El amor a Dios y el amor al prójimo

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El amor a Dios y el amor al

prójimo

Oración por la Paz de San Francisco de Asís Oh, Señor….

Has de mí un instrumento de tu paz. Donde haya odio, ponga yo amor Donde haya ofensa, ponga yo perdón Donde haya discordia, ponga yo unión

Donde haya error, ponga yo verdad Donde haya duda, ponga yo la fe

Donde haya desesperación, ponga yo la esperanza Donde haya tinieblas, ponga yo la luz

Donde haya tristeza, ponga yo la alegría ¡Oh… Maestro!

Haz que yo no busque tanto… Ser consolado, como consolar Ser comprendido, como comprender

Ser amado, como amar Porque dando se recibe y olvidando se encuentra

Perdonando se encuentra el perdón y muriendo se resucita a la Vida Eterna.

Amén

Seguimos profundizando en la Encíclica de Benedicto XVI, Dios es amor. Y hoy el Papa, de una manera muy especial, nos quiere ayudar a comprender que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. No se puede dar más importancia a uno que al otro, sino que están íntimamente unidos.

Comparto con ustedes lo que Jesús dice:

“Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?». Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro

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mandamiento más grande que estos». El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios». Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” Mc.12, 28-34

Hoy el Papa nos va a ayudar a responder a dos preguntas: ¿es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? y ¿se puede mandar el amor?

El Papa nos dice:

“Después de haber reflexionado sobre la esencia del amor y su significado en la fe bíblica, queda aún una doble cuestión sobre cómo podemos vivirlo: ¿Es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? Y, por otro lado: ¿Se puede mandar el amor? En estas preguntas se manifiestan dos objeciones contra el doble mandamiento del amor. Nadie ha visto a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad.”

En la Escritura, en todo el contexto de la Primera Carta de Juan, el amor a Dios es exigido explícitamente. Lo que se subraya en esta carta de una manera muy especial es la relación inseparable que hay entre el amor a Dios y el amor al prójimo: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero. El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano.” (1Jn 4, 19-21)

Es muy importante, al escuchar la Palabra de Dios, ser concientes de que Él nos da la luz verdadera para encontrar el camino, el modo y la finalidad del amor. Estos mandamientos de amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas, con todo el alma, y al prójimo como a uno mismo están tan íntimamente unidos que constituyen un solo mandamiento. El ser humano no puede quedarse sólo con la primera o la segunda parte. Por eso el Papa dice que “el versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo

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es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.” El Papa quiere subrayar así la fuere relación que hay entre el amor a Dios y el amor al prójimo. No nos podemos quedar solo con gestos de amor hacia Dios, con una vida religiosa profunda, si no tenemos una expresión de salir al encuentro con el hermano, incluso con aquellos que no conocemos y que nos necesitan.

Dice el Papa:

“En efecto, nadie ha visto a Dios tal como es en sí mismo. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero, dice la citada Carta de Juan (cf. 4, 10), y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues « Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él » (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre (cf. Jn 14, 9). De hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los

Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder

también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este « antes » de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta.

Dios nos ha amado primero, es de Él la iniciativa. Dios nos mueve a dejar en nuestro corazón esta experiencia de amor profundo que es capaz de cambiar nuestra vida, es capaz de transformarnos. El amor de Dios es un amor vivo, eterno. Dios

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es amor. Él mismo penetra lo profundo de nuestro ser y con su gracia nos mueve desde adentro. Dios nunca te va a pedir algo que no te dé, que no esté a tu alcance.

“En el desarrollo de este encuentro se muestra también claramente que el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor.”

A veces la dificultad que se nos presenta en la actualidad es que confundimos la fe o el amor con un sentimiento. Podemos caer en el error de pensar que si en un momento de oración lloramos, nos estremecemos o sentimos un gran fervor, tenemos mucha fe o un gran amor hacia Dios. Y hay momentos en que no sentimos nada, no sentimos gusto por la oración, no comprendemos quizás una lectura bíblica y entonces nos afligimos pensando que estamos perdiendo la fe o no estamos amando a Dios… Eso es un error. El amor, la fe, no es un sentimiento sino que es mucho más que eso. El verdadero amor me lleva a permanecer en lo recto, en lo bueno, aunque no sienta nada. Permanecer en una opción por el bien aunque me cueste, amar hasta que duela como decía la Madre Teresa. La verdadera fe es permanecer en la oración. La fe es creer sin ver, creer en Dios aunque no vea signos, tener la convicción de que Dios está presente y me sostiene, aunque no sienta ni vea. Por eso también vemos tantas dificultades en nuestras relaciones personales. A veces se piensa que en el matrimonio, cuando ya no se siente ese gusto o ese deseo de estar con la otra persona, es que se terminó el amor. Pero esto no es así. Cuando Dios dice sí, es sí; cuando dice no, es no. Cuando Dios ama, es para siempre. Dios nos seduce, nos habla al oído, intenta recuperarnos y enamorarnos de nuevo. Él dice ¿cómo te voy a abandonar o dejar de lado? Yo no soy como los hombres, Yo soy Dios. Entonces el Señor mismo nos enamora, nos mueve desde adentro y nos hace gustar su amor, para que nosotros también tengamos esa capacidad de expresar y manifestar su amor.

Jesús nos enseña:

“El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y

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me manifestaré a él». Judas –no el Iscariote– le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.” Jn 14, 21-24

El Señor Jesús nos está hablando directamente al corazón: cuando uno ama, se identifica en voluntad y en sentimientos con quien ama. El verdadero amor me lleva a buscar la felicidad del otro, lo mejor para él.

Dios quiere compartir con nosotros su vida divina y por lo tanto nuestro amor hacia Él es unir nuestra voluntad a la suya, es recibir su Palabra y vivirla. Cuando uno ama a Dios profundamente, la voluntad de Dios no es un peso ni algo que uno deba cumplir por obligación porque si no no alcanzamos la salvación. En el verdadero amor no hay temor, no hay obligación. Sería muy triste que las cosas que yo hago las hiciera por miedo o por obligación. Cuando el Señor entregó su vida por nosotros, en ese momento tan doloroso de la Pasión, la entregó libremente: nadie me quita la vida, yo la entrego, yo tengo el poder de darla y de recobrarla.Y por lo tanto, el amor de Dios nos mueve a entregarnos de esa manera.

Dice el Papa:

“La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta

comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío.[[1]Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf.

Sal 73 [72], 23-28).” ]

A veces uno dice me cuesta confiar, me cuesta dejar estos problemas y situaciones en las manos de Dios. ¿Qué tengo que hacer para crecer en esto? Y aquí está la respuesta: dejarse amar. Hacer la experiencia profunda del amor de Dios que te va a llevar a confiar en Él.

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mueve a unirnos a Él. Y por consiguiente, esta comunión profunda con Dios nos lleva sí o sí a una comunión profunda con los hermanos.

No olvidemos que Dios es amor y todo el que ama permanece en Dios y Dios permanece en Él.

Entonces la respuesta a la primera pregunta, ¿es posible amar a Dios aunque no se le vea? Claro que es posible, porque Dios mismo genera ese amor, habiéndonos amado primero. Dios nos hace gustar la experiencia del amor, de su presencia en nuestro corazón, y entonces somos movidos a responder con amor. Por lo tanto, el mandamiento del amor a Dios ya no es una imposición desde afuera, sino que está muy dentro de nosotros. Por eso podemos amar a Dios a quien no vemos, porque tenemos experiencia de Dios, no visiblemente ni de manera material, sino en el corazón. Vemos el amor de Dios reflejado en nosotros mismos. Dios nos ama porque sin merecerlo, envió Dios a su propio Hijo para liberarnos del pecado, y para que seamos ya no esclavos sino hijos. La prueba de que Dios nos ama y que somos sus hijos, es que Dios ha enviado su Espíritu a nosotros y desde lo más profundo de nuestro ser nos mueve a decirle a Dios papá, Abbá. Así nos dice San Pablo en la Carta a los Gálatas, ya no eres esclavo sino hijo y heredero, pr la gracia de Dios, del cielo. Es decir que si ya sabemos de dónde venimos y quién soy, el Señor también nos revela a dónde vamos, cuál es nuestro destino definitivo: la comunión plena con Dios en el cielo, ver su Rostro, vivir eternamente con Él. Si yo comienzo a existir como una criatura suya; si yo que soy amado y sostenido en este momento presente porque soy su hijo, y este amor tan grande e infinito que Dios me tiene me impulsa, me llama, me enamora para la vida eterna, yo he de vivir para lo que soy, debo vivir como quien viene de Dios y es amado y esperado por Dios desde la eternidad.

Dice el Papa:

“De este modo se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios,

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un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo.”

Por lo tanto mi amor al prójimo debe ser un reflejo de lo que recibo de Dios.

Padre Raúl Olguín

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