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Fernandez, Aurelio - TEOLOGIA-MORAL.pdf

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AURELIO FERNÁNDEZ

TEOLOGÍA MORAL

Facultad de Teología de Burgos 1996

Prólogo Presentación

TOMO I

MORAL FUNDAMENTAL

Capítulo I: Cuestiones Fundamentales Capitulo II: El hecho moral. Su justificación Capítulo III: Crisis de la vida moral

Capítulo IV: La moral cristiana. Su especificidad Capítulo V: El mensaje moral del Nuevo Testamento Capítulo VI: Historia de la Teología moral

Capítulo VII: Fundamentación y modelos de la Teología moral Capítulo VIII: El sujeto moral

Capítulo IX: La moral del acto humano. Entre la subjetividad y la objetividad Capítulo X: La conciencia moral

Capítulo XI: Ética normativa. La ley

Capítulo XII: El reverso de la existencia cristiana. Pecado y Conversión

TOMO II

LA MORAL DE LA PERSONA

Y DE LA FAMILIA

Prólogo Siglas Introducción PRIMERA PARTE LA VIRTUD DE LA RELIGIÓN

Capítulo I: Respuesta religiosa a la vocación cristiana Capítulo II: Deberes religiosos del cristiano

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SEGUNDA PARTE

MORAL FAMILIAR Y MORAL SEXUAL

Introducción

Capítulo IV: Doctrina bíblica sobre el Matrimonio

Capítulo V: Matrimonio y Familia en los Santos Padres, en los Concilios particulares y en las Colecciones canónicas

Capítulo VI: El Matrimonio en la enseñanza del Magisterio Capítulo VII: El Matrimonio, realidad humana y cristiana

Capítulo VIII: Finalidad procreadora del Matrimonio. Sentido de la sexualidad Capítulo IX: La Familia

TERCERA PARTE BIOÉTICA

Introducción

Capítulo X: El cuidado del origen de la vida Capítulo XI: La conservación de la vida Capítulo XII: El final de la vida

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TEOLOGÍA MORAL

TOMO I

MORAL FUNDAMENTAL

AURELIO FERNÁNDEZ BURGOS 1992 PRÓLOGO

Este Manual desea reflejar en todas sus páginas el mandato del Concilio Vaticano II de que la teología moral debe mostrar "la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo", y pretende ayudar a los sacerdotes a que expongan a los creyentes "la obligación de producir frutos de caridad para la vida del mundo" (OT, 16). Esta finalidad de la teología moral resulta hoy un objetivo irrenunciable. En torno a él quiere girar la exposición de esta obra.

Sus destinatarios son, preferentemente, los futuros sacerdotes. A ellos está en especial dirigida. Esto condiciona el método de exposición, el desarrollo temático y los contenidos del índice. Mis largos años de docencia me han llevado a la convicción de que a los alumnos, en esa decisiva etapa de formación, no les bastan las clases "magistrales", ni los ensayos de teología moral y menos aún unas docenas de folios de apuntes. Se precisa la exposición metódica que facilite la asimilación de los contenidos que, de modo sistemático, les ayude a conocer los principios doctrinales de la teología moral.

Pero este objetivo tendencia no se agota en el aprendizaje doctrinal, incluye también capacitarlos para exponer de modo riguroso y convincente las exigencias morales del mensaje cristiano a los hombres de nuestro tiempo, de forma que les ayude a llevar a la práctica los imperativos éticos predicados por Jesucristo.

En consecuencia, el presente Manual de Ética Teológica persigue tres objetivos:

1. Presentar el mensaje moral cristiano con aplicaciones inmediatas a los diversos campos en los que el sacerdote cumple su misión de predicar y de proclamar el estilo de vida inaugurado por Jesús de Nazaret. Este Manual pretende ser, pues, un libro para la predicación. A ello obedece el género expositivo que recuerda más el lenguaje oral que el desarrollo puramente nocional.

2. Exponer la ética cristiana a todos los hombres en los diversos momentos en los que el sacerdote ejerce su ministerio, tales como las clases de Religión, charlas, contactos personales a distinto nivel, reuniones, debates, etc. Quiere ser también un libro para la enseñanza. Con el fin de alcanzar este objetivo se ofrecen las citas literales de la Biblia, de los Padres, del Magisterio y de autores antiguos y modernos. Ello posibilita el uso inmediato, sin necesidad de recurrir a las fuentes respectivas.

3. Facilitar el ejercicio del Sacramento de la Penitencia, en donde el sacerdote no es sólo juez, sino el que estimula a vivir el mensaje moral cristiano. En el Sacramento de la Reconciliación la teología moral tiene un papel insustituible. Es, en consecuencia, un libro para el confesor, si bien, más que dar respuesta inmediata a los casos concretos, se subrayan los criterios que han de tenerse a la vista en la solución de los mismos.

Este tercer objetivo ha de ser cubierto de modo primario, dado que los más recientes Manuales de Teología Moral no le han dedicado una atención adecuada: es quizá el tributo que se ha pagado como réplica a los viejos tratados de Moral que tenían como referencia única la aplicación inmediata al confesonario, en una época identificada con lo que se ha denominado "moral casuística" para uso exclusivo del confesor. Pero, superada esta primera etapa, es ya sentencia común que la teología moral ha de cubrir este campo.

No obstante, a fin de superar el exagerado "casuismo" del período inmediato anterior, la moral ha de moverse en un ámbito intelectual más amplio, que tenga en cuenta, al menos, estos

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postulados:

1. La teología moral no puede exponerse con independencia de las verdades dogmáticas. Dogma y Moral se sitúan al mismo nivel de reflexión de los contenidos de la fe. De este modo, se recupera la unidad de la Teología y el tratado de Teología Moral encuentra la raíz que le dio origen.

2. Conforme a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, la teología moral debe llevarse a cabo con una "exposición científica, nutrida con mayor intensidad por la doctrina de la Sagrada Escritura" (OT, 16). La atención a los datos revelados es, pues, una tarea imprescindible en el estudio y exposición de la moral católica.

3. Asimismo, es necesario romper con la separación que se ha introducido entre teología moral y espiritualidad cristiana. La Teología Espiritual y la Teología Moral están íntimamente relacionadas y ambas se coposibilitan mutuamente.

4. El estudio de la moral se ilumina con los resultados de otras ciencias humanas, tales como la antropología, la psicología, la sociología, etc. En consecuencia, las "Ciencias del hombre" deben ocupar en el estudio de la teología moral un amplio espacio, cuya ausencia se ha dejado sentir en los viejos tratados de Moral.

5. Finalmente, si bien la ética teológica no debe reducirse a la "casuística", sin embargo, las exigencias de la vida moral postulan que, en cuanto es posible, se dé respuesta a las acciones concretas. Tal respuesta la demandan frecuentemente los creyentes y tiene su mejor momento en la recepción del Sacramento de la Penitencia.

Tanto los objetivos como los postulados son tenidos en cuenta según lo exigen los diversos apartados. Así, por ejemplo, en este primer volumen se atiende más a los presupuestos morales que a la aplicación concreta al confesionario, y de las diversas ciencias auxiliares se hace uso en la medida en que lo exigen los respectivos temas. Como es lógico, cada materia demanda un tratamiento adecuado.

Un último pensamiento que corresponde al temor con que este libro ha sido escrito y a la preocupación que le acompaña a la imprenta. Resulta una tarea casi imposible escribir en nuestros días un Manual de Teología Moral. Ningún tratado de teología ha sido sometido a tantos cambios en los últimos tiempos como en el caso de la ética teológica. Tal reajuste fue demandado por el Concilio Vaticano II y responde a las profundas transformaciones que experimenta el hombre de nuestro tiempo. Dada la crisis de los valores éticos de la época actual, un tratado de Moral debe dar razón de esta crisis, pero, al mismo tiempo, ha de intentar interpretarla y, en lo posible, ofrecerle una respuesta.

Por todo ello, apenas si se encuentran puntos de referencia, pues los Manuales de Teología Moral anteriores al Concilio no tienen ya vigencia en el ámbito escolar De hecho, el esquema tradicional que desarrollan aquellos Manuales resulta insuficiente, hasta el punto de que aún no se ha dado con el esquema articulado que debe configurar la ética teológica. La simple comparación de los índices de los pocos Manuales publicados en los últimos años lo confirma: no es posible fijar en ellos líneas comunes.

Sólo me resta ofrecer mi trabajo a la colaboración de todos —profesores y alumnos— con la esperanza de que sus críticas y sugerencias me sirvan para sucesivas correcciones. Soy consciente de que en esta época de tan profunda renovación teológica, especialmente los textos de Moral Fundamental están destinados a ser Manuales de carácter provisional.

AURELIO FERNÁNDEZ Burgos, 14 de febrero de 1992

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PRESENTACIÓN

La ciencia ética se inicia en Grecia cuando el hombre había adquirido una notable cultura sobre el cosmos y él mismo había alcanzado una alta cota de libertad. Tal origen de la doctrina moral en Occidente testimonia la íntima relación entre la ética y el sentido de la dignidad humana.

En efecto, cuando el hombre logra la conciencia de su dignidad y de la responsabilidad de su propio destino, ese momento coincide con un fuerte impulso y creciente interés por la ciencia ética.

La libertad sitúa al hombre ante el compromiso de construir su existencia personal en conformidad con un cuadro de valores reales, los cuales postulan que la vida personal y la convivencia social no se rijan por la espontaneidad. El biologismo no satisface las aspiraciones del hombre. Lo "humano" le plantea una serie de exigencias que condicionan su conducta. Por eso, quien se opone a un planteamiento ético de su existencia no agota el sentido de la vida humana. Más aún, rehuye la vida como proyecto y se queda cerrado ante la construcción de su propio futuro. En tal situación, la vida no tiene sentido. Por el contrario, la ética es, precisamente, la respuesta acerca del sentido de la vida. En consecuencia, quien no dirige su conducta conforme a unos principios parece llamado a un vacío interior que le llevará a experimentar desórdenes muy profundos, dado que el hombre, dirigido por la fuerza instintiva de cada momento, fragmenta su unidad, dando lugar a un inevitable desequilibrio y a un cierto desencanto.

De ahí la importancia de la vida moral. Esta alta significación se acrecienta en el cristianismo, no sólo porque el mensaje de Jesucristo connota también un programa moral, sino por la interrelación profunda que existe entre doctrina y vida: de ordinario, a los errores de la mente les preceden los extravíos del corazón. Tomás de Aquino, que, teóricamente, no distinguió entre Moral y Dogma, aúna estos dos saberes en la existencia cristiana concreta. En comentario a las palabras de Jesús: "venid y veréis" (Jn 1,39), escribe: "Venid, creyendo y actuando, y veréis, practicando y entendiendo". Esta doctrina del Aquinate no es más que el eco de aquellas otras palabras de Jesús: "Permaneced en mi amor. Si guardarais mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo guardé los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn 15,9—10). Por su parte, el Apóstol S. Juan lo explica así a los primeros creyentes. "Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no es de Dios no nos escucha. Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del amor" (1 Jn 4,6).

Este horizonte, donde se junta doctrina ética y moral vivida, es el espacio en el que se mueve este Manual que se divide en dos grandes secciones.

En la Primera Parte se trata del comportamiento moral en general. Se contempla in recto no el actuar ético del hombre concreto, sino la consideración común que supone la vida moral. De aquí que, además de definir esta ciencia, se quiere despejar el terreno de modo que aparezcan las exigencias éticas como un postulado indiscutible de la existencia humana.

En consecuencia, se estudian algunos temas que en otra época eran presupuestos incuestionables, pero que se plantean hoy con inusitada radicalidad. Si estas cuestiones no se toman en consideración, puede dar la impresión de que la ciencia ética se construye sobre un terreno movedizo y que no es capaz de sustentar las múltiples objeciones que pesan sobre ella.

Estas aporías tienen origen muy diverso. En ocasiones se quiere negar todo fundamento religioso al modo de comportarse el hombre y se proclama que a la sociedad pluralista, en la que conviven distintos códigos de comportamiento, tampoco se le debe exigir un tipo de conducta único. Aquí surgen diversas cuestiones. Pero, al menos, deben destacarse dos: el valor de la llamada "ética civil" y el sentido de la ética religiosa, que incluye, a su vez, la pregunta por la moral cristiana. La respuesta a estas cuestiones constituye el nervio central del Capítulo I, que se completa con algunos temas teóricos acerca de la naturaleza de la teología moral en relación con los demás saberes teológicos y que, tradicionalmente, ocupan el capítulo primero en los Manuales.

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mismo de la ciencia ética: ¿puede justificarse la conducta moral humana, o, por el contrario, ésta no es más que una de esas ficciones que es preciso eliminar? ¿Existe verdaderamente deber moral o lo único que cabe son juicios morales que hacen los hombres a partir de unos códigos de comportamiento social, de convivencia y siempre provisorios? Este tema fundamental —que toca el absurdo, dado que se pide a una ciencia que justifique su propio objeto— se estudia en el Capítulo II.

Esta primera serie de cuestiones no pueden sustraerse a la situación de crisis generalizada en la que se encuentra la vida moral. La crisis actual de la ética no es sólo en el campo de la vida, sino que atañe asimismo a los principios doctrinales: cuando la existencia ética se quiebra, se resiente también la teoría que la avala. De aquí el Capítulo III que analiza la situación de la crisis actual de los valores morales y se formulan algunos principios de solución.

Una vez justificada la ciencia moral y situada la crisis en circunstancias concretas de la historia, en los últimos años se ha puesto a debate si el cristianismo aporta un nuevo programa ético, o, por el contrario, si el mensaje moral cristiano hay que situarlo en el campo de las motivaciones, pero sin contenidos éticos nuevos. Es el tema de la especificidad de la moral cristiana, del que se ocupa el Capítulo IV.

Ya en el horizonte cristiano, el Capítulo V trata de exponer las novedades de la moral bíblica, sobre todo el mensaje moral predicado por Jesús de Nazaret. Asimismo, en este capítulo se exponen los elementos irrenunciables que constituyen la existencia cristiana cuando trata de asimilar ese mensaje moral.

Se dedica un amplio apartado —Capítulo VI— al estudio del desarrollo histórico de la ciencia moral cristiana. La historia es siempre un elemento importante en el estudio de las ciencias, no sólo porque contempla su despliegue en el tiempo, sino porque se adentra en los elementos esenciales que la constituyen y que, a lo largo del tiempo, se han manifestado hasta esculpir su identidad.

Pero un nuevo tema se levante problematizando la ética teológica: ¿en qué se fundamenta la obligación moral del creyente? ¿cómo justificar el deber ético del cristiano? A esto se intenta responder en la primera parte del tema VII, mientras que el segundo apartado se dedica a descubrir los distintos modelos de ética teológica que se han tratado de formular o que cabe desarrollar. Con este Capítulo VII concluye la Primera Parte.

El conjunto de estos temas, como decimos, no contemplan el actuar concreto de la persona, sino los parámetros en los que se desarrolla su vida moral. Esta consideración particularizada constituye objeto de estudio de la Segunda Parte de este Manual. Por eso, ya es común que la Moral Fundamental conste de dos amplias secciones: la primera trata de fundamentar los principios, mientras que la segunda estudia los fundamentos de esa existencia concreta que lleva a la práctica la vida moral ordenada conforme a esos códigos de conducta. En nuestro caso se trata de configurar la vida de acuerdo con los criterios y los mandatos que contiene la Revelación cristiana y que fueron proclamados y vividos por la Persona de Jesucristo.

La Segunda Parte consta de cinco capítulos que se corresponden con temas fundamentales de este tratado. El Capítulo VIII estudia el sujeto moral y concierne al tema clásico "de actibus humanis". El Capítulo IX se corresponde con el tratado de las "fuentes de la moralidad", pero las cuestiones que hoy suscita exige que se atiendan particularidades que en la actualidad preocupan al estudio de la ética teológica, tales como la "opción fundamental" y la llamada "ética de situación".

El tema de la conciencia, siempre actual, se estudia en el Capítulo X, al que sigue la doctrina sobre la ley, de la que se ocupa el Capítulo XI. Finalmente, el tema del pecado y de la conversión, bajo el subtítulo de "reverso de la existencia cristiana", constituye objeto de estudio del Capítulo XII, con el que concluye el tratado de Moral Fundamental.

Una palabra final acerca del método seguido en la elaboración de este Manual y que puede servir de pauta para su estudio.

Cada capítulo consta de tres partes diferenciadas, si bien conexas entre sí: un breve Esquema, el desarrollo doctrinal y un Apéndice.

Se inicia con el Esquema que trata de sintetizar el contenido doctrinal de cada apartado. Su finalidad es proporcionar al alumno una visión sintética de los respectivos contenidos. Los números

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corresponden exactamente con los mismos apartados del desarrollo del tema. Un consejo práctico es la lectura simultánea de ambos. Al final, el alumno podrá alcanzar la síntesis doctrinal de cada capítulo y estará en condiciones de elaborar su propio esquema.

El desarrollo doctrinal sigue un camino medio entre el método expositivo y la reflexión nocional. Con el uso medido de la filosofía se pretende ayudar al alumno a que reflexione sobre los distintos temas. Tampoco está ausente el método apologético: la actitud crítica tan generalizada demanda que se justifique la fundamentación de la moral cristiana. En todo caso, se ha querido evitar la excesiva conceptualización con el fin de facilitar el aprendizaje escolar.

Son tenidos en cuenta los planteamientos complejos y en ocasiones contradictorios de las numerosas publicaciones de la doctrina moral actual. Hemos procurado descubrir e incorporar los elementos valiosos que aportan estos estudios, pero hemos preferido el rigor teológico por encima de las opiniones brillantes y siempre prestamos atención a las enseñanzas que marca el Magisterio. Otras soluciones están reservadas al estudio de los especialistas. Por ello son ajenas a la exposición de un Manual de Teología Moral y quedan a merced de la explicación oral del profesor.

Dejamos para el Apéndice las "definiciones", "divisiones" y "principios" que exige la comprensión nocional del tema. Es ya opinión generalizada que las "definiciones" deben ir al final de un tratado. La opción por esta teoría no carece de fundamento y responde a la situación cultural de nuestro tiempo, tan caracterizado por el método de ensayo, que gusta más de un desarrollo descriptivo, que de elaborar conceptos.

Es evidente que grandes sectores culturales —de los que no se excluye la teología— rehuyen la racionalización y se muestran reacios a las definiciones, porque juzgan que se corre el riesgo de huir hacia la abstracción que aleja de la realidad concreta. Pero son razones epistemológicas las que demandan la elaboración final de los conceptos. Bien están las descripciones del problema, las interrogaciones que suscitan tal parcela del saber, el enunciar proposiciones que son irrenunciables, etc., pero, al final, por exigencias de la propia estructura intelectual del hombre, la razón demanda el "cómo" y el "porqué" último de las cosas. Queramos o no, nuestro entendimiento no renuncia a saber qué son realmente las cosas, el por qué esto es así y no de otro modo. La razón del hombre demanda lo que la filosofía alemana califica como "sosein", o sea, que algo es así, por qué se constituye como tal y se diferencia de otra realidad.

Por este motivo se concluye con ese apartado, al cual ha de volver el alumno en busca de nociones claras que subyacen en la exposición doctrinal de cada capítulo.

INTRODUCCIÓN

1. INTRODUCCIÓN A LA "MORAL ESPECIAL"

Cada día se generaliza más la partición del tratado de la Ética Teológica en estas tres secciones: Moral Fundamental, Moral de la Persona y Moral Social [Nota 1: 1. Cfr. M. VIDAL, Moral de actitudes. Ed. PS. Madrid 1991. Vol. II/I: Moral de la persona y bioética teológico; Vol. II/2: Moral del amor y de la sexualidad. Vol. III: Moral Social. La primera edición es de 1974. Una terminología similar se repite en otros autores. Cfr. A. GUNTHOR, Chiamata e risposta. Una nuova teologia morale. Ed. Paoline. Alba 1974. Vol. III: Morale speciale. La relacione verso il prossimo. L. LORENZETTI (dirigido por), Trattato di etica teologica: Luomo in relacione (Vol. ll); La societá e l'uomo (Vol. III). Dehoniane. Bologna 1981. T. GOFFI—G. PIANA, Corso di morale; Diakonia. Etica della persona (Vol. II); Koinonia. Etica della vita sociale (Vol. III). Queriniana. Brescia 1983—1984. Un esquema semejante lo sigue E. CHIAVACCI, Teologia morale. Cittadella. Assisi 1986, Vol. III: Teologia morale e vita economice. T. MIFSUD, Moral de discernimiento. Ed. Panlinas. Chile 1987. Vol. ll: El respeto a la vida humana. Bioética, etc.]. Esta división tripartita está en camino de hacerse clásica y a ella se acomodan no pocos estudios de esta etapa histórica que sigue al Concilio Vaticano II [Nota 2: 2. La terminología es aceptada por la Programación de Enseñanza de la Religión en la Escuela, cfr. COMIS. EPISC. ENSEN. y CATEQ., Area de Religión. Diseño Curricular base de Religión y Moral Católica. Edice. Madrid 1991, 38.]. No

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obstante, tal división ha recibido ya alguna réplica por parte de ciertos autores [Nota 3: 3. En España se ha opuesto el equipo que ha editado Praxis cristiana. Ed. Paulinas. Madrid 1980—1986, 3 vols. El propósito de superar ese esquema queda expresado por R. RINCÓN ORDUÑA, Cuestiones preliminares, 1, 22. Tampoco les convence la nomenclatura de "teología moral sectorial". Ibid., 23. No obstante, esta obra sigue una terminología muy similar: Vol. II: Opción por la vida y el amor; Vol. III: Opción por la justicia y la libertad.]. Quienes se oponen a ella juzgan que el intento de superar la moral exclusivamente individualista, tal como denunció el Vaticano II (cfr. GS, 30,34), no se alcanza con la distinción entre "moral personal" y "moral social". Más aún, desarrollar en este doble esquema la amplia temática que encierra la Moral Especial —según esos autores— corre el riesgo de "privatizar" la doctrina ética, de forma que cabría interpretar las exigencias sociales sólo como un añadido a la existencia cristiana y no como postulados de la misma vida moral del hombre singular.

Pero cabe subrayar que semejante debate en torno a la sistematización de los contenidos de una ciencia ha sido y es común a todas las disciplinas: sucedió así en Filosofía y se da ahora en Medicina y en Derecho. La historia de los diversos saberes es testigo de reacciones muy similares al tiempo de tematizar los respectivos tratados. Es, pues, normal que también acontezca en el campo de la Ética Teológica dado que caben diversos modos de sistematizar las verdades en torno a la vida moral. De hecho, la historia de esta disciplina conoce, al menos, dos modelos ya tradicionales: los Manuales que articulaban los contenidos éticos en torno a los Diez Mandamientos y los que preferían hacerlo sobre el estudio de las Virtudes. Si el Maestro Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, eligió este segundo esquema, el Patrono de la Teología Moral, San Alfonso María de Ligorio optó por la exposición en torno a los Mandamientos-Sacramentos.

Pero no es menos evidente que estas dos sistematizaciones clásicas no agotan las posibilidades de armonizar en un todo los principios que regulan la vida moral. De aquí que quepa hacerlo también con rigor sobre esta nueva trilogía.

Es claro que cada "sistema" tiene sus ventajas y que, a su vez, ninguno de ellos está exento de dificultades. En efecto, la exposición de los contenidos morales en torno a los Mandamientos favorece el retorno a la formulación bíblica que les dio origen, a lo que cabe añadir la facilidad de articular el conjunto de la doctrina sobre un esquema sintético para el profesor y de comprensión fácil para el alumno. Este es el modelo que ha elegido la Conferencia Episcopal Española en el último "Catecismo", Esta es nuestra fe, y es el mismo que, para toda la Iglesia, asume el Catecismo de la Iglesia Católica.

Los inconvenientes que ofrece este modelo van en parangón con las ventajas que encierra. Por ejemplo, el esquema de los Diez Mandamientos evoca el programa moral del A. T., con el riesgo de quedarse en contenidos éticos que no alcanzan la altura del mensaje moral predicado por Jesucristo. De ahí también el peligro de que se acentúe el aspecto negativo y normativo de un sistema moral asentado sobre "preceptos", "leyes" y "normas" casi siempre prohibitivas.

Por su parte, el esquema tomista, articulado sobre las Virtudes, tiene a su favor que ofrece un planteamiento ético acerca de la existencia concreta del hombre, el cual lo lleva a cabo mediante hábitos de conducta típicamente cristiana. Pero este esquema tampoco se ve libre de reparos, pues rememora el pensamiento griego, hasta el punto de que, como la ética aristotélica, evoca un tipo de moral fundamentada de modo prioritario sobre la naturaleza humana. Y es evidente que el mensaje moral predicado por Jesucristo no se reduce al "respeto a la naturaleza", tal como profesaba la ética griega. La moral cristiana incluye, ciertamente, la ley natural, pero destaca esa otra ley nueva, que es fruto de la acción del Espíritu en el hombre: la "ley del Evangelio" o "ley de la gracia".

Además, la cultura actual, tan pegada a los acontecimientos, capta mejor una enseñanza ética que ilumine y oriente aspectos muy concretos de la existencia de cada hombre. Por lo que parece que se distancia de la demanda moral que postulan las "virtudes" clásicas.

Por el contrario, el modelo de Ética Teológica que estudia los fundamentos, la vida personal y la acción social, atiende dimensiones sectoriales muy precisas de la vida e ilumina el conjunto de la existencia del hombre. No obstante, frente a esta ventaja —tan didáctica y de aplicación inmediata— tal sistematización ofrece también algunos inconvenientes. En concreto, este esquema ha de evitar el riesgo —hoy más actual que nunca— de que el juicio moral encause preferentemente

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las actitudes o disposiciones generales del sujeto, sin prestar la suficiente atención a la eticidad de los actos singulares y concretos. Asimismo, puede subrayarse tanto la diferencia entre lo "privado" y lo "público", que lleve a la persuasión de que la eticidad se refiere de modo preferente a la vida social institucionalizada frente a la actividad singular de cada persona en la convivencia social concreta.

En consecuencia, el riesgo de cualquier modelo —máxime si se oferta con pretensiones de exclusividad—, consiste en encerrarse en el propio esquema por exigencias que demanda la simple sistematización. De aquí que, con espíritu libre, tal vez convenga elegir un camino que asuma las ventajas de cada uno de estos "modelos", y que, en la medida de lo posible, orille las limitaciones que todos ellos ofrecen: no conviene olvidar el hecho de que cualquier sistema es limitado en sí mismo y que quien lo emplea corre el riesgo de primar el rigor del esquema por encima del conjunto de los contenidos, a los que, velis nolis, trata de buscar un hueco en el planing que subyace al sistema elegido.

Por este motivo, aun siendo fieles a la moral de la persona y a la moral social, aquí extendemos sus enunciados. Por eso la denominamos Moral de la Persona y de la Familia (Vol. III) y Moral Social, Económica y Política (Vol. III). Además, bajo estos títulos incluimos el estudio de algunos temas que aparecían en el Índice de los otros dos modelos clásicos. Así, por ejemplo, en este Segundo Volumen se estudia la virtud de la Religión y las exigencias morales que desarrollaba el modelo Mandamientos en el estudio de los tres primeros preceptos del Decálogo. Es evidente que, entre las opciones morales del creyente, debe figurar, como primera y principal, la opción por Dios dado que la dimensión religiosa está presente en toda la vida moral del hombre.

Asimismo, en el Volumen Tercero ocupa un lugar destacado el estudio de la virtud de la justicia, puesto que constituye el fundamento de la vida social y política de los pueblos. Al mismo tiempo se valora la significación de la ley y de las normas jurídicas que emanan de quien dirige legítimamente la comunidad con el fin de alcanzar entre todos los ciudadanos el "bien común" del Estado. También se estudia el tema de la restitución, que está olvidado en los nuevos Manuales en un afán desmedido de evitar a cualquier precio caer en la vieja "moral casuista", hoy tan denostado.

De este modo, en los dos volúmenes que constituyen la Moral Especial: "Moral de la Persona y de la Familia" y "Moral Social, Económica y Política", se trata de armonizar, junto con este nuevo modelo, la "Moral de los Mandamientos" y la "Moral de las Virtudes", con lo que, lo clásico se une a lo nuevo, conforme al "nova et vetera" bíblico (Mt 13,52), que también tiene plena aplicación en el estudio de la Ética Teológica. Lo importante es que, al articular los principios morales que constituyen la existencia del creyente, se alcance una síntesis que logre integrar, de modo armónico y didáctico, todos y cada uno de los elementos que constituyen la identidad de la praxis cristiana.

2. INTRODUCCIÓN A LA "MORAL DE LA PERSONA Y DE LA FAMILIA"

Tal como se afirma en el Prólogo, la Teología Moral, más que un juicio crítico acerca de los comportamientos individuales y sociales, debe ser una ética preventiva que oriente al hombre sobre una conducta moral que se corresponda con su dignidad. Pues bien, la antropología cristiana, al postular que el hombre sea fiel a sí mismo, le está ofertando un modelo de conducta que previene los graves errores a los que, según testifica la historia de la humanidad, está siempre proclive.

Para ello, es preciso destacar sus obligaciones en tres ámbitos muy unidos a su ser y a su actuar: el comportamiento con Dios, la convivencia familiar y el respeto de la vida humana, desde su gestación hasta la muerte. Estos son los tres apartados que estudiamos en este Volumen:

a) Dios. En primer lugar, se debe denunciar el vacío que los nuevos Manuales presentan en este campo. En efecto, las relaciones del hombre con Dios han sido siempre un capítulo decisivo tanto en los Manuales que seguían el sistema tomista, como en los que desarrollaban el esquema moral de San Alfonso. Tomás de Aquino, con la cuestión primera: Define último [Nota 4:4 THOMAS, S. Th., I-II, qq. 1-5.] , asentaba todo su sistema moral sobre Dios, origen y fin último del hombre. De modo semejante, San Alfonso, en el desarrollo de los tres primeros preceptos del Decálogo [Nota 5: 5. ALPHONS, Theologia Moralis. Typ Vatican. Roma 1905,1, 369-399], vertebraba sobre la virtud de la religión las grandes exigencias éticas del comportamiento humano en relación con Dios.

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afirma en el Capítulo I [Nota 6: Cfr. pp. 55-57.] , grandes sectores del pensamiento actual solicitan de nuevo el estudio privilegiado de Dios como objeto primario de la Teología. En efecto, después de que se hayan dedicado tantos esfuerzos —ciertamente, con provechosos avances— a la Eclesiología, a la Historia Salutis, a la teología del laicado, del mundo, de la liberación, etc., se siente la necesidad de profundizar de nuevo en el tema de Dios.

Pues bien, este postulado se cumple rigurosamente en la Teología Moral: sin descuidar los grandes y urgentes intereses que se ventilan en el campo de la moral de la persona y en la actividad político—social, la Ética Teológica tiene que ocuparse de nuevo de la virtud de la religión, pues sería un contrasentido que se urgiese al hombre el cumplimiento de sus deberes familiares o sociales y se descuidase sus compromisos religiosos.

Cabe aún decir más: posiblemente el debilitamiento moral de nuestra sociedad tiene origen en la crisis religiosa, pues es de todo punto imposible demandar una conducta ética a un individuo —y con mayor razón a todo un pueblo— si descuida sus deberes morales con Dios. Para suplir este deficit, la Primera Parte de este Volumen dedica tres capítulos a desarrollar las obligaciones morales del hombre con Dios (Caps. I-III).

b) Matrimonio-familia. Después de Dios, en el ámbito de la persona, se incluyen los deberes familiares. Si la familia es la primera institución social y aun la más natural de las instituciones — dado que brota del ser mismo del hombre—, es evidente que el comportamiento ético demande que el hombre tenga una conducta digna en sus relaciones familiares.

A este respecto, la Segunda Parte estudia el tema del matrimonio y de la familia que de él se origina. Es claro que la institución matrimonial recibe hoy fuertes embates, hasta el punto de que posiblemente en ningún ámbito como en éste se hace tan frecuente uso del término "crisis" para calificar su situación actual. Por este motivo, el tema matrimonio—familia ocupa la parte central y más extensa de este Volumen.

Con el fin de argumentar sobre la base humana y cristiana del matrimonio, se adopta una metodología histórica. En sucesivos capítulos se estudia la doctrina bíblica sobre el origen del matrimonio (Cap. IV), su desarrollo a lo largo de la historia de la Iglesia (Cap. V) y la enseñanza del Magisterio (Cap. VI).

La novedad sacramental introducida por Jesucristo necesitó un amplio periodo histórico para asentar en Occidente la imagen del matrimonio monogámico e indisoluble. Dadas las dificultades y las diversas ideologías encontradas que confluyen en la cultura actual en torno a la institución matrimonial, conforme a la actitud asumida por el Concilio Vaticano II, en capítulo aparte, se contemplan, simultáneamente, "los elementos naturales y sobrenaturales" (Cap. VII). De este modo, se protege a la familia cristiana y se oferta a la sociedad el modelo de matrimonio tal y como lo ha querido Dios en el A.T. y fue elevado por Jesús a la categoría de Sacramento.

En el contexto de la familia y del matrimonio se expone la doctrina moral católica sobre la sexualidad humana: es el modelo que adopta el Catecismo del Episcopado Español, Esta es nuestra fe, que reagrupa el estudio moral de los Mandamientos cuarto, sexto y noveno en el mismo apartado [Nota 7: 7. Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia. Edice. Madrid 1986, 324—328.]. Esta amplia temática se expone en el Cap. VIII.

La Segunda Parte concluye con un capítulo dedicado a la familia, en el que se ofrecen algunas pistas que faciliten al sacerdote la orientación y ayuda que debe prestar a las familias cristianas en estos momentos recios y difíciles por los que atraviesa la institución familiar (Cap. IX).

c) La bioética. La Tercera Parte se dedica íntegramente a los problemas éticos que presenta la vida del hombre. Aquí se articulan una serie de temas que se estudiaban por separado en diversas partes de la Teología Moral. Ahora se insertan todos en esta ciencia nueva, la Bioética, que —como su mismo nombre indica— trata de esclarecer los problemas morales que demanda la vida humana desde su generación hasta la muerte. Con el fin de agruparlos de forma didáctica, se exponen en tres grandes bloques: el origen de la vida, su conservación y su acabamiento con la muerte.

El estudio del origen de la vida abarca desde la concepción hasta el nacimiento. Aquí se ventilan los graves temas que suscitan los avances espectaculares de la biología y de la medicina actual, tales como la inseminación artificial, la protección de la vida ya concebida, pero no nacida y el fenómeno

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de la esterilidad natural o libremente procurado (Cap. X).

Después del nacimiento, al hombre le compete la gozosa obligación de conservar tanto la propia vida como la ajena. A su conservación se oponen los diversos atentados contra ella, como el suicidio, el homicidio, la tortura, el terrorismo, etc.; o sea, los numerosos intentos en los que la vida humana corre el riesgo de ser tratada sin el respeto que merece (Cap. XI).

Finalmente, este segundo Volumen concluye con los temas que plantea el final natural de la existencia humana, cuales son la enfermedad y la muerte, a los que es preciso añadir los estudios medico-éticos y jurídicos en torno a la eutanasia (Cap. XII).

Como se ha consignado más arriba, en estos tres extensos apartados se concretan las graves obligaciones éticas del hombre: a su estudio se dedica este volumen, Moral de la Persona y de la Familia. Pero este programa moral necesita completarse con las obligaciones que el individuo debe cumplir en la convivencia con los demás hombres: es el tratado de la Moral Social, Económica y Política, que corresponde al Volumen III de este Manual.

PRIMERA PARTE CAPITULO I

CUESTIONES FUNDAMENTALES

ESQUEMA

I. Ética o Moral. Se trata de precisar si estos dos términos son adecuados para expresar la materia de estudio de esta disciplina. A partir de la doble etimología, griega y latina, cabe deducir que ambos vocablos pueden usarse indistintamente.

1. No obstante, existe diversidad de criterio al señalar el origen griego, bien derive de "ethos" con "épsilon" o con "eta".

2. El origen latino del término "mos" califica la ética como ciencia de las costumbres y de las virtudes morales.

3. Tanto a nivel filosófico como en los ambientes católicos, incluidos los Documentos del Magisterio, se usa indistintamente uno u otro término.

4. No obstante, la ética filosófica se distingue de la ética teológica, tanto por el método como por el fin. La ética teológica parte de la fe y orienta al hombre a su fin sobrenatural. La ética filosófica, por el contrario, argumenta desde la razón y presenta al hombre un tipo de existencia a la altura de su dignidad.

II. Ética Y Religión. Es preciso fijar la mutua relación que existe entre ambas. 1. Se formulan tres tesis fundamentales:

—Todas las religiones contienen preceptos y programas morales. —Los distintos programas éticos demandan siempre un origen religioso. —Sin embargo, existen códigos éticos que niegan toda referencia religiosa.

Se recogen tres corrientes que marcan la relación Religión—Ética: H. Cohen, N. Hartmann y M. Scheler.

2. Las morales de tipo religioso contienen diversidad de preceptos éticos, si bien difieren en el planteamiento y justificación de la vida moral. El cristianismo ocupa un lugar propio en la fundamentación religiosa de la moral.

3. A través de la historia se han dado diversas corrientes éticas que han planteado la moral independiente de todo fundamento religioso. Algunos por principios filosóficos previos (Kant), otros por motivos antirreligiosos (Epicúreo, Nietzsche, Sartre y los existencialistas ateos).

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4. Pablo VI denunció este intento de separar la ética del campo religioso y atribuye a esta actitud los males que aquejan a la ciencia y a la vida moral de nuestro tiempo.

III. Ética civil. Ante el pluralismo cultural, con frecuencia no ajeno a actitudes anticristianas, se pretende construir una ética válida para todos a partir de la concepción democrática de la sociedad.

1. Se trata de fijar el sentido de la expresión "ética civil", de modo que en ciertos casos este sintagma pueda ser empleado correctamente.

2. Pero es frecuente abusar de dicha expresión, por lo que se precisa fijar las ambigüedades que se ocultan detrás de ella.

3. Aún aceptada la validez de la "ética civil" correctamente entendida, a partir del ambiente pluralista de nuestra sociedad, la moral católica no puede renunciar a propagar su mensaje y debe denunciar las insuficiencias de esa moral a la que tienden algunos sectores de la sociedad.

4. Desde León XIII, los Papas han afirmado el origen religioso de la ética a partir de un concepto teísta de la existencia humana: Dios es el fundamento último del quehacer moral del hombre.

IV. CRISTIANISMO Y MORAL. Es preciso fijar con rigor el puesto de la moral en la vida cristiana, y, en general, interpretarla dentro del mensaje predicado por Jesucristo, pues, o bien se reduce el cristianismo a un programa moral, o, por el contrario, se le priva de las exigencias éticas que conlleva la fe en Jesucristo.

1. En consecuencia, se fijan estas verdades irrenunciables: la vida cristiana incluye un programa moral, pero no se reduce a él. Tampoco se debe identificar el mensaje moral cristiano con los contenidos de los Diez Mandamientos, tal como fueron aclarados en el Antiguo Testamento, pues la doctrina moral predicada por Jesús los enriqueció notablemente.

2. Los deberes morales presentados en el mensaje cristiano son exigentes. Su cumplimiento supera las puras fuerzas humanas. La vida moral cristiana, si se trata de vivir conforme a ese estilo de vida nuevo inaugurado por Cristo y de cumplir todos los preceptos, requiere una práctica ascética fundada especialmente en la recepción de los Sacramentos. No es posible vivir la ética cristiana sin una práctica religiosa.

V. UNIDAD DE LA Teología. La ciencia teológica es una. Las diversas partes en que normalmente se divide la Teología obedece al método didáctico. Sin embargo, las disciplinas teológicas son varias y corren el riesgo de disgregarse si no se contemplan dentro de la unidad de saber teológico. En este apartado se estudia la relación entre teología moral y teología dogmática. Su separación ha provocado una grave crisis y ha contribuido al empobrecimiento de la ética teológica.

Asimismo, se estudian en este apartado las relaciones de la ética teológica con la teología espiritual, la pastoral y el derecho canónico.

VI. Teología MORAL Y ciencias auxiliares. La actividad humana es en sí misma compleja y rica, como rico es el hombre. De aquí que ninguna ciencia sea extraña a la moral en la medida en que le preste ayuda para el conocimiento del hombre y de sus acciones. La moral debe estar atenta al avance de las ciencias humanas que descubren zonas oscuras de la actividad del hombre. A este respecto, casi todos los saberes pueden ser auxiliares de la ética teológica. Un conocimiento profundo del hombre se hace indispensable para orientar y valorar moralmente sus actos.

No obstante, existe el riesgo de que se preste excesiva atención a aspectos parciales de las ciencias humanas, o que se tomen como verdades últimas algunos datos que sólo son provisorios y como tales no responden al ser propio del hombre tal como ha sido creado por Dios., De aquí la necesidad de atender al principio de jerarquización y subordinación entre teología moral y ciencias auxiliares.

INTRODUCCIÓN

Este Capítulo tiene carácter introductorio en un doble sentido: en él se exponen las cuestiones fundamentales de la ciencia moral y también se hace mención de algunas cuestiones que hoy se discuten, las cuales, desde zonas antes ajenas a la moral, se introducen actualmente en la ciencia ética.

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Entre estas últimas se dedica un espacio al estudio de las relaciones entre religión y moral (Apartado II). Dado que en algunos ámbitos de la cultura actual se debate este tema. Se exponen las diversas teorías en torno a la relación entre religión y ética. Asimismo se estudia la cuestión tan actual acerca de la llamada "ética civil" (Apartado III).

Estos dos temas —nuevos en los tratados de Ética Teológica— interpelan acerca del sentido que tiene el saber ético y la vida moral en el ámbito de la Revelación cristiana. A ello se dedica el Apartado IV, en el que se trata de precisar el lugar exacto que ocupa la ciencia moral en la existencia cristiana.

Los dos últimos Apartados son ya clásicos en el estudio de la Teología Moral: el aspecto teológico de esta disciplina y su relación con los demás tratados de la Teología (Apartados IV—V), así como la relación de la Ética Teológica y algunas ciencias auxiliares que hoy tienen especial relieve, tales como la antropología, la psicología, la biología, etc. (Apartado VI).

Estos cuatro temas van precedidos de la "cuestión acerca del nombre", dado que en la actualidad la nomenclatura de este tratado ha experimentado alguna variación: corresponde al Apartado I.

I. ÉTICA O MORAL

Ética y Moral tienen la misma significación, si bien una deriva del griego y otra del latín. "Ética" procede del término "êthos" y sería la ciencia de las costumbres; lo mismo cabe decir de "Moral" que traduce el término latino "mos", es decir, costumbre.

No obstante, conviene hacer algunas precisiones dado que los autores no están de acuerdo cuando tratan de fijar la significación y el origen etimológico de la palabra "Ética".

1. Etimología griega ("Ethos")

En su origen se encuentran dos términos griegos que tienen la misma raíz semántica: "êthos" (con epsilon) y "êthos" (con eta). El original parece ser "êthos" (con epsilon), que significa costumbre, y se refiere in recto a las costumbres que rigen en la comunidad. Son aquellos principios de convivencia que guían la vida de la polis. Posiblemente, hace referencia a normas generales de conducta, tales como "honra a los dioses", "conócete a ti mismo", "haz el bien", etc. Estamos, quizá, en una época cultural en la que al individuo se le considera como un número del grupo social y, en consecuencia, se debe regir por aquellas máximas que encierran un alto valor educativo para la convivencia. Tal tipo de conducta engendraba ciertos usos o costumbres sociales que deberían motivar idénticos hábitos de comportamiento en cada individuo.

En tal acepción, "Ética" evoca la conducta social más que la valoración de las acciones que se originan en la propia conciencia individual. Pero es evidente que la eticidad de cada persona se enriquece en la medida en que interioriza esas normas morales que rigen en la vida social, al mismo tiempo que la conducta personal se reflejaría de inmediato en su comportamiento en la convivencia social.

El segundo término "êthos" (con eta) tendría resonancias éticas más individualizadas; pero originariamente deriva de una aceptación primitiva que significaba "residencia" o "lugar habitual en que se habita". Sin embargo, al menos desde Aristóteles, este término alude al "carácter" o "modo habitual de ser". En esta significación, "êthos" (con eta) tiene más resonancias individuales que sociales, pues hace referencia a la personalidad: sería el conjunto de cualidades que distinguen a una persona y que crean en ella un hábito de conducta 2 . A este respecto, afirmaba Zenón: "El êthos es la fuente de la vida de la que manan los actos singulares".

Es conocida la reacción de Sócrates ante el riesgo de que la burocratización de la "polis" debilitase el interés debido al individuo, por lo que, a partir de esta época, la "ética" pretende enriquecer la dimensión personal frente a las instituciones que rigen la convivencia social. De aquí, que se entienda por "ética" el ejercicio de las virtudes o de hábitos que el hombre se esfuerza en adquirir. Esta es la significación común que se le da desde la reflexión profunda de Aristóteles en su Ética a Nicómaco, que inicia el cap. H distinguiendo las virtudes en intelectuales y morales.

2. Etimología latina ("mos")

La lengua latina, por el contrario, dispone de un sólo término para expresar esa doble acepción. "Mos" significa "costumbre" o inclinación natural a hacer algo, y "moral" se define como la ciencia

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de las costumbres. Cicerón no quiso introducir el término griego e inventó el neologismo latino "moralis": "Porque se refiere a las costumbres, que ellos (los griegos) denominan ethos, nosotros solemos llamar "De moribus" a esta parte de la filosofía. Pero parece consecuente enriquecer la lengua latina, llamándola "moral"

Esta temática la recoge de modo expreso Santo Tomás de Aquino:

"Mos" puede significar dos cosas: unas veces tiene el significado de costumbre (así en el libro de los Hechos se dice: "Si no os circuncidáis según las costumbres mosaicas, no podéis ser salvos"); otras significa una inclinación natural o cuasi natural a hacer algo, y en este sentido se dice que los animales tienen costumbres; así leemos en el libro de los Macabeos que "lanzándose sobre el enemigo como acostumbran los leones, acabaron con él". La palabra "mos" tiene ese sentido también en el salmo 67: "el que hace habitar en casa a los de una misma costumbre". Para esta doble significación en latín hay una sola palabra; pero en griego tiene dos vocablos distintos, pues "ethos", que traducimos por costumbre, unas veces tiene su primera letra larga y se escribe con "eta", y otras la tiene breve y se escribe con "épsilon".

Pero el nombre de virtud moral viene de "mos" en el sentido de inclinación natural o cuasi natural a hacer algo. Y el otro significado de "mos", es decir, costumbre, es afín a éste, porque la costumbre en cierto modo se hace naturaleza y produce una inclinación semejante a la inclinación natural".

En resumen, la Ética hace referencia etimológica a las "costumbres" y al carácter" o "modo de ser". Y, si bien la etimología —al menos latina— alude como más cercano al tratado sobre las "costumbres", y de ellas se ocupan extensamente los manuales, la ciencia ética no ha de limitarse a este estudio. Sin menoscabo de que deba enjuiciar y ayudar a la creación de costumbres, tanto individuales como sociales, no obstante, en la línea de Tomás de Aquino, la moral ha de preocuparse, preferentemente, de la "personalidad o modo de ser moral", o de lo que el Aquinate denomina "virtud moral". Esta "cualidad", en lenguaje moderno con resonancias griegas, se denomina "ethos" y, más que "conducta", evoca la fidelidad y la rectitud de "esa inclinación natural o quasi natural a actuar". La Ética o moral con idéntica significación estudiará los principios que orientan la conciencia en la búsqueda de la elección y de la ejecución del bien.

Al llegar a este momento, estamos en condiciones de adelantar la definición que hace Tomás de Aquino en comentario a Aristóteles:

"El objeto de la filosofía moral es la actividad humana en cuanto está orientada al fin, o también el hombre en cuanto, de modo voluntario y libre, actúa por un fin".

Es evidente que la dificultad consiste precisamente en fijar el sentido de tal "fin", dado que en su determinación se ventila la comprensión de la "ética" y de ello derivan los distintos sistemas morales. Pero de momento, no debemos avanzar más.

3. Sinonimia de ambos términos

Lo que sí podemos resolver ahora es la alternativa que figura en el título de este apartado: "Ética o Moral". Ambas determinaciones cabe entenderlas desde su etimología como términos unívocos, de modo que podemos usarlas indistintamente. Es cierto que, si bien nacen con la misma significación, en el curso de la historia recibieron contenidos diversos. Así "Ética" se reservó para la ciencia filosófica, con mayor referencia a la llamada "ética natural", mientras que con el término "Moral" se denominaron las éticas religiosas y, más en concreto en Occidente, se identificó con la moral cristiana. De este modo, la Filosofía dedicó amplios espacios al estudio de los problemas éticos y, la "Ética" tuvo un tratamiento racional, basado, fundamentalmente, en la nominativa que surgía de la propia naturaleza del hombre. "Moral", por el contrario, evocaba las exigencias religiosas que se imponían en la conducta humana. El resultado fue que "Ética" y "Moral" respondían a dimensiones distintas de la existencia del hombre y, al mismo tiempo, gozaban de planteamiento y método diversos.

Pero nuestra época ha vuelto a las fuentes de la significación etimológica y usa por igual ambos vocablos, que aplica sin distinción a la moral de origen religioso y al tratado de la Filosofía. Hoy se usa indistintamente "Ética" o "Moral cristiana", e incluso cabe hablar de Ética o de Moral del Nuevo Testamento. De modo semejante, los términos "Ética" y "Moral" se aplican a los programas

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políticos o a los sistemas filosóficos que se proponen el estudio de la conducta humana. Esta sinonimia de vocablos es ya común en los autores de Teología Moral y se encuentra también en los documentos del Magisterio eclesiástico.

Pero, sí la referencia semántica iguala la ética filosófica y la moral religiosa, sin embargo no resuelve el tema de la relación entre "ética" y "religión", que es lo que motivó la diferencia que ambos vocablos han tenido a lo largo de la historia. De ello nos ocupamos en el siguiente apartado.

4. Ética filosófica y teología moral

Afirmada la sinonimia de los términos "ética" y "moral", es preciso marcar una distinción entre Ética —aunque se la denomine "ética cristiana"— y Teología Moral. La Ética es la parte de la filosofía que estudia los actos morales a partir de la razón. Y, como disciplina filosófica, se diferencia de la Teología Moral en un doble sentido:

— por el método: la Ética usa exclusivamente el método racional; la Teología Moral deriva de la revelación;

— por el fin: la Ética, como parte de la filosofía, persigue que la existencia esté de acuerdo con los postulados de la razón natural, mientras que la Teología Moral tiende a alcanzar el fin sobrenatural del hombre.

En consecuencia, la Teología Moral parte de los testimonios que ofrece la fe, y su fin debe ajustarse a las exigencias que sobre la conducta marcan los datos revelados. Como veremos en el Capítulo IV, la moral cristiana demanda al hombre una altura de comportamiento que sobrepasa la medida puramente humana, dado que le sitúa en el empeño por llevar a cabo la gran dignidad que comporta su "vida en Cristo". Es decir, la finalidad de la teología moral es mostrar al hombre las exigencias que conlleva su vida cristiana, mientras que el final de la ética es que el hombre alcance la perfección moral natural.

Cabe aplicar una situación semejante entre "ética cristiana" y "teología moral". La "ética cristiana" parte del hecho cristiano, pero sus razonamientos siguen exclusivamente el discurso racional. Por el contrario, la "teología moral" argumentará con los datos que ofrece la Revelación. Como escribe von Hildebrand:

"Ética cristiana y teología moral no son sinónimos. La ética cristiana es una pura investigación filosófica y no introduce ningún argumento inaccesible a nuestro lumen naturale (luz de la razón); en cambio, en la teología moral se presupone la fe y en la argumentación se incluye la verdad revelada que sobrepasa la razón nuestra. La ética cristiana es un análisis filosófico estricto, que parte de los datos que son accesibles a nuestro espíritu mediante la experiencia. De ninguna manera ignora la esencial distinción entre la fe y la razón, entre el conocimiento revelado y el conocimiento natural. Pero, a la vez, implica una relación con la Revelación en la medida en que incluye aquella moralidad que sólo es posible en virtud de la Revelación cristiana. Es puramente filosófica en su consideración y en su método, pero su objeto es la innegable realidad de la moralidad cristiana, que es asimismo plenamente un dato de nuestra experiencia".

No obstante, la Teología Moral no tiene más cauce de expresión que el que le ofrece la Ética filosófica. De la Ética asume la Teología Moral la terminología —como, en general, la Teología usa la filosofía—, así como las nociones fundamentales y los significados primarios de los valores y juicios morales. En consecuencia, la Teología Moral tiene en cuenta la temática que le ofrece la Ética filosófica". De aquí que algunos autores, que admiten la diferencia entre Ética filosófica" y Teología Moral, prefieran el uso de la expresión "ética revelada o teológico" frente al clásico de "teología moral". Piensan con razón que "ética teológica" y "ética racional" avalan por igual el significado fundamental y común de la realidad de la ética. Y sería la adjetivación "filosófica" o "teológico" la que señalase la frontera del método y la diversidad de fines —natural, sobrenatural— de estas dos ciencias morales. Por eso, en este Manual empleamos indistintamente Teología Moral y Ética Teológica.

II. ÉTICA Y RELIGIÓN 1. Anotaciones generales

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"religión" connotaba rigurosas exigencias morales, hasta el punto de que "moral" y "religión" se identificaban. Más aún, se llegó a dudar —cuando no a negar—, que pudiese darse moral alguna fuera de los ámbitos religiosos. Pero algunos planteamientos actuales han llevado al extremo contrario: se afirma la existencia de una moral laica y no faltan quienes niegan cualquier estatuto y fundamentación a las morales de origen religioso.

Estos dos planteamientos tan contrapuestos y pendulares hacen entrever que en las relaciones entre "moral" y "religión" se encierran algunos supuestos que deben ser cuidadosamente estudiados.

a) Tesis fundamentales

Cabría formular tres tesis que, con las limitaciones que luego se introducirán, adquieren la categoría de principios fundamentales:

* Todas las religiones contienen preceptos y programas morales.

La historia de las religiones coincide con la historia de los ideales de la vida moral. En todas las culturas, el Dios o los dioses imponen siempre al hombre un tipo de comportamiento y promulgan un código de preceptos morales, de forma que no es fácil separar las afirmaciones religiosas de culto de las exigencias sobre la conducta.

* Los distintos programas éticos deben culminar en alguna concepción religiosa.

De modo semejante, si bien inverso, los imperativos éticos que proponen los diversos sistemas morales no tienen explicación última en sí mismos, si no abren un camino hacia la trascendencia. En último término, el orden moral tiene su fundamento en los postulados de un ser superior que da razón de la vida y existencia del hombre.

* Existen también programas éticos sin referencia expresa a la religión.

En efecto, no cabe negar validez moral a aquellos sistemas éticos que se presentan sin referencia alguna religiosa, pero que admiten el deber natural del hombre. De hecho, existen conductas morales que no se basan en verdades religiosas, sino que tratan de ser coherentes con el concepto de persona y sus deberes sociales, a partir de una determinada antropología. El equívoco de esta postura se da cuando, con excesiva frecuencia, reclaman el debido respeto a su actitud, pero pretenden negar valor ético a los comportamientos de origen religioso.

Estos tres hechos muestran la relación íntima que ha existido entre "ética" y "religión"; pero testimonian, al mismo tiempo, que, si no se distinguen cuidadosamente, pueden llevar al confusionismo. Y, en este caso, cuando se radicalizan las opiniones contrapuestas, o bien se niega la autonomía de la ética respecto de la religión, o se rechaza cualquier moral de origen religioso. La doctrina adecuada es negar esa disyuntiva y afirmar la posibilidad de sistemas éticos no religiosos y, al mismo tiempo, reconocer los principios éticos inherentes a toda religión.

Pero estas dos afirmaciones requieren el estudio de un tercer tema relacionado con el anterior: la interrelación que existe entre "ética" y "religión". En las diversas corrientes filosóficas de comienzo de siglo cabe enumerar tres autores que se alinean en algunas de estas tres tesis: Hermann Cohen identifica la religión y la moral, Nicolai Hartmann niega toda relación y Max Scheler trata de estudiar las mutuas relaciones que existen entre ellas.

b) Algunos modelos en la filosofía moderna

Estas tres actitudes se han dado en la historia, pero ha sido Max Scheler quien las formuló teóricamente, pues distingue tres modelos diversos de relacionar la religión y la filosofía:

"Las teorías sobre la relación entre Religión y Filosofía se reparten entre los que afirman una identidad esencial total o parcial de la Religión y la parte de la filosofía que fue llamada desde Aristóteles "Filosofía primera", posteriormente Metafísica, y aquellas que afirman una distinción esencial entre Religión y Filosofía".

Scheler menciona como partidarios de la "identidad absoluta" a los tradicionalistas (De Maestre, De Bonald, Lammenai), el Budismo, el neoplatonismo, las sectas gnósticas, un sector de la mística alemana medieval, Espinosa y los "filósofos de la llamada especulación clásica": Fichte, Hegel, Schelling, E. von Hartmann y su discípulo Dreews.

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Como defensores de la "identidad parcial" cita la teología clásica cristiana, cuyo máximo exponente es Tomás de Aquino. Cabe una tercera opción: los sistemas dualistas que diferenciaron, bien sea de forma absoluta o bien parcial, la Religión y la Metafísica. Aquí Scheler menciona ciertos tipos de positivismo.

Finalmente, Scheler propone el "sistema de conformidad", que prepara la distinción, pero, simultáneamente, trata de fundamentar cierta correlación entre ambas.

Pues bien, a partir de esta reflexión de Max Scheler, se ha hecho común la clasificación de tres posibles tipos de relación entre Religión y Moral:

a) Sistema de identidad absoluta

b) Sistema de total diversidad entre ambas realidades

c) Sistema de identidad parcial o de correlación entre religión y moral.

Este triple modelo, de hecho, se ha dado en la historia de la filosofía y en la biografía de no pocas personas. De aquí que, a partir de la clasificación de Max Scheler, este trilogía se ofrezca como esquema explicativo por diversos autores.

a) En el primer sistema se encuentra el neokantismo de la Escuela de Marburgo, cuyo máximo representante es Hermann Cohen. Los neokantianos de Marburgo dedujeron las consecuencias de la doctrina acerca de la naturaleza de la religión que profesó el filósofo de Königsberg.

En efecto, Kant define así la religión: "La Religión es, subjetivamente considerada, el conocimiento de todos nuestros deberes como mandamientos divinos". Esta tesis está de modo explícito o bien subyacente en toda su obra. Así resume su pensamiento al final de la Metafísica de las costumbres: "Lo formal de toda religión es la suma de todos los deberes como preceptos divinos y esto pertenece a la filosofía moral".

En conclusión, Kant identifica ética y religión, y parece que para él ésta queda rebajada a los "límites de la razón pura", mientras que la ética se eleva por encima de sus propias fronteras, dado que asume todos los deberes religiosos, y profesa que sus exigencias morales derivan de Dios.

Pues bien, Hermann Cohen recibe esta herencia de su maestro y deduce sus consecuencias: "Qué sea la Ética, escribe, lo ha de expresar y fundamentar la Filosofía y su método racional. Y lo que de eticidad se dé en la religión, se ha de tomar y deducir de la Ética. La Religión ha de ser éticoreligiosa. Esta ha sido la novedad del protestantismo que Kant dedujo y desarrolló". De ahí su teoría acerca de la identidad entre religión—ética y su doctrina sobre la dependencia de aquella respecto de ésta: "El objeto de la Ética es el hombre y sus relaciones". Y Cohen se pregunta: "¿Los hombres prefieren a Dios o quizá a sus relaciones?". Y aún más explícito: "Yo no me retraigo, ante la consecuencia metodológica, que es preciso operar la disolución de la Religión en la Ética".

b) En el extremo contrario se sitúa Nicolai Hartmann, que concluye su extensa obra, Ethik, con un capítulo dedicado a exponer las aporías entre la libertad y la religión. Hartmann habla de "cuestiones límite" en esta materia y concluye su exposición con esta sentencia: "Es posible evitar las preguntas religiosas en el campo de la ciencia ética, pero no es posible esquivar las cuestiones éticas en la filosofía de la religión".

Seguidamente, Hartmann formula cinco antinomias que existen entre el hecho religioso y la libertad humana en el campo de la moral. Hartmann afirma que es precisamente el tema de la libertad el que apura esas antinomias, aunque en otros campos de la ética estén más o menos latentes: precisamente la libertad ocupa un alto rango en el campo de la ciencia ética: "La doctrina sobre los valores, escribe, es la mitad de la ética, la otra mitad es la moralidad de los actos humanos y en el centro de ambas se sitúa el tema de la libertad".

Esas confrontaciones antinómicas entre religión y moral son las siguientes:

— la ética tiene un campo de aplicación en el tiempo, mientras que la religión se sitúa en el más allá;

— en la ética el hombre representa el valor absoluto, en tanto que en la religión ese puesto se reserva a Dios;

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— la ética supone la autonomía de los valores éticos, por el contrario, la religión es el presupuesto de toda heteronomía.

Estas tres aporías son generales y afectan al tratado de la ética en su conjunto. Pero existen otras dos antinomias que son propias de la libertad, cuyo ejercicio impugna los reclamos de la religión. Son las siguientes:

— no hay forma de armonizar la decisión libre del hombre con el concepto religioso de la providencia;

— no es posible entender la libertad humana si se admite el dogma cristiano de la redención. Nicolai Hartmann no encuentra salida a estas cinco aporías, de aquí que concluya:

"Estas antinomias son indisolubles... El hombre tiene que elegir en esta alternativa. Pero no es la ética la que debe ceder, sino la religión la que ha de dar paso a la ética. No obstante, en la vida práctica, la opción no es fácil... En consecuencia, concluye, el hombre está situado ante una especie de acertijo irracional".

Aquí finaliza el pensamiento de Hartmann que, como he escrito en otro lugar, en el momento de editar su Ética profesaba un claro agnosticismo.

c) Finalmente, Max Scheler trata de alcanzar la síntesis entre Ética y Religión, casi en el mismo sentido que aquí proponemos.

2. La moral religiosa

La historia muestra que todas las religiones contienen un código moral.

Esta afirmación cabe hacerla incluso respecto de aquellas manifestaciones espúreas y en ocasiones aberrantes del fenómeno religioso". Pero estos distintos códigos morales, si bien son coincidentes en muchos preceptos, sin embargo existen entre ellos notables diferencias según las diversas creencias religiosas. Así, por ejemplo, las religiones monoteístas exigen un comportamiento moral más elevado que el que profesa la creencia en diversos dioses.

Otra razón que explica la diversidad de programas morales viene dada por cada tipo de religión: sin duda las religiones denominadas "celestes" incluyen un código moral más exigente en el que domina, de ordinario, el temor, mientras que las religiones de tipo inmanentista o telúricas contienen preceptos morales muy minuciosos ordenados a la purificación del interior de la persona.

a) Preceptos morales de origen religioso

En general, los preceptos que contienen las diversas religiones se articulan sobre dos polos: En primer lugar, se encuentran las disposiciones relativas al culto que se debe prestar a la divinidad, y, unidas a este deber, se dictan diversas normas que contribuyen a mantener la identidad religiosa de la comunidad.

Además de estos preceptos morales, tan vinculados al imperativo religioso, las diversas religiones contienen una serie de disposiciones que tratan de regular la vida de los creyentes. A este respecto, cabe citar, por ejemplo, los cinco mandamientos del budismo: no matar, no robar, no cometer adulterio, no mentir y la abstención de estupefacientes. En la misma línea hay que situar las "cinco columnas" del mahometismo: la profesión de fe, la plegaria u oración, la limosna, el ayuno del mes de Ramadán y la peregrinación a la Meca. Asimismo los "cinco deberes más universales" para el género humano postulados por Confucio: las relaciones que deben existir entre el príncipe y sus súbditos, entre el padre y sus hijos, entre el marido y la esposa, los hermanos mayores y los menores y la unión de los amigos entre sí. En esta línea se sitúan algunos preceptos de la religión judía.

b) Fundamentación religiosa de la vida moral

Otra distinción que cabe hacer en las morales religiosas deriva de la fundamentación que cada religión propone a la vida moral. Es evidente que las nociones éticas de "bien" y de "mal" tienen diverso fundamento en cada religión según el concepto que tengan de Dios, lo cual gradúa tanto la altura de las respectivas creencias religiosas, como la pureza moral de dichas creencias.

Referencias

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