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La caída del modelo hempeliano

In document Tesis Doctoral Manuel Gandara (página 193-196)

La insistencia en que un modelo formal, sintáctico, resolviera el asunto de los criterios de adecuación para una explicación pronto resultó ser más que una solución, la fuente de los problemas para Hempel. Como decíamos, algunos no solamente los reconoció, sino que en un acto de honestidad intelectual que habla de su entereza como ser humano, él mismo fue el primero en señalarlos. En ocasiones logró solventarlos, pero a medida que se multiplicaban los contraejemplos, es decir, los ejemplos que aparentemente satisfacían sus requerimientos pero resultaban inaceptables como explicaciones, se empezó a generalizar una sensación de que la propuesta hempeliana tenía defectos de origen, que a primera vista lucen insuperables.

Algunos son de orden un tanto técnico, que nos tomaría mucho espacio intentar clarificar aquí (aunque, de nuevo, el lector interesado puede recurrir a los recuentos ya mencionados, o a una versión resumida [Woodward 2003].

Pero, para muestra, un botón: resulta que una explicación del tipo:

Los hombres que toman anticonceptivos no se embarazan El sr. Jones toma cotidianamente anticonceptivos

--- El Sr. Jones no se embaraza

Es una explicación que cubre los requisitos para el modelo de explicación de eventos particulares, pero resulta a todas luces insatisfactoria. Cuando el Dr. Railton lo presentó en clase, en el curso de Filosofía de la Ciencia durante mi estadía en Michigan yo recuerdo claramente haber saltado de mi asiento y protestar, furioso

- “Eso es falso, no puede valer como un contraejemplo del modelo hempeliano”. Con paciencia ejemplar, Railton me llevó de la mano:

- “¿Qué parte es falsa?”, preguntó: “¿El principio general?”(Los hombres que toman anticonceptivos no se embarazan); “¿Conoces algún caso de algún hombre que lo haya hecho y esté embarazado?”

- “¡Por supuesto que no!”.

- “Entonces”, continuó, “¿será a caso el reporte de que el Sr. Jones toma anticonceptivos? Porque tenemos evidencia independiente de que el Sr. Jones es muy especial, medio supersticioso y un tanto paranoico y que jamás dice mentiras. Además, tenemos videos que muestran su conducta cotidiana y otras líneas de evidencia intachable. Así que espero tu duda no será sobre la condición antecedente…” (El Sr. Jones toma cotidianamente anticonceptivos)

-“No, contesté, me imagino que tenemos que tomar el reporte como bueno –de todas manera el caso es inventado…”.

- “Entonces”, siguió, “quizá lo que te parece falso es el evento del que habla el explanandum” (El Sr. Jones no se embaraza). De nuevo tuve que reconocer que no era falso. “O quizá pones en duda la validez lógica del argumento…”. Tampoco.

Era impecable. “O el carácter de relevancia de principios generales y condición antecedente”. Tampoco. “Si es así, entonces es necesario reconocer que esta explicación cumple los requerimientos originales de Hempel, pero sigue siendo totalmente insatisfactoria”.

- “En efecto”, tuve que reconocer, frustrado de no poder hacer una mejor defensa de lo que me parecía un modelo de gran relevancia para la arqueología.

El autor del contraejemplo (o al menos el que lo popularizó), fue Wesley Salmon. Era parte de un intento de mostrar que los requisitos formales propuestos por Hempel no eran suficientes. Es decir, seguramente faltaba algo. Otros autores siguieron una ruta diferente: mostrar que los requisitos no eran necesarios. El resultado conjunto: el modelo hempeliano, se dijo, no es ni necesario ni suficiente para una buena explicación. Hempel intentó fortalecer los requisitos (inclusive hablando de aspectos que ya no eran formales, sino históricos y de contexto). Por ejemplo, que en el caso del ejemplo del Sr. Jones lo que sucede es que dentro del cuerpo antecedente de conocimientos disponibles actualmente, existe un principio general que es preferible al usado en la explicación y es el principio de que los hombres, tomen o no anticonceptivos, no se embarazan, porque los hombres simplemente no se embarazan, lo que arroja una explicación más satisfactoria (“¿por qué el Sr. Jones no se embaraza? Porque es hombre y los hombres no se embarazan”. Con ello queda solventada la situación, pero a costa de relativizar cuándo una explicación es satisfactoria a un estado de conocimiento en un momento determinado. Ello implica que habría explicaciones que eran satisfactorias y ya no lo son, o a la inversa (y mucho peor), que las explicaciones satisfactorias hoy pudieran ya no serlo mañana, con lo que el proyecto de un modelo estrictamente en términos formales, sintácticos, que tuviera poder prescriptivo y ya no solamente descriptivo, se viene abajo.

Otras dificultades tuvieron que ver con otras partes del programa neopositivista más amplio. Por ejemplo, en cuanto a la noción de ley. El neopositivismo es una forma de empirismo (de hecho, el nombre de la tradición una vez que los autores centrales escaparon de la persecución nazi y se instalaron en Estados Unidos, fue precisamente el de empirismo lógico). Ello implica que, seguidores de la herencia del gran filósofo del siglo XVIII, Hume, para ellos las leyes no son más que conjunciones constantes de fenómenos. Es decir, no hay nada por encima o detrás de la evidencia empírica a la que tenemos acceso; simplemente observamos que cada vez que ocurre P ocurre Q y por costumbre y facilidad, formulamos esa regularidad observada como ley, pero no podemos asumir de nuestras observaciones que haya algo en P que necesariamente conduzca a que Q ocurra. Es decir, las leyes son solamente reporte de regularidades empíricas.

Pero esta concepción tiene un costo altísimo: ya no hay manera de distinguir fácilmente entre las leyes genuinas y las generalizaciones accidentales (para ver otras ramificaciones de este análisis, la excelente antología de Sosa es un buen punto de partida [Sosa 1975]). El ejemplo típico es la gente de un salón

de clase. Podemos afirmar, si ese salón es el mío en La Piedad, Michoacán, que todos los asistentes tienen menos de 56 años (al momento de escribir esto). Pero eso es accidental, aunque en ese momento sea verdadero. Si mi salón lo usa ahora Sanders, esa generalización ya no es verdadera. ¿Cómo reconocer las generalizaciones verdaderas de las accidentales, o de las meras correlaciones, como la que se ha observado en París, que establece que la cantidad de nacimientos aumenta exactamente cuando llegan las cigüeñas? O en un caso mucho más relevante por sus consecuencias e importancia histórica: el intento de la industria del tabaco por insinuar que más que el cigarro causar cáncer, ¿era la predisposición al cáncer lo que llevaba a la gente a fumar? Compárese con situaciones en donde tengo en un contenedor muchas muestras de carbón (el elemento químico) y son puras -no inestables- todas tienen un peso atómico de 12; y si pongo una muestra más, también esa tendrá el mismo peso; o, con dolor de la industria tabacalera, fumar causa cáncer en un muy alto número de casos.

Es decir, lo que falta en el modelo neopositivista de ley es precisamente la idea de causalidad. Pero Hume había descartado que existiera algo tal como las causas. Este concepto parecía (¡y es!) metafísico, es decir, está más allá de lo que podemos observar directamente. Sin embargo, sin él, se producen todo tipo de anomalías en el modelo hempeliano. Mientras que podemos decir que la altura de un asta bandera explica la longitud de la sombra que ésta proyecta en un determinado momento de un día soleado, lo contrario no tiene sentido: no podemos explicar la longitud del asta bandera en función de su sombra (en un contraejemplo propuesto por Bromberger). De hecho, el contraejemplo del Sr. Jones es relevante aquí: la generalización de que los hombres que toman anticonceptivos no se embarazan es accidental precisamente porque no va a la causa real del fenómeno de interés y que tiene que ver con que los hombres no se embarazan.

Esto es, ahora se sumaban dos problemas al problema formal: no poder contar con un concepto de ley que permita diferenciar entre leyes genuinas y generalizaciones accidentales (y que, a pesar de varios esfuerzos, los neopositivistas no lograron resolver); y el que al eliminar el concepto de causa, la distinción necesaria parece a primera vista imposible. Aunados a un tercer problema, la negativa del neopositivismo a hablar sobre verdad y preferir términos como “asertabilidad garantizada” (es decir, un término epistémico, relativo al sujeto, con el fin de evitar un término ontológico, relativo a la realidad), la situación casi se hace insalvable: considérese por ejemplo (tomado de [Kyburg 1965]):

Toda la sal a la que se aplica un embrujo de disolución se disuelve en agua La sal que está en el vaso recibió un embrujo de disolución

--- La sal se disolvió en el agua

Sin una noción de verdad y de causalidad, el ejemplo tiene que considerarse como legítimo de acuerdo al modelo formal hempeliano. Nótese,

dicho sea por justicia, que en sus últimos escritos Hempel rompió con la tradición neopositivista y empezó a utilizar con liberalidad ambos términos. Pero el daño estaba hecho. Para el momento en que Binford introduce el modelo hempeliano a la arqueología, el consenso de buena parte de la filosofía de la ciencia era que este modelo había sido refutado.

Un vistazo a lo que pasó después: los modelos pragmatistas, de

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