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La flor del paraíso

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Academic year: 2022

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Antología del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet 2018

Duodécima edición

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Créditos:

Antología del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet 2018. Duodécima edición

Primera Edición: febrero 2019 Textos:

Hugo Gastón Irigaray, Francisco J. Jariego, José Ignacio Ceberio Sainz de Rozas, Adriana Silvia Vaninetti, Pablo Loperena López, William Antonio Argüello Bernal, Jesús Carlos Ruiz Suárez, Javier Álvarez, Adolfo Eloy Villafuerte Caicedo, Mercedes Duarte Alvarado, Benito Pastoriza Iyodo, Mar Correa , José Manuel Fernández Argüelles, Anahí Almasia, Mariana Sández, Eduardo Fernán-López, Juan Ángel Cabaleiro, Jorge Rafael Castagna, Cintia Mannocchi, Estefanía Bernabé Sánchez y Salomé Guadalupe Ingelmo.

Portada: Guido Reni, Hércules en la pira (1617). Louvre, París Contraportada: Detalle de Hércules en la pira

Maquetación y diseño: Salomé Guadalupe Ingelmo Corrección y Prólogo: Salomé Guadalupe Ingelmo Edición: Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet https://sites.google.com/site/concursoliterariointernacional/

Todos los textos publicados en esta antología son propiedad de sus respectivos autores.

Queda, por tanto, prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de esta publicación en cualquier medio sin el consentimiento expreso de los mismos. Los interesados en reproducir esta antología deberán contar también con la aprobación del certamen convocante. Puede ponerse en contacto con nosotros en el siguiente correo electrónico: [email protected]

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La patria del escritor es su lengua.

Francisco Ayala

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Índice

Prólogo ____________________________________________________________ - 9 - La flor del paraíso, Hugo Gastón Irigaray (Argentina) _____________________ - 15 - El informe Belmonte, Francisco J. Jariego (España) _______________________ - 23 - Huida de la Isla del Diablo, José Ignacio Ceberio Sainz de Rozas (España) ____ - 33 - Estaba escrito, Adriana Silvia Vaninetti (Argentina) _______________________ - 39 - El tiempo nunca es igual para Elisa, Pablo Loperena López (España) _________ - 43 - El cazador de cartas, William Antonio Argüello Bernal (Colombia) ___________ -49 - No dejes que me entierren, Jesús Carlos Ruiz Suárez (México) ______________ - 57 - La sirenita, Francisco Javier Álvarez Amo (España) _______________________ - 65 - Encarnado, Adolfo Eloy Villafuerte Caicedo (Venezuela) __________________ - 73 - Eterno retorno, Mercedes Duarte Alvarado (Venezuela) ____________________ - 81 - El perfume, Benito Pastoriza Iyodo (Puerto Rico) _________________________ - 89 - Narciso, Mar Correa (España)_________________________________________ - 95 - La última llamada del padre, José Manuel Fernández Argüelles (España) ______ - 99 - Un tren de España a Buenos Aires, Anahí Almasia (Argentina) _____________ - 105 - Queridas mías, Mariana Sández (Argentina) ____________________________ - 113 - La última noche de Benito Ayala, Eduardo Fernán-López (España) __________ - 123 - Los ruidos molestos, Juan Ángel Cabaleiro (Argentina) ___________________ - 131 - La pajarita, Jorge Rafael Castagna (Argentina) _____________________________ - 141 - Roberfelo, Cintia Mannocchi (Argentina)_______________________________ - 145 - El día de la noche en llamas, Estefanía Bernabé Sánchez (España) __________ - 153 - Arder en la hoguera literaria. «El día de la noche en llamas»: vida y obra de Clarice Lispector, Salomé Guadalupe Ingelmo ___________________________________________ - 161 -

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Prólogo

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

Eduardo Galeano, El mundo

Poned el dedo por un momento en la llama de una bujía y sentiréis el dolor del fuego. Pero el fuego de la tierra ha sido creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarle en las artes útiles, mientras que el fuego del infierno es de otra calidad y ha sido creado por Dios para torturar y castigar al impenitente pecador. Nuestro fuego terrenal consume también, más o menos rápidamente, según que el objeto al cual ataca es más o menos combustible…

James Joyce, Retrato del artista adolescente

Sostenía Víctor Hugo: “Aprender a leer es encender un fuego, cada sílaba que se deletrea es una chispa”. Creo que lo mismo se podría afirmar de aprender a escribir.

El escritor enciende un fuego, y con esa llama, voluntariamente o no, ilumina. Pero a cambio de ese privilegio, en esa misma llama, esté dispuesto a sumirlo o no, también se consume. Cuanto más se da quien se dedica a esta disciplina, más crece. Y sin embargo, paradójicamente, al tiempo, más se desgasta y mengua. Escribir implica, en cierto modo, una ofrenda de carne y sangre; en el proceso, uno ha de cortar, calculando cuidadosamente qué le permitirá tardar más en desangrarse, pedazos de sí mismo.

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═════════════════ - 10 - Aunque, a diferencia de lo que sucede en El mercader de Venecia, el fin no es en absoluto mezquino. Porque, como recompensa a su sacrificio, cuanto más se secciona y reparte el escritor en esa suerte de sagrada comunión, también más se concentra y condensa: más se convierte en médula y corazón, en síntesis y esencia del hecho literario. Ese menguar no significa, por tanto, marchitarse, agotarse y fenecer; sino devenir en núcleo seminal y promesa de nueva vida. Pues el tamaño o la cantidad no corren necesariamente parejos con la calidad.

El mordaz Oscar Wilde afirmaba: “La única ventaja de jugar con fuego es que aprende uno a no quemarse”. Si bien la aseveración parece acertada respecto a nuestra vida cotidiana, difícilmente podría aplicarse al oficio literario. El escritor, de hecho, tercamente, aproxima su mano desnuda a la llama una y otra vez. No solo no escarmienta con la experiencia, sino que persiste en quemarse a pesar del dolor. A veces, incluso, en busca de ese dolor mediante el cual logra aproximarse a sus semejantes, en el que el lector se reconoce de inmediato: al fin y al cabo, qué ser humano no carga con su podría dosis de padecimiento. De ahí, interpreto yo, la a menudo tan mal comprendida frase de Pessoa: “El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”.

Inducida o no, esa experiencia catártica nada tiene de artificiosa: en ella la sinceridad se sublima, pues el escritor pone al descubierto, a veces en clave simbólica y hermética, su propia intimidad para hacerla útil al resto o cuanto menos para, generosamente, compartirla con sus semejantes. Quizá, para buscar comprensión y autoafirmarse. Y es que el escritor, el artista en general, como persona sensible e impresionable que es, necesita sentir una mano en el hombro de vez en cuando. Porque el escritor, como individuo contradictorio que es, se siente recio y frágil a un tiempo.

A menudo, quien entrega su vida a la literatura busca entre sus predecesores guía y consuelo, confirmación a sus intuiciones y, cuando la humildad —cualidad indispensable para alcanzar la excelencia— permite reconocer el talento ajeno, esa iluminación que sólo los maestros pueden conceder. De ahí la esencial importancia de la lectura, de la lectura reflexiva y crítica.

Muchos de nuestros participantes parecen haber llegado a la misma conclusión, pues se han decantado por la metaficción. Esa elección me parece signo de madurez, de un afán responsable por indagar sobre la propia disciplina. Encontramos, así, reflexiones

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═════════════════ - 11 - inspiradas en maestros del género fantástico como Lovecraft, homenajes a otros padres de la literatura como Borges —creador (o tal vez descubridor) del ineludible libro divino en el que todo está escrito y notorio admirador del modelo de masculinidad encarnado por el pendenciero y jugador gaucho— o guiños a autores tan respetados como Henri Charrière, el mítico Papillon.

Porque el escritor, en busca de claves que le permitan dar con la piedra filosofal de su oficio y también comprender mejor a los seres humanos que contribuyeron a engrandecerlo, a falta de una codiciada cuanto imposible correspondencia con los autores consagrados ya difuntos, entabla una suerte de diálogo interior con sus predecesores, un debate que en la fértil mente del narrador puede tomar la quimérica forma de un íntimo cuanto inverosímil intercambio epistolar con los próceres de la disciplina.

Y es que el escritor, con sus permanentes relecturas y correcciones, con su meticulosa elección del léxico preciso, es obsesivo por naturaleza. Casi tanto como un contumaz jugador de ajedrez, para el que cada pieza ha de encontrar su posición exacta.

En cierto modo, afronta una experiencia religiosa o cuanto menos espiritual. Sus dedos ansían el papel como el alma anhela reunirse con Dios. El escritor vive por y para su obra. Y con ella, convertido en grafito que impregna la página, se funde: ¿Cómo asegurar dónde acaba el autor y dónde comienza el personaje, cuánto es autobiográfico y cuánto ficción; qué porcentaje de cada autor ha ardido en la pira sacrifical con la redacción de cada texto?

El escritor hurga insistentemente dentro de sí, como un Narciso perturbado que no se cansa de observar el amasijo humeante de vísceras y tendones que se refleja en el inflexible espejo. Vive su particular infierno, que nada envidia al de Dante. Uno del que, como de las peores maldiciones, no puede escapar ni con ayuda de la más potente magia, ya sea negra o blanca: una pesadilla que se repite una y otra vez hasta el infinito, como un libro escrito dentro del libro en un borgeano juego de espejos.

Porque las fronteras entre la realidad y la ficción, al menos para un escritor, se revelan extremadamente sutiles.

La nuestra, como la de músico, es una profesión exigente y absorbente, poco dispuesta a compartirnos siquiera con nuestras parejas, que no siempre logran superar

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═════════════════ - 12 - los inevitables celos. Los celos, ese sentimiento quizá execrable, pero sin duda poderosamente humano. Y, como todo lo humano, jamás ajeno al escritor.

En efecto, entre nuestros galardonados abundan las historias que retratan lo mejor y lo peor de nuestra especie; argumentos que a todos afectan y preocupan recorren estas páginas. Se tratará a veces de perversos o sencillamente frustrantes vínculos familiares, porque las relaciones humanas son —convendría no olvidarlo— tan delicadas e insidiosas como una exótica flor parásita convertida, por su desmedido apetito, en feroz planta carnívora; dispuesta, como Saturno, a devorar sin remordimientos a sus hijos. Unos hijos que, en ocasionas, viciadas las relaciones intergeneracionales e instaurada de por vida la más ponzoñosa incomunicación, solo alcanzan a comprender, quizá ya demasiado tarde, las motivaciones de sus padres —seres humanos imperfectos, con virtudes y defectos—, sus circunstancias vitales, con la perspectiva indulgente de los años.

Un tiempo subjetivo, que pasa cada vez más rápido a medida que maduramos.

Hasta que, finalmente, llega el día y, con la inevitable defunción, nuestro mecanismo se para. Como en un claustrofóbico relato de ciencia ficción que nos aterroriza. Aunque, por fortuna, aún estamos a tiempo de aprender a bien morir, a morir serenamente, sin amarguras ni temores, en compañía de quienes quisimos y nos quisieron. Morir siendo conscientes de que atrás dejamos un igual, un gemelo —quizá al otro lado del mundo, con mejor o peor suerte que la nuestra—, al que, aunque desconocido, nuestro destino final está inevitablemente asociado. Porque, como el cosmos, la humanidad es toda una, pues el temor y la indefensión ante lo inescrutable también nos hermana con solidarios lazos.

En este mundo hostil, el escritor, a menudo apátrida, emigrante forzado por las circunstancias —por todo tipo de regímenes, pasados y presentes, que coartan libertades y violentan de múltiples formas, desterrando a territorios suburbiales de desigualdad, marginación, explotación social y de género, desarraigo y franca delincuencia—, despojado incluso de la infancia, mucho menos cándida, mucho más oscura de lo que pareciera a simple vista —porque las turbadoras fábulas infantiles, esos cuentos de hadas o brujas imaginarias solo en apariencia, suelen ocultar una brusca y sórdida, aunque inevitable, iniciación a la edad adulta—, se ve obligado a refugiarse en su obra

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═════════════════ - 13 - En efecto, recio ha de ser el creador en los tiempos que corren. Pero, como la vida y la obra de Clarice Lispector nos enseñan, la literatura ofrece una oportunidad de victoria final, pírrica o no. Mediante su fuerza de voluntad y profunda convicción, el escritor consigue alzarse de sus propias cenizas y regresar de esa muerte que parecía su único destino posible. Porque, gracias al milagro de la literatura, todos podemos escribir nuestra historia como queramos e, incluso, sobrevivir, a través de nuestras obras, a la propia muerte.

El escritor, superadas todas las pruebas, afrontados todos los trabajos, tras las extenuantes tareas que lo ponen duramente a prueba durante su vida terrena, cual Hércules triunfante, arde en una pira que lo consagra. En una sagrada apoteosis, el escritor, audaz héroe convertido en inmortal bola de fuego incandescente, es aceptado por fin, tras todas las penalidades, en la Isla de los Bienaventurados y alcanza su pequeño pedazo de gloria, su pequeña parcela de cielo.

Escribir nos hace imperecederos. Decía Lispector: “Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible”.

El universo entero, como nos sugiere Borges, está escrito en un libro, en el Libro. Os invitamos, por tanto, a recorrer las páginas que siguen, y a descubrirlo.

Salomé Guadalupe Ingelmo

Coordinadora del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet”

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La flor del paraíso

Hugo Gastón Irigaray (Argentina)

Otra vez era de noche.

Dionisio no me miraba a la cara. Tal vez porque le recordaba la ausencia de Miriam. Habíamos sido dos gotas de agua. Idénticas.

Un silencio incómodo nos distanciaba a todos.

Mi padre se desprendió la camisa. La cicatriz de su operación resplandeció ante la luz del velador. La marca estaba seca y marchita. Quizás su corazón también.

Levantó su vaso. Su pareja, una morena con cadera abundante y edad indefinida, le sirvió vino. La mujer dijo llamarse Galatea. No me atreví a preguntarle si era un seudónimo. Tal vez mi padre la había rebautizado con ese nombre. Era capaz de hacer esas cosas. Galatea tenía tres hijos. Una turba de niños desnudos que iban y venían por la casa como un malón. Mugrientos como ellos solos. Tenían los pelos como nidos de carancho. Las pocas veces que se cruzaban con mi padre lo llamaban “Tati”, lo cual me producía un escalofrío y me angustiaba. Tampoco me atreví a preguntar si alguno de ellos era su hijo.

—Mañana vamos a cazar unos bichos —le ordenó a mi marido.

Horacio asintió. Cómo mi padre se había vuelto un cazador y un criador de galgos, no podía entenderlo. Me hubiera gustado sugerirle que vendiera la hacienda y se

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═════════════════ - 16 - fuera a la ciudad. Convencerlo de volver a ser el de antes. Pero era inútil intentar razonar con Dionisio. La razón la había perdido el día que se fue a vivir a “El Paraíso”.

Una quinta construida sobre una tierra desamparada y llena de cuevas con alimañas.

Alimañas y cuerpos. Toda la zona era el cementerio de tres pueblos indígenas.

Tehuelches, mapuches y querandíes habían sido exterminados en La Pampa. Todo para convertir la región en un criadero de vacas. Con mi hermana nos cansábamos de desenterrar boleadoras y puntas de lanzas. Y en muchas ocasiones, fragmentos de huesos con los que hacíamos collares.

Pero eso ya era el pasado.

Esa noche no pude dormir. La casa me inducía recuerdos nostálgicos. Tenía preguntas y dudas que disipar. Pero nadie podía respondérmelas. Del día de la muerte de Miriam, no recordaba nada. Un psiquiatra me había dicho que ciertos traumas de la niñez producen amnesias parciales. Esa era otra de las tantas cosas que no me atrevía a hablar con mi padre. ¿Para qué había ido a “El Paraíso”? ¿Qué esperaba encontrar de diferente en la actitud de Dionisio? ¿Qué le había ido a reclamar? No tenía idea.

Mi ánimo se había vuelto sombrío. Un olor invasivo y dulce llegaba a la habitación. Horacio, como de costumbre, roncaba sin percatarse de lo que me pasaba.

Luego de agarrar un cigarrillo de mi cartera, segura de que mi marido no me observaba, decidí dar una vuelta por los alrededores de la casona. Cuando pasé por la cocina, me asombré al no ver indicios de que hubieran preparado una torta. Sin embargo, el perfume empalagoso persistía en el ambiente. Lo más seguro es que viniera de afuera.

Mi padre había quitado las puertas de la casa. ¿Por qué? No tenía idea.

Di vueltas buscando alguna rayita de señal. Quería encontrar un vórtice en el espacio-tiempo que me permitiera conectarme con la civilización. En aquella ocasión me di cuenta de cuán apegada estaba a la tecnología. Mi internet. Mi vida virtual. La posibilidad de acallar mis pensamientos escuchando música a todo volumen vía bluetooth. Me hubiera sido imposible llevar la vida de mi padre en esa tapera sin ventanas ni puertas. En la casa solo tenían una computadora con un monitor de rayos catódicos. Destellaba en un rincón de la casa, los niños jugaban en ella a un Tetris tan obsoleto como aburrido. Un juego que habíamos instalado Miriam y yo de niñas. Me parecía increíble que aún funcionara. La falta de vestimenta de los niños era otra de las cosas que me inhibía. Hasta había llegado a ver a Galatea sin blusa, con los senos

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═════════════════ - 17 - colgando sobre una palangana llena de agua jabonosa mientras le lavaba la ropa a Dionisio. Parecía que en “El Paraíso” no existía la vergüenza o la intimidad. La falta de puertas era otro ejemplo. Cuando le pregunté a mi padre por qué las había sacado, me miró con unos ojos turbios y distantes que parecían apagarse, y no insistí. Había una distancia infranqueable. En esa y en otras varias oportunidades tuve ganas de decirle

“papá”, pero la palabra se me anudaba dolorosamente en la garganta y al final lo llamaba por su nombre.

Di las últimas pitadas a mi cigarrillo y exhalé el humo hacia una luna rojiza. El jardín estaba abandonado y crecía un yuyal. En aquel lugar había unos tambores de aceite cortados por la mitad con unas cúpulas enrejadas. Dionisio los usaba para tener en cautiverio algunas alimañas de campo. Iluminé los tambores con mi celular y entre ellos descubrí una flor que había crecido gracias al estiércol de los animales y a la cercanía de una bomba de agua. Era blanca, con solo dos pétalos gigantes entrecruzados que formaban su corola. Por fuera me pareció similar a una cala, pero más retorcida y algo deforme. De su centro salía un pistilo largo y delgado que me hizo recordar la lengua bifurcada de una serpiente. En sus extremos había unos estigmas anaranjados salpicados por un polen verde que no parecía lo suficientemente maduro como para desprenderse. Tuve la sensación de haberla visto antes, pero no recordaba dónde.

Realmente era imponente. No se asemejaba a nada que pudiera haber encontrado en una florería. Al acercarme un poco más, los galgos, atados a un palenque, empezaron a ladrar desesperados como si hubieran visto un animal. Decidí volver a la casa.

Con mi marido dormimos hasta el mediodía. Yo, porque estaba agotada. La casa me desgastaba emocionalmente. Y Horacio, simplemente por pereza. Cuando bajamos al comedor, nos encontramos con la mesa preparada para el almuerzo. El día anterior mi padre había cazado una mulita, un pariente del armadillo al que los indígenas llamaban

“El siete carnes” porque sabía a pollo, cerdo, vaca, pescado, ciervo, lagarto y oveja.

Cuando me lo dijo, intenté imaginarme el sabor de todos esos animales juntos. Pero me fue imposible degustar mentalmente la carne de esa quimera. Por desgracia, al bajar al living nos encontramos con el cuerpo cocido de ese diminuto animal, rodeado de papas.

Para la ocasión, Galatea había cocinado tres de esos bichos, adobados con tantas hierbas que parecían haber sido arrastrados por el pasto. El olor era nauseabundo, la mezcla de todas las carnes en un puchero fermentado y grasoso. Quizás el aroma dulce que había

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═════════════════ - 18 - sentido por la noche provino de la maceración de esos animales. Mi padre y los niños se abalanzaron sobre la fuente y desmembraron las mulitas. Vi sorprendida cómo Horacio extendió su plato para que le sirvieran. Estoy segura de que comió para quedar bien con mi padre. Desde que habíamos llegado, lo había querido impresionar.

—Yo voy a comer papas, Galatea —le dije—. No te ofendas, por favor. Parece exquisito. Pero la verdad es que no estoy acostumbrada a los sabores fuertes.

Dionisio levantó su cabeza y vi cómo sus ojos incomprensibles y lejanos volvían a esquivar mi mirada. ¿Cuánto habría del hombre que me crió en ese ser frente a mí?

Probablemente, solo un dolor en común. Quizás él también quería hacerme preguntas sobre Miriam. Pero no se atrevía a mencionar el tema. Había pasado el tiempo sin piedad y, sin embargo, la muerte de mi hermana seguía presente como el primer día.

¿Por qué? ¿Por qué ninguno de los dos habíamos podido superar su desaparición? No lo sabía.

Luego de comer, mi padre y Horacio salieron a cazar.

Apenas los vi marcharse, le pedí a Galatea que me acompañara hasta el jardín.

Le mostré la planta que había visto durante la noche. El capullo ya se había cerrado.

Aun así, sus pétalos blancos y aterciopelados eran imponentes. Me dijo que en diez años no había visto crecer en el jardín nada parecido. No quise seguir preguntando. Un espasmo me recorrió el cuerpo, por la flor y por enterarme de los años que Galatea vivía en la casona. Cuando al fin pude detectar una fugaz señal con mi teléfono, le tomé una foto a la planta y se la envié a mi madre con un mensaje de texto. Ella sabía un poco más de cultivos. De hecho, ella había cuidado ese espacio de plantas cuando íbamos de vacaciones.

No sé por qué me obsesioné con la flor. Había algo en ella que me atraía. Me quedé en el jardín observándola. Me pareció raro que no hubiera insectos sobrevolándola. La quinta estaba llena de colibríes y abejorros. Y ninguno la rondaba.

Luego de un momento de observarla, me pareció que hasta la esquivaban. Que se cerrara de día era otra cosa que me inquietaba. Quizás su polinizador fuera algún insecto nocturno. De alguna manera debía arreglárselas para encontrar un pasajero que llevara su polen a otra planta macho o hembra. La verdad es que sabía poco de plantas. Pero estaba segura de que para su reproducción necesitaban un insecto u otro animal. Un tercero que les permitiera conectar sus sexos. Había escuchado también, por ejemplo,

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═════════════════ - 19 - que algunas mariposas llegan a tener una lengua extremadamente larga para poder tomar el néctar. Otras veces, la flor se adapta para atraer a su simbionte.

Luego de un rato dejé el jardín. No quería seguir mirando toda la tarde ese capullo hipnótico. Volví a la sombra del alero en el frente de la casa. Me senté en la mecedora mirando un claro donde jugaban los hijos de Galatea. Eran tres niños y peleaban por montar dos triciclos. El más pequeño de los hermanos siempre quedaba excluido. Cuando vi con mayor detenimiento, descubrí que los carritos de tres ruedas habían pertenecido a Miriam y a mí. Estaban carcomidos por el óxido. El paso del tiempo los había deformado. Por un instante me sentí triste y cansada. Estar en “El Paraíso” era como abrir un arcón de recuerdos y una caja de Pandora. No me molestó que los niños jugaran con nuestras cosas, pero no dejaba de causarme nostalgia. El tiempo iba arrasando nuestras huellas por la estancia y convirtiéndolas en polvo. Un polvo que, junto a los huesos de los indígenas, alimentaba la tierra y su vegetación. Me pregunté si habría otros juguetes nuestros por la casa. Pensé que debería recolectarlos todos y llevármelos a mi casa. Pero luego me di cuenta de que solo arrastraría a mi hogar un relicario de añoranzas. Comencé a hamacarme en la reposera hasta que me quedé dormida pensando en Miriam. Éramos gemelas y dicen que un gemelo siempre siente lo que el otro. Yo no sentí nada cuando ella murió. Ningún dolor físico, quiero decir; sí una tristeza indescriptible con el paso del tiempo. El día de su accidente, yo estuve presente. Pero una niebla cubría toda mi memoria.

Como era de esperar, cuando cerré los ojos, soñé con Miriam. En el sueño subía las escaleras de la habitación donde dormíamos juntas de niñas. Cuando abría la puerta me encontraba con un pequeño altar. En una de las esquinas del cuarto, sobre una mesa de luz, había una foto de mi hermana rodeada de velas, guirnaldas y luces de árbol de Navidad. Todo el piso estaba cubierto de pétalos de la flor extraña que crecía en el jardín. Me despertaron los gritos de los niños que corrían a mi alrededor. Había dormido casi toda la tarde en la reposera. Realmente me agotaba el lugar. Vi a Horacio y a mi padre regresar a la casa. Mi marido cargaba un aro con algunas liebres colgando.

Abrieron la tranquera y se acercaron. Me sorprendió ver una sonrisa en el rostro de Dionisio. Hablaban casi a los gritos entre ellos, como si los disparos de escopeta los hubieran dejado medio sordos. Entre sus alaridos les escuché decir que cuerearían las liebres bajo el ombú que estaba frente a mí y, ahí mismo, desplumarían también unas

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═════════════════ - 20 - perdices. Por puro acto reflejo volví a mirar mi celular. En otra fugaz recepción de señal me había entrado un mensaje de mi madre con una pregunta que me hizo sobresaltar:

“¿No plantaste una flor idéntica en la tumba de tu hermana?”. Por un instante creí seguir soñando. Horacio se acercó hasta mí con sus liebres chorreando sangre y me preguntó si estaba bien. Le dije que sí para sacármelo de encima. Ver a esos pobres conejos salvajes ensartados en un gancho me revolvió el estómago.

La pregunta me había conmovido. Intentar una aclaración con esa débil señal de teléfono que iba y venía cada tres o cuatro horas era una locura. Tenía que tomármelo con calma. Probablemente, mi madre se había confundido con una cala o algún heliotropo blanco que alguna vez había dejado en un jarrón. Aunque había escrito

“plantado”. Me daba a entender que había crecido desde la tierra, volví a pensar.

Horacio y mi padre prendieron un fuego y arrastraron un caldero hasta el árbol. Volví a leer el mensaje como si no creyera lo escrito, esperando que fuera un resabio de mi pesadilla. Esos lapsos fugaces en los que algún elemento de un sueño se cuela en la realidad. Una percepción falsa que nos hace dudar. Pero estaba ahí. Me inquietaba y empezaba a anochecer. La sensación de malestar no se esfumaba y me odié por haber extendido tanto mi estadía en “El Paraíso”. ¿Qué había ido a hacer a aquel lugar en los márgenes del mundo? ¿Qué esperaba encontrar? ¿Acaso no me era suficiente con ver un día a mi padre convertido en un salvaje? Las manos comenzaron a sudarme y mi corazón empezó a latir irregularmente como un cascanueces en las manos de un niño hiperactivo. Estaba inquieta y mis nervios me obligaron a ir por uno de los cigarrillos escondidos en mi cartera. Oficialmente había dejado de fumar hacía un año, pero en realidad me había vuelto una fumadora de pasillos solitarios y terrazas frías. Estaba tan nerviosa que no me importó que Horacio pudiera verme. Atravesé la casona y salí al jardín. Galatea colgaba la ropa con una pereza prodigiosa mientras los niños corrían desnudos alrededor de ella, peleando por quitarse un cuero negro que vaya a saber Dios de dónde habrían sacado. Un poco más allá, en línea recta al umbral de la puerta en donde me había detenido a fumar, la flor comenzó a abrirse con somnolencia, a pelarse a sí misma, a desnudar su estigma. Los movimientos de sus pétalos me recordaron los de una cajita de música a media cuerda. Se extendió hasta que el pistilo de su lengua bífida quedó al descubierto. El polen estaba maduro. Lo supuse por su color vívido.

Jamás me perdonaré no haber reaccionado de otra manera.

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═════════════════ - 21 - La planta segregó un olor dulce como a caramelo quemado. Paralizada por un terror indecible, vi al niño más pequeño correr hacia la flor. Al fin, y desgraciadamente, pude recordar lo que le había pasado a Miriam. Otra vez quise gritar con todas mis fuerzas

“papá”, pero la palabra se me anudó a la garganta y quedé muda.

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El informe Belmonte

Francisco J. Jariego (España)

La obra de Juan Belmonte Trías es desigual, fragmentaria y manifiestamente inconclusa. Escribió poco y parte de lo que escribió se ha perdido. Murió prematuramente, aún en plena juventud. Sin embargo, sería difícil citar un autor más influyente entre los de su generación y, a medida que pasan los años, casi podría afirmarse que, también, entre los autores de la segunda mitad del siglo XX. Lo mejor de su producción —un variado conjunto de escritos fechados en torno al último año o año y medio de su vida— posee un vigor narrativo, una textura descriptiva, una fuerza y una calidad tan fuera de lo común que, a pesar de los numerosos autores que, manifiesta o soterradamente, han imitado su estilo, puede afirmarse que su técnica aún no ha sido igualada y que su legado literario todavía no ha sido plenamente asimilado por la sociedad. Algunos críticos particularmente entusiastas han llegado a defender que Juan Belmonte Trías, con la única referencia que el autor vio publicada en vida bajo el pseudónimo por el que es internacionalmente conocido, una obra difícilmente catalogable en alguno de los géneros tradicionales, debería haber recibido el premio Nobel de literatura. Algunos van incluso más lejos, al afirmar que esta obra bastaría para situar a Juan Belmonte entre las cimas de la literatura universal, equiparándolo a

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═════════════════ - 24 - Shakespeare o Cervantes. Aunque este juicio es prematuro y solo la historia podrá sustentarlo con verdadero fundamento, no les falta razón a estos críticos al otorgar a dicho trabajo una autonomía y una singularidad que permiten compararlo con el Cantar de Mío Cid, Amadís de Gaula o el Lazarillo de Tormes, por citar solo algunas de las obras maestras anónimas de la literatura en lengua castellana. Pero, dejando a un lado la controversia sobre el valor literario de su legado, lo que nos interesa aquí es profundizar en la personalidad de Juan Belmonte, así como en las circunstancias individuales que propiciaron una creación sin parangón en la literatura de nuestro pasado más reciente.

Juan Belmonte comenzó a escribir a una edad muy temprana, conservándose cartas y breves poemas de amor que el autor dedica, cuando tan solo contaba catorce o quince años, a una joven desconocida. Cartas y poemas de amor constituyen el grueso de la producción del adolescente Belmonte y de la primera juventud del autor. El único valor de estas obras es el meramente documental, revelándonos la inequívoca voluntad creadora de un Juan Belmonte que, por lo demás, apenas si merecería ser catalogado como un simple escritor aficionado. El carácter intrascendente de estas primeras composiciones poéticas y epistolares continuará siendo la nota dominante en toda su producción posterior, a pesar de que, tras cumplir el servicio militar, Juan Belmonte deja de lado la poesía y se centra, casi exclusivamente, en la prosa. Una novela, en concreto, parece ser el proyecto al que Juan Belmonte consagrará la mayor parte de sus esfuerzos durante los ocho años siguientes. Se trata de un texto que Juan Belmonte reelabora constantemente, como ponen de manifiesto los seis borradores diferentes conocidos del material que habría constituido el primer capítulo y las numerosas fichas con descripciones de los personajes. Se conservan también de esta época algunos cuentos, la mayor parte de ellos inconclusos, y unas cuantas cartas de las que intercambiaba, al parecer muy esporádicamente, con algunos de sus amigos más íntimos, y con una mujer a la que siempre se refiere por medio de pretenciosas paráfrasis, incluso en los encabezamientos, y con la que, a tenor del contenido de la correspondencia, mantiene una tormentosa relación que se prolonga por espacio de casi cinco años.

Se sabe muy poco de las relaciones personales de Juan Belmonte anteriores a su traslado definitivo a la capital; pero, tanto las cartas como los cuentos y, desde luego, los borradores de la novela nos revelan un hombre introvertido, completamente retraído

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═════════════════ - 25 - y antisocial. A juzgar por sus escritos, el ideal de Juan Belmonte en estos años de juventud habría sido el anacoreta, el hombre que se separa de sus semejantes para descubrir y experimentar la vida por sí mismo, totalmente al margen de los convencionalismos y los protocolos. En alguno de sus cuentos, Juan Belmonte llega a realizar una apología del suicidio, entendido como única forma posible de comportamiento ético. Para Juan Belmonte, el hombre enfrentado a la sociedad es —nótese lo tópica que resulta esta metáfora usada por el mismo autor— “una gota de agua bandeada por las fuerzas incontrolables de las corrientes oceánicas”. Por consiguiente, nada puede hacerse por evitar la injusticia y nada puede hacerse para evitar participar de ella, si no es quitarse de en medio mediante la autoinmolación, única forma de redención posible.

En el primer capítulo de su novela, Juan Belmonte comienza el relato de la vida de Claudio, su alter ego, presente también en algunos de los cuentos. Claudio es un antropólogo que, tras numerosos años consagrados al estudio del Homo erectus, decide adoptar la forma de vida y los que, presume, habrían sido hábitos de sus más pretéritos ancestros. Juan Belmonte nos presenta a un hombre que resuelve vivir al margen de la sociedad, de su terrible afectación, y reivindica como forma de vida aquello que constituye lo más primigenio de la especie humana. En cuatro de las seis versiones, el narrador es una voz femenina, la mujer que habría compartido los últimos días de la vida de Claudio. En las otras dos, se trata del propio Claudio. La narración de la voz femenina comienza tras la muerte de Claudio, con la descripción de los últimos y terribles días de su vida. Por el contrario, las otras dos versiones adoptan la forma de diario, comenzando el relato cuando Claudio se da cuenta de la amarga contradicción que supone escribir para quien ha decidido optar por la forma de vida de un Homo erectus.

Es curioso constatar cómo estos mismos temas serán algunos de los que Juan Belmonte desarrollará de un modo magistral en su obra postrera. Sin embargo, en esta última, parecen haberse sublimado la frustración e incluso la beligerancia antisocial del primer Belmonte, y nos encontramos ante un escritor que avasalla con la sencillez de su prosa y lo ineluctable de sus argumentos, que no solo no precisa ya, sino que parece huir de unos personajes tan atormentados y de unas situaciones tan forzadas; personajes y situaciones que confieren a la obra de juventud de Juan Belmonte su carácter de

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═════════════════ - 26 - escasa credibilidad y una notable fragilidad estructural. De hecho, parece como si fuera la propia ofuscación de Belmonte, provocada por una vehemente necesidad de comunicar, de utilizar la literatura como un arma arrojadiza contra la sociedad o incluso contra él mismo, la que le impide continuar dando forma a sus escritos y concluir alguno de los proyectos que inicia.

No debe descartarse la posibilidad de que al menos parte de lo que escribió Juan Belmonte entre los veinte y los treinta años se haya perdido y de que, por tanto, solo podamos acceder a una visión muy parcial de su obra a través de lo que se ha conservado. Juan Belmonte vive esos años en un casi continuo peregrinar entre su pueblo natal y la capital, donde se hospeda en diferentes pensiones y alguna que otra casa de alquiler. Muchos de estos domicilios han podido ser conocidos gracias a la correspondencia que Belmonte mantenía con sus más allegados. Resulta curioso constatar cómo Juan Belmonte siempre escribía el remite en el reverso de los sobres, con independencia de que, en el propio cuerpo de los mensajes que enviaba, solía comunicar con detalle sus cambios de residencia y su dirección en vigor. Aunque lo más probable es que se tratara simplemente de un hábito, parece como si a Juan Belmonte le preocupara que sus cartas pudieran llegar a extraviarse. Alguno de los psicólogos que se han aproximado a su obra ha apuntado que Belmonte habría visto en aquellas cartas el único nexo que le mantenía aferrado a una sociedad de la que, muy a su pesar, temía quedar desligado. Pero Belmonte no se muestra celoso solo de su correspondencia, sino de todas sus pertenencias en general. Sabemos por ejemplo que, durante todos estos años, utiliza siempre la misma máquina de escribir, por lo que, sin duda, debió acarrearla en sus múltiples desplazamientos. Lo cierto es que poco o nada ha podido ser hallado en estos domicilios de un Juan Belmonte que no parece el tipo de persona dispuesta a abandonar los cuadernos y carpetas en los que se habrían ido acumulando sus borradores. Todo parece, por tanto, apuntar a que los escritos que se han conservado y recuperado en la casa de sus padres, en su pueblo, constituirían el grueso de la producción de Belmonte en este periodo, lo cual nos lleva a concluir que Juan Belmonte es inconstante, que no termina prácticamente nada de lo que empieza, y que, casi con seguridad, ese capítulo que ha llegado hasta nosotros es el único de la novela que llegó a desarrollar.

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═════════════════ - 27 - Cumplidos ya los treinta años, tras la muerte de su madre, Belmonte se instala de manera definitiva en la capital, y no regresara a su pueblo más que, circunstancialmente, para visitar a su padre, con el que se piensa que siempre mantuvo unas relaciones muy tensas. Este alejamiento definitivo de su pueblo y su asentamiento en la ciudad se reflejan en un nuevo cambio en la orientación de su producción literaria.

Belmonte abandona los personajes de su etapa anterior y retoma la poesía. La temática de sus poemas ya no es amorosa, aunque sabemos que, coincidiendo también con su llegada a la capital, se inicia su relación afectiva con la que acabará siendo su esposa, Carmen Dávila. La mayor parte de su creación poética, que se concentra en los dos años siguientes a su llegada a la capital, tiene un carácter muy intimista y especulativo, que se refleja en el uso sistemático del verso libre. Se aprecia que Belmonte, sin duda bajo la influencia positiva de Carmen, intenta superar algunos de sus traumas y suavizar su rígido esquema de valores. También ha madurado su estética literaria, a pesar de lo cual su producción poética tiene un más que dudoso valor literario, está plagada de tópicos y lugares comunes, y sigue sin servirle como vehículo de expresión para esos temas que, sin duda, lleva dentro de sí en un estado larvario, y que pugnan por abrirse camino.

Durante esta época se acercará también al periodismo y el ensayo. No se descarta que Juan Belmonte colaborase como articulista eventual en alguno o varios de los periódicos de la localidad, aunque este hecho no se ha podido confirmar, dado que Belmonte, siempre celoso de su intimidad y temeroso del prójimo, habría utilizado diversos pseudónimos. Tampoco los artículos periodísticos y ensayos atribuibles con certeza a él que se han conservado revelan todavía al Belmonte merecedor del premio Nobel.

Lamentablemente, solo la desgraciada enfermedad contraída por Belmonte hacia los treinta y cinco, que acabaría con su vida en poco menos de dos años, convertiría al escritor de segunda, condenado a la penuria económica y moral, en un coloso de la literatura que, como una supernova, aportaría en ese breve espacio de tiempo un material suficientemente brillante para iluminar la literatura en los siglos venideros. La primera alusión a su enfermedad la encontramos en una carta dirigida a su amigo de toda la vida y albacea testamentario, José Ramón Bustamante. En esa carta, fechada en enero, dice Belmonte:

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═════════════════ - 28 - Siento los dedos rígidos y, al tiempo, frágiles, quebradizos. Además, noto como si exudaran un polvillo negro. Parece como si se estuvieran volviendo de grafito.

Carmen ha insistido tanto en que fuera a visitar a un médico, que he acabado claudicando y han estado realizándome diversas pruebas. Aparentemente, no existe causa orgánica.

En esa misma carta, Belmonte anuncia a su amigo que va a ser padre. Dos meses más tarde, en una nueva carta dirigida también a José Ramón, Belmonte parece desahogarse al manifestar:

Me paso los días, prácticamente completos, encerrado entre las cuatro paredes de la habitación que he convertido en mi despacho. Escribir es un torpe consuelo, y me cuesta cada vez más. Tengo los dedos casi completamente rígidos. Pero salir de aquí es como abandonar el purgatorio e ingresar en el infierno. Las disputas con Carmen son casi continúas. Ella está también muy deprimida y entiendo que no es la situación más favorable para su embarazo. Me siento culpable, terriblemente culpable;

pero me niego a visitar más médicos o a tomarme las píldoras con las que pretenden atiborrarme para convertirme en una sumisa marioneta. No sé si estoy mal de la cabeza, aunque sin duda acabaré estándolo. Lo creas o no, voy a firmar con el dedo.

Esta última frase ha sido origen de las más variadas interpretaciones y especulaciones por parte de diversos investigadores. La firma de la carta, que se conserva hoy en el Museo Belmonte, está prácticamente borrada y, desde luego, se ha constatado que fue escrita a lápiz, mientras que el resto del documento, relativamente bien conservado, está escrito con bolígrafo. Sorprende a algunos investigadores que Belmonte recurriese a una patochada como la de firmar a lápiz, dando pruebas de un sarcasmo muy poco acorde con las circunstancias personales que se describen en la carta, y que no se corresponde con el tono franco con que se dirige en ella a su amigo.

Otros, en cambio, ven en ese sarcasmo, en esa burla cruel y despiadada a la que está sometiendo a su propia persona y a todo su entorno más íntimo y familiar, "la necesaria crisálida en la metamorfosis que está experimentando el autor y ha de llevarle desde la

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═════════════════ - 29 - grandilocuencia tragicómica, casi patética, de su creación de juventud, a la fina ironía que impregna toda su obra de culto"1.

Al margen de las especulaciones a las que ha dado lugar la firma de Belmonte, lo cierto es que la práctica totalidad de los manuscritos que se conservan de fechas posteriores a esa carta y ya hasta el final de sus días, están escritos con lápiz, siendo esta, por cierto, la principal razón de que una parte significativa de su obra se haya perdido de manera irremediable. Hasta ese momento Belmonte había empleado usualmente la máquina de escribir portátil que, como ya se ha indicado, llevaba consigo donde quiera que fuese. Cuando escribe a mano, Belmonte utiliza la pluma o el bolígrafo, como atestiguan las numerosas páginas manuscritas que nos ha legado, entre ellas la práctica totalidad de sus cartas personales, páginas que, por cierto, todavía hoy son objeto de numerosos estudios grafológicos. En la época inmediatamente anterior a su enfermedad, Belmonte llegaría incluso a utilizar un ordenador personal para redactar alguno de sus artículos y ensayos. De hecho, entre sus posesiones se encontraba un buen número de disquetes, que han sido rastreados como si se tratase de filones de oro; pero entre los que no se ha hallado ni una sola página digna de ser publicada. Y de pronto, Belmonte comienza a escribir a lápiz. Y lo más sorprendente es que, a partir de ese momento, todo lo que escribe, ya se trate de prosa o verso, realidad o ficción, y con independencia del tema que aborde, posee una riqueza incomparable e incomprensible a la luz de su obra precedente. De hecho, existe plena unanimidad al considerar que son los manuscritos a lápiz y solo esos manuscritos los que constituyen “la obra” de Juan Belmonte Trías, una verdadera joya de la literatura.

Esta excentricidad de Belmonte ha dado pie a otra de las grandes controversias sobre su personalidad: la de su estado de salud mental y la influencia que este ha tenido en su obra creativa. Aunque realmente se desconoce la enfermedad que padeció Belmonte, según la opinión más comúnmente aceptada, se trataría de una degeneración neuroaxonal que habría favorecido el desarrollo paralelo de un síndrome de tipo maníaco depresivo con una componente esquizoide. Algunos de sus detractores han tratado de desmitificar su obra, haciendo de ella una lectura sumamente sesgada, en busca de “las incoherencias propias de quien escribe de un modo azaroso y cuyas

1 Agustín Jáuregui, La Metamorfosis de Juan Belmonte, 1994.

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═════════════════ - 30 - mejores imágenes habrían sido alumbradas por asociaciones irracionales completamente fortuitas”2. Sus más fieles admiradores se niegan, por contra, a admitir que Juan Belmonte fuera un enfermo mental en modo alguno. Y, francamente, al llevar a cabo una lectura reposada y cabal de su obra, resulta difícil sostener el punto de vista de los detractores. Entonces, incluso el hombre atormentado que sin duda fue Belmonte parece esfumarse. Y es más bien el conocimiento de su producción previa, lo único que puede inducir al investigador a formular una hipótesis tan poco creíble. Sin embargo, conviene admitir que buena parte del interés despertado por este autor, tanto en el erudito como en el simple lector ocasional, por no citar a aquellos para quienes su obra es casi un objeto de culto esotérico, se ha derivado del estigma de locura que tiñe la figura de Juan Belmonte Trías.

Este debate sobre la lucidez del creador, que personalmente consideramos superfluo e incluso espurio, ha supuesto en cierta medida un obstáculo para que se profundizara en los motivos que pudieron inducir a Juan Belmonte a comenzar a escribir a lápiz y, lo que es más importante, a continuar haciéndolo hasta el final de sus días. Porque es un hecho incontrovertible que, únicamente al comenzar a escribir a lápiz, parece Belmonte capaz de superar su bloqueo anterior. Es decir, que su impedimento para expresarse como una de las voces mayores de la literatura universal no parece guardar relación alguna con el género literario, la adopción de un punto de vista o, simplemente, su necesidad de madurar, sino más bien, y por muy ridículo que pueda parecer, con el mero instrumento físico que Belmonte utiliza para materializar su obra. Probablemente resultaría frívolo pretender avanzar siguiendo esta línea de razonamiento, y cabría la tentación de considerar que tal vez por ello los estudios han derivado con frecuencia hacia temas más ortodoxos, incluyendo la teoría de la locura, de no ser porque el propio Belmonte viene a avalar abiertamente dicha hipótesis con su propio testimonio.

Hay una extensa referencia a este respecto en una de las últimas cartas de Belmonte a su amigo José Ramón:

2 Alberto López de Ganglio, La literatura fallida de la España postfranquista, 1997.

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═════════════════ - 31 - Prácticamente he dejado de utilizar mi vieja Olivetti y, una y otra vez, recurro a mis propias manos para que pueda fluir el caudal que tanto tiempo ha permanecido retenido dentro de mí. He descubierto que solo de esta manera es posible y, aunque me resulta físicamente mucho más penoso, poder expresarme sin el impedimento que siempre había supuesto para mí el lenguaje, casi diría que con absoluta libertad, proporciona un placer tan intenso, tan subyugante, que apenas si puedo sustraerme a la tentación de volver a experimentarlo no bien he dejado de hacerlo. Sin duda, al leer estas líneas pensarás que, efectivamente, me estoy volviendo loco, aunque espero que el examen del capítulo que te envío en sobre adjunto te haga cambiar de opinión. Con él doy casi por concluida la que será mi primera publicación, pues has de saber que ya he llegado a un acuerdo con el editor.

Pero, probablemente, donde más explícitamente se manifiesta el convencimiento de Belmonte sobre el particular, es en este párrafo hallado entre algunas notas sueltas:

Puede que haya alguien para quien la literatura resulte un oficio liviano, capaz de vivir de ella sin grandes padecimientos. Luego estamos aquellos para quienes la literatura no es un oficio sino una pasión, los que nos dejamos la piel. No creo que nadie tenga más derecho que yo a decir que ese es su caso. No creo que jamás nadie se haya dejado tan literalmente la piel como yo, que se haya entregado a una pasión tan en cuerpo, que no en alma, día tras día y noche tras noche. Siempre quise escribir y siempre estuve dispuesto a renunciar a todo por conseguirlo. Habría vendido mi alma al diablo a cambio si hubiera podido hallarlo en alguna parte. No tuve tanta suerte.

Aunque, tal vez, después de todo, sea él quien se encuentra detrás de esta broma de mal gusto en que ha venido a concluir mi vida. Cada frase que he escrito con mis manos, con mis brazos luego, con las piernas, ha resultado perfecta. Perfecto su encaje con las otras frases que la precedieron y con las que la sucederían luego. No hubiera querido decir otra cosa que lo que he dicho, ni haberlo hecho de otro modo. Pero con cada una de ellas me he ido extinguiendo visiblemente: cada una se ha llevado una parte de mí proporcional a su longitud, y lo ha hecho de manera irremediable, sin que hubiera un remordimiento que pudiera invertir el proceso. No me arrepiento.

Únicamente lamento no poder dar más de mí, no haber tenido los brazos y las piernas más largos. Sin embargo, a medida que se va acercando el final, siento que, de alguna manera, nada se quedará en el tintero, que acabaré diciendo todo lo que tenía que

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═════════════════ - 32 - decir, y que solo cuando haya concluido, concluirá mi vida. Porque, sorprendentemente, yo soy lo que tenía que decir y también el instrumento, el único a través del cual podía hacerlo. He vivido momentos de terribles dudas, como cuando había consumido casi por completo mi brazo derecho y escribía ya con el muñón del hombro. Una mañana me contemplé horrorizado en el espejo. Miré luego hacia fuera, hacia atrás, y sentí que aún podía detenerme, que manco aún sería útil en otras batallas; pero me bastó releer parte de lo que ya había escrito, me basto comprobar cómo, aun sin poder trazar correctamente las letras, la mano izquierda era capaz de expresarse con tanta o más perfección que la derecha, para tomar la decisión de continuar.

Juan Belmonte Trías falleció el día 6 de octubre de 1995, en circunstancias que nunca han podido esclarecerse con exactitud. El certificado de defunción, firmado por su médico de cabecera, recogía escuetamente como causa de la muerte: “caquexia”.

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═════════════════ - 33 -

Huida de la Isla del Diablo

José Ignacio Ceberio Sainz de Rozas (España)

Y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno

Abro los ojos y despierto en medio de una pesadilla. Tengo la extraña sensación de que siempre es el mismo día, de que vivo un hoy recurrente. Miro el tosco calendario clavado en la pared de la celda —una tortura rebuscada del cabo Clément— y compruebo que hoy es veinticuatro de abril de 1934; el día de mi ejecución.

Respiro con dificultad, arrítmicamente. Una tromba de agua azota los muros de la penitenciaría. Gotas caldosas penetran por entre los barrotes de la ventana desprotegida embarrando el suelo. Tiemblo, y no es de frío; es el terror, que me domina.

Una pequeña salamanquesa de cabeza amarillenta repta confiada junto al camastro. La pisoteo, me ensaño con ella. ¿Acaso tiene más derecho que yo a la vida?

El tiempo se acaba, Dios mío. Trato de pensar con calma; queda apenas una hora antes de que vengan a buscarme. ¿Y si ese miserable ha mentido? No, por la cuenta que le traía. Debo recordar el conjuro, lo repito mentalmente una y otra vez; es la llave que abre la puerta de la libertad.

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═════════════════ - 34 - Meses atrás, mientras nos dedicábamos a talar y acarrear árboles de caoba, trabé amistad con un negro cimarrón llamado Lothaire. Aquel trabajo era inhumano. Desde el amanecer hasta el ocaso aserrábamos troncos del color de la sangre seca para arrastrarlos después como animales a través de trochas abiertas por nosotros en la selva.

El calor húmedo, los mosquitos e infinidad de otros insectos repelentes se cebaban en los cuerpos desnudos, pues nos despojaban de la ropa para dificultar las fugas.

Al oscurecer éramos llevados de vuelta a los barracones donde, entonces sí, nos permitían vestir una camisa y unos pantalones mugrientos antes de derrumbarnos exhaustos en el suelo. Lothaire y yo éramos vecinos obligados de alcoba, pues por las noches nos engrillaban en hileras y pasaban una barra por las argollas para más seguridad. El cansancio dificultaba el sueño, así que nos pasábamos horas cuchicheando en voz baja.

Mi tema favorito era la evasión, pero no encontraba en mi compañero un buen interlocutor; se tornaba silencioso cuando insistía sobre ello. Y no era por cobardía, que fui testigo de cómo se enfrentaba a otros presos, o incluso a guardianes, cuando le buscaban las cosquillas.

Con el paso de las semanas se abrió más a mí. Todos queremos contar nuestra versión de la historia, que alguien nos comprenda. Y si nos dan la razón mejor que mejor. Como soy un experto adulador, pronto gané su confianza. Confesó que no quería escapar, estaba conforme con la pena, la merecía. Había degollado a su mujer e hijos en un arrebato de celos, y eso era un gran pecado, así que aceptaba el castigo. A mí, en cambio, me parecía excesivo que, por despachar a un socio que metía la mano en las cuentas del burdel que regentábamos en Lorient, me hubiesen caído treinta años en la Guayana. Cierto es que no debía haber llegado a ese extremo con el idiota de Dudú, pero tengo un pronto muy malo, difícil de dominar.

Una noche, harto ya de oírme, Lothaire confesó que conocía un medio infalible para salir de la isla. El plan consistía, resumiendo, en morir… y resucitar con otro cuerpo.

Se enojó al escuchar mis carcajadas. A lo que se ve, le había tocado la fibra.

Explicó iracundo que antes de su desgracia fue un gran bokor, y recordaba paso a paso los rituales de la reencarnación; para él, el asunto carecía de secretos.

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═════════════════ - 35 - Había que estar loco para hacerle caso. Pero quién no lo estaba en aquel islote maldito. Además, yo soy un espíritu refinado; mi condición de macró no ha impedido que cultive artes como la literatura o la música. Y acostumbrado a degustar los manjares más exquisitos y vestir trajes de paño inglés, la reclusión en condiciones tan abominables, rodeado por una chusma embrutecida, se me hacía insoportable. No iba a poder aguantar mucho más, de modo que me agarré desesperado a aquel clavo ardiendo.

Las preguntas que le hacía recibían contestaciones lógicas. No, no iba a tomar la forma de un animal, sino la de un humano. Sí, sería yo mismo, pero con otra apariencia externa. Antes de reencarnarme mi viejo organismo debía morir. No, no sufriría durante el proceso de la transformación.

Existía un problema —siempre lo hay—: iba a mantener mi carácter, mi propia esencia, pero apenas recordaría algo de la vida anterior. Aunque existían casos en que los individuos recobraban por completo la memoria, confesó Lothaire. Él mismo conoció a un marinero inglés que juraba y perjuraba haber sido el difunto tenor Enrico Caruso; aquel hombre tenía poca voz, pero cantaba con gusto, sobre todo arias de Puccini. No sé qué me sorprendió más, si la historia en sí, o la afición de mi camarada por la ópera.

Yo iba a ser uno de aquellos elegidos que no olvidaría un detalle de su antigua existencia, estaba seguro. El poder del amor hace milagros, y ansiaba tanto volver a tener entre mis brazos a la dulce Marguerite… Ah, cómo borrar del corazón a aquella muchacha. Imposible, nada volvería a separarnos.

¿Que por qué Lothaire no había utilizado la brujería en su propio beneficio?

Porque debía expiar su crimen, aclaró el negro. Tras doce años de sufrimientos, le quedaba poco para ser perdonado por los espíritus familiares. Dentro de tres meses —a saber qué clase de cálculos utilizaba—, acabaría con su vida para reunirse con ellos por fin en paz.

Pasaba los días con un único pensamiento enroscado en mi cabeza, qué fácil es convertirse en creyente cuando no hay otra elección. Ahora era un firme defensor de la metempsícosis. Si tantas personas creían en ella por algo debía de ser; más difícil era seguir a un dios crucificado hijo de una virgen, que se da como alimento a sus seguidores, y millones en la tierra lo hacían. Y, claro, lo de reencarnarse explicaba los

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═════════════════ - 36 - bruscos cambios de naturaleza en algunos individuos. Todo adquiría una coloración coherente.

Las noches las dedicaba a trabajarme al cimarrón. Por lo que había dado a entender, el ritual era sencillo. Bastaba una frase para abrir las puertas de la vida y de la muerte que custodiaba Mariwara.

Pero, inesperadamente, de la noche a la mañana, Lothaire se cerró en banda.

Razoné, supliqué, incluso le hablé de Marguerite; todo en vano. No sabía por qué, pero ahora recelaba de mí.

Se acercaba la estación de las lluvias, pronto dejaríamos los barracones junto a los bosques para volver tras los muros de la prisión, y allí nos alojaríamos en edificios diferentes. También faltaba menos para que se quitara de en medio. Comencé a ponerme nervioso.

Después de una jornada especialmente despiadada, exploté. Por la mañana, un corso menudo se había internado en la espesura dando alaridos. A las tres horas lo trajeron arrastrándolo por los pies, con la cabeza colgando, como si fuera un mono muerto. Antes de la pausa de la comida me picó un escarabajo dejándome el tobillo inflamado y toda la extremidad acalambrada. Los guardias no lo consideraron motivo suficiente para eximirme de las tareas. Por si fuera poco, mientras regresábamos, cayó la primera tormenta de la temporada.

Cuando nos anillaron y cerraron la puerta, no podía más. Agarré por el cuello a Lothaire conminándolo a revelar el sortilegio. Era el doble de grande que el negro y tenía la mitad de edad que él. Me retorcí como una culebra; lo había inmovilizado con el brazo izquierdo, mientras que con el derecho apretaba, asfixiándolo lentamente. Si quería ver a los suyos en el más allá debía revelar las palabras mágicas. Prometí, juré por mi alma que lo dejaría vivir si hablaba.

Lothaire, asustado, lo hizo. Lo obligué a repetir el hechizo, iba mi vida en ello.

Después continué apretando. Los dedos de la mano pensaban por sí mismos e iban penetrando en la carne, destrozando tendones y arterias; es el genio que tengo, no lo puedo remediar. Dejó de respirar. Procuré dormir hasta la salida del sol, sabía la paliza que me esperaba antes de visitar a la Viuda. Soñé que me atracaba de ostras de Bélon.

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