HISTORIA DE LA TEOLOGÍA MORAL
I. INICIO DE LA TRADICIÓN SIGLO II 1 Padres Apostólicos
La bibliografía cristiana no inspirada se inicia, posiblemente, con la Dídaque. Pues bien, este primer escrito comienza con un tema moral bajo el símbolo de los dos caminos: "Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia que hay entre estos caminos. Ahora bien, el camino de la vida es éste: En primer lugar, amarás a Dios que te ha creado; en segundo
lugar, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo aquello que no quieras que se haga contigo, no lo hagas tú tampoco a otro". Seguidamente se extiende en especificar los demás preceptos.
Como queda señalado en el Capítulo IV, en esta obra se encuentra ya el catálogo de pecados y la lista de virtudes que han de ejercitar los creyentes. Este desarrollo temático constituirá el esquema de gran parte de la literatura posterior.
El tema de los "dos caminos" no es exclusivamente cristiano. Se conoce ya desde Hexiodo. A su vez, los pitagóricos explicaban la existencia humana con el símbolo de la "Y". El trazo inicial coincidía con el inicio de la existencia; más tarde, el hombre bifurca su vida en una u otra dirección. También el símbolo de los "dos caminos" está presente en la literatura bíblica (cfr. Dt 30,1520; Ps 1,6; Jer 21,8; 1Re 8,58; Mal 2,8; Sab 5,6—7). Y tampoco es ajeno a la predicación de Jesús (Mt 7,13—14). Pero, desde la Dídaque, es más explícito contraponer esos dos tipos de vida: el de la iniquidad y el del seguimiento de Cristo. Esta alternativa se proponía a los que se preparaban para el bautismo: ellos debían elegir el camino bueno, que es el que Cristo había señalado.
En esta doble dirección cabría vertebrar las enseñanzas morales de los Padres Apostólicos. En este primer período de fidelidad a la fe, los autores cristianos insisten a los creyentes en la obligación de seguir las enseñanzas de Cristo, de imitar su vida, de seguir sus ejemplos de vivir conforme al Evangelio, en una palabra, de ser fieles a la vocación recibida.
Pero, al mismo tiempo, les advierten de los riesgos de condenación a que se expone quien "conociendo el camino de la justicia, se precipita a sí mismo por el camino de las tinieblas" " y los "que se duermen en sus pecados", o los que siendo pecadores no "se someten a penitencia", tal como insiste el Pastor de Hermas. Asimismo, alientan a los creyentes a que "practiquen la caridad y no rompan la unidad". Especial atención merece la obligación de conservar la verdadera doctrina".
Los consejos morales amonestan contra las malas pasiones que han de combatir", advierten con fortaleza que deben "cumplir los preceptos del Señor" y que han de someterse en todo a la voluntad divina". Les previenen ante el peligro de condenación en que se encuentran quienes niegan a Jesús con sus palabras o con sus obras" o los que "son hallados sin obras santas y justas". En esta línea destaca el Pastor de Hermas, que expone con amplitud los Doce Mandamientos, pues afirma: "quiero saber qué obras he de practicar para vivir.. Vivirás, me contestó, si guardas mis mandamientos y caminares en ellos".
La lectura de los escritos de los Padres Apostólicos evoca, sin duda alguna, las exigencias de la predicación de Jesús, y sobre todo recuerda las enseñanzas de las Epístolas apostólicas y de los escritos de S. Pablo. No disminuye el rigor, pero se destaca la rigidez con que se presenta su cumplimiento, que tampoco estaba ausente en la predicación de Jesús. Lo que sí se amortigua respecto al Nuevo Testamento es la posibilidad de alcanzar el perdón. La advertencia del Pastor Hermas que posibilita la obtención inmediata del perdón sólo una vez en la vida, marca un camino que sólo se abandonará algunos siglos después.
En relación con la obediencia a la jerarquía y de someterse a sus decisiones, destacan las Cartas de San Ignacio, tan abundantes en testimonios acerca de la necesidad de obedecer al obispo. También Ignacio de Antioquía sobresale por su empeño cristológico. El mismo denomina a los cristianos "christofóroi" (portadores de Cristo). "El imperativo moral de Ignacio de Antioquía procede de la gracia, de la vida en Cristo y en su Cuerpo Místico, que es la Iglesia... Ser cristiano significa seguir a Cristo, imitarlo en su amor, en su pasión y estar en disposición inquebrantable de morir por El".
2. Apologistas griegos del siglo II
Los Apologistas destacan con más fuerza el mensaje salvador cristiano y amenazan con el peligro de condenación a quienes se resisten a aceptar la nueva doctrina. No obstante, abundan los testimonios referidos a los creyentes, que "se contentan con oír la palabra de Dios y no la ponen por obra". De aquí que corran el peligro de condenarse quienes no cumplan el precepto de "amor a Dios y al prójimo".
Justino recurre a las parábolas para enseñar que algunos han recibido gracias especiales de Dios, por lo que han de llevar una vida digna del Evangelio. De aquí su riesgo de condenarse en el caso de ser infieles a esa llamada.
Un texto de especial interés muestra el camino moral cristiano, pues armoniza la ley de Cristo con los Mandamientos del Decálogo. Se encuentra en la Apología de Arístides:
"Los cristianos tienen (los mandamientos de Cristo) grabados en sus corazones y ésos guardan, esperando la resurrección de los muertos y la vida del siglo futuro. No adulteran, no fornican, no levantan falsos testimonios, no codician los bienes ajenos, honran al padre y a la madre, aman a su prójimo y juzgan con justicia. Lo que no quieren que se les haga a ellos no lo hacen a otros son mansos y modestos. Se contienen de toda unión ilegítima y de toda impureza. No desprecian a la viuda, no contristan al huérfano; el que tiene suministra abundantemente al que no tiene Porque no se llaman hermanos según la carne, sino según el alma Están dispuestos a dar su vida por Cristo, pues guardan con firmeza sus mandamientos Este es, pues, el camino de la verdad, que conduce a los que por él caminan al reino eterno, prometido por Cristo en la vida venidera".
Por su parte, S. Justino subraya el cambio de vida suscitado en los que creen en Cristo:
"Después de creer en el Verbo, nos apartamos de ellos (los demonios) y seguimos por medio de su Hijo al sólo Dios ingénito. Los que antes nos complacíamos en la disolución, ahora abrazamos sólo la castidad; los que nos entregábamos a las artes mágicas, ahora nos hemos consagrado al Dios bueno e ingénito. Los que amábamos por encima de todo el dinero y el acrecentamiento de nuestros bienes, ahora, aún lo que tenemos, lo ponemos en común, y de ello damos parte a todo el que está necesitado; los que nos odiábamos y matábamos los unos a los otros... ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos y rogamos por nuestros enemigos y tratamos de persuadir a los que nos aborrecen injustamente".
Es frecuente que los apologistas repitan, tanto a los paganos como a los cristianos, las listas de los pecados que señala S. Pablo. A este respecto, cabe señalar las abundantes citas paulinas que contiene la Apología de Teófilo de Antioquía.
Como dirigida a los paganos, los apologistas destacan los preceptos de la ley natural, y, en diálogo con los judíos, Justino menciona frecuentemente las exigencias morales del Decálogo: se da una continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Si bien Justino presenta a Cristo como nomos y alianza definitiva". De aquí, la obligación de cumplir sus preceptos que perfeccionan la Antigua Ley. Pero sobre todo, Cristo es para S. Justino mensaje y norma, palabra y ley, "logos kay nomos".
En consecuencia, no es extraño que las enseñanzas morales de este tiempo se fijen de modo especial en el modelo del Decálogo.