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Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis. Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después de que se apagaran las luces. La policía sospechó de un paciente, pero sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
John Katzenbach La historia del loco
Nota del Autor Querido lector,
En algún m om ento, a m itad del libro que estoy escribiendo, m e viene de repente a la cabeza la idea del siguiente proy ecto; desconectada, inconexa y, a veces, sin venir a cuento. De m odo extraño, las ideas se m e ocurren tal com o a Francis Petrel, el protagonista y curioso narrador de La historia del loco.
Francis está, por supuesto, com o una cabra. Pero y o, por fortuna, no. El gran desafío al que se enfrentan todos los escritores de novelas de suspense consiste en cóm o distinguirse. A veces, da la im presión de que vivim os en un m undo donde la verdad está hecha a la m edida de la conveniencia; lo que hoy parece un hecho m añana puede convertirse en una pregunta. Se parece un poco al m undo del hospital psiquiátrico donde m i personaj e está recluido. Un lugar de delirios, fantasías y alucinaciones, donde, en el fondo, algo m uy m alvado am enaza los delgados hilos de la vida.
—¿Por qué son tan distintos sus libros? —preguntó el m ism o alum no. —No sé —contesté—. No m e gusta contar la m ism a historia una y otra vez.
Por lo m enos, La historia del loco es diferente: la historia de un asesinato que transcurre en un hospital a finales de la década de 1970 y que está narrada veinte años después, con lo que eso conlleva, por un esquizofrénico que lo presenció todo. ¿Y qué es lo que recuerda? Atrapado en un m undo de sueños alocados y pensam ientos díscolos, Francis Petrel es el héroe m ás insólito que he creado, porque debe luchar contra un asesino im placable a la vez que lucha contra sí m ism o.
Espero que La historia del loco le resulte una lectura tan absorbente com o su escritura lo fue para m í.
Atentam ente, John Katzenbach
Primera parte
1
Ya no oigo m is voces, de m odo que ando un poco perdido. Sospecho que sabrían contar m ucho m ej or esta historia. Por lo m enos, tendrían opiniones, sugerencias e ideas definidas sobre lo que debería ir al principio, al final y en m edio. Me indicarían cuándo añadir detalles, cuándo om itir inform ación superflua, qué es im portante y qué es trivial. Después de tanto tiem po, no recuerdo m uy bien las cosas y m e resultaría m uy útil su ay uda. Pasaron m uchas cosas, y m e cuesta saber dónde situar qué. Y a veces no estoy seguro de que algunos incidentes que recuerdo con claridad ocurrieran de verdad. Un recuerdo que parece sólido com o una piedra, acto seguido m e resulta tan vaporoso com o una neblina. Ése es uno de los principales problem as de estar loco: nunca estás seguro de las cosas.
Durante m ucho tiem po creí que todo había em pezado con una m uerte y term inado con otra, com o un buen par de suj etalibros, pero ahora y a no estoy tan seguro. Quizá lo que realm ente puso todo en m ovim iento tantos años atrás, cuando y o era j oven y estaba loco de verdad, fue algo m ás insignificante o m ás efím ero, com o unos celos ocultos o una rabia reprim ida, o m ás universal y perm anente, com o la posición de las estrellas en el cosm os, la fuerza de las m areas o el m ovim iento rotatorio del planeta. Sé que algunas personas m urieron, y y o tuve la suerte de no unirm e a ellas, lo que fue una de las últim as observaciones que hicieron m is voces antes de abandonarm e para siem pre.
Ahora, en lugar de su agotadora cacofonía, tengo m edicam entos para prevenir su regreso. Una vez al día tom o diligentem ente un psicotrópico, una pastilla oblonga de color azul que m e dej a la boca tan seca que, cuando hablo, sueno com o un viej o fum ador em pedernido o com o un sediento desertor de la Legión Extranj era que ha cruzado el Sáhara y suplica un sorbo de agua. Le sigue de inm ediato un elevador del ánim o de sabor am argo para com batir la esporádica depresión perversa y suicida en la que, según dice m i asistente social, es probable que m e sum a en cualquier m om ento con independencia de cóm o m e sienta. De hecho, creo que podría entrar en su despacho dando botes de alegría y exaltación por el rum bo positivo de m i vida, y ella seguiría preguntándom e si he tom ado la dosis diaria. Esta pastillita cruel m e estriñe y m e hincha por retención de líquidos, com o si llevara puesto un m anguito de m edir la tensión arterial ceñido en la cintura en lugar del brazo izquierdo. Así que tengo que tom ar un diurético y tam bién un laxante para aliviar esos síntom as. El diurético m e provoca una m igraña terrible, com o si alguien especialm ente cruel m e golpeara la frente con
un m artillo; com bato ese efecto secundario con analgésicos con codeína m ientras corro hacia el lavabo para resolver el otro. Y, cada dos sem anas, m e iny ectan un potente agente anti psicótico en el am bulatorio, donde m e baj o los pantalones ante una enferm era que siem pre sonríe de la m ism a form a y m e pregunta en un tono idéntico cóm o estoy, a lo que y o contesto que bien, tanto si lo estoy com o si no, porque tengo bastante claro, incluso a través de las diversas nieblas de la locura, de cierto cinism o y de los fárm acos, que le im porta un com ino pero lo considera parte de su trabaj o. El problem a es que el anti psicótico, que m e im pide toda clase de conducta m aligna o despreciable, o al m enos eso m e dicen, tam bién m e produce un ligero tem blor en las m anos, com o si fuera un nervioso defraudador que se enfrenta a un inspector de Hacienda. Tam bién m e provoca un ligero rictus en las com isuras de los labios, de m odo que tengo que tom ar un relaj ante m uscular para im pedir que la cara se m e convierta en una m áscara que asuste a los niños del vecindario. Todos estos m ej unj es m e recorren a su aire las venas y m e atacan varios órganos inocentes, y probablem ente em botados, cuando se dirigen a calm ar los irresponsables im pulsos eléctricos que se m e disparan en la cabeza com o a m uchos adolescentes revoltosos. A veces m e siento com o si m i im aginación fuera un dom inó incontrolable que ha perdido de repente el equilibrio, se tam balea adelante y atrás y luego se desplom a contra las dem ás fuerzas de m i cuerpo, lo que desata una potente reacción en cadena, clic clic clic, en m i interior.
Era m ás fácil, con m ucho, cuando aún era j oven y lo único que tenía que hacer era escuchar las voces. La m ay oría de las veces ni siquiera eran tan m alas. En aquella época solían ser tenues com o ecos que se desvanecen por un valle, o com o los susurros que se oy en cuando unos niños com parten un secreto en el cuarto de j uegos, aunque cuando las cosas se ponían tensas su volum en aum entaba deprisa. Norm alm ente, m is voces no eran dem asiado exigentes. Eran m ás bien sugerencias, consej os, preguntas perspicaces. A veces un poco rezongonas, com o una tía abuela solterona con la que nadie sabe m uy bien qué hacer en una com ida fam iliar, pero que aun así es invitada y que, de vez en cuando, suelta algo grosero, disparatado o políticam ente incorrecto, pero a la que nadie hace dem asiado caso.
En cierto sentido, las voces m e hacían com pañía, en especial las m uchas ocasiones en que no tenía am igos.
Tuve dos am igos, una vez, y fueron parte de la historia. Antes creía que eran la parte m ás im portante, pero y a no estoy tan seguro.
verdadera locura les fue peor que a m í. Sus voces les gritaban órdenes com o los sargentos de instrucción de los m arines, esos que llevan som breros m arrón verdoso de ala ancha y rígida calados hasta las cej as, de m odo que por detrás se les puede ver la cabeza pelada.
«¡Muévete! ¡Haz esto! ¡Haz lo otro!». O peor: « Suicídate» .
O peor aún: « Mata a alguien» .
Las voces que chillaban a esos tipos procedían de Dios, de Jesús, de Mahom a, del perro del vecino, de su tío abuelo fallecido, de extraterrestres, de un coro de arcángeles o de un coro de dem onios. Esas voces eran insistentes, im perativas e intransigentes y y o reconocía, por la rigidez que reflej aba la m irada de esas personas y la tensión que les agarrotaba los m úsculos, que oían algo bastante fuerte y m achacón, y que rara vez auguraba nada bueno. En m om entos así, m e iba y esperaba cerca de la puerta o en el otro lado de la sala de estar com ún, porque era probable que ocurriera algo desafortunado. Se parecía a un consej o que recordaba del colegio, una de esas cosas curiosas que se te graban: en caso de terrem oto, el m ej or sitio para esconderse es el um bral de una puerta, porque la estructura de la abertura es arquitectónicam ente m ás fuerte que una pared y hay m enos riesgo de que se te derrum be en la cabeza. Así pues, cuando veía que la turbulencia de otro paciente se volvía explosiva, encontraba el um bral donde tendría m ás probabilidades de supervivencia. Y, una vez ahí, escuchaba m is propias voces, que solían parecer cuidar de m í y casi siem pre m e advertían cuándo irm e y esconderm e. Tenían un curioso instinto de conservación, y si no les hubiese contestado en voz alta de m odo tan obvio cuando era j oven y aparecieron, j am ás m e habrían diagnosticado y recluido. Pero eso es parte de la historia, aunque no la m ás im portante ni m ucho m enos. Aun así, las echo extrañam ente de m enos, porque ahora estoy m uy solo.
Resulta m uy duro, en los tiem pos que vivim os, estar loco y ser de m ediana edad.
O y a no estarlo, pero sólo m ientras siga tom ando las pastillas.
Ahora m e paso los días en busca de m ovim iento. No m e gusta llevar una vida sedentaria. Así que ando a paso rápido por la ciudad, desde los parques a las zonas com erciales e industriales, m irando y observando pero sin detenerm e. O busco actividades en las que hay a m ucho m ovim iento ante m is oj os, com o un partido de fútbol am ericano o de baloncesto. Si ocurre algo aj etreado delante de m í, puedo descansar. Si no, m is pies siguen adelante —cinco, seis, siete o m ás horas al día—. Una m aratón diaria que m e gasta las suelas y m e m antiene delgado y vigoroso. En invierno calzo unas botas rígidas y repiqueteantes del Ej ército de Salvación. El resto del año llevo zapatillas de deporte que obtengo en
la tienda de m aterial deportivo. Cada pocos m eses, el propietario m e pasa un par del cuarenta y cinco de algún m odelo que y a no tiene salida, y así sustituy o el que se m e ha quedado hecho j irones en los pies.
A principios de prim avera, tras el prim er deshielo, m e dirij o hacia las cascadas, donde hay una escalera para peces, y cada día trabaj o com o voluntario para registrar el regreso del salm ón a la cuenca del río Connecticut. Eso m e exige observar cóm o infinitos litros de agua fluy en por la presa, y ver de vez en cuando cóm o un pez rem onta la corriente, im pulsado por un potente instinto de volver a su lugar de nacim iento, donde, en el m ay or m isterio, desovará a su vez y m orirá. Adm iro al salm ón porque com prendo lo que significa ser em puj ado por fuerzas que los dem ás no pueden ver, sentir ni oír, y percibir la obligación de un deber m ás im portante que uno m ism o. Son peces psicóticos. Tras años de recorrer tan felices el ancho océano, oy en una poderosa voz interior que los im pele a iniciar este viaj e im posible hacia su propia m uerte. Perfecto. Me gusta pensar que los salm ones están tan locos com o y o antes. Cuando veo uno, hago una anotación a lápiz en un form ulario que m e proporciona el Wildlife Service estatal y a veces susurro un saludo: « Hola, herm ano. Bienvenido a la sociedad de los locos» .
Es fácil detectar a los peces, porque son esbeltos y tienen los costados plateados debido a sus largos viaj es por el salado océano. Es una presencia brillante en el agua reluciente, invisible al oj o inexperto, casi com o una fuerza invisible que pasa por la ventanita desde donde vigilo. Casi noto la llegada del salm ón antes de que aparezca al pie de la escalera para peces. Contar peces es algo satisfactorio, aunque pueden pasar horas sin que llegue uno, y nunca hay los suficientes para com placer a los del Wildlife Service, que com prueban el núm ero de los que han regresado y sacuden la cabeza, frustrados. Pero la ventaj a de m i capacidad para detectarlos se traduce en otras. Mi j efe del Wildlife Service llam ó a la policía local para inform arle de que y o era totalm ente inofensivo, aunque siem pre m e he preguntado cóm o lo deduj o y tengo sinceras dudas sobre su veracidad general. De m odo que m e toleran en los partidos de fútbol y otros actos, y ahora, realm ente, aunque no pueda decirse que sea bienvenido en esta antigua ciudad industrial, por lo m enos soy aceptado. No se cuestiona m i rutina, y m ás que loco, m e consideran excéntrico, lo que, com o he averiguado con los años, es un estatus bastante seguro.
Vivo en un pequeño apartam ento de un dorm itorio gracias a un subsidio del Estado. Está am ueblado en lo que y o llam o estilo m oderno encontrado en la calle. Mi ropa procede del Ej ército de Salvación o de alguna de m is dos herm anas m enores, que viven a un par de ciudades de distancia y que, de vez en cuando, por algún extraño sentim iento de culpa que no com prendo, sienten la necesidad de hacer algo por m í vaciando los arm arios de sus m aridos. Me
com praron un televisor de segunda m ano que apenas veo y una radio que rara vez escucho. Me visitan cada pocas sem anas para traerm e com ida casera, m edio solidificada, en recipientes de plástico, y pasam os un rato hablando con incom odidad, sobre todo de m is padres, a quienes y a no les apetece dem asiado verm e porque soy un recordatorio de las esperanzas perdidas y la am argura que la vida puede proporcionar de m odo tan inesperado. Lo acepto e intento m antener las distancias. Mis herm anas se ocupan del pago de las facturas de la calefacción y la luz. Se aseguran de que m e acuerde de cobrar los escasos cheques que llegan desde diversos organism os estatales de ay uda. Com prueban que hay a tom ado toda la m edicación. A veces lloran, creo, al ver lo cerca que vivo de la desesperación, pero ésa es la im presión que ellas tienen, no la m ía, porque en realidad y o m e siento bastante cóm odo. Estar loco te proporciona una visión interesante de la vida. Sin duda, te lleva a aceptar m ej or ciertas cosas que te ocurren, excepto las veces en que los efectos de la m edicación se pasan un poco y m e siento m uy inquieto y enoj ado por el m odo en que m e ha tratado la vida.
Pero la m ay oría del tiem po, aunque no sea feliz, por lo m enos tengo conciencia de las cosas.
Y m i existencia tiene detalles fascinantes, com o lo m ucho que m e he dedicado a estudiar la vida en esta ciudad. Resulta sorprendente cuánto he aprendido en m is recorridos diarios. Voy con los oj os abiertos y los oídos atentos y capto toda clase de inform aciones. Desde que m e dieron de alta del hospital, después de que pasaran en él todas las cosas que iban a pasar, m e valgo de lo que aprendo, es decir, soy observador. Gracias a m is recorridos diarios he llegado a saber quién tiene una aventura escabrosa con qué vecino, qué m arido se va de casa, quién bebe dem asiado, quién pega a sus hij os. Sé qué negocios tienen dificultades y quién ha heredado dinero de sus padres o quién lo ha ganado con un billete de lotería agraciado. Descubro qué adolescente anhela una beca de fútbol am ericano o de baloncesto para ir a la universidad, y qué adolescente irá unos m eses a visitar a alguna tía lej ana para afrontar un em barazo indeseado. He llegado a saber qué policías te dan un respiro y cuáles son rápidos con la porra o las m ultas, según el caso. Y tam bién hay todo tipo de observaciones m enores que tienen que ver con quién soy y en quién m e he convertido, com o por ej em plo, la peluquera que al final del día m e hace señas para que entre a cortarm e el pelo — para estar m ás presentable durante m is recorridos diarios— y después m e da cinco dólares de las propinas de la j ornada, o el encargado del McDonald’s local, que, cuando m e ve pasar, m e da una bolsa de ham burguesas y patatas fritas, y que sabe que m e gustan los batidos de vainilla y no los de chocolate. Estar loco y cam inar por la calle es la form a m ás clara de ver la naturaleza hum ana; puedes observar cóm o la ciudad fluy e, com o hago con el agua en la escalera para peces.
Y no es que sea un inútil. Una vez vi abierta una puerta de una fábrica a una hora im propia y busqué a un policía, que se llevó todo el m érito por el robo que im pidió. Pero la policía m e entregó un certificado cuando anoté la m atrícula de un conductor que tras atropellar a un ciclista se dio a la fuga una tarde de prim avera. En otra ocasión actualicé eso de entre-ellos-se-conocen, cuando al cruzar un parque lleno de niños que j ugaban m e fij é en un hom bre que m e dio m ala espina. Tiem po atrás, m is voces lo habrían observado y m e habrían alertado, pero esta vez m e encargué y o solo de m encionárselo a la j oven m aestra de preescolar que estaba ley endo una revista sentada en un banco a diez m etros del caj ón de arena y de los colum pios sin prestar atención a los pequeños. Resultó que el hom bre había salido de la cárcel hacía poco y era un delincuente sexual habitual.
Esa vez no m e dieron ningún certificado, pero la m aestra hizo que los niños m e regalaran un dibuj o de ellos m ism os j ugando y con la palabra « gracias» escrita con esa letra extraordinariam ente alocada que tienen los niños antes de que los carguem os de razones y opiniones. Me llevé el dibuj o a casa y lo colgué de la pared, sobre la cabecera de la cam a, donde aún sigue. Mi vida es gris, y el dibuj o m e recuerda los colores que podría haber tenido si no hubiera seguido el cam ino que m e conduj o hasta aquí.
Éste es, m ás o m enos, el resum en de m i existencia actual. Un hom bre en la periferia de la cordura.
Y sospecho que m e habría lim itado a pasar el resto de m is días de este m odo, sin haberm e m olestado en contar lo que sé sobre todos aquellos hechos que presencié, si no hubiera recibido una carta oficial.
Era un sobre sospechosam ente grueso con m i nom bre m ecanografiado. Destacaba entre el habitual m ontón de folletos y de cupones de descuento de las tiendas de ultram arinos. No recibes dem asiada correspondencia personal cuando vives tan aislado com o y o, así que cuando llega algo fuera de lo corriente, te apresuras a exam inarlo. Aparté el correo basura y abrí el sobre, lleno de curiosidad. Lo prim ero que observé fue que habían escrito bien m i nom bre.
Estimado señor Francis X. Petrel:
Em pezaba bastante bien. El problem a de tener un nom bre de pila que se com parte con el sexo opuesto es que genera confusión. Más de una vez he recibido cartas del seguro m édico porque no dispone de los resultados de m i últim o frotis cervical o preguntando si m e he hecho alguna m am ografía. He
dej ado de intentar corregir estos errores inform áticos.
El Comité de Conservación del Hospital Estatal Western le ha identificado como uno de los últimos pacientes que fueron dados de alta de esta institución antes de que cerrara sus puertas permanentemente hace unos veinte años. Como tal vez sepa, existe un proyecto para convertir parte de los terrenos del hospital en un museo y el resto cederlo para urbanizar. Como parte de ese esfuerzo, el Comité patrocina un «examen» de un día de duración del hospital, su historia, el importante papel que desempeñó en este Estado y el enfoque actual sobre el tratamiento de los enfermos mentales. Le invitamos a acudir el próximo día. Hay previstos seminarios, discursos y diversiones. Le adjuntamos un programa de actos provisional. Si puede asistir, le rogamos que se ponga en contacto lo antes posible con la persona indicada a continuación.
Eché un vistazo al teléfono y al nom bre, cuy o cargo era copresidenta del Consej o de Conservación. Oj eé la inform ación adj unta, que consistía en la lista de actividades previstas para ese día. Incluían, com o decía la carta, discursos de políticos cuy os nom bres reconocí, incluso el lugarteniente del gobernador y el líder de la oposición en el Senado. Habría grupos de debate, m oderados por m édicos e historiadores sociales de varias universidades cercanas. Me llam ó la atención una sesión titulada « La realidad de la experiencia del hospital - Una presentación» , seguida del nom bre de alguien a quien pensé que podría recordar de m i época en el hospital. La celebración term inaría con un interludio m usical a cargo de una orquesta de cám ara.
Dej é la invitación en la m esa y la contem plé un m om ento. Mi prim er im pulso fue echarla al cubo de la basura, pero no lo hice. Volví a cogerla, la leí por segunda vez y fui a sentarm e en m i m ecedora, en un rincón de la habitación, para valorar la cuestión. Sabía que la gente celebra reencuentros sin cesar. Los veteranos de Pearl Harbor o del día D se reúnen. Los com pañeros de curso de secundaria se ven tras una o dos décadas para observar las cinturas ensanchadas, las calvas o los pechos caídos. Las universidades utilizan los reencuentros com o m edio para arrancar fondos a licenciados que recorren con oj os llorosos los viej os colegios m ay ores adornados de hiedra recordando los buenos m om entos y olvidando los m alos. Los reencuentros son algo constante en el m undo norm al. La gente intenta siem pre revivir m om entos que en su m em oria son m ej ores de lo que fueron en realidad, evocar em ociones que, en realidad, es m ej or que perm anezcan en el pasado.
futuro. El pasado es una confusión fugitiva de recuerdos peligrosos y dolorosos. ¿Por qué iba a querer regresar?
Y, aun así, dudaba. Contem plaba la invitación con una fascinación creciente. Aunque el Hospital Estatal Western estaba sólo a una hora de distancia, no había vuelto allí desde que m e habían dado de alta. Dudaba que nadie que hubiera pasado un solo m inuto tras sus puertas lo hubiera hecho.
Advertí que las m anos m e tem blaban un poco. Quizá los efectos de la m edicación em pezaban a diluirse. De nuevo, m e dij e que debía echar la carta a la basura y salir a la calle. Aquello era peligroso. Inquietante. Am enazaba la m uy cuidadosa existencia que m e había construido. Pensé que debía cam inar deprisa. Avanzar rápido. Cum plir m i rutina norm al porque era m i salvación. Olvidarm e de la carta. Y em pecé a hacerlo, pero m e detuve.
Cogí el teléfono y m arqué el núm ero de la presidenta. Oí dos tonos y luego una voz:
—¿Diga?
—Con la señora Robinson-Sm y the, por favor —pedí con excesivo brío. —Yo soy su secretaria. ¿De parte de quién?
—Me llam o Francis Xavier Petrel…
—Oh, señor Petrel, llam a por lo del día del Western, ¿verdad? —Exacto. Voy a asistir.
—Fantástico. Espere un m om ento que le paso la llam ada.
Pero colgué, casi asustado de m i propia im pulsividad. Salí a la calle y cam iné lo m ás rápido que pude antes de tener la oportunidad de cam biar de opinión. Mientras recorría m etros y m etros de acera y dej aba atrás las fachadas de las tiendas y las casas de m i ciudad sin fij arm e en ellas, m e preguntaba si m is voces m e habrían aconsej ado que fuera. O que no.
Era un día dem asiado caluroso para finales de m ay o. Tuve que tom ar tres autobuses distintos para llegar a la ciudad, y cada vez parecía que la m ezcla de aire caliente y gases de m otor era peor. El hedor m ay or. La hum edad m ás alta. En cada parada, m e decía que volver era una absoluta equivocación, pero m e negaba a seguir m i propio consej o.
El hospital estaba en las afueras de una pequeña ciudad universitaria de Nueva Inglaterra que poesía la m ism a cantidad de librerías que de pizzerías, restaurantes chinos o tiendas de ropa barata de estilo m ilitar. Algunos negocios tenían, sin em bargo, un carácter ligeram ente iconoclasta, com o la librería especializada en
autoay uda y crecim iento espiritual, en que el dependiente tras el m ostrador tenía el aspecto de haberse leído todos los libros de los estantes sin haber encontrado ninguno que lo ay udase, o un bar de sushi que parecía bastante desastrado, la clase de sitio donde era probable que el tipo que cortaba el pescado crudo se llam ara Tex o Paddy y hablara con acento sureño o irlandés. El calor del día parecía em anar de las aceras, una calidez radiante com o una estufa de una sola posición: tem peratura infernal. Llevaba m i única cam isa blanca desagradablem ente pegada a la zona lum bar, y m e habría afloj ado la corbata si no hubiese tenido m iedo de no poder recom ponerm e el nudo. Vestía m i único traj e: un traj e de lanilla azul para asistir a entierros, com prado de segunda m ano en previsión de la m uerte de m is padres, pero com o ellos se obstinaban en conservar la vida, era la prim era ocasión en que m e lo ponía. No tenía ninguna duda de que sería un buen traj e para que m e enterraran con él y a que m antendría m is restos calientes en la tierra fría. Cuando llegué a la m itad de la colina en m i ascenso hacia los terrenos del hospital, y a j uraba que sería la últim a vez que m e lo pondría deliberadam ente, por m ucho que se enfureciesen m is herm anas cuando apareciera en el velatorio de nuestros padres en pantalones cortos y una cam isa con un chillón estam pado hawaiano. Pero ¿qué podrían decirm e? Después de todo, soy el loco de la fam ilia. Una excusa que j ustifica toda clase de com portam ientos.
Por una curiosa y espléndida ironía arquitectónica, el Hospital Estatal Western se erigía en lo alto de una colina con vistas al cam pus de una fam osa universidad fem enina. Los edificios del hospital im itaban los del centro educativo, con m ucha hiedra, ladrillos y m arcos de ventana blancos en residencias rectangulares de tres y cuatro plantas, dispuestas alrededor de patios interiores con bancos y grupos de olm os. Siem pre sospeché que am bos proy ectos eran obra de los m ism os arquitectos y que el contratista del hospital había burlado m ateriales a la universidad. Un cuervo que pasara volando habría supuesto que el hospital y la universidad eran m ás o m enos la m ism a cosa. Sólo habría observado las diferencias si hubiese sido capaz de entrar en cada edificio.
La línea de dem arcación física era un cam ino asfaltado de un solo carril, desprovisto de acera, que serpenteaba por un lado de la colina, con una zona de equitación en el otro, donde los estudiantes m ás ricachones de entre los y a ricachones, ej ercitaban sus caballos. La cuadra y los obstáculos seguían allí, donde estaban la últim a vez que los vi veinte años atrás. Una solitaria am azona describía círculos por el recinto baj o el sol veraniego y espoleaba a su caballo al enfilar a los obstáculos. Com o una cinta de Móbius. Oí los resuellos fuertes del anim al m ientras se esforzaba en m edio del calor y vi una larga coleta rubia que salía del casco negro de la am azona. Tenía la cam isa em papada de sudor, y las
ij adas del caballo relucían. Am bos parecían aj enos a la actividad que tenía lugar colina arriba. Seguí avanzando hacia una carpa de ray as am arillas que habían plantado al otro lado del alto m uro de ladrillo con la verj a del hospital. Un cartel rezaba INSCRIPCIÓN.
Una m uj er corpulenta y servicial situada tras una m esa m e proporcionó una etiqueta con m i nom bre y m e la pegó en la chaqueta con una floritura. Tam bién m e provey ó de una carpeta que contenía copias de num erosos artículos de periódicos en los que se detallaban los proy ectos de urbanización de los antiguos terrenos del hospital: bloques de pisos y casas de luj o porque las tierras tenían vistas al valle y el río. Eso m e resultó extraño. Con todo el tiem po que había pasado allí, no recordaba haber visto la línea azul del río en la distancia. Aunque, por supuesto, podría haber creído que era una alucinación. Tam bién había una breve historia del hospital y algunas fotografías granuladas en blanco y negro de pacientes que recibían tratam iento o pasaban el rato en las salas de estar. Repasé esas fotografías en busca de rostros fam iliares, incluido el m ío, pero no reconocí a nadie, aunque los reconocí a todos. Todos éram os iguales entonces. Arrastrábam os los pies con diversas cantidades de ropa y m edicación.
La carpeta contenía un program a de las actividades del día, y vi a varias personas que se dirigían hacia lo que, según recordaba, era el edificio de adm inistración. La presentación prevista para esa hora estaba a cargo de un catedrático de historia y se titulaba « La im portancia cultural del Hospital Estatal Western» . Si tenem os en cuenta que los pacientes estábam os confinados en el recinto, y m uy a m enudo encerrados en las diversas unidades, m e pregunté de qué podría hablar. Reconocí al lugarteniente del gobernador, que, rodeado de varios funcionarios, recibía a otros políticos estrechándoles la m ano. Sonreía, pero y o no recordaba a nadie que hubiera sonreído cuando lo conducían a ese edificio. Era el sitio donde te llevaban prim ero, y donde te ingresaban. Al final del program a había una advertencia en letras m ay úsculas que indicaba que varios edificios del hospital se encontraban en m al estado y era peligroso entrar en ellos. La advertencia conm inaba a los visitantes a lim itarse al edificio de adm inistración y a los patios interiores por m otivos de seguridad.
Avancé unos pasos hacia la cola de gente que iba a la conferencia y m e detuve. Observé cóm o la cola se reducía a m edida que el edificio la devoraba. Entonces m e volví y crucé deprisa el patio interior.
No tardé m ucho en encontrar m i antiguo edificio. Podría haber recorrido el cam ino con los oj os cerrados.
Las rej as de m etal que protegían las ventanas se habían oxidado; el tiem po y la suciedad habían bruñido el hierro. Una colgaba com o un ala rota de una sola abrazadera. Los ladrillos exteriores tam bién se habían decolorado y adquirido un tono m arrón opaco. Los nuevos brotes de hiedra que crecían con la estación parecían agarrarse con poca energía a las paredes, descuidados, silvestres. Los arbustos que solían adornar la entrada habían m uerto, y la gran doble puerta que daba acceso al edificio colgaba de unas j am bas resquebraj adas y astilladas. El nom bre del edificio, grabado en una losa de granito gris en la esquina, com o una lápida, tam bién había sufrido; alguien se había llevado parte de la piedra, de m odo que las únicas letras que se distinguían eran MHERST. La A inicial era ahora una m arca irregular.
Todas las unidades llevaban el nom bre, no sin cierta ironía, de universidades fam osas: Harvard, Yale, Princeton, William s, Wesley an, Sm ith, Mount Holy oke y Wellesley, y por supuesto la m ía, Am herst. El nom bre del edificio respondía al de la ciudad y la universidad, que a su vez respondía al de un soldado británico, lord Jeffrey Am herst, cuy o salto a la fam a se produj o al equipar cruelm ente a las tribus rebeldes de indios con m antas infectadas de viruela. Estos regalos lograron con rapidez lo que las balas, las baratij as y las negociaciones no habían conseguido.
Me acerqué a leer un cartel clavado a la puerta. La prim era palabra era PELIGRO, escrita con letras grandes. Seguía cierta j erga del inspector de inm uebles del condado que declaraba ruinoso el edificio, lo que equivalía a condenarlo a la dem olición. Iba seguido, con letras igual de grandes, de:
PROHIBIDA TODA ENTRADA NO AUTORIZADA.
Lo encontré interesante. Tiem po atrás, parecía que quienes ocupaban el edificio eran los condenados. Jam ás se nos ocurrió que las paredes, los barrotes y las cerraduras que lim itaban nuestras vidas se encontrarían alguna vez en la m ism a situación.
Daba la im presión de que alguien había desoído la advertencia. Las cerraduras estaban forzadas con una palanca, un m edio que carece de sutileza, y la puerta estaba entreabierta. La em puj é con la m ano, y se deslizó con un cruj ido.
Un olor a m oho im pregnaba el prim er pasillo. En un rincón había un m ontón de botellas vacías de vino y cerveza, lo que explicaría la naturaleza de los
visitantes furtivos: chicos de secundaria en busca de un sitio donde beber lej os de la m irada de sus padres. Las paredes estaban m anchadas de suciedad y extraños eslóganes pintados con spray de distintos tonos. Uno decía: ¡LOS MALOS MANDAN! Supuse que era cierto. Las cañerías se habían desprendido del techo y de ellas goteaba una oscura agua fétida al suelo de linóleo. Los escom bros y la basura, el polvo y la suciedad llenaban todos los rincones. Mezclado con el olor neutro de los años y el abandono se notaba el hedor característico a excrem entos. Avancé unos pasos m ás, pero tuve que detenerm e. Una placa de un tabique caída en m itad del pasillo bloqueaba el paso. Vi a m i izquierda la escalera que conducía a las plantas superiores, pero estaba llena de desechos. Quería recorrer la sala de estar com ún, a m i izquierda, y ver las salas de tratam iento, que ocupaban la planta baj a. Tam bién quería ver las celdas del piso superior, donde nos encerraban cuando luchábam os contra nuestra m edicación o nuestra locura, y los dorm itorios, donde y acíam os com o desdichados cam pistas en hileras de cam as m etálicas. Pero la escalera parecía inestable y tem í que fuera a derrum barse baj o m i peso.
No estoy seguro del rato que pasé allí, en cuclillas, escuchando los ecos de todo lo que había visto y oído tiem po atrás. Com o en m i época de paciente, el tiem po parecía m enos urgente, m enos im perioso, com o si la segunda m anecilla del reloj avanzara m uy despacio y los m inutos pasaran a regañadientes.
Me acechaban los fantasm as de la m em oria. Podía ver caras, oír sonidos. Los sabores y olores de la locura y la negligencia volvieron a m í en una oleada. Escuché m i pasado arrem olinándose a m i alrededor.
Cuando el m om ento de la m elancolía m e invadió por fin, m e incorporé y salí despacio del edificio. Me dirigí a un banco situado baj o un árbol, en el patio interior, y m e senté para contem plar lo que había sido m i hogar. Me sentía exhausto y respiré el aire fresco con esfuerzo, m ás cansado de lo que m e sentía después de m is paseos habituales por la ciudad. No desvié la m irada hasta que oí pasos en el cam ino.
Un hom bre baj o y corpulento, un poco m ay or que y o, con el cabello negro y lacio salpicado de canas, avanzaba deprisa hacia m í. Lucía una am plia sonrisa pero una ligera ansiedad en los oj os, y m e dirigió un tím ido saludo.
—Supuse que te encontraría aquí —dij o, resoplando debido al esfuerzo y el calor—. Vi tu nom bre en la lista de inscripciones. —Se detuvo a unos pasos de distancia, vacilante—. Hola, Paj arillo —m e dij o.
—Bonjour, Napoleón —contesté a la vez que m e levantaba y le tendía la m ano—. Nadie m e ha llam ado así en m uchos, m uchos años.
Me estrechó la m ano. La suy a estaba algo sudada y se agarraba con floj edad. Debía de ser por la m edicación. Pero su sonrisa seguía ahí.
—Ni a m í —aseguró.
—Vi tu nom bre en el program a. ¿Vas a dar un discurso?
—No m e convence eso de ponerm e delante de toda esa gente —dij o tras asentir—. Pero el m édico que m e trata está m etido en el proy ecto de urbanización y fue idea suy a. Dij o que sería una buena terapia. Una dem ostración fehaciente de la ruta dorada hacia la recuperación total.
Dudé un m om ento y pregunté: —¿Tú qué crees?
—Creo que es él quien está loco. —Napoleón se sentó en el banco y soltó una risita ligeram ente histérica, un sonido agudo que unía nerviosism o y alegría, y que recordé de la época que pasam os j untos—. Por supuesto, va bien que la gente siga pensando que estás totalm ente loco, porque así nunca puedes ponerte en una situación dem asiado em barazosa —añadió, y y o sonreí. Era la clase de observación que sólo haría alguien que hay a pasado un tiem po en un hospital psiquiátrico. Me recosté y am bos observam os el edificio Am herst. Él suspiró—. ¿Has entrado?
—Sí. Está hecho un desastre. A punto para el m artillo de dem olición. —Yo y a lo pensaba entonces. Pero todo el m undo creía que era el m ej or sitio del m undo. Por lo m enos, eso m e dij eron cuando m e ingresaron. Un centro psiquiátrico avanzado. La m ej or form a de tratar a los enferm os m entales en un entorno residencial. Menuda m entira. —Contuvo el aliento y añadió—: Una puta m entira.
—¿Es eso lo que vas a decirles? En el discurso, m e refiero.
—No creo que sea lo que quieren oír —dij o tras sacudir la cabeza—. Es m ás sensato decirles cosas bonitas. Cosas positivas. Tengo prevista una serie de trem endas falsedades.
Me lo pensé un m om ento y sonreí.
—Eso podría ser un signo de salud m ental —com enté. —Espero que tengas razón —sonrió Napoleón. Am bos guardam os silencio unos segundos.
—No les voy a hablar sobre los asesinatos —susurró con tono nostálgico—. Ni decirles una sola palabra sobre el Bom bero o la fiscal, ni nada de lo que pasó al final. —Alzó los oj os hacia el edificio y añadió—: De todos m odos, esa historia deberías contarla tú.
No respondí.
Napoleón guardó silencio un m om ento. —¿Piensas en lo que pasó? —preguntó.
Negué con la cabeza, pero los dos sabíam os que era falso.
fue real y qué no.
—Es lógico —dij o, y añadió despacio—: ¿Sabes qué m e preocupaba? Nunca supe dónde enterraban a las personas. Las que m urieron cuando estábam os aquí. Quiero decir que estaban en la sala de estar o en los pasillos con todos los dem ás, y de repente estaban m uertas. Pero ¿qué pasaba luego? ¿Te llegaste a enterar?
—Sí —respondí tras una pausa—. Había un pequeño cem enterio im provisado en un extrem o del hospital, hacia la arboleda situada detrás de adm inistración y de Harvard. Pasado el j ardincillo. Creo que ahora form a parte de un cam po de fútbol j uvenil.
—Me alegra saberlo —dij o Napoleón m ientras se secaba la frente—. Siem pre m e lo había preguntado.
Estuvim os callados unos instantes y luego prosiguió:
—Ya sabes cóm o detestaba averiguar cosas. Después, cuando nos dieron de alta y nos enviaron a am bulatorios para recibir el tratam iento y todos esos nuevos fárm acos, ¿sabes qué detesté?
—¿Qué?
—Que el delirio al que m e había aferrado durante tantos años no sólo no era un delirio, sino que ni siquiera era un delirio especial. Que no era la única persona que im aginaba ser la reencarnación de un em perador francés. De hecho, seguro que París está lleno de gente así. Detesté saber eso. En m i delirio m e sentía especial. Único. Y ahora sólo soy un hom bre corriente que tiene que tom ar pastillas, sufre tem blores en las m anos todo el rato, sólo puede tener un em pleo de lo m ás sim ple y cuy a fam ilia seguram ente desearía que desapareciera. Me gustaría saber com o se dice joder en francés.
—Bueno, personalm ente, si te sirve de algo, siem pre tuve la im presión de que eras un espléndido em perador francés —aseguré tras pensar un m om ento—. Y si hubieras sido tú quien dirigió las tropas en Waterloo, seguro que habrías ganado.
Napoleón soltó una risita.
—Siem pre supim os que se te daba m ej or que a los dem ás prestar atención al m undo que nos rodeaba, Paj arillo —dij o—. Le caías bien a la gente, aunque estuviera delirante y loca.
—Me alegra saberlo.
—¿Y el Bom bero? Era am igo tuy o. ¿Qué fue de él? Me refiero a después. —Se fue —contesté tras una pausa—. Solucionó todos sus problem as, se trasladó al sur y ganó m ucho dinero. Form ó una fam ilia. Com pró una casa grande, un coche potente. Todo le fue m uy bien. Lo últim o que supe fue que dirigía una fundación benéfica. Sano y feliz.
—No m e extraña —asintió Napoleón—. ¿Y la m uj er que vino a investigar? ¿Se fue con él?
—No. Obtuvo una plaza de j uez. Con toda clase de honores. Su vida fue m aravillosa.
—Lo sabía. Era de prever. Todo esto era m entira, por supuesto.
—Tengo que volver y prepararm e para m i gran m om ento —dij o tras echar un vistazo al reloj —. Deséam e suerte.
—Buena suerte —dij e.
—Me ha gustado volver a verte —añadió Napoleón—. Espero que te vay a todo bien.
—Y y o a ti. Tienes buen aspecto.
—¿De veras? Lo dudo. Dudo que m uchos de nosotros tengam os buen aspecto. Pero está bien. Gracias por decirlo.
Se levantó y y o hice lo m ism o. Am bos volvim os la m irada hacia el edificio Am herst.
—Me alegraré cuando lo derriben —dij o Napoleón con súbita am argura—. Era un sitio peligroso y m aligno, y en él no pasaban cosas buenas. —Se volvió hacia m í—. Tú estuviste ahí, Paj arillo. Lo viste todo. Cuéntalo.
—¿Quién querría escucharm e?
—Puede que alguien. Escribe la historia. Puedes hacerlo. —Algunas historias es m ej or no escribirlas.
—Si la escribes, entonces será real —com entó Napoleón, y se encogió de hom bros—. Si sólo la conservam os en nuestros recuerdos, es com o si nunca hubiera pasado. Com o si hubiera sido un sueño. O una alucinación propia de chalados. Nadie se cree lo que decim os. Pero si lo escribes, eso le dará, no sé, cierto fundam ento. Lo volverá real.
—El problem a de estar loco es que era m uy difícil distinguir qué era verdad y qué no —dij e sacudiendo la cabeza—. Eso no cam bia sólo porque tom em os las pastillas suficientes para arreglárnoslas en el m undo con los dem ás.
—Tienes razón —sonrió Napoleón—. Pero tam bién puede que no la tengas. No lo sé. Sólo sé que podrías contarlo y quizás algunas personas lo creerían, y eso y a estaría bastante bien. Entonces nadie nos creía. Ni siquiera con la m edicación, nadie nos creía. —Volvió a echar un vistazo al reloj y m ovió los pies, nervioso.
—Deberías regresar —aconsej é. —Tengo que regresar —repitió.
Estuvim os un m om ento, quietos, incóm odos, hasta que por fin se dio la vuelta y se alej ó. A m edio cam ino, se giró y m e dedicó el m ism o saludo inseguro que al llegar.
—Cuéntalo —m e gritó, y se alej ó deprisa, un poco encorvado com o era su costum bre.
Vi que las m anos le tem blaban de nuevo.
seguridad de aquel reducido espacio. Un cansancio nervioso parecía latirm e en las venas, recorriéndolas j unto con los glóbulos roj os y los glóbulos blancos. Encontrarm e con Napoleón y oír cóm o m e llam aba por el apodo que recibí cuando ingresé en el hospital m e había despertado em ociones. Me planteé tom ar m ás pastillas. Tenía unas que servían para calm arm e si m e ponía dem asiado nervioso. Pero no lo hice. « Cuenta la historia» , m e había dicho.
—¿Cóm o? —pregunté en voz alta en la quietud de m i hogar. La habitación resonó a m i alrededor.
« No puedes contarlo» , m e dij e. Y entonces m e pregunté por qué no. Tenía bolígrafos y lápices, pero no papel.
Entonces tuve una idea. Por un segundo, m e pregunté si era una de m is voces, que volvía, la que m e lanzaba al oído una sugerencia rápida y una orden m odesta. Me detuve, escuché con atención para distinguir los tonos inconfundibles de m is viej os guías entre los sonidos de la calle que se oían por encim a del zum bido del aire acondicionado de la ventana. Pero m e eludían. No sabía si estaban ahí o no. Pero estaba acostum brado a la incertidum bre.
Cogí una silla algo arañada y raída y la situé contra la pared, al fondo de la habitación. Aunque no tenía papel, sí tenía unas paredes desnudas pintadas de blanco.
Si m antenía el equilibrio sobre la silla, podía llegar casi hasta el techo. Agarré un lápiz y escribí deprisa, con letra pequeña, com prim ida pero legible:
Francis Xavier Petrel llegó llorando al Hospital Estatal Western en una ambulancia. Llovía con intensidad, anochecía deprisa, y tenía los brazos y las piernas atados. Con sólo veintiún años, estaba más asustado de lo que había estado en su corta y hasta entonces relativamente monótona vida…
2
Francis Xavier Petrel llegó llorando al Hospital Estatal Western en una am bulancia. Llovía con intensidad, anochecía deprisa, y tenía los brazos y las piernas atados. Con sólo veintiún años, estaba m ás asustado de lo que había estado en su corta y hasta entonces relativam ente m onótona vida.
Los dos hom bres de la am bulancia habían guardado silencio durante el tray ecto, salvo para m ascullar quej as sobre lo im propio del tiem po para esa estación o para hacer com entarios m ordaces sobre los dem ás conductores, ninguno de los cuales parecía alcanzar los niveles de excelencia que ellos poseían. La am bulancia había recorrido el cam ino a una velocidad m oderada, sin luces interm itentes ni urgencia alguna. La form a en que am bos habían actuado tenía algo de rutinario, com o si el viaj e al hospital fuera sólo una parada m ás en m edio de un día opresivam ente norm al y aburrido. Uno de ellos sorbía de vez en cuando una lata de refresco, y al hacerlo em itía un ruido parecido a un beso. El otro silbaba fragm entos de canciones populares. El prim ero llevaba patillas a lo Elvis. El segundo lucía una m elena tupida com o la de un león.
Podía haber sido un tray ecto aburrido para los dos asistentes, pero para el j oven tenso que iba en la parte posterior, que respiraba com o si hubiera corrido un sprint no era nada de eso. Cada sonido, cada sensación parecía indicarle algo m ás aterrador y am enazador. El rum or del lim piaparabrisas era com o el redoble de un tam bor agorero en el corazón de la selva. El m urm ullo de los neum áticos en la resbaladiza carretera era un canto de sirena desesperado. Hasta el sonido de su respiración trabaj osa parecía resonar, com o si estuviera m etido en una tum ba. Las suj eciones se le hincaban en la piel. Quería pedir ay uda, pero no conseguía em itir el sonido correcto. Lo único que le salía era un gargarism o de desesperación. Una idea se abrió paso a través de aquella sinfonía disonante: si sobrevivía a ese día, no era probable que viviera j am ás uno peor.
Cuando la am bulancia se detuvo frente a la entrada del hospital, oy ó que una de sus voces le advertía por encim a del m iedo: Si no tienes cuidado, aquí te m atarán. Los hom bres de la am bulancia parecían aj enos al peligro inm inente. Abrieron las puertas del vehículo con estrépito y sacaron sin la m enor delicadeza a Francis en una cam illa. Este sintió la lluvia que le caía en la cara y se m ezclaba con el sudor nervioso de su frente hasta que traspusieron unas puertas anchas y entraron en un m undo de luces brillantes e im placables. Lo em puj aron por un pasillo y las ruedas de la cam illa chirriaban contra el linóleo. Lo único que pudo ver al principio fue el techo gris m arcado de hoy os. Era consciente de que había
m ás personas en el pasillo, pero estaba dem asiado asustado para volver la cabeza hacia ellas. Mantenía los oj os fij os en el aislam iento acústico del techo, y contaba la cantidad de fluorescentes que iba dej ando atrás. Cuando llegó al cuarto, los cam illeros se detuvieron.
Algunas personas m ás se habían situado delante de la cam illa. Oy ó unas palabras por encim a de su cabeza:
—Muy bien, chicos. Nosotros nos encargarem os.
Entonces, una cara negra, inm ensa y redonda, que m ostraba una hilera de dientes irregulares en una am plia sonrisa, apareció sobre él. La cara coronaba una chaqueta blanca de auxiliar que parecía, a prim era vista, varias tallas pequeña.
—Muy bien, señor Francis Xavier Petrel, no nos va a causar ningún problem a, ¿verdad? —El negro im prim ió un ligero tono cantarín a sus palabras, de m odo que sonaron entre am enaza y diversión. Francis no supo qué responder.
Un segundo rostro negro entró de repente en su cam po de visión al otro lado de la cam illa, inclinado tam bién hacia él.
—No creo que este chico vay a a crearnos ningún problem a —dij o el segundo hom bre—. En absoluto. ¿Verdad, señor Petrel? —El tam bién hablaba con un suave acento sureño.
Una voz le gritó al oído: ¡Diles que no!
Intentó sacudir la cabeza, pero le costaba m over el cuello.
—No causaré ningún problem a —dij o al fin. Sus palabras parecían tan duras com o aquel día, pero se alegró de poder hablar. Eso lo tranquilizó un poco. A lo largo del día había tem ido que, de algún m odo, fuera a perder toda capacidad de com unicación.
—Muy bien, señor Petrel. Vam os a baj arlo de la cam illa. Después nos sentarem os con calm a en una silla de ruedas. ¿Entendido? Pero aún no le voy a soltar las m anos y los pies. Eso será después de que hable con el m édico. Quizá le dé algo para que se calm e. Para relaj arlo. Ahora incorpórese, m ueva las piernas hacia delante.
¡Haz lo que te dicen! Lo hizo.
El m ovim iento lo m areó y se balanceó brevem ente. Una m ano enorm e lo suj etó por el hom bro. Se volvió y vio que el prim er auxiliar era inm enso, cerca de dos m etros de estatura y puede que unos ciento treinta kilos de peso. Tenía brazos m uy m usculosos y piernas com o barriles. Su com pañero, el otro negro, era un hom bre enj uto y nervudo, em pequeñecido a su lado. Llevaba perilla y un peinado afro que no lograba añadir dem asiados centím etros a su m odesta estatura. Los dos hom bres lo depositaron en una silla de ruedas.
—Muy bien —dij o el pequeño—. Ahora lo llevarem os a ver al m édico. No se preocupe. Las cosas pueden parecer desagradables, pésim as ahora m ism o, pero pronto m ej orarán. Puede estar seguro.
No se lo crey ó. Ni una palabra.
Los dos auxiliares lo conduj eron hasta una pequeña sala de espera. Una secretaria sentada tras una m esa m etálica alzó la m irada cuando cruzaron la puerta. Parecía una m uj er im ponente, estirada, de m ás de m ediana edad, vestida con un aj ustado traj e chaqueta azul, el cabello dem asiado crispado, el delineador de oj os dem asiado m arcado y el brillo de labios ligeram ente excesivo, lo que le confería un aspecto algo incongruente, entre bibliotecaria y prostituta callej era.
—Éste debe de ser el señor Petrel —dij o con brusquedad, aunque Francis supo al instante que no esperaba respuesta, porque y a la conocía—. Ya pueden pasar. El m édico lo está esperando.
Le conduj eron a un despacho. Era una habitación algo m ás agradable, con dos ventanas en la pared del fondo con vistas a un j ardín. Se veía un roble m ecido por el viento. Y, m ás allá del árbol, otros edificios, todos de ladrillo, con tej ados de pizarra negra que se fundían con la penum bra del cielo. Delante de las ventanas había un enorm e escritorio de m adera. Un estante con libros en un rincón, varias sillas dem asiado m ullidas y una alfom bra oriental de color roj o vivo sobre la m oqueta gris que cubría el suelo creaban una zona de asiento a la derecha de Francis. Una fotografía del gobernador j unto a un retrato del presidente Cárter colgaban de la pared. Francis lo captó lo m ás rápido posible girando la cabeza a uno y otro lado. Pero sus oj os se detuvieron enseguida en el hom bre m enudo que se levantó de detrás de la m esa.
—Buenas tardes, señor Petrel. Soy el doctor Gulptilil —dij o, con una voz aguda, casi com o de niño.
Era un hom bre con sobrepeso, rollizo, sobre todo en los hom bros y la barriga, bulboso com o un globo al que se le ha dado form a. Era indio o pakistaní. Llevaba una reluciente corbata de seda roj a y una cam isa de un blanco lum inoso, pero su traj e gris, m al entallado, tenía los puños algo raídos. Parecía la clase de hom bre que pierde interés en su aspecto a m edio vestirse por la m añana. Llevaba unas gafas gruesas de m ontura negra, y el pelo, peinado hacia atrás, se le rizaba sobre el cuello de la cam isa. Francis no pudo deducir si era j oven o m ay or. Observó que le gustaba subray ar sus palabras con m ovim ientos de la m ano, de m odo que su conversación parecía la actuación de un director de orquesta con la batuta.
—Hola —dij o Francis, vacilante.
¡Ten cuidado con lo que dices!, le advirtió una de sus voces.
—¿Sabe por qué está aquí? —preguntó el m édico. Parecía sentir verdadera curiosidad.
—No estoy m uy seguro.
Gulptilil baj ó la m irada a un expediente y exam inó una hoj a.
—Al parecer, ha asustado a algunas personas —indicó despacio—. Y parecen creer que necesita ay uda. —Tenía un ligero acento británico, un pequeño toque de anglicism o que era probable que los años en Estados Unidos hubieran erosionado. Hacía calor en la habitación, y uno de los radiadores siseaba baj o la ventana.
—Fue un error —respondió Francis—. No quería hacerlo. Las cosas se descontrolaron un poco. Fue un accidente. De verdad que sólo fue una equivocación. Ahora m e gustaría volver a casa. Lo siento. Prom eto portarm e m ej or. Mucho m ej or. Sólo fue un error. No quería hacerlo. De verdad que no. Pido disculpas.
El m édico asintió, pero no contestó precisam ente a lo que Francis había dicho. —¿Oy e voces ahora? —quiso saber.
¡Dile que no! —No. —¿No? —No.
¡Dile que no sabes de qué está hablando! ¡Dile que nunca has oído ninguna voz!
—No sé a qué se refiere con eso de las voces —aseguró Francis. ¡Muy bien!
—Me refiero a que usted oy e hablar a personas que no están físicam ente presentes. O tal vez oy e cosas que los dem ás no pueden oír.
Francis negó con la cabeza.
—Eso sería una locura —com entó. Estaba ganando algo de confianza. El m édico exam inó la hoj a y volvió a alzar los oj os hacia Francis. —Así que las m uchas veces que los m iem bros de su fam ilia le han observado hablando solo no son ciertas. ¿Por qué m entirían, pues?
Francis se m ovió inquieto m ientras pensaba en la pregunta.
—¿Quizás están equivocados? —dij o, y la incertidum bre asom ó a su voz. —Lo dudo.
—No he tenido dem asiados am igos —com entó Francis con cautela—. Ni en el colegio ni en el barrio. Los dem ás suelen dej arm e solo. Así que he term inado hablando conm igo m ism o. Puede que sea eso lo que han observado.
—¿Habla consigo m ism o? —repuso el m édico. —Sí. Eso es —corroboró Francis, y se relaj ó un poco m ás. Muy bien. Muy bien. Ten cuidado.
El m édico echó otro vistazo al expediente. Exhibía una sonrisita en los labios. —Yo tam bién hablo conm igo m ism o a veces —aseguró.
m ezcla de calor y frío, com o si el tiem po húm edo y crudo del exterior hubiera logrado seguirlo y hubiese superado el calor ardiente del radiador.
—Pero cuando lo hago no m antengo una conversación, señor Petrel. Es m ás bien un recordatorio, com o « No olvides com prar un litro de leche» , o una advertencia, com o « ¡Ay !» o « ¡Mierda!» o, debo adm itirlo, epítetos aún peores. No m e dedico a preguntar y contestar a alguien que no está presente. Y eso, m e tem o, es lo que su fam ilia dice que lleva haciendo usted desde hace años.
¡Ten cuidado con ésta!
—¿Eso han dicho? —replicó Francis con astucia—. Qué extraño. —No tanto com o se im agina, señor Petrel —dij o el m édico y sacudió la cabeza.
Rodeó la m esa acortando la distancia entre am bos para term inar apoy ándose en el borde, j usto delante de Francis, confinado en la silla de ruedas, lim itado por las ataduras de m anos y piernas, pero igualm ente por la presencia de los dos auxiliares, que no habían hablado ni se habían m ovido pero se m antenían j usto detrás de él.
—Tal vez volvam os m ás tarde a esas conversaciones suy as, señor Petrel — dij o el doctor—. Porque no acabo de entender cóm o puede tenerlas sin oír algo a cam bio, y eso m e preocupa de verdad.
¡Es peligroso, Francis! Es inteligente y no busca nada bueno. ¡Cuidado con lo que dices!
Francis asintió, y tem ió que el m édico lo hubiese advertido. Se puso tenso y vio cóm o Gulptilil hacía una anotación en la hoj a con un bolígrafo.
—Intentem os otra cosa de m om ento, señor Petrel —prosiguió—. Hoy ha sido un día difícil, ¿no es así?
—Sí —contestó Francis. Supuso entonces que sería m ej or añadir algo porque el m édico se lim itó a m irarlo fij am ente—. Tuve una discusión. Con m is padres.
—¿Una discusión? Sí. Por cierto, señor Petrel, ¿puede decirm e qué fecha es hoy ?
—¿La fecha?
—Correcto. La fecha de esta discusión que tuvo usted hoy.
Pensó un buen m om ento. Luego m iró por la ventana y vio que el árbol se doblaba baj o el viento, con m ovim ientos espasm ódicos, com o si un titiritero oculto le m anipulara las extrem idades. Las ram as tenían unos brotes, así que hizo algunos cálculos m entales. Se concentró m ucho, y esperaba que una de las voces supiera la respuesta, pero de repente estaban, com o era su irritante costum bre, silenciosas. Echó un vistazo alrededor con la esperanza de encontrar un calendario u otra señal que pudiera ay udarlo, pero no vio nada. Volvió la m irada a la ventana para observar cóm o se m ovía el árbol. Luego m iró al m édico y vio que éste esperaba pacientem ente la respuesta, com o si hubieran transcurrido varios m inutos desde su pregunta. Francis inspiró hondo.
—Lo siento… —em pezó.
—¿Se ha distraído? —preguntó el m édico. —Le pido disculpas.
—Parecía estar en otro sitio —com entó el m édico—. ¿Le ocurre con frecuencia?
¡Dile que no! —No. En absoluto.
—¿De veras? Me sorprende. En cualquier caso, señor Petrel, iba a decirm e algo.
—¿Me había hecho una pregunta? —repuso Francis, enoj ado consigo m ism o por haber perdido el hilo de la conversación.
—La fecha, señor Petrel.
—Creo que es quince de m arzo —respondió Francis con seguridad. —Ah, los idus de m arzo. Mom ento de traiciones fam osas. Lástim a, pero no. —Negó con la cabeza—. Pero ha estado cerca, señor Petrel. ¿Y el año?
Francis hizo m ás cálculos m entales. Sabía que tenía veintiún años y que su cum pleaños había sido el m es anterior, de m odo que deduj o:
—Mil novecientos setenta y nueve.
—Bien —contestó el doctor—. Excelente. ¿Y a qué día estam os? —¿Qué día?
—¿Qué día de la sem ana, señor Petrel? —Estam os a… sábado.
—No. Lo siento. Hoy es m iércoles. ¿Podrá recordarlo un rato? —Sí. Miércoles. Por supuesto.
—Y ahora volvam os a esta m añana —pidió el m édico, y se frotó el m entón con la m ano—, con su fam ilia. Fue algo m ás que una discusión, ¿no es así, señor Petrel?
¡No! ¡Fue lo mismo de siempre! —No creo que fuera tan especial…
—¿De veras? —El m édico abrió los oj os con una ligera nota de sorpresa—. Qué curioso, señor Petrel. Porque el inform e de la policía local indica que am enazó a sus dos herm anas y que después anunció que iba a suicidarse. Que la vida no valía la pena y que odiaba a todo el m undo. Y luego, cuando su padre le hizo frente, tam bién lo am enazó, lo m ism o que a su m adre, aunque no con atacarlos sino con algo igual de peligroso. Dij o que quería que todo el m undo desapareciera. Creo que ésas fueron sus palabras exactas. Y el inform e asegura adem ás, señor Petrel, que fue a la cocina de la casa donde vive con sus padres y sus dos herm anas m enores y tom ó un cuchillo grande, el cual blandió en su dirección de tal m anera que ellos crey eron que iba a atacarlos. Luego lo lanzó contra la pared. Y después, cuando la policía llegó a su casa, se encerró en su habitación y se negó a salir, pero desde el pasillo le oían hablar en voz alta,
discutiendo, cuando de hecho no había nadie con usted. Tuvieron que derribar la puerta, ¿no es así? Y, por fin, forcej eó con los policías y con los auxiliares de la am bulancia que intentaban ay udarlo, por lo que uno de ellos necesitó incluso ser atendido. ¿Es ése un breve resum en de los hechos de hoy, señor Petrel?
—Sí —contestó con tristeza—. Siento lo del policía. Un puñetazo m ío le acertó sin querer en el oj o. Sangró m ucho.
—Eso fue una suerte para usted y para él —dij o Gulptilil. Francis asintió.
—Tal vez ahora podría explicarm e por qué pasaron hoy estas cosas, señor Petrel.
¡No le digas nada! ¡Van a usar en tu contra hasta la última palabra que digas! Francis m iró otra vez por la ventana en busca del horizonte. Detestaba la pregunta « por qué» . Lo había perseguido toda la vida. ¿Por qué no tienes am igos? ¿Por qué no te llevas bien con tus herm anas? ¿Por qué no puedes lanzar bien una pelota o estar tranquilo en clase? ¿Por qué no prestas atención cuando te habla el profesor, o el j efe de los scouts, o el sacerdote de la parroquia, o los vecinos? ¿Por qué te escondes siem pre de los dem ás? ¿Por qué eres diferente, Francis, cuando lo único que querem os es que seas igual? ¿Por qué no puedes conservar un em pleo? ¿Por qué no puedes estudiar? ¿Por qué no puedes alistarte en el ej ército? ¿Por qué no puedes com portarte? ¿Por qué no hay quien te am e?
—Mis padres creen que tengo que hacer algo con m i vida. Eso fue lo que provocó la discusión.
—¿Es consciente, señor Petrel, de que obtuvo m uy buenos resultados en sus estudios? Excelentes, por extraño que parezca. Quizás sus esperanzas no fueran tan infundadas.
—Supongo que no. —¿Por qué discutió entonces?
—Una conversación así nunca es tan razonable com o se cuenta después — respondió Francis, y eso hizo sonreír al doctor.
—Ah, señor Petrel, supongo que tiene razón en eso. Pero no entiendo cóm o esta discusión subió tanto de tono.
—Mi padre estaba resuelto. —Usted lo golpeó, ¿verdad?
¡No admitas nada! ¡El te golpeó antes! ¡Di eso! —El m e golpeó antes —obedeció Francis.
Gulptilil hizo otra anotación. Francis se revolvió en el asiento. El m édico alzó los oj os hacia él.
—¿Qué está escribiendo? —quiso saber Francis. —¿Im porta eso?
¡No permitas que te toree! ¡Averigua qué está escribiendo! ¡No será nada bueno!
—Sí. Quiero saber qué está escribiendo. —Sólo son unas notas sobre nuestra conversación. ¡Insiste!
—Creo que debería enseñarm e lo que está escribiendo. Creo que tengo derecho a saber qué está escribiendo.
El m édico no respondió, así que Francis prosiguió.
—Estoy aquí, he contestado sus preguntas y ahora y o le hago una. ¿Por qué está escribiendo cosas sobre m í sin enseñárm elas? No es j usto.
Se rem ovió y tiró de las ataduras que lo suj etaban. Notaba que el calor de la habitación aum entaba, com o si hubieran subido la calefacción de golpe. Forcej eó un m om ento para intentar liberarse, pero no lo consiguió. Inspiró hondo y volvió a desplom arse en el asiento.
—¿Está nervioso? —preguntó el m édico tras unos instantes de silencio. Era una pregunta que no requería respuesta.
—Eso no es j usto —repitió Francis, intentando infundir tranquilidad a su voz. —¿Es im portante la j usticia para usted?
—Sí. Por supuesto.
—Sí, quizá tenga razón en eso, señor Petrel.
De nuevo guardaron silencio. Francis oía sisear el radiador y pensó que quizás era la respiración de los auxiliares, que seguían a sus espaldas. Se preguntó si una de sus voces podría estar intentando captar su atención susurrándole algo tan baj o que le costaba oírlo. Se inclinó hacia delante, com o para escuchar m ej or.
—¿Suele im pacientarse cuando las cosas no le salen com o quiere? —¿No le pasa a todo el m undo?
—¿Cree que debería lastim ar a la gente cuando las cosas no salen com o a usted le gustaría, señor Petrel?
—No. —Pero se enfada.
—Todo el m undo se enfada a veces.
—Ah, señor Petrel, en eso tiene toda la razón. Sin em bargo, el m odo en que reaccionam os a nuestro enfado es fundam ental, ¿no? Creo que deberíam os volver a hablar. —El m édico se había inclinado hacia él para im prim ir algo de com plicidad a su actitud—. Sí, creo que serán necesarias m ás conversaciones. ¿Sería eso aceptable para usted, señor Petrel?
No contestó. Era com o si la voz del m édico se hubiera apagado, com o si alguien le hubiera baj ado el volum en o com o si sus palabras le llegaran desde una gran distancia.
—¿Puedo llam arte Francis? —preguntó el m édico.
con las em ociones que le crecían en el pecho.
—Dim e, Francis —preguntó Gulptilil tras observarlo un instante—, ¿recuerdas lo que te pedí que recordaras hace un rato, durante nuestra conversación?
Esta pregunta pareció devolverlo a la habitación. Alzó los oj os hacia el m édico, que exhibía una m irada inquisitiva.
—¿Cóm o?
—Te he pedido que recordaras algo.
—No m e acuerdo —soltó Francis con brusquedad.
—Pero tal vez podrías recordarm e a qué día de la sem ana estam os —dij o el m édico con la cabeza ligeram ente ladeada.
—¿Qué día? —Sí. —¿Es im portante? —Im aginem os que lo es.
—¿Está seguro de habérm elo preguntado antes? —Francis procuraba ganar tiem po, porque aquel sim ple dato parecía de repente eludirlo, com o si se escondiera tras una nube en su interior.
—Sí —contestó el doctor—. Estoy seguro. ¿A qué día estam os?
Francis se lo pensó, m ientras se debatía con la ansiedad que de repente se encaram aba a sus dem ás pensam ientos. Oj alá alguna de sus voces acudiera en su ay uda, pero siguieron silenciosas.
—Creo que es sábado —aventuró con cautela. Pronunció cada palabra despacio, vacilante.
—¿Estás seguro?
—Sí —contestó con escasa convicción.
—¿No recuerdas que y o te hubiera dicho que era m iércoles?
—No. No sería correcto. Es sábado. —La cabeza le daba vueltas, com o si aquellas preguntas le obligaran a correr en círculos concéntricos.
—No —corrigió el m édico—. Pero no tiene im portancia. Te quedarás un tiem po con nosotros, Francis, y tendrem os oportunidad de volver a hablar sobre estos tem as. Estoy seguro de que en el futuro recordarás m ej or las cosas.
—No quiero quedarm e —contestó Francis, sintiendo un pánico repentino m ezclado con desesperación—. Quiero irm e a casa. De verdad, creo que m e están esperando. Se acerca la hora de cenar, y m is padres y herm anas quieren que todo el m undo esté en casa entonces. Es la norm a de la casa, ¿sabe? Tienes que estar a las seis, con la cara y las m anos lavadas. Nada de ropa sucia si has estado j ugando fuera. Preparados para bendecir la m esa. Tenem os que bendecir la m esa. Siem pre lo hacem os. Algunos días m e toca a m í. Tenem os que dar gracias a Dios por la com ida que tenem os en la m esa. Creo que hoy m e toca. Sí, estoy seguro. De m odo que tengo que irm e, no puedo llegar tarde.