La misa es también el gran sacramento (signo eficaz) de la unión entre los hermanos: "Siendo muchos, un solo pan y un solo cuer- po somos, porque todos participamos de un solo pan" (1 Cor 10, 17). Por eso, usamos la palabra "comunión" para hablar de la euca-
ristía, pero también la usamos para hablar del amor fraterno, de la unidad entre nosotros. Jesús expresó su profundo deseo de que sea- mos "perfectamente uno" (ver Jn 17, 20-23), y para eso nos dejó el banquete comunitario de la eucaristía, que expresa, celebra y alimen- ta nuestra comunión fraterna: "La unidad de los fieles, que forman un solo cuerpo en Cris- to, está representada y se realiza por el sacra- mento del pan eucarístico" (LG 3).
Por eso, una de las súplicas que decimos en la misa es ésta: "Te pedimos humildemen- te que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y la sangre de Cristo" (Plegaria Eucarística II).
El Papa Pablo VI decía que está muy bien que le demos a Jesús en la eucaristía toda nuestra adoración, pero que no podemos quedarnos allí. Jesús siempre nos lleva a vivir como hermanos. Por eso, cualquier celebra- ción de la eucaristía quedaría incompleta y desaprovechada si no sacáramos fuerzas para unirnos más a los demás. Veamos cómo Pa- blo VI nos explica para qué Jesús se quedó en la eucaristía:
"Es conveniente que al sacramento de la Presencia del Señor se le deba toda conside- ración, toda reverencia exterior e interior. Pero
nuestra formación religiosa sería incompleta y dejaríamos nuestra conciencia social sin su mejor recurso, si olvidáramos que la eucaris-
tía está destinada a nuestro trato humano, ade-
más de nuestra santificación cristiana. Ha sido
instituida para que seamos hermanos. El sacer-
dote la celebra como ministro de la comuni- dad cristiana, para que de extraños, dispersos e
indiferentes unos a otros, nos hagamos uno, igua- les y amigos. Se nos ha dado para que, en lugar
de una masa apática, egoísta, hecha de perso- nas divididas y hostiles, nos convirtamos en un
pueblo, creyente y amante, con un solo cora-
zón y una sola alma..."?
Pero la eucaristía nos llama a estar uni- dos no sólo con las personas bellas, podero- sas y agradables, que pueden beneficiarnos, sino especialmente con los pobres y sufrientes. Recordemos lo que nos pedía Je- sús con tanta claridad: "Cuando des un ban- quete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos" (Lc 14, 13).
Porque así como en la eucaristía Cristo se presenta como anonadado, oculto en la po- breza de los signos, así también Cristo se iden- tifica con el pobre y humillado: "Lo que le hicieron a uno de estos hermanos míos más 7 Pablo VI, Alocución de Corpus Christi, 17/06/1965.
pequeños a mí me lo hicieron" (Mt. 25, 40). Por eso decía con tanta fuerza san Juan Crisóstomo:
"¿ Quieren en verdad honrar el cuerpo de Cris- to? No consientan que esté desnudo. No lo hon- ren en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y desnudez'.6
De hecho, según san Justino, ya en el co- mienzo del Cristianismo se acostumbraba hacer una colecta para los pobres en la mis- ma celebración eucarística.
Hay una íntima unidad entre la eucaris- tía y el amor al pobre. Recordemos que en los profetas hay una dura crítica del culto a Dios sin misericordia con el pobre (Is 1, 11-17; Am 5, 21-24). Eso nos permite decir que "la cele- bración de una liturgia espléndida, separada de la sensibilidad para con el prójimo necesi- tado e indefenso, constituye para Dios una abominación y una blasfemia".9
Tanto la falta de generosidad como las divisiones que pueden verse muchas veces en las comunidades cristianas, muestran que la comunión no produce sus efectos automáti- camente en el cristiano, sino "según la medi-
8 S. Juan Crisóstomo, Homilía 50 sobre Mateo. 9 Comisión Episcopal de Fe y Cultura, Eucaristía:
da de su devoción".10 Hay que cooperar con el propio empeño para que la eucaristía pueda producir todos sus frutos de unidad y frater- nidad. La eucaristía es el sacramento de la unidad, pero también debe llegar a ser eso
concretamente en nuestras vidas. En la misa se
nos da el impulso y la gracia para lograrlo, pero nosotros podemos resistirnos y desapro- vechar esa gracia, porque seguimos optando por el individualismo y la comodidad egoís- ta. De ese modo, la eucaristía deja de perder sentido para nosotros, ya que de ella se de- ben derivar todas las exigencias de construc- ción del mundo, de crecimiento en la frater- nidad y la solidaridad. Por eso san Pablo ex- hortaba con fuerza a los que iban a la Cena del Señor pero estaban divididos y desprecia- ban a los pobres, y les decía que "eso ya no es comer la Cena del Señor" (1 Cor 11, 20).
8. Los distintos nombres
Los primeros cristianos llamaban a la eu- caristía "Cena del Señor" (1 Cor 11, 20). Este nombre destaca al Señor como centro: él con- grega, él sirve, él se da como alimento. Así le llaman hoy los hermanos protestantes. 10 S. Tomás de Aquino, STIII, 76, 5.
Los primeros cristianos también le llama- ban "fracción del pan" (Hech 2, 42. 46; 20, 7.11), y esto destaca la comunión entre her- manos que comparten la eucaristía.
De todos modos, los dos nombres expre- san que es una comida fraterna y que no se trata de cualquier comida. Por eso los prime- ros cristianos usaban estos nombres especia- les, que no eran los que se utilizaban para hablar de cualquier comida comunitaria.
Nosotros le llamamos "eucaristía". ¿De dónde viene ese nombre? Vemos que en el año 150 san Justino ya le daba ese nombre. La palabra significa "agradecimiento". En rea- lidad en los escritos del Nuevo Testamento no se le da ese nombre, pero en los relatos de la última Cena se usa el verbo agradecer
(eujaristein), porque Jesús, al tomar el pan y
el vino "agradeció". Esto tiene un sentido pro- fundo, hasta cósmico:
"La eucaristía es un sacrificio de agradeci- miento al Padre, una bendición por la cual la Igle- sia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación... Yes también un sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación" (CCE 1360-1361).
Porque en esta acción de gracias se une todo el universo, que "nacido de las manos de Dios creador, retorna a él redimido por Cristo" (EdE 8). En este sentido, la misa se celebra "sobre el altar del mundo. Une el cie- lo y la tierra" (ibid) en la misma alabanza.
Pero advirtamos que en la época del Nue- vo Testamento la palabra eucaristía no signi- ficaba sólo agradecimiento, porque se trata- ba de una bendición, que santificaba al ali- mento y convertía esa comida en un acto sa- grado. Era la bendición con que se daba co- mienzo al banquete. Por eso, en realidad el nombre "eucaristía" significaba algo más que agradecimiento; quería decir que esa celebra- ción era un banquete "sagrado". De esa ma- nera se distinguía del "ágape" que era sim- plemente una comida fraterna, que solía ha- cerse junto con la eucaristía.
Finalmente, a la celebración de la euca- ristía le llamamos "misa". En realidad es el nombre que menos contenido tiene. Cuando la misa se celebraba en latín, el saludo de des- pedida del sacerdote era: "ite, missa est". Sig- nifica: "vayan, ya fue mandada". Era como decir: "vayan, que la ofrenda ya fue elevada a Dios". Los fieles no entendían mucho, pero se quedaban en paz porque el sacerdote ya
había enviado la oración a Dios. De ahí que- dó la palabra misa como nombre de la cele- bración. Pero podemos rescatar algo valioso de este nombre: que la celebración de la misa es una ofrenda que elevamos al Padre, es Cris- to mismo que la asamblea ofrece al Padre jun- to con el sacerdote.