La discusión sobre si la arqueología ya es o debería ser una ciencia es una de las más antiguas en la disciplina. Se han propuesto soluciones de todo tipo, incluyendo que la arqueología es una ya ciencia porque utiliza técnicas científicas, como el Carbono 14. Pero la mayoría de los teóricos en arqueología no encuentran esta solución aceptable. Aunque para un tratamiento en donde se equipara técnicas a ciencia, el lector puede consultar Jones [2002], que intenta cubrir un abismo, en mi opinión inexistente, entre lo que él llama “ciencia” (fundamentalmente el uso de técnicas, en la arqueología instrumental llamada “arqueometría”) y la hermenéutica, enfoque que el autor considera indispensable pero difícil de compatibilizar con su idea de la ciencia como el uso de técnicas. Me temo que la dicotomía está mal de entrada. La naturaleza científica de la arqueología debe radicar en otro lado, no en su uso de las técnicas.
Precisamente es el responder a este tipo de preguntas lo que genera un área metodológica dentro de una posición teórica. Se intenta clarificar si la arqueología es o debe ser una ciencia y en el segundo caso, en qué consistiría este estatus, es decir, que delimitaría a la ciencia de la no-ciencia. Típicamente este problema, llamado del “criterio de demarcación”, se soluciona por referencia al elemento considerado distintivo de la ciencia, el método científico. Pero he ahí que no hay una versión única de este método científico, por lo que una posición teórica debe elegir, como en otros casos, entre varias opciones disponibles. Complementan esta área una particular selección de técnicas de campo y gabinete, a veces tomadas de otras disciplinas, así como las teorías de la observación (o de lo observable) que establecen la confiabilidad y representatividad de la información obtenida con dichas técnicas. Junto con ciertos procedimientos para facilitar la adquisición de conocimiento (llamados “heurísticas”, entre las que incluyo las llamadas “reglas metodológicas” que una comunidad sigue), se desarrollan así “rutinas de trabajo” que la posición repetirá al considerarlas como exitosas y no problemáticas. Adicionalmente, tendrá una orientación metodológica en una serie de dicotomías muy cercanamente relacionadas a las dicotomías (o continua) discutidos en el área ontológica. Pasemos ahora a ver estos elementos en detalle.
Criterios de demarcación
Para algunos colegas, es totalmente irrelevante si la arqueología es o no una ciencia. Para ellos es divertida, emocionante, nos da de comer y genera múltiples oportunidades para viajar, así que con eso es suficiente. Respeto este punto de
vista. Si de entrada uno no es arqueólogo por el simple placer de serlo, entonces probablemente no sea un buen arqueólogo (ciertamente, no está en la disciplina por los supersalarios que nos pagan…). Pero, aunque de entrada esta justificación es intuitivamente satisfactoria, no es capaz de proporcionar entonces una justificación al coto que tiene la arqueología en relación a la investigación y protección del patrimonio arqueológico. No solamente en México, sino prácticamente en todos los países que tienen una estructura de investigación arqueológica consolidada, las leyes de protección giran siempre en torno a la capacidad especial que tendría la arqueología, en tanto ciencia, para hacerse cargo del patrimonio, investigándolo y poniéndolo en el uso social que normalmente se reconoce es su destino legítimo. Por ello, si este argumento ha de sostenerse, no es suficiente reconocer que la arqueología es emocionante o divertida; hay que mostrar que, en efecto, es una ciencia.
Otra ruta podría ser su defensa desde una concepción diferente. Una en que la arqueología no tendría por qué ser una ciencia. Por ejemplo, que se trata de recuperar objetos bellos para documentar la historia del arte; o que la intención es una recuperación simbólica para la construcción (así, construcción, en el sentido de algo que se crea de novo) de identidades. O bien que se trata de la reconstrucción de una historia que no requiere ser científica, sino solamente una buena historia, una historia creíble y bien escrita. Históricamente ha habido pronunciamientos de este tipo. No es el lugar para discutirlos aquí, salvo que en estos enfoques el arqueólogo sale sobrando, o al menos sale caro: sería mucho más barato y rápido habilitar a coleccionistas, historiadores del arte
, literatos e
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ideólogos para que recuperen del registro arqueológico lo que ellos consideren más relevante a sus diferentes objetivos.
Entonces, el campo de debate es si la arqueología ya es o debería ser una ciencia; y recae sobre los que piensan que sí debería serlo, el clarificar entonces qué entienden por ciencia; es decir, proporcionar un “criterio de demarcación”
,
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para usar la frase de Popper [1963:20-21].
Este es un campo minado, porque precisamente al haberse debatido durante tantos años y aparentemente no lograr una conclusión satisfactoria, es capaz de provocar lágrimas de aburrimiento en muchos colegas; o, en el caso de los filósofos de la ciencia, la práctica convicción de que dicho criterio es imposible, como ha vehemente argumentado Olivé [2000:51-56; incluye una excelente
No quisiera que la inclusión en esta lista de los historiadores del arte se vaya a entender como
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derogatoria; de ninguna manera. Sus aportes a la arqueología son múltiples y bien conocidos. El asunto es si su trabajo es capaz de sustituir al del arqueólogo en todos los frentes en donde éste se mueve. Ambas disciplinas tienen sus propios campos de especialización y por supuesto, el campo de intersección en el que confluyen y a través del que generan contribuciones conjuntas.
No confundir con el criterio de significado, tan caro para el neopositivismo…
síntesis de los principales participantes en este debate]33. Paradójicamente, es este debate uno de los lugares en donde la filosofía de la ciencia se ha utilizado en la arqueología como argumento de autoridad, para aplicar su lado prescriptivo o normativo a “lo que debería ser la arqueología”. Es también un campo interesante, dado que muestra que, a lo largo de la historia de la arqueología, ésta ha recurrido o al menos ha usado los resultados de diferentes filosofías de la ciencia, en ocasiones sin darse cuenta, en otras de manera explícita. Esta observación es crucial a nuestro argumento de que no existe ni puede existir, en realidad, una arqueología que no tenga un componente autoreflexivo, filosófico. Y que no existe tal cosa como el arqueólogo totalmente virgen de filosofía de la ciencia: existe solamente aquél que no sabe qué filosofía de la ciencia está siguiendo, de dónde la tomó o por qué esa y no otra. En este punto, como en otros, las posiciones teóricas necesariamente tienen que hacer elecciones entre diferentes opciones. Lo ideal es que esas elecciones sean explícitas y racionales, más que asuntos de inercia social o moda.
¿Cuáles son las opciones que históricamente se han considerado en el caso del criterio de demarcación? Lakatos hace un resumen que me parece muy útil para nuestros efectos y que aparece en varias de sus obras [Lakatos 1970, 1982; Lakatos, et al. 1983]. Él liga este recuento a la manera en que han cambiado los estándares de honestidad académica; y, por supuesto, la secuencia termina con su propia propuesta. En cualquier caso, es un buen recurso de exposición, así que lo usaré aquí, ampliándola cuando lo considere útil.
La imposibilidad de un criterio que sea aplicable a lo largo de la historia y a través de diferentes
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comunidades y disciplinas científicas no implica que no haya otras maneras de distinguir, por referencia que incluye consideraciones ya no solamente metodológicas o formales, sino sociales, a las prácticas científicas, como hace el propio Olivé (2000). Concuerdo en lo esencial con este argumento. No obstante, en esta tesis privilegio lo que considero el mínimo elemento común de la ciencia, que sería la actitud de apertura a la crítica vía la necesidad de justificar la creencia mediante la –admitidamente tentativa- intención de refutar en principio lo que se propone y obtener corroboración de teorías que progresivamente amplían el rango de fenómenos que explican. Me imagino que ello me ubica dentro del campo popperiano/lakatosiano y seguramente en una minoría en el panorama metodológico actual. Sus detractores utilizan como ejemplo clásico de por qué este criterio falla el del debate entre evolucionismo y creacionismo. Se supone que al aceptar que el creacionismo está refutado o es refutable, irónicamente se le concede un estatuto científico. Pero ello sucede solamente si la evaluación se restringe a hipótesis de nivel bajo que serían supuestamente refutables. Si se asciende en escala, habría que preguntarse qué fuente alimenta a la putativa “teoría sustantiva” y su conexión a la “posición teórica” religiosa. Tarde o temprano saldrá la Biblia como libro sagrado incuestionable y la autoridad del Papa como sujeto infalible cuando habla “ex cátedra”. La apariencia de falsabilidad se verá entonces como eso, como mera apariencia, al chocar de frente contra una vocación dogmática característica no solamente del cristianismo sino de prácticamente cualquier religión. Aunque no pretendo que estas líneas constituyan argumento, me parece una línea de argumentación plausible.
Verificacionismo o justificacionismo: la ciencia como conocimiento comprobado, verificado
El primer criterio de demarcación formalmente expresado es el que Lakatos llama “verificacionismo” o “justificacionismo”[Lakatos 1970], que se asocia a autores como Bacon y los inicios de la ciencia, aunque realmente se formula con mayor precisión hasta el siglo XIX, con Comte y el primer positivismo. Es un criterio exigente y, como Harré ha mostrado [Harré 1984:39], tiene consecuencias considerables. Consiste en proponer que la ciencia se distingue de otras formas de conocimiento por ser conocimiento comprobado. Comprobado en el sentido epistemológico de verificado más allá de cualquier duda, es decir, en el sentido fundamentalista radical. Sería un conocimiento “incorregible”, en el sentido de que ninguna nueva observación nos haría cambiar nuestra creencia. ¿Cómo se llega a tan formidable pretensión? Utilizando el método científico, que para estos autores se modela de una de dos maneras: la de la geometría (y las matemáticas y la lógica, es decir, mediante la demostración, que es final e infalible), o la de la inducción, que se combinaba con la pretensión de que una técnica (la experimentación) era realmente un método. Es decir, el “método experimental” permite, por inducción acumulativa, comprobar las pretensiones de la ciencia.
La propuesta tuvo, entonces, variantes. A finales del siglo XIX, Mach la complementa, en el segundo momento del positivismo (el llamado “empirio- criticismo”. Rechaza que la ciencia tenga que ver con la explicación, mucho menos con la explicación causal; se trata de una “descripción económica del mundo” (en el sentido de elegante, simple, parsimoniosa), una descripción sistemática y rigurosa, en la que se registran los procesos que ocurren juntos de manera repetida. En su base está la inducción.
Es curioso que este criterio de demarcación siga siendo el prevaleciente en la arqueología. Mi explicación para ello es que es el criterio que ha capturado la imaginación popular. Y el que aprendemos desde cuando menos la secundaria
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Como veremos adelante, se trata de lo que yo he llamado “los fáciles pasos de Fab”, por referencia al detergente que abrió ese mercado en México, que insinuaba que la ropa con Fab se lava sola: simplemente es cuestión de seguir los pasos “Remoje, exprima y tienda”, que en la ciencia serían “observe, analice, haga una ‘teoría’ y compruébela convirtiéndola en ley”. Cualquiera sabe que está comprobado que los dentistas prefieren cierta marca de dentífrico, o que cierto
He propuesto en son de broma, pero que en ocasiones me da miedo pudiera tener visos de
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verdad, que existe una sociedad secreta, con fondos del capital transnacional, llamada “Sociedad para la perversión de los jóvenes educandos en cuanto a la naturaleza real de la ciencia y el método científico” (o SPPJECNRCMC, por sus siglas, impronunciables, por cierto). Su misión es promulgar y difundir una concepción obsoleta e imposible de la ciencia. Gastan millones de dólares y euros en infiltrar el sistema educativo, para corromper primero a los docentes, luego éstos a los alumnos, haciéndoles creer que la ciencia produce conocimiento comprobado. Llevan décadas operando y lo hacen con mucho éxito, como el lector puede fácilmente constatar haciendo una encuesta informal entre sus conocidos sobre qué hace especial a la ciencia…
producto realmente evita la caída del cabello, o cien y un embustes más que se basan en este criterio, que hoy sabemos es un mito.
El convencionalismo: la ciencia como conocimiento coherente
Quienes destronaron este criterio fueron científicos (que eran a la vez filósofos de la ciencia), de dos campos que, entre ellos, eran casi tan opuestos entre sí como en relación al verificacionismo. Pero ambos coincidían en la imposibilidad del proyecto verificacionista de que la ciencia fuera conocimiento comprobado. El primero fue Duhem y el grupo conocido como “convencionalistas”. El segundo fue Hempel y la corriente conocida como “neopositivismo” o más tarde, como “empirismo lógico”.
Ambos tenían muy fresco y reciente el triunfo de la teoría de la relatividad de Einstein, que mostraba que la teoría de Newton era falsa, o al menos había sido superada. Ello echaba al trasto la idea de que la acumulación de evidencia positiva (esto es, por la vía de la inducción), no era garantía de verdad. Pero a este hecho (que conmocionó a los expertos), añadieron cada bando sus propios argumentos de por qué es que el método inductivo era una ficción.
Del lado de Duhem, este autor propuso el problema que ahora lleva su nombre. Consiste en que nunca evaluamos realmente una hipótesis de manera aislada. Para poderla evaluar requerimos siempre de supuestos e hipótesis auxiliares. El problema consiste en que si una hipótesis falla ya no es tan claro saber si es culpa de la hipótesis central misma, o de las hipótesis auxiliares. Y es un problema porque no se puede hacer ciencia sin hipótesis auxiliares, al menos sin una de ellas: la llamada cláusula ceteris paribus, que dice que la observación o el experimento ocurren en “condiciones normales”, sin intervención significativa de elementos no controlados. El problema se complica, dado que no solamente rechazar una hipótesis se convierte entonces en una fuga hacia el infinito, sino también determinar el mérito relativo en caso de que los datos la apoyen.
Para verlo, tomemos el caso en que la hipótesis no es soportada por los datos y que atribuye la culpa en las hipótesis auxiliares1. No hay problema:
tomemos entonces ahora como centro de atención a una de estas hipótesis auxiliares. Claro que para evaluarla, ahora requeriremos de otras hipótesis auxiliares2. En caso de que fallen, no hay problema: tomamos a esas hipótesis
auxiliares2 y considerémoslas como principales, aunque claro ello requerirá de
nuevas hipótesis auxiliares3 y así sucesivamente, potencialmente hasta el infinito.
Nunca lograremos una comprobación completa, porque no podemos ni siquiera empezar a evaluar una hipótesis si no es con ayuda de hipótesis auxiliares.
La solución de Duhem para el problema que él mismo formuló requería hacer una decisión “metodológica” y considerar que en caso de duda, era preferible poner en duda a los datos y mantener las teorías. Su argumento era que la construcción de teorías es mucho más compleja y laboriosa y que los datos de
cualquier manera pueden fallar, así que era preferible mantener una teoría aún ante la oposición de los datos. Eventualmente, si la teoría era fallida, le pasaría lo que a una fachada que ha recibido demasiados retoques y reparaciones, que finalmente se viene abajo. Es decir, el propio paso del tiempo mostraría si la decisión metodológica estaba bien motivada. Para ello era necesario además considerar a las teorías realmente como instrumentos, como convenciones que permitían ligar observaciones. La inducción seguía siendo crucial; simplemente no era “a prueba de balas”.
El probabilismo: la ciencia como conocimiento altamente probable, verificable
La otra impugnación al verificacionismo vino, como decíamos, de los neopositivistas. La versión mejor conocida en arqueología del argumento en su contra proviene de Hempel [Hempel 1966:28 y sigs.], aunque es tardía en relación a las formulaciones originales que hicieron otros miembros de esta tradición. En cualquier caso, el argumento aquí lo que hace es derribar el mito de lo que he llamado antes los “fáciles pasos Fab”. En particular, mostrar que la ciencia, de seguir la propuesta de los verificacionistas, sería imposible. La idea de que el primer paso del método es la observación “inocente” o “neutral”, es simple y sencillamente imposible. El campo de lo que podemos observar es infinito, como lo es el de los atributos que podríamos estar registrando. El ejemplo de Hempel es famoso: si mando a un equipo de investigación a observar la playa, ¿qué se supone que hagan? Aunque yo tengo algunas ideas sobre lo que a mí me gustaría observar en ese contexto privilegiado, es cierto que con esa directiva “vayan y observen la playa”, no hay manera de determinar si hay que contar los granos de arena, el número de olas que llegan a la playa, el estado de ánimo de los participantes, la marca de sus instrumentos de escritura, o qué… De hecho, de este pasaje yo derivo la idea de “rutinas de trabajo” que presentaré en más detalle adelante, dado que en ausencia de una directiva más precisa, lo que los investigadores harían es recaer en rutinas de trabajo previamente definidas. En cualquier caso, es evidente que no están actuando de manera neutral o inocente y que el primer paso del método no es la observación, así, sin más.
Lakatos [1970:21] presenta este debate además con toda la gravedad que se reconocía en ese momento y la urgencia de su solución: si la ciencia es conocimiento comprobado y ningún conocimiento está comprobado, entonces no hay nada que distinga la ciencia de la no ciencia. Es decir, el criterio verificacionista nos deja en la situación de reconocer que no existe entonces conocimiento científico. Esa propuesta contradice nuestras intuiciones, así que la solución debe estar en otro lado.
Para Duhem y antes para Mach, tiene que ver con la capacidad de la ciencia de presentar una imagen unificada (y Duhem quizá insistiría, bonita, elegante, parsimoniosa) del mundo. De reducir el número de entidades y procesos que nos rodean, de simplificar nuestra comprensión, aumentando nuestra
posibilidad de control. El problema con esta solución, me parece, es que también las grandes religiones son capaces de hacer esta simplificación reduciendo el número de factores y procesos. Así que si de eso se trata, sin más, entonces no podemos diferenciar entre ciencia y religión. Debe haber algo más, que era precisamente la preocupación de los neopositivistas que, como es sabido, eran primero científicos practicantes que se interesaron en la filosofía a partir de las propuestas de Wittgenstein y sus maestros Russell y Whitehead.
Para ellos, el “algo más” era que el conocimiento científico, si bien no estaba comprobado, ni era en principio comprobable, era al menos altamente