• No se han encontrado resultados

Los Cinco Grados Del Despertar

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Los Cinco Grados Del Despertar"

Copied!
89
0
0

Texto completo

(1)

Los cinco grados del Despertar

Enseñanzas de un monje Zen

1

Kosen Thibaut

1 Traducido del francés. Título original “Les cinq degrés de l´éveil. L´enseignement d´un moine Zen”.

(2)

Gyoji nº1: Los monjes modernos

Se ha dicho que la vida en los monasterios es penosa. ¡Bah, nuestro camino es igualmente difícil, quizás incluso más! De hecho, el maestro Deshimaru cita el caso de muchas personas, ministros, emperadores, que tuvieron una práctica muy fuerte de la Vía, a pesar de todas sus responsabilidades, sin dejar de lado su puesto importante para la sociedad, y agrega que son superiores a los monjes de los monasterios.

Un poema me viene al espíritu: Incluso si nadie puede ver la cima de la montaña,

El camino para subirla y bajarla es el mismo

Se trata de la relación entre nuestra práctica de buda y nuestra vida ordinaria y secular que debe convertirse en una marcha heroica, pero esto requiere evidentemente un rigor, una voluntad constante, e igualmente, un sentido enorme de las responsabilidades.

En un monasterio, tenéis siempre a alguien superior a ustedes, que os dice lo que debéis hacer: el maestro, que está siempre allí, después el shusso, el jefe de los monjes, el intendente…

Pero cuando estamos solos en la calle, solos en la vida, es que debemos además enfrentar otras jerarquías, otras leyes que no son las del budismo, entonces hay que encontrar uno mismo la solución conforme al hecho de ser un discípulo de buda. Es por lo que califico nuestra práctica de “heroica”.

Heroica o superficial, según vuestra elección: si probáis un poquito de zen, durante un cierto tiempo, y después probáis otra cosa, y así durante los años preciosos de vuestra existencia, no llegaréis a ser el héroe de vuestra propia vida.

La práctica de los monjes modernos – discípulos del Maestro Deshimaru y del Mestro Kodo Sawaki – empezó verdaderamente con Kodo mismo. Sin embargo, la historia del zen antiguo nos da ejemplos de personas que practicaron como nosotros lo hacemos hoy en día, deseando integrar esta luz, esta sabiduría, en la vida ordinaria, en la vida activa, con el fin de compartirla con todos.

Ya no se ingresa – como pasaba antiguamente – en un monasterio del que no se saldrá hasta la muerte. Incluso si practicamos regularmente el campo de verano, las sesshin y el zazen, estamos confrontados a la vida social, como todo el mundo; y si esto es, para mí, el summum del budismo, es al mismo tiempo lo más difícil.

La caminata en kin-hin ilustra bien este nexo entre meditación y acción. La practican desde siempre los monjes, en los monasterios, en los dojos zen, entre los períodos de zazen. Es una verdadera acción porque se trata de caminar, de avanzar; acción simple pero extremadamente delicada porque se inscribe dentro de una meditación. Al mismo tiempo, como el secreto de la práctica descansa sobre la relación entre nuestra vida personal, cotidiana, fenoménica y el zazen mismo, kin-hin es el primer paso hacia el camino del bodhissatva, un camino muy difícil por lo demás. Tener una postura relajada, noble y fuerte, es poder encontrar las sensaciones del zazen

(3)

en actividad, ¿y por qué no?, trabajando, tomándose una cerveza, bailando, para que nuestra vida actualice en todas las circunstancias esta marcha heroica del bodhissatva.

El poema del que les acabo de hablar tiene un gran valor. Expresa la respuesta a las preguntas que los practicantes se hacen.

Algunos piensan que el zazen es mágico, y otros (lo que es incluso peor), que no lo es. Pero lo que hace la maravilla y la especificidad, es que es lo que nosotros somos, de lo más pequeño a lo más grande, del comienzo al fin, de lo bajo hasta lo alto.

¡Nuestro maestro, Deshimaru, tenía siempre explicaciones de una gran simplicidad! Le decíamos: “Maestro, como monjes, ¿cuales son los preceptos que debemos practicar?

- Estad felices y en buena salud”

Era simple. Pero no es tan fácil permanecer feliz y en buena salud.

Un día él me dijo: “Stéphane, usted puede hacer lo que quiera en su vida, eso no me concierne, no me interesa: pero tiene que estar en las mañanas en el dojo, si no ¡I

kick you! Cuando me mostró su puño así, ¡había tanto amor! Quería decir que me

aceptaba, quería decir que yo entraba en la dinámica del buda.

¡La dinámica del buda era eso! “Poco a poco el zazen cambiará esta vida, hasta que se convierta en una marcha heroica”.

Ésa es la enseñanza que él me dio. Era simple y clara, pero me dejaba libre. Hay de todo en nuestra vida, el trabajo, el amor, los hijos, las victorias y los fracasos, el aburrimiento, los cuestionamientos, el karma. ¡Puede ser cualquier cosa, cualquier acontecimiento los puede entrampar! Sin embargo, si podemos continuar a estar allí en las mañanas, cueste lo que cueste, para el zazen, entonces, sin importar lo que pase, todos los obstáculos serán vencidos, todas las dificultadas serán superadas, nuestra vida personal misma se convertirá en la Vía, la enseñanza que nos da el buda.

Es simple: en nuestra vida todo es posible, y además, todo es necesario.

Lo repito: el camino para subir es el mismo camino para bajar, e incluso si nadie puede ver la cima de esta montaña, no es otra cosa que nosotros mismos.

Este poema es el secreto de la vida, del humano, del Buda. En la práctica de los monjes modernos, no es necesario ponerse una etiqueta o salir a la calle con un uniforme de monje. En mi opinión, actuar así es aún una ilusión. Para algunos, es necesario. Por ejemplo en lo que concierne al Dalai-lama. Nadie le pide que salga en jeans o que salga de fiesta en la noche, ni tampoco que se ponga un traje, una corbata y salga a trabajar. Pero para nosotros, es posible ponerse un traje y salir a trabajar. ¡Es una obligación! Con la condición, por supuesto, de continuar la práctica.

Cuando se hacen dos zazen seguidos – por ejemplo en una sesshin – ocurre que hacéis uno muy agradable, que os parece fácil. Dicen: “Ah, el zazen, es formidable!” El siguiente puede ser duro, vais a sufrir, saldréis diciendo: “Zazen, al final, me pregunto verdaderamente para qué sirve, lo que puede aportar”.

Porque el zazen es ustedes, y porque el camino que baja es el mismo que sube. Es cierto que a veces el zazen os aporta favores inverosímiles. No se sabe de donde vienen, porque nadie puede ver la cima, pero al mismo tiempo, lo que es mágico, es que sea ustedes, porque es lo que ustedes le dan. Va en los dos sentidos, es fantástico y al mismo tiempo, completamente ordinario. La magia de lo ordinario, hay que comprenderlo bien, es la más grande maravilla, el más grande de los misterios. Las cosas ordinarias, las condiciones normales son la Vía, vuestro trabajo, vuestras acciones son la Vía del Zen.

No se practica sólo para uno mismo, ni tampoco únicamente para los otros. Se participa a una dinámica y de una dinámica. Nuestra práctica hace girar la rueda del despertar, de la conciencia universal humana. Es fundamental.

(4)

Esta conciencia es como un dínamo de bicicleta, si la rueda gira, entonces la luz surge, pero cuando hay viento o una cuesta, no avanzamos más y la luz se debilita. Este poder de acción es extremadamente precioso, el dojo hace girar el dínamo de la conciencia humana que es interdependiente, común a todos, no podemos existir solos. Nuestra propia conciencia –incluso si estamos solos en el baño – participa de la conciencia universal. Tenemos necesidad de ayudar a los demás porque nos ayudan a nosotros mismos, hay que comprender esto también, en nuestra práctica. Se viene al dojo por la Vía, por esta dinámica, por la conciencia humana. No seamos egoístas.

Gyoji n ° 2: Your gyoji must be strong

Antes de abordar diferentes puntos maravillosos del universo del zen, dejemos que la armonía se haga entre nosotros, a lo largo de las líneas. Esto toma siempre un cierto tiempo, pero tomarse el tiempo, por su parte, como dice la canción, es ya una especie de signo de armonía.

¡Es la misma cosa en un dojo! Alguien me preguntó si, verdaderamente, se podía creer en este impacto. Es evidente: nos influenciamos los unos a los otros por nuestras posturas, nuestras energías, y también por nuestros respectivos estados de espíritu, incluso si estos últimos permanecen invisibles o silenciosos. Entre mis discípulos hay monjes y monjas muy fuertes, y esto ayuda mucho a los principiantes. Es también por esta razón que, si yo organizo una sesshin de cuatro días, no deseo que hagan solo una parte, solamente tres, dos o un día. Debemos comprometernos todos juntos lo más posible, del principio al final. Una sesshin no es una cita mundana o diplomática.

Gyoji es el título del treintavo capítulo del Shobogenzo del Maestro Dogen Zenji. Es un término que el Maestro Deshimaru pronunciaba frecuentemente, una palabra mágica, una palabra que hace huir a los demonios, un verdadero rugido de león para nosotros, sus discípulos, que lo habíamos escuchado pronunciar por un bouddha.

En la época en que construíamos su templo de la Gendronnière, Sensei había comentado esta enseñanza del Maestro Dogen – había que ver eso – con grandes golpes de kyosaku, empujándonos a ir sin cesar hasta el límite de nosotros mismos, e incluso mucho más lejos.

“Gyoji! Gyoji! Your gyoji must be strong!”, rugía, girando sus ojos de fiera.

El decía: “Si estáis cansados ayudando al Dharma, practicando la Vía, es un gran mérito, si caéis enfermos, ¡es incluso mejor! No tengáis miedo: la práctica no los destruirá jamás, es solamente la no-práctica la que destruye.”

Nunca tuve la impresión de fanatismo escuchándolo hablar. Al contrario, lo que había detrás de sus palabras me encantaba. Sensei no parecía tomar ni nuestro ego, ni el peso de nuestro karma, ni incluso nuestra vida, en serio. Nos hacía sentir que todo eso era sin importancia. En cambio, había algo de la más extrema importancia, de fundamentalmente primordial, y éramos nosotros, pero nosotros en tanto que Buda. Y, contrariamente a lo que debiese haber pasado – porque habitualmente, la denigración de nuestro ego por el otro provoca reacciones agresivas – esto nos procuraba un verdadero alivio. Nos daba unas curiosas ganas de reírnos de nosotros mismos y nos sentíamos libres y fuertes.

Gyoji. Sensei, ¿no habría usado este término a modo de látigo para hacernos trabajar más rápido? Porque el maestro tenía el derecho, nos pareció a nosotros, de usar a su antojo las instrucciones de los ancianos para llevar a sus discípulos adonde él quería. Ocurre que a través de esta enseñanza comprendí un aspecto fundamental del

(5)

zen, pero sobre todo recibí una energía de puro amor de vida que no me dejará jamás. Por lo tanto, me doy cuenta que muchos se equivocaron: de una lección desmesurada, hicieron un deber estricto, la palabra gyoji rápidamente se convirtió en sinónimo de rutina.

Es cierto que significa repetir, repetir cada día. Si alguna cosa os parece buena y justa, entonces hay que repetirla al infinito y esto se convierte en gyoji, tal como la Tierra no deja nunca de girar en torno a su sol. Es su santa práctica, es santa a fuerza de ser repetida, es repetida porque es santa.

Gyo significa hechos, acciones, una conducta, y ji, actualización de la

observancia de los preceptos, o, más simplemente, “autenticidad”. Se podría traducir entonces como: “pura conducta o hechos a través de los cuales es actualizada la observancia de los preceptos”.

Lo que plantea una nueva pregunta: “¿Qué es la observancia de los preceptos?” El término parece a veces bastante poco atractivo.

En el budismo zen, el acercamiento a la moral es totalmente particular.

Durante la ceremonia del shiho, el elemento más importante es la transmisión de los preceptos.

Antiguamente, la sangre del maestro y la del discípulo se mezclaban, y los documentos se sellaban con esta sangre. Cuando recibí el shiho del Maestro Niwa Zenji, nos pinchamos cada uno la punta del dedo y mezclamos nuestra sangre con tinta roja. Hoy en día, en Japón, casi todos los shiho no son más que ceremonias formalistas, que no representan sino un grado más en la jerarquía de la secta soto. Por mi parte, prefiero la autenticidad del shiho tal y como el Maestro Deshimaru y el Maestro Niwa me lo hicieron descubrir.

Entonces, de la misma forma que un virus puede permanecer inactivo durante un muy largo tiempo (se puede incluso vivir con él toda su vida sin que jamás se manifieste), es en el momento en el que se manifestará la transmisión del Dharma que sabréis exactamente lo que significa, si es que os fue dada por un gran maestro. Durante esta ceremonia, se reciben tres documentos, símbolos de lo que es transmitido espiritualmente por el maestro. Representan los tres aspectos de la vía budista: ¿Por qué vinimos a la tierra y por qué practicar?

1.

Para resolver nuestro karma complicado y reparar nuestros fallos,

2.

Para descubrir por medio del zazen nuestra naturaleza divina (ku),

3. Para salvar y aliviar a aquellos que sufren.

En estos tres aspectos, la noción de precepto está presente cada vez.

Todas las religiones están fundadas sobre el respeto de la santa ley divina: no matar, no robar, no criticar a los otros, no mentir; pero el problema es que es imposible para el hombre traducir y formular lo que es la verdadera moral porque, además, ésta evoluciona con el tiempo y el lugar, y menos se comprende, luego las reglas se multiplican. En el verdadero budismo, no se puede explicar lo que son los preceptos fundamentales, y sin embargo, existen realmente.

Mi maestro no daba más que dos: “Estar felices y con buena salud”.

Lo que importa no es que haya cien, mil o diez mil, de todas formas no serán nunca más que un acercamiento aproximado a la verdad. Cada ser humano debiera tener sus propios preceptos, y estos, variar según la situación: quizás incluso, en algunos casos extremos, estaría permitido matar (pienso en la eutanasia o el aborto). Para unos sería posible hacer el amor, para otros, no; quizás en ciertos momentos se

(6)

podrían hacer algunas cosas y en otros, no. Los preceptos pueden cambiar según la tradición, el clima, etc. Si estáis invitados a una familia musulmana, sería indecente comer cerdo; en presencia de una mujer embarazada, mejor no fumar…

Los preceptos no pueden entonces transmitirse más que silenciosamente, y la religión no puede comprenderse únicamente por los libros, así sean de santos.

El santo precepto es una cosa viva, fabulosamente bella y perfecta. Es la razón, el equilibrio, el amor, la dirección, es el estremecimiento de la satisfacción de Dios en nuestra médula espinal, la felicidad y la paz, el regreso a la razón, el perdón. Es como la naturaleza: espléndida, magnífica, fantástica, pero al mismo tiempo normal. Así es la verdadera moral, la verdadera pura conducta humana, como la naturaleza: virgen. Esta palabra puede evocar la Inmaculada Concepción, pero también la selva virgen, que no es solamente pura, sino igualmente salvaje, mortal, poderosa, peligrosa, impenetrable.

La realidad de la moral absoluta existe en un ciclo continuo, eternamente presente y transmisible por los maestros. Es por esto que cada uno de ellos la expresó de una forma totalmente original. Muy lejos de la idea estrecha que el común de los mortales puede hacerse del respeto y la regla, cada uno comprendió y transmitió a su modo el espíritu de sabiduría y de moral eterna de los antiguos budas.

El capítulo “gyoji”, del Shobogenzo, es una de las grandes lecciones que nos transmitió el Maestro Deshimaru. Esto me recuerda el momento cuando llegamos al templo del Gendronnière. Durante meses cortamos zarzas, desbrozamos senderos y caminos. Poco a poco, el trabajo se organizó. En seguida, cuando todo estuvo limpio, comenzamos a pensar en los detalles.

El Mestro Deshimaru llegó a Europa como un bulldozer, en medio de personas que no conocían nada del zen. Tuvo que soportar a aquellos que sabían todo del budismo por los libros. Liberó una enseñanza directa, brutal, a sus discípulos. Nos marcó al rojo vivo. Si, a propósito de este capítulo del Shobogenzo, nos preguntan qué recuerdos hemos guardado de la enseñanza del Maestro Deshimaru al respecto, entonces levantamos nuestra manga, mostramos una cicatriz, una cosa que está inscrita en la piel, lo comprendimos con el cuerpo, pero es difícil de explicar.

Esta enseñanza, Sensei no la transmitió para nosotros personalmente. No hizo todos sus esfuerzos para salvar a Stéphane, Jean-Claude o no sé quién. Se sirvió de nosotros para transmitir algo extremadamente precioso a las generaciones futuras. Al principio, algunos se sorprendían: “¿Por qué ustedes, occidentales, practican el zen? ¿Es un poco un esnobismo, una moda, una secta quizás?” No tenían ninguna idea de lo que es. Frecuentemente, incluso aquellos que practican no lo saben.

Yo, mi trabajo, no es el de un bulldozer, consiste en hacer comprender al mundo el tesoro que recibió con la verdadera práctica del zen transmitida hoy en día, y, de pasada, hacerle tomar conciencia del valor real del ser humano. Se puede suponer que el ser humano es una mezcla entre dios y el animal que, hasta el presente, no ha hecho más que mirar la religión como un mono mira la luna. Ahora, hace falta que el hombre observe y dome al animal que es, y que observe y descubra el dios que es también. Lo que el zen tiene para ofrecer es maravilloso, es precisamente aquello que necesita el animal humano para volverse divino a través de las cosas más simples. Desde hace algunos años, vengo repitiendo que el mundo va a cambiar fundamentalmente en poco tiempo, y que nosotros, los monjes zen, podemos contribuir a cambiarlo positivamente. El momento llegó, aquí y ahora, donde nos volveremos útiles, porque a veces, se califica al monje de inútil. Como los compañeros que deben llevar a cabo una obra de arte perfecta, todo monje debiera hacer lo mismo con su vida.

(7)

Cada gran maestro ha actualizado a su manera, a través de sus acciones, “la observancia de la ley fundamental”. Recuerden a Moisés y la Tablas de la Ley: Dios las formuló con fuego, inscribiendo los diez preceptos en la piedra. Pero la moral está más allá de cualquier precepto, la nueva civilización tiene la necesidad de experimentar, redescubrir esta moral, visceralmente.

Es una enseñanza que puede, ciertamente, ayudar a la humanidad, más específicamente frente al problema del trabajo, el sentido del trabajo. El gran problema actual es la cesantía. Se quejan o inquietan a causa de esto, pero en realidad el problema no es ése. Todos los seres humanos no están en busca de un trabajo, sin embrago, cada uno está en busca de su gyoji, que es la manera por la cual va a poder expresar en su vida los valores fundamentales.

Me recuerdo de un libro escrito a finales del siglo XX, El Horror económico de Vivianne Forrester, que decía ya: “En qué sueño nos mantienen, sustentando unas crisis a partir de las cuales saldremos de la pesadilla? ¿Cuándo tomaremos conciencia que no hay crisis, sino una mutación de la sociedad, de la civilización? Participamos de una era nueva, sin llegar a vislumbrarlo, sin admitir, ni menos percibir, que la era precedente ya desapareció.”

Bien que este capítulo, en el seno de la obra maestra, el Shobogenzo, del gran patriarca y no menos gran filósofo, Maestro Dogen, sea uno de los más fáciles de leer, es ciertamente el más difícil de comprender y aclarar.

Hace ya años que nosotros, los antiguos discípulos del Maestro Deshimaru, comenzamos a estudiar, a intentar comprender lo que este término gyoji significa realmente. Entre sus definiciones, citemos: actualización de la moral fundamental.

En el momento actual, la moral no está en absoluto de moda, incluso es detestada por bastante gente, porque lo que muchos buscan es más bien la superación de los tabúes y la facultad de disfrutar, liberándose de las barreras rígidas de la moral convencional. Pero para liberarse de éstas, sin encontrarse tarde o temprano confrontados a su propia censura interior inconsciente y a su propia represión – lo que conllevaría inevitablemente resultados catastróficos: enfermedades, accidentes de todo tipo – hay que comprender y amar la moral fundamental, liberadora en el verdadero sentido de la palabra, que además, en mi opinión, no se opone en absoluto a la superación de los tabúes y a la facultad de disfrutar. Es paz, amor verdadero, retorno al hogar, lugar donde se puede por fin apoyar la cabeza y detener la lucha sin comienzo ni fin… ¡uf! Es lo que cada ser humano busca desde siempre, al fondo de sí mismo, es entonces un punto terriblemente importante. Finalmente, esta moral es el fundamento, la base de toda religión y, más importante aún, de toda civilización.

¿Qué quiere decir, moral? ¿Cómo expresarlo en palabras? Los antiguos maestros lo tradujeron en actos.

El primero de todos en hacerlo fue, evidentemente, Shakyamuni Buda. El no lo enseñó solamente con palabras, que más tarde fueron compiladas en sutras y transmitidas como patrimonio de nuestra humanidad, sino que, antes que todo, dio el ejemplo por su comportamiento y su práctica.

Lo asombroso es que, observando el gyoji de Shakyamuni Buda y el de Mahakashyapa, su discípulo y sucesor, nos damos cuenta que el discípulo practicó actos aparentemente contradictorios con los del maestro, y sin embargo, expresó él también, la moral fundamental. Esto prueba que es una práctica viva, que expresa la misma verdad, el mismo valor esencial, variando según el lugar, el tiempo y el individuo.

(8)

Cuando se observa y estudia la vida de los antiguos maestros, se puede sentir por intuición, y reencontrar en sí mismo la misma aspiración que nuestros predecesores. Nos toca a nosotros lograr actualizarla a través de la obra que debe llegar a se nuestra vida.

Gyoji nº 3: El ejemplo del Buda Shakyamuni

El primero de los gyoji contados por el Maestro Dogen es, evidentemente, el de Shakyamuni Buda. ¿Cuáles fueron los valores puestos en evidencia por las acciones de este último?

La primera cosa que impresiona en este aspecto, es que haya abandonado todos sus privilegios de príncipe para partir en busca de algo más. Algo más que todo lo que pudiese querer un ser humano, porque todo eso ya lo tenía: privilegios de rango social, nobleza, riquezas, poder, comodidad, palacios maravillosos – incluso abandonó a su mujer amada, sus hijos, así como a su padre, su madre, su harem, sus carros, sus caballos. En fin, dejó todo aquello con lo que cada uno de nosotros podría soñar, por algo más esencial. Por medio de este acto, expresó un valor básico, aunque totalmente contrario al decoro, a lo que un príncipe indio de aquella época debía ser. Cuando partió, al amanecer, quería abrazar a su hijo, pero no lo hizo: “Si hubiese hecho eso, no podría partir”.

¡Abandonar el mundo! He ahí un tema interesante.

El gyoji de Buda funda las bases de la práctica de los monjes budistas desde siempre. Muchos se volvieron monjes, se rasuraron la cabeza, pero pocos tenían que abandonar un mundo tan perfecto como el de Shakyamuni. La mayor parte entre nosotros abandonó una clase de mundo bastante ordinario. Como sea, a veces es más difícil abandonar el infierno que el paraíso. Los monjes de hoy en día no deben tomar ninguna de sus relaciones a la ligera. En principio, uno no abandona por cobardía o por deseo, pero si ese fuese el caso, no abandonar debiese, entonces, convertirse en la vía a seguir.

Siempre hay lucha o conflicto en nosotros mismos, entre el animal y el dios. Es lo que provoca, en la conducta de los grandes monjes, actos fuera de lo común. ¿Por qué actúan así?

Dogen escribe que la virtud de la actitud de estos maestros los mantiene y mantiene el mundo. Es primordial, y citaré como ejemplo a uno de mis antiguos condiscípulos, Etienne Mokusho Senku, declarado oficialmente sucesor del Maestro Deshimaru en el Dharma, al igual que Roland Rech y yo mismo. Etienne murió súbitamente. Su muerte prematura, tan repentina, fue su práctica y su enseñanza de maestro, a la imagen, y siguiendo el ejemplo de nuestro maestro común, Deshimaru Taisen. La acción más importante que llevó a cabo, como educador, fue esta muerte súbita. Personalmente, cambió radicalmente mi vida, mi manera de percibir las cosas. Pienso que muchos de sus compañeros cercanos sintieron lo mismo. Es lo que se llama una enseñanza a través del cuerpo, una lección por los hechos.

La primera acción de Buda, después de haber dejado a su familia, fue rasurarse la cabeza. Tenía largos cabellos, los reunió en una trenza, cortó esta trenza y en seguida se rasuró completamente. Es cierto que el peinado ha sido siempre un signo de pertenencia social, hoy día más que nunca. Rasurarse el cráneo se ha convertido en un peinado muy a la moda, por ejemplo, para los homosexuales, los skins o los raperos. Para el monje zen, esto tiene un significado muy particular. Cuando se conoce el

(9)

sentimiento que se experimenta cuando se abandonan definitivamente todas las pertenencias sociales, todas las etiquetas, cuando se abandona este mundo y sus apariencias rasurándose la cabeza y volviéndose monje, se aprecia este acto de otro modo.

Cuando me rasuré la cabeza, en 1971, tenía veintiún años, nadie se rasuraba en esa época. Cada vez que salía, que tomaba el metro, eran diez, quince, veinte personas que me miraban fijamente, que a veces se burlaban de mí, me insultaban o me mostraban el dedo. Lo viví verdaderamente como una renuncia profunda. Y además, como la moda era tener el cabello largo, ninguna mujer hubiese querido a un tipo rasurado, ¡ninguna posibilidad de ligar! Al principio, tenía más bien vergüenza, no estaba seguro de mí mismo, encontraba mi cráneo horrible, y después, poco a poco, me olvidé de mirarme en el espejo, y otra forma de belleza, otra forma de seguridad, vino del interior. Desde ahí, viajé por el mundo entero y no tuve nunca un problema con mi cráneo. Rasurarse con este espíritu nos libera verdaderamente, cada vez, nos mantiene fuera del tiempo, libre de karma, redondo, liso. En ningún caso debe ser una apariencia exterior o sectaria, sino una experiencia íntima, un impulso, el mismo que el de Shakyamuni Buda, que cogió sus cabellos en su mano izquierda y los cortó con su sable.

Esta primera vez que me rapé, era la mañana de mi ordenación de monje. Habíamos hecho una sesshin toda la noche, en conmemoración de la muerte de Kodo Sawaki. Era duro y penoso. Hacía zazen en el gaetan, en medio de los zapatos. El dojo estaba lleno a reventar, no había aire, me dolía el estómago, me dolía la espalda. Los zazen no terminaban nunca y Sensei hablaba, hablaba, hablaba, mi estómago estaba duro como hormigón. Al fin, la sesshin terminó.

En la mañana, comimos la genmai, después Sensei dijo:

“¡Bueno! ¡Prepárense! En una hora, vamos a hacer las ordenaciones. Preparen el dojo. Los monjes deben tomar una ducha, cambiarse. Encuéntrense un kimono blanco limpio.”

En esa época, había pocas ordenaciones: una decena de bodhisattvas, tres o cuatro monjes de los cuales yo formaba parte. Todo el mundo estaba atareado como era habitual; los secretarios corrían, dando órdenes a derecha e izquierda, era como un enjambre. Una cierta tensión reinaba en el departamento de Sensei.

Yo me sentía un poco ansioso, finalmente. ¿En qué historia me había embarcado? No había pedido, realmente, convertirme en monje. Sensei nos dijo, a Bernard y a mí: “¡Deben convertirse en monjes!”. Nosotros respondimos: “De acuerdo, OK, nos hay problema”. Pensábamos que estábamos muy, muy desapegados.

Etienne, del que acabo de hablar, que ya había recibido la ordenación de monje hacía algún tiempo, en el departamento, enrollado indolentemente en un sillón, para nada estresado, él:

“Etienne, ¿crees que es importante rasurarse la cabeza?

- Oh, no, respondió él.

- ¡Ah! Me lo confirmas. Bueno entonces, no me rasuro, no vale la pena.”

Y después, no sé qué me dio… Sensei estaba en su sala de baño. Me miré en el espejo, agarré mis cabellos con la mano… Ya no podía soportar esa cabeza, esos cabellos que me habían causado tantos problemas – estaban siempre grasos a causa del aire de París, había siempre una mecha que se doblaba hacia arriba, había intentado todo, el Baby-Liss, los shampoo secos. De pronto, me precipité en la sala de baño, y comencé a rasurarme, igual como Shakyamuni debió agarrar su trenza y sacar su sable. Un segundo antes, no hubiese pensado que lo haría. Después de terminar, me encontré con Sensei, y estalló de risa: “¡Se diría que tienes doce años!”, me dijo.

(10)

El gyoji de Buda comienza con seis años de mortificación. Desde que dejó su palacio, buscó la Vía incluso bajo riesgo de morir. Esta determinación influencia aún nuestra práctica actual. En la Sangha, se dice frecuentemente que los principiantes son más sinceros que los antiguos. Estos seis años de mortificación del Buda ilustran la voluntad del principiante, que no tiene el satori, y cuya fe se basa sobre la obstinación y la esperanza. Es diferente de la fe de aquel que se realizó, que se despertó. El principiante busca, se entrega. El primero en dar el ejemplo fue el Buda mismo. Esta fe de principiante, que abandona incluso su cuerpo, es muy importante no solamente en el zen, sino en toda nuestra sociedad. Para reemplazar esto, ¿qué momentos comparables pueden vivir los que no practican: bachillerato, servicio militar, primer empleo, permiso de conducir, matrimonio…?

Después de seis años, a partir de esa fe de neófito, el buda se despertó, y se dice que se despertó entonces, simultáneamente, con la gran Tierra y todas las existencias. Son los dos primeros actos del Buda: dejar su familia y practicar el espíritu del principiante, hasta el despertar. Después del despertar, el gyoji continúa.

Pienso frecuentemente en esta experiencia del Buda que se sentó cuarenta y nueve días bajo un árbol sin moverse y que luego se despertó; en Bodhidharma, el gran patriarca que transmitió el zen de la India a China y que permaneció nueve años sentado frente a un muro. Si os pidieran quedarse sentados nueve años, os parecería difícil, pero nueve años pasan bastante rápido, cuarenta y nueve días; es incluso más corto, comparado con los millares de años que podríamos vivir, encarnación tras encarnación, estancados sin jamás encontrar la vía. De todas formas, debe ser muy difícil, incluso imposible de realizar, e incluso menos de actualizar de manera rápida, lo que puede ser en toda su inmensidad la verdadera dimensión del zazen.

El Maestro Dogen dijo: “No hay otra enseñanza fundamental más que la del zazen. Evolucionar en su práctica es una cuestión de cotidianidad”.

Efectivamente, día tras día, descubrimos detalles cada vez más sutiles e importantes, Nos damos cuenta que no hubiésemos podido descubrirlos diez o veinte años antes, son cosas que no pueden ser explicadas oralmente, que no pueden ser comprendidas más que por sí mismo. Nos son transmitidas por la vida y por la postura misma. Es incluso más eficaz continuar cotidianamente durante treinta o cuarenta años que quedarse nueve años frente a un muro o cuarenta y nueve días bajo un árbol.

El Maestro Ejo dijo: “No hay sólo el tesoro descubierto durante el zazen, hay también el tesoro que se descubre paso tras paso, acto tras acto, en la vida cotidiana”.

Si perseveráis en el zazen, incluso los actos o pensamientos que engendran bonnos, como los deseos, las pasiones, se convertirán en fuente de despertar. Son la materia misma del despertar, tal como el hielo al fundirse se convierte en agua.

El deseo en sí mismo no es malo, ¡es incluso vital! A pesar de todo, si no se puede satisfacer hay frustración, y esta frustración engendra malos humores. Ocurre, felizmente, que podamos apropiarnos del objeto de deseo, pero que éste, sobre todo si es un sujeto, nos decepcione. Ahí, entonces, esta inadecuación va a engendrar lo que se llama bonno. Y finalmente, ¿por qué no? El deseo es satisfecho y estamos colmados, no hay entonces ningún problema, excepto si esta felicidad misma engendra en nosotros un apego. Porque aún ahí, la inestabilidad inherente de la vida hará nacer, tarde o temprano, nuevas frustraciones. En resumen, el bonno no es el deseo mismo, si no el apego y las coagulaciones que engendra.

(11)

Entre todas las acciones meritorias actualizadas por Shakyamuni durante su última existencia, hay una que los maestros admiran muy particularmente: es que no usó más que una vestimenta durante toda su vida de monje, una vestimenta que remendó, reacomodó hasta el final.

Cuando se practica una vía espiritual, nos preguntamos por qué nuestra vida está limitada a este cuerpo. Podemos cambiar de ropas, pero no podemos cambiar nuestro cuerpo, en todo caso, por ahora. Shakyamuni Buda, que era tan libre, tan elevado espiritualmente, no se escapaba a esta ley de la encarnación, es decir, entrar en la piel, en la carne. Vivimos nuestra vida, nos expresamos a través de la carne.

Evidentemente, nuestro cuerpo está hecho de átomos, de moléculas, y al final, de energía. Toda materia surge del vacío, existe pero no existe, toda materia es metamorfosis.

La manera en que Shakyamuni Buda aceptó esta encarnación fue utilizar la misma ropa durante toda su vida, repararla, remendarla, utilizarla hasta el final. Es totalmente contrario al espíritu actual, que quiere desarrollar el consumo para crear una actividad económica, para crear provecho. Se puede cambiar de auto, se puede cambiar de departamento, de vestimentas, de tele, no se puede cambiar de cuerpo.

Finalmente, la vestimenta de Buda se convirtió en un símbolo, el más fuerte símbolo del budismo auténtico: el kesa. La mayoría entre nosotros está muy apegado a su cuerpo, siempre mirándose en el espejo, preguntándose si están muy gordos, muy flacos. Yendo un poco más lejos en la observación del cuerpo, nos damos cuenta que es verdaderamente pesado, voluminoso, para nada práctico, que envejece rápido. Incluso si se tienen ganas de seguir viviendo, él, el cuerpo, se cansa rápidamente, a los sesenta, setenta años, a veces antes, se estropea. Además, para mantenerlo, hay que comer. Es la manera humana más corriente, aunque muy primitiva, de recargarlo de energía: devorar un tazón de frijoles con salsa de tomate, hacerlo pasar por el sistema digestivo, que elimina todo lo que el cuerpo no puede asimilar. Lo que queda será destilado, y la energía así extraída servirá para hacer funcionar el organismo, una vez mezclada con el aire respirado. Es un sistema muy ecológico, pero que puede parecer bastante primario. El cuerpo está sujeto a la enfermedad, ocurre que estemos obligados a sufrir operaciones, nos sacan un pedazo, llegan incluso a cambiarnos los órganos, el corazón, sin hablar de la cirugía estética. Sin embargo, mientras más pasa el tiempo, más el cuerpo se vuelve feo, se pudre, y, al final, totalmente inútil, hay que botarlo, es un cadáver, es verdaderamente repugnante, apesta. Los sobrevivientes deben tomar la responsabilidad del cuerpo sin vida e inútil, pagar los funerales, encontrar un lugar donde ponerlo. En India, se quema el cuerpo, ocupa menos espacio, es más limpio. Frecuentemente me digo que morir es muy bello, pero ¿quién se va a ocupar de mi cuerpo, que van a hacer? Desearía hacer como el Profeta que voló por los cielos cubierto en su gran bata roja: la clase.

A nadie le gusta lo que envuelve la muerte, hay que llorar, hacer ceremonias, tomar un aire de circunstancia. Además del dolor vivo que puede ocasionarnos la muerte de un ser querido, realmente saca de quicio.

Al contrario, en lo que concierne a la vestimenta del Buda, mientras más la reacomodó, más la usó, más se convirtió en un símbolo. Después de su muerte, se transmitió a sus discípulos y se transmite hasta el día de hoy.

En el Shodoka, un poema chino del gran maestro Yoka Daishi, una frase dice: “Este cuerpo de ilusiones, este cuerpo vacío de la ilusión, no es diferente del cuerpo eterno”.

Esta frase está en relación con el kesa que levan los monjes. Esta vestimenta con la cual están revestidos, que se transmite desde hace dos mil quinientos años,

(12)

representa igualmente la transmisión del cuerpo eterno, el verdadero valor de nuestro cuerpo.

Lo que es particularmente interesante en el gyoji del Buda, es que se perpetúa en todos lo monjes. Todos esos sentimientos que tenía el Buda al dejar a su familia, agarrando sus cabellos, cortándolos con su sable, todos los budas del pasado, del presente y del futuro los vivieron, los viven y los vivirán.

Nuestra misión es también abrir el verdadero budismo a toda la humanidad. Si no sirviera más que los budistas sería limitado. Algunos piensan que consiste en orar frente a una estatua, pedir la bendición de un dios, quemar incienso, creer en Buda… No es para nada eso. El verdadero budismo, es realizar que la naturaleza de cada hombre es divina, que la vocación de cada ser humano es convertirse en un dios. Si el hombre realiza su naturaleza de dios, entonces el mundo entero – montañas, árboles, cielo, animales, insectos, todo, todo, todo – puede realizarlo al mismo tiempo que él. ¡Qué responsabilidad! Eso es el budismo: no hay más buda que vosotros mismos. Es una religión humana de actualidad. Ahora bien, si se va en el sentido opuesto, es peligroso. En lugar de despertar a todas las existencias, se las contamina, se las mancilla, como un niño que rompiese sus juguetes.

Gyoji nº 4: Las vidas, las muertes, una larga historia

Cuando yo era pequeño, en los años cincuenta, nos daban en la escuela lo que se llamaba entonces cursos de moral. Me encantaba eso porque nos contaban historias y no había nada que hacer, solamente escuchar. Me acuerdo de una de ellas: durante la noche, un niño pequeño iba a robar unos buñuelos con crema de una alacena. La descripción del éxtasis que sentía comiendo esas tortas fue tan bien descrita que, después de esa mañana de escuela tan apasionante, busco en vano encontrar una religiosa tan deliciosa como la de la historia de mi infancia. Nunca pude encontrar su equivalente. Pienso que, sin duda, sería necesario que entrara en la noche en una pastelería y robara ese famoso pastel para encontrar un placer comparable al de mis sueños.

Existen en el budismo muchas historias similares, más o menos profundas, particularmente en el sutra de los tres recipientes, el Tripitaka, del cual los Tibetanos son ávidos y que cuenta las historias de las numerosas vidas anteriores de Shakyamuni, cuando no era todavía el Buda. Voy a contarles algunas. Pertenecen a la tradición del budismo hinayana (pequeño vehículo). Es una tradición que insiste principalmente sobre la ley de causa y efecto, o “ley del karma”. Aunque yo sea crítico sobre una interpretación un poco demasiado simplista de esta ley, se puede encontrar en ella, de todas formas, una cierta autenticidad.

En una de sus vidas anteriores (porque se dice que Shakyamuni, antes de volverse Buda, tuvo que atravesar numerosas existencias y experiencias como bodhissatva), el Buda era pobre. A pesar de esto, había tenido la oportunidad de leer muchos textos sagrados, escrituras santas que lo habían convencido de la importancia de cada uno de sus actos. En otras palabras, estaba despierto a la ley kármica (hay que decir que es frecuentemente por desconocimiento de esta ley que se cometen tantos errores). Comprendía también el lenguaje de los animales.

Un día, encontró un trabajo que consistía en transportar el equipaje de un mercader rico a lo largo de sus desplazamientos. Durante un viaje, éste se detuvo y ambos se sentaron al borde del camino. Mientras estaban comiendo, una bandada de

(13)

cuervos vino a posarse sobre un árbol vecino y se puso a dar unos gritos completamente extraños. ¡El mercader tenía la piel de gallina! Los gritos de los pájaros lo disgustaban, pero el servidor, él, se puso a reír.

Llegado el término del viaje, el mercader le preguntó, pagándole: “Cuando los cuervos gritaron, ¿por qué eso lo hizo reír?

- Los cuervos me dijeron: “Ese hombre tiene unas perlas blancas de un valor considerable. ¡Mátalo y nosotros podremos comernos su cadáver!”Por eso me reí.

- ¿Y por qué no me habéis matado?

- Sería incapaz de hacer una cosa parecida, soy demasiado consciente de las consecuencias horribles que eso tendría. Los que pueden hacerlo son personas que tienen éxito en engañarse a ellas mismas. Personalmente, no tengo ganas de hacerle mal a ninguna existencia. Al contrario, experimento naturalmente amor por todo lo que me rodea. No tengo deseos de tomar lo que no me pertenece, aunque sea una brizna de hierba. No ha sido siempre así, tuve ese defecto en una vida anterior. Es por esta razón que, ahora, estoy en la condición de hombre pobre, obligado a transportar el equipaje de los otros”.

En otro pasaje del Tripitaka, se dice:

“Cuando se habla de moralidad, ¿qué se entiende por esto? Ser insensato, cruel, estúpido, violento, ávido, ladrón, sucio, hipócrita, injurioso, mentiroso, artificioso en su lenguaje, celoso, colérico, matar, no controlarse, poner en peligro a los que se ama, hacer morir a los santos, hablar mal del Buda, importunar a los sabios, alimentar malos proyectos para dañar los tres tesoros, esos son los defectos más graves”.

El budismo es la única religión que afirma tan claramente que la vocación del hombre, la verdadera naturaleza del hombre es divina. El budismo tiene una gran idea del valor humano. El proceso de corrección interior es muy importante. Si nos complacemos en una postura mediocre, si renunciamos a corregirnos, entonces el proceso revolucionario se detiene. Es preferible, incluso, no practicar antes que desarrollar una práctica egoísta.

Existen numerosos lugares donde se practica el zen en cualquier postura, porque muchos maestros no la corrigen, pensando que la meditación es ya bastante difícil así.

Esa no era la enseñanza de Deshimaru, ni de Kodo Sawaki, para quienes la rectitud de la postura era lo más importante.

Cuando comienza la práctica, es difícil captar por sí mismo la buena dirección, a veces uno se siente confortable en su mala postura, se necesita entonces una corrección exterior. En seguida, hay que absolutamente intentar seguir lo que les indicó el maestro. Algunas correcciones hechas por mi maestro hace veinte años operan aún hoy día. Si intentan verdaderamente seguir la corrección, sentirla profundamente – incluso si los sorprende – entonces se inscribe en el cerebro profundo, tiene una influencia a largo plazo. Es por eso que enseñé a los kyosakumen como había que corregir y, evidentemente, no hacer correcciones erróneas.

Mi maestro enseñaba la postura de zazen con un método, digamos, extremadamente viril, un poco marcial. Yo tengo, por mi parte, tendencia a aconsejar relajar las tensiones inútiles. Sin embargo, al menos al principio, hay fórmulas esenciales que hay que conocer para tener una idea de lo que es la postura: empujar la tierra con las rodillas, empujar el cielo con la cabeza, bascular el vientre, extender la columna, estirar la nuca. Sensei nos enseñaba también a recoger las manos contra el abdomen como si se quisiese levantar una gran piedra. Si están demasiado crispados en vez de estirarse suavemente, no descubrirán más que un solo aspecto, una vertiente de la montaña del zazen. ¿Por qué esta montaña es fundamental?

(14)

En nosotros, todo es conciencia, no hay una centésima de milímetro, no hay una célula, un hueso, que no sea conciencia, nuestra sangre misma es conciencia, el inconsciente también lo es. Cometemos el error de creer – especialmente nosotros, los Occidentales – que la conciencia está limitada a la pequeña zona de cerebro que nos sirve para accionar nuestro mental. Se puede decir con certitud que la conciencia de un pez rojo en su pecera redonda no es la misma que la de un pez en el océano. Cuando suponemos que la conciencia no está más que en el cerebro y que no puede funcionar más que por el pensamiento mental, nos equivocamos. De hecho, este pensamiento mental, que sirve para analizar los fenómenos, tomar decisiones, evaluar situaciones contradictorias, si no es re-situado en un contexto de equilibrio, si no es recentrado, si no es vivido por la totalidad de nuestro ser, por todo nuestro cuerpo, este pensamiento es turbio, no claro, no profundo, no es un pensamiento zen.

No es solamente en el zazen que solicitamos la conciencia del cuerpo. Cuando hacemos deporte, cuando corremos, podemos llegar a alcanzar estados de conciencia particulares, una cierta concentración, un cierto bienestar. Sin embargo, en el caso del deporte, nuestra energía está enormemente solicitada por el esfuerzo físico; por otro lado, desde que nos estamos moviendo, automáticamente la conciencia no está fija, corre, vuela, planea. En cambio, las especificidades fisiológicas de la postura del zazen son completamente propicias para el esclarecimiento de nuestra conciencia: el ritmo cardiaco se enlentece, estamos inmóviles, silenciosos, calmos, para nada solicitados por los acontecimientos exteriores. Por lo tanto, aunque estemos sentados, estamos en una posición dinámica, como si estuviéramos de pie, listos a saltar o emprender una acción. Aunque estemos despiertos, estamos en un estado de profunda interiorización. Todos los contrarios (despierto/dormido, sentado/de pie) están totalmente reunidos.

Sin embargo, no olviden que la práctica de zazen no es solamente una relación entre ustedes mismos y ustedes mismos, entre lo subjetivo y lo objetivo. Debe ser una relación de tres, es decir ustedes (subjetivo y objetivo) observando vuestra relación con Dios, Buda, el Orden Cósmico, cada uno lo llama como quiere. No es solamente una relación de dos, si no esta práctica se volvería estrecha, egoísta. Es uno de los grandes secretos muy importantes de la práctica de zazen.

Esto tiene una relación con la Trinidad expresada en la religión católica, con los tres tesoros explicados en el budismo, igualmente con los tres tesoros de la medicina taoísta (el ching, el chi, el chen). Esto significa también que, en la estructura de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio ser, las sustancias energéticas que nos hacen vivir son tres: el alimento, el aire que respiramos y el espíritu. ¡No olvidéis este punto!

El aprendizaje de Shakyamuni Buda duró once años, pero, como ya les conté, había comenzado desde hacía vidas y vidas. Su combate era extremadamente intenso, apasionado, sin temor incluso de perder la vida. Un combate sin piedad consigo mismo hasta la realización de lo que se llama su verdadera naturaleza de ser humano, que no es otra que buda, dios, “Buda viviente”. Sensei empleaba frecuentemente esta expresión, “Buda viviente”, que no debe confundirse con un Buda mítico que se encontraría en alguna parte en el cielo.

El mundo actual es muy interesante, porque si el hombre no acepta su íntima vocación, que es despertarse a su divinidad, no podrá subsistir por mucho tiempo.

Hay que comprender bien que con nuestro nacimiento comienza con nosotros la cronología que hace nuestra realidad. Cada vez que nos encarnamos en un mundo, la historia de ese mundo nace con nosotros, como nuestro propio reflejo.

(15)

Los maestros zen dicen: “Afirmar la reencarnación es estúpido, pero negarla es estúpido igualmente”. Es un koan.

En una vida anterior, ciertamente fui condenado a trabajos forzados, un presidiario, es por eso que ahora no me gusta trabajar. Pero hay una cosa para la que estoy muy dotado, es la picota. En la Gendronnière, excavé la mayor parte de las canalizaciones, casi un kilómetro con picota.

Sensei nos decía: “¡Es Gyoji! ¡Vuestro gyoji debe volverse fuerte!”

Es mejor, en efecto, trabajar por los tres tesoros que trabajar en la cárcel.

No hay solamente vidas en las que se es presidiario, las hay también, a veces, muy agradables. Las vidas se repiten, se repiten, se producen todo tipo de cosas, se cometen bastantes errores, ocurre que se hacen buenas acciones. Estas buenas influencias, estas malas influencias repercuten a través de los tiempos y los espacios hasta el día en que, por fin, tomamos nuestros cabellos en la mano izquierda, nuestro sable en la mano derecha, y decidimos firmemente detener todo eso.

Era durante el campo de verano que el Buda dirigía, como cada año en Sravasti, en el gran parque de Anatailundada. Todos los monjes estaban reunidos en esta ocasión, para practicar juntos. Decían:

“¿Por qué los seres humanos son siempre, al fin de cuentas, empujados a hacer el mal?”

Uno entre ellos respondió:

“Porque piensan que sus deseos son más importantes que todo el resto. De deseos, el hombre no tiene nunca suficiente: deseo de experimentar los cinco tipos de placer, placer de los ojos, de las orejas, de la nariz, de la boca y del tacto. Para satisfacerlos, está listo para sacrificar incluso a los que le son más queridos, no tiene piedad de nadie. En efecto, cuando se trata de esos cinco placeres, ¿quién es aquel que se hastía en este bajo mundo tanto tiempo como dura su vida?

Al final del día, los discípulos hicieron una visita a su maestro, hicieron sampai delante de él y preguntaron:

“Honorable del mundo, las personas ignorantes de nuestra época están conmovidas por los cinco deseos al punto de perder el equilibrio, la razón, el sentido de las responsabilidades y, al fin de cuentas, toda noción de moralidad; y esto dura hasta el fin de sus vidas. También, maestro, puede usted responder a nuestra pregunta: ¿existen personas que se hastían de esos deseos?”

El Buda les dijo:

“Veo claramente que en el mundo, uno no se hastía de los cinco deseos sensuales.”

Y contó la historia siguiente:

Una vez, quinientos mercaderes partieron a la mar para hacer comercio y fortuna. Uno de ellos se llamaba Milan. Más sabio que la mayoría, parecía un poco diferente a los demás. En este océano que estaban atravesando se encontraba un pez poco ordinario, colosalmente grande. Este pez, golpeando el barco, lo partió en dos. Todo el mundo murió ahogado, excepto Milan, que logró sujetarse de una plancha y se dejó llevar a la deriva durante dos días y dos noches. Salvado por una suerte extraordinaria, atraca al fin, hinchado de frío y de fatiga, sobre una tierra desconocida. Exhausto, se durmió sobre la arena. Se despertó, calentado por el sol, y erró de aquí para allá, con la esperanza de encontrar a alguien y encontrar un medio de recuperar sus fuerzas, descansar y comer.

Por fin, percibió una suerte de pequeño sendero (cuando se está perdido, seguir el pequeño sendero…). Sin saber dónde llegaría, ni qué encontraría, caminaba. Al cabo

(16)

de un momento, vio una cosa a lo lejos, muy lejos en el horizonte, algo que emanaba una especie de luz centellante. Continuó caminando hacia esa forma que aparecía cada vez más claramente, y se dio cuenta que era una ciudad completamente hecha de plata, lo que era la razón de su luminosidad. Nunca hubiese podido imaginar una ciudad tan magnífica. Era cuadrada, y rodeada de un riachuelo de agua dulce y clara. Los árboles eran enormes, formando inmensos parques espléndidos; en medio de ellos, estanques en los cuales uno se podía bañar. Era una ciudad de ensueños.

Milan, estupefacto por este espectáculo, vio de pronto venir hacia él cuatro mujeres espectaculares: una grande y rubia Holandesa, una morena Argentina, una China y una Senegalesa, las mujeres más bellas que jamás había visto. Ellas le dijeron:

“Haz soportado bastantes pruebas desde tu naufragio, debes tener necesidad de reposo. Síguenos, porque al centro de la ciudad, hay un palacio construido en oro, plata y piedras preciosas que te espera.

- ¿Cómo saben ustedes que naufragué?, preguntó él, ¿quiénes son ustedes y a qué país he llegado? ¿Estoy vivo o muerto?

- ¿Qué importancia tiene saber todo eso? Ven con nosotras, estaremos a tu servicio, nos acostaremos tarde y nos levantaremos cuando a ti te parezca. Estamos enteramente a tus órdenes y deseamos que no vayas a ninguna parte lejos más que con nosotras.”

Milan entró en la ciudad sin hacerse mayores preguntas y subió al palacio, donde debía realizarse todo lo que él podía desear. Todo lo que deseaba, lo obtenía. Pasó unos días fabulosos, fabulosos, fabulosos, fabulosos, durante años, años, años, años, sin jamás aburrirse de todos esos placeres.

Pero un día, sin embargo, alrededor de mil años más tarde, hizo esta reflexión: “De hecho, ¿por qué estas mujeres no quieren que me vaya? ¿Por qué me dijeron hace mil años: “No irás a ninguna parte lejos”?”

Esperó a que las muchachas se durmieran, se esquivó discretamente y dejó la ciudad donde vivió tantos años. Caminó durante mucho tiempo. Poco a poco, acordándose del día lejano de su naufragio, se puso a reír: ¡Qué vida insignificante había sido la suya antes de encontrar esa existencia fabulosa! ¿Qué iba a hacer ahora? Primero, saber en qué país estaba y quizás volver a su hogar.

Justo mientras estaba pensando todo eso, percibió frente a él una ciudad incluso más prodigiosa que la precedente, donde todo estaba construida en oro: “¡Ah, increíble! ¡Qué belleza inimaginable! ¡Es tanto el placer que no puedo despegar mi mirada de este espectáculo!”

Mientras admiraba plácidamente el esplendor de esta ciudad de ensueño, vio acercarse ocho mujeres aún más sublimes que aquellas que había dejado la noche precedente. Siguió a estas mujeres, como lo había hecho mil años antes, pero la ciudad anterior no tenía nada comparable a lo que se ofrecía a sus ojos.

Milan vivió en este lugar durante meses, meses, en fin, muchos miles de millares de años (más tarde se dio cuenta que no había visto pasar el tiempo). Hasta el día cuando tuvo una sospecha: ¿Por qué esas ocho mujeres no le permitían irse? Esperó a que se durmieran y se esquivó furtivamente.

Una vez fuera, se dijo: “Dios mío, ¿desde hace cuántos años estoy aquí? ¡Cómo pasa rápido el tiempo! Cuando partí con los mercaderes, pensaba – a los treinta años ya – que era necesario que tuviera éxito en la vida y hoy, estoy bien lejos de poder contar el número de mis años. Nunca me hastié del placer que disfruté durante todo este tiempo. Ya no sé adonde estoy, ni lo que voy a hacer ahora. »

Fue en ese momento que percibió, delante de él, una ciudad inimaginablemente bella, totalmente hecha en cristal de roca y diamantes, que centelleaban como en un sueño. Este espectáculo lo dejaba fascinado, incapaz de movimiento alguno, se sentía

(17)

tan bien, únicamente contemplando el esplendor que era esa ciudad. No vio llegar las dieciséis mujeres, cuya belleza y perfección eran indescriptibles.

Se quedó allí años, y años, y años, y años, contándose por miles de millones de cientos de mil. Finalmente, planteándose la misma pregunta, se escapó durante el sueño de las mujeres. Una vez fuera, se preguntó: “¿Por qué salí esta vez? Permanecí tanto tiempo en ese lugar maravilloso, el resto me parece tan lejano que apenas puedo acordarme de antes. Entonces, ¿por qué me fui? Cada vez que me he escapado de una ciudad, he encontrado una aún más fabulosa, ¡no me atrevo a imaginar lo que voy a encontrar!

Percibió entonces una ciudad que parecía de hierro, con inmensas torres cuadradas; una gruesa nube de contaminación cubría el cielo. Como ninguna joven fue a buscarlo, se dijo: “Hoy, ninguna mujer se molesta; esto significa ciertamente que son de una dignidad tal, que soy yo el que debe ir hacia ellas”.

Con esta reflexión, entró en la ciudad. En medio de una circulación inconcebible de vehículos, de camiones, vio un demonio llamado Kyu In, una rueda de hierro ardiente girando sobre su cabeza. Otro demonio, encargado de la guardia de los condenados, tomó la rueda que estaba sobre la cabeza de Kyu In y la puso sobre la de Milan, cuyo cerebro se derramó y cuyo cuerpo fue devorado por el fuego.

Milan se puso a aullar:

“¡Ay, ay, ay! ¡Tuve todo lo que hubiese podido desear durante tanto tiempo! ¿Por qué cometí el error de entrar en esta ciudad? De hecho, mi deseo era insaciable y ¡he aquí lo que me ocurre! ¿Cuándo seré liberado de este suplicio?

El demonio respondió:

- El número de años suficiente para que alguien venga, como has venido tú mismo. Entonces, podrás escapar a este tormento.”

La rueda de hierro se quedó sobre la cabeza de Milan durante seiscientos mil años, al fin de los cuales fue liberado.

El Buda concluye: “Milan era yo mismo, en el tiempo en que aún no servía a los tres tesoros. Tenía el espíritu estúpido y confuso, quería seguir el siglo y hacer fortuna en la Bolsa. Mi madre se oponía diciendo que la especulación era nefasta para el planeta, no quería que yo partiera a la gran ciudad. Entonces, mientras ella dormía, le pegué un puntapié en la cabeza. Es por esto que el maestro del infierno de la Gran Montaña hizo triturar mi cabeza con la rueda de hierro. En revancha, el octavo día del cuarto mes, había observado los ocho preceptos principales, y había sido completamente feliz en mi corazón. Es por esto que obtuve largas series de años donde viví en las ciudades preciosas. Viendo todos mis deseos cumplidos, obteniendo todo lo que pedía, observé, finalmente, que nada en este mundo me satisfaría y no me detuve hasta que, después de haberme precipitado en el infierno, obtuve la sabiduría.

“Cuando Milan salió de los infiernos de la Gran Montaña, cerró su corazón a las cosas malas y sacó de su boca los cuatro cortantes. Detuvo en su cuerpo las tres faltas, respetó a los maestros y los sabios, y sirvió personalmente los tres Tesoros. Protegiendo la moral fundamental como se protegen sus provisiones de ruta, saboreó los preceptos como se degusta un manjar exquisito. Sentado, caminando o descansando, no olvidó jamás la enseñanza y siguió la dirección de los budas. Gracias a esto, su virtud llegó a la perfección y se convirtió él mismo en Buda. He ahí por qué estoy aquí hoy día.

“Podemos observar, dice el sutra, que quienes no respetan a su cercanos, su familia o su maestro, se atraen en seguida castigos terribles, tal fue el caso de Milan. Al contrario, cuando se renuncia a la herejía y se honra la verdadera doctrina, todos los males desaparecen.”

(18)

Cuando Buda terminó de contar esta historia, todos los discípulos le rindieron homenaje con alegría.

Estas historias de vidas anteriores del Buda, enseñan sobre todo el aspecto moral del budismo en uno de sus principios más importantes: la noción de causas y efectos. Esta noción subentiende la creencia en la reencarnación. Por lo tanto, uno de los principios fundamentales del budismo es no creer en el atman, es decir, el alma en tanto que ego. Pensar que existe un ego separado del cuerpo, que se escapa después de la muerte y se reencarna en otro cuerpo, es una herejía para los budistas. En estas condiciones, ¿cómo pueden creer en la reencarnación? ¿Cómo puede hablarse de vidas anteriores? No hay que pensar con su conciencia ordinaria, sino con la conciencia universal.

Son precisamente las causas y los efectos, el fruto de los actos pasados que se reencarnan. Pero las causas y los efectos, los frutos de los actos, así como nuestra verdadera naturaleza, son universales, y finalmente, todo el universo siendo nuestro propio ego, es imposible encontrar la causa primera. No se puede encontrar la causa primera más que por medio de la meditación de buda, que incluye todos los tiempos y los espacios, así como el nirvana, detención total de todo fenómeno. Entonces, se descubre lo que es el no-nacimiento, lo que es nuestro verdadero ser.

Como sea, el Buda, en tanto que Buda Shakyamuni, se encarnó sobre nuestra tierra hace dos mil quinientos años. Cuando nació, decretó que era su último nacimiento. Bien que habitando en un palacio maravilloso, bien que teniendo una familia armoniosa y todo lo que podía desear, bien que siendo el sucesor designado del reino de su padre, decidió a la edad de diecinueve años, dejar a su familia. Buscó la Vía durante once años, practicó con todos los grandes maestros de su tiempo, con todas sus fuerzas, día y noche, al punto de casi perder la vida. Finalmente, salvado por una joven mujer, se cuidó viviendo y comiendo normalmente.

¿Pero para qué continuar viviendo si había fracasado en su búsqueda espiritual? Decidió entonces, sentarse bajo un árbol en zazen y quedarse allí hasta la muerte hasta el despertar. Durante cuarenta y nueve días, conservó la postura. En ese momento, resolvió su karma, y pudo conocer todas sus vidas anteriores, cortar la cadena de causas y efectos, y convertirse en Buda.

Cuando se despertó, dijo:

“Me desperté en este momento, al mismo tiempo que la gran Tierra y junto a todas las existencias”.

A partir de este despertar, vivió una vida muy simple, muy humilde – aún sabiendo que era su ultima vida -, expresando a través de todos sus actos, el gyoji eterno.

Estamos obligados a admitir que no hay salvación más que en el equilibrio de las cosas.

En este nuevo milenio, podemos imaginar que el hombre no estará más obligado a pasar su vida afanándose para sobrevivir, sino que podrá invertirse tranquilamente en un trabajo interesante y creativo, porque tendrá el tiempo y los medios. Se podría, por ejemplo, instituir el impuesto sobre las transacciones bursátiles, cuyo beneficio, repartido entre los Estados sería utilizado con el fin de que ellos pudiesen desarrollar una verdadera política social, aligerando, incluso suprimiendo los impuestos y los cargos.

(19)

El ser humano podrá también, porque tendrá el tiempo libre, plantearse las preguntas esenciales sobre la esencia de la vida humana, y me temo que sea eso lo que le da más miedo.

Pienso que la Tierra es un paraíso, que el hombre es un dios, y que tenemos todas las cartas en mano para realizarlo. ¿Qué esperamos? Ningún sistema es bueno al cien por ciento, ya sea político o religioso, pero si no somos creativos, flexibles, y abiertos, no encontraremos delante de nosotros más que dificultades, sea cual sea el sistema de gobierno escogido.

Antes que todo, hay que cambiar la mentalidad humana responsabilizando a cada ciudadano, en lugar de tomarlo por un idiota, y de mantenerlo en la ignorancia, para poder abusar mejor de él. Reencontrar el valor de cada fenómeno, de cada instante, el valor por ejemplo del trabajo bien hecho, de la naturaleza, del ocio, del provecho, del éxito, e incluso de la competitividad, de la relaciones humanas, de las diferencias culturales, de la libertad y de la posibilidad para cada uno de hacer su vida como quiera. Enseñar al hombre a abrazar y sobrepasar lo que le parecen ser contradicciones.

En esto, estoy seguro, el zen puede contribuir a ayudar a la humanidad a salir del impasse y a crear un mundo maravilloso, donde el hombre puede volverse, al fin, adulto y calmo, y realizar que el paraíso no está en ningún lugar más que sobre nuestra magnífica Tierra, que Dios no está en ningún lugar más presente que al interior de nosotros mismos.

Gyoji nº 5: De la reencarnación según el 24º patriarca

Antiguamente, cuando se era monje, si el maestro daba su aprobación, se dejaba la vida social, se residía en un monasterio hasta la muerte. Hoy en día, todavía tiene lugar en Japón la ceremonia en la cual el discípulo espera tres días delante de la puerta del templo para ser aceptado. Esta ceremonia se ha vuelto formalista, pero el origen de este rito es la petición de Eka pidiendo a Bodhidharma que le de su enseñanza.

Bodhidharma, guardián de la verdadera transmisión de los tres Tesoros, está sentado en la gruta de Sho Rin Ji, perfectamente inmóvil. Eka quiere volverse su discípulo y le pide, a la entrada de la gruta, que lo acepte. Afuera la nieve cae, el viento sopla, hace frío, Bodhidharma no responde. Eka vuelve a preguntar, Bodhidharma le dice que no está listo para convertirse en su discípulo: “No tengo necesidad de un discípulo como usted”.

Bodhidharma se queda inmóvil en zazen, Eka se queda inmóvil, de pie en la nieve que sube a su alrededor hasta su cintura. Entonces, se corta el brazo con su espada, y se lo lleva a Bodhidharma, que lo acepta al fin como su discípulo.

Este ejemplo del pasado forma parte integral del espíritu del zen, y se guarda preciosamente la esencia de este acto como la dirección a seguir en nuestra relación con la práctica.

Cuando el Buda se despertó, dijo:

“Alcancé el despertar, la libertad, la verdad, al mismo tiempo que la gran Tierra y que todas las existencias”.

¿Qué hay que pensar de esas palabras? ¿Qué entiende él por “al mismo tiempo”?

Desde un punto de vista lógico, podemos pensar que si todas las existencias hubieran alcanzado el despertar al mismo tiempo que Shakyamuni Buda, éste no

(20)

hubiera tenido necesidad de predicar durante su vida. La historia cuenta que unos ángeles o divinidades imploraron con insistencia al Buda para que transmitiera su experiencia a los hombres, cuando él no tenía la intención de enseñar lo que fuera a quien fuera. Pensaba que era inútil, inútil porque todas las existencias habían sido ya salvadas en él mismo.

En el budismo así como en los textos tradicionales taoístas, se habla de salvar el mundo como culminación espiritual.

Cristo, él también, declaró haber lavado los pecados del mundo, por lo tanto el pecado y el crimen están siempre presentes; hay que pensar entonces que ese “al mismo tiempo” citado por el Buda tras su despertar, sobrepasa nuestra comprensión habitual del tiempo como continuum lógico.

Para intentar dar a esta noción un nuevo esclarecimiento, a la luz de los últimos descubrimientos científicos, he aquí un texto de Vincent Vuillemin, un discípulo, monje de larga data y buscador en el CERN.

“Eternidad, instante y ser-tiempo: ¿paradoja?”

“Para la mayoría de las personas, la eternidad hace mención a la noción de un tiempo lineal, de un continuum, de una duración infinita de nuestro universo.

El instante, en cuanto a sí mismo, evoca un momento pasado, fugaz, que no pudimos retener. En cuanto al tiempo, cada uno cree saber lo que significa, ¿pero, existe de hecho?

Las palabras hacen generalmente surgir en nuestro cerebro imágenes o conceptos elaborados a partir de lo que conocemos por nuestra experiencia. Anticipamos una duración normal de nuestra vida, conocemos las estaciones, los días y las noches, las fases de la luna. La medida del cambio, de la rotación de la tierra, de estos fenómenos naturales, es llamada tiempo. No se trata, de hecho, más que de una medida del cambio, de una segmentación de la duración – hoy en día extremadamente exacta – de todo lo que evoluciona. En un vacío absoluto, el tiempo no existe, ninguna actividad está presente, nada cambia, ninguna medida es entonces necesaria, el tiempo no tiene ningún sentido.

Si nuestro universo surgió del vacío, el tiempo nació con él: sin universo, no hay tiempo. Si esto es verdad, ¿qué quiere decir la eternidad, para nosotros que vivimos en un mundo temporal? La eternidad se definiría así fuera del tiempo; de hecho la eternidad sería lo que hay cuando el tiempo no existe. Al contrario, si nuestro universo proviene de una evolución eterna de pre-universo, desapareciendo y renaciendo, el tiempo existe desde antes de nuestro mundo. La eternidad es entonces concebible como una noción temporal, una duración infinita.

De las dos cosas, una: o la materia, el espacio, el universo y el ser han estado presentes, cambiando y renovándose de forma eterna, y el tiempo contiene la eternidad, o no es el caso, y la eternidad está fuera del tiempo. ¿Existe ella en la realidad o no está definida más que en el vacío absoluto?

El instante genera igualmente una paradoja. ¿Cómo considerar un instante en relación al tiempo que se escapa? Un instante es inmediato; desde el momento que alcanza nuestra conciencia, ya pasó, podemos conocer la duración, pero no el instante. En una concepción del tiempo que fluye de manera continua, el instante es inconcebible. ¿Qué duración separa dos instantes sucesivos, incluso si son casi infinitamente cercanos? El instante parece, entonces, fuera del tiempo, o entonces debemos considerar que la duración está hecha de instantes sucesivos que se siguen de tan cerca que esto aparece como un fenómeno continuo a nuestra escala macroscópica. Similar a la cuantificación de la energía, existiría el tiempo cuántico. ¿Pero, cuál sería entonces la dinámica natural que haría pasar de un instante al otro? Nuevamente, de dos cosas, una: o el tiempo es lineal y no puede contener el instante, o el tiempo es cuantificado y no sabemos qué genera la duración.

Referencias

Documento similar

o esperar la resolución expresa" (artículo 94 de la Ley de procedimiento administrativo). Luego si opta por esperar la resolución expresa, todo queda supeditado a que se

En consecuencia, las causas del deterioro ambiental en Colombia son numerosas, donde se destacan principalmente: El libre acceso a una gran parte de los Recurso Naturales, lo que ha

1. LAS GARANTÍAS CONSTITUCIONALES.—2. C) La reforma constitucional de 1994. D) Las tres etapas del amparo argentino. F) Las vías previas al amparo. H) La acción es judicial en

Dado que el régimen de los poderes de emergencia afecta a la democracia, a los derechos fundamentales y humanos, así como al Estado de derecho, el control de

Por PEDRO A. EUROPEIZACIÓN DEL DERECHO PRIVADO. Re- laciones entre el Derecho privado y el ordenamiento comunitario. Ca- racterización del Derecho privado comunitario. A) Mecanismos

Primeros ecos de la Revolución griega en España: Alberto Lista y el filohelenismo liberal conservador español 369 Dimitris Miguel Morfakidis Motos.. Palabras de clausura

A partir de los resultados de este análisis en los que la entrevistadora es la protagonista frente a los entrevistados, la información política veraz, que se supone que