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Preguntar por Dios, hablar de Dios, conocer a Dio

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Academic year: 2020

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(1)Maximino. Arias Reyero. Profesor de la Facultad. de Teología, U.C.. Preguntar por Dios, hablar de Dios, conocer a Dios 1.. LA PREGUNTA DEL CREYENTE POR DIOS. Vamos a formularnos muchas preguntas alrededor de un mismo tema. Para algunos estas preguntas significan mucho. otros piensan que hacerlas es una pérdida de tiempo. No son preguntas nuevas. Pero están hechas como si lo fueran. El hombre siempre se las ha hecho. Siempre ha preguntado por la existencia, el modo de ser y de actuar de un Ser superior. Según su situación personal, existencial; según su situación intelectual, histórica y cultural ha hecho las preguntas y ha dado las respuestas. Esta pregunta por Dios surge, evidentemente, en el indeciso, en el que duda, en el que pasa por una crisis. Pero ¿es posible que la realice un creyente? ¿Qué razones pueden motivar a un creyente a hacerse la pregunta por la existencia de Dios? ¿Se puede preguntar alguien por la existencia de un Ser en el que dice creer? ¿No lo hará para defender artificiosamente su fe? ¿Lo hará solamente cuando se ve atacado en su actitud de creyente y para demostrar que su postura es licita y humana? ¿Puede hacerla, asumiendo hipotéticamente la actitud del no creyente, para indicarle un camino que puede llevarle de la no-creencia a la fe? Pero ¿acaso no es esta pregunta necesaría al creyente para vivir su fe en todas las dimensiones de su existencia humana, incluida la racional? ¿No desea la fe comprender lo que cree? En todo caso, se puede afirmar que el creyente puede y debe hacer la pregunta por Dios, sin necesidad de abandonar su fe. La fe pregunta, para ser vivida, asimilada, hecha carne y sangre. Más aún, sin un inicio de fe no se haría esta pregunta nadie. La pregunta por Dios tiene una doble cara: es también, al mismo tiempo, una pregunta por el mísmo hombre. El creyente se encuentra siempre entre estos dos polos: Dios y el hombre. Si pregunta por Dios, es porque no puede concebir al hombre sumergido en una desconcertante historia sin sentido, sin principio ni fin. Cuando el hombre pregunta por si mismo, cuando se hace la pregunta ¿quién es el hombre?, ¿por qué existe?, ¿cómo ha de vivir y hacerse?, ¿hacia dónde ha de orientarse?, su respuesta no llega a tocar fondo si no incluye la pregunta por Dios. Dos preguntas hay que el hombre no puede evitar: ¿Quién soy yo? y ¿quién es Dios? (1). "La gloria del hombre es Dios", "La gloria de Dios es el hom( 1). Es la primera intuición de San Agustín después de su conversión. Cf. Soliloquios 1I, 1,1: "¿Qué es lo que quieres saber? Todas las cosas que he manifestado en mi oración. Resúmelas en una frase. Deseo conocer a Dios y al alma. ¿Nada más? Nada en absoluto,".

(2) 214. MAXIMl1',O. ARIAS. REYERO. bre viviente" (2) dice San Ireneo, acogiendo así en una unidad las dos grandes realidades que, también en la situación actual, están necesariamente incluidas una en otra (3). El hombre no puede vivir sin Dios, porque su vida no sería humana. Perdería toda dimensión de absoluto. Pero Dios ya no puede vivir sin el hombre. El hombre ya no puede existir sin el Dios Encarnado; Dios ya no puede existir sin Jesucristo, verdadero hombre y Dios. Yo no puedo vivir sin Dios; y por eso mi pregunta por Dios es una pregunta sobre mí mismo. Dios no puede, una vez que me ha creado, vivir sin mi; y por eso la pregunta por mi mismo incluye a Dios. Cuando observo al hombre, nace la admiración por Dios. La pregunta por Dios tiene en el hombre su centro (4). No hace falta, pues, partir de la duda o del temor a estar equivocado, para hacerse radicalmente y con toda seriedad la pregunta por la existencia de Dios y por su manera de ser y obrar. No hace falta pasar por la crisis de la juventud o ser tocado por la crisis de la sociedad actual. No hace falta sentir que la fe es como una ficción imaginaria, un producto transmitido por la cultura, de padres a hijos, una falsa salida ante la seriedad y la estrechez de la vida. El creyente ha de saber responderse a si mismo y dar respuesta a otros, cuando le pregunten ¿dónde está tu Dios? (5). Evidentemente que el que pasa por la crisis de la duda de la fe, el que atraviesa por el dolor y la angustia de perder un familiar querido, el que tiene que contemplar ante sus ojos las injusticias más avasalladoras, al que se le cierra el futuro, también se hará las preguntas por la existencia de Dios, por su silencio, por su modo de obrar. La Escritura está llena de estas preguntas llenas de dolor (6). ¿Y qué decir de un creyente que nunca se pregunte por Dios? Qué decir de aquel que practica una religión, realiza actos de fe, pero nunca se ha preguntado "¿a quién estoy rezando?". ¿Qué ocurre en la vida de un "creyente" cuando su fe está totalmente separada de su vida? Qué ocurre cuando un empresario, empleado u obrero creyente no se pregunta "¿qué quiere Dios de mi?", "¿qué piensa Dios de mí?" o "¿cómo es mi fe en Dios?" (7). Uno puede suponer que la fe de esta persona necesita crecer. No ha llegado a esa madurez que necesita el mundo de hoy. ¿Y cuántos especialistas de Dios, cuántos sacerdotes y religiosos, terminan, después de varios años, por no tener preguntas que hacerse sobre su Dios? ¿No existe aquí la tentación real de sentirse satisfecho con el cumplimiento de una función, dejando de lado, al margen, la existencia y la realidad de lo que se cree? ( 2) ( 3) ( 4) ( 5). ( 6) ( 7). San Ireneo de Lyon, Ad~. Haer. 3,30,2 y 4,20,7. Ver el excelente aporte de O. González de Cardedal, La Gloria del hombre. Hefo entre una cultura de la fe y una cultura de la increencia. BAC, Madrid, 198.5. Cf. Salmo 138,8. Cf. Salmo 79. El libro de Job es un buen ejemplo. Cf. Salmo 10,1. En la "Exhortación apostólica possinodal 'Christi fideles laici'" (1989) el Papa Juan Pablo 11 habla de una tentación a la que no han sabido sustraerse los fieles cristianos laicos: legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas". Introducción, 2..

(3) I'REGU:\'T AH POR DIOS,. HABLAR. DE. DIOS,. COl'\OCER. A DIOS. 215. ¿Puede hacer esta pregunta el no creyente? Es claro que muchos hombres no creyentes hablan y tratan de las cosas de Dios. Hay investigadores de la historia de la religión, de la fenomenologia de la religión, de la filosofía religiosa. Se preguntan más que por Dios, por las ideas que el hombre, a lo largo de su historia, se ha ido haciendo de lo que llama Dios. Existe, sin embargo, el no-creyente en búsqueda. Existen, sin duda, aquellos que no "apartan voluntariamente de su corazón a Dios", los que no "soslayan las cuestiones religiosas", pero no pueden aceptar a un Dios tal y como se les presenta (8). De estos dice el Concilio Vaticano JI que "carecen de culpa" (9) ¡Qué gran misterio y qué gran dolor! No pocas veces se encuentran hombres y mujeres que desean creer, pero que no son capaces de dar intelectual o afectivamente el paso a la fe y a la confesión de fe. La historia de San Agustín se repite en hombres y mujeres de toda clase y condición. ¿Y el ateo positivo? El que mantiene que Dios no existe, no puede hablar de Dios. Nadie puede hablar de quien no conoce, de quien afirma que no existe. "Puede decir que aquello que los creyentes llaman Dios no lo es realmente, síno que es sólo un fenómeno -quizá ínteresantísimode orden psicológico, social, cultural o quién sabe qué" (10). "Conocer a Dios es padecer a Dios" (11). Dios es una realidad que se muestra, se da, se hace ver, se revela. Si el hombre no es capaz de aceptarla, no la puede conocer. Conocerá lo que los otros dicen de ella. Conocerá, quízás, el vacío que tiene su corazón, la falta de apoyo y de consuelo. Pero nada puede decir de lo que desconoce. ¿No puede ser que este ateo esté afirmando con su actitud ante la vida la existencia de un valor superior a la misma vida? ¿No puede ocurrir que con la vida esté afirmando la existencia de Dios? Así como un creyente puede con su vída estar prácticamente negando la fe que teóricamente díce tener, así un no-creyente puede estar afirmando en su vída la realidad de Días que dice teóricamente negar (12) . ( 8) ( 9) (10) ( 11) (12). Cf. R. Muñoz, Dios de los cri.stianos. Paulinas/CESEP, Madrid/Sao Paulo 1986, 21-24. Es verdad que el Concilio enuncia esta verdad negativalTente; pero sr' puede deducir que ésta sería su afirmación en positivo. CS, 19 (3). J. Vives, "Si oyerais su Voz .. ."; Exploración cristiana del misterio de Dios. Sal Terrae, Santander 1988, 15. J. Moltmann, Trinidad y Reino de Dios. La doctrina sobre Dios. Sígueme, Salamanca 1983, 22. Se debe a K. Rahner el planteamiento de esta problemática bajo el tema "Cristianismo anónimo". Su respuesta se fue matizando con la polémica y pasó de "cristianismo anónimo" a "cristianos anónimos". Cuando se le hizo ver que el ser cristiano significaba confesión de fe, y por lo tanto contradecía al anonimato, habló con más propiedad de "fe anónima" o "creyentes anónimos". Cf. K. Rahner, El cristianismo y las religiones no cristianas. En su: Escritos de Teología, Tomo V, 135-156. Sobre este punto ver también H. Fries, Der anonyme Christi - das anonyme Christentum als Kategorien chri~lichen Dentens. En: El Klinger, Christentum innerhalb und ausserhalb der Kirche, Herder, Freiburg 1976, 25-41; N. Schwerdtfeger, Cnade und Welt. Zum Crundgefüge van Karl Rahners Theorie der "anonymen Christen", Herder, Freiburg 1982. En una situación más radical se sitúan los teólogos llamados de la "muerte de Dios", que conciben a Dios no como persona, sino como misterio incluido en el hablar del hombre sobre su amor. Cf. J. A. T. Robinson, Sincero para con Dios. Ariel, Barcelona 1978..

(4) 216. MAXIMINO. ARIAS. REYERO. En todo caso, este creyente anónimo, poco puede decir de Dios mismo. Para él Dios está presente sin estarlo. Al terminar el recorrido por los que pueden preguntar por Dios, podriamos llegar a la conclusión de que los que más saben de El son los que más han creído. El que cree en Dios puede hacerse preguntas sobre su existir, sobre su ser y actuar. Pero la fe ha de ser entendida de una manera total y englobante de la vida: una fe inteligente; una fe llena de obras. El que cree y ama a Dios es el que nos puede mostrar el camino para descubrir el rostro de ese Dios en quien nosotros creemos. ¿Quiénes son éstos si no los teólogos santos? (13). 2.. LA. FE ES RAZONABLE. El auténtico y adecuado punto de partida para conocer a Dios es creer en él. La fe impulsa al creyente a conocer lo que cree. Con la reflexión no desaparece la fe ni se convierte en razón. Al contrario. Se hace más pura. Se le muestra más y mejor la necesidad de creer. El hombre creyente pregunta, no para convertir su fe en "palabras sabias" (14), sino para convencerse más de su fe y para enraizarla más en su vida. El fiel que reflexiona su fe es un teólogo. No deja de ser creyente (15). La fe no es ciega. Creer no es ir contra la razón. Creer no es aceptar algo que es absurdo. Es cierto que el conocimiento que tiene su punto de partida en la fe no es un conocimiento "científico". El conocimiento científico, exacto, matemático es un conocimiento, por así decirlo, derivado. Presupone otra clase de conocimiento: el personal. El hombre no sólo conoce a través de los aparatos de medir que él mismo ha hecho, a través de sus reglas y leyes. Hay un conocimiento del corazón, un conocimiento afectivo. Y lo que es más, hay un conocimiento inspirado por Dios, revelado. Dios se da a conocer al hombre de una manera que sólo a él le es propia (16). La Teología tiene por tarea la de hacer que la fe se comprenda lo que cree. Está al servicio de la fe. Para ello utiliza la razón, la inteligencia. Esta inteligencia de la fe tiene una historia. No se parte de cero. Antes de nosotros otros creyentes, teólogos, han descubierto caminos insospechados para ayudar a la fe. La misma Iglesia ha acogido lo mejor de estos descubrimientos y lo da a conocer como auténticos, como verdaderos. Algunos conocimientos derivados de la fe han sido sancionados como dogmas. Son verdades sin las cuales la fe no podría sustentarse.. (13). (14) (15). (16). Cf. Hans Urs von Balthasar, "Teología y Santídad", En: Ensayos Teo{úgicos, Vol 1: Verbum caro. Guadarrama, Madrid 1964, 235-268. Nada de extraño que la Iglesia siempre esté señalando a los santos teólogos como maestros de teología. Y entre ellos sobresale santo Tomás ele Aquino. Cor 1,17. Cf. W. Kasper, El Dios de Jesucristo. Sígueme, Salamanca 1985, 25: "El fin ele la teología no puede ser la absorción ele la fe en pensamiento, sino únicamente la concepción del misterio de Dios como misterio." Las afirmaciones de san Pablo habría que entenderlas en estas dimensiones, La sabiduría de los hombres no puede llegar a conocer a Dios, Cf. 1 Gor 1,.

(5) PREGUNTAH. POH DIOS,. HABLAR. DE. DIOS,. CONOCER. A DIOS. ------------------. 217. También es necesano reflexíOnar la fe para ayudar a otros creyentes a profundizar y plenificar su fe. Esta es la labor que realizan los catequistas, los formadores y animadores de comunidades, los teólogos. No en último lugar es necesario reflexionar la fe para afirmar con audacia y seguridad que el hombre sólo obtiene su plenitud humana con la actitud del creyente, para mostrar con una sosegada y tranquila identidad que la fe no es un obstáculo sino una necesidad para alcanzar el verdadero fin al que el hombre aspira. Aquel creyente que piensa no tener necesidad de hablar, de explicar y razonar su fe; aquel que tiene una fe sin razones, pronto se le terminará la fe. A la larga "no se puede creer en Dios 'porque si', por una opción arbitraria, caprichosa, infundada, tomada con conciencia de que igualmente podría uno tomar la opción contraria. Creer 'porque si' es, en definitiva, creer en su propia fe, y esto ya no es creer en Dios: es creer en sí mismo" (17). 3.. LA FE Y EL SILENCIO. El cristiano sencillo vive su fe, la mayor parte del tiempo, razonablemente, pero en un silencio religioso. Al teólogo, que le ha sido dada la capacidad de reflexionar sobre la fe, que justifica su necesidad y que saca de ella riquezas, tiene también grandes momentos de silencio. El silencio es el momento final de una fe que se vive profundamente. El silencio de la adoración, de la admiración, es muy frecuente cuando se llega a la playa cansado de bracear en el misterio insondable de Dios. Existe un conocimiento íntimo, recóndito, gozoso y sosegado de Dios en muchos cristianos sencillos. No pueden expresar lo que creen, lo que viven. Esa vívencia íntima y sosegada de Dios está presente en la vida y en la hístoría de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, de tantos hombres y mujeres que tienen una "religiosidad popular", pero que cuando tratan de expresar sus vivencias más íntimas lo hacen inadecuadamente. Ese conocimiento se da también en los teólogos, que sienten que sus palabras son sólo un lejano eco de aquel silencio pleno al que finalmente llegará: Cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin entenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces modularemos un cántico eterno, loán dote a un tiempo todos unidos a ti (18). 4.. HABLAR DE DIOS. Hoy en día vuelve a sentirse el peso de la lejania de Dios. La afirmación de que Dios está más allá de todas nuestras ideas y palabras se encuentra en el ambiente. La "teología negativa", es decir, aquella teo( 17). (18). J.. VIVES, op. cit., 15. San Agustín, De Trinitllte,. XV, 28,51..

(6) 218. ------. ----~--~~~. MAXIMINO ~--~~-----~------. ARIAS. REYERO. logia que afirma que de Dios no podemos tener más que un conocimiento negativo, un conocimiento de lo que no es, ha regresado del exilio a que el optimismo escolástico la habia conducido. Dios está más allá de nuestras Palabras. Dios es una realidad tan diferente del mundo creado que no puede ser expresada con el lenguaje humano, siempre herido de finitud. Dios vuelve a ser el Incognoscible, el Trascendente. Es como el horizonte asintótico al cual se tiende y nunca s~ llega. ¿Es verdad que todas nuestras expresiones de Dios no son más que acercamientos a una realidad que está situada en la otra orilla? ¿Nuestras expresiones y conceptos no hacen más que sugerir, indicar, postular esa realidad que nunca podremos conocer en si? Existe también el intento de hablar de Dios como si fuera un objeto de este mundo, como de una realidad más entr~ otras. De este modo también cae en la manipulación humana, en la manipulación del lenguaje. Esto es el amuleto, la idolatria, la adoración de algo limitado, dominado, definido, conquistado. "A Dios nadie le ha visto nunca", dice con aplomo la Primera Carta de San Juan(4,12); entonces ¿cómo puede hablar uno de lo que no ha visto? Sin embargo, el creyente siempre ha tenido la conciencia de que su palabra sobre Dios tocaba a su mismo ser. Dios mismo, que le habia dado el poder de nombrar a todas las creaturas, le habia dado el poder de nombrar humildemente al mismo Dios. Y su palabra no caia en el vacío. Algo del poder de Dios, que es Palabra y Verdad, se hace presente en el hombre, a pesar de sus limites creaturales y de los limites que se había impuesto por el pecado. Cuando un hombre habla de Dios a otros hombres, una chispa, que pudiera estar oculta, se enciende en sus inteligencias y comprenden verdadera y realmente de el que se habla. Y llegan a gustar la verdad de este Ser. Aquí radica la dignidad del hombre. Aquí radica también la posibilidad del anuncio cristiano de Dios. A causa de la creación, existen entre el Creador y la creatura semejanzas que hacen posible un lenguaje analógico. Sin la analogia permanecería cada palabra que se dijera sobre Dios vacía de sentido. El que rechaza la analogia hace, con ello, totalmente imposibles la religión y la revelación, e incluso cada expresión religiosa (19). Hay que tener la osadía de hablar de Dios. Hay que tener también la prudencía de no hablar de El sin elíminar del lenguaje los momentos infrapersonales. No se puede aplicar a Dios, directamente y sin distinción, lo que correspond~ al espiritu humano o a la materialidad del mundo. "El hablar de Dios está siempre apuntando a algo que es apenas perceptible yexpresable y que sólo puede ser captado en un perderse por un ir y venir, entre un así es y asi no es, al mismo tiempo" (20). Nuestro lenguaje sobre Dios contiene dos momentos: uno positivo. Decimos de Dios algo que en verdad se da en El. Otro negativo: Lo que decimos de. (19) (20). A. BRUNNER, Dreifaltigkeit. deln, 1976, 9. [hidem, n.. Personale Zugiinge. zum. Geheimnis,. ]ohannes, Einsie-.

(7) I'IIEGU:'-ITAR. 1'011 DIOS,. HAlJLAR. DE. DIOS,. COl\'OCEII. A DIOS. 219. Dios es inadecuado (21). Este conocimiento, verdadero aunque inadecuado, es el conocimiento analógico. ¿Cómo hablar de Dios? ¿Qué lenguaje emplear? Dios se da a conocer a través de la revelación. Dios se ha ido acercando al hombre y se le ha dado a conocer: "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer" (Jn 1,18). Dios emplea, para darse a conocer, un lenguaje "indirecto", un lenguaje figurado. Las imágenes que emplea la Escritura para hablar de Dios hacen más visible la misma realidad divina que los conceptos, las ideas, las definiciones. Dios emplea un lenguaje tomado de la misma vida. Dios dice que él es padre, que es seflor, que es esposo. Este lenguaje, pese a toda distancia y pese a toda limitación, dice algo verdadero de Dios. No quiere decir solamente que Dios se comporta con los hombres como un padre, sino que Dios es en si mismo Padre. El lenguaje que emplea Jesús es el más adecuado para hablar de Dios. Cuando Jesús dice que Dios es su Padre, que él es el Hijo y que Dios es Amor, no dice lo que no se encuentra en Dios. La historia de Israel y la historia de Jesucristo hablan de Dios en sucesos. Hablan de Dios con más verdad que los mismos conceptos e ideas claras y distintas que puede elaborar el hombre. La meditación, la "lectura contemplativa" de la historia de Israel y de la historia de Jesús conlleva un conocimiento auténtico e insustituible del mismo Dios. La profundización creyente, teológica, no puede prescindir nunca de esta "teología narrativa". Es necesario aprender a leer la historia de la salvación. Esta manera de hablar de Dios es necesaria, insustituible. 5.. LA FE Y EL DIALOGO. El creyende que pregunta por Dios sabe de los limítes de su pregunta. Por eso tiene una comprensión amplia y tranquila de la situación del ateo. Comprende las razones que puede tener el que niega a Dios. El ateísmo, el nihilismo, el agnosticismo y escepticismo son fenómenos de nuestro tiempo. El creyente ha de entrar en contacto y en diálaga con los hombres implicados en estos fenómenos con amplitud de corazón y sin esa agresividad, que es signo de debilidad e inseguridad. ¿No ha experimentado acaso el creyente las ficciones y el engaño? ¿Qué es el corazón del creyente si no un corazón humano? (22). No se trata de ignorar las propias convicciones y empezar un diálogo con el no-creyente desde cero, desde el puro vacío, desde la increencia. (21). (22). Es lo niÍsn:o que en otro contexto e idioma afirma el Concilio de Letrán cuando dice que "entre el Creador y la creatura no se puede afim1ar ningún tipo de semejanza, sin que se haga notar que entre uno y otra es aún más grande la desemejaza". San Agustín implora al Señor así: "Señor y Dios mío... concédeme saciar con tu pan a los hombres que no sienten hambre y sed de justicia, sino que ahítos abundan. Hartos estún de sus ficciones, no de tu verdad, que rechazan y evitan para caer en su vanidad. Yo lo he experin:·entado: conozco la muchedumbre de fábulas que es capaz de alumbrar el corazón del hombre; y ¿qué es mi corazón, si no un corazón humano?". De Trinitate, 4,1,1..

(8) 220. Esto ya no sería diálogo, sino un engaño a la otra persona y a uno mismo. Se trata de comprender las razones que tiene el no-creyente para mantenerse en la increencia. Se trata de descubrir en la vida de cada hombre la presencia de Dios, la extralimitación de sus conclusiones: quizás la verdad de su negación de un dios que nunca ha existido y que sólo es producto de la imaginación o de falsas concepciones. El creyente ha de hacer un esfuerzo para mostrar, desde la misma realidad humana, la posibilidad de iniciar un camino que lleve al reconocimiento de la existencia de Dios y de algunas de sus cualidades. No podrá evitar tener que descubrir subterfugios personales o sociales, bajo los que el no-creyente se escuda para negar a Dios. Creer en Dios no ha sido nunca fácil, no se hace sin renuncias. Sin embargo, no hará más que comenzar. Con el diálogo podrá reconocer que él mismo no ha hablado de Dios con claridad, que ha ocultado con su vida y testimonio el rostro de Dios, que la misma sociedad e historia cristiana han vivido, en muchas épocas, en una ambigüedad que rayaba con el fariseísmo. Y tendrá que proseguir su trabajo tratando, en lo posible, de eliminar las contradicciones personales y sociales que evitan dar un paso a tantos hombres hacia la comprensión y el reconocimiento de Dios. Sin embargo, nunca podrá hacer evidente racionalmente una verdad que, de hecho, es un don de la gracia de Dios y a la que se llega mediante una apertura de la libertad y voluntad personal. La auténtica fe no es asumida con coacción ni con necesidad. Mucho menos con violencia. Aquí vuelve a asomar el rostro ese silencio interior ante el que todo hombre debe dar su respuesta, sin posibilidad de ser sustituido. El misterio de la gracia de Dios tiene un pálido reflejo en la libertad del hombre. Y si Dios, en su gracia, respeta la libertad, ¿qué puede hacer el creyente? 6.. CONOCER A DIOS (23). ¿Qué es conocer a Dios? Al final tenemos que detenernos en este punto y tratarlo más detenidamente. Sólo así nos podemos dar cuenta de la diferencia que existe entr,e conocer a Dios y conocer a cualquier otra persona o cosa de nuestro entorno. 1. Dios no es un objeto, sino un "sujeto", un ser personal. No puede ser conocido como una cosa. El conocimiento de Dios se parece más al conocimiento entre personas. Por eso mismo el conocimiento de Dios es no sólo intelectual; es un acto total entre personas. Es una acción que compromete toda la persona, su vida, su historia. Se pueden saber muchas cosas de Dios y no conocerle. Se pueden saber muchas oraciones sobre Dios y no haber tenido nunca un encuentro personal con él. Y, lo que es más tremendo: se puede llegar a olvidar a Dios, sin olvidar todo lo que uno ha aprendido de él. El conocimiento de Dios es dif,erente de ese conocimiento que es propio de las ciencias. Para el pensamiento técnico y científico conocer es (23). Cf. J. M. Trinitario,. ROVIRA. BELLOSO,. Salamanca,. 1979,. fine/ación 137-162.. de DioO', .\akación. del hombre,. Secretariado.

(9) PREGUNTAR. POR DIOS,. HABLAR. DE. DIOS,. CONOCER. A DIOS. 221. dominar, conocer es cambiar, transformar. El conocimiento de Dios sólo se da en la confianza, en la fidelidad. Sólo se puede conocer a Dios en la mutua libertad. Para conocer a Dios hay que amarlo. Sin amor no hay verdadero conocimiento. Este conocimiento supone una experiencia, un vivir juntos, un convivir, un estar uno en el otro. La Escritura llama "conocer" a la unión del hombre con la mujer (24). Es cierto que el conocimiento de Dios no es nunca total. Mucho de Dios queda en la oscuridad, no es accesible al hombre. Es inagotable. A este conocer de Dios el hombre accede por la fe. Conocerle es creE::r en él. 2. El conocimiento de Dios viene de Dios. Es cierto que el Concilio Vaticano 1 afirma que es posible al hombre conocer con certeza a Dios como principio y fin de todas las cosas por la luz natural de la razón, a partir de las cosas creadas (25). Esta afirmación se hace para defender el presupuesto antropológico de la revelación. El conocimiento "natural" no es un conocimiento de Dios en si, sino de Dios como principio y fin de la creación. Es, por lo tanto, un conocimiento real, verdadero, pero muy lejano e imperfecto. Este conocimiento "natural" de Dios está al servicio del conocimiento de Dios en su propia y personal manifestación. Dios mismo ha creado al hombre con esta capacidad natural para que el hombre pueda conocerle cuando se revele. En todo caso, el conocimiento racional se comportaría como un conocer intel,ectual y no necesariamente salvífico. Dios mismo es el que va poniendo los presupuestos del conocer humano de Dios. La luz de Dios es la que va iluminando el conocimiento humano y le va capacitando para verle tal como es. El conocimiento humano tiene que acostumbrarse a la manifestación del mismo ser de Dios; Dios, por ello mismo, se va conformando al conocer humano, para elevarlo. Aqui hay un camino ascendente, paulatino. Dios se manifiesta a través de sus cr.eaturas; se manifiesta también mediante la historia. Dios se adecua a nuestra manera de conocer, haciéndose hombre; hablando palabras humanas, en Jesucristo. A lo largo de la vida, Dios va transformándol.e en un hombre creyente. Se da una lucha a veces muy fuerte entre el Dios que se revela y el hombre que quiere conocerle según está acostumbrado a conocer todas las demás cosas. Esta lucha entre Dios y el hombre se describe de manera concisa, poética y explicativamente por San Juan de la Cruz (26). El conocimiento de Dios es posible a la fe. Ya se ha dicho que no es tan sólo un conocer intelectual. Es un conocer de toda la persona. Un conocer que, sin ser antiintelectual o aintelectual, ti.ene caminos propios. De aquí que Dios tenga que ír purificando el intelectualismo, el sensualismo, la imaginación, para ir dándose a conocer más plenamente. Dios va también purificando el amor, despojándole y desapegándole de lo que le ata, para que pueda conocerle. San Juan de la Cruz lo expresa así:. (24). Cf. Mt 1,25.. (25). DS, 1785; 1806. Subida al Monte Carmelo. (2fi). o Noche. Oscura..

(10) 222. MAXIMINO. ARIAS. REYERO. cuando toda cualquier criatura, todas las acciones y habilidades de ellas no cuadran ni llegan a lo que es Dios, por eso se ha de desnudar el alma de toda criatura y acciones y habilidades suyas, conviene a saber: de su entender, gustar y sentir, para que, echado todo lo que es disimil y disconforme a Dios, venga a recibir semejanza de Dios, no quedando en ella cosa que no sea voluntad de Dios; y asi se transforma en Dios (27),. y. Todo lo que hace el hombre para conocer a Dios es seguirle, ~s abrirse a éL En esto está su liberad. Sin embargo, no se crea que este conocimiento no es intelectuaL También lo es, pero superando con mucho los limites de una int~ligencia ligada a elementos subpersonales. Por eso le parece al hombre que su inteligencia queda en la oscuridad. En realidad es una oscuridad por recibir demasiada luz. 3. El conocimiento de Dios tiene una historia. Dios se da a conocer poco a poco. Se va adecuando al hombre, le va habilitando para que le conozca. Además de la historia individual que Dios va teniendo con cada persona, también hay una historia universal de la manifestación de Dios a los hombres. Es la historia de la revelación. Por eso es tan importante para conocer a Dios conocer la historia de su manifestación. En el Antiguo Testamento Dios se va dando a conocer como Dios personal, como liberador, como dialogante del hombre, como justo, misericordioso. Poco a poco la imagen de Dios va haciéndose más y más precisa. Pero en el Nuevo Testamento esta manifestación llega a su plenitud. Dios se manifiesta en la historia de Jesucristo. Aquí llega a su totalidad. Sin embargo, el hombre tiene que ir conociendo a lo largo de la historia de la Iglesia lo que estaba contenido en la revelación de Jesús. De aqui la necesidad de conocer lo que la Iglesia diee de Dios, de su ser, de su actuar. Fuera de esta historia se conoce también a Dios. Las religiones no dicen mentiras de Dios. Pero están oscurecidas. fragmentadas. La plena manifestación de Dios se nos da en la Vida, Muerte y Resurrección de Jesús; se nos da con el envío del Espíritu Santo. La Iglesia recoge esta manifestación, la guarda y la defiende, la expone auténticamente. No crea, con sus declaraciones, una nueva revelación. 4. El conocimiento de Dios da al hombre una nueva visión de todas las cosas. Lo primero que descubre el hombr,e con otros ojos es a sí mísmo. Dios, al descubrirsele, le da a conocer quién es y cómo es el mismo hombre. Por eso nadie que no conoce a Dios puede conocer al hombre. Dios manifiesta al hombre que es libre y que quier,e su libertad; que es imperecedero y quiere su eternidad. Si, le manifiesta su intranquilidad y desasosiego como algo positivo. Le descubre el sentido del dolor y de la muerte. Le hace audaz, valiente; le hace hijo y no esclavo. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclar,ece en el misterio del Verbo encarnado ... Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad (28). (27) (28). Subida. cs,. 22.. al Monte. CaJ'lJlelo, 2,5,4,.

(11) PREGU:\'TAR. POR DIOS,. HABLAR. DE. DIOS,. CONOCER. A DIOS. 223. Pero también a la luz de Dios se va conociendo la verdad de las cosas creadas. La creación aparece a otra luz. Las cosas son buenas, pero no son Dios. Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando con sola su figura vestidos los dejó con su hermosura (29). A la luz del conocimiento de Dios crece el conocimiento de la historia y de la sociedad. El que conoce a Dios conoce su corazón, su misericordia, su paternidad sobre todos los hombres, su sufrimiento por los más débiles, su preferencia por los pecadores y menospreciados. Esto es la revelación de Dios, gracia de Dios, liberación de Dios y de los hombres, y -para aquellos que comprenderán el sentido de todos los signos- conocimiento de la presencia que ama con fidelidad desde el corazón de cada hombre hasta la historia de todos los hombres. Porque el lugar de Dios es el corazón del hombre y la tarea del hombre ,es la transformación del mundo (30). 5. El conocimiento de Dios requiere una actitud de conversión y se desarrolla dentro de una situación de justicia. No es independiente el conocer del actuar; ni es independiente el conocer de la sociedad en la que se está viviendo. El que no obra como piensa, termina pensando como obra. Nadie puede decir que conoce a Dios si no ama al hermano. La Primera Carta de San Juan es clara en este sentido. No hace falta ext,enderse en esto. Más importancia tiene la constatación de que hay muchas situaciones sociales reales que ocultan el rostro de Dios. La sociedad pone en nuestras mentes esquemas que justifican lo injustificable, y se oculta asi el rostro de Dios. No se trata sólo de que hay hombres que se dicen creyentes y obran en contradicción con el Dios que dicen creer; alejan así a los demás de Dios. Se trata de culturas y de civilizaciones afectadas de tal manera por el pecado que no dejan a los hombres que las forman levantar los ojos a Dios. El pecado social tiene tanta fuerza como para ocultar el conocímiento de Díos. De ahí el llamado urgente del Papa a los laicos para emprender una nueva evangelización de la cultura, para que se descubra la dignidad de la persona humana, su respeto a la vida, su libertad religiosa, así como para transformar las estructuras económicas, sociales, políticas, culturales, comunicativas (31). No se trata, evidentemente, de hacer una nueva cristiandad, sino de dar al hombre la capacidad para que acceda al conocimiento libre de Dios. (29) ( 30) (31). San Jllan de la Cruz, Cántico, .5. J. M. ROVIRA BELLOSO, op. cit., 158. Exhortación Apostólica postsinodal "Christi fideles laici" de Su Santidad Juan Pablo 11 sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el 111undo, en L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 5 de febrero de 1989..

(12) 224. MAXIMINO. ARIAS. REYERO. Sin embargo, Dios no nos ha mandado: "conoce a Dios más que a todas las otras cosas" ni "conoce tu hermano como a ti mismo"; Dios nos ha mandado: "ama a Dios sobre todas las cosas", "ama a tu hermano como a ti mismo". ¿Será esto por casualidad? ¿No tendrá un sentido mucho más profundo de lo que a primera vista aparece? Sí; lo tiene. El conocer puede ser peligroso. Pued':l convertirse en un conocimiento abstracto, intelectual, desprovisto de carne y sangre. Pero no asi el amar. El que conoce, muchas veces puede convertir su conocimiento en algo abstracto y no amar. ¡Cuántos hay que conocen y no aman! ¡Cuántos hay que saben tantas cosas de Dios y su corazón está frío como un témpano de híelo! ¡Cuántos conocen la miseria humana y no hacen nada contra ella, porque no aman al hombre misero! Pero el que ama, ése conoce a partir de la realidad. Por eso mismo el conocimiento deberia ir detrás del amor; se debería conocer lo que se .experimenta y se ama; no es conocer prímero y amar después. Aqui entra fácilmente el cálculo. Se dice que nadie puede amar lo que no conoce, y es cierto (32). Pero también es cierto que nadie pU':lde conocer aquello que no le ha atraído, llamado la atención, tirado de él. La madre ama a su hijo antes de conocerle. Y es dentro de este amor como va creciendo su conocimiento maternal. Lo que no se ama no se puede conocer. La definición biblica de Dios ,es que Dios es amor, y porque nos ama nos crea y nos conoce. Dios no nos conoce primero y nos ama después. ¿No debería ser asi también en nosotros? Sí, así es. El amor es el peso específico que lleva al hombre a enardecerse y a camínar, le lleva a conocer con realismo. El cuerpo, por su peso, tiende a su lugar. El peso no sólo impulsa hacia abajo, sino al lugar de cada cosa. El fuego tira hacia arriba, la piedra hacia abajo. Cada uno es movido por su peso y tiende a su lugar. El aceite, echado debajo del agua, se coloca sobre ella; el agua derramada encima del aceite, se sumerge bajo el aceite; ambos obran conforme a sus pesos y cada cual tiende a su lugar ... Mi peso es mi amor; él me lleva dondequiera soy llevado (33).. (32) (33). San Agustín, Comentario al Et:angelio de San Juan, 96,4; 83.3; De Doctrina CJ¡risliana 1, 37,41; Enarrationes, 8. San Agustín, Confesiones XIII, 9,10. También en Carta 157,9; Ciudad de Dios XI, 28. San Agustín, a pesar de la importancia que da a la fe y al conocimiento, ve esta manera de anteceder la caridad al conocer. Por eso dice en otros lugares: "Que viva en ti la caridad, y necesariamente conseguirás la plenitud de la ciencia. ¿Qué puede ignorar el que conoce la caridad?", en Enarrationes, 79,2; "La caridad es un don mayor que el de la ciencia, pues cuando el hombre posee la ciencia, si no quiere hincharse por necesidad ha de poseer la caridad", en De la gracia y del libre arbitrio, 19,40. Ver también Comentario al Evangelio de San Juan 26,4: "Preséntame a alguien que ame y comprenderá lo que digo. Preséntame a alguien que desee, que tenga hambre, que se considere peregrino, que tenga sed, que suspire de verdad por la fuente de la patria eterna; preséntame a uno que sea así y comprenderá lo que digo. Pues si hablo a uno que está frío, no comprenderá lo que digo", en Ibidem, 27,5: "Suma a la caridad la ciencia y te será útil; no por sí misma, sino por la caridad"..

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