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El Área Valorativa

In document Tesis Doctoral Manuel Gandara (página 78-90)

En esta área están los supuestos que tienen que ver con el “para qué y para quién” de la actividad científica. Son los supuestos éticos y políticos que permiten seleccionar qué problemas son los relevantes, por qué, y a quién beneficia su solución 

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Aunque en la tradición empirista la ciencia implica supuestamente la neutralidad valorativa, aún dentro del neopositivismo se reconoció en su momento [Rudner 1970 (orig. 1953)), en Brody [1970)), que esta apreciación era errónea y que la ciencia persigue, cuando menos un valor: la verdad 

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que una cosa es la neutralidad valorativa y otra muy diferente el prejuicio. Cualquiera protestaría ante un juez que tuvieran predilección para uno de los contendientes en un pleito legal, dado que prejuiciaría el resultado; pero, del mismo modo, nadie aceptaría someterse a un juez que no creyera que es importante encontrar la verdad y ver que se haga justicia, bajo el argumento de que él no tiene valores, es “valorativamente neutro”. Esos son los valores que guían a un buen juez, que debe ser neutro en relación a las partes, no a los valores.

Es importante hacer notar que en nuestra formulación, la idea de valores que orientan las

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elecciones científicas es distinta a la de Laudan [1984). De hecho, construí mi propuesta sin conocer el desarrollo que había hecho Laudan de la suya a partir de sus trabajos iniciales (por ejemplo, Laudan 1977) y solamente me enteré de ella durante el proceso de revisión de este texto. Para mí, estos valores centrales son los objetivos cognitivos: el para qué de la investigación. Laudan utiliza el término más para referirse al cómo, es decir a la propiedades que se consideran deseables de esos objetivos cognitivos; o bien a un meta-valor, que no todos los científicos reconocen, para sorpresa de aquellos que piensan que la ciencia es un asunto unificado: la búsqueda de la verdad. Laudan correctamente identifica valores que el conocimiento científico debe cumplir, de acuerdo a diferentes directrices metodológicas: la economía conceptual, la precisión predictiva, la simplicidad de manipulación, la certidumbre o la inteligibilidad [ver, por ejemplo, Laudan 1984: p. 48-49). Laudan discute estos valores como “metas” de la ciencia. Claramente es un sentido diferente al que yo emplearé al hablar de “metas cognitivas”. No discutiré aquí si una u otra formulación es preferible; simplemente señalo las diferencias, dado que aparentemente la propuesta de Laudan es muy popular en México –atributo justamente merecido: el libro es excelente, aunque no pueda hacerle justicia ya en esta tesis.

El argumento que sigue, sin embargo, no es el de Rudner (aunque la corrección de las teorías

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juegue ese papel en su artículo). Es uno que creo haber leído en Nagel o en Cohen durante mis días en Michigan, pero que me ha sido imposible rastrear en la literatura; al menos no aparece en las obras más conocidas de estos autores que tengo a la mano. Lamento la omisión bibliográfica, pero el argumento es fuerte y merece mención, a pesar de que quien escribe estas líneas haya olvidado, veinticinco años después de su lectura, al autor.

Hago todo este periplo, conciente sobre todo de que en la tradición académica de los Estados Unidos de América, al menos en arqueología, se considera anatema mezclar ciencia y valores. La política en particular debe ser eliminada de la ciencia, como ha señalado, por ejemplo, Binford [Binford 1989:3, 23). Pero sin referencia a un conjunto de valores que orienten el trabajo de una comunidad científica, resulta entonces inexplicable por qué se eligen ciertos problemas y no otros como los problemas relevantes a resolver.

Objetivos cognitivos

El primer elemento dentro de esta valoración tiene que ver con el tipo de conocimiento -o más precisamente, la meta de ese conocimiento- que se persigue. Llamamos “objetivo cognitivo” u “objetivo cognoscitivo” (para los puristas del español), al objetivo de conocimiento que se persigue y que, en general, en antropología y ciencias sociales suele ser uno de los cuatro siguientes: descripción, explicación, comprensión interpretativa (verstehen) y glosa. Estos cuatro objetivos probablemente no agotan los objetivos posibles; tampoco son objetivos que se puedan separar con una línea fuerte y dura, dado que rara vez existen de manera aislada. Es más frecuente encontrar combinaciones de ellos, aunque algunas combinaciones son más problemáticas que otras. Y, por último, es importante notar que al menos dos de ellos (explicación y comprensión) están ligados a otro objetivo cognitivo (la predicción/postdicción), que a su vez se liga a un objetivo práctico, el del control y la manipulación de la realidad para determinados fines. En la ciencia social esta conexión es más difícil de ver que en las ciencias naturales, en las que en muchas ocasiones ha sido la necesidad de predicción y control la que ha motivado que se seleccionen algunos problemas sobre otros como los que requieren una solución más urgente. Veamos ahora estos cuatro objetivos con más detalle.

La descripción

Tiene que ver con preguntas del tipo “Qué, cuándo, dónde, cuánto, cómo (descriptivo)”. Son las preguntas con las que se originó la arqueología, y que dominan sobre todo la tradición particularista histórica, al unírsele “Quiénes”, en el sentido de grupo cultural o étnico. Se intenta ubicar los materiales en tiempo y espacio, organizando el registro arqueológico en etapas, periodos y subperiodos, en la dimensión cronológica; y áreas culturales, subáreas culturales y culturas en la dimensión geográfica (o sus equivalentes en otras posiciones teóricas). Normalmente se refieren a culturas específicas o a características específicas de una cultura, como la de determinar cuánta población hubo en un sitio determinado. Muchas veces estos problemas son entonces de un tipo que podemos llamar “identificatorio”: qué materiales pueden utilizarse para tipificar a cierta fase o grupo cultural (en la tradición particularista), o cómo saber si son ejemplos de un estadio o de otro (en la tradición procesual). Interesa determinar qué pasó, dónde, cuándo y con quiénes pasó.

La descripción aparentemente no involucra teorías, en el sentido de que no busca construir nuevas teorías; pero si se examinamos más claramente el tipo de enunciados involucrados se puede apreciar que en muchos casos se asumen o se usan explícitamente teorías previamente desarrolladas. Un ejemplo puede facilitar ver esta característica: para determinar si un sitio en particular es ejemplo de un cacicazgo, se tiene que tener un enunciado general que establezca que “todos los cacicazgos tienen las propiedades p, q y r…”, cuya presencia es lo que permitirá identificar ese sitio como ejemplo de un cacicazgo. Entonces, en sentido estricto es falso que la descripción prescinda de la teoría. Muchas veces los principios generales involucrados simplemente se asumen como verdaderos y por ello es que no se explicitan.

La descripción fue reconocida durante algún tiempo, a finales del siglo XIX e inicios del XX, como la meta real de la ciencia. Mach propuso que la ciencia no es otra cosa que una “descripción económica” del mundo (no en el sentido economicista, sino de simplicidad, elegancia y parsimonia). La tradición boasiana actuaba en perfecta concordancia con esa filosofía de la ciencia, al insistir que la meta de la antropología era la descripción (antropofísica, arqueológica, etnográfica y lingüística). En esta época se sospechaba de la explicación y de las nociones de “causalidad” que podían contaminar con entidades “metafísicas” el carácter empírico de la ciencia.

En arqueología, el énfasis en la descripción fue cuestionado desde los años treintas, por el neoevolucionismo: primero Childe [Childe 1944:, 1956:, 1963:; 1974), que proponía que no era suficiente saber qué pasó en la historia, sino por qué pasó; por Kluckhohn [1939), a quien le parecía que mucha de la investigación arqueológica se asemejaba más una forma descerebrada de coleccionismo que una actividad científica; por Steward [Steward and Seltzer 1938), quien cuestionó que, una vez armado todo el esquema cronológico y tipológico, equivalente a la taxonomía de Lineo, se requeriría todavía de un Darwin para explicar la variabilidad documentada en dicha taxonomía; por Taylor [1967 (Orig. 1948)), que mostró el doble discurso de los arqueólogos tradicionales, privilegiando supuestamente la explicación y luego produciendo predominantemente monografías descriptivas; y por Willey [Willey and Phillips 1968 (orig. 1958)), que encontraron que se había avanzado tan poco en dar explicaciones en arqueología, que “era difícil encontrar un nombre para aquello”. Estas críticas serían retomadas por la arqueología procesual, que propuso precisamente que el objetivo real de la arqueología, como el de todas las ciencias, debía ser la explicación [Binford 1972 (orig. 1962)).

La explicación

Podemos señalar que la explicación responde a preguntas de tipo “por qué” y “cómo” (causal). Pero no resulta sencillo hoy día definir lo que es una

explicación. Paul S. Martin [1968) parece haber introducido el modelo hempeliano de “leyes cobertoras” a la arqueología procesual [Carl Gustav Hempel 1970 (orig. 1965)) y fue el que, durante un corto tiempo, fue adoptado por la arqueología procesual. Bajo esta concepción, las explicaciones son argumentos en los que las premisas permiten deducir el evento o proceso a explicar o, cuando menos lo hacen altamente probable, según los cuatro modelos de explicación nomológica. Pronto, sin embargo, aparecieron críticas, sobre todo en torno a la necesidad que tiene este modelo, para funcionar, de leyes generales, y la dificultad de producirlas en arqueología, al menos de producir leyes que no fueran triviales [Flannery 1973a). En ese mismo momento, se cuestionaba desde la filosofía de la ciencia el modelo hempeliano.

Un cuestionamiento que venía de atrás era en el sentido de que la explicación mediante leyes fuera posible o deseable en la historia. Existe un interesante intercambio en la literatura entre Hempel y Dray sobre este punto. Dray sostenía que crear una explicación en historia es simplemente generar la sucesión de eventos que llevan hasta el evento que se pretende explicar, en lo que él llamó “explicación histórica”. Al armar esta sucesión de eventos –lo que luego Willey llamaría “la secuencia histórica correcta”, se logra una explicación sin referencia a leyes o relaciones causales universales.

Desde entonces ha habido varias propuestas alternativas, desde las que proponen que explicar algo implica proferir un determinado acto, típicamente del habla, (teorías pragmáticas de la explicación –[Van Fraassen [1991 (orig. 1977)), Bromberger [1970 (orig. 1966)), Achinstein [1983)]); o que es crear clases de referencia estadística que hacen más probable un determinado resultado (explicación como relevancia estadística -[Salmon [Salmon, et al. 1971)), hasta las que proponen que explicar es determinar las causas y mecanismos que lo producen (explicación causal [Salmon [1998a)); más recientemente se ha propuesto que explicar es mostrar que lo explicado pertenece a un conjunto mayor de procesos o fenómenos (explicación como unificación –[(Kitcher 1991 (orig. 1981):; Kitcher and Salmon 1989))].

El consenso actual apunta a que la explicación es en efecto una de las metas centrales de la ciencia, pero una que es más fácil señalar en el caso de teorías desarrolladas, que definir con precisión o normar en abstracto en qué consistiría una explicación adecuada. Otro consenso aparente es que el término “ley” pudiera ser demasiado pesado para algunos, al remitir de inmediato a las leyes de disciplinas tan bien establecidas como la física, que cuentan con un aparato cuantitativo y formal bien desarrollado. En ese sentido, se piensa que las explicaciones involucran principios generales, que conectan variables, y que no necesariamente tienen que ser expresados formal y cuantitativamente como las leyes de la física. Estos principios son interpretados como involucrando conexiones causales, en una de las propuestas más populares hoy día, aunque otros piensan que lo único que se requiere (y puede) es que se determinen regularidades. Bajo estas propuestas la explicación siempre involucra lo que

Railton ha llamado “establecimiento de los mecanismos causales”, que nos permiten no solamente determinar por qué ocurre algo, sino el mecanismo causal que permite saber cómo es que ocurre. Por ejemplo, en el caso de teorías demográficas en arqueología, no sería suficiente decir que la presión demográfica causa la aparición del estado, sino que se vuelve indispensable mostrar las conexiones causales intermedias que hacen que invocar esta variable explique el resultado obtenido.

Como se verá, sin embargo, no hay hoy día un consenso completo, y mucho menos una posición hegemónica, como la hubo en los días de gloria del neopositivismo en los que el modelo Hempeliano era la guía a seguir. Para nuestros propósitos, en esta “cápsula del tiempo” en la que analizaremos la teoría de SPS, el modelo todavía tenía alguna vigencia, por lo que para nuestros propósitos tomaremos varios de sus elementos como guía, señalando los puntos en los que nos separamos del modelo. Anticipando un poco, plantearemos que las explicaciones sí son argumentos (es decir, conjuntos de premisas relacionados en juicios que permiten inferir con diferentes grados de expectabilidad aquello que se explica); que entre las premisas debe haber un principio general y que este principio general es de tipo normalmente causal (punto este último que sería inaceptable para Hempel, pero que estaba ya siendo considerado por algunos filósofos de la ciencia a finales de los 70s). La explicación tiene un componente pragmático que ya se apuntaba desde entonces, que hace difícil proponer un modelo general de explicación, que centra la atención sobre aquello que se quiere explicar (la situación problemática) y el público al que quiere explicársele, así como el contexto histórico en que ocurre el acto de explicación. Volveremos a este punto en el capítulo 9).

La explicación, tanto por los problemas con el modelo (en la filosofía de la ciencia) como en su aplicación en la arqueología (dificultad para encontrar leyes legítimas y construir entonces explicaciones relevantes), estaba siendo ya cuestionada a inicios de los 80s en nuestra disciplina. Renfrew convocó a una reunión en Southampton en 1983, cuyo objetivo era precisamente determinar si había que abandonar o al menos reconsiderar la explicación como meta de la arqueología procesual. A pesar de la participación de filósofos profesionales, que intentaron mostrar que las dificultades podrían deberse más al modelo adoptado que a la meta en sí, el tono general del libro es pesimista, lo que fue aprovechado por críticos de la arqueología procesual. Ellos reclamaban que las dificultades encontradas en torno a la explicación no eran accidentales: eran el resultado de haberla confundido con la meta real de la arqueología, que era la interpretación comprensiva (verstehen), centro de la propuesta postprocesual que finalmente se convertiría en la arqueología hermenéutica o interpretativa.

Interpretación comprensiva (verstehen o “understanding”)

La idea de que es la interpretación, también llamada “comprensión”, o

verstehen (en inglés: “understanding” o “interpretation”) y no la explicación la meta

de la historia y las ciencias sociales no es una idea nueva. Dilthey inaugura lo que se ha llamado “separatismo metodológico”, cuando sostiene que las ciencias que él llamaba “del espíritu” no deben intentar buscar causas y leyes como las ciencias naturales. Su tarea es determinar el sentido de la actividad humana. A través de recursos como la empatía (ponerse en el lugar del otro), busca desentrañar el sentido de la acción.

Así, la interpretación –que no hay que confundir con lo que en arqueología llamamos “la interpretación de los datos”, busca responder a preguntas de tipo “qué significa”, referido a una acción, a un texto o a un análogo-de-texto; o “qué motivó a”, referido a un actor, para entender el significado de lo que hizo.

Si hoy día es difícil determinar qué es una explicación, es aún peor tratar de definir qué es la comprensión o interpretación. Aquí el consenso es que tiene que ver algo con la creación de sentido y con la determinación del significado. Hay discusión sobre qué tipo de eventos o procesos son capaces de tener significado y si para que algo tenga significado se requiere de un actor que haya intentado concientemente “decir algo” con su acción. Otra dificultad severa es la de evaluar entre interpretaciones alternativas. Hay autores que dicen que tal evaluación es imposible, al menos como una operación que pueda resolverse por referencia a la empiria; mientras que otros sostienen que sí es posible, pero que entonces se reduce a aquellas acciones que tienen un autor, y en las que el significado es recuperable al estar “escrito” en un código accesible y público.

Los arqueólogos interpretativos parecerían considerar que es parte de nuestra condición posmoderna el no poder (ni quizá requerir) elegir entre interpretaciones alternativas; ciertamente a su líder, Hodder, la idea le parecía incluso “neopositivista y reaccionaria” [Hodder, Seminario sobre Arqueología Interpretativa, IIA. México. 1991]. Yo no me pronunciaré por el momento al respecto, como tampoco lo haré en torno al asunto de que la interpretación y la explicación serían incompatibles y mutuamente excluyentes, como parecerían sostener los arqueólogos interpretativos. Más tarde tendré algo que decir sobre el uso de principios generales, que se supone no se requieren en la interpretación, como tampoco se requerirían en la “explicación histórica” en el sentido de Dray y las “secuencias históricas correctas” de Willey.

Un asunto que quedará pendiente, dado que no he terminado de lograr una solución que me parezca satisfactoria, es cuándo una pregunta explicativa puede ser reformulada como pregunta interpretativa y viceversa. En muchas ocasiones ambas formulaciones son intercambiables; en otras claramente no. Binford ha señalado una en la que la pregunta “qué significa” no tiene sentido: señala que, si pudiéramos viajar con la máquina del tiempo hasta el momento del origen de la agricultura y le preguntáramos a un sujeto qué significa para él el proceso de

domesticación, aún si entendiera nuestra pregunta, seguramente no tendría mucho de interés que responder, dado que este fue un proceso que duró cientos de años y del que probablemente ningún sujeto fue consciente. Es decir, habría procesos en los que la pregunta correcta es “por qué” y no “qué significa” o “qué motivó a”.

Por otro lado, hay contextos en los que la pregunta por qué no tiene sentido, o al menos no es la pregunta interesante. Así, preguntar por qué la Mona Lisa tiene ciertos colores puede arrojar como respuesta algo trivial, como que esos son los que Leonardo quiso usar, o porque eran los más parecidos a la situación que estaba pintando. La pregunta interesante es “qué significan esos colores en la Mona Lisa”, y por supuesto, “qué significa la Mona lisa”, en sí misma. En ese acto, que es claramente un acto de significación, la pregunta “qué significa” es la pertinente.

Hay otros en los que ambas son posibles y pueden dar lugar a soluciones no triviales. En ese caso, se complementan o apuntan a una necesidad práctica, que es la que en ese momento determinaría cuál es el aspecto que requiere mayor atención. Para ver esto, pensemos por un momento en un ejemplo no arqueológico (o al menos no de arqueología prehispánica, aunque sí de arqueología contemporánea). El ejemplo son los asesinatos conocidos como “las muertas de Juárez”. Aquí es factible preguntarse “por qué ocurren estos asesinatos”, y si la causa es única o múltiple; pero también es factible preguntarse “qué significan”, atendiendo a que las víctimas parecen corresponder a un patrón que los asesinos encuentran significativo, aparentemente. Ante la dificultad de evaluar interpretaciones, sin embargo, la segunda pregunta puede llevar a respuestas de rangos de amplitud crecientes y relevancia decreciente: así, se puede contestar que son un intento por simbolizar el estatuto inferior en que la sociedad machista tiene a las mujeres, el poco valor de su vida para estos machos, o el desprecio a las mujeres de cierta profesión (aunque hoy día es claro

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