HISTORIA DE LA TEOLOGÍA MORAL
II. ESCRITORES DEL SIGLO
Cuatro grandes escritores de este siglo: dos orientales, Clemente Alejandrino y Orígenes, y otros dos de Occidente, Cipriano y Tertuliano, señalan ya un notable progreso en el planteamiento de la doctrina moral de los cristianos. Todos ellos salen al paso de los nuevos temas de la moral cristiana con el fin de dar respuesta a las especiales circunstancias en que se encuentran los bautizados, perseguidos y en medio de una sociedad pagana. Y lo hacen casi siempre interpretando la Escritura. Es de destacar la fundamentación bíblica que encierra la enseñanza moral de los Padres.
Pero lo más decisorio no son las soluciones concretas a los problemas morales que presenta la vida de los creyentes, sino el esfuerzo por elaborar una doctrina que recoja el mensaje moral predicado por Jesús. En el siglo III el cristianismo se había despegado del mundo judío y estaba ajeno a las grandes disputas sobre la vida moral judeo—cristiana que se habían suscitado en el siglo. Ahora, los cristianos están extendidos por todo el Imperio y sus problemas morales surgen no del cumplimiento de las viejas prácticas judaicas, sino del encuentro con un estilo de vida moral — ¡inmoral!— que practican los paganos con los que conviven.
Como se ha escrito abundantemente, la moral estoica es la que ofrece un estilo de conducta que orienta la vida moral de la época". Y estos inteligentes escritores tienen que justificar a los bautizados un tipo de existencia que contrasta con el estilo de vida de aquella sociedad culta y pagana: ¿Qué novedad de comportamiento ofrecía la nueva vida en Cristo? ¿La conducta del creyente debía apurar las exigencias éticas que le ofrecía el estoicismo, o, por el contrario, la experiencia de la vida sacramental, vivida desde la fe, le imponía un modelo nuevo de conducta?
Es sentencia común que la respuesta vino de las enseñanzas de Clemente Alejandrino, a quien se considera como autor del primer manual de Teología Moral, El Pedagogo.
La doctrina moral de Clemente Alejandrino es preciso incluirla en la síntesis general de su obra teológica. El alejandrino construye un edificio teológico sorprendente: creación y redención tienen una continuidad perfecta. Cabe decir más, toda la cultura pagana —en su caso, la griega— no es más que semilla del Verbo que ha germinado con anterioridad en la civilización pagana. En tal situación, la ética racional tiene una calidad indiscutible. Los valores morales profesados por el estoicismo no pueden ser despreciados por el creyente. Ahora bien, el cristiano tiene grabada en sí la imagen de Cristo. El es el verdadero pedagogo que enseña al bautizado un nuevo tipo de comportamiento. La encarnación del Verbo tiene repercusiones muy íntimas en la vida del bautizado. De aquí que la moral cristiana supere en perfección a la moral que practican los paganos.
Bajo estos presupuestos, Clemente Alejandrino expone a lo largo de sus obras abundante doctrina moral. Esta se encuentra en sus tres obras fundamentales, El Pedagogo, Los Tapices (Stromata) y La salvación del rico (Quis dives salvetur).
Pero la teología moral del Alejandrino se encuentra fundamentalmente en El Pedagogo, pues tiene a la vista al cristiano en la sociedad pagana. Esta obra se divide en tres libros, que, según la nomenclatura actual, corresponderían, el primero a la Moral fundamental" y los dos restantes tratan de temas diversos que conciernen a la Moral especial. Pero algunas cuestiones relacionadas con teología moral se encuentran en otras obras. Así, por ejemplo, el estudio de la Antigua Ley la expone en Stromata (libro 1, cc. 24—28), junto con el tratado sobre las virtudes cristianas y la relación que guardan entre sí (11,9); y también la doctrina acerca de la primera y segunda penitencia (11,13). Asimismo, el libro III está dedicado al matrimonio, donde se expresa en torno a la "ley natural (físeos nomon) puesta por Dios", etc. También se estudian temas de Moral Social como tratado específico en la obra Quis dives salvetur.
El tema del mal moral ocupa un lugar destacado en sus escritos. El pecado tiene origen por igual en el demonio y en la libertad del hombre. Pero también juegan un papel importante las pasiones humanas, que se imponen y se presentan voluptuosamente a la razón". Por este motivo, estudia con atención los temas del "voluntario" e "involuntario". "El involuntario tiene un doble origen: la ignorancia o la necesidad impuesta".
La penitencia sólo se concede una vez en la vida:
"Quien ha recibido la remisión de los pecados ya no debe pecar más, pues en la primera y única penitencia de los pecados... por la gravedad de la pena impuesta, los purifica de sus errores, de modo que se deben mantener estables en la fe".
Pero es en El Pedagogo, como decíamos, donde se especifica la moral del alejandrino. Conforme a su doctrina tantas veces expuesta, el cristiano es un hombre nuevo, que debe configurar su vida con la de Cristo. El bautismo es el renacimiento del cristiano. Además, le acompaña continuamente un "pedagogo" que le orienta por la ruta del bien y le advierte acerca de lo que ha de evitar.
En algunas páginas brillantes de El Pedagogo, Clemente Alejandrino se detiene a ponderar las excelencias de tal maestro: "Nosotros tenemos un solo Pedagogo, el único de verdad, bueno, justo, hijo e imagen del Padre, Jesús, el Logos de Dios, Pedagogo que Dios nos lo ha dado como Padre afectuoso". Es sabido que en El Pedagogo, el Alejandrino enseña la doctrina de la infancia espiritual: el cristiano debe dejarse conducir como un niño. "Nuestro Pedagogo es el Logos, pues nos conduce como niños a la salvación". El nos enseña el camino: el cumplimiento de sus preceptos. Quien los guarda alcanza la plenitud de su ser, pues se hace semejante a Dios. "Se hace Dios aquel hombre que quiere (conoce) lo mismo que quiere Dios".
Pero Cristo, el gran pedagogo, no sólo lo es de los cristianos, sino de todos los hombres: "Nuestro pedagogo es el Santo de Dios, Jesús, el Logos que conduce a la humanidad entera". Este Pedagogo usa "como intermediario a la Ley y a los Profetas". El Pedagogo divino ayuda a descubrir la verdad y a amarla, para ello emplea, "por igual la severidad y la bondad". Por eso será también "el juez que pedirá cuentas de la transgresión de los mandamientos".
Toda la acción del Pedagogo va orientada a que el cristiano se identifique con Cristo, más aún, a que "se asemeje a Dios". De aquí la importancia que el Espíritu Santo juega en la vida moral del
Alejandrino. Otra de sus características es el desarrollo del pensamiento moral al hilo de la exégesis bíblica. La moral de Clemente Alejandrino es una moral bíblica. Está basada en "un biblismo fundamental, que hace de su obra una moral esencialmente religiosa y cristiana".
2. Orígenes (U 253—254)
Es el segundo gran pensador oriental a quien la ética teológica es deudora de no pocos hallazgos. Es el continuador de Clemente en la Escuela Alejandrina y de sus numerosos escritos es posible elaborar un tratado de teología moral. Los principios relativos a la moral fundamental se encuentran en su obra Peri Arjon.
En el libro II, De justo et bono, destaca algunos temas de moral fundamental, y todo el libro III abunda en las mismas cuestiones. Se inicia con el estudio de la libertad para concluir con la exposición del final de los tiempos, cuando se consumirá todo en la perfección. De este modo, la moral origeniana tiene una clara orientación escatológico. También se estudian en esta obra el poder del demonio, las tentaciones y la firmeza en la fe, que constituye la verdadera sabiduría. En Orígenes, Cristo es "pedagogo", pero también es "médico... jardinero", etc.
En comentario a la ética griega, Orígenes estudia las cuatro virtudes cardinales, si bien para él la moral cristiana culmina en la "piedad", que conduce al hombre a la identificación con Cristo.
"Orígenes ha coronado las cuatro virtudes cardinales de la ética griega con la piedad... que es para él la religión cristiana y la caridad en su doble vertiente... Los cristianos hechos partícipes de la santidad divina, han sido llamados como pasando del no ser al ser. Nadie debe gloriarse atribuyéndose ese ser, sino agradecido a quien le ha agraciado con hacerle a su imagen y semejanza".
Pero, como Clemente y fiel a la Escuela Alejandrina, Orígenes desarrolla una moral de la identificación con Cristo. Sus escritos exegéticos abundan en comentarios a San Pablo en relación al "morir con Cristo", para "resucitar con El". Por eso repite continuamente el consejo de Pablo: nacidos en Cristo es preciso morir y resucitar con El:
"Así Pablo, queriendo mostrar qué es morir al pecado, dijo: ¿O ignoráis que los que hemos sido bautizados con Cristo, fuimos bautizados en su muerte, para que como El resucitó de entre los muertos... así también nosotros vivamos una vida nueva? (Rom 6,3), enseñando así que, si se muere primero al pecado, es necesario consepultarse con Cristo por el bautismo, pero si antes no se ha muerto al pecado no puede sepultarse con Cristo. Ningún vivo es sepultado".
"Morir en Cristo" tiene un significado exclusivamente moral.
"Imitando a San Pablo, sintetiza este misterio con el prefijo "sin" que denota nuestra comunión con Cristo. La vida del cristiano no ha de ser otra cosa que el despliegue de una muerte— resurrección que se le da como un don en el bautismo de regeneración, en espera de la resurrección definitiva".
3. Tertuliano (U 220)
Como es lógico, estos mismos temas se repiten en las obras de autores latinos. Tertuliano es el primer escritor en lengua latina y en El se encuentran principios que son de indiscutible utilidad para la moral.
En relación con nuestro tratado, el escritor africano se mueve ya en la temática que más tarde será piedra angular del acto humano: la relación entre libertad y gracia. Tertuliano afirma por igual ambas realidades: gracia y libertad se complementan. En comentario a la parábola del Señor (Mt 7,16—20), la acción de la gracia la representa como un injerto:
"El árbol malo no dará frutos buenos, si no es injertado, y el árbol bueno dará malos frutos en el caso de que no sea cultivado; y las piedras se convertirán en hijos de Abrahán si se forman en la fe de Abrahán; y las crías de víboras harán fruto de penitencia, si vomitan el veneno de la maldad".
El cristiano debe vivir conforme a esa ley de la gracia, si bien la libertad puede decidirse por el mal, lo cual es inclinación natural del hombre:
"Esta será la fuerza de la gracia divina, en verdad, más fuerte que la naturaleza que tiene que sujetar a sí la libre potestad del arbitrio, el cual se dice autosoúsion. La cual potestad siendo como
es por sí misma natural y mudable, adonde quiera que se vuelva, se vuelve siempre a la naturaleza". En resumen, lo caprichoso de la libertad puede mudarse por el auxilio de la gracia; pero el acebuche sigue siendo acebuche y las piedras, piedras.
En relación con la imitación de Cristo, Tertuliano enseña que Cristo es el gran salvador y su obra se entiende como una sotería: "Cuando Dios dio a Cristo las naciones por herencia y los límites de la tierra en posesión... entonces Cristo extiende sobre todos la ley de la bondad paternal, no excluyendo a nadie de la misericordia". Según Tertuliano, Cristo es nuestra cabeza; El habita en nosotros, hemos sido revestidos por El y estamos conformados a su imagen".
"Nosotros seguimos el comportamiento de Cristo aquí en la tierra por la disciplina y en la otra ganaremos la gloria. Así como hemos llevado la imagen terrestre, llevaremos también la celeste... progresando en los rasgos de Cristo en la santidad, la justicia y la verdad, elevando la imagen de Cristo en nuestra carne.... Toda la exigencia cristiana es una imitación de Dios en Cristo para restablecer la semejanza divina original".
Respecto al pecado, la doctrina de Tertuliano es abundantísima, pero será preciso distinguir, dentro del rigorismo que le caracteriza, los libros escritos durante la ortodoxia y las obras de su última etapa ya en la herejía montanista.
Hasta el tratado De Pudicitia, el africano había mantenido la doctrina neotestamentaria del perdón de todos los pecados; pero, ya hereje, distingue entre pecados "perdonables y no perdonables", hasta el extremo de afirmar que existe "penitencia que no tiene perdón". Tras esta afirmación se encuentran errores doctrinales en torno a los efectos del pecado: algunos pecados, tales como la idolatría, la fornicación y el homicidio "matan el alma y la confesión no puede resucitarla". Tertuliano en prueba de su aserto tiene que interpretar de un modo curioso la parábola de la oveja perdida: ésta puede ser de nuevo conducida al redil, pero, si está muerta, no puede ser resucitado.
El escritor africano tiene que justificar este error con esta falsa interpretación: el poder de las llaves sólo ha sido concedido a Pedro y a los hombres espirituales, pero no a los apóstoles y a sus sucesores. No es la jerarquía la que goza del poder de perdonar los pecados, sino el "spiritualis homo".
Como buen jurista, Tertuliano valora las leyes divinas, que el hombre debe cumplir. El fin del hombre es "vivir bien, considerando a Dios y a su ley". Pero en ocasiones esa ley no es una norma promulgada, sino la voluntad de Dios, o como la llama Tertuliano, "Dei mei voluntatem". En este tratado, el tema de la voluntad de Dios se menciona reiteradamente.
En los escritos de Tertuliano se encuentra una doctrina abundante sobre las virtudes. Así, por ejemplo, la caridad comporta el amor a Dios y al prójimo. Dios ha amado infinitamente al hombre; en consecuencia, el hombre debe imitar ese amor de Dios 69; tal amor no admite acepción de personas. Ese amor incluye a los paganos, de quienes escribe: "nosotros somos vuestros hermanos, porque tenemos la misma naturaleza".
Spanneut estudia una serie de virtudes que constituyen el armazón de la moral de Tertuliano. Incluso intenta descubrir en sus obras un tratado de Moral Fundamental, en el que aporta doctrina sobre los actos humanos, el bien y el mal, la conciencia, la libertad, etc., si bien reconoce que la fragmentación de sus escritos no permite constituir una moral sistemática, pero sí la guía del comportamiento que se exigía a los primeros cristianos en virtud de su vocación.
4. San Cipriano (U 258)
La doctrina moral del obispo de Cartago es ya más elaborada. San Cipriano cabría clasificarlo entre los autores que proponen la imitación de Cristo, el cumplimiento de la voluntad de Dios y la observancia de los mandamientos como norma conjunta del actuar cristiano:
"Piensa en el Paraíso, al que no volvió Caín, que por envidia hizo perecer a su hermano. Piensa en el Reino de los cielos al que no son admitidos por el Señor más que los que sólo pueden llamarse hijos de Dios, los que son pacíficos, los que reproducen la semejanza de Dios Padre y de Cristo por su nacimiento y la observancia de los mandamientos divinos. Piensa que estamos bajo la mirada de Dios, que ve y juzga la carrera de nuestra conducta y vida; que sólo podemos llegar, en fin, a
contemplarlo si ahora que nos ve, le agradamos con nuestros actos, si nos mostramos dignos de su favor y misericordia, si los que hemos de cumplir su voluntad en aquel reino, la cumplimos de antemano en este mundo".
Esa triple escala: la imitación de Cristo, cumplir la voluntad del Padre y guardar sus mandamientos divinos, la formula en este texto de alto valor moral:
"La voluntad de Dios es la que Cristo enseñó y cumplió: humildad en la conducta, firmeza en la fe, reserva en las palabras, rectitud en los hechos, misericordia en las obras, orden en las costumbres, no hacer ofensa a nadie, y saber tolerar las que se le hacen, guardar paz con los hermanos, amar a Dios de todo corazón, amarle porque es Padre, temerle porque es Dios; no anteponer nada a Cristo, porque tampoco El antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor, abrazarse a su cruz con fortaleza y confianza; si se ventila su nombre y honor, mostrar en las palabras la firineza con la que confesamos la fe; en los tormentos, la confianza con que luchamos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados. Esto es ser coherederos con Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios, esto es cumplir la voluntad del Padre".
Imitación de Cristo y cumplir sus mandatos se implican en al doctrina moral que enseña y predica San Cipriano:
"Se nos dio un ejemplo para huir las huellas del primer hombre y seguir las de Cristo, no vayamos a caer de nuevo incautos en el lazo de la muerte, cuando El mismo avisa y dice: "Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos (Mt 19,17)"; y en otro lugar: "Si cumplís mis preceptos, ya no os tendré por servidores, sino por amigos (lo 15,14—15)... Debemos, por tanto, seguir sus palabras, aprender y cumplir cuanto El enseñó y ejecutó. Por el contrario, ¿cómo puede decir que cree en Cristo quien no cumple lo que mandó hacer Cristo? ¿Cómo llegará a la recompensa merecida por la fe quien no trate de observar a sus mandamientos?".
La admiración que sentía el obispo africano por los escritos de Tertuliano, a quien denominaba "maestro", influyó posiblemente en su rigorismo moral. Son conocidas sus disputas con el Papa Esteban con ocasión de los lapsi, Cipriano rehusa concederles la penitencia a pesar de las instancias del Papa, que demanda clemencia ante el riesgo de que se origine una nueva persecución y mueran en enemistad con la Iglesia.
Según S. Cipriano, tampoco alcanzan la salvación aquellos que "desacreditan su confesión con una conducta reprobable", dado que la gloria se concede a quienes perseveren hasta el fin:
"La confesión es una introducción a la gloria, no es la consecución de la corona, ni da cima al mérito, sino le da principio. Y estando escrito "Quien perseverara hasta el fin, se salvará (Mt 10,22), todo lo que precede al fin es un paso para la salud, no término en el que se tiene la cima".
San Cipriano fustiga los vicios y anuncia que no se salvarán quienes "no hubiesen hecho buenas obras en su Iglesia". Tampoco "pueden llegar al premio de la paz los que rompieron con la furia de la discordia la paz del Señor"; los que obran el bien, pero no "si esas buenas obras no sirven de ejemplo y de testimonio", ni se salvan las vírgenes que no cumplen sus compromisos 80, ni los "adversarios (de Cristo), los blasfemos y los eternos enemigos de su nombre", ni "los que se sienten arrastrados por el peso de la codicia hacia bienes terrenos" . 12
Como es ya normal en esta época, Cipriano predica como salvoconducto de salvación la unión del amor a Dios y al prójimo: "No puede estar bien con Dios, quien no tenga paz, con su hermano". En todo caso, S. Cipriano alienta a sobrellevar todas las dificultades y a avanzar en la consecución