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Un pensamiento de dos carriles

A fin de comprender y hacer el mejor uso de la «manera singular de cooperar» de los clientes, es importante que

los terapeutas tengan un modo de distinguir entre su ex- periencia sobre las palabras y acciones de los clientes y la descripción o exhibición que estos hacen de ellas (Rober, 1999). Este proceso exige tener conciencia de nuestras reacciones corporales y nuestros pensamientos (Ander- sen, 1995; Johnson, 1987). La conciencia de las propias reacciones en relación con los clientes tiene un efecto acu- mulativo. Cuanto más practicamos, mejor lo hacemos. Se- gún Yvonne Dolan (1991), esto significa que «uno sigue creciendo como persona y como terapeuta» (pág. 271).

Una manera de lograrlo es manejarse simultánea- mente con dos carriles mentales. Uno controla al cliente, y el otro, nuestras propias reacciones. El carril del cliente recoge información sobre cómo cooperar con él (es decir, su manera de hablar, su visión del mundo, sus creencias, el estilo de su interacción con nosotros y con los demás, y los modos característicos de su discurso o sus metáforas). El carril personal transmite nuestros propios pensamientos, sentimientos, reacciones emocionales, corazonadas y conocimientos. En el caso de un cliente nuevo con el cual aún no hemos establecido una relación, el carril corres- pondiente a él podría ser el siguiente:

«Este hombre está realmente escudriñando la oficina y a mí. Su expresión facial es tensa. No sonríe. Está muy acicalado. Lleva ropa muy cara. Proporciona la menor información posible, y siempre con un giro sarcástico. No deja de usar expresiones como "mi personal", "mi secretaria", "mis empleados"».

Al mismo tiempo, el carril personal podría estar no- tando:

«Su manera de escudriñar la oficina y a mí con esa ex- presión en el rostro hace pensar que mira a todo el mundo por encima del hombro. Llevar una ropa tan formal un sábado a la mañana es un tanto inapropia- do. Quiere que yo sepa que ocupa un cargo importante. Este hombre me hace sentir incómodo. Siento como si me estuviera poniendo a prueba. Me intimida».

Las reacciones y los juicios recogidos en el carril per- sonal, aunque sean muy negativos, no deben descartar- se. Son valiosos porque nos advierten que debemos ser cautelosos con nuestras reacciones. Sin esa advertencia, nuestras posibilidades de reaccionar con sensibilidad an- te los clientes serían mucho menores. Una reacción nega- tiva inapropiada puede avergonzar o enemistar, lo cual va en detrimento del clima emocional. Así, en el marco hipo- tético precedente, el terapeuta puede responder a sus reacciones ante el cliente diciéndose a sí mismo:

«El terapeuta soy yo, y es probable que el cliente se sienta intimidado. Su comportamiento y su apariencia pueden ser una manera de enfrentar la angustia que le produce venir aquí. Tal vez crea que lo criticaré por sus problemas conyugales. Vino porque su mujer le pidió que lo hiciera por el bien de su relación, de modo que se siente dolido; Tengo que procurar que se sienta más có- modo».

La mejor manera de tomar distancia respecto de los sentimientos que los clientes nos inspiran es recurrir a los supuestos teóricos. Por ejemplo, en este caso el supuesto de que cada cliente es único puede inducirnos a dar un lu- gar central a la individualidad del cliente e interrogarlo en forma deliberada sobre su trabajo y su importancia; probablemente esto reducirá su angustia y la necesidad de mostrarse altivo. De igual modo, el supuesto de que las

emociones son parte de todo problema y toda solución pue-

de llevarnos a reconocer que el cliente se siente incómodo en esta situación, y sirve para apartarnos de nuestras pro- pias emociones.

Otra situación en la que el pensamiento de dos carriles resulta útil es la que se presenta cuando un cliente revela que ha hecho o tiene la intención de hacer algo que desa- probamos. En tal caso, nuestro carril personal puede evi- tar que mostremos o expresemos desaprobación, y recor- darnos que nuestra tarea consiste en ayudar a las perso- nas a tomar decisiones apropiadas por sí mismas. Por ejemplo, el supuesto de que nosotros no podemos cambiar

a los clientes; estos tienen que cambiarse a sí mismos nos

orienta a hacer preguntas que los ayudan a sopesar las ventajas y desventajas de sus propias decisiones.

El uso del pensamiento de dos carriles es igualmente importante para procesar nuestras respuestas y reaccio- nes positivas y negativas a los clientes. Las respuestas inadecuadamente positivas pueden hacer pensar al clien- te que lo tratamos con condescendencia. Si nuestro carril personal registra que un elogio o una reformulación posi- tiva son exagerados, es preferible omitirlos.

El pensamiento de dos carriles también brinda infor- mación importante para componer el mensaje de recapi- tulación. De ello hablaremos en el capítulo 6.

EJEMPLO DE CASO: LAURA

El ejemplo de caso que presentaremos a continuación ilustra los diversos aspectos de la relación terapeuta- cliente ya descriptos, haciendo hincapié, sobre todo, en cómo podemos acompañar al cliente y ser positivos al mismo tiempo.

Laura era una artista gráfica de 45 años que trabajaba por su cuenta. Cuando vino a verme hacía ya diez años que se había divorciado. Tenía dos hijas, una de 18 años y otra de 22. La mayor había dejado la casa. Laura vivía con un compañero, Sam, desde hacía ocho años. No bien llega- da al consultorio, comenzó a explicar su problema sin dar- me la oportunidad de iniciar una conversación informal. Los clientes angustiados a veces se comportan así, y por el bien del clima emocional es preferible cooperar con ellos. Siempre se puede recabar más tarde la información fal- tante.

Laura: El problema, tal como yo lo veo... bien, hace poco

leí un libro de Bradshaw, Healing the shame that binds

you [19881, y verdaderamente me sentí identificada con

algunas de las cosas que decía. Creo que me he topado con un nuevo nivel de problemas en mi vida, supongo, y lo que leí me pareció una buena explicación. Hay en mí una niñi-

ta verdaderamente asustada, enfrentada a situaciones que no puede manejar... (comienza a llorar). Estoy muy triste. [Para demostrar que la comprendía, le dije que pa- recía aterrada, más que asustada. Ella asintió y siguió ha- blando.] Desde el otoño pasado tengo depresiones —ni muy largas ni muy profundas, de 24 a 36 horas— y eso me asusta. He remediado muchas cosas en mi vida. No espe- raba que me ocurriera esto, sentirme tan impotente. ¡Es traumático! Incluso he tenido algunos pensamientos con- vencionalmente suicidas.

Me sentí un tanto abrumada por esta dramática presen- tación, pero tuve que interrumpirla para aclarar lo de los pensamientos suicidas. Le pregunté qué significaba la ex- presión «pensamientos convencionalmente suicidas», y Laura me explicó que eran pensamientos como «puedo comprender por qué la gente quiere matarse cuando se siente así todo el tiempo». Agregó, sin embargo, que ella en realidad no podría hacer tal cosa porque creía en la reencarnación.

No obstante, hice una evaluación de la probabilidad del suicidio, durante la cual Laura dijo: «No puedo imagi- narme poniéndome un revólver en la cabeza ni tomando pastillas ni mutilándome el cuerpo; nunca haría algo se- mejante. Odio la sangre, las escenas sanguinolentas y to- do eso. Sólo me preocupa saber si podría separarme lo bas- tante de mi cuerpo para hacer algo así».

Una vez más, para estar segura de haber entendido, le pedí que me aclarara lo de «separarse lo bastante de su cuerpo». Laura no parecía tener una idea clara de qué era exactamente lo que le inspiraba temor. No recordaba ha- ber experimentado jamás, ni remotamente, nada que se pareciera a estar disociada o separada, ni siquiera cuando meditaba, cosa que hacía con regularidad. Conjeturé que la sensación de falta de control debía ser intimidante y llegué a la conclusión de que por el momento no había peligro de que Laura se dañara a sí misma.

Durante un rato, Laura continuó describiendo sus sen- timientos de un modo difuso. Su discurso revelaba tensión y ella parecía cada vez más perturbada. Me pareció que

sería más útil ayudarla a aclarar cómo advertiría los sig- nos de mejora que dejarla continuar hablando de esa ma- nera.

Laura: Me sentiré mejor cuando tenga más entusiasmo

por la vida... cuando sienta que una parte es diversión y no trabajo. Es tan difícil y estresante. [Una vez más, su respuesta me resultó muy vaga]

Terapeuta: ¿A qué aspectos de la vida se refiere?

Laura: Sobre todo a lo que tiene que ver con las activida-

des sociales y el trabajo, no con las relaciones de familia o las relaciones íntimas.

Terapeuta: ¿Actividades sociales significa amistades? [No

quería seguir adelante hasta no tener muy en claro lo que quería decir Laura,]

Laura: Sí. Vea, voy a saber que estoy mejor cuando pueda

apreciar las cosas que andan bien en mi vida, las cosas fá- ciles y divertidas; me aferro a lo que es difícil y no fun- ciona.

Terapeuta: Entonces, ¿cuáles son habitualmente las cosas

fáciles y divertidas? [Obsérvese el énfasis en la parte posi- tiva de lo que ha dicho Laura.]

Laura mencionó la relación con su compañero y con su hija mayor. Dijo también que no pasaba necesidades ma- teriales y que tenía una floreciente agencia de diseño gráfico que la satisfacía mucho.

En la esperanza de centrar más la conversación, le hice una pregunta de escala para ayudarla a evaluar las cosas buenas de su vida en relación con las malas, pero Laura no me prestó atención y se quejó de que cuanto mejor le iba en su profesión, más atemorizada se sentía.

Aquí daré un ejemplo de los beneficios que resultan del pensamiento de dos carriles. El carril del cliente registra- ba que Laura prefería quejarse a buscar una solución, por lo cual era mejor no hacer más preguntas sobre las excep- ciones positivas. Pero en mi carril personal yo argumenta- ba que sus quejas difusas eran probablemente más perju- diciales que útiles porque parecían aumentar su angus- tia. Por consiguiente decidí hacerle una pregunta de es-

cala, esperando que su carácter comparativo ayudara a Laura.

Terapeuta: En general, ¿qué porcentaje de su vida diaria

es confortable y no estresante?

Laura: El setenta por ciento es estresante. [Su manera de

cooperar iba a ser negativa.]

Terapeuta: ¿Diariamente? Laura: Sí.

Terapeuta: ¿Se refiere al trabajo y las actividades socia-

les. .. o sólo a las actividades sociales? [Quería verificar si su evaluación era compatible con lo que había dicho antes.]

Laura: N o . . . sólo a la manera de organizar mi vida: man-

tener limpia la casa, ir de compras. [Esto no coincidía con lo que había dicho antes, pero decidí pasarlo por alto para no apartarme de mi objetivo,]

Terapeuta: Entonces, ¿cuál es la diferencia en ese treinta

por ciento del tiempo, cuando las cosas no son tan estre- santes?

Laura (desentendiéndose de la pregunta): ¿Tengo muchas

opciones y no puedo decidir cuáles me convienen y cuá- les no!

Mi carril personal registró que Laura quería ser nega- tiva y que yo haría bien en vigilar el clima emocional. Tu- ve presente que los terapeutas no pueden cambiar a los

clientes; sólo los clientes pueden cambiarse a sí mismos.

Por lo tanto, comencé a escuchar con mayor cuidado. Lau- ra explicó que Bradshaw, al referirse al temor al abando- no, lo relaciona con un vínculo inadecuado en los primeros años de vida, lo cual impide establecer límites apropiados en una etapa posterior. Para ella, esta era la causa de su confesión cuando debía decidir entre las muchas oportu- nidades que se le presentaban.

Hay dos razones que podrían llevar a algunos terapeu- tas centrados en la solución a no seguir el hilo del pensa- miento de Laura en este punto: 1) es teóricamente incon- gruente explorar este tipo de causalidad, y 2) si uno decide responder a este tipo de causalidad para acompañar al

cliente, llevará a este a un territorio negativo, pertene- ciente al pasado. Por otra parte, no cooperar con Laura po- dría hacer que se sintiese abandonada una vez más.

En consecuencia, seguí escuchando sus quejas. Mientras escuchaba, advertí que me sentía incómoda. Al reflexionar sobre ello noté que la sesión estaba por ter- minar y que todo lo que Laura había conseguido era una oportunidad para quejarse. Esto quizá le fuera útil, pero su agitación parecía ir en aumento a medida que transcu- rría el tiempo. Me pareció que podía ser terapéuticamente beneficioso darle, antes de que se fuera, un poco más de información sobre la dirección de la terapia. Iba a recurrir a ella para averiguarlo, pero primero debía asegurarme de que la había comprendido bien.

Terapeuta: Bueno, parece que usted tiene en la cabeza

muchas cosas que la hacen sentir muy triste y confundi- da. Me dijo que a veces se siente incapaz de controlarse y que teme fracasar. Está muy estresada, ha tenido pensa- mientos suicidas convencionales y hay cuestiones como los vínculos inadecuados y el abandono que pueden ser un problema. Son muchas cosas de las que ocuparse. Me preguntaba: si yo tuviera una varita mágica y pudiera hacer que durante la noche sucediera todo lo que usted quiere, ¿cómo serían las cosas para usted cuando se des- pertara mañana por la mañana? [La pregunta del milagro se puede formular de muchas maneras. El objetivo es lo- grar que el cliente imagine una solución.]

Laura: Tendría una meta, una imagen clara de hacia dón-

de se encamina mi vida.

Terapeuta: ¿Cuál cree que será esa meta? [El empleo del

futuro es deliberado. Sugiere la actitud del terapeuta res- pecto de la posibilidad de cambiar.]

Laura: Sentirme cómoda conmigo misma. Una idea clara

de lo que puedo y lo que no puedo hacer. Tendría una sen- sación de integración que me dijera quién soy y que segui- ré siendo así. [Laura modificó nuevamente la descripción de su meta, pero esta vez advertí la aparición de un tema: la búsqueda de una identidad. Decidí hacer preguntas sobre excepciones en esta área, utilizando su propio len- guaje.]

Terapeuta: ¿Hubo ocasiones en que sintió esa integración?

Laura dio ejemplos relacionados con éxitos profesionales y con la crianza de los hijos. No fue capaz de describir qué la había hecho sentirse integrada en esas situaciones. Le pregunté si tenía que ver con el logro de metas que ella se había fijado. Me dijo que sí, sobre todo en relación con su hija mayor. La estaba ayudando a independizarse y tenía con ella una saludable relación adulta, tal como se había propuesto. (Considero apropiado ofrecer ideas a los clien- tes mientras exploramos sus soluciones. Las preguntas no son el único medio para interactuar con ellos. Pero siem- pre presento las ideas de un modo tentativo, a fin de que los clientes puedan rechazarlas sin sentir que se trata de un desacuerdo.)

Después de mencionar la relación positiva con la hija mayor, no tardó en hablarme de la hija menor, que estaba a punto de dejar la casa. Laura temía que no le fuera de- masiado bien.

Laura: Me agobia la idea de que esa será la prueba de mis

aptitudes como madre, así que me asusta un poco.

Terapeuta: ¡Suena como si sintiera que cuando su hija se

vaya usted recibirá un boletín de calificaciones!

Laura se rió y asintió. Dijo que esa hija siempre le había inspirado preocupación porque se parecía mucho a ella en todo sentido. Cuando tenía su edad, Laura estaba «muy confundida», pero nadie lo sabía. Sus padres creían que le iba bien en la universidad, aunque en realidad consumía drogas y alcohol, tuvo que hacerse un aborto y se sentía muy deprimida.

Laura: Sufrí tanto durante esos años. ¿Y si mi hija está

pasando por lo mismo y no es capaz de comunicarse con- migo?

Una vez más, sentí que en ese momento tenía que to- mar una decisión. ¿Acompañaría a Laura en las inquietu- des por su hija o seguiría ayudándola a precisar un obje-

tivo para la terapia? Como la consulta se acercaba a su fin, opté por hacer las dos cosas.

Terapeuta: De modo que usted alcanzó su meta con su hija

mayor, pero ahora le preocupa no lograrlo con la menor. Es comprensible, ya que la ve muy parecida a usted. Me doy cuenta de que querría tener con ella una conexión me- -or que la que usted tuvo con sus padres. Pero ¿qué otra di- ferencia habrá conseguido mi varita mágica mañana por la mañana?

Laura: Aceptaré de buen grado los desafíos. Tal vez vivi-

ría en otro lado, construiría una casa. Me gustaría entu- siasmarme con eso en vez de pensar que es demasiado es- fuerzo.

Laura siguió diciendo que había estado en terapia en forma intermitente durante los últimos doce años, desde que dejó a su marido. Decidió abandonarlo cuando sintió que ya estaba harta de no ser ella misma. En esas circuns- tancias comenzó a madurar y fue relativamente feliz, con altibajos ocasionales, diferentes de los sentimientos extre- mos que experimentaba en la actualidad.

Terapeuta: ¿Cómo hizo entonces para no caer en esa fase

de sentimientos extremos? [Siempre deben investigarse los recursos del pasado.]

Laura: No esperaba tanto de mí misma... apenas estaba

empezando. También recibía mucho apoyo. Participaba en grupos, tenía más amigos que ahora. Por otra parte, desde que trabajo por mi cuenta estoy más aislada que cuando trabajaba para otros.

Terapeuta: ¿Cómo sabrá que ha logrado lo que desea

ahora?

Laura: Estaré más relajada.

Terapeuta: ¿Cómo reconocerá ese estado? ¿Qué notará

en sí misma y qué notarán otros en usted cuando esté más relajada?

Laura: Sería más segura en mis decisiones, no estúpida e

Terapeuta: Hábleme de los momentos de su vida en que se

sintió segura de sí misma.

Laura: Cuando decidí estar con Sam. Terapeuta: ¿Cómo tomó esa decisión?

Laura (su rostro comienza a animarse visiblemente y ha- bla con más lentitud): Presté atención a mis necesidades

físicas y emocionales, mis sentimientos viscerales.

Terapeuta: ¿Sus decisiones suelen ser acertadas? Laura: Sí, excepto en los últimos cinco meses.

Laura confesó entonces sentir que había cometido un error al instar con demasiada anticipación a su hija me- nor a hacer el equipaje que llevaría a la universidad. Que- ría evitar las tensiones de último momento. Como siguió machacando con el tema, su hija finalmente se enojó y le dijo que dejara de ponerla nerviosa. Después contrajo una mononucleosis y pospuso su partida un mes más.

Laura (con lágrimas en los ojos): Debería haberlo sabido.

Laura volvió a sus quejas, especialmente en relación con su negocio. Me preocupaba que mis esfuerzos por evitar que se desviara hubieran sido perjudiciales para el clima emocional. Para remediarlo, me recliné en mi asiento y la escuché empáticamente mientras seguía ventilando deta- lles sobre la hondura de su depresión.

Laura: Para mí, los sentimientos que tengo últimamente

están «a contramano», son algo que yo asociaría más bien con una gran pérdida; por ejemplo, con la muerte de su padre.

Terapeuta: ¿Cree que el hecho de que su hija menor se

vaya de la casa es una gran pérdida? [El planteo de una idea que tal vez el cliente nunca tuvo o de la que no es consciente constituye una perturbación.]

Laura: Bueno, no lo vi de ese modo.