Estas rutinas, como su nombre indica, son aplicaciones repetidas, en secuencias que operan de manera más o menos constante, de técnicas consideradas como suficientes para los propósitos de esa posición y que se aplican como “naturales”, sin mucha reflexión al respecto. Lejos de ser perniciosas, creo que son uno de los signos de madurez de una posición teórica (o al menos del poder de algunos de sus líderes para imponerlas). Aquí la razón puede encontrarse en un argumento de Kuhn: la ciencia suele ser una institución jerarquizada, en la que no es siempre posible, ni necesario, que todos los científicos en todos los niveles puedan articular las razones que tienen para seguir cierta secuencia de pasos mediante ciertas técnicas. De hecho, equivaldría a preguntarse, de manera cotidiana, si tienen sentido nuestras rutinas normales: el resultado normalmente es que esa discusión acaba en el diván de un terapeuta. Normalmente muchas de nuestras actividades se hacen prácticamente en automático y no es saludable (al menos para la mayoría de los mortales) cuestionarlas una a una todos los días. Lo mismo pasa con las rutinas de trabajo científico.
Creo que las rutinas de trabajo se originan en proyectos especialmente exitosos (o al menos prestigiosos o bien publicitados), que entonces se convierten en los ejemplos a seguir. Combinados con los límites que fija la ontología, son una guía suficiente como para conducir el trabajo cotidiano de campo y laboratorio. El problema surge cuando esa naturaleza irreflexiva se encuentra con situaciones en las que esa rutina ya no es suficiente. El ejemplo que primero viene a mi memoria es el de la rutina de trabajo en sitios monumentales de los arqueólogos de la llamada “escuela mexicana de arqueología”, que tuvo sus días de gloria a partir de los años treinta en México. Motivados sin duda por la más noble de las intenciones, estos arqueólogos consideraban que reconstruir más allá de la evidencia era tanto un recurso didáctico como una manera de incrementar el atractivo de los sitios. Y concentraban casi siempre su atención en lo que todavía se siguen llamando, 70 años después, “zonas de monumentos”. Ambas decisiones tendrían consecuencias que llevaron a que, a partir de la década de 1970, esta rutina de trabajo fuera cuestionada, a veces para sorpresa de sus practicantes, para los que era “la única”, “la mejor” o “la natural”.
La consecuencia de la reconstrucción es, por supuesto, la pérdida de autenticidad del monumento, además de su distorsión como documento histórico y científico al plasmarse en cemento y piedra una hipótesis de muchas otras posibles. La intención pedagógica o decorativa bien puede expresarse en
maquetas y modelos. Las convenciones internacionales, a las que México está suscrito desde hace décadas, indican que la intervención debe limitarse a la conservación, en los niveles de consolidación y, cuando mucho, reposición de elementos cuya proveniencia es clara (la “anastilosis” -para un tratamiento temprano de esta problemática, ver Molina [1975]).
La consecuencia de ver a los sitios como “zonas de monumentos” y concentrar el trabajo en estas zonas ha sido que durante décadas se careció de información contextual sobre los entornos de dichos monumentos; se preció, sin duda con razones bien motivadas y honestas, el trabajo en las áreas de religiosas y de elite, a costa del conocimiento de las unidades habitacionales populares, o las áreas de infraestructura productiva. Años después, esta concentración de interés actúa en contra de los esfuerzos de conservar lo que no nunca fue realmente una “zona de monumentos”, sino siempre un asentamiento, un sitio arqueológico; pero incluso en la mentalidad popular, el sitio llega nada más hasta donde pasa la cerca que separa a la zona de monumentos de su entorno. Las rutinas de trabajo acabaron actuando, en una consecuencia quizá insospechada por esos bien intencionados arqueólogos a los que les debemos que haya una arqueología institucional en México, en contra del patrimonio: se generó lo que he llamado la “arqueología de éste lado de la cerca”, que concentra su atención en las zonas protegidas y luego se sorprende de que el entorno, incluyendo las áreas habitacionales prehispánicas, incluso las llamadas “zonas B”, de uso contemporáneo restringido, estén siendo destruidos y no hay manera fácil de conservarlo, ni siquiera mediante recursos legales.
Eso nos debería dar, me parece, una lección de humildad y de reconocimiento de que incluso las más flamantes rutinas de trabajo serán seguramente cuestionadas por los arqueólogos del futuro. Ello implica no perder la perspectiva histórica y apreciar los esfuerzos honestos de los arqueólogos que nos antecedieron. Pero también implica entonces el mantener abierta las puertas a la discusión de los supuestos detrás de nuestras rutinas de trabajo, como una manera de paliar los efectos negativos que sin duda, junto con los efectos positivos, tienen las rutinas de trabajo. Es importante ver más allá de la tradición académica propia, al menos en lo que toca a la selección de técnicas.
Así, para concluir esta sección, podemos reiterar algunas de las propuestas centrales: 1), las técnicas (en tanto procedimientos prácticos para la obtención, registro análisis y presentación de datos), pueden ser compartidas por diferentes posiciones teóricas; 2) y como consecuencia del punto anterior, las técnicas nunca definen las posiciones teóricas
; 3), el elemento rector en la elección de técnicas
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es el área ontológica de la posición teórica, aunque mediado siempre por las
De aquí el señalamiento hecho en el capítulo 1 de que no es correcto entonces caracterizar a la
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Nueva Arqueología por su uso de estadísticas o computadoras. La arqueología analítica las empleaba en ese mismo tiempo y desde entonces han sido usadas por muchas otras posiciones teóricas.
capacidades institucionales de su empleo y la disposición a la capacitación que requieren, por un lado y por la tradición académica, por otro. La tradición académica se expresa en lo que hemos llamado aquí las rutinas de trabajo: conjuntos de técnicas y secuencias de pasos en su aplicación que derivan generalmente de proyectos especialmente exitosos (o al menos prestigiosos) y que son adoptadas y repetidas de manera generalmente no reflexiva; 4) la elección de técnicas tienen efectos sobre las posibilidades de conservación del patrimonio arqueológico; y, aunque es inevitable que a futuro se nos señalen deficiencias y problemas con las técnicas empleadas hoy, es importante para todas las posiciones teóricas mantener el debate abierto para minimizar este riesgo.
Heurísticas
El término “heurística” lo define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como:
“(Del gr. εὑρίσκειν, hallar, inventar y -́tico).1. adj. Perteneciente o relativo a la heurística. 2. f. Técnica de la indagación y del descubrimiento. 3. f. Busca o investigación de documentos o fuentes históricas. 4. f. En algunas ciencias, manera de buscar la solución de un problema mediante métodos no rigurosos, como por tanteo, reglas empíricas, etc.” [http://buscon.rae.es/
draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=heur%C3%ADstica, consultado
en febrero de 2007].
Nuestro uso es un tanto más restringido y en cierto sentido, más difícil de definir. Las heurísticas (dado que normalmente una posición teórica tiene varias), son recomendaciones o sugerencias, incluso consejos y “mañas”, que se transmiten generalmente por vía oral, informalmente y que orientan decisiones estratégicas en cuanto al uso y secuencia de técnicas. En ese sentido, están muchas veces detrás de las rutinas de trabajo mencionadas en la sección anterior. Pero a veces no solamente impactan las tareas prácticas, sino la estrategia general de la posición teórica. No son teorías sustantivas, dado que no se supone que se pongan a prueba, ni están formalizadas; tampoco son teorías de la observación, por razones similares. Son como condensaciones del sentido común profesional dentro de una comunidad académica, ligadas de manera tenue pero generalmente rastreable a la ontología de la posición teórica, que intentan proponer atajos o facilitar de alguna manera la adquisición del conocimiento y el cumplimiento de los objetivos de los proyectos respectivos.
Quizá la mejor manera de entender la idea es mediante ejemplos. Uso normalmente tres en clase. El primero viene de la psicología y en particular del psicoanálisis. No puedo rastrearlo en la literatura, lo que me hace pensar que lo aprendí informalmente, en alguna conversación hace ya mucho tiempo con algún psicoanalista. La heurística en cuestión es “Piensa esfínter” (dado que las heurísticas suelen expresarse como consejas o máximas) o, más explícitamente,
“Cuando quieras tener una aproximación inicial al diagnóstico de tu paciente, en cuanto entre a tu consultorio, pregúntate cuál de sus esfínteres domina su personalidad”. La idea es que el lenguaje corporal es capaz de ofrecer una primera impresión sobre este elemento diagnóstico de la personalidad bajo la teoría freudiana: si la persona habla todo el tiempo, o se lleva continuamente las manos u otros objetos a la boca (lo que supuestamente indicaría una tendencia oral); si, por el contrario, prácticamente no habla y mantiene una actitud rígida (lo que supuestamente indica una personalidad anal-retentiva), etc. No se trata realmente sino de facilitar un diagnóstico inicial, que por supuesto es reforzado con técnicas muy complejas. La idea es facilitar el primer diagnóstico y tomarlo como punto de partida para la sesión inicial –o al menos eso recuerdo haber entendido. Esta heurística está conectada, obviamente, a principios de la teoría freudiana a veces explicitados en teorías sustantivas, pero en general deriva de la ontología de dicha posición.
El segundo ejemplo viene de la antropología funcionalista británica, que tiene aparentemente una heurística que es popular en México: “Ve al mercado del pueblo”. Desarrollada, es algo así como “Lo primero que hay que hacer es visitar el mercado de la comunidad y observar cómo se dan ahí las interacciones”. He oído atribuir esta heurística al propio Malinowski y se que mis colegas etnólogos y antropólogos sociales que trabajan en contextos rurales se la toman muy en serio. De nuevo, tiene que ver con la ontología de la posición teórica, en la que seguramente hay un supuesto de cómo ciertos lugares públicos y notablemente el mercado, son excelentes escaparates para detectar roles, estatuses y normas de interacción. No es una técnica en sí, sino es una recomendación sobre cómo y cuándo usar la técnica de la observación participante. Es una recomendación estratégica.
El tercer ejemplo viene del marxismo y aunque me imagino que podría acudir a los clásicos para documentarla, también la aprendí por la vía de ver y oír ejemplos de su aplicación, así que prefiero reportarla de esta manera. La heurística es “Piensa contradicción”. La liga con la ontología dialéctica detrás del materialismo histórico es muy clara: la contradicción es el motor del cambio en el mundo. Desarrollada sería “Cuando inicies el estudio de un particular proceso, evento o coyuntura, pregúntate cuáles son los segmentos sociales en pugna – sean clases, fracciones de clase u otro tipo de agrupación; o si la contradicción fundamental es entre el grupo y su entorno natural”.
Creo que estos ejemplos son suficientes para ilustrar la idea. No solamente las posiciones teóricas tienen heurísticas, por supuesto. Baste recordar una que es favorita de los detectives en las novelas de misterio: “Piensa, ¿quién se
beneficia con este crimen?45 Creo que incluso pueden encontrarse en el sentido común aplicado cotidianamente. Por el momento la idea era mostrar que generalmente las posiciones teóricas tienen heurísticas, que sin ser técnicas, orientan el uso de éstas, así como la producción de conocimiento en general. Cumplen, pues, una función estratégica. Como están de alguna manera ligadas a la ontología, suelen ser útiles en la identificación de una posición teórica y su diferenciación de otras posiciones teóricas parecidas.
Un segundo tipo de heurísticas serían las que he llamado “lineamientos metodológicos”. Son directrices que califican el tipo de conocimiento o de aplicación del conocimiento que se espera obtener en la ciencia. “Busca la simplicidad”, “Permite la agilidad y facilidad de manipulación”, “Trata de lograr una economía conceptual”, “Maximiza la capacidad predictiva/retrodictiva”, “Intenta lograr la mayor coherencia posible con el resto de las teorías disponibles”, y principios similares son los que Laudan llamaba “valores” o “metas” de la ciencia y que yo prefiero ver como propiedades que las comunidades pueden o no acordar son deseables en el conocimiento científico. De nuevo, estas normativas metodológicas pueden variar de comunidad a comunidad y de época en época. Es por ello que, aunque parezca increíble, la máxima “Busca lograr teorías verdaderas” (o al menos no falsas), en efecto no se haya seguido siempre: las metodologías de corte instrumentalista prefirieron siempre la capacidad de manipulación o incluso de explicación que la veracidad de las teorías. Esta manera de concebir a la ciencia se asocia casi siempre a una epistemología y una ontología anti-realista, para la cual no tiene sentido preguntarse si la entidades teóricas contenidas en las teorías realmente existen o no y, en consecuencia, si nuestros enunciados sobre ellas “corresponden” o no a una realidad externa.
Teorías de la observación involucradas
Nos hemos referido antes ya a la idea de teoría de la observación (ver capítulo 1)
y Olivé y Pérez Ransanz [1989a], para una excelente introducción a los
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problemas de la observación científica). Aquí solamente reiteraremos su carácter de teorías sustantivas, por lo general bien corroboradas o al menos consideradas no problemáticas, de forma tal que son aceptadas por diferentes posiciones teóricas. Permiten así el crear la arena en la que se enfrentarán posiciones teóricas en debate. Son teorías que están detrás de nuestras técnicas, justifican las inferencias y determinan el grado de confiabilidad y representatividad de los datos así obtenidos. En arqueología, como vimos, muchas están subsumidas
El lector avezado en estos temas notará que mi uso no es el mismo que hace Lakatos cuando
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habla de “heurísticas positiva y negativa”, que son más bien procedimientos para decidir cuando una anomalía debe ser aceptada y, en consecuencia, producir una modificación en un “programa de investigación” , o bien debe ser descartada como poco importante o como espuria [Lakatos ]. Estas serían del tipo “lineamiento metodológico”, que enseguida trato.
Y de nuevo remito al lector interesado a mi artículo (Gándara 1988) para un tratamiento más
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dentro de las llamadas teorías de formación y transformación de contextos. Aunque Schiffer y su grupo son quizá de los autores que más han contribuido en este campo (junto con los etnoarqueólogos, los arqueólogos experimentales y los arqueómetras), creo que aún estamos lejos de tener teorías de la observación adecuadas en arqueología. Pero no intento elaborar este punto aquí, sino solamente destacar que cada posición teórica elige qué teorías de la observación considera confiables; a veces la elección se hace de manera indirecta, al elegirse en realidad técnicas particulares de trabajo –y, de manera implícita y en consecuencia, se adoptan teorías de la observación.