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Terapia Centrada en La Solucion Eve Lipchik2

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Terapia centrada en

la solución

Más allá de la técnica

El trabajo con las emociones y la

relación terapéutica

Eve Lipchik

Prólogo de Wendel A. Ray

Amorrortu editores

Buenos Aires - Madrid

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Biblioteca de psicología y psicoanálisis Directores: Jorge Colapinto y David Maldavsky

Beyond Technique in Solution-Focused Therapy, Eve Lipchik © 2002, The Guilford Press (división de Guilford Publications, Inc.) Traducción, Adolfo Alfredo Negrotto

La reproducción total o parcial de este libro en forma idéntica o modificada por cualquier medio mecánico, electrónico o informático, incluyendo foto-copia, grabación, digitalización o cualquier sistema de almacenamiento y recuperación de información, no autorizada por los editores, viola dere-chos reservados.

© Todos los derechos de la edición en castellano reservados por Amorrortu editores S. A., P a r a g u a y 1225, 7° piso (1057) Buenos Aires www.amorrortueditores.com

Amorrortu editores España SL

C/Velázquez, 117 - 6a izqda. - 28006 Madrid

ISBN 950-518-10S-X

ISBN 1-57230-764-1, Nueva York, edición original

Lipchik, Eve

Terapia centrada en la solución : más allá de la técnica.- 1a ed.-Buenos Aires ; Amorrortu, 2004.

320 p. ; 2-3x14 cm.- (Biblioteca de psicología y psicoanálisis) Traducción de: Adolfo Negrotto

ISBN 950-518-106-X 1. Terapia Familiar I. Título CDD 616.891 56

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, pro-vincia de Buenos Aires, en noviembre de 2004.

A Elliot, inventor de la consideración y la generosidad

Queda hecho el depósito que previene la ley nº 11.723 Industria argentina. Made in Argentina

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Sobre la autora

Eve Lipchik, licenciada en asistencia social, miembro de la American Family Therapy Academy y miembro ti-tulado y supervisora autorizada de la American Associa-tion for Marriage and Family Therapy, también fue socia fundadora de ICF. Consultante, Inc., de Milwaukee, Wis-consin, en 1988. Entre 1980 y 1988 fue una de las prin-cipales integrantes del Brief Family Therapy Center de Milwaukee, donde participó en el desarrollo de la terapia

centrada en las soluciones. Además de desempeñarse como psicoterapeuta, es docente, asesora y conferencista, tanto en los Estados Unidos como en otros países. Es directora de Interviewing y sus artículos han sido incluidos en nu-merosos libros y revistas, entre ellas Psychotherapy

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Indice general

59 2. La relación terapeuta-cliente 60 Resultados de las investigaciones

60 La relación terapeuta-cliente centrada en la solución

61 El clima emocional 62 La posición del cliente 64 La posición del terapeuta 68 Un pensamiento de dos carriles 71 Ejemplo de caso: Laura

84 3. Comprender a los clientes 84 Oír versus escuchar

86 El significado 9 Sobre la autora 15 Prólogo. Wendel A Ray 19 Prefacio

25 Agradecimientos

29 P r i m e r a parte; Teoría, y práctica

31 1. Una teoría de la terapia centrada en la solución

39 De la técnica a la teoría 40 Una breve digresión histórica 46 Una teoría centrada en la solución 46 Supuestos centrados en la solución 57 Conclusión

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160 Dos maneras de ver a los clientes

161 El trabajo en equipo y el clima emocional 165 7. El mensaje de recapitulación y la sugerencia 165 El mensaje de recapitulación

188 Ejemplo de caso; la familia B 171 La sugerencia

177 Ejemplo de caso: James 182 Conclusión

187 S e g u n d a p a r t e . Aplicaciones 189 8. Terapia de pareja

197 La terapia

204 Ejemplo de caso: Miriam y Nate 210 Conclusión

212 9. Terapia familiar 212 Evaluación

213 Familias con hijos pequeños o adolescentes 214 Cómo estructurar la conversación

215 Ejemplo de caso: la familia T

220 Cuando los padres no quieren intervenir 221 La reunión a solas con el niño

222 Ejemplo de caso: Troy

226 La mediación entre los niños y sus padres

227 Familias con padres ancianos o hermanos adultos 228 Conclusión

230 10. El trabajo con clientes involuntarios 234 ¿Qué características definen al cliente

involuntario?

235 La relación terapeuta-cliente 238 La cooperación con los clientes 88 Hablar del problema versus hablar de la solución

91 Contenido versus proceso 94 Ejemplo de caso: Marie

106 4. Las emociones en la terapia centrada en la

solución

109 Emociones versus conducta

110 El empleo de las emociones para facilitar las soluciones

111 Ejemplo de caso: Betty 117 Ejemplo de caso: Neil

120 El empleo de nuestras emociones para ayudar a los clientes a hallar soluciones

120 Ejemplo de caso: Sandra y sus hijas

123 Las emociones y el mensaje de recapitulación

126 5. El proceso de aclaración de las metas 127 Metas versus soluciones

128 La tarea de aclarar las metas 129 Aclaración de las metas: el proceso 131 Metas y emociones

132 Ejemplo de caso: Marilyn 147 Metas decisionales

149 El cliente cuya meta es cambiar el comportamiento de otra persona 151 Conclusión

153 6. El equipo detrás del espejo y la pausa para la

consulta

154 Beneficios para el terapeuta 155 Beneficios para los clientes

156 Presentación del equipo y de la pausa 158 Aspectos prácticos del trabajo en equipo y la

pausa

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239 Las emociones

240 El empleo de las técnicas 240 El sistema de tratamiento 243 Ejemplo de caso: consulta de Bea 252 Conclusión

253 11. Casos de tratamiento prolongado 255 La terminación: el problema del cliente 256 La terminación: el problema del terapeuta 257 Ejemplo de caso: la consulta de Joe

280 Autoevaluación del terapeuta con respecto a la terminación

262 Clientes con problemas crónicos 262 Ejemplo de caso: Virginia

288 Ejemplo de caso: el hombre que oía voces 274 Adaptación a la discapacidad

275 Ejemplo de caso: Carol 278 Conclusión

280 12. El enfoque de las crisis centrado en la solución 280 Diversas respuestas a la crisis

281 ¿Qué es una crisis?

282 La necesidad de usar dos sombreros 284 Ejemplo de caso: Randy

290 Urgencias 292 La escucha

292 Un marco temporal ceñido 292 Ejemplo de caso: Philip 297 Conclusión

299 Reflexiones finales 301 Referencias bibliográficas

Prólogo

Sería sorprendente que Eve Lipchik recordara las cir-cunstancias en que conoció a un determinado terapeuta de los muchos que formó, pero yo recuerdo claramente mi primera experiencia con ella, en mayo de 1983, en un pro-grama de capacitación intensiva desarrollado en el Brief Family Therapy Center [Centro de Terapia Familiar Bre-ve]. Lo más destacado de esa semana de inmersión en la obra de Steve de Shazer, Insoo Berg y su equipo fue la tar-de que pasamos hablando con Eve y observando su traba-jo. Su dominio de la teoría, su habilidad como docente y su

notable capacidad terapéutica eran tan impresionantes que comencé a interesarme en su obra. Durante años leí sus contribuciones a la literatura sobre la terapia familiar breve y la terapia centrada en la solución, y cada vez que me fue posible asistí a sus seminarios y talleres, de los que siempre salí estimulado por las profundas implicaciones de su pensamiento y su capacidad para traducir las ideas más complejas en aplicaciones clínicas realistas.

Después de narrar la historia —que la cuenta entre sus protagonistas— del desarrollo de la terapia centrada en la solución (TCS [solution-focused therapy, SFT]), la autora ofrece una explicación muy clara de la teoría y la práctica de este modelo. Lo que sale a la luz es su transi-ción desde la incomodidad que le producían las respuestas fáciles características de las interpretaciones más sim-plistas del modelo hasta la elaboración de su propia ver-sión de la TCS, que yo describiría como terapia breve cen-trada en la solución y la emoción.

Un aporte significativo de este libro es la reintroduc-ción de la teoría en la práctica de la terapia, en especial la restitución que hace la autora de concepciones esenciales

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de las psicoterapias de orientación interpersonal. Los principios que propone a los lectores son fundamentales para la práctica de una terapia breve eficaz, eficiente y

humanista.

En una época que se desentiende del pasado y que, en su perpetua búsqueda de respuestas cada vez más sim-ples y sin complicaciones a las preguntas complejas, tien-de a sobrevalorar todo lo que se presenta como «nuevo», Eve hace exactamente lo contrario: explora y adopta lo «nuevo» al tiempo que investiga y revitaliza elementos del conocimiento existente. Abrevando en la obra señera de Harry Stack Sullivan, Gregory Bateson, Don D. Jackson, Milton Erickson, Jay Haley, John Weakland, Richard Fisch, Paul Watzlawick y otros, esboza, insuflándoles vi-da, las concepciones teóricas que son la piedra angular tanto del modelo de terapia breve desarrollado en el Men-tal Research Institute [Instituto de Investigación MenMen-tal] como de la TCS.

Sobre la base de esta infraestructura, Eve incorpora, asimismo, ideas procedentes de una amplia variedad de disciplinas: biología, lingüística, cibernética, construccio-nismo, antropología y constructivismo social. Sus diáfa-nas interpretaciones de los complejos aportes de Matura-na y Varela son especialmente valiosas y oportuMatura-nas.

Daré un ejemplo que viene al caso. Gracias al esfuerzo de Eve, podemos apreciar una fusión maravillosamente útil de lo nuevo y lo que ha pasado la prueba del tiempo en la yuxtaposición de las definiciones del amor de Maturana y Harry Stack Sullivan. De acuerdo con una referencia citada por Eve, para Maturana el amor es una conducta que «permite al otro surgir como un otro legítimo en co-existencia con uno» y «abre la posibilidad de ver y oír a ese otro». Sullivan lo expresa de este modo: «Cuando la satis-facción y la seguridad de otra persona se vuelven tan im-portantes para uno como la satisfacción y la seguridad propias, existe un estado de amor» (1953a, págs. 42-3). En época reciente el mundo de la psicoterapia, en su tenden-cia a basar la comprensión en la lógica causal lineal y la perpetuación de una separación dualista cartesiana de la mente y el cuerpo, ha restado importancia al papel vital

de las relaciones humanas en la salud mental, en particu-lar al de relaciones tan difíciles corno el amor. Pero los lec-tores que no advierten la importancia de esas emociones básicas para la comprensión del sufrimiento humano y 1a práctica de la psicoterapia quizá cierren los oídos y sigan dormitando, simplemente porque no estarnos en la misma longitud de onda.1

Pero otro progreso en el que Eve Lipchik fue precurso-ra es la exploprecurso-ración del interrogatorio como perturbación o, diría yo, como intervención. Se trata de una de las nove-dades más significativas en el campo de la terapia y, que yo sepa, sólo Eve Lipchik, Gianfranco Ceechin y Richard Fisch están, cada uno por su lado, investigando explícita-mente, practicando y poniendo a punto este extraordina-rio avance.

El interrogatorio como intervención y la vinculación de premisas esenciales desarrolladas en el pasado con el psamiento de vanguardia cíe nuestros días se cuentan en-tre las destacadas contribuciones que ofrece este libro, pe-ro desde mi punto de vista no son de ningún modo las más significativas. Al sintetizar estas amplias áreas y dar sus-tancia a la lógica y los matices de su enfoque, Eve realiza un aporte decisivo a la práctica clínica: la reintroducción de las emociones humanas en la práctica de la terapia bre-ve (digo reintroducción porque la emoción tuvo un papel central en la obra de pioneros como Harry Stack Sullivan, Don D. Jackson y Milton Erickson).

En una conferencia que pronunció poco antes de su muerte, en 1949, ante los residentes de la Washington School of Psychiatry, Harry Stack Sullivan hizo esta pre-dicción:

«Las mismas cosas que hacen que la psiquiatría sea escu-rridiza para los demás la hacen escuescu-rridiza para mí; enga-ñarse es terriblemente fácil. Pero una psicoterapia mucho más práctica parece posible cuando uno trata de descubrir las vulnerabilidades básicas de la angustia en las

relacio-1 Mis excusas y mi reconocimiento a Jackson (1963), quien fue el

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nes interpersonales, en lugar de tratar de eludirla o de ocuparse [sólo] de los síntomas provocados por ella» (19536, pág. 11).

Al atreverse a abordar las emociones perturbadoras como adaptaciones —claramente suscitadas por la angus-tia— a fenómenos interpersonales singulares, Eve Lip-chik ha logrado, con este volumen pragmático y hábilmen-te escrito, que la psicohábilmen-terapia diera un paso más —vital, por cierto— hacia el cumplimiento de la profecía de Su-llivan.

WENDEL A. RAY, PhD

Director del Mental Research Institute, Palo Alto, California Profesor de Terapia Familiar en la Universidad de Luisiana-Monroe

Prefacio

La terapia centrada en la solución (TCS) es hoy reco-nocida como un modelo de terapia breve sólidamente fun-dado. No obstante, ni su atractivo para la atención médica administrada [managed care] ni los informes respecto de su eficacia han podido disipar las dudas sobre su aptitud para promover un cambio permanente o abordar las nece-sidades emocionales de los clientes. El propósito de este li-bro es dar cuenta de un modo de pensar y practicar la TCS que invalida esas dudas y demuestra su profundidad y amplitud.

La TCS no surgió de novo. Se basa en la obra de Grego-ry Bateson, Milton Erickson, Don Jackson, John Weak-land, Jay Haley, Paul Watzlawick y otros, a quienes se atribuye la creación del paradigma sistémico. Es el pro-ducto final de los esfuerzos de un grupo de personas que hace unos veinticinco años se reunían en el Brief Family Therapy Center, en Milwaukee, y se potenciaban recípro-camente gracias a su entusiasmo por la nuevas ideas so-bre cómo cambia la gente. El núcleo de ese grupo lo consti-tuían Steve de Shazer, Insoo Berg, Jim Derks, Elam Nun-nally, Marilyn LaCourt y yo. Más tarde se incorporaron a él antiguos estudiantes convertidos en colegas, entre ellos John Walter, Jane Peller, Alex Molnar, Kate Kowalski y Michele Weiner-Davis, y también académicos como Gale Miller y Wally Gingerich. Lo que comenzó siendo un mo-delo llamado terapia familiar breve evolucionó hasta con-vertirse en la TCS. Con el tiempo, algunos miembros del grupo se alejaron y nuevos miembros ocuparon su lugar. Yo me retiré en 1988 y, junto con Marilyn Bonjean, fundé ICF Consultants en Milwaukee. En mi opinión, sería jus-to decir que jus-todos cuanjus-tos participaron alguna vez en las

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conversaciones mantenidas en el Brief Family Therapy Center hicieron alguna contribución, y todos se beneficia-ron con la experiencia. La abundante bibliografía que hoy existe sobre, el modelo refleja la riqueza y diversidad de su experiencia.

Actualmente, la TCS goza de fama mundial, pero a menudo es mal interpretada e incluso banalizada. A mi juicio, la causa es el excesivo énfasis que se pone en las técnicas y la pérdida de un marco teórico. Las técnicas aplicadas fuera de contexto pueden producir resultados inmediatos espectaculares pero a la larga poco significa-tivos.

La teoría y la práctica de la TCS que se proponen aquí restituyen a las técnicas un contexto interaccional basado en lo que los terapeutas del Mental Research Institute lla-man «posicionarse» en relación con los clientes, o lo que sus colegas del Brief Therapy Center denominaron «coo-perar con el modo de coo«coo-perar de los clientes». Este con-cepto puede incluso considerarse relevante para una prác-tica basada en el constructivismo si se ve el lenguaje como un comportamiento mutuamente influido.

En cierta medida he desarrollado mi actual enfoque clínico como reacción al minimalismo y a la intelectualiza-ción posmoderna de la terapia. Aunque me cuento entre quienes aspiran a realizar intervenciones elegantes con objetivos precisos, he llegado a creer que las posibilidades de alcanzarlas son mayores en el contexto de una relación terapeuta-cliente basada en la confianza. Esta opinión encuentra respaldo en una investigación llevada a cabo por David Kiser en el Brief Family Therapy Center en 1988, en la cual se comprobó que los clientes que asistie-ron a un mayor número de sesiones informaban índices más elevados de buenos resultados.

Por la misma razón, adhiero sin reservas al énfasis posmoderno en los tratamientos plenamente individuali-zados, aunque me preocupa la ausencia general de pautas para la práctica, la supervisión y la enseñanza.

Finalmente, no he podido reconciliarme con la actitud de aislar el lenguaje de los sistemas humanos vivientes

que somos. Ello ha estimulado el interés por los aspectos fisiológicos del lenguaje y la emoción.

Mis esfuerzos por incorporar algunas de mis ideas con-flictivas han sido influidos por la teoría de la psiquiatría interpersonal de Harry Stack Sullivan y, en fecha más re-ciente, por la teoría dé la cognición de Maturana y Varela y los aportes de la investigación en neurociencias.

Las emociones han sido siempre un tema no grato en la TCS. Como mis colegas, durante varios años yo evité reli-giosamente la «conversación emotiva», antes de advertir que ocuparse de las emociones facilita, a menudo, el pro-greso de los clientes que se sienten estancados. Al mismo tiempo, mi interés en la relación terapeuta-cliente siguió poniendo de relieve los efectos positivos de hablar con los clientes sobre sus sentimientos.

La enseñanza, la supervisión, el asesoramiento y la presentación de talleres me plantearon el desafío de com-prender mi pensamiento a fin de ayudar a otras personas a desarrollar el suyo. También pusieron de manifiesto la importancia que tiene la relación, sea cual fuere su propó-sito. Este libro, por lo tanto, enfatiza la importancia de los terapeutas como personas relacionadas con sus clientes y procura responder a la pregunta sobre cómo podemos em-plear, y a la vez mantener separados, nuestro yo personal y nuestro yo profesional para beneficiarlos.

Nuestro enfoque habitual de la capacitación en el Brief Family Therapy Center consistía en arrojar a los practi-cantes al ruedo con los clientes, provistos sólo de unas pocas preguntas básicas. Creíamos que el apoyo del su-pervisor y del equipo que observaban tras el espejo basta-ría para disipar su ansiedad y asegurar a los clientes un servicio de buena calidad. Sin embargo, muchos clientes no volvían después de la sesión inicial. Llegamos a la con-clusión de que un mensaje bien construido, redactado por el supervisor y el equipo, no era compensación suficiente para una entrevista que dejaba a los clientes insatisfe-chos. Lo que demostró ser mejor para estos fue su percep-ción de que alguien estaba escuchándolos y tratando de comprender lo que intentaban comunicar. Este enfoque benefició también a los terapeutas novatos, porque

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dismi-nuyó la posibilidad de que utilizaran técnicas fuera de contexto.

Dos experiencias personales contribuyeron a dar for-ma a las ideas que expongo en este libro. Una de ellas tuvo lugar en ocasión de una visita que John Weakland realizó al Brief Family Therapy Center a fines de la década de 1980. Weakland venía periódicamente a Milwaukee para dirigir talleres o asesorar a nuestro equipo. Al término de uno de esos talleres, en cuyo transcurso había entrevista-do a algunos clientes frente al espejo, nos preguntó si de-seábamos ver una videocinta que tenía consigo y que mos-traba una sesión realizada por él en Palo Alto. Lo deseá-bamos, por supuesto. Nunca nos cansaríamos de observar el trabajo del «Maestro». Lo único que recuerdo ahora es que los clientes eran gente mayor y que el problema con-cernía a la relación con sus hijos, pero lo que no he olvida-do es la magnitud de mi sorpresa. Hasta ese momento hu-biera descripto como minimalista la manera de entrevis-tar de John. Sin embargo, en esa cinta se mostraba más receptivo y se ocupaba de los sentimientos de los clientes de un modo deliberado y amable. No se tomó un tiempo hacia el final de la sesión para elaborar un mensaje, sino que realizó una sensata y brillante intervención después de una mínima pausa para pensar. Cuando le hicimos preguntas sobre esta diferencia de estilo, nos respondió que se trataba de una sesión que había conducido en su práctica privada, donde podía «limitarse a hacer terapia». En la clínica del Mental Research Institute, o en los talle-res, sentía la necesidad de mostrar el modelo breve. Aun-que las entrevistas deliberadamente despojadas de sutile-zas superfluas podían destacar mejor las técnicas del Mental Research Institute, me pareció que la entrevista grabada constituía una demostración mucho más acaba-da del modelo de esa institución. Ello me indujo a pensar en la posibilidad de integrar los aspectos técnicos y huma-nísticos en la TCS.

La segunda experiencia acaeció en 1996, en Heidel-berg, Alemania, en una conferencia sobre el tema «Cien-cia/ficción: fundamentalismo y arbitrariedad en ciencia y terapia», organizada por el Instituto de Investigación

Sis-témica de Heidelberg y la Asociación Internacional de Terapia Sistémica. Humberto Maturana habló en la se-sión plenaria. Señaló que lo que nos hace humanos es una emoción que él, románticamente, denomina «amor». Se trata de la conducta que nos lleva a aceptar a otro ser hu-mano «como un otro legítimo que coexiste con nosotros» y, por lo tanto, nos permite ver y oír a esa otra persona por lo que es. Siguió diciendo que este es «el terreno en que pue-den producirse la reflexión y el trabajo del terapeuta, el terreno en que se resuelven los problemas de las relacio-nes humanas». Para mí, esta afirmación cristalizó la idea de que, por el bien de nuestros clientes, deberíamos pen-sar en nosotros ante todo como seres humanos; en segun-do lugar como terapeutas, y sólo en último término como terapeutas que aplican un modelo determinado.

Un propósito primordial de este libro es proporcionar respuesta a las preguntas más frecuentemente formula-das por los terapeutas —de todos los niveles de experien-cia— centrados en la solución; por ejemplo: «¿Cómo sé que me estoy centrando en la solución?»; «¿Cómo puedo estar donde está el cliente y centrarme al mismo tiempo en los elementos positivos?»; «¿Ante qué reacciono y qué paso por alto?»; «¿Puedo aplicar la TCS a clientes que requieren un tratamiento prolongado?». El material está dispuesto con el fin de ofrecer a los clínicos un modo lógico de refle-xionar sobre los supuestos centrados en la solución y su papel como guías del proceso de toma de decisiones. Se proporcionan descripciones acerca de cómo guiar la re-lación terapeuta-cliente, aclarar el problema para defi-nir las metas que conducen a soluciones y formular el mensaje final, así como sugerencias específicas para ca-da situación. Estas interacciones entre el terapeuta y el cliente se examinan desde la perspectiva de cada uno de ellos, a fin de que los clínicos puedan llegar a conocer su propio proceso en relación con los clientes, así como sus efectos. El uso de las emociones se aborda en todo el li-bro y también es el tema específico de uno de sus capítu-los. Se analiza, asimismo, la aplicación de la TCS a las pa-rejas, las familias, los clientes involuntarios y las situacio-nes de crisis.

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Este es un libro predominantemente clínico. En conse-cuencia, contiene mucho material tomado de las notas de los casos, que es deliberadamente más abundante en los primeros capítulos y disminuye luego, dando por supuesto que los lectores tendrán entonces una mejor comprensión de los principios básicos.

Agradecimientos

Nunca hubiera escrito este libro de no mediar la estu-penda iniciación que tuve en el campo de la salud mental cuando trabajé en el Proyecto Primario de Salud Mental, en Rochester, Nueva York. Comenzaré por agradecer a to-dos los que participaron en él, en especial a Ellie Eksten, una supervisora verdaderamente consagrada a su labor. Mi experiencia positiva en el proyecto se prolongó, des-pués de graduarme, en la Universidad de Rochester, bajo la supervisión de Helen Kristal. ¡Gracias, Helen, por ha-cerme observar las reglas y fijar normas elevadas para mi trabajo! Por la misma razón agradezco a John Jendusa, mi instructor de prácticas de campo en la Universidad de Wisconsin en Milwaukee. Estos tres excelentes profesio-nales me enseñaron que los supervisores clínicos tienen una enorme responsabilidad hacia los practicantes a los cuales supervisan.

También estoy profundamente agradecida por la opor-tunidad que tuve de participar en el desarrollo de la teoría y la práctica de la TCS en el Brief Family Therapy Center. Fue una de las experiencias más transformadoras de mi vida.

Deseo expresar mi reconocimiento a Sharon Stoffel y Pat O"Hearn por haberse reunido conmigo para asesorar-me con tanta fidelidad a través de los años. Ambas son modelos de rol para el profesional concienzudo y su traba-jo me benefició enormemente. Durante la última década

tuve el privilegio de enseñar TCS al personal de institu-ciones comunitarias como Jewish Family Service, Mid-west Clinical Services y St. Aemilian/Lakeside. Esto me dio la oportunidad de trabajar con personas de diferentes orientaciones teóricas durante largos períodos. Agradezco

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el punto de vista de un principiante. Sus preguntas y co-mentarios me fueron útiles. También hago constar mi aprecio a Kate Kowalski por su amistad y apoyo y sus co-mentarios editoriales.

Por último, pero no por eso menos importante, quiero agradecer a mi esposo, nuestros hijos y sus parejas por su amoroso apoyo, y a nuestros nietos por los besos y las son-risas que me llenaron de energía en toda esta empresa. a todas ellas el haberme inducido a conectar mi

pensa-miento con el suyo de un modo que les fuera útil. Muchas de las ideas que expongo en este libro han sido inspiradas por sus preguntas y sus meditadas respuestas.

Agradezco igualmente a Michelle Wilson, Andrew/ Turnell y Steve Edwards, de la Centrecare Family Agency de Perth, Australia, por darme la posibilidad de aplicar el trabajo centrado en la solución en el otro extremo del globo. Reunirme con sus colegas y clientes, y sobre todo con miembros de la cultura aborigen, fue una verdadera experiencia de maduración.

La inspiración directa para este libro provino de nueve días de capacitación intensiva realizada en el Instituto de Terapia Matrimonial y, Familiar de Viena, Austria, en el verano de 1997. Los participantes interdisciplinarios eran profesionales comprometidos, versados en el pensamiento sistémico y constructivista. En su mayoría tenían ya una formación en la TCS. En nuestra primera reunión hici-mos una lista de preguntas que representaban las metas de la capacitación. Comprobamos entonces que esas pre-guntas abarcaban los problemas que la mayoría de los profesionales deben enfrentar. La idea de escribir un libro que les diera respuesta se me ocurrió en esa ocasión. De-seo agradecer a Joachim Hinsch, el director, la oportuni-dad que me brindó de conducir esa capacitación, como también a Corina Alhlers, Hedi Wagner, Andrea Brandl-Nebehay y todos los amabilísimos participantes.

Desde que comencé a escribir este libro, mi socia y amiga Marilyn Bonjean me apoyó todavía más que de cos-tumbre. Le agradezco su perfecta camaradería. Me faltan palabras para expresar mi aprecio a Marc Becker, Brett Brasher, Jim Derks, Marilyn LaCourt y Jane Volkman por su invalorable ayuda durante todo el proceso. Con su-ma generosidad, restaron tiempo a sus múltiples activida-des con el fin de proporcionar afectuosos, estimulantes y acertados comentarios editoriales, por no hablar de su apoyo emocional. También estoy agradecida a Mike Ni-chols por su cuidadosa revisión. Agradezco igualmente a Gillian Denavit, estudiante meritoria de la TCS pero aún no empapada de experiencia clínica, por hacerme conocer 26

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1. Una teoría de la terapia centrada en la

solución

Un terapeuta centrado en la solución se sintió estanca-do en un caso y pidió ayuda. Había realizaestanca-do cuatro se-siones con John, un abogado de 46 años, casado y padre de dos hijas adolescentes, pero después de un informe inicial de mejoría la solución no parecía clara. John había expli-cado que su razón para iniciar una terapia era que «ya no le quedaba cuerda para manejar la relación con su padre viudo». Su cuñado, médico de profesión, le había sugerido que visitara a su propio médico y le pidiera que le recetara algo, pero John pensaba que tomar medicamentos era como servirse de muletas.

En la primera sesión, John parecía muy agitado. Tenía el rostro enrojecido, se mordisqueaba constantemente una cutícula y hablaba tan rápido que cada tanto tenía que detenerse para recobrar el aliento. Relató que su madre había fallecido cinco meses antes, a los 75 años, de modo que su padre, de 78, se había quedado solo después de 51 años de matrimonio.

John era uno de los cuatro hijos de la pareja, y el único que vivía en la misma ciudad que sus padres. Desde la muerte de su madre, él y su familia se habían esforzado por brindar apoyo al padre. Al principio sus esfuerzos ha-bían sido apreciados, pero después de un tiempo su padre se volvió cada vez más hostil y difícil de satisfacer. Su es-posa instaba a John a no tomar el comportamiento pater-no como algo personal, pero John pater-no podía evitar esa sen-sación. La gota que colmó el vaso fue la negativa del padre a hablarle en una ocasión en que estaba de visita en casa de su hija; según John, su padre «no quería oír mi voz». Desde entonces no podía dormir ni concentrarse en su tra-bajo.

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John percibía que su relación con sus padres antes de la muerte de la madre había sido agradable. Junto con su familia, los visitaba al menos una vez por semana y pasa-ban con ellos todas las festividades importantes y los cum-pleaños. Aunque el padre hacía siempre más críticas que elogios, la calidez y el afectuoso apoyo de la madre eran más que suficientes para compensar ese comportamiento. Cuando el terapeuta trató de conseguir que John defi-niera su problema y sus metas en términos de conducta, este no pudo ir más allá de decir que quería aprender a aceptar los modales de su padre para poder ser un buen hijo. Reconoció que no podía cambiar a un anciano. Des-cribió la conducta del padre hacia él diciendo «me devora por dentro». Sabía que se sentiría mejor cuando «las pala-bras de su padre le entraran por un oído y le salieran por el otro». John fue incapaz de decir cómo cambiaría su pro-pia conducta cuando eso comenzara a ocurrir. El terapeu-ta le había formulado la pregunterapeu-ta de la excepción con refe-rencia a esa meta: «¿Deja alguna vez que las palabras de su padre le entren por un oído y le salgan por el otro?». John sólo pudo recordar un ejemplo, ocurrido poco des-pués de la muerte de su madre, cuando sintió mucha lásti-ma por su padre. El terapeuta trató de basarse en esa ex-cepción y le preguntó: «¿Cuál era la diferencia en esas oca-siones? ¿Qué tendría que hacer usted ahora para lograr que eso sucediera, aunque fuera un poquito?», pero John fue incapaz de responder.

El terapeuta recurrió entonces a otra técnica, la de la pregunta del milagro. «Si usted se acostara esta noche y mientras durmiera se produjese un milagro, de modo que al despertarse a la mañana su problema estuviera resuel-to, ¿qué cambiaría?». John contestó que pasaría por alto la conducta del padre. «¿Lo hace ya alguna vez?», le pregun-tó el terapeuta. No actualmente, dijo John. «¿Qué tendría que hacer para lograr que eso ocurriera? ¿Hay algo que otra persona podría hacer para que sucediera?». John testó que, según su sentir, en la actualidad no tenía con-trol para cambiar nada.

Al concluir la primera sesión, el terapeuta había elabo-rado un mensaje de intervención en el que felicitaba a

John por su deseo de aprender a aceptar la conducta del padre y querer ser un buen hijo. El mensaje expresaba empatia respecto de la difícil posición de John, que debía llorar la muerte de su madre y al mismo tiempo enfrentar el rechazo de su padre. La intensidad de la reacción de John se reformuló como un compromiso desusadamente fuerte con la familia. El terapeuta también había ideado una tarea para él con el propósito de ayudarlo a recobrar un sentimiento de control. La tarea sugería que John se permitiera interrumpir durante tres días el contacto con su padre, ya que este estaba al cuidado de su hermana. Si durante ese tiempo no lo incomodaba la idea de llamarlo por teléfono y deseaba hacerlo para sentirse bien y no pa-ra complacer al padre, podía llamarlo. Pero si sentía am-bivalencia respecto de la llamada, debía recordarse a sí mismo que no tenía necesidad de tomar esa decisión antes del cuarto día. Cumplido el plazo de tres días debía telefo-near, pero sólo hablaría con su hermana y le diría que le comunicara al padre que él llamaba para saber cómo es-taba.

Cuando John volvió a la semana siguiente, el terapeu-ta evaluó el cambio mediante la pregunterapeu-ta de escala: «En una escala del 1 al 10, donde el 10 signifique que usted tie-ne el mayor estrés posible y el 1 signifique que está total-mente relajado, ¿dónde diría usted que está hoy?» (De Shazer, 1991a, pág. 148). John informó que su nivel de es-trés había bajado de 10 a 7. Había decidido llamar a su pa-dre el segundo día y no se había sentido tan incómodo co-mo esperaba, a pesar de que el padre se co-mostró lacónico y poco amistoso. Desde entonces había hecho otra llamada y también la había tolerado mejor.

Durante la segunda sesión, el terapeuta y John traba-jaron para reforzar esa mayor comodidad y tolerancia se-ñaladas por John: «¿Qué debería pasar para que eso ocu-rriera más a menudo? ¿Qué podría hacer usted? ¿Qué po-drían hacer otras personas para ayudarlo?». El terapeuta buscó también recursos del pasado que pudieran ayudar a John en la situación presente, preguntándole: «¿Cómo se las arregló en el pasado para enfrentar con éxito relacio-nes personales estresantes?». Al finalizar la sesión, el

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te-rapeuta felicitó a John por haber obtenido algún control en relación con su padre y le dijo que siguiera actuando co-mo lo había hecho.

Durante la tercera sesión, John informó que el padre había vuelto a su casa. El había ido a buscarlo al aero-puerto, y de entrada el padre lo criticó por no haberle ex-plicado con claridad si debían encontrarse en la puerta o en la oficina de equipajes. Desde entonces habían mante-nido varias engorrosas conversaciones telefónicas; estas, según calculó John, habían elevado su nivel de estrés a 8 en una escala de 10. John repitió que quería hallar una so-lución sin tomar medicamentos.

En un esfuerzo por mantenerse alejado del problema y concentrarse en una solución, el terapeuta retornó a la excepción que se había producido entre la primera y la se-gunda sesión. ¿Cuál había sido la diferencia por entonces? John creía que quizá fuera el hecho de que el padre estaba en otra ciudad. Cuando su padre se quedaba con la hija, él se sentía menos responsable. Al final de la sesión se le asignó la tarea de imaginar que su padre se encontraba en otra ciudad cuando hablara con él por teléfono. Si lo veía en persona, debía imaginar que también su hermana o su hermano estaban en la habitación. John informó no haber experimentado una mejoría como resultado de esta tarea y se mostró desalentado por la falta de progresos.

¿Por qué no progresaba el caso? El terapeuta, sin lugar a dudas, estaba practicando la terapia centrada en la so-lución (en lo sucesivo TCS) tal como suele entendérsela. Hizo que el cliente describiera el problema y definiera una meta en términos de conducta. Una vez que John descri-bió el problema, el terapeuta utilizó la pregunta de la ex-cepción (De Shazer, 1985; Lipchik, 1988a) y la pregunta del milagro (De Shazer, 1988; Friedman, 1993; Lipchik, 1988a; Nau y Shilts, 2000). En cierto momento, cuando no obtenía respuestas útiles, le formuló la pregunta de la ca-pacidad para arreglárselas (Lipchik, 1988a): «¿Por qué las cosas no están peor? ¿Qué hizo usted para evitar que em-peoraran?». A menudo, esta pregunta saca a relucir pun-tos fuertes que los clientes pueden usar como respaldo,

pe-ro no dio resultado en esta ocasión. El terapeuta utilizó asimismo la pregunta de la escala (De Shazer, 1991a) pa-ra medir el cambio.

Al finalizar las sesiones, el terapeuta había ofrecido amables mensajes de intervención, propuesto tareas ba-sadas en elementos positivos y utilizado el modo de expe-rimentar el mundo del cliente; por ejemplo, su necesidad de controlar y su uso específico del lenguaje. ¿Por qué nin-guna de estas técnicas aportaba una solución al cliente?

La respuesta es simple: la TCS es más que las técnicas características por las que se la conoce. Es un complejo modelo terapéutico que ha sido aplicado a situaciones tan diversas como la adopción (Shaffer y Lindstrom, 1989), el envejecimiento (Bonjean, 1989, 1996: Dahl, Bathel y Ca-rreon, 2000), el alcoholismo (Berg y Miller, 1992; Brasher, Campbell y Moen, 1993), los servicios de protección a la infancia (Berg y Kelly, 2000; Turnell y Edwards, 1999), la violencia doméstica (Lipchik, 1991; Lipchik y Kubicki, 1996; Lipchik, Sirles y Kubicki, 1997; Tucker, Stith, Ho-well, McCollum y Rosen, 2000), los servicios basados en la familia (Berg, 1994), el trastorno de personalidad múlti-ple (Barker y Herlache, 1997), los clientes físicamente dis-minuidos (Ahlers, 1992), el tratamiento a domicilio (Boo-ker y Blymyer, 1994; Durrant, 1993), el abuso sexual (Dolan, 1991; Kowalski, 1987), los problemas escolares (Durrant, 1995; Kral, 1992; Metcalf, 1995; Molnar y Lind-quist, 1989; Murphy, 1996), la espiritualidad (Simon, 1996), los niños (Selekman, 1997), etc. Como ocurre con cualquier otro enfoque terapéutico, el dominio de la TCS exige tiempo y experiencia.

Tal vez la TCS haya sido mal interpretada porque se la imaginó como un modo minimalista de intervenir, un me-dio pragmático de resolver problemas (De Shazer, 1982, 1985,1988,1991a, 1994). Quizá por minimalismo se haya entendido que el terapeuta no tiene más que formular preguntas. Por supuesto, nunca fue esa la intención. El requisito para ingresar en el Brief Family Therapy Cen-ter era contar con una maestría en alguna disciplina rela-cionada con la salud mental y dos años de experiencia

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nuestro modelo estuviera capacitada para establecer y mantener una alianza terapéutica. Lamentablemente, nuestra literatura no hizo hincapié en este aspecto y se concentró, en cambio, en exponer las nuevas ideas. No ad-vertí este error hasta mucho después, cuando exhibí una videocinta en un seminario para mostrar el uso de las pre-guntas como intervenciones. Después de observar duran-te unos minutos, un conocido colega lanzó un suspiro de alivio y dijo: «Ah, ustedes contextualizan esas preguntas».

Aunque es posible que el minimalismo haya sido mal interpretado en la práctica, tenía, además de las pregun-tas, una base teórica y supuestos que brindaban linca-mientos. No obstante, bajo la influencia del posmodernis-mo, la teoría fue descartada por considerársela la antíte-sis de un tratamiento verdaderamente individualizado (Held, 1996, 2000). Esta nueva tendencia redujo la TCS a «mero lenguaje» (De Shazer, 1994; Miller y De Shazer, 1998), descripción que también se presta a malentendi-dos. La teoría posmodema suele considerar que el lengua-je en sentido amplio está

«situado en las interacciones conductales consensuales entre personas, y no en "la mente" de ellas. Más que un vehículo que transporta comunicación abstracta de un la-do a otro entre mentes individuales, es una coordinación de estados corporales de los miembros de un grupo social, que preserva la integridad estructural tanto de este últi-mo coúlti-mo de cada uno de sus integrantes» (Griffith y Grif-fith, 1994, pág. 312).

No se pretende que el lenguaje consista tan sólo en las pa-labras pronunciadas por las personas. Pero ni siquiera la descripción amplia del lenguaje logra servir de guía a los terapeutas cuando se trata de usarlo para ayudar a los clientes a hallar soluciones. ¡No es de sorprender que las preguntas centradas en la solución resulten tan atracti-vas! En efecto, ofrecen algo concretó con que trabajar. El problema es que el énfasis en la forma antes que en la sus-tancia no suele producir los resultados deseados (Cecchin, Lane y Ray, 1992).

El caso de John, precedentemente descripto, ilustra lo que acabo de decir. El terapeuta empleó las técnicas bási-cas en la primera sesión y obtuvo algunos resultados posi-tivos. Como estos cambios no se mantuvieron después de la segunda sesión, persistió en seguir lo que a su juicio era la dirección correcta centrada en la solución. Formuló, aunque en vano, las preguntas de la escala y la capacidad de arreglárselas.

A fin de ayudarlo a salir del estancamiento, en la con-sulta se le pidió que reflexionara sobre lo siguiente: «En lo que sucede entre John y yo, ¿cuál podría ser la causa de este callejón sin salida?». Su respuesta fue: «Le estoy ha-ciendo preguntas y asignando tareas que no producen ningún cambio. Tengo que hacer algo distinto». Pero es-taba perplejo respecto de qué podría hacer, dado que ha-bía usado todas las técnicas correctas.

La sugerencia siguiente fue que considerara este su-puesto: los terapeutas no pueden cambiar a los clientes,

sólo los clientes pueden cambiarse a sí mismos. ¿Cómo

podría ayudarlo esto? El terapeuta contestó que lo hacía pensar más en lo que le estaba pasando a John, sobre todo en relación con la muerte de su madre. Su mensaje al final de la primera sesión prueba que sabía que John atra-vesaba por un período de intenso duelo por su madre. Sin embargo, creía que no debía hablar sobre eso con el cliente porque, primero, desviaría la conversación del tema de los elementos positivos y el futuro; segundo, concernía a las emociones de John, y tercero, no había sido identificado como un problema o una meta. Cuando se alentó al tera-peuta a ocuparse del duelo, se comprobó que esta era la clave para una solución. John comenzó a llorar y mencio-nó lo mucho que echaba dé menos a su madre. Dijo que nunca se había dado cuenta de hasta qué punto la madre servía de contrapeso a la personalidad del padre, y que no tenía idea de cómo se las arreglaría sin ella en el futuro. Este desborde emocional indujo al terapeuta a dejar de la-do por el momento cualquier intervención y limitarse a brindar apoyo. Hacia el final de la sesión, John hizo una confesión. Dijo que se sentía más estresado por la culpa que por la ira con su padre, porque desde el principio

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ha-bía lamentado que no hubiera muerto este en lugar de su madre.

Obsérvese que cuando el terapeuta dejó de concebir la TCS como un modelo basado en fórmulas y comenzó a entenderla como un modelo impulsado por la emoción y la teoría, creció la confianza en la relación terapéutica y John pudo confesar sentimientos de los que se avergonza-ba. Al no ser juzgados sino comprendidos y normalizados, John mostró cierto alivio. El terapeuta quiso saber enton-ces cómo creía John que la culpa afectaba su tolerancia hacia la conducta del padre. John estableció la relación siguiente: cuanto más hostil se mostraba su padre, mayor era su sentimiento de culpa, y cuanto mayor era su senti-miento de culpa, menos podía tolerar esa hostilidad.

La comprensión así adquirida lo llevó a redefinir lo que deseaba de la terapia. Afirmó entonces que estaría satisfe-cho si lograba reducir la culpa provocada por los senti-mientos que lo avergonzaban, desde el nivel actual de 10 a 1 inferior a 5. Una vez que tuvo esto en claro, comenzó a descubrir conductas que lo ayudaban. Habló con su mujer sobre sus sentimientos y comprobó que tanto ella como sus hijos habían tenido ideas semejantes. También co-menzó a concurrir a la iglesia con más regularidad. Se confesó con su pastor y este le prodigó palabras de con-suelo en lugar de juzgarlo. Al disminuir su culpa aumentó su pena, y eso llevó a una aceptación gradual de la pérdi-da. Esto posibilitó cierta empatia por su padre y una nue-va relación con él centrada en el afectuoso recuerdo de su madre. Cuando, seis meses más tarde, finalizó el tra-tamiento, John informó que, para su sorpresa, había in-dicios de que su padre comenzaba a adoptar una actitud más amable. «Desde una posición de verdadero respeto, las técnicas en sí resultan superfluas, ya que la acción apropiada para esta situación se origina en el simple acto de prestar atención a lo necesario» (Simon, 1996, pág. 53). Toda buena terapia se desarrolla en el contexto de una relación de confianza. El modo específico adoptado por el terapeuta para guiar esa relación está determinado por su orientación teórica. Así, un terapeuta psicodinámico, basado en el supuesto de que los clientes deben

compren-der para cambiar, al conversar con ellos, hará elecciones distintas de las de un terapeuta conductal, para quien el comportamiento cambia como consecuencia de un nuevo aprendizaje o condicionamiento. Si los terapeutas centra-dos en la solución suponen que el cambio ocurre por medio del lenguaje, e interpretan que esto significa solamente formular ciertas preguntas, es probable que los resultados sean decepcionantes (Fraser, 1995).

De la técnica a la teoría

La sugerencia de que el camino a un uso más exitoso de un modelo minimalista pasa por su complejización en una teoría parecerá, sin duda, paradójica a algunos lectores. Muchos terapeutas, ansiosos por mejorar su destreza clínica, buscan nuevas ideas sobre «cómo» —y no «por qué»— hablar con los clientes. En los talleres, los partici-pantes desean ver videocintas o demostraciones en vivo de la manera de trabajar del presentador, y en muchos casos las explicaciones teóricas no tardan en provocarles impaciencia y aburrimiento. La teoría es una abstracción que parece a veces muy alejada de las conversaciones concretas que mantenemos con los clientes. Sin embargo, es la única solución para un problema que muchos tera-peutas, aunque se muestren reacios a reconocerlo, deben enfrentar: el de estar a menudo sentados en una sesión sin saber qué hacer a continuación.

La teoría resulta menos temible cuando advertimos que es parte de todo lo que hacemos bien en la vida. El ma-nejo seguro de un auto requiere algo de teoría que va más allá de obedecer las señales de tránsito. La práctica del tenis, el golf, la navegación a vela y otros deportes implica supuestos teóricos relacionados con nuestro cuerpo y con las propiedades físicas del aire que nos rodea. Cocinar bien es algo más que seguir una receta. Exige supuestos acerca de lo que pasará con ciertos alimentos cuando so los someta al calor o se los mezcle. Desde luego, la gente puede realizar todas estas actividades sin comprender la

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teoría subyacente, pero en tal caso es menos probable que sobresalgan en lo que hacen o que trasciendan la habili-dad técnica para convertirse en artistas. Como la terapia es una actividad profesional que implica una enorme res-ponsabilidad hacia otros seres humanos, merece que le dediquemos nuestros mejores esfuerzos.

Este libro propone una teoría y unos supuestos básicos para la TCS que refutan la frecuente acusación de que se trata de un enfoque mecánico y compuesto de fórmulas. Pone el acento no en las técnicas, sino en la relación tera-peuta-cliente, tan importante para obtener un resultado exitoso (Bachelor y Horvath, 1999; Beyebach, Morejon, Palenzuela y Rodríguez-Arias, 1996; Hubble, Duncan y Miller, 1999), y en el uso de las emociones. Una menor consideración a las técnicas ayuda a los terapeutas a evi-tar dos escollos muy comunes: el de desviar la atención de los clientes para cavilar sobre qué pregunta hacer, y el de formular las preguntas en momentos inoportunos.

U n a breve digresión histórica

La TCS fue concebida originalmente como terapia fa-miliar breve en Milwaukee, Wisconsin, a fines de la déca-da de 1970 (De Shazer, 1982). Como tal, puede considerár-sela una hermana menor del modelo de terapia breve desarrollado en el Mental Research Institute de Palo Alto, California (Fisch, Weakland y Segal, 1982; Ray, 2000; Watzlawick y Weakland, 1977; Watzlawick, Weakland y Fisch, 1974). El modelo del Mental Research Institute te-nía sus raíces en el trabajo sobre la paradoja y la comuni-cación humana liderado por Gregory Bateson (Bateson, Jackson, Haley y Weakland, 1956; Jackson, 1959) y en las ideas de Milton Erickson sobre la evitación de la resisten-cia en la hipnoterapia (Erickson, 1977; Erickson y Rossi, 1979). Pero mientras que las intervenciones del Mental Research Institute apuntaban a interrumpir las pautas interaccionales que los terapeutas identificaban como in-tentos imperfectos de solución, el enfoque ecosistémico del

Brief Family Therapy Center (De Shazer, 1982; Keeney, 1979) recurría más a la colaboración y se basaba en el su-puesto de que «la familia tiene la solución» (Norum, 2000). Se consideraba que los terapeutas y los clientes consti-tuían en conjunto un suprasistema terapéutico que gene-raba nuevas pautas interaccionales no problemáticas pa-ra el sistema familiar. Este modo de pensar está más cerca de la tradición de la ulterior era posmoderna, en la que el constructivismo y el construccionismo social1 se

convirtie-ron en influencias dominantes en el campo de la terapia familiar.

El paso de la terapia familiar breve centrada en los problemas a la TCS ocurrió en 1982 de un modo fortuito. Según lo que yo recuerdo del incidente, varios miembros del grupo estable se hallaban tras el espejo formulando un mensaje de intervención para una familia que había acu-dido con su rebelde hija adolescente y que, al final de la segunda o tercera sesión, no informaba de progreso algu-no. A los padres sólo les interesaba mencionar lo que su hi-ja seguía haciendo mal y eludían cualquier pregunta

sobre excepciones. La hija se mostraba huraña. Ese día, una de las personas tras el espejo —y hay opiniones diver-gentes sobre su identificación precisa— dijo: «¿Por qué no les pedimos que la próxima vez traigan una lista de lo que

no quieren que cambie?». Todos estuvimos de acuerdo, y

recibimos una sorpresa agradable cuando los padres y la hija volvieron con listas bastante extensas de lo que apre-ciaban en los demás. Pero lo que más nos asombró fueron los cambios positivos informados por los tres miembros de la familia. Todos coincidían en que había disminuido la

1 El «constructivismo» puede definirse como «una perspectiva

relati-vista que enfatiza la construcción subjetiva de la realidad. Implica que lo que vemos en las familias puede estar basado tanto en nuestras pre-condiciones como en lo que realmente sucede» (Nichols y Schwartz, 1995, pág. 590). Sus representantes son teóricos como Paul Watzlawick (1984), Humberto Maturana (1980), Heinz von Foerster (1981) y Ernst von Glasserfeld (1984). Todas las personas construyen a través del len-guaje su propia imagen de la realidad (Anderson, 1997). El «construc-cionismo social» (Gergen, 1982,1991, 1994), con el que se lo suele con-fundir, va un paso más allá y afirma que los constructos individuales es-tán enteramente configurados por las conversaciones con los otros.

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nósticas tampoco armonizaban con el pensamiento de Sullivan. Los problemas y las soluciones no eran ni más ni menos que el grado de incomodidad («angustia») o como-didad («seguridad») emocional de un individuo en las rela-ciones interpersonales. Como lo harían mucho después Maturana y Varela (1987), Sullivan (1953d) consideraba esas relaciones humanas desde un punto de vista bioló-gico, como una interdependencia de los organismos vi-vientes y su medio ambiente.

En 1984, el Brief Family Therapy Center puso en marcha un proyecto sobre inteligencia artificial —el «BRIEFER»— cuyo objetivo era desarrollar un «sistema experto»: un programa de computación que ayudara a formular una tarea en la primera sesión (Goodman, 1986; Goodman, Gingerich y De Shazer, 1989). Con este propó-sito realizamos un análisis paso por paso de nuestras deci-siones en relación con los clientes, tanto en calidad de en-trevistadores como de miembros del equipo que observaba tras el espejo. Este ejercicio puso de relieve la importancia del lenguaje no verbal y las emociones como contexto de las preguntas y respuestas y como conexión entre ellas. Pero también favoreció el desarrollo de una teoría de la solución (De Shazer, 1988) que era esencialmente un árbol de decisiones para el proceso terapéutico centrado en la solución. En retrospectiva, esta despersonalización adicional de la TCS me alentó a oponerme a esa tendencia (Lipchik, 1993, 1994, 1997, 1999; Lipchik y Kubicki, 1996). Mi búsqueda de una manera teóricamente sólida de hacerlo prosiguió después de que me alejé del Brief Fa-mily Therapy Center en 1988 y, junto con Marilyn Bon-jean, fundé ICF Consultants, Inc. en Milwaukee.

La teoría de la cognición desarrollada por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela (1980, 1987; Várela, 1989), que sirvió de estímulo al campo de la terapia familiar a comienzos de la década de 1980 (Dell, 1982, 1985; Erran y Lukens, 1985; Efran, Lukens y Lu-kens, 1990; Ludewig, 1992; Parry, 1984; Simon, 1985), proporcionó finalmente la base para un marco apropiado. El propio Maturana describió su teoría como una «meta-teoría» que proporciona un medio para unificar las diver-tensión en el hogar. Los padres creían que la actitud de su

hija había mejorado, y la hija sostenía que sus padres ya no la criticaban tanto. Como la asignación de esta tarea al final de la primera sesión produjo resultados semejantes en el caso de otros clientes, se diseñó una investigación (De Shazer, 1985, pág. 147). Los resultados indicaron que los cambios concretos comunicados por los clientes en la segunda sesión tenían, en general, poco que ver con su descripción del problema o sus quejas durante la primera sesión. Además, a menudo era posible ampliar esos cam-bios para convertirlos en soluciones. Este descubrimiento nos indujo a centrar la atención en la entrevista como lu-gar de intervención (Lipchik, 1988a, 19886; Lipchik y De Shazer, 1986; Penn, 1982,1985; Tomm, 1987a, 19876). El mensaje y la tarea al final de la sesión reforzaban enton-ces el proenton-ceso generado durante la entrevista. Gradual-mente, estas preguntas centradas en la solución y orien-tadas al futuro eclipsaron todos los demás aspectos que eran esenciales para conducir una buena terapia, sobre todo el énfasis en la cooperación con el modo de cooperar de los clientes, definido de esta manera: «cada familia (o individuo o pareja) muestra un modo singular de tratar de cooperar, y la tarea del terapeuta consiste, primero, en describirse ese modo particular exhibido por la familia y, luego, en cooperar con él» (De Shazer, 1982, págs. 9-10).

En un esfuerzo por conservar con sólidos fundamentos teóricos este contexto relacional-interaccional para las técnicas (Lipchik, 1993), releí la teoría interpersonal del psiquiatra Harry Stack Sullivan (Chapman, 1973; Sulli-van, 1953c, 19530d). El pensamiento de Sullivan encaja en el marco constructivista (Cushman, 1995) porque niega la realidad objetiva en la terapia, con excepción de lo que puede ser «directamente observado (en el presente) en el contexto de las relaciones interpersonales [la relación te-rapéutica]» (Chapman, 1973, pág. 70). En consecuencia, Sullivan definía el rol del terapeuta como el de un «obser-vador participante» (1953d, pág. 18) cuya tarea era em-barcarse con los pacientes en un proceso dirigido a obte-ner conductas interpersonales más funcionales, en lugar de sentarse en silencio e interpretar. Las etiquetas

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diag-da que genera su propia información (Efran et al., 1990, pág. 67), pero el lenguaje es un acto de adaptación mutua o de consenso sobre el significado entre el individuo y los grupos sociales.

Si voy a un restaurante y pido un sandwich de pan tos-tado, tengo ya en mi sistema, gracias a interacciones lin-güísticas previas, cierta información sobre lo que significa pan tostado. Tal vez haya aprendido de mi madre, de ni-ña, el significado de «pan» y «tostado». Si en esta situación el camarero no sabe qué quiere decir pan tostado, tendre-mos que actuar para coordinar el significado. Otra mane-ra de expresarlo es que tendremos que adaptarnos mu-tuamente de tal modo que nuestra relación pueda sobre-vivir: que el camarero satisfaga mi pedido, cumpliendo así con la tarea a su cargo y evitando que lo despidan. La coordinación del significado de pan tostado depende de que ambos hablemos el mismo idioma. De no ser así, ¿po-dríamos entendernos de algún otro modo, quizá por me-dio de gestos o indicaciones no verbales? Si ambos habla-mos el mismo idioma pero el camarero no está familiari-zado con el pan tostado, ¿seré capaz de explicarle de qué se trata, y será él capaz de entender mi explicación, de modo tal que podamos mantener una relación mutua-mente provechosa?

Hay dos aspectos de la obra de Maturana y Varela que me parecieron particularmente atractivos en mi carácter de terapeuta centrada en la solución. Uno es la idea de que la supervivencia y la adaptación constituyen un pro-ceso interdependiente entre sistemas vivientes, basado en la conservación de lo que cada uno de ellos necesita pa-ra sobrevivir; en otpa-ras palabpa-ras, es esencial tomar como base lo que funciona. El otro aspecto es la idea de que no podemos conocer ni actuar sin la dinámica biológica que llamamos emociones. En particular, la emoción que Ma-turana y Varela (1987) llaman «amor», o la aceptación de otra persona junto a nosotros en nuestro diario vivir, es la base biológica de la vida social que hace posible la conti-nuidad de las relaciones y de la vida misma. Esta idea, ba-sada en los puntos fuertes, es llamativamente similar al concepto de «validación consensual» de Harry Stack Sulli-sas escuelas teóricas de terapia familiar (Simon, 1985,

pág. 4).

Mientras estudiaba la retina de los sapos en la década de 1950, Humberto Maturana descubrió que la ima-gen que el cerebro de un sapo recibe cuando ve una mosca es el resultado de la estructura de sus ojos, y no una repre-sentación objetiva de la mosca como se la ve en el mun-do externo. Este descubrimiento tuvo una considerable influencia en la comprensión de la percepción, y con el tiempo llevó a una teoría de la cognición (1980, 1987) se-gún la cual nuestra realidad, o lo que conocemos, depende de nuestra identidad desde el punto de vista de la estruc-tura, así como de nuestras interacciones con otros.

La teoría de Maturana y Varela afirma que los siste-mas vivientes son «autopoiéticos», y como tales se organi-zan para sobrevivir y crearse. Esta supervivencia y re-creación dependen del acoplamiento de estructuras, un estado de interdependencia con el medio ambiente u otros sistemas vivientes. La supervivencia mutua sufre el reto constante de perturbaciones internas, así como de pertur-baciones externas recíprocas, y depende de la adaptación de unos a otros. Las perturbaciones no" pueden modificar otro sistema viviente; sólo pueden suscitar la posibilidad del cambio. Este depende de la organización específica del sistema (determinismo estructural). De este modo, si dos o más sistemas interdependientes no pueden satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia en la interac-ción recíproca, su relainterac-ción terminará. Por ejemplo, si el co-razón falla, destruirá los sistemas respiratorio, vascular y renal, y la persona morirá.

De acuerdo con esta teoría, el desarrollo del lenguaje se produjo en una etapa tardía de la evolución de los siste-mas vivientes y distingue a los seres humanos de otros mecanismos vivientes. El lenguaje se considera parte de la estructura individual de una persona, pero también una acción mutuamente dependiente, «un fenómeno que se produce en la recursión de interacciones lingüísticas: coordinaciones lingüísticas de coordinaciones lingüísticas de acción» (Maturana y Varela, 1987, pág. 211). En otras palabras, cada ser humano tiene una red neuronal

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cerra-tán determinados por su estructura. Cuando los terapeu-tas centrados en la solución tienen esto en mente, resisten mejor la tentación natural de creerse conocedores de la solución para el problema de un cliente dado porque se trata de una solución que funcionó en un caso similar o les ha sido útil en su vida personal. Así como cada cliente es único, también lo es cada relación. Los problemas surgi-dos en la relación de una pareja después del nacimiento de su primer hijo podrían resolverse si la esposa permite que su marido tenga una mayor participación en el cuida-do del niño, mientras que otra solución podría consistir en que ambos cónyuges se tomaran una noche libre por se-mana.

La TCS es un modelo constructivista. La apelación al uso de la misma intervención constituye un modo de pen-samiento lineal que implica causalidad y se centra en el contenido más que en el proceso. La probabilidad de ha-llar la solución más rápida y más apropiada para los clien-tes será mayor si el terapeuta los trata como seres únicos y no pierde la «curiosidad» (Cecchin, 1987).

Naturalmente, no queremos decir con esto que la expe-rienda profesional o personal no tenga cabida en la tera-pia. Sin embargo, sólo deberíamos recurrir a ella después de haber empleado todos los medios a nuestro alcance pa-ra ayudar al cliente a acceder a su propia información, y aun así de manera cautelosa, diciendo, por ejemplo: «A al-gunas personas les ha resultado útil...» o «Si estuviera dispuesto a considerar... ¿cree que podría ser útil?».

2. Los clientes poseen puntos fuertes y recursos

intrínse-cos para ayudarse a sí mismos. Este es el supuesto

esen-cial de la filosofía centrada en la solución, y tal vez uno de los más difíciles de recordar para los terapeutas. Como profesionales de la salud, consideramos que es nuestra responsabilidad aliviar el sufrimiento de los clientes tan rápido como sea posible. Terminamos por asemejarnos a esos padres protectores que guían en exceso a sus hijos pa-ra evitar que sufpa-ran algún daño en lugar de ayudarlos a utilizar sus propios recursos para cuidar de sí mismos. Esa manera de criar a los hijos no contribuye a que tomen van, según el cual las personas «prestan atención a sus

respectivos estados emocionales e intercambian informa-ción codificada acerca de lo que es apropiado e inapro-piado, ansiógeno o tranquilizador» (Cushman, 1995, pág. 178).

Una teoría centrada en la solución

Lo que expondré a continuación es una teoría nacida de mi experiencia personal respecto de lo que da resultado en la TCS. La considero una teoría constructivista que conserva algunos conceptos interaccionales-estratégicos y los integra a una perspectiva biológica que incluye las emociones.

Los seres humanos son únicos en lo concerniente a su herencia genética y su desarrollo social. Su capacidad de cambiar está determinada por estos factores y por sus interacciones con los demás. Los problemas son si-tuaciones de la vida actual experimentados como insa-tisfacción emocional con uno mismo y en relación con los otros. El cambio se produce por medio del lenguaje cuando el reconocimiento de las excepciones y de los puntos fuertes existentes y potenciales da origen a nue-vas acciones.

Los supuestos derivados de este enunciado dan forma a la actitud del terapeuta hacia los clientes y guían la rela-ción entre uno y otros. Obsérvese que, aunque se ocupan de asuntos distintos, estos supuestos a menudo se super-ponen o confluyen, por lo que se refuerzan mutuamente.

Supuestos centrados en la solución

1. Cada cliente es único. Esta proposición se relaciona con la teoría de que los sistemas vivientes (los clientes)

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poco de angustia es ventajoso en muchas situaciones. Como terapeutas, también nosotros solemos pensar las cosas en términos excluyentes entre sí. De este modo, cuando los clientes nos plantean situaciones que implican al mismo tiempo pérdidas personales, mala salud, dificul-tades económicas y problemas legales, como a veces suce-de, este supuesto nos lleva a pensar: «Sí, pero ¿qué les ha permitido seguir adelante y cómo podemos preservarlo y tomarlo como base?». Este pensamiento nos orienta hacia las preguntas sobre la capacidad para arreglárselas, que en situaciones extremas son mucho más empáticas y sen-sibles que preguntar «¿Qué anda bien todavía en su vi-da?», cuando todo parece estar mal.

4. La resistencia no existe. «Resistentes» es el término con que los terapeutas designan a los clientes que no acep-tan su punto de vista sobre la manera de cambiar. La me-ra idea de que los teme-rapeutas apliquen etiquetas a la con-ducta de los clientes no es compatible con la TCS ni con el pensamiento posmoderno en general. Un cliente no puede ser resistente; esa calificación significa simplemente que el terapeuta no comprende cómo debe proceder para pro-vocar un cambio (perturbar) de modo tal que permita al cliente reaccionar de una manera adaptativa. Por lo tan-to, el terapeuta debe seguir observándolo para entender mejor qué puede funcionar en su caso.

Maturana utiliza la expresión «interacción ortogonal» para describir el proceso terapéutico. Con ello alude a un tipo de relación que lleva a la persona a generar una res-puesta nueva o infrecuente. La perturbación producida por la interacción provoca el surgimiento de nuevas pau-tas (Efran y Blumberg, 1994).

Pero aunque el concepto de resistencia no es apropiado para este tipo de terapia, el término «resistencia» describe bien lo que los terapeutas centrados en la solución sienten a menudo en su interacción con los clientes. ¿Qué terapeu-ta no ha pasado por la experiencia de sentir envararse su cuerpo cuando un cliente contesta «sí, pero...» a todo lo que se le dice? Nos damos cuenta de que en lugar de per-manecer sentados en nuestra posición relajada habitual, conciencia de su fuerza ni les infunde confianza en sí

mismos.

La respuesta de Maturana a la pregunta: «¿Cuál es el propósito de la terapia?» ofrece una perspectiva útil para apoyar este supuesto. En relación con el acoplamiento de estructuras, Maturana sostiene que la terapia debería ge-nerar una dinámica de interacción en la qué las personas recuperaran algo (autorrespeto, amor, legitimidad), tanto en sí mismas como en los demás (1996). Visto desde la po-sición de los terapeutas, esto sugiere que busquemos y en-faticemos nuestros recursos de aceptación, empatia y res-peto por los clientes»

Desde un punto de vista más práctico, este supuesto nos recuerda que el simple hecho de estar vivos y haber acudido a nuestro consultorio es una muestra de los pun-tos fuertes de los clientes. Han sobrevivido física y emocio-nalmente hasta ahora, y debemos unirnos a ellos en la empresa de continuar con su vida en la medida de su ca-pacidad. Con frecuencia, sin embargo, la historia de esa supervivencia puede estar tan llena de dificultades y su-frimientos que tal vez nos deje anonadados y sin esperan-zas. En esas ocasiones, pensamientos como «Es algo ho-rrendo», «No hay nada que yo pueda hacer» o «No sabría por dónde empezar» pueden contrarrestarse con el su-puesto de que los clientes tienen la fortaleza y los recursos para ayudarse a sí mismos. Esta idea lleva automática-mente a una reacción como la siguiente: «Usted tiene que hacer frente a muchas cosas en este momento. ¿Cómo ha podido arreglárselas hasta ahora?». Esta respuesta se centra de inmediato en los recursos y al mismo tiempo be-neficia la relación terapeuta-cliente con su mensaje de comprensión y consideración positiva.

3. Nada es totalmente negativo. Este supuesto encuen-tra respaldo en la idea de Maturana y Varela de que no puede haber cambio sin conservación. Por lo general nuestros clientes perciben su situación como totalmente negativa y no tienen conciencia de las excepciones ni de sus propios recursos. Dicen cosas como «Tengo que librar-me de mi angustia», sin darse cuenta de que sentir un

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nos inclinamos hacia el cliente con el cuerpo rígido. Es po-sible que elevemos la voz y se nos cierre la garganta. Sen-timos que estamos haciendo un gran esfuerzo. El recurso a este supuesto en un momento semejante nos ayudará a reclinarnos en el asiento, respirar hondo, volvernos hacia el cliente y preguntarle: «En su opinión, ¿qué sería lo más adecuado para usted en este momento afín de que las cosas pudieran mejorar?». Esto es útil tanto para nosotros como para el cliente, por su efecto positivo sobre el clima emocional.

5. Usted no puede cambiar a los clientes; sólo ellos

pueden cambiarse a sí mismos. Muy de vez en cuando los

terapeutas centrados en la solución experimentan la sen-sación de estar librando una lucha por el poder con un cliente o de esforzarse demasiado por hacerle entender una idea. La creencia de que los sistemas vivientes están «cerrados a la información» y no pueden modificarse des-de afuera respalda este supuesto, que previene o corrige esos deslices.

Un ejemplo que me viene a la mente es el de una situa-ción en la que una madre, cuyo hijo había sido colocado en tratamiento a domicilio por haber abusado sexualmente de una hermana menor, recibió la orden de trabajar con un terapeuta familiar con miras a la reunificación. El mu-chacho había hecho grandes progresos, y el organismo que cubría las prestaciones estaba ansioso por dar por ter-minado el costoso tratamiento a domicilio. Sin embargo, pese a haber empleado técnicas centradas en la solución, el terapeuta no podía conseguir que la madre mantuviera sus intenciones declaradas de realizar en su hogar y en sí misma los cambios necesarios a fin de que la casa fuera considerada segura para la hermana menor. Los colegas a quienes consultó lo instaron a dejar de «centrarse en la solución» y a intensificar el temor de la madre a perder a su hijo para conseguir que cambiara, Pero el terapeuta de-cidió consultar algunas obras centradas en la solución pu-blicadas a fines de la década de 1980 y encontró este su-puesto. Como consecuencia, decidió cambiar él mismo pa-ra marcar una diferencia. Decidió asumir la

responsabili-dad disculpándose ante la madre por no haberla ayuresponsabili-dado a satisfacer las expectativas que otras personas tenían a su respecto, y le pidió que lo ayudara a entender mejor cómo podría obtener ese resultado. La madre reaccionó con mucha emotividad y expresó cierta ambivalencia respecto de la reunificación. Confesó que se sentía culpa-ble de no querer esforzarse por realizar cambios cuya eficacia juzgaba poco probable. Esta confesión brindó al terapeuta la oportunidad de ayudarla a manejar su senti-miento de culpa y a considerar otras opciones para el futu-ro que parecían más pfutu-rometedoras. El muchacho fue colo-cado en un hogar sustituto y la familia continuó trabajan-do con miras a la reunificación. Un entorno que indicaba apoyo en lugar de censura provocó poco a poco cambios fa-vorables a la reunificación.

Cuando los clientes parecen haber llegado a un punto muerto, a menudo es útil comunicarles que compren-demos sus sentimientos. M a t u r a n a (1988, pág. 17), conforme a su idea de que las preferencias (las emociones) determinan las acciones, nos advierte que no debemos tratar de cambiar a los clientes mediante la lógica si no existe un acuerdo mutuo respecto de las emociones sub-yacentes.

6. La TCS avanza a paso lento. La TCS es un modelo breve, similar al desarrollado en la Brief Therapy Clinic del Mental Research Institute. En su denominación he suprimido deliberadamente la palabra «breve» para evitar conjeturas erróneas. El supuesto precedente se elaboró originalmente para contrarrestar la creencia de que «breve» implica «rápida». Por lo común, los modelos de terapia breve pueden proporcionar tratamientos efica-ces y de efectos duraderos en lapsos más cortos que otros modelos de terapia. Sin embargo, la brevedad será el re-sultado de haber realizado la intervención más apropiada para un cliente determinado, y no de la aplicación apresu-rada de la técnica. El uso prematuro de la técnica puede prolongar él tratamiento, porque es posible que se concen-tre en quejas que no tienen relación con lo que el cliente desea realmente de la terapia.

Referencias

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