Luego, "el sacerdote invita al pueblo a orar. Y todos, a una con el sacerdote, perma- necen un rato en silencio para hacerse cons- cientes de estar en la presencia de Dios y for- mular insistentemente sus súplicas" (IGMR 32).
Comienza con una invitación a orar ("ore- mos"), luego hay un silencio en el cual los fieles oran íntimamente, y finalmente una bre- ve oración del sacerdote que así "recoge" (de allí el nombre "colecta") las oraciones de los fieles y la presenta a Dios. Por eso se dice en plural, y por eso mismo se llama oración "de la asamblea".
El contenido de esta oración es muy ge- neral, para que pueda abarcar a todos los fie- les con sus necesidades. Se pide, por ejemplo, que Dios escuche a su pueblo, o que lo auxi- lie, o que nos ayude a cumplir su voluntad, o que podamos alcanzar sus promesas, o que perseveremos en el amor, o que podamos ca- minar sin tropiezos, etc.
Al final, la oración siempre se dirige a la Trinidad. Generalmente se dirige al Padre en nombre de Jesucristo, porque Jesucristo está
unido a la asamblea de los fieles formando un solo cuerpo con ellos, y presidiendo su oración al Padre. Pero siempre termina dicien- do: "en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos".
Esta expresión "por los siglos de los si- glos" se repite a lo largo de toda la misa des- pués de nombrar a la Trinidad. Así se quiere expresar que Dios es siempre digno de nues- tra alabanza, no sólo en este momento, sino siempre. Él es glorioso, infinito y santo siem- pre; lo era antes de nuestra existencia y lo será eternamente, porque él es Dios. Así recorda- mos que Dios es un misterio mucho más gran- de que nuestra pequeña vida, que nuestras palabras y que nuestros sentimientos.
Los fieles se unen a la oración que hizo el sacerdote diciendo "amén", que es como de- cir que realmente están de acuerdo con la ora- ción que acaba de decir el sacerdote, que la hacen propia.
Para poder orar con gusto en la misa, yo tengo que asumir esas palabras que la Iglesia me propone, aunque a veces no las compren- da del todo. En mi oración individual yo pue- do usar las palabras que quiera, pero la misa es una oración bien comunitaria, donde se usan palabras y gestos comunes. No vale la
pena querer cambiar lo que dicen las oracio- nes de la misa o buscar palabras que me pare- cen más espirituales o más claras. Estas pala- bras que ha elegido la Iglesia me unen con los cristianos de todo el mundo. Más que que- jarme porque no me convencen esas oracio- nes, lo mejor es salir de mí mismo, liberarme de mis esquemas mentales o espirituales, y hacer mío lo que la Iglesia me propone. No sirve de nada creerme más sabio y pensar que yo podría inventar una misa mejor. Tengo que recordar que muchas veces, estando muy con- vencido de algunas cosas, me equivoqué, y que hay cosas que en otras épocas no enten- día y ahora entiendo. En las cosas de Dios hay mucho más de lo que mi sensibilidad puede valorar o de lo que mi mente puede enten- der. Lo que se celebra en la misa es un "miste- rio" que nunca llegaremos a comprender del todo. Si todo en la misa fuera sumamente cla- ro y sencillo, quizás creeríamos que nosotros entendemos y abarcamos el misterio de Dios. Pero en la misa sucede algo tan grande que nosotros nunca lo podremos abarcar con nuestras palabras, ni con nuestra mente, ni con nuestros sentimientos.
El Gloria
Hemos recordado que el Señor resucita- do está con nosotros, y hemos dejado todo en sus manos recordando su misericordia. Por eso podemos dar curso a nuestra alegría di- ciendo: "Gloria a Dios en el cielo..."
Es un himno muy antiguo (alrededor del año 300) que tiene sobre todo un sentido de alabanza. Algunas personas no son capaces de descubrir que la misa está llena de alaban- zas, o se reúnen antes o después de la misa "para alabar a Dios". Pero ese deseo de ala- banza debería expresarse dentro de la misa, donde hay una permanente alabanza a Dios. En este himno, por ejemplo, decimos estas palabras: "Gloria a Dios... Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adora- mos, te glorificamos, te damos gracias". Si esto no es alabanza ¿qué es? El problema es que no siempre descubrimos el sentido profundo de las palabras y no las decimos desde el co- razón.
Dirigimos la alabanza al Padre: "Señor Dios, Rey celestial", y luego nos concentramos en el Hijo, de varias maneras: "Señor, Hijo único Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre" Y le decimos: "Porque sólo
tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú altísimo Jesucristo". ¿Queremos más alabanza?
Debería ser recitado o cantado con ale- gría, elevando el corazón. Vale la pena alabar, porque así nos centramos en Dios por un ins- tante y sacamos un poco la mente de nues- tras preocupaciones y pensamientos de siem- pre. Dios merece nuestra alabanza; merece que por un momento dejemos de pensar en nosotros y proclamemos su gloria.
El comienzo de esta oración retoma el canto de los ángeles cuando nació Jesús (Le 2, 14). Allí mucha gente se confunde y dice:
"y en la tierra paz a los hombres que aman al
Señor". En realidad dice: "paz a los hombres que ama el Señor". Lo que estamos recordando
es que Dios nos ama, y por eso nos ha entre- gado a su Hijo Jesús. Es un canto de reconoci- miento por el amor inmenso que Dios tiene por cada uno de nosotros.
Se dice los domingos y las solemnidades y fiestas. Pero no se usa en Adviento y Cua- resma, para destacar que son tiempos de pre- paración y purificación. De esa manera, cuan- do llegan la Navidad o la Pascua, el canto del Gloria nos ayuda a descubrir la alegría y la grandeza de lo que se celebra en esas festivi- dades.
2. LITURGIA DE LA PALABRA
Aquí se produce un movimiento importan- te. Todos nos sentamos y nos concentramos en el ambón, donde está el libro de la Pala- bra de Dios. Y un lector se dirige al ambón. Estos movimientos nos indican que comien- za una de las grandes partes de la misa: la Li- turgia de la Palabra. Se nos va a servir la mesa del pan de la Palabra.
Es la Palabra más importante que pode- mos escuchar, la que no miente, la que no engaña, la que ciertamente ilumina nuestros pasos como una lámpara. Es alimento que necesitamos, porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Dt 8, 3; Mt 4, 4).
En este momento de la misa Dios está diciéndonos: "¡Escucha Israel!" (Dt 6, 4), y nosotros le respondemos: "Habla Señor, que tu siervo escucha" (1 Sam 3, 10).
Aunque sentimos la tentación de dejar- nos convencer por otros mensajes, volvemos siempre a escuchar al Señor y le decimos: "¿A dónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68).