Promising
Hearts
By
Radclyffe
La Dra. Vance Phelps lo ha perdido todo en la Guerra de Secesión, su futuro profesional, su lugar en la sociedad de Filadelfia, y su fe en sí misma. Ella viaja a New Hope, Montana sin esperanza de felicidad y sin desear otra cosa excepto olvidar. Mae es una mujer de la frontera, acostumbrada a estar sola. Protege ferozmente el bienestar de las jóvenes mujeres sin rumbo que se encuentran a su cuidado. Simplemente nunca esperó que una de ellas fuera una doctora, herida en cuerpo y alma.
CAPÍTULO UNO
Juzgados de Appomattox, Virginia 9 de Abril de 1865
La mañana de la batalla amaneció gris y fría. La Dra. Vance Phelps examinó la suave pendiente que se extendía al sudoeste del edificio de los Juzgados de Appomattox donde el Teniente General Ulysses S. Grant había desplegado el Ejército del Potomac después de forzar al General Robert E. Lee y al Ejército de Virginia del Norte a abandonar Richmond. Apenas un centenar de yardas más allá, 30.000 soldados rebeldes, todo lo que quedaba de las diezmadas fuerzas de Lee, estaban preparados para montar su asalto. Cerca, los cirujanos asistentes se arremolinaban en un grupo inquieto, esperando órdenes sobre donde establecer el hospital de campaña de regimiento. Vance era el cirujano jefe tras haber prestado servicio por casi tres años en la 155 de los Voluntarios de Pensilvania,
más tiempo que cualquier otro del personal médico, y por ser el único cirujano en la división formalmente capacitado. La mayor parte de los demás solo tuvieron algunas semanas de aprendizaje o absolutamente ningún entrenamiento médico. Habían aprendido los conocimientos básicos del trabajo en combate.
-Allí -Vance señaló un denso grupo de árboles en la cima de una colina, directamente tras las filas de cañones pesados manejados por la 24ª de Ord. Por su larga experiencia en escaramuzas y batallas, demasiado numerosas como para contarlas, Vance sabía que dentro de poco el aire se inundaría de espesas nubes de humo negro que abrasaba los pulmones, escupido con fuerza por el fuego de artillería y de armas cortas. A los camilleros y a los heridos que pudieran caminar les costaría mucho encontrar el puesto de socorro, a menos que estuviesen próximos a la línea de batalla y claramente visibles- Establece las tiendas de campaña delante de esa cerca de setos.
- Seremos un objetivo claro allá arriba, Doctora -comentó Milton Cox, el sargento que hacía las funciones de supervisor principal del hospital. Vestido con los pantalones azules del uniforme de la Unión y una camisa de algodón amarilla, deshilachada y descolorida y que, probablemente, había robado del tendedero de alguna ingenua ama de casa sureña, parecía más un vagabundo que un veterano experimentado.
- Podría ser -Vance coincidió con él con un destello de humor en sus ojos negros,- si los hombres de Lee son tan descorteses como para apuntar al hospital. Pero creo que tendremos la sección más fuerte de la Unión enfrente de nosotros y, simplemente, puede que el cuerpo de ambulancias tenga más fácil encontrarnos una vez empiece el tiroteo.
El sargento sonrió abiertamente, mostrando una fila desigual de dientes manchados en tabaco- Bueno, has acertado más veces de las que te has equivocado.
Simplemente es cuestión de suerte, pensó Vance, pasando la manga de su holgado abrigo azul de oficial por el sudor frio de su frente. En algún momento de la noche, mientras yacía despierta cubierta por una fina manta en la parte trasera de uno de los vagones médicos de suministros pensando en la batalla próxima a llegar, la congestión en su pecho se había aligerado lo suficiente como para que pudiera respirar sin sentir el dolor punzante que había estado presente durante la última semana. La tos y los escalofríos persistían, un resto de la neumonía con la que se había estado peleando desde febrero. Ahora su figura, antes larga y delgada, era casi demacrada, aunque su piel estaba bronceada y curtida por sol y el viento y sus músculos estaban fibrosos por el constante trabajo. Mientras las fuerzas de Grant habían penetrado profundamente en el sur, los días cálidos de abril y el aire húmedo de Virginia, habían ayudado a aliviar la presión en sus pulmones. Se consideraba afortunada por no haber sucumbido al agotamiento o la disentería o a algunas de las otras enfermedades que se habían llevado a tantos otros en ambos lados de la guerra.
No era primera vez que agradecía la buena salud y al comida normal de la que ella había gozado antes de ocultar su sexo e inscribirse en el Cuerpo Médico Militar de los U.S. recién formado en 1862. Después de las cuantiosas pérdidas en la Batalla de Bull Run, cuando murieron miles de soldados por falta de acceso a tratamiento médico, y la escasez general de médicos en los regimientos, los reclutadores aceptaban a cualquiera con el más mínimo entrenamiento médico. Nadie miraba cuidadosamente las credenciales, o el género, de los aspirantes.
- Andamos cortos de cloroformo -dijo Milton.
Vance asintió, considerándose afortunada por que tuvieran algún tipo de la sustancia medianamente nueva. Se decía que los cirujanos sureños habían estado teniendo que pasar con éter durante meses, un anestésico mucho menos confiable- Tenemos un montón de morfina y láudano por si nos quedamos sin
anestesia.
- Bien, si necesito que se haga cualquier amputación, quiero que seas tú quien la haga -Milton giró su cabeza y escupió un chorro de jugo de tabaco de color café oscuro- Ninguno de los otros es tan rápido y limpio como tú.
- Gracias, Milton -dijo Vance, hacía mucho tiempo que había perdido cuenta de los cientos de extremidades que había seccionado- Asegúrate de mantener la palangana de desinfectante preparada para hoy.
- Sip. No pienses que acabaremos con él rápidamente, tú eres el único que usa eso.
Vance sabía que Milton, igual que sus cirujanos asociados, pensaba que la costumbre de sumergir sus manos en el líquido desinfectante entre las cirugías era, no sólo una pérdida de tiempo, sino también una superstición tonta. No obstante, las teorías del Dr. Lister sobre la higiene tenían sentido para ella. Pensó en cuántos soldados había perdido, no por sus heridas sino por la gangrena. Muchos más que los que había salvado. Su cara, enflaquecida de sobrevivir a base de poco más que galletas saladas y carne seca durante meses, se volvió más sombría todavía- Ahí fuera es poco lo que podemos hacer por ellos. No veo que pueda perjudicarles.
- De acuerdo -dijo Milton quedamente, como reconociendo el oscuro estado de ánimo de Vance- Esta guerra no puede durar mucho más tiempo. No con las fuerzas de Lee divididas y con nosotros entre ellos.
- Espero que estés en lo correcto. Ha habido demasiada muerte -con un suspiro, Vance enderezó sus hombros y empezó a comprobar el progreso de los soldados asignados al cuerpo de ambulancias que estaban levantando la tienda de campaña del hospital y subiendo los vagones del suministro. Su mesa de operaciones consistía en una puerta de madera, sacada de la casa de una plantación grandiosa, apoyada en dos barriles de munición vacíos. El
instrumental era suyo, lo trajo de Filadelfia cuando había dejado su puesto en el hospital para llevar sus habilidades donde más se necesitaban. Lo cuidaba y limpiaba ella misma, llevándolos en una caja de madera grabada que le había regalado su padre el día que se licenció en la Universidad Médica para Mujeres de Pensilvania. Ese día, en 1861, ella había imaginado una vida muy diferente a esta. Solo que desde entonces, todo había cambiado.
El sonido de fuego de armas cortas la arrancó de un pasado que había parecido tan cierto en el presente, devolviéndola a una vida que ahora solo podía ser medida con momentos. Un sonido escalofriante flotó entre las inmaculadas nubes de humo blanco que se elevaban en el aire más allá de las líneas de la Unión como un solo aliento. Un entusiasta, ondulante grito de desafío y, extrañamente, de alegría.
El Grito Rebelde.
- Aquí vienen -susurró Milton casi reverentemente.
- Sí -dijo Vance, caminando a grandes pasos rápidamente hacia el área de localización del hospital. Se quitó su abrigo y enrolló los puños de su camisa blanca de algodón mientras caminaba. Una vez allí, recogió su maletín quirúrgico del vagón y extendió su instrumental sobre un banco áspero de pino junto a la improvisada mesa de operaciones. Dudaba que necesitara algo más que las sondas, el cuchillo de amputación, y la sierra para la primera fase.
Los perdigones y la metralla de los cañones le dejaban pocas opciones excepto amputar.
Sumergió sus manos en el ácido fénico y las sacudió para eliminar el exceso, escrutando la ladera cercana en busca de la primera señal de heridos.
- ¡Sean inteligentes! -exhortó el General Philip Sheridan mientras galopaba arriba y abajo por la línea delantera de la primera parte de sus tres divisiones de caballería, luciendo su sable con bravuconería militar, pegado a su muslo en su
vaina grabada de oro.
- La infantería de Lee estará sobre nosotros antes de que el sol seque el rocío de la hierba.
La línea de caballería montada de Sheridan, preparada para la señal de ataque, cambió de posición en la luz del sol como una enorme serpiente negra, los jinetes y los animales estaban igualmente agitados por el sonido de las armas de fuego y los hombres gritando.
La artillería ligera, colocada en plataformas de madera, se sacudía y abría fuego vomitando con fuerza su mortífero granizo de metralla. El suelo tembló con la fuerza de miles de pies golpeando sobre la dura tierra roja, y el aire brilló tenuemente con el trueno ominoso de guerra. Vance oyó el cornetín anunciar la carga, y la caballería de Sheridan embistió en dirección a las líneas rebeldes. Entonces, entre el humo y las sombras, vio aparecer a los primeros camilleros, corriendo tanto como podían, remolcando su carga de seres humanos heridos.
Cuando el primer hombre fue colocado sobre su mesa, la batalla se alejó de su mente. Solo existía el herido.
- Cambia la hoja de la sierra, -dijo Vance mientras se apartaba de la mesa y sumergía sus manos en el antiséptico teñido de sangre de la palangana situada en un tocón de madera colocado a su derecha.
- No es que tengamos de sobra, -dijo Milton mientras limpiaba la sangre y los restos coagulados de la mesa de madera con un cubo de agua.
Vance miró la cola de heridos que estaban en espera. Los que podían caminar se estaban sentando bajo el refugio de los árboles, se vendaban ellos mismos o a sus compañeros. Ella podría atender a algunos de ellos antes de que el día se hubiese acabado, pero los que no estaban heridos gravemente vagarían de regreso a sus regimientos antes de que tuviese alguna posibilidad de encargarse de ellos. Sabían tan bien como ella que había poco que ella pudiera hacer por
ellos, más allá de lo que habían hecho por ellos mismos. Los que necesitaban sus servicios eran los soldados con heridas graves, lesiones principales en el tronco o en las extremidades, y estos esperaban en el suelo formando un semicírculo compacto y tan extenso como abarcaba su vista.
- Podremos aguantar con la que estamos usando, por ahora -dijo. Había necesitado casi quince minutos para amputar la última pierna porque la hoja de la sierra estaba tan roma que había tenido que forzarla a pasar a través del hueso a base de fuerza la última media pulgada. Siempre se había mantenido activa, evitando el transporte para caminar cada vez que podía, y trabajando en los jardines que rodeaban la casa de su familia en el tiempo libre que le dejaban sus estudios. Era lo suficientemente fuerte físicamente para hacer lo que debía hacer, pero su corazón sufría.- El siguiente.
El chico no aparentaba más de catorce años, e incluso pudiera ser que no los tuviera, dado que la guerra se había alargado tanto, cualquiera que pudiera sujetar un rifle y afirmara que tenía dieciséis años era bienvenido en las tropas. La bala de cañón le había golpeado justo por debajo de la rodilla, destrozando la mayor parte del hueso inferior de su pierna y dejando sólo una masa deforme de músculo conectada a su pie. Ella miró directamente a los ojos del chico.
- Voy a cortarte la pierna, hijo, y vas a vivir.
Vance asintió con la cabeza hacia Milton que estaba de pie a su izquierda con una tela y frasco de cloroformo en su mano, y mientras él presionaba el paño con el anestésico sobre la cara del chico ella apretó la correa de cuero alrededor de la parte baja de su muslo con un tirón firme. De nuevo, tomó el cuchillo de amputación en sus manos y rápidamente cortó hasta llegar al hueso, cuatro pulgadas por debajo de su rodilla. Con una rotación circular de su muñeca, completó la incisión a todo alrededor y dejó caer el cuchillo sobre la mesa cogiendo la sierra en su lugar. Debería haber tardado menos de dos minutos para
cortar transversalmente el hueso, pero necesitó dos veces más tiempo para pasar los desgastados dientes a través de la joven pierna sana. Cuando la parte destrozada cayó de golpe encima de la puerta que le servía como mesa, Milton la recogió y la lanzó sobre un montón próximo de extremidades amputadas.
- Condenadas moscas, -murmuró Vance, apartando con las manos los insectos, siempre presentes, que zumbaban alrededor de su cabeza y el cuerpo inmóvil del chico obstaculizando su visión. Milton le pasó una aguja recta enhebrada con seda negra, y rápidamente localizó y cosió cerrando los vasos principales en el muñón. Entonces cubrió el extremo del hueso que quedaba a la vista con un trozo de piel y músculo y velozmente lo suturó para rematar la amputación.
A alguna parte detrás de ella podía oír a los hombres gritando, incluso por encima de las andanadas de los cañones y la cacofonía general de la batalla.
- Llévalo al vagón de evacuación. Que pase el siguiente.
Cuando no apareció inmediatamente otro cuerpo ante ella, miró hacia arriba inquisitivamente. El sudor y las salpicaduras de sangre le entraron en los ojos y parpadeó, entonces de forma mecánica se secó la cara con su manga. Vio a Milton gesticulando aparatosamente mientras un teniente a caballo se inclinaba sobre él y le gritaba algo, Vance gritó- ¿Qué pasa?
- Lee ha roto las líneas de Sheridan -Milton gritó mientras corría- debemos retroceder.
Vance miró a los heridos que cubrían casi cada pulgada del suelo a su alrededor y negó con la cabeza- No podemos mover a todos estos soldados.
- Entonces se los dejaremos a los cirujanos de Lee -dijo Milton, recogiendo apresuradamente los medicamentos y el instrumental.
- No. Los cirujanos de Lee se encargarán primero de los suyos, y estos hombres necesitan atención ahora. Tú te vas. Me quedaré yo.
Milton dejó lo que estaba haciendo y clavó los ojos en Vance.- Si te quedas, te harán prisionero.
- Puede ser. Pero soy un cirujano y seré valioso para ellos. Adelante, Sargento. Déjame suficiente medicina para estos hombres y vete.
- No creo que pueda hacer eso, Doc -Milton avanzó hasta colocarse a su lado. - Hemos peleado juntos, hombro con hombro, durante estos tres años. No sería correcto. Además, mi mama no me crió para dejar a una mujer resistiendo sola cuando las cosas se ponen difíciles.
Vance se quedó mirando fijamente sus serenos ojos color café.- ¿Lo sabes? -él asintió con la cabeza- ¿Lo saben los demás?
- No puedo decirte. Tú no serías la primera, y la mayoría elige no hacer ningún comentario sobre ello, aun si lo saben. -se encogió de hombros- Yo mismo he visto algunos buenos soldados condenadamente bonitas. Y nunca un cirujano mejor que tú.
- Gracias, Milton. Pongamos al siguiente sobre la mesa.
Vance siguió trabajando, el rumor de la batalla se oía cada vez más cerca. Mientras los combate se sucedían a su alrededor, el aire se volvió espeso con el humo y el sufrimiento. El dolor en el pecho de Vance regresó, atravesándola con cada aliento. Tosió y negó con la cabeza, lanzando el sudor de su espeso pelo oscuro en un arco alrededor de ella. Contradictoriamente, el sol asomó por un instante, y las gotitas transparentes bailaron en los rayos de sol antes de caer en la sangre que se acumulaba alrededor de sus botas negras llenas de rozaduras.
- Ese es el último, Doc, -dijo Milton- Ahora tenemos que salir pitando. - Creo que tienes razón, Sargento, -dijo Vance, lanzando la sierra en su maletín y enjuagándose las manos una vez más. Mientras trataba de alcanzar su abrigo, logró ver brevemente la mirada de horror en la cara de Milton a la vez que sintió la tierra sacudirse. Entonces el mundo dio vueltas locamente, y al
instante siguiente estaba tendida boca arriba con los ojos clavados en el cielo. Todavía se veían algunos pocos retazos azul brillante entre la densa niebla de la batalla. No podía oír nada a través del pitido constante en sus oídos. Giró su cabeza. Milton estaba tendido en el suelo a diez pies de distancia, su cuello estaba doblado en un ángulo antinatural, sus ojos estaban vacíos. El dolor le sobrevino en indescriptibles oleadas de angustia. Extendiendo la mano a ciegas, Vance sintió el borde de hierro del barril que soportaba la mesa de operaciones y, agarrándose a la parte superior, se impulsó para ponerse de pie. El lado izquierdo de su cuerpo estaba chorreando sangre. Su brazo izquierdo colgaba inútilmente por su lado. Mareada, se apoyó contra la mesa esperando no perder el equilibrio, esforzándose por inspeccionar su herida. La sangre rojo fuerte salía a borbotones por alguna parte cerca de su codo llevando el compás de los latidos de su corazón. De una cosa estaba segura... moriría desangrada en unos pocos minutos. Apretando los dientes contra del dolor y los gritos que amenazaban con salir de su garganta, encontró la correa de cuero que usaba como un torniquete y lo ciñó alrededor de la parte superior de su brazo. El sangrado se ralentizó.
Una bola de metralla golpeó la mesa y levantó astillas en el aire. No mucho tiempo más. Se deslizó al suelo, con su espalda contra el barril, con el brazo herido en su regazo. Entonces cerró los ojos y esperó.
CAPÍTULO DOS
Territorio de Montana Mayo de 1866
El dolor arrancó a Vance de su sueño ligero, las imágenes oscuras de peligro y sufrimiento permanecieron mucho tiempo en el límite de su conciencia incluso mientras abría sus ojos y parpadeaba en la penumbra de interior de la diligencia. Se encontró con la mirada fija curiosa de una joven morena sentada en frente de ella en el carruaje y deseó fervientemente no haber hablado en sueños, o peor, haber gemido. Cambió de posición en el duro asiento de madera y se dio cuenta de que sus piernas se extendían a lo largo del pequeño espacio entre ellas y rozaban contra el vestido de viaje de la joven.
Precipitadamente, se sentó con la espalda recta y echó hacia atrás sus pies calzados con botas.
- Lo siento, señorita -susurró Vance quedamente, consciente de que la compañera de viaje de la joven, probablemente su madre, le lanzaba una mirada despectiva de reproche. Supuso que su aspecto era desagradable con las ropas con las que llevaba viajando semanas. Los pantalones de lana gris oscuro, el abrigo a juego, y la camisa de doble botonadura que había cogido del baúl de su hermano eran nuevos, o casi, al principio de su viaje.
Sus botines negros favoritos estaban carentes de brillo pero el trabajo de artesanía fina seguía siendo obvio.
Aún así, incluso si fuera un hombre, su apariencia llamaría la atención. Siendo una mujer y mostrándose tan poco convencionalmente vestida siempre provocaba expresiones de escándalo, incluso aquí, tan alejada de la sociedad del Este, donde era algo más común ver a las mujeres en el campo o incluso en la ciudad, vestidas con ropas masculinas. Sin embargo, sabía que era algo más que simplemente su manera de vestir lo que provocaba las miradas.
- ¿Se encuentra usted bien? -le preguntó la joven, a sabiendas de que no había ninguna forma educada de expresar su preocupación porque la cara de la mujer misteriosa estaba pálida y sus ojos oscuros, bajo sus cejas aún más oscuras, parecían febriles. A primera vista, había tomado a su compañera de viaje por un hombre, cuándo subió a la diligencia poco antes de su partida de Denver.
Pero su cara, aunque de mandíbula ligeramente cuadrada y quizá demasiado fuerte para ser considerada femenina, si que tenía una cierta elegancia en los pómulos arqueados y una plenitud alrededor de la boca que era definitivamente más propia de una mujer.
- Sí, gracias. -Vance estaba sorprendida de que esa señorita, quizás de dieciocho años de edad, incluso llegara a dirigirse a ella, una desconocida, y alguien a quien su madre claramente no aprobaba. El vestido de seda de la joven morena, el gorrito, y el parasol eran nuevos y a la moda, y denotaban riqueza y
privilegio. Esas jóvenes de la alta sociedad, Vance lo sabía bien, a menudo eran extremadamente altivas y raras veces se aventuraban en círculos considerados inferiores para ellas. No obstante, los ojos que examinaron a Vance eran francos, en parte preocupados y en parte curiosos.- Discúlpeme por molestarla.
- Usted no me molestó,-dijo la joven, extendiendo una mano enguantada. - Soy Rose Mason. Y ésta es mi madre, Mrs. Charles Mason.
Vance tomó los dedos de Rose suavemente entre los suyos e inclinó su cabeza galantemente. - Señoras... yo soy Vance Phelps.
- ¿Es usted una…. jugadora? -preguntó Rose apenas controlando su entusiasmo. Había oído hablar de esas mujeres, pero nunca se le había ocurrido que se encontraría con una.
- Rose, -dijo su madre de repente- tus preguntas son impropias y tus modales aun más. -dirigió su fría mirada hacia Vance.
- Por favor, disculpe la impertinencia de mi hija.
- De ningún modo -contestó Vance suavemente, comprendiendo la confusión de Rose. Algunas mujeres más aventureras se ganaban la vida frecuentando los salones de juego, a menudo vistiendo elegante indumentaria propia de los hombres para poner de manifiesto su reputación y conseguir sus invitaciones para las partidas de apuestas altas- Me temo que nunca he sido lo suficientemente buena con las cartas como para hacer de ellas una profesión. -vaciló un instante y entonces añadió- Soy médico.
- Oh, caray,-Rose respiró- Qué emocionante. -su mirada se posó brevemente en la cara de Vance, deslizándose hacia abajo por su cuerpo y regresando después.
Una vez más, para su frustración, no podría encontrar una forma adecuada a las buenas costumbres para preguntar lo que en realidad quería saber.
- Algunas veces -cansada y con serios problemas para mantener una conversación o maneras educadas, Vance deseó poder, furtivamente, sacar el frasco del bolsillo interior de su abrigo de viaje. El calor del whisky, no importaba cuán fugaz fuera, sería bienvenido. En lugar de eso, sacó el reloj de pulsera de su bolsillo y comprobó la hora- Deberíamos llegar pronto.
- New Hope debe parecerle un lugar muy aburrido para visitar después de la agitación de la ciudad, -Rose continuó, ignorando el gesto tajante de desaprobación de su madre. Su visita a Denver había sido una especie de regalo de cumpleaños de sus padres, le había mostrado un nuevo mundo del que nunca había conocido su existencia, uno mucho más emocionarse que la sencilla sociedad de la zona fronteriza en la que se había criado. Estaba decidida a no quedarse de nuevo sentada, como una observadora tranquila, mientras la vida pasaba a su alrededor. Y justamente aquí tenía la oportunidad pues seguramente esta mujer había visto mucho mundo. Rose nunca había visto a una mujer que se vistiera así antes o viajara sola. Ni había visto a nadie, hombre o mujer, por quien se sintiera tan fascinada. -¿Tiene a la familia allí?
- No -el tono de Vance fue más cortante de lo que pretendía, y cuando vio que los ojos oscuros de Rose se abrían sorprendidos, sonrió para suavizar el tono de su respuesta- No, la familia no. Voy allí para trabajar.
- ¿Con el Dr. Melbourne? -Rose no podría ocultar su satisfacción.
Ahora tendría más de una ocasión para relacionarse con esta enigmática recién llegada y aprender más de lo que había en el mundo más allá de los límites de su tediosa existencia.
- Sí -a Vance no le importó dar detalles. De hecho, la diligencia le proporcionó cierta sensación de alivio. Parecía que había perdido la habilidad para la interacción social educada durante los últimos años. Todo lo que había querido era estar sola. Incluso se preguntaba por qué había hecho este viaje,
cuando lo que la esperaba no tenía ningún interés para ella. Se obligó a contestar- Ayudaré a Dr. Melbourne.
- ¿De verdad? Oh. Bien -Rose sonrió brillantemente- Entonces seguramente me aprovecharé de sus servicios.
Vance sonrió suavemente- Verdaderamente espero que no necesite de ellos, Señorita Mason.
Jessie Forbes lanzó un saco de pienso encima del montón en la parte trasera de su carreta mientras la diligencia se detenía con estrepito al otro lado de la calle delante del hotel. Saludó con la mano al hombre barbudo y polvoriento que sujetaba las riendas- Buenas tardes, Ezra.
- Hola, Jessie -contestó el conductor mientras bajaba de un salto y amarraba el tiro de caballos. Mientras el propietario del hotel se apresuraba a salir para dar la bienvenida a los recién llegados, Ezra trepó de nuevo hasta la parte superior de la diligencia y comenzó a pasar el equipaje a un tercer hombre. Jessie le prestó poca atención a la familiar escena, reparando distraídamente en que las Mason habían regresado mientras Charles Mason, el presidente del único banco de New Hope, detenía su calesa detrás de su carreta.
- Jessie - dijo él mientras pasaba rápidamente en su camino para saludar a su esposa y su hija.
- Charles -contestó Jessie dándose por enterada, observándolo con los brazos cruzados mientras él cruzaba la calle. Su mirada se volvió afilada cuando bajó otro pasajero descuidadamente de la diligencia. Sin considerar sus razones o el posible recibimiento, Jessie siguió la mirada del banquero hacia el desconocido por el que ella sintió una rápida y extraña sensación de reconocimiento.
Rápidamente entendió el por qué. El forastero era la primera mujer que Jessie había visto vestida con ropa de hombre en público, aparte de sí misma. Las mujeres que estaban en las praderas podían llevar puestos pantalones cuando lo requería el trabajo o el clima, pero nunca en la ciudad. Jessie lo hacía porque era todo lo que había llevado siempre, y porqué se sentía muy cómoda con ellos. Había crecido en New Hope. Los ciudadanos la conocían y le quitaban importancia al hecho de que montara a horcajadas, como cualquiera de sus jornaleros, con la típica indumentaria vaquera…pantalones vaqueros, camisa de algodón, chaleco de cuero, botas, y sombrero del oeste. A nadie le parecía extraño que llevara un Colt 45 enfundado contra su muslo, ni que llevara un rifle en su silla de montar. Nunca se había parado a pensar en su discordancia hasta que se percató de que no era la única. Se detuvo frente a la mujer de cabello oscuro. Era casi exactamente de su altura, si bien un poco más delgada, y le tendió la mano- Soy Jessie Forbes.
Vance reparó en la figura alta, rubia y delgaducha, observando el bronceado en su rostro que se extendía por el cuello hasta la abertura de su camisa de algodón sin cuello, el cinturón ancho negro de cuero, la pistolera colgando de sus esbeltas caderas y las botas llenas de rozaduras. Una exploración rápida le dijo que esta era una mujer que trabajaba la tierra, pero fue la inteligencia de sus ojos azules y el parpadeo de curiosidad lo que captó la atención de Vance. También había algo distinto en su mirada, una mirada de comprensión totalmente vacía de conmiseración. Fue fundamentalmente eso lo que hizo que extendiera su mano en respuesta- Vance Phelps.
- ¿Te hospedarás en el hotel? -preguntó Jessie.
- Podría ser, -contestó Vance- pero debo ocuparme primero del trabajo. Tal vez tú puedas decirme dónde encontrar la consulta del Dr. Melbourne.
por la que cabían dos carretas, con profundos surcos permanentes hechos por el paso de incontables ruedas y cascos de caballos. Los edificios eran estructuras de madera de dos plantas, a excepción del banco que era de construcción más reciente que la mayor parte de los demás y estaba hecho de ladrillo. Aceras anchas de tablones cubrían el espacio entre los portales y la calle, permitiendo a las señoras mantener sus zapatos y sus vestidos secos cuando salían a caminar o a hacer vida social con tiempo inclemente- Aproximadamente tres puertas más abajo en de este lado de la calle.
- Entendido. - ¿Eres médico? - Sí.
- Bien, bienvenida a New Hope -Jessie observó la pesada bolsa de viaje que Ezra dejó caer en el suelo junto a Vance, entonces miró con respeto su manga izquierda vacía y cuidadosamente doblada y sujeta en la parte superior- Voy para allá, si tienes más equipaje.
- Solamente esta -Vance la levantó con su mano derecha, manteniendo su expresión cuidadosamente neutral mientras le ardían los músculos de su lado izquierdo.
Diez horas, apretujada en la diligencia, habían apretado el tejido cicatricial sobre sus costillas. Jessie Forbes era un poco más alta que ella y probablemente cinco años más joven. En buen estado físico, fuerte y brillante. Todo lo que Vance ya no era. Extrañamente, no se ofendió por la cuidadosa oferta de ayuda. En un día en el que no estuviera tan cansada, con tanto dolor, y no deseando nada más que un trago y una cama, ella podría haberse preguntado por qué no estaba molesta. Sea como fuera, simplemente asintió con la cabeza y se dio vuelta en dirección a donde Jessie había indicado- Gracias otra vez.
Jessie volvió a cargar las provisiones, entonces revisó su reloj de pulsera. Tenía casi una hora antes de que tuviera que recoger a Kate en casa de los Beecher. Justo tiempo suficiente para hacer una visita.
El salón estaba casi vacío a las cinco de la tarde. Cuatro hombres jugaban a las cartas en una mesa en un rincón con una botella de whisky en el centro. Algunos vaqueros estaban de pie, bebiendo en la barra del bar que había a todo lo largo del estrecho cuarto. Un piano vertical estaba colocado contra la pared opuesta, pero el pianista no estaba por ninguna parte. En la parte de atrás, una escalera conducía a un estrecho balconcillo y daba paso a un largo un pasillo. Las chicas que ocupaban las habitaciones del pasillo, no saldrían a escena hasta después de las diez de la noche, cuando los vaqueros y los ciudadanos estarían de humor para tener compañía. En el extremo más alejado de la barra había una mujer charlando tranquilamente con el barman, y cuando vio a Jessie, sonrió e le hizo gestos con la mano. Jessie inclinó su sombrero y fue hacia ella.
- Hola, Mae.
- Tú por aquí…, hola, Montana, -contestó Mae, usando el apodo que le había puesto cuando Jessie, con apenas dieciocho años, había comenzado a entrar en el salón con sus peones después de asumir el control del Rancho Rising Star cuando murió su padre.
- ¿Cómo estás? -Jessie miró con auténtica fascinación a la rubia elegantemente maquillada, enfundada en su característico vestido verde esmeralda que dejaba sus hombros descubiertos y escotado en su parte delantera hasta los límites del decoro. Aún así, ella conservó cuidadosamente su mirada fija por encima del nivel de esa extensión de piel color crema, mirando
directamente a los profundos ojos verdes de Mae en su lugar.
- ¿La semana después del rodeo? -Mae se rió amargamente- Casi a punto de dispararle a la mitad de hombres de esta ciudad. No puedo esperar hasta que gasten su último dólar y sigan su camino lejos de aquí un año más -Jessie escondió su sonrisa burlona y dijo seriamente- Espero que ninguno de mis chicos te haya causado ningún problema.
Mae le dirigió una mirada traviesa, levantando una ceja cuidadosamente depilada.
- ¿Debo suponer que piensas que porque reciben órdenes de ti allí afuera, en ese rancho tuyo, son diferentes a el resto de los hombres? Cuando han estado fuera, en la montaña, durante unos meses con nada, excepto sus egos irascibles como compañía, sólo hay dos cosas que andan buscando en cuanto tienen dinero en su bolsillo. Licor y mujeres.
- Si cualquiera de ellos te causa a ti o a tus chicas cualquier prob…
- No -dijo Mae, apoyando su suave mano sobre el antebrazo de Jessie- Los chicos de Rising Star generalmente son lo mejor del grupo. Aún así he estado muy ocupada toda esta semana manteniendo la paz aquí abajo y asegurándome de que mis chicas no están en medio cuando alguno de estos cascarrabias empiezan a discutir sobre de quién es rancho que cría los mejores caballos, quien puede disparar más lejos, quién es el mejor jugador... -negó con la cabeza- Digas lo que digas, los hombres discutirán sobre eso.
- No puedo entender cuanto pueden discutir sobre ese tema -dijo Jessie- Todo el mundo sabe que el Rising Star tiene los mejores caballos y los mejores hombres.
Mae echó hacia atrás su cabeza, sus bucles dorados, siguiendo la moda, caían libremente esa noche y se movieron sobre sus níveos hombros- Algunas veces se me olvida que no eres tan diferente a cualquiera de tus hombres.
Su expresión se volvió cálida mientras contemplaba los ojos, azules como el cielo, de la atractiva ranchera, su pelo besado por el sol, recogido descuidadamente en la nuca con una tira de cuero, con sus ropas gastadas y manchadas por el polvo del camino. Todo en ella resultaba más atrayente que cualquier de los vaqueros que frecuentaban el bar o su cama. Su voz grave se volvió más profunda- Simplemente diferente en todo aquello que es importante.
-Mae -Jessie se rió- Soy casi tan ordinaria como ellos.
Mae se obligó a que su voz sonara frívola, recordándose a sí misma que ahora las cosas eran distintas para Jessie, y cualquier cosa que hubiera podido soñar alguna vez acerca de ella, nunca llegaría a pasar. Inclinándose cerca de ella susurró con complicidad- Apostaría a que eso no es lo que tu joven Miss Kate Beecher diría.
Sonrojándose, Jessie enganchó los pulgares en sus bolsillos delanteros y echó un vistazo alrededor, agradeciendo que nadie estuviera cerca para haberla oído- Uh... bien, yo..."
- Oh, Montana, -dijo Mae compadeciéndose de ella- Eres un encanto. ¿Dónde está? ¿Con su familia?
Jessie asintió con la cabeza- Tenía que venir a la ciudad a por provisiones y Kate vino para hacer una visita a su madre.
- ¿Y tú no?
- Creo que va a pasar mucho tiempo antes de que los Beecher se sientan realmente cómodos conmigo.
- O con que Kate esté viviendo contigo. - Sí.
- Bueno, no te preocupes. Acabarán aceptándolo -dijo Mae amablemente, aunque dudaba de que Martha Beecher aceptara alguna vez lo que compartían Kate y Jessie... aquello a lo que Kate se negó a renunciar. Por mucho que hubiera
recelado alguna vez de las intenciones de Kate, Mae tuvo que reconocerle el valor por salir en defensa de lo que quería, y por permanecer fiel a Jessie- ¿Cómo se encuentra Kate después de su primera semana en el rancho?
- Está bien, -dijo Jessie con alivio- Todavía se cansa un poco si se excede, cosa que hace habitualmente, pero está casi totalmente repuesta.
- Creo que tuvimos suerte de que la gripe no fuera peor -dijo Mae con rabia- La vida aquí es lo suficientemente dura con el clima, y los forajidos, y los problemas entre el ejército y los indios. No necesitamos estar muriéndonos en masa por la gripe y el cólera.
El tono de Mae era amargo, y Jessie se preguntó a quién habría perdido en su vida. Habían sido amigas desde hacía mucho tiempo, pero era mucho más lo que no sabía de Mae que lo poco que sabía.
- Detestaría tener que pasar por algo como eso otra vez -Jessie estuvo de acuerdo.
- De todos modos parece que el doctor va a tener alguna ayuda. - ¿Qué quieres decir?
- Hoy ha llegada un doctor nuevo. Al menos, supongo que ella va a estar trabajando con el doctor. Ella se dirigía hacía allí.
- ¿Ella? -los ojos de Mae centellearon con curiosidad- Nunca hablar de una mujer doctora.
- Vi algo acerca de eso en el periódico no hace mucho. En el Este hay escuelas de medicina especialmente para mujeres.
- No me digas. Y ahora nosotros contamos con una -Mae golpeó ligeramente con un dedo impaciente en el brazo de Jessie- Y bien… ¿Cómo es?
- No sé. Sólo hablé con ella un minuto -Jessie recordó su encuentro con Vance Phelps. Ella había visto antes esa mirada de desesperación silenciosa en los ojos de los hombres y había sentido una punzada de compasión- Tengo la sensación
de que la conocerás pronto. - ¿Yo? ¿Por qué?
- ¿No es aquí donde viene todo el mundo en busca de consuelo de una u otra clase?
- ¿Por qué, Montana? - susurró Mae- ¿Cómo has llegado a ser tan lista? Jessie sonrió tristemente - No tiene que ver con ser lista o no, Mae. Tiene que ver con estar sola.
- Pero tú ya no lo estás,… ¿verdad?
- No. Ya no lo estoy -Jessie se inclinó hacia adelante y besó la mejilla de Mae- Ya es hora de que vaya a recoger a Kate.
- Salúdala de mi parte -dijo Mae mientras observaba a Jessie marcharse dando media vuelta, con el corazón encogido. Se alegraba de que Jessie hubiera encontrado alguien a quien amar, pero continuaba enormemente triste por no haber podido ser ella la que pudiera reclamar el corazón de Jessie.
CAPÍTULO TRES
Vance golpeó enérgicamente la puerta de madera en la que se podía leer
Consultorio Médico grabado a mano sin adornos.
Cuando nadie contestó, miró con atención a través del cristal de la ventana rectangular contigua a la puerta y, en la penumbra interior, pudo distinguir un escritorio, varias sillas y una librería. Sobre ella había una lámpara de aceite apagada. Después de volver a llamar y no obtener respuesta, probó con el pomo de la puerta y, como esperaba, se abrió. Ella entró, puso en el suelo su bolso de viaje justo en el umbral de la puerta, y se sentó en la silla de respaldo de madera colocada frente a la mesa del despacho. No tenía prisa ya que no es que tuviera ningún otro lugar a donde ir. Hacía tiempo que había aprendido a dejar pasar el tiempo, de forma que ya no le suponía un gran problema.
Cerrando los ojos, puso su mente en blanco y se dispuso a esperar.
- En serio, Kate, -dijo Martha Beecher con expresión contrariada- Solo porque Jessie se niegue a vestirse apropiadamente no es excusa para que tú te olvides de tu educación.
Kate Beecher inspiró profundamente, era consciente de que provocaría esta conversación cuando había venido a visitar a su madre llevando puesto sólo su sencillo vestido de algodón de paseo, sin su miriñaque debajo. El armazón de aros hacía que fuera más farragoso moverse con sus vestidos por el rancho o sentarse cuidadosamente en la calesa. Nunca había comprendido por qué razón las mujeres había aceptado semejante impedimento para realizar cualquier actividad, por muy de moda que estuviera, y se propuso no volver a usar uno de ellos nunca más. Sin embargo, olvidó por completo su propósito de mantener a raya su temperamento cuando su madre criticó a Jessie. Sus padres, especialmente su madre, todavía estaban intentando aceptar su nueva forma de vida y, más especialmente, su relación personal con Jessie- Jessie ni siquiera podría pensar en hacer el trabajo que hace vestida de otra manera, y… -añadió con una ligera sonrisa de satisfacción- Está maravillosa tal y como es.
- Soy muy consciente de lo diferente que es… Jessie -dijo Martha remilgadamente- pero no veo la razón por la cual tú deberías olvidarte de ti misma y de las cosas que te han sido enseñadas.
Riéndose, Kate miró a su madre cariñosamente. Sabía el gran sacrificio que había supuesto para su madre dejar la sociedad de Boston y viajar a una tierra agreste y desconocida por el bien de los sueños de su marido. Y por los sueños de Kate, también- Créeme, no me he olvidado de ninguna de las cosas importantes que tú me hayas enseñado.
- Algunas veces me lo pregunto...
velozmente al oír el sonido metálico de las espuelas sobre el ancho porche de madera. Aunque sólo estaban en mayo y la nieve todavía cubría las laderas de las Montañas Rocosas, la tarde era cálida y habían dejado entreabierta la puerta principal para dejar entrar la brisa.
- Por qué no le dices que no es necesario que te espere -dijo Martha con tono firme- Así podrías quedarte a cenar y tu padre te llevara a… casa por la mañana.
- Oh, no, -dijo Kate dirigiéndose al vestíbulo- no quiero pasar la noche fuera de casa -abrió la puerta de par en par y se puso de puntillas para darle a Jessie un beso rápido en la boca- Hola, cariño. Entra. Acabamos de terminar el té.
- Hola, Kate -el corazón de Jessie se inflamó como siempre lo hacía cuando veía a Kate por primera vez después de separarse. Kate estaba igual de impresionante, con su pelo negro ondulado y lustroso y sus ojos oscuros como la noche, que la primera mañana que Jessie la había visto. Y aunque se había despertado cada mañana durante la última semana con Kate a su lado, en la cama con dosel que había sido de sus padres, maravillándose ante la visión de sus cuerpos enredados, sabía que nunca se acostumbraría a tener a Kate en su vida. Se sentía como en un sueño y pensaba que siempre lo haría. Hablando bajito, como en un susurro, dijo- Te he echado de menos.
- Y yo a ti -murmuró Kate, descansando la palma de su mano sobre el pecho de Jessie justo por encima de su corazón. Jessie rozó con sus dedos la mejilla de Kate, aliviada de ver el saludable rubor donde había estado el fiero matiz de la fiebre no hacía demasiado tiempo. Entonces miró más allá de Kate dentro del cuarto de estar y vio fugazmente el juego de té colocado sobre el aparador. Una bandeja de servir de plata, platos con pequeños emparedados, y las pequeñas tazas de porcelana china, increíblemente delicadas, pintadas a mano. Las cosas a las que la madre de Kate había estado acostumbrada en Boston y que sin ninguna duda no encontraría en la frontera. Para Jessie, representaban algo
incómodamente ajeno, ella preferiría sujetar una docena de mustangs salvajes a la vez antes que sujetar una de esas tazas sobre sus rodillas- No quiero interrumpir. Esperaré aquí afuera en el porche. Hace un día bastante agradable y estaré bien ...
- Tú no harás nada de eso -la regañó Kate, pasando su brazo por el de de Jessie y tirando de ella hacia el interior- Tomarás un té y algún emparedado.
- Buenos días, Mrs. Beecher -rápidamente Jessie se quitó el sombrero mientras seguía a Kate hacia el sofá. Había estado en el saloncito muchas veces en los últimos cinco meses mientras Kate se estaba reponiendo de la gripe que casi le había costado la vida. Ella nunca se había sentido completamente a gusto, sobre todo porque Martha Beecher se había ocupado de que no estuvieran nunca a solas. Ella había tratado a Jessie como el pretendiente que era, aunque impropio, con fría cortesía y una velada censura. El día en que Kate había abandonado el hogar de los Beecher para compartir su casa, como su amante y su socia en el rancho Rising Star, había sido el día más feliz de su vida. Si por ella fuera, nunca habría vuelto a poner un pie en casa de los Beecher, pero le había prometido al padre de Kate que no se interpondría entre ellos, y mantuvo su palabra. Además, Kate amaba a sus padres y la felicidad de Kate era lo más importante para Jessie. Si Kate la quería allí, soportaría la molesta desaprobación de Martha Beecher.
- Jessie -dijo Martha Beecher con urbanidad infinita- Espero que te encuentres bien.
- Sí, señora.
- ¿Y las cosas en el rancho?
La cara de Jessie se iluminó- El Rising Star lo ha hecho muy bien en la última subasta, y he comprado un excelente ganado de cría -se detuvo ante el destello, casi imperceptible, de aversión que cruzó el rostro de la madre de Kate, y se dio
cuenta, demasiado tarde, de que las señoras de clase no estaban interesadas en el funcionamiento real de un rancho de caballos- Todo está bien. Agradezco el interés.
Los ojos de Kate chispearon con emoción mientras apoyaba su mano sobre la rodilla de Jessie. Tocar a Jessie era tan natural que ella no pensó que lo hacía- Jessie tiene algunos planes maravillosos para abastecer de caballos no sólo a las líneas de la diligencia, sino también a los ganaderos que necesiten caballos para conducir su ganado a lo largo y ancho del territorio este…
- Realmente, Kate, -la interrumpió Martha- Pensaba que cosas así no serían de interés para una señorita.
- Oh, no... eso es una de las cosas más maravillosas de vivir aquí. La vida está cambiando constantemente. El Oeste crece, y estamos justo aquí para verlo -miró a Jessie... su amor... con afectuoso orgullo- Jessie conoce la tierra y a las personas. Y lo que necesitamos.
Ruborizada, solamente calentada por la mirada cálida de Kate, Jessie resistió el impulso de coger la mano de su amante. Nunca había tenido vergüenza de lo que compartían, pero no vio necesidad de obligar a la madre de Kate a presenciar lo que ella, obviamente, quería fingir que no existía entre ellas. Jessie aún no podía comprender por qué alguien se oponía a algo tan bello y tan precioso como el amor que compartían, pero apreciaba la preocupación de los padres de Kate por su bienestar y su futuro. Ella tenía la intención de demostrarles que no tenían nada de qué preocuparse. Cuidaba de Kate tan bien como podría hacerlo cualquier hombre.
- Kate, si aún quieres ir a la tienda -dijo Jessie suavemente- deberíamos irnos para no volver a casa demasiado tarde. Todavía hace frío después de la puesta de sol, y no quiero que te enfríes.
fresco -dijo Kate.
- Jessie tiene razón -dijo Martha en un extraño momento de coincidencia. No puedes arriesgarte a enfermar otra vez -no se lo había contado a Kate, pero Jessie sabía que su reciente roce con la muerte la había dejado delicada. Se había recuperado, casi milagrosamente, pero tal vez no lo superaría si volvía a caer enferma tan pronto.
Kate pasó la mirada de su madre a Jessie con un enojo fingido- Estoy realmente bien y soy muy capaz de tomar mis propias decisiones sobre cuándo y a donde voy -no obstante, apretó la mano de Jessie y se levantó para besar la mejilla de su madre- Pero quiero hacer algunas compras antes de que emprendamos el viaje de regreso.
Jessie siguió a Kate y Martha hacia la puerta, sin prestar atención a los planes que hacían para reunirse con una u otra señora. Se preguntaba cuánto tiempo podría postergar salir a cabalgar con su capataz Jed a evaluar la situación. Había grupos de caballos de su propiedad y necesitaba revisar a los animales de un año y los potros. Además quería apartar de la manada a las hembras de cría más fuertes para cruzarlas con el nuevo semental que había adquirido. La única razón por la que no se había puesto en camino inmediatamente después de la subasta era que, simplemente, aún no quería dejar sola a Kate en el rancho. Volvió rápidamente en el momento en el que Martha Beecher pronunció su nombre.
- Jessie -dijo Martha-Tú cuidarás de nuestra Kate, ¿verdad?
A pesar del sonido exasperado de protesta de Kate, Jessie asintió con la cabeza seriamente- Puede estar segura de eso.
- Te preocupas demasiado -dijo Kate mientras caminaba hacia la calesa de la mano de Jessie. Apoyó sus brazos sobre los hombros Jessie y dejó que Jessie la levantara hasta el asiento. Podía haber subido ella sola, incluso con el vestido, pero le encantaba sentir los brazos de Jessie alrededor de su cuerpo y como la
levantaba sin ningún esfuerzo. No deseaba perder la oportunidad de que Jessie la tocara.
- Me preocupo lo necesario -dijo Jessie mientras se acomodaba junto a Kate y remetía la manta de lana alrededor de su cintura y sus piernas, dejándola caer por encima del estribo.
Kate se despidió de su madre que estaba en la entrada, entonces deslizó su mano sobre el muslo de Jessie mientras se alejaban de la casa- ¿No te he demostrado estas últimas noches que estoy lo suficientemente bien de nuevo?
Jessie suspiró profundamente cuando los dedos de Kate se movieron por la parte interna de su pierna. -No puedo decir lo interesada que estoy en que me lo demuestres de nuevo.
Riéndose, Kate apoyó su mejilla contra el hombro de Jessie- Entonces llévame a casa, cariño. Iremos de compras otro día.
El sonido de pasos firmes espabiló a Vance en el cuarto prácticamente a oscuras.
- Dr. Melbourne -dijo inmediatamente que se abrió la puerta detrás de ella, no fuera que sobresaltara a quienquiera que entraba y la tomara por un intruso. No deseaba recibir un disparo nunca más- Soy Vance Phelps.
Caleb Melbourne cruzó el cuarto hacia la lámpara de aceite, la encendió con un fósforo que sacó del bolsillo de su chaleco, y ajustó la mecha hasta que la estancia estuvo lo suficientemente iluminada. Se dio vuelta. Era un hombre grande con la cara llena de arrugas y curtida por el clima y las crueldades de la vida. Su cabeza poblada por abundante pelo oscuro revoltoso y un bigote grueso que caía a los lados de las comisuras de su boca, le daban una apariencia dura,
incluso apuesto, si no pareciera agobiado por las preocupaciones. Sus pantalones y su chaqueta estaban arrugados, y a primera vista parecía un hombre derrotado. Sin embargo, sus ojos oscuros eran incisivos y curiosos, a pesar de los parpados hinchados y cansados- La hija de Jonathan.
- Sí, señor.
Caleb la saludó con la cabeza, sacó la silla de detrás del rustico escritorio de madera, y se dejó caer en la silla con un suspiro- La última vez que vi a tu padre, tu hermano y tú erais apenas unos niños empezando a andar -miró más allá de Vance a través del cristal hacia la oscura calle. Las sombras informes traqueteaban en el exterior y las voces de los hombres yendo y viniendo se filtraban a través las paredes de tablones.
- Eso fue en Filadelfia poco después de que nos graduáramos.
El pasado no era algo que a Vance le interesara revisar. Más bien se avergonzaba, completamente segura de que su padre había pedido un favor que no podía ser rechazado.
- Sé que ha pasado mucho tiempo y aprecio su amabilidad. - Su carta decía que querías trabajar.
¿Quería? Ya no podía recordar lo que quería, si es que había querido alguna cosa. Había venido porque quedarse habría significado hacer frente a la pena de su padre y su preocupación, día tras día y no encontrar la manera de aliviarla. Él ya había sufrido mucho, ella no podría resignarse a aumentar su sufrimiento. Y todavía había demasiados recuerdos de lo que todos ellos habían perdido, demasiados para que ellas pudiera bloquearlos. Pensó en las vastas praderas que había tenido que atravesar en las últimas semanas, las descarnadas ciudades de la frontera, tan diferentes de las alumbradas calles pavimentadas de Filadelfia, y en la imagen de New Hope que había tenido en su corto paseo por la abarrotada Calle Mayor llena de baches. Aquí no había nada que le recordara a su antigua
vida, su antiguo yo y lo que podría haber sido. Esa desconexión de todo lo que había conocido, de todo lo que había sido, eso al menos, era algo que quería.
De repente, fue consciente del Dr. Melbourne todavía esperando, observándola con atención.
- Sí -dijo Vance, aguantando su mirada fija y dándole la respuesta él esperaba- Quiero trabajar.
- Somos los únicos médicos -hizo una mueca- Los únicos médicos de verdad, en doscientas millas a la redonda. Hay mucho viajante pretendiendo vender remedios milagrosos que no saben más de medicina que un ama de casa normal. Hay algunos, allí afuera, no cualificados aunque puede que sepan lo suficiente como para ser útiles en los lugares donde no hay nadie más. Estoy agradecido por tenerlos.
- He visto a algunas personas con talento para curar que nunca habían recibido formación formal.
Caleb miró la manga del abrigo vacía y después volvió a mirarla. - Supongo que lo has hecho. Fue valiente lo que hiciste.
- O estúpido -Vance pensó en Milton y lo añoró con el mismo nítido dolor punzante de esos primeros momentos cuando supo que se había ido- No sé cómo juzgarlo todavía.
- ¿Estuviste allí hasta el final?
Ella asintió con la cabeza.- Al menos hasta la última batalla oficialmente. Como si sintiera su resistencia, y valorando el derecho de una persona para mantener sus sentimientos privados, Caleb no preguntó nada más, aunque había mucho por decir en sus ojos atormentados- Muchas de las personas a quienes visitamos está lejos en las montañas. ¿Puedes montar?
- Sí. Y conducir una calesa. Y disparar.
semanas te llevaré conmigo, hasta que te familiarices con la zona y las gentes. - No me ha preguntado por mis habilidades.
- No pensé que tuviera que hacerlo. Si fuiste el cirujano del regimiento de Grant, entiendo que sabes lo que haces -frotó ambas manos sobre su cara y se puso de pie- Hay una tarea que voy a encomendarte de inmediato. Cuidar de las chicas en el salón.
- ¿Las prostitutas?
Él asintió con la cabeza- Son un buen grupo en su mayoría, y en buena condición también... físicamente y en otros aspectos. Hay una fiera de mujer allí que cuida de ellas.
- ¿Es la madame?
- En realidad no, pero hace lo que puede para evitar que las chicas sean maltratadas. Cuando estés instalada, pásate por allí y pregunta por Mae.
- ¿Tiene esta Mae un apellido?
Caleb la miró asombrado- Ahora que lo mencionas, no que yo haya oído. Vance no dijo nada, pensando que probablemente en New Hope había más de una persona con secretos que no querían compartir. Quizá éste sería el lugar correcto para ella después de todo.
- No tendrás ningún problema para encontrarla -dijo Caleb con una pequeña sonrisa- Ella es la cosa más exquisita al oeste del Mississippi.
- Estoy segura de que no tendré problemas -contestó Vance, aunque sospechó que su valoración estaba influenciada por el hecho de que había muy pocas mujeres en la frontera en comparación con el número de hombres- Tomaré una habitación en el hotel por si me necesitara antes de la mañana.
- Descansa un poco. Diría que lo necesitas.
Vance se puso de pie y extendió su mano sobre del escritorio- Gracias. - Puede que quieras esperar a darme las gracias hasta que hayas tenido la
posibilidad de ver en lo que te has metido.
Cualquier cosa que fuera, pensó Vance mientras cogía de nuevo su bolsa de viaje y salía caminando hacia la oscuridad de la noche, jamás sería peor que lo que había dejado atrás.
CAPÍTULO CUATRO
- ¿Médico? Fíjate -el hombre regordete con gafas que estaba detrás del mostrador de recepción estudiaba atentamente a Vance con manifiesta curiosidad- No puedo decir que haya visto a ninguna doctora antes -cuando Vance no respondió él se aclaró la voz y continuó apresuradamente- ¿Necesita una habitación, dice?
- Sí.
- Cobramos por semanas, pero si piensa que estará aquí más tiempo podría intentarlo en la pensión situada al otro lado de la ciudad.
- Gracias -respondió Vance con cansancio, pensar en cualquier cosa más allá del momento presente era más de lo que podía asumir. Era mucho más sencillo no pensar en el futuro- Una habitación aquí estará bien por el momento.
- Mi nombre es Silas, por si necesita algo.
- Entonces, buenas noches -le dijo, estirando el cuello para seguirla con la mirada mientras ella subía lentamente las escaleras de madera- ¿Puedes creerlo?
La habitación de Vance, en el segundo piso, era un lugar limpio pero sin adornos con una pequeña alfombra de nudos junto a una cama individual. El colchón delgado, relleno algodón estaba cubierto por una fina manta de lana azul del tipo de las que ella había usado en el ejército. Recordó que siempre tenía frío y a menudo se había preguntado si alguna vez se sentiría caliente otra vez. Una solitaria cómoda estaba colocada contra la pared con un espejo redondo colgado sobre ella. Un lavabo, una lámpara, y un jarro eran los únicos artículos que había sobe la superficie llena de marcas. No encendió la lámpara.
Colocó su bolsa de viaje al pie de la cama, colgó su abrigo en el respaldo de la única silla que había contra la pared opuesta y se acercó hacia la única ventana de la habitación. El salón, sin ningún letrero, era visible al lado opuesto de la calle. Si miraba hacia un lado podía ver la consulta de Caleb. Volvió a la cama, se sentó para quitarse las botas y luego se echó encima de la colcha. La luz de la luna se reflejaba en el techo, trazando patrones al azar mientras ellas observaba como tomaban forma para luego desaparecer y volver a cambiar mientras esperaba que llegara el sueño.
Era un ejercicio que había descubierto que le proporcionaba un respiro temporal de sus recuerdos, incluso a veces el sueño.
El sueño se deslizó confiadamente a través de su conciencia, y ella se encontró otra vez en los juzgados de Appomattox, sudando en la fría bruma matutina por el miedo y el humo. La áspera mesa de madera estaba llena de sangre. No importaba lo aprisa que ella trabajara, cada vez que levantaba la vista había más heridos. Sus brazos estaban rojos hasta los codos, y todavía seguían llegando, destrozados y heridos, gritando su nombre.
más tiempo, no hay más tiempo. Ella ignoró el pánico en su voz, el terror en sus
ojos, y continuó cortando. Le dolía el pecho. Sus pulmones quemaban.
Ella trató de alcanzar el cuchillo de amputación. Solo uno más. Simplemente uno más.
Solo uno más. El suelo se movió violentamente, el fuego brotó bajo sus pies, y el dolor candente abrasó su carne. Miró hacia abajo y se vio retorciéndose en la mesa, un hombre sin cara se inclinaba sobre ella con una sierra en su mano.
Vance se incorporó bruscamente gritando. Rápidamente, se sujetó las rodillas con el brazo contra el pecho y presionó la cara contra la áspera lana de sus pantalones. Reprimió sus sollozos mientras luchaba por respirar, su camisa estaba mojada por el sudor de los terrores nocturnos. Cuando la presión de la pesadilla comenzó a retirarse, giró su cara hacia la ventana y descansó su mejilla contra la parte superior de su rodilla. No había sido tan malo desde hacía mucho tiempo. Por un segundo, mientras su grito desgarrador inundó la habitación, creyó oír el sonido del pífano y el tambor.
Cuando su corazón dejó de retumbar en sus oídos se dio cuenta de que era un el sonido de un piano.
Se levantó, con sus piernas todavía un poco temblorosas, y caminó hacia la ventana.
Al otro lado de la calle, el salón y algunos de los cuartos en los pisos altos estaban iluminados. Cada pocos segundos una figura entraba o salí por las puertas de vaivén. En una ventana de segundo piso vio a un hombre y una mujer estaban encerrados en un abrazo, su vestido estaba levantado hasta sus caderas mientras las manos de él vagaban por debajo. Vance no apartó la mirada inmediatamente, atrapada en el sentido imperativo de la vida que rodeaba a la pareja. Pensó en lo que Caleb había dicho sobre las chicas que vivían allí, se preguntó si la mujer que cedía bajo el peso de la pasión del vaquero le daba la
bienvenida o era meramente una participante indiferente en un drama repetido a menudo.
Ella intentó imaginar el deseo y no pudo. Su reloj de bolsillo marcaba algunos minutos después de la una.
Dándose media vuelta, caminó hacia el tocador y encontró, para su sorpresa, que el aguamanil estaba lleno. Vertió un poco de agua templada en la palangana de porcelana y salpicó su cara antes de quitarse la camisa sudada. Remojó el faldón de la camisa y se frotó el pecho y los hombros con ella antes de lanzarla a un lado y tomó otra de su bolsa. También cogió su pistolera y el Colt 45, la misma arma que había llevado durante toda la guerra, y se la abrochó hacia adelante.
Silas levantó la mirada al oír el sonido de pasos en las escaleras- ¿No podía dormir?
Vance lo miró impasible- No. Podía.
Ella salió andando, ignorando el hecho de que él seguía mirándola con una mezcla de curiosidad y desasosiego. El salón estaba todavía medio lleno, en su mayor parte por hombres bebiendo en el bar o sentados en las mesas, unos cuantos aparentemente dormidos con la cabeza apoyada en sus brazos, y las cartas de juego esparcidas por la mesa. En un rincón apartado había una mujer ligera de ropa sentada en el regazo de un hombre con la cabeza apoyada en su hombro mientras él acariciaba sus pechos. Vance caminó hacia el bar.
- ¿Puedo ayudarle? -preguntó un hombre de mediana edad con grandes patillas, pecho fuerte y unos ojos oscuros que habían visto de todo.
- Whisky.
El barman le sirvió un trago y después colocó sobre la botella junto a la mano derecha de Vance- Me llamo Frank.
-Si quieres que todo el mundo en la ciudad sepa quién eres, me lo puedes decir ahora y estará hecho -Frank se encogió de hombros- Si no lo haces, podría llevar un poco más de tiempo, pero tarde o temprano ocurrirá lo mismo.
- Si me quedo aquí más de una semana, se correrá la voz de todas maneras. Vance se bebió el whisky de un trago y se sirvió otro- Y si no lo hago, entonces no tendrá importancia -extendió su mano- Vance Phelps. Una vez cirujano y, ahora, la nueva asistente del Dr. Melbourne.
- De vuelta del Este -dijo él más como una afirmación que como una pregunta. - Más o menos -Vance sintió a alguien aproximarse por su lado y echó una mirada de lado. A su lado estaba una mujer de profundos ojos verdes, de pelo dorado, y con la piel más pura que jamás hubiera visto. Llevaba un vestido color azul profundo muy escotado y el corpiño tan apretado que acunaba sus pechos como las manos de un amante. Relucientes piedras azules engarzadas en oro pendían de los lóbulos de sus orejas, rozando su cuello como una caricia hipnótica. A pesar del whisky acababa de beber, Vance sintió la garganta seca y su mente vacía de cualquier cosa excepto el aroma tentador del perfume y la pálida perfección del rostro de la mujer. Frank, los otros hombres en el salón, aun los restos de su sueño, dejaron de existir.
- ¿Frank ya ha colmado tu paciencia? - preguntó Mae con voz grave y cálida. - Todavía no -consiguió decir Vance. Apuró su whisky nerviosamente- Tú debes ser Mae.
- ¿Por qué crees eso? -Mae asintió con la cabeza cuando Frank sostuvo en alto una botella de brandy como preguntando. Ella cogió el vaso que la ofrecía pero no bebió mientras observaba a Vance. Tenía profundas sombras oscuras bajo sus ojos, y más profundas en su interior. La había visto entrar, una extraña con un traje de buen corte a la que no parecía preocuparle que una mujer, incluso una cuyo vestuario y porte indicaban que no le importaba lo más mínimo las
opiniones de los demás, podría atraer atención no deseada en un lugar como aquel. Atención que Mae no estaba segura de que una mujer con un solo brazo pudiera ahuyentar.
- Caleb Melbourne me dijo que tú eras la cosa más exquisita que puede contemplarse al oeste del Mississippi. -Vance habló en voz baja sin ironía ni insinuación- Él tenía razón.
Mae echó hacia atrás su cabeza y se rió- Entonces parece que los dos doctores de la ciudad son unos aduladores.
Vance buscó frenéticamente algo que decir para poder escuchar, una vez más, la voz llena y vibrante de esta mujer. Después del abrazo frío y oscuro de su pesadilla, inexplicablemente se sentía deseando ardientemente la vitalidad y calor que rodeaba a Mae- Permíteme no estar de acuerdo ya que me he quedado sin palabras.
- Bueno -dijo Mae, bebiendo de su brandy- Por qué no comienzas con tu nombre.
- Algo me dice que tú ya podrías saber eso y más.
Mae sonrió- Además también eres inteligente. Pero imagino que una mujer que aspira ser médico tendría que serlo.
- O testaruda.
- Apostaría a que eres ambas cosas. -Mae observó a Vance servirse otro trago, viendo el temblor en su mano- No puedo decir que no tenga curiosidad. Y como sé que no eres tonta, tienes que saber que la gente querrá conocer tu historia.
Vance hizo un gesto con su barbilla señalando hacia el salón y los hombres que allí estaban... marginados, tahúres, peones, y hombres de negocios. Todos tenían una cosa en común. Todos ellos estaban aquí en medio de la noche ahuyentando la soledad o simplemente intentando llenar las horas hasta que su rutina diaria comenzara de nuevo.
Pero algo era cierto, todos ellos tenían una historia- Creo que ya habrás oído suficientes a esta hora.
- Espero que la tuya sea diferente.
- ¿Por qué? -Vance terminó su whisky, contempló la botella, y apartó a un lado su vaso. Aunque la tentación de dejarse llevar por la bebida era fuerte, la presencia de Mae era más fuerte.
- Tú no eres un hombre -Mae observó un amago de amarga sonrisa cruzar la cara de Vance. Aun con ropa de hombre, en un lugar al que ninguna mujer decente entraría, bebiendo whisky en mitad de una noche solitaria, nunca nadie la tomaría por un hombre. Su rostro era fuerte, con una mandíbula decidida que sugería que no se rendiría fácilmente cuando tomara una decisión. Pero había una finura en su piel, como si fuese seda, y una belleza delicada en la curva elegante de su frente y la longitud de sus oscuras pestañas. Era fácil ver a la mujer que había dentro de ella, lo que hacía que la ira apenas disimulada y el dolor que estaba apenas bajo la superficie resultara aún más convincente.
- Puede que no lo sea, pero mi historia podría ser la misma.
- Oh -dijo Mae, tomando un sorbo de su brandy y apoyando sus dedos sobre la parte superior de la mano de Vance que descansaba sobre la barra- ¿Vas a decirme que alguien te robó y sacó provecho de tu concesión cuando ibas de camino a la ciudad para registrarla?
La boca de Vance se tensó bruscamente- Nunca he sufrido la fiebre de oro. - ¿Algún donnadie te hizo trampas en las cartas y ganó tu caballo, tu silla de montar y tu último dólar?
Vance negó con la cabeza- Sé cuándo estoy muy cansada, y sé cuándo retirarme.
- Lo dudo -musitó Mae, distraídamente trazó la longitud de los dedos de Vance, uno tras otro, con una uña color de rubí- Estaba dispuesta a apostar que
no te das por vencida fácilmente.
- Como dije antes… -dijo Vance con dureza- Testaruda no siempre significa inteligente.
- O… -Mae siguió, con la certeza de que no importaba que fuera lo que causaba la angustia en la voz de Vance, era algo de lo que no iba a hablar ahora. Tal vez nunca- Vas a decirme a una mujer rompió tu corazón y se largó con el mentiroso y cobarde predicador.
- No podría ser eso -contestó Vance seriamente, consciente de que Mae la observaba fijamente- Tengo por norma mantenerme alejada de la iglesia.
Mae sonrió- Si no estás preocupada por el predicador, podrías querer asistir a los servicios del domingo. La gente tiende a sentir más simpatía por ti si lo haces.
Vance suspiró- Algunas cosas nunca cambian, no importa lo lejos que vayas. - ¿Llevas viajando mucho tiempo? -preguntó Mae amablemente.
- Poco más de un año -contestó Vance, sorprendiéndose a sí misma por la confesión- Bueno, no he estado viajando todo el tiempo. Parte del tiempo estuve en un hospital en Richmond.
- ¿Cuánto tiempo?
- Siete meses -Vance metió la mano en su bolsillo, sacó su reloj y miró la hora- Es muy tarde y ya te he entretenido bastante.
- Tú no me estás privando de nada, no hay ninguna cosa que prefiriera estar haciendo.
- El Dr. Melbourne me pidió que me encargara de las chicas de aquí.
- Las chicas… -Mae se rió suavemente. No detectó ningún atisbo de censura en la profunda y grave voz de Vance. Cualquier rabia que hubiera dentro de ella, era para sí misma y no para los demás- Las chicas y yo raras veces nos levantamos antes de media tarde.