Espero que al comenzar a leer este artículo hayas hecho ya el ejercicio de interiorización que te recomendé en el artículo pasado. Un ejercicio difícil, no cabe duda, pero un ejercicio necesario si queremos entender el amor de Dios a nuestras almas.
Si has hecho bien el ejercicio, y así lo espero, habrás descubierto lo mucho que te ama Cristo. Porque esa es la experiencia del que se vuelca en sí mismo, del que sin miedo se encuentra con Cristo en lo más profundo de su “yo”. Como el joven de la parábola que estamos comentando. ¿Por qué este joven dijo me levantaré e iré a la casa de mi Padre? ¿Por qué sus palabras denotaban confianza en el Padre? No fue simple y sencillamente porque sintió nostalgia de la casa paterna, o por el hambre que sentía, que al fin y al cabo podría saciar de mala manera con lo que recibía como paga por apacentar puercos. Cuando él volvió en sí mismo, cuando reflexionó sobre su estado de vida, se dio cuenta que además del camino erróneo por el que había andado, tenía un padre y tenía un padre que aún lo amaba. De lo contrario no es posible explicación alguna sobre la decisión de su retorno.
Muchos han pensado que el hecho de querer regresar como jornalero y no como hijo ya no soy digno de ser hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros nos habla de un padre justiciero. Sin embargo es el hijo quien se está adelantando a la justicia del Padre. Es el hijo que está poniendo su justicia en boca de su Padre.
Porque hasta este momento de la parábola no hemos oído hablar nuevamente al Padre.
En justicia es lo que le correspondería al hijo. Ha malgastado la herencia...
recordará el otro hijo al final de la parábola. Ha gastado la herencia, que no es otra cosa sino la libertad. El Padre no retuvo al hijo. Le dio lo que le correspondía, que es el ejercicio de su libertad.
Sin embargo, no hemos visto actuar a la figura principal de esta parábola, que es el Padre. Hemos visto al hijo y quizás ya te has podido ver reflejado en algunas de las actitudes que tuvo para con su Padre. Pero, el Padre, ¿cómo actúa? ¿qué hace?
¿Qué es lo que dice?
En las palabras que vamos a meditar a continuación es muy conveniente que las leas con el corazón, esto es, que las vayas metiendo en tu corazón. Son palabras que deben llegar a tu alma, porque intentan ser la respuesta de Dios a tu situación, a tu condición de pecador, como puede ser la condición de cualquier pecador. NO trates tanto de entender, sino de amar y de sentirte amado. Esta es la
experiencia que debe ser una verdadera confesión.
EL Padre deja ir al hijo, no lo retiene para sí mismo. Tenía todo el derecho de hacerlo. Sin embargo, este Padre refleja la imagen de Dios. Nos ha creado libres y no puede ir en contra de lo que Él mismo ha creado. Su dolor y su tristeza al ver partir al hijo no tiene límite. Tan es así que cuando el hijo decide volver, la parábola describe un gesto de gran profundidad. Nos dice que él lo vio de lejos. Y si lo vio de lejos quiere decir que todos los días dedicaría un buen tiempo a mirar al horizonte, subirse al terrado de la casa, salir a dar un paseo y de vez en cuando soltar la vista hacia los montes, hacia los caminos y tratar de adivinar una figura semejante a la de su hijo. El Padre lo esperaba desde el momento de la partida.
Tu experiencia puede ser lo más triste y dramática que puedas imaginarte. Sin embargo Dios, que es un Padre bondadoso espera tu regreso. Nuestra condición humana es la que nos impide ir hacia el Padre. Pensamos de una manera muy humana y no nos damos cuenta que Dios no mide con criterios humanos. ¿Cómo podrá perdonarme Dios por lo que he hecho? ¿Cómo podrá considerarme Dios como un hijo si he llevado una vida alejada de Él? He malgastado mi vida, mi hacienda, toda mi persona y ahora ¿será cierto que Dios me esté esperando con los brazos abiertos?
La confesión es el lugar del encuentro de las personas que se aman ha dicho el místico francés Jean Suyrtouis. De parte de Dios no nos falta la garantía del amor,
¿pero de parte tuya? Ir a la confesión no debería ser, como muchos nos han hecho pensar, un sufrimiento. Ir a la confesión es ir a los brazos del Padre. Es ir a estrechar contra nuestro corazón a todo un Dios que nos está esperando desde el momento en que nos fuimos. No puede ser de otra manera y no debe ser de otra manera. Lo único necesario es un verdadero arrepentimiento, que es una manifestación del verdadero amor. ¿Qué se necesita para ir al encuentro de Dios en la confesión? Amar, amar mucho a Dios para decirle que estás arrepentido del pasado, pero que confías que con su gracia vivirás una mejor vida. Te invito a seguir leyendo para conocer cuáles son los pasos que se deben dar en toda confesión de forma que el amor esté asegurado y puedas sentir como Dios mismo es el que te carga sobre sus hombros.
Examen de conciencia
Ya lo has hecho. Si hiciste el ejercicio de “volver sobre ti mismo”, de meditar sobre la situación de tu vida, habrás hecho ya un examen de conciencia. No se trata aquí de pensar en lo malo que he hecho, sino en lo poco que he amado a Dios. Son dos puntos de vista muy diversos. Si piensas en la confesión sólo como un lugar en el que nos van a regañar por las faltas que hemos cometido, no es la visión adecuada del sacramento. En la confesión vamos al encuentro del amor. Vamos al encuentro del Padre bondadoso que nos está buscando para ayudarnos a vivir nuevamente como hijos suyos. Esa es la experiencia del hijo de nuestra parábola. Se dio cuenta
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de lo mucho que había dejado de amar, no de las tonterías que había hecho. Puede ser difícil dar este paso, entender que la confesión es más bien declarar nuestras faltas de amor y no nuestras faltas a unos mandamientos. Declararnos pecadores deberá ser declararnos personas que nos hemos amado como Dios nos ha pedido que amemos. Quizás hemos amado a nuestra manera, pero al final nos vemos con las manos vacías. Deberá ser un examen de nuestras faltas de amor. “No he amado como Dios ha querido que amara...”
Dolor de los pecados
Todas estas manifestaciones de desamor que nuestra conciencia nos haya permitido recordar vienen a ser puntos de encuentro con Dios. El joven de nuestra parábola lo dice muy claramente: Me levantaré e iré ante mi Padre y le diré: Padre, he pecado contar el Cielo y contra Ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.
Trátame como a uno de tus jornaleros Estas palabras manifiestan dolor por lo sucedido, mas no desesperación. Son palabras de alguien que se ha dado cuenta que no ha ido por el camino correcto, pero que sabe que tendrá un perdón, una acogida. Si esto no fuera así, el hijo nunca se hubiera emprendido el camino de regreso hacia la casa de su Padre.
Los pecados, las faltas pueden ser muy graves. Pero no hay falta grave o pecado que Dios no perdone. El dolor es muy distinto que la desesperación. La desesperación nos llega cuando nos quedamos viendo nuestras faltas, nuestros pecados, nuestro estilo de vida alejado de Dios. La desesperación no nos deja ver más allá que las propias faltas, no nos permite darnos cuenta que allá en el horizonte hay un Padre bueno que todos los días nos está esperando Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El dolor es el que nos pone en pie, el que nos hace caminar, la motivación para encontrarnos con Dios, nuestro Padre bueno.
No es necesario que este dolor sea sentido y experimentado en forma sentimental.
A muchas personas Dios regala con lágrimas, con profundos gemidos de dolor en el alma. Basta con que seamos conscientes de que con nuestros pecados hemos ofendido al amor de Dios, hemos “malgastado la herencia”, es decir, hayamos utilizado en forma equivocada nuestra libertad, para que Dios se dé cuenta de nuestro dolor y “se conmueva” ante ese dolor.
Propósito de enmienda
No merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros Además del dolor de los pecados, este hombre se puso en marcha hacia su Padre con el propósito de regresar a casa y vivir de acuerdo no ya a su condición de hijo, sino de acuerdo a la condición de jornalero. Estaba profundamente arrepentido y por eso quería dejar aquellas tierras que sólo le habían causado sequedad y tristeza.
Por ello decide salir, irse, dejar atrás todo su pasado y comenzar una vida nueva.
¿Es posible que una persona homosexual inicie una vida nueva? ¿No son muchas las cargas, los vicios, los malos hábitos que puede cargar en su pasado? No en vano Jesucristo también dijo que mi yugo es suave y mi carga es ligera para todos aquellos que lo quieren seguir. Formular un propósito de enmienda significa ver hacia el futuro con ojos esperanzadores, con ojos de fe y de ilusión. Si bien es cierto que el pasado puede seguir ejerciendo una cierta influencia con nosotros, no debemos menospreciar la gracia de Dios que puede obrar maravillas en nuestra alma.
El propósito de enmienda no significa tener la certeza absoluta de que no se volverá a caer en pecado. ¿Quién tiene esa certeza en la vida? Pero lo que sí se puede hacer es poner todos los medios para no volver a caer en pecado. ¿Tienes revistas, videos que pueden ser ocasión de pecado? Tu propósito de enmienda te dirá que debes deshacerte de ellos. ¿Cultivas amistades, frecuentas lugares en los que tu amistad con Dios puede verse interrumpida? Aléjate de ellos. Así, al hacer el propósito de enmienda, renuevas tu fuerza de voluntad, y pones los medios concretos para no volver a pecar.
En algunos casos no basta simplemente con hacer ese propósito de enmienda o en poner los medios concretos. Debido a situaciones complejas en la psicología del hombre o de la mujer, será necesario recurrir a una ayuda profesional que ayude a cumplir y llevar adelante el estilo de vida que Dos y la Iglesia quieren para la persona homosexual. Ponerse en manos de estas personas profesionales, junto con una guía espiritual, es ya parte del propósito de enmienda.
Decir los pecados al confesor
Es conveniente que veamos en la persona del confesor la presencia de Cristo que nos acoge, como el Padre de la parábola que sabe acoger al hijo pródigo. Será conveniente que busques en tu parroquia a un sacerdote con las cualidades necesarias para ayudarte en el sacramento de la confesión.
Las faltas deben exponerse con orden, brevedad, propiedad, claridad e integridad.
Deja que tu conciencia hable y procura ser dócil en manos del Espíritu Santo que en ese momento te indicará las palabras adecuadas en tu confesión. Muchas veces podemos sentir algún reparo al exponer nuestras faltas al confesor. Es normal.
Todas las personas lo sentimos. Pero recuerda que es a Cristo mismo a quien estás confesando tus faltas de amor. El hombre que ves en el confesionario no es más que su representante, es Cristo mismo quien te escucha, quien habla contigo y quien te perdona. Recuerda que en el rito de la absolución el sacerdote levanta la mano, traza una cruz en el aire y dice: “Yo te perdono en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Ese Yo se refiere a Cristo, no al hombre que está en el confesionario.
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Por último es conveniente que aceptes con espíritu sobrenatural las orientaciones del confesor y procura ponerlas en práctica.
Cumplir la penitencia
La penitencia no tiene otro objeto más que hacer una reparación al amor de Dios que hemos ofendido. La gracia de Dios no tiene medida. Sin embargo, qué poco hacemos para que se nos dé nuevamente esa gracia, esa amistad divina. Lo único que se nos pide son unas obras que sirven como reparación por nuestros pecados.
Nunca esas obras servirán para reparar el amor perdido. Para eso ha sido necesario que Cristo padeciera y muriera por nosotros. Sus sufrimientos, su sangre en el Calvario es la materia con la cual se reparan nuestras faltas de amor. Nunca debemos olvidarlo.
Así animados con este gran medio que es la confesión, aprovechado con cuanta frecuencia sea necesaria, la vida de las personas homosexuales puede ser muy diferente, porque también para ellos hay esperanza.
Un último consejo. Podrán venir recaídas. Eres de condición humana y esto puede suceder. No tengas miedo. Si hay recaídas acércate pronto al sacramento de la confesión. Recuerda que ahí hay alguien que te está esperando para decirteEste hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado.
Si tienes algún comentario puedes comunicarate con Germán Sánchez Griese [email protected]