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EGIPTO

Apuntes para su comprensión

De todas las civilizaciones fluviales, Egipto es la más conocida y, sin duda, la más famosa. Su historia se desarrolló a lo largo de al menos 3.000 años y se caracterizó por ser enormemente fiel a su propia tradición y por la grandiosidad de sus obras arquitectónicas.

Se constituyó en un gran imperio desde el año 3.100 a. de C., en que el faraón Menes unificó el territorio de los dos grandes reinos del Bajo y Alto Egipto, estableciendo la capital en Tinis y fundando la dinastía de los faraones (hasta treinta dinastías), pasando por el periodo de decadencia que comenzó con la desaparición del rey Ramsés III en el 1.166 a. de C., hasta que finalmente fue conquistado por el rey de Macedonia, Alejandro Magno, en el año 332 a. de C., un genial estratega y político que consiguió el mayor imperio de la antigüedad.

Egipto fue un gran imperio en el que gobernaron hasta treinta dinastías

Egipto entró en la Historia a finales del cuarto milenio a. de C. (de esa época datan las primeras muestras de escritura). De los periodos Paleolítico y Neolítico se conocen pocos datos, salvo que a mediados del quinto milenio a. de C. la fase neolítica estaba asentada y que la influencia del Oriente Próximo fue muy grande. Desde el punto de vista étnico, los antiguos habitantes de Egipto eran una mezcla de la raza mediterránea con elementos de raza negra procedentes del sur.

En cuanto a la formación de la civilización egipcia, poco se sabe, pues apareció muy rápidamente y sus principales fundamentos ya estaban definidos a finales del cuarto milenio a. de C.

Desde el punto de vista geográfico puede decirse que Egipto es el Nilo y, si a lo largo de su historia y su cultura hubo en el país ciertas diferencias entre dos zonas, ésas coinciden también con las dos zonas en las que el Nilo resulta distinto. Existió así un Bajo Egipto (al norte) que coincidió con la zona ocupada por el delta y un Alto Egipto (al sur) que se extendía a lo largo del río, hasta la segunda catarata.

Ambos países tuvieron sus propios símbolos: el papiro (que crece en el delta) y la corona roja (de forma más o menos cilíndrica) para el Bajo Egipto, cuya divinidad tutelar fue la cobra y la flor del loto. La corona blanca (de forma más o menos cónica) para el Alto Egipto, bajo la protección de la diosa simbolizada por el buitre hembra.

La historia del país del Nilo comenzó con la unificación de ambas zonas bajo un único poder simbolizado en la doble corona (roja y blanca) con la que se tocaron los faraones.

Economía y sociedad

La base económica del Egipto antiguo fue la agricultura. Las regulares crecidas del Nilo hacían de las

riberas unos auténticos vergeles con un alto nivel de productividad. A diferencia de las irregulares y violentas crecidas del Éufrates, capaces de arrasar tierras de cultivo y ciudades, el Nilo aumentaba cada año su caudal en las mismas fechas y de forma progresiva.

Las aguas cubrían las tierras de cultivo desde julio a septiembre en su curso medio, y de agosto a octubre en el curso bajo. En ese tiempo, justo después de la siega, el río depositaba suavemente sus aportes aluviales escasos en arena y sal, que actuaban como un extraordinario abono. Cuando las aguas se retiraban, la tierra, humedecida y fertilizada, quedaba dispuesta para la siembra. A medida que la población fue en aumento se comenzaron a poner en práctica sistemas de canalización que aumentaron las superficies de cultivo y permitían el riego entre crecida y crecida.

Estas circunstancias hicieron de Egipto un país limitado a una estrecha franja a ambos lados del Nilo, pero muy rico desde el punto de vista agrícola. Los principales cultivos eran el trigo, para la obtención de harina; la cebada, de la

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que se obtenía, además de alimento, una bebida parecida a la cerveza, y el lino, para la obtención de fibra textil (en Egipto no se usaron las fibras animales). Otros cultivos fueron la vid, los higos, las palmeras datileras, el olivo y algunas legumbres como la lenteja.

En cuanto a la ganadería, destacaron pocas especies, debido a que un país desértico no es apropiado para el ganado. Fueron importantes algunos bovinos, que se empleaban en el transporte y para la producción de carne y leche. Destacaron también algunas aves, como los patos, gracias a que el Nilo era un ambiente natural propicio para ellos.

En esta pintura de la tumba de Senutem, pueden apreciarse algunos detalles de la vida agrícola de Egipto,

como el tipo de apero utilizado en la labranza, o la especie animal

Las tareas del campo permitieron a los egipcios disponer de bastante tiempo libre que, en general, se dedicaba a la artesanía. Esta difusión de las tareas artesanales venía obligada por la propia fórmula de asentamiento. Egipto no fue un país de grandes ciudades, sino más bien una interminable aldea situada a lo largo de las orillas del Nilo, por lo que los mercados, propios de las urbes, apenas existieron; esto obligó a los campesinos a adoptar un sistema de relativa autarquía (autoabastecimiento) que se puso de manifiesto en la difusión del artesanado. Por todo ello y por el hecho de que todo lo que había en Egipto, incluida la tierra, era propiedad del faraón, cabría decir que la economía del país fue simple y giró siempre en torno al poder político y religioso, acomodándose a la estructura piramidal de la sociedad egipcia. El vértice de esa pirámide estaba ocupado por la figura del faraón, auténtico dios viviente, soberano y dueño de todo. Era legislador y juez supremo, jefe de los ejércitos y, como divinidad, máximo sacerdote.

Por debajo del faraón estaba el alto funcionariado y el alto clero, formando una auténtica aristocracia del poder; entre los altos funcionarios destacaron el visir o primer ministro (a veces había uno para el norte y otro para el sur) y los gobernadores de las distintas provincias (nomos); el alto clero tuvo un peso político variable, pero, en ocasiones, su poder llegó a inquietar a los faraones. En una posición menos privilegiada estuvieron los grandes

terratenientes, una especie de nobleza a la que el faraón había concedido tierras. Una escala similar era la ocupada por los escribas, que se encargaban de la administración de los bienes del faraón o de los templos. Por debajo estaba la gran masa de pequeños propietarios, artesanos y hombres libres que vivían de un sueldo y por último, los esclavos. En lo que se refiere al artesanado, debe señalarse que su condición dependía de su clientela, no era lo mismo ser un simple carpintero que el carpintero del faraón. A partir de la dinastía XVIII (hacia 1550 a. de C.) adquirió importancia la casta militar y la categoría de un alto jefe del ejército fue muy considerable, pudiéndose equiparar, en ocasiones, al alto funcionariado. Este ascenso de la clase militar se produjo coincidiendo con una época en la que Egipto estuvo bajo el peligro de invasiones exteriores.

MENTALIDAD Y PENSAMIENTO

La regularidad con que, anualmente, el Nilo le daba la vida a Egipto con sus crecidas, parece que conformó el carácter y el modo de pensar de las gentes de este país. Los egipcios fueron poco dados a introducir cambios en sus formas de vida, en su religión o en sus manifestaciones artísticas. Parece como si al comienzo de la época histórica hubiesen descubierto unas fórmulas de existencia y de comportamiento que, dándoles buenos resultados inicialmente, ya no quisieron cambiar.

Si algo se respetó en el antiguo Egipto, casi tanto como al faraón, fue la tradición; si algo había funcionado una vez, funcionaría ya siempre, como siempre el Nilo había de repetir su fórmula de crecida vivificadora año tras año. En realidad, todo en Egipto parecía tener una coherencia interna que hacía del sistema un conjunto sin fisuras y garantizador de un orden casi natural. El faraón era un dios, por lo tanto, todo le pertenecía y todo se debía a él. El Nilo también era considerado una divinidad. El bienestar dependía, pues, de estos dioses y justo era pagar por ello; así, los impuestos que se le debían entregar al faraón o a los santuarios eran el pago justo de una riqueza que, año tras año, los dioses enviaban (las crecidas del río). La construcción de templos o pirámides exigió otro tipo de entrega, la de la mano de obra, pero los dioses (los faraones) eran justos y sólo la demandaban cuando el río estaba fertilizando las tierras y las tareas agrícolas no eran posibles.

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Eso explica que, en tres mil años de historia, tan sólo hubiera un intento de reforma religiosa (la de Amenofis IV) y además sin éxito, que no se produjeran apenas guerras internas y que las únicas revueltas sociales se dieran cuando el equilibrio social establecido estuvo a punto de romperse. Para el habitante del fértil valle, ser egipcio era un orgullo, según se desprende del texto histórico-literario de la Historia de Sinuhé. Ese orgullo significaba una aceptación del estado de las cosas y, al tiempo, la existencia de una conciencia de colectividad que fue la que permitió la sorprendente unidad política y religiosa que se dio en el Egipto antiguo. En toda esa aceptación de una existencia sin cambios, la religión jugó un papel importantísimo.

Los egipcios fueron politeístas, aunque el conjunto de sus dioses estuvo presidido, desde época muy temprana, por Ra, el dios solar. Cada localidad tenía su propia divinidad; con una categoría superior estaban los dioses de cada nomo que, probablemente, procedían de las antiguas tribus anteriores a la unificación. Los dioses de los nomos solían estar representados por animales o plantas. A comienzos de la época histórica aparecieron los dioses cósmicos o creadores del universo. La primera cosmología teológica estuvo compuesta por nueve dioses, siendo Atûm-Ra, dios originario, y Osiris el más importante después de Atûm-Ra. Desde esta época, al dios principal se le añadía el nombre de Ra, con lo que quedaba asimilado al dios solar.

Genealogía de Osiris, en base a la cosmología teológica de Heliópolis (también conocidada como Gran Eneada)

El sistema teológico sufrió variaciones, pero éstas no supusieron la eliminación de los dioses anteriores. Así, cuando en Menfis se creó un nuevo sistema teológico a partir del dios Path, lo que se hizo fue considerar a éste como el corazón y la lengua de Atûm-Ra. De esa forma, todo lo que Atûm-Ra manifestaba lo hacía después de

haberlo reflexionado Path y a través de la lengua del propio Path, pero sin haber hecho desaparecer a Atûm-Ra, que en buena lógica era ya un dios innecesario. Esta contradicción y otras semejantes las aceptaban los egipcios en ese afán de mantener viva su más profunda tradición. En Egipto, las cosmologías teológicas no impedían que, cuando un faraón establecía una nueva capital (esto sucedía con frecuencia), se nombrase una nueva divinidad a la que habitualmente se le añadía el nombre de Ra, con lo que parecía que no se producía ruptura alguna.

Una de las creencias fundamentales de los egipcios fue la de una vida de ultratumba. Se trataba de una forma de vida tras la muerte, profundamente compleja en lo que se refiere a su consecución y muy simple en su concepción. Creían que esa vida era semejante a la terrenal, pero alcanzarla suponía un complejo proceso en el que intervenían varias formas "espirituales" difíciles de definir y con cualidades muy peculiares. Las dos formas o principios más importantes eran el Ba y el Ka. El Ba abandonaba el cuerpo tras la muerte, estaba representado por un pájaro y regresaba al cuerpo por las noches. El Ka eran el conjunto de cualidades o el carácter del individuo muerto; en cierto sentido, el Ka era la parte responsable de la inmortalidad y su morada, tras la muerte, era la tumba. En toda esta concepción resultaba fundamental que el cuerpo del fallecido permaneciera en buen estado para poder seguir vinculándose al Ba y al Ka. La gran dificultad que supuso la conservación de los cuerpos (cuya técnica tardó en desarrollarse) hizo que la representación del muerto en piedra o pintura fuese suficiente como sustituto del propio cuerpo. Los egipcios no se plantearon el cuándo de esa nueva vida, sino únicamente el cómo se conseguía. Una serie de textos recogidos en el "Libro de los muertos" se encargaba de dar consejos e instrucciones para después de la muerte y para afrontar dignamente el juicio de Osiris. Estos textos, con frecuencia, se incluían en las tumbas e incluso las hojas de papiro que los contenían se colocaban entre las vendas de las momias, para que el fallecido siempre tuviera a mano su sabiduría.

La idea de una vida de ultratumba fue determinante para muchos aspectos de la vida en el Egipto antiguo. En primer lugar, el convencimiento de que había otra vida debió ser un aliciente más para disfrutar felizmente de la existencia terrenal y para tener una mayor confianza en los dioses, que se traducía en un profundo respeto por los actos religiosos y por las obligaciones para con los templos. En segundo lugar, hizo que los egipcios se preocuparan por sus tumbas y, sobre todo, por las de los faraones.

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era como entrar en un caos, que sólo se restauraba tras su adecuado entierro y el nombramiento del nuevo faraón.

Con el tiempo se difundió la creencia de que todo hombre se transformaba en Osiris al morir, con lo que su proceso de alcanzar la vida de ultratumba se simplificaba. Para las clases menos pudientes había, no obstante, tipos de embalsamiento más sencillos y entre el pueblo llano la práctica más común fue la desecación del cadáver, enterrándolo durante cierto tiempo entre las calientes arenas del desierto.

El mito de Osiris

Osiris fue una de las divinidades más importantes de Egipto, porque en el mito de este dios se reflejan muchos de los aspectos de la vida y de las creencias del país del Nilo. Osiris tenía dos hermanos, Set e Isis. Con Set mantenía una cierta rivalidad y con Isis estaba casado (entre los dioses, el parentesco no era impedimento para el matrimonio). Osiris alcanzó pronto gran prestigio y Set, que se sintió celoso, encerró a Osiris en un cofre y lo arrojó al Nilo. Isis, enterada de lo sucedido a su esposo, corrió en su ayuda y logró rescatar el cofre y salvar a Osiris. La envidia de Set no cesaba y decidió descuartizar a su hermano en pequeños trocitos que esparció por todo Egipto. Isis, de nuevo quiso ayudar a Osiris, y tras recorrer una y otra vez todo el país, logró reunir todos los trozos y recomponer así la figura de su hermano y marido. Isis buscó la ayuda de Nepthis y de Anubis y con ellos logró devolver a la vida a Osiris. Reanudaba la vida matrimonial, Isis tuvo un hijo, Horus, que se encargaría de vengar a su padre frente a Set.

Éste es el mito de Osiris y un simple análisis del mismo deja ver hasta qué punto está enraizado en el mundo egipcio. En primer lugar, Osiris es vida, ya que es capaz de renacer. Encerrado vivo en un cofre fue arrojado al Nilo, es decir, al elemento natural capaz de hacer fértiles las riberas del río. Más tarde, Osiris es descuartizado y esparcido por todo Egipto, de ese modo, Osiris se transforma en semilla que muere para después renacer. Isis tarda en reunir los trozos tanto como tarda en germinar y dar su fruto, la semilla. Al tiempo, Isis necesitó reunir hasta el último pedazo de Osiris para que el milagro del renacimiento fuera posible; del mismo modo, el culto a los muertos y el sueño de una vida ultraterrena exigía la conservación del cuerpo para que el Ka lo habitara de nuevo en la resurrección. Osiris, por otro lado, es la divinidad que ejemplifica en su propia carne lo que el hombre egipcio desea para sí mismo, esto es, la idea de una nueva vida después de la muerte. Esta vinculación entre la leyenda del dios y los deseos de los hombres se reforzaba con la costumbre de representar a Osiris con figura de hombre, cosa que no se hacía con los demás dioses.

Por todo esto, no es de extrañar que Osiris alcanzara una gran importancia y que su fama perdurara hasta la época

romana, en la que se le siguió rindiendo culto. Fue considerado dios de la fertilidad vegetal, el que enseñó a los hombres la agricultura de regadío y, por último, fue considerado dios de los muertos al desplazar, en cierto modo, al dios Anubis. La personalidad del dios Osiris quedó reforzada por su papel de juez de los hombres tras su muerte. El complejo ceremonial del Juicio de Osiris tenía como misión aprobar el comportamiento de los hombres antes de permitirles disfrutar de una nueva vida. Su desarrollo, que apenas varió a lo largo del tiempo, era el siguiente: la diosa Maat (de negro, en el ángulo superior izquierdo) conducía al difunto ante Osiris (sentado), a quien le presentaba su corazón; los dioses Anubis y Horus pesaban el corazón, teniendo como contrapeso en la balanza la pluma de la verdad, mientras que el dios Thot anotaba el resultado; si el corazón del difunto no equilibraba la balanza, éste era entregado a un monstruo para que lo devorara. Los papiros del Libro de los Muertos tenían como misión hacer que el difunto lograra (con trucos, si era necesario) un pesaje favorable con el que se aseguraba la vida de ultratumba. Es evidente que todo esto hacía del Juicio de Osiris un auténtico formulismo sin entidad ni rigor, pero a los egipcios no les importó transformar una seria ceremonia en un trámite, en el que los dioses nada tenían que hacer. Una vez más, el espíritu práctico se imponía sin negar la tradición.

CIENCIA Y TÉCNICA

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que les costaba aceptar una contradicción con tal de que ésta diese solución a un problema. Esta mentalidad aceptó incluso un desajuste mucho más sorprendente, el que se produjo a consecuencia de no computar los años bisiestos. Esa pequeña diferencia hacía que muchas fiestas que, inicialmente coincidían con fenómenos naturales, terminasen teniendo como fecha de celebración un día muy lejano al del fenómeno. La solución fue muy sencilla, los egipcios se limitaron a duplicar la fiesta, estableciendo junto a las del calendario oficial ("fiestas de los tiempos"), las del calendario natural ("fiestas de los cielos"). No se contradecía así ni el ritmo estacional y biológico (crecidas del Nilo, recolección, etc) ni el calendario de los templos y los sacerdotes al que, por otras razones, se le debía respeto.

La medicina tuvo en Egipto cierta importancia debido, probablemente, al carácter práctico (poco especulativo) de esta ciencia. Las técnicas de momificación supusieron un mayor conocimiento del organismo humano que debió repercutir en las prácticas medicoquirúrgicas. No obstante, la fuente más importante que da noticia de los conocimientos médicos, son los llamados "papiros de medicina", que contienen una larga relación de enfermedades con sus correspondientes síntomas, la calificación de curable o incurable y, en los casos curables, un tratamiento a seguir (con frecuencia adecuado). Toda la práctica médica estuvo sujeta a ceremoniales mágicos, que debían acompañar a la terapia más o menos científica que se aplicaba al enfermo. Así como las ciencias matemáticas y astronómicas alcanzaron en Mesopotamia un mayor nivel que en Egipto, en medicina debe reconocerse que los egipcios lograron un conocimiento mucho más avanzado que los mesopotámicos.

El desarrollo de la escritura puede considerarse como un logro técnico, en tanto que se trata de una técnica de comunicación. La escritura egipcia nació y creció con un proceso similar al de la mesopotámica. Comenzó siendo pictográfica, de manera que a cada ser o cosa le correspondía un dibujo (jeroglífico); pero la limitación que este sistema supuso, hizo que pronto se transformara en silábica; así, para escribir el nombre de Ramsés, el primer signo que se utilizaba era el disco solar, ya que el dios Sol era llamado Ra. Los signos resultaban difíciles de realizar y pronto fueron sustituidos por formas más simplificadas en lo que se denominó escritura hierática, que con el tiempo se estilizaría aún más para dar lugar a la escritura demótica.

La escritura jeroglífica fue descifrada por el investigador Champollion, gracias a un triple texto encontrado por los soldados napoleónicos en 1799 en Rosetta (ciudad del Delta). La "piedra de Rosetta" contenía el mismo texto en escritura jeroglífica, demótica y en griego. Por comparación, Champollion logró conocer el significado de un buen número de signos a partir de los cuales se pudieron descifrar otros muchos textos jeroglíficos.

LAS CONCEPCIONES ARTÍSTICAS

La idea de una vida de ultratumba hizo que las manifestaciones artísticas, es decir, que las ideas de perfección y belleza, de ornamentación o de grandiosidad, se reservaran a todo aquello relacionado con la muerte o con los dioses. Eso explica que todo el arte egipcio quede prácticamente reducido a las tumbas y los templos. Esta idea no debe hacer pensar que el carácter egipcio estuvo dominado por la triste presencia de la muerte, ya que la muerte no debió aparecer como algo terrorífico, sino como el paso a una nueva y feliz vida que estaba concebida como algo muy similar a la vida terrenal. La estética del arte egipcio se halla dominada por las reglas que establecían los dogmas teocráticos a los que el arte tenía que servir. Su finalidad era estrictamente política y religiosa, por tanto es un arte que busca la eternidad y realza el carácter divino de los mandatarios mediante una serie de reglas fijas como son la supremacía de la frontalidad, el hieratismo, la perspectiva irreal y las grandes proporciones. Sólo en determinados momentos de la historia egipcia como en la época del florecimiento de Tell-El-Amarna, las reglas se flexibilizan, y el naturalismo aparece, humanizando las representaciones, y la mano del artista parece libre de dejar su propia impronta.

La arquitectura

Se manifestó, sobre todo, con dos tipos de construcciones religiosas: las tumbas y los templos. El material empleado fue, invariablemente, la piedra trabajada en sillares bien aparejados. Se trata de construcciones de cierto carácter monumental, con un desarrollo horizontal (salvo las pirámides) y de estructura arquitrabada o adintelada (la ausencia del arco es total). Como elementos de sustentación se utilizaron el pilar y, sobre todo, la columna con capiteles de motivo vegetal (flor de loto y planta de papiro) y fustes muy variados, entre los que destacan los decorados con relieves.

Las tumbas

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rectangular y cinco pisos o escalones formados por una sucesión decreciente de troncos de pirámide. Un tipo de pirámide más evolucionado fue la denominada romboidal que, siendo ya de arista, tenía una doble inclinación en cada una de sus cuatro caras. Durante la IV dinastía aparecieron ya las pirámides regulares que alcanzaron su máxima perfección en el conjunto de Gizeh, cerca de El Cairo, con las pirámides de los faraones Keops, Kefrén y Mikerinos. La mayor de ellas es la de Keops, "La Gran Pirámide", y sus dimensiones son de un colosalismo pocas veces superado por el hombre en todos los tiempos; su base cuadrada tiene 230 metros de lado y alcanza 146,5 metros de altura. La de Kefrén es ligeramente más pequeña, mientras que la de Mikerinos es de dimensiones mucho más reducidas. Durante el Imperio Medio se siguieron construyendo pirámides, pero ya nunca alcanzaron la grandiosidad de las de Gizeh.

Conjunto de pirámides de Gizeh: en primer término la pirámide de Mikerinos (con las tres pequeñas de las reinas); en el centro la de Kefrén; y al fondo la mayor de

todas ellas, la gran pirámide de Keops.

La disposición de las cámaras funerarias de las pirámides se solía hacer bajo tierra y en algunos casos dentro de la propia masa piramidal (la de Keops). El sellado de los pasadizos que conducían a dichas cámaras fue resuelto con dispositivos particularmente ingeniosos para evitar que la tumba fuera profanada y saqueada; pero a pesar de los esfuerzos y precauciones que los arquitectos tomaron en este sentido, la casi totalidad de las tumbas fueron abiertas ya en épocas antiguas.

Hipogeos

Estas tumbas eran enterramientos situados en los acantilados del valle del Nilo. En las pareces rocosas de las montañas se excavaban unos túneles más o menos profundos y en su interior se depositaba el sarcófago que contenía la momia del faraón. Los hipogeos comenzaron a realizarse durante el Imperio Medio, pero los más grandiosos pertenecen al Imperio Nuevo y se encuentran en el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas, cerca de Tebas. Allí se encontró la famosa tumba del faraón

Tutankhamon (XVIII dinastía). Este faraón no fue importante en la historia de Egipto, pero su tumba fue la única hallada sin profanar por los arqueólogos del siglo XX. Entre los hipogeos que merecen ser citados, están los de Ramsés VI y los de la reina Nefertari, que destacan por su decoración interior, ya que estas tumbas carecían de estructura exterior para evitar su localización y reducir así el riesgo de profanación. La fórmula de enterramiento en hipogeo se adoptó en Tebas, probablemente por no disponer de un terreno llano cerca del Nilo que pudiera ser la base de una pirámide. También fue determinante la situación económica del imperio faraónico y ciertos conflictos internos que no permitieron abordar las imponentes obras del Imperio Antiguo.

Los templos

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Muy cerca de Karnak hay un monumental templo de tipo hemiespeos, construido por la reina Hatchepsut, que consta de varias terrazas a las que se llega mediante unas rampas y que tiene el santuario excavado en la roca del acantilado al que está unido el templo.

Fachada del templo Espeos de Ramsés II

El modelo de templo espeos, es decir, totalmente excavado, tiene su culminación en el de Ramsés II (XIX dinastía) de Abu Simbel. Tiene una fachada de 33 metros de altura directamente tallada en la montaña, con cuatro gigantescas estatuas sedentes del faraón. En el interior de este espeos hay dos salas sostenidas por pilares y doce dependencias más, que culminan en una capilla central que contiene cuatro estatuas, una de ellas la del faraón.

Entre las manifestaciones artísticas de los egipcios, las artes figurativas ocupan un lugar importante por la fuerte tendencia a la decoración de este pueblo. Tal vez la monotonía del paisaje desértico quiso ser compensada con la abundante y rica decoración de la arquitectura o de muchos objetos y utensilios de la vida cotidiana. Sea como fuere, la pintura, el bajorrelieve y la escultura tuvieron un notable desarrollo en todas las épocas.

La pintura

Durante el Imperio Antiguo ya quedaron fijadas sus principales características: uso de colores planos (blanco, negro, ocre, rojizo, amarillo, azul y verde), dibujo de contornos y formas con líneas de color oscuro; ausencia de fondos, figuras sin tratamiento de perspectiva, que se sitúan sobre una línea de base, escasa composición, frecuente dinamismo; temática referente a aspectos de la vida cotidiana, representación de dioses o escenas de culto, tratamiento de la figura humana según la denominada ley de frontalidad. Esta última es la característica más definitoria de la pintura y el relieve egipcio. Se trata de un auténtico modelo representativo, según el cual las distintas partes del cuerpo humano son

consideradas desde puntos de vista diferentes (cabeza, piernas y brazos de perfil y tronco de frente). Este modelo representativo no respondió a una incapacidad de pintores y escultores, sino al deseo de transmitir una idea, en lugar de una imagen. Lo que los artistas pretendían era representar la figura humana tal y como se piensa o imagina, esto es, dando a cada parte del cuerpo la posición que mejor la define. Esta concepción estuvo fuertemente relacionada con las ideas religiosas. Según éstas, una representación del cuerpo humano podía actuar como sustituto, para el Ba y el Ka, del cuerpo real; por ello resultó evidente que la representación del cuerpo debía hacerse de modo que cada una de sus partes quedara lo más fielmente representada. Si cada parte estaba más definida, el conjunto habría de ser, por lógica, más definitorio también. La utilidad de este modelo de representación es lo que hizo olvidar que, en la realidad, nunca se ve a persona alguna en posición tan forzada e imposible. Una vez más el carácter eminentemente práctico de los egipcios se impuso a lo que otros podrían considerar realidad objetiva.

El relieve

Fue siempre bajorrelieve plano, con un realce de unos pocos centímetros, o hundido, lo que sobresale es el muro que hace de fondo. Sus características son muy similares a las de la pintura e incluso, con frecuencia, estuvieron pintados. Su momento de esplendor fue el Imperio Nuevo, debido a que las mejores muestras se encuentran decorando muros y columnas de los templos divinos clásicos. En su elaboración debió pesar la idea de que las figuras representadas en bajorrelieve eran más difícilmente destruibles que las pintadas. Debido a que los escultores que los realizaron tuvieron en cuenta el tipo de luz que incidiría en ellos, alcanzan una notable belleza plástica, realzada por el juego de las sombras que sobre ellos se producen.

La escultura

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Triada de Mikerinos Museo Arqueológico de El Cairo

Durante el Imperio Nuevo fueron frecuentes las esculturas de gran tamaño asociadas a los templos, destacando las de las fachadas de los templos espeos de Ramsés II y de Nefertari en el Valle de los Reyes de Abu Simbel. Destaca también la pequeña estatuaria, más naturalista, que formaba los ajuares funerarios (usebtis) generalmente en madera o arcilla.

La música

Esta manifestación artística debió ser importante en el valle del Nilo, puesto que hasta nosotros han llegado incluso los nombres de algunos músicos o de algunas cantantes de los templos.

Pintura mural en la necrópolis de Tebas

Parece claro que la relación musical de Egipto con el área mesopotámica supuso un importante trasvase de influencias.

Existió una música religiosa, de la que sólo se conocen algunos textos, pero no el tipo de ritmos o melodías que los acompañaban. En algunos ceremoniales, como los dedicados a Isis, las sacerdotisas cantaban interpretando a la diosa, mientras eran acompañadas por instrumentos como el sistro, los crótalos y los panderos. El sistro estaba compuesto de varias láminas metálicas colgadas de una horquilla, que, al chocar entre sí, producían un tintineo cuyo sonido era símbolo del poder divino. Los crótalos eran unos diminutos platillos que se enganchaban a los dedos para hacerlos chocar y producir el sonido.

Otros instrumentos fueron el arpa de caja (del tercer milenio), la flauta recta y el clarinete doble (dos tubos con lengüeta que sonaban al unísono); la lira y los tambores fueron traídos de Mesopotamia, así como el oboe doble, que desplazó al clarinete. En época del Imperio Nuevo se introdujeron las trompetas (que eran de oro y plata) y el laúd. Junto a la música religiosa existió una música profana de carácter cortesano, pero casi nada se sabe de ella. Por algunas referencias a textos literarios, parece ser que ciertas composiciones poéticas se recitaban con acompañamiento musical de instrumentos como el arpa. Este tipo de recitales no se limitó, según se desprende de la temática de los textos, al ámbito cortesano. También debió existir una música profana popular relacionada con las tareas agrícolas y muy adecuada al carácter despreocupado del pueblo egipcio.

Fuentes:

Referencias

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