La primera pregunta es la gran pregunta: ¿existe la realidad con independencia de los sujetos que la conozcan o perciban? ¿O es la realidad solamente un producto de la percepción o representación de dichos sujetos? Este
es el tipo de preguntas que pueden mandar rápidamente a dormir a aquellos que tienen poca paciencia para estas cosas. Pero lo cierto es que es una polémica actual y totalmente vigente.
Para autores como Geertz, la realidad está constituida como “un entramado de significados”. Los significados radican, por supuesto, en los individuos y son mentales. Sin individuos no hay significados. Pero, ¿implica eso que no había realidad antes de que hubiera individuos que representaran simbólicamente la realidad? Por ejemplo, ¿hubo dinosaurios antes de que hubiera humanos que los representaran?
Aún si restringimos la tesis a la realidad social, ¿hubo entonces
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realidad social antes de que hubiera representación? ¿Por ejemplo, existieron los homínidos antes de que de que se desarrollaran capacidades de representación simbólica?
Quien propone que sí asume una posición que en filosofía tiene un largo abolengo: el realismo. Este sostiene que la realidad es independiente de las capacidades o voluntades cognitivas de los sujetos, con una importante adenda en lo que toca a la realidad social, que solamente esbozaré más adelante. La posición contraria es el anti-realismo, a veces llamado “idealismo subjetivo”, en su versión como tesis epistemológica. Esta sostiene que no hay tal cosa como un mundo que no sea un mundo conocido y representado por los sujetos. O que, si existiera, no lo podríamos conocer de cualquier manera, dado que a lo único que tenemos acceso es a nuestras sensaciones y percepciones. En ese sentido el mundo es una construcción de los sujetos.
La realidad específicamente social presenta un problema, que abordaremos con más detalle en un capítulo posterior; y es que resulta más o menos absurdo proponer que “la realidad social existe con independencia de la capacidad cognitiva o voluntad de los sujetos”. Ello implicaría una ontología en la que los pobres sujetos no tienen siquiera conciencia de existen y viven en sociedad. Y políticamente implica un gran pesimismo, dado que si esa realidad social es independiente de la voluntad de los sujetos, entonces no hay nada que éstos puedan hacer para modificarla
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Este es un tema sobre el que existe una enorme confusión en estos días del post-postmodernismo. Sin duda hay partes de la realidad que son socialmente
Nótese que la pregunta no es “¿hubo un concepto de ‘dinosaurio’ antes de que hubiera
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humanos?”. Es trivial que todos los conceptos son productos humanos y que no existieron antes de que el hombre los creara. La pregunta es si aquello que designa el término “dinosaurio” existió o no antes de que hubiera humanos que lo designaran así. Si usted contesta, “por supuesto que existían”, entonces es realista.
Este es un punto en el que, desde mediados de los ochentas, uno de los miembros del grupo
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Oaxtepec de Arqueología Social, ha venido insistiendo –incluso a costa de que se le llamara “idealista” y “revisionista”: Héctor Díaz Polanco. Su visión siempre fue crítica de una forma de realismo que resultara reductora y políticamente castrante, como en efecto resulta la versión más ortodoxa de lo que se suele llamar “materialismo” y no realismo, en la tradición marxista.
generadas (ni más ni menos que la propia realidad social). Pero ello no implica que esta construcción de la realidad social, como le llama Searle, ocurra en un vacío, o sea solamente el producto de una indomable voluntad humana. Ocurre en el contexto de una realidad que, para los realistas, estaba ahí antes de que hubiera humanos y tiene y mantiene ciertas capacidades causales incluso cuando aparece el Hombre.
Para los materialistas, esta realidad no solamente es independiente de los sujetos (tesis realista), sino está constituida materialmente (es decir, por materia y energía, en diferentes arreglos y niveles de integración) (tesis materialista). No así para sus opositores, los idealistas, que sostienen no solamente la no- independencia de la realidad, sino que proponen que está hecha de entidades dependientes de los humanos (o de lo divino), como pueden ser las ideas, las normas, los juegos del lenguaje y las formas de vida (al estilo Wittgeinstein), las representaciones, la capacidad simbólica o, en el caso extremo, el espíritu o la voluntad divina. Para un anti-realista, incluso la serranía del Ajusco, al sur de la ciudad de México, es “una construcción social”, una representación ideal y existe solamente en la medida en que fue representada por las culturas prehispánicas y “resignificada” por nosotros, los arqueólogos contemporáneos. Sin sujetos no existiría; y gracias a los sujetos, existe como representación ya sea mental, lingüística o materializada en imágenes.
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Este debate es uno de los centrales hoy día en arqueología, en la historia y en las ciencias sociales en general. Los arqueólogos interpretativos están, en su mayor parte, comprometidos con una posición anti-realista e idealista subjetiva y han ofrecido argumentos particularmente fuertes en su defensa (Ver, por ejemplo, Hodder et al [1995], Whitley [1998], Shanks and Tilley [1987a, 1987b]). Los arqueólogos procesuales mantienen una forma débil de realismo (ya que dependen de la posición neopositivista, que a final de cuentas es anti-realista), pero son sin duda materialistas. La arqueología marxista sostiene el realismo (a veces reductivo) y es, por supuesto, materialista. Gran parte de la discusión sobre teorías sustantivas (o sobre la posibilidad o imposibilidad de generar dichas teorías), gira sobre este punto.