UNA EDICION RECIENTE DEL
CANTAR DE MIO CID‘
unque para esta edición Marcos Marín aprovecha materiales ya
publicados en su versión modernizada (Alhambra, Madrid,
1985), la suma de “buen número de precisiones, correcciones, adiciones que incluyen secciones enteras totalmente nuevas” (p.
ll) y de un texto crítico del Cantar, fijado y anotado desde la rica
perspectiva de la lingüística histórica, son razones más que suficientes para considerar su trabajo como un nuevo y valioso aporte a la nutrida historia editorial del Códice de Vivar y del Cantar de mio Cid.
Ya en la Introducción (pp. 7-1 l l), Marcos Marín advierte que
“el ordenador, al permitirnos mantener párrafos enteros que no han variado, puede contribuir a dar la falsa impresión de que ambas
introducciones son muy parecidas, lo que sería una apreciación errónea” (p. l l). La reconstrucción de un texto critico exige, por supuesto, más justificaciones de las que exigía la modemización de 1985; no es casual que la incorporación más importante de nuevos materiales se localice en “5.2. El Cantar y la lengua del siglo Xll”. Así, ha parecido pertinente
' Cantar de mio Cid, ed. de Francisco A. Marcos Marín, Biblioteca Nueva, Madrid, 1997 (Clásicos de Biblioteca Nueva, 2); 589 pp.
213 Incipít, xvc (1999)
ahora demorarse en terrenos como la reconstrucción
fonológica/grafémica (pp. 56-57), en la revisión de los problemas de
realización y representación de [ué], [uó], [ó] a la luz de las Glosas
Emilianenses (pp. 58-59) y su fecha aproximada de altemancia gráfica
ue/o según el testimonio de la infeudación del Castillo de Alcózar
(Soria) de l l 55, editado en esta ocasión (pp. 61-62); en la conveniencia de la restitución de la e paragógica y del mantenimiento de la dental final de la tercera persona, sonorizada (pp. 63-64), etc.
En otros casos, el nuevo material incorporado responde al
natural compromiso de presentar y discutir algunos artículos
fundamentales aparecidos con posterioridad a la versión de 1985; por ejemplo, la revisión que hace Colin Smith de ciertas posiciones suyas en un artículo de 1994 (p. 22); la certeza actual, luego de la revisión de Alberto Montaner, de que el Códice de Vivar no puede ser un original del XIII (p. 3 l); los usos monetarios en el Cantar como otra pista para sudatación alrededor de la mitad del siglo XII (pp. 48-53) según un importante trabajo de Kinkade (que aparece como en prensa en la
bibliografia, pero estaba ya publicado en Anuario Medieval 6, 1994, pp.
lO3-l26); el artículo de Aguilar Piñal sobre una copia perdida del
Cantar (pp. 32-33), etc.
La incorporación y discusión de nuevos estudios no ha sido, sin embargo, exhaustiva. El lector echará de menos la reseña, por ejemplo, de los recientes aportes de Antoni Rossell al terreno de la épica como manifestación oral-musical en el capítulo “Los cantares de gesta como cantares” o la discusión del articulo de Garcia Yebra a propósito de la e paragógica y el sistema de asonancias (RFE, 74, 1994, pp. 5-21) en el
que, aunque con algunos errores metodológicos importantes (por
Mota-Reseña 219
lilon” como una metátesis de “aillon” (Ayllón). Menéndez Pidal
propuso, apoyándose en datos geográficos y testimonios cronísticos, pero sin mayor justificación ecdótica, A tienca, colocando el verso entre
los vv. 415-416. Marcos Marín, luego de señalar que se trata de un
genitivo denominativo, propone un sentido literal para el verso (“El Cid va saliendo desde la izquierda de San Esteban y,al tomar hacia el sur,
desde la derecha de las torres de Alilón, pasó por Alcubilla del
Marqués”), con lo que para él “la solución A illón cs ahora aceptable y la explicación de la grafía, simple confusión de trazos de iy l, nada dificil” (nota ad loc.). Para Sánchez-Prieto Borja, por el contrario, el problema del locus afectado es exclusivamente mecánico: “Era corriente en los códices medievales prolongar las astas de las letras del primer renglón de una cara. El uso no es sino la extensión de una práctica documental que tiene por objeto llenar el margen superior para impedir la adición de texto. El recorte para la encuademación mutiló en el Códice del Cantar muchas astas ascendentes; el códice ponía originalmente alison, con s alta, es decir, ‘allí son las torres que moros las han”’ (Incipit 16, 1996, p. 23). Restaría explicar a qué torres en posesión de los moros se alude en el Cantar (aunque, como propone el mismo Marcos Marín, no extraña la presencia de territorios todavía en poder de los moros, en la extremadura castellana o soriana).En descargo de estos capítulos sólo remozados de la
Introducción, son muchas y muy importantes las nuevas secciones que presenta Marcos Marín: en “O.l. Los cantares de gesta como cantares” (pp. 12-15), recuerda la dimensión musical del canto épico; en “O.3. El Cantar de mio Cid y la estructura de su estudio” (pp. 26-29), revisa lasherramientas con que contamos para zanjar la contradicción que
representa la puesta por escrito de una obra que fue oral en su origen; en “0.4. Construcción del texto” (pp. 29-30), se ocupa de la línea temática sobre la que se construye el Cantar (el camino del destierro a la honra); en “6.4. El Cantar, para nosotros, hoy” (91 -97), reseña la actualidad para el lector (no para el arqueólogo) de ciertos aspectos intemporales de ese mensaje humano en una montura arcaica que es el Cantar.
¿gg lncipít,XDC(1.999)
mio Cid” (pp. 97- l O5), un capítulo que, aunque inusual en la
introducción de una edición crítica (como el mismo autor declara),resulta absolutamente oportuno en este caso. Con la sana intención “de
no ocultar que la realidad de la Filología esconde unas dimensiones
personales, de grupo y de sociología universitaria que es imprescindible
explicar cuando pasan los años, para que las generaciones jóvenes
comprendan, además de los argumentos, los motivos de esos argumentos
y actitudes” (p. l l), Marcos Marín reseña, desde una perspectiva
personal, lo que considera “se ha convertido en un juego académico de poder y vanidad” (p. lO l ): la datación del Cantar de mio Cid. Revisando primero lo que llama “datos absolutos” (fecha de la copia conservada, fecha del explicit) y “datos relativos” después (la anterioridad de las segundas bodas de las hijas del Cid a l 140, las semejanzas lingüísticas del Cantar con otros testimonios tempranos, la alusión del Poema de Almeria y su cercanía dialectal con el documento de Alcózar), llega el
editor a ese punto de la explicación en el que parece necesario
recontextualizar los argumentos a favor y en contra de una datación temprana o tardía... y esos datos ya no están en lo absoluto o en lorelativo, sino en “esa parte de la discusión [que] se enmarca en el terreno
de lo social, en la lucha por el reacomodo en la sociedad española
posterior a la Guerra Civil y en la lucha pordeterminadas parcelas de poder universitario, en lo general y, en lo particular, por la condición
humana” (p. 102). Marcos Marín repasa esas figuras que las
generaciones más jóvenes acostumbran considerar como gigantes para devolverles su talla humana; nos pone delante de las circunstancias que identificaron la interpretación del Cid de Menéndez Pidal con las bases científicas del nuevo estado franquista y la posterior falta de simpatíacon este estado -primero del propio Menéndez Pidal, después de los simpatizantes con el Régimen-, para llegar a ese momento en que
“oponerse a Menéndez Pidal pasó entonces a ser una forma de oposición
a lo establecido, en los dos sentidos, el antifranquista y el de
reconciliación con el franquismo” (pp. 102- l 03). El “supuestoNota-Reseña 221
de Colin Smith como un eje de poder fundamental dentro de este
movimiento.
Es éste un capítulo apasionante y apasionado de la Introducción.
Lamentablemente, Marcos Marín se detiene en el problema de la datación del Cantar y obliga a su lector a sacar conclusiones por sí mismo sobre las importantes repercusiones que ha tenido esta ola
iconoclasta en el tratamiento ecdótico del codex unicus. Aunque autor, fecha y forma de transmisión han sido temas importantes de la polémica levantada en tomo a Menéndez Pidal estos últimos años, conviene no
perder de vista que todos estos datos sólo fueron significativos -o
deberían serlo- en la medida que apuntalaban las bases teóricas de una determinada hipótesis de trabajo y de un determinado texto crítico. No podemos limitar las contribuciones de la escuela inglesa al eslabón más endeble -la datación y autoría que propuso y defendió férreamente Colin
Smith-, sin arriesgarnos a pasar por alto la que sigue siendo su
contribución más valiosa: la crítica iconoclasta al textus receptus de Menéndez Pidal se convirtió rápidamente en un volver los ojos al Códice de Vivar del que son tributarias las ediciones posteriores, incluida entre ellas la del propio Marcos Marín, cuyo respeto casipaleográfico a las lectiones y grafias del codex unicus no se entendería sin este precedente.
La nueva introducción se complementa con un conjunto de
apéndices que de fonna sucinta presentan aspectos de interés histórico para la comprensión del Cantar (“Marco geográfico y cronológico”, pp.
113-117; “Cronología”, pp. 137-156, establecida por Coronado Pichardo) o de historia de la lengua (“Indicaciones para leer el texto antiguo”, pp. 133-136). Una bibliografía económica (pp. 119-132, dividida en Ediciones, Bibliografías y Estudios), rica en referencias
sobre temas lingüísticos, pero que no pretende competir con la
exhaustividad de otras ediciones recientes y puede situarse bien en elterreno más modesto de una bibliografía citada, completa esta
Introducción.Edición crítica y versión modemizada, enfrentadas, ocupan las
¿gg Incípit, X DC (1999)
permite al lector el acceso inmediato al texto crítico del Códice de Vivar,
al sentido en ocasiones opaco para el no especialista que la
modernización aclara y a un aparato de notas híbrido en el que seunifonnaron las notas del texto crítico y las del modemizado; y libera al editor del peso que significa la explicación de términos fuera del uso
actual o la glosa de versos oscuros y de una dispositio textus más
familiar a ojos del lector no especializado, que siempre podrá recurrir a la versión modemizada.
En la línea del trabajo ecdótico deAlberto Montaner(Barcelona, Crítica, 1993), el texto fijado por Marcos Marín representa, antes que la negación acrítica de las tesis pidalianas como había venido sucediendo luego de la edición de Colin Smith, una revisión rigurosa del trabajo
adelantado por Menéndez Pidal a la luz de nuevas disciplinas (la fonología, por ejemplo, como apunta el propio Marcos Marín en su
“Introducción”, p. 57), nuevas herramientas (el programa HSMS2TDB
para generar bases de datos léxicos) y nuevos criterios que, por
personales, enriquecen el Códice de Vivar mejorando unos Ioci critici y sometiendo otros a discusión. Las ocasiones en que el editor declara en nota seguir o separarse de las enmiendas propuestas por Menéndez Pidal son un buen tennómetro de esta sana actitud que la lectura superficial del texto crítico confirma: mientras Marcos Marín conserva el v. l4b reconstruido por Menéndez Pidal según la Primera Crónica General y defendido porArmistead, relega a nota todas las demás reconstrucciones procedentes de materiales cronísticos (por ejemplo, l8 l bcd, 44lbcde, 755b, 835b, etc. de la edición de Menéndez Pidal). Un detenido análisis
del vocalismo tónico del Códice de Vivar permite a Marcos Marín enmendar dentro de la tirada 128 con asonancia en -ó-e las formas
gráficas “fuert” (v. 2691), “aluen” (v. 2696), “nues” (v. 2698), “fuent”
(v. 2700) como realizaciones gráficas que en la copia del XIV
corresponden a la suma de dos fonemas pero en la lengua temprana del Cantar corresponderian a realizaciones distintas de una o abierta; esto,Mota-Reseña 223
lecciones deturpadas.
Esta puesta al día del texto crítico pidaliano, verdadero textus
receptus del Cantar por muchas décadas, no sólo está vinculada al prestigio que ha vuelto a concedérsele luego de la borrasca (con las limitaciones ecdóticas impuestas por su momento, como demostró
Orduna en Incipit l7, 1997, pp. 6- l 6) o a los vestigios de esa autoridad magisterial que siempre se atribuyó a Menéndez Pidal desde el exterior.
La explicación a esta continuidad revisionista parece vinculada más
bien al propósito ecdótico (“la reconstrucción crítica del texto, llevando hasta sus últimas consecuencias las hipótesis lingüísticas”, pp. lO-l l) que, frente a otras ediciones limitadas -en palabras del mismo editor “por el mayor peso de lo erudito y literario sobre el análisis lingüístico del texto y la búsqueda de su interpretación desde la lengua” (p. 104),
encuentra su antecedente más inmediato en el trabajo de Menéndez
Pidal. Como el propio editor apunta, “es notable que este trabajo no se haya hecho desde la edición de Menéndez Pidal, cuyos conocimientos lingüísticos, recordemos, se quedaban en la teoría de los neogramáticos y eran anteriores al estructuralismo” (p. l l).
Esta premisa tiene, por supuesto, consecuencias muy
importantes en el texto crítico de Marcos Marín. En lo metodológico, la filiación aceptada con el fundamento de las ediciones del Cantar en este siglo pennite al editor descargarse de lo que ya venia siendo costumbre en la tradición ecdótica cidiana desde Menéndez Pidal: el cotejo de la propia enmienda con las de los editores previos. Como bien dice Gemián Orduna, “una lectura correcta no surge del consenso de los editores, sino de criterios ecdóticos” (art. cit., p. 32). Marcos Marín ha preferido partir para la fase de emendatío ope ingenii de lo que podríamos llamar una ratio lingüística, dando prioridad a la lengua del Cantar por encima detodas las Iectiones de editores anteriores y, en caso de recurrir a una lectio no lingüística, dando prioridad a las soluciones de Menéndez
224 I ncípit, XIX (1.999)
Esta perspectiva lingüística, ensayada antes por Menéndez
Pidal con un propósito distinto -restaurar la lengua del Cantar del siglo
Xll-, confiere al texto crítico una marcada singularidad sobre las
propuestas de los editores precedentes. Las soluciones que impone la lingüística como complemento del marco teórico de la ecdótica -poco
desarrollado, es preciso confesar, en el terreno de los codices unici
suelen significar mejoras evidentes en muchos de los Ioci obscuri del Cantar. Así, para restaurar la deturpación del asonante en una tirada ó-e
de “Myo cid Ruy diaz por burgos entraua” (v. 15), Marcos Marín
propone “entr[ode]” (< entrod* < entro!) contra “entroue” (Menéndez Pidal) o “entró” (Montaner); como explica en nota, “mientras que la
reconstrucción de entrode es totalmente explicable por morfología
histórica, la forma entrove es conjetural” (nota ad Ioc.). En el v. 653, entre sobeianas y grandes se intercalaron un signo tironiano primero y la preposición de después; mientras Menéndez Pidal y Montaner han restaurado “gentes se ajuntaron sobejanas de grandes”, Marcos Marín propone “sobeianas [e] grandes” tomando en cuenta que “sobeiana de mala aparece en v. 838, [pero] en todos los demás casos (12) no hay preposición” (nota ad Ioc.). Pequeño pero valioso aporte pues, aunque la
preposición de se encuentra tachada en el Códice de Vivar, con
excepción de Cátedra y Morros los editores posteriores han acogido sin comentario alguno la enmienda de Menéndez Pidal (véase Orduna, art. cit., p. 33). “Las ganancias que fizo mucho son sobeianas” (v. 1852) había sido restaurado por Menéndez Pidal como “Los ganados que fizo mucho son sobejanas” para respetar la asonancia á-o de la tirada; esta enmienda, desautorizada por Smith, Michael y Montaner (para quien ganados en el Cantar se usa sólo asociado a animales), vuelve a tener vigencia ante las razones que aduce Marcos Marín: “si se hacen todas las enmiendas de ganados en los casos requeridos por la rima y el contexto,
se advierte que se trata del participio pasivo de ganar y se refiere a cualquier cosa que se gana. La forma ganancia es posterior, en la
evolución semántica" (nota ad Ioc. ).
Nota-Reseña gg;
que, igualmente apoyadas en el sólido andamiaje teórico de la lingüística y en un conocimiento exhaustivo del Códice de Vivar a partir de una base de datos léxica, pronto resultan convincentes. Para, por ejemplo, “Por el val de arbuxedo pienssan ade prunar” (v. 1493), escribe en nota el editor: “Si se separa en a deprunar sería el único ejemplo de pensar a + infinitivo, no sólo en el texto, sino en nuestro corpus. [...] Es preferible
una formación léxica irregular a una construcción sintáctica única. Como la construcción con infinitivo exige necesariamente de, es necesario suponer que se omitió antes del verbo” (nota ad loc.). Así,
dando preferencia a la construcción sintáctica de mayor frecuencia (una versión dura del usus scribendi) y justificando el error ecdóticamente, propone en el texto crítico “pienssan [de] adeprunar” con una variante posible, en nota, “pienssan [de] deprunar”.
Claro que no todas las emendationes del texto crítico convencen de forma inmediata al lector. En el caso de “Prestas son las mesnadas de las yentes xanas” (v. 1674) tenemos un verso leonino con asonancia á-a dentro de la serie í-a de la tirada 92 que Menéndez Pidal restauró como “las yentes de Roy Díaz”, con asonancia completa, y Colin Smith como “las yentes cristianas” con asonancia aproximada, ambas restituciones
sin apoyo en el usus scribendi. Poco conforme con estas enmiendas,
Marcos Marín propone “a la vista de 1631 [...] descreydas, con lo que hay que entender el texto de modo distinto a como se ha venido haciendo: la atalaya infonna que se acercan las gentes descreídas, los moros” (nota
ad Ioc.); “de las yentes [descreyd]as” queda en el texto crítico. La enmienda supone una sustitución por antonimia cuyas causas son
difíciles de identificar desde una perspectiva ecdótica, pues no depende de una atracción del contexto ni de un error paleográfico. Una razón más
para sopesar la pertinencia de esta enmienda es que el cambio en el
sentido afecta el desarrollo narrativo de toda la tirada. Enmiendas como ésta habrán de discutirse bien antes de ser aceptadas por el grueso de los críticos, faltas de sustento lingüístico y ecdótico y apoyadas únicamente en errores contra la res metrica del Cantar, todavía tan desconocida para nosotros en muchos de sus aspectos más sutiles.
225 Incipit, xvc (1999)
léxicas que, propuestas por Menéndez Pidal, fueron abandonadas por
los últimos editores. Así pasa, por ejemplo, con ese Pero Vermuez,
reconstruido Vermu[do]z por razones fonológicas: “la copia siempre usa la grafía Vermuez que, fonológicamente, hay que interpretar /bennóz/,
para entender el mecanismo de la rima y la estructura vocálica del
castellano medieval” (p. 240, nota 61 l). Contra la lección que se había
impuesto en las últimas ediciones (“Vennuez” en el texto crítico de
Smith; “Vennúez” en los de Michael y Montaner), añade Marcos Marín
en la misma nota que “lo que no hay [...] es una /u/ + /e/; [we], con acento
sobre toda la sílaba, es una variante de /B/ en posición tónica, altemando
con la abierta [ó] y con las realizaciones diptongadas [wa] o [wo]” (ibid.). Una vez aceptada esta reconstrucción, por desgracia, su efectividad tambalea cuando “Vermu[do]z” altema sin justificación
alguna con “vennuez” (vv. 689 y 7 10) en el texto crítico y en las notas se puede leer indistintamente “Bermudoz” (nota 704), “Bermudoz” (nota 3302), “Vermudoz” (nota 1604) y hasta “Vermúez” (en este último caso,
como transcripción del Códice, nota 2864). Inexplicablemente, las
intervenciones de Marcos Marín no se presentan regularizadas en casos donde el criterio parecería tender hacia la regularización.
Este criterio de restitución según una realización fonológica
aproximada no es tampoco uniforme en todo el proceso de’ la emendatio:
en el caso de las grafías etimológicas pI-, cl-,fl-, Marcos Marín ha
respetado y restituido el grafema cuando el usus scribendi lo autoriza; en caso contrario, recompone con II- “para una comprensión más inmediata y para insistir en que el fonema correspondiente es la palatal lateral, sea cual sea la fonna escrita” (p. 168, nota l). Así, (l) el editor unifica las grafías unas veces siguiendo huellas de grafias etimológicas (“lorar” aparece siempre como “plorar” en el texto crítico restituyendo según la grafía del v. 18) y otras, (2) la realización fonológica aproximada (en los
casos de “lego”, v. 32; “laman”, v. 35; “legaua”, v. 37; se restituye
“|[l]ego”, “[l]laman”, “l[l]egaua”).
Se trata, sin duda, de intervenciones ecdóticas arriesgadas. En el
caso de (l), la reconstrucción de una grafía etimológica en todas las
Nota-Reseña 227
presupone la existencia de una uniformidad gráfica, cuando lo que en realidad tenemos es un sistema grafemático heterogéneo abundante en
alógrafos, muchas veces ni siquiera tributarios del sistema de representación
de un solo copista, sino de la superposición de sistemas en la historia de la transmisión de un texto (el concepto de diasistema de Segre, ahora bien explicado y ejemplificado por Lucía Megías en Incipit 16, 1996, pp. 55 l 14). Más cuando esta altemancia es un fenómeno común en el Códice de
Vivar: “asi” (v. 32) y “assi” (vv. 33, 61 ); “Castiello” (vv. 98, 540) y “castielo”
(v. S33); “archas”(vv. 85, 119, l27)y “arcas” (w. 113, 181, 189); “cogios”
(v. 588) y “coios” (v. 589); “fablo” (vv. 70, 78, 378) pero “flablar” (v. 104) y
“flablemos” (v. 1941); “lieuen (v. 93) pero “leuar” (v. ll6); “marchos” (vv. 138, 196, 199) y “marcos” (vv. 135, 147, 161). Como apunta Alberto
Van/aro, “resulta evidente que el problema de la sistematización lingüística del texto es todavía más delicado que el de la fijación del texto mismo. [...] si el texto está en español medieval, el polimorfismo es la regla y no estamos autorizados a crear una variación no documentada, de la que no estamos en
situación de definir reglas ni limites, ni a hacer desaparecer la existente” (“La edición de textos literarios”, en Actas del Congreso de la Lengua Española, Sevilla, 7 al 10 de octubre de 1992, Madrid, Instituto Cervantes, 1994, p. 628). Con cierto humor, también escribe Sánchez-Prieto Borja a propósito de la pretendida uniformidad lingüística en los manuscritos:
“podríamos decir que la caracteristica más homogénea de los textos
medievales es precisamente su heterogeneidad lingüística” (art. cit. , p. 28).
Un cumplimiento sistemático de esta forma de emendatio podría incluso
conducirnos a soluciones extremas como, en el mismo caso de palatal lateral
inicial, la reconstrucción de “lievar” en todas las ocurrencias de “levar”,
según la solución arcaisante que reporta el codex unicus en el v. 93.
En el caso de la recomposición de ll- (2), la restauración de la solidaridad entre un grafema y su realización fonológica aproximada se
antoja irrelevante una vez aclarado el valor fonológico del grafema
¿gg 1nap¡t,x¡x(1999)
Por lo que respecta a la dispositio textus, la presencia de la versión
modemizada enfrentada pennite al editor respetar con todo detalle las
características materiales del único códice conservado: desde
características del soporte sin incidencia sobre el texto conservado (la foliación, por ejemplo), hasta detalles más significativos (mayúsculas alinicio del verso, ausencia de puntuación y acentuación, uso irregular de las
mayúsculas en nombres propios y topónimos, señalamiento para el
desarrollo de las abreviaturas, conservación de variantes u/v, í/j/y en posición vocálica, consonántica o semiconsonántica, etc.). El resultado de criterios conservadores en la dispositio textus es una falsa apariencia de
edición semipaleográfica -Marcos Marín ha partido, de hecho, de la transcripción semipaleográfica corregida de ADMYTE-O según los
criterios de transcripción del Hispanic Seminary of Medieval Studies- que no siempre se aviene bien, por desgracia, con la intervención eodótica.
Así, una mayúscula al principio del verso pierde su significado
grafemático connotativo (“aquí comienza otro verso...”) cuando el
editor organiza los sintagmas dentro de un esquema prosódico aceptable
(entre trece y dieciséis sílabas, según el mismo Marcos Marín). Son muchos los casos en que una mayúscula versal queda a la mitad del
verso (“e passada han la sierra Que las otras tierras parte”, v. 1824; véase
también los vv. 83, 408, 443, 481, 659, 1605, 1788, etc.), en que se
pierde por la partición de un verso hipermétrico en dos (“En su compaña .Lx. pendones / exien lo uer mugieres e uarones / Burgueses e burgesas por las finiestras son”, vv. 16- l 7; l6b pierde la mayúscula versal; otros ejemplos en vv. 464b, 477b, 48lb, 58Sb, etc.) o en los que se opta por doble mayúscula (l) cuando hay que restituir una consonante delante de
la mayúscula al inicio del verso (casi siempre que restituye la grafia etimológica pl- para ¡orar y sus conjugaciones al inicio del verso, el
editor apuesta por una doble mayúscula: “PLoraua...”, v. 265;
“PLorando...”, vv. 370 y 374; esto, contra la propia grafia del v. 18 que respalda la corrección, “Plorando...”, y algunas otras intervenciones del mismo editor donde no se ha usado esta doble mayúscula: en el v. 277 se puede leer “Plora...” y en el 2863, “Plorauan...”). Este afán de restituirNo ta-Reseña 229
extremo cuando, en otros casos, el editor se ha tomado ciertas libertades; así, por ejemplo, la primera palabra del v. 2788, “en tinta muy débil y cubierta de reactivo y humedad” (p. 467, nota ad Ioc.) se reconstruye sin la mayúscula versal “mientra que...”, aunque Menéndez Pidal consigna en su edición paleográfica “Mientra que...” y Montaner confirma con ayuda del vídeomicroscopio de superficie, un “Me...” al inicio del verso
(Incipit l4, 1994, p. 35); en el v. 735, contrariamente al hábito del
copista de iniciar cualquier topónimo con minúscula (salvo, en un par de
ocasiones, “Leon”), enmienda “[C]orita” donde falta únicamente el
rasgo inferior de una c minúscula y dice “corita”.
La conservación semipaleográfica de las características materiales del Códice de Vivar tiene otros inconvenientes que no pueden solucionarse sin complicaciones: el uso de auxilios gráficos unívocos que den cuenta del
fenómeno. Respetando un principio de economía, Marcos Marín ha
reducido las marcas de su intervención ecdótica a tres clases distintas que reseña en las pp. 106-107: los textos en negritas indican correcciones
confinnadas por el propio Cantar; los textos entre corchetes son
correcciones de editores anteriores o correcciones del propio Marcos Marín que no se ajustan a lo indicado para la negrita; los textos en cursiva indican el desarrollo de las abreviaturas. Este sistema que por económico
parece idóneo en la teoría, tiende a volverse ambiguo en la práctica cuando
con los mismos signos se indica la intervención ecdótica del editor y las
características materiales del Códice de Vivar: en “Por la[s] huertas adentro
ent[r]an sines pauor” (v. 1672), el primer encorchetado indica una s del copista suprascripta y el segundo, una intervención del editor donde el
Códice de Vivar conserva “estan sines pauor” (y en el que la sustitución de
s larga por n también debería presentarse encorchetada, puesto que la
enmienda no está respaldada por el Códice); en “Hyr los [hemos] íïerir [en
aquel día de cras]” (v. 1690), el primer corchete da cuenta de un texto suprascrito y el segundo, de una adición del editor. Los textos en negritas presentan en ocasiones esta misma ambigüedad. La negrita en el v. l4,
“albar-ffañez”, indica la reconstrucción de la grafia ñ donde había n, según
el usus scribendi; en el v. 494, sin embargo, la negrita en “Daquesta
w lncipít, XDC (1999)
iniciales omamentales en el Códice este fenómeno se señala sólo en nota; véanse w. 247, 423, 561, 675, 974, 113], 1801, 1847, 2113, 2278, 2428,
276] y 3392) y en el v. 3330, “en valencia lo del León”, las negritas sirven para dejar constancia de un supralineado del copista (aunque otros casos de
correcciones suprascriptas del copista se transcriben sin marca alguna,
como en el v. 55, o entre corchetes, como en los w. 109 y 177). La economía de auxilios gráficos va un poco en perjuicio del lector;
como en el caso del texto crítico de Montaner (quien ha debido limitar la presencia de intervenciones al mínimo según los criterios de la colección
Biblioteca Clásica), muchas veces el texto crítico que nos presenta Marcos Marín sólo puede leerse conectamente a partir del aparato de notas donde, en descargo del editor, cualquier ambigüedad, la más pequeña, se aclara con
economía y eficacia. Puestos en la balanza, los aciertos sobrepasan con enorme ventaja las que sería demasiado llamar fallas y más conviene
considerar como lugares perfectibles del texto crítico.
El trabajo de Marcos Marín supera, sin duda, el difícil reto que impone al editor del Cantar el número verdaderamente apabullante de ediciones críticas valiosas publicadas en los últimos años. Su edición, original y propositiva, heredera de muchos de los tesoros que aquilató en su momento Menéndez Pidal, pero con todos los aciertos que le asegura la madurez alcanzada luego por la lingüística, supera incluso la fijación
correcta y convincente de un texto crítico particular para sentar los
precedentes metodológicos de una emendatio a partir del conocimiento
exhaustivo delmaterial lingüístico, perspectiva eficaz en el caso de
codices unici como una fonna depurada de restitución que pone en juego
lo que sabemos de la lengua del texto (el usus scribendi) y lo que
sabemos de la lengua fuera del texto. Herramientas sin duda peligrosas
para quienes desconocen la profundidad de este vasto terreno, pero
cuchillos romos para quienes como Marcos Marín hoy, Menéndez Pidal ayer, han trillado una y otra vez estos campos, siempre con rica cosecha.