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Qin Thana

PSICOLOGIA Y LENGUAJE

I.S.B.N.: 84-600-8957-6

Nº Reg.28189

Dep.Legal: M-23689-1994

© Qin Thana

Reservados todos los derechos

(Portada: Internet)

ICEUCM

1994

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INDICE TEMÁTICO

PRESENTACION por Isabel Gutiérrez Zuloaga 11

INTRODUCCION 14

1.- EL HOMO LOQUENS 21

Del homo habilis al homo loquens 21

La capacidad de hablar 24

El homo loquens como ser inteligente 25

Bibliografía y referencias bibliográficas 26

2.- EL LENGUAJE COMO FACULTAD 27

Las facultades del ser humano 27

La facultad del lenguaje 29

La espontaneidad como propiedad del lenguaje 31

Bibliografía y referencias bibliográficas 32

3.- EL LENGUAJE COMO CONDUCTA 33

Lenguaje y conducta 33

Conducta lingüística y organización cerebral 34

La emergencia de la conducta: teorías 36

La teoría verbalista 38

El seguimiento de los procesos conductuales

del habla 40

Bibliografía y referencias bibliográficas 41

4.- EL CONCEPTO DE LENGUAJE 43

El lenguaje interno 43

Noción 44

Funciones del lenguaje interno 45

El lenguaje externo 45

Noción 45

El lenguaje como conjunto de símbolos 46

Funciones del lenguaje externo 49

Bibliografía y referencias bibliográficas 51

5.- EL LENGUAJE Y LA INTELIGENCIA 53

La tendencia natural a expresar los pensamientos 53

La naturaleza de la expresión 53

Hablar y entender 54

Lenguaje e inteligencia 56

El papel de la inteligencia 58

El papel del lenguaje en los comportamientos

de la inteligencia 59

El papel del oído en el lenguaje hablado 62

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6.- EL LENGUAJE HUMANO, EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES Y EL LENGUAJE

DE LAS MAQUINAS 65

El lenguaje humano 65

El lenguaje de los animales 69

Diferencias respecto del lenguaje humano 69

Los experimentos con animales 71

Incapacidad de los animales para el lenguaje 72

El lenguaje animal como conjunto de señales 75

Otros ejemplos 75

El lenguaje de las máquinas 76

Bibliografía y referencias bibliográficas 78

7.- LENGUAJE Y COMUNICACION 81

Nociones 81

Los problemas de la comunicación humana 81

Bibliografía y referencias bibliográficas 84

8.- PROCESOS PSIQUICOS IMPLICADOS EN LA

PRODUCCION DEL LENGUAJE 85

Introducción 85

La determinación del mensaje 86

Decisión y expresión 87

Coherencia del mensaje 87

Selección del medio material 87

Codificación 89

La naturaleza de la codificación 90

La estructura morfológica y sintáctica 90

La toma de decisiones y la ejecución del mensaje 91

La ejecución material del habla 93

La evaluación del lenguaje propio 93

La vinculación entre las partes del proceso 93

Bibliografía y referencias bibliográficas 94

9.- PROCESOS PSIQUICOS IMPLICADOS EN LA

RECEPCION DEL LENGUAJE 95

Introducción 95

La fase física del lenguaje 96

La fase fisiológica del lenguaje 96

La fase psíquica del lenguaje 98

La identificación de las palabras 98

La identificación de las unidades

lingüísticas 99

La descodificación 101

La producción de información nueva 102

El constructivismo del conocimiento

humano 103

Los procesos afectivos concomitantes 103

La planificación de la conducta 103

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10.- ANALISIS DEL HABLA Y DEL LENGUAJE 107

Análisis del habla 107

Análisis del lenguaje hablado 108

Análisis del lenguaje hablado desde las

distintas gramáticas 111

Bibliografía y referencias bibliográficas 114

11.- LAS ESTRUCTURAS LATENTES Y LOS

UNIVERSALES LINGÜÍSTICOS 115

Las estructuras latentes 115

Estructuras latentes y estructuras lógicas del

lenguaje 120

La estructuras del lenguaje, las estructuras

de la mente y las estructuras de la realidad 124

Bibliografía y referencias bibliográficas 126

12.- CATEGORIAS LINGÜÍSTICAS 127

Las categorías reales 127

La categorías mentales 128

Las categorías lingüísticas 132

Bibliografía y referencias bibliográficas 138

13.- LOS NIVELES DEL LENGUAJE HUMANO 139

El lenguaje objeto 139

El metalenguaje 140

El lenguaje de grado tres 140

Otros niveles del lenguaje 140

Los niveles del lenguaje y la coherencia del

pensamiento 141

14.- EL USO DE LAS PALABRAS 143

Introducción 143

El uso material de las palabras 145

El uso metafórico 145

El uso formal 146

El uso real 146

El uso de las palabras y sus leyes 147

15.- LA BASES FISIOLOGICAS DEL LENGUAJE 149

Los hemisferios cerebrales 144

Cerebro y masa neuronal 150

El lenguaje y el cerebro 153

El espíritu y la materia 153

Los experimentos y su alcance 155

La edad crucial 156

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16.- EL ORIGEN DEL LENGUAJE 159 El origen filogenético del lenguaje: teorías 159

La evolución y la espontaneidad de

la naturaleza 159

La imitación 161

La vida laboral y social 161

El origen divino y la necesidad 162

El origen ontogenético del lenguaje 163

El condicionamiento operante 163

El aprendizaje seriado 164

El aprendizaje pasivo 166

La imitación 167

Los factores biológicos 168

Los factores sociales 170

La estructura racional del ser humano 170

El origen cronológico del lenguaje 172

El niño ferino 172

El niño normal 172

Bibliografía y referencias bibliográficas 173

17.- PENSAMIENTO Y LENGUAJE: RELACIONES 175

La distinción e independencia entre pensamiento

y lenguaje 175

La dependencia del lenguaje respecto del

pensamiento 176

La dependencia del pensamiento respecto del

lenguaje 177

La cooperación entre pensamiento y lenguaje 180

El lenguaje y la conducta 181

El lenguaje y la clase social 183

La unidad pensamiento-habla 184

Bibliografía y referencias bibliográficas 185

18.- EL LENGUAJE Y EL ESTILO DE VIDA 187

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PRESENTACION

El lenguaje es el medio humano más significativo para transmitir nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. No es, pues, de extrañar que, en cada etapa histórica, encontremos pensadores que se plantean a fondo la reflexión sobre el sentido del lenguaje. Y se ha llegado a afirmar que, si bien en el renacimiento se pasa de una filosofía del ser a una filosofía del pensar, en el momento actual se pasa de una filosofía del pensar a una filosofía del lenguaje controlado.

Desde semejante perspectiva no cabe duda del interés que ofrece un libro como el que ahora presentamos, en cuanto que supone una nueva aproximación reflexiva a este tema eterno y siempre crucial para el sujeto humano, así como un elemento tan sumamente decisivo para la comunicación, puesto que el presente trabajo, dedicado al estudio del lenguaje, aprovecha las conclusiones de las ciencias obtenidas por los métodos propios de las ciencias experimentales. Pero, además, traspasando la nebulosa del fenómeno del lenguaje y dejando al lado las hipótesis científicas sobre el mismo, se plantea su objetividad ontológica al cuestionarse: ¿qué es el lenguaje? ¿a qué tipo de categoría ontológica pertenece? ¿qué es el hombre que habla? ¿qué es la comunicación y cuáles son sus posibilidades reales? ¿cuál es el origen del lenguaje?, etc.

El concepto de lenguaje que aquí se defiende está basado en una concepción metafísica del hombre. Lejos queda la idea de un hombre, constructo mental hecho a base de datos obtenidos mediante el experimento científico, de un hombre relativizado, como el que nos ofrecen ciertos sectores del pensamiento. Porque la entidad esencial del ser humano no cambia al albur de las diversas opiniones, más o menos fundamentadas. La naturaleza humana posee unas capacidades específicas. Cuando en estas capacidades interviene el conocimiento, bien porque ellas mismas tienen el conocimiento como acto propio, o bien porque su acto lo presupone, estas capacidades pueden denominarse facultades. De aquí que todos los seres humanos poseen como inherente a su naturaleza y de modo innato y necesario, una serie de propiedades. Pero en este tratado se distingue muy bien entre las "facultades" y el "uso" que de ellas se hace. Porque, mientras aquéllas son innatas, el uso es adquirido. Por medio del ejercicio aprendemos a ver, a oir, a imaginar, a recordar, a hablar, a andar, a cantar, o a manejar un ordenador...; aunque además del ejercicio hemos de reconocer que intervienen otras variables, como la salud, las neuronas, la inteligencia... Por eso nos encontramos seres humanos que, teniendo todas las propiedades en potencia, carecen, por una u otra causa, del uso adecuado de alguna de ellas.

Sobre estas bases teóricas se aborda el estudio de los procesos de producción y recepción del lenguaje, del lenguaje externo e interno, de los procesos de comunicación, de la constitución y estructura de los enunciados, de las categorías, de los niveles, del uso y la génesis del lenguaje, de su interacción con el pensamiento, de su relación con el estilo de vida, etc. Porque se considera que el lenguaje, si bien no deja de ser un fenómeno analizable y experimentable desde el

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laboratorio, es también una realidad inasible por el experimento. Ya que, si bien el autor no deja de reconocer que las aportaciones de la psicología y de la lingüística poseen un valor incalculable, también reclama el paso del fenómeno a la realidad, de la ciencia a la filosofía, de la descripción a la comprensión, de los hechos al sentido de los mismos.

Uno de los capítulos de esta obra está dedicado a analizar el origen del lenguaje, desde las diversas hipótesis que este tema ha generado. Se trata, en primer lugar, de interpretar el fenómeno de su surgimiento en los albores de la humanidad, esto es, desde el punto de vista filogenético, y se aportan cuatro enfoques: la teoría del origen espontáneo, la teoría de la imitación, la teoría sociológica y la teoría del origen divino; y, en segundo lugar, en cuanto a su aparición en cada uno de los individuos -o punto de vista ontogenético- son analizadas varias explicaciones: la del aprendizaje por condicionamiento, la del aprendizaje pasivo, la de la imitación, la biológica y la del origen racional.

Pues bien, sobre tema tan controvertido, nosotros queremos aportar algunas otras ingeniosas hipótesis. Así recordamos al pensador TIEDEMANN el cual, basándose en el concepto rousoniano del Contrato Social, describe, en 1772, que en un principio los hombres se entendían por signos; pero, como después observaron que las emociones les llevaban a producir sonidos, decidieron aprovechar dichos sonidos para utilizarlos como signos de sus pensamientos. Y es a partir de esta experiencia colectiva, cuando se ponen de acuerdo entre ellos para inventar el lenguaje. Ideas de TIEDEMANN que van a ser consideradas, a modo de mofa, por el filosofo PAULSEN. Comenta éste lo extraño que es entender que el hombre que inventara el lenguaje, no descubriera antes la inteligencia y se la comunicara a los demás, aunque fuera por persuasión. Y se cuestiona irónicamente sobre el modo de proceder en este descubrimiento: " ¿Trabajaban muchos conjuntamente en la obra? ¿Se nombró acaso una comisión para la invención del lenguaje, que es lo que seguro se haría hoy?" Lo curioso es que el propio ROUSSEAU había escrito: "Me parece que ha sido necesaria la palabra para inventar la palabra".

Pero nos parece de lo más sugerente la aportación de nuestro original filósofo MIGUEL DE UNAMUNO, cuando se plantea e intenta dar solución en un artículo -publicado en Barcelona en 1902- a la tan debatida cuestión sobre el "origen del lenguaje". Claro está que el pensador vasco duda seriamente de la extraña afirmación tiedemaniana de que el surgimiento del lenguaje sea producto del "sufragio universal directo". Este modo de justificar la aparición por medio de un "referendum" le parece sencillamente absurdo. Unamuno utiliza su ingenio y comenta con su seco gracejo lo extraño que supone pensar que "designaran por gestos, por supuesto, a los representantes de la asamblea mímica en que se trató de tan importante función pública y privada como es el hablar", así como el que de aquella asamblea saliera "una comisión y de la comisión una ponencia".

No puedo renunciar a traer aquí sus comentarios subsiguientes: "¡Lástima que no se haya hallado en caverna alguna, junto a los huesos de un ursus spelaeus, las actas de aquella asamblea!. Y no se me diga que no puede haber actas de una asamblea mímica, anterior a la invención del lenguaje y enderezada precisamente a inventarlo, porque tengo muy buenas razones para creer que el lenguaje escrito fue anterior al hablado, que la escritura -en forma primitiva e imperfecta, claro está- precedió a la palabra." Continúa en el mismo tono burlesco: " Es de suponer que la tal asamblea la provocó un sabio paleolítico que había inventado en sus ratos de ocio un lenguaje y que quiso darle sanción pública"

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Total, que al rector de la universidad salmantina, la hipótesis de una comisión nombrada por una asamblea de hombres paleolíticos aún no dotados de palabra, para que inventaran el lenguaje, le parece la idea más sugestiva, pero también la más inaudita, que se le pueda ocurrir a un investigador de la prehistoria. De todos modos, la originalidad del escritor vasco no puede reducirse a este aspecto crítico e irónico de la cuestión. Este dará un paso más y nos ofrecerá una perspectiva inédita y profundamente significativa del tema. Con el Génesis en la mano (c. II, v. 19 y 20 ) nos va a explicar, no sólo el "cómo", sino también el "para qué" fue inventado el lenguaje. Según su versión, nada de asambleas ni de comisiones con nadie fueron necesarias para que nuestro primer padre Adán descubriera y practicara el lenguaje. Pero además, la finalidad de dicha invención está para él muy clara; el Génesis la narra a continuación (v. 21 al 25), porque inmediatamente da cuenta de la formación de Eva. Así razona DON MIGUEL: "... se nos cuenta la formación de Eva inmediatamente después de la invención del lenguaje,..., lo que claramente nos da a entender que el hombre habló para recibir a la mujer". Y aquí está la hermosa solución unamuniana a la motivación inmediata del surgimiento del lenguaje en el hombre: la comunicación a través de una relación directa, personal y amorosa. "Porque -aclara- ¿para qué quería Adán hablar si no era para comunicarse con Eva?"

Para el profesor Qin Thana, si el lenguaje es el instrumento fundamental de la comunicación, está muy claro que no puede existir sin el pensamiento, sin la inteligencia, sin la razón. Ningún acuerdo es posible con los seguidores de la "Volker-psychologie" cuando defienden que el lenguaje ha nacido al mismo tiempo que la razón, y hasta que es aquél quien ha dado lugar al nacimiento de ésta. Podemos resumir así, por tanto, la tesis fundamental de la obra que ahora prologamos: la subordinación del lenguaje al pensamiento como efecto y, a su vez, como instrumento del mismo. Porque para nuestro autor, es el pensamiento el que permite existir al lenguaje y le otorga la posibilidad de llenarse de contenido, y como consecuencia, de enriquecer a las demás personas, en cuanto vehículo de la comunicacion.

ISABEL GUTIERREZ ZULOAGA El Escorial, 31 de mayo de 1994

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INTRODUCCION

Se recoge en este libro una serie de trabajos, algunos de ellos ya publicados, con la finalidad de facilitar a los alumnos del Master de Logopedia un instrumento cómodo y adaptado a sus posibilidades académicas, habida cuenta de la heterogeneidad de los estudios que han cursado y la diversidad de sus puntos de procedencia.

La Psicología del Lenguaje está de moda en nuestros días; lo mismo que lo está la Filosofía del Lenguaje. Ambas tendencias constituyen un fiel exponente de la orientación que toman algunas direcciones de dichas ciencias cuando se han dejado llevar en exceso por las exigencias del 'método científico experimental' derivado del empirismo que impregna el conocimiento científico general en los tiempos actuales como una exigencia ineludible. Esta exigencia es sana y encomiable, pero, cuando se presenta como praxis científica en exclusiva, o con la euforia, el desprecio o el rechazo hacia otros métodos del conocimiento humano, los resultados pueden ser demoledores, tanto para las ciencias antes mencionadas, como para las demás ciencias que tienen algo que ver con ellas. De una manera especial estos resultados pueden resultar destructivos cuando se trata de entender la naturaleza del ser y del pensamiento humanos; así como la naturaleza y el papel del lenguaje respecto del pensamiento.

Los métodos del pensamiento humano, para la inteligencia del investigador, son varios. El experimento científico es sólo uno de ellos, si bien es el más aceptado por los científicos actuales. Y el resultado positivo de dicho método cabe esperarlo únicamente si el investigador que lo utiliza tiene en cuenta también los otros métodos, sobre todo, el método racional. Aceptamos que la única fuente del conocimiento humano es la experiencia. Pero sería una verdadera temeridad afirmar a estas alturas que la única experiencia de la que el hombre es capaz, desde la inteligencia que posee, es la constatación derivada del experimento científico. Hay otras formas de experiencia mucho más importantes y más seguras, que son las formas de la experiencia intelectual, sin las cuales la experiencia del laboratorio quedaría automáticamente vaciada de todo contenido científico.

El lector que haya recorrido algunas páginas de este libro se habrá dado cuenta de que los problemas del lenguaje, los verdaderos problemas, no se encuentran al alcance del experimento científico. Cuando alguien se empeña en entenderlo así, corre el riesgo de llegar a los extremos a los que muchos han llegado, por ejemplo, al extremo de afirmar que la única dimensión intelectual del hombre es la dimensión del lenguaje, o a la afirmación de que el pensamiento posible que puede formular el hombre es el pensamiento hablado, es decir, el pensamiento que se identifica con el lenguaje. Mas allá de las palabras no hay en la conciencia absolutamente nada.

Lo que en la Filosofía Clásica, para todos los seres, era la composición de esencia y operación (acción), para muchos sectores de la psicología actual, esa composición es el entramado de estructura y función. Es cierto que no pueden identificarse sin más la esencia de un ser y su estructura, por más que la esencia de los seres finitos sea estructurada; como tampoco pueden equipararse sin más las

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operaciones de un ser y sus funciones. Cuando la psicología actual habla de estructura, se entiende por tal la estructura de la conciencia, no la estructura del sujeto o elemento sustantivo de las acciones; una estructura consistente en la conexión de procesos distintos o discontinuos en desarrollo, relacionados o vinculados en virtud de leyes psíquicas. Y, cuando esta misma psicología moderna habla de función, por ésta se entiende la aptitud para un determinado tipo de comportamientos consistente en el flujo unitario e indivisible de la conciencia que selecciona la dirección de la acción más apta para satisfacer las propias necesidades, entre las cuales se encuentra principalmente la conservación del propio ser y la adaptación al medio ambiente.

Ahora bien, el hecho de que la conciencia de la psicología estructuralista se encuentre 'estructurada' (articulada) a base de unidades discretas, y la conciencia del funcionalismo se encuentre formada por una corriente continua de pensamiento (fluyente), no constituye una diferencia radical entre ambas tendencias, pues para ambas la dimensión psíquica de cada individuo es el mundo de los procesos psíquicos, el mundo del comportamiento o de la acción, considerado, sobre todo, en su dimensión temporal. Y la gran diferencia de ambas respecto de la psicología y filosofía tradicionales estriba en el rechazo de toda tentativa substancialista para vincular los procesos psíquicos a un supuesto substrato metafísico estructurado (la esencia como estructura de materia y forma, el sujeto, la sustancia, la naturaleza). El campo de la psicología no tiene nada que ver con este substrato metafísico, tampoco está constituido por los objetos (lo dado), sino por nuestra experiencia personal de esos objetos.

Otras consideraciones muy similares podríamos hacer en relación con otras corrientes de la psicología actuales: el conductismo y neoconductismo, la psicología de la forma, la psicología soviética, el cognitivismo, etc. La tendencia siempre es la misma en el sentido de ignorar o rechazar positivamente la existencia de un sujeto metafísico o una estructura ontológica como sujeto de los procesos psíquicos, o la negación del derecho que asiste a este sujeto metafísico para entrar en el campo de la psicología. Esta instancia superior a un sujeto ontológico impuesta por el sentido común es puesta de relieve con bastante frecuencia por algunos autores que proceden tanto del campo de la psicología general como de la psicología del lenguaje: 'la psicolingüística no se ocupa de prácticas sociales determinadas arbitrariamente, sea por capricho o por designio inteligente, sino de prácticas que surgen en forma orgánica de la estructura biológica del hombre y de las capacidades lingüísticas del infante humano. En esa medida por lo menos es posible definir un sector de hechos empíricos bien dentro del alcance de nuestros métodos científicos' (G. A. MILLER, 1974). Como he insinuado antes, la referencia a las estructuras subjetivas y a las facultades constitutivas de esas estructuras es una referencia obligada en cualquier teoría medianamente coherente.

El rechazo de la terminología clásica deriva, como acabo de afirmar, de la exigencia del método. A través del experimento jamás podremos llegar a la esencia, o a la estructura de la esencia a base de materia prima y forma substancial, como elementos fundamentales de esa estructura. En cambio, de acuerdo con los postulados de la psicología wundtiana en su laboratorio de Leipzig, sí podemos llegar, por experiencia inmediata, hasta los datos de la conciencia, que son los que constituyen la estructura del ser psíquico. Otro tanto cabe afirmar acerca del poder del método científico para llegar hasta las funciones del ser psíquico consistentes en el fluir unitario de la conciencia.

En cualquier caso, los comportamientos del ser suponen una estructura (esencia-naturaleza), es decir, un sujeto ontológicamente estructurado. Aunque en la

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psicología actual no se hable de ello en muchos casos, el hecho es que la estructura funciona como tal sujeto y constituye un supuesto del cual la psicología actual no ha podido desembarazarse. Los procesos psíquicos se encuentran entre el sujeto y el objeto. Constituyen el vínculo esencial en virtud del cual, no sólo se encuentran relacionados, sino que, además, en virtud de ellos el sujeto es sujeto y el objeto es objeto. Es absurdo afirmar que un proceso psíquico cualquiera se encuentra vinculado al objeto, pero desvinculado completamente del sujeto. Sin sujeto no hay objeto, pues son correlativos (relación recíproca), y viceversa. No puede existir uno sin el otro. Y si esto es así por una exigencia lógica y ontológica elemental, ¿con qué derecho se dice que la psicología y la ciencia pueden hablar de la vinculación de los procesos psíquicos con el objeto, pero no de su vinculación con el sujeto?. Los procesos psíquicos descansan en ambos por igual, no sólo en el objeto. El objeto no puede darnos una explicación adecuada de la existencia y naturaleza de los mismos.

Otros psicólogos modernos y actuales se desentienden de este sujeto o de esta estructura metafísica, también por razones del método, para quedarse sólo con las funciones, es decir, con la conducta material (conductismo) o con la conducta mental (cognitivismo). Pero, aun en estos casos, la referencia al sujeto (estructura ontológica) es inevitable. En el caso de la conducta humana este sujeto es el organismo humano.

Pues bien, desde las páginas de este libro emerge una firme convicción según la cual, no en virtud del experimento material, sino en virtud del razonamiento que parte de algunas evidencias, el psicólogo, el filósofo y el científico en general, se encuentran capacitados para llegar al conocimiento del sujeto que piensa y que habla, obteniendo acerca de él un conocimiento más firme que el conocimiento meramente experimental, el cual, por naturaleza, jamás puede acreditar mayor consistencia que la que se deriva de la naturaleza del método, es decir, la consistencia que se caracteriza por la provisionalidad de las hipótesis. Es de sobra sabido que las teorías científicas, aun siendo demostradas, jamás dejan de ser hipótesis o juicios provisionales acerca de los fenómenos que tratan de representar o expresar.

Cuando el psicólogo, utilizando exclusivamente el método experimental, se ocupa de las estructuras y funciones del ser humano, se encuentra absolutamente incapacitado para llegar a la capa ontológica profunda de ese ser que es la estructura esencial. Pero obtiene algunas evidencias. Pues bien, en las páginas de este libro se aceptan esas evidencias de buen grado. Se consideran bienvenidas y altamente valiosas, ya procedan de la psicología estructuralista o de la psicología funcionalista, de la psicología conductista o de la psicología gestaltista, de la psicología analítica o de la psicología cognitiva, de la lingüística o de la antropología, de la hermenéutica o de la historia. Insisto, se aceptan de buen grado. Se aceptan de una manera especial cuando describen con acierto y profundidad los comportamientos específicos del ser humano. Pero las páginas de este libro dan un paso más y, echando mano de otros recursos de la inteligencia que son mucho más evidentes y mucho más seguros (los primeros principios, los axiomas, etc.), se adentran en el campo de la esencia o naturaleza del hombre, llegando a la conclusión de que el sujeto psíquico humano existe y tiene realmente una estructura psíquica, de la cual se derivan unas funciones psíquicas determinadas. La existencia de este sujeto es una exigencia dialéctica impuesta por la existencia y el reconocimiento del objeto, como ya hemos visto. Pero también es una necesidad ontológica que se deriva de la exigencia de las causas por parte de sus efectos respectivos.

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Esta estructura psíquica es el conjunto de sus facultades psíquicas, entre las cuales se encuentran la inteligencia y el lenguaje. El hombre entiende (función) porque posee la facultad de entender que es la inteligencia (elemento estructural); el hombre habla (función), porque posee la facultad del lenguaje (elemento estructural).

Los comportamientos de entender y hablar son evidentes. Mucho más evidentes que los datos de la conciencia de la psicología estructuralista y funcionalista. Su constatación por parte de la inteligencia del científico no requiere demostración alguna. El ascenso que hace la inteligencia del científico desde las funciones a sus facultades respectivas está garantizado por el uso espontáneo que hace esa misma inteligencia del principio de causalidad. Es legítimo el paso racional de la existencia y el conocimiento de las funciones a la existencia y el conocimiento de las estructuras (facultades) respectivas como causas de los mismos. Pero no viceversa. Pues el individuo, el humano y el no humano, puede estar en posesión de la estructura completa (las facultades que derivan necesariamente de su naturaleza) y no tenerlas todas en ejercicio.

Como puede observarse, para este paso de la inteligencia razonadora no se necesitan métodos experimentales sofisticados. Basta con la experiencia normal y espontánea de la percepción que es la que nos suministra la primera evidencia, la evidencia de la existencia de las funciones psíquicas en cada sujeto; en este caso, la evidencia del habla propia y la evidencia del habla de los demás, o la evidencia del uso de otras formas del lenguaje.

Cabe el reproche de „realismo ingenuo‟ que puede hacerse a este modo de pensar. Esto es evidente. Pero el uso refinado del método experimental en estos casos no mejora sustancialmente la calidad de esa primera evidencia; tampoco la invalida. Pues entiendo que se encuentra más cerca de la realidad el que oye la voz de los demás sin otro medio que las ondas del aire, que aquel que la oye a través de las ondas hertzianas, a través de un micrófono u otro aparato de estos que se utilizan para medir la frecuencia, la intensidad, el tono y el timbre de la voz.

Tanto el experimento como los instrumentos usados en él, contribuyen al esclarecimiento de algunos aspectos del lenguaje, pero otros aspectos quedan en la penumbra o permanecen completamente ignorados. El lenguaje conocido a través del experimento no es el lenguaje real, sino el lenguaje ideal, el lenguaje abstracto, el lenguaje manipulado, condicionado o mutilado por aquel que lo somete al estudio del laboratorio. Todavía no se ha diseñado un experimento en este campo que abarque o comprenda todas las dimensiones del lenguaje real. Esto no constituye ninguna excepción respecto de todos los fenómenos que son estudiados con el método científico experimental en cualquier campo del saber.

Mi punto de vista no es, pues, el puramente científico. La ciencia ayuda o contribuye al conocimiento de la estructura psíquica, contribuye al conocimiento de las facultades del ser humano; también contribuye al conocimiento del lenguaje en tanto que facultad. Pero el conocimiento, en cuanto tal, de todas estas cosas supera con mucho las posibilidades de la ciencia. Este conocimiento es posible sólo desde la filosofía.

Los psicólogos de nuestros días suelen distinguir entre competencia o 'competence' y actuación o 'performance' (McNEIL). La competencia es el conocimiento que posee el hablante; el conocimiento que le permite entender cual-quiera de los infinitos enunciados gramaticales que pueden formularse en su lengua. La actuación es la expresión de la competencia que tiene lugar cuando se escucha o se habla. Pues bien, esta distinción puede ser transferida a los problemas del

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lenguaje, pudiendo emparejar con la competencia la 'lange' de SAUSSURE, y, con la actuación, la 'parole'.

La 'lange' es el conjunto de estructuras subyacentes de una lengua que obedecen a una serie de reglas y relaciones. Constituye el conocimiento o la infor-mación acerca del idioma. Esto es lo que damos a entender cuando decimos de alguien que 'habla español'. Evidentemente el que lo habla lo hace porque conoce las palabras, el propio léxico y las estructuras que pueden construirse con esas palabras, así como las reglas gramaticales conforme a las cuales se configuran esas estructuras. En cambio, podemos decir de alguien que 'está hablando en español', es decir, emitiendo sonidos que corresponden al habla de los españoles, no al habla de los ingleses. En este caso, no estamos refiriéndonos a los conocimientos de la lengua española, sino al ejercicio físico-orgánico de esos conocimientos. La actuación es el ejercicio de la competencia. Supone, pues, que todos los que ejercen la misma actuación son poseedores de la misma lange, es decir, de las mismas estructuras subyacentes.

Pues bien, parece ser que el estudio de la competencia le es asignado preferentemente a la lingüística, mientras que el estudio del ejercicio o la actuación le es asignado a la psicología: es de la incumbencia del lingüista 'la construcción de modelos de competencia basados en descripciones estructurales de los fenómenos del lenguaje: el sistema de sonidos sobre el que se basa (fonología), las reglas para formar palabras u oraciones (morfología y sintaxis), y las reglas para inferir el significado de las secuencias de sonidos (semántica)'. Por el contrario, es de la incumbencia de la psicología 'la expresión de la competencia en situaciones reales y los mecanismos psicológicos y fisiológicos que subyacen a la actuación lingüística' (TAYLOR).

Entre ambos, el lingüista y el psicólogo, se encuentra el psicolingüista o el psicólogo del lenguaje. Es de su incumbencia el estudio de la actividad psíquica consistente en el lenguaje (función), pero, a esos efectos, le es necesario conocer las reglas y estructuras de la lingüística (competencia) sobre las que se desarrolla, como sobre su soporte, la actividad del lenguaje. En este sentido, 'el psicolingüista se acerca a los conceptos lingüistas describiendo su competencia y pasa después a ver si tales conceptos son útiles para predecir la actuación; en otras palabras, si las reglas del lingüista tienen realidad psicológica' (ibidem).

El carácter de principalidad se le atribuye, pues, a la lingüística. Este es el caso de CHOMSKY para quien lo fundamental en los comportamientos lingüísticos es la estructura de la frase, es decir, las estructuras profundas que se encuentran jerárquicamente organizadas (competencia) y que, en virtud de las reglas tranformacionales, pueden convertirse en estructuras superficiales (actuación) que son las que materialmente suenan en nuestros oídos.

En este caso, pues, la psicología del lenguaje descansa sobre la lingüística. Y es una disciplina descriptiva, pues se limita a describir esas estructuras para diseñar a continuación los procesos psíquicos que esas estructuras permiten realizar. En el lenguaje chomskiano hay unas reglas que afectan a las estructuras profundas del lenguaje, a su constitución (reglas básicas o de formación de estruc-turas) y unas reglas que afectan a su ejecución (reglas transformacionales de esas estructuras) o reglas de la traducción de las estructuras profundas a estructuras superficiales. En esto consistiría la 'performance' de la psicología actual. Las primeras son reglas básicas o categoriales; son las reglas de la 'lange' y su conocimiento supone el conocimiento de la lengua. Son las reglas que definen: a) los componentes del enunciado, por ejemplo, el sujeto y el predicado, el poseedor y la cosa poseída, el sujeto y el objeto, el agente y la acción etc.; b) la derivación de

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unos enunciados a partir de otros más fundamentales; c) la naturaleza de los enunciados (enunciativos, interrogativos, afirmativos o negativos, etc.); c) la elección de las palabras o componentes léxicos en un contexto determinado, por ejemplo, la palabra 'quien' o 'que' según que el contexto esté referido a personas o a cosas, etc. Es decir, determinan el contenido del enunciado. Las reglas tranformacionales, por el contrario, determinan la forma externa o forma física de ese contenido, reor-denando y modificando los contenidos adaptándolos o eligiendo para ellos la expresión convencional que se corresponde con una lengua determinada. Este es el ejercicio (actuación) del lenguaje cuyo estudio corresponde a la psicología.

Por tanto, mientras que la lingüística se mueve en el campo de las estructuras profundas e innatas, en el campo de la competencia, en el campo de la lengua y en el campo de los signos naturales, sobre todo en el campo de los signos formales, la psicología se mueve en el campo de las estructuras superficiales o adquiridas, en el campo de la actuación o la „performance‟, en el campo del habla, en el campo de los signos convencionales. La psicología del lenguaje no puede ser ajena a ninguno de estos campos.

Ahora bien, la naturaleza y la jerarquización que corresponde a los comportamientos lingüísticos del ser humano se asienta sobre el supuesto de que esos comportamientos son racionales; por consiguiente son comportamientos objetivos, no caprichosos o aleatorios. Esto supone, a su vez, que esos comportamientos obedecen a unas reglas o leyes que se les imponen, en última instancia, desde el exterior, es decir, desde el objeto. Si el individuo humano, cuando obra racionalmente, no piensa lo que quiere y como quiere, sino que trata de atenerse a la realidad, tampoco habla lo que quiere y como quiere. Trata de hablar de lo que sabe y ateniéndose a las estructuras del discurso que forman parte de la información que hay en su mente. Por tanto la dimensión psíquica de la conducta lin-güística es también una dimensión objetiva.

Este es uno de los aspectos que se desarrollan en este libro con especial insistencia: las categorías verbales tienen su fundamento en las categorías men-tales, y éstas, a su vez, lo tienen en las categorías reales. Una vez más, el ejercicio del lenguaje depende de la competencia del mismo en cada caso y en cada uno de los individuos humanos. Puede haber un ejercicio del lenguaje que no se corresponda con la competencia que le es debida, pero ese no es un lenguaje humano. El lenguaje del papagayo es un buen ejemplo para estos casos de incom-petencia.

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Cap. I.- EL HOMO LOQUENS

El objeto de la psicología actual son los comportamientos de los seres humanos o los comportamientos de los seres animales para entender mejor los comportamientos humanos. Ahora bien, los comportamientos no se producen solos. Son comportamientos de un sujeto el cual ejerce su acción por medio de sus facultades, es decir, poniendo en ejercicio esas mismas facultades. Por otra parte, todo comportamiento, toda acción, tiene un efecto. Si a veces nos parece que este efecto no se produce, es porque se trata de un efecto inmanente. Sin embargo esto no constituye obstáculo alguno para que la inteligencia del científico estudie estos comportamientos con independencia del sujeto que los produce, con independencia incluso de la facultad y de la acción que el sujeto ha ejercido para producirlos.

Por esta misma razón, cuando se trata del lenguaje humano, es necesario hacer un análisis del sujeto que habla, de la facultad mediante la cual ejerce la acción de hablar, de esta misma acción como ejercicio de sus facultades y del efecto o resultado de esta misma acción. En este apartado nos corresponde hacer el análisis del sujeto que habla, es decir, del 'homo loquens'.

1.- DEL HOMO HABILIS AL HOMO LOQUENS

Las etapas del proceso evolutivo de la humanidad suelen ser determinadas por los científicos utilizando para ello algunos criterios que tienen una relación muy estrecha con las capacidades intelectuales. a) La primera de esas etapas es la del

homo habilis cuya vida se sitúa en torno a los dos o tres millones de años respecto

de la época actual: sus manifestaciones culturales de las que tenemos constancia se reducen a la vida en familia, a la caza y al uso de algunas herramientas construidas por ellos, como los guijarros toscamente tallados por una de sus caras. b) La segunda etapa es la del homo erectus cuya vida se sitúa en torno al millón de años respecto del momento actual: algunas de sus manifestaciones culturales de las que tenemos constancia quedan reducidas al uso del fuego y a la utilización y construcción de herramientas de madera y hueso. c) La tercera etapa es la del

homo sapiens cuya vida se sitúa alrededor de los cienmil años: entre sus

manifestaciones culturales está la construcción y uso de instrumentos más per-fectos, la inhumación de cadáveres con alimentos y utensilios, etc. A esta etapa

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pertenece también la vida del homo sapiens sapiens que ya es una especie más evolucionada cuya existencia se sitúa en torno a los treinta y cincomil años en relación con nuestros días: su manifestación cultural más elevada en un primer momento es probablemente la construcción de viviendas y las pinturas rupestres1.

A lo largo de la historia del pensamiento occidental han ido apareciendo muchos constructos mentales que se corresponden con las distintas especies de 'homo', tal como es concebido por los distintos pueblos y las diferentes culturas, por ejemplo, el homo religiosus, el homo oeconomicus, etc. Hay, sin embargo, otra especie de la cual se habla muy poco. Tal vez sea por la dificultad que supone la tarea de situarla en un momento cronológico aproximado. Es la especie del homo

loquens, es decir, la especie del 'hombre que habla' cuyas manifestaciones

culturales son el lenguaje y las derivadas del lenguaje. Desde otro punto de vista podríamos hablar del 'simius loquens', puesto que ese ser sería el primer mono dotado de la facultad de hablar. Sin embargo he preferido evitar esa denominación porque ese ser, aunque tuviera las formas y los hábitos del mono, si tenía la facultad de hablar „con sentido‟, ya no era mono, sino hombre. He subrayado lo del 'homo loquens' para diferenciarlo del 'homo loquax', pues éste no es el que habla simplemente, sino el que habla demasiado. Así al menos lo entendía CICERÓN cuando describía la vejez con estas palabras y, a veces, con poco sentido:

'senectus est natura loquatior'. La capacidad natural de 'homo loquens' no es

tampoco la 'loquela', que es el acento o el deje que delata al hablante, tal como es entendido en los textos bíblicos: 'loquela tua manifestum te facit'.

La aparición sobre la faz de la tierra de esta especie de ser humano constituye un problema para la Historia, para la Geología, para la Paleontología y para otras ciencias. Algunos creen que el 'homo erectus' no era todavía un 'homo loquens' por la sencilla razón de que la cavidad de la boca era insuficiente para albergar la lengua permitiéndole la libertad de los movimientos que son necesarios para la articulación de las palabras. No obstante estos argumentos carecen de la consistencia que exigen las aseveraciones y los métodos científicos. De hecho son rechazados por otros científicos que han estudiado el tema con más profundidad2.

Las ciencias antes mencionadas carecen de argumentos para fijar la fecha más o menos aproximada de la aparición del 'homo loquens', como acabo de indicar. Pero la Antropología y Psicología Filosófica se encuentran capacitadas en cierta medida para fijar esa fecha. En efecto, sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que los individuos de los distintos eslabones de la evolución ya pertenecen a la especie 'loquens' desde el momento en que tienen inteligencia y la ponen en juego para producir representaciones universales de las cosas. Estas representaciones son las que les permitieron independizar sus comportamientos respecto del mundo material en que vivían. Es la sustitución de los estímulos físicos y de la energía física de la naturaleza, a través del instinto, por las ideas al objeto de establecer la dirección de la conducta, aunque estas ideas en un primer momento fueran muy elementales. Tenemos constancia de que esto ya acontecía en los individuos del tipo 'habilis'. Por eso, a su manera, el 'homo habilis' ya era un 'homo loquens'. La vida en familia, el ejercicio de la caza y la talla de los guijarros para la convivencia y la captura de los animales exigían el uso de la palabra como instrumento para poner en común las ideas o la planificación de la conducta y así poder llevarla a efecto. La palabra, u otro signo que hiciera sus veces. Para la psicología soviética, socialista-comunista, el lenguaje tiene su origen en el trabajo, es decir, en la necesidad de comunicarse que impone la actividad laboral. En cualquier caso se trataba de un signo elegido por ellos como expresión de sus ideas rudimentarias3.

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La segunda consideración importante en torno al 'sujeto que habla' es la que se refi

su esen

utilizarlo para expresar sus ideas o representaciones acerca de la realidad?.

2.- LA CAPACIDAD DE HABLAR

Lo primero que cabe decir acerca del 'homo loquens' es que se trataba de un individuo que estaba dotado de la capacidad de hablar, entendiendo esta capacidad en un sentido muy amplio, es decir, en el sentido de expresar, no sus estados afectivos, sino „lo que él pensaba‟ acerca de la realidad, acerca de sí mismo y acerca de sus propios comportamientos por medio de cualquier signo, aunque este signo no fuera el habla.

Ahora bien, para esto, para ser poseedor de esta capacidad, el ser en cuestión previamente tuvo que ser un ser inteligente. Sólo los seres que están dotados de inteligencia son, a su vez, capaces de hablar. Evidentemente esta manera de entender la naturaleza del ser hablante no cabe en un tipo de psicología que se configura como behaviorismo. Tampoco cabe en el seno de otras psicologías como las de VIGOTSKY y LURIA4. En efecto:

a) El lenguaje, desde el punto de vista objetivo, es un conjunto de signos arbitrarios de los cuales se vale el individuo para expresar sus pensamientos, sus ideas, empleándolos o utilizándolos de una manera discrecional; es decir, usándolos para comunicarse con los demás como efecto del deseo o la determinación libre de comunicarse. La exteriorización o manifestación de sus estados afectivos que hace el hombre algunas veces (los animales, siempre) son signos naturales y no cumplen ninguno de estos requisitos como veremos en su momento.

b) El lenguaje supone, pues, que hay ideas o representaciones de las cosas. Supone también que el que las tiene puede elegir un medio material para expresarlas o comunicarlas asociándolo a ellas de una manera libre, es decir, después de haberlo elegido y haberlo dotado de sentido o significación: después de haberlo convertido en símbolo.

c) El lenguaje supone igualmente la capacidad de utilizar estos símbolos con independencia de las cosas representadas en sus ideas, de tal forma que, para comunicar a los demás lo que sabe acerca de las cosas, no necesita mostrarles las cosas, le basta con enhebrar un discurso acerca de ellas.

Todo esto se encuentra en la base de los procesos lingüísticos y constituye el fundamento del propio lenguaje. Puede hacerlo el ser que se encuentra dotado de inteligencia y que, además, la pone en ejercicio. Los seres que carecen de in-teligencia expresan sus estados afectivos, como he indicado antes, pero no sus conocimientos acerca de las cosas. Eso que en ellos parece comunicación, no es más que un proceso de contagio de los estados afectivos en virtud de una señal o un signo natural producido por aquel que desencadena el proceso, por ejemplo, el graznido del cuervo cuando provoca el levantamiento del vuelo de toda la bandada. El perro de caza que muestra la pieza a su dueño, o el perro guardián que ladra y se inquieta cuando un extraño aspira a entrar en la vivienda, no pretenden expresar

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nada acerca de ese hecho, sino que, de una manera instintiva, y por tanto, involun-taria, manifiestan sus estados afectivos en ese momento determinado y en esa situación concreta.

3.- EL HOMO LOQUENS COMO SER INTELIGENTE

Por tanto el 'homo loquens' originariamente es un ser inteligente. No es este el momento de determinar el grado de inteligencia que el hombre necesita para poder hablar o expresarse por otro medio semejante. La inteligencia es la misma para todos los hombres y la poseen todos desde el primer momento, es decir, desde el momento en que la primera célula del ser es una célula inteligente. Momento que coincide con la concepción pasiva o momento en que se fusionan los gametos constituyéndose una célula de cuarenta y seis cromosomas. Otra cosa es el desa-rrollo de la inteligencia y el ejercicio del que deriva ese desadesa-rrollo. En esto somos diferentes todos los seres humanos. Refiriéndonos a la inteligencia, sólo en esto. Por eso tiene sentido la pregunta indirecta que hacía ant

se necesita para que el individuo pueda ser considerado como 'homo loquens'?. Es sabido que nadie se ha comprometido con una respuesta exacta a esta pregunta concreta. Sin embargo podemos adivinar o, mejor, inferir que el individuo humano es 'homo loquens' desde el momento en que tiene una inteligencia incipiente y la pone en ejercicio. Hay un paralelismo entre el desarrollo de la inteligencia y el desarrollo del lenguaje. Lo hay en los casos normales. Pero también es ostensible en los casos anormales, pues se ha demostrado que, aun en esos casos, después de una reeducación o después de una facilitación de los medios sustitutivos del lenguaje objetivo, el individuo ha encontrado un tipo de expresión que es comparable con el grado de desarrollo de la inteligencia. De la misma manera que hay un CI (cociente intelectual) para la inteligencia debe arbitrarse un

CL (cociente lingüístico) para el lenguaje. Los psicólogos, los cultivadores de la

filología y los logopedas tienen aquí un inmenso campo para sus investigaciones. Conviene insistir una vez más en la idea general de este apartado: el hombre, por naturaleza, es un ser parlante.

En efecto, la naturaleza del hombre es distinta de la naturaleza del animal. Y es esta naturaleza la que le permite y, a la vez, le impulsa a crear un lenguaje y a utilizarlo para expresar sus pensamientos y sus estados afectivos. Conviene reparar en esto: a) la naturaleza le impulsa a expresar sus pensamientos y sus sentimientos; en otras palabras, habida cuenta de que los pensamientos y los sentimientos son cualidades inalienables del sujeto de las cuales no puede desprenderse, la naturaleza le impulsa a seleccionar y utilizar otros medios materiales (cosas, acciones, posturas, gestos, etc.) como sustitutivos de los pensamientos y los sentimientos para expresarlos o comunicarlos al exterior; es, por tanto, una tendencia natural; b) pero la naturaleza no le impulsa y obliga a expresar sus pensamientos y sus sentimientos de una manera determinada, es decir, no le obliga a utilizar unos medios materiales determinados con preferencia sobre otros medios. Esto es evidente, pues todos tenemos la experiencia personal de que somos libres para utilizar palabras, gestos, escrituras y otros recursos materiales tomados de la naturaleza física para estos mismos fines. Estos medios que utilizamos son signos de los pensamientos y los sentimientos, o, si se quiere, símbolos. El origen de los símbolos, pues, se encuentra en la naturaleza humana en cuanto tal.

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Como consecuencia de esta tendencia, el hombre es definido a veces como un 'ser productor de símbolos'5 a diferencia de los animales que utilizan con frecuencia esos mismos medios materiales, pero que, en su caso, no son símbolos, pues con ellos no pretenden significar absolutamente nada. Las palabras del papagayo, los ladridos del perro, la balada del cordero, etc., no son símbolos, como veremos en su momento. Es decir, en la praxis de estos animales estos recursos no tienen correlato semántico alguno. Tienen su origen en la naturaleza del animal, pero este origen es inmediato, como reflejos condicionados o incondicionados. Y, respecto de los otros animales, son meros estímulos desencadenantes de comportamientos condicionados o incondicionados similares. No hay en estos recursos de los animales propiedad alguna que permita compararlos con los símbolos utilizados por el hombre. Esas propiedades son físicas y fisiológicas, pero sólo eso. No son propiedades psíquicas o semánticas como las que tienen los recursos elegidos y utilizados por el hombre a manera de símbolos. Esta es la diferencia esencial entre los símbolos y los meros estímulos de la conducta que, para ellos, no pasan de ser meras señales. Todos los símbolos son estímulos, pero no viceversa, pues hay estímulos que no han sido elevados a la categoría de símbolos. A lo más que llegan algunos estímulos es a la categoría de señales.

Por esto mismo, a las afirmaciones anteriores, hay que añadir estas otras: a) los símbolos tienen su origen en la naturaleza humana, b) este origen es mediato, pues proceden de la naturaleza humana a través de sus significaciones, es decir, a través de los contenidos semánticos. El hecho de que una cosa material o una acción física sea un símbolo depende de que el hombre lo haya decidido así, es decir, depende de que alguien establezca una relación o dependencia inmaterial o intencional entre el símbolo y la cosa simbolizada. Para esto se requiere que el que lo hace sea libre; en otras palabras, que tenga la capacidad de hacerlo, la capacidad de seleccionar el medio y la capacidad de vincular intencionalmente ese medio a aquello que quiere expresar. Como puede comprenderse, sólo el ser humano se encuentra en este caso. La dimensión semántica es inseparable del símbolo. Y esta dimensión sólo se encuentra en poder de la inteligencia humana.

BIBLIOGRAFIA Y REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS: c.1.- 1) Almagro, 1960;

Crusafont, 1966. 2) Jolivet, 1956; Qin Thana, 1993. 3) Luria, 1980. 4) Pavlov, 1964; Watson, 1953; Vigotsky, 1964; Luria, 1980. 5) Stones, 1969; ver Aristóteles, 1967; Gredt 1961; Brennan, 1965, 1982.

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Cap. II.- EL LENGUAJE COMO FACULTAD

1.- LAS FACULTADES DEL SER HUMANO

Los griegos concebían las facultades como potencias. Para ARISTÓTELES la potencia era la 'dínamis'. Tanto en él como en otros autores clásicos, la 'dínamis' era entendida en dos sentidos diferentes: a) como capacidad de un ser para actuar en otro ser, produciendo en él un cambio o una alteración, y b) como capacidad de un ser para pasar a otro estado o a otra forma de ser. Esta última es la interpreta-ción más genuina de los textos de Aristóteles; la potencia como contrapuesta al acto, que es esa nueva forma de ser. En realidad la potencia no es un ser, sino un estado del ser. El estado de potencialidad o de posibilidad1.

Los escolásticos seguidores de Aristóteles a esta posibilidad del ser la llamaron 'potentia'. Pero, a la hora de analizarla, introdujeron en ella otros matices interesantes. a) una es la potencia objetiva consistente en la mera posibilidad metafísica; esta posibilidad está referida a la compatibilidad de las notas o elementos esenciales de una cosa en orden a su existencia; b) otra es la potencia

subjetiva consistente en la capacidad real de un ser para poseer una cualidad

determinada o para realizar un comportamiento determinado2.

La potencia, por otra parte, puede ser positiva o negativa. Es positiva cuando consiste en una capacidad real para ser algo que todavía no se es, para poseer algo que todavía no se tiene o para realizar alguna acción que todavía no se ha realizado, por ejemplo, la capacidad que tiene el perro para ladrar. Frente a ella está la potencia negativa que consiste en la ausencia de obstáculos para que un ser exista o para que ese ser ejerza una actividad que de hecho no ejerce, por ejemplo, la capacidad de un árbol para ladrar, o la capacidad de un perro para echar un discurso. En realidad no hay obstáculo ninguno para que esto ocurra, pero tampoco hay nada positivo que permita la producción de estos fenómenos. Por eso, a esta potencia, más que potencia, debemos llamarla 'impotencia'. No es propiamente una capacidad, sino la ausencia de ella.

De otro lado los escolásticos introdujeron la distinción entre potencia activa y potencia pasiva. Ambas son potencias positivas, pero, mientras que la primera es la capacidad que permite al ser hacer algo, producir algo, etc., la segunda es la capacidad que le permite recibir algo como complemento que le hace ser más completo o más perfecto. Un ejemplo de la potencia activa es la capacidad que yo tengo para escribir estas páginas. Y un ejemplo de potencia pasiva es la capacidad que tiene la madera para recibir la forma de mesa. Evidentemente esta capacidad, aun siendo pasiva, es algo real, pues se supone que el ser que recibe una nueva forma de ser, aunque esta sea accidental, tiene una disposición o una constitución

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entitativa que le capacita para esa recepción de la nueva forma. La potencia, pues, es siempre algo, es decir, una realidad3.

Esta última distinción introducida en el seno de la potencia es lo que divide a los filósofos de todos los tiempos. La tradición aristotélica carga todo su énfasis en la potencia como mera posibilidad, pues entiende que sólo, si la naturaleza del ser es receptiva, sólo en este caso, puede recibir formas nuevas, posibilitando de esta manera todos los cambios y todos los movimientos que se producen en el universo, desde los cambios substanciales hasta los cambios accidentales y los movimientos topológicos. Los pensadores de la tradición platónica, en cambio, resaltaron siempre la dimensión activa de la potencia. Este modo de entender la potencia tiene su máxima expresión en PLOTINO, según el cual, el 'Uno' que es la realidad radical originaria y originante de todas las demás realidades por emanación, es actividad pura, dinamismo puro; con lo cual la potencia ya no es un estado del ser, sino el ser mismo, la substancia única. La materia que se encuentra al final del proceso evolutivo o emanativo, en realidad ya no es ser, sino sombra de ser. Esto constituye una derivación consecuente de la concepción que tenía Platón acerca de los seres materiales. Recuérdese el mito de la caverna4.

En ARISTÓTELES y la tradición aristotélica, la realidad radical originante de todas las demás realidades es igualmente una potencia pura en el sentido de omnipotencia. No obstante, frente a ella, está la materia que también es una realidad, pero como potencia pura en el sentido de receptividad absoluta: 'neque

quid neque quale neque quantun, neque aliud quid quibus ens determinatur'.

Uno de los representantes de la tradición platónica a este respecto es LEIBNITZ. Lo que los griegos llamaron 'dúnamis' y los latinos 'potentia', LEIBNITZ lo llama 'facultad'. En efecto, con los escolásticos distingue una potencia pasiva y otra potencia activa. Pero reconoce que la potencia pasiva es irreal (ficción). Sólo la potencia activa es real, pues toda la realidad es acción por esencia. Es de sobra sabido que para LEIBNITZ toda la realidad está constituida a base de elementos indivisibles que son las „mónadas‟ y las mónadas por esencia son fuerza o energía:

'ens vi agendi praeditum'. Reconoce que la potencia es la posibilidad de cambio.

Pero el cambio supone la acción en un sujeto y la pasión o la receptividad en otro. La acción es la que recibe el nombre de facultad, mientras que la recepción o receptividad recibe en este autor el nombre de simple capacidad. La verdadera potencia, pues, es sinónima de energía.

Esta interpretación de la potencia en el sentido de actividad o energía fue evidente ya en DESCARTES y lo fue más tarde en los empiristas ingleses, aunque HUME, a finales de la época, afirmara que de tal potencia no podíamos tener ninguna idea clara, al encontrarnos incapacitados para deducirla de los hechos internos o externos. La escuela escocesa, con HAMILTON, vuelve a la noción de la potencia activa como facultad. KANT termina reconociendo la prevalencia de la dimensión dinámica del universo objetivo sobre la dimensión estática o matemática y SCHELLING resalta el carácter dinámico del Absoluto como potencia activa, situándose así en la misma línea de los neoplatónicos. Otros nombres importantes son los de WHITEHEAD y ZUBIRI para quien la potencia no es sólo la posibilidad vacía de hacer, ni la realidad de lo que se hace, sino algo que incluye ambas cosas, la posibilidad y la realidad de lo que se da como 'poder hacer'6.

En los textos de psicología, no obstante, suele entenderse la facultad como aquella potencia activa que se encuentra vinculada esencialmente al conocimiento; bien porque ella misma capacita para el conocimiento, bien porque lo supone o lo facilita. Por tanto las facultades sólo se encuentran en los seres humanos o en los seres animales.

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2.- LA FACULTAD DEL LENGUAJE

Pues bien, en el caso del hombre, una de estas facultades es el lenguaje. Si el hombre habla o expresa sus pensamientos de alguna manera, eso acontece porque tiene la facultad que le capacita para ello. Esto es evidente: 'de facto ad

posse valet illatio'. De la existencia de los hechos puede inferirse con seguridad

absoluta la existencia de sus causas. En el orden ontológico esto no tiene vuelta de hoja. Tampoco tiene vuelta de hoja en el orden físico. Lo que sucede es que muchos no quieren saber nada de ello. No quieren saber nada, ni del orden ontológico, ni de la existencia de las causas, ni de la existencia de las facultades. Esto constituye un supuesto fundamental del positivismo científico: empirismos, conductismos, mate-rialismos, etc. Para sus defensores los enunciados que tratan de esos temas son enunciados carentes de sentido7.

La facultad del lenguaje, por consiguiente, existe. 'En este caso nuestras expectativas están basadas en la idea de que se da una facultad propia del lenguaje, cuyo funcionamiento obedecería a principios específicos de procesamiento de la información, relativamente independientes del tipo de tareas (comprensión-producción) y de la modalidad receptivo-expresiva en que se llevara a cabo'8.

Esta facultad no puede identificarse con el lenguaje entendido como un conjunto de signos hechos para la comunicación de los pensamientos, de la misma manera que no puede identificarse la mano del pintor con el cuadro pintado. El ser humano posee esa facultad que es completamente distinta del ejercicio de la misma y del lenguaje como efecto de este ejercicio. La facultad la posee siempre, mientras que el uso o ejercicio los posee temporalmente, a intervalos, a lo largo de su vida. Esta tesis que tiene su origen en la psicología metafísica constituye un hecho fundamental del que se hacen eco algunas teorías y algunos pensadores cuya procedencia tiene muy poco que ver con la anterior. Este es el caso de SAUSSURE con su 'faculté de langage' concebida por él también como facultad innata9.

Otra dimensión del lenguaje en tanto que facultad es su naturaleza. A este respecto cabe afirmar que es una cualidad del ser inteligente. Pero no una cualidad cualquiera, sino una cualidad que brota necesariamente de su esencia y la acompaña siempre, sin que quepa la posibilidad de que exista algún ser de su especie que no la posea. La facultad del lenguaje acompaña al ser inteligente de la misma manera que la redondez acompaña a la esfera, y la extensión, a todos los cuerpos. El ser humano puede ser concebido o pensado sin la facultad del lenguaje, pero no puede existir sin esa facultad. A este respecto resulta inverosímil aquella valoración supuestamente aristotélica según la cual los seres carentes de esta facultad no son personas: inverosímil y, además, incoherente con los principios on-tológicos de la filosofía del Estagirita; sobre todo, con el principio del acto y la potencia, como luego veremos.

Esto parece chocar de frente con la existencia de algunos individuos humanos que no dan muestras algunas de poseerla, por ejemplo los mudos. Sin embargo la afirmación anterior sigue en pie. En primer lugar, porque el lenguaje en tanto que facultad es mucho más que la capacidad para el habla. Aquí es entendida como la capacidad que el hombre posee para expresar sus pensamientos de alguna manera. Son las palabras, pero son también los rasgos de la escritura, los gestos y

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la mímica, los símbolos o cosas utilizados como medios de expresión, etc. En segundo lugar, porque no hay ser humano que se encuentre absolutamente incapacitado para expresar de alguna manera algo de su vida interior, como lo hacía HELEN KELLER. Está demostrado que aun aquellos que tienen muy deteriorado el cerebro y se encuentran privados de todos los sentidos, aun aquellos que han sufrido grandes amputaciones o pérdidas de la masa cerebral, si conservan un mínimo del uso de la inteligencia, siempre encuentran alguna manera de expresar mínimamente algunas incidencias de su vida interior. El lenguaje tomado en sentido amplio es una consecuencia de la facultad de entender. Si esto acontece con el uso del lenguaje, acontece también, y con mucha más razón, con el lenguaje en tanto que facultad.

El lenguaje en tanto que facultad es una cualidad del ser inteligente, como acabo de afirmar. Pero, aunque parezca extraño, es una cualidad inmaterial. Esto no puede entenderlo aquel que no sea capaz de abstraer o separar mentalmente el lenguaje en tanto que facultad del lenguaje en tanto que uso de esa facultad o en tanto que efecto o producto de ese uso o ejercicio. Las palabras articuladas o habladas, por ejemplo, son materiales. Ya lo veremos en su momento, pero la facultad en virtud de la cual son producidas y, sobre todo, la facultad en virtud de la cual son vinculadas a un significado (la idea, el objeto-contenido de la idea o la cosa), es inmaterial. No existe dificultad ninguna para que esto sea así. Acontece lo mismo en el orden material de los comportamientos humanos. La carrera del atleta vencedor es material, tiene una extensión determinada y una duración muy concreta; pero la capacidad (facultad) del atleta para realizarla ya no lo es. En último término la causa adecuada de la carrera es la energía que tiene en las piernas, no las piernas, pues estas son patrimonio de todos, los corredores y los no corredores, y no por esto son vencedores. La energía de las piernas es inmaterial y se encuentra en ellas de una manera inmaterial, pues resulta de toda forma imposible señalar un punto concreto como sede o lugar de esa energía; lo mismo que resulta de todo punto imposible establecer la correspondencia entre las distintas partes de las piernas con las distintas partes de la energía. Esto es así por la sencilla razón de que la energía vital no tiene partes materiales o partes físicas en absoluto.

Las cualidades del ser vivo en tanto que ser vivo son todas ellas inmateriales. Otra cosa muy distinta son los órganos en los cuales se encuentran esas cualidades, es decir, las partes del organismo que son puestas al servicio de esas cualidades como sujeto material necesario para su existencia o como instrumentos para la acción que de ellas dimana de forma natural. El lenguaje es una de esas cualidades destacadas o más representativas del ser inteligente. Tanto es así, que puede afirmarse de él, el lenguaje, no el habla, que es una cualidad específica. En efecto, los seres de la especie humana, en virtud del lenguaje, son seres humanos, se distinguen radicalmente de los seres que no lo poseen, y, para ellos, el lenguaje (lenguaje interno) es la razón de todas las demás propiedades o rasgos que le definen como hombre.

Esto último encaja perfectamente en un pensamiento del tipo del de VIGOSTKY y LURIA10 . Sin embargo no es mi propósito exagerar las cosas hasta esos extremos. En primer lugar, porque la posesión del lenguaje es un efecto de la inteligencia como he afirmado antes; no su causa, como ellos afirman. En segundo lugar, porque el lenguaje no es una facultad original y originaria del ser humano, sino una facultad secundaria u originada de la anterior. En tercer lugar, porque la facultad del lenguaje para ellos es una facultad inherente a las neuronas cerebrales, mientras que, en esta interpretación que aquí se expone, el lenguaje, lo mismo que todas las demás facultades humanas, es anterior al cerebro en el orden ontológico, de tal

Referencias

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