la gran ofrenda de la misa. La gran ofrenda de la misa es Jesús que se ofrece al Padre, y noso- tros junto con él, a partir de la consagración. Pero esta presentación del pan y del vino nos
sirve como símbolo de la ofrenda a Dios y nos estimula a prepararnos para ofrecernos junto con Cristo cuando él se haga presente en el altar. En esta presentación, al entregar el pan y el vino le damos a Dios algo nuestro, algo que es don suyo pero también es fruto de nuestro trabajo. Porque Dios, cuando toma la iniciativa de llamarnos, espera que respon- damos ofreciéndole algo, aportando algo, como el niño que ofreció cinco panes para alimentar a la multitud (Jn 6, 9).
Ya en esta presentación de las ofrendas los fieles le dicen a Dios que están dispuestos a ofrecer todo de su parte para crear un mun- do mejor, para ayudar a los pobres, para cons- truir una sociedad más justa. Esta ofrenda de nosotros mismos ya es una primera coopera- ción para que la eucaristía pueda cambiar el mundo a través de nosotros. Por eso el pue- blo se ofrece a sí mismo (ver Rom 6, 13; 12, 1) junto con el pan y el vino para ser convertido en instrumento de unidad y de servicio:
"El pan y el vino se convierten en cierto senti- do en símbolo de todo lo que la asamblea encarís- tica presenta por sí misma como ofrenda a Dios"
(EM II, 9b) .
Conviene recordar que la gran ofrenda será a partir de la consagración, cuando Jesús
mismo, presente en el altar, se ofrecerá al Pa- dre. Pero no conviene aislar esta ofrenda de la vida de los fieles, porque en el sacramento todo es para los fieles y no tiene sentido sin ellos, sin su vida. Entonces, el sacerdote pre- senta los dones del pan y el vino, con ellos presenta también el amor, los trabajos, las es- peranzas, los cansancios, los sueños y alegrías, la vida de la gente. Y luego, a partir de la con- sagración, esa vida con toda su riqueza se lle- nará de la presencia de Cristo que la ilumina- rá y la hará fecunda. Entonces la eucaristía no sólo será el culmen, sino también la fuente de donde brota nuestra vida cristiana.
Pero en esta presentación lo más impor- tante es que se prepara la mesa del banquete. El altar se prepara colocando sobre el mantel el corporal (un trozo de tela donde luego se colocarán las ofrendas). Al lado se coloca el purificador (un paño blanco más pequeño que se utiliza para limpiar los vasos sagrados). Adelante se coloca el misal (donde están las oraciones de la misa), y al costado el cáliz, la bandejita de la hostia (patena) y las jarras con el vino y el agua. También suele haber otro copón con las hostias pequeñas para los fie- les. A veces las hostias, el vino y el agua se acercan en procesión, para significar que tam-
bien los fieles entregan las ofrendas al Señor a través del sacerdote que las recibe.
Cuando no hay un canto, el sacerdote presenta las ofrendas diciendo una oración de gratitud a Dios por el pan y por el vino: "Bendito seas, Señor, Dios del universo...". El canto también debería expresar esta gratitud a Dios porque él mismo nos ha regalado esos dones que estamos presentando, que son fru- to precioso de la tierra. También se expresa la gratitud por el trabajo del hombre, que co- operó para producir esos dones.
Aunque el sacerdote presenta las ofren- das a Dios sobre el altar, los fieles participan de una manera muy directa cuando el sacer- dote los invita a orar para que el sacrificio sea agradable a Dios. Les dice: "oren hermanos, para que este sacrificio mío y de ustedes sea agradable a Dios...". Así queda claro que los fieles realmente se unen al sacrificio de Cris- to que se va a celebrar. Esta invitación tam- bién puede decir: "Oren hermanos, para que llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agra- dable a Dios, Padre todopoderoso". En estas palabras queda claro que los fieles llevan su vida al altar, pero que la gran ofrenda será después.
Allí todos los fieles responden: "El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para ala- banza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia". Con estas palabras nosotros hacemos nuestras las ora- ciones que el sacerdote pronuncia, y lo hace- mos con una alabanza ("para alabanza y glo- ria de su nombre"), pidiendo que la misa nos aproveche a nosotros ("para nuestro bien") e intercediendo por los demás ("y el de toda su santa Iglesia"). ¡Cuánto decimos en unas po- cas palabras! Por eso, el problema no es que las oraciones de la misa no digan cosas im- portantes, sino que a veces no estamos aten- tos o no las descubrimos.
Finalmente, el sacerdote lee una breve oración, que varía en cada misa, donde se pide a Dios, por ejemplo, que reciba esa ofrenda como homenaje nuestro, o que la santifique, o que a través de ella nos purifique, o que nos fortalezca, o que nos haga más santos, etc. Los fieles responden "amén".
La gotita de agua en el cáliz
En la época de Jesús el vino siempre se mezclaba con un poco de agua, porque ese vino era muy fuerte. Los fabricantes no acos-
tumbraban echarle agua, y si lo hacían eran despreciados por la gente.
San Justino, ya en el siglo II, habla de "una copa de agua y vino mezclado". Y san Cipriano explicaba así el significado de este gesto: "El agua representa al pueblo y el vino a la sangre de Cristo. Cuando en el cáliz se mezcla el agua con el vino, el pueblo se junta a Cristo" (Car- ta 63, 13).
La oración que hace el sacerdote en se- creto contiene un significado parecido: que así como el agua se une al vino, nuestra hu- manidad se una a la Divinidad de Jesús, ya que él se unió a nuestra humanidad.
También simboliza la pasión de Cristo, cuando de su costado brotó sangre y agua (Jn
19, 34).
Pero es mejor mantener el sentido comu- nitario que le daba Cipriano y decir que to- dos juntos, como pueblo, nos unimos a Jesús en su pasión. Después, en la consagración y en la comunión, esta unión se hará realidad más perfectamente.
La colecta
Ya en los comienzos, san Justino cuenta que, en la misa, cada uno daba la cantidad de
dinero que le parecía, "y lo recogido se entre- ga al presidente, y él con eso socorre a huérfa- nos y viudas...".
Esta colecta se integra en el culto a Dios, porque expresa concretamente un signo de que queremos compartir lo que tenemos, y que estamos dispuestos a entregar lo nuestro para construir un mundo más justo:
"Junto con él pan y él vino para la eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta, siempre actual se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para en- riquecernos" (CCE 1351).
A veces la fraternidad no es más que un deseo fugaz, porque después de la misa, cuan- do se presenta alguien pidiéndonos ayuda, es posible que nos resistamos y defendamos nuestra comodidad y nuestros bienes. La ge- nerosidad nos dura poco. Pero si ni siquiera dentro de la misa somos capaces de entregar algo de lo que tenemos, menos podremos esperar que eso suceda fuera de la misa.
Es muy bueno leer detenidamente algu- nos textos bíblicos donde Pablo presenta mu- chos argumentos y motivaciones para lograr que los cristianos sean generosos en las colec- tas (2 Cor 8, 1-24; 9, 1-15).
El dinero que se entrega en la colecta ex- presa el gesto de compartir, con el deseo de parecerse un poco a la primera comunidad cristiana, donde "no había pobres entre ellos" (Hech 4, 34).