo de sus miembros. Pero yo hoy debo batallar con tus palabras, debo remover tus expresiones, mientras me mantengo como la guardiana de tus cartas en medio de este frío que atenta contra las necesidades visibles de mi cuerpo. Quiero pedirte que abandones la

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amenaza, las sospechas, busca para tu madre una nueva diversión. Lo que en verdad te estoy pidiendo es que no vuelvas a mencionar la posibilidad de un juicio.

Ah, escucha, en las calles se ha instalado el gobierno de la parte prohibida de lo público. Mi vecino recorre la parte prohibida de las calles y, en este mismo momento, lo observo desde mi ventana. Se acerca cojeando en medio de esta relativa oscuridad. La oscuridad que lo envuelve parece que sólo perfilara el notorio contorno de su mal. Mi vecino observa el movimiento de las calles a hurtadillas, escondido, como si hubiera visto más de lo que su mirada puede resistir. Después se abandona y cierra sus ojos largamente.

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CUÁN POCO te refieres a ti mismo en el contenido de

tus cartas. Si bien entiendo tus palabras, pareciera que de los dos, soy la única que vivo. Y es la vida que me otorgas la que te motiva a amenazarme con un juicio que, según tú, hará público el conjunto de mis malos hábitos. Pero no vivo la vida que aseguras que vivo. Los trucos de tu madre, las historias, las sospechas y su desconcierto, son arrebatos de ella misma que me los adjudica. Ustedes me hacen vivir pues una vida que pertenece íntegramente a los deseos y a los miedos que embargan a tu madre. Me he preguntado, algunas veces, si es que ella no te regala esta historia ficticia para prevenir, de esa manera, que caigas en el centro de una maligna soledad.

¿Cómo es que pretendes hacerte propietario de una vida que supones que es la mía y que sin embargo no me corresponde? ¿Acaso no quieres reconocer que estás atado a una palabra falsa? ¿Por qué no puedes aceptar que mi ser es para ti del todo inalcanzable? Ah, sin embargo sé que no emprenderás un juicio con unas pruebas tan débiles. Si escojo dormir a ciertas horas y no en las que me demandas, se debe a una simple necesidad de mi organismo y es mi organismo el que me hace preferir unos alimentos cuando rechaza otros, de la misma manera es estrictamente personal el cómo me relaciono con tu hijo. Es verdad que los lazos entre tu hijo y yo no están pensados como un espectáculo ante extraños, pero en nuestra privacidad alcanzamos momentos esplendentes, cuando logramos acordad que habitamos en un mundo mutilado.

No hay ningún mal infiltrado en mi comportamiento que pueda perjudicar a tu hijo, sabes que soy más proclive al bien que al daño. Lo único que me desgasta y me desagrada son las formas en que tu hijo lleva adelante sus

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juegos, cómo su diversión lo lleva al borde del quebranto. No te imaginas cuánto pueden afligirme las carcajadas de tu hijo, esa risa compacta, la terrible cerrazón de su garganta. Pero su risa no justifica la actitud de tu madre. Ella me ha confesado que le teme. Cuando se adentra en nuestra casa, su espalda no parece tranquila y cada trecho se voltea para comprobar si tu hijo la sigue o si su figura la amenaza. No dirás pues que en tu madre se albergan los mejores sentimientos hacia tu hijo cuando sospecha que él puede ser su victimario.

Deja ya la idea de ese juicio, no pretendas que vuelva a representar ante los jueces al animal escapado de su madriguera. Sé que en un juicio llenaría de placer a los vecinos quienes se alborotarían por llegar ante las cortes para seguir con incontenible placer los cargos en mi contra ¿Estás acaso preparando una fiesta a mis vecinos? Pero es tu madre, sé que es tu madre la que te impulsa esas ideas, veo en ella una sed que nadie podría describir y un odio hacia nosotros que no sé cómo se sigue perfeccionando entre los hilos de su cuerpo atormentado. Quizás ella aspira a que yo pague con mi cuerpo el costo que le ocasiona su teatral enfermedad.

Tu madre propaga crueles noticias en la calle que comprometen y lesionan mi honra. Al pasar he escuchado una sucesión de rumores exasperantes, una acumulación de mentiras que los vecinos repiten como si toda esa farsa hubiera acaecido. Debes poner un orden sobre esas perversas palabras. Te lo advierto; mi destino no será servir a tu destino aunque hayas comprendido la maravillosa ductilidad que tiene mi organismo y quieras establecer una apretada confabulación con tu madre para hacer de mí, en el cautiverio, tu fiel comisionada. Pero no te confíes y cuidate del extremo al que llevas a tus actos. Mis pies

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pueden llegar a adquirir un valor inconcebible y estaremos a una distancia desmedida cuando lo humano de mí se haya rebelado. No existe nada en el acto de la huida que me espante. Sabes que mi cuerpo es capaz de entrar en una aguda penitencia y puedo convertir mi vida entera en la forma más profesional y primitiva que demanda la fuga.

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AH, NO PUEDO dar crédito a lo que me escribes. ¿Acaso

buscas desquiciarnos? ¿Cómo podríamos vivir en la casa de mis padres? Sabes que mi madre murió cuando yo tenía dos años y mi padre cuando apenas cumplía diez. Estás enterado de que tuve una infancia solitaria, fatigosa y trágica, una infancia fatigosa, en parte, reparada por el maravilloso paisaje en el que se perdieron muchas de mis horas. Era allí, entre los árboles, donde se produjeron mis más bellas imágenes. Amparada por las hojas de los árboles adiviné que un día llegaría tu hijo hasta mi vida. En esos años precaví todo lo que le brindaría; lo vestí, lo alimenté, participé en cada uno de sus juegos, observé emocionada su irreversible crecimiento. Lo cuidé prolijamente en cada enfermedad. Tu hijo nació, entonces, ante mi mente que en mi cuerpo y eso lo hace doblemente mío.

Forjé precozmente en la naturaleza de los bosques, el tono de lo que conformaría mi naturaleza. Los bosques son una materia semejante a Dios. La primera vez que me interné por ellos, vi cómo iba desapareciendo el cielo entre la cúpula de los árboles. Los árboles representaban la memoria de un tiempo inmemorial y yo allí, fuera y dentro del tiempo, comprendí de pleno la fragilidad, toda la impureza que comportaba mi especie. Sin el cielo posible, me enfrenté a un frío que no pude sino asociarlo al nicho en el que un día iba a perderme para siempre. Me encontré, ausente de todo sobresalto, con un hielo que me obsequiaba la aparición anticipada de la muerte que le fue ofrecida a mi cuerpo aún en pleno crecimiento. Ah, recuerdo vívidamente cómo caminé por el medio de ese bosque con un profundo orgullo y un asentado sentimiento de amor hacía mí misma.

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que tiene tu hijo es sólo un efecto nervioso causado por los trastornos que le producen tus increíbles requerimientos. Además bien sabes que la infancia incuba todas las enfermedades al interior de un organismo que emprende el ejercicio de vivir. Deja de preocuparme con tus inquietudes. Lo único que me parece incontrolable son sus juegos que acabarán por desquiciarme. Me has pedido que los describa, pero es imposible para mí hacerlo. Es una relación con los objetos que le provoca carcajadas que van subiendo y subiendo en espiral. Ahora tose y se ríe y se ríe y se ríe, mientras pasa velozmente de habitación en habitación persiguiendo algo que se escapa de mi vista.

Tu madre acude con regularidad y se va con una extraña prisa. No sé si me incomoda o me agrada su gesto. Es tu hijo quien se niega a verla y no puedo impedir que se encierre en uno de los cuartos. Tu hijo conoce los más extraordinarios trucos cuando quiere perderse entre las habitaciones. Desaparece aún frente a mis propios ojos. Forzarlo a permanecer sería imponerle un castigo que bajo ninguna forma se merece. Si tu madre no se resigna, pues indícale que suspenda sus visitas. O quizás debería de decir, sus inspecciones.

Sin embargo tu madre no se detiene. No la detienen ni el amanecer ni las horas más arrebatadas del crepúsculo. Ni siquiera la detiene la fuerza de mi desprecio. No responde aun al imperativo de su propio cansancio. Pero tú no serás el espejo de tu madre. Deja ya de proponerme cambios que no te he solicitado. Tu hijo y yo habitamos en medio de una perfecta armonía. Pienso que es adecuado que suspendas tu correspondencia por un espacio de tiempo. Nada resuelves sino que obstaculizas. No tengas la preocupación de que escaparemos a tu vigilancia, sabes bien que yo no tengo otro refugio como no sea mi casa. Te

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dejo libre de cualquier obligación para con nosotros. Vive desde ahora en paz. Libera también a tu madre de sus innecesarias fatigas.

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