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Impulsos emocionales que se han de dominar especialmente

In document El Dominio de Si Mismo (página 50-71)

Expansividad

Todas las expansiones pueden ser agradables en ciertos momentos. Pero nunca serán inofensivas si obedecen a impulsos que no has sabido dominar. Expansiónate si el alma te lo pide, pero sólo cuando estés en la situación adecuada y razonablemente admitida como tal. Toda otra expansión delante de los demás, te pondrá en condiciones de inferioridad.

Cada exclamación, cada palabra, cada gesto retenidos aumentarán tu riqueza interior. Toda retención es una demostración de fuerza que disminuye las posibilidades de tus enemigos.

Tu energía mental es limitada. No cunde para todo. Si la usas en un sentido, no podrás usarla simultáneamente en otro.

Has de saber escoger el destino de tu energía mental.

No te malgastes en bagatelas, ni en ociosa palabrería, ni en comentarios sobre las circunstancias cotidianas independientes de ti, ni en apreciaciones mal fundamentadas sobre las personas que te rodean o sobre la vida ajena y las acciones que presencies.

No te dejes jamás influir, de manera aparente, por los fenómenos exteriores de cualquier orden.

Desaprobación

La tendencia a desaprobar la conducta y los juicios de sus semejantes es natural en el hombre. Pero la desaprobación, sobre todo si es inmediata, no suele ser razonada. Esfuérzate en dominarla hasta la eliminación total. Abstente severamente de hacer juicios en este sentido.

Las personas que desaprueban siempre, sólo consiguen ser desagradables y crear a su alrededor un ambiente de mala disposición hacia ellas.

Intolerancia

La intolerancia impulsiva es uno de los azotes de la humanidad. Si es reflexiva se puede admitir como defensa de los principios morales fundamentales de cada hombre.

Piensa siempre que los que sostienen doctrinas o adoptan sistemas distintos de los tuyos, no están necesariamente equivocados. y pocas cosas son esencialmente intolerables. Tolerar lo que a primera vista parece intolerable es una condición distintiva de la grandeza humana.

Incomprensión

Comprender es siempre más difícil que no comprender. Por tanto, el hombre tiende, por impulso natural, a la incomprensión. Todos creemos comprendernos muy bien a nosotros mismos y, por tanto, somos extremadamente tolerantes con nuestros propios defectos. Pero muy pocos hombres se esfuerzan en comprender a los otros.

Esta incomprensión, que tanto separa a unos hombres de otros, es una de las principales causas de la intolerancia.

En casi todos los conflictos con otros hombres basta un esfuerzo de comprensión para tomar la honrada decisión de buscar la mejor solución amistosa.

Todo el mundo cree tener siempre sus razones, y es imposible convencer a nadie de que las suyas son equivocadas. Más vale esforzarse en comprenderlas y en juzgar desde la posición del otro. Si se hace esto, casi todas las actitudes respiran naturalidad.

Los hombres obran más frecuentemente por pasión que por razón. Y es mucho más difícil comprender las pasiones ajenas que las razones ajenas. Esta incomprensión es la causa principal de las enemistades, de los rencores y de los desprecios.

El que se esfuerza en comprender a los otros no ha de ponerse necesariamente de acuerdo con ellos, pero siempre acaba por hacerse superior a todos.

Un hombre superior ha de ser fundamentalmente humano, y esta condición de humano sólo se consigue a través de la comprensión. Ser

humano quiere decir, precisamente, comprender las razones y las pasiones de los otros hombres.

Mal genio, enfado, arrebato.

A veces conviene leer o releer las frases de los grandes hombres, cuyas conductas deben servirnos de ejemplo para perfeccionar las nuestras.

Marco Aurelio fue emperador de Roma en el segundo siglo de la Era Cristiana, hace casi dos mil años. Vivió en intimidad con su conciencia, y dejó mucho escrito con lo mejor de su pensamiento. Sus ideas, vertidas si todos los idiomas literarios de la tierra, siguen siendo una de las mejores fuerzas humanas vivas.

Su concepción de las cosas tiene la desnuda grandeza de un templo sin símbolos y sin ornamentos. Se ha escrito de él que «sus pensamientos breves, apretados, palpitantes, que se suceden sin transiciones, como los suspiros de un corazón desbordante de ternura, son a la vez las estrofas de una oda y los argumentos de una filosofía».

Nada mejor se puede decir contra el mal genio, la violencia, el enfado, el arrebato y todas las alteraciones del ánimo que lo dicho por él. Copiaré cinco de sus mejores sentencias:

«Del obstáculo con que se tropieza debe hacerse un motivo de ejercicio; como el fuego que se apodera de todo lo que cae en una hoguera. Una lamparilla quedaría apagada; pero un fuego impetuoso se apropia en seguida todo lo que en él se arroja, y lo consume, y más alta eleva su llama.»

«Todo lo que sucede es cosa tan natural y poco sorprendente como la rosa en primavera y el fruto maduro en estío; tal es la enfermedad, la muerte, la calumnia, las traiciones y cuantas cosas alegran o entristecen a los insensatos.»

«Haz por ser semejante a un promontorio. Las olas del mar se estrellan contra él de continuo, y él se mantiene inmóvil, hasta que en torno suyo se abonanzan las aguas.»

«A nadie le acontece cosa alguna que no sea, por naturaleza, capaz de soportar.»

«El mejor modo de vengar la injuria es no parecerte al que te la infirió.»

¿No es consolador pensar que nada se puede añadir ahora, para nuestro bien, a las palabras de un hombre que vivió hace cerca de dos mil años? Esto significa que, en cualquier época, sólo han merecido un puesto en el tablado de la grandeza humana los que han sabido dominarse a sí mismos.

Precipitación

Un antiguo refrán dice: «Vísteme despacio, que tengo prisa». Quiere esto decir que hacer las cosas precipitadamente no es más que un entorpecimiento que impide acabarlas pronto y bien.

La precipitación es un curioso fenómeno. No se ha de confundir la precipitación con la prisa. La prisa muchas veces es justificada; la precipitación no lo es nunca. Precipitarse es, etimológicamente, sinónimo de hundirse en el precipicio, en el contratiempo seguro, en el error y en el mal.

La prisa es una consecuencia del ritmo de la vida. Se ha de vivir aprisa para poder hacer muchas cosas en poco tiempo. Saber hacer las cosas aprisa y bien es un don. Pero la precipitación es un impulso, que en algunos hombres parece parte de su naturaleza, y que es funesto siempre.

¿No has observado que algunos hombres andan siempre precipitadamente de un lado a otro como si su presencia fuese a la vez necesaria en partes distintas, y que jamás se detienen en ninguna ni hacen nada de provecho?

En dos circunstancias es importante no precipitarse: al hablar y al hacer. Todo lo que se dice precipitadamente, se dice mal. Todo lo que se hace precipitadamente, no se hace bien.

Pero se ha de advertir que la ausencia de precipitación no significa jamás indolencia. La fórmula buena es ésta: hacerlo todo lo más aprisa posible, pero sin ninguna precipitación..

Dos defectos igualmente funestos son: proceder con excesiva calma y proceder con precipitación. Piensa que el hombre que procede con demasiada calma, nunca llega a tiempo de recoger el fruto; pero el que se precipita, va siempre hacia algún daño grave.

Muchos hombres carecen de la presencia de ánimo suficiente para proceder con serenidad en las situaciones apuradas. Todos ellos, si tienen

cerca a una persona superior que los domine con un ademán de la mano y les diga sencillamente «no te precipites», realizarán en menos tiempo una obra más perfecta.

Rencor. Resentimiento.

Ser rencoroso quiere decir ser incapaz de olvidar el daño que otro nos ha hecho, y alimentar con este recuerdo una mala disposición hacia él.

Por lo mismo, eliminar el rencor es una pura cuestión de olvido. No siempre olvidar es más fácil que recordar, y lo más difícil de todo es saber escoger razonablemente las cosas que se han de olvidar y las que se han de recordar. Entre lo que debe olvidarse se ha de poner siempre todo el daño que, intencionadamente o no, nos han hecho los demás.

Olvidar el daño no quiere decir dejar de tomar precauciones para otra vez. Lo que se ha de olvidar es la disposición desfavorable hacia el autor del daño. Guardar rencor no hace jamás bien. El rencor es siempre un sentimiento negativo.

Tal vez el rencoroso no ha intentado jamás, por orgullo o por falta de atención, olvidar esta mala disposición contraria al otro, que le produjo el daño recibido. Si lo intenta una vez y lo consigue, descubrirá dentro de él un mundo mejor, y se avergonzará de haber sido rencoroso algunas vez.

Todo sentimiento negativo y destructivo es fundamentalmente malo. El rencor no es sino un daño que se añade al que se ha recibido ya. Y este daño recae sobre el rencoroso. Por tanto, el rencor trabaja a favor del autor del daño, aumentando su mala obra.

Y lo peor del rencor es que, a la larga se convierte en resentimiento, que no es más que un estado creado por los rencores consentidos. El resentimiento llega a ser como una segunda naturaleza en ciertos hombres. Y no se trata del resentimiento contra una persona determinada, sino de un estado del alma, que oscurece los íntimos goces de la vida.

El resentido no es feliz. Nutre una pasión destructiva que, como todas las de esta clase, empieza por destruirle a él mismo. Y en todas sus manifestaciones externas hay una cierta falta de claridad, que le convierte en un personaje poco simpático y que es debida al instinto de ocultar su mala pasión negativa.

Si quieres luchar victoriosamente contra el rencor empieza por un ejercicio elemental: trata con amabilidad, como si estuvieras dispuesto a hacer cualquier cosa por ellas, a aquellas personas a las que guardes rencor. Hazlo por sistema, prescindiendo tus sentimientos. El éxito será tan inmediato que pronto eliminarás en ti todo sentimiento negativo.

Piensa que siempre ha sido carácter distintivo de los grandes hombres saber tratar como amigos, sin rencor ninguno, a los peores enemigos. Y que el resultado ha sido siempre el mismo: que algunos de estos enemigos, los que tienen un alma noble, se han convertido en los amigos más incondicionales.

Consecuencias inmediatas del rencor:

a) Aumenta el daño que otros te han hecho. b) Conserva la enemistad de los enemigos.

Consecuencias inmediatas de no guardar rencor:

Ganar amigos que, en otro caso, no lo habrían sido jamás.

Defectos a corregir

Apego cerrado a tu opinión

Si consigues suprimir la opinión, suprimirás la disputa siempre, y muchas veces la ofensa.

Muchos hombres reducen su vida de relación a opiniones sobre cualquier cosa y cualquier persona.

Muchos escritores reducen su obra a opinar sobre todo lo humano. Esto no es, en realidad, un arte creativo.

Cualquiera puede opinar. Lo único excepcional es abstenerse. Y si se opina alguna vez, lo único que redime de haber opinado es no encerrarse para siempre en la opinión dada.

No quieras convertir tus opiniones en un carácter permanente de tu personalidad. No lo es. La opinión brota bajo ciertas influencias exteriores, y expresa un momento tuyo mental, sin duda pasajero.

Acéptalo así y no te aferres jamás por sistema a tus opiniones.

No opinar no significa no pensar. Al contrario, el hombre que opina pretende ahorrarse todos los pensamientos futuros sobre aquel tema.

Sólo los tontos dicen: Yo opino así. Y no admiten que mañana, tal vez, opinarán asá.

No en vano se ha dicho que es propio de sabios cambiar de opinión. No seas testarudo en las ideas. Sé testarudo en los hechos y en las obras. Pero en las ideas, jamás.

Ostentación

Piensa si hay alguna ostentación en ti, y combátela. La ostentación es la pública exhibición de tus bienes, sean materiales o espirituales. Y con esta exhibición no los aumentarás. Al contrario, los expondrás a los ataques ajenos, de los que pueden salir muy mal parados. Tu fin no ha de ser jamás el exhibicionismo, sino el aumento de tus posibilidades, de tus energías y de tu riqueza interior.

Disipación y despilfarro

Toma nota de estas, dos palabras y, suprime de tu vida todo lo expresado por ellas, en cualquier orden.

La disipación de las ideas es lo más opuesto a la concentración. Disipar significa dispersar, desvanecer, derrochar. No lo hagas. Un hombre disipado es un hombre incapaz de fijar su atención, de concentrarse, de andar mucho tiempo seguro por el mismo camino.

Mucha gente no consigue jamás nada de lo que se propone, porque empieza por disipar sus ideas en ensueños vagos, y acaba disipando sus energías en cien direcciones, que le apartan del verdadero y único camino.

Despilfarrar significa gastar en balde, sin tino ni medida. La vida te ha enriquecido con dones inestimables; no los despilfarres. úsalos, empléalos, labra tu porvenir, con ellos, pero no los malgastes inútilmente.

No despilfarres tu tiempo, El tiempo es siempre un caudal limitado, que se agotará rápidamente si no lo administras bien. Si tus dedos aprietan el cuerpo de una mariposa, reducen a polvo el alado y bello insecto. Del mismo modo puedes aniquilarte tú si malgastas tu tiempo.

No despilfarres tu energía. Todo movimiento supone un gasto de energía. No andes a saltos si quieres llegar lejos. No te enfurezcas si quieres que tu espíritu labore. No te agotes en movimientos inútiles.

No despilfarres tu pensamiento. No puedes pensar dos cosas a la vez. Piensa siempre la que sea más importante. Muchos no avanzan jamás, por despilfarrar todo su pensamiento en especulaciones inútiles.

No despilfarres tu corazón. Esto es muy importante. No alimentes el odio jamás. El odio no es sino un despilfarro de corazón, de un corazón que debería destinarse enteramente a amar.

Confidencia

Disraeli decía: «Never explain, never complain». No explicar nunca, no quejarse nunca. Es una magnífica fórmula, cuya aplicación exige un gran dominio, porque todos los hombres tienden siempre a lamentarse y a dar grandes explicaciones de sí mismos.

La confidencia es la explicación más peligrosa. Si hablas delante de muchos sólo pretenderás lucirte. Si hablas a uno solo confidencialmente, tenderás a revelar tu verdad interior. ¿Qué uso hará el otro de esta revelación? Nunca lo sabes y lo más probable es que no hará un uso que redunde en beneficio cuyo.

La confidencia tiene un cierto encanto: lo reconozco. Y es fácil sucumbir a ella. Hay seres de espíritu poco educado que se pasan la vida haciendo confidencias a los otros.

Suelen ser seres muy vanidosos y que no han conseguido sentir un verdadero Interés por la vida. No los imites, y huye de ellos si se te acercan. De todas maneras, si crees que oyéndolos les haces un bien, escúchalos. Pero nunca les pagues con la misma moneda.

He dicho antes que has de hablar de las cosas más que de las personas. Y ahora añado que de la persona de quien menos has de hablar es de ti mismo, y confidencialmente, menos que de otra manera.

Las lamentaciones

¿Te produce mucho placer ver a otro que se lamenta? No. Piensas que no hay para tanto, que el otro exagera, que se está poniendo pesado,

que tú ya tienes bastante con tus propios problemas. Y acechas la primera ocasión para desembarazarte de él. Él que se lamenta delante de los otros, no se ha parado jamás a reflexionar un poco en el efecto que produce ni en las consecuencias de su actitud. Observa tú que la gente vulgar se lamenta mucho más que la gente escogida. En esto se los distingue en seguida.

Quien se lamenta y dice luego: «Así me he desahogado», miente. No se ha desahogado. Ni siquiera esto. Más que antes, se siente presa de sus sufrimientos y torturas. Los ha convertido en imágenes vivas, los ha dramatizado, y la primera víctima ha sido él.

Lamentarse de lo qué sucede fuera de uno mismo es una tontería siempre. Porque una de dos: o ello depende de ti, o no depende de ti. Si no depende de ti, nada conseguirás con tus lamentaciones. Si depende de ti, perderás con ellas un tiempo precioso, que podrías dedicar a corregir la circunstancia adversa.

Lamentarse de lo pasado es siempre tiempo perdido, porque:

a) Lo pasado no se puede enmendar y tus lamentaciones sólo te impedirán influir con serenidad en la buena marcha de lo presente.

b) De lo pasado, bueno o malo, has sacado fruto de experiencia. Recuerda tu actuación, acertada o no, saca de ella consecuencias, pero no te lamentes.

e) Todas las lamentaciones agotan la riqueza emocional y debilitan la voluntad.

d) Todo desperdicio de energía es contrario a la eficacia.

Observa la perfecta impresión de plenitud que te invade siempre que consigues llevar tu conversación y tu acción a la única actualidad que importa resolver.

Yoísmo

Ya al hablar de la conversación he insistido en que no se ha de decir jamás «yo», ni se ha de hablar jamás de uno mismo.

Ahora sólo quiero añadir una observación. Hay quien sólo habla para demostrar a los otros que tiene ciertas cualidades, que sabe ciertas cosas, o que las hace. No hagamos nosotros lo mismo.

El que habla de sí mismo, yerra siempre. Basta, para convencerse, observar a los otros cuando hablan. Los que sólo nos hablan de sí mismos se hacen pesados y quisiéramos verlos con la boca cerrada.

Nuestras palabras pueden ser buenas como el pan y luminosas como el sol. Si lo son, todo el mundo las escuchará con gusto. Pero no lo serán jamás mientras hablemos de nosotros mismos, porque nuestro tema personal no es jamás pan que nutre a los otros, ni sol que los alumbre y caliente.

Domina tus impulsos de personalizar. Pasa un día entero sin hablar jamás de ti mismo, y observarás como al calor de tu conversación se animan los rostros ajenos, como se forma una corriente de simpatía a tu favor, y esto te animará a perseverar en la conducta escogida.

Ocuparse de lo accesorio

Todo negocio tiene una parte esencial y otras partes accesorias. En lo esencial has de decidir siempre tú. Pero en lo accesorio, en aquello que lo mismo da, fundamentalmente, una cosa que otra, deja que decida uno cualquiera de tus subordinados.

No pierdas el tiempo jamás en hacer aquellas cosas accesorias que otro hombre cualquiera puede hacer tan bien como tú. Observa a los verdaderos hombres de acción y advertirás como desdeñan ocuparse de lo accesorio, y como, en cierta manera, se ríen de los encargados de resolver estas cosas.

El éxito en la vida se consigue gracias a una continua elección de lo más importante en cada caso. Siempre el camino se parte en dos y siempre se ha de estar dispuesto a elegir uno valientemente. Si se duda o se yerra en la elección se avanza poco.

Se ha de empezar por distinguir claramente lo importante de lo accesorio. Y ejercer después un dominio severo y dedicar todas las energías a lo importante, y dejar lo accesorio al azar o al cuidado de otras personas. Sólo así se consigue aprovechar todo el poco tiempo de que disponemos.

Discutir

Discutir es inútil siempre, porque jamás ningún hombre ha con-

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