Tesario de Metafísica
I. Naturaleza y punto de partida de la metafísica
La metafísica es la ciencia del ente en cuanto ente. Su método reflexivo no abandona el terreno de lo real y, en cuanto camina siempre desde el fenómeno al fundamento (resolutio ad fundamentum) consigue un saber último y universal acerca de la misma realidad. Tiene una función sapiencial en cuanto es propio de la sabiduría ordenar y dirigir los conocimientos a la luz de los primeros principios, y los actos humanos a la luz del fin último del hombre. Sabiendo que el ente es lo primero que cae bajo el entendimiento (ens est primum notum), se tiene que es el ente el punto de partida de la metafísica. En este sentido hay que distinguir entre: i) el ente como lo real y primero que cae bajo el entendimiento; ii) la primera noción de ente que es la traducción inmediata de la experiencia de lo real, y iii) el concepto abstracto de ente que surge del tercer grado de abstracción.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 15-39 Jesús G. López, Ontología, pp. 11-25
V. Steenberghen, Ontología, pp. 9 – 63. Fuentes:
Summa Theologiae, I, q.5, a.2, resp.
In Metaph.nº 529-532
Quaest. Disp. De Veritate, q.1, a.1. resp.
II. La analogía del ser y el principio de no contradicción
intrínsecamente tanto en el analogado principal como en los analogados secundarios, aunque de modo diverso.
Existe un primer principio, conocido de manera inmediata por todos los hombres (per se notum omnibus), un juicio acerca de la realidad que dice: “es imposible ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”. Este principio, en cuanto primerísimo y de evidencia inmediata, no admite demostración; sólo se puede defender por “retorsión”, es decir, poniendo de manifiesto las incoherencias en que incurre quien lo niega.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 39-50 Jesús G. López, Ontología, pp. 27-33
Jesús G. López, Gnoseología, pp. 37-55. Grenet, Ontología, pp. 160 – 210. Fuentes:
Aristóteles, Metafísica, libro IV, 1003a 30- 1003b 17 y 1006a 1006b 11 .
In Peri Hermeneias, L.I, cap. IV, 8.
In I Sent., d.19, q.5, a.2, ad.1
III. El acto de ser y la esencia como co-principios de todo ente finito
Al desentrañar la estructura metafísica de la realidad finita, vemos que ésta se compone de un principio de perfección (el acto) y un principio que limita a esa perfección (la potencia). El ente (id quod est) es una noción compleja que incluye el acto de ser y la esencia. El acto de ser (aquello por lo que un ente es) es el acto de todos los actos y la perfección de todas las perfecciones; es un acto intensivo en cuanto perfección íntima y raíz de todas las otras perfecciones del ente. La esencia (aquello por lo que un ente es lo que es) es la potencia pasiva que limita y determina al acto de ser; es el principio de “talidad” en cuanto es, siempre junto con el acto intensivo de ser, el modo de ser de la cosa.
Ha sido una cuestión discutida en la historia de la filosofía sobre la distinción entre la esencia y el acto de ser. La escuela tomista defiende la distinción real, mientras que Francisco Suárez defendió una distinción solo de razón, aunque con fundamento en la realidad.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 79-100 y 109-117. Jesús G. López, Ontología, pp. 35-53 y 183- 227.
Jesús G. López, Gnoseología, pp. 229-254. Grenet, Ontología, pp. 29-88
Fuentes:
Aristóteles, Metafísica, lib. IV, 1003b 27
In I Sent., d.8, q.1, a.1, resp.
In Metaph., lib. IV, lect. 2, nº 558.
IV. La substancia y los accidentes como los modos especiales de ser del ente
Los modos especiales de ser del ente son dos: cualquier realidad o es en sí (substancia), o es en otro (accidente). Lo propio de la substancia es la subsistencia, ya que es aquella realidad a la que le compete ser en sí y no en otro como en su sujeto de inhesión, mientras que lo propio de los accidentes es la inherencia (no la adherencia) ya que son realidades a cuya esencia le compete ser en otro como en su sujeto de inhesión.
La substancia, junto con los 9 tipos de accidentes, constituye las 10 categorías o predicamentos. Se llaman así en cuanto que son los diversos tipos de géneros supremos o predicados que pueden atribuirse a las cosas, fundamentados siempre en modos de ser. Los 9 géneros supremos que corresponden a los accidentes son: cantidad, cualidad, relación, dónde (ubi), posición (situs), cuándo (quando), acción, pasión y posesión. La substancia es lo que es el sujeto (id quod est subiectum); la cantidad, la cualidad y la relación son según que inhieren en el sujeto (secundum quod inest subiecto), mientras que el resto de los accidentes son según que están fuera del sujeto (ut praedicatur sumatur ab eo quod est extra subiectum). Dentro de los accidentes merecen especial atención las cualidades en cuanto modifican intrínsecamente a la substancia y entre ellas están las potencias operativas (facultades) y los hábitos operativos (virtudes).
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 35-77 Jesús G. López, Ontología, pp. 229-256.
Jesús G. López, Gnoseología, pp. 19-64. Grenet, Ontología, pp. 120-155. Fuentes:
Aristóteles, Metafísica, lib. VII, 1028b 35- 1030b 15.
Contra Gentiles, 1, 25.
V. La forma y la materia como co-principios del ente corpóreo
principio de especificación, mientras que la materia signata quantitate es principio de individuación y principio de multiplicación dentro de la misma especie. La distinción real entre la forma y la materia fundamenta la distinción de razón entre el género y la diferencia, en donde el género se toma de la materia y la diferencia se toma de la forma.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 95-107. Jesús G. López, Gnoseología, pp. 287-303.
Fuentes:
Aristóteles, Metafísica, lib. VII, 10032a 10- 1037b 7. Santo Tomás, Del ente y la esencia, cap. II y III.
VI. El Supuesto y la persona
El supuesto es la substancia individual, la cual subsiste de hecho por su único acto de ser. La persona es el supuesto de naturaleza racional (individua substantia rationalis naturae), según la conocida definición de Boecio. Siendo la acción algo propio de los singulares (la acción es del supuesto), se tiene que el obrar por sí mismo responde a una individualidad perfectamente realizada. Por esto se dice que, siendo propio de la persona el obrar por sí misma, en ella se realiza perfectamente la individualidad. El alma de la persona humana, a diferencia de la del resto de los seres vivos materiales, es espiritual, porque el acto de ser se une indisolublemente a la forma, de modo que ésta no depende de su unión con la materia para subsistir.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 119-128. Grenet, Ontología, pp. 90-119.
Fuentes:
Quaest. Quodl., q.9, a.3, ad.2.
Summa Theologiae, I, q.29, a.1, resp.
Summa Theologiae, I, q.29, a.3, resp.
VII. Los transcendentales como los modos generales del ente
predicamentos (‘ser en sí’ o ‘ser en otro’) y por esto son modos generales de ser que se identifican con el ente y son convertibles con él. A partir del primer transcendental, el ente, podemos deducir los demás: i) el ente considerado en sí mismo es positivamente ‘cosa’ (ente en cuanto, por una esencia que limita al acto de ser, se contrae a una esencia determinada); es negativamente ‘uno’ (ente en cuanto indiviso en sí mismo), ii) el ente considerado en relación con otros es ‘algo’ (ente en cuanto distinto de otro ente); es ‘verdadero’ (ente en cuanto inteligible o fundamento de una relación de razón con el intelecto humano), es ‘bueno’ (ente en cuanto apetecible o fundamento de una relación de razón con la voluntad humana), y es ‘bello’ (ente en cuanto agrada al contemplarlo). Tenemos así los modos transcendentales de lo real: ente, cosa, uno, algo, verdadero, bueno y bello.
Los transcendentales se distinguen de los predicamentales en cuanto a su modo de darse en el supuesto. Los transcendentales se identifican, entre ellos, en el supuesto. Los predicamentales no se identifican, entre ellos, en el supuesto.
Los dos modos de adquirir ciencia son la demostración y la definición. Por la demostración llegamos a los conocimientos de las causas eficiente y final y por la definición al conocimiento de las causas formal y material. Ahora bien, tratando la demostración, al implicar proposiciones, su
resolutio o reductio llevada hasta la última proposición llega al primer principio, el de no contradicción, de evidencia inmediata y fundamento del proceso demostrativo. En el caso de la definición, al implicar nociones, su resolutio o reductio llevada hasta la última noción, lleva a aquélla de ente, traducción inmediata de la Conciencia, conocimiento o apertura del intelecto ante la realidad. Esta primera noción, traducción inmediata de la comunión del intelecto con la realidad, se convierte en el fundamento del conocimiento humano y de las ciencias.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, 153-193. Grenet, Ontología, pp. 210-225.
Jan Aertsen, La filosofía medieval y los transcendentales. Fuentes:
Quaest. Disp. De Veritate, q.1, a.1, resp.
VIII. El ente, la unidad, la verdad, la bondad y la belleza como transcendentales
El ente como transcendental (id quod est) ocupa un lugar fundamental en cuanto es lo primero conocido por el intelecto humano y fundamento del conocimiento de todos los demás.
ente con el intelecto humano. La verdad lógica se refiere a la adecuación de lo entendido por el entendimiento con el ser real de la cosa. La verdad moral o “veracidad” se refiere a la adecuación o concordancia entre lo que se piensa y dice, o, entre lo anterior y la acción. La bondad como transcendental (convenientia entis ad appetitum) incluye tanto la apetibilidad como la perfectividad. La apetibilidad, en cuanto lo bueno es lo que todas las cosas apetecen; la perfectividad, en cuanto lo bueno es perfectivo de otro a modo de fin. La belleza como transcendental es aquello que, al ser contemplado, agrada.
Literatura crítica:
Jesús G. López, Ontología, pp. 69-93; 111-133; 151-172. Jesús G. López, Gnoseología, pp. 65-228.
Fuentes:
Quaest. Disp. De Veritate, q.1, a.2, resp.
Quaest. Disp. De Veritate, q.1, a.8, resp.
Quaest. Disp. De Veritate, q.21, a.1, resp.
Quaest. Disp. De Veritate, q.21, a.2, resp.
Quaest. Disp. De Veritate, q.22, a.4, resp.
IX. La causalidad como la dinámica en el ámbito del ser
Causa es aquello que de algún modo influye en el ser de algo, siendo que se da una dependencia en el ser del efecto para con la causa. Podemos hablar de causalidad intrínseca al ente y causalidad extrínseca. La causalidad intrínseca comprende las causas material y formal; siendo la causa material la materia de lo que algo está hecho, y la causa formal la forma que actualiza, determinando, a esa materia. La causalidad extrínseca comprende la causa final y la causa eficiente; siendo ésta el principio que hace surgir la nueva forma en la materia. La causa final es también intrínseca puesto que el fin nace como intención o tendencia en el mismo agente aunque se refiera a algo extrínseco como bien apetecido; la causa final es así el fin al que tiende el agente. El fin es la causa de las causas, porque es la causa de la causalidad de todas las causas; en efecto, el fin mueve al agente, el agente educe la forma (causa eficiente) y la forma determina la materia (causas formal y material). En cuanto al ejercicio de la causalidad, sabemos que es propio de Dios el ejercicio de la causalidad transcendental, mientras que la creatura es sólo capaz del ejercicio de la causalidad predicamental.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, pp. 197-263. Jesús G. López, Ontología, pp. 257-312.
X. La participación metafísica como núcleo de la metafísica de santo Tomás
El acto de ser, como perfección de todas las perfecciones, así como las diversas perfecciones puras (aquellas que no incluyen en su noción alguna limitación), se encuentran de diverso modo en Dios y en las creaturas. En Dios, coinciden con su esencia, mientras que en las creaturas se distinguen realmente de su esencia. La posesión de las perfecciones según diversos grados, no sólo manifiesta el orden armónico de lo real, sino que propone a lo real como inicio de un itinerario del alma hacia Dios.
Hay que distinguir entre la participación transcendental y la participación predicamental. La participación transcendental se refiere a la distinta posesión del acto de ser y los demás transcendentales por parte de los diversos entes. La participación predicamental se refiere tanto al ser común de los individuos hacia su especie o el ser común de las especies hacia su género, como a la actualización de las potencialidades del género en las diversas especies o las potencialidades de la especie en los diversos individuos.
Literatura crítica:
Tomás Alvira, L. Clavell y T. Melendo, Metafísica, 265-283. Jesús G. López, Gnoseología, pp. 305-321.