Jesús en la última cena lo había pedido expresamente: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22, 19). Y después de la resurrección, los discípulos compartían la mesa con el resuci- tado (Hech 10,40-41).
De esta manera el mismo Señor resucita- do, que se hacía presente para partir el pan con sus discípulos, los fue acostumbrando a celebrar la eucaristía dominical, que era una tremenda novedad que los desbordaba.
Los tres evangelios sinópticos nos cuen- tan cómo Jesús nos dejó la eucaristía (Mc 14,
17-21; Mt 26, 20-29; Lc 22, 14-23).
Por otra parte, san Pablo explica claramen- te que la costumbre de celebrar la eucaristía se debe a un mandato recibido del Señor, que había pedido que se hiciera en memoria de él:
"Porque yo recibí del Señor lo que les he trans- mitido; que el Señor la noche en que fue entrega- do tomó pan, y después de dar gracias lo partió y dijo: 'Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía'. Y después de cenar tomó también la copa diciendo: 'Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía. Porque cada vez que comen este pan y beben esta copa, anun-
dan la muerte del Señor hasta que él vuelva"
(1 Cor 11, 23-25).
Pero además san Pablo muestra que se trataba de una verdadera presencia de Cristo. Por eso advierte que no se puede recibir el cuerpo de Cristo de cualquier manera, y que hay que examinarse a sí mismo antes de reci- birlo (11, 27-29), teniendo cuidado de no re- cibirlo indignamente. Esto muestra claramen- te que existía la convicción de que no se reci- bía simplemente un pedazo de pan, o un sím- bolo sin contenido, sino al mismo Cristo. Era un banquete, pero donde el alimento era Cris- to. De ahí que san Pablo indique que no es una comida como la que uno hace en su casa; hay que distinguir bien: "¿No tienen sus ca- sas para comer y beber?" (1 Cor 11, 22).
Por todo esto, sabemos que la eucaristía se celebra desde los comienzos del Cristianis- mo. De hecho, es interesante advertir que la eucaristía, tal como la celebramos ahora, exis- tía ya en el año 150. En esa época, san Justino escribió contándonos cómo era la celebración. Veamos su narración:
"El día del sol (el domingo) todos los que habitan en las ciudades o en el campo se reúnen en un mismo lugar.
Se leen allí los relatos de los Apóstoles o los escritos de los Profetas, tanto como el tiempo lo permita.
Cuando él lector ha terminado, toma la pala- bra el que preside y exhorta a vivir esas hermosas enseñanzas.
Inmediatamente después nos levantamos to- dos juntos y elevamos nuestras preces. A continua- ción, una vez terminada la oración, se trae pan, vino y agua.
El que preside recita oraciones y acciones de gracias. Y todo el Pueblo responde con la aclama- ción ¡Amén!
Entonces se distribuyen y se reparten las eucaristías a cada uno.
Y se envía a los diáconos para que se las lle- ven a los que están ausentes".11
Esto se escribió sólo cincuenta años des- pués que se terminó de escribir el Nuevo Tes- tamento. Vemos aquí que la estructura de la misa actual es básicamente la misma que en aquella época.
Para destacar que no era una comida cual- quiera, en la época de san Justino ya no se hacían otras comidas en esta reunión; sólo se llevaba pan, vino y agua. Y como sabían que
después de esa celebración ya no era un pan común, se acostumbraba llevar la eucaristía a los ausentes.
En otros Padres de la Iglesia de los prime- ros siglos vemos la misma actitud de sumo respeto y delicadeza ante la eucaristía, por- que estaban convencidos de que no era un pedazo de pan, sino Cristo mismo. La Didajé (siglo I) pedía que no se recibiera la eucaris- tía en pecado (cap. 14). Tertuliano (siglo II) cuenta que se ponía mucho cuidado para evi- tar que algo del cáliz o del pan cayera al sue- lo.12 Enseñaba también que por no tratarse de un alimento común la comunión no rom- pía el ayuno.13 San Cipriano (siglo III) pedía que no se admitiera rápidamente a comulgar a los que habían abandonado la fe, porque de ese modo podían "pecar contra el Señor con la mano y con la boca".14
Y porque era un banquete sagrado, san Justino nos cuenta que se acostumbraba pre- parar esta comida de la eucaristía con la lec- tura de las Sagradas Escrituras y con la oración. Seguramente incluía también una predicación. En Hech 20, 7 se cuenta: "El primer día de la 12 Tertuliano, De corona militum 3.
13 Tertuliano, De oratione 19. 14 S. Cipriano, De lapsis 16.
semana estábamos todos reunidos para la fracción del pan", y allí Pablo enseñaba.
Entonces, no nos quedan dudas de que Jesús quiere que celebremos la misa. Él mis- mo lo pidió: "Hagan esto" (Le 22, 19). Es la mejor oración de los cristianos. Por lo tanto, aunque a veces no tengamos ganas, o aunque nos guste más hacer otro tipo de oración, Je- sús nos llama a la misa y quiere bendecirnos especialmente en la misa.
Tengamos en cuenta que los cristianos de los primeros siglos eran perseguidos precisa- mente porque se reunían a celebrar la euca- ristía, y muchos murieron mártires porque no querían dejar de reunirse para la misa. En una carta del año 112, que envió Plinio el joven al emperador de Roma, cuenta que algunos cris- tianos habían abandonado la fe y que reco- nocían que "su mayor culpa o error" era ha- berse reunido con los demás para el culto. Las actas de los mártires de Abitinia, asesinados el año 304, cuentan que se les quitó la vida por- que se reunían a celebrar los misterios del Se- ñor, y ellos decían: "sin la celebración del Se- ñor no podemos estar", y "el cristiano no pue- de dejar de celebrar el día del Señor".
Los cristianos de hoy no podemos llevar una fe individualista y orar solos en nuestras
casas. La misma Biblia nos exhorta a "no aban- donar la asamblea" (Heb 10, 25).