Situados a algo más de 30 km de la capital segoviana se encuentran los restos de lo que fue aba-día de Santa María de Párraces, en terrenos ya cercanos al límite de la provincia con tierras abulenses. Para llegar hasta allí es necesario tomar la carretera CL-605 desde Segovia en direc-ción a Santa María la Real de Nieva y coger a pocos kilómetros un desvío del que sale la vía secundaria que tras pasar por Valverde del Majano, Abades y Marugán, llega a Bercial, térmi-no en el que se ubica la abadía.
El emplazamiento elegido para este asentamiento se caracteriza por su llanura y la pre-sencia cercana de agua gracias al río Zorita, lo que ha servido para hacer de él óptimo lugar de producción agrícola, a la vez que favorecer unas condiciones de vida que quedarán definidas como “granja y lugar de esparcimiento”, paisaje típicamente de dehesa.
De la importancia que llegó a disfrutar esta abadía da cuenta el hecho de la jurisdicción que ha ejercido durante largo tiempo sobre su entorno; como señala Represa Rodríguez, hay que vincular este proceso al de la colonización efectuada en la primera mitad del siglo XII,
rea-lizada a base del asentamiento de explotaciones agrícolas que con el tiempo se convirtieron en aldeas –que llegaron a ser doce, según este autor–, las cuales carecieron de pila bautismal al menos hasta 1600, siendo la abadía la que ejercía de parroquia matriz; a pesar de esto, sus orí-genes siguen siendo oscuros para los estudiosos. Apunta Madoz que se trataba de un lugar incluido en la tierra de Segovia cuya posesión disfrutaba Blasco Galindo, el cual al morir sin descendencia lo dona al cabildo, decidiendo este último convertirlo en granja y espacio de esparcimiento (En este punto no está de más transcribir la referencia documental que aporta Morterero Simón, fechada en 1784: “Notas sobre la donación efectuada por Blasco Galindo y su mujer Doña Catalina de Guzmán en el siglo X, como Señores de la aldea de Párraces a la
Catedral de Segovia y donación de ésta a los Abades Navarro y Arnulfo”); para este mismo
PÁRRACES
momento y protagonistas sitúa Cueto Ruiz, utilizando como fuente un documento de media-dos del siglo XVII, la existencia de un castillo “junto al coro a la parte de poniente”. Es
Colme-nares quien recoge y fecha una referencia a Párraces según la cual al deshacer uno de los pila-res de la iglesia, avanzados ya los siglos (se supone que en alguna reforma), se encontró una caja de hierro con reliquias y un pergamino donde se leía neccesitas fecit hoc anno millessimo sexto, testimonio escueto y aislado, que sería necesario contrastar; el mismo autor cuenta cómo en fecha incierta, pero anterior a 1148, el obispo y cabildo segovianos hicieron donación al maes-tro Navarrón y omaes-tros compañeros de la casa y granja de Párraces, hecho este que se convierte en la primera referencia cierta de esta fundación, y que al parecer estuvo relacionada con la secularización del cabildo. Gómez Santos por su parte propone que la fundación de la abadía hay que atribuirla a la “linajuda familia de los Guzmanes”, “con la aquiescencia y apoyo” del entonces obispo Pedro de Agen. Durante los años siguientes son varias las bulas de distintos papas tratando temas concernientes a la abadía; de esta manera será como reciba la concesión de que no se pueda erigir ninguna iglesia en su territorio sin su consentimiento (1149) o aque-lla confirmación de propiedades y derechos en la que quedan recogidas las distintas iglesias y aldeas vinculadas a la abadía (1168). En 1200, dice Colmenares, se produce un conflicto entre los canónigos de Párraces y el obispo al haber nombrado aquellos abad sin la aprobación de este, investidura que fue invalidada; este hecho parece contradecir lo señalado por Morterero Simón, para quien la potestad de nombrar abad correspondía desde 1156 en exclusiva al con-vento, gracias a una concesión de Adriano IV.
“Se introdujo entre los reglares la vida holgada y regalona y la idea de ambición y la codi-cia”, con estas palabras explica Morterero Simón las causas que provocaron el declive de la aba-día, tiempos que no culminarán hasta su extinción y anejamiento al monasterio jerónimo de El Escorial. En 1563 sufre la abadía el primero de estos procesos, pasando a depender de Madrid, lo que sería paso previo indispensable antes de la anexión, que se produce en 1566. Cuenta el padre Sigüenza que en ese momento sólo quedaban dos canónigos profesos, situación que des-cribe diciendo “tan acabada estaba esta casa”, estableciéndose aquí un colegio y seminario que permanecieron hasta 1575, en que se trasladan al monasterio de reciente fundación, cuando por decisión de Felipe II sólo quedaron en Párraces “perpetuamente nueve religiosos de San Lorenzo [El Escorial] y un vicario, no habiendo más número que los precisamente necesarios para cumplir las obligaciones de aquella abadía.”
Tras los procesos desamortizadores del siglo XIX, pasó a manos particulares, en este caso
de Aureliano de Beruete, habiéndose sucedido desde entonces diversos propietarios. Para un más profundo conocimiento de los distintos avatares sufridos por la abadía, resulta de especial interés la obra de Enrique Gavilán.
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P Á R R A C E SAbadía de Santa María
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A IMPORTANCIA QUE TUVO LA ABADÍAy su prolongadodevenir histórico han provocado que en la actuali-dad se deba hablar de una amalgama de materiales y formas cuya lectura y secuencia cronológica, faltando información documental y arqueológica precisa, resulta compleja y aventurada. Por este motivo se va a hacer un repaso aquí de los restos, hoy muchos de ellos descontex-tualizados o sin función práctica, que se deben incluir en el periodo que centra estas páginas.
A pesar de la existencia de distintas piezas repartidas por el resto del conjunto, como luego se verá, es en la igle-sia donde mayor número y en mejor estado han llegado a la actualidad. Este templo se situó en el costado septen-trional de un primitivo claustro y su interior debió conce-birse como un gran espacio diáfano, en cuya fábrica se combinaban la sillería con el ladrillo, de los que aún que-dan testimonios ocultos por las reformas barrocas; sillería se puede ver en accesos, molduras y esquinales, mientras
Interior de la capilla lateral Interior de la nave Fachada meridional,
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P Á R R A C E Sque en los muros de caja predomina el ladrillo. Esta apa-riencia de fábrica de nave única parece corroborarse al comprobar la existencia de vanos de iluminación, consis-tentes en pequeños arcos doblados de medio punto reali-zados en ladrillo, en la parte alta de los muros; por otra parte al exterior, en el muro meridional, se conservan res-tos de lo que fue la cornisa de piedra del templo, a mucha menos altura que la actual y donde parecen distinguirse lo que fueron canes y metopas. Sin embargo este proyecto debió sufrir unas rápidas modificaciones que tomaron forma en el desarrollo de las capillas laterales que
prácti-camente debieron funcionar como naves auxiliares y reci-bieron entonces unas bóvedas de cuarto de cañón. En el costado meridional en su parte de oriente, hoy con acceso únicamente desde el claustro, se sitúa un espacio que bien pudo servir de sacristía de reducidas dimensiones o haber sido germen de la posterior fundación. Sus muros están construidos con calicanto, cubriéndose con una bóveda ligeramente apuntada de ladrillo; en lo alto de su muro oriental se encuentra un vano de medio punto con derra-me hacia el interior, también de ladrillo y que en la actua-lidad se encuentra cegado. Comunica y continúa este Impostas en el muro norte
Detalle del muro original, costado meridional
Pinturas murales en una ventana
Muro norte
Nuestra Señora de Párraces, hoy en la parroquia de Bercial. Fotografía cortesía del párroco
espacio hacia poniente con una sala rectangular en la que sobresale su sistema de cubrición, virtuosa muestra del tra-bajo en ladrillo, cuyo perfil general es de medio cañón, si bien se pueden distinguir distintas partes. Se trata de dos bóvedas construidas por paños, al modo de las de arista, organizadas en su encuentro por un arco de medio punto. Por otra parte, se relacionaba con el presbiterio del tem-plo, ya que en el muro que sirve de medianería se sitúan tres puertas de pequeñas dimensiones en las que predomi-na el ladrillo, conservando upredomi-na de ellas restos de chambra-na y dovelaje de sillería, escasos y fragmentarios pero que
señalan el uso de este acceso por ambos lados, según indi-ca su doble moldura abocelada.
Se prolongaban estas capillas laterales hacia los pies del templo y relevante es en este sentido el desarrollo del cuer-po bajo de la torre, donde tanto al interior como al exterior se aprecia la presencia de sillería, constituyéndose en pasi-llo, hoy condenado, entre las citadas sacristía y capillas. De igual manera, en lo que fue la ampliación del costado opues-to, se conservan restos de pintura muy deterioradas, entre las que destaca un Cristo en mandorla situado en el intradós de un vano, pareciendo corresponder todo ello ya al gótico.
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P Á R R A C E SMás piezas de sillería son las que componen la cornisa en este flanco a la altura del presbiterio, aunque resulta eviden-te que han sido removidas y recolocadas, que lucen motivo de tacos, siendo de este mismo material lo que parece ser el arranque de un arco en el interior de este lado del templo, así como distintos perfiles abocelados y sillares distribuidos en el muro.
En la parroquia de la cercana localidad de Bercial se conserva una pequeña imagen procedente de esta abadía; se trata de la denominada “Nuestra Señora de Párraces”, a la que se tiene gran devoción en la comarca. Es una imagen de reducidas dimensiones (16 x 8 x 8 cm) realizada en madera siguiendo el modelo de Virgen Theotokos. En la actualidad su contemplación resulta compleja por el celo de los parro-quianos que la custodian y por los aditamentos que ha ido sufriendo su ornamentación, que únicamente deja vista las cabezas de las figuras. El Niño dispuesto sobre la pierna izquierda de la Virgen aparece bendiciendo, mientras que esta sentada en un trono le sujeta con su brazo izquierdo. La factura es tosca, con aires de primitivismo y rudeza, y sobre su cronología, Castán Lanaspa ha señalado al siglo XII.
Uno de los propietarios que ha tenido el caserío adquirió un Cristo Crucificado que hoy se conserva en la capilla que mantienen en uso. Se trata de un Cristo de grandes dimensiones, representado con gran frontalidad y estatismo; sigue el modelo de cuatro clavos con las extre-midades formando ángulo recto, cierta rigidez y despro-porción, además de un tosco trabajo en el tallado de pies y manos. Es una imagen de Cristo vivo, con la cabeza inclinada ligeramente hacia delante, una imagen no doliente, donde el dramatismo viene dado por la profun-didad de las cuencas de los ojos y la extrema delgadez del torso, con llamativa presencia de las costillas y el esternón. La caracterización se completa por la barba oscura, los mechones de la melena que reposan sobre los hombros y
el perizonium, sujeto a un lado, que la cae hasta la altura de las rodillas. Cuenta con unas medidas de 220 x 176 x 28 cm y en la actualidad carece de cruz. El origen incierto de la pieza lleva a plantear la posibilidad de relacionarlo con focos lejanos a su actual emplazamiento, situándolo cro-nológicamente hacia mediados del siglo XII.
Texto: JARH/IHGB - Fotos: JMRM/IHGB
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