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Salvador Allende. Pensamiento y acción

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Salvador Allende

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Frida Modak

(coord.)

Salvador Allende

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Allende, Salvador

Salvador Allende : pensamiento y acción / Salvador Allende ; coordinado por Frida Modak - 1.ª ed. - Buenos Aires : Lumen / FLACSO-Brasil / CLACSO, 2008.

384 p. ; 22x15 cm.

ISBN 978-987-00-0799-9

1. Historia Política Latinoamericana. I. Modak, Frida, coord. II. Título CDD 320.980

© Frida Modak, 2008

Coedición con:

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Hecho el depósito que previene la Ley 11.723 Todos los derechos reservados.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINA

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PRINTED I

El nombre encontrado*

E

n la sierra mexicana de Nayarit había una comunidad que no tenía nombre. Desde hacía siglos andaba buscando nombre esa comunidad de indios huicholes. Carlos González lo encontró, por pura casualidad. Este indio huichol había venido a la ciudad de Tepic para comprar semillas y visitar parientes. Al atravesar un basural, recogió un libro tirado entre los desperdicios. Hacía años que Carlos había aprendido a leer la lengua de Castilla y, mal que bien, podía. Sentado a la sombra de un alero, empezó a descifrar páginas. El libro hablaba de un país de nombre raro, que Carlos no sabía ubicar pero que debía estar bien lejos de México, y con-taba una historia de hace pocos años.

En el camino de regreso, caminando sierra arriba, Carlos si-guió leyendo. No podía desprenderse de esta historia de horror y de bravura. El personaje central del libro era un hombre que ha-bía sabido cumplir su palabra. Al llegar a la aldea, Carlos anun-ció, eufórico:

—¡Por fin tenemos nombre!

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Y leyó el libro, en voz alta, para todos. La tropezada lectura le ocupó casi una semana. Después, las ciento cincuenta familias vo-taron. Todas por sí. Con bailares y cantares se selló el bautizo. Ahora tienen cómo llamarse. Esta comunidad lleva el nombre de un hombre digno, que no dudó a la hora de elegir entre la traición y la muerte.

—Voy para Salvador Allende —dicen, ahora, los caminantes. Eduardo Galeano

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Salvador Allende

y las ciencias sociales

E

l Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Sede Académica Brasil (FLACSO-Brasil), presentan, en ocasión del centenario del nacimiento de Salvador Allende, esta antología realizada por Frida Modak que compila algunos de sus más célebres textos y discursos.

La imagen de Allende comúnmente difundida en la región re-fiere al político íntegro, consecuente, mártir representante de la iz-quierda, Presidente de la República de Chile democráticamente elegido en 1970 y víctima del golpe de Estado encabezado por Pi-nochet el 11 de septiembre de 1973. Aunque positiva, esta imagen no da cuenta de un hombre cuyos aportes al conocimiento de los procesos políticos de la región y del mundo fueron, sin lugar a du-das, invalorables.

En esta cuidadosa selección, Frida Modak —quien fuera su Se-cretaria de Prensa— rescata las principales reflexiones de Allende sobre la práctica política y sobre la relación entre la democracia y la construcción pacífica del socialismo.

Emerge entonces, de estos textos, un Salvador Allende cuyos aportes y contribuciones resultan cada vez más actuales para

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aquellos que nos identificamos como científicos sociales compro-metidos con el desarrollo y la integración de nuestras sociedades en el marco de la defensa irrestricta de la justicia social.

Además del homenaje a Salvador Allende en el centenario de su nacimiento, pretendemos con esta edición difundir, entre aca-démicos, políticos y ciudadanos latinoamericanos, reflexiones que en mucho podrán enriquecer a todos aquellos que luchan para hacer realidad los ideales y las aspiraciones por los cuales él entre-gó su propia vida.

Reiteramos aún nuestra deuda de gratitud a un Presidente que concedió durante su gobierno “el asilo contra la opresión” a cen-tenares de colegas científicos sociales forzados al exilio por gobier-nos militares en los diversos países de la región.

Brasilia y Buenos Aires, junio de 2008

Emir Sader Ayrton Fausto

CLACSO FLACSO-Brasil

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PRINTED I

Allende, ¿político o estadista?

Almino Affonso*

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ada es más oportuno que la iniciativa de reunir en un libro, en el centenario de su nacimiento, discursos y textos del presidente Salvador Allende.

Pasados tantos años del golpe de Estado de Pinochet, algunos no tienen claro, al mirar las realizaciones del gobierno de la Uni-dad Popular, que el presidente Allende definió el rumbo de aque-lla gesta heroica, y suponen que su gobierno fue la resultante de las influencias de los liderazgos del Partido Socialista y del Partido Comunista.

No tengo a mano sus declaraciones durante su memorable campaña electoral, ni tampoco sus discursos, ora contundentes, ora marcados por el juego de la habilidad, durante el ejercicio de su gobierno. Sin embargo, como exiliado político en Chile, pude acompañar aquel período candente y puedo afirmar, sin ánimo laudatorio, que no se puede entender su obra administrativa sin vincularla con las orientaciones de su pensamiento político. Estoy

* Exdiputado federal. Exministro de Trabajo y Previsión Social. Exvicegobernador

de São Paulo. Exconsejero de la República. Presidente del Consejo Consultivo de FLACSO-Brasil.

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convencido de que ninguna de sus principales realizaciones fue re-sultante de la improvisación. Esto presupone el estadista al diseñar la arquitectura del mañana.

Basta recordar el enunciado fundamental: el gobierno de “tran-sición al socialismo”. No osaba reconocerlo como socialista. Pero no perdía la claridad respecto del rumbo... Constituido a través del proceso electoral, el gobierno (que Allende soñó) se proponía rea-lizar la hazaña histórica de edificar una sociedad socialista y ele-gía como modelo la vía pluralista, democrática y pacífica. ¿Podría existir un desafío mayor?

Todos los cambios que promovió, con valentía inigualable — desde la nacionalización del cobre y la red bancaria, la amplia-ción de la reforma agraria, la incorporaamplia-ción al área social de las industrias de carácter monopólico—, se sometían al axioma “vía pluralista, democrática y pacífica”.

A través de estos tres principios (que desafiaban el orden cons-tituido), Allende recordaba la predicción de Engels: “La evolución pacífica desde la vieja sociedad hacia la nueva puede ser concebi-da en los países donde la representación popular concentra en sí misma el poder.” ¡Yo vi de cerca este gran sueño! Y conmigo, tan-tos otros exiliados que habían vivido el derrumbe del gobierno de Goulart.

Por esto mismo, desde ahora puedo escribir: si algún día, en la historia de los pueblos, una sociedad socialista logra implantarse democráticamente y en pluralismo, el nombre de Salvador Allen-de será invocado como héroe, así como hoy yo lo recuerdo entre la utopía y la bravura.

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Introducción

A

cien años de su nacimiento y próximos a cumplirse treinta y cinco de su desaparición física, el pensamiento y la acción de Sal-vador Allende no sólo conservan plena vigencia, sino que en el contexto actual su figura se yergue como la del hombre que con visión de futuro buscó cambiar el esquema en que se pretendía mantener encajonado no sólo a su pueblo sino a todos los pueblos así llamados en desarrollo o subdesarrollados.

Su trayectoria tiene una consecuencia poco frecuente, que que-da plasmaque-da en los planteamientos que formulara tanto en el plano nacional como internacional, como dirigente político y so-cial, como parlamentario y como gobernante. En esta selección de textos hay discursos completos y fragmentos de intervenciones en distintos ámbitos, con años de distancia, y todos van perfilan-do lo que sería su programa y su gestión como Presidente de la Re-pública.

Le correspondió gobernar cuando ya se manifestaban los pri-meros síntomas de la crisis del orden impuesto al término de la se-gunda guerra mundial, como lo expuso en abril de 1972 al inau-gurar la tercera reunión de la UNCTAD, que se efectuó en Chile. En su permanente defensa de los intereses nacionales, advirtió de las consecuencias que tendrían sobre América Latina y Chile, en

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par-ticular, las políticas destinadas a mantener la hegemonía estadu-nidense.

Llamó la atención sobre el endeudamiento externo, señalando que por su carácter usurario llegaría un momento en que los paí-ses deudores no podrían hacerle frente, como ocurrió sin que por ello quedaran liberados de una deuda cuyo monto original ya han pagado muchas veces.

Le dolía la pobreza y le preocupaba el futuro de los jóvenes, a los que les reconoció un papel protagónico en los cambios que se impulsaban, y creó la Secretaría de la Juventud. Creó también la Secretaría de la Mujer, no para contraponerla al hombre, sino pa-ra impulsar la participación de la pareja humana.

La nacionalización del cobre, el acero, el hierro, el salitre y el carbón; la incorporación de un millón de personas al consumo en el primer año de su gobierno, invirtiendo los porcentajes de cesan-tía en términos que eliminaban la pobreza extrema; la profundi-zación de la reforma agraria, la dignificación del pueblo mapu-che, la incorporación de las clases medias a la previsión social, el área social de la economía, el medio litro de leche diario para los niños y el acceso de los trabajadores a la universidad en un clima de creciente participación popular son hitos importantes de sus ca-si tres años de gobierno.

Ése era el rostro del Chile allendista cuando Estados Unidos ar-mó y financió el plan desestabilizador que culminó con el golpe militar, plan que se sigue aplicando a los países que procuran su plena independencia y el rescate de sus recursos naturales. Hoy, cuando la hegemonía estadunidense tambalea, y junto con ella todo el tinglado de posguerra, la crisis del modelo neoliberal y glo-balizador nos sitúa en la misma disyuntiva de 1970 y reafirma la vigencia del pensamiento y la acción de Salvador Allende.

El pueblo chileno siempre lo ha sabido y lo expresa de diferen-tes formas, como ésta: una mañana, cuando visitaba su mausoleo y acomodaba unas flores, me sorprendieron los gritos de una mu-jer que a unos treinta metros de distancia repetía: “Esto es un mi-lagro..., esto es un milagro...” Me acerqué a ella, era una anciana que se apoyaba en sus hijas para caminar. Habían juntado dine-ro durante varios años y viajadine-ron desde Punta Arenas, la ciudad más austral del país, porque ella tenía que ir a “verlo”, y su hija,

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a agradecerle la casa que habían podido adquirir durante su go-bierno. Y mirando hacia el mausoleo me dijo: “Yo creo que este ca-ballero no se murió, que de alguna manera se pudo salir de ahí [el palacio de La Moneda]... Pero, si no, debe estar sentado al lado del Señor...”

Frida Modak

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Salvador Allende

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Allende por Allende

P

ertenezco a una familia que ha estado en la vida pública por muchos años. Mi padre y mis tíos, por ejemplo, fueron militantes del Partido Radical, cuando este era un partido de vanguardia. Es-te partido nació con las armas en la mano, luchando contra la reacción conservadora. Mi abuelo, el doctor Allende Padín, fue se-nador radical, vicepresidente del Senado y fundó en el siglo pasa-do la primera escuela laica en Chile. En aquella época fue, ade-más, serenísimo gran maestro del orden masónico, lo cual era más peligro que ser hoy militante del Partido Comunista.

Bien pronto, pese a pertenecer a una familia de la mediana burguesía, dejé la provincia, Valparaíso, y vine a estudiar medici-na a Santiago. Los estudiantes de medicimedici-na, en aquella época, se encontraban en las posiciones más avanzadas. Nos reuníamos pa-ra discutir los problemas sociales, papa-ra leer a Marx, Engels, los teó-ricos del marxismo.

Yo no había frecuentado la universidad buscando ansiosamente un título para ganarme la vida. Milité siempre en los sectores es-tudiantiles que luchaban por la reforma. Fui expulsado de la uni-versidad, arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales. Fui liberado, enviado al norte de Chile y después co-mencé en Valparaíso mi carrera profesional.

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Tuve muchas dificultades, porque aunque fui un buen estu-diante y me gradué con una calificación alta, me presenté, por ejemplo, a cuatro concursos en los que era el único concursante y, sin embargo, los cargos quedaron vacantes. ¿Por qué? Por mi vida estudiantil.

En Valparaíso tuve que trabajar duramente, en el único puesto que pude desempeñar: asistente de anatomía patológica. Con es-tas manos he hecho mil quinienes-tas autopsias. Sé qué quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte.

Terminado mi trabajo de médico, me dedicaba a organizar el Partido Socialista. Yo soy el fundador del Partido Socialista de Val-paraíso. Me enorgullece haber mantenido, desde cuando era estu-diante hasta hoy, una línea, un compromiso, una coherencia. Un socialista no podía estar en otra barricada que en aquella en la que yo he estado toda mi vida.

En verdad tuve influencia, en mi formación, de un viejo zapate-ro anarquista que vivía frente a mi casa, cuando yo era estudiante secundario. Además, me enseñó a jugar al ajedrez. Cuando termi-naba mis clases, atravesaba la calle e iba a conversar con él. Pero como era un hombre brillante, no sólo me planteaba sus puntos de vista, sino que me aconsejó que leyera algunas cosas. Y empecé a hacerlo. Cuando fui a la universidad, ya había allí una inquietud mayor, y también en esa época los estudiantes de medicina repre-sentábamos al sector menos pudiente —no como los abogados—; los abogados, como estudiantes, formaban parte de la oligarquía. Aquí hay tres abogados chilenos, por eso lo digo.

Además, yo iba de provincia y desde esa época empecé a ver la diferencia que existía en la universidad y en la vida. Como médi-co, las cosas se me fueron haciendo mucho más claras. No soy un gran teórico marxista, pero creo en los fundamentos esenciales, en los pilares de esa doctrina, en el materialismo histórico, en la lu-cha de clases.

Pero pienso que el marxismo no es una receta para hacer revo-luciones; pienso que el marxismo es un método para interpretar la historia. Creo que los marxistas tienen que aplicar sus conceptos a la interpretación de su doctrina, a la realidad y conforme a la rea-lidad de su país. Por ejemplo, yo era tan marxista como ahora, en el año 1939, y fui, durante tres años, ministro de Salubridad de un gobierno popular. Soy fundador del Partido Socialista, que es un

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partido marxista, y llevo dos años en el gobierno. Pero ya lo he di-cho: no soy presidente del Partido Socialista, ni mi gobierno es un gobierno marxista.

Yo he sido candidato cuatro veces: en el ’51, para mostrar, para enseñar, para hacer comprender que existía un camino distinto de aquel que estaba establecido, incluso por el Partido Socialista, del cual yo, a partir de ese momento, fui expulsado por no haber aceptado esa línea. Expulsado del Partido Socialista, entré en con-tacto con un Partido Comunista que estaba en la ilegalidad. Y así nació el embrión de lo que es hoy la Unidad Popular: la alianza socialista-comunista. Un pequeño grupo socialista que yo repre-sentaba y los comunistas, que estaban en la ilegalidad.

En el ’51, recorrí todo Chile sin ninguna ilusión electoral, pero para decirle al pueblo que la gran posibilidad consistía en la uni-dad de los partidos de la clase obrera, incluso con partidos de la pequeña burguesía. La fuerza de esta idea, nacida en el ’51, se ma-nifestó de manera poderosa en el año ’58.

En el ’58 yo perdí las elecciones por 30.000 votos. En el ’64 hu-biéramos vencido, si hubieran sido tres los candidatos. Pero el can-didato de la derecha, que era radical, prácticamente se retiró, y quedamos el señor Frei y yo. Y la derecha apoyó a Frei.

Con esto quiero subrayar que por tantos años yo he tenido un diálogo constante y permanente con el pueblo a través de los par-tidos populares. Y en esta última campaña organizando los comi-tés de la Unidad Popular en cada fábrica, en los cuarteles, en las calles, en todas partes habíamos formado comités; escuelas, liceos, industrias, hospitales. Estos han sido los vehículos, los contactos, los tentáculos del pensamiento de la Unidad Popular con el pueblo.

Es por ello que, aunque los medios de información eran tan res-tringidos como usted ha observado, pudimos alcanzar esta victo-ria de hoy. Se puede usar aquí una expresión no política, pero cla-ra: la cosecha de la victoria es fruto de la siembra de muchos años. En el año 1958, el FRAP —que entonces se llamaba así: Frente de Acción Popular— venció en la votación masculina. Yo vencí en la votación masculina y perdí en la de las mujeres.

En 1964, pese a que Frei fue apoyado por los sectores de la de-recha, en el voto masculino quedamos en igualdad. Pero él me ganó, por un porcentaje muy elevado, entre las mujeres. Después

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de eso, en el ’70, la verdad es que Alessandri y Tomic habían obte-nido más votos que yo en proporción, en el sector femenino. Yo triunfé de lejos, entre los hombres.

Ahora, en el ’58, las condiciones eran distintas. La Unidad Po-pular, en aquella época, era representada sobre todo por socialis-tas y comunissocialis-tas. Y aun si hubiéramos ganado —gracias al voto masculino— la composición del Congreso era distinta de la actual. Los partidos Conservador, Liberal y Radical eran la mayoría. No había ninguna posibilidad, aun con el apoyo demócrata-cristiano, de que yo venciese al Congreso.

Todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en Chile de modo tal de asegurar la victoria de Alessandri. Además, existía una tra-dición según la cual el Congreso siempre ratificó a quien venciera en las elecciones. Se imagina cuán difícil era suponer que un Con-greso en el cual no teníamos la mayoría hubiera podido romper con esta tradición, para elegir —en el ’58— un candidato socialis-ta apoyado exclusivamente por el Partido Comunissocialis-ta. Si nosotros hubiésemos lanzado al pueblo a la lucha, se habría desatado una represión violenta. Aunque es cierto que el presidente Ibáñez per-sonalmente expresó simpatía por mi candidatura, no intervino ni me apoyó decididamente. Ni yo le pedí eso. No había ninguna condición, ninguna posibilidad concreta.

Ahora, sí creo que hemos demostrado conciencia política. Aquella misma noche yo les dije a los trabajadores que habíamos perdido una batalla, no la guerra. Y debíamos seguir preparándo-nos. Creo que este precedente, entre otros, es lo que ahora me per-mite tener autoridad moral. La gente sabe que soy un político rea-lista y que, además, mantengo las promesas.

Hace más de 30 años, me correspondió participar en forma activa en la erección del Frente Popular, movimiento unitario de iz-quierda que, con el sacrificio de legítimas aspiraciones de los parti-dos de la clase obrera —como el Socialista—, hizo posible el triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda, en cuyo gobierno tuve el honor de ser ministro de Salubridad, como personero de mi colectividad.

En 1952, en momentos difíciles para la clase trabajadora y sus colectividades políticas, enfrenté la dura tarea de encabezar un movimiento de esclarecimiento ideológico, asumiendo su repre-sentación en una contienda sin posibilidad alguna de buen éxito electoral.

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En 1958 y en 1964, fortalecido ya el proceso iniciado en 1951, me correspondió personificar al Frente de Acción Popular en dos campañas presidenciales, que si bien no culminaron en la con-quista del poder, contribuyeron de manera decidida a esclarecer y ampliar el proceso revolucionario.

El esfuerzo para unificar los partidos populares tiene ahora im-portancia aún más relevante.

La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un gobier-no diferente; es la conquista del poder para el pueblo, precisamen-te después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo demócrata-cristiano y aún están a la vista los resultados del ante-rior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional.

El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevoluciona-rias, y de la cual es gráfica demostración el informe del gobernador Rockefeller.

Bolívar decía: “Los Estados Unidos quieren sujetarnos en la mi-seria en nombre de la libertad.” Y Martí ha dicho frases mucho más duras. No quiero repetirlas, porque en realidad yo distingo en-tre el pueblo norteamericano y sus pensadores, y la actitud —a ve-ces transitoria— de alguno de sus gobernantes; y entre la política del Departamento de Estado y los intereses privados que han con-tado con apoyo norteamericano.

En realidad, la doctrina Monroe consagró un principio: “Amé-rica para los ame“Amé-ricanos.” Pero éste no ha sido efectivamente obser-vado, porque en América del Norte hay un desarrollo económico que no hay en Centro y Sudamérica. El problema no ha sido re-suelto sobre la base de igualdad de intereses, de comunidad de in-tereses. Defender el principio de “América para los americanos” a través de la doctrina Monroe ha querido decir siempre “América para los norteamericanos”.

Conocemos bien el drama de América del Sur, que siendo un continente potencialmente rico, es un continente pobre, funda-mentalmente por la explotación de la cual es víctima por parte del capital privado norteamericano.

Nosotros luchamos fundamentalmente por la integración de los países latinoamericanos. Creemos que es justo el camino indi-cado por los padres de la patria, que soñaron la unidad

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mericana para poder disponer de una voz continental frente al mundo. Esto naturalmente no impide que miremos no sólo con simpatía sino también con profundidad el significado de la pre-sencia del pensamiento del Tercer Mundo. Podría sintetizar mi pensamiento en respuesta a su programa diciendo que luchamos, antes que nada, por hacer de América un auténtico continente en sus realizaciones y por ligarnos cada vez más a los países del Ter-cer Mundo. Es claro que creemos que el diálogo es fundamental. Los pueblos como el nuestro luchan por la paz y no por la guerra. Por la cooperación económica y no por la explotación. Por la con-vivencia social y no por la injusticia.

Si el hombre de los países industrializados ha llegado, como us-ted recuerda, a la luna, es porque ha sido capaz de dominar la na-turaleza. El problema es que, si bien es justo que el hombre ponga los pies sobre la luna, es más justo que los grandes países —para hablar simbólicamente— pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta de que hay millones de seres humanos que sufren hambre, que no tienen trabajo, que no tienen educación.

Por eso pienso que el hombre del siglo XXI debe ser un hombre con una concepción distinta, con otra escala de valores, un hom-bre que no sea movido esencial y fundamentalmente por el dinero, un hombre que piense que existe para la fortuna una medida dis-tinta, en la cual la inteligencia sea la gran fuerza creadora.

Quiero decirle que tengo confianza en el hombre, pero en el hombre humanizado, el hombre fraterno, y no el que vive de la explotación de los otros.

La tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia histórica, que, si no se cumple con prontitud, incontenibles tensio-nes sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado que han tenido y tienen las huelgas del Poder Judicial y del regimiento Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil no se apa-ga sino con su presencia activa y creadora en la construcción del socialismo.

Si los partidos que reivindican para sí la responsabilidad de vanguardia no son capaces de cumplir adecuada y unitariamente su papel revolucionario, surgirán en forma inevitable la insurgen-cia desesperada o la dictadura como proyección de la insuficieninsurgen-cia cada vez más notoria del régimen.

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No es el camino de la asonada, sin conducción política respon-sable, la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucio-narios. Luchamos por crear el más amplio y decidido movimiento antiimperialista, destinado a que se cumpla la revolución chilena. Los emboscados que hubieran podido llegar hasta nosotros, serán aplastados por la clarividencia revolucionaria del pueblo. No so-mos sectarios ni tampoco excluyentes; soso-mos y sereso-mos, sí, exigen-tes, para que en Chile el pueblo no aparezca burlado en sus ansias de independencia económica y política.

La dictadura contrarrevolucionaria no será capaz, por cierto, de abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuer-za, la legítima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes.

El cuadro nacional nuestro es muy claro. La frustración se ex-presa desde el intelectual al campesino, y la juventud busca tácti-cas de lucha que señalan su decisión de desafiar resueltamente el actual estado de cosas, aunque aquellas no sean las más conve-nientes para el desarrollo orgánico del proceso revolucionario. Quienes tenemos serias responsabilidades en el movimiento popu-lar y hemos fundido nuestra suerte con la suya, nos hallamos más obligados aún para sumir una actitud de desprendimiento y de consecuencia moral.

Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde esté, seguiré siendo para el pueblo el “compañe-ro Allende”.

(Elaborado con fragmentos de sus intervenciones. F. M.)

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Revolución

y democracia

Pensamiento socialista

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La gran tarea*

D

ijo el pueblo: “Venceremos”, y vencimos.

Aquí estamos hoy, compañeros, para conmemorar el comienzo de nuestro triunfo. Pero alguien más vence hoy con nosotros. Es-tán aquí Lautaro y Caupolicán, hermanados en la distancia de Cuauhtémoc y Túpac Amaru.

Hoy, aquí con nosotros, vence O’Higgins, que nos dio la inde-pendencia política celebrando el paso hacia la indeinde-pendencia eco-nómica.

Hoy, aquí con nosotros, vence Manuel Rodríguez, víctima de los que anteponen sus egoísmos de clase al progreso de la comunidad. Hoy, aquí con nosotros, vence Balmaceda, combatiente en la tarea patriótica de recuperar nuestras riquezas del capital ex-tranjero.

Hoy, aquí con nosotros, también vence Recabarren con los tra-bajadores organizados tras años de sacrificio.

Hoy, aquí con nosotros, por fin, vencen las víctimas de la po-blación José María Caro; aquí con nosotros, vencen los muertos de

* Discurso en el Estadio Nacional al tomar posesión del gobierno, 5 de noviembre de 1970.

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El Salvador y Puerto Montt, cuya tragedia atestigua por qué y pa-ra qué hemos llegado al poder.

De los trabajadores es la victoria.

Del pueblo sufrido, que soportó por siglo y medio, bajo el nom-bre de Independencia, la explotación de una clase dominante in-capaz de asegurar el progreso y, de hecho, desentendida de él.

La verdad, la sabemos todos, es que el atraso, la ignorancia, el hambre de nuestro pueblo y de todos los pueblos del Tercer Mun-do, existen y persisten porque resultan lucrativos para unos pocos privilegiados.

Pero ha llegado por fin el día de decir basta. ¡Basta a la explotación económica!

¡Basta a la desigualdad social! ¡Basta a la opresión política!

Hoy, con la inspiración de los héroes de nuestra patria, nos reu-nimos aquí para conmemorar nuestra victoria, la victoria de Chile; y también para señalar el comienzo de la liberación. El pueblo, al fin hecho gobierno, asume la dirección de los destinos nacionales. ¿Pero cuál es el Chile que heredamos?

Excúsenme, compañeros, que en esta tarde de fiesta y ante las delegaciones de tantos países que nos honran con su presencia, me refiera a temas tan dolorosos. Es nuestra obligación y nuestro derecho denunciar sufrimientos seculares, como dijo el presidente peruano Velasco Alvarado.

“Una de las grandes tareas de la revolución es romper el cerco del engaño que a todos nos ha hecho vivir de espaldas a la reali-dad.”

Ya es tiempo de decir que nosotros, los pueblos subdesarrolla-dos, fracasamos en la historia.

Fuimos colonias en la civilización agrario-mercantil. Somos apenas naciones neocoloniales en la civilización urbano-industrial. Y en la nueva civilización que emerge, amenaza continuar nuestra dependencia.

Hemos sido los pueblos explotados. Aquellos que no existen pa-ra sí, sino papa-ra contribuir a la prosperidad ajena.

¿Y cuál es la causa de nuestro atraso?

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sumer-gidos? Tras muchas deformaciones y engaños, el pueblo ha com-prendido. Sabemos bien, por experiencia propia, que las causas reales de nuestro atraso están en el sistema.

En este sistema capitalista dependiente, que, en el plano inter-no, opone las mayorías necesitadas a minorías ricas; y en el pla-no internacional, opone los pueblos poderosos a los pobres; y los más costean la prosperidad de los menos.

Heredamos una sociedad lacerada por las desigualdades socia-les. Una sociedad dividida en clases antagónicas de explotadores y explotados.

Una sociedad en que la violencia está incorporada a las institu-ciones mismas, y que condena a los hombres a la codicia insacia-ble, a las más inhumanas formas de crueldad e independencia frente al sufrimiento ajeno.

Nuestra herencia es una sociedad sacrificada por el desempleo, flagelo que lanza a la cesantía forzosa y a la marginalidad a ma-sas crecientes de la ciudadanía; mama-sas que no son un fenómeno de superpoblación, como dicen algunos, sino las multitudes que tes-timonian, con su trágico destino, la incapacidad del régimen para asegurar a todos el derecho elemental al trabajo.

Nuestra herencia es una economía herida por la inflación, que mes tras mes va recortando el mísero salario de los trabajadores y reduciendo a casi nada —cuando llegan a los últimos años de su vida— el ingreso de una existencia de privaciones.

Por esta herida sangra el pueblo trabajador de Chile; costará ci-catrizarla, pero estamos seguros de conseguirlo, porque la política económica del gobierno será dictada desde ahora por los intereses populares.

Nuestra herencia es una sociedad dependiente, cuyas fuentes fundamentales de riquezas fueron enajenadas por los aliados in-ternos de grandes empresas internacionales. Dependencia econó-mica, tecnológica, cultural y política.

Nuestra herencia es una sociedad frustrada en sus aspiraciones más hondas de desarrollo autónomo. Una sociedad dividida, en que se niega a la mayoría de las familias los derechos fundamen-tales al trabajo, a la educación, a la salud, a la recreación, y has-ta la misma esperanza de un futuro mejor.

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Contra todas estas formas de existencia se ha alzado el pue-blo chileno. Nuestra victoria fue dada por la convicción, al fin al-canzada, de que sólo un gobierno auténticamente revolucionario podría enfrentar el poderío de las clases dominantes, al mismo tiempo movilizar a todos los chilenos para edificar la República del pueblo trabajador. Esta es la gran tarea que la historia nos en-trega. Para acometerla los convoco hoy, trabajadores de Chile. Só-lo unidos hombro a hombro, todos Só-los que amamos a esta patria, los que creemos en ella, podremos romper el subdesarrollo y edifi-car la nueva sociedad.

Vivimos un momento histórico: la gran transformación de las instituciones políticas de Chile. El instante en el que suben al poder, por la voluntad mayoritaria, los partidos y movimientos portavo-ces de los sectores sociales más negados.

Si nos detenemos a meditar un momento y miramos hacia atrás en nuestra historia, los chilenos estamos orgullosos de haber logra-do imponernos por vía política, triunfanlogra-do sobre la violencia.

Esta es una noble tradición. Es una conquista imperecedera. En efecto, a lo largo de nuestro permanente combate por la libe-ración, de la lenta y dura lucha por la igualdad y por la justicia, hemos preferido siempre resolver los conflictos sociales con los re-cursos de la persuasión, con la acción política.

Rechazamos, nosotros los chilenos, en lo más profundo de nuestras coincidencias, las luchas fratricidas. Pero sin renunciar jamás a reivindicar los derechos del pueblo. Nuestro escudo lo di-ce: “Por la razón o la fuerza.” Pero dice primero por la razón.

Esta paz cívica, esta continuidad del proceso político, no es la consecuencia fortuita de un azar. Es el resultado de nuestra es-tructura socioeconómica, de una relación peculiar de las fuerzas sociales que nuestro país ha ido construyendo de acuerdo con la realidad de nuestro desarrollo.

Ya en nuestros primeros pasos como país soberano, la decisión de los hombres de Chile y la habilidad de sus dirigentes nos permi-tieron evitar las guerras civiles.

Ya en 1845, Francisco Antonio Pinto escribía al general San Martín: “Me parece que nosotros vamos a solucionar el problema de saber cómo ser republicanos y continuar hablando la lengua española.” Desde entonces, la estabilidad institucional de la

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Repú-blica fue una de las más consistentes de Europa y América. Esta tradición republicana y democrática llega así a formar parte de nuestra personalidad, impregnando la conciencia colecti-va de los chilenos. El respeto a los demás, la tolerancia hacia el otro, es uno de los bienes culturales más significativos con que contamos.

Y, cuando dentro de esta continuidad institucional y en las normas políticas fundamentales surgen los antagonismos y con-tradicciones entre las clases, esto ocurre en forma esencialmente política. Nunca nuestro pueblo ha roto esta línea histórica.

Las pocas quiebras institucionales fueron siempre determina-das por las clases dominantes. Fueron siempre los poderosos quie-nes desencadenaron la violencia, los que vertieron la sangre de chilenos, interrumpiendo la normal evolución del país. Así ocurrió cuando Balmaceda, consciente de sus deberes y defensor de los in-tereses nacionales, actuó con la dignidad y el patriotismo que la posteridad ha reconocido.

Las persecuciones contra los sindicatos, los estudiantes, los inte-lectuales y los partidos obreros, son la respuesta violenta de quienes defienden privilegios. Sin embargo, el combate ininterrumpido de las clases particulares organizadas ha logrado imponer progresi-vamente el reconocimiento de las libertades civiles y sociales, pú-blicas e individuales.

Esta evolución particular de las instituciones en nuestro contex-to estructural es lo que ha hecho posible la emergencia de este mo-mento histórico en el que el pueblo asume la dirección política del país.

Las masas, en su lucha para superar el sistema capitalista que las explota, llegan a la presidencia de la República integradas, fundidas en la Unidad Popular, y en lo que constituye la manifes-tación más relevante de nuestra historia: la vigencia y el respeto de los valores democráticos, el reconocimiento de la voluntad ma-yoritaria.

Sin renunciar a sus metas revolucionarias, las fuerzas popula-res han sabido ajustar a su actuación a la realidad concreta de las estructuras chilenas, contemplando los reveses y los éxitos, no co-mo derrotas o victorias definitivas, sino coco-mo hitos en el duro y largo camino hacia la emancipación.

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Sin precedentes en el mundo, Chile acaba de dar una prueba extraordinaria de desarrollo político, haciendo posible que un movimiento anticapitalista asuma el poder por el libre ejercicio de los derechos ciudadanos. Lo asume para orientar al país hacia una nueva sociedad, más humana, en que las metas últimas son la racionalización de la actividad económica, la progresiva socia-lización de los medios productivos y la superación de la división de clases.

Desde el punto de vista teórico-doctrinal, como socialistas que somos, tenemos muy presentes cuáles son las fuerzas y los agentes del cambio histórico. Y, personalmente, sé muy bien, para decirlo en los términos textuales de Engels, que:

“Puede concebirse la evolución pacífica de la vieja sociedad ha-cia la nueva, en los países donde la representación popular con-centra en ella todo el poder, donde de acuerdo con la Constitución se puede hacer lo que se desee, desde el momento en que se tiene tras de sí a la mayoría de la nación.”

Y este es nuestro Chile. Aquí se cumple, por fin, la anticipación de Engels. Sin embargo, es importante recordar que, en los sesen-ta días que han seguido a los comicios del 4 de septiembre, el vi-gor democrático de nuestro país ha sido sometido a la más dura prueba por la que jamás haya atravesado.

Tras una dramática sucesión de acontecimientos, ha prevaleci-do de nuevo nuestra característica prevaleci-dominante: la confrontación de las diferencias por la vía política.

El Partido Demócrata Cristiano ha sido consciente del momen-to histórico y de sus obligaciones para con el país, lo que merece ser destacado.

Chile inicia su marcha hacia el socialismo sin haber sufrido la trágica experiencia de una guerra fratricida. Y este hecho, con to-da su grandeza, condiciona la vía que seguirá este gobierno en su obra transformadora.

La voluntad popular nos legitima en nuestra tarea. Mi gobierno responderá a esta confianza haciendo real y concreta la tradición democrática de nuestro pueblo.

Pero en estos sesenta días decisivos que acabamos de vivir, Chi-le y el mundo entero han sido testigos, en forma inequívoca, de los intentos confesados para conculcar fraudulentamente el espíritu de

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nuestra Constitución; para burlar la voluntad del pueblo; para atentar contra la economía del país, y sobre todo, en actos cobardes de desesperación, para provocar un choque sangriento, violento, entre nuestros conciudadanos.

Estoy personalmente convencido de que el sacrificio heroico de un soldado, del comandante en jefe del Ejército, general René Schneider, ha sido el acontecimiento imprevisible que ha salvado a nuestra patria de una guerra civil.

Permítaseme, en esta solemne ocasión, rendir en su persona el reconocimiento de nuestro pueblo a las Fuerzas Armadas y al Cuer-po de Carabineros, fieles a las normas institucionales y al manda-to de la ley.

Este episodio increíble, que la historia registrará como una gue-rra civil larvada, que duró apenas un día, demostró una vez más la demencia criminal de los desesperados. Ellos son los representan-tes, los mercenarios de las minorías que, desde la Colonia, tienen la agobiante responsabilidad de haber explotado en su provecho egoísta a nuestro pueblo; de haber entregado nuestras riquezas al extranjero. Son estas minorías las que, en su desmedido afán de perpetuar sus privilegios, no vacilaron en 1891 y no han titubeado en 1970 en colocar a la nación ante una trágica disyuntiva.

¡Fracasaron en sus designios antipatrióticos! ¡Fracasaron frente a la solidez de las instituciones democráticas, ante la firmeza de la voluntad popular, resuelta a enfrentarlos y a desarmarlos, para asegurar la tranquilidad, la confianza y la paz de la nación, des-de ahora bajo la responsabilidad des-del Podes-der Popular!

Pero ¿qué es el Poder Popular?

Poder Popular significa que acabaremos con los pilares donde se afianzan las minorías que, desde siempre, condenaron a nues-tro país al subdesarrollo.

Acabaremos con los monopolios, que entregan a unas pocas docenas de familias el control de la economía.

Acabaremos con un sistema fiscal puesto al servicio del lucro, y que siempre ha gravado más a los pobres que a los ricos; que ha concentrado el ahorro nacional en manos de los banqueros y su apetito de enriquecimiento.

Vamos a nacionalizar el crédito para ponerlo al servicio de la prosperidad nacional.

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Acabaremos con los latifundios, que siguen condenando a mi-les de campesinos a la sumisión, a la miseria, impidiendo que el país obtenga de sus tierras todos los alimentos que necesitamos. Una auténtica reforma agraria hará esto posible.

Terminaremos con el proceso de desnacionalización, cada vez mayor, de nuestras industrias y fuentes de trabajo, que nos some-te a la explotación foránea.

Recuperaremos para Chile sus riquezas fundamentales. Vamos a devolver a nuestro pueblo las grandes minas de cobre, de car-bón, de hierro, de salitre. Conseguirlo está en nuestras manos, en las manos de quienes ganan su vida con su trabajo y que están hoy en el centro del poder.

El resto del mundo podrá ser espectador de los cambios que se produzcan en nuestro país, pero los chilenos no podemos confor-marnos con eso solamente, porque nosotros debemos ser protago-nistas de la transformación de la sociedad.

Es importante que cada uno de nosotros se compenetre de la responsabilidad común.

Es tarea esencial del Gobierno Popular, o sea, de cada uno de nosotros, repito, crear un Estado justo, capaz de dar el máximo de oportunidades a todos los que convivimos en nuestro territorio.

Yo sé que esta palabra Estado infunde cierta aprensión. Se ha abusado mucho de ella, y en muchos casos se la usa para despres-tigiar un sistema social justo.

No le tengan miedo a la palabra Estado, porque dentro del Es-tado, en el Gobierno Popular, están ustedes, estamos todos. Juntos debemos perfeccionarlo, para hacerlo eficiente, moderno, revolu-cionario. Pero entiéndase bien que he dicho justo, y esto es preci-samente lo que quiero recalcar.

Se ha hablado mucho de la participación popular. Esta es la hora de que ella se haga efectiva. Cada habitante de Chile, de cualquier edad, tiene una tarea que cumplir. En ella se confundi-rá el interés personal con la generosa conducta del quehacer colec-tivo. No hay dinero suficiente en ningún Estado del mundo para atender todas las aspiraciones de sus componentes, si éstos no ad-quieren primero conciencia de que junto a los derechos están los deberes y que el éxito tiene más valor cuando ha surgido del propio

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Como culminación del desarrollo de la conciencia del pueblo, surgirá espontáneamente el trabajo voluntario, el que ya ha sido propuesto por la juventud.

Con razón escriben en las murallas de París: “La revolución se hace primero en las personas y después en las cosas.”

Justamente, en esta ocasión solemne, quiero hablar a los jóvenes: No seré yo, como rebelde estudiante del pasado, quien critique su impaciencia, pero tengo la obligación de llamarlos a serena re-flexión.

Tienen ustedes la hermosa edad en que el vigor físico y mental hace posible prácticamente cualquier empresa.

Tienen por eso el deber de dar impulso a nuestro avance. Conviertan el anhelo en más trabajo.

Conviertan la esperanza en más esfuerzo. Conviertan el impulso en realidad concreta.

Miles y miles de jóvenes reclamaron un lugar en la lucha so-cial. Ya lo tienen. Ha llegado el momento de que todos los jóvenes se incorporen.

A los que aún están marginados de este proceso, les digo: ven-gan, hay un lugar para cada uno en la construcción de la nueva sociedad. El escapismo, la decadencia, la futilidad, la droga son el último recurso de muchachos que viven en países notoriamente opulentos, pero sin ninguna fortaleza moral. No es ese nuestro caso.

Sigan los mejores ejemplos. Los de aquellos que lo dejan todo por construir un futuro mejor.

¿Cuál será nuestra vía, nuestro camino chileno de acción para triunfar sobre el subdesarrollo?

Nuestro camino será aquel construido a lo largo de nuestra ex-periencia, el consagrado por el pueblo en las elecciones, el señala-do en el Programa de la Unidad Popular: El camino al socialismo en

democracia, pluralismo y libertad.

Chile reúne las condiciones fundamentales que, utilizadas con prudencia y flexibilidad, permitirán edificar la sociedad nueva, basada en la nueva economía. La Unidad Popular hace suyo este lema no como una consigna, sino como su vía natural.

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Chile, en su singularidad, cuenta con las instituciones sociales y políticas necesarias para materializar la transición del atraso y de la dependencia, al desarrollo y a la autonomía, por la vía so-cialista. La Unidad Popular es, constitutivamente, el exponente de esta realidad.

Que nadie se llame a engaño.

Los teóricos del marxismo nunca han pretendido, ni la historia demuestra, que un partido único sea una necesidad en el proceso de transición hacia el socialismo.

Son circunstancias sociales, son vicisitudes políticas internas e internacionales las que pueden conducir a esta situación:

La guerra civil, cuando es impuesta al pueblo como única vía hacia la emancipación, condena a la rigidez política.

La intervención foránea, en su afán de mantener a cualquier precio su dominación, hace autoritario el ejercicio del poder.

La miseria y el atraso generalizado dificultan el dinamismo de las instituciones políticas y el fortalecimiento de las organizacio-nes populares.

En la medida en que en Chile no se dan, o no se den estos fac-tores, nuestro país, a partir de sus tradiciones, dispondrá y creará los mecanismos que, dentro del pluralismo apoyado en las gran-des mayorías, hagan posible la transformación radical de nuestro sistema político. Este es el gran legado de nuestra historia. Y es también la promesa más generosa para nuestro futuro. De noso-tros depende que sea un día realidad.

Este hecho decisivo desafía a todos los chilenos, cualesquiera sean sus orientaciones ideológicas, a contribuir con su esfuerzo al desarrollo autónomo de nuestra patria. Como presidente de la Re-pública puedo afirmar, ante el recuerdo de quienes nos han prece-dido en la lucha y frente al futuro que nos ha de juzgar, que cada uno de mis actos será un esfuerzo por alcanzar la satisfacción de las aspiraciones populares dentro de nuestras tradiciones.

El triunfo popular marcó la madurez de la conciencia de un sec-tor de nuestra ciudadanía. Necesitamos que esa conciencia se de-sarrolle aún más. Ella debe florecer en miles y miles de chilenos que, si bien no estuvieron junto a nosotros, son una parte del pro-ceso, están ahora resueltos a incorporarse a la gran tarea de edifi-car una nueva nación con una nueva moral.

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Esta nueva moral, junto con el patriotismo y el sentido revolu-cionario, presidirán los actos de los hombres de gobierno.

En el inicio de la jornada debo advertir que nuestra administra-ción estará marcada por la absoluta responsabilidad, a tal punto que, lejos de sentirnos los prisioneros de organismos contralores, les pediremos que operen como la conciencia constante para co-rregir los errores y para denunciar a los que abusen dentro o fue-ra del gobierno.

A cada uno de mis compatriotas que tiene sobre sus hombros una parte de la tarea para realizar, le digo que hago mía la frase de Fidel Castro:

“En este gobierno se podrán meter los pies, pero jamás las ma-nos.”

Seré inflexible en custodiar la moralidad del régimen.

Nuestro programa de gobierno, refrenado por el pueblo, es muy explícito en que nuestra democracia será tanto más real cuanto más popular, tanto más fortalecedora de las libertades humanas cuanto más dirigida por el pueblo mismo.

El pueblo llega al control del Poder Ejecutivo en un régimen presidencial para la construcción del socialismo en forma progre-siva, a través de la lucha consciente y organizada en partidos y sindicatos libres.

Libertad para la expansión de las fuerzas productivas, rom-piendo las cadenas que hasta ahora han sofocado nuestro desa-rrollo.

Libertad para que cada ciudadano, de acuerdo con su concien-cia y sus creenconcien-cias, aporte su colaboración a la tarea colectiva.

Libertad para que los chilenos que viven de su esfuerzo obten-gan el control y la propiedad social de sus centros de trabajo.

Simón Bolívar intuyó para nuestro país:

“Si alguna República permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de la libertad.”

Nuestra vía chilena será también la de la igualdad.

- Igualdad para superar progresivamente la división entre chi-lenos que explotan y chichi-lenos que son explotados.

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- Igualdad para que cada uno participe de la riqueza común de acuerdo con su trabajo y de modo suficiente para sus ne-cesidades.

- Igualdad para reducir las enormes diferencias de remunera-ción por las mismas actividades laborales.

- La igualdad es imprescindible para reconocer a todo hombre la dignidad y el respeto que debe exigir.

Dentro de estas directrices, fieles a estos principios, avanzare-mos hacia la construcción de un nuevo sistema.

La nueva economía que edificaremos tiene como objeto resca-tar los recursos de Chile para el pueblo chileno. Así como los mo-nopolios serán expropiados porque lo exige el interés superior del país, por la misma razón aseguramos totales garantías para las empresas medianas y pequeñas que contarán con la íntegra cola-boración del Estado para el buen desarrollo de sus actividades.

El Gobierno Popular tiene ya elaborados los proyectos de ley que permitirán el cumplimiento del programa.

Los trabajadores, obreros, empleados, técnicos, profesionales e intelectuales tendrán la dirección económica del país y también la dirección política.

Por primera vez en nuestra historia, cuatro obreros forman par-te del gobierno como ministros de Estado.

Sólo avanzando por esta vía de transformaciones esenciales, en el sistema económico y en el sistema político, nos acercaremos ca-da día más al ideal que orienta nuestra acción.

Crear una nueva sociedad en que los hombres puedan satisfa-cer sus necesidades materiales y espirituales, sin que ello signifique la explotación de otros hombres.

Crear una nueva sociedad que asegure a cada familia, a cada hombre o mujer, a cada joven y a cada niño: derechos, segurida-des, libertades y esperanzas. Que a todos infunda un hondo senti-miento de que están siendo llamados a construir la nueva patria, que será también la nueva construcción de vidas más bellas, más prósperas, más dignas y más libres para ellos mismos.

Crear una nueva sociedad capaz de progreso continuado en lo material, en lo técnico y en lo científico. Y también capaz de

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ase-gurar a sus intelectuales y a sus artistas las condiciones para ex-presar en sus obras un verdadero renacer cultural.

Crear una nueva sociedad capaz de convivir con todos los pue-blos: de convivir con las naciones avanzadas, cuya experiencia puede ser de gran utilidad en nuestro esfuerzo de autosuperación. Crear, en fin, una nueva sociedad capaz de convivir con las naciones dependientes de todas las latitudes, hacia las cuales que-remos volcar nuestra solidaridad fraternal.

Nuestra política internacional está hoy basada, como lo estuvo ayer, en el respeto a los compromisos internacionales libremente asumidos, en la autodeterminación y en la no intervención.

Colaboraremos resueltamente al fortalecimiento de la paz, a la coexistencia de los Estados.

Cada pueblo tiene el derecho de desarrollarse libremente, mar-chando por el camino que ha elegido.

Pero bien sabemos que, por desventura, como claramente de-nunció Indira Gandhi en las Naciones Unidas:

“El derecho de los pueblos a elegir su propia forma de gobierno se acepta sólo sobre el papel. En lo real —afirma Indira Gandhi— existe una considerable intromisión en los asuntos internos de muchos países. Los poderosos hacen sentir su influencia de mil maneras.”

Chile, que respeta la autodeterminación y practica la no inter-vención, puede legítimamente exigir de cualquier gobierno que actúe hacia él en la misma forma.

El pueblo de Chile reconoce en sí mismo al único dueño de su propio destino. Y el gobierno de la Unidad Popular, sin la menor debilidad, velará para asegurar este derecho.

Quiero saludar especialmente a todas las delegaciones oficiales que nos honran con su presencia.

Quiero, igualmente, saludar a las delegaciones de países con los que aún no tenemos relaciones diplomáticas. Chile les hará justicia al reconocer sus gobiernos.

Señores representantes de gobiernos, pueblos e instituciones. Este acto de masas es un fraterno y emocionado homenaje a us-tedes. Soy un hombre de América Latina, que me confundo con los demás habitantes del continente, en los problemas, en los anhelos

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y en las inquietudes comunes. Por eso en esta hora entrego mi sa-ludo de gobernante a los hermanos latinoamericanos esperanza-do en que algún día el mandato de nuestros próceres se cumpla y tengamos una sola y gran voz continental.

Aquí están también, reunidos con nosotros, representantes de organizaciones obreras, venidos de todas partes del mundo; in-telectuales y artistas de proyección universal, que han querido so-lidarizarse con el pueblo de Chile y celebrar con él una victoria que, siendo nuestra, es sentida como propia por todos los hombres que luchan por la libertad y la dignidad.

A todos los que se encuentran aquí, embajadores, artistas, tra-bajadores, intelectuales, soldados, Chile les extiende la mano de su amistad.

Permítanme, huéspedes ilustres, decirles que ustedes son testi-gos de la madurez política que Chile está demostrando.

A ustedes, que han contemplado por sus propios ojos la mise-ria en que viven muchos de nuestros compatriotas.

A ustedes, que han visitado nuestras poblaciones marginales —las callampas— y han podido observar cómo se puede degradar la vida a un nivel infrahumano en una tierra fecunda y llena de riquezas potenciales, habrán recordado la reflexión de Lincoln:

“Este país no puede ser mitad esclavo y mitad libre.”

A ustedes, que han escuchado cómo la Unidad Popular llevará a cabo el programa respaldado por nuestro pueblo.

A ustedes formulo una petición:

Lleven a sus patrias esa imagen del Chile que es, y esta segura esperanza del Chile que será.

Digan que aquí la historia experimenta un nuevo giro. Que aquí un pueblo entero alcanzó a tomar en sus manos la dirección de su destino para caminar por la vía democrática hacia el socia-lismo.

Este Chile que empieza a renovarse, este Chile en primavera y en fiesta, siente como una de sus aspiraciones más hondas el deseo de que cada hombre del mundo sienta en nosotros a su hermano.

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Pensamiento

socialista

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Romper los moldes de la

economía liberal*

L

os socialistas estamos hoy, apretadas nuestras filas, y con la te-nacidad de siempre, después de una autocrítica constructiva, mi-rando con fe el mañana; estamos, como ayer, encabezando esta nueva etapa, teñida de una firme actitud en lo económico.

¡Recordemos, camaradas! El Partido surgió de las raíces mismas del pueblo, como un instrumento joven, de sus ansias de libera-ción económica, de justicia social y de libre determinalibera-ción políti-ca.

A lo largo de su acción ha organizado consciente y disciplina-damente a los mejores sectores trabajadores (obreros, profesores universitarios, campesinos, profesionales, empleados, pequeños comerciantes), a todos los que forman la base del esfuerzo social, la vida de una nación, el empuje creador de un pueblo.

A lo largo de su acción el Partido ha dado disciplina social y responsabilidad a las clases populares, les ha hablado de sus dere-chos, pero les ha dado a conocer, también, sus deberes. Ha

impe-* Discurso de homenaje al triunfo del Frente Popular, 25 de octubre de 1943, frag-mentos.

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dido el aprovechamiento personalista de las masas, y ha comba-tido la politiquería subalterna y la corrupción.

El Partido es un instrumento de las clases populares y medias, para crear un Chile en trabajo, un país libre y dignificado, una pa-tria nuestra sin especuladores, sin traidores y sin agiotistas; una tierra nuestra que, como una inmensa colmena, dé trabajo al que lo necesite, sin que tenga que mendigarlo; que ayude al débil y que castigue al soberbio; una sociedad sin injusticias y sin clases. Por esos altos objetivos hemos luchado y seguiremos luchando.

Desde abril de 1933, años, meses y horas, recorrimos el país desde Arica a Magallanes, abriendo el surco de la nueva concien-cia colectiva, y así llegamos a octubre de 1938. Hicimos ese acto, la unidad de los sectores populares y medios, en torno al Frente Popular, que constituyó la ampliación del bloque de izquierda, na-cido al calor de la pujanza del Partido. Llegamos a octubre de 1938, y la lucha cívica de esa época puso frente a frente a dos gru-pos antagónicos: los que vivían en función del pasado, que que-rían perpetuarse en el poder político para servir a una clase y a un grupo social; y los otros, los que nada tenían y que lo daban todo, que vivían en torno a su propio dolor y a su propio sufrimiento, que fortalecían su espíritu para defender un porvenir mejor para sus hijos.

Luchamos en octubre de 1938 para conquistar el poder, para afianzar la independencia económica de Chile, para recuperar nuestra fuente de materias primas, para modificar el régimen eco-nómico existente, para transformar el crédito, para terminar con la desorganización administrativa, para evitar que continuara la ab-surda y rutinaria explotación de nuestras tierras, para que la me-canización llegara a nuestros campos, para que el desarrollo in-dustrial alcanzara al acero, para crear astilleros y electrificar el país, para sacudir la inercia y enfilar en una acción de conjunto a una transformación política, social y económica. Luchamos para terminar con los 70.000 analfabetos, con los 300.000 tuberculosos, con los 400.000 venéreos; para terminar con el déficit de 300.000 viviendas, para proteger a los 30.000 niños abandonados, para empezar a remediar el drama social que la incuria de los partidos de derecha permitía; para terminar con la falta de racionaliza-ción de la producracionaliza-ción agrícola, con la falta de producracionaliza-ción de ali-mentos, que la anarquía de un trabajo individual ha perturbado.

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Luchamos para mejorar las condiciones de remuneraciones de aquellos que tan sólo tienen un sueldo y un jornal como medio de subsistencia, y que contribuyen al 90 % de nuestra nacionali-dad; luchamos contra el encarecimiento de la vida, y la posibilidad de la satisfacción mínima de las necesidades vitales. Luchamos para abrir los horizontes espirituales e intelectuales a las masas trabajadoras; luchamos por las madres chilenas y sus hijos, por darles la alegría de vivir, por enseñarles lo que es el sol en la mon-taña y lo que es el sol a orillas del mar. Por eso luchamos en octu-bre de 1938 y, fundamentalmente, sigue siendo nuestro objetivo para el futuro. ¡El 25 de octubre de 1943 es fecha de reconquista!

Rompamos los moldes de la economía liberal en que aún nos debatimos. Acentuemos la intervención del Estado en los grandes rubros de interés nacional: servicios de utilidad pública, combusti-ble, carbón, etcétera. Luchemos contra los trusts y los monopolios. A las nuevas concepciones del crédito, del desarrollo industrial y del fenómeno de la producción, debe seguir la distribución organi-zada y el consumo orientado; hay que producir todo lo que se ne-cesita, para garantizar las exigencias mínimas vitales.

Insistimos, la democracia política es infecunda en la hora ac-tual, la democracia económica y social es un imperativo que emerge de las contradicciones del capitalismo y que fluye de la ex-periencia de la guerra.

Ha sido la guerra la que ha determinado que en las democra-cias beligerantes el Estado haya centralizado su influencia econó-mica, su control de la producción, su organización del trabajo. En Chile estamos en una etapa que todavía es de guerra, no contra adversarios exteriores, sino contra centenarios enemigos internos: estamos en guerra contra el hambre, contra la miseria, contra la inseguridad social, contra el miedo a vivir por la incertidumbre de no tener trabajo.

Estamos en guerra contra la descomposición social, que puede acentuarse después de la paz si no se toman las medidas necesa-rias. Estamos en guerra para defender a nuestra raza, a los hijos de Chile.

Necesitamos transformar esta democracia política en democra-cia sodemocra-cial y en democrademocra-cia económica. Es urgente que el Estado im-prima los grandes rubros de la actividad financiera nacional y

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cauce las grandes transformaciones de orden industrial que nos permitan un abastecimiento interno y provechosas relaciones co-merciales con los demás países.

Es necesario dar al ser humano las condiciones que requiere pa-ra subsistir. Papa-ra ello, desarrollemos la previsión social, la seguri-dad social, establezcamos la recuperación biológica para el enfer-mo y la reparación económica para aquel que no tiene otro medio de subsistencia que el esfuerzo de sus brazos, cuando está enfermo. Dictemos las leyes que organicen el trabajo y que den orienta-ción social. Defendamos el capital humano y el capital social, base de toda riqueza, fundamento de todo progreso.

Recordemos que las bases fundamentales que determinan el bienestar y el progreso de los pueblos son, precisamente, un buen estándar de vida, condiciones sanitarias adecuadas y amplia difu-sión de la cultura en los medios populares. Recordemos que no es posible dar salud y conocimiento a un pueblo que se viste mal, que se alimenta mal y que trabaja en un plano de inmisericorde ex-plotación.

Elevemos el nivel intelectual de nuestras masas ciudadanas, luchemos contra el analfabetismo; hagamos la reforma educacio-nal, abramos los caminos de la ciencia y del arte para el pueblo.

Reforcemos el Código de Trabajo, ampliemos el derecho a la or-ganización sindical; los campesinos, los empleados de Beneficen-cia, los trabajadores de estos organismos no pueden quedar al margen de estas garantías por la terquedad absurda de algunos señores. Destruyamos las diferencias legislativas que separan a obreros y empleados.

Preocupémonos, fundamentalmente, de nuestra juventud. Los jóvenes de Chile, obreros, campesinos y estudiantes, viven en la permanente zozobra de su destino incierto. Creemos un porvenir para ellos en el trabajo fecundo de una sociedad sin injusticias. Démosles tarea para que, con su acción, enmienden nuestros ye-rros y creen mayores posibilidades de bienestar y de riqueza moral y espiritual para los hombres de nuestras tierras.

Camaradas del Partido: esto es lo que entendemos por la supe-ración de esta etapa, por la transformación de esta democracia po-lítica en democracia económica y social.

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Esto es lo que el Partido y sus hombres deben difundir e incrus-tar en la conciencia del pueblo; los socialistas no han sido jamás, y no serán hoy, un débil motor para darle energía sólo al Partido, sino una fuerza capaz de transmitir emoción, de contagiar ener-gías a la nación entera.

Esta es la tarea grande que tiene el Partido. Tengo fe en voso-tros, camaradas, porque habéis sufrido y porque sufrís y porque sé que vuestro espíritu tiembla emocionado por la voluntad de crear un porvenir grande para Chile.

Tengo confianza en vosotros, camaradas, en vuestra capacidad de sacrificio y en vuestro espíritu de lucha. Tengo confianza, cama-radas del Partido, en que, amasando nuestro esfuerzo con dolor y con esperanzas, sabremos dar un paso más en la historia nuestra.

Esta marcha del socialismo inicia una nueva etapa.

¡Socialistas! ¡Obreros!, estudiantes, campesinos y profesionales, llevad a vuestras faenas, hogares y escuelas el acento nuevo de nuestra acción. Socialistas, debemos luchar por una democracia económica, por una democracia social.

El 25 de octubre de 1938 iniciamos la marcha. El 25 de octubre de 1943, fecha de reconquista, continuamos la acción.

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Soy socialista*

S

oy socialista; y debo declarar, como ya lo hizo el honorable se-ñor Rettig, que jamás nosotros, ni siquiera en los momentos más apasionados de nuestros debates, hemos desconocido que, en el proceso y la evolución social de Chile, intervinieron diversas fuer-zas y partidos de los cuales nos separa una gran distancia en la concepción de los hechos económicos y sociales, pero que recono-cemos que trabajaron por engrandecer la patria. Negar que los llamados “viejos partidos”, en su época y hora, contribuyeron al progreso de Chile, es absurdo. Y pedir a los hombres de esa época y de esa hora que tuvieran una mentalidad como la nuestra sería también absurdo.

Todos sabemos que, cuando se generaliza, se cae en tremendos errores. Hubo hombres del Partido Liberal que, indiscutiblemente, lucharon con gran sentido del progreso que nosotros apreciamos. Y dentro de esos grupos políticos ha habido ciudadanos a quienes el ancho y generoso corazón del pueblo recuerda y recordará. Uno de ellos es el presidente Balmaceda. Sin embargo, pocos hombres, a los largo de nuestra historia pública, han sido más vilipendia-dos, combatidos y más deshonestamente atacados que

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da. ¿Y por quiénes? ¿Y por gente de izquierda? No, señor presidente. ¡Por personeros de la derecha! ¡Por los que defendían sus privile-gios; por quienes, con un sentido pequeño de nuestro destino eco-nómico, estaban entregados al imperialismo inglés y defendían las granjerías del salitre; es decir, por los capataces de ese imperia-lismo! Y nada los detuvo, absolutamente nada; ni el ataque artero ni la calumnia soez, que alcanzaban a lo íntimo de una vida dig-na en su propio origen.

Nosotros, señores senadores liberales, con legítima satisfacción tenemos también el derecho a proclamarnos profundamente patrio-tas; pero tenemos un sentido distinto de sus señorías acerca de lo que es patria, y no aceptamos, en absoluto, que senador o político alguno se sienta albacea o depositario exclusivo del patriotismo.

Dentro del ángulo y la firmeza de nuestras ideas, nosotros con-ceptuamos antipatriotas y calificamos con dureza a quienes ac-túan entregando el cobre, el salitre, el petróleo o el uranio, en la creencia de que nuestra condición de pueblo en desarrollo nos obliga a someternos más y más a la prepotencia del imperialismo financiero, el cual, por lo demás, siempre trae aparejado el some-timiento político. Nunca jamás hemos dejado de decir que no

acep-tamos ningún tipo de imperialismo y que no somos colonos mentales de ninguna tendencia foránea. Y si hay algo respetable, es nuestra

firmeza para defender lo que nosotros entendemos por libertad y autodeterminación y soberanía de los pueblos; porque, desde es-tos bancos —no ahora, sino siempre—, hemos protestado por las ignominiosas dictaduras del Caribe y las diversas satrapías que desgobiernan a los pueblos de la América Latina; porque desde aquí hemos reclamado de ustedes, viajeros también, que digan su palabra de verdad frente a España, mancillada por la sangrienta dictadura de Franco, pues muchos de ustedes han ido a ese país, como yo estuve en Moscú, de lo cual no me arrepiento. Con la di-ferencia de que, a mi regreso, no vine al Senado a decir que el ré-gimen soviético era un paraíso; sostuve que no era un paraíso ni un infierno; que era un régimen social distinto; que para nosotros éste era diferente y difícil de comprender; que toda transformación social implicaba errores que se van desfigurando o desdibujando a medida que el tiempo pasa, y que la historia comprueba hechos que se deben preferir, porque si juzgáramos la Revolución france-sa tan sólo por lo que significó la guillotina, ninguno de nosotros

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estaría sentado aquí. Por eso damos a los hechos sociales el valor real que ellos tienen y los perfiles que proyectan en sus verdaderas dimensiones. Negar lo que significó la Revolución francesa y la transformación del Estado feudal y el avance de la burguesía, es absurdo. Negar lo que ha significado la Revolución de Octubre en muchos aspectos también es absurdo, como lo sería magnificar to-do lo hecho en esa Revolución o creer que toto-do lo que hicieron sus dirigentes fue acertado.

Pero nosotros, con un sentido, no diré de ecuanimidad, sino de interpretación justa de la evolución social, hemos actuado en Chi-le sin someternos jamás a la orientación foránea y sin ser servido-res obsecuentes de ningún régimen. Cuando muchos senadoservido-res de la derecha —no todos, por suerte— miraban con complacencia el nazifascismo, fueron los jóvenes de la juventud socialista los que dieron su sangre generosa en las calles de todo Chile para lograr que el régimen democrático, que no nos satisface plenamente, se mantuviera. Y no hay ningún partido, ni el Conservador, ni el Radi-cal, ni el Liberal, que tenga más víctimas que el Partido Socialista; que nosotros, que los socialistas de todos los sectores, en la lucha contra el fascismo.

Los hombres de estos bancos hemos sido quienes hemos estado contra todas las formas de dictadura de América y del mundo, y quienes también hemos estado diciendo cómo entendemos que hay que acentuar las condiciones de nuestra acción, sobre todo en paí-ses como el nuestro, de economía dependiente, de escaso desarrollo industrial y con un sentimiento de analfabetismo e incultura tan alto. Por ello, siendo socialistas, nunca hemos dicho que en esta hora de Chile, por ejemplo, se pueda estructurar un gobierno socialista. Creemos, con profunda sinceridad, que el destino de la humanidad está marcado por la ruta del socialismo. Y lo creemos no sólo por-que él representa, en el progreso técnico y económico, un concep-to distinconcep-to de la convivencia y porque tiende a poner al servicio de todos lo que es patrimonio común —cultura, técnica, saber y ciencia—, sino también por el respeto a la personalidad humana y por el sentido humanístico que en el fondo tiene el socialismo. Por-que una cosa es hablar del respeto a la personalidad humana, a las ideas y a los principios, y otra cosa es dictar leyes que no los repre-sentan y que persiguen a los que no piensan como uno.

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