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La misa como Memorial de la Pascua

En la celebración de la Eucaristía no se hace presente sólo el misterio de Cristo cruci- ficado, sino el misterio total de su Pascua, in- cluyendo la Resurrección.

Prestemos atención a esta palabra "mis- terio". No significa algo raro, difícil de enten- der, complicado, oscuro. No. Significa que es algo maravilloso, inmensamente bello, tan precioso que nos desborda por todas partes; por eso no podemos compararlo con otras cosas de la vida, como si fueran iguales. La misa es un banquete, pero no cualquier ban- quete; es mucho más que cualquier otro ban- quete. Allí se hace presente algo que este mun-

do no puede contener.

Y en cada misa se hace realmente presen- te el misterio de la cruz que se actualiza de un modo misterioso. Sin embargo, no es sólo una participación en su muerte, ya que "si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes, están to-

davía en sus pecados" (1 Cor 15, 17). El Jesús que se hace presente en la Eucaristía es él Re-

sucitado. El que ora con nosotros es el Resuci-

tado. El que recibimos en la comunión es el Resucitado, está vivo, feliz y glorioso. Porque él "está siempre vivo para interceder" por no- sotros (Heb 7, 25).

Por eso el vino, como en cualquier ban- quete, simboliza también la alegría, la fiesta, el gozo y la plenitud vital del Señor resucita- do que nos comunica su vida feliz. Y esto se acentúa más todavía en la celebración domi- nical, en el día en que Cristo venció a la muer- te y comparte con su Iglesia amada el gozo de su triunfo. Entonces, nada de dolorismo en la misa.

Pero no actúan la muerte y la resurrec- ción separadamente. En la celebración de la Eucaristía actúan simultáneamente los dos misterios. Porque en cada Eucaristía se hace presente y se actualiza el "paso" de la muerte a la vida, o la muerte que da paso a la vida y comunica nueva vida.

En el evangelio de Juan, el Cristo que muere en la cruz es el que derrama el Espíritu Santo, y al derramarlo sacia su propia sed de dar la vida (Jn 7, 39; 19, 28-30). Para este Evan- gelio Cristo reina en la cruz; allí está glorioso

y potente comunicando vida. Y así el evange- lio de Juan complementa la visión de los evan- gelios sinópticos, que destacan más la humi- llación de Jesús.

La unidad de los dos misterios, muerte y resurrección, es algo que a nosotros nos cues- ta percibir, pero eso es lo que se actualiza en la celebración de la Eucaristía. De hecho, el Cristo resucitado conserva las marcas de sus clavos, las señales de su entrega hasta el fin (Jn 20, 27; Apoc 1, 7; 5, 6-9). Además, san Pablo presenta la experiencia cristiana como una participación en la pasión de Cristo: "Es- toy crucificado con Cristo... que me amó has- ta entregarse a sí mismo por mí" (Gal 2, 19- 20; 6, 14.17; Corl 1, 24). Y si la presencia del resucitado en la vida del creyente es también una unión con Cristo crucificado, con mayor razón en la eucaristía se hace presente el mis- terio de la Pasión. De hecho san Pablo ense- ña que en la eucaristía "proclamamos la muer- te del Señor" (1 Cor 11, 26).

Podemos acercarnos "confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia", porque "no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debili- dades, ya que ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado" (Heb 4, 15-

soportó la Pasión, podemos pensar que es ca- paz de comprender nuestros dolores y angus- tias y compadecerse de nosotros cuando su- frimos. Además, también el cáliz habla de la Pasión del Señor. Recordemos que cuando Jesús se entregaba a la Pasión, oraba al Padre diciendo: "Padre, todo es posible para ti, apar- ta de mí este cáliz" (Mc 14, 36; 10, 38).

Pensemos que el Cristo resucitado está siempre presente en la Iglesia, pero nosotros no hemos alcanzado plenamente en nuestras vidas ese misterio de su vida nueva, no he- mos pasado del todo de la muerte a la vida. Y la eucaristía existe "para nosotros". Por eso, cuando participamos de la eucaristía, lo que nos sucede es que pasamos un poco más, con

Cristo, de la muerte a la vida. En esa presencia

única y suprema del misterio de la Pascua se derrama en nosotros esa vida de la gracia que llena el corazón rebosante del Resucitado. Así podemos alcanzar algo más de la vida divina que reina en el Resucitado y abandonar un poco

más la muerte que nos domina todavía.

Pero, por otra parte, si nuestra vida en la tierra es también, inevitablemente, una suce- sión de muertes (renuncias, finales, entregas, pérdidas, etapas que culminan), la eucaristía nos permite asociarnos de un modo especia-

lísimo al misterio del Cristo entregado, limi- tado, hecho sacrificio y ofrenda de amor en la cruz. Así, uniendo mis heridas a las suyas, y recordando que ése que recibo vivo en la eu- caristía es el que "me amó hasta entregarse a sí mismo por mí" (Gál 2, 20), le doy un sen- tido místico y ardiente a mis propias muer- tes. Por eso, de esas mismas muertes pueda bro- tar vida nueva.

5. La misa como celebración de la