Segato Rita Laura Las Estructuras Elementales De La Violencia

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UNIVERSIDAD NACIONAL DE QUILMES

Rector M ario Erm ácora

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Rita Laura Segato

LAS ESTRUCTURAS

ELEM ENTALES

DE LA VIOLENCIA

Ensayos sobre género entre la antropología,

el psicoanálisis y los derechos humanos

®

Universidad

« , , ,

Prometeo 3010

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Colección: D erechos H um anos. Viejos problem as, nuevas m iradas

D irigida por B altasar G arzón

Segato, R ita L aura

Las estru ctu ras elem entales de la vio len cia - Ia ed. - B ernal: U n iv ersid ad N acional de Q uilm es, 2003. 2 6 4 p ., 2 0 x 1 4 cm .

IS B N 9 8 7 -5 5 8 -0 1 8-X

1. A n tro p o lo g ía Social. A n tro p o lo g ía C ultural I. H isto ria A rg en tin a

C D D 306.1

Editora: M aría Inés Silberberg

Diseño: Cutral

© Universidad Nacional de Quilm es, 2003 Roque Sáenz Peña 180

(B1876BXD) Bernal Buenos Aires ISBN: 987-558-018-X

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ÍNDICE

In t r o d u c c i ó n ... ; ...

1. La e s t r u c t u r a d e g é n e r o y e l m a n d a t o d e v i o l a c i ó n ...

2 . E l g é n e r o e n l a a n t r o p o l o g í a y m á s a l l á d e e l l a...

3. L a c é l u l a v i o l e n t a q u e La c a nn o v i o: u n d i á l o g o (t e n s o)

e n t r e l a a n t r o p o l o g í a y e l p s i c o a n á l i s i s...

4. La a r g a m a s a j e r á r q u i c a : v i o l e n c i a m o r a l ,

r e p r o d u c c i ó n d e l m u n d o y l a e f i c a c i a s i m b ó l i c a d e l De r e c h o

5 . La s e s t r u c t u r a s e l e m e n t a l e s d el a v i o l e n c i a:

CONTRATO Y ESTATUS EN LA ET IO L O G ÍA DE LA V IO L E N C IA ...

6. La E C O N O M ÍA D EL D E S E O EN EL E SPA C IO V IR T U A L :

H A B L A N D O S O B R E R E L IG IÓ N POR IN T E R N E T ...

7. La IN V E N C IÓ N D E LA N A T U R A LE ZA : FA M IL IA , SEX O Y G ÉN ER O

EN LA T R A D IC IÓ N R E L IG IO SA A FR O B R A SIL E Ñ A ...

8 . Gé n e r o, p o l í t i c a e h i b r i d i s m o e n l at r a n s n a c i o n a l i z a c i ó n

d e l a c u l t u r a Yo r u b a...

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Para Jocelina y Ernesto, a la manera de un legado.

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A

g r a d e c i m i e n t o s

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I

n t r o d u c c i ó n

L os nueve ensayos aquí reunidos analizan aspectos diferentes de la estructura patriarcal que conocem os com o “ relaciones de g én e ro ” y apuntan a un m odelo de com prensión de la violencia. D e to d a violencia. A un adm itiendo que se trata de un p royecto osado, no d esisto de som eterlo al ju ic io del lector, pues las tesis que le dan unidad, y que acabo reco g ien d o sin téticam ente en el capítulo final, son el resultado de cerca de dos décadas de elaboración y exposición, sobre todo frente a la siem pre atenta e inteligente au d ien cia estudiantil en m is clases de la U niversidad de Brasilia.

La obra avanza a través de los siguientes pasos. En el capítulo 1 - “ La estructura de género y el m andato de violación”- , analizo las dinám icas psíquicas, sociales y culturales que se encuentran por detrás de la violación y sobre las cuales ésta, abordada com o un enunciado, da testim onio. En la perspectiva que defiendo, ese acto - q u e no todas las sociedades contem poráneas ni todas las épocas de nuestra historia perciben o percibieron com o un crim e n - no es sencilla­ m ente una consecuencia de patologías individuales ni, en el otro extrem o, un resultado autom ático de la dom inación m asculina ejercida por los hom bres, sino un mandato. L a idea de m andato hace referencia aquí al im perativo y a la condi­ ción necesaria para la reproducción del género com o estructura de relaciones entre posiciones m arcadas por un diferencial jerárquico e instancia paradigm ática de todos los otros órdenes de estatus -ra c ia l, de clase, entre naciones o reg io n e s- . Esto quiere decir que la violación, com o exacción forzada y naturalizada de un tributo sexual, ju eg a un papel necesario en la reproducción de la econom ía sim bó­ lica del poder cuya m arca es el género - o la edad u otros sustitutos del género en condiciones que así lo inducen, com o, por ejem plo, en instituciones to ta le s- Se trata de un acto necesario en los ciclos regulares de restauración de ese poder.

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El análisis del disp o sitiv o de la violación identifica dos ejes que serán fundam entales p ara la form ulación de m is tesis finales, recogidas en el capítulo 9 - “ Los p rincipios de la v io le n cia”- . Ellos son el eje vertical, de la relación del vio lad o r con su v íctim a - e n general hipervalorizado tanto en los análisis prece­ dentes com o en los program as p re v e n tiv o s-, y el eje horizontal -m u c h o m ás relevante en m i a n á lis is - de la relación del vio lad o r con sus pares - s u s sem e­ ja n te s y socios en la fraternidad representada por los hom bres, en el orden de

estatus que es el g é n e ro -. La condición de iguales que hace posible las rela cio ­ nes de com petición y alian za entre pares resu lta de su dem ostrada capacidad de dom inación sobre aquellos que ocupan la posición débil de la relación de estatus, y es esto lo que m e sugirió la utilización p ara el título de la obra de la noción lévi-straussiana de “ estructuras elem en tales” , que reciclo aquí, no sin tom arm e todas las libertades que consideré necesarias.

En el capítulo 2 - “ El género en la antropología y m ás allá de ella”- , argu­ m ento que es necesario diferen ciar el ju e g o de las identidades del cristal de estatus que las constela y organiza. En otras palabras, que es necesario escu ­ d riñar a través de las representaciones, las ideologías, los discursos acuñados por las culturas y las p rácticas de género para acced er a la econom ía sim bólica que instala el régim en je rá rq u ic o y lo reproduce. El patriarcado, nom bre que recibe el orden de estatus en el caso del género, es, por lo tanto, una estructura de relaciones entre posiciones je rá rq u ica m en te ordenadas que tiene co n se­ cuencias en el nivel o bservable, etnografiable, pero que no se confunde con ese nivel fáctico, ni las consecuencias son lineales, causalm ente determ inadas o siem pre previsibles. A unque los significantes con que se revisten esas p o si­ ciones estructurales en la vida social son variables, y la fuerza conservadora del lenguaje hace que los confundam os con las posiciones de la estru ctu ra que representan (fenóm eno que, en inglés, las autoras denom inan conjlatiori), el análisis debe exhibir la d iferen c ia y m ostrar la m ovilidad de los significantes en rela ció n con el plano estable de la estructura que los organiza y les da sentido y valor relativo.

El patriarcado es entendido, así, com o perteneciendo al estrato sim bólico y, en lenguaje p sicoanalítico, com o la estructura inconsciente que conduce los afectos y distribuye valores entre los personajes del escenario social. L a p o si­ ción del p atriarca es, po r lo tanto, una posición en el cam po sim bólico, que se tran sp o n e en significantes variables en el curso de las interacciones sociales. P or esta razón, el patriarcado es al m ism o tiem po norm a y proyecto de autorre- p rodución y, com o tal, su plan em erge de un escrutinio, de u n a “ escu c h a” etnográfica dem orada y sensible a las relaciones de p o d er y su, a veces, inm en­ sam ente sutil expresión discursiva.

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nivel de los discursos o representaciones - l a id eología de género vigente en u na determ inada s o c ie d a d -y el nivel de las prácticas. Y lo q u e se com prueba es que la fluidez, los tránsitos, las circulaciones, las am bivalencias y las form as de v ivencia de género que resisten a ser en cuadradas en la m atriz heterosexual hegem ónica están y siem pre estuvieron p resentes en todos los contextos com o parte de la interacción social y sexual. Sin em bargo, el control del patriarcado y su coacción se ejercen com o censura en el ám bito de la sim bolización de esa f lu id e z - e l ám bito d isc u rsiv o -, en el cual los significantes son d isciplinados y organizados por categorías que corresponden al régim en sim bólico patriarcal. El discurso cultural sobre el género restringe, lim ita, encu ad ra las prácticas. Y, de hecho, este ensayo intenta m o strar que, com parado con otros ejem plos etnográficos, la construcción occidental del g énero es una de las m enos crea­ tivas, una de las m enos sofisticadas, pues en y esa la sexualidad, la p erso n ali­ dad y los papeles sociales en el dim orfism o antóm ico de m anera m ucho m ás esquem ática que otras culturas no occidentales.

Para llegar a estos postulados, el texto aborda la ideología de género y los

im passes y paradojas del pensam iento fem inista y hace, tam bién, una crítica de cierto tipo de “ observación” etnográfica com ún en la p ráctica de los antro p ó lo ­ gos. A rgum enta que una observación sim ple, de corte puram ente etnográfico, no alcanza p ara revelar la naturaleza je rá rq u ic a y la estructura de p oder su b y a­ cente e inherente a las relaciones de género, que no son ni cuerpos de hom bres ni cuerpos de m ujeres, sino posiciones en relación je rá rq u ica m en te dispuestas. L a tram a de los afectos e investim entos libidinales sustentada por esa je ra rq u ía no es de fácil observación ni se revela a la m irada objetivadora de los etn ó g ra­ fos. El patriarcado es, así, no solam ente la o rganización de los estatus relativos de los m iem bros del grupo fam iliar de todas las culturas y de todas las épocas docum entadas, sino la pro p ia o rganización del cam po sim bólico en esta larga prehistoria de la hum anidad de la cual nuestro tiem po todavía form a parte. U na estructura que fija y retiene los sím bolos por detrás de la inm ensa variedad de los tipos de organización fam iliar y de uniones conyugales.

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circulación, inscribirlos en el patrón discursivo de la cultura. C uanto m ás énfa­ sis pongam os en los sig n ifican tes expresivos del trán sito y de la m ovilidad de género, m ás p róxim os estarem os de un m undo capaz de trascender la p reh isto ­ ria patriarcal. P o sib lem en te esto tam bién traig a aparejadas soluciones para la vio len cia inherente a la reproducción de to d o s los regím enes m arcados po r el estatu s.

E l capítu lo 3 - “ L a cé lu la vio len ta que L acan no vio: un d iálogo (tenso) entre la an tro p o lo g ía y el p sic o an á lisis”- , trata de las p osibilidades y las im po­ sibilidades del trabajo con ju n to entre la an tro p o lo g ía y el p sicoanálisis, ofrece pautas p ara la colaboración posible entre am bas disciplinas y m o n ta un diálogo entre los hallazgos etnográficos de M aurice G o d elier y uno de los enunciados nucleares del edificio conceptual lacaniano. Los B aruya de N ueva G uinea, et- no g rafíados po r G o d elier durante apro x im ad am en te 30 años, nos ayudan a en­ te n d er que la p roposición lacaniana de que “ la m ujer es el falo m ientras que el hom bre tiene el falo” hace referen cia a un acto de apropiación que, aunque instalado en la cu ltu ra de la especie a lo largo de u n a h istoria que se confunde con el tiem po filogenético, está lejos de ser pacífico, y que ese acto de ap ropia­ ción es com pelido a reproducirse por m edios violentos regular y cotidianam ente. P ropongo, tam b ién , en este ensayo, una “ an tropología del sujeto” - d if e ­ ren ciad a de una an tro p o lo g ía de la identidad, de la subjetividad o de la co n s­ trucción de la p ersona, capítulos y a clásicos de la d isc ip lin a -, que sea capaz de u tiliza r el lente relativ ista para observar cóm o p osicionam ientos, distancias y m utualidades entre interlocutores en el cam po de la interacción social varían, por el h ec h o de resu ltar de la orientación m oral de las diferentes culturas o épocas y de resp o n d er con alto grado de autom atism o a lo que sus d isp o siti­ vos te cnológicos y sus proto co lo s de etiq u eta propician.

El te m a encuentra continuación en el capítulo 6 - “ L a econom ía del deseo en el espacio virtual: h ablando sobre religión por Internet”- , que expone, a partir del reg istro y el análisis de varios casos de interacción v irtual sobre tem as de credo religioso, el carácter o m nipotente del sujeto co ntem poráneo usuario de Internet y su “te lesco p ia” . M uestra cóm o una relación que ap a ren ­ tem ente reform ula las relaciones de género y parece trascender el determ inism o biológico, al hacer de cuenta que el cuerpo puede ser inventado d iscu rsiv a­ m ente en el am biente cibernético, da origen a un sentim iento de om nip o ten cia y m ultip lica la agresividad de los sujetos.

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cierto tipo de tecnologías -ta n to de com unicación com o b é lic a s- que prom ue­ ven o facilitan un posicionam iento tal de los sujetos que ellos pueden sim ular no sentir los lím ites im puestos por la m aterialidad de los cuerpos -p ro p io y a je n o s- E1 cuerpo es entendido aquí com o el prim er otro, la prim era experiencia del límite, la prim era escena de la incom pletud y de la falta. C uando es forcluido - y esta forclusión es potencializada por un dispositivo te cn o ló g ico -, todas las otras form as de alteridad dejan de constituir el lím ite que el sujeto necesita para califi­ carse, literalm ente, com o un sujeto social. Estam os frente a una realidad regresi­ va, consecuencia de la fantasía narcisista de com pletud y de la negativa a reco­ nocerse castrado, lim itado por la m aterialidad, índice m ism o de la finitud.

En el capítulo 4 - “ La argam asa jerárq u ica: violencia m oral, reproducción del m undo y la eficacia sim bólica del D erecho”- , la violencia m oral -p s ic o ló g i­ c a - es colo cad a en el centro de la escena de la reproducción del régim en de estatus, tan to en el caso del orden de g énero com o en del orden racial. Se enfatiza aq u í el carácter “n o rm al” y “ no rm ativ o ” de este tipo de violencia y su necesidad en un m undo je rá rq u ico . La v io len cia m oral no es vista com o un m ecanism o espurio ni m ucho m enos dispensable o erradicable del orden de género - o de cualquier orden de e s ta tu s - sino com o inherente y esencial. Por lo tanto, no se p rio riza aquí - c o m o es h abitual en otros a n á lis is - su carácter de p rim e r m om ento en la escalada de la vio len cia d om éstica, es decir, de paso previo a la violencia física, sino su papel com o usina que recicla diariam ente el orden de estatus y que, en condiciones “ no rm ales” , se basta para hacerlo.

C om batir esas form as rutinarias de vio len cia es posible, pero es im pres­ cindible entender esa lucha com o parte de un trabajo de d esestabilización y de erosión del p ropio orden de estatus, y no com o un p aliativo - u n a sim ple co­ rrección de los excesos de v io le n c ia - para que éste pueda seguir su m archa autorrestauradora. El objetivo es la construcción de una s o c ie d a d- p o r el m o ­ m ento y a falta de una p ersp e ctiv a utópica m ás clara y c o n v in c e n te - p o s t­ p a tria rc a l.

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cam po en disputa, com o u na arena política. L a eficiencia sim bólica del D erecho es en ten d id a com o la efic ien c ia de un sistem a de nom inación que crea realidad y p erm ite com probar la n aturaleza histórica, m utable, del m undo.

Es tam bién en este capítulo, hom ónim o del título de la obra, donde apare­ ce una p rim era síntesis de la tesis central, que hace residir en un procedim iento d escripto com o ex a cc ió n del tributo de g én ero la condición indispensable para el cred en ciam ien to de los que aspiran al estatus m asculino y esperan poder com petir o aliarse entre sí, regidos po r un sistem a contractual.

Si m e pareció ésta la ubicación ad ecuada para el capítulo 7 - “ L a inven­ ción de la naturaleza: fam ilia, sexo y género en la tradición religiosa afrobrasile- ña”- dentro de la lógica de la obra, ello no sig n ifica que tam bién lo sea en el orden cronológico de m i tray ecto hacia la com prensión de los tem as aquí trata­ dos. E ste ensayo etn o g ráfico representa, de hecho, m i ingreso en el m undo de la reflexión sobre el género, y creo no ex ag erar cuando afirm o que to d a mi p osterior com prensión del tem a fue posible porque tuve la oportunidad de abordarlo desde la p erspectiva que adquirí durante mi prolongada inm ersión en la tradición religiosa afrobrasilefla de R ecife, en el nordeste brasileño. El culto X angó de R ecife fue mi gran escuela de análisis de género, lo que m e facilitó, m ás tarde, la lectura de la com pleja producción intelectual de esta área de estudios y tam bién la lectura de la persp ectiv a psicoanalítica lacaniana.

En ese texto describo, a partir de los datos obtenidos durante un extenso trabajo de cam po, una sociedad andrógina, donde en verdad no tiene sentido h ab lar de h eterosexualidad u h om osexualidad y a que se trata de un^ visión del m u n d o que obedece a p atro n es de género distintos de los occidentales. V incu­ lo esta otra m anera de “ inventar la n atu raleza” , radicalm ente antiesen cialista y antideterm inista en lo biológico, con la experiencia de la esclavitud, que rom pió el canon patriarcal africano y creó otro estatuto de la fam ilia, de la d esce n d en ­ cia, de la sexualidad, de la p ersonalidad y de la división sexual del trabajo.

Fue, com o dije, de la m ano de los m iem bros del culto X angó de R ecife que inicié mi reflexión sobre género. A partir de esta tradición crítica, m arginal, que con su p ráctica derivada de la experien cia de la esclavitud y con su condición inicial de ser otro pu eb lo , p u e b lo su b a ltern o, en el interior de la nación, elab o ­ ró un conjunto de enunciados que operan, p o r m edio de un discurso irónico y críptico, nad a m ás y nad a m enos que la desconstrucción del horizonte p atriar­ cal hegem ónico en la sociedad circundante. A partir de esta iniciación descons- tru ctiv a e irónica a la ley del género, m e resu ltó m ás sencillo atrav esar con una m irada crítica los efectos del patriarcado sim bólico en la interacción social.

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desventajas y las privaciones im puestas po r la esclavitud, la capacidad de la civilización diaspórica yoruba para difundirse e im poner sus sistem as de creen ­ cia y convivencia en sociedades distantes - c o m o C uba y el B rasil durante la colonia y, en una onda expansiva m ás reciente, los E stados U nidos y los países de la cuenca del Río de la P la ta - está estrecham ente vin cu lad a con la m a lea b i­ lidad, la androginia y la ausencia de d eterm inism o biológico de su concepción de género. Tam bién m uestra que la m anera en que tres estudiosos distintos - u n a y oruba radicada en los E stados U nidos de N o rteam érica, un estad o u n i­ dense y la autora del texto, la tin o am erican a- form ulan y ecuacionan las particu­ laridades de los patrones de género y o ru b a depende estrecham ente de sus intereses y de la inserción g eo p o lítica de su tarea intelectual.

Tres interpretaciones diferentes de la construcción de género en la trad i­ ción yoruba son analizadas en cuanto discursos posicionados e interesados de los respectivos autores para exponer la econom ía política del discurso etnográfi­ co. Sin em bargo, se com prueba que Jos tres autores, a pesar de sus diferencias, apuntan de form a inconfundible para el carácter radicalm ente antiesencialista de las concepciones de género en esa cultura, lo que parecería indicar que esa característica tan notable de la tradición en cuestión podría estar en la base de su capacidad de crecim iento y su adaptación en el N uevo M undo, tanto en el perío­ do postesclavitud com o en el nuevo período de expansión que viven actualm en­ te las religiones afrobrasileflas de origen yoruba. En el caso particular de la ver­ sión afrobrasilefla, el uso híbrido de los térm inos propios de la fam ilia patriarcal, com o la posición del padre, de la m adre, del hijo m ayor y la desconstrucción de las ideas de conyugalidad, prim ogenitura, autoridad y herencia, acaba por deses­ tabilizar la propia estructura y m inar las bases de la m atriz heterosexual propia del patriarcado. Es a través de un “ mal uso” , de una “ m ala práctica” del patriarcado m itológicam ente fundam entada, que los m iem bros del culto se ríen del orden de estatus, del Estado brasileño con su traición perm anente a los afrodescendientes y del patriarcado sim bólico cuyos m andatos son, en realidad, destinados al des­ acato. Es por m edio de esta desestabilización y una corrosión irreverente que el orden cam bia dentro del universo de las religiones afrobrasileñas.

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1. L a

e s t r u c t u r a d e g é n e r o

Y EL MANDATO DE VIO LA CIÓ N *

El presente análisis se refiere a lo que llam aré aquí “ v iolación cruenta” , a falta de una expresión m ás adecuada. La violación cruenta es la com etida en el anonim ato de las calles, po r personas desconocidas, anónim as, y en la cual la persuasión cum ple un papel m enor; el acto se realiza por m edio de la fuerza o la am enaza de su uso. A los ojos del ciudadano com ún y poco co n o ced o r de las cuestiones de género, éste es el tipo de violación que se enm arca con m ás facilidad en la categoría de delito. A d iferen cia de otras form as de v iolencia de género, es m ín im a su am bigüedad com o acto cruento, posible gracias al p oten­ cial de fuerza física y el poder de m uerte de un individuo sobre otro. Por eso m ism o, una ab soluta m ayoría de los detenidos po r atentados contra la libertad sexual está en c u ad rad a en este tipo de delito, au n q u e éste rep rese n ta una porción insignificante de las form as de vio len cia sexual e incluso, m uy p ro b a­ blem ente, de las form as de sexo forzado. C om o se sabe, faltan las estadísticas y los procesos son pocos cuando se trata de abuso incestuoso o acoso p ro d u ci­ do en la p rivacidad de la v id a dom éstica.

A p esar de sa b er que las c a te g o ría s ju ríd ic a s son b astan te v aria b les de un p aís a o tr o ,1 no u tiliza ré aq u í la n o ció n de violació n en n in g u n a de sus

* Con excepción del capítulo 2, la traducción es de Horacio Pons.

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ac ep c io n e s leg ales sin o en el se n tid o m ás co rrien te y, a m i entender, m ás ad ecu ad o , de c u a lq u ie r fo rm a de sexo fo rzad o im puesto po r un individuo con p o d er de in tim idación sobre otro. P refiero referirm e a la violación com o el uso y a b uso d el cu erp o d e l otro, sin q u e éste p a rtic ip e con in ten ció n o vo lu n ta d

co m p a ra b les.

La significación de la “violación cruenta”

L a v iolación cru en ta es el tipo de delito con m enor representación cuantitativa entre las form as de v io le n cia sexual. C om o es sabido, la violencia d o m éstica y los abusos com etidos en la intim idad del h ogar entre personas em parentadas son las form as m ás com unes y frecuentes de esos delitos y constituyen, según las estadísticas conocidas en las m ás diversas localidades de B rasil y el exte­ rior, apro x im ad am en te el setenta p o r ciento de los casos. A sí, la violación se p ierde en gran m edida, tanto en las estadísticas de los hechos corno en la literatura existente, dentro del gran tem a de la violencia dom éstica, m ucho m ás corriente en la vid a y abordado con m ás frecuencia po r los estudios de delitos sexuales. A sim ism o, la literatura relativam ente escasa sobre la violación cruen­ ta es en su casi to ta lid a d de orden pragm ático, basada en estadísticas y co n sis­ tente en instrucciones d estinadas al público fem enino sobre cóm o ev itar el delito o los pasos que debe seguir la víctim a luego de haberlo sufrido.

Sin em bargo, a pesar de su incidencia relativam ente baja, m e gustaría con­ centrarm e en ella con el interés de com prenderla, en la convicción de que no sólo nos proporciona una de las claves de la inteligibilidad de las agresiones de géne­ ro en térm inos globales y de la naturaleza estructuralm ente conflictiva de esas relaciones, sino que ofrece pistas valiosas para la com prensión del fenóm eno de la violencia en general. Esto se debe a la destilada irracionalidad del delito de violación. C om o intentaré argum entar, ésta se presenta com o un acto violento casi en estado puro, vale decir, despojado de finalidades instrum entales.

Tal com o se d esprende de innum erables relatos de presos condenados por v ioladores, podríam os decir, para p arafrasear aquella expresión clásica so­ bre el significado de la o bra de arte en la m odernidad cuando habla del “ arte por el arte” , que en la sociedad contem poránea la violación es un fenóm eno de

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“agresión p or la agresión” , sin finalidad ulterio r en térm inos pragm áticos. Y aun cuando se disfrace con alguna supuesta finalidad, en últim a instancia se revela com o el surgim iento de una estructura sin sujeto, una estructura en la cual la posibilidad de consum ir el ser del otro a través del usufructo de su cuerpo es la caución o el horizonte que, en definitiva, posib ilita todo v alo r o significación. D e im proviso, un acto violento sin sentido atraviesa a un sujeto y sale a la superficie de la vid a social com o revelación de una latencia, una tensión que late en el sustrato de la ordenación je rá rq u ic a de la sociedad.

D esde el inicio de la investigación tuve la certeza de que, si contáram os con la oportunidad y la disposición de escuchar atentam ente lo que pueden decirnos los hom bres que fueron capaces de com eter este delito, nos aproxim a­ ríam os al enigm a que representa, tanto para ellos com o p ara nosotros, el im pul­ so agresivo propio y característico del su je to m asculino hacia quien m uestra los sig n o s y g esto s de la fe m in e id a d . H ablar de ello, en estos párrafos iniciales, no resu lta sencillo: m e veo obligada, tan p rem aturam ente, a hacer referencia a un “sujeto m asculino” en contraste con “ quien exhibe significantes fem en i­ nos” , en lugar de utilizar los h abituales “ ho m b re” y “ m u jer” porque, a decir verdad, la violación - e n cuanto uso y abuso del cuerpo del o tr o - no es una p ráctica exclusiva de los hom bres ni son siem pre las m ujeres quienes la pad e­ cen. N o podem os conform arnos ni por un instante con lo literal o lo que parece evidente por sí m ism o; si lo hiciéram os, nos alejaríam os cada vez m ás de las estructuras subyacentes a los co m portam ientos que observam os. Con todo, así com o un sujeto identificado con el registro afectivo m asculino suele ser un hom bre, tam bién es estadísticam ente m ás probable que los significantes de la fem ineidad estén asociados a la mujer.

E sta digresión cobra especial - p e r o no e x c lu s iv a - p ertinencia cuando trabajam os, por ejem plo, en el am biente de la prisión, donde, pese a estar en un m edio poblado por anatom ías de h o m b res, la estructura de género reaparece com o estructura de p o d er, y con ella el uso y abuso del cuerpo de unos por otros.2 N o obstante lo dicho, y com o consecuencia de la inercia constitutiva del lenguaje y la persuasión irresistible que los significantes ejercen sobre nosotros, m i discurso sobre lo fem enino y lo m asculino se deslizará aquí una y otra vez, y de m anera ineludible, hacia los significantes hom bre y m ujer. P or consiguiente, los dejo instalados desde ya, pero con reservas.

L a concepción de la violació n p resen tad a a continuación se basa, de form a bastante libre y especulativa, en análisis de prontuarios y declaraciones

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de v io lad o res.3 Se trata de testim onios de hom bres encarcelados que, aunque tem erosos, están casi siem pre dispuestos a h ab lar y ansiosos po r ser escu ch a­ dos. H om bres que, com o después com probaríam os, elaboran incansablem en­ te, a lo largo de sus años de encierro, el hecho y las circunstancias de sus delitos, h acien d o uso de los escasos recursos analíticos y expresivos con que cuentan en cada caso. Su reflexión sobre los actos com etidos es de gran valor y rara v ez atrav iesa los m uros de la cárcel. H urgar en sus m otivaciones, sus estrategias de au to ju stificació n y, por últim o, en su propia com prensión de los actos perpetrados, es de m áxim a im p ortancia porque ellos son actores protagó- nicos en la trag e d ia del g énero y testig o s del carácter casi ineluctable del d es­ tino que esa estru c tu ra nos tra z a a todos. P or sus m anos se alcanza la ev idencia últim a de la índole de ese destino y gracias a sus confesiones podem os em pe­ zar a v islu m b rar el m andato que el género nos im pone. D e este m odo hacem os un ap orte a un cam po en el cual la literatu ra aún es relativam ente escasa, inclu­ so en países com o E stados U nidos, donde la violación es un delito de m uy elevada incidencia.

La dimensión sociológica de la violación

Tanto las pruebas históricas com o etnográficas m uestran la universalidad de la experiencia de la violación. El acceso sexual al cuerpo de la m ujer sin su consen­ tim ien to es un h echo sobre el cual todas las sociedades h um anas tienen o

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tuvieron noticias. P o r d ebajo de este nivel m eram en te fáctico se esconden otros que es p reciso considerar. Y ju stam e n te para indicar esa m u ltiplicidad de niveles de com prensión de este fenóm eno - q u e en cierto sentido lo hacen ser uno y el m ism o y, a la vez, lo transform an en una serie de fenóm enos diversos -, habló aquí de una fenom enología.

En el plano étnico, las evidencias m uestran que no existe sociedad donde no exista el fenóm eno de la violación. Sin em bargo, la variabilidad de la incidencia de esta práctica es notable; hay sociedades -típ ic am e n te E stados U n id o s- don­ de esa incidencia es m áxim a, y otras en las cuales se reduce a casos extrem ada­ m ente esporádicos y singulares, según la cultura y, en particular, la form a asum i­ da por las relaciones de género en unas y otras culturas. En un estudio com para­ tivo de ciento cincuenta y seis sociedades tribales, Peggy Sanday (1981) conclu­ yó que existen sociedades “ propensas a la violación” y “ sociedades libres de la violación” . N o obstante, entre estas últim as la autora incluye las sociedades donde el acto es “ raro”, y en un artículo m ás reciente señala lo siguiente:

Al hablar de sociedad libre de violación no pretendo decir que ésta esté totalm ente ausente. En Sum atra O ccidental, por ejem plo, durante 1981, dos inform es policiales enum eraron veintiocho violaciones en una pobla­ ción de tres m illones de habitantes. Esta cifra puede com pararse con los más de ochenta y dos mil casos “fundados” de violación registrados en los inform es de delitos habituales de Estados U nidos en 1982. Trabajos de cam po en am bas sociedades confirm an la clasificación de Sum atra O cci­ dental com o libre de violación con respecto a Estados U nidos, una socie­ dad propensa a com eterla (Sanday, 1992, p. 91).

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C on tod o , ta m b ié n en nuestras sociedades la violación puede practicarse eñ bandas y, seg ú n revelan n uestros datos, con una intención punitiva. De hecho, tanto en la d im ensión h istó rica com o en sus variantes culturales, es posible que las diferencias aparentes del fenóm eno se deriven de variaciones en la m anifestació n de una m ism a estructura jerárq u ica, com o puede ser la estructura de género. A decir verdad, es m enester preguntarse si la cuestión territorial y de estado en la cual se inscribe la violación en las sociedades p rem o d em as, o el carácter de dom esticación de la m ujer insubordinada que asum e en las sociedades tribales, están m uy distantes de la experien cia u rbana contem poránea. A p esar de que, en este n uevo contexto, el acto com etido apunta ah o ra al discip lin am ien to de una m ujer genérica y y a no concreta, o im plica un desafío dirigido a otro hom bre tam bién sin identidad definida, am bos com ponentes resuenan, de algún m odo, en los relatos de los violadores en tre­ vistados. D e tal m odo, pod ría tratarse de una conducta referida a una estru c tu ­ ra que, a despecho de la variación de sus m anifestaciones históricas, se rep ro ­ duce en un tiem po “m onum ental” (K risteva, 1981), fílogenético. U na estructura anclada en el terren o de lo sim bólico y cuyo epifenóm eno son las relaciones sociales, las interacciones concretas entre hom bres y m ujeres históricos (S eg a­ to, 1998).

En el plano h istórico, la v iolación acom pañó a las sociedades a través de las épocas y en los m ás diversos regím enes políticos y condiciones de existencia. L a in vestigación y a clásica de Susan B row nm iller (1975) acum ula p ruebas de ello, que tam b ién ha sido te m a de otros autores (Shorter, 1975, 1977). La gran d iv iso ria de aguas, no obstante, es la existente entre sociedades prem odernas y m odernas. En las p rim eras, la v iolación tien d e a ser una cuestión de estado (Tom aselli, 1992, pp. 19-21), u n a extensión de la cuestión de la soberanía territo­ rial, puesto que, com o territorio, la m ujer y, m ás exactam ente, el acceso sexual a ella, es un p atrim onio, un bien por el cual los hom bres com piten entre sí. En una am pliación interesante de este aspecto, R ichard T re x le r( 1995) com prueba, por ejem plo, que en la conquista de A m érica (así com o entre los p ueblos autócto­ nos y entre los europeos en las prácticas anteriores al encuentro de am bos) el lenguaje del género estab a asociado al proceso de subordinación por la guerra. En la bibliografía brasileña (B aines, 1991; R am os, 1995) hay asim ism o eviden­ cias de la fem inización del indio - o de su in fan tilizació n -, lo cual, u n a v ez m ás, plantea la eq uivalencia de los térm inos “ co n q u ista d o ”, “ dom inado” , “ so m eti­ do ” y “ fem enino” .

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condiciones de una m odernidad plena o avanzada, ella deja de ser una ex ten ­ sión del derecho de otro hom bre y, por lo tanto, la violación pierde el carácter de una agresión que, transitivam ente, afecta a otro hom bre a través del cuerpo de la m ujer, para ser entendida com o un delito co n tra la p erso n a de ésta. En rigor, podríam os decir que la violación sólo se convierte en un delito en el sentido estricto del térm ino con el advenim iento de la m odernidad. A ntes, puede consi­ d erársela com o un acto regulado po r las relaciones sociales, cuya aparición se asocia a determ inadas circunstancias del orden social.

AI m an ten er la idea de “ delito contra las co stu m b res” y no “ contra la p ersona” , la ley brasileña p rolonga la noción p rem o d ern a de una agresión que,

a través del cuerpo de la m ujer, se dirige a otro y, en éste, am enaza la sociedad en su conjunto, al p oner en riesgo derechos y p rerrogativas de su padre y su m arido, tales com o, entre otros, el control de la heren cia y la continuidad de la estirpe. A su vez, la figura legal de “ legítim a d efensa de la h onra” , habitualm en­ te invocada en los tribunales brasileños, pone de m anifiesto el residuo de la sociedad de estatus, prem oderna, que antecede a la sociedad m oderna y con­ tractual co nstituida por sujetos sin m arca (de género o raza), que entran en el derecho en un pie de igualdad. El delito por h onra indica que el hom bre es alcanzado y afectado en su integridad m oral por los actos de las m ujeres v in c u ­ ladas a él.

Leer la legislación brasileña en esta perspectiva es im portante, porque así se advierte que la ley contra la violación no p retende proteger a la v íctim a en su individualidad y su derecho ciudadano, sino el orden social, la “costum bre” . La exclusividad de la violación vaginal y la exclusión de la definición legal de otros tipos posibles de violación subrayan este sentido, según el cual lo que interesa resguardar es en prim er lugar la herencia y la continuidad de la estirpe. Tam bién se advierte la extrao rd in aria lentitud del tiem po de género, el cristal casi inerte de sus estructuras.

En el m undo contem poráneo, adem ás, las situaciones de guerra transpa- rentan el hecho de que el so juzgam iento de la m ujer al estatus m asculino aún está vigente. A sí lo dem ostraron recien tem en te las violaciones m asivas de m ujeres durante la guerra de Y ugoslavia. Es interesante constatar, en el relato de B ette D enich, el aspecto de ofensiva y co n q u ista de territorios que la v io la­ ción volvió a asum ir en ese conflicto:

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crítico de debilidad [...] El elem ento adicional de ia fecundación forzada de las m ujeres cautivas reveló un com ponente ideológico intencional en la violencia sexual, ya que los soldados justificaban la violación como método para reproducir su propio grupo étnico (Denich, 1995, p. 68).

E ste re su rg im ie n to o sim u lta n eid a d de lo p rem o d e rn o y lo m o d ern o nos re ­ cuerda la tesis de C arole Patem an que, en d iscrepancia con Freud, L évi-S trauss y L acan , no ve en el a sesin a to del pad re el acto v io le n to que funda la v id a en so cied ad y da paso a un co n tra to en tre iguales, y se sitúa en cam b io en un m o m en to preced en te que habla de la p o sib ilid a d de dom in ació n del patriarca. En una se cu e n c ia arg u m e n ta tiv a a la v ez m ític a y lógica, P atem an ap u n ta a la v io la ció n , en el se n tid o de ap ro p iació n p o r la fu erza de to d as las h em b ra s de su h o rd a po r p arte del m a c h o -p a d re -p a tria rc a prim itiv o , com o el crim en que da origen a la p rim e ra Ley, la ley de! estatus: la ley del género. El asesinato de! pad re m arca el in icio de un co n tra to de m utuo rec o n o cim ien to de derech o s en tre h o m b res y, co m o tal, es p o ste rio r a la v io la ció n o ap ro p ia ció n de las m u jeres po r la fu erza, que m arca el e stab lecim ie n to de un sistem a d e estatus. En verdad, p ara P ate m an , la v io la ció n - y no el asesin a to del pad re que pone fin al incesto y perm ite la prom ulgación de la L ey que lo p ro h íb e - es el acto de fu erza o rig in a rio , in stitu y e n te de la p rim e ra Ley, del fu n d am e n to del orden social.

P ara esta autora, entonces, la ley del estatus desigual de los géneros es an terio r al contrato entre hom bres d erivado del asesinato del padre. La reg u la­ ción po r m edio del estatus precede la reg u lació n contractual. En un com ienzo, la ley se fo rm u la d entro de un sistem a ya existente de estatus y se refiere a la protección y m an tenim iento del estatus m asculino. U na vez instaurado el siste­ m a de contrato entre pares (u hom bres), la m ujer queda p ro teg id a en cuanto está puesta bajo el dom inio de un hom bre signatario de ese contrato; vale decir, el sistem a de estatus se m antiene activo dentro del sistem a de contrato. Si bien con la m odernidad plen a la m u jer p asa a ser parte del sistem a contractual, para P atem an, el sistem a de estatus inherente al género sigue g esticulando y latien­ do detrás de la fo rm alidad del contrato; n u n ca desaparece del todo y, en lo co n cerniente a las relacio n es de género, hace que el sistem a contractual ja m á s p u ed a alcanzar una vig en cia plena. Las peculiaridades y contradicciones del contrato m atrim onial, así com o el acuerdo fugaz que se establece en la p rostitu­ ción, m ostrarían p ara esta autora la fragilidad del lenguaje contractual cuando se trata de género.

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su trab a jo , esas p ro stitu tas incluyen en la n o ció n de v io la ció n c u a lq u ie r fo r­ m a de ru p tu ra u n ila te ra l del co n tra to e sta b le c id o con el clie n te p o r p arte de éste. A sí, se co n sid eran v io la ció n to d as las in fra cc io n e s al ac u erd o , com o la falta de pago del servicio, el p ag o con un ch e q u e sin fondos, la no u tiliza ció n o el aban d o n o u n ilateral del preserv ativ o , el in tento de lle v a r a cabo p rác tica s se x u ale s n o co n v en id as de an tem a n o o el uso de la fu erza física. “ L a ru p tu ra del contrato se califica de v io la ció n ” (Day, 1994, p. 185). C reo que el uso de la ca te g o ría de “ v io la c ió n ” de e sta m a n e ra “ in c lu y e n te ” , com o la d escrib e la au to ra (ibid., p. 179), no es casual ni lim itada sino que p one de m an ifiesto una te o ría p ro p ia de las p ro stitu tas, p erfec ta m e n te co m p atib le con el m o d elo de P atem an y su sc ep tib le de ap lica rse a la v io la ció n en g en eral y no sólo al m arco p ro fe sio n a l de las trab a ja d o ra s del sexo: la v io la ció n es ju sta m e n te la in fra cc ió n que d e m u estra la fra g ilid a d y su p e rfic ia lid a d del co n trato cuan d o de rela cio n e s de género se trata, y es sie m p re u n a ru p tu ra co n tractu al que pone en evid en cia, en cualquier contexto, el so m e tim ien to de los indiv id u o s a estru c tu ras je rá rq u ic a m e n te co n stitu id as. En el p la n o a la v ez m ítico y lógico en que P atem an fo rm u la su m odelo, es ju sta m e n te la v io la c ió n - y no el a s e si­ nato del padre, com o en el m o d elo fre u d ian o de Tótem y ta b ú - la q u e in stau ra la p rim e ra ley, el o rd en del estatu s, y esa ley, po r lo tanto, se resta u ra y rev italiza cíclicam ente en ella.

En este contexto argum entativo, en el cual se señala el hecho de que las relaciones de género obedecen a estructuras de orden m uy arcaico y resp o n ­ den a un tiem po ex traordinariam ente lento, y o ag regaría la violación com o una situación en la que un contrato que debería reg u lar las relacio n es entre indivi­ duos en la sociedad m oderna se dem u estra ineficaz para controlar el abuso de un g énero po r el otro, derivado de un pen sam ien to regido por el estatus.

En realidad, sólo en la sociedad co ntractual la m ujer queda protegida por la m ism a ley que rige las relaciones entre hom bres en tanto sujetos de derecho. Sin em bargo, afirm a Patem an, la estructura de género nunca adquit re un carác­ te r co m pletam ente contractual, y su régim en p erm anente es el estatus. En el caso p articu la r de la violación com o agresión a otro hom bre a través de la apropiación de un cuerpo fem enino, com o co nquista territorial o com o delito contra la sociedad y no contra la persona, com probam os, una vez m ás, el a flo ­ ram iento del régim en de estatus característico de la estructura je rá rq u ic a de género, a p esar del contexto m oderno y supuestam ente contractual.

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Iniln rn uiiii ciudad com o B rasilia: se tra ta del lado perverso de la superviven-i superviven-in de un ssuperviven-istem a prem o d ern o , ord en ad o po r el régsuperviven-im en je rá rq u superviven-ic o de estatus, para el cual la a p ro p ia ció n del cuerpo fem en in o , en d eterm in a d as c o n d ic io ­ nes, no co n stitu y e n e c esariam en te un delito. E sa ap ro p ia ció n , en el m edio Irailicional del cual se liberaron en el escaso plazo de una generación la m ayo­ ría de los v io la d o res e n tre v ista d o s, era reg u la d a po r la com u n id ad , que v ig i­ laba con d ilig e n c ia la articu la ció n del estatus con el co n tra to de no agresión y respeto m utuo en tre p atriarcas. Y aun cuan d o la ap ro p ia ció n del cuerpo fem enino (o fem in iza d o po r el acto m ism o de su su b o rd in ac ió n ) se dé en un m arco de su p u e sta m o d e rn id ad plena, com o no es infrecuente, se p ro d u ce en la su p e rp o sició n de dos sistem as: uno que eleva a la m u je r a un estatus de individ u alid ad y ciu d ad a n ía igual al del ho m b re, y otro que le im pone su tutela. Este últim o, com o com prueba L loyd Vogelm an en su revelador estudio de la m e n talid ad de los v io la d o res en S u d áfrica, sigue estab lecien d o que las “m u jeres que no son p ro p ied a d de un h o m b re (las que no están en u n a re la ­ ción sexual ex c lu y e n te) son p erc ib id as com o pro p ied ad de to d o s los h o m ­ bres. En esencia, p ie rd e n su au to n o m ía físic a y se x u a l” (V ogelm an, 1991, p.

178). E sta no rm a tie n e su orig en en un sistem a de estatus, que rige el género y sigue ap a recien d o y d em o stran d o su v ita lid a d inalterada.

Es necesario escu ch ar e intentar en ten d er lo que se dice en las reiteradas alegaciones de ignorancia p revia de la ley por parte de los condenados de Brasilia. Sólo esa com prensión puede conducirnos a estrategias eficaces de prevención. D ichas afirm aciones pueden indicar la existencia de un tipo de sujeto d esorientado ante el en frentam iento trág ico y agonístico entre dos ó rd e­ nes norm ativos cuya co m petencia no se resolvió en el tránsito abrupto y co n ­ fuso del m undo tradicional a la m odernidad. Esto sugeriría que, en un contexto com o éste, el delito de violación se p roduce en el pasaje incierto del sistem a de estatus al sistem a de contrato pleno entre iguales, en el crepúsculo oscuro de la transición de un m undo a otro sin vín cu lo con u n a form ulación d iscursiva satisfactoria y al alcance de todos. Sin duda, las características de la ciudad de B rasilia, con sus gigantescas extensiones vacías, el origen m igratorio de la m ayor parte de su población y la consiguiente ruptura con el régim en de com u­ nidad, sus norm as trad icio n ales reguladoras del estatus dentro del contrato social y la v ig ilan c ia activ a de su cum plim iento, tienen un papel im portante en la notable incidencia relativa de la violación entre los delitos com etidos en ella. La fórm ula de Brasilia: grandes distancias y poca com unidad, constituye el caldo de cultivo ideal para ese delito.

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de estatus y su capacidad de regular el com portam iento social. Las co n secu en ­ cias consisten tanto en las brechas de descontrol social abiertas por este pro ­ ceso de im plantación de u na m odernidad poco reflexiva, com o en la d esreg u la­ ción del sistem a de estatus tradicional, que deja expuesto su lado perverso, a través del cual resurge el derecho natural de apropiación del cuerpo fem enino cuando se lo percibe en condiciones de desprotección, vale decir, el a flo ra­ m iento de un estado de naturaleza.

El carácter responsivo del acto y sus interpelaciones

Justam ente aquí, en el contexto de esta evaluación de la relación siem pre tensa entre estatus y contrato, por un lado, y del suelo arcaico en el cual se anclan las relaciones de género, por otro, es posible entender una serie de tem as que recorren el discurso de los violadores y sugieren una triple referencia de este delito:

1. C om o castigo o v enganza contra una m ujer gen érica que salió de su lugar, esto es, de su posición sub o rd in ad a y ostensiblem ente tu telad a en un sistem a de estatus. Y ese abandono de su lugar alude a m ostrar los signos de una socialidad y una sexualidad gobernadas de m anera autónom a o bien, sim ­ p lem ente, a encontrarse físicam ente lejos de la protección activa de otro hom ­ bre. El m ero desplazam iento de la m u jer hacia u na posición no destinada a ella en la je ra rq u ía del m odelo tradicional pone en entredicho la posición del h o m ­ bre en esa estructura, ya que el estatus es siem pre un valor en un sistem a de relaciones. M ás aún, en relaciones m arcadas por el estatus, com o el género, el polo je rá rq u ic o se constituye y re a liz a ju sta m e n te a expensas de la su bordina­ ción del otro. Com o si dijéram os: el poder no existe sin la subordinación, am bos son subproductos de un m ism o proceso, una m ism a estructura, p osibilitada por la usurpación del ser de uno por el otro. En un sentido m etafórico, pero a veces tam bién literal, la violación es un acto canibalístico, en el cual lo fem eni­ no es obligado a ponerse en el lugar de dador: de fuerza, poder, virilidad.

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trol sobre ella. C on la m odernidad y la consiguiente exacerbación de la autono­ m ía de las m ujeres, esa tensión, n aturalm ente, se agudiza.

A l d estac ar el ca rácter gen é ric o de la m ujer abordada, indico ju stam e n te esto: que se tra ta de cu a lq u ie r m ujer, y su sujeción resu lta n ec esaria para la eco n o m ía sim b ó lic a del v io la d o r com o índice de que el eq uilibrio del orden de género se m an tien e intacto o ha sido restablecido. E sto coincide con el planteo de S haron M arcus cuando señ ala que la interacción de la violación responde a una “ h o ja de ruta” , en el sentido de una interlocución fija estructurada por una “ g ram ática de v io le n cia m arcad a p or el g én e ro ” ( " g en d e re d gra m m a r o f vio ­ le n c e ”, M arcus, 1992, p. 392). L a m ujer g enérica a la cual hago referencia es la m u jer sujeta al papel fem enino en este dram a, la m ujer con un itinerario fijo en esa estructura g ram atical que opone sujetos y objetos de vio len cia m arcados por el género. P or eso, afirm a la autora, alterar esa hoja de ruta, ro m p er su p revisibilidad y la fijeza de sus roles puede ser una de las form as de “ asestar un g olpe m ortal a la cu ltu ra de la v io la ció n ” {ibid., p. 400).

2. C om o agresión o afren ta contra otro ho m b re tam bién genérico, cuyo p o d er es d esafiado y su patrim o n io u surpado m ediante la apropiación de un cuerpo fem enino o en un m ovim iento de restauración de un p oder p erdido para él. En su análisis de dos pin tu ras de R em b ran d t sobre la v iolación de Lucrecia, M ieke B al sin tetiza esta idea, b o sq u e jan d o el legado de otros que pensaron y registraron esa p ercepción del sen tid o del delito:

“Los hombres violan lo que otros hombres poseen”, escribió Catherine Stimpson (1980, p. 58); “ falso deseo” es la definición de Shakespeare, propuesta ya en el segundo verso de su Lucrecia. "Aimer selon l'a u tre” es la expresión de Rene Girard (1961); Between Men es el título del libro de Eve Sedgwick (1985). Todas estas expresiones sugieren por qué los hombres violan; también se refieren a qué es una violación: un acto semiótico público. Además de ser violencia física y asesinato psicológico, la violación es tam­ bién un acto de lenguaje corporal manifestado a otros hombres a través de y

en el cuerpo de una mujer (Bal, 1991, p. 85).

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co n o c id o a ho m b res que b uscaron o tras so lu c io n e s y crearo n otro s d isp o s i­ tiv o s fam iliare s y so c iales g rac ias a los cu ales la re sta u ració n del estatu s m ediante la subordinación de la m ujer frente a o tros hom bres no fu era im pres­ cindible. De este m odo, bell hooks desm onta lo que podríam os llam ar la h ip ó ­ te sis de la d e term in a ció n fu n cio n al y h o m e o stá tic a (en el se n tid o de re p a ra ­ ción de un eq u ilib rio p erd id o ) de la v io la ció n . En efecto , es n ec esario h acer una crítica del m an d ato de v io la ció n en un siste m a de estatu s, y afirm a r con ese fin la p o sib ilid a d de o tras so lu cio n es m ás felices para las rela cio n e s de género. En otras palabras, con su lúcida y y a clásica reflex ió n sobre la se x u a ­ lidad del ho m b re neg ro , bell hooks nos seftala que no deb em o s ver la re p a ra ­ ción del estatu s m ascu lin o m ed ian te la su b o rd in ac ió n v io le n ta de la m u je r com o una sa lid a in ev itab le y p rev isib le al “ p ro b le m a ” de la m ascu lin id ad m alo g rad a, en co n tex to s de ex trem a d esig u ald ad en los cu ales los hom bres ex clu id o s ya no están en co n d icio n es de e jerce r la au to rid ad reserv ad a a ellos por el patriarcado.

3. C om o una dem ostración de fuerza y virilidad ante una com unidad de pares, con el objetivo de g arantizar o preservar un lugar entre ellos p robándo­ les que uno tiene com petencia sexual y fuerza física. Esto es característico de las violaciones com etidas por pandillas, por lo com ún de jó v e n es y h ab itu al­ m ente las m ás crueles. Sin em bargo, en m uchos de los testim onios escuchados, aunque se trate de un delito solitario, persiste la intención de h acerlo con, p a ra

o ante una com unidad de interlocutores m asculinos capaces de otorgar un estatus igual al perpetrador. A unque la p andilla no esté físicam ente presente durante la violación, form a parte del horizonte m ental de! v iolador jo v e n . Y el acto de agresión encuentra su sentido m ás pleno en estos interlocutores en la som bra y no, com o podría creerse, en un supuesto deseo de satisfacción sexual o de robo de un servicio sexual que, de acuerdo con la norm a, debería contratar­ se en la form a de una relación m atrim onial o en el m ercado de la prostitución. Se tra ta m ás de la exhibición de la sexualidad com o capacidad viril y vio len ta que de la búsqueda de placer sexual.

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después de enterarse de que es virgen, am bos registrados en los prontuarios y los testim onios recogidos. Estas m odalidades, estilos o escenas no cam bian la racionalidad general del acto ante otros. En su f a n ta s ía -a q u í representada de m anera p erfo rm ativ a-, el violador intenta presentarse com o m ás seductor o más violento, pero siem pre frente a otros, sean éstos sus com petidores y pares en la escena bélica entre hom bres que es el horizonte de sentido de la violación, o la m ujer transgresora que lo em ascula y lo hace sufrir.

En 1971, en su estudio estadístico d etallado de los patrones de violación en la ciudad de F iladelfia, M enachem A m ir pone por prim era v ez de relieve dos hechos cuya in terrelación es relevante aquí: el prim ero es que no corresponde la atribución de psico p ato lo g ías individuales a los violadores, ya que el v io la­ dor es sim plem ente un integrante m ás dentro de determ inados grupos sociales, con v alores y norm as de conducta com partidos, lo que el autor denom ina “ sub- cu ltu ras” :

Este abordaje propone, entre otras cosas, explicar la distribución y los patrones diferenciales del delito y de quienes lo com eten, no en térm inos de m otivaciones individuales y procesos m entales no rcproducibles que puedan inducir a com eterlo, sino en térm inos de variaciones entre grupos y sus norm as culturales y condiciones sociales. Com o los m ás altos índi­ ces de las transgresiones estudiadas se dieron en grupos relativam ente hom ogéneos, se supone, por lo tanto, que esos grupos se sitúan en una subcultura (A m ir, 1971, p. 319).

El segundo hecho es que las v iolaciones p erpetradas en com pañía, vale decir, por grupos de hom bres o pandillas, son prácticam ente tan com unes com o las com etidas en soledad (Am ir, 1971, p. 337).

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teoría de la “ su bcultura” v iolenta en la cual la v iolación sea previsible, ya que de ese m odo trasladaríam os la sospecha de un “ tip o ” p sicológico a un “ tipo” social, sin englobar en ella a las sociedades en su conjunto y valores v astam en ­ te com partidos y difundidos.

El énfasis de mi análisis en este trabajo, a partir de una am plia escucha de los testim onios recogidos en la cárcel, apunta a un vio lad o r a quien, aun cuan­ do actúa solo, podríam os d escribir com o “ aco m p añ ad o ” por su conciencia com o un paisaje m ental “ con otras p resen cias” , y a un acto íntim am ente ligado al m andato de interlocutores presentes en el horizonte m ental, el ám bito discur­ sivo en que se realiza. Por consiguiente, m i m odelo presupone una estructura dialógica, en el sentido bajtiniano, entre el violador y otros genéricos, poblado­ res del im aginario, en la cual encuentra su sentido la violación, entendida com o un acto expresivo revelador de significados.

El enunciado está lleno de ecos y recuerdos de otros enunciados [...] [y] debe considerarse, sobre todo, como una respuesta a enunciados anteriores , dentro de una esfera dada los refuta, los confirma, los completa, se basa en ellos [...]. Por esta razón, el enunciado está lleno de reacciones-respues­ tas a otros enunciados en una esfera dada de la comunicación verbal [ ...]. La expresividad de un enunciado siem pre es, en m ayor o m enor medida, una

respuesta', en otras palabras: m anifiesta no sólo su propia relación con el objeto del enunciado, sino también la relación del locutor con los enunciados del otro (Bajtin, 1992, pp. 316-317).

L1 enunciado siem pre tiene un destinatario (con características varia­ bles, puede ser más o m enos próximo, concreto, percibido con m ayor o m enor conciencia) de quien el autor de la producción verbal espera y pre­ sume una com prensión responsiva. Este destinatario es el segundo |...|. N o obstante, al margen de ese destinatario (o segundo), el autor del enun­ ciado, de modo más o m enos consciente, presupone un superdestinatario

superior (o tercero), cuya com prensión responsiva absolutam ente exacta se sitúa sea en un espacio m etafísico, sea en un tiempo histórico alejado [...]. Todo diálogo se desenvuelve como si fuera presenciado por un tercero invisible, dotado de una com prensión responsiva y situado por encim a de lodos los participantes del diálogo (los interlocutores) (ibid., p. 356).

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D ecir que la violación debe com prenderse com o un acto en com pañía im plica h ac er h in cap ié en su dim ensión intersubjetiva. La g alería de “ acom pa­ ñ an tes” o in terlocutores en la som bra que participan de ese acto se incorpora a la vida del sujeto d esde un prim er m om ento y a partir de allí siem pre es confir­ m ada. Se tra ta de una aprehensión de los otros m arcada po r una com prensión de la centralid ad y la estructura de la d iferencia de género, así com o una hiper- sensibilidad, trab a jad a por la so cialización, a las exigencias que esa diferencia plantea al sujeto m asculino para que éste sea y ten g a identidad com o tal. Esas “ co m p añ ía s” silen cio sas, que p resionan, están incorporadas al sujeto y ya form an p arte de él. P uede decirse, por lo tanto, que su acto, su delito, m ás que subjetivo, es intersubjetivo: participan otros im aginados.

D esde este punto de vista, es posible interpretar lo que ellos m ism os intentan decir en las entrevistas realizadas cuando afirm an, reiteradas veces, que “ no fui y o ” o “ fui yo, pero otro me lo hacía hacer” , “ había algo, alguien m ás” , cuya agen cia cobra una indiscutible corporeidad y un poder d eterm inan­ te: alcohol, droga, el diablo, un espíritu que “ cobró cuerpo” , un com pañero e incluso, en uno de los casos, un verdadero autor del delito, con nom bre y apellido, que según el p ro ntuario fue inventado por el reo. Con estas coartadas, el violador no trata sim plem ente de m entir o eludir su culpabilidad. M ás exacta­ m ente, intenta describir y exam inar la experiencia de una falta de autonom ía que lo deja p erplejo; los otros, dentro de su conciencia, hablan a veces m ás alto que su razón pro p iam en te subjetiva. E sta escucha rigurosa de las palabras es fun­ dam ental para co m p ren d er un tipo de delito cuyo sentido escapa a la racio n ali­ dad no sólo del investigador sino tam bién de sus propios autores, ju stam e n te porque su razón de ser no se agota en el individuo sino que procede de un cam po intersubjetivo que debe tom arse en cuenta para hacer que su acto, su “bu rrad a” , com o dicen en algunas o casiones, sea inteligible.

Sin em bargo, esa m ism a característica aquí m encionada puede allanar el cam ino para la transform ación del sujeto y su rehabilitación, siem pre y cuando, en una perspectiva m ás fenom enológica que estructuralista, aceptem os que “ esa experiencia de sí m ism o, o de sí m ism o en relación con el otro, se ajusta co ntinuam ente a ciertos fines y es m odulada por las circu n stan cias” (Jackson, 1996, p. 27), y cream os que el violador puede verse libre de los “ fantasm as” que lo acom pañan y le hacen dem andas, para abrirse e incorporar un m undo de

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M odelos interpretativos: la perspectiva m édico-legal,

la perspectiva feminista y la perspectiva del mandato

del poder en la estructura de género

L o que hem os señalado hasta aquí coincide en sugerir que la v iolación siem pre apunta a una experiencia de m asculinidad fragilizada. Y éste sería el significado últim o de la ta n com entada violación com etida en el v iolador p or sus com pañe­ ros del ám bito carcelario. “ P resiones” es el n om bre dado a este tipo de m altrato sexualizado infligido y padecido en la prisión. Y si bien el térm ino puede ser un eufem ism o, es posible que tam bién sea la señal de una coacción para d o b leg ar­ se y aceptar una posición afín con la p ropia n aturaleza en la estructura de relaciones fuertem ente m arcada por una concepción de los lugares y atributos de género. N o se trataría m eram ente de un “ castig o ” com o lo caracteriza p o p u ­ larm ente el folclore de las cárceles, sino de algo m ás profundo: enunciado, hecho público y constatación de la escasa virilidad del violador, de su m a scu ­ linidad frágil. Un ejem plo m ás de la sociología pro fu n d a que suelen contener las te o rías locales.

“ M asculinidad” representa aquí una identidad d ependiente de un e sta­ tus que engloba, sintetiza y confunde p o d er sexual, p oder social y poder de m uerte. “ Los h om bres” , dice Ken P lu m m er en un interesante análisis de las relaciones entre m asculinidad, poder y violación, “ se autodefinen a partir de su cu ltu ra com o personas con necesidad de estar en control, un p roceso que com ienzan a aprender en la prim era infancia. Si este núcleo de control d esap a­ rece o se pone en duda, puede producirse una reacción a esa vulnerabilidad. [...] Esta crisis en el rol m asculino pu ed e se r la d inám ica central que es preciso an alizar para ten er acceso a las distintas facetas de la violación [...] los m iem ­ bros de los grupos sociales m ás bajos parecen ser especialm ente vulnerables. En la clase trab ajad o ra y las m inorías raciales esa crisis alcanza su m áxim a m agnitud: en el fondo de la escala social, su sentido de la m asculinidad es absolutam ente fundam ental” (Plum m er, 1984, p. 49). Para este autor, “ el proble­ m a de la violación se convierte, en gran m edida, en el problem a de la m asculini­ dad, y es éste el que debe investigarse si se pretende resolver algún día el p rim ero ” {ibid., p. 53). Lo cual significa, ju stam e n te, com prender al hom bre a quien aludo en este trabajo, y las tram as de sentido en las que se entrelazan la m asculinidad y el fenóm eno de la v iolación.

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inversión de esta hipótesis: debe violar, si no por las vías del hecho, sí al m enos de m anera alegórica, m e tafórica o en la fantasía. Este abuso estructuralm ente previsto, esta u surpación del ser, acto v am pírico perpetrado p a ra ser hom bre,

rehacerse com o hom bre en detrim ento del otro, a expensas de la m ujer, en un horizonte de pares, tie n e lugar dentro de un doble doble vínculo: el doble v ínculo de los m ensajes contradictorios del orden del estatus y el orden con­ tractual, y el doble vínculo inherente a la n aturaleza del patriarca, que debe ser autoridad m oral y poder al m ism o tiem po.

El estatus m asculino, com o lo dem uestran en un tiem po filogenético los rituales de iniciación de los hom bres y las form as tradicionales de acceso a él, debe co n q u ista rse por m edio de pruebas y la superación de d esafíos que, m uchas veces, exigen incluso contem plar la posibilidad de la m uerte. Com o este estatus se adquiere, se conquista, existe el riesgo constante de perderlo y, por lo tanto, es preciso asegurarlo y restaurarlo diariam ente. Si el lenguaje de la fem ineidad es un lenguaje perform ativo, dram ático, el de la m asculinidad es un lenguaje violento de co n q u ista y preservación activa de un valor. La violación debe com prenderse en el m arco de esta diferencia y com o m ovim iento de res­ tauración de un estatus siem pre a punto de perderse e instaurado, a su vez, a expensas y en desm edro de otro, fem enino, de cuya subordinación se vuelve depen d ien te.

C om o coronación de sus investigaciones durante m ás de tres décadas entre los baruyas de N ueva G uinea, G odelier cuenta que llegó a descu b rir el secreto más sorprendente y m ejor guardado del grupo: la flauta ritual de la casa de los hom bres, sím bolo y secreto de la m asculinidad, es, en verdad, de las m ujeres y fiie ro b a d a p o r ellos, quienes, desde entonces, se b enefician con su utilización (Godelier, 1996, p. 182). La expoliación de lo fem enino - p o r la fuerza, por el r o b o - se expresa aquí de una m anera asom brosam ente cercana a.la m áxi­ m a lacaniana según la cual “ la m ujer es el falo '’, m ientras que “el hom bre tiene el falo” (Lacan, 1977, p. 289). De este m odo se señala tam bién lo que circula desde la m ujer hacia el hom bre com o exacción, condición sine q ua non de la m asculi­ nidad. Pero si esto form a parte de una estructura identificable en universos tan distantes, significa que la “ frag ilid ad ” m asculina y su d ependencia de una “ su stan cia” que chupa o ro b a lo fem enino no es una condición excepcional, la “ en ferm ed ad ” de algunos individuos o de los integrantes m asculinos de algu­ nas categorías sociales, sino parte co n stitu tiv a de la propia estructura y la n aturaleza de sus posiciones.

La atribución de un sentim iento de inferioridad y una “ m asculinidad da­ ñad a” com o fundam ento que da sentido a la violación es bastante recurrente en la literatura (véanse, entre otros, B rom berg, 1948, y W est, Roy y N ichols,

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lener una eficacia relativa y porosa, no puede p resc in d ir de la fuerza. Por lo tanto, esta form a de violencia delata la im potencia de quien alcanza la suprem a­ cía en ese ju eg o , para m antener al otro bajo su do m in io absoluto” (1995, p. 218). lis im portante señalar aquí, sin em bargo, una p osición que se separa tan to de un m odelo ex plicativo centrado en la pato lo g ía individual del delincuente (en este caso, su fragilidad y em asculación) com o de la explicación por un supues­ to poder que form aría parte de la n aturaleza del hom bre. No se trata de un problem a lim itado a la esfera del individuo ni es la consecuencia directa y espontánea del ejercicio del poder del hom bre so b re la mujer.

D iana Scully, en un exhaustivo e in te lig e n te análisis de un Corpus de entrevistas con ciento catorce violadores co n d e n ad o s, postula el antagonism o de las dos tesis:

l'ín contraste con el m odelo psicopatológico, este libro se basa en una perspectiva fem inista y en el supuesto previo de que la violencia sexual tiene un origen soeiocultural: los hom bres aprenden a violar. Por consi­ guiente, en vez de exam inar las historias clínicas de hom bres sexualm ente violentos en busca de las pruebas de una patología (en la literatura tradi­ cional, a m enudo acusatoria de sus m adres o esposas) o de m otivos indi­ viduales, utilicé colectivam ente a los violadores condenados como exper­ tos capacitados para inform ar sobre una cultura sexualmente violenta (Scu­ lly, 1994, p. 162).

La autora expone de m anera convincente las razones que la apartan de las explicaciones psicopatológicas, al señalar que éstas separan “ la violencia sexual del reino del m undo ‘n o rm a r o cotidiano y la sitúan en la categoría de com por­ tam iento ‘esp ec ial’” , elim inando “ cualquier conexión o am enaza a los hom bres ‘n o rm a le s’” . De este m odo, el abordaje “ nunca va m ás allá del ofensor indivi­ du al” , “ unos pocos hom bres ‘e n fe rm o s’ [...] A sí, el m odelo psicopatológico o m édico legal de la violación prescinde de la necesidad de indagar o m odificar los elem entos de una sociedad que pueden precip itar la violencia sexual contra las m ujeres” (Scully, 1994, p. 46). Por otra parte, la tesis fem inista “ ve la viola­ ción com o una extensión de la conducta n orm ativa m asculina, el resultado de la adaptación a los valores y prerrogativas que definen el rol m asculino en las sociedades p atriarcales” {ibid., p. 49).

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