El Dominio de Si Mismo

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El triunfo al alcance de todos.

EL DOMINIO DE SÍ MISMO

J. W. Ford

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Nunca es demasiado tarde. Cuanta más experiencia se tiene de la vida, más fácil es planear y construir para el futuro.

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Advertencia:

Nunca perder de vista, al leer este libro, la primacía de la caridad:

Si, hablando lenguas de hombres y de ángeles, no tengo, caridad, soy como bronce que suena o platillo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia, y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad, no soy nada. Y si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad nada me aprovecha.

La caridad es constante, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.

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ÍNDICE GENERAL

CONSIDERACIONES GENERALES ... 7

¿Estás contento contigo mismo?...7

¿Qué es el dominio de sí mismo?...8

Grados del dominio de sí mismo...9

Examen de conciencia...12

El hombre satisfecho de sí mismo...15

El ejemplo del malabarista...15

Ejercicios prácticos para el dominio de sí mismo...17

Orden de materias...21

Una actitud frente a la vida...22

El dominio de sí mismo en la soledad...24

Dominio de la memoria...26

Dominio del pensamiento...28

Dominio de la imaginación...29

Ejercicios de dominio corporal...30

El dominio de sí mismo en el trato con los demás...34

Dominio de sí mismo en la conversación...35

El primer momento...37

Reacción ante el insulto...38

El arte de decir que sí...40

Dominio de la palabra...41

Dominio del gesto...45

El dominio del rostro...48

Impulsos emocionales que se han de dominar especialmente...50

Defectos a corregir...55

Cualidades a adquirir...71

TEMAS DE APLICACIÓN PRÁCTICA ... 76

Procedimiento para fortificar la atención. ... 76

Doctrina de la moderación. ... 76

No te librarás de las influencias exteriores sino en la medida que conquistes el dominio de ti mismo. ... 77

Antes de pensar en consumir, conviene aprender a producir. ... 77

El esfuerzo. ... 78

El deseo de aprobación es uno de tus enemigos más poderosos. ... 78

El atractivo del placer inmediato. ... 79

El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce ... 80

Escoge tu obra. Mide bien tus fuerzas. Toma lo que puedas soportar y deja el resto. 81 Tu fin ha de ser la proyección de tu personalidad sobre la pantalla del porvenir. ... 81

Se ambicioso. Pretende lo máximo posible. ... 81

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No diluyas tu personalidad en cien pequeñas cosas inútiles. Cífralas en una sola cosa

grande y fuerte. ... 83

El pensamiento que no se resuelve en acción, no es un pensamiento completo. ... 83

Teoría de la tranquilidad mental. ... 84

Todos los hombres que han triunfado estuvieron de acuerdo en un punto: creyeron que las cosas no obedecen a la casualidad, sino a una ley. ... 85

El éxito no es menos normal que la tela tejida en un telar. Un hilo roto estropea todo el tejido de una pieza. Una debilidad personal estropea el éxito de una vida. ... 85

La más prosaica ocupación contribuye a ejercitar la mente, a condición, claro está, de que la mente tome en ella parte activa. ... 86

El hombre que prescinde de lo que no le interesa. ... 86

Los tres «jamás». ... 87

Los tres «siempre» para dominar a los otros. ... 87

Las tres virtudes que te harán invencible ... 87

Fija bien estas palabras en tu mente. ... 88

Tres dominios esenciales sobre tu cuerpo que no has de olvidar jamás. ... 88

No te dejes simplemente influir por los otros. ... 88

Ser dos en uno. ... 89

El triunfo sobre el miedo natural. ... 90

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CONSIDERACIONES GENERALES

¿Estás contento contigo mismo?

Empiezo por hacerte esta pregunta, a la que sólo puedes contestar de dos modos: Sí o NO.

Sí. Pues si eres sincero y no te haces trampa a ti mismo, cosa que no te produciría ningún beneficio, sigue adelante y sin titubeos. No hace falta que leas este libro.

Pero piensa una cosa: El hombre que está contento de sí mismo, o es muy poco ambicioso o es un perezoso mental que no se atreve a enfrentarse con la realidad. En este libro se trata de la realidad que más te interesa, de la única que de veras te pertenece y depende de ti: tú mismo como hombre.

Disimula, si quieres, delante de los otros, pero no te engañes a ti mismo. Busca tus debilidades y no te asustes cuando las encuentres. Piensa que el solo hecho de haber comprado este libro y de leerlo ya supone en ti un encomiable deseo de mejorar.

NO. ¿Por qué? Porqué eres con frecuencia víctima de tus tendencias y de tus impulsos naturales. Nadie nace perfecto. No olvides que todos los hombres que han conseguido algo en este mundo han sabido dominar su naturaleza.

Tú puedes dominar la tuya. Y lo has de hacer. Aunque tu posición personal te sitúe por encima de los otros, conviene que aprendas a dominar tu naturaleza. Si no aspiras a conseguir del mundo algo más de lo que ya tienes, puedes aspirar a conseguir aún mucho de ti mismo.

Tu naturaleza obedece frecuentemente a impulsos que no te conducen al fin que te proponías alcanzar. Domínalos. ¿Es que no ambicionas alcanzar una meta? ¿Es que no quieres ser un poco mejor cada día?

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Todos los días de tu vida dejarán su huella en ti. Algunos, desgraciadamente, te harán peor de lo que eres; otros te dejarán igual. Algunos te mejorarán. Sólo éstos serán los días verdaderamente vividos.

Existir es una cosa; vivir otra. Ser es una cosa; ser hombre de veras, otra. Sólo llegarás a hacer de ti un hombre verdadero si cada día, gracias a tu esfuerzos, adquieres algo bueno que no tenías.

Los animales no se perfeccionan. Lo mismo son ahora que diez siglos atrás. Lo mismo son en la vejez que en la juventud. Pero el hombre puede hacerse cada día mejor. Y el consuelo de la vejez es el conjunto de bienes y de cualidades que se han adquirido con esfuerzo durante toda la vida.

Aprende el arte de dominarte a ti mismo, y todas las puertas se te abrirán, la vida te sonreirá, y algún día podrás exclamar: ¡Yo he sido el arquitecto del magnífico edificio de mi propia vida!

¿Qué es el dominio de sí mismo?

Podría definirse en una fórmula breve; pero prefiero explicarlo en un párrafo largo para que tengas una idea más clara de todo lo que se puede conseguir.

Emprender la tarea diaria a la hora fijada; acometer resueltamente aquello que es necesario para tus fines y que tú, por inclinación natural, dejarías de lado; reprimir toda palabra y todo gesto desagradables; estar atento siempre a las cosas importantes y prescindir en absoluto de aquellas que no lo son; proceder siempre con calma, sin atolondramientos y sin omisiones; observar estrictamente un determinado régimen de trabajo; practicar asiduamente un ejercicio; moderar toda tendencia disipadora de fuerzas; regular el uso de las facultades naturales; saber relacionarse con los otros hombres; estar siempre en actitud de escucha, ser atento y obediente; reaccionar serena y decididamente en las circunstancias angustiosas; tener para cada uno la palabra más adecuada; organizarse con seguridad en medio de las vicisitudes; elegir los caminos que más directamente conducen a la meta y seguirlos sin vacilaciones; ponerse a la cabeza del ejército de las propias fuerzas, después de hacerlas tenaces e indestructibles.

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DOMINIO DE Sí MISMO ¿Verdad que es un programa apasionante?

Pero nada de todo esto se improvisa. La vida no es una tarea fácil. El hombre tiene instintos, pasiones y pensamientos. Los instintos son enemigos poderosos que le desvían del camino recto; las pasiones le hacen ver las cosas y las personas distintas de como son, y en el pensamiento luchan los recuerdos y las imaginaciones contra la auténtica facultad de discernir.

Sólo el hombre que domina sus instintos y sus pasiones es capaz de convertir su pensamiento en obra.

Hasta los hombres más débiles y peor dotados tienen propósitos buenos. Pero en la vida de acción no es cierto que con la intención basta. Un propósito es apenas nada. Todo el mundo piensa; sólo algunos hacen, y muy pocos hacen lo que han pensado antes.

Sólo el hombre que aprende a dominarse a sí mismo puede confiar en que sus propósitos serán algo más que humo, y que algún día se verán realizados.

Grados del dominio de sí mismo

Nunca se consigue todo de una vez. Los caminos son largos; pero si se dividen en etapas lo parecen menos, porque cada etapa vencida es una meta parcial alcanzada.

Cuatro son los grados o etapas del dominio de sí mismo. Cada grado tiene su nombre, que se ha de tener presente porque define un conjunto de cualidades que dan forma al carácter del hombre.

1º Sobriedad.

2º Calma resistente. 3º Impasibilidad.

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Sobriedad

La persona se hace sobria cuando consigue eliminar todos los excesos, todos los movimientos y esfuerzos inútiles o perjudiciales.

La energía del hombre no es ilimitada. Un hombre medio puede andar diez horas diarias durante toda su vida. Pero si, mientras anda, salta y se sube a los árboles, se cansará mucho antes de las diez horas. Sin embargo, el andarín sobrio resistirá hasta doce y catorce horas.

La sobriedad tiene dos ventajas: evita los abusos perjudiciales y es un ahorro de energía.

Todo el que quiera triunfar en el dominio de sí mismo ha de empezar por hacerse sobrio en todo. No sólo en el comer y en el beber y en los movimientos del cuerpo, sino en el ejercicio de sus facultades mentales: no pensar en vano, no recordar cosas inútiles, no sucumbir a las satisfacciones inmediatas.

Calma resistente

Nunca la precipitación conduce a buen fin. El hombre que consigue el triunfo sabe proceder con calma, pero también con constancia. La fórmula que mejor expresa su actitud es ésta: sin prisa y sin pausa.

Hay dos grados de calma. El primero, y más asequible, es la calma en el obrar, El segundo, y más difícil, es la calma ante los ataques ajenos, las calamidades y los fracasos. Ésta es la calma resistente.

Obrar con calma es bueno, pero no basta: se ha de saber resistir con calma. Ésta es la única base de la invulnerabilidad. La verdadera fuerza del hombre no está en pegar, sino en recibir los golpes sin perder la calma.

Impasibilidad

El hombre sobrio, que es capaz de obrar y resistir con calma, adquiere la impasibilidad, la cual indica que ha alcanzado un dominio absoluto de todos los movimientos pasionales.

Casi todos los grandes hombres han sido impasibles. Y si hay excep-ciones, las encontramos todas entre los artistas, que son, por naturaleza, seres pasionales.

Observemos la distinta manera de reaccionar de un verdadero hombre y la de un sujeto vulgar cualquiera ante algún contratiempo o

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provocación. El sujeto vulgar se impacienta, se enfada violentamente y derrocha sus energías en vano. El verdadero hombre se muestra impasible y, por tanto, superior a todo fenómeno externo. Nada de lo que se produce fuera de sí mismo tiene poder sobre él.

La gente vulgar reacciona violentamente contra los insultos y los ataques del prójimo. Los hombres que. han adquirido cierta grandeza, se sonríen. No les importa lo que hacen, dicen o piensan los otros sino lo que hacen, dicen o piensan ellos. Lo único de la vida que tiene valor para ellos, lo llevan dentro.

Tenacidad flemática

No sirve de mucho la impasibilidad perezosa. Hasta es posible que la indolencia y la pereza sean causas de una aparente impasibilidad. Ciertos hombres egoístas y perezosos se muestran impasibles sólo para evitarse el trabajo de reaccionar contra su turbación de ánimo.

El hombre sólo triunfa por sus obras. Todo el que quiera triunfar ha de estar actuando siempre. La labor de cada día, en cualquier orden de cosas, ha de ser el preámbulo de la tarea del día siguiente.

Esta tenacidad en el trabajo y en la persecución de un fin es condición indispensable para que los propósitos se realicen. Nunca las cosas se hacen solas y pocas veces hay quien las haga. Sólo el hombre que ha logrado vencer su pereza innata, consigue estar obrando siempre.

Pero tenacidad es más que actuación. La idea de tenacidad supone un estado continuo de atención y de concentración en la obra, que permite aprovechar toda oportunidad que se presenta. El hombre tenaz, si es sobrio, si resiste con calma y es impasible, logra alcanzar siempre el fin que se propone y acaba siempre por imponerse.

La tenacidad del hombre que sabe dominarse es, además, flemática. Esto quiere decir que su tenacidad no le causa jamás alteración ni le cuesta esfuerzo visible. El ímpetu puede admitirse en ciertos casos para salvar un obstáculo; la tenacidad flemática se ha de tener siempre. Un carácter impetuoso sucumbirá, a la larga, ante un carácter tenaz y flemático.

El que consigue tenerlo, gracias al dominio de sí mismo, obra en la vida como el invasor en país sometido y dispone de todas las riquezas del vencido.

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Examen de conciencia

El dominio de ti mismo ha de tener un fin práctico. No merece la pena que te molestes y gastes tu tiempo sólo para que midas el alcance de tus fuerzas. En la vida moderna los éxitos son una suma de pequeños y eficaces resultados diarios. Sé han de ganar muchas batallas para conseguir la victoria final. Y tú has de ser como un general que, antes de desplegar sus fuerzas, observa las posiciones del enemigo para atacarlas y reducirlas una a una. Ahora el enemigo eres tú mismo y tus inclinaciones naturales. Tienes en contra un ejercito poderoso, cuyos soldados son todos los defectos tuyos que quieres corregir. Has de empezar por hacer un examen de conciencia sincero y reconocer sin miedo y con lealtad cada uno de tus defectos y anotarlos todos en una hoja de papel por orden de menor a mayor, de donde sólo te atreverás a tacharlos, el día que hayas triunfado de ellos.

El orden de menor a mayor

Aún no estás adiestrado para el combate; aún no has probado tus fuerzas. Sólo tienes un buen deseo sostenido por la voluntad. Pero aún no existe en ti ese impulso natural hacia la perfección que facilita la lucha diaria. Si empiezas por un enemigo pequeño, le vencerás. Si empiezas por un enemigo fuerte, no podrás contra él. Pesa bien todos los defectos a corregir y empieza por los menos arraigados, que son tus enemigos más débiles. Así, fortalecido y preparado, podrás enfrentarte con los enemigos fuertes y los vencerás sin demasiado esfuerzo.

Un ejemplo

Supongamos que eres un hombre que tiene que conversar frecuentemente con los demás. El arte de conversar es difícil y tiene reglas precisas. Tú has estudiado este tema y has hecho examen de conciencia, descubriendo en ti tres defectos principales:

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a) Divagación. No consigues ceñir la conversación al tema único que te interesa.

b) Negación. Cuando cualquier cosa que el otro te dice te parece equivocada, empiezas tu frase con la palabra no.

c) No sabes hacer que sea el otro quien defienda tus propias ideas, como si fueran suyas.

Bien. Estás decidido a sacar partido de las conversaciones. Y quieres corregir los tres defectos. Empezarás registrándolos, por orden de menor a mayor. Así:

1. Negación. 2. Divagación.

3. No saber cómo conseguir que el otro defienda tus propias ideas. Es fácil corregir el primer defecto. Tu costumbre de decir no es casi mecánica. Casi todo el mundo lo hace; todos los tontos lo hacen. Empieza, pues, por limitarte a decir siempre sí, sea cualquiera la afirmación del otro.

Empieza siempre por darle la razón. Así le predispondrás a tu favor y a que acepte sugerencias tuyas, incluso renunciando a sus propios propósitos.

Anota en un papel este principio y fíjalo en tu mente: Empezar siempre por dar la razón al otro. No hay nada más fácil. No tardarás mucho tiempo en advertir que ya eres incapaz de empezar. negando. Sólo entonces arremeterás contra tu segundo defecto: la divagación.

No importa que tú no divagues. Divaga el otro. Lo difícil no es dejar de divagar tú, sino hacer que no divague el otro; llevarle continuamente al tema, no consentirle desviaciones. Piensa que la divagación es el principal enemigo del éxito en las conversaciones. Nunca resolverás una cosa si hablas de otra. Y esto es lo que sucede casi siempre en las conversaciones privadas.

Después de practicar esto algún tiempo, te darás cuenta de que tus conversaciones son como un camino recto que te conduce, sin desviaciones, al sitio que querías llegar. Ahorrarás tiempo y palabras y te asombrarás de los resultados.

Y, por fin, eliminados ya los dos primeros defectos, no tendrás dificultad para transmitir tus ideas al otro interlocutor y para hacer que sea

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él quien las asuma como suyas. En esto consiste el arte superior de la conversación.

¿Crees que habrías conseguido el mismo resultado si te hubieses propuesto corregir los tres defectos a la vez? Probablemente no.

Más adelante, al tratar en especial del dominio de ti mismo en la conversación, volverás a leer este apartado.

Cualidades a adquirir

En el examen de conciencia da siempre la preferencia a tus defectos. Eliminados éstos, busca las cualidades que te faltan.

Con estas cualidades también procederás en la misma forma: las anotarás en un papel, empezando siempre por las de más fácil adquisición, hasta llegar a las más difíciles. Y así, una a una, por orden, lentamente y sin cesar, las adquirirás todas. No lo conseguirás jamás si pretendes adquirirlas todas a la vez.

Examen general y examen diario

Toda tu vida de relación está hecha de acciones sucesivas.

Acostúmbrate a ser juez de ti mismo en cada caso. O sea, a juzgar inmediatamente todos tus actos. Pero hazlo en seguida. No esperes otro día, ya que las nuevas actuaciones te distraerán de las anteriores y de cómo procediste en ellas y acabarás olvidándolas.

Has de conseguir una doble atención continua.

1ª Atención a lo que estás haciendo en el momento presente.

2ª Atención a lo que hiciste inmediatamente después de haber acabado el acto. Y entonces, lealmente y sin concesiones a tu favor, reconoce tus yerros y tus aciertos; proponte enmendar los primeros la próxima vez y felicítate por los segundos.

Hay mucha gente que no interviene jamás personalmente en los asuntos de la vida. Más que seres racionales, se parecen más a puras máquinas, más o menos perfectas, dirigidas desde fuera por los hombres más fuertes. Si eres de éstos y te resignas a serlo, no necesitas libros como éste. Pero el solo hecho de estar leyendo este libro, demuestra que no te avienes a sufrir este sentimiento de inferioridad.

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Piensa que sólo puede triunfar el hombre que interviene de continuo en el proceso de sus acciones diarias y que consigue un alto juicio favorable de cada una de las mismas.

Juzga lealmente cada una de tus acciones y no cejes en tal empeño hasta estar satisfecho de todas ellas.

El hombre satisfecho de sí mismo

Hay dos tipos de hombre satisfecho de sí mismo:

1º. El vanidoso.

Éste es un hombre equivocado, un niño grande, que no ha sabido jamás juzgarse a sí mismo objetivamente. Él cree una cosa de sí mismo, y los otros creen otra.

Es como un monarca destronado que aún se cree rey y vive entre sus ex súbditos en actitud de soberano, sin que nadie se considere su vasallo. Él cree que ciñe sus sienes una corona de oro y pedrería; los demás sólo ven en su cabeza una ridícula corona de cartón.

2º. El ponderado.

Éste es el hombre que conoce exactamente su posición, el efecto que produce, la influencia que tiene sobre los otros y el resultado de sus intervenciones. Es el hombre que ha sabido dominarse, el único que anda con paso firme por los caminos del éxito. Éste es el hombre tipo que has de tomar como modelo si quieres lograr tus aspiraciones.

Pero así como al primero lo descubrirás en seguida, a este segundo, no. Porque una de las características del hombre ponderado es que no suele publicar sus éxitos.

El ejemplo del malabarista

¿Has estado en el circo alguna vez? Todos los artistas que intervienen en una función de circo han pasado años y años ejercitándose en el dominio de sí mismos.

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Un malabarista hace saltar cinco pelotas con las manos. Prueba a hacer esto. No lo conseguirás. Tal vez si te ejercitas todos los días, después de mucho tiempo consigas hacer saltar tres pelotas. Pero difícilmente llegarás a cuatro, y casi nunca a cinco. Para lograrlo haría falta un dominio de tu atención y de tus movimientos que sólo alcanzarías al cabo de algunos años de práctica.

El malabarista ha conseguido este dominio porque se lo ha propuesto. Y se lo ha propuesto porque lo necesita para el éxito de sus actuaciones.

Tú no necesitas hacer malabarismos de esta clase. Nada ganarás con tirar pelotas al aire, como no sea entretener alguna vez a tus amigos. En la vida no se trata de distraer al prójimo, sino de obtener resultados prácticos que resuelvan tus problemas vitales.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir, sencillamente, que antes de empezar los ejercicios de dominio de ti mismo has de saber lo que te propones con este dominio, que no es jamás un fin, sino un medio.

Tus manos no han de jugar con varias pelotas a la vez; tus intervenciones son de otro tipo. Pero en ellas, con atención y ejercicio, puedes alcanzar la misma capacidad de dominio que el malabarista con las pelotas.

Agradece al cielo los dones naturales que te ha dado y adquiere los que te faltan. Nadie está suficientemente dotado para hacerlo todo bien.

Empieza por proponerte un fin. Escoge después los medios para realizarlo. Traza tu plan de vida y usa el dominio de ti mismo para obrar siempre según este plan, o sea, para emplear siempre con acierto y sin concesiones los medios que te han de conducir al logro de tus fines.

Piensa que mucha gente sueña en llegar al Norte, y se pasa la vida caminando hacia el Sur. Éstos, evidentemente, nunca llegarán al Norte, y si llegan al Sur, nada tendrán que hacer allí ni estarán satisfechos de sí mismos.

El mundo está lleno de hombres descontentos. Y los descontentos son siempre los que siguen un camino equivocado, que no conduce a la meta de sus aspiraciones.

No olvides el ejemplo del malabarista. Él decidió en la juventud que su éxito había de consistir en hacer saltar bolas y platos entre las manos;

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dominó su atención y sus movimientos, y consiguió el fin que se había propuesto.

Empieza por saber bien lo que quieres, domina tu atención y tus movimientos, y así, sin perder tiempo en dar pasos en falso, conseguirás también, indefectiblemente, el fin anhelado.

Ejercicios prácticos para el dominio de sí mismo

Antes de seguir adelante, te invito a hacer algunos ejercicios elementales de dominio de ti mismo en distintos órdenes aunque sea únicamente como experiencia personal y para convencerte de que tienes la posibilidad de hacer de ti otro hombre si te lo propones.

Te describo diez ejercicios fáciles. Escoge uno cualquiera y te sorprenderá lo fácilmente que consigues una primera victoria sobre ti mismo. ¿Que no te servirá de nada? No lo digas. Por lo menos, te enseñará a creer en tus posibilidades. No seas perezoso. Piensa que el hombre sólo se perfecciona después de un largo trabajo, y que el que no ha intentado mucho, no ha conseguido jamás nada.

Desconfía de los ejemplos ajenos, pues, en ellos sólo ves los resultados, pero no el trabajo que los ha precedido. La vida hace muy pocos regalos, pero se deja robar fácilmente por el ladrón pertinaz. Roba tus bienes a la vida, y la vida se fijará en ti y volcará sobre ti mucho más de lo que has intentado arrebatarle.

Ejercicios

1º. El gesto.

Observa los gestos de los demás. Muchos te parecerán desagradables o cómicos. Observa los tuyos después. Piensa que los otros los ven y basan en ellos el juicio que forman de ti.

¿Manifiestas habitualmente algún gesto desmesurado o desagra-dable? Sí, probablemente. Proponte dominarlo y sustituirlo por otro más suave. Pronto tu gesto desagradable desaparecerá. Nada más fácil que sustituir un gesto por otro. Por este camino puedes llegar fácilmente a

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suprimir todos tus gestos perjudiciales, todos los que pueden darte ante los demás un cierto aire de muñeco grotesco.

Obsérvate durante tu conversación. Advierte uno de tus gestos desagradables y no lo repitas. Haz esto todos los días.

2º. Suprime el no como principio de tus frases en las conversaciones. Si es el otro quien dice no a una de tus afirmaciones, ¿qué piensas? Piensas que estáis en dos mundos de interpretación distintos y que nada sacaréis de seguir hablando. Tú no quieres que el otro piense lo mismo. Quieres que tu conversación sea eficaz. Suprime el no y empieza siempre tus frases así:

«Sí, tienes razón... »

«Sí, sí, desde luego, esto es cierto... » «Sí, estoy de acuerdo contigo... » Y después, por medio de un pero, de un de todas formas..., de un claro que si lo pensamos bien u otra locución adversativa, da la vuelta a la idea y debilita por partes la afirmación del otro hasta negarla, si hace falta, en toda su extensión.

3º. No digas jamás yo.

Todo el mundo habla de sí mismo y dice muchas cosas que, desde luego, carecen de interés para los demás.

Tu interés eres tú. Pero todos están en el mismo caso. ¿Crees que conseguirás predisponer a otro en tu favor si le hablas de lo que no le interesa? Pues tú no le interesas. No digas jamás yo.

El mundo es inmenso fuera de ti. ¿Por qué hablar precisamente de ti, en un mundo tan dilatado? Y con más razón cuando cualquier cosa de este vasto mundo interesa más a los otros que tú mismo. El gran secreto de la conversación es saber hablar a cada uno de lo que a él le interesa. Tú no les interesas.

Ejercítate hoy en no decir ninguna vez yo. 4º. Ejercítate en elogiar.

Todo el mundo tiene algo bueno. Piénsalo. Cuando hablas con otros puedes hacer dos cosas: tratar de explicarles tus gracias o alabarles algunas de las suyas. ¿Qué crees que los predispondrá más a tu favor? Eviden-temente, que los elogies.

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Si lo haces, ellos saldrán de tu presencia más contentos de sí mismos y unirán tu recuerdo a un placer. Ejercítate en que en cada una de tus conversaciones haya algo elogioso para el otro.

5º. Aprovecha un tiempo que sueles desperdiciar.

¿No hay en tu día muchos ratos desaprovechados? Sí, sin duda. Todo el mundo pierde mucho tiempo por inercia. No hacer nada y no pensar nada tienen un encanto indudable. Sin embargo, lo único provechoso es hacer algo. ¡De cuántas materias todavía no sabes nada!. Si dedicas tan sólo media hora todos los días a enterarte de una materia, te sorprenderás de lo mucho que, en poco tiempo, llegarás a enriquecer tus conocimientos.

Fija esta media hora y dedícala diariamente a aprender.

Si tienes una enciclopedia o un diccionario ilustrado, léelo con atención, casi artículo por artículo, durante media hora todos los días.

El ejercicio de dominio no consiste únicamente en aprender más, sino en invertir diariamente un tiempo, a una hora fija. en una actividad determinada.

6º. Invitación a madrugar.

¿A qué hora te levantas? Probablemente lo más tarde posible para empezar tu trabajo a la hora señalada. Haces bien; en la cama, por la mañana, se suele estar bastante cómodo.

Sin embargo, la comodidad no ha de ser el único fin de tu vida. Decide levantarte media hora antes durante un mes, y cumple este propósito sin una sola falta.

¿Cómo emplearás esta media hora? No lo sé. Pero, tal vez, de su empleo resultará una cosa buena para ti.

7º. Un ejercicio durante la comida.

¿Comes algo sin apetito, por el puro placer de recrear el paladar, cuando ya tu hambre está satisfecha? Probablemente sí. Bien; durante quince días, por puro ejercicio, suprime todo lo superfluo en tus comidas. Tal vez éste sea el principio de un nuevo régimen alimenticio más saludable para tu cuerpo.

8º. Las lamentaciones.

Esta mañana has hablado con cinco personas. Las cinco se han lamentado. ¿Qué has pensado de sus lamentaciones? Que sí, que tal vez

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tengan razón; pero que como tú no podrás remediarlas en nada, han perdido el tiempo lamentándose ante ti.

No pierdas tú el tiempo lamentándote ante otros. Durante quince días hazte este propósito por la mañana, al levantarte: Hoy no me lamentaré ni una sola vez. Y cúmplelo. Éste será el primer paso para deshacerte de una costumbre que nada añade a tu atractivo personal.

9º. Ejercicio para los fumadores.

¿A qué hora empiezas a fumar? ¿Después del desayuno? ¿Tal vez antes? Bien. Durante diez días, por mero ejercicio, no fumes ningún cigarrillo antes de las doce. O enciende uno después del desayuno, y ninguno más en toda la mañana.

No pretendo privarte del placer del tabaco. Sólo deseo que ejerzas un poco de dominio sobre ti mismo valiéndose de una costumbre arraigada en la mayoría de los hombres.

10º. A la hora de dormir.

¿Te duermes en seguida cuando te acuestas? Si te duermes en seguida, eres un hombre afortunado. Sino; ¿en qué entretienes el pensamiento para solicitar el sueño"?

Uno de mis amigos empieza un viaje todas las noches y, desde luego, no lo acaba ninguna. Visita por segunda vez países que ya conoce y los va recordando. Es un buen sistema.

Tú puedes aprovechar este rato pensando en algo que permita una solución mejor que la actual: en la disposición de los muebles en una habitación, en la relación con un amigo, en cualquier pequeño asunto de tu trabajo personal. Plantéate un problema y trata de resolverlo.

Es más cómodo dejar vagar libremente el pensamiento. Ya lo sé. Pero tú has de aprender a dominarte. Elige cualquier cosa mal resuelta y trata de hallar, en tu pensamiento, una solución mejor.

Escoge uno, por lo menos, de los anteriores diez ejercicios y practícalo durante quince días, sin ninguna interrupción.

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Orden de materias

En los ejercicios de dominio has de proceder por este orden:

1º Dominio de ti mismo en la soledad.

Hazlo en aquellas cosas que no suponen una relación con los demás hombres. Dominio de tus inclinaciones y tus apetitos. Dominio de los movimientos de tu cuerpo y de la expresión de tu rostro.

2º Dominio de ti mismo en el trato con los demás.

Toda la vida de relación del hombre se reduce a saber tratar a los otros hombres. Saber tratar es, sencillamente, saberse dominar.

Empieza por dominarte en el trato de los negocios. En este terreno, cualquier error tiene consecuencias lamentables.

Sigue dominándote en el trato social. La libertad es mayor, pero no es menos necesario que te domines si quieres que los demás encuentren agradable tu compañía. Éste es el fin del trato social.

Y, finalmente, aprende a dominarte en las ocasiones difíciles. Nada cuesta reír cuando se recibe la noticia de que se ha ganado un millón de pesetas en la lotería. Lo difícil es sonreír cuando se recibe la noticia de que se ha perdido un millón de pesetas.

3º Dominio de ti mismo en el trabajo y en el plan general de vida.

Determina con lealtad y sin miedo cuáles son las cosas que se han de sacrificar a otras. Y sacrifica, decididamente, todas aquellas que te impedirían dedicar tu tiempo y tu atención a otras más importantes.

Saber cuáles son las cosas que se han de sacrificar, es fácil. Sacrificarlas es más difícil.

El secreto de la vida consiste en sacrificar siempre una pasión a otra pasión más noble.

El secreto del éxito consiste en sacrificar siempre una cosa cualquiera, por mucho que te complazcas en ella, a otra que sea más importante para la consecución de tus fines.

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4º Dominio de ti mismo en familia.

Es más difícil, porque, en familia, ninguna insubordinación, ningún exceso de mal humor, ninguna intemperancia son castigados con un quebranto económico.

La familia es la válvula de escape de todos los excesos de carácter. Muchos hombres que se dominan en su vida de negocios y en el trató social, se sueltan en familia y no se avergüenzan de conducirse como verdaderos salvajes.

Sin embargo, la convivencia en familia es una gran escuela de dominio. Convivir es mucho más difícil que vivir. Y la familia es el máximo ejemplo de convivencia.

No has de ir a buscar lejos el campo para tus ejercicios diarios. Lo tienes en tu propia casa, al lado de los tuyos, en cuya presencia puedes ejercitar con provecho todas tus posibilidades de dominio.

Una actitud frente a la vida

No basta saber lo que se ha de hacer; es necesario hacerlo.

Un escritor humorista ha dicho: «Si una vecina guapa me citara en la esquina, a escondidas de mi santa mujer, sé perfectamente lo que tendría que hacer; pero no sé lo que haría.»

¿No es esto lo que sucede en cualquier ocasión? Todos los hombres que han pensado un poco y tienen un refugio moral del orden que sea, saben lo que han de hacer en cada caso. Lo que no saben jamás es si lo harán o no. Porque el hombre es víctima, cien veces al día, de la satisfacción inmediata.

Si quieres avanzar en el dominio de ti mismo has de insistir constantemente. Ésta es la fórmula mágica que allana todos los obstáculos: Insistir constantemente. No hay otra fuerza comparable a la insistencia, y la victoria siempre es del más fuerte.

Ninguna cualidad, ningún talento natural se hacen efectivos si no son constantemente aplicados, día por día.

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Se ha de empezar alguna vez. Todo lo que se requiere hacer se ha de comenzar algún día. Pero de nada servirá empezar si no se persevera.

André Maurois da este consejo, entre otros, a los escritores jóvenes: «Terminar siempre todo lo que se empieza». Todos deberíamos tener escrita esta máxima en grandes letras doradas, frente a nuestros ojos. Lo que se deja a medio hacer sólo supone tiempo perdido inútilmente.

Terminar todo lo que se empieza. Sí; pero el trabajo de dominarse a sí mismo sólo se termina con la muerte. Para que tu obra de autodominio se acerque a la perfección has de insistir constantemente durante toda tu vida.

La insistencia no es más que una costumbre. La facilidad no aparece en seguida, pero se llega indefectiblemente a ella después de un tiempo.

El que insiste sin cesar, consigue esta facilidad que le permite seguir insistiendo sin esfuerzo. Todo se hace fácil, como mecanizado, después de un tiempo.

Tomemos el ejemplo del agente de seguros. Ha de hacer diez visitas diarias. Sólo así hará un seguro cada tres o cuatro días. Son cálculos de tanto por ciento efectivo que no fallan nunca. Pero si el agente sucumbe a las satisfacciones inmediatas y un día suprime dos visitas, y otro día suprime cuatro, jamás conseguirá la cifra necesaria y estimulante para no perder la fe en sí mismo y en su profesión.

Si insiste constantemente, creará en él la costumbre de esta insistencia y, pasado un tiempo, las diez visitas diarias constituirán una de las normas más fáciles de su vida.

Trabajo completo

El trabajo ha de ser, además, completo. No se gana mucho si sólo se ejerce un dominio parcial. Tanto cuenta el hombre por sus cualidades como por la ausencia de defectos. Éstos se han de combatir todos. Un solo defecto puede deslucir una vida, por otra parte llena de cualidades.

Dominarse a sí mismo siempre y en todo quiere decir dos cosas: 1º Ejecutar siempre todo lo que se ha decidido hacer.

2º No incurrir jamás en expansiones de las que luego te puedas arrepentir.

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No hagas ni digas jamás aquello que, de haberlo pensado antes, no habrías dicho ni hecho.

El dominio de sí mismo en la soledad

Dominio de tus apetitos corporales

Los animales beben cuando tienen sed y comen cuando tienen hambre. En ambos casos sólo beben y comen hasta satisfacer sus necesidades.

El hombre ha conseguido, por la excitación del sentido del gusto, alterar los límites naturales de su satisfacción. ¿Qué sucede en verano con la sed? Algunos hombres tienen sed constantemente y beben vaso tras vaso. Sin embargo, nunca tienen menos sed que los otros que saben dominar el deseo de bebida y beben menos.

¿No te dan pena esas señoras gordas que dicen: «Sé que no me conviene comer tanto, pero no me puedo dominar»? Dime francamente: ¿qué piensas de ellas? ¿No es infantil eso de sucumbir diariamente a un placer cuyas consecuencias te han de perjudicar?

Empieza por imponerte un plan de sobriedad en la comida y de austeridad en la vida.

Sobriedad en la comida

Esta sobriedad consiste en no comer más de lo necesario para satisfacer el hambre, y en no beber más de lo preciso para apagar la sed.

Se han escrito muchos libros que tratan del arte de comer y de beber. Y también se han escrito algunos, mucho más inteligentes, acerca del arte de no comer y de no beber.

Los primeros abundan más, porque con la comida y la bebida se han montado muchos negocios. Y muy pocos para establecer una dieta sana. El que gana dinero dando de comer y de beber a los otros, no cesará jamás de aconsejarles que coman más y que beban más, y que coman bien y que

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beban bien, sobre todo si consigue hacerles creer que comer bien y beber bien consiste en gastar más dinero en la comida y en la bebida.

Tengo sobre la mesa un libro de cócteles. Contiene quinientas recetas. Ninguna de ellas es tan útil para calmar la sed como una limonada o una tisana caliente o, tal vez, como un vaso de agua fresca. Pero el agua potable cuesta poco y no puede ser, como primera materia, objeto de negocio alguno, mientras que los cócteles sí.

A veces, en una reunión mundana se oye una voz que dice sencillamente: Gracias, no bebo. Ésta es la voz de un hombre sensato que sabe dominar sus apetitos corporales.

Muchos elogios se han escrito del vino. Y se escribirán muchos más todavía, porque el vino es la base de una industria y de un gran comercio; pero ¿en qué aventaja el bebedor al abstemio? En nada. Nunca la bebida ha sido el origen de un bienestar duradero, ni la paz interior se ha encontrado jamás diluida en una mezcla de licores.

Cualquier hombre es capaz de celebrar una fiesta, aunque sea de origen espiritual y religioso, con una comilona. Si haces esto te pondrás al nivel de los hombres que no se han esforzado jamás en superarse.

El exceso de comida aniquila el cuerpo. Nada conseguirás si no cuentas con un cuerpo sano y bien dispuesto siempre. Ahora que ya los carteles y los libros te han enseñado a comer y a beber demasiado, acude a ti mismo, sé hombre de una vez y aprende la técnica contraría: la de no comer ni beber demasiado. Y haz que esto sea en ti fácil y natural.

Austeridad en la vida

La austeridad consiste en no sucumbir jamás a los apetitos corporales, de cualquier orden que sean.

Muchos hombres son víctimas de sus excesos. Y se alaban de ellos. Hay quien presume de fumar cuarenta cigarrillos al día. ¿Qué pensarías de un hombre que presumiera de faltar cuarenta veces al día a sus deberes, o de sucumbir a la pereza o a la solicitación del placer engañoso cuarenta veces al día?

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No te dejes dominar por ningún vicio. No duermas más de lo necesario. No descanses jamás sin estar verdaderamente cansado. No te dejes tentar nunca por ninguno de los siete pecados capitales.

No seas soberbio.

No te niegues a ceder a los otros la riqueza que te sobra. No seas lujurioso.

No te enfades nunca.

No comas con exceso, para la pura satisfacción animal del gusto. No seas envidioso del bien de tus semejantes.

No te dejes dominar jamás por la pereza.,

Y tu cuerpo y tu alma estarán siempre dispuestos a avanzar decididamente por los caminos del éxito.

Dominio de la memoria

Es curioso que la gente confiese siempre, hasta con presunción, su falta de memoria y no confiese jamás su falta de inteligencia. Sin embargo, la memoria es una facultad psíquica tan noble como las otras y también necesaria para triunfar. Muchos hombres más brillantes que tú, no son más inteligentes; sólo tienen más ejercitada la memoria.

No digas jamás, como una excusa: «Yo no tengo memoria; yo no me acuerdo de las cosas.» No confieses un defecto tan vergonzoso como otro cualquiera. Al contrario, reacciona contra él y practica diariamente algunos ejercicios para fortalecer tu memoria, y pronto te asombrarás de los resultados.

Ejercicios de memoria

1. Recuerda los nombres.

Recuerda los nombres de todas las personas que has tratado alguna vez y que posiblemente tratarás de nuevo.

Lleva siempre un papel en la cartera y anota los nombres de esas personas. Acostúmbrate a decir siempre el nombre completo de las

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personas cuando te dirijas a ellas. Nada hay tan agradable para una persona cualquiera como oír sonar su nombre.

2. Quédate con la síntesis.

Aprende a reducir cualquier materia a una síntesis hecha de lo único que has de recordar. Y olvídate, sin pena, de todo lo demás.

No intentes recordarlo todo. Empieza por escoger entre lo que destinas al olvido y lo que deseas retener en la memoria. Y lo que quieras recordar, redúcelo a una expresión clara y fíjalo en tu mente.

La memoria está hecha de imágenes fijadas. Para que una imagen se fije son necesarias dos cosas:

a) Que sus contornos estén bien determinados. Huye de la vaguedad en tus representaciones mentales.

b) Que intervenga un esfuerzo de la voluntad en la fijación de la imagen.

¿Recuerdas lo que hacías en el colegio cuando aprendías las lecciones de memoria? Las repetías hasta que la imagen de las palabras quedaba grabada en tu mente.

Haz esto con todo lo que quieras recordar: apréndelo de memoria. La vida diaria sólo es aprovechada cuando la hemos sabido reducir a una serie de lecciones que podemos aprender de memoria.

3. Lee para recordar.

Leer es una ocupación fácil, casi siempre sin valor. No leas sólo para la satisfacción actual y pasajera de tu mente: lee para recordar.

Anota lo esencial de cada lectura. Reléelo después e incrústalo en tu memoria. Aprende a reducir a imágenes las síntesis de tus lecturas y a fijar estas imágenes en tu mente.

4. Oye para recordar.

Las conversaciones son un despilfarro tremendo de palabras. Pero en ellas también se dicen cosas que conviene recordar. Si alguna idea de las que surgen en la conversación te parece digna de ser recordada, haz que te la repitan. Redúcela inmediatamente a una fórmula clara e introdúcela en tu mente. Es muy posible que ya la recuerdes siempre.

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5. Observa para recordar.

¿Crees que todo el que mira, observa?

No. Muchos miran, sólo porque tienen los ojos abiertos. Y los ojos abiertos miran siempre.

Observar consiste en mirar con atención cada cosa hasta darte cuenta exacta de su naturaleza.

He aquí un sistema para ejercitar la observación: piensa cómo podría mortificarse cada cosa para hacerla mejor o más adecuada a su objeto. Te sorprenderás de la importancia de tus descubrimientos.

Y, además, recordarás todo aquello que hayas observado bien. ¿Eres capaz de describir alguna cosa que has visto? Seguramente no. Pero si observas bien, ejercitarás esta capacidad.

6. Aprende para recordar.

Aprender es de un orden superior a leer y a observar. Aprender supone la voluntad de aumentar los conocimientos. Pero ¡cuántas cosas has aprendido en tu vida que no recuerdas!

A veces, se han de aprender cosas que ya no hace falta recordar después. Pero otras cosas que se aprenden es mejor recordarlas siempre. Sólo lo conseguirás si las aprendes para recordarlas.

Me decía un jugador de tenis, que había leído cien veces las dimensiones exactas de una pista de juego y que nunca conseguiría recordarlas. Las buscamos en un libro y las anotamos en un papel: 23,79 por 10,97. Durante algún tiempo, cada vez que nos encontrábamos nos saludábamos así

—¡Veintitrés, setenta y nueve! —¡Por diez, noventa y siete!

No creo que ni él ni yo nos olvidemos jamás de estas cifras; sin embargo, no más difíciles de recordar que otra cosa cualquiera.

Dominio del pensamiento

El pensamiento es una fuerza que actúa siempre. Sólo en raros casos, bajo una influencia exterior muy fuerte, el hombre deja de pensar.

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Esta fuerza continua del pensamiento es de las menos aprovechadas. Y esto es así porque casi nadie se ejercita en dominar su pensamiento.

Plan de dominio del pensamiento

1º. Divide el tiempo de tu pensamiento en dos partes: una de libertad y otra de sujeción.

2º. Deja el pensamiento en libertad siempre que no te urja hallar alguna solución o tomar alguna decisión más o menos importante para ti.

3º. Durante los períodos de libertad, observa lo que te rodea y usa el pensamiento para hallar la manera de mejorar todo lo que sea susceptible de mejora.

4º. Haz una lista de los temas personales tuyos que no están aún resueltos o lo están mal.

5º. En los períodos de sujeción piensa en el primer tema y no lo abandones hasta tenerlo resuelto. Anota la solución tan pronto como la consigas, para que no se te olvide.

6º. Si surge un tema nuevo, más importante o más urgente que los otros, dedícale tu. pensamiento, sin distracciones, hasta tenerlo resuelto. Y una vez hallada la solución, borra el tema de tu pensamiento.

Dominio de la imaginación

¡Qué agradable es soñar! Cuando yo era estudiante salía muy temprano de mi casa todas las mañanas. Y andaba más de media hora para ir a la universidad. Me gustaba ese andar solitario, porque era una ocasión para entretejer mis sueños. ¡Quién no se ha entregado al placer inefable de soñar!

El hombre tiene este don de imaginarse otra vida, en la que hace siempre el papel de héroe.

Pero si sucumbe con demasiada frecuencia al placer de los sueños, no le queda tiempo de pensar ni de obrar.

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Organiza la vida de tu imaginación. Dedica, si quieres, un rato diario a soñar, pero no consientas jamás que, en el resto del tiempo, el placer inmediato de los sueños te impida pensar y trabajar.

Domina esta gran amiga y enemiga tuya que se llama imaginación.

Ejercicios de dominio corporal

Tal vez estos ejercicios te parecerán inútiles. No lo creas así. Estás continuamente sometido a causas externas que irritan, embotan o sobreexcitan tus nervios. Y si quieres avanzar en el dominio de ti mismo, has de saber ejercer un imperio absoluto sobre tu sistema nervioso. Los ejercicios que a continuación se explican son particularmente eficaces para conseguir este fin.

Ejercicio 1º De pie, sentado o tendido, procura guardar inmovilidad absoluta por espacio de cinco minutos cuando menos. Y hazlo sin fatiga, o sea hallando reposo en esta inmovilidad. No llegarás a la ejecución perfecta de este ejercicio sino después de muchos ensayos. Pero no habrás perdido el tiempo. En muchas y muy diferentes ocasiones hallarás la manera de poner en práctica esta especie de adiestramiento, sin robar tiempo a tus ocupaciones habituales.

Ejercicio 2º De pie, en posición lo menos forzada posible, eleva el brazo derecha tanto como puedas, en un movimiento lento. Cierra la mano. Deja caer el brazo de golpe, hasta su primitiva posición. Finalmente, como movimiento de reposo, extiende el brazo en posición horizontal. Todo este conjunto de movimientos lo has de efectuar con mucha lentitud, invirtiendo en ellos por lo menos un minuto.

Repite la operación con el brazo izquierdo.

Ejercicio 3º Repite el mismo movimiento, pero con la mano fuertemente cerrada desde el comienzo, como si sujetaras un objeto que no quieres soltar. O sea, haz el mismo movimiento, pero poniendo en juego toda la energía muscular de tu brazo.

Ejercicio 4º Repite cualquiera de los dos movimientos anteriores simultáneamente con ambos brazos.

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Ejercicio 5º Pon en la palma de tu mano cualquier objeto pequeño, preferentemente de forma concreta y de superficie pulida y brillante. Dirige la mirada sobre el objeto. Quédate inmóvil y continúa mirando por espacio de unos tres minutos. Trata de inmovilizar también tus párpados. Cambia el objeto de mano y repite la operación.

Este ejercicio es especialmente recomendable cuando, para vencer la agitación producida por cualquier influencia exterior, tienes necesidad de calmar rápidamente tu sistema nervioso.

Ejercicio 6º Realiza el mismo ejercicio anterior, pero con el objeto colocado entre los dedos pulgar e índice y con el brazo extendido de manera que la mano quede a la altura de los ojos. Este ejercicio se ha de ejecutar con ambas manos, por separado.

Ejercicio 7º Siéntate ante una mesa y extiende el brazo paralelamente a ella, colocando la palma de la mano en la dirección de la mesa. Baja el brazo lentamente, hacia la mesa, hasta que tu mano establezca un ligero contacto con ella, pero sin que llegue a descansar encima. La dificultad de este ejercicio consiste en dominar el esfuerzo muscular que hace tu brazo para apoyar la mano sobre la mesa.

Ejercicios generales de dominio

1º Ten siempre el cuerpo a punto de saltar.

Comprende bien lo que esto quiere decir: has de saber hacer una clara distinción entre el trabajo y el reposo muscular. Mientras tu cuerpo esté trabajando has de tenerlo siempre a punto de pasar, de golpe, a un trabajo mucho más violento: al salto. Y cuando tu cuerpo descansa lo has de tener en reposo absoluto, o sea que has de saber mantener todos los músculos en estado de relajación. Cualquier reposo completo breve te descansará más que un reposo imperfecto muy largo.

2º Aprovecha cualquier momento oportuno para ejercitar tu cuerpo en movimientos musculares que le produzcan pequeñas fatigas, las cuales harán después más agradable la inmovilidad.

Estos movimientos pueden ser tan pequeños que ni siquiera se noten exteriormente. Y, sin embargo, gracias a ellos mantendrás tu cuerpo siempre en perfecta disposición de trabajo.

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3º Esfuérzate en dominar las sensaciones más frecuentes, por ejemplo, la sensación de frío y la de calor.

Piensa que es más fácil dominar el frío que el calor. Ejercítate con tesón en este dominio.

Habrás observado que en invierno algunas personas cubren su cuerpo con gran cantidad de ropa, y otras, en cambio, llevan casi la misma que en verano. Tal vez la sensibilidad al frío de los dos cuerpos no sea igual. Pero no es imposible que la persona que se abriga menos haya aprendido a dominar el frío, y la otra no.

Se dice que los tibetanos saben dominar la sensación de frío por medio de ejercicios musculares imperceptibles, o sea que no los nota nadie, y que, gracias a ellos, pueden permanecer mucho tiempo inmóviles en un ambiente de temperatura muy baja.

Lo cierto es que si te propones vencer el frío, lo conseguirás.

4º Esfuérzate en crear en ti una sincera indiferencia ante la perspectiva de tener que dejar de hacer alguna de tus comidas habituales.

Es decir, no consientas que la sensación de hambre te impida llevar a cabo otras cosas que en aquel momento te interesen más que sentarte a comer.

5º Evita dar muestras de dolor, y el padecimiento, gracias a esta actitud, será menor.

Recuerda esto especialmente en los casos de un dolor fuerte y repentino, de un golpe o de una herida. Piensa que el que sabe dominar las sensaciones, puede llegar a sentir mucho menos cualquier dolor físico que las personas corrientes.

Ejercicios de dominio contra los ruidos molestos

Si cerca de ti, en cualquier ocasión, se produce un ruido continuo, más o menos desagradable, siéntate y deja tus músculos en estado de relajación. Esfuérzate entonces, no en no oír el ruido, sino en evitar toda influencia de tu voluntad sobre tu sistema muscular. Cuanto más perfecta sea la libertad de tus músculos, antes se disipará la molestia que te causa el ruido. Y al cabo de cuatro o cinco minutos te darás cuenta de que oyes el ruido con absoluta indiferencia.

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Si ensayas este ejercicio con diversas clases de ruidos, todos ellos particularmente molestos, llegarás a adquirir una verdadera facultad de insensibilizarte contra ellos.

Ejercicio de dominio de los impulsos

1º Cuando recibas una carta, no la abras inmediatamente. Déjala sobre la mesa y espera por lo menos diez minutos.

Todo el que recibe una carta siente el deseo, casi irreprimible, de abrirla en seguida, y muchas veces lo hace hasta delante de otras personas, cosa que no es tenida por señal de buena educación. Si son cartas de negocios y las recibes en día de fiesta, no las abras hasta el día siguiente. Así ejercerás un dominio sobre la satisfacción inmediata de tus impulsos y conseguirás hacerte superior a cualquier influencia que, sin tu solicitación, te llegue de fuera.

2º A veces tendrás noticia de alguna novedad o hecho ocasional que será susceptible de introducir modificaciones temporales o definitivas en tu modo de vida.

Si este caso se produce, no te apresures a reaccionar. Si las referidas modificaciones te parecen ventajosas, no demuestres alegría, ni manifiestes pesar si te parecen adversas.

Tómate siempre un tiempo para examinar fríamente la situación y conserva, en todo caso, la serenidad. Reflexiona bien, valora objetivamente la trascendencia del nuevo acontecimiento, y no reacciones antes de haber confrontado todos los pros y los contras. Si lo haces así, tu reacción nunca será violenta. La supresión de las reacciones violentas es indispensable para avanzar en el dominio de ti mismo.

Piensa que la fatalidad, en muchas ocasiones, es sólo aparente. La perspectiva de lo inevitable, nunca te debe hacer perder de vista las posibilidades de tu inteligencia.

* * *

Más adelante, al tratar del dominio de sí mismo en la vida de relación, se explicará la manera de dominar en todo caso la actitud, el gesto y la expresión del rostro, que, aunque se ha de conseguir en la soledad, sólo tiene eficacia cuando se aplica en la vida de relación.

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El dominio de sí mismo en el trato con los demás

Tú y el mundo

EL hombre vive en continua relación con sus semejantes y, si quiere triunfar, ha de estar preparado para dominarse a sí mismo ante los otros y dominarlos, a su vez, en su trato con ellos. El hombre que no sabe tratar a sus semejantes ni obtener ventajas personales de este trato, nada conseguirá. Cada hombre que hallamos en el camino es un obstáculo que se ha de vencer. ¡Ánimo!

¡Feliz el hombre que puede trabajar aislado en su laboratorio! Pero, en la mayoría de los casos, el éxito depende de las pequeñas victorias que se obtienen en el trato con nuestros prójimos. Uno de los secretos de la vida es éste: saber sacar, del trato con los demás, el beneficio indispensable para los fines propios.

Piensa que el éxito es el resultado de la comparación entre tú y el mundo, entre tú y los otros hombres.

No se trata sólo de hacer las cosas bien: se trata de hacerlas mejor que los otros. La única medida es ésta: mejor que otro cualquiera. Estas palabras podrían ser la cifra del escudo del hombre triunfador: mejor que otro cualquiera.

No se trata de llegar hasta tal límite, sino más lejos que los otros que siguen la misma ruta. El que se detiene, por mucho que haya avanzado ya, será adelantado y oscurecido por los que le siguen. Tu sitio en el mundo depende del que ocupan los otros. De nada te servirá saber mucho si todos los que te rodean saben más que tú. El poco y el mucho no importa. Sólo importa saber y ser más que los otros. Y esto es verdad en cualquier orden de vida.

No te desanimes jamás. Piensa que en el mundo hay muchos millones de seres para quienes el dominio de sí mismos no es aún una idea claramente inteligible.

¿Tienes alguna duda sobre la absoluta necesidad de dominarte a ti mismo?

Imagina un grupo de hombres en el que ninguno se dominara y todos dijeran lo primero que se les ocurriera y se entregaran, sin reservas, a sus

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impulsos naturales. Sería mucho menos salvaje un grupo de monos en la selva. Porque los monos no hablan, y el hombre sí.

Y la palabra del hombre sólo adquiere la alta categoría de conversación si es sometida a un severo y riguroso dominio personal.

Toda la vida civilizada es dominio de los impulsos naturales del hombre. La educación es el arte de dominarse correctamente delante de los otros, para evitar todo lo que pueda molestar.

Si es cierto que el hombre inteligente es el que conoce el calificativo que merece cada uno de sus semejantes, también es cierto que el hombre educado es el que no lo pronuncia jamás.

La vida de relación es una técnica, y sólo puede triunfar en ella el que conoce todas sus reglas y las aplica. Pero estas reglas no son más que restricciones impuestas a los impulsos naturales. En una palabra: dominio de sí mismo.

Dominio de sí mismo en la conversación

Principio general

Observa lo que te molesta de los otros cuando hablan, y sabrás lo que no has de hacer, si no quieres molestarles a ellos.

Has sostenido una conversación con otros hombres. Uno de ellos no ha dejado de hablar un solo momento y ha querido imponer su criterio en todo. No ha hecho ningún caso de tus atinadas observaciones y ha despreciado en todo momento tu parecer. ¿Te ha entusiasmado esta conducta? No; al contrario. Has pensado: «Es un hombre pesado e insoportable». No le imites, si no quieres que piensen lo mismo de ti.

Reglas para el dominio de ti mismo en la conversación

1º Acuérdate de dar siempre la razón a los otros, por principio (no porque la tengan).

Muchas veces creerás que no la tienen, y para dársela tendrás que ejercer un dominio sobre ti mismo. Dar la razón no quiere decir someterse a ella,

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no. Es una pura fórmula. Después, con habilidad, recortarás aquella razón hasta anularla completamente si hace falta.

2º No digas jamás nada que pueda molestar.

Si lo dices, sólo conseguirás esto: molestar y predisponer a los otros contra ti. Si crees necesario hablar a otro de uno de sus defectos o errores, hazlo sin reprocharle nada, de manera que no se sienta directamente aludido. No olvides que nadie reconoce jamás sus errores. Intentar que otro reconozca un error, sólo es perder el tiempo e indisponerse con él. 3º Cuando hables con alguien, aprovecha la ocasión de decirle alguna cosa que le halague, y de hacerle sencillamente un elogio personal.

Esto supone un dominio constante de la atención, pero se ha de hacer.

Y no es menester que mientas. Todo el mundo tiene alguna cualidad o alguna cosa buena. Sólo hace falta que te esfuerces en descubrirla. Piensa que todos vemos en seguida lo que nos parecen defectos ajenos. El único mérito consiste en distinguir las cualidades.

4º. Habla a cada uno de aquello que le interesa y sabe.

Si hablas únicamente de lo que te interesa a ti o de lo que tú sabes, le aburrirás. Y tú, que estás aprendiendo a dominarte, has de ser un hombre en cuya conversación hallen placer los otros.

5º Acuérdate siempre de decir a los demás aquellas palabras que pueden hacerlos mejores o más felices.

Todo el mundo sabe hablar del tiempo, de sus preferencias, de sus costumbres o de su casa. Pero muy pocos saben decir aquella palabra que se convertirá en un bien espiritual para el otro.

6º Si la conversación es de negocios o tiene un fin determinado, procura hacer decir al otro sólo aquello que a ti te interesa que diga.

Si es una conversación de puro placer, haz que el otro diga sólo aquello que le hará estar contento de sí mismo.

Lo que tú digas en la conversación tiene mucha importancia. Pero tiene más, en la mayoría de los casos, lo que diga el otro bajo tu influencia. Piensa que el que sabe sacar mejor partido de las conversaciones es el que sabe hacer decir a los otros aquello que se ha propuesto.

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El primer momento

Los orientales tienen esta máxima: «Antes de contestar, cuenta hasta diez. Y si estás enfadado, hasta ciento.»

No sé si la cumplen o no; pero la máxima no puede ser mejor. Todos los hombres somos más o menos repulsivos, y nuestra reacción del primer momento es contraria a la actitud que escogeríamos reflexivamente en un caso igual.

Acabas de recibir un libro raro y caro; tal vez un ejemplar de bibliófilo, numerado y con tu nombre en la primera página. Y tu secretaria (o tu mujer, o tu hijo) vierte, sin querer, un tintero encima del libro abierto. ¿Qué harás? ¿Te revolverás hecho una fiera contra esa persona que involuntariamente te ha perjudicado? ¿O le dirás sencillamente: «No hay que apurarse; peor habría sido que me hubiesen obligado a beber la tinta»?

Si lo reflexionas, decidirás que lo mejor y más elegante en un caso así es una frase con cierta dosis de humor, que disimule tu pesar por el daño sufrido.

Pero en el primer momento nadie reflexiona y es muy probable que, antes de pensar nada, obsequies a la secretaria con alguna frase ofensiva. Con esta pregunta, por ejemplo: «Pero ¿es que no tiene usted ojos en la cara? Acaba de estropear el ejemplar más precioso de mi colección.» Esto, si no le gritas, sencillamente: «¡Idiota!»

Sin embargo, ninguna palabra dura, ninguna frase agresiva, pueden reparar el mal. Al contrario, el insulto o la intemperancia son un nuevo mal que se añade al de la ruina del libro.

Si sabes dominar tu primer momento te ahorrarás muchas palabras y actitudes de las que sólo puedes arrepentirte después.

Toda palabra, todo acto tuyo, deben ser precedidos de reflexión. Has de acostumbrarte a tomar el tiempo necesario antes de contestar. No cuentes hasta diez como los orientales. Tú eres occidental y, por lo tanto, más rápido. Pero cuenta hasta tres. Ya será bastante para dominar el primer momento. Piensa que la mayoría de la gente no sólo no piensa antes de contestar, sino que interrumpe al que le está hablando, para contestarle antes de estar bien enterado de lo que el otro le va a decir.

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No contestes jamás a una pregunta sin enterarte exactamente de todo su alcance. Los que adelantan la contestación suelen perder el tiempo, porque no contestan a lo que se les preguntaba, sino a otra cosa. Hay gente tan anticipada que si les anuncias que vas a hacerles una pregunta, contestan en seguida a lo que ellos imaginan que les preguntarás.

Un sistema para no anticiparse consiste en pedir siempre una aclaración o explicación antes de contestar.

Adquirir esta costumbre equivale a poner un freno a todo el mal que puede salir de tu boca en los primeros momentos.

Los demás no se dominan. Piénsalo así, aunque no siempre sea cierto. Y piensa que esta falta de dominio es la causa de la provocación que se encierra muchas veces en sus palabras. Si alguna vez un hombre enfadado te ha dirigido la palabra, ¿crees que ha salido de sus labios algo parecido a una conversación pensada? No. Se ha manifestado únicamente según sus impulsos sin pensar jamás ni en el resultado posible de sus frases ni en tus reacciones.

Por razón de la falta de dominio sobre los impulsos momentáneos, resulta siempre de una extrema comicidad un diálogo entre dos personas enfadadas la una con la otra. No dan la impresión de dos seres racionales que hablen, sino de dos máquinas de producir palabras, sin ninguna relación con un cerebro pensante.

¿Crees que el hombre enfadado, que habla bajo esta pasión, consigue algo más que el hombre que sabe mantenerse sereno?

Sí, consigue una cosa: pasar un mal rato y hacerlo pasar a los otros. Consigue convertirse momentáneamente en un ser inferior.

Reacción ante el insulto

Los hombres superiores se revelan en los casos difíciles. No cuesta nada dominar el primer momento en las conversaciones suaves y amistosas. Es una pura cuestión de espera o de ingenio. Pero en una conversación violenta puede surgir un insulto. Y entonces dominar el primer momento ya es una cuestión de temple.

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Temple es una alta cualidad, de la que mucha gente carece. Somos seres excitables e impresionables, muy susceptibles a las influencias exteriores. Sentimos el calor y el frío y cualquier clima que nos llega de otras personas. Estamos sometidos a influencias magnéticas ajenas. Se han escrito tratados sobre el arte de influir y en ellos se dicen muchas verdades. Si no se tiene temple suficiente para conservar la impasibilidad ante un insulto, se ha de buscar la manera de suscitaría o, por lo menos, de fingirla. El que sabe el sistema de conducirse con impasibilidad fingida, se puede comparar al impasible auténtico y hasta aventajarle, porque su actitud es pensada y razonada y, por tanto, más inteligente.

El sistema mejor para no descomponerse ante un insulto es hacer repetir el insulto.

He aquí un gran descubrimiento. Cualquier insulto repetido después de una invitación a ello, pierde toda la virulencia y se convierte, en la boca del que lo pronuncia, en un arma inofensiva.

Pero se ha de hacer repetir no con ironía ni delectación, sino sencillamente, como si no se entendiera bien. Las dos consecuencias inmediatas de esta conducta son:

1º Se evita cualquier contestación violenta, propia de un primer momento no dominado.

2º Se anula toda la violencia del insulto.

La primera consecuencia no necesita aclaración. La segunda, sí. El que insulta, nunca está convencido de la verdad de lo que dice. Ningún hombre tiene la íntima convicción de que otro merezca un insulto. Con el insulto, por tanto, no se pretende clasificar o definir a otro, sino sencillamente hacerle daño, provocarle, hacerle saltar. Si el otro, en vez de reaccionar violentamente, pide una aclaración, desaparece toda la eficacia del insulto. Imagina que otro te insulta y tú le preguntas en seguida y sin enfadarte:

—¿Cómo has dicho? No he comprendido bien.

Lo has de preguntar sin enfadarte y sin ironía, como si, en realidad, no hubieses comprendido el insulto. La persona que ha proferido el insulto una vez, se siente avergonzada al tenerlo que repetir. Es como disparar por segunda vez contra una estatua de bronce que se había confundido con un ser humano; es un acto inútil, una tontería.

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