Terminadas las presentaciones, una manera natural de iniciar la conversación consiste en dirigirse a los miem- bros de la familia en orden jerárquico a partir de los pa- dres, para finalizar con el hijo menor. Para evitar cual- quier inclinación de género, miro a ambos padres a la vez y pregunto: «Y bien, ¿quién quiere decirme algo acerca de ustedes y de su familia?». Esta pregunta probablemente los inducirá a explicar sus motivos de queja. Es preciso asegurarse de obtener el relato de ambos, independien- temente de quién haya sido el primero en hablar.
El paso siguiente consiste en mirar otra vez a ambos padres y preguntarles qué esperan como resultado de las sesiones. Esta pregunta nos lleva a sus ideas sobre las me- tas. También en este caso es útil pasar de un padre a otro y comparar lo que dicen. Yo espero que ellos terminen, an- tes de preguntar a los hijos qué opinan del problema y de las metas. En la mayoría de los casos, padres e hijos con- cuerdan en que existe un conflicto, pero discrepan respec- to de las causas. En general, los preadolescentes tienden a
reconocer que deben modificar su comportamiento. Los adolescentes, en cambio, fingen apocamiento o se quejan de las injusticias que sufren en su vida. Estos ecos de los problemas evolutivos no deben llevarnos a ignorar a los adolescentes ni a olvidar que cada cliente es único. Los jóvenes pueden aportar mucha información valiosa en las
sesiones si se sienten seguros y comprendidos.
Una regla fundamental cuando se trabaja con familias es no dedicar demasiado tiempo a considerar las diferen- cias sin dirigir la conversación hacia lo que los miembros de la familia comparten, aunque se trate de algo negativo. Los adolescentes y sus padres, en especial, sienten que los separa un profundo abismo en toda clase de asuntos. A menudo sostienen que su relación se asemeja a la de des- conocidos que no tienen nada en común o a la de enemi- gos que libran una guerra. En verdad, la tarea de permi- tir que un hijo se independice sin dejar de ofrecerle protec- ción no tiene nada de fácil. Por otra parte, también es difí- cil imaginar qué queremos ser, al margen de los deseos de nuestros padres pero sin perder su aprobación y apoyo. El descubrimiento de que los miembros de la familia de to- das las edades comparten la angustia, el miedo y las desi- lusiones, como también la lealtad, el amor y la preocupa- ción, puede constituir una buena base para hallar solucio- nes. El paso de una perspectiva excluyente, «o bien... o bien», a una visión incluyente, «tanto... como», facilita el surgimiento de alternativas.
EJEMPLO DE CASO: LA FAMILIA T
El extracto de un caso que se presenta a continuación ilustra la evaluación y la estructura de una primera se- sión con una familia.
El señor y la señora T vinieron con sus dos hijos: Ron, de 14 años, y Bob, de 12. Los derivó un asesor escolar a causa de la conducta desafiante de Ron y sus recientes inasistencias injustificadas. La señora T insistió en que toda la familia estuviera presente en la sesión.
Terapeuta (dirigiéndose a los padres, después de las pre- sentaciones de rigor y de algunos comentarios circunstan- ciales): Y bien, ¿quieren decirme algo más acerca del
motivo que los trajo aquí? Tengo entendido que la escuela les sugirió que vinieran.
Señora T:. Ron nos tiene muy apenados últimamente. No
sé qué le ocurre. Era un chico tan bueno. Sin problemas en la escuela... un alumno de ocho para arriba... buenos amigos... y ahora sus notas son horribles... se insolentó con algunos profesores y se escapó de varias clases {lagri-
meando). Estoy muy preocupada.
Terapeuta: Puedo entenderlo... (Al señor T.) ¿Y qué pien-
sa usted de todo eso?
Señor T. Bueno, a mí tampoco me agrada. Pero no estoy
tan inquieto como Lily. Quiero decir. .. por un lado, esa conducta es inaceptable, pero supongo que los varones se desmandan a veces. Recuerdo que a esa edad yo era....
Señora T: Ah, ¿y qué habría hecho tu padre si hubieras ro-
to los buzones de los vecinos?
Señor T: Bueno, ya conoces a mi padre. Enseguida se saca-
ba el cinturón, pero las cosas han cambiado.
Señora T(al terapeuta): Supimos por los padres de uno de
los amigos de Ron que algunos de los chicos han abierto buzones y robado cosas. {Se desvía del problema en la es-
cuela.)
Terapeuta: ¿Qué clase de cosas?
Señora T. Revistas... material que no deberían ver... Tu-
vieron esa idea... sabe, nosotros controlamos lo que ha- cen en Internet... entonces encargan pornografía dando la dirección de algunos de nuestros vecinos que trabajan todo el día y después la sacan de los buzones antes de que ellos vuelvan a su casa. A veces se quedan con otras cosas que encuentran allí...
Terapeuta: ¿Por ejemplo?
Señor T: Le dije a Ron que es un delito federal... Por
suerte no roban cheques... Han sacado otros catálogos y algunas publicidades de concursos para ganar dinero.
Terapeuta: [No quiere escuchar a una de las partes du-
rante demasiado tiempo e interroga al hijo para conocer
su versión del problema.! {A Ron.) Y bien, Ron, ¿qué dices tú de todo eso?
Ron (se encoge de hombros): Sí. Es a s í . . . pero no hicimos
ningún daño. Nonos llevamos n a d a . . . al menos nada va- lioso.
Terapeuta: También me pregunto qué piensas sobre lo que
dicen tus padres acerca de todo este asunto, sobre los buzones, los cambios en la escuela... tus notas. [Busca el modo más abierto de averiguar en qué consiste el proble- ma según Ron.]
Ron: Es que ya no es interesante. Es aburrido.
Terapeuta: [Trata de comprender y aceptar.] Hum.. . s í . . .
a tu edad, las cosas comienzan a verse de una manera muy diferente. Los intereses cambian. ¿Te preocupa lo que tus padres han dicho hoy aquí?
Ron: Claro, pero no va a pasar nada. Apruebo todas las
materias. . . quiero ir a la universidad. . . y ya paramos con lo del correo'.
Terapeuta (manteniendo una actitud positiva): Bien, me
alegro de que pienses en el futuro. A veces, los jóvenes de tu edad son demasiado inmaduros para tener en cuenta las consecuencias de sus actos en el futuro. (Al señor y la
señora T.) ¿Sabían que Ron piensa en su futuro? Señora T. No parece que lo hiciera.
Señor T. Supongo que no.
Terapeuta: Apostaría a que les produce alivio oírlo decir
que quiere ir a la universidad.
Señor T. Es muy inteligente. Queremos que tenga todas
las oportunidades posibles. Queremos que se sienta bien consigo mismo.
Señora T: Queremos hacer todo para ayudarlo, pero tiene
una actitud... Nos sentimos desalentados.
Terapeuta: Ron, ¿sabías que tus padres así se sienten? Ron: N o . . . siempre están furiosos.
Terapeuta: En tu opinión, ¿qué significa esa furia?
El señor y la señora T se enteraron de que para Ron su enojo significaba que lo consideraban incorregible, y él ya no podía modificar esa opinión. Ron descubrió que a juicio
de sus padres él había renunciado a cambiar, y ellos care- cían de recursos para modificar esa situación. El terapeu- ta comenzó entonces a hablar con Bob.
Terapeuta: ¿Qué piensas acerca de todo esto, Bob? Bob: No sé. Creo que es una estupidez. Hay demasiado
griterío en casa.
Terapeuta: [Usa una pregunta circular para verificar
cómo reaccionan los padres ante la conducta de Ron] ¿Qué pasa en tu familia cuando tus padres se enojan por tu conducta o por la conducta de Ron?
Bob: Nos prohiben salir o nos sacan el teléfono. A Ron lo
dejan castigado muchas veces... y mamá y papá gritan.
Terapeuta (al señor y la señora T): ¿La prohibición de salir
da resultado?
Señora 7} No, para nada.
Señor T, Siempre le digo a Lily que es demasiado. Dejarlo
castigado todo un mes es demasiado. [El terapeuta no da por el momento una respuesta a este desacuerdo entre los padres para no desviarse del tema.]
Señora T, Bueno, sacarle el teléfono no sirvió.
Ron: Si tan sólo me dejaran de molestar, yo estaría per-
fectamente.
Terapeuta: [Coopera con los padres para reafirmar la je-
rarquía natural, pero al mismo tiempo trata de seguir co- nectado con Ron.] Sé que crees eso, Ron, pero ellos no se- rían padres responsables si no se preocuparan por lo que pasa con tu vida. También son legalmente responsables si cometes un delito. Pero pareces confiar en que las cosas marcharán bien en la escuela aunque te aburras, y ya no volverás a meterte en los buzones. ¿Se te ocurre alguna idea para convencer de eso a tus padres?
Ron: Tendrán que esperar y ver. Voy a trabajar más en la
escuela... ya lo estoy haciendo.
Señora T: ¡Ojalá pudiéramos creerlo!
Ron: No me dan ninguna oportunidad. Me tratan como a
un nene. Llaman a la escuela y a la casa de mis amigos.
Señor T: Lily se angustia mucho... vive preocupada. Ni
ella ni sus hermanas hacían nada malo en su casa cuando eran niñas.
Terapeuta: ¿Usted confía en que Ron no volverá a meterse
en líos?
Señor T: Bueno, la verdad es que no. Ya dijo otras veces
que lo intentaría. Las cosas han ido demasiado lejos. (El
padre parece estar motivado.)
Terapeuta: Entonces, ¿se le ocurre alguna idea para que
Ron demuestre que habla en serio?
Señor T: Bueno, en realidad, no hasta que recibamos la
libreta de calificaciones o dejen de denunciar que merodea los buzones. Creo que debería dejar de vagar con los chicos con quienes hacía esas cosas.
Ron (con enojo): No deberías acusarlos. . . no tienen la
culpa.
Terapeuta: Ron, ¿qué te llevará a cumplir tu palabra? Ron: Deberían dejarme en paz. .. no controlarme. ..
Terapeuta: ¿En la escuela? ¿En el barrio?
Ron: Ella debería dejar de preguntarme qué pasó en la
escuela... cuánta tarea tengo para hacer en casa... si ya la hice... adónde voy.
Terapeuta: ¿Qué piensan de eso, mamá y papá? [Se dirige
a ambos padres, aunque Ron sugirió que la madre dejara de presionarlo.]
Señora T: ¿Y si yo hiciera eso y todo empeorara? Además,
creo que deberíamos saber adónde va cuando sale.
Terapeuta (dando la razón a los padres): Sí, él debería
decirles.
Señor T. Estoy dispuesto a permitirle que nos demuestre
que puede hacerlo.
Señora T: ¿Sin decirnos adónde va?
Señor T. No, me refería a su trabajo en la escuela. Tene-
mos que saber dónde está.
Ron: Los otros chicos no tienen que dar un parte. Me sien-
to como un nene.
Terapeuta (cooperando tanto con el señor y la señora T co- mo con Ron): Ron, la mayoría de los padres que se preocu-
pan por sus hijos quieren saber dónde están. Entonces, mamá y papá, Ron dice que asumirá la responsabilidad por su comportamiento y su trabajo en la escuela si nadie lo controla. Pero siempre conviene empezar por dar pe- queños pasos. Ron, ¿se te ocurre algún pequeño paso para
dar en casa y en la escuela y en el que tus padres puedan confiar?
Ron dio pruebas de su motivación al decir que todas las noches mostraría a sus padres sus tareas terminadas si dejaban de hacerle preguntas sobre el tema, y que los lla- maría al salir de la escuela para avisar si volvía directa- mente a su casa y dónde estaría. Se pidió a Ron y sus pa- dres que concurrieran a sesiones por separado. Ron fue atendido tres veces en otras tantas semanas, y una vez más dos semanas después. Sus padres concurrieron dos veces, con dos semanas de intervalo. Bob no fue incluido. Ron recibió apoyo para tomar por su cuenta decisiones que lo beneficiaran en el largo plazo y cumplir lo prome- tido. También se ayudó al señor y la señora T a ver en los cambios de Ron pequeños pasos que debían ser alentados, y no criticados. Cuando tanto Ron como sus padres infor- maron que había habido progresos en la casa y la escuela, se los convocó a una sesión conjunta, a la que también asistió Bob. Todos aportaron ideas sobre las diferencias producidas y el modo de seguir por ese camino.
C u a n d o los p a d r e s no q u i e r e n i n t e r v e n i r
Algunos padres traen a su hijo a terapia con la espe- ranza de que lo «arreglen». No tienen intención de inter- venir en el proceso, lo cual puede ser una señal de que se sienten derrotados y han perdido toda confianza en su aptitud como padres. La mejor manera de cooperar es ver al niño a solas e incorporar a los padres a la terapia corno asesores. En calidad de tales se sienten más seguros y pueden llegar a reconocer gradualmente la importancia de su participación. Si también se muestran renuentes a desempeñar ese papel, será preciso hacer un esfuerzo para conseguir que concurran al menos una vez «para que yo pueda conocer su versión de la historia».
Lo primero que debe hacerse en esa «consulta» es estar atento a cualquier cosa que pueda reforzarse sin faltar a
la verdad. Nunca deberíamos ser insinceros y, por ejem- plo, felicitar a un padre por ser consecuente si sólo lo es de vez en cuando. Podemos decir, sin embargo: «¡Puedo ase- gurar sin lugar a dudas que para usted es muy importan- te ser un buen padre! Se esfuerza por ser consecuente al fijar límites, y es importante que lo siga haciendo». Esta manifestación puede ser más eficaz para crear confianza que un comentario que el cliente sabe falso. La confianza va de la mano con el coraje de hacer algo diferente. Sólo se deben proponer sesiones conjuntas cuando se estime que los padres han cambiado de actitud y están dispuestos a participar.
Si los padres muestran con claridad que no quieren intervenir en absoluto, la única opción es trabajar a solas con el niño.
La r e u n i ó n a solas con el niño
La reunión a solas con un niño tiene la ventaja de per- mitir al terapeuta cooperar con él más estrechamente que en presencia de los padres. Estos esperan que el terapeuta defienda sus puntos de vista. Sin embargo, ni siquiera en ausencia de los padres es tarea fácil dar cabida al punto de vista del niño y ayudarlo a aceptar la realidad.
Por lo general, los niños quieren que sus padres «dejen de estarles encima» respecto de algún asunto. Así, las que- jas sobre los pedidos o prohibiciones parentales deben
contrarrestarse de un modo amable pero realista, corno se hizo en el caso descripto precedentemente. La sugerencia al niño de que haga lo que quieren los padres probable- mente debilitará su confianza. Para cooperar, el terapeu- ta puede preguntarle: «¿Qué es lo mínimo que estás dis- puesto a hacer para que tus padres dejen de fastidiarte?». . Esta pregunta ofrece una opción que proporciona algún control y es más probable que se la considere una expre- sión de apoyo.
También hay casos en que los padres, por una u otra razón, son negligentes o poco afectuosos. El terapeuta se
encuentra entonces ante la penosa pero necesaria tarea de ayudar a los jovencitos a abandonar sus expectativas poco realistas y movilizar sus propios recursos para auto- valorarse. El siguiente caso ilustra esta última situación.
EJEMPLO DE CASO: TROY
Troy, un niño de 11 años, fue derivado a terapia por un programa del condado para delincuentes juveniles, en el cual participaba luego de la escuela. El y otros tres mu- chachos habían sido acusados de intrusión y robo por haber entrado por la fuerza a una casa y haberse apodera- do de un televisor y algo de dinero. El procedimiento ha- bitual en las derivaciones correspondientes a este progra- ma contemplaba que los padres acompañaran al cliente en la primera sesión y asistieran a sesiones familiares ca- da vez que el terapeuta lo recomendara. La madre de Troy se mostró lacónica y fría cuando la terapeuta la llamó para concertar una cita, y se negó a asistir a la sesión de ingreso con la excusa de que no tenía con quién dejar a sus hijos menores. Accedió de mala gana a mantener una bre- ve entrevista telefónica, durante la cual aclaró que se ha- bía desentendido de Troy porque este no había hecho más que empeorar con los años. Dijo a la terapeuta que se ha- bía divorciado de su primer marido cuando Troy tenía dos años. El hombre era un alcohólico que la golpeaba y algún tiempo después fue enviado a prisión por agredir a un po- licía. La mujer se había casado con su actual marido —el padre de sus otros tres hijos— cuando Troy tenía cuatro años. Nuevamente embarazada, su quinto hijo debía na- cer dentro de dos meses. Dijo que Troy había sido un chico «difícil» desde que nació. Lo había llevado a terapia varias veces a causa de sus rabietas, sus mentiras y su conducta rebelde.
Troy era un muchacho bien parecido de tez morena, que aparentaba más edad de la que tenía y ostentaba una prematura pelusa sobre el labio superior. Se expresaba con espontaneidad y tenía un buen contacto ocular. Admi- tió sin rodeos su conducta delictiva, pero la racionalizó di-
ciendo que era el único medio de obtener dinero, puesto que era demasiado joven para trabajar y sus padres no le pasaban una mensualidad. Describió a su padrastro como un hombre severo, dado a proferir insultos; le provocaba enojo el hecho de que su madre nunca lo hubiera protegi- do contra ese maltrato verbal. «Ella cree que soy un fraca- sado, como mi padre, porque está preso».
A diferencia de muchos niños de su edad, a Troy no pa- recía molestarle tener que asistir a las sesiones de tera- pia. Al principio, la terapeuta actuó sin apresuramiento, a fin de establecer una relación. Durante varias semanas se limitó a hablar de cosas triviales, a charlar sobre la pasión de Troy —las historietas— y a escuchar sus relatos sobre su desdichada vida hogareña. Siempre que tenía la opor- tunidad, lo elogiaba por algo. Por ejemplo, cuando una vez el chico le dijo que había faltado a una sola clase en lugar de las tres o cuatro habituales, lo felicitó por haber tomado esa decisión y le preguntó qué otras cosas buenas había hecho por su cuenta desde la última sesión. Cuando él in- formó que una vez había salido de su casa en lugar de trenzarse en un duelo verbal con su padrastro, la tera- peuta le pidió una detallada explicación de cómo había hecho para adoptar una decisión tan acertada. En todo momento escuchaba con un «oído constructivo» (Lipchik, 19886) cualquier cosa que pudiera elogiarse como deci- sión correcta o cualidad positiva.
Troy concurría con regularidad a las sesiones y pare- cía desilusionado cuando los feriados o el mal tiempo in- vernal le hacían perder alguna. Una vez establecido un vínculo de confianza, la terapeuta introdujo el tema de sus expectativas con respecto a la terapia. Al principio pareció desconcertado por la pregunta y dijo que simplemente le hacía bien sentarse a hablar con ella. La terapeuta le ex- plicó el propósito de sus reuniones y le pidió que presenta- ra algunas ideas sobre los temas en que quería trabajar.
Troy: Estuve pensando en eso... en lo que quiero. Supon-
go que quiero aprender a hablar con mi mamá como hablo con usted.
Troy: Bueno, no estoy seguro sobre él [el padrastro], pero
sería lindo que ella me escuchara a veces.
Terapeuta: Creo que es una meta realmente buena, pero,
sabes, quizás ella no tenga tiempo para venir aquí conti- go, y a veces una persona no puede aprender por sí sola a tener una buena conversación con otra.