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6º Serie El club de los chicos malos
Amor desesperado (1999)
Título Original: Thirthy-day fiancee (1998) Serie: 6º El Club de los Chicos Malos Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Deseo 833 Género: Contemporáneo
Protagonistas: Nick Nolan y Olivia Polcenek
Argumento:
Cuando Nick Nolan la defendió de su hermano, Olivia supo que estaba
destinado a ser su auténtico héroe, el hombre que siempre amaría. Pero
pasaron los años y Nick, caballero de brillante armadura, quedó como un
recuerdo de infancia.
Y de pronto, le pidió que simulara ser su prometida durante un mes. Olivia
descubrió que eso no era suficiente. Quería derretir sus defensas, llegar
hasta el hombre pasional que había tras su frío afecto…y convertir su
compromiso temporal en un matrimonio para toda la vida.
Prólogo
Más que nada en el mundo Nick Nolan deseaba tener músculos.
Quería ser tan alto y tan fuerte que a los abusones del barrio ni siquiera se les
ocurriera pegarle. Por muchas hamburguesas, patatas fritas y batidos que tomara,
Nick sabía que era el chaval más debilucho del Club de los Chicos Malos. Estaba harto de recibir golpes, sobre todo del peor matón de la calle, Butch Polcenek.
Mientras los demás chicos del club jugaban al fútbol en el jardín de Ben Palmer, Nick estaba sentado en una esquina porque se había roto un dedo del pie en clase de gimnasia. Se colocó las gafas, que habían resbalado nariz abajo y, masticando un trozo de hierba, estudió con atención el anuncio que había en la última página del cómic. Quizá fuera la solución a sus problemas.
Ponte fuerte. Conviértete en un Hombre de Verdad, anunciaba Johnny Universo, Yo puedo enseñarte la fórmula secreta para que seas un hombre de «verdad», lo conseguirás con sólo doce minutos al día.
Tener los músculos de Johnny Universo sería hacer un sueño realidad. En vez de salir corriendo podría darle a Butch un puñetazo en la nariz.
Además, pensó, recibiría tres regalos y una medalla de Hombre de Verdad. Decidido, Nick sacó un bolígrafo del bolsillo y comenzó a rellenar sus datos en el cupón.
Sintió una sombra sobre él y levantó los ojos.
Olivia Polcenek. A pesar de ser la hermana pequeña de Butch, era una chica agradable, aunque rara. Tenía siete años, todavía jugaba con muñecas y le gustaba cortarles el pelo.
Nick frunció los ojos al ver su flequillo irregular y sospechó que también había sufrido el ataque de sus tijeras. Olivia, delgada como un poste, tenía grandes ojos oscuros, pelo fino y oscuro, y una marca de nacimiento en la frente, que la madre de Nick llamaba «mordisco de cigüeña». Su madre la obligaba a llevar vestidos y siempre tenía las rodillas magulladas, seguramente porque se pasaba la vida escapando del peor hermano del mundo.
Tenía una pinta tan rara que casi parecía fea. Hasta a la madre de Nick le parecía rara. Pero Olivia era agradable y a Nick le daba pena; Butch la atormentaba casi tanto como a él.
Ella frotó el dedo índice contra el pulgar varias veces y movió la cabeza de lado a lado, arrugando la frente.
—He practicado mucho, pero aún no puedo chasquear los dedos.
—Utiliza el dedo corazón con el pulgar —explicó Nick, chasqueándolos él—. Y hazlo con fuerza.
Ella se concentró, probó de nuevo sin éxito, y se dejó caer junto a él. —Nunca lo conseguiré.
—Claro que sí. Todavía eres pequeña.
—No tanto —protestó ella. Se inclinó para mirar la portada del cómic Súper
Comandos Guerreros. ¿Está bien?
A Olivia le gustaban los cómics, incluso los de monstruos sangrientos. Otra cosa a su favor.
—Sí, el Malvado Rey del Submundo captura a los Súper Comandos Guerreros como rehenes. No pueden utilizar sus súper-poderes para escapar, así que tienen que engañarlo.
—¿Puedo leerlo? —Claro.
—Olivia —se oyó la horrible voz de Butch, como una nube tormentosa en la soleada tarde primaveral—. Decidí que a tus Barbies le hacía falta otro corte de pelo.
Olivia inspiró con pánico y se volvió para mirar a su hermano. Nick vio las muñecas, calvas y mutiladas, y movió la cabeza disgustado.
—¡Mis Barbies! —gritó Olivia con todas sus fuerzas, poniéndose en pie de un salto.
—Las usé para reconstruir la batalla de Pearl Harbour con mis Action Men — dijo Butch—. Las Barbies son las víctimas.
—Eres el peor hermano del mundo. Eres horrible, malo —gritó Olivia, corriendo hacia Butch. Él la paró con el brazo y se rió de ella.
Indignado, Nick se levantó. Solía huir de Butch, pero esta vez no podía. Quizás esa fuera la manera de empezar a ser un hombre «de verdad». Irguió la barbilla con determinación.
—¿Cómo te atreves a fastidiar a una niña pequeña? A tu propia hermana. —¿Y qué piensas hacer tú, Chico Malo? —gruñó Butch, volviéndose hacia Nick. —Voy a decirte que pares —dijo Nick, sudando.
—Con la ayuda de ¿qué ejército? —preguntó Butch, acercándose a él.
—No necesito un ejército —dijo Nick, tragando saliva con miedo, y pensó que uno no le vendría nada mal.
Butch le sacaba diez centímetros de altura y unos veinte kilos de peso. Butch lo empujó y Nick retrocedió, tropezando. Se hizo daño en el dedo del pie, pero no echó a correr.
—¡Para! —gritó Nick.
—¡Párame tú! —dijo Butch empujándolo de nuevo, con más fuerza. Olivia se puso en medio y comenzó a dar saltos.
—¡Déjalo en paz! Tienes envidia —le dijo a Butch—. Tienes envidia porque no te dejan jugar en su casa del árbol.
—No. Es listo. Si no paras yo… yo…—Olivia respiró profundamente y dio una patada contra el suelo—. Les diré a todos que ¡tienes lombrices!.
Butch rugió con ira, agarró a Olivia por los hombros y comenzó a sacudirla. Nick hizo lo que tenía que hacer. No tuvo otra opción. Agachó la cabeza y arremetió con ella contra el costado de Butch, haciendo que la soltara.
Un resquicio de su mente escuchó los gritos de sus amigos. —¡Eh! ¿Qué hace Nick con Butch?
—Butch lo matará.
—Tenemos que ayudarlo.
Butch miró por encima del hombro de Nick y le lanzó un directo a la nariz. El dolor fue tan fuerte que lo cegó. Nick cayó el suelo, toda la cabeza le vibraba. Dolía tanto que tuvo miedo de echarse a llorar. Volvió a oír voces.
—¡Butch tiene lombrices! ¡Butch tiene lombrices! —gritó Olivia a voz en cuello. —¡Machácalos Nick, estás sangrando! —gimió Stan inclinándose sobre él.
Machácalos Nick, pensó él, mareado. Era su apodo en el Club de los Chicos Malos.
—¡Uy! ¿Crees que está rota? —preguntó Ben agachándose. —¿Estás bien? —Joey le apretó el hombro.
Nick intentó asentir, pero notaba cañonazos dentro de la cabeza.
—Sí —mintió. Los demás lo rodearon y Nick decidió que más le valdría aprenderse la fórmula mágica de Johnny Universo, por si acaso se le volvía a ocurrir actuar como un Hombre de Verdad.
Capítulo Uno
Era muy tarde y ella seguía levantada, como él.
Nick Nolan se apartó de la ventana del dormitorio, negando su curiosidad sobre su nueva vecina. Pero su imagen se le quedó grabada. Todas las noches paseaba de un lado a otro de la habitación vestida con un ligero camisón y con un libro en la mano. Una lámpara silueteaba el movimiento de su largo pelo castaño y las curvas de su cuerpo. Notaba preocupación en su forma de andar, y eso lo intrigaba. ¿Una estudiante preparando un examen? Parecía más madura que otras universitarias.
Nick tenía sus propias razones para estar insomne. Su profesión de abogado era demasiado absorbente. En contra de sus normas, había aceptado un caso fuera de horas de trabajo, y la cara desfigurada de la adolescente lo estaba obsesionando. Estaba cansado físicamente, por una reciente sesión de ejercicio, pero su mente seguía trabajando en el caso, estimulándolo a pesar de su agotamiento.
En los años que había dedicado a la abogacía Nick había comprendido la triste verdad: el sistema judicial americano no siempre cumplía su función. Los criminales no siempre pagaban las consecuencias.
Lo de esa noche era un ejemplo perfecto. Un conductor borracho, hijo de un acaudalado y respetado médico, había atropellado a una adolescente. El conductor sólo había recibido unas palabras de advertencia del juez, la chica quedaba desfigurada para siempre.
Su trabajo comenzaba entonces. En los juicios civiles las reglas eran distintas y Nick había desarrollado una habilidad especial para conseguir que el malo pagara. Aunque en muchos casos habría sido preferible el linchamiento, Nick había llegado a la conclusión de que golpear a alguien en la cuenta bancaria era el equivalente adulto a darle una patada a un matón del colegio donde más le doliera. El malo sufría y la víctima recibía una compensación; Nick creía que así ayudaba a equilibrar la balanza de la justicia.
Dio un trago a su cerveza y paseó por la habitación. Hacía varios años que se había mudado a Fan, un distrito de moda de Richmond, Virginia, porque no le apetecía vivir en la periferia. Las casas eran viejas y estaban muy cerca unas de otras, los comercios eran una mezcla de tiendas antiguas y ultramodernas, y los vecinos iban desde pensionistas a universitarios. A Nick le gustaba esa ecléctica mezcla.
La vecina de un lado era concejala. El del otro, un artista que alquilaba la buhardilla de su casa para poder subsistir. La mujer que veía pasear por la habitación ocupaba esa buhardilla.
Volvió a mirar por la ventana: estaba envuelta en una toalla. Supuso que acababa de ducharse. Tenía el pelo recogido, pero sacudió la cabeza y el pelo se derramó como una cascada sobre sus hombros desnudos.
La toalla cayó al suelo y Nick se olvidó del trabajo por primera vez en varios meses.
Tenía el cuello largo y grácil, los senos llenos y exuberantes. Estaba demasiado delgada, pensó, viendo como la luz de la lámpara jugueteaba con sus costillas y su estrecha cintura. Sus caderas y muslos dibujaban atractivas curvas.
Verla le hizo recordar lo que se había perdido por culpa del trabajo. Diablos, pensó, irritado consigo mismo, no era por escasez de mujeres. Desde que la revista
Richmond Magazine publicó el maldito artículo que lo nominaba «Soltero del año»,
había recibido tantas llamadas que tuvo que cambiar su número de teléfono y eliminarlo de la guía telefónica.
El problema con las mujeres que revoloteaban a su alrededor era que como siempre le parecía que faltaba algo. No sabía exactamente qué, y como no le gustaba aprovecharse de la situación, pasaba muchas noches solo.
Siguió observando a la mujer y se preguntó cómo sería el tacto de su piel, qué vería si la mirara profundamente a los ojos. El deseo comenzó a quemarlo. Intentó parpadear, pero no podía apartar la vista.
Había cautivado su atención con la misma facilidad con la que estaba sujetando un frasco que parecía de loción, o aceite. Ella vertió un poco sobre la mano y comenzó a extendérselo sobre la piel. Era una fresca noche de noviembre y la ventana no cerraba bien, pero Nick sintió calor.
Con movimientos descuidados, pero sensuales, ella masajeó el aceite desde el cuello hasta su torso y senos. Se le erizaron los pezones y él sintió una rigidez similar. Él hubiera dedicado más tiempo a esos pezones, acariciándolos con las manos, con la boca.
Ella extendió el aceite desde los hombros hasta la punta de los dedos, e incluso entre los dedos; eso le pareció excitante a Nick.
Sus manos continuaron moviéndose espalda abajo, hasta llegar a su redondo trasero. Él respiró con dificultad. Era lo más sexy que había visto nunca. Tenía un cuerpo precioso, pero sobre todo lo afectaba su manera de tocarse: durante el tiempo suficiente para sentir placer pero sin detenerse.
A él le habría gustado detenerse.
Se le ocurrió que ella intentaba calmarse, borrar su aprensión con el masaje. Posiblemente sufría de ansiedad, y era de las que llevaban el corazón a flor de piel.
Una lianta, se dijo, aún mirándola. Seguro que no escondía sus risas ni sus lágrimas. Ni su pasión.
Inspiró lentamente cuando una imagen erótica invadió su mente. Nunca había tenido que calmar a una mujer sexualmente. No había conocido a ninguna que necesitara ese tipo de ternura.
Nick la vio levantar un pie y apoyarlo en una silla. Se untó aceite en el pie y la pantorrilla, moviendo las manos hacia el muslo. Era un movimiento increíblemente femenino y sexual al mismo tiempo.
Nick soltó una maldición. Tenía que dejar de mirar. Solo era una mujer que estudiaba todas las noches. Una mujer con un cuerpo que le estaba haciendo papilla
el cerebro. Tan sólo una mujer con una botella de aceite corporal. Se preguntó qué sensación le provocarían las manos de ella.
Volvió a maldecir. ¿De dónde había salido esa Idea? Un exceso de autonegación, supuso, y apartó la vista. Dio un trago de cerveza y consideró la posibilidad de echársela por la cabeza.
Sintiéndose ridículo, decidió bajar la persiana. Comenzó a bajarla y volvió a verla, esta vez con un camisón transparente. Ella levantó los dedos hacia la boca, como si tomara una pastilla, y bebió de un vaso.
Nick frunció el ceño, pero bajó la persiana y se encaminó a la ducha.
Lo despertó el olor a humo. Nick se sentó en la cama esperando oír la alarma de incendios, pero no sonó. Se levantó y recorrió toda su casa. No vio nada extraño. Volvió al dormitorio y pensó en la mujer que le había hecho recordar sus debilidades humanas; subió la persiana. Salía humo por una claraboya.
Se le contrajo el estómago. Rápidamente, agarró el teléfono. El 911 atendió su llamada, pero Nick sabía que en situaciones así una vida se perdía en cuestión de segundos. Se vistió rápidamente, corrió escaleras abajo y cruzó la explanada que lo separaba de la casa vecina.
Golpeó la puerta y gritó varias veces sin recibir respuesta. Se preguntó por qué. Recordó la última imagen que había visto y comprendió que ella había tomado un somnífero. Estaba demasiado dormida para notar el humo.
Alarmado, decidió entrar. Rompió el cerrojo con facilidad. El vestíbulo estaba lleno de humo. Gritando, subió los escalones de dos en dos hasta el segundo piso, donde las llamas crepitaban con furia.
Una lluvia de chispas cayó sobre él y se agarró a la barandilla de metal, abrasándose las palmas de las manos. El calor y el dolor le habrían cortado la respiración, si no hubiera sido porque él ya la estaba conteniendo.
«Podría estar muerta». Ese pensamiento pudo más que todo. Nick dio una patada a la puerta. El dormitorio era una neblina de humo. Agachando la cabeza para respirar, corrió hacia la cama.
La levantó en brazos y la cubrió con una sábana. Le pareció ligera y muy relajada. Inconsciente. Sintió una opresión en el pecho. Eso no era bueno. Se agachó para inhalar de nuevo y corrió fuera del dormitorio y escaleras abajo. Oyó el ruido de las sirenas por encima del crepitar de las llamas.
Salió de la casa corriendo y casi tropezó con su vecina, la concejala, envuelta en un albornoz.
—¿Es Clarence?
Nick negó con la cabeza e inspiró con deleite el aire puro y fresco. —Es una mujer. Supongo que alquila el piso de arriba.
—Creo que él está de viaje. El cableado eléctrico de la casa está hecho un desastre. Debería haberlo renovado hace años. Tendrá suerte si no lo demanda.
—Sí —musitó Nick, dejando a la mujer en el suelo. La adrenalina aún corría por sus venas. Su profesión era demandar, pero estaba preocupado por la mujer. Ojalá se moviera.
—¿Está bien?
Nick no contestó. Levantó la sábana de su cara para ver si respiraba. Dormía tranquilamente.
—¡Menudo somnífero! —exclamó asombrado.
Las sirenas anunciaron la llegada de los bomberos y del equipo de salvamento. Saltaron del vehículo casi antes de que se detuviera.
—¿Está inconsciente? —preguntó un enfermero, acachándose junto a Nick para comprobar las constantes vitales de la mujer.
—Creo que ha tomado un somnífero.
El enfermero asintió y pasó un frasco de amoníaco por la nariz de la mujer. Ella tosió y se estremeció. Abrió lo ojos con alarma.
—¿Qué… qué…?
Sus ojos intrigaron a Nick. Estudió su rostro. Algo en ella le resultaba familiar, una especie de dulzura que le hizo sentir nostalgia.
Ella miró del enfermero a él y de nuevo al enfermero, con cara confusa. Levantó la mano y se apartó el pelo.
A la luz de los faros, Nick vio una marca en su frente. ¿Cicatriz o marca de nacimiento? Entrecerró los ojos. ¿Un mordisco de cigüeña? Lo invadió una extraña sensación.
Con voz tranquila, el enfermero explicó lo que había sucedido y comenzó a hacer preguntas, que ella intentó contestar.
—Estuve levantada hasta tarde, estudiando para un examen. No recuerdo nada desde que apoyé la cabeza en la almohada.
—¿Su nombre? —preguntó el enfermero. —Olivia —respondió ella.
—Olivia Polcenek —murmuró Nick con asombro, al comprender quién era. Después de tantos años. Se había preguntado varias veces qué habría sido de ella después de que él y su familia se mudaran de barrio.
—¿Quién eres tú? —preguntó ella confusa.
—Es el hombre que te salvó la vida —replicó la concejala—. Entró en el edificio y te sacó de allí —explicó. Miró hacia el otro lado—. ¡Uy! ¿Esos son periodistas? Tengo que vestirme.
—Periodistas —repitió Olivia con disgusto. Se irguió y estrechó la sábana contra sí. Con la mirada aún fija en Nick, se estremeció ligeramente—. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?
Sin saber por qué, a Nick lo incomodó tener que contestar.
—Soy Nick Nolan, tu vecino —replicó. Ella abrió los ojos con sorpresa, lo recorrió de arriba abajo con la mirada y negó con la cabeza.
—¿Machácalos Nick Nolan? —preguntó incrédula—. Pero, no pareces… —calló y buscó sus ojos—. Has cambiado.
—Sí —asintió él. Ya no era un chico escuchimizado y vulnerable. Su nivel de adrenalina comenzó a descender y Nick sintió que sus manos palpitaban.
—Eh, tienes algunas quemaduras en la cara y en el brazo —comentó el enfermero, asiéndolo de la mano.
Una ráfaga de dolor hizo que casi se le doblaran las rodillas. Hizo una mueca. —¿Qué ocurre? —preguntó Olivia preocupada.
El enfermero levantó las manos de Nick y dio un silbido al ver sus palmas abrasadas.
—Habrá que vendarlas —dijo. Ignoró a la gente y a los periodistas que comenzaban a rodearlos—. ¿Por qué no me dijo que se había quemado las manos?
Nick se las miró como si no fueran suyas. Sentía una oleada de dolor con cada pulsación.
—Se me había olvidado.
Dos horas después, agotada, Olivia se sentó en una silla de plástico naranja, cerca del mostrador de la sala de espera de urgencias. La cabeza le daba vueltas. Como era imposible entrar en la casa para recoger su ropa, llevaba puesto un chándal viejo que le había dado un asistente social. No sabía dónde iba a dormir esa noche, y mucho menos lo que haría la semana siguiente. Además, esa mañana tenía un examen de Civilización Occidental.
Cada dos minutos sufría un ataque de pánico. Podría haber muerto en el incendio. Habría muerto si Nick Nolan no la hubiera sacado. Ni darle las gracias ni llevarlo a casa era suficiente.
Se le hacía un nudo en el estómago al pensar que estaba herido por su culpa. Inspiró profundamente, e intentó distraerse con la conversación de las dos recepcionistas.
—En Richmond se le considera el guaperas del año, y cuando la prensa se entere de que rescató a su vecina, las mujeres lo van a perseguir como un gato a un ratón.
Las palabras «rescató a su vecina» llamaron la atención de Olivia, después asimiló el resto de la frase. «¿Guaperas del año?» repitió entre dientes.
—Los demás abogados no le llaman «guaperas» —resopló la recepcionista mayor—. Casi todo lo que le llaman es demasiado fuerte para repetirlo. Mi hermano trabaja en el juzgado y me dijo que cuando los abogados se enteran de que tienen que enfrentarse a Nick Nolan se ponen suspensorio antes de ir al tribunal.
Olivia dio un respingo de sorpresa.
—Debe ser un hombre difícil de manejar, si no imposible. —Puede, pero sería divertido intentarlo.
—Aquí llega el soldado herido, deja de relamerte.
Intentando asimilar la conversación, Olivia observó a Nick entrar en la sala de espera con las manos vendadas. Tenía un cierto aire despiadado, pensó, era muy distinto del chico que conoció en Cherry Lane. Alto, de espalda ancha, delgado y musculoso, emanaba un aura de fuerza y poder. La fuerza la atraía, su aire despiadado la incomodaba. La estructura ósea de su rostro, claramente esculpida, amplificaba la imagen de poder. La fuerte mandíbula unida a su mirada intensa y su postura erguida sugerían una seguridad viril que resultaba casi intimidante.
Estaba claro que ese hombre ya no estaba a merced de abusones y matones. Se preguntó si Nick le explicaría el secreto; ella llevaba toda la vida enfrentándose a abusones, casi siempre sin éxito.
Negándose a sentirse intimidada por él, se irguió. —Pensé que te vendría bien que te llevara a casa —dijo.
—Gracias. Estaba a punto de llamar a un taxi —dijo él, tras dudar un segundo. —Es lo menos que puedo hacer. Me salvaste la vida —dijo Olivia cuando lo guiaba hacia el coche. Vio el pequeño bulto que tenía en la nariz e hizo una mueca—. No tienes suerte conmigo. Es la segunda vez que sales herido por rescatarme.
Él se pasó una mano vendada por la nariz y la miró, irónico.
—El primer rescate marcó el principio de una nueva vida para mí, y el incendio no ha sido culpa tuya.
Olivia abrió la puerta del coche y le vio encoger las largas piernas para meterse en el turismo.
—Siento mucho lo de tus manos —le dijo, mirándolo a los ojos. Él le devolvió la mirada, se miró los vendajes y frunció el ceño.
—Disculpas aceptadas. Más que nada va a ser incómodo. ¿Quién sabe? No soy muy dado a realizar obras de caridad, quizás ésta sirva para salvarme del infierno.
Tenía sentido del humor pero ninguna suavidad, pensó Olivia, reafirmándose en su opinión de que el hombre no se parecía en nada al niño que había conocido. Aunque hervía de curiosidad, no le hizo ninguna pregunta en el trayecto a su casa. Impulsivamente, paró en una cafetería y compró café y una galleta gigante para él. Cuando llegaron a la casa, Nick tuvo dificultades con la llave. Ella se la quitó y abrió
la puerta, él maldijo. Olivia no se lo reprochó, los vendajes eran tan abultados que sus manos eran prácticamente inútiles.
—¿Cuánto tiempo tendrás que llevar los vendajes? —preguntó.
—Una semana o dos —casi gruñó él y añadió—. Gracias por traerme y por comprar el desayuno.
Ella se dio cuenta de que él se comería las uñas antes que pedir ayuda.
—Te llevaré el periódico y la bolsa a la cocina —dijo, y lo siguió hacia la cocina. Instintivamente, tomó nota de la limpieza y orden imperantes. Pensó desdeñosamente, pero con cierta envidia, que era un maniático del orden. Ella opinaba que esos especímenes se perdían algunas de las experiencias más divertidas de la vida. Pero, a cambio, siempre sabían dónde habían dejado las llaves del coche.
Se recordó a sí misma que su misión no era ayudar a Nick Nolan a pasarlo bien. Tiró el periódico encima de la mesa de la cocina y miró la foto y el titular de la portada.
—Prominente abogado salva a su vecina, —leyó en voz alta—. El prominente abogado Nick Nolan, nominado Soltero del Año por el Richmond Magazine, rescató a su vecina de un incendio.
—Justo lo que necesitaba —gruñó Nick—. Ya he tenido que cambiar mi número de teléfono y quitarlo de la guía por toda esa estupidez de Soltero del Año, y…
Sonó el teléfono. Olivia miró a Nick.
—¿Quieres que conteste? —preguntó al cuarto toque. —No —dijo—. Si es importante me llamarán por el busca.
—¿Por qué no te sientas y te comes la galleta? Yo me marcharé. ¿Tienes bolsas de plástico grandes? —preguntó, abriendo los cajones.
—En el cajón de arriba a la izquierda. ¿Por qué?
—Porque te protegerán los vendajes —explicó Olivia, sacando dos. Desenvolvió la galleta, le puso las bolsas de plástico en las manos y se apartó. Notó que la miraba con curiosidad, y deseó llevar puesto algo que no fuera un chándal viejo y deformado. Algo de Christian Dior. O una armadura—. Ya estás listo —dijo, consiguiendo esbozar una sonrisa.
—¿Qué haces en Richmond, Olivia? ¿Estudias en la universidad? —Sí —asintió, sorprendida—. ¿Cómo lo has sabido?
—Pura suerte. Clarence suele alquilar el apartamento a estudiantes universitarios —respondió, y mordisqueó la galleta.
Olivia luchó contra su recurrente punzada de duda sobre la universidad. Una punzada era mucho mejor que una puñalada, y había luchado mucho para conseguir que su falta de confianza se redujera a una punzada.
—Conseguí una beca. Me encantan las clases, pero han pasado años desde el instituto y es más difícil de lo que creía.
—Ya te acostumbrarás. ¿Qué has hecho desde que acabaste el instituto? —Ser peluquera en Georgetown.
Él se rió entre dientes y Olivia parpadeó. Era la primera vez que veía algo parecido a una sonrisa en su cara.
—¿Por qué será que no me sorprende? ¿No solías masacrar el pelo de tus muñecas cuando eras pequeña?
—No masacraba —lo corrigió, mientras él acababa la galleta y bebía un sorbo de café—. Era una primera fase de diseño. Genialidad precoz —se medio burló—. ¿Y tú, qué? Abogado. ¿Persigues a los chicos malos?
Él volvió a beber y su sonrisa se apagó.
—Eso me gusta pensar. Otros no dirían lo mismo.
—Con «otros» te refieres a los que has ganado en los tribunales. —Sí, supongo.
Complejo, pensó atraída. Fascinante. Su mirada daba la impresión de poder llegar hasta el corazón de una persona, hasta el corazón de una mujer. Se estremeció.
—¿Súper Comando Guerrero o Malvado Rey del Submundo? —preguntó, recordando los días en que habían intercambiado cómics.
—Depende del día —dijo—. Según lo que haga falta para ganar.
Ella volvió a sentir admiración, casi envidia, por su confianza en sí mismo. «¿Qué tipo de mujer le gustará?» se preguntó. Probablemente una rubia fría, sofisticada y poco exigente, imaginó, sonriéndose. Si ése era el caso, ella estaba a salvo.
—¿Eso te hace gracia? —preguntó él, ladeando la cabeza y estudiándola.
—Pensaba en los Comandos Guerreros —replicó ella, ruborizándose—. Debería dejarte descansar. ¿Puedo hacer algo por ti?
Nick negó con la cabeza y se puso en pie. —¿Dónde vas a dormir?
—No lo sé. El asistente social mencionó un par de albergues. —Un albergue —repitió él con voz desaprobadora.
Olivia notó su desagrado y se maravilló de su control. Todos los hombres de su vida mostraban sus emociones negativas a gritos. Se encogió de hombros.
—No pasa nada. Será sólo durante unos… —Quédate aquí —ofreció él.
Emitió la invitación, u orden, con un tono muy razonable, como si fuera un hombre que no suponía peligro para ninguna mujer. Olivia tropezó y Nick la agarró, haciendo una mueca de dolor cuando sus manos contactaron con los hombros de ella. Ella cayó contra su pecho.
Preocupada porque él se había hecho daño al intentar sujetarla, se apartó.
—Tienes que olvidar esa manía de rescatarme —le dijo—. Me he caído un millón de veces y siempre he sabido levantarme. Ir a un albergue a pasar…
—No te saqué del incendio para que acabaras en un albergue —interrumpió él. —No me creo que siempre seas así de protector —replicó ella, deseando que su corazón no latiese tan acelerado.
—Tienes razón. No lo soy. Considéralo un ramalazo de Comando Guerrero. Quédate aquí… —lo interrumpió el sonido del teléfono—. Cuando no estés en clase puedes destrozar el maldito teléfono.
Con esas palabras, salió de la habitación. El teléfono siguió sonando incansable, y Olivia lo vio subir las escaleras mientras pensaba que Machácalos Nick no podía engañarla. Se había convertido en un Comando Guerrero.
Capítulo Dos
—Dices que aunque haya una docena de mujeres telefoneándole, quieres que te ponga la primera de la lista —dijo Olivia con voz divertida—. La verdad es que son más de una docena, pero le daré tu mensaje al señor Nolan. Adiós.
Desde fuera de la cocina, Nick la vio colgar el teléfono. No había descansado mucho. Las manos no le dejaban dormir y se resistía a tomar calmantes porque lo iban a dejar atontado. Nick era muy celoso de su vida privada y de su soledad, así que no entendía por qué había insistido en que Olivia se quedara en su casa. Debía ser un ridículo sentido protector que le quedaba de su infancia.
No tenía que ver con haberla visto desnuda o a haberla rescatado la noche antes. Nada que ver, se dijo. Sin embargo, cuando volvió a fijarse en el deformado chándal recordó su cuerpo desnudo brillante de aceite a la luz de la lámpara. Ese chándal debería estar en la basura, pensó.
—Esa era la número diecisiete —murmuró ella, sin percatarse de su presencia— . Me pregunto si estará batiendo algún récord.
—No por gusto —refunfuñó Nick.
Olivia dio un salto y se volvió hacia él, con el flequillo cayéndole sobre la cara. —No sabía que estabas abajo —dijo, mirándolo con suave reprobación—. Creí que dormías.
—No necesito dormir mucho —contestó él. Y menos mal, pensó, solía sufrir de insomnio.
—¿Te duelen las manos? —preguntó ella. Él se encogió de hombros.
—¿Quién ha dejado los mensajes?
—Cuatro canales de televisión local y tres emisoras de radio quieren una entrevista —replicó ella, echando una ojeada a varias páginas de papel—. El resto eran mujeres con… —se aclaró la garganta— peticiones varias. Por orden de llamada: Kathleen, Melissa, Joan, Jennifer, Becky, Camille, Amy, Janece, Helen…
—Helen —repitió Nick—. Olvídate de las demás. ¿Qué quería Helen?
—Helen Barnett. Ah, ésa es la que tenía sentido del humor. Sólo dijo que la llamaras cuando hubieras descansado. Nada urgente —repuso. Se mordió el labio como si quisiera evitar una sonrisa—. La señorita Barnett sugirió que dijera a todas las demás que encargaran una pizza en China; que las atenderían más rápido que tú.
—Eso suena típico de Helen —rió él. —Su número es…
—Sé su número.
—Lo tengo en marcación abreviada.
—¡Ah! —exclamó Olivia, arqueando las cejas.
—Helen es una de las mujeres más importantes de mi vida —admitió Nick, e hizo una ligera pausa—. Es mi secretaria —añadió. Ver los cambios de expresión de Olivia le pareció tan interesante que casi se olvidó del dolor de las manos—. Has pensado que tenía una relación sentimental con ella.
—Bueno, después de todas las llamadas que has recibido de mujeres que quieren… —apretó los labios, como estuviera buscando las palabras adecuadas—… acabar con tu soltería, pensé que quizás… —murmuró y se encogió de hombros—. Me daba pena pensar que Kathleen, Joan, Jennifer, Amy y todas las demás sufrían en vano.
—Ya se les pasará —replicó Nick, entrando en la cocina—. A ese tipo siempre se les pasa.
—¿Ese tipo? —Olivia lo siguió—. ¿Y si una de ellas es la mujer de tus sueños? Nick gruñó con incredulidad.
—No hay mujer de mis sueños. No tengo tiempo.
Siguió un silencio; Nick la miró, esperando recibir una charla sobre la importancia del amor y el romance. Pero en vez de eso, ella asintió con la cabeza.
—Eso lo entiendo. Ahora mismo, el amor tampoco es una prioridad para mí. —Tu prioridad son los estudios —aseveró él, sorprendido.
—Sí.
—¿No te gustaría en el fondo que apareciera el Príncipe Encantador para no tener que estudiar más? —preguntó Nick.
—No. En el fondo me gustaría licenciarme con matrícula de honor —dijo ella sonriente.
—¿Y qué pasará si aparece el hombre de tus sueños? —insistió, pues ella no reaccionaba como había esperado.
—Puede esperarme —dijo—. Quiero estar a la altura de cualquier hombre con quien desee compartir toda la vida.
—¿Esto no tendrá nada que ver con las Barbies decapitadas?
—Algo —concedió ella, echándose a reír—. Mi padre era muy duro con Butch. Su infancia no fue un camino de rosas. Era un hermano difícil —reflexionó.
—Era un ser humano difícil —murmuró Nick—. Sólo por curiosidad morbosa, ¿qué hace ahora?
—Es cuidador.
—¿De niños? —se asombró Nick.
—De árboles, trabaja en un vivero —continuó Olivia, con una sonrisa en los labios—. Está casado y tiene tres hijas.
—Apabullado por mujeres —dijo Nick—. Por fin se hizo justicia.
—Es algo protector con su familia, pero creo que sus días de abusón y mandamás quedaron atrás —dijo Olivia, estudiándolo con atención—. ¿Cuándo vas a tomarte los calmantes? Te duele mucho.
—No tanto —negó él.
Ella se acercó y levantó los dedos, poniéndolos a milímetros de su cara. Él aguantó la respiración. Su olor era limpio y sensual. Recordó el aceite y sintió la respuesta de su cuerpo.
—Estás frunciendo los ojos todo el rato. Voy a traerte agua —insistió ella, volviéndose hacia la encimera.
—No. Todavía no he decidido tomarlos —dijo él, incómodo por su ayuda. Ella lo miró.
—Espero que no seas un mártir, uno de esos hombres que creen que es mejor sufrir.
—Me dejarán fuera de combate varias horas —replicó él.
—Para eso son. No te culpo por estar de mal humor —sonrió ella comprensiva—. Te duelen las manos.
Una enfermera con cuerpo de sirena, pensó Nick. Si fuera algo menos emocional y algo más mundana, podría causarle problemas.
—Muchos opinan que siempre estoy de mal humor.
—Entonces no deben conocerte bien. Quizá si que te haga falta una novia.
Lo impacientó que ella estuviera tan convencida de que no era un cascarrabias. Podía haberse convertido en un criminal desde que se vieron por última vez. Estaba claro que deseaba pensar lo mejor de él; eso lo molestaba y reconfortaba al mismo tiempo.
—¿Estás ofreciéndote como novia? —preguntó para provocarla. Vio su reacción de sorpresa y un atisbo de sensualidad en sus ojos oscuros.
—Creo que tienes voluntarias más que suficientes —contestó Olivia con voz sedosa, volviéndose para llenar un vaso de agua—. Tómate la medicina, necesitas dormir. Lo sabes perfectamente —sonrió, embrujadora.
Al ver su boca, Nick pensó en todas las formas en que podría usarla para dar placer a un hombre y se tragó un juramento. ¿Acaso su imaginación había decidido jugarle una mala pasada? Era posible que sí necesitara dormir.
—Tomaré la medicina —dijo—. Voy a llamar a Helen antes de que me haga efecto. El médico me dijo que si me tomaba dos no sentiría dolor, ni nada, durante un buen rato.
En cuanto se tomó las pastillas llamó a Helen y comentó con ella la crisis del día. Esta vez, su oponente estaba intentando cambiar las fechas del juicio. Estudió su calendario y aceptó una de las fechas.
—Qué amable estás —comentó Helen sorprendida.
—Sólo le he dejado elegir el día en que voy a machacarlo —respondió Nick con una mueca.
Continuó hablando sobre uno de sus nuevos clientes, pero pronto comenzó a sentirse mareado.
Olivia se fijó en el tono de su voz mientras hablaba. Tardó unos momentos en identificar lo que notaba: pasión. A Nick lo apasionaba su trabajo. Siempre había oído comentar que la pasión era una de las bases del éxito. Se preguntó cómo había descubierto Nick su pasión, y también si podría aprender algo de él.
Lo estaba observando, y notó inmediatamente que la medicina empezaba a hacerle efecto. Nick se frotó los ojos con la muñeca, y movió la cabeza de lado a lado. Apoyó la cabeza contra la pared, limitándose a asentir a lo que decía su secretaria. Olivia le pasó una mano por delante de los ojos.
Él parpadeó, respiró profundamente y se frotó la cara con el dorso de una mano vendada.
—Tengo que dejarte, Helen. Estoy a punto de caer fulminado. Llámame por el busca si hay alguna emergencia —dijo. Colgó el teléfono y se estiró.
—¿Estás bien? —preguntó Olivia.
—Sí. Me voy arriba —respondió. Posó sus intensos ojos azules en ella y parpadeó lentamente. Sin saber por qué, a Olivia le pareció un gesto muy sexy.
Olivia observó como adelantaba un pie y luego otro pausadamente, como si estuviera borracho.
—¿Seguro que no necesitas ayuda? —inquirió preocupada. —Seguro —repuso él subiendo las escaleras.
Olivia esperó hasta que no lo oyó moverse. Cuando se hizo el silencio respiró aliviada.
De repente escuchó un golpetazo en el dormitorio, seguido por una ristra de tacos. Alarmada, corrió escaleras arriba, dudó un instante e irrumpió en la habitación.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
De pie en medio de la habitación, con la camisa abierta y el suelo lleno de botones, Nick volvió a perjurar.
—Ni siquiera puedo quitarme los malditos vaqueros —se quejó, mirándose las manos vendadas.
Olivia se quedó sin aliento. El flequillo despeinado le caía sobre la frente, y la camisa abierta desvelaba hombros anchos, pecho musculoso y un abdomen plano.
Parecía un poco salvaje. La combinación de su fuerza y de su determinación frustrada la atraían peligrosamente. Sacudió la cabeza para librarse de su reacción.
Como si estuviera tratando con un animalito, le desabrochó los puños y sacó las mangas por encima de los abultados vendajes. Se concentró en la hebilla del cinturón para evitar mirar su torso desnudo.
Nick había conseguido quitarse los zapatos, pero el cinturón lo había superado. Tomando aire de nuevo, ella se mordió el labio y le desabrochó el cinturón y el botón. Aunque no debería haberle parecido un gesto íntimo, sintió una oleada de calor. En el silencio, sólo se escuchaba el sonido de la respiración de ambos. Se dijo que sería más fácil si charlaban. Había sido peluquera durante años. Con esa experiencia debería ser capaz de conversar en cualquier situación, pero sentía la boca seca y tenía que controlar el temblor de las manos.
El sonido de la cremallera cuando la bajó fue como un susurro. Demasiado consciente de lo que tenía entre manos, Olivia cerró los ojos. Él despedía un aroma natural, viril y sensual.
Le puso las manos en las caderas y deslizó los vaqueros hacía abajo, agachándose para sacárselos. Hecho. Estaba a punto de dar un suspiro de alivio cuando sintió su mano en la cabeza.
—Olivia —dijo, con el mismo tono suave de su niñez.
Ella miró hacia arriba, recorriendo su cuerpo casi desnudo, hasta llegar a sus ojos.
—Gracias.
«Es lo menos que puedo hacer. Me salvaste la vida». Esa idea reverberó en su cabeza cuando dejó la habitación. Pero no le hubieran salido las palabras aunque le fuera la vida en ello.
Olivia dio gracias al cielo cuando su profesor de civilización occidental se mostró compasivo y la permitió que se examinara a finales de la semana. Entre el incendio y la mañana que había pasado con Nick, estaba menos concentrada que una mosca.
Se recriminó severamente y prestó tanta atención en las dos clases siguiente que se le quedó el cuello rígido. Sólo Olivia sabía cuánto le había costado llegar hasta allí. Sólo ella sabía el pánico que tenía al fracaso.
Eran muchos los que la habían desanimado en el pasado.
«A los hombres no les gustan las mujeres demasiado listas», susurraba su madre.
«Aprende un oficio. No necesitas ir a la universidad. Acabarás casándote y quedándote embarazada», decía su padre.
«Los resultados de tus pruebas de inteligencia indican que te iría mejor la formación profesional que prepararte para la universidad», había dicho la asesora pedagógica del instituto.
Olivia había supuesto que los demás sabían lo que le convenía. Se convirtió en una buena peluquera, con muchas clientes leales, pero siempre se había preguntado cómo habría sido su vida si hubiera estudiado una carrera. La duda terminó convirtiéndose en un deseo ardiente. Cuando ganó una beca por su redacción sobre «Por qué es importante la Universidad», Olivia supo que su sueño podía realizarse.
—Bueno, si al menos consigo superar el primer semestre de análisis matemático —murmuró mientras entraba por la puerta de Nick, con una bolsa de la compra y una mochila llena de libros. Inmediatamente notó un fuerte olor a humo y arrugó la nariz—. ¿Qué es…?
—Es parte de tu ropa —dijo Nick, señalando un par de cajas con la cabeza—. Clarence las ha traído.
—¿Clarence? Creía que estaba de viaje —comentó ella. Dejó la bolsa en la mesa de la cocina y volvió rápidamente—. Huele fatal. Tendrías que haberlas dejado fuera. Tengo que lavarlo todo.
—Dijo que reemplazará cualquier cosa que esté arruinada y te dejó cien dólares. Traerá el resto de tus cosas en cuanto pueda.
—¿Cien dólares? —Olivia parpadeó asombrada—. Clarence es agradable, pero muy… —se interrumpió, sin querer insultar a su antiguo casero.
—Tacaño —concluyó Nick—. Hablé con él —dijo, con tanta naturalidad que a Olivia casi se le escapó el deje amenazador.
Olivia lo observó. El chándal negro le quedaba tan elegante como un traje a otros hombres. Le sentaba bien el color negro. Era como una oscura aura de poder.
—¿Hablaste con él? —aventuró. —Sí.
—¿Qué dijiste? —preguntó ella, insatisfecha por la respuesta.
—No mucho —replicó él, encogiéndose de hombros—. Simplemente le señalé los inconvenientes de un cableado eléctrico defectuoso y lo caro que podía llegar a resultar.
—¿No le dirías a Clarence que pensaba demandarlo? —preguntó ella mirándolo incrédula.
—No le dije a Clarence que ibas a demandarlo —repuso él, tras una breve pausa. Ella bizqueó.
—Ya, ahora hablas como un abogado, ¿no? De acuerdo ¿Le sugeriste que era una posibilidad?
—Sólo comenté las diversas posibilidades y él, muy comprensivo, demostró que lo preocupaba mucho tu bienestar.
—Vaya —dijo ella, moviendo la cabeza admirada.
La cautelosa expresión de él se suavizó ligeramente y sus ojos brillaron de curiosidad.
—Vaya, ¿qué? Olivia se echó a reír.
—Si eres así de bueno después de quemarte las manos y de tomarte una ración doble de calmantes, debes ser impresionante en un tribunal.
—No se me da mal —se sonrió él.
—¿Te vas a hacer el humilde? ¿Cuánto me va a costar tu conversación con Clarence?
—Podemos negociarlo. —¿Una cena?
—Si además me das el chándal que llevas puesto, trato hecho. —¿Te gusta esto? —preguntó Olivia mirando el deslucido chándal.
—Lo usaré para limpiar el coche —replicó él y la dejó allí, mirándolo estupefacta.
La tarde siguiente, Olivia entró a toda prisa cuando Nick le dictaba una carta a Helen por teléfono. Su melena oscura se mecía alrededor de sus hombros cuando pasó junto a él. Emanaba tanta energía nerviosa que casi zumbaba. Al mismo tiempo, su aura sexual era tal que cualquier hombre se habría sentido mareado. A Nick lo impresionó que removiera hasta los cimientos de la casa sin decir una sola palabra.
—Eso le dará un buen susto —le dijo a Helen—. Hablaré contigo más tarde. —¿Es eso lo que haces todos los días? —preguntó Olivia curiosa—. ¿Dictar cartas amenazadoras?
—Yo lo llamo correspondencia motivadora —sonrió Nick.
—¿Motivadora? —Repitió Olivia. Ladeó la cabeza con escepticismo.
—Soy razonable. Les doy varias oportunidades para que eviten enfrentarse conmigo ante los tribunales.
—¿Suelen ir a juicio tus casos? —Pocas veces.
Ella lo miró fijamente y Nick sospechó que intentaba decidir que opinión le merecía su profesión. Nick sabía que su actitud despiadada incomodaba a mucha gente, pero funcionaba, así que sentía necesidad de justificarse.
—Eres un guerrero que lucha con palabras —comentó ella por fin, y sonrió misteriosamente—. ¿Alguna vez se enamoran tus clientes de ti?
—Si es un caso que se alarga mucho tiempo, a veces me toman cariño —repuso él.
Aunque Nick sintió el impulso inmediato de responder negativamente, sabía que no era del todo cierto.
—Cuando empezaba perdí un caso porque sentía mucha simpatía por mi cliente, y no preparé un buen plan. No puedo involucrarme sentimentalmente — dijo— o se me nublan las ideas. Me enfurece la injusticia, pero gano gracias a la estrategia.
—Sientes pasión por lo que haces —murmuró ella con cierta envidia—. Tienes mucha suer… —sonó el teléfono, interrumpiéndola. Arqueó una ceja y le sonrió—. ¿Quieres que conteste yo?
Él asintió, y el brillo divertido que vio en sus ojos hizo que se quedara a observarla. Olivia levantó el auricular y sonrió abiertamente.
—Stacy Evans —repitió, mirando a Nick interrogante. Él negó con la cabeza y ella agarró un lápiz—. Y te gustaría traerle una comida casera. Mides uno setenta y dos y ganaste un premio a «las mejores piernas» en un bar. Eres rubia. De acuerdo. ¿Aclaras el color con revelador?
Él soltó una carcajada.
—Ah, reflejos —repitió Olivia, asintiendo con la cabeza—. ¿Con gorro o con papel de plata? —curioseó. Tras algunos comentarios puso fin a la conversación—. Desde luego. Puedo garantizar que el señor Nick Nolan recibirá tu mensaje. Hasta luego.
Colgó el teléfono mientras terminaba de garabatear la nota.
—Esta sabe cocinar, pero es posible que tenga un problema de raíces.
—¿Por qué le hiciste esas preguntas cuando sabes que no voy a llamarla? — preguntó él, confuso.
—He estado reconsiderando tu perspectiva sobre este asunto y creo que podrías estar desperdiciando una gran oportunidad. Piénsalo. Todas estas mujeres están interesadas por ti. Cuando decidas que quieres salir, si tienes datos sobre ellas, puedes decidir si te apetece llamar a alguna.
—Están todas locas —replicó Nick, convencido de que ella también había perdido la cabeza.
—Es posible —aceptó Olivia sonriente—. Pero están locas por ti. —Están locas por quien ha descrito la prensa, no por mí —negó Nick. —¿Y qué diferencia hay entre lo que la prensa dice y lo que eres de verdad? Nick se sintió frustrado. Cuando Oliva lo miraba, notaba que no sabía cuánto había cambiado. Aún lo recordaba como sí fuera el chiquillo de Cherry Lane. Incluso de niña, siempre había intentado analizar, ver más allá de lo meramente superficial, un rasgo que en ese momento lo irritaba profundamente.
—Los medios de comunicación hablan de mí como si fuera un héroe, un buen tipo, un tipo agradable —explicó, sabiendo que esos tiempos quedaban muy atrás—.
No soy un tipo agradable, Olivia —añadió, deseando que su advertencia no cayera en saco roto.
Nick vivía en un mundo de soltero. La tintorería se ocupaba de casi toda su colada, y sus cenas consistían en comida a domicilio, congelados o latas. Por eso, cuando el aroma de repostería que salía del horno llegó al estudio, se preguntó si sufría alucinaciones.
Siguió leyendo unos minutos más aunque el delicioso aroma no le dejaba concentrarse.
Por fin se rindió y bajó las escaleras. Olivia estaba inclinada sacando un pastel del horno.
La voluptuosa curva de su trasero hizo que se olvidara por completo del pastel. Nick sabía que debajo de los anchos vaqueros había una cintura adorable, unas nalgas que deseaba acariciar, unos muslos sedosos que conjuraban imágenes de placer y satisfacción.
Tenía un cuerpo capaz de hacer perder el sentido a un hombre, pero no sólo eso. Su forma de moverse, de sonreír, de permitir que sus emociones brillaran en sus ojos, le hacía pensar en sexo salvaje y desenfrenado.
Durante un instante Nick pensó en aprovecharse de la situación. Profesionalmente tenía fama de aprovecharse de todas las situaciones. En sus relaciones personales había aprendido muy pronto a elegir mujeres con una actitud sofisticada hacia el sexo y que mantuvieran sus emociones bajo control.
Esas relaciones satisfacían su cuerpo pero lo dejaban intranquilo. Era casi como si después se sintiera vacío. Nick se decía que era ridículo. Prefería mantenerse alejado de relaciones complicadas y de mujeres liosas.
Aunque siempre había excepciones, pensó, mirando a Olivia de nuevo. Ella era emocional e impredecible, pero sólo con ver cómo movía el cuerpo al andar, adivinaba que sería una amante muy sensual. Exigente y generosa, todo un reto. Pero no sería fácil de controlar y Nick estaba acostumbrado a tener el control.
Sería un reto.
Olivia se dio la vuelta de repente, los ojos oscuros abiertos con sorpresa, la cara y la blusa manchadas de harina.
Liosa, pensó. Él había cambiado desde que era un niño; Olivia todavía llevaba las emociones a flor de piel.
—Tienes la desagradable manía de aparecer por sorpresa —lo reconvino.
Hasta su voz le hizo pensar en sábanas alborotadas y piel desnuda. Sus ojos, en cambio, lo devolvieron a Cherry Lane y puso freno a su instinto.
—El olor te ha delatado. Me sorprende que el horno haya sobrevivido. Nunca antes había tenido un pastel dentro. ¿De qué es?
—De cerezas —respondió ella—. Pero deberíamos esperar hasta después de cenar. Ahora está que arde.
Fue un comentario inocente, y Nick estuvo por completo de acuerdo, pero pensaba en otro tipo de ardor.
Capítulo Tres
—Es lo menos que puedo hacer —dijo Olivia, incapaz de soportar ver a Nick destrozar el trozo de pastel. Se apoyó contra la mesa y le puso un trozo de pastel delante de la boca—. Me salvaste la vida.
—¿Es necesario volver a hablar de eso? —gruñó Nick.
—No —rió ella—. Te has apañado bien con el sándwich de pavo, pero estás machacando mi pastel. Deja de quejarte y come —insistió. Estaba claro que odiaba que lo ayudara—. Vamos. Sabes que te apetece.
Él la lanzó una mirada que fue como una bofetada de sensualidad. Parpadeó sorprendida, al ver la pasión en sus ojos. Él cambió de expresión, cerró la boca alrededor del tenedor y aceptó el bocado. Era una locura, pero incluso su manera de devorar el trozo de pastel le pareció sensual. Desafortunadamente, Olivia sabía que la fuerza solía ser el escudo tras el que se escondían los abusones. Sin embargo, Nick no le daba esa impresión.
Al verlo pasarse la lengua por los labios se le encogió el estómago. Él gruñó apreciativamente y ella volvió a sentir la misma sensación. Lo observó mientras tragaba, inquieta por sus sentimientos.
—Tienes razón. Está delicioso. Quiero más —dijo él, mirándola.
Ella sintió un escalofrío. Sería un amante exigente, pensó. Se preguntó si también sería generoso. La idea de ser responsable del placer de Nick era increíblemente seductora. Le ofreció trozo tras trozo notando como la tensión crecía en su interior. Él chupó una cereza con la lengua y ella sintió una oleada de calor.
Cuando comprendió que la estaba excitando ver a Nick comer, se sintió avergonzada de sí misma. ¡Qué estaba pensando! Respiró lentamente varias veces y se recordó que había tomado una serie de decisiones cuando se matriculó en la universidad. Durante el primer año los hombres estaban prohibidos. Había decido mentalmente apagar el interruptor de su corazón y de sus hormonas femeninas.
Cuando Nick comió por fin el último bocado, estaba tan nerviosa que tenía ganas de romper el plato. Lo recogió y lo llevó a la pila.
—Estaba buenísimo. Gracias…
—De nada —replicó Olivia, abriendo el grifo.
Percibió, más que oír, que Nick la seguía. El corazón le latía acelerado y se mordió el labio mientras lavaba el plato.
—¿Hay alguna razón por la quieras arrancar el dibujo del plato? —preguntó Nick, casualmente.
—No —respondió con voz aguda, un tono que odiaba porque denotaba su nerviosismo. Rígida, aclaró el plato, forzó una sonrisa y se volvió hacia él.
Aunque parecía relajado, Olivia estaba segura de que sus ojos azules estaban devorando cada detalle de su persona, desde el pelo revuelto, las mejillas sonrosadas
y cada curva de su cuerpo hasta los pies. La miraba tan intensamente que se preguntó si podría leer su mente.
—Me alegro de que te gustara el pastel. Me voy a estudiar un examen. —¿De qué asignatura?
—Civilización occidental —respondió, deseosa de concentrarse en otra cosa—. Me sé los temas, pero cuando miro las preguntas del examen me quedo…
—En blanco —intervino Nick, asintiendo con la cabeza.
Sorprendida de que Nick entendiera su nerviosismo, dio un respingo. —Se me hace difícil creer que sepas lo que es eso.
—No solía ponerme muy nervioso en los exámenes, pero me quedé en blanco unas cuantas veces —admitió—. Respirar profundamente y pasar a la siguiente pregunta, para volver a la primera al final, solía ayudarme.
—Tendré que acordarme de eso —dijo Olivia, apuntándolo en su lista de trucos para sobrevivir el primer año de carrera. Pero le iba a ser muy difícil recordar nada si Nick no se apartaba. Cada vez que respiraba percibía su olor, y sus hormonas respondían automáticamente.
—No pareces nerviosa —murmuró él, acercándose aún más—. Pareces… — dudó—. Enfadada.
—No estoy enfadada —dijo Olivia con vehemencia. Él la recorrió con mirada especulativa.
—O excitada.
Olivia, muda de repente, sintió una punzada de pánico. «No, no, no». No deseaba estar excitada, y si lo estaba no quería que él lo supiera. Quiso negarlo, pero las palabras se le quedaron atragantadas en la garganta.
Nick inclinó la cabeza hacia un lado e hizo una mueca.
—Bingo —dijo con voz grave y aterciopelada, teñida de sorpresa—. ¿Qué es lo que te ha excitado?
—Nada. Nada, nada. No estoy excitada —repuso Olivia.
—En mi profesión —Nick sonrió abiertamente—, he aprendido que la gente tiende a responder con énfasis cuando no dice la verdad.
Olivia inspiró profundamente, captando de nuevo su aroma sutil y sexy. Debería desagradarla que la estuviera poniendo en un aprieto, decidió aferrarse a esa idea. El desagrado era mucho más seguro que la excitación.
—Ha sido un momento de locura temporal —explicó—. Un ramalazo extraño que ya ha desaparecido. Por completo —añadió.
—¿Seguro?
—Sí —replicó ella alegre, rezando porque fuera verdad. —¿Qué lo provocó? —preguntó él, curioso.
—¿Qué provocó qué? —¿Qué te ha excitado?
Olivia notó que sus mejillas ardían y miró hacia otro lado. —No estoy segura.
—¿Ha sido algo que he dicho? —No, sólo…
—Algo que he hecho —concluyó él.
Olivia gimió y cerró los ojos. No la iba a dejar en paz. Iba a seguir atacando hasta que contestara. Abrió los ojos y se enfrentó a él.
—Vale, vale —dijo—. Si te lo digo ¿lo dejarás? —Dejar ¿qué?
—¡De acosarme! —Sí.
—Fue la forma de comerte el pastel.
—La forma de comerme el pastel —repitió él, como si ella hablara en chino. Parpadeó lentamente—. Pero si me lo diste tú.
—Sí, pero disfrutaste mucho. Había algo… sensual… en tu forma de comer. Lo devoraste —hizo una pausa— con pasión.
—La forma de comerme el pastel —volvió a repetir Nick. Olivia había sido una niña rara, ahora era una mujer estrambótica. Atractiva, pero chiflada—. ¿Sólo eso?
La vio suspirar exasperada y deseó ardientemente poder utilizar las manos. Sentía la necesidad de atraerla a sus brazos y besarla con el mismo placer con que había comido el pastel. Luchó contra su deseo, impaciente con la atracción que le provocaba, impaciente consigo mismo.
—Bueno, puede que también tu olor —admitió ella a regañadientes, apoyándose en la encimera—. Pero fue algo temporal.
—Una anomalía irrepetible —dijo él con voz tranquila, pero cada vez más impaciente.
—Sí —asintió ella.
Que se fuera al diablo el control, pensó él. Sólo era un beso, una forma de sacársela de la cabeza. Nick había aprendido que la realidad de una mujer pocas veces era tan intrigante como la fantasía. Puso los brazos a ambos lados de la encimera, atrapándola.
—Si es irrepetible, no deberíamos desaprovecharla.
—¿Desaprovecharla? —gimió ella, abriendo los ojos de par en par. Él agachó la cabeza.
—Curar esa mutua locura temporal —murmuró, y la besó. Ella, atónita, se puso rígida, pero tras un segundo se relajó. Sus labios le parecieron suaves y carnosos, y cuando los entreabrió él introdujo la lengua en su boca. Sabía a pastel de cerezas y a algo más provocativo.
Olivia gimió suavemente y todo el cuerpo de Nick vibró. Frotó sus labios contra los de ella, que respondió mordisqueándole el labio inferior.
Nick se acercó más y sintió los pezones erectos a través de la blusa. Hubiera dado cualquier cosa por tocarle los senos, pero tenía las manos vendadas. Agitado, continuó besándola, comiéndole la boca y dejando que ella le respondiera.
Siguió besándola, deseando más cada vez. Ella levantó las manos y le agarró la cabeza, apretándose contra él.
Nick, completamente excitado, comenzó a frotarse contra ella. Se la imaginó húmeda y volvió a desear tocarla con los dedos. Con la boca. Con el cuerpo.
Centímetro a centímetro, Olivia deslizó los dedos hasta sus caderas y lo atrajo hacia sí, sintiendo su excitación.
—Oh, Dios mío —susurró, apartó la boca y lo miró consternada—. Tengo que parar —dijo, como si hablara consigo misma—. Tú tienes que parar.
«Parar». Aunque él captó el significado, su cuerpo deseaba más. Ella cerró los ojos con determinación un segundo y luego lo miró.
—No puedo hacer esto —explicó—. Cuando volví a estudiar decidí desenchufar mi sistema hormonal y debe seguir así. ¡No puedo suspender!
Si no hubiera sido por su obvia angustia, Nick se habría reído a carcajadas de la tontería de desenchufar un sistema hormonal. Sin embargo, su consternación le llegó a lo más hondo. Eso le sorprendió, hacía mucho tiempo que Nick había protegido su corazón contra todo tipo de asalto.
—¡Eh! —exclamó—. ¿Qué es eso de suspender? Un beso no hará que suspendas.
Vio multitud de expresiones fugaces pasar por sus ojos antes de que ella desviara la mirada. Tuvo la impresión de que estaba a punto de echarse a llorar.
—Olivia ¿qué es esa bobada de suspender?
—Algunos no creen que sea una bobada —protestó Olivia, con los ojos marrones brillantes de lágrimas, que se esforzó en esconder—. Algunas personas creen que voy a suspender.
—Algunas personas no tienen ni idea. De hecho, muchas personas no tienen ni
idea —repuso Nick, sintiéndose fieramente protector.
—Mi familia no me ha dado muchos ánimos —comentó ella.
—Pero eso no te sorprende —dijo Nick, con voz cínica—. La familia puede ser el mayor apoyo de una persona o su mayor detractor. Tú eres la que vas a clase y estudias. Tú quien lo va a conseguir. No ellos. Uno de los mayores placeres de la vida es hacer algo que otros consideran un imposible.
Nick calló de repente, sintiendo cierta vergüenza ante su propia convicción. Pensó que probablemente sonaba como un anuncio. Pero la cara de Olivia se iluminó igual que si hubiera encendido una vela. Le pareció ver una mezcla de esperanza y determinación en sus femeninos rasgos.
—De acuerdo —dijo ella, y con esa voz que era naturalmente sensual, añadió—. Súper Comando Guerrero.
Mientras ella se dirigía a su habitación, él recordó su comentario sobre desenchufar el sistema hormonal y movió la cabeza de lado a lado. Para conseguirlo le haría falta un hábito, un velo y, quizás, un guardián.
Nick maldijo cuando colgó el teléfono.
Olivia lo miró recelosa. Llevaba toda la tarde paseando de arriba abajo, callado y de mal humor. No quería acercase a él, sobre todo porque la preocupaba lo poco que le había costado excitarla el día del pastel. Estaba empeñada en que no volviera a suceder. Lo ayudaría hasta que le quitaran los vendajes y luego buscaría otro lugar para vivir. Era lo menos que podía hacer.
—¿Problemas? —preguntó.
—Sí. Bob Dell, un socio de mi bufete, me ha ordenado que vaya a un cóctel que da un cliente. Dice que ahora mismo estoy «de moda» y quiere aprovecharse de mi popularidad, «mientras dure» —añadió con sorna— para conseguir una nueva cuenta.
—Quizás no esté mal. Unas copas y unos canapés. Con los vendajes seguro que ni siquiera tienes que darle la mano a nadie.
Nick se miró las manos y puso mala cara.
A Olivia le recordó a un tigre con una pata herida.
—Si quisiera dedicarme a la política, estaría trabajando para el fiscal de la comunidad de naciones —gruñó Nick.
—No —murmuró para sí Olivia—. Serías el fiscal de la comunidad de naciones. —Tienes razón —rió él. Suspiró y movió la cabeza con resignación—. Tengo que llevar pareja.
—Eso no es problema. Tenemos una larga lista de mujeres que se mueren por… —Ni en un millón de años —cortó él—. No me hacen falta ese tipo de complicaciones. Necesito a alguien que entienda que esta fiesta no es más que un trabajo —dijo, mirándola enfurruñado.
Se hizo el silencio entre ellos. A Olivia se le contrajo el estómago al notar cómo la miraba: analítico y calculador. Fue a por la lista de mujeres que lo habían llamado durante la semana.
—Tú —dijo rotundo.
Olivia negó con la cabeza, aunque el corazón le dio un vuelco.
—Sabes que ahora mismo no quiero involucrarme sentimentalmente. Y yo sé que tú tampoco.
—Es el sábado por la noche —dijo Nick, como si ya estuviera todo decidido. —No creo que sea buena idea.
—¿Por qué? —inquirió él con tono razonable.
«Porque eres demasiado sexy, demasiado atractivo, demasiado fuerte». Olivia se mordió el labio para evitar esos pensamientos.
—Simplemente no… —comenzó con vaguedad y luego soltó lo primero que se le ocurrió—. No tengo nada que ponerme.
—No es problema —replicó Nick sin dudarlo—. Te daré mi tarjeta de crédito y puedes ir a comprar algo.
—¡Oh, no! No puedo permitir que pagues…
—Insisto —interrumpió él—. No irías a la fiesta si no fuera por mí. Y no irías si yo no te hubiera rescatado.
—Oh —Olivia tragó saliva, al recordarlo—. Supongo que es lo menos que puedo hacer.
Helen Barnett, la asistente de Nick, era una mujer rubia meticulosamente arreglada, y tenía más clase en un dedo meñique que la que la mayoría de las mujeres se atrevían a desear. Olivia le calculó cuarenta y pico años, y se hubiera sentido intimidada de no ser por la calidez de su mirada. Fueron juntas a una elegante boutique de Libbie Avenue.
—Oh, no —murmuró tras echar una ojeada a los precios—. Decididamente este sitio no es para mí.
—Claro que sí —sonrió Helen—. Aquí encontraremos el vestido perfecto. Dudosa, Olivia miró los percheros.
—Son todos demasiado… —¿Demasiado qué?
—Caros —susurró, tras carraspear.
—Nick dijo que el dinero no era problema y me dio su tarjeta de crédito. No tienes por qué preocuparte.
—Considéralo un acto de caridad hacia él —dijo Helen, haciendo un gesto de rechazo con la mano—. Nick gana mucho dinero y no tiene tiempo para gastarlo. Además, eres la primera mujer normal que ha pasado por su vida en años.
Olivia estaba segura de que Nick no la consideraba muy normal.
—Sigo pensando que debe haber alguien más apropiado que yo para asistir a la fiesta con Nick.
—No. Nick ni siquiera se ha acercado a conocer a la chica adecuada. No es que yo sea una casamentera, pero siempre he pensado que la mujer adecuada necesitaría tener una serie de cualidades muy inusuales; decididamente él está cortado por otro patrón.
—Cortado por otro patrón ¿en qué sentido? —preguntó Olivia, curiosa por conocer la perspectiva de Helen. Esta ladeó la cabeza pensativa.
—Es casi demasiado inteligente para su propio bien, y todo el mundo sabe que tiene el instinto depredador de un león. De hecho, uno de los socios comentó una vez las diferentes formas de matar de leones y tigres. El león le rompe la espalda a su víctima.
—Para mí es muy difícil conciliar esa imagen con la del niño que conocí cuando vivíamos en Cherry Lane.
—¿Conociste a Nick cuando era un niño? No me lo dijo. Tengo que preguntártelo, ¿qué tipo de niño era? ¿Un abusón?
Olivia negó con la cabeza, pensando en su hermano.
—En absoluto. Nick se enfrentaba a los abusones. Incluso me defendió a mí unas cuantas veces.
—Entonces conoces su secreto —repuso Helen, mirando a Olivia con curiosidad.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Olivia, sintiendo una extraña sensación de mariposas en el estómago.
—Nick no sólo tiene el instinto depredador de un león, también tiene corazón de león. Pero mantiene su corazón amurallado y no disfruta de su tiempo libre. Es una pena ¿no crees?
Olivia rememoró la semana que llevaba en casa de Nick y la imagen que Helen tenía de él encajó perfectamente.
—Sí lo es —dijo, pero se recordó que no podía, y no debía, hacer nada para arreglarlo. Aún así, la molestó pensar que Nick no estaba disfrutando de la alegría de vivir.
—¡Santo cielo! —exclamó Helen, interrumpiendo el pensamiento de Olivia—. Sólo tengo cuarenta y cinco minutos para ayudarte a encontrar algo antes de volver a la oficina —Helen eligió un vestido negro—. Hay que darse prisa. ¿Qué te parece éste?
Aunque accedió a probárselo, Olivia buscó en vano los vestidos largos y sueltos que solía ponerse cuando no llevaba vaqueros. En Georgetown había trabajado en una peluquería exclusiva pero moderna, y todas las estilistas seguían el dictamen de ropa informal de la dueña.
Treinta minutos después, Olivia salía de la tienda con un vestido de punto blanco de diseño exclusivo que se ajustaba a su cuerpo a la perfección. Zapatos, bolso y chal completaban el conjunto, que había costado tanto como dos de las mensualidades que Olivia pagaba por su coche.
—Aún no pareces convencida —comentó Helen—. El color es perfecto para tu tono de piel y tu pelo oscuro.
—Siempre que no me tire nada encima —balbució Olivia, insegura. No debería ir a esa fiesta.
—Estarás maravillosa —rió Helen—. Con ese vestido puede que hasta Nick cambie de opinión sobre involucrarse en serio.
—¡No! No quiero que cambie de opinión. No quiero tener una relación. Me he prometido no tener ningún romance ahora que voy a la universidad.
—¿Ningún romance? —se sorprendió Helen.
—Eso es —dijo Olivia—. Las relaciones sentimentales están prohibidas, sobre todo en mi primer año de universidad. Tengo que concentrarme en los estudios. He desenchufado mi sistema hormonal.
Helen sonrió suavemente, dubitativa.
—¿De verdad crees que puedes desenchufar el corazón?
—Tengo que hacerlo —aseguró Olivia, pero sintió que el corazón la oprimía en el pecho.
Capítulo Cuatro
Olivia, de puntillas sobre sus zapatos de diseño exclusivo, llegó al vestíbulo y vio Nick. Estaba de espaldas y no pudo evitar fijarse en la anchura de sus hombros bajo el abrigo de lana negra. Su oscuro cabello, ligeramente largo considerando su profesión, le rozaba el borde del cuello del abrigo, y a Olivia le gustó. Incluso desde atrás, se notaba que llevaba la ropa con elegancia.
Con confianza, se repitió, envidiándolo de nuevo.
Un segundo después él se dio la vuelta. La miró durante tanto tiempo que ella empezó a preguntarse si se le había corrido el carmín o si tenía una carrera en las medias, aunque sabía que no era así.
Incapaz de soportar el silencio un instante más, Olivia se aclaró la garganta. —Helen dijo que te sorprenderías —comentó.
—Helen se equivocó.
—No te gusta —dijo Olivia, sintiéndose desolada. Le importaba su opinión y eso no debía ocurrir. Le importaba demasiado—. Sabía que no era lo adecuado para mí —dijo, haciendo un recorrido mental de su vestuario—. Yo…
—No —dijo él acercándose y poniendo un dedo enguantado sobre sus labios—. No he dicho que no me guste. Simplemente no me sorprende.
—No entiendo —dijo ella confusa.
—Olivia, te vistes como si tu cuerpo fuera un arma secreta. Quizá lo sea — murmuró, haciendo una mueca.
—Me pongo ropa cómoda —dijo Olivia con las mejillas encendidas.
—Vaqueros sueltos, camisas grandes, sudaderas. Te vistes para no llamar la atención. Puede que eso funcione con otros hombres.
—Pero no contigo —concluyó ella.
—No me sorprende que estés impresionante —la miró ceñudo—. Voy a tener que espantar a mis colegas. Ahora envuélvete en el chal y tápate —ordenó.
Olivia empezó a echarse el chal sobre los hombros, pero Nick acabó de hacerlo por ella.
—Gracias, supongo. Tú tampoco estás nada mal —echó una ojeada a sus guantes—. ¿Cómo convenciste al médico para que te quitara los vendajes?
—Negociando —replicó, encogiéndose de hombros. Olivia hizo una pausa y lo miró fijamente.
—¿Seguro que sabe que no llevas vendajes? —Sí. ¿Te sorprende?