ESCUELA NACIONAL DE ANTROPOLOGIA E HISTORIA
El análisis teórico en ciencias sociales:
Aplicación a una teoría del origen del estado en
Mesoamérica
Tesis que para obtener el grado de
Doctor en Antropología
Presenta
Manuel Gándara Vázquez
Director:
Dr. Felipe Bate Petersen
México 2007
© Manuel Gándara Vázquez
Escuela Nacional de Antropología e Historia Periférico Sur y Zapote s/n
Col. Isidro Fabela México, D.F. 14020 MEXICO
[email protected]
Índice
Índice 3 Dedicatoria 10 Sinopsis 11 A manera de prefacio 13 Agradecimientos 15 Introducción 20¿Para qué hacer un viaje al pasado? 20
Una “re-saña” discordante 22
De ahí “p’al real” 24
Intentos de solución 25
Objetivos 26
Hipótesis principal e hipótesis subordinadas 27
Instrumentación 28
El papel de la filosofía de la ciencia en la arqueología 29
El problema del naturalismo en filosofía de la ciencia 29 La filosofía de la ciencia no solamente como una disciplina analítica, sino como una
ética de la actividad científica 33
La filosofía de la ciencia y la arqueología: historia de una catástrofe anunciada (e
innecesaria) 35
La cápsula del tiempo 41
La estructura de este texto 44
Capítulo 1 46
Los múltiples significados del término “teoría” en arqueología 46
¿Qué diablos es la teoría, para empezar? 46
La distinción entre teoría y datos 47
Las escalas de la teoría 49
Las teorías que rigen la observación 53
Los múltiples significados del término “teoría” en la arqueología. 55
1. Teoría en el sentido holístico –la teoría como totalidad. 55 2. Teoría en sentido partitivo, o “teoría sustantiva”. 56 3. Teoría de la observación o de lo observable. 57 4. Teoría como “arqueología temática”, o reflexión sobre un “recorte” de la realidad
social. 57
¿Pueden confundirse a discreción estos significados? 59
¿Refutar teorías sustantivas refuta posiciones teóricas? 60 ¿Teorías de rango medio convencionales o teorías de la observación refutables? 62
De nuevo: ¿y todo esto a mi qué…? 68
Capítulo 2 72 El concepto de “posición teórica” y sus áreas constitutivas 72
Motivación y antecedentes 72
Caracterización del concepto de “posición teórica” 78 Áreas constitutivas de una posición teórica 84
Capítulo 3 86
El Área Valorativa 86
Objetivos cognitivos 87
La descripción 87
La explicación 89
Interpretación comprensiva (verstehen o “understanding”) 91
La glosa 94
La relevancia política de los objetivos cognitivos 95
Justificación ética y política 97
Preferencias “estéticas” 97
Capítulo 4 100
El Área Ontológica 100
La independencia o dependencia de la realidad en relación a los sujetos 102 La cognoscibilidad de la realidad social 104 Estatuto y naturaleza del objeto de estudio 105 Propiedades: causalidad, nomologicidad, jerarquía 107 Propiedades: individualismo metodológico vs. realismo social 109 Propiedades: emergencia vs. reducción/absorción 110 Propiedades: agencia vs. estructura 113 Propiedades: Estatismo vs. historicidad/dialéctica 115 Los modelos de Hollis y de Lloyd 118
La naturaleza humana 120
La naturaleza del registro arqueológico 124
Capítulo 5 129
El área epistemológica 129
Cognoscibilidad del objeto y límites del conocimiento 129
El análisis del conocimiento 130
La creencia 131
La justificación 134
La verdad 137
El inexplicable escepticismo posmoderno y las veleidades del relativismo
En síntesis… 143
Capítulo 6 144
El área metodológica 144
Criterios de demarcación 145
Verificacionismo o justificacionismo: la ciencia como conocimiento comprobado,
verificado 147
El convencionalismo: la ciencia como conocimiento coherente 148 El probabilismo: la ciencia como conocimiento altamente probable, verificable 149 El falsacionismo dogmático: la ciencia como conocimiento refutable por los datos 152 El holismo o historicismo: la ciencia como solución de acertijos 154 El falsacionismo metodológico sofisticado: la ciencia como conocimiento refutable en principio a través de alternativas progresistas 158 El anarquismo metodológico: la ciencia como ideología laica: “todo se vale” 162
Las metodologías “alternativas” 164
Concepción del método y de las unidades de análisis 164
Las Técnicas 173
Las rutinas de trabajo 176
Heurísticas 178
Teorías de la observación involucradas 181 Las orientaciones metodológicas 181
Capítulo 7 186
El concepto de posición teórica puesto en práctica: ¿De qué posición(es) teórica(s) sale la teoría de SPS? 186
La detección de posiciones teóricas en arqueología 186 El procedimiento de análisis: algunos comentarios generales 188 La distancia entre retórica y práctica: la necesidad de analizar ambas 190
Capítulo 8 192
El debate sobre la escala de análisis y la estructura de las teorías 192
Las teorías sustantivas: unidades de análisis, desde la hipótesis aislada hasta las
teorías más complejas 194
El análisis de teorías en arqueología: antecedentes 198
Capítulo 10 203
El problema de la explicación 203
La explicación: la historia de una búsqueda sin terminar 205 El origen: la propuesta hempeliana 206 La caída del modelo hempeliano 214 Un vistazo a lo que pasó después: los modelos pragmatistas, de relevancia
¿Qué hacer con todo esto? 226
Capítulo 10 229
El proceso de análisis de teorías sustantivas 229
Ubicación contextual 229
Consideraciones de corte hermenéutico 230 Aspectos a analizar y criterios de evaluación para las teorías sustantivas 232
1. Aspecto pragmático 232
Criterios de evaluación: fertilidad explicativa, simetría explicativa, inferencia a la
mejor explicación 234
2. Aspecto sintáctico. 238
Criterios de evaluación: simplicidad, elegancia, parsimonia, completud, relevancia y
validez del argumento 248
3. Aspecto metodológico 250
Criterios de evaluación: factibilidad: algoritmo identificatorio, precisión, factibilidad
práctica 250
4. Aspecto ontológico 253
Criterios: “emergencia”, o en su caso, “calidad de la reducción interteórica” 254 5. Aspecto valorativo (implicaciones éticas y políticas de la teoría) 256
Criterios: fertilidad teórica; consistencia con el resto de los valores de la posición teórica; congruencia con un punto de vista que permita entrever cómo mejorar
nuestra realidad social 257
6. Aspecto empírico: el apoyo de los “datos” 258 Criterios: calidad y variedad de los casos de prueba; severidad del intento de
falsificación; confiabilidad y representatividad de la información; contundencia de la
evaluación 261
Segunda Parte 263
El caso de estudio: la teoría de Sanders, Parsons y Santley 263
Capítulo 11 264
El campo de batalla: las teorías sobre el origen del estado arcaico, prístino o
inicial 264
Explicar el origen del estado. Ok. Pero ¿qué entendemos por Estado? 264 La distinción entre estados primarios y estados secundarios; y entre estados e
imperios 268
Perdidos en el tiempo: los Hunt a la caza de Wittfogel con una diferencia de
solamente… ¡dos mil años! 270
Instrumentalismo vs. realismo: ¿a qué se refieren los términos de una teoría? 276 Definición estipulativa vs. hipótesis; ejemplo de las bulae 281 Dos trucos a evitar: el del “equívoco” y el truco del desplazamiento de
explanandum 286
Los contendientes para finales de la década de 1970. 290
Capítulo 12 296
La posición teórica de Sanders 296
Elementos contextuales 306
Capítulo 13 319
Análisis teórico de la teoría sustantiva de SPS 319
El locus de la teoría 319
Aspecto pragmático: definición de SPS del problema a resolver 320
Definición de Sanders de Estado 324
El problema del momento de surgimiento del estado 326 La delimitación del caso en SPS: La Cuenca de México y el estado Teotihuacano en
particular 328
La “situación problemática”: los “por qué”s y los “cómo”s de la teoría de SPS 329
Aspecto sintáctico: 332
Las 3 leyes de SPS 333
La necesidad de otros principios generales 335
El modelo de 1976 337
Nuevos principios generales requeridos 339 Las condiciones antecedentes requeridas para la explicación 349
Las preguntas subsidiarias 353
Comentarios al análisis sintáctico 356
Aspecto metodológico: 358
Aspecto ontológico: 361
Aspecto valorativo 364
Aspecto empírico 365
La evaluación que los propios SPS hacen de su teoría 366
La evaluación de terceros 369
SPS: ¿una teoría refutada?... Lo dudo 371
Capítulo 14 374
El análisis, ahora comparativo, entre SPS y algunas de sus competidoras 374
Algunas teorías reconocidas por los propios SPS 374 Algunas de las alternativas disponibles 382
Marxista (varias versiones incluyendo Diakonov): cerca, pero todavía no –gracias por
participar 382
Wittfogel: anegado en la irrefutabilidad 386 Service: filosofía política liberal disfrazada 389 Las teorías sistémicas: fue bueno mientras duró… 392
La teoría de SPS como legítima contendiente 401
El “marcador global” 401
Tercera Parte 404
Consecuencias y… ¿conclusiones? 404
Capítulo 12 405
Los problemas pendientes para la teoría de SPS (y cualquiera de sus
contendientes de ese momento, actuales o futuras) 405
Dos problemas en la teoría de Sanders, Parsons y Santley 406
El asunto de lo emocional, lo simbólico y lo cognitivo 411
La perspectiva desde la arqueología social 412
Hacia un nuevo “realismo social” 416
Capítulo 16 424
El falsificacionismo dogmático como vehículo para el regreso del
particularismo histórico 424
El “conde” de la refutación 425
Una evolución desafortunada 428
El gran “cacique” del “doblepensar” 430
Capítulo 17 457
¿Conclusiones? A manera de reflexiones finales… 457
El análisis teórico 457
El concepto de posición teórica: cuestiones pendientes 459 El pluralismo constructivista: ¿una opción promisoria? 462
Problemas, problemas, problemas 471
El análisis de teorías sustantivas: cuestiones pendientes 472
La importancia del problema del origen de las clases sociales y el estado 473 La relación a la conservación del patrimonio arqueológico en México 476 Hay lugar para todos, todos podemos y debemos contribuir 481
Apéndice 1 483
Publicaciones selectas de Sanders desde 1996 483
Bibliografía Citada 487
Lista de Figuras
Fig. 2.1. El concepto de Posición Teórica 89
Fig. 7.1. Posiciones teóricas en Arqueología: del inicio de la arqueología al presente. 188
Fig. 8.1. Dos ejemplos de análisis de Wright: Wittfogel y Diakonoff 199
Fig. 8.2. Análisis de Wright de Carneiro 200
Fig. 8.3. El “modelo de trabajo” de Wright de 1968 202
Fig. 8.4. Dos ejemplos de análisis de Wright: Wittfogel y Diakonoff 203 Fig. 10.1. Tabla de verdad para los condicionales deterministas 214
Fig. 10.2. Tabla de verdad para los condicionales probabilísticos 246 Fig. 10.3. Relaciones de fuerza (refutabilidad) de los condicionales 246
Fig. 13.1 Argumento explicativo de SPS [Sanders et al. 1979] 352
Dedicatoria
A todos mis maestros y maestras,
en la academia y en la vida
A Jaime Litvak y Pedro Armillas (in memoriam)
A William Sanders y Kent Flannery
A Henry Wright y Peter Railton
Sinopsis
La arqueología enfrenta el problema de cómo evaluar teorías para poder elegir racionalmente entre diferentes alternativas, más allá de las preferencias personales, las lealtades institucionales o la disciplina partidaria. En particular, para poder determinar cuándo y bajo qué condiciones se puede decir que una teoría ha sido refutada. Este criterio es indispensable para saber si, como pretendían algunos especialistas de la época, todas las teorías disponibles sobre el origen del estado estaban refutadas alrededor de 1980.
Se formula la hipótesis de que es factible construir un procedimiento de análisis teórico que sirva dichos propósitos, utilizando principios y criterios conocidos de la epistemología y la filosofía de la ciencia.
Se propone en consecuencia el procedimiento que hemos llamado “análisis teórico”, que se basa en el modelo de “posición teórica”. Este modelo que permite diferenciar escalas de teoría y así distinguir entre la escala mayor (la de las posiciones teóricas) y la escala menor (la de las teorías sustantivas) y ubicar en este modelo a las teorías de la observación y lo observable, así como a las llamadas “arqueologías temáticas”. Se sostiene que las posiciones teóricas permiten generar teorías sustantivas a través de un conjunto de supuestos valorativos, ontológicos, epistemológicos y metodológicos y se ofrecen criterios para determinar la congruencia de estos supuestos dentro de una posición teórica en particular. Se sostiene que las teorías sustantivas, a su vez, pueden ser analizadas en cinco componentes (pragmático, sintáctico, metodológico, ontológico, valorativo y empírico); y que la comparación entre teorías sustantivas en competencia puede arrojar criterios que permitan determinar sus ventajas relativas. Se adopta una metodología derivada de la propuesta central de Lakatos, de que para que una teoría esté refutada, debe proponerse una alternativa.
Para evaluar la viabilidad del procedimiento, se toma como caso de estudio, a manera de una “cápsula en el tiempo”, la teoría de Sanders, Parsons y Santley de 1979 [Sanders, et al. 1979] sobre el origen del estado en la Cuenca de México. Se examina, en particular, la pretensión de algunos de sus críticos de que esta es la “más refutada de las teorías”. El análisis arroja como resultado que la teoría es mucho más compleja de lo que parecería a simple vista; que de acuerdo a la formalización básica de sus supuestos centrales y de una comparación con otras teorías de ese momento, lejos de estar refutada, esta teoría era una de las mejores. El análisis también arroja en que puntos la teoría es débil y cómo es que podría reforzarse.
Se propone que la supuesta refutación de esta y otras teorías del momento son espurias y que responden a una postura metodológica conocida como
“falsacionismo dogmático”. Se sostiene que esta fue una mala apuesta metodológica, cuyos efectos pusieron en duda no solamente las teorías en cuestión, sino la propia posibilidad de producir explicaciones en arqueología. Y que, dos décadas más tarde, como resultado al menos parcial de esta tendencia, se intenta ahora “refutar” una tradición académica entera, el neoevolucionismo. Se analiza con detalle el intento de Yoffee al respecto y se sostiene que hay errores fundamentales en su análisis. Se sostiene que detrás de este intento (y de las “teorías” que se vienen proponiendo en los últimos años) lo que hay es un regreso velado al particularismo histórico y la historia cultural tradicional, tradiciones académicas que han mostrado ser poco fértiles en el pasado.
Finalmente, se argumenta que la elección entre tradiciones académicas y, en particular, entre los objetivos cognitivos de las respectivas posiciones teóricas tiene un impacto directo sobre las posibilidades de conservar el patrimonio arqueológico. Se esboza un criterio de priorización y jerarquización que permitiría conservar sitios que son únicos por haber participado en procesos de cambio centrales, como el de la aparición de las clases sociales y el estado. Con ello se intenta mostrar cómo la discusión de temas aparentemente abstractos y teóricos tiene a final de cuentas una aplicación concreta y efectos prácticos inmediatos sobre nuestra capacidad de conservar adecuadamente el patrimonio arqueológico.
A manera de prefacio
“Y entonces, el maestro de epistemología analizando la relación sujeto-objeto nos dijo, citando al Ché:
‘Seamos realistas. Demandemos lo imposible’.”
Anécdota apócrifa,
atribuida a Savonarola (El Sabio)
He sostenido durante años en mi Seminario de Tesis en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), que escribir una tesis es, ante todo, “un viaje de crecimiento personal”. El pretexto es académico, pero la experiencia es fundamentalmente individual. El tesista tiene que enfrentar sus fuerzas y sus debilidades, sus temores y fantasmas, sus obsesiones y sus manías. Y no hay vuelta de hoja. Ni manera de que un tercero viva todo eso por nosotros. Ahora me toca, como decimos en México, tomarme “una sopita de mi propio chocolate” y ver qué tanto de lo que pontifico ante mis alumnos soy capaz de aplicarme a mi mismo. Esta tesis es el resultado de ese intento.
Es una tesis que debió haberse escrito hace muchos años. Y le ha pasado lo que a las emociones viejas, que se guardan y en el proceso se añejan y, como dicen los analistas transaccionales, “ganan réditos”. Por eso, cuando salen, salen con una intensidad que supera la que originalmente tenían y quizá la que finalmente deberían tener. Si la hipótesis de mi Seminario de Tesis es mínimamente correcta, el problema central de escribir la tesis es siempre de corte emocional. En mi caso, de emociones “con réditos”, que me temo han aflorado en más de una ocasión a lo largo de estas páginas. Pero todos tenemos que exorcizar nuestros demonios tarde o temprano y este texto que ahora tiene el lector en sus manos es mi vehículo.
No haré aquí un recuento detallado de las peripecias que ha sufrido la idea de hacer esta tesis (y no cualquier otra) a lo largo de casi 25 años. Baste decir que, en el proceso, terminé los estudios de doctorado en la Universidad de Michigan; posteriormente los del doctorado en Arqueología en la ENAH; y luego una vez más en el doctorado en Antropología en la línea de Antropología simbólica de la propia ENAH. En el ínterin me fue más fácil estudiar un doctorado en Diseño y Nuevas Tecnologías y escribir ahí sí de manera oportuna la tesis respectiva que terminar ésta.
Pero no hay plazo que no se cumpla, así que luego de prácticamente cuatro ciclos de doctorado regreso al tema que me obsesionó desde 1982: ¿cuándo podemos decir en arqueología que una teoría está refutada? ¿Será esta cuestión solamente un asunto de gusto u opinión personal? ¿Podríamos diseñar procedimientos que nos permitan tratar a las teorías como lo que son, a saber, teorías, y entonces facilitarnos elegir racionalmente entre diferentes alternativas? ¿Tiene algo que ofrecernos en ese sentido la filosofía de la ciencia? ¿En qué sentido puede ser relevante a la disciplina? ¿A quién c.…… le puede interesar todo esto?
Resolver esas preguntas (y muchas otras relacionadas o derivadas de ellas) implicaba antes muchas tareas: establecer la legitimidad y utilidad de emplear la filosofía de la ciencia y la epistemología en arqueología; mostrar que era factible proponer un mecanismo que permitiera analizar y comparar teorías en arqueología; rastrear qué efectos había tenido el refutar a diestra y siniestra las teorías disponibles; determinar qué conexión había entre estos asuntos aparentemente abstractos y teóricos con las necesidades más urgentes de la disciplina, en particular con la conservación del patrimonio arqueológico, entre otras.
Por supuesto, el mundo no se quedó quieto mientras yo iniciaba un largo periplo ahora autodidacta por un campo que me fascina, pero que sin duda requiere conocimientos especializados y determinación para no perderse en el intento. Y de repente me di cuenta de que el asunto como querer hacer malabares con varios trenes en movimiento: por un lado, el propio desarrollo de la teoría arqueológica, que en mi opinión siguió una ruta que eventualmente puede llevarla a descarrilarse; por otro, la propia filosofía de la ciencia, que sobre todo en la última década sufrió cambios que todavía estoy tratando de entender, porque a veces da la impresión de que es un tren que ha decidido dejar de ser tren; y, finalmente, el de las presiones externas sobre la conservación del patrimonio arqueológico, que establecen un entorno político muy diferente al de 1982, que amenaza, perdonando la expresión, que al patrimonio literalmente “se lo lleve el tren”.
No sé hasta donde el producto de mis malabares ha sido exitoso (o al menos útil). Será tarea del lector juzgar por si mismo el resultado. Pero lo cierto es que por ganas no ha quedado. Dos comentarios adicionales antes de pasar a dar crédito a quien crédito merece en esta aventura que hoy finalmente llega a fin: primero, el tono del trabajo. Sé que no es muy frecuente que en una tesis doctoral se use un tono informal. Lo siento y juro que no es mi culpa. Pero como, a final de cuentas, esta es mí tesis, después de mucho sueño sacrificado ponderando el asunto, decidí escribir usando precisamente un tono personal. He intentado que muchos de los comentarios anecdóticos recaigan en notas a pie de página, en las que también he descargado argumentaciones o detalles subsidiarios. Lo digo quizá si al lector el tono le molesta, puede entonces evitarse molestias no leyendo
las notas a pie de página. Por desgracia, el recurso no siempre fue posible y quedaron cuestiones personales en el texto principal. Disculpas. El segundo comentario: todas las traducciones, salvo en los pocos casos especificados, son mías. Claro que no faltará el que señale que son traducciones del inglés al gandariano, ya que “mi extranjerismo es delicioso” y traduzco recuperando todo lo que puedo del sentido de los textos originales (con lo que de paso introduzco anglicismos y mi redacción denota el origen del texto traducido). En todo caso, se reportan las referencias específicas, por si alguien quiere cotejar con dichos textos. Las citas en muchas ocasiones son extensas, pero me parecía indispensable recuperar la formulación del autor verbatim.
Agradecimientos
Escribir esta es una tarea que, por la mera longevidad del asunto, difícilmente hubiera podido llevarse a cabo sin apoyo. Hay muchas gentes e instituciones a las que es justo reconocer. Como suele en estos casos, el riesgo es dejar fuera a alguien, pero es preferible a no mencionar a nadie.
Empezaré con Michigan. Debo a Henry Wright, del Museo de Antropología, el estímulo para explorar cómo mejorar nuestra comprensión de las teorías en arqueología. Su propio análisis mediante diagramas de flujo es el antecedente directo de mi interés en el asunto. A Peter Railton, del Departamento de Filosofía el haberme mostrado, con afecto y paciencia infinita, que el mundo de la filosofía de la ciencia era a la vez más complejo y más rico que lo que mis propios esfuerzos autodidactas y que quizá no contenía exactamente las soluciones prefabricadas que yo esperaba encontrar. A Lawrence Sklar, por su motivación para conocer a fondo las ideas de Popper, lo que indirectamente me llevó a Lakatos. A Tim McCarthy, cuyo curso de lógica simbólica me dio las herramientas básicas para hacer lo que estaba proponiendo (y de paso mostrarme que en realidad las matemáticas eran un campo formidable, del que me perdí por completo durante mi formación, a pesar de tener muy buenas notas). Y, por supuesto, a Kent Flannery, la razón de que yo fuera a Michigan para empezar y el interlocutor de muchas discusiones, en las que mi apasionamiento me hizo perder la brújula en más de una ocasión –pero él siempre estuvo ahí, dándome impulso incluso para disentir de sus ideas. A Joyce Marcus, quien fue en realidad mi tutora esos cuatro años (perdón Joyce, pero me sigue dando trabajo seguir el consejo de redactar siguiendo la excelente regla que me enseñaste: “sujeto, verbo, complemento, punto”); a Robert Whallon, cuyo curso me mostró que era por supuesto posible proponer buenas teorías explicativas en arqueología; y a Jeffrey Parsons, cuya serena manera de ver las cosas me regresó a la realidad en más de una ocasión, con un afecto solidario que no olvidaré jamás. A mis compañeros, que tuvieron que aguantarme cuando las emociones me convertían en una especie de “montaña rusa” y que siempre estuvieron ahí para apoyarme, particularmente a Olivier De Montmollin, Virginia Popper, Mike Blake, Mary Hodges, Kim Smiley, Carla Sinopoli, “Chip” Willis y el inolvidable Nick (“Sir”)
James. Y al personal administrativo del Departamento y del Museo (Marjorie y Maureen), que me ayudó para resolver más de una maraña burocrática, me hizo sentir siempre bienvenido y me facilitó muchas cosas, especialmente cuando en los cuatro años que estuve en Ann Arbor en México el peso se hundió de 36 por dólar a más de 180. Mi estancia allá fue posible mediante una beca de la Fundación Fullbright (espero que esta tesis tardía compense en algo su inversión), otra del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) y las facilidades que me otorgó el Instituto Nacional de Antropología e Historia –aunque luego me descontaran esos años de mi antigüedad.
La ENAH ha sido otra protagonista especial en esta aventura. Generación tras generación de alumnos me han tenido que soportar mis obsesiones y han sido sometidos a dosis de epistemología que otros considerarían peligrosos para la salud. En particular, a los extraordinarios “Tepeapulcos” (Fernando López, Ignacio Rodríguez y Tere García); a los “Rufos” (Víctor Ortiz, Eliseo Linares, Alberto Aguirre y todo un grupo maravilloso); a la generación de Manuel de la Torre, Rosa Elena Gaspar, Magdalena García y, de nuevo, a todo ese otro grupo excepcional); a mis alumnos del Curso de Epistemología y Metodología de las Ciencias Sociales, de la División de Posgrado en sus sucesivas ediciones. Esta tesis es el resultado directo de la intervención de Patricia Fournier (mi “sister”), que descubrió que nunca me dieron de baja en el primer intento de hacer el Doctorado en la ENAH, sino que solamente perdieron mi expediente (literalmente) en el fondo de un archivero. Para entonces yo ya estaba en el proceso de cursar de nuevo el doctorado. Ella hizo que ese proceso fuera lo menos complicado y doloroso posible; y me animó a insistir en la tesis que realmente yo quería hacer, a sabiendas de que quizá no iba mostrar profusamente todo lo que aprendí con ella y con mi otro maestro, Stanislaw Iwaniszewski, sobre antropología simbólica. Con ambos estoy muy agradecido y en deuda; así como con Rosi Brambila, con quien cursé el doctorado la primera vez y que, no solo es una interlocutora formidable, sino que llegado el momento fue una pieza clave para facilitar mi cambio a la línea de Arqueología Simbólica. Sin su apoyo simple y sencillamente no habría tesis. Las diferentes coordinadoras de la Maestría, desde la propia Patricia hasta Cristina Corona, pasando por Vera Tiesler y Wally Wiesheu, me otorgaron siempre facilidades para continuar investigando sobre los temas que me apasionan; mis estimados compañeros de la Academia, junto con Cristina, hicieron posible que mi sabático fuera destinado elaborar esta tesis. Agradezco también a las autoridades de la Escuela, particularmente a Francisco Ortiz y Federico Martínez, su apoyo para que el sabático se realizara, además de su continuo apoyo personal y emocional.
El que pudiera yo dedicarme a hacerla en un contexto tan propicio y estimulante como el Colegio de Michoacán (COLMICH) se lo debo en primer lugar a Efraín Cárdenas, que fue el de la idea de una estadía sabática en el Centro de Estudios Arqueológicos del COLMICH en la Piedad. La idea se hizo realidad gracias a Magdalena García, compañera en tantas aventuras académicas, quien como Coordinadora del Centro siempre me otorgó todas las facilidades para que
esta tesis llegara a fin, incluyendo la oportunidad de traer al Dr. Sanders a la Piedad este marzo pasado (2007). Mis colegas y alumnos en el CEQ, particularmente la actual generación de la Maestría y la gentil presencia de Alberto Aguirre y Verenice Heredia en las discusiones de mi curso de teoría arqueológica, me permitieron someter a prueba ante un público exigente pero cariñoso, la última versión de las ideas que ahora el lector tiene ante sus ojos. A todos ellos y, por supuesto, a la Presidencia del COLMICH, al Dr. Diego, al Dr. Zárate y su equipo, les estoy profundamente agradecido. No solamente me pasé uno de los mejores años de mi vida (así es), sino que pude disfrutar de la hospitalidad de La Piedad, Zamora, Pátzcuaro y particularmente la belleza de la extraordinaria ciudad de Morelia.
Fue en Michigan donde surgió la idea de probar el procedimiento de análisis aplicándolo a una teoría sobre la que mi opinión y la de algunos de mis maestros diferían: la de Sanders, Parsons y Santley (en lo sucesivo “SPS”, para abreviar), de 1979, expresada en lo que en México conocemos afectuosamente como “la Biblia Verde”, por referencia al color del empastado de su libro [Sanders, et al. 1979]. Sanders había sido mi maestro en aquel memorable Taller de Adiestramiento Avanzado en Arqueología, organizado por el INAH en 1973 y en el que tuve el placer y el honor de ser alumno también de Flannery y de Armillas. Su claridad teórica (que él modestamente niega) ha sido siempre una guía, incluso a la distancia, en el tiempo y en el espacio. Aunque las discusiones epistemológicas y metodológicas no le entusiasman tanto como a mí, me ha soportado con muy buen ánimo todos estos años y tuvo la enorme gentileza de acceder a venir a La Piedad, Michoacán en marzo de este año (2007); aquí no pudo evitar mi emboscada y tuvimos más de una de esas discusiones, que en parte quedaron reflejadas en poco más de seis horas de video y audio en las que se documenta lo que en el texto refiero como “Entrevista 2007”. Su opinión era fundamental para ver si mi intento de formalizar su teoría tenía sentido y lograba aproximarse cuando menos a la superficie de su propuesta. El y su esposa Lilly merecen un agradecimiento especial.
A lo largo de los años ha habido colegas que tuvieron que resistir lágrimas de aburrimiento ante mi enésimo recuento de la importancia del análisis teórico; y aún así me siguieron apoyando: a mi queridísima Linda Manzanilla, con quien compartí no solamente muchas temporadas de campo sino prácticamente toda nuestra trayectoria académica y siempre estuvo ahí para apoyarme; Mario Cortina, gracias a quien realmente entendí el formalismo de la lógica de la refutación (y muchas otras cosas); Mari Carmen Serra, que más de una vez me hizo ver no era necesario polarizar para lograr que se entendiera mi planteamiento, además de darme la oportunidad (como Litvak lo hizo antes) de conocer y poder platicar con algunos de mis héroes (o némesis) en la teoría arqueológica; y, por supuesto, al Grupo Evenflo, comandado por Felipe Bate, que me ayudó a consolidar mi transición entre la arqueología procesual y la arqueología social latinoamericana a mi regreso de Michigan; y al grupo Oaxtepec, en donde Luis Guillermo Lumbreras, Mario Vargas, Iraida Sanoja, Héctor Díaz-Polanco y el resto de los compañeros
siempre tuvieron una solidaridad a prueba incluso de mi novatez en el marxismo. Ellos fueron de los primeros en tener que sufrir mi insistencia en la importancia de la explicación causal y mis criticas a lo que creía era una mala teoría marxista del origen del estado (la del modo de producción asiático).
Mención especial tienen mis compañeros de generación en la ENAH, que han soportado mis disquisiciones teóricas todos estos años: especialmente Linda Manzanilla, Alejandro Martínez, Alicia Blanco, Antonio Benavides, Eduardo Merlo, Pilar Luna, Juan Yadeun. Y a los colegas españoles (incluyendo a los canarios) que han insistido en que lo que hago puede ser útil: Oswaldo Arteaga, Francisco Nocete, José (“Pepe el Uru”) de León y Saturnino (“Sanjo”) Fuentes y los demás entrañables colegas y alumnos canarios.
Y, por supuesto, un agradecimiento a mi comité doctoral: Arturo Oliveros (otro cómplice de muchos lances en la vida); Stanislaw Iwaniszewski; Héctor Díaz-Polanco (con quien sostengo una polémica que empezó hace más de 20 años y no termina, aunque me preocupa que cada vez estoy más de acuerdo con él); el Dr. León Olivé, quien me orientó muchísimo en las lecturas para esta tesis y del que, en diferentes momentos del tiempo, he tenido oportunidad de aprender mucho; y, por supuesto, mi director, gurú y consejero espiritual, Felipe Bate por, entre una infinidad de otras cosas, alentar que yo pueda finalmente exorcizar mis demonios y escribir, aunque sea con réditos, esta tesis que debió haber sido escrita hace muchos años. Su guía respetuosa y su esmerado, acucioso y cariñoso trabajo de corrección han hecho una gran diferencia en el resultado (aunque, como se dice en estos casos, los errores que queden siguen siendo míos).
Nunca hubiera soñado con un doctorado en Michigan sin el patrocinio y aliento de mi padre, Manuel Gándara Mendieta, que antes hizo posible mis estudios en la ENAH; o sin el entusiasmo de mis hermanos Marinela y Felipe. Un agradecimiento especial a Anita Salazar, a quien le tocó acompañarme y vivir en carne propia la experiencia michigana y luego toda una vida juntos; a mi hija Mariana, a quien el texto que hoy ve la luz le debe horas que debieron dedicarse a ella y aún así siempre ha apoyado ésta y muchas otras de mis locuras. A Luis Miguel Rodríguez, responsable de mis incursiones en la televisión y eficaz asesor sobre el tono que debía adoptar en esta tesis, además de ser un polemista eficaz y solidario que siempre tiene los pies sobre la tierra, lo que me regresa a mí de las abstracciones de la teoría a las realidades pragmáticas. A José Rodríguez, compañero que ayudó siempre a mantener la fe en que “sí se puede”, apoyó el trabajo gráfico y de corrección de la tesis y me ha seguido siempre, incluso en las más audaces de mis exploraciones; y a Valentín Cipriano, mi anfitrión y compañero en Morelia, que tuvo que soportar las angustias, desveladas, prisas y depresiones que implicó intentar entregar este texto a tiempo –y estoicamente no solo las aguantó, sino que a cambio hizo de mi estadía aquí una experiencia maravillosa que atesoraré toda mi vida…
A todos ellos (y a aquellos que omití u olvidé -perdón), ¡muchas gracias!...
Morelia, Junio de 2007
Introducción
¿Para qué hacer un viaje al pasado?
En 1979 Sanders, Parsons y Santley (en lo sucesivo ‘SPS’ para abreviar) publican
The Basin of Mexico [Sanders, et al. 1979]. Este libro representa la culminación de
más de 15 años de investigación de William Sanders. E indirectamente, uno de los logros de un colectivo de trabajo que, convocado en 1960 en Chicago por Eric Wolf, se trazó una meta de investigación de largo plazo: explicar por qué el altiplano mexicano y en particular lo que en ese momento llamaban “el valle de México”, había sido el asiento de la hegemonía política y cultural de buena parte del territorio mexicano a lo largo de su historia [Wolf 1976b].
Ni Wolf, ni su cómplice en esa convocatoria, Ángel Palerm, eran arqueólogos. Pero ambos conocían las críticas de Julian Steward a la arqueología particularista histórica, que reducía la historia a secuencias cerámicas y no se atrevía a formular explicaciones. Varios de los miembros de el grupo convocado compartían las teorías de Steward [1949] y Karl Wittfogel [1957] y querían determinar qué tanto podían ayudar a resolver un problema específico: el del origen y la transformación de la civilización mesoamericana. El grupo pensaba que el problema podía no solamente plantearse, sino resolverse desde la arqueología, con apoyo de la etnohistoria y otras disciplinas antropológicas.
Cuando muchos arqueólogos dudaban todavía que la disciplina pudiera enfrentar problemas sobre la organización social o el poder, Wolf, Palerm, Armillas y el propio Sanders se atrevieron a realizar varias conjeturas temerarias: entre ellas, que la irrigación y las técnicas de cultivo intensivo habían tenido mucho que ver con el desarrollo temprano y el subsiguiente crecimiento de la civilización en el centro de México. De inmediato hubo voces escépticas: “¡Pero si nunca se ha encontrado un solo canal!”, a lo que visionarios como Pedro Armillas, contestaron: “Porque nunca antes se han buscado” [Armillas, comunicación personal, Taller de Adiestramiento Avanzado en Arqueología. INAH. México. 1973]. La realidad pronto les daría la razón: como surgidos de la nada, empezaron a reportarse no solamente canales, sino complejos sistemas de control de agua.
Si hemos de creer el recuento de Wolf (que aparentemente está un poco idealizado, a decir de Sanders [Entrevista 2000] los participantes en la reunión, no solamente definieron el problema, sino la manera de abordarlo. En un consenso inédito, arqueólogos de diferentes instituciones y tradiciones académicas fijaron la estrategia y el conjunto básico de técnicas a emplear. El resultado fue que, aunque cada proyecto era independiente, en conjunto se convertían en un esfuerzo a escala regional, involucrando prácticamente toda la cuenca de México. Se
emplearían (y subsecuentemente se perfeccionarían) las técnicas de reconocimiento y recolección de superficie que con éxito habían sido empleadas en otras regiones, inspiradas en la llamada “arqueología de asentamientos”. De nuevo, enfrentarían con ello la crítica de sus colegas, alguno de los cuales incluso acuñó el término “arqueología superficial” para burlarse de la idea.
Cada participante se haría eventualmente cargo de una diferente área dentro de la región. René Millon trabajaría Teotihuacan, iniciando con un mapeo exhaustivo apoyado en fotografía área restituida; Armillas se encargó del suroeste de la cuenca, incluyendo Xochimilco. Y Sanders y su equipo prácticamente el resto de la región, un vasto territorio del que se sabía poco, excepto por excavaciones puntuales en sitios como Tlatilco, Copilco, Cuicuilco o Zacatenco. No se habían llevado a cabo reconocimientos sistemáticos regionales y el equipo de Sanders era conciente de que había que localizar y registrar los sitios existentes, antes de que el inminente crecimiento de la mancha urbana de la ciudad de México destruyera los sitios o hiciera imposible su estudio.
En las siguiente dos décadas, apoyado por cerca de medio centenar de arqueólogos, dirigidos por los entonces ayudantes de Sanders, como Jeffrey Parsons (que trabajó Texcoco) o Richard Blanton (encargado del reconocimiento de Iztapalapa), Sanders y su equipo intentarían lo que parecía una proeza imposible: lograr una cobertura del 100% de la Cuenca (descontando Teotihuacan, que, como mencionamos, investigaría Millon).
Simplemente el aporte empírico del proyecto de Sanders hubiera sido razón suficiente como para que su trabajo se reconociera como una importante contribución. Pero Sanders fue más allá: innovó las estrategias y las técnicas de trabajo de superficie (lo que aún su más severo crítico, Blanton [1990], ha reconocido) y diseñó, con apoyo de sus ceramistas, formas más expeditas de análisis cerámico que pudieran fijar periodos cronológicos más finos. No obstante, el aporte medular, en mi opinión, vendría después: Sanders haría una contribución central en el terreno teórico, no sólo se atrevió a contestar la pregunta que habían formulado Wolf y Palerm veinte años atrás, sino que nos regalaría, con Parsons y Santley, una teoría claramente delimitada sobre el origen del estado en Teotihuacan. Ese es, sin menosprecio de la importancia de las otras contribuciones contenidas en The Basin of Mexico, su aporte central; y razón suficiente como para ganarse un lugar en la historia de la antropología. O al menos eso pensamos algunos. Pronto otras voces pondrían todo esto en duda.
Una “re-saña” discordante
Antes de que el libro de SPS empezara realmente a recibir el reconocimiento que en mi opinión merecía (presente en dos reseñas de la época: Brown [1980], Brush [1981]), se inició la campaña para su descrédito. La sorpresa es que la crítica viniera de alguien tan cercano.
En efecto, en 1981, uno de los antiguos colaboradores del proyecto de Sanders, Richard Blanton, publicó una reseña en American Anthropologist [Blanton 1980] en la que expresaba sin ambages su opinión. Cito en extenso:
“De no ser por los mapas, sin embargo, no puede considerarse que
The Basin of Mexico sea en mucho una contribución a la arqueología
antropológica. Las fallas del libro son tan numerosas y tan serias que enmascaran lo que pudiera haber de valor.
Como era de esperarse, este libro ha sido usado como un vehículo más para las envejecidas teorías ecológicas de Sanders, en las que el crecimiento demográfico (que se toma como dado) es visto como la máquina que conduce la evolución cultural y la intensificación agrícola. Sanders, Parsons y Santley están tan fuertemente comprometidos con este enfoque, de hecho, que incluso a la luz de hallazgos empíricos contrarios en los reconocimientos, se ven
forzados a hacer declaraciones bizarras. […] Queda pendiente que
expliquen por qué [las leyes que usan] se aplican solamente cuando les conviene para preservar sus ideas sobre el papel de la presión demográfica. […]
Un problema consistente en este volumen es la falla en consultar la literatura de tal manera que sus enunciados y teoría puedan ubicarse en el contexto de puntos de vista alternativos. […] Todo es
deformado, contorsionado, amoldado, forzado o retorcido para que quepa en su modelo a priori. No hay ningún sentido de
descubrimiento; ninguna inclinación para ver qué podía aprenderse de los datos que pueda ser nuevo y diferente, aunque eso pudiera forzar el abandono de algunas ideas y el desarrollo de otras nuevas. En cierto sentido, no se siquiera por qué se molestaron en hacer los reconocimientos. Están tan seguros del poder de sus explicaciones de ecología cultural que lo último que requieren es información nueva. […]
La carencia de una actitud de cuestionamiento los ha llevado a una
atrofia analítica…ellos no necesitan métodos analíticos. ¿Para qué
analizar los datos cuando uno ya sabe de antemano las respuestas (o al menos cree que lo hace)? Por desgracia, los investigadores interesados en probar hipótesis alternativas tampoco podrán hacerlo. Excepto por los mapas, no se presenta ningún otro dato en bruto. Los reconocimientos de la Cuenca de México pudieron haber jugado un papel importante en esa parte de nuestra disciplina preocupada con la evolución de las sociedades complejas, pero no lo hacen (con excepción del estudio de René Millon en Teotihuacan). Con Sanders, Parsons y Santley al timón, todo lo que obtenemos es una teoría
obsoleta y sobre simplificada, una incapacidad para utilizar incluso
publicar los datos de manera completa. The Basin of Mexico deja mucho que desear” [Blanton 1981:223-224, énfasis mío].
En ese entonces yo era alumno de doctorado en la Universidad de Michigan. Recuerdo haber leído la reseña y quedarme pasmado que de un ataque tan visceral hubiera sido aceptado por los editores de la revista. Pronto aprendí que en adelante ese sería el tono al respecto y que había que aplaudirle a Blanton el que cuando menos lo hacía por escrito y con una semblanza de argumentos – cuya validez analizaremos más tarde: “La teoría de Sanders, Parsons y Santley es tan, pero tan, pero tan mala”, decía una profesora, “¡que hasta Jeffrey [Parsons] se da cuenta!”
A mí el comentario no me produjo ninguna hilaridad. Me parecía un doble insulto, a Sanders y al propio Parsons. Parsons era profesor del Departamento de Antropología en Michigan y en los cuatro años que estuve ahí yo jamás lo oí proferir, en clase o fuera de clase, un ataque personal contra ningún colega, mucho menos contra otro profesor del Departamento. Por el contrario, es una de las personas más gentiles, serenas y ecuánimes que he tenido el placer de conocer, que siempre reconoce y aprecia los aportes de los demás. Pero al menos en Michigan parecía existir un consenso de que el libro escrito con Sanders y Santley era una especie de anacronismo inoportuno: cómo podía alguien atreverse a proponer una teoría “de primer motor”, cuando no sólo todas las teorías, particularmente las de primer motor, sobre el origen del estado estaban refutadas, sino que se cuestionaba la legitimidad misma de explicar el origen del estado. Lo que se requería era “un regreso a los datos”.
Este incidente fue la gota que derramó un vaso que se había empezado a llenar cuando tomé el curso de Henry Wright sobre orígenes del Estado. Con pulcritud y seriedad, Henry mostró cómo ninguna de las teorías del estado (incluyendo cuando menos tres de su propia autoría), sobrevivían a un examen crítico, ya fuera desde el punto de vista de la teoría, pero particularmente en términos de la evidencia disponible. Recuerdo que, sorprendido, pregunté “¿Entonces, cómo vamos a explicar el origen del Estado? A lo que Henry contestó, con excelente ironía, “¿de veras crees todavía en la explicación?
Para mí el asunto no era menor. Como docente en la Escuela Nacional de Antropología de Historia (ENAH), había enseñado en los últimos tres años (de 1975 a 1978), que la meta de la arqueología era la explicación. Y creía firmemente que el modelo hempeliano de la explicación, que requiere leyes generales, era la mejor guía para la arqueología. Henry no estaba de acuerdo. Para él el término “ley general” sonaba demasiado pretencioso y además conjuraba la imagen de conocimiento absoluto, final, irrefutable, que a él personalmente no le parecía compatible con una imagen de la ciencia, como siempre, en proceso de revisión y cambio.
Pero de Henry aprendí que una opinión tan fuerte como “esa teoría está refutada” debía ir respaldada con un análisis serio. Más adelante comentaré sobre el mecanismo de análisis teórico propuesto por Henry, que es el antecedente directo de la propuesta que constituye el centro de esta tesis. Es decir, a diferencia del incidente comentado antes, las teorías no se refutan simplemente con un comentario de mal gusto en el salón en que se toma el café.
De ahí “p’al real”
Habían surgido entonces las inquietudes centrales que motivan esta tesis: ¿Cómo podemos evaluar una teoría en términos que vayan más allá de los gustos personales, los rencores profesionales o incluso las líneas partidarias? En particular: ¿cuándo podemos decir que realmente hemos refutado una teoría?; ¿realmente ya no es deseable o factible plantear la explicación como meta de la arqueología (aunque sea con un modelo diferente al hempeliano)?; ¿es la refutación al estilo en que se practicaba en Michigan en ese momento una práctica que realmente fomentará el avance de la disciplina? Y, en particular, ¿realmente estaban refutados Sanders, Parsons y Santley?
Mis dudas respondían no solamente a un sentimiento de justicia y “juego limpio” y a mi aprecio personal por dos de los autores “refutados” (Sanders fue mi maestro en aquel inolvidable “Taller Avanzado en Arqueología, de 1973, junto con Flannery y Armillas; y asistí como oyente al curso de Parsons durante el doctorado en Michigan). Además del aspecto personal, emocional, todo el asunto de las refutaciones al estilo michigano iba a contra corriente de lo que estaba aprendiendo en los cursos de filosofía de la ciencia, tanto del Dr. Peter Railton como del Dr. Larry Sklar, de quienes aprendí sobre Hempel, Kuhn, Popper y Lakatos, entre otros autores. En particular, contradecía la propuesta central de Lakatos de que no existe refutación sin alternativa, regla que claramente estaba siendo violada en el momento en que se suponía que todas las teorías sobre el origen del estado estaban refutadas simultáneamente.
Sin embargo, surgía ahora un meta-problema: cuando confronté (de una manera muy torpe, por cierto) a algunos de mis maestros en Michigan con el hecho de que nuestras refutaciones no seguían lo que proponía la filosofía de la ciencia, lo que obtuve de varios de ellos era un rechazo más o menos rotundo a aceptar que la filosofía de la ciencia tuviera algo que ver con la arqueología. De ahí el meta-problema: ¿será cierto que la filosofía de la ciencia –o al menos partes de ella- sean totalmente irrelevantes para la práctica arqueológica? Contestar afirmativamente tiene dos consecuencias importantes, que generan a su vez nuevas preguntas: la primera, de ser cierto ¿qué hace tan especial a la arqueología como para que nuestras teorías sean inmunes al análisis filosófico, o éste les sea irrelevante? O bien, tesis todavía más fuerte ¿será acaso que lo que sucede es que la filosofía de la ciencia es en general irrelevante a la práctica científica?
Intentos de solución
Intentaré mostrar en esta tesis que, entendida de la manera en que propondré adelante, la filosofía de la ciencia (en este caso, filosofía de la arqueología) es no solamente relevante a la práctica de la arqueología, sino que es inevitable; y que quienes, como Blanton, piensan que teorías como la de SPS están refutadas, están ya practicando una forma de análisis filosófico del tipo que supuestamente es irrelevante.
Es más, propondré como hipótesis central que, apoyados en los hallazgos de la filosofía de la ciencia y el propio trabajo reflexivo de la arqueología, es factible establecer mecanismos y criterios de evaluación que permitan evaluar teorías y seleccionar racionalmente entre varias opciones disponibles.
Y -lo que son las cosas- intentaré mostrar que, aplicados estos mecanismos y criterios de evaluación, lejos de estar refutada, la teoría de Sanders, Parsons y Santley era quizá una de las mejores en ese momento. Si los argumentos que presentaré son mínimamente plausibles, ello nos permitirá llegar a una conclusión final: que la concepción del método (y particularmente del papel de la refutación) que se tenía en ese momento, actuó finalmente en contra de la arqueología procesual: los propios arqueólogos procesuales abrieron la puerta a la crítica postprocesual, introdujeron el escepticismo sobre la explicación y están llevando a la arqueología de regreso a versiones del particularismo histórico del que nos costó mucho trabajo salir.
En cierto sentido, esta tesis es como una “cápsula de tiempo”, esos dispositivos que han promovido la NASA y otras agencias, en las que se concentran artefactos y documentos representativos de nuestra cultura en ese momento de tiempo y que son enterrados o lanzados al espacio como muestra de nuestra época. En nuestro caso, regresaremos a los inicios de la década de 1980 para hacer una especie de “radiografía” de las concepciones metodológicas en boga, bajo las que la teoría de SPS estaba refutada. Utilizando herramientas disponibles en ese momento y tomando la teoría de SPS como caso de estudio, intentaremos determinar hasta dónde era justificado considerar a la teoría como refutada.
Objetivos
De la exposición anterior se derivan algunos de los objetivos centrales de este trabajo:
1) Mostrar, a partir de un estudio de caso, que la falta de claridad sobre el contenido de una teoría sustantiva puede llevar a formular dicha teoría de
manera incompleta lo que, a su vez, la abre a críticas injustificadas o tangenciales;
2) Mostrar que el falsacionismo dogmático (la idea de que con un caso en contra una teoría está refutada y debe abandonarse) es una mala apuesta como posición metodológica para la arqueología; y que la refutación real es algo mucho más complejo que lo que se ha reconocido hasta ahora;
3) Mostrar que los supuestos metodológicos (como el implícito en el falsacionismo dogmático) derivan, en buena medida, de supuestos epistemológicos, cuya crítica puede ayudarnos a buscar opciones más eficaces;
4) Mostrar que nuestras teorías sociales se construyen a partir de supuestos valorativos (para qué y para quién teorizamos) y ontológicos (cómo asumimos que es la realidad) y que, en ocasiones, dichos supuestos prácticamente están a “flor de piel” en las teorías sustantivas. Es decir, que se nos está vendiendo, veladamente, una filosofía política o una posición ética como si fuera una construcción empírica
5) Apuntar hacia la construcción de un “realismo social”, compatible con el realismo en general, pero también con un reconocimiento pleno de que parte de la realidad social es, en efecto, construida simbólicamente por los sujetos 6) Relacionar el análisis teórico, aparentemente un asunto abstracto y formal, a las necesidades prácticas y tareas más urgentes de la arqueología, como la conservación del patrimonio arqueológico
Hipótesis principal e hipótesis subordinadas
En general, el proyecto es del tipo que he llamado “investigación instrumental”, dado que las hipótesis principales tienen que ver con cómo mejorar un procedimiento; en nuestro caso, un procedimiento de análisis y evaluación de la teoría. Es decir, se trata fundamentalmente de hipótesis instrumentales, más que de nuevas propuestas de teorías sustantivas, aunque en algún punto intentaré mostrar que la teoría original de SPS puede mejorarse con modificaciones menores, que precisamente incorporan aspectos simbólicos a la propuesta. La hipótesis central, esbozada arriba, es que apoyados en los hallazgos de la filosofía
de la ciencia y el propio trabajo reflexivo de la arqueología, es factible establecer mecanismos y criterios de evaluación que permitan evaluar teorías y seleccionar racionalmente entre varias opciones disponibles.
1. El análisis teórico ayuda a formalizar y sistematizar una teoría, haciéndola a la vez más vulnerable a la crítica legítima y menos vulnerable a las críticas espurias;
2. La crítica al falsacionismo dogmático es aplicable a las refutaciones de la arqueología sistémica, entre ellas la de la teoría de SPS, con lo que una de las fuentes de evidencia en contra de la explicación como meta (el fracaso de las teorías explicativas) se debilita;
3. El falsacionismo dogmático deriva de supuestos epistemológicos empiristas ingenuos y comparte con el neopositivismo más elementos que la arqueología sistémica quisiera aceptar. En consecuencia, la adopción de una epistemología diferente, en este caso el falibilismo, puede orientarnos a una elección más eficaz de metodología.
4. La “ontologización” es una forma de rehuir a la explicación, ya sea porque la capacidad explicativa de una teoría sustantiva a llegado a un tope momentáneo, o porque es un recurso para disfrazar con tintes científicos propuestas que realmente son expresiones de una filosofía política o una ética velada. Mientras más se retrase en la cadena explicativa la ontologización, más fértil será la teoría.
5. El materialismo no tiene porque ser incompatible con una noción de agencia, o con el que ciertas partes de la realidad social las construyan, en efecto, los sujetos. Las construcciones sociales, una vez sancionadas colectivamente, adquieren tanta “realidad” como cualquier otro proceso. 6. El análisis teórico tiene consecuencias prácticas de aplicación inmediata a los problemas más urgentes de la arqueología, dado que permite construir criterios con los que defender mejor el patrimonio arqueológico
Y, con relación a la teoría de SPS:
7. Analizada con las herramientas propuestas en este trabajo, la teoría de SPS nunca estuvo realmente refutada. Por el contrario, fue posiblemente una de las mejores candidatas como teoría explicativa del origen del Estado en su momento. Con modificaciones menores, que introducen algunos aspectos no considerados originalmente por sus autores, esta teoría probablemente es la mejor entre las contendientes y a la que habrá de enfrentar desde la arqueología social; por ello es relevante su estudio para esta posición teórica
Instrumentación
Dado que esta investigación es de carácter fundamentalmente teórico e instrumental, para cumplir los objetivos y evaluar las hipótesis centrales (y algunas de las subsidiarias) expuestas, el procedimiento será fundamentalmente de introducción de herramientas de análisis teórico (algunas derivadas de la literatura metodológica, otras propuestas propias) y su aplicación al caso de estudio. Es decir, intentaremos mostrar, utilizando las herramientas propuestas, que la teoría de SPS es más de lo que incluso SPS reconocen. Y que, así reconstruida, es una teoría particularmente fuerte; de hecho, al compararla con otras opciones disponibles, se aprecia como una de las mejores de ese momento. Me interesa que, sin perder el centro de atención sobre la solución de las polémicas en la arqueología, la tesis pueda nutrirse de lo que se ha generado en la discusión de la filosofía de la ciencia social contemporánea y de la epistemología en general. No pretendemos hacer un tratado de metodología, pero pensamos indispensable el abordar esta temática con esa perspectiva. Y, finalmente, tendremos que ligar esa
discusión, aparentemente abstracta, al problema de la conservación del patrimonio arqueológico.
El papel de la filosofía de la ciencia en la arqueología
El lector familiarizado con las polémicas hoy en filosofía quizá piense que, de inicio, el proyecto entero es poco viable, particularmente a la luz de las nuevas corrientes pluralistas. En palabras de un querido amigo, Héctor Díaz-Polanco, en una discusión informal hace unas semanas: “No estarás tratando de revivir la osadía de unos locos que pretendían decirnos a todos cómo hacer la ciencia…” [Díaz-Polanco, Comunicación personal. Marzo de 2007]. Se necesita entonces, primero, al menos comentar brevemente el llamado “giro naturalista” en la filosofía de la ciencia que suele fundamentar ese pluralismo; y luego, el escepticismo que despierta en muchos colegas la aplicación de la filosofía de la ciencia, en particular en la arqueología. Pospondré la discusión del pluralismo al capítulo 17.
El problema del naturalismo en filosofía de la ciencia
Recientemente y, como una de las muchas secuelas del llamado “historicismo” en la filosofía de la ciencia y el neopragmatismo en filosofía en general, se generó una reacción a las pretensiones normativas de la generación anterior de filósofos de la ciencia. En efecto, la disciplina había tenido un doble carácter: por un lado, pretendía ser descriptiva y analítica de la actividad científica; y por otro, normativa en el sentido de ir más allá y ofrecer consejo razonado (en su versión moderada) o adjudicar disputas (en versiones más fuertes) o incluso decirle a los científicos cómo debe ser la ciencia (en las versiones prescriptivas más fuertes).
Kuhn y otros filósofos que eran también historiadores de la ciencia, mostraron que buena parte de las pretensiones prescriptivas de los filósofos no tenían fundamento en las prácticas reales de los científicos, al menos tal como lo recupera dicha disciplina
. El problema es que si, empíricamente, no había
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entonces evidencia de ciertas prácticas de las que supuestamente los filósofos extraían las lecciones que luego pretendían aplicar prescriptivamente, estas lecciones perdían, cuando menos, parte de su justificación: entonces no estaban recuperando la práctica científica real y codificándola, sino intentando pontificar sus propias preferencias.
Es notoria, aunque seguramente apócrifa, la anécdota de Popper en la que, al señalársele que
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Galileo difícilmente habría realizado un determinado experimento crucial desde una torre (¿la de Pisa?), porque la torre en cuestión no estaba aún construida, molesto replicó: “Pues peor para Galileo”. Primero los neopositivistas y luego los racionalistas críticos insistían que nunca pretendieron hacer una historia “real de la ciencia, sino solamente su “reconstrucción racional”. El problema no se reduce a cuestiones de detalle, anecdóticas, sino cruciales: ¿siguieron realmente los científicos las reglas metodológicas que estos filósofos dicen “reconstruir racionalmente? [Laudan 1984].