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Terapia de pareja

Segunda parte Aplicaciones

8. Terapia de pareja

Las relaciones de pareja son un excelente ejemplo de lo que es el acoplamiento de estructuras. La interdependen- cia biológica, emocional y económica de hombres y muje- res ha preservado la raza humana durante miles de años.

El trabajo con parejas —casadas o no, heterosexuales o del mismo sexo— puede ser como una caminata por la cuerda floja. Las relaciones de pareja son complejas; no se trata sólo de química y compañerismo. Son relaciones que atraviesan varias fases: por lo general comienzan con una ceguera romántica y pasan por períodos más o menos di- fíciles de adaptación a las diferencias reales de personali- dad, a los cambios en el modo de vida y a las variables ne- cesidades mutuas. Las relaciones de pareja tienen miste- riosas maneras de convertirse en lo que uno menos hubie- ra esperado o deseado, a veces incluso en la réplica de la relación con un progenitor o un hermano. Se dice que sus miembros tienden a complementarse para compensar sus respectivas flaquezas, pero ese equilibrio complementa- rio, así como puede enriquecer una relación, es capaz de provocar una lucha por el poder. Sin embargo, la mayoría de la gente prefiere vivir en pareja a vivir sola, sean cuales fueren las circunstancias.

La importancia de los vínculos relacionales es un pode- roso recurso para la terapia. Una pregunta como «¿Qué necesita cada uno de ustedes del otro para sentirse un poco menos (dolido, temeroso, enojado)?» puede convertir «el "resentimiento" en "ternura"» (Donovan, 1999, pág. 5; Gilligan, 1997; Johnson y Greenberg, 1994). Las rela- ciones de pareja tienen que ver justamente con la «ter- nura», por muy hosco o distante que pueda parecer un cliente.

Jane y Steve describen su relación desde diferentes puntos de vista:

Jane: Steve pasa cada vez menos tiempo conmigo. No sé

qué pasó con nuestra amistad. El solía hablarme de todo y pedirme opinión.

Steve: Creo que no es culpa mía. Desde que empezaste a

correr maratones, eso es lo que más te importa. Ya no tienes tiempo para mí.

Jane: No es cierto. Yo trato de lograr que hables, pero todo

lo que haces es estar ahí sentado con la mirada fija en el televisor. (A la terapeuta.) ¿Qué haría usted si su esposo empezara a ignorarla?

Steve (a la terapeuta): No la ignoro. No tiene sentido ha-

blar con ella porque le encanta armar camorra y nada de lo que yo digo le parece bien. (A la terapeuta). ¿Por qué tendría que soportar eso?

La terapeuta no podría contestar ninguna de las pre- guntas que le han dirigido sin tomar partido. Además, si diera una respuesta al contenido de esas quejas, probable- mente generaría un intercambio de acusaciones. No obs- tante, puede buscar algún elemento común en el motivo de las quejas de ambos y utilizarlo como recurso para co- nectarlos:

Terapeuta: Los dos parecen insatisfechos con la falta de

atención mutua. (Ambos asienten con un movimiento de

cabeza y se explayan un poco más.) Los dos parecen querer

lo mismo. ¿En algún momento se sintieron los dos satisfe- chos por la atención recibida del otro?

Estas preguntas atrajeron la atención de Jane y Steve hacia el hecho de que seguía existiendo una conexión en- tre ellos, aun cuando quizá se sintieran muy desconecta- dos. Un pequeño cambio puede llevar a cambios más gran-

des. Si Jane y Steve hubieran redefinido su problema

como «no pasamos suficiente tiempo juntos» e ideado una solución satisfactoria para ambos, algunos terapeutas centrados en la solución recomendarían poner fin al trata-

miento. De acuerdo con mi experiencia, estas «curas mila- grosas» ocurren, pero son poco frecuentes. Y pueden hacer que los clientes vuelvan unos meses después con el mismo problema, o con otro similar que represente el mismo pro- ceso. (En el lenguaje de la teoría de los sistemas podría de- cirse que el cambio producido fue de «primer orden» y no de «segundo orden» [Hoffman, 1981, págs. 47-9; Watzla- wick et al., 1974, pág. 10].) Esta situación puede evitarse haciendo un esfuerzo por consolidar los cambios. En este caso, el esfuerzo podría consistir en aclarar con la pareja por qué razón el hecho de pasar más tiempo juntos repre- senta una mejoría para ellos. Es posible que sus respues- tas incursionaran en el ámbito emocional y se refirieran a un sentimiento de mayor conexión, solicitud o reconoci- miento. Esta aclaración fortalecería su comprensión de la relación y podría cumplir una valiosa función preventiva. En lo fundamental, el trabajo con parejas centrado en la solución no difiere del que se realiza con individuos (Friedman y Lipchik, 1999; Hoyt y Berg, 1998). Sin em- bargo, la práctica es más difícil porque la solución tiene que satisfacer a la relación, y esta se compone de indivi- duos con puntos de vista diferentes. Para superar este obstáculo, es necesario que ambos miembros de la pareja confíen en que el terapeuta no se pondrá en contra de nin- guno de ellos. La tarea de transmitir aceptación y com- prensión a dos personas que, cada una por su lado, creen estar en lo cierto es difícil, incluso, para el más experimen- tado de los terapeutas.

Los pasos que se describen a continuación fueron desarrollados para mostrar cómo pueden manejarse estas cuestiones complejas con un mayor grado de confianza. El primer paso consiste en determinar si la terapia de pareja centrada en la solución es apropiada para una pareja en particular.

La evaluación

Una sesión conjunta

La primera sesión debe ser conjunta porque de este modo el terapeuta tendrá una muestra de la interacción de los miembros de la pareja. También podrá apreciar su deseo y su capacidad de trabajar en la relación. Sólo es po- sible hallar una solución si hay personas que desean ha- llarla. En especial, es improbable que el trabajo con pare- jas sea productivo cuando las partes no tienen metas simi- lares y no se esfuerzan por contribuir a una solución. Así, un esposo dispuesto a salvar el matrimonio a toda costa y una esposa que no sabe con certeza si desea seguir casada no están preparados para iniciar una terapia de pareja centrada en la solución. (A decir verdad, es raro que un caso individual se considere inapropiado para la TCS. Una excepción importante la constituyen los clientes que no desean estar en terapia y sólo han concurrido para complacer a otra persona.) En una situación como esa, lo mejor es conversar con los clientes sobre las diferencias en una sesión especial y aclarar sus necesidades. A veces, un cónyuge indeciso necesita unas pocas sesiones individua- les para arribar a una decisión. Durante ese lapso, el cón- yuge comprometido también puede ser atendido por sepa- rado para brindarle apoyo. Si se tiene la impresión de que uno de los cónyuges indecisos va a necesitar mucho tiem- po para adoptar una decisión, es preferible derivar a am- bos a un tratamiento individual e invitarlos a retornar pa- ra iniciar una terapia de pareja en caso de que hayan re- suelto trabajar para mejorar su matrimonio.

En la primera sesión de terapia de una pareja se debe decir a los clientes que el contrato terapéutico concierne a su relación y no a ellos individualmente, y que la meta será tender entre sus diferencias un puente que lleve a una solución para ambos. De ese modo se aclara que el te- rapeuta no tomará partido. El pensamiento de dos carri- les que controla nuestras reacciones es útil en este senti- do, porque a menudo resulta difícil mantener la imparcia-

lidad. La aceptación y comprensión de ambas partes tam- bién puede quedar reflejada en el mensaje de recapitula- ción al final de la sesión.

Una sesión individual con cada una de las partes

La sesión conjunta es seguida por una conversación privada con cada una de las partes. Estas conversaciones permiten al terapeuta profundizar la relación con sus clientes. Al comienzo de la sesión, el terapeuta dice al cliente que la charla en privado le proporciona la oportu- nidad de referirse a cuestiones que tal vez no quiera men- cionar frente a su pareja. Debe garantizarle la confiden- cialidad, salvo que la información represente un riesgo para la vida de alguien. Si el cliente menciona algo que tiene consecuencias importantes para la relación, el tera- peuta debe pedirle autorización para comunicarlo a la otra parte.

La confesión de una aventura amorosa hace tiempo concluida debe considerarse información confidencial. Aunque no carece de importancia para la relación, no es apropiado tomarla como base para hacer suposiciones sobre el estado actual del matrimonio. Después de todo, el

cambio es constante e inevitable. Es más útil mantener la

concentración en el presente y en lo que el cliente desea para el futuro.

La información sobre una aventura amorosa presente es otra cuestión. Yo no trabajo con una pareja cuando uno de sus miembros está involucrado en un amorío. Por lo co- mún, las personas no pueden generar motivación sufi- ciente para revivir una relación poco satisfactoria mien- tras participan en otra más gratificante. Más importante aún: un secreto de esa clase implica, con una de las partes, una connivencia que considero poco ética. Una sugerencia para manejar esta situación es decir al cliente infiel que revele el secreto o que interrumpa todo contacto (incluso telefónico o por correo electrónico) con su amante mien- tras dure el tratamiento. De hecho, he comprobado con

sorpresa que muchas personas deciden hacerlo y man- tienen su palabra. ¡Desde luego, esto dice mucho acerca de su motivación para mejorar su matrimonio! Por otra parte, algunas personas afirman estar de acuerdo en sus- pender la aventura pero no lo hacen, y tampoco faltan quienes logran engañarnos. Por lo general, si tomamos la decisión de trabajar con la pareja y el adulterio conti- núa, surgirán signos reveladores, como la falta de progre- so o las fluctuaciones entre progresos y recaídas. También la intuición del terapeuta puede ser una valiosa herra- mienta.

Recuerdo una situación en la que el marido consintió en poner fin a una aventura. Parecía esforzarse por reavi- var la relación con su mujer, quien reconoció que así era. No obstante, ella informó que no percibía ningún cambio en la conexión emocional entre ambos. A raíz de esta in- formación pedí una sesión por separado, y el marido con- fesó que seguía viéndose con su amante. Dijo que estaba trabajando en la relación conyugal con el propósito de mejorarla a fin de limitar un posible conflicto por la tenen- cia de los hijos una vez que obtuviera el divorcio.

En una situación como esta es aconsejable decir al miembro adúltero de la pareja que uno no seguirá traba- jando con él y su cónyuge a menos que la verdad salga a la

luz. Esta condición suele llevar a una crisis y obliga a la persona en cuestión a escoger finalmente entre el matri- monio y la aventura. La mejor manera de poner fin a un caso como este consiste en reunirse con ambas partes y decirles que uno ha caído en la cuenta de que por el mo- mento obtendrían mayor provecho de una terapia indi- vidual. Ante tal anuncio, el cónyuge ignorante de la exis- tencia de la aventura no dejará, como es lógico, de formu- lar preguntas. En esta situación —y sólo en ella— sugiero a los terapeutas asumir la posición de expertos y limitarse a hacer una declaración genérica, sin dar razones espe- cíficas. También recomiendo que se ofrezca a los cónyuges derivarlos a otros profesionales para un tratamiento indi- vidual en lugar de seguir viendo a alguno de ellos.

Por lo común, los clientes tienden a revelar más cosas en la sesión individual que en la sesión conjunta, incluso

quienes empiezan por decir que no ocultarían nada a su cónyuge. No hace mucho vi a una pareja que tenía serios problemas con la familia extensa, debido a que la esposa era incapaz de llevarse bien con su suegra. En la sesión conjunta, el marido nunca objetó el relato de su mujer acerca del trato injusto que aquella le infligía. Sin embar- go, en la sesión privada habló largamente sobre los pro- blemas de su esposa con las relaciones sociales en general y no sólo con su familia política.

El empleo de preguntas circulares —por ejemplo, preguntar a un miembro de la pareja qué cree que el otro piensa, o por qué cree que este actúa de determinada manera— es un valioso recurso en la sesión privada. Pue- de considerárselo como una forma de hacer terapia de pa- reja con un individuo, ya que exige tomar en cuenta el punto de vista de la otra persona. Por ejemplo: «¿Su espo- sa también cree que no se lleva bien con otras personas?»; «¿Ha hablado con ella acerca de lo que me acaba de de- cir?». Si lo hizo, «¿Cuál fue su reacción?». Si no lo hizo, «¿Cómo cree que reaccionaría ella si usted lo hiciera?». Si supone que ella se sentiría muy molesta, «¿Cómo suele comunicarle cosas que quiere decirle y que podrían moles- tarla?». Algunas parejas tienen una refinada compren- sión de la manera de afectarse mutuamente. Otras des- conocen por completo la dinámica interpersonal. El uso de preguntas circulares y otras indagaciones que abordan las creencias de los clientes acerca de las razones y el sig- nificado del comportamiento de su pareja y de sus propias respuestas a él son perturbaciones que pueden conducir a un cambio.

La reacción de los clientes a las conversaciones que ponen al descubierto interacciones recursivas con su pare- ja también proporciona una valiosa información sobre su

modo de cooperar. Pero debemos ser cautos y no hacer suposiciones acerca del presunto efecto de esa manera de cooperar sobre el resultado de la terapia. ¡Después de todo, es la pareja la que debe decidir si una relación es lo bastante buena para ambos! Un pequeño cambio que qui- zá nos parezca inadecuado puede representar una gran diferencia para ellos.

La decisión

La decisión sobre la pertinencia del tratamiento de pareja se basa en la información recogida durante la se- sión conjunta y las dos sesiones individuales. Yo utilizo co- mo lincamientos los criterios enumerados a continuación. Sería exagerado decir que los aplico al pie de la letra. En ocasiones, algún elemento de una relación nos impulsa a ocuparnos de ella a pesar de ciertos interrogantes. No de- beríamos acallar la voz de la intuición.

1. Ambas partes tienen en claro que quieren pre- servar la relación, no darla por concluida.

2. Ambas partes comprenden que cada una de ellas tiene cierta responsabilidad en lo que respecta a la calidad de la relación.

3. Cada una de las partes es capaz de demostrar alguna empatia por la posición de la otra.

4. Ambas partes mencionan algunos aspectos positi- vos de la relación (amistad, intereses comunes, ca- pacidad para ser un buen padre o para ocuparse de la casa).

5. Ninguna de las partes está interesada en otra per- sona ni tiene en la actualidad una aventura con otra persona.

Si resulta claro que el trabajo con la pareja es apropia- do, la sesión siguiente será conjunta.

A veces, una pareja satisface todos los criterios para el trabajo conjunto, pero sus miembros están tan dolidos o enojados que no pueden evitar los reproches mutuos. En tales casos suelo programar una o dos sesiones por sepa- rado a fin de ver si puedo ayudarlos a desahogarse lo sufi- ciente para trabajar juntos en forma productiva. Esas sesiones también me brindan la oportunidad de interca- lar gradualmente preguntas sobre los aspectos que fun- cionan bien en la relación.

La terapia

Por lo común, al iniciar la terapia, las parejas sienten enojo y desean poner sobre el tapete todos sus sentimien- tos negativos. No suele ser fácil eludir esta negatividad y abstenerse de hacer pronósticos sobre el resultado de la terapia. Debemos estar atentos al carril personal de nues- tro pensamiento de dos carriles. Comentarios críticos co- mo «¡Oh, este matrimonio está acabado!» no llevan a nin- guna parte y deben ser contrarrestados con la afirmación de que nada es totalmente negativo y un pequeño cambio

puede llevar a cambios más grandes. Análogamente, si ad-

vertimos que estamos atribuyendo alguna culpa a cual- quiera de las partes, debemos recordar que la conducta de estas es recursiva. «¿Qué hace John que impulsa a Mary a herirlo de esa manera?»; «¿A qué se debe la decisión de John de no impedir que Mary lo hiera?». Las parejas tam- bién pueden inducir en nosotros asociaciones personales sobre la relación de nuestros padres o nuestras propias relaciones. Si no nos mantenemos atentos a nuestros pen- samientos y sentimientos, podría ocurrir que elaborára- mos un proyecto oculto para los clientes sin tener concien- cia de ello.

Por lo general, cada una de las partes trata de conven- cer al terapeuta de que su versión de la situación es la correcta. Es importante mantenerse al margen de este proceso. Una buena respuesta sería: «Espero que tengan dos historias muy diferentes, y debo escucharlas para po- der ayudarlos a construir un puente entre ellas». De este modo transmitimos el mensaje de que nuestra expectati- va no es que cada uno cambie para el otro. La gente se re- siste a cambiar, sobre todo cuando se trata de satisfacer las expectativas de otra persona. Por lo tanto, será más aceptable un lenguaje que sugiera ampliación, crecimien- to o adaptación en lugar de cambio.

Una conversación alternada con cada una de las partes

Otro recurso que emplean los terapeutas para mante- ner el equilibrio es conversar alternadamente con los miembros de la pareja. El traslado frecuente de la aten- ción de uno a otro evita que se sientan desairados y tam- bién que el terapeuta se sienta más conectado con uno de ellos que con el otro. Además, debemos colaborar con el es- tilo individual de cada uno. Es bastante habitual que una pareja esté compuesta por una mujer verbalmente ex- presiva y un hombre mucho menos expresivo. Donovan (1999, pág. 14) cita a Gottman y Levenson (1986), según los cuales las mujeres tienen mayor capacidad para regu- lar su afecto en los conflictos interpersonales y, por tanto, es más frecuente que asuman la posición quejosa, mien- tras que sus compañeros se retraen para contener el afec- to. También es cierto que todos hemos conocido parejas en las cuales esta dinámica se invierte. Debemos recordar que no es apropiado tratar de emparejar las cosas. Basta- rá con interrumpir amablemente a la persona más expre- siva y preguntar a la menos expresiva «¿Está de acuerdo con eso?» o «¿Y usted qué piensa?». Luego aceptaremos lo que se nos ofrezca, para no dar a entender que uno de los estilos es preferible al otro. Es posible que la diferencia en la expresividad sea un problema de la relación, y cual- quier signo de juicio al respecto podría hacer que una de las partes se sintiera rebajada.

Tuve la oportunidad de conversar con una ex cliente a quien hace varios años traté junto con su esposo a raíz de una situación de violencia doméstica. Me informó que no había habido nuevos episodios de violencia y que su ma- trimonio había mejorado mucho. Cuando le pregunté qué