Anuncio Adviento 2017 Corregido

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Viernes, 1 de diciembre de 2017

¾ Oración del párroco que preside la asamblea. ¾ Invocación cantada al Espíritu Santo.

¾ Noticias del Camino. KIKO:

Bien, hermanos. Vamos a comenzar con un video bastante breve, de diecisie-te minutos, porque hemos estado en la India y en China. Hemos visitado la India porque el catequista itinerante, P. Leonardo Di Mauro, nos había dicho que era ne-cesario que fuéramos, porque los obispos han descubierto la misión ad gentes, pero resulta que no pueden hacerla porque necesitan familias, y el Estado no permite la entrada de familias que no sean indias; tienen que ser familias de la India. Necesita-ban treinta nuevas familias para la misión ad gentes que habían pedido los obispos. Y Leonardo quería que, por favor, fuésemos. Gracias a Dios, se levantaron 33 fami-lias y 74 chicos para el seminario. Pedí 40 chicas para China y se levantaron 62. Fue un encuentro estupendo. Veréis un poquito nada más.

Después nos fuimos a Pekín. Y en Pekín tuvimos un acontecimiento verdade-ramente maravilloso. Porque habíamos estado hace siete años en Pekín y tuvimos un encuentro con el arzobispo de la iglesia nacional, patriótica, que nos dijo que China necesitaba un re-catecumenado. Por eso, yo sentí que había que preparar 20.000 sacerdotes para China. Y entonces, fui a decirle que después de siete años, en que hemos pedido 20.000 sacerdotes para China, estamos preparados para lle-var el re-catecumenado a China.

Nos recibió con el secretario, que es un hombre muy alto, con el obispo auxi-liar y con el encargado de la catedral. Y después nos invitaron a comer estos tres. Pues nos quedamos sorprendidos del amor que mostraban hacia nosotros. Decían que para ellos era una pascua. Y resulta que es que estos tres chinos habían estado en la Domus Galilaeae y habían quedado totalmente impresionados. Dice Dos-toievski que la belleza salvará al mundo. La belleza de la Domus, la predicación, los cantos, el kerigma, les había dejado verdaderamente impresionados a los tres. Y nos ofrecieron una comida, que era una pascua, y nos dijeron que había que empe-zar el Camino en la catedral: y ya han comenzado las catequesis. Nos dijeron que había que abrir el Camino en tantas parroquias. O sea, que fue un encuentro maravi-lloso y estaban totalmente impresionados de la estética, de la belleza, del kerigma. Los chinos no saben nada de nada del cristianismo. Se quedaron verdaderamente impresionados de todo, sea del encuentro de los obispos, sea de la predicación, del kerigma, de los cantos, de la belleza del lago de Tiberiades, de la belleza de la Do-mus, y estaban completamente entusiasmados. Así que hemos venido muy

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conten-tos.

Después tuvimos un encuentro con los hermanos: con las doce misiones ad gentes que hay en China y con las 57 comunidades que hay ya allí. Nos hicimos una fotografía con cada missio ad gentes y tuvimos un encuentro verdaderamente extra-ordinario.

Después he estado enfermo, me he encontrado muy mal. Me llevaron al hos-pital y me hicieron toda una serie de «perrerías»… Una eco-Doppler, me pusieron un suero, etc. Al final, estoy ya bastante bien. El corazón está bastante bien y han visto que tengo que tener cuidado con el hígado...

El miércoles pasado hicimos el Anuncio del Adviento en Roma, que fue fan-tástico, y espero que el Señor me inspire hoy y os dé una palabra de consuelo para todos.

Os he preparado dos regalos. El primero es el Christmas de Navidad, que os voy a dar a todos. He hecho un dibujo de Cristo con 25 años, joven. Y dice: «Cristo con 25 años, os desea: ¡Feliz Navidad!». Y he puesto una poesía que dice: «La mís-tica sustancia de tu amor, Jesús, Dios mío, de tu ser versado en mil instantes… Ca-minaba detrás de ti y te vi llorar mientras mataban a tus profetas en Jerusalén». Y, segundo, también os voy a regalar el libro Envío en misión de dos en dos a todas las naciones, que recoge algunos testimonios de tantos hermanos. Es verdaderamente bellísimo y maravilloso.

Muy bien, pues vamos a ver el video y después hacemos la presentación. ¾ Proyección del video de la Visita de Kiko y el P. Mario a la India y a China. KIKO:

Para nosotros fue una alegría encontrar a los hermanos chinos. Todos nos querían dar besitos. Estaban todos tan contentos. Ya hay 57 comunidades en China y 12 misiones ad gentes. También en la India estuvimos muy contentos.

Queremos haceros partícipes de lo que Dios nos manda hacer a todos.

Vamos a comenzar nuestro encuentro de hoy, que, como sabéis, es un en-cuentro para preparar el Adviento.

Hacemos la presentación, como siempre, de los que estamos aquí presentes. Así os veo, si estáis muy viejos, muy guapos o muy feos, y los que faltan, los que estáis, ya que nos vemos poco. Después confirmaré las visitas que vamos a hacer a las comunidades. Os diré el calendario.

¾ Presentación de las comunidades Comunidad del Centro Neocatecumenal 1ª Nuestra Señora del Tránsito

1ª San José

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1ª San Sebastián 1ª San Roque

1ª Santa Catalina Labouré

1ª Santas Juliana y Semproniana (Barcelona) 1ª San Frontis (Zamora)

Equipo responsable de la diócesis de Getafe

Equipos itinerantes responsables de España y Portugal Seminario Redemptoris Mater de Madrid

Rectores de los seminarios Redemptoris Mater de España

Sacerdotes formados en el Seminario Redemptoris Mater de Madrid Equipo itinerante de pintores

Equipo del Taller de arte litúrgico KIKO:

Empezamos cantando, como siempre. ¾ Canto: “Viene el Señor”

KIKO:

Como siempre, proclamamos una Palabra del Señor escogida para este en-cuentro. Es una Palabra que hemos escuchado otras veces, pero que, para mí, es muy importante. Es de la Segunda Epístola a los Tesalonicenses.

¾ Proclamación de la 2 Ts 2,1-17 KIKO:

Este encuentro es para preparar el tiempo de Adviento, que es un tiempo li-túrgico fuerte. Estamos muy contentos de que el Señor - y la Iglesia - haya santifica-do nuestro tiempo a través de los tiempos litúrgicos, como el de Cuaresma, que es un tiempo de penitencia y de preparación al día de la victoria pascual; el tiempo Pascual, que es un tiempo de gloria; Pentecostés, etc. Hay un momento que es muy importante, que es el tiempo de Adviento, que es un tiempo fuerte de la liturgia y de la vida cristiana. ¿Por qué es un tiempo fuerte? Porque es un momento en el que la Iglesia quiere que nosotros nos demos cuenta, seamos conscientes, de una acción que es muy importante en nuestra vida, que es la escatología, que nos hace presen-te que todos nosotros estamos destinados al cielo. Como sabéis, el Adviento nos invita a considerar que viene el Señor. Viene el Señor vestido de majestad, dice el salmo 93.

S. Bernardo de Claraval, en la primera semana de Adviento, en el Oficio de Lecturas, nos dice que hay tres venidas de Cristo. La primera: cuando vino encarna-do en el seno de la Virgen María, como un niño chiquitín, pobrecito, naciencarna-do en un establo. Vino humildemente, como el último de la tierra, nacido en un establo, en una cuadra, en un pesebre. Después, hay una segunda venida: al final de los tiempos, vendrá glorioso con sus ángeles, aparecerá en el cielo; dice que será como un rayo

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que abrirá el universo y todo se llenará de luz y aparecerá Cristo glorioso con sus santos. Pero S. Bernardo dice que, entre la primera venida y la segunda, hay una tercera venida, que se llama la venida intermedia. Y esa venida intermedia está siempre presente en su Iglesia: Cristo viene a través de la predicación y de los sa-cramentos. Por eso dice: «Cuando dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí es-toy yo en medio de ellos».

O sea, que este encuentro que tenemos hoy, forma parte de esa venida in-termedia de Cristo. ¡El Señor está deseando venir a nosotros ahora mismo!

Como sabéis, el Señor nos ha inspirado a Carmen y a mí para que os lleve-mos a la fe. Una cosa misteriosa y grandiosa es que Dios os haya dado catequistas o profetas. Vosotros siempre nos habéis obedecido, porque habéis visto que nuestra palabra, lo que Dios nos ha inspirado, Él siempre la ha llenado de contenido proféti-co y la ha proféti-confirmado: vosotros la habéis experimentado proféti-como verdadera. Y entre las cosas que os hemos dicho es que, durante la primera semana de Adviento, te-nemos que interrumpir el sueño y levantarnos en medio de la noche a rezar. En la presentación del Libro de la Liturgia de las Horas, se dice que el Oficio de Lecturas de la primera semana de Adviento, rezado como oración nocturna, es fundamental para la Iglesia. Nosotros hemos leído eso y os hemos invitado a hacerlo. Y os lo vue-lo a repetir hoy a todos. Pero claro, no sé si sois capaces de levantaros cuatro días, o tres; como mínimo habría que hacerlo dos días de la primera semana. Hay que interrumpir el sueño y hacer el Oficio de Lecturas de madrugada, hacer quince minu-tos de oración silenciosa y después las preces. Es importantísima esta oración que hacemos por el Papa, por España, por la Iglesia, por el mundo, por vuestros hijos, por vuestros nietos, por toda la gente que necesita de vuestra oración. En esta ora-ción nocturna hay que considerar una cosa: que nos vamos a morir. O sea, que está viniendo el Señor definitivamente: ciertamente vendrá el Señor en la gloria del cielo, al final de la historia, pero también viene definitivamente para cada uno de nosotros cuando morimos. Mirad el icono de la Dormición de María, que está muy presente en la Iglesia de Oriente, donde se muestra también la muerte de un cristiano. María, en este icono, es imagen de todo cristiano, es una imagen de la fe de la Iglesia de Oriente. Está la Virgen dormida y los apóstoles a su alrededor y viene Cristo a reco-ger el alma de María: se ve que Cristo lleva en sus manos el alma de la Virgen Ma-ría. Así todos vosotros, cuando uno de vuestros hermanos de la comunidad está grave, con cáncer, por ejemplo, le habéis sostenido yendo a rezar Vísperas con él algunas noches, algunas tardes; y, cuando el médico dice que está a punto de morir, habéis ido y habéis cantado el Credo con él, en el momento en que está pasando al Padre. En el momento que ese hermano muere, viene Cristo a recoger su alma y lo lleva con él, unido a él con todo amor.

Por eso es muy importante que consideremos bien nuestra vida, porque todos nos vamos a morir, o nos sorprenderá aún vivos la venida gloriosa del Señor. Y la Iglesia quiere que en el tiempo de Adviento consideremos nuestra vida real: cómo vivimos. Dice S. Pablo que todos los hombres, después de haber muerto, todos pa-saremos ante el tribunal de Cristo; todos vamos a ir ante el tribunal de Cristo. Pues este tiempo de Adviento - y especialmente en la primera semana - es muy importan-te que consideremos nuestra vida, cómo estamos viviendo. Y que pensemos que

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viene el Señor. No sabemos cuándo. A lo mejor dentro de un año, dentro de tres o cinco meses. No sabemos. Pero nuestra vida sobre la tierra acabará en cualquier momento y, si estamos en gracia de Dios, vamos a ser recogidos por el Señor, que nos va a llevar al cielo con Él. O sea que el Adviento es un tiempo - especialmente hasta el día 17 de diciembre, en que comienza la Octava de la Navidad - que tiene un sentido escatológico. Todas las lecturas del Oficio hablan del encuentro con el Señor y del cielo. El 17 de diciembre comienza ya la Octava de la Navidad y cambia el sentido de este tiempo de Adviento, centrado, entonces, en la preparación a la Navidad. Pero la primera parte del Adviento subraya una condición que es perenne en el cristiano, que es la escatología, que quiere decir que los cristianos siempre vi-ven gritando: «Maran-atha», «Ven, Señor Jesús».

No tenemos ningún miedo a Nuestro Señor Jesucristo, porque no hay perso-na más bueperso-na, más santa, más humilde, más bella y maravillosa. Cuando aparezca el Señor, nuestra alma se enamorará perdidamente de Él. El Señor Jesús es siem-pre buenísimo con nosotros, nunca nos juzga, nos manda siemsiem-pre su Espíritu Santo, que es el abogado que nos defiende. Si caes, te invita a levantarte y te perdona. Y te perdona y te perdona y te sigue perdonando. Por eso nosotros no tenemos miedo, todo lo contrario, de su venida. Él mismo es la belleza por excelencia, es el creador de todo el universo, Él es algo verdaderamente maravilloso. Nos vamos a encontrar con Él. Por eso es muy importante que el Adviento sea un tiempo que nos invita a considerar nuestra misión, nuestra vida, que tenga una dimensión escatológica (de éskatos, último, nuevo), celeste, porque hemos sido creados por el Señor para estar definitivamente con Él.

Mirad, yo estoy contento de haceros esta predicación, si Dios me ayuda. ¿Por qué? ¿Qué os tendría que decir? Es tan impresionante el poder que tiene la Palabra, que tiene la predicación, que no os podéis imaginar lo que significa este encuentro. ¿Por qué? Porque Dios ha manifestado en su Hijo su verdadera substancia, su ser más profundo. ¿Y cuál es el ser más profundo de Dios? La felicidad que Dios tiene en esencia es difusiva per se. Nos ha creado porque quiere darse a nosotros, quiere amarnos. Ésta es la intimidad, la esencia misma de Dios. Todos los que estamos aquí hemos sido creados para ser amados, amados por Dios. Quiere decir que Dios quiere manifestarse a nosotros y que participemos de su gloria, de su felicidad. La felicidad es difusiva por sí misma. Por eso Él nos ha creado. Ahora mismo, Dios quiere, porque es su esencia, amarnos. ¿Y en qué consiste este amor? Pues en darse totalmente a nosotros, totalmente, en hacerse uno con nosotros. Como el Pa-dre está en el Hijo, uno, Él quiere hacerse uno dentro de nosotros. Un hombre y una mujer, cuando hacen el amor, son dos en una sola carne. Esto es imagen del amor que Dios quiere tener con nosotros. Pero no lo puede hacer sin nosotros, porque este misterio infinito que es el amor de Dios sólo se realiza en cada uno de nosotros con nuestra libertad. Si tú hoy estás distraído, Dios no puede hacer nada. Si vas a tus cosas, Dios no puede hacer nada. Por eso este encuentro tiene una importancia fundamental. ¡Ay si a alguno, gracias a mi predicación, se le corrieran hoy las puer-tas de su corazón y Dios pudiera entrar y hacerse verdaderamente uno con él! O sea, entonces se realizaría en él Dios en sí mismo, en lo que Él es y por lo que Él ha creado el universo. Y el medio que tiene Dios para hacer esto es la predicación: «Dios ha querido salvar a los creyentes a través de la necedad del kérigma, de la

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predicación». No hay otro medio para Dios que esto. Dios no se te va a aparecer por la noche, no va a hacerte milagritos ni nada por el estilo. Dios ha elegido el medio más pobre: la predicación, el kérigma. Por eso la predicación es tan importante en la Iglesia, es fundamental. Porque, además, tú puedes cerrar el oído. Por eso, herma-nos, escuchad, porque Dios está deseando - porque es la misma esencia divina - querernos, amarnos. Lo ha mostrado en su Hijo Jesucristo cuando lo ha entregado a la muerte y lo ha hecho pecado por nosotros. Hasta ese extremo ha mostrado que ama al hombre completamente, que nos ama, que nos ama. Ésa es su esencia, su substancia: querernos. ¡Ay, si pudiéramos abrirnos y que Cristo entrara dentro y pu-diéramos vivir en Él! ¡Vivir en Él!

¿Y cómo podemos hacer esto? Mirad, hay una palabra del evangelio que es muy importante. Dice que había gente rica que echaba mucho dinero en el tesoro del Templo. Llegó una pobre viuda y echó dos moneditas. Y dijo Cristo: «¿Habéis visto? ¡Esa mujer ha dado más que todos, porque todos han echado de lo que les sobra, pero ella ha dado todo lo que tenía para vivir, lo único que tenía!». «¡Ésa es una palabra escandalosa! ––dirá alguno–– ¿Cómo es posible que una mujer pobre dé todo lo que tiene para vivir?». Pues ésa es una Palabra para nosotros. Quiere Dios que nos entreguemos totalmente a Él, que le entregues las dos monedas que son tu alma y tu cuerpo, que las entregues totalmente para Él. Dale a Él hoy las dos moneditas de la viuda. Démoselas al Señor, de forma que Él coja nuestra vida y se cumpla la palabra de S. Pablo que dice «Ya no soy yo quien vive sino que es Cristo quien vive en mí». Y de esta forma ya soy cristiano, soy cristiano, soy divinizado, la naturaleza divina está en mí.

Pero esto no son palabras, no son palabritas. ¿Esto quién lo vive? ¿Una mon-ja de clausura? ¿Los padres del desierto, que estaban toda la vida en una gruta ha-ciendo la oración del corazón: «Señor, Jesús, ten piedad de mí, que soy un pecador; ten piedad de mí», y estaban constantemente viviendo en la presencia de Cristo? ¡No sé! Quisiera Dios eso de nosotros, quisiera Dios estar en nosotros, ser uno en nosotros. Dice Cristo: «¡Padre, Yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectamente uno!». ¡Perfectamente uno! Éste es el testamento de Jesús: que seamos uno en Él, totalmente uno en Él. Porque tenéis que comprender que ésta es la substancia divi-na: amarnos, amarnos de verdad, profunda y realmente, hasta el extremo de hacer-nos uno con Él, uno en Él. Y esto quisiera Dios que se realizara hoy aquí, porque Él está intercediendo por ti.

Dios ha enviado a su Hijo para que muera por ti. Sus méritos tienen un valor infinito, porque es Dios. Ofrece su vida por ti, de forma que su Sangre derramada te lava completamente y, siendo tú una prostituta, te hace una mujer santa. Él, que ha transformado a la Iglesia, haciéndola inmaculada y santa, hace de ti un santo por el poder de su Sangre derramada por ti.

Pero Dios no puede hacer esta obra en ti sin tu libertad. Una vez que su San-gre ha sido derramada por ti, si tú, mediante la predicación ––porque la fe viene por el oído–– crees que realmente Jesucristo ha ofrecido su Sangre por ti, entonces hoy, ahora, es el momento de tu salvación, ahora, no mañana. Si lo crees, porque Dios está ahora deseando estar en ti, se realiza tu salvación. Éste es el punto. Por eso Dios está tan contento de este encuentro.

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¡Ojalá hubiera muchos predicadores! ¡Ojalá se anunciase el evangelio! ¡Ojalá se llamara a los hombres a la conversión! Por eso ahora, en este momento, si tú crees de verdad que Jesucristo ha muerto por ti, que Dios lo ha resucitado para tu justificación, que lo ha resucitado de la muerte para mostrar que, si Él ha dado la vida por ti, en tu nombre, su resurrección significa que tus pecados han sido total-mente perdonados y que tú, en Cristo, ya no mueres nunca más, eres una nueva creación. Y Dios lo ha levantado a su trono celeste y lo ha sentado a su derecha como Sumo Sacerdote in aeternum. Y lo ha hecho por ti. Y está siempre interce-diendo por ti y por mí. Y ahora mismo está delante del Padre interceinterce-diendo por noso-tros. ¡Ay si Dios pudiera descender! ¡Ay si pudiera descender y cogernos y abrazar-nos y hacerse uno con abrazar-nosotros!

O sea, que lo que hacemos aquí, que no sea una pantomima ni una predica-ción tonta, sino que sea real, que muestre lo que Dios quiere. Dios ha enviado a su Hijo para transformar al hombre y hacer del hombre una nueva creación, una nueva creación en Él, un hijo suyo realmente, dándole su propia naturaleza y viviendo en Él. De forma que, como cristianos, ora comáis, ora bebáis, ora vayáis en el coche, todo lo hagáis en el nombre del Señor. Vivimos en el Señor, con el Señor. Esto es lo que quisiera Dios realizar en vosotros, en todos nosotros.

Por eso el tiempo de Adviento es un tiempo maravilloso. Y es maravilloso que tengáis una comunidad, que Dios os haya dado una comunidad, hermanos, para rezar juntos. Por eso en Adviento venimos temprano a la parroquia a rezar Laudes con la comunidad, algo importantísimo, a cantar los salmos, a hacer un tiempo de oración silenciosa. Rezar, algo verdaderamente extraordinario. Y, sobre todo, la pri-mera semana hacemos la oración nocturna.

No dejéis la comunidad, tenéis una comunidad que tiene una misión, una mi-sión escatológica. Quisiera Dios transformar España, que está bajo la apostasía, tal y como hemos escuchado en la Palabra. Es todo un tinglado horrible, horrible, con los abortos, la situación de la sociedad, la secularización. Y Dios quiere que seáis esa esposa que le ayuda un poquito, una ayuda adecuada, tal y como habéis vivido, si habéis hecho el Matrimonio espiritual. Dios quiere que le ayudemos un poquito. Y nos lo pide con humildad y con temor. ¡Al que quiera! ¡Y el que no quiera, que no haga nada; peor para él! Nos lo pide hasta con humildad, porque ¿qué va a hacer, qué va hacer el Señor?

Desde luego el Señor os ha dado profetas, os ha dado catequistas para ayu-daros a descubrir por qué os eligió hace cincuenta años y por qué Carmen ha dado su vida por vosotros y por qué también el P. Mario y yo, en la medida de nuestras fuerzas, como pobres… Yo soy un pecador, hago lo que puedo. Pero yo sé que, cuando os hablo, el Espíritu Santo me precede. Porque ninguno de vosotros puede escuchar la predicación sin la gracia del Espíritu Santo. Como dice S. Pablo: nin-guno puede decir que Cristo es kyrios, es el Señor, sin la acción del Espíritu Santo. Si yo os anuncio el kérigma, anunciando que Dios ha constituido a Cristo como Se-ñor de vivos y de muertos y que lo ha levantado por encima de todo y le ha dado el nombre más alto que existe, que le ha dado el nombre de Dios, esto - como dice S. Pablo - ninguno lo puede creer por sus propias fuerzas, si no es apoyado por la gra-cia del Espíritu Santo. Por eso, cuando yo os hablo, el Espíritu Santo se pone en

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vosotros y os dice: «¡Adhiérete! ¡Ánimo! ¡Cree!». Porque sin la adhesión a la predi-cación no hay conversión. Si tú no te adhieres a lo que yo digo, no hay ninguna con-versión, sales tranquilamente de aquí como has entrado. ¡Nada de nada! ¿Y qué significa adherirse? ¿Qué significa? ¡Creer! El evangelio dice que Jesucristo anun-ciaba: «Convertíos y creed a la buena noticia». ¡Creed a la buena noticia! Cree hoy a la buena noticia de que el Señor Jesús ha dado la vida por ti y que Dios lo ha resuci-tado, que está en el cielo intercediendo para que vivas en Él, con Él y para Él, de forma que vivamos así nuestra vida, que vivamos nuestra propia vida en Él, con Él y para Él. Y si no podemos, pues pedimos ayuda al Señor en nuestra oración.

El Adviento es un tiempo litúrgicamente muy fuerte que nos invita a considerar nuestra situación escatológica, que hemos sido creados para el cielo. Que Dios nos ha creado porque su felicidad es difusiva y quiere darla, darla. Dios quiere darse, quiere amarnos. Querernos es su esencia, es su naturaleza, es su substancia; que-rernos, queque-rernos, eso es Dios mismo.

Pero es curiosísimo que Dios sea enormemente humilde y no se atreve, si tú no quieres. Si estás distraído con tu trabajo, con tus cosas, no hace nada, no puede hacer nada. Por eso la predicación en esta noche es importante porque el Señor quiere que os convirtáis y creáis a la buena noticia que es creer el amor que Dios os tiene y le abráis vuestro corazón a Él. Abrámosle nuestro corazón y digámosle: «No tengo miedo a que vengas y vivas en mí. Ten piedad de mí que soy un pecador, perdona mis pecados y ayúdame. Vive en mí, Señor».

Dice S. Pablo: «No soy yo quien vive, es Cristo el que vive en mí». No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. O sea, que los cristianos no vivimos en noso-tros. Dice S. Pablo que Cristo ha dado la vida por todos los hombres. ¿Y por qué dio la vida por todos los hombres? Para que los hombres no vivan ya para sí mismos, sino que vivan por Aquel que murió y resucitó por ellos. O sea que nosotros no te-nemos que vivir en nosotros, porque hemos muerto al mundo y a nuestra vida. So-lamente el que odia su vida la encuentra: «Quien no odie su vida no puede ser discí-pulo mío. Quien no odia su vida no puede ser discídiscí-pulo mío. Quien no odia a su pa-dre, a su mapa-dre, a su marido, a su mujer, a sus hijos, a sus hijas, a sus hermanos, no puede ser discípulo mío. Quien no odia su propia vida, no puede ser discípulo mío». O sea, quiere el Señor que entendamos qué significa esto, de qué se trata. Esto no es un juego: «¡Bueno, estoy en una comunidad: un día voy, otro no voy!». No sé cómo vivís. ¿Cómo vivís? ¡No sé cómo vivís! Quiere el Señor que vivamos llenos de amor hacia Él. El amor es un algo que se tiene o no se tiene. A veces no tenemos ningún sentimiento de amor. Pero la fe va más allá del sentimiento, mucho más allá.

El Señor quiere vivir en nosotros. ¿Para qué? ¿Por qué quiere vivir en noso-tros? Pues porque querernos es su propia substancia, hacerse uno con nosotros, ser profundamente uno. Como el Padre está en mí y yo en Él, perfectamente uno. Así quiere el Señor estar en vosotros: uno en vosotros, uno en nosotros, profundamente. Si el Señor está en mí, siendo uno, me importa un bledo el mundo, vosotros, las co-munidades, digamos así… Lo único verdaderamente importante es Él y el amor que me tiene a mí. Y yo, pues eso: quisiera irme a una gruta o por ahí, quisiera irme con el Señor, dejaros a todos, y marcharme a pedir limosna por el mundo. No sé.

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Leed los Diarios de Carmen. ¡Impresionante! Pobrecilla Carmen, sufriendo siempre, callada, en silencio. Y qué amor a Jesucristo tan profundo, tan grande. Dios ha hecho en torno a Carmen un desierto terrorífico, y solamente le ha dejado el amor a Él. «Te amo, Señor mío, te amo. Ayúdame en esta tenebrosidad en que me en-cuentro, en este mutismo, en este estar que me siento horrible» ––dice Carmen constantemente. Y no ha dicho nada a nadie. Leedlo, es terrible, tanto que no puedo soportar leerlo y ver lo que ha sufrido y cómo lo ha tenido todo en secreto, callada. Carmen está haciendo tantos milagros. El otro día me contaron de una niña de Beja, Portugal, a la que le ha desaparecido el cáncer que tenía en la garganta, porque ha-bían pedido a Carmen por su curación. Es vuestra catequista - como decía a los hermanos en el video que hemos visto - y por eso podéis pedirle gracias; está delan-te del Señor. Una hermana me dijo que se le había aparecido Carmen en un sueño y le había dicho: «Dile a Kiko que he visto el rostro de Dios». ¡Pues muy bien, enhora-buena! ¡Me alegro! ¡Que Carmen ha visto el rostro del Señor!

Pues ánimo, el Señor nos quiere tantísimo y que este Adviento nos lleve a considerar nuestra vida a nivel escatológico, esto es, a corregir lo que en nuestra vida nos aleja del Señor.

Mirad. ¿Qué significa ser cristiano?

Lo primero: ofrecer al Señor todos los sufrimientos de cada día. Dice Jesucris-to: «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha y espaciosa es la puerta que lleva a la perdición y muchos son los que entran por ella. Pero qué estrecha es la puerta que lleva a la vida y qué pocos son los que caminan por ella». Os hemos dicho que la puerta estrecha significa aceptar con alegría los sufrimientos que Dios permite para tu santificación, porque esa es la misión del cristiano. Dice S. Pablo que el cuerpo no es para la fornicación; es para la santificación. Hemos sido llamados a ser santos, todos. ¿Y qué te hace santo? Pues ofrecerle a Jesucristo lo que te hace su-frir y alegrarte de que Jesucristo te da algún sufrimiento, porque Él ha sufrido tanto por ti para que, unido a su sufrimiento, puedas ayudar a salvar a esta generación. Es fundamental sufrir por amor a Cristo. Esta es la primera cosa, lo primero, que se lla-ma la «puerta estrecha», o sea, aceptar los sufrimientos, las incomodidades, la en-fermedad, la vejez, que tu mujer no te quiere, que tu marido es un soberbio, que tus hijos no te obedecen, que no tienes dinero… No sé qué es lo que te hace sufrir un poco. Pues eso los cristianos no lo repudian, sino que lo reciben con alegría como una gracia del Señor para sufrir por Cristo, sufrir con Cristo y por Cristo. Esto es to-talmente cierto, es la tradición de toda la Iglesia de siempre, ¿verdad?

Después, segunda cosa: ser humildes. Sin humildad no hay cristianismo. ¿Y cómo se es humilde? Pues eso, aceptando la historia. Os hemos dicho que nuestra fe cristiana no se realiza en el templo, sino que se realiza en la historia, en nuestra historia concreta; es ahí donde se realiza la fe, en la historia de cada día. Dios hace con nosotros una historia y quiere que respondamos a esa historia con humildad, con sencillez y con humildad. La humildad, ser humildes. Sin humidad no hay nada en el cristianismo. Dime cuánto eres humilde y te diré cuánto eres santo. ¿Y qué es ser humilde? Pues considerarte el último y el peor de todos. Os hemos dicho que no tendríamos que estar aquí, que tendríamos que estar en la cárcel. Mirad, el papa Francisco ha visitado las cárceles de Roma. Y ¿sabéis qué ha dicho a los presos?

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«¿Vosotros estáis aquí y yo ahí fuera? ¿Por qué no estoy con vosotros? ¡No soy mejor que ninguno de vosotros: yo tendría que estar aquí con vosotros!». Eso que ha dicho el Papa es muy cristiano, y también muy "kikiano", porque eso mismo os lo hemos dicho miles de veces a vosotros. Esto ha dicho el Papa Francisco a los pri-sioneros: «¡Yo tendría que estar aquí con vosotros!». Considérate el último y el peor de todos. Vamos a ver, hay tanta gente que está por ahí, como las prostitutas, que están esclavizadas por proxenetas horribles, o gente que está hecha polvo, que ha caído en la droga y su vida es un infierno… ¿Y nosotros por qué no? Por eso tene-mos que abrir los ojos.

Me decía un periodista: «¿Pero por qué el Papa dice que hay que partir a la periferia? ¿Por qué hay que ir a las periferias?». Porque solamente en la periferia vas a entender el sufrimiento y vas a comprender qué cosa es la vida, si no, eres un burgués que solamente piensas en tu comodidad. Y ya verás, cuando te mueras, lo que va a pasar: es muy difícil entrar en el cielo. Y se verá tu vida. «¿Mi vida? ¿Qué ha sido mi vida? ¿Una porquería? Mientras, está la gente muriéndose, mientras tan-to hay un cataclismo…». ¡No! Puedes, unido a Jesucristan-to, ayudarle a salvar esta ge-neración, esta humanidad. Es importantísimo ayudar a esta humanidad. ¡La humani-dad! Qué misterio los hombres, las guerras, los problemas, la política, los de izquier-das, los de derechas, la droga, la gente que está bajo el alcoholismo, los sufrimien-tos, el cáncer, la cantidad de enfermos de cáncer, miles y miles de muersufrimien-tos, de gen-te que muere… ¿Dónde estamos? ¿A qué "jugamos"? ¿Cómo vivimos?

Cristo te permite que, si te unes a Él, te unas al universo entero y en Cristo comprendas el sufrimiento de toda la humanidad, porque Cristo te da a participar de su corazón, a participar del corazón de Cristo. Algo muy importante, participar de su corazón y del amor que Él tiene a todos los hombres.

Por eso estoy contento de las comunidades que parten en misión. Tenemos próximamente la celebración del 50 aniversario del Camino Neocatecumenal en Roma. Y el Papa enviará comunidades en misión de todo el mundo; veremos cómo organizarlo. Constituiremos una comisión en Roma, en el Camino Neocatecumenal de Roma, y tendréis que comunicar cuántos hermanos vienen, porque tenemos que preparar el parking de autobuses. Hay un parking para veinticinco mil autobuses. Veremos un poco, pero tenemos que comenzar a preparar esto. Ya ha respondido el Santo Padre que el 5 de mayo de 2018 vendrá a este encuentro, el sábado 5 de ma-yo. La universidad de Tor Vergata, de Roma, nos había dicho que solamente los sá-bados eran los días que estaba disponible el parking para veinticinco mil autobuses; los demás días de la semana es imposible. Y nos pidieron si podíamos hacer el en-cuentro el sábado 5 de mayo. En principio habíamos pensado hacerlo el 8 de mayo, que es el día de la Virgen de Pompeya. Se lo hemos comunicado a la Santa Sede, y el Papa nos ha respondido a través de Mons. Leonardo Sapienza, regente de la Pre-fectura de la Casa Pontificia, que nos ha comunicado que el Papa acepta, el sábado 5 de mayo, tener el encuentro con todos nosotros para conmemorar los 50 años del Camino Neocatecumenal en Roma. Yo estoy haciendo una nueva sinfonía que es-pero poder inaugurar con el Papa. Esperamos también cantar el Te Deum. Presenta-ré al Papa la realidad del Camino y le diremos que estamos muy contentos de ben-decir al Señor por su fidelidad y por su amor durante estos cincuenta años de

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Ca-mino.

Y le he dicho al Papa si él quiere enviar a las comunidades en misión; algunas de Madrid, otras de Barcelona, de Roma o de otras naciones. ¿Por qué? Porque queremos mostrar a los hermanos que estarán presentes dónde termina este Ca-mino: ¡Todos evangelizando! ¡Todos en misión!

Hay algunas comunidades muy viejas, muy asentadas, muy aburguesadas… Bueno, pues ya es hora de que os vayáis de la parroquia y os vayáis con los chinos o con los moros o con la madre superiora... donde os toque. Porque no hemos sido llamados a ser un grupito en la parroquia, muy asentado, sino para partir todos en misión. Las comunidades que están en misión están contentas, os lo digo ya. Iremos a las periferias. Y si no hay periferias, pues nos las inventamos. O sea, que a un ba-rrio de gente pobre mandamos una comunidad. Lo importante es que el Camino ha sido suscitado por Dios para anunciar el evangelio. Y una cosa bellísima es también anunciarlo como comunidad cristiana. «¡Amaos como yo os he amado! ¡En este amor conocerán todos que sois mis discípulos!»

Como sabéis, el amor cristiano tiene una connotación que es sorprendente, y que es el amor al enemigo. Dice Cristo: «Como yo os he amado». Por eso decimos que, en el matrimonio, la mujer o el marido es el enemigo, y que el marido tiene la posibilidad, gracias a la vida eterna, de amar a la mujer cuando es su enemigo; y no le destruye que su mujer esté fatal y que no le hable o no sé qué, sino que ofrece eso al Señor como una gracia. Eso es ser cristiano: amaos en la dimensión del enemigo. Y esto es una dimensión que sorprende, porque nadie ama así, todo el mundo se defiende del enemigo, mata al enemigo, huye del enemigo, le contesta, se defiende. Pero después dice más. Dice: «Viéndoos amaros así, la gente dirá: ‘Esos son cristianos’», solo por eso. Y añade: «Y, si sois perfectamente uno, el mundo creerá, se convertirán». Si ven en vosotros el amor de Dios hecho carne en voso-tros, el amor de la Santísima Trinidad, se convertirán; eso dice Cristo. Y por eso nuestra misión es esta: mandamos una comunidad en medio de los moros o musul-manes o de quien sea. Y la misión que tiene esta comunidad es mostrar en ellos el amor de Dios, el amor en la dimensión de la Santísima Trinidad, mostrando que son perfectamente uno, sabiendo que este amor es una "bomba", que es una "bomba atómica"; porque es Dios mismo hecho presente en medio de los hombres en una comunidad. Eso es una novedad. Esto lo mostraban las comunidades de frailes, de monjes, de monjas, pero no se veía en un pueblo; esto es una novedad que hace Dios con nosotros, una comunidad cristiana.

¿Pero cómo lograremos que seáis perfectamente uno? ¿Es posible? «¡Vete a la porra! ¡Qué va a ser posible! ¡Eso es imposible! ¿Y cómo se manifiesta esto? ¡A ver! ¡Dime!». Pues sí, el Señor nos lo manda y lo hará, con nuestra libertad. Y nos dice: «¡Ánimo, chicos, ánimo, que yo haré que seáis perfectamente uno, que seáis uno en mí!». «¿Y qué significa esto? ¿Qué tenemos que llamarnos por teléfono: ‘¡Cómo estás guapa! ¿Estás contenta hoy?’. ¿En qué consiste ser perfectamente uno? ¿Consiste en que nos repartimos el dinero? ¿En qué consiste ser perfectamen-te uno?». ¿Lo sabéis vosotros? Cuando lo dice Cristo es que será posible. ¿No? El evangelio no dice mentiras, dice la verdad, es la verdad por excelencia. «¡Si sois perfectamente uno el mundo creerá!». ¡Perfectamente uno! ¡Qué sorprendente!

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Pensadlo en este Adviento, que es un tiempo para pensar que Cristo viene, que está viniendo y que tenemos que prepararnos a recibirle, sea porque viene a buscarnos porque nos morimos, sea porque viene en la Segunda venida, porque todos los cristianos han deseado cada año que venga el Señor. Entonces, nosotros, estamos todos ansiosos de que en la Pascua del 2018 venga el Señor. Como sa-béis, si viene en esta Pascua, estaremos todos vigilantes, vestidos de fiesta, muy contentos, y de pronto se abrirá el cielo como un rayo de luz infinito sobre el univer-so y aparecerá el Señor. Y los que estemos allí presentes seremos elevados. De pronto, comenzaremos a subir. Y mientras subimos al encuentro con el Señor, se-remos transformados. Eso lo escribió Carmen cuando puso en su epitafio: «Os reve-lo un misterio: no todos moriremos ––refiriéndose a estos que, en el último momen-to, no morirán–– mas todos seremos transformados». Por eso S. Pablo y todos los santos están deseando que venga definitivamente el Señor en su tiempo; así no pa-samos por la muerte física, seremos elevados a los cielos. Y mientras estamos su-biendo, mientras viene el Señor con sus santos, seremos transformados. ¿Y qué aspecto tendremos? No lo sabemos, tendremos el aspecto tal cual es el Señor que viene: llenos de luz, de felicidad. Hemos sido creados para ser eternamente felices. Ésta es la misma substancia divina. Él nos ha creado para que participemos de su gloria y de su felicidad divina, por eso es algo maravilloso.

Pero es fantástico que todo esto sea precario, porque el hombre ha preferido matar a Dios y hacerse él dios, usurpando a Dios todo. Y lo maneja todo como le parece y como le da la gana a él. Y Dios se ha hecho humilde, humilde, humilde y pequeñín, y permanece calladito, calladito, soportando todo con paciencia. Y ha pensado, para ayudar a salvar la humanidad, elegiros a vosotros. «¡Figúrate tú! ¿A mí me ha elegido? ¡Pero si yo soy una miseria, si yo soy un desastre!». Pues sí, te llamó, te ha elegido, te ha llamado y te ha dado una comunidad. Y te ha dado profe-tas y catequisprofe-tas. Y te ha dado un Camino y te ha dado una misión. ¿Qué más quie-res? Así que no te distraigas ni te olvides de lo grande y lo maravilloso que es el Se-ñor.

P. Mario, dinos una palabra, ven aquí. P. MARIO:

Estoy de acuerdo en todo lo que has dicho, ha sido todo ortodoxo...

Quería deciros solamente la alegría que hemos tenido en la India y sobre todo en China. Habéis visto el video, pero con él se comprende muy poco sobre esto.

El primer encuentro ha sido con las misiones ad gentes. Ha sido una maravilla ver a los hermanos que ya están allí, en situaciones precarias. Ha sido maravilloso ver cómo el Espíritu Santo, el Señor, les hace encontrar trabajo, superar dificultades. Y todos están felices, los hijos también. ¡Milagros! Nos ha alegrado mucho ver esto que dice Kiko: estar en misión nos ayuda, casi nos obliga a vivir dándole al Señor las dos monedas.

Hicimos otro encuentro con los responsables y catequistas de todas las co-munidades de China. Y allí ha sido otra maravilla ver las conversiones, el fruto de la predicación, cómo la gente ha recibido el anuncio y ha comenzado a cambiar su

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vi-da. Estaba allí un musulmán que ahora es responsable de una comunidad; hay al-gún matrimonio que tiene ya tres o cuatro hijos, cuando solo se podía tener uno. Aunque ya hemos comenzado el Camino, comunidades, en la iglesia clandestina y en la iglesia nacionalista, otra alegría que hemos tenido es la posibilidad de comen-zar ahora con la aprobación oficial del arzobispo, de los curas, etc.

Nos alimenta esta alegría, porque después, cuando volvimos, estábamos muy cansados.

Allí, en estos encuentros, animo siempre a los hermanos a ser fieles a la Pa-labra, a la Eucaristía y a la Comunidad. Y siempre les invito a tener paciencia, mu-cha paciencia. En Italia le han aconsejado a Kiko adelgazar y le han puesto la dieta de las tres “P”: no tiene que comer ni pasta, ni pan ni patatas. Yo os doy otra dieta espiritual. Tres “P”, pero en italiano. Preghiera (oración), Pazienza (paciencia) y Per-severanza (perseverancia). Preghiera es la oración, es cultivar la intimidad con el Señor cada día, pero no solamente cuando rezamos; también en la cocina, en la oficina, cuando viajamos, dialogar siempre con el Señor, que vive en nosotros. Pa-ciencia, que yo pienso que, sobre todo, para los que ya tenemos una cierta edad, la paciencia es un ejercicio, un entrenamiento cada día: vas a la cocina a coger una cosa y no te acuerdas que has ido a hacer; quieres recordar un nombre y, sí que conoces a esa persona, pero no te viene a la memoria; u otras cosas: quieres atarte los zapatos y no consigues agacharte… Tenemos ocasiones constantes para ejerci-tar la paciencia. Esto que ha dicho Kiko de las dificultades, en las que a veces nos enfadamos, a veces nos rebelamos, murmuramos, pues el Señor nos permite ofre-cerlos, con sus sufrimientos, por la salvación de los hombres. Y la Perseverancia quiere decir que debemos perseverar en la fe hasta la muerte.

KIKO:

Bien, hermanos, el Adviento es un tiempo en que la Iglesia nos invita a subra-yar la acción escatológica: que hemos sido creados para ir al cielo y que tenemos que considerar que viene Cristo, que viene en la Pascua, que viene cuando nos mo-rimos, que viene en la Segunda venida, que está viniendo siempre. Y nos invita a considerar nuestra vida, cómo está nuestra vida. Nos invita a rezar y a unirnos al Señor con todas nuestras fuerzas. Pues ánimo, hermanos, que este tiempo de Ad-viento sea realmente fecundo para la vida espiritual de todos vosotros.

Y rezad por mí y por el P. Mario.

No sé cuánto me queda de vida, no sé, no lo sé; si lo sabéis vosotros… Yo no lo sé, pero no creo que me quede mucho, gracias a Dios. Como dice S. Pablo, morir es con mucho lo mejor, que morir es ir con Cristo, y eso es con mucho lo mejor. Pero él no sabe qué desea con más ardor, si irse con Cristo, que es con mucho lo mejor, o quedarse por el bien de los hermanos que tenían necesidad de él todavía, y sabe el bien que les hacía visitándolos, educándolos y llamándolos a la fe, etc. Y decía que no sabía qué deseaba más. Pero es importante lo que dice de que morir es con mucho lo mejor. Por eso ahora cantaremos “Llévame al cielo”, ese canto donde he-mos recogido la frase de S. Pablo «porque morir es con mucho lo mejor». Ojalá to-dos tuviéramos la esperanza. De las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Cari-dad, la segunda: la Esperanza. Y que tengamos iluminado nuestro deseo de

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en-cuentro con el Señor sin temor a la muerte, deseando irnos con Él sabiendo que es una gracia inmensa. Como Sta. Teresita de Lisieux, que, cuando sintió que tosía y lo hacía con sangre, que era un signo de su sentencia de muerte, dijo que había pasa-do la noche más feliz de su vida pensanpasa-do que se iba a morir. Y es verdad, murió de tisis, de tuberculosis, que entonces era una enfermedad mortal. Y a la mañana si-guiente, efectivamente, tenía toda la almohada llena de sangre a consecuencia de la tos que había tenido aquella noche. Pero ella cuenta que aquella noche la pasó llena de felicidad, pensando que iba al encuentro del Señor realmente. «Morir es con mu-cho lo mejor».

Todos tenemos una fe precaria porque está constante amenazada. Y está amenazada por el demonio (primer enemigo), por el mundo, por la carne, por la co-modidad; todo es muy precario. Por eso tenemos que combatir, todos los días los cristianos tenemos que combatir, combatir contra la pereza, combatir contra tantas cosas. La vida de los cristianos, como sabéis, es un combate; la fe es un combate. Y digo: atención al demonio, que existe y que tiene permiso para tentar a algunos que Dios ha destinado a una mayor santidad y por eso permite que sean tentados seria-mente; las tentaciones. Las tentaciones no son solo tentaciones de tipo sexual, es algo más profundo y más grande. Pero el demonio lo único que puede hacer es au-mentar la gloria de Dios con su acción en los cristianos. Pero todos tenemos que estar atentos. Por eso leed a S. Pablo, lo que dice a los cristianos: «Estad atentos a la acción del demonio». Todos tenemos un combate contra el demonio, contra el mundo y contra la carne, tal y como dice el Catecismo; contra la comodidad, contra la rutina, contra la tentación de la vejez, de las enfermedades, de los disgustos, de todo lo que nos agobia.

Que el Señor os ayude en este Adviento. Y acordaos de rezar por nosotros. Cantamos en pie.

¾ Canto: “Llévame al cielo” KIKO:

Bien hermanos, ahora yo abro la oración y, después, la recogerá nuestro pre-sidente, el párroco, y la ofrecerá al Padre, en el nombre de su Hijo, y todos conclui-remos con el Padre Nuestro.

Oremos.

Padre Santo, te doy gracias por este encuentro: ayúdanos tú en este tiempo de Adviento a unirnos a Ti, a levantarnos por la noche a rezar y a ofrecerte la vida, a darte nuestras dos monedas, nues-tra alma y nuestro cuerpo, para Ti, sólo para Ti, Señor. Acéptalo con amor y ayúdanos Tú. Ahora, Señor, inspíranos Tú la oración que quieres concedernos, nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene: ayúdanos tú, Señor.

Si alguno queréis hacer una oración, ánimo, con fe, hacerlo con voz fuerte y breve.

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Te pedimos Padre, por el Papa Francisco, dale salud, fuerza pro-fética, consuelo a su corazón y discernimiento para gobernar la Iglesia. Te pedimos por estas parroquias, por los párrocos, por es-tas comunidades, Señor; por la diócesis de Madrid. Por el carde-nal de Madrid, Señor, ayúdanos Tú en el encuentro que nos ha concedido y que tendremos con él: ayuda Tú a la diócesis de Ma-drid.

¾ Oraciones espontáneas ¾ Padre nuestro

P. MARIO:

Para los presbíteros sobre todo, también para los seminaristas y catequistas, os recuerdo que el Papa Francisco ha comenzado en las Audiencias de los miérco-les un ciclo sobre la Eucaristía. Ya ha hecho tres catequesis. La tercera es la trans-cripción de la catequesis de Kiko y Carmen sobre la Eucaristía, tal cual... Y seguirá. Así que es muy importante que los presbíteros lo leáis, porque es un apoyo para el Camino y para la Eucaristía.

¾ Bendición final KIKO:

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