Leche Amarga

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LECHE AMARGA: VIOLENCIA Y EROTISMO EN LA NARRATIVA CHILENA DEL SIGLO XX

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Ensayo / Literatura

Leche amarga:

violencia y erotismo en la narrativa

chilena del siglo XX

(Bombal, Brunet, Donoso, Eltit)

E D I T O R I A L C U A R T O P R O P I O

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Leche amarga: violencia y erotismo en la narrativa

chilena del siglo XX (Bombal, Brunet, Donoso, Eltit) © RUBÍ CARREÑO BOLÍVAR

Inscripción Nº 159.592

I.S.B.N. 978-956-260-391-1 © Editorial Cuarto Propio Keller 1175, Providencia, Santiago

Fono/Fax: (56-2) 341 7466 E-mail: cuartopropio@cuartopropio.cl Composición: Producciones E.M.T. S.A. Imagen de portada: Pilar Álvarez RubioComposición: Producciones E.M.T. S.A. Imagen de portada: Pilar Álvarez RubioComposición: Producciones E.M.T. S.A.

Impresión interior: LOM Ediciones IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE

1ª edición, junio de 2007

Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.

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drigo Cánovas, Patricio Lizama, Sonia Montecino, Augusto Bolívar, Margarita Préndez, Paulina Schindler, Clara Olivares, Diamela Eltit, Christian Matus, Luis Vaisman, Roberto Hozven, Eugenia Brito, Richard Astudillo y Cristian Opazo, por la llegada a mi vida y a este libro.

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 04

CAPÍTULO I

APUNTES PARA UNA FILOSOFÍA DEL TOCADOR 14

1. Signifi caciones del erotismo y sus

vínculos con la violencia en Occidente 14

1.1. Al acecho de eros: el erotismo como causa de la violencia 15 1.1.1. Georges Bataille: la conjunción de los opuestos 16 1.1.2. René Girard: la violencia como sombra del erotismo 20

a) La violencia colectiva 20

b) El deseo triangular 24

1.2. El sexo como sublimación o felicidad social 25

1.2.1. Freud y el malestar en la sexualidad 25

1.2.2. Wilhelm Reich y Herbert Marcuse: el sexo como

felicidad 27

1.3. Michael Foucault: Poder y erotismo 32

1.4. Otros tactos 36

2. Estudios de género: construcción de lo femenino/masculino en Chile y sus vínculos

con la violencia y el erotismo 37

CAPÍTULO II

CONTEXTOS: LA CRISIS DE LOS GÉNEROS EN LA

ARENA DISCURSIVA DE LOS AÑOS 30 40 41

1. La crisis de Familia 41

1.1. Hojeando la revista 43

1.2. Familia puertas adentro 46

1.3. Familia puertas afuera 50

1.4. Periodismo y literatura: Vicios públicos, virtudes privadas 54 2. Una escena crítica: estereotipos e ideologías de género

en la recepción crítica de Brunet y Bombal 56

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2.1.1 El cuerpo degradado 58

2.1.2 El cuerpo “glorifi cado:” la madre espiritual y la señorita 59

2.1.3 El cuerpo travestido 61

3. La otra pugna: Vanguardismo y Criollismo 63

3.1. María Luisa Bombal: diciendo desde la otra orilla 63

3.2. Brunet: el criollismo como mascarada 66

4. Brunet y Bombal: dos voces, dos estrategias 68 CAPÍTULO III

BRUNET (1943): LOS DEBERES (Y PODERES) DEL SEXO 70

1. Aguas Abajo 70

2. Un “trapo de piso” y la reina del hogar 71

2.1. Reina y víctima 73

2.2. La reina de la casa 76

3. “Aguas Abajo:” los cuatro lados de un triángulo 79

3.1. Escena uno: “En la casa la existencia se guiaba por las aguas” 80

3.2. Escena dos: “Mi taita no, su marío” 83

3.3. Escena tres: “Es pior que macho” 86

3.4. Escena cuatro: “La dueña de casa” y “Su mujer” 88

4. Nuestras vidas son los ríos.... 90

CAPÍTULO IV

BOMBAL (1949): LA BELLEZA ENCLAUSTRADA 91

1. Nadja y los Quincheros toman el té:

surrealismo en el fundo chileno 92

1.1. Naturaleza y cultura 93

1.2. Masculino y femenino 95

1.3. El “conocer” al/del varón 97

1.4. La bella prostituta: excurso a partir de Juan Emar 99

2. Plus belle pour toi 101

CAPÍTULO V.

DONOSO (1966): PER/VERSIONES DE GÉNERO EN EL LUGAR SIN LÍMITES

DONOSO (1966): PER/VERSIONES DE GÉNERO

EL LUGAR SIN LÍMITES

DONOSO (1966): PER/VERSIONES DE GÉNERO

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EL LUGAR SIN LÍMITES 107

EL LUGAR SIN LÍMITES

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2. Construcción de los géneros y sexualidades en

El obsceno pájaro de la noche El obsceno pájaro de la noche

El obsceno pájaro de la noche 110

2.1 Signifi cados de la sexualidad y la violencia 111 2.2 Construcción de lo femenino y lo masculino 114 2.2.1 Feminidades: Madres estériles, brujas y putas 114 2.2.2. Masculinidades: chingones, apequenados y monstruos 115

2.3 Otra mirada al “grotesco donosiano.” 117

3. La per/versión de la Manuela 118

3.1. Un vestido y un amor 118

3.2 Erotización, dominación y dinero. 126

3.3. Tengo cicatrices de risas en la espalda 129

3.4 Se armó la casa´e putas 132

CAPÍTULO VI

POR LA PATRIA (1986):

EL IMPERIO SE APODERA DE TU CAMA 136

1. La salida colectiva del erial: recepción crítica y

estrategias de inserción 136

1.1 Marginalidades o pasafronterías 144

2. Por la patria: condensación de tiempos y espacios 146

2.1. El cerco, el delirio, el cerco: casa y nación. 146

2.1.1. ¿No soy hija ya? ¿No? 154

2.1.2. Desmaterna 159

2.2. De Coya a Coa; pasado colonial, presente imperial 162 3. ¿Ni un rulito? ¿Ni un un brillito pa que dorado la quieran? 166 CAPÍTULO VII

CONCLUSIONES: LA LECHE DERRAMADA 175

1. El huaso y la lavandera: signifi caciones de la sexualidad

y la violencia en la contrucción de géneros 177 2. Voces familiares y la construcción de los géneros 186

2.1 (Des)madrarse 186

2.2. Des(a)pa(d)recer 194

2.3 Los hijos de Don Alejo 195

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3.1 Coda 203

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INTRODUCCIÓN

Hablo siempre de las cosas nuevas de la infancia, del estilo asombrosamente decadente de la patria.

(Eltit, 1986:199)

Con el desapego de quien experimentó los efectos de la dicta-dura, pero en otro lugar y de otra manera, una amiga veinteañera y “retornada” me dijo que entendía perfectamente el aislamiento en que mi generación vivió su juventud. Dijo que con solo tres canales de televisión manejados por el Estado; con toque de queda; cargando o pateando piedras y experimentando en secreto casi todas las relaciones signifi cativas, no quedaba otra cosa que hacer para vivir espacios de placer y libertad, que leer. Y tener relaciones sexuales –agregué yo en honor a la verdad y por mero rigor histórico– recordando, además, la clandestinidad, no sé si feliz, que rodeaba ambas prácticas.

Somos los niños que vimos matar(se) a Allende y entronizar(se) a Pinochet; los que vimos vestirse de negro o con delantales de co-lores a nuestras madres para convertirse en las viudas o esposas de Chile; los que gritábamos con los Bochincheros, para no escuchar los otros gritos, los que vimos desaparecer o enriquecerse a nuestros padres. Los que crecimos siendo testigos de la violencia doméstica y nacional, con la única posibilidad de palear el dolor entre líneas, entre sábanas.

Quizás para celebrar el hogar que nos dieron los maravillosos textos que este trabajo convoca y para contribuir a exorcizar la pena de esos años, es que esta investigación refl exiona sobre los modos en que anudamos la violencia al erotismo en los espacios que habitamos. Esta refl exión parece pertinente al recordar los altos índices de violencia doméstica y un pasado reciente en que el abuso fue la norma. Tanto en la casa como en la nación la sexualidad ha sido una instancia de sometimiento de otro/a y de genocidio más que de placer mutuo.

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Las narrativas de Brunet, Bombal, Donoso y Eltit, constituyen una parte importante del canon narrativo chileno del siglo XX. Sin embargo, y pese a su incuestionable calidad, esta pertenencia a la “nación literaria” no fue fácil ni inmediata. Al momento de ser publicados, estos textos fueron califi cados por la crítica como “des-agradables,” aunque por cierto, no se profundizó en las razones del malestar que producían.1

Proponemos releer una parte importante de la historia de la narrativa chilena a partir de aquellos aspectos “desagradables” que la primera crítica escamotea; como también, a partir de las estrategias para introducir esa “incomodidad” en el canon narrativo chileno.2

“Aguas abajo” (1943) de Marta Brunet, “La historia de María Griselda” (1946) de María Luisa Bombal, El lugar sin límites (1966) El lugar sin límites (1966) El lugar sin límites

de José Donoso y Por la patria (1986) de Diamela Eltit, constituirían Por la patria (1986) de Diamela Eltit, constituirían Por la patria

una tradición literaria que explora la fusión entre violencia y erotismo en la cultura chilena.3

1 La relación entre el canon literario y la nación ha sido abordada por Fernando Blanco en “Traducciones, consensos y otras asepsias” (Blanco, 1998). 2 No es difícil adivinar que la presencia de inmaculadas mujeres de clase alta

“ardiendo de pasión;” los deseos homoeróticos de los personajes; el modelo familiar conformado por la madre prostituta, el padre homosexual y una niña andrógina; los incestos, asesinatos y violaciones; y la superposición de espacios que homologa el salón de la casa con el del burdel o, el dormitorio con la cárcel, y todos ellos con la patria, son los elementos de esta narrativa más visibles de lo que en Chile suele/debe quedar fuera de la foto familiar.

3 Nos apartamos del modelo generacional para adherir al concepto de tradición narrativa construida a partir de la lectura de un conjunto de textos pertenecien-tes a distintos tiempos, autores/as y movimientos literarios, pero cruzados por un proyecto común que el crítico traza. El concepto de historia literaria podría volver a articularse a partir del conjunto de tradiciones entretejidas. En este sentido, esta investigación se acerca a las concepciones de la historia literaria propuestas por la crítica feminista. Pienso sobre todo en las “genealogías” de Eliana Ortega (1996) y la proposición de Raquel Olea de “construir sentidos de los textos, como productividad cultural que pueda intervenir y ampliar los

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Para realizar una lectura que dé cuenta de lo anterior, propo-nemos determinar a través de qué signifi caciones el erotismo y la violencia se confunden en el corpus; establecer cómo se construyen los géneros femenino/masculino y sus interacciones en un contexto familiar y, fi nalmente, leer desde esta perspectiva los referentes de la tradición literaria con los que dialogan los textos.

Puesto que los diferentes lugares de enunciación determinan lo que “se dice y no se dice” así como las formas que adquiere ese “decir y no decir” es que leemos estos textos de manera dialógica. Es decir, en relación con el corpus individual y colectivo de los autores; con otros discursos sociales como la crítica literaria, el periodismo y el discurso político y fi nalmente, entre sí. Este procedimiento de lectura nos permitirá oír y completar todas las voces que articulan el discurso erótico-violento: las voces familiares (materna, paterna y fi lial) y las de las diferentes clases sociales que conforman el “fundo patronal” chileno. Por otro lado, también nos permitirá determinar los modos en que los diferentes referentes de la tradición literaria abordan el erotismo y la violencia así como las diferencias del discurso literario respecto a otros discursos sociales.4

corpus masculinos, cerrados en corrientes, generaciones, épocas, sin posibilitar cruces, y transversalidades textuales” (1998: 15). Si bien es cierto, Olea plantea una crítica a las genealogías de Ortega en tanto se pregunta “por el ingreso a la historia literaria, antes que construir una historia alternativa” (15), desde la perspectiva de esta investigación no son posiciones excluyentes. Es posible construir una tradición tomando como corpus textos que pertenecen al canon narrativo e intervenirlo a través de la lectura de aspectos que hasta hace poco eran considerados marginales. Por otro lado, “las genealogías” han sido una herramienta consistente a la hora de reposicionar en el canon a autoras como Brunet. La narrativa de Donoso y luego, de Eltit, han permitido rescatarla del fundo criollista.

4 Tanto Josefi na Ludmer (1980) como Beatriz Sarlo (1990) han fi jado la opo-sición “decir/no decir” como estrategia de lectura.

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El espacio privilegiado en los textos escogidos es la casa familiar de la cultura hacendada chilena.5 A la casa de los patrones se

super-pone la de los inquilinos, el prostíbulo, el infi erno y el centro de detención. Esta condensación es posible en tanto en estos lugares, los cuerpos y las pasiones se transan a través del dinero o del lugar que se ocupará como víctima o victimario. Por otro lado, el aislamiento y la pérdida de referentes externos; el imperio de “leyes” propias o en palabras de Agamben, del bando como norma; la impunidad ante el abuso y las relaciones de dominación posibilitarían la superposición de espacios a la nación en su conjunto.6 Esta relación casa-nación

se hace progresiva a través de los textos, siendo Por la patria, el que desde su título la productiviza y le otorga, además, una dimensión histórica y política a la misma.

Por otro lado, tanto el discurso público de Pinochet, que enun-ciaba que en “Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera” así como el rumor popular de aquel entonces que lo vinculaba a “un patrón de fundo” o “tata,” como lo llamaban sus partidarios, hacían del Chile preglobalizado de los ochenta, un pequeño campo (de concentración), un pequeño fundo.

La emergencia y aceptación reciente en la academia de nuevos saberes tales como los estudios culturales, la crítica feminista, los estudios de género y los queer studies permitirán la legitimación y cir-queer studies permitirán la legitimación y cir-queer studies

culación institucional de textos y de procedimientos de lectura cuyos

5 El fundo es una unidad mínima que nos permite observar relaciones inter clases y también intrafamiliares. Para cultura rural v. La sociedad rural chilena (Bauer, 1975) y El poder y la subordinación. Historia social de la agricultura

chilena (Bengoa, 1990).

6 Tal como ha señalado Brito (1990), Por la Patria (Eltit, 1986) incorpora un Por la Patria (Eltit, 1986) incorpora un Por la Patria espacio nuevo en la narrativa chilena y en el corpus: el erial urbano. Esto nos permitirá refl exionar, en este libro, en torno al tránsito del fundo a la ciudad en el contexto dictatorial.

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sujetos de enunciación hasta hace pocos años se jugaban en diversos y precarios escenarios la posibilidad de autorrepresentarse o de construir una memoria. De alguna forma, en la calle y en la academia, estos saberes han construido la posibilidad ética, estética y política de decir (se). Tanto los estudios de género como los estudios culturales han vuelto a abordar la hoy menos tensa relación entre literatura y sociedad ofreciéndonos un antecedente y marco global para este trabajo.

Desde la perspectiva de los estudios de género en Chile es especialmente importante Madres y Huachos (Montecinos, 1991). Madres y Huachos (Montecinos, 1991). Madres y Huachos

A la relación entre mestizaje y conquista abordada por Paz (1950), Montecino incorporará el factor de la ilegitimidad en la construcción de los géneros y en su interpretación de la cultura chilena. Si Paz centra el análisis en el “chingón,” Montecino lo hará en “la madre,” entendida en su doble faceta de Virgen y Malinche.7

El análisis de los textos muestra que la pareja de “madres y huachos” presentado por Sonia Montecino adquiere un nuevo mo-vimiento: la violencia del chingón contra lo materno y la violencia de lo materno que excluye a lo masculino de todo papel adulto incide en que hombres y mujeres asuman los papeles intercambiables de “víctima” y “victimario.” El chingón y la chingada intercambian sus máscaras en el escenario cerrado y endogámico de la casa de fundo, que es también el espacio de la nación.

Las relaciones entre los géneros e intragenéricas aparecen en el corpus como vínculos de dominación o de competencia. De este

7 Por otro lado, los ya clásicos estudios sobre violencia y sexualidad de Foucault (1971) y de René Girard (1961, 1972, 1982) también orientan nuestro trabajo. El primero, en tanto entabla la relación entre poderes, discursos y sexualidades y el segundo, en relación al deseo mimético y triangular; su mirada de género sobre la violencia asociada a la sexualidad y a la caracterización de la violencia colectiva.

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modo, lo masculino adquiere las características de una masculinidad hegemónica, “el patrón de fundo” o su revés victimoso, el varón “apequenado.” Relacionalmente, lo femenino se construirá como la sempiterna víctima de los excesos masculinos o, en su cariz de victimaria, como la represora de la sexualidad de niños, niñas y de la masculinidad adulta en su pareja.

A partir de este supuesto de que la construcción de los géneros “victima-victimario/a” se entiende en relación a la jerárquica cultura hacendada que ha predominado en Chile trazaremos un diálogo con los referentes literarios que se apropiarían de esa tradición cultural.

De este modo, Brunet imita sus estereotipos a través del criollis-mo, pero le otorga signifi caciones críticas; Bombal lleva el surrealismo al fundo poniendo de manifi esto las coincidencias y tensiones entre la burguesía chilena y la cosmovisión vanguardista de la realidad; Donoso invierte el surrealismo y el criollismo a través del grotesco y fi nalmente, Eltit a través de algunas estrategias neobarrocas recoge las hebras del pasado mestizo y rural y las teje en un presente pobre y poblacional. Si realizamos un trazado desde Brunet a Eltit analizando las estrategias textuales propias de cada referente a través del prisma de lectura que hemos propuesto, nos será posible escuchar no solo las voces familiares de la madre (en Bombal y Brunet), del padre (en Donoso) y de los hijos/as en Eltit, sino que escuchar las voces y silencios en torno a la violencia y el erotismo.

En tanto trabajo que recorre diversos referentes y momentos de la historia del siglo XX establecemos un diálogo con las historias canónicas de la literatura (las impresionistas, las generacionales, las de movimientos literarios). Sin embargo, este diálogo no asume ni “fi liaciones” ni “parricidios” con esta tradición crítica: las fi lias y fobias quedan, como ocurre casi siempre, en familia y nuestros antecedentes “familiares” son otros, los que hemos señalado en la introducción.

En relación a las historias de cuño impresionista, de las cuales

Historia personal de la literatura chilena de Alone (Díaz Arrieta: 1954) Historia personal de la literatura chilena de Alone (Díaz Arrieta: 1954) Historia personal de la literatura chilena

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es el texto paradigmático, serán consultadas para establecer diálogos con el discurso hegemónico de principios de siglo, sobre todo en cuanto a la concepción existente en torno a la narrativa de Marta Brunet y María Luisa Bombal y para determinar las negociaciones que permitieron el ingreso de estos “dos cuerpos extraños” al canon narrativo.

Las historias que adhieren a un esquema generacional como

Historia de la novela hispanoamericana (Goic 1972), Historia de la novela hispanoamericana (Goic 1972),

Historia de la novela hispanoamericana La novela chi-lena del último siglo (Promis: 1993) nos han sido de utilidad para

ver la inclusión de los textos en ciertos movimientos y períodos. Sin embargo, nuestro interés principal no es éste, sino más bien mos-trar que la elección e interpretación de los referentes literarios de la tradición (movimientos y tendencias) no solo obedecen a criterios generacionales o estéticos (todos los autores han sido reconocidos por renovar, de alguna forma, la narrativa chilena) sino también a ideologías de género y de clase que los textos contribuyen a representar y a deconstruir simultáneamente.8

Para dar cuenta de la especifi cidad literaria y narrativa del corpus analizado hemos encontrado un punto de apoyo importante en las teorías textuales de Mijail Bajtin. No solo porque al considerar la palabra del que se llama “otro” está en consonancia con el enfoque de género que proponemos, sino porque nos permite poner en diálogo los textos sin perder la perspectiva social e histórica. Por otro lado, la teoría textual de Bajtin posibilita analizar las tensiones evaluativas entre el pensamiento hegemónico y el emergente en cada uno de los textos respecto a la sexualidad, la violencia y los géneros sexuales.

También hemos acogido las investigaciones de Marc Angenot, quien a partir de los estudios de Bajtin, ha acuñado el concepto de

8 A partir de los ochenta la narrativa chilena se aborda en sus expresiones mar-ginales: la narrativa en el exilio; la generación del ochenta, que es el nombre político del conjunto de escritores que luego formarán “la nueva narrativa chi-lena;” literatura y (post)dictadura; “nueva narrativa” y sociedad de mercado.

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“interdiscursividad” (Angenot: 1986,1998) como herramienta no-cional para poner en diálogo los diferentes discursos que conforman el discurso social.9 A nuestro juicio, no es posible entender el texto

literario sino en diálogo con otros discursos sociales, incluso aquellos considerados espúreos como el periodismo o la propaganda política. Es necesario estudiar el texto no solo en una “relación endogámica,” viendo la genealogía, algo que hacemos en la lectura diacrónica que propone esta investigación, sino también en relación a sus parientes lejanos.

Aparentemente el tan citado y no por ello menos real “doble discurso” chileno sobre los temas que cruzan lo privado y lo pú-blico, como la sexualidad o la vida familiar, se verterían en canales diferentes, no solo como una especie de ejemplo sobre la división del trabajo discursivo en una sociedad dada (cfr. Angenot, 1998) o como ejemplo sobre las licencias o prohibiciones que ésta otorga a un discurso y otro. El diálogo entre diversos discursos permitiría leer las transgresiones, presiones y sumisiones que los narradores debieron enfrentar en relación a la representación de los géneros y de la familia en general; y como veremos, la escisión a la cual un mismo sujeto es obligado a someterse al hablar desde dos espacios discursivos e ideológicos diferentes. Finalmente, el concepto de interdiscursividad permite dejar en un mismo plano –el discursivo– facetas diferentes de la cultura chilena, haciendo más operativo, desde un punto de vista epistemológico, el diálogo entre cultura y sociedad.

Según lo anterior, nuestro marco conceptual se referirá a las siguientes cuestiones: las signifi caciones del erotismo y sus vínculos con la violencia en Occidente vistas, fundamentalmente, a partir de los textos teóricos canónicos sobre el tema.

9 “Los sistemas cognitivos, las distribuciones discursivas, los repertorios tópicos que en una sociedad dada organizan lo narrable y argumentable, aseguran una división del trabajo discursivo, según jerarquías de distinción y de representa-ción del mundo (Angenot, 1998: 17-18).

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El primer capítulo, “Apuntes para una fi losofía del tocador” recorre las signifi caciones del erotismo y sus vínculos con la violen-cia en Occidente a partir de autores y textos clásicos en la materia. Revisa, además, la construcción de lo femenino/masculino en Chile y sus vínculos con la violencia y el erotismo, analizados a partir de los estudios de género.

En el segundo capítulo, “Contextos: la crisis de los géneros en la arena discursiva de los años 30-40” leeremos una serie de textos no fi ccionales pertenecientes al discurso periodístico a fi n de forjar el contexto en relación a los géneros sexuales y el contexto literario en que emerge la narrativa de Brunet y Bombal. La lectura de la revista

Familia, dirigida por Brunet entre 1935 y 1940 ilustrará la crisis de

los géneros hegemónicos, de las relaciones de complementariedad y del amor romántico. El análisis de las primeras críticas determinará las transacciones que permiten el ingreso al canon de Brunet y Bombal y, fi nalmente, mostraremos una lectura de la pugna vanguardismo y criollismo en estas dos autoras desde una perspectiva de género.

Los capítulos III, IV, V y VI corresponden a las lecturas de Bom-bal, Brunet, Donoso y Eltit respectivamente, en que cada texto se leerá de acuerdo a las siguientes constantes: signifi caciones del erotismo y la violencia; voces predominantes; espacio privado y público; cons-trucción de los géneros; diálogo con la recepción crítica, con textos de otros /as autoras para analizarlos en relación al género y la clase y con otros discursos sociales, en especial el de los medios.

En el último capítulo realizaremos el diálogo entre todos los autores a fi n de leer las continuidades, las rupturas y las progresiones en las cuestiones propuestas. De alguna forma, en este capítulo se establecerá la red de citas entre los autores estudiados, no a fi n de determinar infl uencias, que son claras, sino más bien para comprender de qué modo cada uno se apropia literariamente de la relación entre sexualidad y violencia que atraviesa la casa, la nación y también el trabajo literario, como su recepción.

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La refl exión sobre la violencia y el erotismo se hace necesaria no solo por ventilar los secretos de familia, o los de estado, sino para ayu-dar a gestar el cambio cultural que queremos. La literatura, en tanto discurso fi ccional, polisémico y polifónico puede sortear las censuras, y acrisolar o tensar en sí misma diversos discursos sociales abriendo, así, nuevas posibilidades o espacios para la comprensión de este nudo hostil que acompaña, como un mal aliento, a la sociedad chilena.

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I. APUNTES PARA UNA FILOSOFÍA DEL TOCADOR

1. Signifi caciones del erotismo y sus vínculos con la violencia en Occidente

Hemos encontrado tres signifi caciones que vinculan el erotis-mo a la violencia. Estas signifi caciones operan en nuestra sociedad a través de distintos discursos, desde las conversaciones cotidianas y los medios de comunicación, hasta los textos literarios y críticos. De alguna manera, los textos teóricos que hemos considerado canónicos respecto al tema de la sexualidad en Occidente, amplían, analizan, deconstruyen o discuten estas signifi caciones de circulación más o menos global.

La primera signifi cación concibe a la sexualidad como una fuerza instintiva que lleva al desorden y a la destrucción y, por lo tanto, debe ser neutralizada a través de un rito, de un contrato o de algún tipo de expiación.10 En esta signifi cación, el erotismo y la violencia son

instancias casi superpuestas; “una lleva a la otra.” Tal como señala Foucault (1971) el castigo a la sexualidad habría recaído histórica-mente sobre lo entendido como femenino o lo “feminizable.”11

La segunda signifi cación entiende el erotismo como una fuerza ahistórica que se sublima en benefi cio de la cultura o bien, que po-dría canalizarse en pro de la felicidad personal o social. De manera

10 En este sentido puede entenderse la polémica sobre la “crisis moral” iniciada durante la transición a la democracia. Desde este punto de vista, la sexualidad sería la responsable de la violencia social y no la impunidad o la corrupción: La juventud, como expresión de lo “femenino” sería el chivo expiatorio de la crisis. 11 Desde la perspectiva de este trabajo, la violencia asociada al sexo sería el

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similar, la violencia sería también una especie de energía que actua-ría de manera introyectada o externamente como un garante de la estabilidad.

Finalmente, la tercera signifi cación concibe el erotismo super-puesto a la expresión de dominio sobre otro/a. Este dominio podría expresarse a través de diversos discursos que controlan las prácticas y los conceptos en torno a la sexualidad.

En este trabajo concebimos la violencia y el erotismo como con-ceptos que se han construido históricamente y de manera relacional. Serían impulsos “ciegos” únicamente en cuanto la cultura “naturaliza” ciertas prácticas y deslegitima otras. Los diversos enfoques teóricos que expondremos son una muestra en sí misma de que estas signi-fi caciones no son estáticas: los gestos, las retóricas, los rituales del amor y del odio se nutren de la cultura y de la historia y los textos teóricos son sensibles a estas infl uencias.

Por todo lo anterior, más que “aplicar” un modelo teórico pro-ponemos un diálogo entre las teorías y el corpus escogido. Sobretodo, porque en tanto construcciones de lenguaje ambos discursos están permeados por ideologías de género que hacen concebir a la sexua-lidad y a la violencia de determinadas maneras.

1.1. Al acecho de eros: el erotismo como causa de la violencia

La sexualidad como origen de la violencia es quizás una de las concepciones más extendidas en el tiempo y más arraigadas en nuestra cultura. Tanto Bataille como René Girard explorarán esta signifi cación desde la antropología. Sin embargo, para el primero, la sexualidad como la muerte, efectivamente, estarán en el terreno de la transgresión y la violencia. Para Girard, en cambio, pese a la contigüidad entre violencia y erotismo, la sexualidad será tan solo una mascarada de la violencia.

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1.1.1. Georges Bataille: la conjunción de los opuestos

La idea de la continuidad entre la vida y la muerte, entre la agonía y el éxtasis es una historia bien antigua que las distintas religiones han explorado ampliamente. Sin embargo, será en algunos escritores modernos como Sade, Poe y Stocker, que dolor y placer, vida y des-trucción se entenderán como una conjunción. Esta tradición literaria logró construir un campo simbólico alrededor de la putrefacción o aniquilamiento del cuerpo, la noche, la sangre derramada y la ilusión del dominio absoluto del otro como fuentes del placer.

Durante el siglo XX y desde el surrealismo, será Bataille quien contribuirá a concebir la sexualidad humana como un escenario donde confl uyen la vida y la muerte.12 Sin embargo, a diferencia de

los anteriores, Bataille articulará su pensamiento sobre el erotismo vinculándolo estrechamente a la reproducción.13 La fusión entre la

vida y la muerte radicarían en la disolución de la subjetividad que se experimentaría en el orgasmo y la continuidad como especie, produc-to del acproduc-to sexual: “...para nosotros que somos seres discontinuos, la muerte tiene el sentido de continuidad del ser: la reproducción con-duce a la discontinuidad de los seres, pero pone en juego la continui-dad, es decir, que está íntimamente ligada a la muerte” (1957:25).14

12 A pesar de que los modos de contagio exceden el terreno de las prácticas sexuales, el SIDA ha vuelto a relacionar la sexualidad a una muerte violenta. Es interesante hacer notar que a este respecto la sociedad chilena ha preferido incrementar el número de enfermos y de muertos por la enfermedad, que aceptar la sexualidad como parte cotidiana de nuestras vidas.

13 Por lo tanto, las concepciones de Bataille en torno al erotismo no consideran las sexualidades homosexuales; aquéllas que no se centran en la genitalidad y, por otro lado, las prácticas heterosexuales que desde la píldora hasta la posibilidad de la fertilización in vitro desvinculan el erotismo de la procreación. Es decir, lo que Giddens (1992) ha llamado “sexualidad plástica.”

14 Algunas de las obras centrales para la comprensión de sus teorías sobre el erotismo son: Madame Eduarda (1956), Madame Eduarda (1956), Madame Eduarda Las lágrimas de Eros (1967), de gran Las lágrimas de Eros (1967), de gran Las lágrimas de Eros

repercusión en Latinoamérica y El erotismo (1957), texto en el que concen-traremos nuestro análisis.

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El orgasmo como muerte simbólica garantizaría la continuidad de la vida, lo que no nos libraría de la angustia de ser conscientes de nuestra discontinuidad (cfr. Bristow, 1997, 215).

Bataille refl exiona en torno al hecho de que en las sociedades arcaicas, tanto los ámbitos referidos a la sexualidad como los de la muerte, son objeto de prohibiciones o interdicciones. Según él, esto ocurriría porque la sexualidad y la muerte serían igualmente responsables de la violencia: “lo que el mundo del trabajo excluye por interdictos es la violencia; en el terreno al que oriento mi inves-tigación, se trata al mismo tiempo de la reproducción sexual y de la muerte” (60).

La función de los interdictos, por lo tanto, sería proteger a las primeras sociedades humanas de la violencia. Sin embargo, los ta-búes y prohibiciones implican, necesariamente, la posibilidad de su transgresión: “el interdicto no signifi ca por fuerza la abstención, sino la práctica en forma de transgresión” (105). La transgresión de los tabúes permitiría al ser humano ingresar al ámbito de lo sagrado; este acceso: “se da en la violencia de una infracción” (175). La actividad erótica sería entonces una forma de acceder a lo sagrado a la vez que una infracción, de ahí que para Bataille “el campo del erotismo es el de la violencia, el campo de la violación” (30).

La transgresión de los tabúes respecto a la sexualidad, tiene dos consecuencias en cuanto a la concepción del erotismo: por un lado, lo constituye en un extraño “afrodisíaco” o acicate de la sexualidad y por otro, repliega al erotismo al terreno de lo vergonzoso, lo sucio y lo pecaminoso:

sin la evidencia de una transgresión, ya no experimentamos ese sentimiento de libertad que exige la plenitud de la realización sexual. De tal modo, que una situación escabrosa le es a veces ne-cesaria al espíritu hastiado para acceder al refl ejo del disfrute fi nal (o, si no la situación misma, su representación que se mantiene en el tiempo de la conjunción, como en un sueño despierto). Esta

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situación no es siempre terrorífi ca: muchas mujeres no pueden disfrutar sin contarse una historia en la que son violadas (149).

No es extraño que en el único momento en que Bataille se refi ere a las mujeres como sujetos del deseo lo haga situándolas como vícti-mas. En su concepción, el acto erótico es semejante al del sacrifi cio, en el que a los hombres les corresponde el papel de ofi ciantes y a las mujeres ser la parte maldita, esto es la víctima:

el amante no disgrega menos a la mujer amada que el sacrifi ca-dor sangriento al hombre o al animal inmolado. La mujer en las manos de aquel que la asalta está desposeída de su ser. Pierde, con su pudor, esa fi rme barrera que, separándola del otro, la hacía impenetrable; bruscamente se abre a la violencia del juego sexual desencadenando en los órganos de la reproducción, que se abre a la violencia impersonal que la desborda desde afuera (127).

Esta analogía entre ofi ciante y víctima no solo es tributaria del entramado entre muerte, violencia y erotismo que nos presenta Ba-taille, sino también de concepciones estereotipadas de la sexualidad. Estos estereotipos se vinculan a categorías estáticas de lo femenino y masculino caracterizados como pasivo y activo, respectivamente:

En el movimiento de disolución de los seres, el compañero masculino tiene en principio un papel activo, la parte femenina es pasiva. Es esencialmente la parte pasiva, femenina, la que es disuelta en tanto que ser constituido. Pero, para un compañero masculino, la disolución de la parte pasiva no tiene más que un sentido: prepara una fusión en la que se mezclan dos seres que alcanzan juntos el mismo punto de disolución (31).

En síntesis, en el pensamiento de Bataille vida y muerte, ero-tismo y crueldad son instancias que comparten rasgos y se cruzan, sobre todo en el acto sexual. Es por ello que, aunque la sexualidad esté vinculada en su pensamiento a la reproducción, se la asocia más que al semen o a los fl uidos vaginales a los líquidos abyectos, caídos, los que recuerdan que como cadáveres también caeremos, es decir,

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el vómito y los excrementos. Así, siguiendo con la lógica surrealista de los opuestos, de la repulsión surgiría también el deseo, así como el deseo provocaría repulsión. También, y de acuerdo a la misma lógica, si el placer está vinculado a la violencia, la violencia (vista como sacrifi cio, o revestida de cierta sacralidad) podría también producir placer.

Tras leer a Bataille queda la sensación de que en la escritura dispersa y original, comentada ampliamente por el grupo Tel Quel y Tel Quel y Tel Quel

reelaborada por escritores latinoamericanos como Sarduy y Elizondo, se revelan apreciaciones más o menos convencionales respecto al tema que a nosotros nos interesa.

A pesar de la espectacular escena en la cual se desarrolla el pen-samiento de Bataille respecto a la violencia y el erotismo, esto es: los espacios primigenios, el altar sacrifi cial y la particular dialéctica surrealista, hombre y mujer aparecen representando una obra cono-cida: él, un victimario autorizado por dios y los hombres y ella, una víctima abierta a una sexualidad masculina que se percibe a sí misma como sucia y agresiva.

Aunque Bataille reconoce que los interdictos cumplen la función de poner freno a la violencia, no hace de esta última una cuestión de análisis. Bataille se queda en el terreno de lo “sagrado” y la “soberanía” que adquiriría el hombre al transgredir los interdictos que pesan sobre la sexualidad y la muerte.

Su pensamiento bordea la ero-estética sadomasoquista y, de otra manera, menos atemorizante o más glamorosa, según desde donde se la lea, a ciertas eróticas domésticas en las que se desvanecen el ritual y las palabras, y se queda la culpa, los roles estereotipados y la necesidad de un castigador y un castigado.

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1.1.2. René Girard: la violencia como sombra del erotismo

Tanto Georges Bataille como René Girard ven en lo sagrado y en los tabúes una forma de controlar la violencia en las sociedades arcaicas. Sin embargo, difi eren en que mientras Bataille explora la posibilidad de acceder a lo sagrado a través de la violación de los interdictos, René Girard profundiza en la experiencia de la violencia y sus articulaciones y deja la sexualidad como una de las formas de elidir el problema real que sería la violencia humana. Analiza dos fenómenos particulares: la violencia colectiva expresada en el sacrifi cio y en las persecuciones colectivas (Girard: 1972, 1982) y la estructura del deseo triangular y mimético (1961).

a) La violencia colectiva

En La Violencia y lo Sagrado (1972) Girard expone por primera vez la hipótesis de que tras los mitos existen una víctima y una vio-lencia colectiva reales. En este texto y, posteriormente, en El chivo

expiatorio (1982), presenta una estructura común que rige tanto los

mitos como algunas persecuciones históricas.

Esta estructura podría sintetizarse de la siguiente manera: se describe una crisis social generalizada –también denominada “crisis sacrifi cial–”15 que se expresa en la anulación de las diferencias en la

sociedad; surgen crímenes indiferenciadores; y se culpa a personas específi cas, no tanto por pruebas que los incriminen sino por sus rasgos victimarios (alguna discapacidad física, pertenecer a una etnia minoritaria, poseer extraordinaria belleza o fealdad, en suma, poseer un rasgo diferenciador); no solo se adjudica a la víctima un crimen específi co, como el incesto o el parricidio, sino toda la crisis. A la

15 En la crisis sacrifi cial la violencia sagrada está mezclada con la violencia indi-ferenciada.

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víctima propiciatoria se la expulsa o se la destruye en un linchamiento general en la que toda la comunidad interviene.

Para René Girard el linchamiento o el sacrifi cio serviría de “violencia de recambio;” esto es, una sociedad transferiría los mutuos rencores, rivalidades y agresividades a alguien cuya muerte importe menos o no importe en absoluto. En ese sentido, el sacrifi cio implicaría una “buena violencia” (la sangre derramada en el altar), que impediría la “mala violencia” (expresada en la sangre derramada en riñas y asesinatos).

La religiosidad primitiva domestica la violencia, la regula, la or-dena y la canaliza, a fi n de utilizarla contra toda forma de violencia propiamente intolerable, y con ello en una atmósfera de no-violencia y de apaciguamiento. Defi ne una extraña combinación de violen-cia y no violenviolen-cia. Cabe decir más o menos lo mismo del sistema judicial (28).

Hemos hablado de una sangre pura, la del sacrifi cio, y una impura, la de los asesinatos. ¿Cómo explicar entonces el tabú de la sangre menstrual común en tantas culturas? Para Girard, este tabú debe ser entendido en el marco general del “derramamiento de sangre.” Cuando la sangre se percibe a simple vista signifi ca que la violencia puede extenderse, su fl uidez es semejante al contagio de la violencia. En una sociedad sin sistema legal, todo derramamiento de sangre debe ser vengado; cuando “corre la sangre” la sociedad se encuentra ad portas de la violencia ilimitada que Girard llama “vio-ad portas de la violencia ilimitada que Girard llama “vio-ad portas

lencia esencial.” En ese sentido, la presencia de la sangre menstrual aterroriza y las mujeres menstruando son aisladas, se les prohíbe tocar objetos y alimentos. Sin embargo, y tal como lo advierte el mismo Girard:

Es evidente que los hombres nunca han experimentado la menor difi cultad en distinguir la sangre menstrual de la sangre derramada en un crimen o en un accidente. Ahora bien, en muchas socieda-des, la impureza de la sangre menstrual es extrema. Esta impureza tiene una relación evidente con la sexualidad (41).

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Al contrario de Bataille, que equipara sexualidad y violencia en cuanto a los interdictos, para Girard los interdictos que caen sobre la sexualidad solo tienen que ver en cuanto ésta puede ser una antesala para la violencia.

El erotismo no es intrínsecamente “impuro,” sino que en tanto podría ser causa de violencias apenas se sale de un marco ritualizado (incesto, adulterio, violación). Girard observa que violencia y erotismo comparten rasgos comunes y, por tanto, es extremadamente fácil pasar del plano erótico al violento:

Al igual que la violencia, el deseo sexual tiende a proyectarse sobre unos objetos de recambio cuando el objeto que lo atrae perma-nece inaccesible. Acoge gustosamente todo tipo de sustituciones. Al igual que la violencia, el deseo sexual se parece a una energía que se acumula y que acaba por ocasionar mil desórdenes si se la mantiene largo tiempo comprimida. Hay que observar, por otra parte, que el deslizamiento de la violencia a la sexualidad, y de la sexualidad a la violencia, se efectúa con gran facilidad, en ambos sentidos, incluso en las personas más “normales” y sin que sea necesario invocar la menor “perversión.” (42- 43)

René Girard aporta un elemento determinante a la comprensión de los vínculos entre la violencia y el erotismo cuando incorpora la perspectiva de género a su análisis. ¿Qué implicancias tiene para hombres y mujeres el que los crímenes asociados a la sexualidad sean simbolizados en el tabú de la sangre menstrual?:

En el pensamiento que se detiene en la sangre menstrual como materialización de toda violencia sexual, no hay nada, en defi -nitiva, que sea incomprensible: cabe preguntarse además si el proceso de simbolización no obedece a una “voluntad” oscura de cargar toda la violencia exclusivamente sobre la mujer. A través de la sangre menstrual, se realiza una transferencia de la violencia, se establece un monopolio de hecho en detrimento del sexo femenino. (43)

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A partir de la lectura de Girard, entendemos que en las mujeres recaerá la responsabilidad de generar la violencia asociada a la sexua-lidad. Su diferencia las convertiría en una suerte de chivo expiatorio que ocasiona y que, por ende, debe pagar las violencias sexuales de las que a la vez es víctima. Por otro lado, a lo masculino, si bien libre de expiaciones, le queda el desafortunado papel de agresor, quien asume su sexualidad como una agresión y vinculada a un posible castigo.16

Según Girard es el miedo a la violencia lo que verdaderamente quiere evitarse con las restricciones a la sexualidad. Así, el mito de Edipo, más que revelar un deseo de incesto o incluso de parricidio (según la lectura de Freud), revelaría la violencia recíproca provocada por la peste y a Edipo (cojo y casi extranjero) como víctima propicia-toria: “La sexualidad “desnuda,” “pura,” está en continuidad con la violencia; constituye, pues, tanto la última máscara bajo la cual ésta se recubre como el comienzo de su revelación” (126).

b) El deseo triangular

Esta contigüidad entre erotismo y violencia también estaría pre-sente en la teoría del deseo triangular de Girard. En su concepción, el deseo en general, no solo el sexual, tendría una estructura triangular constituida por un sujeto, un modelo o rival y el objeto. El desear algo o a alguien estaría condicionado por la mímesis del deseo del “modelo” o “rival,” quien indica a través de su propio deseo lo que es valioso o lo que se debe desear.

16 El papel de víctima también puede recaer en niños/as y en homosexuales. Esta lectura, sumada a que los roles de víctima y victimario son intercambiables, o al menos no estáticos, será lo que en gran parte guiará nuestro análisis de los textos.

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La rivalidad no es el fruto de una convergencia accidental de dos deseos sobre el mismo objeto. El sujeto desea el objeto porque el

propio rival lo desea. Al desear tal o cual objeto, el rival lo designa

al sujeto como deseable. El rival es el modelo del sujeto, no tanto en el plano superfi cial de las maneras de ser, de las ideas, etc., como en el plano más esencial del deseo (Girard, 1961:152).

Probablemente ya sepamos que cuando dos deseos confl uyen en un mismo objeto estamos en el terreno del confl icto y de la rivalidad. Para Girard, esto no es una mera casualidad, sino parte constitutiva de nuestra forma de desear. Imitamos el deseo de otro(a), que nos pide simultáneamente que lo imitemos y que no lo imitemos, estable-ciendo así, como expone Girard, un doble vínculo. Esto pasaría, por ejemplo, en las relaciones discípulo-maestro, padres-hijos y también en las de pareja, en las que un tercero da el valor a una relación que parece ser entre dos:

Si bien el deseo es libre de posarse donde le place, su naturaleza mimética le arrastrará casi siempre al callejón sin salida del double bind.... cada vez que el discípulo cree tener el ser delante de sí, se esfuerza en alcanzarlo deseando lo que el otro le señala; y encuen-tra cada vez la violencia del deseo adverso. Por una reducción a la vez lógica y demencial, debe convencerse rápidamente de que la propia violencia es el signo más seguro del ser que siempre le elude. A partir de entonces, la violencia y el deseo van mutua-mente unidos (155).

Para Girard, la violencia no es algo que provoque solamente rechazo, por el contrario, atrae y seduce. Las ansias de ser quien aseste el golpe más fuerte, el ilusoriamente defi nitivo, convierte al deseo en la simple sombra de la violencia.17

17 La teoría del deseo triangular es pertinente en el análisis de “Aguas abajo” (Brunet,1943), “La historia de María Griselda” (Bombal,1949) y en menor escala en El lugar sin límites (Donoso, 1966) y El lugar sin límites (Donoso, 1966) y El lugar sin límites Por la patria (Eltit, 1986). Por la patria (Eltit, 1986). Por la patria

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1.2. El sexo como sublimación o felicidad social 1.2.1. Freud y el malestar en la sexualidad

Freud concibe la sexualidad, y la existencia humana en general, como una confrontación entre la vida y la muerte: mientras “el im-pulso de vida” cohesiona a los seres y a las estructuras, “el imim-pulso de muerte” tendería a la desintegración.

A pesar de la riqueza de la teoría de las pulsiones de vida y de muerte, para nuestro análisis es más pertinente salir de la esfera de lo individual a la que estos términos remiten y abordar los textos que vinculan erotismo y violencia en relación a la sociedad, es decir los de su segunda época: “Totem y Tabú”(1913), “Moisés y el mono-teísmo”(1937) y El malestar en la cultura (1930).El malestar en la cultura (1930).El malestar en la cultura

En este último texto, Freud presenta la cultura como esencial-mente represiva. La civilización moderna exigiría la renuncia a la vida instintual a cambio de los benefi cios que ofrece. Tal como afi rma Giddens al explicar la hipótesis freudiana: “La civilización implica disciplina, y la disciplina implica control de los mecanismos internos. Control que para ser efi caz debe ser interno. Quien dice modernidad dice super-ego” (1992: 27). Dicho de otro modo, si la renuncia a la madre traería como compensación el lenguaje, la renuncia a los instintos permitiría el progreso y el desarrollo sociales.

Si en las sociedades arcaicas descritas por Bataille y Girard lo sagrado cumpliría la función de evitar la violencia recíproca, en Freud serían el super ego y el complejo de culpa los que controlarían la mutua agresividad.

Tal como señala Ricouer en Freud: una interpretación de la cultura (1965), la cultura utilizaría “la violencia interiorizada contra la vio-lencia exteriorizada” (267). A través del super ego cada sujeto dirigiría la agresión destinada al próximo contra sí mismo: “la cultura domina pues, el peligroso apetito de agresión del individuo, debilitándolo, desarmándolo y haciéndolo vigilar por mediación de una instancia

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en él instaurada, a manera de una guarnición colocada dentro de una ciudadela ya conquistada (Freud 1930: 50).18

Tomando elementos de la antropología, Freud explica el origen del sentimiento de culpa y del super ego a través de la hipótesis de la horda primitiva. En la familia primigenia, la voluntad del padre y jefe era ilimitada. Éste designaba los trabajos y tenía poder sobre todas las mujeres. Los hijos, cansados del despotismo paterno, se sublevaron y lo mataron. No obstante, a fi n de mantener a la horda cohesionada, la alianza fraterna conservó las restricciones y tabúes que había instaurado el padre.19 Este crimen originaría el sentimiento de culpa. El odio hacia

el padre que los separaba de la madre y de las hermanas culminaría con el asesinato colectivo, el amor que sentían por él generaría la culpa y el super ego como forma inconsciente de castigo.

Según se desprende de la lectura de El malestar en la cultura, la felicidad y la libertad individual no serían valores culturales. Para preservar la obra de Eros, la civilización debería recurrir a Tánatos. Mediante la culpa y el autocastigo haría que la muerte trabajara al servicio de la vida (cfr. Ricoeur 1965).

1.2.2. Wilhelm Reich y Herbert Marcuse: el sexo como felicidad

Durante los años cuarenta y sesenta respectivamente Wilhelm Reich y Herbert Marcuse presentarán lo que Anthony Giddens ha llamado “radicalizaciones del pensamiento de Freud.” Esto es, una de las formas que ha asumido el “matrimonio” entre psicoanálisis y marxismo.

A pesar de sus diferentes procedimientos y propósitos, tanto

18 Tanto en Girard como en Bataille la violencia debe encontrar un cauce o tener un objeto de recambio a fi n de no desatarse.

19 Girard lee el mito de la horda primitiva desde el punto de vista de la víctima propiciatoria.

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Marcuse como Reich coinciden en la idea de que la liberalización de la sexualidad traería a la humanidad una liberalización en otros ámbitos. Ésta es concebida como una energía positiva, dadora de identidad personal, realización y felicidad. A diferencia de lo visto en Bataille, Girard y Freud, la violencia poco tendría que ver con la sexualidad; incluso Reich llega a negar la pulsión de muerte afi rmando que toda destrucción se debería a una frustración de la libido. En el caso de Marcuse, si bien la pulsión de muerte existe, no estaría necesariamente vinculada a la violencia. En estos análisis freudomarxistas, la mayor violencia sería la de un sistema (capitalista en el caso de Marcuse, fascista y también capitalista en el caso de Reich) que reprimiría los impulsos eróticos para tener el control sobre la sociedad y aumentar la producción. Incluso la supuesta liberalización del erotismo al ligarlo al mercado en una época en que el capitalismo está centrado más en el consumo que en la producción, no sería, como explicita Marcuse, más que otra forma de dominación20.

Para Reich la sexualidad en las sociedades modernas occidentales se ha pervertido en tanto es prisionera de estructuras de dominación. Admirador del movimiento feminista, Reich postula que mientras la sexualidad se pretenda exclusivamente en el marco del matrimonio patriarcal y monógamo, la represión a la sexualidad juvenil e infantil y los desequilibrios de poderes entre hombres y mujeres contribui-rían a una insatisfacción crónica. La frustración de la libido sería la causante de toda neurosis y también da la violencia.

20 Sade y Fourier presentaron en el siglo XVIII y XIX dos producciones que vin-culan erotismo con modelos de sociedad. Aunque ambos escritores imaginan sistemas económicos, políticos y sociales centrados en el intercambio sexual y erótico, el signo de ambos modelos es radicalmente diferente: mientras Fourier presenta una utopía de corte erótico-socialista, en que hombres y mujeres poseen igualdad de derechos y se aspira a la felicidad social, en Sade, tal como lo ha mostrado Paz (1993) y Marcel Hénaff (1978) el otro(a) solo existe como sombra o como grito.

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Si bien Reich fue un admirador de Freud, le critica el que haya obliterado los aspectos más subversivos de su teoría, en especial los referidos a la sexualidad. En relación a lo expuesto en El malestar en

la cultura (Freud: 1930), objeta el que confunda la sociedad moderna cultura (Freud: 1930), objeta el que confunda la sociedad moderna cultura

occidental con toda forma de cultura y, por otro lado, el que ésta deba estar necesariamente obligada a renunciar a una vida sexual plena para realizar sus grandes obras. Para Reich ésta sería una manera en que sexualidad y sociedad se han vinculado y, como conceptos relacionales, son modifi cables:

Freud mantuvo siempre su punto de vista fi losófi co-cultural: “la cultura debe su existencia a la represión del instinto y la renuncia al instinto:” trató de aclararlo aplicándolo al pro-blema del descubrimiento del fuego. La idea base es que las realizaciones de tipo cultural son el resultado de una sublima-ción de la energía sexual; de donde se infi ere que la represión y renuncia sexuales son indispensables en todo proceso de cultura. Se prueba la falsedad de esta teoría con argumentos históricos: existen sociedades, culturalmente muy desarrolla-das, sin represión sexual de ningún género y cuya vida sexual es muy libre (Reich, 1945:38).

La consecuencia de la renuncia a la vida instintual sería una so-ciedad jerárquica, patriarcal y persecutoria hacia quienes se atrevieran a gozar de su sexualidad sin las leyes del matrimonio monogámico. Reich no aboga por lo que los sectores políticos conservadores llaman “libertinaje,” sino por la expresión libre y responsable de los impulsos eróticos y el reconocimiento de los impulsos agresivos. Sin duda, para él resulta mucho más violento la represión y banalización de la vida sexual, así lo hace notar en uno de sus últimos escritos:

¡Eres un hombrecillo miserable! –proclamaba. Conduces tus au-tomóviles y trenes sobre los puentes que inventó el gran Galileo! ¿Sabes, hombrecillo, que el gran Galileo tuvo tres hijos fuera del matrimonio? Esto no se lo cuentas a tus hijos en edad escolar. ¿Tampoco has torturado a Galileo por esta razón?...

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y tu irresponsabilidad sexual es lo que pone las cadenas de tus leyes matrimoniales...

No tienes mujer, y si la tienes solo deseas “someterla al orden” para probar lo hombre que eres. No sabes lo que es el amor.

Sabes y yo lo sé, y todo el mundo lo sabe, que estás en un esta-do de perpetua hambre sexual; que miras ansiosamente a cada miembro del otro sexo; que hablas con tus amigos del amor con sucios chistes. (Reich, 1972.cit. por Giddens 1992:146)

Su estancia en el manicomio y la cárcel, producto de las múl-tiples persecuciones que debió enfrentar, sumado al invento del “Acumulador de Orgón,” máquina que canalizaba la energía sexual y curaría desde la impotencia hasta el cáncer, han contribuido a una suerte de desprestigio o, desde otro ángulo, a una mitifi cación de su persona que impiden una valoración justa de su obra. Reich inicia en Occidente, de manera seria y sistemática las terapias corporales. Por otro lado, contribuye a deconstruir la idea de familia autoritaria y patriarcal, aboga por la sexualidad juvenil y se convierte, junto a Marcuse, en uno de los pensadores más infl uyentes en la revolución sexual de los años sesenta-setenta.21

En Eros y civilización (1955), Herbert Marcuse recoge la hipótesis Eros y civilización (1955), Herbert Marcuse recoge la hipótesis Eros y civilización

represiva de Freud y la reformula. Para él, a la represión primaria que la cultura habría puesto sobre los impulsos destructivos y eróticos, las socie-dades modernas habrían puesto un excedente a fi n de utilizar esa energía en la producción. Esa represión innecesaria haría que la adaptación al principio de realidad implicara someterse a un régimen explotador.

Marcuse postula que la sexualidad humana no solo enfrentaría los interdictos señalados por Freud (relativos a la poligamia, incesto

21 Es una triste paradoja que mientras Reich se convertía en uno de los críticos más asertivos de las prácticas de la sexualidad en la sociedad moderna utilizara “la máquina,” un símbolo moderno por antonomasia, para intentar legitimarse. Será, precisamente, el “acumulador de orgones” el que lo llevará a la cárcel y servirá como justifi cación para censurar todos sus libros.

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y homosexualidad), sino que el cuerpo se habría deserotizado para convertirlo en un cuerpo laborante y la sexualidad habría quedado reducida a la genitalidad y la reproducción.22

En la re-erotización del cuerpo y en la exploración estética de la sexualidad humana existiría la posibilidad de construir una sociedad más realizada en todos los planos.

Las objeciones que se han hecho a este modelo consisten en que conciben la sexualidad como una energía “natural” que se puede moldear o reprimir, dársele pleno cauce o ser encerrada en represas, constituyendo, de este modo, una suerte de modelo “hidráulico” (cfr. Weeks, 1985:27) que no considera las relaciones entre sexualidad e historia y que tampoco distingue entre sexualidades femeninas y masculinas. Por otro lado, aunque las “hipótesis hidráulicas” de la sexualidad establecen vínculos entre sociedad y sexualidad, no de-terminan las diferentes consecuencias que éstos traen para hombres y mujeres según sus roles genéricos (Giddens, 1992).

A pesar de lo anterior, es necesario señalar que los seguidores de Freud han contribuido al entendimiento de que el placer puede ser más que “gozar /joder a otro” o bien, que no es necesario sublimar los impulsos eróticos para la paz social. Las investigaciones de Reich y de Marcuse, sumadas a los ensayos de Fourier (1829) y de Octavio Paz (1970) han iluminado nuestro trabajo en tanto relativizan lo que a veces se asume como única manera de entender la problemática que estamos planteando.

Por otro lado, aunque el psicoanálisis propone una sexualidad masculina y heterosexual como la “vara” que mide todas las otras, ejerciendo de este modo una violencia involuntaria sobre las demás,

22 En ese sentido, las “perversiones” o “parafi lias” serían resistencias o salidas rebeldes a la opresión de la libido.

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también es cierto que ha contribuido notoriamente a la comprensión de la circulación de las pulsiones de vida y de muerte tanto a nivel de los sujetos como a nivel social, constituyéndose en el lenguaje privilegiado con que occidente habla la sexualidad.23

1.3. Michel Foucault: Poder y erotismo

Un signifi cado extendido del erotismo vinculado a la violen-cia es entender la sexualidad y los discursos en torno a ella como herramientas ejemplares para ejercer poder. En este sentido, se entienden expresiones cotidianas como “joder,” “culiar” y “abrir-se de piernas” que simultáneamente aluden a prácticas “abrir-sexuales, pero también a instancias de abuso. El insulto chileno “culiado” alude a alguien que fue penetrado y que al mismo tiempo malo-gra la vida de otros, constituyéndose, de este modo, en víctima y victimario a través del sexo. Sade explora las signifi caciones de esta concepción y sus vínculos con la sociedad moderna en su obra completa.24 Foucault ampliará esta signifi cación al cruzar

sexualidad, discurso y poder.

En el primer capítulo de La voluntad de saber (1980), Foucault critica y reformula lo que denomina “hipótesis represiva” (17); esto es, la represión de la que sería objeto la sexualidad en las sociedades modernas. Según este autor, esta hipótesis ha sido ampliamente de-fendida en benefi cio de quien la enuncia, pues si el erotismo pertenece al ámbito de lo no dicho, de lo que no se habla, el discurso sobre la sexualidad sugeriría, inmediatamente, una transgresión y resistencia al poder. Por otro lado, asociar la sexualidad al “ardor de saber, la voluntad de cambiar la ley y el anhelado jardín de las delicias” (14) al estilo de Reich y Marcuse, invita a sospechar si no son necesarias

23 Críticas al falogocentrismo de Freud se encuentran en Koffman (1980). 24 V. La invención del cuerpo libertino (Henaff, 1978).

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estas “correlaciones valorizantes” para legitimar tanto la enunciación como la recepción del discurso. Por último, hablar del “buen sexo del mañana,” propio de estos discursos utópicos impediría hacernos cargo de la sexualidad de hoy.

En gran parte de su producción, Foucault ha estudiado los mecanismos a través de los cuales se educa a los cuerpos a fi n de con-vertirlos en dóciles y productivos. Posición que, tal como ha señalado Giddens, es bastante cercana a la hipótesis represiva:

El mismo Foucault parece haber aceptado una visión semejante en sus primeros escritos, y veía la vida social moderna como intrínsecamente limitada por el surgimiento del “poder disci-plinario,” característico de la prisión y del asilo, y también de otras organizaciones, como las “fi rmas de negocios,” escuelas u hospitales. El poder disciplinador produce cuerpos dóciles, controlados y regulados en sus actividades e incapaces de actuar espontáneamente (27).

Es quizás por eso que su crítica a la “hipótesis represiva” no pase tanto por una negación radical sino más bien por “colocarla en una economía general de los discursos sobre el sexo en el interior de las sociedades modernas a partir del siglo XVIII....” (Foucault: 1975:18). Para ello, realizará una historia de las instancias y transformaciones de la producción discursiva de poder y de saber que se agrupan en la “puesta en discurso” de la sexualidad.25

Foucault asegura que nunca antes se había escrito tanto sobre la sexualidad como en la época moderna, al punto que se la ha con-vertido en una ciencia. En esta pluralidad de discursos:

25 Foucault es un punto de referencia incuestionable en los análisis que actual-mente se realizan sobre la sexualidad, pues se centran en los vínculos entre ésta y la identidad; los nexos con la política o los diferentes discursos que se refi eren a ella. Temas que Foucault aborda o prefi gura (cfr. Weeks, 1985).

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Leche amarga: violencia y erotismo en la narrativa chilena… / RUBÍ CARREÑO B. 44

...lejos de sufrir un proceso de restricción, ha estado por el con-trario sometida a un mecanismo de incitación creciente; que las técnicas de poder ejercidas sobre el sexo no han obedecido a un principio de selección rigurosa sino, en cambio, de diseminación e implantación de sexualidades polimorfas, y que la voluntad de saber no se ha detenido frente a un tabú intocable sino que se ha encarnizado –a través, sin duda, de numerosos errores– en constituir una ciencia de la sexualidad (20).

Esta proliferación de discursos tendería a concebir la sexualidad como el secreto que debe proclamarse: “el sexo se ha convertido en algo que debe ser dicho, y dicho exhaustivamente según dispositivos discursivos diversos pero todos, cada uno a su manera, coactivos. Confi dencia sutil o interrogatorio autoritario, refi nado o rústico, el sexo debe ser dicho” (43).

El deber de decir/confesar el sexo habría convertido a la propia institución psicoanalítica en una forma de poder/saber. En una analogía que debería resultar ofensiva, Foucault compara la práctica psicoanalítica con la confesión cristiana, pues ambas habrían conver-tido la sexualidad en un “secreto que debe decirse” (44).

Los “polimorfos” discursos sobre la sexualidad, lejos de liberar los diversos estilos amatorios, tendrían la fi nalidad de “asegurar la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma de las relaciones sociales; en síntesis, montar una sexualidad económicamen-te útil y políticameneconómicamen-te conservadora” (49). Aunque Foucault insiseconómicamen-te en que no fue la “represión” la que logró el objetivo arriba señalado, sino el cruce entre saber/cuerpo/poder, pareciera acercarse a los escritos de Reich y Marcuse en el sentido de que la sexualidad se utiliza con fi nes que no necesariamente tienen que ver con el placer, más bien, este último, al decir de Mc Luhan, “es el masaje.”

Un punto central en el análisis de Foucault es que logra dar cuenta de que la sexualidad es “un punto de referencia especialmente denso en las relaciones de poder.” El poder no solo puede reprimir el ejercicio de la sexualidad, sino que también ser un instrumento de

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producción de placer. Tanto la represión (como, por ejemplo, de las diversas prácticas sexuales que los manuales de sexualidad prescriben como “perversiones”) como la producción de placer (en el marco del sexo “normal,” “decible,” “confesable,” como un medio de obtener identidad y felicidad personales) o ahora en el marco del mercado, el vínculo entre discurso, sexualidad y poder puede ser utilizado como un mecanismo de control sobre los cuerpos.

Foucault trabaja con las instituciones que contribuyen a aquietar o a (re)educar los impulsos agresivos o eróticos (cárcel, manicomio, escuela etc.) develando la violencia de la “buena violencia” social.

Pese a los límites imputados a la obra de Foucault, es decir: la escasa consideración a los diferentes géneros sexuales; su desprecio por los relatos en torno al amor, en especial el del “amor romántico,” y las transformaciones que éste ha experimentado en la modernidad (v. Giddens 1992: 42) y que además, al menos en Latinoamérica, el mercado y la Iglesia Católica tienen una infl uencia mucho más directa en la producción de discursos sobre la sexualidad que el psicoanálisis o los manuales de sexualidad; es necesario señalar que Foucault originó una teoría consistente al vincular el poder, discurso y sexualidad.26

1.4. Otros tactos

Actualmente, los discursos sobre la sexualidad relevan su carác-ter de construcción histórica, personal y social a la vez, que dialoga

26 Tanto Roland Barthes en Fragmentos del Discurso amoroso (1977) como Julia Kristeva en Historias de amor (1983) han abordado los distintos discursos que Historias de amor (1983) han abordado los distintos discursos que Historias de amor

Occidente ha elaborado en torno al amor y el erotismo. Barthes, siguiendo a Lacan y a la escuela estructuralista, vincula la escritura al cuerpo y al placer. Por otro lado, Julia Kristeva plantea, desde una perspectiva psicoanalítica, una suerte de historia del discurso amoroso al releer textos canónicos (literarios, pictóricos y musicales) de la tradición occidental. A diferencia de Foucault, ambos autores no incorporan el tema del poder de manera central.

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