colecció n CRECE R 4
Para que
vivas mejor
la misa
SAN PABLOE
sta obra fue pensada para los que no se sienten cómodos en la celebración de la misa, pero también para los que asisten con gusto y quisieran crecer en una mejor partici-pación.En la primera parte, se busca comprender me-jor qué es la misa y para qué la celebramos. En la segunda parte, el autor se detiene en cada uno de los signos que se nos presentan, para encontrarles un sentido profundo. En la ter-cera parte, se recuerdan los gestos, posturas y movimientos que realizamos en la misa, para que podamos darles el valor que tienen y los vivamos mejor. En la última parte, se recorre paso por paso la misa, para que podamos aprovechar al máximo cada momento de la celebración.
En síntesis, es un libro que explica el sentido teológico y espiritual de cada una de las partes y gestos de la misa, pero sobre todo ofrece sugerencias muy prácticas para poder vivir bien y gustosamente cada momento de la celebración.
Para mejorar tu relación con María Para mejorar tus confesiones
Para mejorar tu comunicación con los demás Para mejorar tu relación con los que han muerto Para que vivas mejor la misa
Para mejorar tu lectura de la Biblia Para mejorar tu amistad con Jesús
Víctor Manuel Fernández nació en Gigena (provincia de Córdoba). Estudió Filosofía y Teología en el Semina-rio de Córdoba y en la Facultad de Teología de la UCA (Bs. As.). Realizó la licenciatura con especialización bíblica en Roma y el doctorado en Teología en la UCA. Fue párroco, director de catequesis, asesor de movimien-tos laicales y fundador del Instituto de Formación laical en Río Cuarto. Es vicedecano de la Facultad de Teología de Buenos Aires y formador del Seminario de Río Cuar-to. Enseña Teología Moral, Teología Espiritual, Nuevo Testamento y Hermenéutica.
Para que vivas
mejor la misa
Dejar de aburrirte
y de mirar la hora
Argentina
Riobamba 230, CI025ABF BUENOS AIRES, Argentina. Teléfono (011) 5555-2416/17. Fax (01 I) 5555-2425. www.san-pablo.com.ar - E-mail:
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Fernández. Víctor Manuel
Para que vivas mejor la misa. Dejar de aburrirte y de mirar la hora - 1a ed. 1a reimp. - Buenos Aires: San Pablo. 2007.
228 p.: 17x11 cm.-(Crecer 5) ISBN: 978-950-861-785-9
I. Liturgia cristiana. I.Título CDD 264
Con las debidas licencias / Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723 / © SAN PABLO, Riobamba 230, C I 0 2 5 A B F BUENOS AIRES, A r g e n t i n a . E-mail: [email protected] / Impreso en la Argen-tina en el mes de mayo de 2007 / Industria argenArgen-tina. ISBN: 978-950-861-785-9
En este libro haremos cuatro caminos di-ferentes para ayudarte a vivir con más gusto y profundidad la misa. Por eso el libro tiene cuatro partes. Eso permitirá que durante un tiempo te dediques a una de esas partes, otro tiempo te dediques a otra, y así, de diversas maneras, puedas encontrarle más sentido a cada detalle de la misa.
En la primera parte, trataremos de enten-der mejor qué es la misa y para qué la cele-bramos.
En la segunda parte, nos detendremos en cada uno de los signos que se nos presentan cuando estamos en misa, para encontrarles un sentido profundo.
En la tercera parte, recordaremos los ges-tos, posturas y movimientos que realizamos en la misa, para que podamos darles el valor que tienen y los vivamos mejor.
En la última parte, iremos recorriendo la misa paso por paso, para que podamos pene-trar con todo nuestro ser y aprovechar al máxi-mo cada máxi-momento de la celebración.
La Iglesia pide insistentemente "que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada" (SC 48). Esa es la finalidad de este libro.
Darle sentido a la
Eucaristía
Hablaremos en primer lugar sobre el sen-tido de la presencia de Jesús en la Eucaristía, para concentrarnos luego en lo más impor-tante, que es la "celebración de la Eucaristía", es decir, en el sentido de la misa. Porque no podremos comprender los detalles prácticos de la misa si primero no entendemos bien el sentido de la misa misma.
1. La Eucaristía como presencia de
Jesús
Jesús dijo: "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Y él cumple su promesa. Pero él no está con nosotros sólo en una presencia invisible, por-que nosotros somos cuerpo y alma. Por eso, nos dejó un signo maravilloso, para que no podamos olvidarlo: la Eucaristía.
Jesús no nos dejó una foto o un objeto para que lo recordemos. Se quedó él presente
en la Eucaristía. La Eucaristía no es sólo su cuerpo y su sangre, sino Jesús entero: allí está su cuerpo, sus pensamientos, sus sentimien-tos, su sangre, su poder divino, su ternura humana, todo su ser.
Y Jesús está vivo en la Eucaristía, porque ha resucitado. La Eucaristía es el cuerpo de Cristo resucitado que está presente entre no-sotros de una manera visible; pero está en la apariencia del pan. ¿Por qué? Porque todavía tenemos que seguir caminando en esta tierra, y si lo viéramos con toda claridad, estaríamos ya en el cielo, nos deslumhraría por completo.
Ya que él está vivo en la Eucaristía, puedo dialogar con él, buscar su ayuda, contarle mis cosas, compartir con él mis preocupaciones más íntimas y mis alegrías.
Para poder comprender bien lo que sig-nifica esta presencia, decimos que es real, sus-tancial y sacramental; y que está sobre todo para que lo comamos, pero también para que lo contemplemos y lo adoremos. Veamos.
Presencia "real"
El Hijo de Dios, cuando buscó una forma de quedarse entre nosotros con su humani-dad, ¿qué podía elegir sino lo más simple, lo
más cotidiano, lo más sencillo? ¿Qué podía elegir sino un pedazo de pan?
Allí, en la apariencia del pan, me mira con sus ojos humanos, me ama con su corazón de hombre, comprende y comparte mis pre-ocupaciones, se alegra conmigo, se conmue-ve con mis actos de amor.
Ese Jesús que está en la Eucaristía, en la sencillez de la apariencia del pan, es realmente el que caminó por Galilea, que enseñaba jun-to al lago, que conversaba con María sentada a sus pies, que se entretenía con los niños, que tocaba los oídos del sordo con su propia saliva, que se dejaba lavar los pies con las lá-grimas de la pecadora, que lloraba por su ciu-dad amada, que dejó clavar todo su amor en una cruz. No es otro; es el mismo. La diferen-cia es que ahora está resucitado, transfigura-do, y por eso puede hacerse presente al mis-mo tiempo en todos los templos del mun-do.
No es sólo la presencia que Jesús tiene como Dios. Porque Jesús como Dios está en todas partes, no sólo en la Eucaristía. Lo es-pecial de la Eucaristía es que allí también está la humanidad resucitada de Jesús.
No es lo mismo cuando se produce algu-na "aparición" de Jesús, porque en esos casos
Jesús simplemente se hace visible a través de una imagen pasajera. En la Eucaristía, en cam-bio, está realmente él con toda su humani-dad resucitada.
Es cierto que las otras presencias de Jesús son también reales. Es real su presencia en cada hermano, es real su presencia en la co-munidad, es real su presencia en la Palabra, es real su presencia en medio de las cosas que nos suceden. Pero cuando decimos que está
realmente presente en la Eucaristía es para que
no pensemos que está sólo "simbólicamen-te". La Eucaristía no simboliza a Jesús, sino que es Jesús realmente presente tras la apa-riencia del pan.
Presencia "sustancial"
Lo que nos permite distinguir esta pre-sencia de Jesús por encima de cualquier otra presencia es decir que es una presencia "sus-tancial". ¿Qué significa esto?
Hay que recordar que en la Eucaristía Je-sús no está sólo por su poder, como creador; ni siquiera basta decir que está como santificador, porque así está en todos los sa-cramentos. En el Bautismo el agua sigue sien-do agua, y Cristo está presente allí
espiritual-mente, ejerciendo su poder Pero en la Euca-ristía el pan deja de ser pan, y comienza a ser Cristo.1 Hay un verdadero cambio en la "sus-tancia" de las cosas, porque el pan ya no es pan y lo que era vino ya no es vino, aunque quede la apariencia del pan y del vino. La sus-tancia del pan y del vino se transforma en Je-sús. A ese cambio, la Iglesia le llama "transus-tanciación".
Es cierto que hay una presencia interior de Jesús en mi corazón en todo momento. Pero cuando Jesús está presente dentro de mí él no se identifica conmigo, yo sigo siendo yo; además, mi unión espiritual con él es im-perfecta, debe ir creciendo cada vez más. En cambio en la Eucaristía el pan dejó de ser pan y la Eucaristía es Jesús. En la Eucaristía no de-cimos simplemente que Jesús está en el pan. No. El pan ya no está. La Eucaristía es Jesús; es él, él en plenitud. No puede estar más pre-sente que allí en esta tierra, porque ése que parece pan es él, totalmente él. Es él. Un cru-cifijo es sólo un signo que me recuerda a Je-sús, pero la Eucaristía es él. Cuando expresa-mos nuestro amor a un crucifijo o a una ima-1 Recordemos que cuando decimos "cuerpo" de Cristo entendemos el Cristo total que se comunica, no solamente sus órganos físicos.
gen religiosa, nuestro amor no se dirige a ese objeto, sino al Señor que está representado en esa imagen. En cambio, cuando adoramos la Eucaristía, estamos adorando directamen-te a Cristo, porque la Eucaristía es él mismo. Eso significa que es una presencia "sustancial" de Jesús. Entonces merece toda adoración y siempre nos quedamos cortos.
Por eso en la consagración Jesús dice "esto
es mi cuerpo", y no "aquí está mi cuerpo" En
los demás sacramentos Jesús está presente por su poder, haciendo una obra, y allí puede de-cir "aquí estoy yo, perdonando tus pecados"; pero en la Eucaristía me dice "Este soy yo"
Sólo quedan las apariencias de pan. ¿Para qué? Para que podamos verlo y sentirlo en nuestra boca. Las apariencias del pan quedan para decirnos silenciosamente que Cristo nos invita a comerlo.
Presencia "sacramental"
Para evitar confusiones, decimos también que la presencia de Jesús es "sacramental". No debemos decir que al morder la hostia esta-mos mordiendo a Jesús, como podríaesta-mos mordernos entre nosotros, porque ahora el cuerpo de Jesús está resucitado y
completa-mente transfigurado. Es el mismo Jesús, pero ya no tiene un cuerpo que pueda ser lastima-do, partido o afectado por nuestros dientes. Eso sería un canibalismo. El que está en la Eucaristía es el Resucitado, y está transfigura-do, transformado. Su cuerpo ha perdido los límites que tenemos en la tierra, y entonces puede estar presente en todos los templos al mismo tiempo. Por eso mismo, para que po-damos verlo, es necesario que permanezcan las apariencias del pan. Nosotros no podemos ver los ojos del resucitado ni escuchar su voz; pero él está bajo las apariencias del pan y del vino, y así podemos reconocerlo. Si él nos transformara para que pudiéramos verlo re-sucitado, nos deslumhraría de tal manera que estaríamos obligados a aceptarlo; pero él pre-fiere que lo aceptemos por la fe, y nos deja la posibilidad de rechazarlo. ¿Por qué lo hace? Porque le gusta que desde nuestra debilidad tengamos un crecimiento, que vayamos pa-sando de la incredulidad a la fe, y vayamos pasando de una fe débil a una fe cada vez más fuerte. Por eso prefiere que no lo veamos re-sucitado y que lo veamos en la apariencia sen-cilla de un pedazo de pan.
Su presencia en la Eucaristía se llama "sacramental" porque está bajo esas
aparien-cias del pan y del vino. Sin la fe, pensaríamos que allí hay solamente un pedazo de pan, pero gracias a la fe reconocemos que él realmente está allí para ser nuestro alimento.
Para ser comido
No basta adorarlo en el Sagrario y experi-mentar su presencia espiritual en nuestros corazones, porque a él no le interesa sólo transmitir desde allí una fuerza espiritual. Él en la Eucaristía es alimento que espera ser co-mido:
En la Eucaristía Jesús lo da todo... Dios desea estar completamente unido a nosotros para que todo su ser y el nuestro puedan fundirse en un amor eterno. Toda la larga historia de la relación de Dios con los seres humanos es una historia de comunión cada vez más profunda... una historia en la que Dios busca modos siempre nuevos de unirse en íntima comunión con nosotros.2
Su presencia en la Eucaristía no es un fin en sí misma. Su presencia bajo las aparien-cias del pan es pasajera, no existirá en el cie-lo; es sólo una presencia necesaria para los caminantes, para los peregrinos en esta tie-2 H. Nouwen, Con el corazón en ascuas, Santander 1996, 72-73.
rra. Esa presencia en la Eucaristía tiene como objetivo que lo comamos para que él pueda estar cada vez más presente en nuestros
corazo-nes. Cuando alguien comulga con fe, Jesús
transforma un poco más su corazón y puede estar más presente en él.
Es cierto que esa presencia de Jesús en el corazón es imperfecta, y que nunca se iguala-rá a su presencia en la Eucaristía, porque el pan se convierte totalmente en Cristo pero yo sigo siendo yo. Pero también es cierto que él está en la Eucaristía para ser alimento del cora-zón humano, porque desea ser comido y así hacerse más presente en nuestra intimidad, allí donde puede amar y ser amado. La pre-sencia en la Eucaristía está al servicio de la comida en la comunión. La consagración está al servicio de la comunión.
Entonces no estamos llamados a quedar-nos en el templo, sino a lograr un encuentro tan personal con él que podamos encontrar-lo en cualquier parte, llenándoencontrar-lo todo, dándo-le sentido a la vida cotidiana. En cualquier lugar, y no sólo en la misa, el Señor debe ser el sentido, la luz y la profundidad de lo que vivimos.3
3 Orígenes decía: "¿De qué me sirve si Cristo nació de la Virgen santa, pero no nace en mi intimidad?" (In
Nuestra relación con él no debería redu-cirse a esos momentos en que podemos ir a un lugar sagrado y estar ante un sagrario. Por-que el Señor quiere iluminar todos los mo-mentos de la vida, él espera que yo aprenda a reconocerlo siempre conmigo.
Por eso la Eucaristía está para ser comida. Si vamos a buscar a Jesús en la Eucaristía es para alimentar nuestro interior, de manera que podamos encontrarnos con él en cual-quier circunstancia, sobre todo cuando más lo necesitamos. Hemos insistido tanto en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y he-mos acentuado tanto que la Eucaristía es el centro, que a veces no queda claro que tam-bién es real la presencia de Jesús cuando esta-mos trabajando o compartiendo con nuestros seres queridos, aunque no estemos en un tem-plo. A veces parece que Cristo solamente es el centro de nuestra vida si estamos delante de un sagrario, y no tanto cuando lo adoramos en medio de la vida cotidiana, en medio de nuestros cansancios y alegrías.
Jer. hom. 9, 1). El mismo H. De Lubac reflexiona sobre
esta frase de Orígenes diciendo: "La existencia cristiana es un engaño si no reproduce, a partir de su ritmo interior aquel Misterio de Cristo... * (Histoire et Ésprit, Paris 1950, 181).
Lo importante es mi permanente amis-tad con él, también cuando no puedo comul-gar y cuando no puedo ir a una iglesia, tam-bién cuando no estoy leyendo la Biblia. Su presencia en la Eucaristía está al servicio de esa amistad permanente.
Pero para alimentar esa amistad perma-nente no me queda más que reconocer que tengo que buscar a Jesús allí donde él ha que-rido hacerse accesible como alimento interior: en la Eucaristía. No somos ángeles, y necesi-tamos de cosas que podamos ver o tocar para encontrarnos con el Señor. También nuestro cuerpo, nuestros ojos, nuestros oídos, nues-tra boca, participan de la relación con Dios. Por eso, necesitamos recibir la Eucaristía.
En esta comida en realidad sucede lo con-trario de lo que ocurre con las demás comi-das. Porque Cristo no es asimilado por noso-tros, su carne no se convierte en la nuestra. Nosotros, al comerlo, somos asimilados por él, somos incorporados, elevados a él, transfor-mados en él, sin dejar de ser nosotros mis-mos: "No me transformarás en ti, haciéndo-me manjar de tu carne, sino que tú te trans-formarás en mí".4
Para estar con nosotros y ser adorado
Dijimos que la presencia de Jesús en la Eucaristía es "sustancial", que el pan deja de ser pan. Entonces no decimos que Jesús está en la Eucaristía sólo durante la celebración de la misa y que después se va. Por eso, ya en el año 150, nos cuenta san Justino que des-pués de la celebración se llevaba la comunión a los ausentes. Eso significa que su presencia sigue siendo real también después de la misa. Para poder llevarla a los enfermos, la Igle-sia comenzó a hacer sagrarios donde se guar-daban las hostias consagradas. Por eso, de manera espontánea, las personas comenzaban a detenerse ante los sagrarios y fue surgiendo la adoración a Jesús presente en la Eucaristía. ¿Acaso podría ignorarse esa presencia del Se-ñor? ¿Sería comprensible que los cristianos se detuvieran ante la cruz o ante las imágenes de los santos e ignoraran esa presencia sus-tancial de Jesús?
Por eso, la Iglesia enseña que Jesús está en la Eucaristía sobre todo para ser comido, pero que también estamos llamados a ado-rarlo en los templos, fuera de la celebración de la misa.
Cuando nos quedamos un rato ante un sagrario conversando con Jesús, y logramos abandonar nuestras resistencias, podemos decir como dijo Pedro en la transfiguración: "Señor, qué bueno es estar aquí" (Mt 17, 4).
Entonces nos damos cuenta que ése es un lugar maravilloso, donde el Maestro nos en-seña todo lo que necesitamos saber: "Señor, a quién vamos a ir, si tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68).
Jesús allí presente es compañía, consue-lo, orientación, fuerza, paz, cariño, gozo, com-prensión, alivio, esperanza. Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía y le abrimos a Jesús nuestro corazón sincero, Jesús nos repite la misma pregunta, con su infinita ternura: "¿qué quieres que haga por ti?" (Me 10, 51). Por eso podemos expresarle a Jesús todas nuestras preocupaciones, deseos y necesidades, hasta que el corazón se quede en paz, sabiendo que todo está en sus manos.
Cuando nos quedamos un rato ante el sagrario nos damos cuenta que no estamos solos, no somos huérfanos, no estamos des-amparados. Él no discrimina jamás, todos somos sagrados e importantes para él
siem-pre, en cualquier situación en que nos
Él es el pastor, el maestro, el hermano, el amigo, el médico, el Señor infinito y todopo-deroso, la fuente de vida divina. Allí, en el sagrario, nos dice: "Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré des-canso" (Mt 11, 28).
Allí podemos pedirle que nos perdone y nos purifique, que nos ayude en nuestras di-ficultades; podemos contarle todo eso que a nadie más le diríamos. También es justo que le demos gracias por tantas cosas.
Pero, sobre todo, él merece nuestra ado-ración. La adoración son actos de fe, esperan-za y de amor.
Sin embargo, eso no significa que no de-bamos pedirle lo que necesitamos. También manifestamos nuestra adoración compartien-do con él nuestras preocupaciones y suplicán-dole, porque así expresamos nuestra confian-za en su amor y en su poder.
Pero todo esto, si realmente es un encuen-tro con él y no un monólogo, no hace más que encender el deseo de recibirlo en la co-munión, de participar de la misa, donde él se entrega como alimento. Por eso, pasemos a hablar de la celebración de la misa.
2. La misa como banquete
La misa es un verdadero banquete. Jesús mismo prepara la mesa y nos invita a reunir-nos para compartir el pan que reunir-nos ofrece. Así se cumple lo que él propone a cada discípulo en la Palabra de Dios: "Cenaré con él y él con-migo" (Apoc 3, 20). Pero no comemos solos los dos, porque es un banquete de la comu-nidad, con Jesús en medio. Es una comida co-munitaria. En el Nuevo Testamento se llama-ba "cena del Señor" o "fracción del pan".
Cuando vayamos a misa, recordemos siempre que vamos porque Jesús nos ha con-vocado a esta cena de hermanos, y vayamos con la misma alegría que tenían los primeros cristianos cuando se reunían para partir el pan (Hech 2, 42.46).
La Iglesia nos enseña: No hay duda de que
el aspecto más evidente de la Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la noche del Jueves santo en el contexto de la cena pascual. Por tanto, conlleva en su estructura el aspecto del
banque-te... Este aspecto expresa muy bien la relación de comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que debemos desarrollar recíprocamente entre nosotros (MND 15).5
5 Los documentos de la Iglesia se citan entre paréntesis con una sigla. Las siglas se indican al final.
Pero esto debe ser entendido de tal mane-ra que exprese también su contenido profun-do. No es cualquier comida lo que se compar-te, porque Jesús mismo se ofrece en sacrificio. Es cierto que Jesús está presente resucitado, pero "muestra las señales de su pasión, de la cual cada misa es su memoriar (MND 15).
Esto supone que Jesús se hace realmente presente, y se ofrece a nosotros como se ofre-ció en la cruz. Pero ahora se ofrece para ser co-mido. Como dijimos, cuando decimos que es una "presencia real" no es porque no sean rea-les las demás presencias, sino porque está
"sus-tancialmente presente en la realidad de su
cuer-po y de su sangre" (MND 16). Por eso la Euca-ristía es la presencia de Jesús por excelencia.
Si la misa es un banquete, de ahí la im-portancia particular de la comunión dentro de ella, porque de otro modo no sería una comida. Jesús insistió en esto cuando dijo: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo" (Jn 6, 51), y
"mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida" (Jn 6, 55).
No debería llamarnos la atención que Je-sús nos haya dejado la Eucaristía, si tenemos en cuenta dos cosas: a Jesús le gustaba com-partir comidas con la gente, y el Reino de Dios que vendrá será también un banquete.
1) Jesús comía y bebía con la gente.
El evangelio cuenta que Jesús era famoso por ir a comer con pecadores (ver Mc 2,
15-17). Es más, era tan común esta costumbre de andar por ahí compartiendo la mesa, que lo acusaban de "comilón y borracho" (Mt 11, 19). En ese mismo texto Jesús reconoce que él no es austero o solitario como Juan el Bau-tista (11, 18), sino que "come y bebe" (11,19). Esto en aquella época tenía más fuerza que ahora, porque los que se sentaban a la mesa comían todos de un mismo plato; la comida tenía siempre un profundo sentido de amis-tad y comunión fraterna. Por eso, en la últi-ma cena Jesús dice: "el que ha mojado con-migo su pan en el plato, ése me entregará" (Mt 26, 3). Pero además, Jesús quiso sentarse a la mesa con sus discípulos también después de su resurrección. Por eso ellos decían: "no-sotros comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos" (Hech 10, 41). Es reazonable, entonces, que nos haya deja-do la comida de la misa.
2) El Reino de Dios será un banquete.
Dice el profeta Isaías que Dios prepara para todos los pueblos "un banquete de vi-nos añejados, manjares sabrosos, vivi-nos gene-rosos" (Is 25, 6). Y Jesús decía que "el Reino
de los cielos es semejante a un rey que cele-bró el banquete de bodas con su hijo" (Mt 22, 2), y que habrá un banquete "en el Reino de los cielos" (Mt 8, 11; ver también Lc 14,
15; Mt 26, 29).
Por todo esto, es comprensible que Jesús nos dejara el banquete de la Eucaristía, para compartir la mesa con nosotros. Él mismo no se hizo esperar y celebró la Eucaristía con los discípulos de Emaús después de su resurrec-ción, y ellos lo reconocieron cuando partió el pan (Lc 24, 35). Esa fue la primera misa des-pués de la cena del Jueves santo.
3. La misa como memorial
del sacrificio de Jesús
La misa no es un sacrificio nuestro, como si el sacrificio fuera tener que estar una hora en el templo, o aceptar el aburrimiento que nos provoca. No. La misa es una fiesta y un banquete para nosotros, es un regalo y un gozo. El sacrificio es el de Jesús, que se ofreció en la cruz y se hace presente en la misa. Por-que "lo mismo Por-que se ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, se ofreció allá en la cruz; sólo es distinto el modo de hacer el ofrecimiento".6 En la cruz Jesús sufría, era
des-trozado, derramaba su sangre con dolor, pero
eso no se repite en la misa. El sacrificio de Jesús
se hace presente en la misa de un modo in-cruento. Por eso en la misa no tenemos que llorar con Jesús como si él estuviera sufrien-do.
El sacrificio de Jesús es uno solo, "de una vez para siempre" (Heb 7, 27; 9, 12), y enton-ces la misa no es una repetición de ese sacrifi-cio. Lo que sucede en la misa es que allí se
hace presente esa misma ofrenda total de Jesús
en la cruz. En cada misa él ofrece su vida al Padre por nosotros, pero de otra manera, por-que ahora está resucitado, "siempre vivo para interceder" por nosotros (Heb 7, 25). Y Cris-to, "una vez resucitado, ya no muere más" (Rom 6, 9). Entonces no hay lugar para la tris-teza o la amargura en la misa; la misa no es un velatorio, es una fiesta.
Sin embargo, que esté resucitado, no quie-re decir que su entquie-rega en la cruz sea algo del pasado. Cuando decimos que la misa es un "Memorial" de la Pascua, no queremos decir que es un simple recuerdo, porque en la tra-dición judía y cristiana un memorial es una celebración donde lo que se celebra se hace
realmente presente; o podemos decir que
sotros nos hacemos misteriosamente presen-tes en ese acontecimiento que recordamos. En cada misa los fieles toman "contacto vital con el sacrificio de la cruz, y así los méritos que de él se derivan, les son transmitidos y aplica-dos" (MD 50).
La entrega de Jesús se hace verdaderamen-te presenverdaderamen-te en la misa. Quiere decir que aquel único sacrificio de Jesús en la cruz se prolonga
y entra en cada celebración de la misa, hasta el
fin del mundo. Por eso, cada misa es la gran ofrenda de Cristo al Padre que la Iglesia cele-bra.
En cada misa, nuestro amor puede decir como Pablo: "Estoy crucificado con Cristo" (Gal 2, 20). La misa no es fabricar algo; es dejarse tomar por Jesús y recibir la vida que brota de su cruz, como si nosotros estuviéra-mos presentes, con María y Juan, en el mo-mento mismo de su pasión y su muerte. De-cimos "como si estuviéramos" porque, aun-que ese misterio se hace realmente presente en la misa, no se realiza como en la cruz, de modo cruento y doloroso, sino de otra forma. Este sacrificio de Jesús en la cruz que se hace presente en la misa debe entenderse jun-to con jun-toda la vida de Jesús, entregada por nosotros. En realidad la muerte de Jesús es la
consecuencia de su entrega total. Lo mataron porque no soportaban su mensaje y porque su testimonio contradecía a los poderosos. Por eso, al celebrar su sacrificio celebramos su permanente entrega de amor. Entonces vale la pena recordar que lo que más interesa en este sacrificio no es el sufrimiento, sino el
ofre-cimiento de su vida por amor hasta el fin: "Él,
que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).
Es cierto que Jesús sufrió, pero también es cierto que él aceptaba dar la vida, él desea-ba esa entrega más que cualquier mártir; él vivió apasionadamente esa entrega total sa-biendo que no era una fatalidad inútil, sino que era para nuestra salvación. Leamos de-tenidamente estos textos: "He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya es-tuviera ardiendo!" (Lc 12, 49). "¡He deseado intensamente comer esta Pascua con ustedes antes de padecer!" (Lc 22, 14). "Entonces dije: ¡Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad!" (Heb 10, 7.9). "Yo doy mi vida para recobrar-la de nuevo. Nadie me recobrar-la quita, yo recobrar-la doy li-bremente" (Jn 10, 17-18). "Ha llegado la hora... Y ¿qué voy a decir: Padre líbrame de esta hora? ¡Pero si para esto he venido!" (Jn 12, 23.27). "Padre, ha llegado la hora, glorifi-ca a tu Hijo" (Jn 17, 1). En la misa no
celebra-mos una fatalidad, sino una entrega libre de amor, hasta el extremo. Esa entrega nos ha salvado, y esa salvación se derrama en cada misa.
4. La misa como Memorial de la
Pascua
En la celebración de la Eucaristía no se hace presente sólo el misterio de Cristo cruci-ficado, sino el misterio total de su Pascua, in-cluyendo la Resurrección.
Prestemos atención a esta palabra "mis-terio". No significa algo raro, difícil de enten-der, complicado, oscuro. No. Significa que es algo maravilloso, inmensamente bello, tan precioso que nos desborda por todas partes; por eso no podemos compararlo con otras cosas de la vida, como si fueran iguales. La misa es un banquete, pero no cualquier quete; es mucho más que cualquier otro ban-quete. Allí se hace presente algo que este
mun-do no puede contener.
Y en cada misa se hace realmente presen-te el mispresen-terio de la cruz que se actualiza de un modo misterioso. Sin embargo, no es sólo una participación en su muerte, ya que "si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes, están
to-davía en sus pecados" (1 Cor 15, 17). El Jesús que se hace presente en la Eucaristía es él
Re-sucitado. El que ora con nosotros es el
Resuci-tado. El que recibimos en la comunión es el Resucitado, está vivo, feliz y glorioso. Porque él "está siempre vivo para interceder" por no-sotros (Heb 7, 25).
Por eso el vino, como en cualquier ban-quete, simboliza también la alegría, la fiesta, el gozo y la plenitud vital del Señor resucita-do que nos comunica su vida feliz. Y esto se acentúa más todavía en la celebración domi-nical, en el día en que Cristo venció a la muer-te y comparmuer-te con su Iglesia amada el gozo de su triunfo. Entonces, nada de dolorismo en la misa.
Pero no actúan la muerte y la resurrec-ción separadamente. En la celebraresurrec-ción de la Eucaristía actúan simultáneamente los dos misterios. Porque en cada Eucaristía se hace presente y se actualiza el "paso" de la muerte a la vida, o la muerte que da paso a la vida y comunica nueva vida.
En el evangelio de Juan, el Cristo que muere en la cruz es el que derrama el Espíritu Santo, y al derramarlo sacia su propia sed de dar la vida (Jn 7, 39; 19, 28-30). Para este Evan-gelio Cristo reina en la cruz; allí está glorioso
y potente comunicando vida. Y así el evange-lio de Juan complementa la visión de los evan-gelios sinópticos, que destacan más la humi-llación de Jesús.
La unidad de los dos misterios, muerte y resurrección, es algo que a nosotros nos cues-ta percibir, pero eso es lo que se actualiza en la celebración de la Eucaristía. De hecho, el Cristo resucitado conserva las marcas de sus clavos, las señales de su entrega hasta el fin (Jn 20, 27; Apoc 1, 7; 5, 6-9). Además, san Pablo presenta la experiencia cristiana como una participación en la pasión de Cristo: "Es-toy crucificado con Cristo... que me amó has-ta entregarse a sí mismo por mí" (Gal 2, 19-20; 6, 14.17; Corl 1, 24). Y si la presencia del resucitado en la vida del creyente es también una unión con Cristo crucificado, con mayor razón en la eucaristía se hace presente el mis-terio de la Pasión. De hecho san Pablo ense-ña que en la eucaristía "proclamamos la muer-te del Señor" (1 Cor 11, 26).
Podemos acercarnos "confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia", porque "no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debili-dades, ya que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado" (Heb 4,
soportó la Pasión, podemos pensar que es ca-paz de comprender nuestros dolores y angus-tias y compadecerse de nosotros cuando su-frimos. Además, también el cáliz habla de la Pasión del Señor. Recordemos que cuando Jesús se entregaba a la Pasión, oraba al Padre diciendo: "Padre, todo es posible para ti, apar-ta de mí este cáliz" (Mc 14, 36; 10, 38).
Pensemos que el Cristo resucitado está siempre presente en la Iglesia, pero nosotros no hemos alcanzado plenamente en nuestras vidas ese misterio de su vida nueva, no he-mos pasado del todo de la muerte a la vida. Y la eucaristía existe "para nosotros". Por eso, cuando participamos de la eucaristía, lo que nos sucede es que pasamos un poco más, con
Cristo, de la muerte a la vida. En esa presencia
única y suprema del misterio de la Pascua se derrama en nosotros esa vida de la gracia que llena el corazón rebosante del Resucitado. Así podemos alcanzar algo más de la vida divina que reina en el Resucitado y abandonar un poco
más la muerte que nos domina todavía.
Pero, por otra parte, si nuestra vida en la tierra es también, inevitablemente, una suce-sión de muertes (renuncias, finales, entregas, pérdidas, etapas que culminan), la eucaristía nos permite asociarnos de un modo
especia-lísimo al misterio del Cristo entregado, limi-tado, hecho sacrificio y ofrenda de amor en la cruz. Así, uniendo mis heridas a las suyas, y recordando que ése que recibo vivo en la eu-caristía es el que "me amó hasta entregarse a sí mismo por mí" (Gál 2, 20), le doy un sen-tido místico y ardiente a mis propias muer-tes. Por eso, de esas mismas muertes pueda bro-tar vida nueva.
5. La misa como celebración de la
nueva Alianza
Así como la fiesta de la Pascua celebraba la Alianza de Dios con su pueblo elegido, los cristianos celebramos en cada misa la Alian-za que Jesús selló con su Iglesia en la cruz. Dios quiso elegir un Pueblo pobre y peque-ño, por puro y gratuito amor, y llegó a expre-sarle ese amor de un modo insólito: hacien-do alianza con él. Esa alianza implicaba para el Pueblo pertenecerle sólo a él, dejarse amar por ese Dios, y simplemente depositar en él
su confianza: "Ustedes serán mi propiedad
per-sonal entre todos los pueblos" (Ex 19, 5).
Los profetas explicaron esta alianza como una verdadera unión matrimonial, que exi-gía al Pueblo confiar plenamente en el amor
de Dios y no en otros ídolos o poderes terre-nos. Y la clave de la fidelidad del Pueblo esta-ba simplemente en su capacidad para dejarse amar, para dejarse poseer, renunciando a la desconfianza enfermiza y al deseo de auto-nomía.
En el libro del profeta Oseas, Dios se pre-senta como un esposo locamente enamora-do, y el Pueblo como una prostituta que a cada rato se extravía detrás de otros amores. Pero la respuesta del esposo enamorado no es la venganza, sino intentar seducirla por todos los medios posibles, hasta llevarla al desierto para hablarle al corazón (Os 2, 15-16). Y a pesar de todos los desprecios, él promete sa-nar su infidelidad, amarla gratuitamente (Os 2, 21) y ser como un rocío para ella (14, 5-6). También el libro de Ezequiel presenta la relación de Dios con su Pueblo como una dolorosa historia de amor engañado, traicio-nado, despreciado, donde Dios tuvo la
ini-ciativa: "Hice alianza contigo, y tú fuiste mía"
(Ez 16, 7-8). A pesar de las infidelidades, Dios ofrece renovar la alianza y establecer una alianza nueva y eterna: Yo me acordaré de mi
alianza contigo en los días de tu juventud y esta-bleceré en tu favor una alianza eterna" (Ez 16,
El profeta Jeremías presenta a un Dios amante que añora los primeros tiempos del amor, cuando ella lo seguía llena de
confian-za, aceptando ser suya: "De ti recuerdo tu
cari-ño juvenil, el amor de tu noviazgo, cuando tú me seguías por el desierto" (Jer 2, 2).
Sin embargo, Dios no se quedó en la nos-talgia o en la queja. Él es fiel a su amor y vuel-ve a tomar la iniciativa, por encima y más allá de todos los desprecios y olvidos, pero esta vez encargándose él mismo de trabajar en su corazón para purificarla y para transformar su indiferencia en fidelidad amorosa: "Con amor
eterno te he amado, por eso he reservado gracia para ti" (Jer 31, 3). "Sobre sus corazones escribiré mi Ley. Yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo
(Jer 31, 33). "Les daré un corazón nuevo,
infun-diré en ustedes un espíritu nuevo" (Ez 36, 26).
Esa obra sublime de la nueva Alianza es la que realizó Jesús en la cruz, sellando con su propia sangre el pacto eterno. Y esa nueva
Alianza se hace presente plenamente en la cele-bración de la eucaristía, el sacramento de la
nueva Alianza. Allí se actualiza la acción re-dentora de Cristo y él entra en el corazón de su Pueblo para renovarlo y hacerlo capaz de una amorosa fidelidad. Por eso Jesús en la
Alian-za en mi sangre, que es derramada por ustedes"
(Lc 22, 20).
Recordemos que, cada vez que vamos a la misa, renovamos, junto con los hermanos, nuestra propia alianza con el Señor.
6. La misa como anticipo del
Banquete de la Pascua eterna
La eucaristía es el mejor anticipo del ban-quete eterno del Reino celestial. Jesús mismo relacionó la eucaristía con el Reino de los cie-los (ver Mt 26, 28-29). Además, Jesús conec-tó muy claramente la eucaristía con la vida eterna cuando dijo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo re-sucitaré en el último día" (Jn 6, 54). "El que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 57).
La eucaristía siembra en nosotros un ger-men celestial, porque derrama en nosotros la vida de Jesús y así nos prepara para la eterni-dad feliz. Moriremos, sí, pero pasaremos a la felicidad que nunca se acaba. Por eso la euca-ristía nos da esperanza, nos fortalece y nos alienta para seguir caminando, nos da pacien-cia y perseveranpacien-cia en medio de las dificulta-des de la vida. También derrama en nosotros un gusto por las cosas del cielo, porque nos
hace probar interiormente un anticipo de las maravillas que recibiremos en la eternidad. De esa manera, nos ayuda para que no abso-luticemos las cosas de esta tierra y no nos ob-sesionemos tanto por las cosas que se acaban. Pero al mismo tiempo nos da fuerzas para mejorar este mundo, porque así colaboramos en la preparación del Reino celestial. Como la eucaristía nos proyecta al final de la histo-ria, esto "da al sacramento eucarístico un di-namismo" hacia el futuro, un sentido de es-peranza (MND 15).
Este sentido de esperanza (que se llama "escatológico") aparece a lo largo de toda la misa. Veamos algunos ejemplos.
Al final del acto penitencial el sacerdote dice:".. .y nos lleve a la vida eterna". En la acla-mación después de la consagración los fieles dicen: "Ven Señor Jesús", o "hasta que vuel-vas". En la oración después del Padrenuestro el sacerdote dice: "mientras esperamos la ve-nida gloriosa de nuestro Salvador, Jesucristo". Cuando el sacerdote muestra la hostia consa-grada dice: "felices los invitados al banquete celestial". En la plegaria eucarística le pedimos al Señor que nos reciba también a nosotros en su Reino junto con María y los santos. En las oraciones variables que dice el sacerdote
frecuentemente se pide a Dios que podamos alcanzar la vida eterna, etcétera
Vemos entonces que toda la misa está atravesada por este insistencia en nuestro des-tino eterno, para que recordemos que no se acaba todo en esta vida y que hay algo más que este mundo limitado y pasajero. La euca-ristía es alimento para la vida eterna y es el anticipo más perfecto del cielo:
"La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí, en medio de noso-tros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo... De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y tierra nueva, no tenemos prenda más segura, sig-no más manifiesto que la Eucaristía" (CCE
1404-1405).
7. La misa como sacramento de la
comunión fraterna
La misa es también el gran sacramento (signo eficaz) de la unión entre los hermanos: "Siendo muchos, un solo pan y un solo cuer-po somos, cuer-porque todos participamos de un solo pan" (1 Cor 10, 17). Por eso, usamos la palabra "comunión" para hablar de la
euca-ristía, pero también la usamos para hablar del amor fraterno, de la unidad entre nosotros. Jesús expresó su profundo deseo de que sea-mos "perfectamente uno" (ver Jn 17, 20-23), y para eso nos dejó el banquete comunitario de la eucaristía, que expresa, celebra y alimen-ta nuestra comunión fraterna: "La unidad de los fieles, que forman un solo cuerpo en Cris-to, está representada y se realiza por el sacra-mento del pan eucarístico" (LG 3).
Por eso, una de las súplicas que decimos en la misa es ésta: "Te pedimos humildemen-te que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y la sangre de Cristo" (Plegaria Eucarística II).
El Papa Pablo VI decía que está muy bien que le demos a Jesús en la eucaristía toda nuestra adoración, pero que no podemos quedarnos allí. Jesús siempre nos lleva a vivir como hermanos. Por eso, cualquier celebra-ción de la eucaristía quedaría incompleta y desaprovechada si no sacáramos fuerzas para unirnos más a los demás. Veamos cómo Pa-blo VI nos explica para qué Jesús se quedó en la eucaristía:
"Es conveniente que al sacramento de la Presencia del Señor se le deba toda conside-ración, toda reverencia exterior e interior. Pero
nuestra formación religiosa sería incompleta y dejaríamos nuestra conciencia social sin su mejor recurso, si olvidáramos que la
eucaris-tía está destinada a nuestro trato humano,
ade-más de nuestra santificación cristiana. Ha sido
instituida para que seamos hermanos. El
sacer-dote la celebra como ministro de la comuni-dad cristiana, para que de extraños, dispersos e
indiferentes unos a otros, nos hagamos uno, igua-les y amigos. Se nos ha dado para que, en lugar
de una masa apática, egoísta, hecha de perso-nas divididas y hostiles, nos convirtamos en un
pueblo, creyente y amante, con un solo
cora-zón y una sola alma..."?
Pero la eucaristía nos llama a estar uni-dos no sólo con las personas bellas, podero-sas y agradables, que pueden beneficiarnos, sino especialmente con los pobres y sufrientes. Recordemos lo que nos pedía Je-sús con tanta claridad: "Cuando des un ban-quete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos" (Lc 14, 13).
Porque así como en la eucaristía Cristo se presenta como anonadado, oculto en la po-breza de los signos, así también Cristo se iden-tifica con el pobre y humillado: "Lo que le hicieron a uno de estos hermanos míos más 7 Pablo VI, Alocución de Corpus Christi, 17/06/1965.
pequeños a mí me lo hicieron" (Mt. 25, 40). Por eso decía con tanta fuerza san Juan Crisóstomo:
"¿ Quieren en verdad honrar el cuerpo de Cris-to? No consientan que esté desnudo. No lo hon-ren en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y desnudez'.6
De hecho, según san Justino, ya en el co-mienzo del Cristianismo se acostumbraba hacer una colecta para los pobres en la mis-ma celebración eucarística.
Hay una íntima unidad entre la eucaris-tía y el amor al pobre. Recordemos que en los profetas hay una dura crítica del culto a Dios sin misericordia con el pobre (Is 1, 11-17; Am 5, 21-24). Eso nos permite decir que "la cele-bración de una liturgia espléndida, separada de la sensibilidad para con el prójimo necesi-tado e indefenso, constituye para Dios una abominación y una blasfemia".9
Tanto la falta de generosidad como las divisiones que pueden verse muchas veces en las comunidades cristianas, muestran que la comunión no produce sus efectos automáti-camente en el cristiano, sino "según la
medi-8 S. Juan Crisóstomo, Homilía 50 sobre Mateo. 9 Comisión Episcopal de Fe y Cultura, Eucaristía:
da de su devoción".10 Hay que cooperar con el propio empeño para que la eucaristía pueda producir todos sus frutos de unidad y frater-nidad. La eucaristía es el sacramento de la unidad, pero también debe llegar a ser eso
concretamente en nuestras vidas. En la misa se
nos da el impulso y la gracia para lograrlo, pero nosotros podemos resistirnos y desapro-vechar esa gracia, porque seguimos optando por el individualismo y la comodidad egoís-ta. De ese modo, la eucaristía deja de perder sentido para nosotros, ya que de ella se de-ben derivar todas las exigencias de construc-ción del mundo, de crecimiento en la frater-nidad y la solidaridad. Por eso san Pablo ex-hortaba con fuerza a los que iban a la Cena del Señor pero estaban divididos y desprecia-ban a los pobres, y les decía que "eso ya no es comer la Cena del Señor" (1 Cor 11, 20).
8. Los distintos nombres
Los primeros cristianos llamaban a la eu-caristía "Cena del Señor" (1 Cor 11, 20). Este nombre destaca al Señor como centro: él con-grega, él sirve, él se da como alimento. Así le llaman hoy los hermanos protestantes. 10 S. Tomás de Aquino, STIII, 76, 5.
Los primeros cristianos también le llama-ban "fracción del pan" (Hech 2, 42. 46; 20, 7.11), y esto destaca la comunión entre her-manos que comparten la eucaristía.
De todos modos, los dos nombres expre-san que es una comida fraterna y que no se trata de cualquier comida. Por eso los prime-ros cristianos usaban estos nombres especia-les, que no eran los que se utilizaban para hablar de cualquier comida comunitaria.
Nosotros le llamamos "eucaristía". ¿De dónde viene ese nombre? Vemos que en el año 150 san Justino ya le daba ese nombre. La palabra significa "agradecimiento". En rea-lidad en los escritos del Nuevo Testamento no se le da ese nombre, pero en los relatos de la última Cena se usa el verbo agradecer
(eujaristein), porque Jesús, al tomar el pan y
el vino "agradeció". Esto tiene un sentido pro-fundo, hasta cósmico:
"La eucaristía es un sacrificio de agradeci-miento al Padre, una bendición por la cual la Igle-sia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación... Yes también un sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación" (CCE 1360-1361).
Porque en esta acción de gracias se une todo el universo, que "nacido de las manos de Dios creador, retorna a él redimido por Cristo" (EdE 8). En este sentido, la misa se celebra "sobre el altar del mundo. Une el cie-lo y la tierra" (ibid) en la misma alabanza.
Pero advirtamos que en la época del Nue-vo Testamento la palabra eucaristía no signi-ficaba sólo agradecimiento, porque se trata-ba de una bendición, que santificatrata-ba al ali-mento y convertía esa comida en un acto sa-grado. Era la bendición con que se daba co-mienzo al banquete. Por eso, en realidad el nombre "eucaristía" significaba algo más que agradecimiento; quería decir que esa celebra-ción era un banquete "sagrado". De esa ma-nera se distinguía del "ágape" que era sim-plemente una comida fraterna, que solía ha-cerse junto con la eucaristía.
Finalmente, a la celebración de la euca-ristía le llamamos "misa". En realidad es el nombre que menos contenido tiene. Cuando la misa se celebraba en latín, el saludo de des-pedida del sacerdote era: "ite, missa est". Sig-nifica: "vayan, ya fue mandada". Era como decir: "vayan, que la ofrenda ya fue elevada a Dios". Los fieles no entendían mucho, pero se quedaban en paz porque el sacerdote ya
había enviado la oración a Dios. De ahí que-dó la palabra misa como nombre de la cele-bración. Pero podemos rescatar algo valioso de este nombre: que la celebración de la misa es una ofrenda que elevamos al Padre, es Cris-to mismo que la asamblea ofrece al Padre jun-to con el sacerdote.
9. Alabanza a la Trinidad
La misa entera es una alabanza al Padre, al Hijo Jesús y al Espíritu Santo.
Toda la misa se dirige al Padre, porque es la ofrenda de Jesús al Padre. Por otra parte, celebramos toda la misa en unión con el Hijo Jesús, y esa unión culmina en la comunión.
A veces parece que el Espíritu Santo no está tan destacado, pero al Espíritu Santo lo tenemos presente en toda la misa, desde la señal de la cruz hasta la bendición final. Cada una de las oraciones que dirige el sacerdote, terminan recordando al Espíritu Santo: "en la unidad del Espíritu santo, por los siglos de los siglos".
En realidad, toda la misa es obra del Es-píritu Santo. Sin él no podríamos ni siquiera invocar al Padre. El Espíritu Santo convierte el pan en el cuerpo de Cristo; es el que realiza
la unidad de la comunidad y el que hace que la eucaristía nos transforme a nosotros en Je-sús.
La humanidad de Jesús está repleta del Espíritu Santo. Por eso del corazón santo de Jesús, realmente presente en la eucaristía, bro-ta para nosotros ese desborde luminoso de la presencia del Espíritu. Cuando comulgamos, de ese corazón humano de Jesús, realmente presente, se derrama, como agua pura y vivi-ficante, el manantial del Espíritu que riega nuestra aridez y sacia nuestra sed interior.
Vemos así que cuando comulgamos se realiza en nosotros este admirable misterio: la fiesta donde el Padre recibe la alabanza per-fecta y donde se derrama el amor, el poder, el fuego del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo nos transforma, haciéndonos semejantes a Jesús, de manera que el Padre puede ver en nosotros el rostro amable de su Hijo.
10. Toda la riqueza de la misa
Todos estos aspectos de la misa están en-trelazados, y no se comprende uno sin los otros. Por eso hay que evitar las "reducciones" (EdE 10).
Es verdad que a alguien le puede atraer más algún aspecto que otro; pero todos tene-mos que dejarnos desinstalar para descubrir mejor eso que no nos atrae tanto, para com-prender mejor eso que no nos dice nada. Te-nemos que pensar que la causa de nuestra incomprensión está también en nosotros mis-mos, porque nuestra mente es reducida, nues-tra experiencia de la vida es parcial, nuestros gustos son limitados. Que nosotros no vea-mos algo no significa que eso no sea valioso. Dice Juan Pablo II que "el hombre está siem-pre tentado a reducir a su propia medida la eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del misterio" (MND 14).
Pero hay que recordar siempre que los sacramentos son para nosotros, los seres hu-manos, y no tienen sentido sin nosotros. La eucaristía es la forma que ha elegido él para entrar en nosotros, para entregarse a nuestras vidas, para alimentarnos. Por eso, no olvide-mos, la eucaristía lleva el nombre popular de "comunión". Es nuestra comunión con Jesús en
un banquete de hermanos. Desde ese centro hay
que ubicar todos los demás aspectos de la misa.
11. El origen de la misa
Jesús en la última cena lo había pedido expresamente: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22, 19). Y después de la resurrección, los discípulos compartían la mesa con el resuci-tado (Hech 10,40-41).
De esta manera el mismo Señor resucita-do, que se hacía presente para partir el pan con sus discípulos, los fue acostumbrando a celebrar la eucaristía dominical, que era una tremenda novedad que los desbordaba.
Los tres evangelios sinópticos nos cuen-tan cómo Jesús nos dejó la eucaristía (Mc 14,
17-21; Mt 26, 20-29; Lc 22, 14-23).
Por otra parte, san Pablo explica claramen-te que la costumbre de celebrar la eucaristía se debe a un mandato recibido del Señor, que había pedido que se hiciera en memoria de él:
"Porque yo recibí del Señor lo que les he trans-mitido; que el Señor la noche en que fue entrega-do tomó pan, y después de dar gracias lo partió y dijo: 'Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía'. Y después de cenar tomó también la copa diciendo: 'Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía. Porque cada vez que comen este pan y beben esta copa,
anun-dan la muerte del Señor hasta que él vuelva"
(1 Cor 11, 23-25).
Pero además san Pablo muestra que se trataba de una verdadera presencia de Cristo. Por eso advierte que no se puede recibir el cuerpo de Cristo de cualquier manera, y que hay que examinarse a sí mismo antes de reci-birlo (11, 27-29), teniendo cuidado de no re-cibirlo indignamente. Esto muestra claramen-te que existía la convicción de que no se reci-bía simplemente un pedazo de pan, o un sím-bolo sin contenido, sino al mismo Cristo. Era un banquete, pero donde el alimento era Cris-to. De ahí que san Pablo indique que no es una comida como la que uno hace en su casa; hay que distinguir bien: "¿No tienen sus ca-sas para comer y beber?" (1 Cor 11, 22).
Por todo esto, sabemos que la eucaristía se celebra desde los comienzos del Cristianis-mo. De hecho, es interesante advertir que la eucaristía, tal como la celebramos ahora, exis-tía ya en el año 150. En esa época, san Justino escribió contándonos cómo era la celebración. Veamos su narración:
"El día del sol (el domingo) todos los que habitan en las ciudades o en el campo se reúnen en un mismo lugar.
Se leen allí los relatos de los Apóstoles o los escritos de los Profetas, tanto como el tiempo lo permita.
Cuando él lector ha terminado, toma la pala-bra el que preside y exhorta a vivir esas hermosas enseñanzas.
Inmediatamente después nos levantamos to-dos juntos y elevamos nuestras preces. A continua-ción, una vez terminada la oracontinua-ción, se trae pan, vino y agua.
El que preside recita oraciones y acciones de gracias. Y todo el Pueblo responde con la aclama-ción ¡Amén!
Entonces se distribuyen y se reparten las eucaristías a cada uno.
Y se envía a los diáconos para que se las lle-ven a los que están ausentes".11
Esto se escribió sólo cincuenta años des-pués que se terminó de escribir el Nuevo Tes-tamento. Vemos aquí que la estructura de la misa actual es básicamente la misma que en aquella época.
Para destacar que no era una comida cual-quiera, en la época de san Justino ya no se hacían otras comidas en esta reunión; sólo se llevaba pan, vino y agua. Y como sabían que
después de esa celebración ya no era un pan común, se acostumbraba llevar la eucaristía a los ausentes.
En otros Padres de la Iglesia de los prime-ros siglos vemos la misma actitud de sumo respeto y delicadeza ante la eucaristía, por-que estaban convencidos de por-que no era un pedazo de pan, sino Cristo mismo. La Didajé (siglo I) pedía que no se recibiera la eucaris-tía en pecado (cap. 14). Tertuliano (siglo II) cuenta que se ponía mucho cuidado para evi-tar que algo del cáliz o del pan cayera al sue-lo.12 Enseñaba también que por no tratarse de un alimento común la comunión no rom-pía el ayuno.13 San Cipriano (siglo III) pedía que no se admitiera rápidamente a comulgar a los que habían abandonado la fe, porque de ese modo podían "pecar contra el Señor con la mano y con la boca".14
Y porque era un banquete sagrado, san Justino nos cuenta que se acostumbraba pre-parar esta comida de la eucaristía con la lec-tura de las Sagradas Escrilec-turas y con la oración. Seguramente incluía también una predicación. En Hech 20, 7 se cuenta: "El primer día de la 12 Tertuliano, De corona militum 3.
13 Tertuliano, De oratione 19. 14 S. Cipriano, De lapsis 16.
semana estábamos todos reunidos para la fracción del pan", y allí Pablo enseñaba.
Entonces, no nos quedan dudas de que Jesús quiere que celebremos la misa. Él mis-mo lo pidió: "Hagan esto" (Le 22, 19). Es la mejor oración de los cristianos. Por lo tanto, aunque a veces no tengamos ganas, o aunque nos guste más hacer otro tipo de oración, Je-sús nos llama a la misa y quiere bendecirnos especialmente en la misa.
Tengamos en cuenta que los cristianos de los primeros siglos eran perseguidos precisa-mente porque se reunían a celebrar la euca-ristía, y muchos murieron mártires porque no querían dejar de reunirse para la misa. En una carta del año 112, que envió Plinio el joven al emperador de Roma, cuenta que algunos cris-tianos habían abandonado la fe y que reco-nocían que "su mayor culpa o error" era ha-berse reunido con los demás para el culto. Las actas de los mártires de Abitinia, asesinados el año 304, cuentan que se les quitó la vida por-que se reunían a celebrar los misterios del ñor, y ellos decían: "sin la celebración del Se-ñor no podemos estar", y "el cristiano no pue-de pue-dejar pue-de celebrar el día pue-del Señor".
Los cristianos de hoy no podemos llevar una fe individualista y orar solos en nuestras
casas. La misma Biblia nos exhorta a "no aban-donar la asamblea" (Heb 10, 25).
12. Las dos mesas de la misa
Aunque la misa entera se llama "eucaris-tía", sin embargo hay toda una parte dedica-da a la Palabra. Sólo la segundedica-da parte se dedi-ca más directamente a la eudedi-caristía. Por eso es importante recordar que la misa también es el banquete de la Palabra. Así fue desde el principio. Con la Palabra, el Señor nos ilumi-na, antes de alimentarnos con la eucaristía: "La eucaristía es luz, ante todo, porque en cada misa la Liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos mesas, la de la Palabra y la del Pan" (MND 12).
La Palabra nos va preparando para poder reconocer después a Jesús en la eucaristía: "Es significativo que los dos discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras del Señor, lo reconocieron mientras estaban a la mesa en el gesto sencillo de Infracción del
pan. Una vez que las mentes están
ilumina-das y los corazones enfervorizados, los gestos
hablan. La eucaristía se desarrolla por entero
consigo un mensaje denso y luminoso. A tra-vés de los signos, el misterio se abre de algu-na manera a los ojos del creyente" (MND 14).
En realidad, es la misma Palabra que es proclamada y escuchada en la Liturgia de la Palabra, la que luego se encarna y es comida en la Liturgia de la eucaristía. No hay que se-parar demasiado las dos cosas. Es el mismo Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, quien nos habla en la Palabra y después se nos en-trega como alimento en la eucaristía. Se co-munica con nosotros habiéndonos e iluminándonos en las lecturas, y luego nos alimenta en la comunión para que podamos vivir esa Palabra. En las lecturas hablan las palabras, pero en la comunión habla el signo del pan que dice: "Yo soy el pan de vida", "yo estoy con ustedes", "vengan a mí". Siempre está Jesús allí comunicándose con nosotros. Él es la Palabra que el Padre nos dirige a lo largo de toda la misa.
Por todo esto las dos mesas forman una sola eucaristía, y están "tan estrechamente unidas entre sí que forman un solo acto de culto" (IGMR 8). Como vimos antes, así ha sido desde el comienzo de la Iglesia y duran-te los dos mil años del cristianismo.
13. Los efectos de la eucaristía
La eucaristía es manantial de vida sobre-natural: "Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes" (Jn 6, 53). La eucaristía es el ali-mento que hace crecer esa vida en nosotros, nos va santificando constantemente.Pero como esa vida sobrenatural es la vida de Jesús resucitado, gracias a la eucaristía com-partimos la misma vida de Jesús y nos uni-mos más a él: "El que come mi sangre y bebe mi sangre vive en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Por la eucaristía crecemos cada vez más en esa íntima comunión con Jesús. De este modo, también somos fortalecidos y protegidos para que no caigamos en pecados graves (CCE 1395). Asimismo, nos purifica y nos libera de los pecados veniales (CCE 1394), de manera que después de cada comunión de algún modo comenzamos de nuevo.
Al mismo tiempo, la eucaristía sostiene y alimenta la comunión fraterna: "Siendo mu-chos, un solo pan y un solo cuerpo somos, porque todos participamos de un solo pan" (1 Cor 10, 17). Jesús expresó su profundo de-seo de que seamos "perfectamente uno" (ver Jn 17, 20-23), y en la eucaristía él alimenta y
hace crecer esa unidad. La Iglesia enseña que la unidad de los fieles "se realiza por el sacra-mento del pan eucarístico" (LG 3). Especial-mente, nos ayuda a reconocer a Jesús en los pobres y a crecer en la unión con ellos (CCE
1397).
Pero este crecimiento no se produce má-gicamente, sino según las disposiciones de cada
uno. Podemos estar más o menos abiertos y
dispuestos cuando recibimos la eucaristía, y de eso dependen sus efectos. Es cierto que el regalo de la gracia de Dios es siempre gratui-to e inmerecido, pero la intensidad de sus efec-tos varía de acuerdo a nuestra preparación.
La eucaristía es germen de transformación de toda la sociedad, pero para que pueda pro-ducir todos sus efectos de unidad fraterna, de justicia y de cambio de la sociedad, es necesa-rio que nosotros intentemos dominar la apa-tía, la indiferencia, la comodidad, la insensi-bilidad, las discriminaciones, todo eso que nos hace sentir extraños unos a otros, y que nos lleva a escapar de los hermanos.
La eucaristía es fuente de vida nueva para todo el universo, pero para que el mundo pueda beneficiarse con esa vida, es necesario que nosotros seamos sus instrumentos. Por eso, frente a la multitud hambrienta, Jesús
dice a sus discípulos: "Denles ustedes mismos de comer" (Mc 6, 37), y espera que ellos le ofrezcan todo lo que tienen: sus cinco panes. Luego reparte los panes a través de sus
discípu-los.15 Esto nos recuerda que Dios normalmente actúa a través de los seres humanos, que de-ben ser instrumentos de justicia y de servicio. La injusticia, el hambre, la pobreza, sólo se explican por el pecado, por el egoísmo o la comodidad de muchos que no cumplen con su misión de distribuir, de compartir, de ser-vir al hermano. Jesús en la eucaristía tiene la fuerza para cambiar el mundo, pero quiere hacerlo a través de los creyentes que lo reci-ben en la comunión. Por eso, en cada comu-nión, deberíamos escuchar interiormente la pregunta de Jesús: ¿Dónde está tu ofrenda; dónde están tus bienes, tus actitudes, tu en-trega generosa? Si escucháramos esa pregun-ta, la eucaristía podría producir efectos mara-villosos en este mundo.
15 Para el comentario a este texto y para profundizar este tema, puede ser muy útil leer el documento de la Conferencia Episcopal Argentina, "Denles ustedes de
comer", texto para la preparación pastoral del décimo
Congreso Eucarístico Nacional de 2004, editado en Buenos Aires (2003).
Vivir los signos
Los cristianos de hoy tenemos un gran desafío: lograr unir nuestros profundos deseos espirituales con lo que hacemos en la misa. Es importante crecer para llegar a expresar en los signos, gestos y momentos de la misa eso que llevamos dentro.
Para ello, hay que descubrir que en reali-dad una verreali-dadera espiritualireali-dad sólo puede vivirse en contacto con las cosas externas, y nunca puede encerrarse en la intimidad y en la soledad.
De hecho, enseña la Palabra de Dios que "el que no ama al hermano que ve no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4, 20). Dios eligió un camino "encarnatorio" para llegar al hombre -camino que llegó a su plenitud en la encarnación de su Hijo-. Eso implica también que Dios habitualmente llega a cada
uno de nosotros a través de signos externos y
sensibles.
Hay muchas cosas en el mundo exterior que nos hablan de Dios y que son un
llama-do suyo. En este sentillama-do, san Buenaventura enseñaba que el ideal no es pasar de lo exte-rior a lo inteexte-rior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino lograr encontrar tam-bién a Dios en las criaturas exteriores: "El
hom-bre perfecto no es el que sólo encuentra a Dios en la intimidad, sino el que también puede encon-trarlo en el mundo exterior (II Sent., 23, 2, 3).
San Francisco era un buen modelo, porque "degustaba en los seres creados, como si fue-ran ríos, la misma Bondad de la fuente que
los produce" (Legenda Maior 9, 1).
Recordemos que Jesús se detenía ante las personas y las cosas con toda su atención. No era sólo una atención intelectual, sino una mirada de amor:
Jesús fijó en él su mirada y le amó (Mc 10, 21). Vio a una mujer que ponía dos pequeñas monedas de cobre (Lc 21, 2).
Además, Jesús invitaba a sus discípulos a prestar atención, a contemplar las cosas y la vida, a percibir el mensaje de la naturaleza:
Fíjense en los pájaros... Miren los lirios (Lc
12,24.27).
Alcen los ojos y miren los campos (Jn 4, 35).
Dios llega a nosotros a través de signos externos que nos hablan de él. Por eso la
es-piritualidad no consiste en un recogimiento dentro de nosotros mismos, escapando de todo lo externo. Hay personas que desprecian las imágenes, las velas, y todo lo sensible, porque creen que tienen una espiritualidad superior. Pero tarde o temprano se quedan sin espiritualidad y terminan arrastrados por las cosas del mundo. El monje Anselm Grün ha explicado el valor de los "rituales" persona-les. Estos ritos son una necesaria expresión exterior, porque reflejan el amor a Dios y ayu-dan a recuperar el sentido profundo y gozoso de la actividad cotidiana;
Reacciono alérgicamente cuando alguien sue-ña con amar mucho a Dios, pero en su vida con-creta no se hace visible nada de ese amor a Dios... Si nuestra relación con Jesucristo es auténtica, se ve por la organización que se hace del día, y para ello las primeras horas de la mañana son decisi-vas. Los rituales matutinos deciden ... si lo que nos mueve son los plazos fijados para nuestras ta-reas o si ponemos todo cuanto hacemos bajo la bendición de Dios... Un ritual matutino que mo-tive para el día de hoy despierta las energías que se encierran en cada uno de nosotros.16
16 A. Grün, El gozo de vivir. Rituales que Sanan, Estella 1998,56-57.