CRISIS DE LA VIDA MORAL
I. TESTIMONIOS DE UNA CRISIS
La colación de estos testimonios pretende ser selectiva, porque, llevarla a cabo en su totalidad, es tarea casi imposible a la vista de la repetida llamada de atención de los últimos Papas. He aquí algunos textos representativos del Magisterio:
1. Pablo VI
Apenas concluido el Concilio Vaticano II, fueron sorprendentes las llamadas de atención de Pablo VI. Respecto a la crisis moral, el Papa habla de una "cultura babélica" y describe así los males de aquella época:
últimos años una expresión de tal modo negativa, de contestación y de rebelión hacia una sociedad invadida por las hipocresías y por un escepticismo lógico y ético tan equivocado, que no podía dejar de aumentar el sufrimiento y la confusión del corazón de la juventud, de donde ella partía y hoy parece germinar una nueva espiritualidad".
Años más tarde, Pablo VI hacía este juicio ante la Comisión Teológica Internacional acerca de la situación moral en amplios sectores del mundo que están bajo la cultura cristiana:
"Hoy se discuten los mismos principios del orden moral objetivo. De lo cual deriva que el hombre de hoy se siente desconcertado. No se sabe dónde está el bien y dónde está el mal, ni en qué criterios puede apoyarse para juzgar rectamente. Un cierto número de cristianos participa en esta duda, por haber perdido la confianza tanto en un concepto de moral natural como en las enseñanzas positivas de la Revelación y del Magisterio. Se ha abandonado una filosofía pragmática para aceptar los argumentos del relativismo".
Al final de su vida, en el discurso con ocasión de la festividad de S. Pedro, que se ha denominado el "testamento de su pontificado", Pablo VI abundó en este mismo juicio. Pero algunos días antes, el Papa había lamentado la pérdida de la conciencia moral:
"Desgraciadamente, en la psicología moderna se han desencadenado las objeciones más numerosas y más graves contra el valor de la conciencia moral; se desearía abolir en la actividad espiritual del hombre este acto reflejo y decisivo, que es constituido justamente por la conciencia moral, es decir, por el juicio que un espíritu inteligente y sereno emite de sí mismo, comparándose con las exigencias de la ley moral".
2. Juan Pablo II
El Papa refrenda esos juicios sobre la crisis moral de nuestro tiempo en importantes documentos. Así, en su primera Encíclica Redemptor hominis fijaba su juicio en estas preguntas:,
"Todas las conquistas, hasta ahora logradas y las proyectadas por la técnica para el futuro ¿van de acuerdo con el progreso moral y espiritual del hombre?. En este contexto, el hombre en cuanto hombre, ¿se desarrolla y progresa o, por el contrario, retrocede y se degrada en su humanidad? ¿Prevalece entre los hombres, en el "mundo del hombre" que es en sí mismo un mundo de bien y de mal moral, el bien sobre el mal? ¿Crecen de veras en los hombres, entre los hombres, el amor social, el respeto de los derechos de los demás —para todo hombre, nación o pueblo—, o, por el contrario, crecen los egoísmos de varias dimensiones, los nacionalismos exagerados, al puesto del auténtico amor a la patria y también la tendencia a dominar a los otros más allá de los propios derechos y méritos legítimos y la tendencia a explotar todo el progreso material y técnico — productivo exclusivamente— con finalidad de dominar sobre los demás o en favor de tal o cual imperialismo?" Y el Papa responde: "En efecto, la situación del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral como de las exigencias de la justicia o aún más del amor social".
En la Encíclica Dives in misericordia —la Encíclica sobre el amor de Dios que perdona siempre—, Juan Pablo II emite el siguiente juicio acerca de la situación actual:
"Teniendo a la vista la imagen de la generación a la que pertenecemos, la Iglesia comparte la inquietud de tantos hombres contemporáneos. Por otra parte, debemos preocupamos también por el ocaso de tantos valores fundamentales que constituyen un bien indiscutible no sólo de la moral cristiana, sino simplemente de la moral humana, de la cultura moral, como el respeto a la vida humana desde el momento de la concepción, el respeto al matrimonio en su unidad indisoluble, el respeto a la estabilidad de la familia. El permisivismo moral afecta sobre todo a este ámbito tan sensible de la vida y de la convivencia humana. A él van unidas la crisis de la verdad en las relaciones interhumanas, la falta de responsabilidad al hablar, la relación meramente utilitaria del hombre con el hombre, la disminución del sentido del auténtico bien común y la facilidad con que éste es enajenado. Finalmente, existe la desacralización que a veces se transforma en "deshumanización": el hombre y la sociedad para quienes nada es "sacro" van cayendo moralmente, a pesar de las apariencias".
Pero el análisis más profundo sobre la situación de crisis moral de nuestra cultura, la hace Juan Pablo II en los amplios números de la Exhort Apost: Reconciliación y penitencia, en los que señala
la raíz de esta crisis, así como los remedios para superarla. El Papa habla de un oscurecimiento de la conciencia en muchos hombres de nuestro tiempo:
"Sucede frecuentemente en la historia, durante períodos de tiempo más o menos largos y bajo influencias de múltiples factores, que se oscurece gravemente la conciencia moral en muchos hombres". ¿Tenemos una idea justa de la conciencia? —preguntaba yo hace dos años en un coloquio con los fieles—. "¿No vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una "anestesia" de la conciencia?". Muchas señales indican que en nuestro tiempo existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto esta conciencia, está definida en el Concilio como el "núcleo más secreto y el sagrario del hombre... Por esto la conciencia, de modo principal se encuentra en la base de la dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con Dios". Por lo tanto, es inevitable que en esta situación quede oscurecida también el sentido del pecado que está íntimamente unido a la conciencia moral, a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable de la libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia interior, se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi predecesor Pío XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo aclarar en una ocasión que "el pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado".
¿Por qué este fenómeno en nuestra época? Una mirada a determinados elementos de la cultura actual puede ayudamos a entender la progresiva atenuación del sentido del pecado, debido precisamente a la crisis de la conciencia y del sentido de Dios antes indicada".
En este mismo Documento, Juan Pablo II habla de "un verdadero vuelco o de una caída de valores morales". Pero su diagnóstico es aún más grave, pues añade: "el problema no es sólo de ignorancia de la ética cristiana, sino más bien del sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud moral".
3. Conferencia Episcopal de España
En relación a España, también la Conferencia Episcopal Española ha hecho su juicio de valor respecto a la vida moral de los españoles. El balance es ciertamente negativo: Los obispos hablan de "alarmante y progresiva decadencia moral" y escriben que la "relajación moral" se refleja en hechos, más o menos extendidos, como los que siguen:
— Disminución o falta de sentido religioso de la vida. — Menosprecio de la ley natural y positiva.
— Depreciación del orden moral matrimonial y, en no pocos casos, de la institución familiar. — Escándalo y provocación del dinero, ansia de lucro y de lujo.
— Materialismo y hedonismo ideológico o práctico. — Creciente erotización ambiental.
— Amoralidad profesional, manifestada en el incumplimiento del deber y en la acepción de personas.
— Clima de violencia, aumento de la delincuencia juvenil, tendencia a la evasión ante los problemas reales.
— Crisis de autoridad y de obediencia.
— Falta de veracidad y cordialidad en la convivencia humana.
Estos juicios sobre el deterioro moral en España se han repetido en otras ocasiones. Recientemente, en cinco grandes Documentos sobre la vida católica en España se repiten este mismo veredicto. En ellos se habla de "pérdida de sentido moral", de "desánimo ante la caída de valores éticos", de "depreciación de la vida y de las costumbres". Tal situación de "crisis moral" es lo que da lugar a una situación generalizada de "desmoralización" en toda la gama de significaciones que encierra este término.
4. Desvalorización del término "moral"
que nunca como en nuestros días se ha hecho más uso de la palabra "moral" referida a la vida. Es cierto que nuestro tiempo evoca constantemente las exigencias éticas; pero esas llamadas a la moral se hacen en ámbitos distintos y tienen diverso eco. Se repiten, fundamentalmente, en el marco de las ideologías, y con más frecuencia en la vida política.
Es evidente que en la historia del pensamiento y de la vida humana, el término "moral" ensalzaba el comportamiento que merecía alabanza y elogio porque se conducía conforme a unos imperativos éticos. Por el contrario, "in—moral" era el calificativo que merecían conductas desarregladas que desdecían de una vida digna del hombre. De ordinario, tales imperativos eran religiosos y, en ambientes de Occidente, casi siempre estaban inspirados en la ética cristiana.
Pero en nuestros días, lo "moral" parece un tópico común que no siempre obedece a un modelo fijo de conducta personal, sino que cabe aplicarlo a comportamientos que quieren ser coherentes con los principios de una ideología profesada sin tener en cuenta la moralización de la persona. En este nuevo ámbito, "moral" o "inmoral" frecuentemente no significan conductas conforme a unos principios estables; son más bien denominaciones que responden a tesis doctrinales ajenas al proceder moral de la persona. Las ideologías políticas lo emplean en relación a los postulados de su propio partido. De este modo, los términos "moral" o "ética", que debían calificar la conducta individual, han sufrido un evidente cambio: se trasladan del campo de la vida personal al mundo de la política, de forma que es posible distinguir entre "moral política" y "moral de costumbres". La primera parece significar coherencia con la ideología y el programa del partido político, siempre en orden a la "eficacia", mientras que la segunda sugiere un tipo de conducta conforme a principios que orientan la existencia a una vida digna de la persona humana.
5. Alcance de una crisis
Pero este trasvase del sentido moral desde la conducta individual a la vida política y desde la religión a las ideologías, no es el más grave. La crisis es más profunda, hasta el punto que la pregunta se formula del siguiente modo y con esta radicalidad: ¿Esta crisis de la vida moral de nuestro tiempo y en los ambientes cristianos es sólo una crisis de valores o afecta también a las valoraciones morales?
Es evidente que quienes formulan la crisis actual denuncian no sólo la pérdida de los contenidos morales, sino, fundamentalmente, la falta y alteración de los juicios sobre la vida moral. Más aún, como se señalaba en el capítulo anterior, la crisis afecta a los mismos presupuestos morales, de forma que cabría señalar esta triple caída y derrumbe de la moral: de la inmoralidad, se ha descendido a la a—moralidad hasta desembocar en la desmoralización. O con otras palabras: sobre las ruinas de la moral practicada hasta nuestros días, se intenta construir otra moral opuesta a aquella, de modo que se proclama y se divulga una moral heterodoxo que niega las evidencias éticas. Es decir, algunos proponen un estilo de vida que no sólo niega los valores hasta ahora vigentes, sino que proponen como ideal todos los contravalores morales. Ciertos sectores de la vida social profesan doctrinalmente y en ocasiones viven aquella afirmación de Nietzsche: "Hay que negar valor a todos los valores y dar vigencia a todos los contravalores".
Tal actitud encierra ciertamente la negación de la ética, pero sobre todo profesa la exaltación de la contra—moral, o sea, se combate la moral, y se trata de profesar un estilo de vida que la niegue. En consecuencia, parece que zozobra el mismo sentido moral y cunde la desmoralización [13. La alarma ante esta crisis moral es reiteradamente repetida por los pensadores que pertenecen a los más opuestos campos de la cultura. En relación a España baste citar estos dos testimonios, nada sospechosos. Ortega escribía ya en 1929: "Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre— masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna. No creáis una palabra cuando oigáis a los jóvenes hablar de "nueva moral". Niego rotundamente que exista hoy, en algún rincón del continente grupo alguno informado por un nuevo ethos que tenga visos de una moral. Cuando se habla de la "nueva" no se hace sino cometer una inmoralidad más y buscar el medio más cómodo para meter contrabando". J. ORTEGA y GASSET, La rebelión de las masas, en Obras completas. Rev. de Occid. Madrid 1966, IV, 276. En época más reciente, Aranguren escribe: "Se ve que estamos atravesando un periodo difícil de crisis de la moral. La evacuación de los contenidos morales ha conducido a la pérdida del sentido moral y a zozobrar en la desmoralización: he aquí el problema, nuestro problema, bajo una segunda formación. Es solamente desde el interior
de este problema total de recuperación de la responsabilidad personal, y de esta situación envolvente de problematización de todos los temas morales, como el hombre contemporáneo tiene que plantearse la cuestión para tratar de salir adelante". J. L. ARANGUREN, Moralidades de hoy y de mañana. Taurus. Madrid 1973, 151.]
6. Consecuencias de la crisis moral
No es fácil enumerar las consecuencias que se siguen a esta situación. Primero, porque la crisis no siempre se formula con la radicalidad con que aquí se ha propuesto; y segundo, porque aún no tenemos perspectiva histórica suficiente para evaluar los efectos que se siguen a tal desequilibrio. Pero he aquí algunas posibles consecuencias que es viable adelantar.
a) Existe una clara mutación de valores. Las evidencias éticas de otros tiempos no sólo no se aceptan, sino que son negadas. Hoy se presenta como tarea ineludible fundamentar las que en la época inmediata anterior eran consideradas como certezas absolutas de la ciencia moral.
b) Ello conduce a una verdadera involución de valores. La escala de valores morales profesados por el cristianismo o por cuantos aceptaban los imperativos de la ley natural se pretende esquematizarlos conforme a una jerarquización caprichosa. O, como se dijo más arriba, se profesa como ideal ético la verificación de los contravalores que niegan e impugnan valores reales y auténticos.
c) En esta línea se clasifican los valores en orden a la utilidad o al disfrute del máximo placer posible. Es lo que se viene denominando la moral hedonista, que despierta y excita el consumismo. En esta circunstancia, el código de comportamiento no es ya el "bien" y el "mal" morales, sino lo que satisface los apetitos y tendencias humanas.
d) En amplios sectores de nuestra cultura se dan momentos de verdadera anomia o desprecio de las normas. En ocasiones se niega la existencia de normas objetivas morales, lo que permite la extensión del permisivismo ético: todo está permitido. Con mayor o menor aceptación, se dan hoy dos fenómenos con tendencia marcada a extenderse: la despreocupación moral y el rechazo a toda normativa ética. Esta oposición a las exigencias morales se presenta en algunos sectores cada día con mayor agresividad y en la masa se acepta con indiferencia.
e) La alteración de valores y del rechazo de las normas es aún más grave por cuanto se llega a negar la capacidad de todo juicio moral. La misión de la razón, se dice, no es dar un juicio ético, sino elaborar un criterio de los valores útiles. En consecuencia, el utilitarismo sustituye a la exigencia de los imperativos morales.
f) Con ello se trastoca la doctrina acerca de los fines: el fin del hombre no es ya último, sino inmediato, o sea, alcanzar el grado máximo de disfrute y goce en cada momento de la vida. Tampoco es posible poner un fin religioso absoluto a la existencia humana, sino tan sólo una finalidad útil y placentera, siempre cercana y relativa.
g) Desaparecen, como explica la Encíclica Redemptor hominis, las "preguntas esenciales", y se formulan sólo preguntas inmediatas y de inmediata utilidad. La consecuencia ineludible es que la ciencia ética no se ocupa del fin, sino de los medios para alcanzar ese fin que busca la utilidad.
h) Finalmente, no cabe hablar de deber—ser, por cuanto el "deber" no viene urgido por normas vinculantes, sino por el capricho y en orden a la utilidad del momento de cada individuo. La reivindicación del "deber" conlleva la desaparición de toda obligación moral: la acción depende tan sólo del criterio de utilidad personal o de las consecuencias que se siguen:
"La consecuencia es el rechazo puro y simple de la moral. Obsérvese que no se trata de contraponer moralidad e inmoralidad en el nivel del comportamiento, afanando el rechazo práctico de la moralidad y cayendo en la segunda. La cosa es más grave: es la afirmación de que carece de significación hablar del deber—ser, porque la razón ha sido privada de la posibilidad de elaborar el juicio ético... No se trata de un desorden coyuntural, corregible con modificaciones oportunas. Se trata de una crisis estructural en el sentido más profundo del término. De una crisis, que tiene la raíz en el corazón de la persona humana: en el pecado, en la decisión de no fundamentarse más en Dios, de tener, diría S. Pablo, esclava la verdad en la injusticia (cfr. Rom 1, 18). Lo que viene a ser la esencia misma del paganismo".
Marciano Vidal hace esta clasificación de la crisis moral de nuestro tiempo:
"El fenómeno de la desmoralización es atendido en tres capas diferentes de profundidad: viendo la desmoralización como un aumento cuantitativo de mal moral; entendiendo la desmoralización a partir del carácter "permisivo" de la sociedad; valorando la desmoralización a partir del tipo de hombre que está creando la sociedad actual. En el primer nivel se identifica desmoralización con inmoralidad; en el segundo, se identifica con permisividad; en el tercero, con amoralidad".
En efecto, "inmoralidad", "permisividad" y "amoralidad" son fenómenos de nuestro tiempo, denunciados por incontables autores a todos los niveles y a instancias diversas. No obstante, como diremos más adelante, este juicio debe ser matizado, si no se quiere caer en la desmoralización.
Es evidente que la historia humana ha coincidido con los anales de las debilidades del hombre y que todas las épocas históricas han lamentado el bajo nivel de la vida moral de su tiempo. Pero se da una diferencia cualitativa notable, pues tales situaciones eran juzgadas como pecaminosas e