P
ensamiento
crítico
,
constitucionalismo
crítico
Carlos de Cabo Martín
e d i t o r i a l t r o t t a
nalismo crítico». Rompiendo con supuestos básicos de la Teoría y el Derecho constitucional realiza no tan-to críticas concretas a la actual concepción y función jurídico-constitucionales sino que elabora un estatuto teórico distinto que puede servir de fundamento para un «alterconstitucionalismo».
La profundidad y extensión de la crisis económico-social ha introducido cambios tan radicales en la reali-dad que seguir operando bajo los mismos esquemas o es irrelevante o sencillamente ideológico. Adoptando un supuesto de beligerancia jurídico-constitucional, se trata entonces de tomar postura acerca de las posibili-dades que tiene el Derecho, y más en concreto el Dere-cho constitucional, de incidir en la realidad y de asumir un papel activo y transformador. Se parte para ello de un determinado análisis de la crítica que permite con-figurar un pensamiento crítico. Desde él se delimita el pensamiento crítico-jurídico para, finalmente, abordar el pensamiento crítico-jurídico constitucional.
carlos de cabo martín pensamiento crítico, constitucionalismo crítico
Doctor en Derecho por la Universidad de Salamanca. Ha sido catedrático de las universidades de Santiago de Compostela, Alicante, Alcalá de Henares y Compluten-se de Madrid. Es doctor honoris causa por la Universi-dad de Alicante y catedrático emérito de la UniversiUniversi-dad Complutense de Madrid.
Es autor, además de otros trabajos, de los siguientes libros: La República y el Estado liberal (1977); La
cri-sis del Estado social (1986); Teoría histórica del Estado y del Derecho constitucional (2 vols., 1988 y 1993); Contra el consenso. Estudios sobre el Estado constitu-cional y el constituconstitu-cionalismo del Estado social (1997); Teoría constitucional de la solidaridad (2006), y, en esta
misma Editorial, Sobre el concepto de ley (2001); La
Reforma constitucional en la perspectiva de las fuentes del Derecho (2003), y Dialéctica del sujeto, dialéctica de la Constitución (2010).
Pensamiento crítico,
constitucionalismo crítico
E D I T O R I A L T R O T T A
Pensamiento crítico, constitucionalismo crítico Carlos de Cabo Martín
© Editorial Trotta, S.A., 2014 Ferraz, 55. 28008 Madrid Teléfono: 91 543 03 61 Fax: 91 543 14 88 E-mail: [email protected] http://www.trotta.es © Carlos de Cabo Martín, 2014 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pú-blica o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45). ISBN: 978-84-9879-524-0 Depósito Legal: M-18812-2014 Impresión Anzos, S.L. Serie Derecho
ÍNDICE
I. TiemposderupTura: unapropuesTadecríTicaconsTiTucional .... 9
1. Exigencias de la realidad ... 9
2. Por exigencias de la teoría ... 11
II. pensamienTocríTico: cuesTionesrelevanTesparalapropuesTa ... 15
1. Sobre la crítica. La aportación Kant-Foucault ... 15
2. Ejemplificaciones históricas y complejidad del posmodernismo. El pensamiento crítico como pensamiento de la utopía y del con-flicto ... 20
III. elpensamienTocríTico-jurídico ... 35
1. Su imposible existencia en el Derecho precapitalista ... 35
2. El pensamiento crítico-jurídico en el capitalismo ... 42
2.1. Exclusiones: formalismo y garantismo ... 42
2.2. Inclusiones ... 46
2.2.1. Manifestaciones críticas sobre el origen del Derecho en el capitalismo ... 46
a) Teoría del discurso ... 46
b) Feminismo jurídico ... 47
c) Derecho de minorías ... 49
2.2.2. Manifestaciones críticas sobre la función del Derecho en el capitalismo ... 50
a) Teoría crítica del Derecho ... 50
b) Uso alternativo del Derecho ... 52
c) Estudios jurídicos críticos ... 53
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IV. pensamienTo críTicojurídico-consTiTucional: propuesTa deun
consTiTucionalismocríTico ... 57
1. Cuestiones previas ... 57
1.1. El lenguaje del conflicto ... 57
1.2. Objeciones (anticipadas) a la propuesta ... 59
2. Hipótesis de que se parte ... 62
3. Bases de la propuesta ... 69
3.1. Repolitización del Derecho constitucional ... 69
3.2. Lucha por las categorías ... 73
3.2.1. Criterios teóricos ... 73
3.2.2. Aplicación a núcleos categoriales ... 78
a) Teoría de la Constitución ... 78
b) Derechos ... 88
c) Democracia ... 91
3.3. Respuesta teórica y constitucional ante las nuevas realidades constituyentes ... 97
3.4. Proyección al espacio supraestatal: constitucionalizar «lo común» ... 112
TIEMPOS DE RUPTURA:
UNA PROPUESTA DE CRÍTICA CONSTITUCIONAL
Aunque en el estudio y análisis hay que ser cuidadoso con el subjetivismo de los estados de ánimo, no parece desmedido recordar, en este momen-to inicial de la reflexión que sigue, la expresión que aquel gran pesimis-ta —sin duda con causa— que fue Walter Benjamin tomaba de Bertolt Brech t y hacía suya: «Hay que partir de las cosas nuevas y malas».
Seguramente también de otras, pero en el momento actual y en re-lación con lo que aquí se pretende tanto «lo nuevo» como «lo malo» ac-túan como estímulos, como preguntas, que demandan respuestas. Es lo que se intenta hacer con el planteamiento de lo que aquí se llama «Cons-titucionalismo crítico». Porque la razón de ser de este constitucionalis-mo crítico puede encontrarse en esta doble constitucionalis-motivación: se trata tanto de exigencias de la realidad (donde se hace la reflexión sobre «lo nuevo») como de la teoría (donde cabe la reflexión sobre «lo malo»).
1. ExIgENCIAS DE LA REALIDAD
Es un problema permanente del conocer y, por eso, clásico en la teoría del conocimiento la separación siempre existente entre el sujeto y el ob-jeto del conocimiento. A la distancia entre uno y otro se une que el obje-to, la realidad, es siempre más complejo que los conceptos mejor elabo-rados. Pero el problema se acentúa cuando el conocimiento se refiere a un objeto que cambia, que es «histórico», como la realidad social. En este caso —y probablemente en todos porque toda realidad es, en una u otra forma, histórica— el problema se agudiza porque, necesariamen-te, los cambios de la realidad «van delante», suceden antes de ser cono-cidos, lo que equivale a aceptar que el equipo intelectual desde el que
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se trata de abordarlos está anticuado respecto del momento presente del conocer.
Pero es que, además, hay momentos en los que esa realidad experi-menta unos cambios tan rápidos y profundos que parece que la distancia entre sujeto que conoce y objeto que se trata de conocer se ha vuelto, de-finitivamente, insuperable. Es, precisamente ante esta situación, cuando en el pensamiento europeo se ha planteado la alternativa racionalismo-irracionalismo histórico1, según la naturaleza de la respuesta.
En la situación actual son reconocibles elementos básicos de un cua-dro de este tipo. La amplitud y profundidad de la crisis económica actual, con la conmoción general que ha provocado, no solo han producido el estallido de lo que se ha llamado la «burbuja económica», o, lo que es lo mismo, la «mentira económica», sino todas las demás «burbujas» anejas, todas las demás mentiras y, entre ellas, la jurídica y, específicamente, la constitucional.
En consecuencia y entre otros elementos reconocibles de aquella si-tuación de cambio radical, está el de que el equipo intelectual al que antes me refería ha quedado, definitivamente, anticuado; y de que con él solo se pueden captar «fantasmas», «virtualidades», o, como máximo, reflejos de un foco de luz ya extinguido. Se estaría en una especie de platonismo constitucional, en el sentido de que lo que se toma por realidad son solo las sombras que se perciben desde el interior de esa —supuesta— «caverna constitucional», con un discurso desfasado respecto de lo que en la reali-dad ocurre y, en consecuencia, de lo que está en juego2. Se observa así un
evidente «cansancio constitucional» en el sentido de agotamiento, de pro-porcionar siempre las mismas respuestas construidas con el mismo instru-mental técnico-mecánico, una especie de «fordismo constitucional», desde un enfoque dominante, trasunto del pensamiento único y que ha dado lu-gar a ese extraño fenómeno de su universalización, de su extensión a todos los ámbitos geográficos y culturales, que muestra una perfecta compatibi-lidad y convivencia con todos los problemas, sin resolver ninguno. Recor-dando a Lezama Lima3, se puede decir que —constitucionalmente— se
vi-ven «días egipcios», en el sentido de que «lo que está muerto se embalsama y los familiares siguen llevando comida y perfumes para seguir creyendo en una existencia petrificada. Pero conservar lo muerto, embalsamándo-lo y perfumándoembalsamándo-lo, es el primer obstácuembalsamándo-lo para la resurrección».
1. g. Lukács, El asalto a la razón, grijalbo, Barcelona, 1959, con la excelente tra-ducción de Wenceslao Roces.
2. A. gorz, Prólogo a Manifiesto Utopía, Icaria, Barcelona, 2010.
2. POR ExIgENCIAS DE LA TEORÍA
Existen en el actual estado de desarrollo de los análisis y estudios cons-titucionales numerosas y excelentes manifestaciones críticas sobre múlti-ples aspectos. De lo que se trataría ahora sería, y en absoluto como acti-tud o propuesta individual, de superar ese carácter concreto de la crítica e intentar dotarla de un estatuto teórico que sirviera de base, que diera consistencia y sistemática a esa crítica concreta con vistas a optimizar des-de la teoría su práctica específica, o, en otros términos, convertir la teoría en fundamento de la «estrategia», para posibilitar un «alterconstituciona-lismo» o mostrar —parafraseando esa propuesta bien conocida que in-tencionadamente se cita porque se trata de proyectos convergentes— que «otro constitucionalismo es posible».
Para ello se propone partir de estos dos supuestos previos:
1) El que puede llamarse —con alguna pretenciosidad—
ético-epis-temológico. Se trata no ya de hacer de la ética un principio de conducta
personal en el orden científico, sino un principio de «conducta científi-ca» en cuanto se parte de que el conocimiento científico solo adquiere pleno sentido si se vincula a proyectos emancipatorios, a objetivos o fi-nes de liberación colectivos. Se trata de una actitud que contradice tam-bién la práctica científica dominante en la actualidad en la que la ciencia —partiendo probablemente del supuesto implícito de la seguridad que le da una realidad «indiscutible»— cada vez más se descontextualiza, se descompromete, en el sentido anterior (aunque se vincule a otras lógi-cas, básicamente la económico-mercantil). De ahí el efecto espectacu-lar de su deriva: cuando más posibilidades científico-técnicas existen de liberación social más es su inmersión en procesos de mercantilización.
Por eso, este supuesto ético-epistemológico es el que incluye, entre las tareas que deben ocupar a las distintas fuerzas que se proponen con-figurar un mundo distinto, la necesidad de reestructurar el correspon-diente pensamiento alternativo.
2) El que puede llamarse supuesto de beligerancia
jurídico-constitu-cional. Se trata de una toma de postura sobre las posibilidades que tiene el
Derecho (y en concreto el Derecho constitucional) de incidir en la realidad, de tener una función activa, transformadora o coadyuvante en el cambio.
Es una vieja cuestión que tiene detrás un complejo debate teórico, pero la posición que aquí se tiene se deduce básicamente de estos dos niveles de análisis:
El primero es que, en general, la ciencia social y por tanto la jurídica (y, acentuadamente, la constitucional) no es una «ciencia contemplativa» o pasiva; quiere decirse que así como en las «ciencias naturales» la
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cación, el conocimiento obtenido, está y se mantiene fuera de esa reali-dad que permanece igual (y aun en este ámbito el «conocimiento cuán-tico» ha introducido una interesante aportación sobre el cambio que el propio conocimiento produce en la realidad, en ese caso en el mundo de las micropartículas), en las ciencias sociales el conocimiento, así como la manera de obtenerlo, no están «fuera» sino que forman parte de la realidad social y, por tanto, intervienen en ella4, con la singularidad de
que esa realidad, sus elementos e interrelaciones (y por tanto el Dere-cho) no son algo «dado» sino «producido», es decir, «histórico», que in-cluye como una de sus posibilidades constitutivas5 su transformación y,
en consecuencia, permite y —teniendo en cuenta el supuesto anterior— exige tomar una actitud teórica y práctica en el sentido de que se puede actuar esa potencialidad y hacer de la crítica teórica de las categorías ju-rídicas una crítica práctica de la realidad social. Se trata en definitiva de la diferencia —a la que se aludirá después— entre mecanicismo, razón mecánica y su campo, el de las ciencias naturales, y dialéctica o razón dialéctica y el suyo propio, el de las ciencias sociales6.
El segundo nivel de análisis es el que concierne a la especificidad que hay que añadir a ese planteamiento general en relación con la ca-racterística histórica del Derecho, es decir, no cabe una aproximación «esencialista» o absoluta al Derecho sino —como se deduce de lo ante-rior— relativizada a distintas formaciones sociales. Por tanto, la refe-rencia aquí son las formaciones sociales —de clases— del capitalismo actual. Y junto a esa específica historicidad del Derecho, hay que situar la propia del Derecho constitucional: la de vincularse más directamen-te a la contradicción básica de ese tipo de sociedades, a la que «media», expresa y en la que, por tanto, la intervención es también específica. La manifestación más clara ha sido el constitucionalismo del Estado social, expresivo y prototipo de esa contradicción resuelta en forma de pacto capital-trabajo como nuevo poder constituyente proyectado en el nue-vo contenido de la Constitución (también en la forma: nuenue-vo y
refor-4. Seguramente fue g. Lukács, en Historia y conciencia de clase (grijalbo, Barcelo-na, 1969), quien primero hace esta distinción entre ciencias naturales y ciencias sociales, frente a la posición anterior de Engels con su Dialéctica de la naturaleza.
5. J. M. Romero, H. Marcuse y los orígenes de la Teoría crítica, Plaza y Valdés, Ma-drid, 2010.
6. E. Tierno galván, Razón mecánica y razón dialéctica, Tecnos, Madrid, 1969. Aunque de forma muy limitada subrayé la importancia de esa opción metodológica y su vinculación ética en «Supuestos epistemológicos en la concepción constitucional del pro-fesor E. Tierno galván», en E. Tierno galván, Obras completas, tomo complementario, dir. A. Rovira, Madrid, 2012.
zado fundamento a la normatividad y supremacía constitucionales). Como consecuencia, aparece un Derecho en el que la «intervención» (propia del Estado social frente al abstencionismo del liberal) es «cons-titutiva», «vocacional», de un Derecho que tiene como finalidad «pro-mover» (es la función «promocional» de este Derecho, en la expresión del profesor Norberto Bobbio). Surge así un Derecho con una poten-cialidad nueva en la historia del Derecho, con unas competencias prác-ticamente ilimitadas (aunque la crisis del Estado social haya impedido ejercitarlas), lo que abre el interrogante de si un mecanismo destinado inicialmente a configurar la hegemonía puede actuar de manera con-trahegemónica. A partir de ahí y junto a las nuevas vías de legitimación, contiene también posibilidades de innovación, de cambio en el interior del Derecho, de nuevas categorías o reconstrucción de otras, incluidos aspectos derivados de la nueva creación del Derecho que procede de «abajo» en estas sociedades complejas, fragmentadas, con espacios ex-trasistema, con la consiguiente problemática de los ordenamientos com-plejos a partir de expresiones también nuevas de pluralismo jurídico y a lo que se hará al final referencia.
Por tanto, sin exagerar la virtualidad «liberadora» o activa del Dere-cho y con la conciencia de que, efectivamente, el impulso transformador es complejo y tiene otros ámbitos privilegiados, tampoco cabe desco-nocer las posibilidades interactivas de las actuales sociedades complejas (como han puesto de manifiesto las «ciencias de la complejidad») que acentúan la relevancia metodológica y en las que, si bien los cambios se originan fuera del Derecho, difícilmente pueden consolidarse al margen del Derecho, con la circunstancia añadida de que el Derecho en la actua-lidad es especialmente sensible a los cambios y los registra de múltiples formas tanto por acción como por omisión.
Para configurar la propuesta que aquí se intenta, se van a utilizar, en un proceso de aproximación sucesiva, materiales procedentes del pen-samiento crítico (filosófico o teórico), del penpen-samiento crítico-jurídico, para tratar de abordar, finalmente, un pensamiento crítico jurídico-cons-titucional. Este será, pues, el orden de la exposición.
PENSAMIENTO CRÍTICO:
CUESTIONES RELEVANTES PARA LA PROPUESTA
Como se deduce del epígrafe no se abordan aquí sino aquellos aspectos que resultan necesarios como punto de partida y apoyo para intentar construir la propuesta crítica de referencia.
1. SOBRE LA CRÍTICA. LA APORTACIóN KANT-FOUCAULT
Es un hecho bien conocido y generalmente aceptado —aunque con va-loraciones distintas— que una de las fases más creativas y decisivas de la historia europea es la Ilustración. El ascenso social de la burguesía a clase dominante en un nuevo modo de producción que se afianza se acompaña de toda una eclosión de innovaciones tanto en el orden cien-tífico natural (consolidándose el método abierto por los descubrimien-tos del siglo xvii) como en el social (es el siglo de la filosofía política) y en el estético-literario con la aparición de dos géneros nuevos: la no-vela (se considera el Robinson la primera en sentido moderno, con un contenido, además, muy «ilustrado») y el ensayo, que, tras la aporta-ción de Montaigne, se configura como el género literario adecuado a la divulgación, tarea también propiamente ilustrada y que, en el ámbi-to más próximo a lo que aquí se trata, tiene su ejemplo más alámbi-to en El
espíritu de las leyes; a la vez, supone el fin de un mundo anterior, de la
vieja clase dominante en el modo de producción que desaparece, con todas sus concepciones, de manera que se produce una verdadera rup-tura de la que se es plenamente consciente: se produce una «crisis de la conciencia europea», que, junto a la celebración de la nueva «luz» de la razón, condena la «oscuridad» anterior, abriendo un proceso para
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encontrar al culpable1. Es decir, se produce ya, inicialmente, un
plan-teamiento crítico general.
Por todo ello, nada tiene de extraño que se sitúe ahí, en la Ilustra-ción, el origen de prácticamente todo lo que se entiende que ha contribui-do a configurar el muncontribui-do moderno, o, si se acepta la tesis del discurso de la Modernidad (como camino hacia el «sujeto» desde el Renacimiento), su mismo comienzo. Y esta palabra, Modernidad, se considera especial-mente descriptiva del carácter de la Ilustración, no solo por su propuesta estético-cultural como se apuntaba (se cita a Baudelaire como su represen-tante más emblemático), sino en el sentido más profundo o identitario, en cuanto se considera como prueba de ese comienzo de la Modernidad el que es la primera época que se pone nombre, que se designa a sí misma, es decir, que tiene autoconciencia de su especificidad y diferenciación.
De ahí que tampoco pueda extrañar que la «crítica» y el mismo con-cepto de crítica se considere que también son un producto ilustrado. Y se justifica tanto desde el punto de vista práctico como desde el teórico.
En el orden práctico, se indica que precisamente la Ilustración se con-figuró sobre la base de la «crítica», en concreto, sobre la crítica del mundo anterior según antes se decía. Porque fue mediante la crítica —convertida en praxis— a todas las formas tradicionales del saber, así como a toda la realidad social, política y jurídica que la sustentaba, como la ascendente clase burguesa impuso sus intereses y se estableció como la instancia su-prema del «juicio» y desarrolló la autoconfianza necesaria para las luchas decisivas que estaban por venir2.
En el orden teórico se entiende que la crítica y la necesidad de la crítica aparecen cuando en el ámbito de que se trate se ha llegado al «lí-mite» (se entiende, de su desarrollo) de forma que se ha producido una «crisis epistemológica» (se vincula crítica y crisis) a partir de la cual la crí-tica se define y aparece como una «práccrí-tica de resistencia» frente a lo establecido (lo que se ha valorado como el «sello» de la Ilustración). Ello supone, de un lado, una producción de subjetividades individuales y co-lectivas específicas y, de otro —y debe subrayarse—, vincular la crítica a la «virtud» entendida como ética de la transformación social, que incluye como elemento básico la crítica a la legitimidad existente.
1. P. Hazard, La crisis de la conciencia europea, Pegaso, Madrid, 1952; El
pensa-miento europeo del siglo xviii, guadarrama, Madrid, 1958. Son una insuperable guía del
periodo; el segundo está recorrido por la idea de que el siglo xviii abre un proceso para
encontrar al culpable de que el hombre permaneciera en la oscuridad, y lo encuentra: fue el cristianismo.
Desde este punto de vista, se sitúa el origen y, a la vez, la base de la crítica en la reacción frente al poder de gobernar al hombre en nom-bre de una verdad revelada, frente a la cual, la crítica, para socavar esa legitimidad, puede actuar en estos tres ámbitos: en el de la propia reli-gión, oponiendo otros argumentos sacados también de la Biblia (razón por la cual se tiene a la Reforma protestante como el comienzo de esta actitud crítica en este ámbito concreto), en el del Derecho (por la vio-lación del Poder de principios jurídicos universales) y en el de la Cien-cia (discutiendo al Poder desde la base de los auténticos fundamentos de la verdad)3.
A estas consideraciones sobre la Ilustración, hay que añadir otra que resulta bien llamativa. Porque ciertamente, como se viene señalando, la Ilustración es, desde una perspectiva muy general, una etapa decisiva de la historia y cultura europeas; pero lo cierto es también que tuvo un desa-rrollo muy desigual en los distintos países y que fue en Francia donde al-canzó una extensión y profundidad inigualables (debido, como se indicaba antes, al singular protagonismo de la burguesía francesa). Sin embargo y aunque inicialmente podría pensarse que los elementos teórico y prácti-co definidores de la crítica desde supuestos ilustrados se han obtenido y elaborado a partir del caso francés, lo cierto es que para mostrar cuán-do, cómo y dónde aparece expresada y formulada esa crítica no se parte de la Ilustración francesa sino de las manifestaciones de una Ilustración incomparablemente menos desarrollada y sin duda de mucha menor fuer-za transformadora como es la alemana. Porque —como se decía con an-terioridad— la Ilustración se sustentaba socialmente en la clase burguesa y la importancia, función y situación sociopolítica de la burguesía france-sa tienen muy poco que ver con las de la alemana: la primera es domi-nante, impone sus intereses y concepción del mundo que se manifiestan políticamente en un Estado constitucional (división de poderes y recono-cimiento de derechos según el artículo 16 de la Declaración) y cultural-mente en una confianza en la fuerza expansiva de la razón a través de la divulgación del conocimiento (que está en la base de lo que será la «clari-dad esquemática» que se atribuye desde entonces a la cultura francesa así como de entender la educación como el vehículo adecuado de esa divul-gación y liberación social que conducirá a la republicana École publique). La burguesía alemana, por el contrario y a consecuencia del característico retraso económico y sociopolítico alemán que le hace llegar al siglo xix con estructuras feudales, tiene un escaso desarrollo, no es dominante y
3. M. Foucault, «Qué es la crítica», en Sobre la Ilustración, Tecnos, Madrid, 2003.
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debe convivir con un Estado absolutista dirigido y hegemonizado todavía por las viejas aristocracias. En estas circunstancias, la Ilustración alemana, correspondiente a esa burguesía minoritaria y sometida, es, también, mi-noritaria, de círculos reducidos, literalmente elitista y desarrolla, además, una característica propia de este tipo de «culturas de hibernación» (poten-ciada en este caso por una tradición intelectual que tiene su origen en la adaptación del casuístico Derecho romano original a la sociedad alema-na a través de las «construcciones lógicas» de la pandectística) como es el hermetismo, su acceso restringido a unos pocos iniciados poseedores de las claves lingüísticas y conceptuales de esos círculos minoritarios. Es el origen o al menos la consolidación de ese carácter «oscuro», difícilmente inteligible de la cultura alemana y también del pernicioso efecto de identi-ficar desde entonces —sobre todo en las zonas y fases de mayor influencia y prestigio de todo lo que fuera de procedencia alemana— oscuridad con profundidad y altura teórica.
Resulta, por ello, sorprendente que cuando se trata de establecer el origen de la crítica, de su concepto y contenido, atribuyéndole, además, una importante influencia y significado social por parte de la que se con-sidera «la mejor doctrina» en la materia, situándola en la época ilustrada y fruto natural de la Ilustración, se prescinda de toda la inmensa apor-tación francesa desde sus brillantes referentes de tanta importancia en la cultura europea (por ejemplo, la línea que representan Descartes-Spino-za) hasta los distintos y numerosos autores ilustrados de obra bien reco-nocida e incluso las manifestaciones más diversas de la sociedad france-sa que ofrecen la imagen de una expresión colectiva y, por el contrario, se atribuya de manera prácticamente exclusiva a la aportación de Kant, en este tema concreto (por otro lado bien distinta en su naturaleza y rele-vancia a sus grandes obras). Lo que se quiere significar en todo caso no es que se dé la importancia que merece esa aportación —que no es discuti-ble— sino que no se tengan en cuenta otras, cuando se reconoce, además, que fue la crítica —en aquel sentido amplio— la que produjo el cambio social. Porque la aportación de Kant es, ciertamente, una manifestación de la Ilustración, pero de la Ilustración alemana y reúne por tanto aque-llos caracteres de minoritaria y hermética con la consiguiente limitación de efectos, repercusión social e, incluso, equivocidad y fuente de diver-gencias (el enfrentamiento posterior Hegel-Savigny es una de sus mani-festaciones). Asimismo, parece un exceso atribuirle (como hace Foucault) el origen de lo que se entiende que son las dos grandes «tradiciones del pensamiento europeo»: la filosófica y la histórica; porque si bien en lo que se refiere a la primera —aunque siga siendo discutible la cuestión del «origen» en el sentido de que «con Kant empieza la filosofía»—, al
re-ferirse a la gran construcción kantiana en sus obras «críticas» (Crítica de la
razón pura, Crítica de la razón práctica, Crítica del juicio), su aportación
es definitiva respecto de las cuestiones que se han considerado las propias de la «tradición filosófica» (la que busca las respuestas «esenciales» a las preguntas —«qué es»— sobre las cuestiones centrales del hombre, que se ha designado también como «analítica de la verdad»), en lo que se refiere a la segunda, la histórica, sí parece excesiva esa atribución y notablemente desproporcionada respecto de la anterior al basar una manifestación tan central, compleja y desarrollada (antes y después de Kant) en la cultura europea, en el artículo, ciertamente original e importante, pero artículo periodístico al fin (aunque también de «densidad» poco periodística), en el que contestaba a la pregunta que de forma general había planteado el periódico (el Berlinische Monatsschrift, según costumbre del siglo xviii) sobre «¿qué es la Ilustración?» y su conocida respuesta de «la salida del hombre de la minoría de edad», así como su incitación moral a hacerlo. Lo que se cuestiona no es, debe repetirse, obviamente, la aportación de Kant, sino la «reconstrucción» que se hace de ella (por parte de Foucault, tam-bién en sí misma, de gran interés) y su conclusión. En lo que aquí interesa, se destaca en Kant el entendimiento de la historia como «acontecimiento»4
y «por tanto, imprevisible» (lo que apunta, además, a una cierta incom-prensión, irracionalidad, de la historia, muy poco «ilustrada»); como «ac-tualidad» y «diferencia», en el sentido de que es «lo distintivo» de ese momento, el «signo de los tiempos», el causante del progreso en esa fase histórica (aquí se alude a otro trabajo coyuntural de Kant: El conflicto de
facultades) que bajo formas distintas lo ha producido también en el pasado
y lo producirá en el futuro y que es también el causante de una «disposi-ción moral» (a la que Kant llama «revolu«disposi-ción») en quienes no han partici-pado directamente en los hechos que lo han producido pero han sentido sus efectos y que posibilita y hasta genera el derecho a una Constitución política que evite «la guerra agresiva»5. El planteamiento, por tanto, sigue
siendo filosófico, el de un filósofo en este caso de la historia y, en conse-cuencia, sigue perteneciendo a la tradición mencionada en primer lugar, a la tradición filosófica6.
4. J. de la Higuera, «Estudio preliminar» a Sobre la Ilustración, cit.
5. El peligro de la crítica «externa» es que termina siendo funcional y por tanto deja de ser tal (B. Buden, «Crítica sin crisis, crisis sin crítica», en Colectivo «Transform»,
Pro-ducción cultural y prácticas instituyentes, Traficantes de Sueños, Madrid, 2008).
Tampo-co aparece la producción de sujetos resistentes sino obedientes.
6. M. Foucault, «El sujeto y el poder», en H. L. Dreifus y P. Rabinows (eds.),
Mi-chel Foucault: más allá del estructuralismo y la hermenéutica, Nueva Visión, Buenos
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En todo caso, aunque la cuestión es relevante desde otras perspecti-vas, es relativamente marginal a lo que aquí se propone, que es —mucho más modestamente— mencionar o describir muy sintéticamente algunas de las manifestaciones concretas más destacadas de lo que puede con-siderarse pensamiento crítico. En este sentido, se añade a lo que hasta aquí se ha dicho lo siguiente:
— Si puede encontrarse alguna de esas manifestaciones antes de la Ilustración.
— Si han funcionado en la realidad como «oposición a elementos centrales de lo existente».
— Si en una u otra forma se pueden incluir en lo que, con algu-na ambigüedad, puede llamarse «racioalgu-nalismo» (aunque adopte formas distintas pues cabe admitir una «pluralidad de racionalidades»7)
confi-gurándose como oposición al irracionalismo (el profesor garcía Pelayo utiliza en este mismo sentido la expresión de «mito» y de «razón» para expresar esa contraposición).
2. EJEMPLIFICACIONES HISTóRICAS Y COMPLEJIDAD DEL POSMODERNISMO. EL PENSAMIENTO CRÍTICO COMO PENSAMIENTO DE LA UTOPÍA Y DEL CONFLICTO
A partir de aquí no se va a hacer ninguna «historia» sino únicamente (y seguro que es un resultado más bien pobre en relación con cierta «aparatosidad» en la que puede haberse incurrido en todo este plan-teamiento) mostrar algunas ejemplificaciones históricas de ese pensa-miento crítico que pueden considerarse significativas respecto del ob-jetivo final pretendido.
1) Puede empezarse esta «ejemplificación» señalando la situación que se produce en el mundo antiguo cuando tiene lugar el paso de las concepciones míticas al pensamiento lógico (racional).
En grecia —seguramente la más representativa—, el pensamiento lógico aporta básicamente dos formas (en relación con lo que antes se dijo, dos racionalidades).
Una es la ontológica, que sitúa al objeto del conocimiento en el «ser», que es, por naturaleza, uno e inmutable, pues, en cuanto no cabe
7. Es la expresión que utiliza Foucault, al que se ha considerado «antiilustrado» (Habermas) no solo por resaltar los efectos negativos de la razón ilustrada —en lo que le precede y supera en radicalidad Horkheimer, bien próximo culturalmente a Habermas— sino por practicar un dudoso racionalismo.
admitir el «no ser», no es posible el «movimiento del ser al no ser». Se aprecia todavía la proximidad de la concepción mítica, ya que trasla-da al ser, a lo natural, caracteres (uno, inmutable) de lo sobrenatural. Se relaciona también con la concepción griega de la historia en la que —como, según lo anterior, solo cabe el conocimiento de lo inmutable— hay que prescindir de lo que cambia y buscar solo lo que permanece; y en esta búsqueda se cree encontrar elementos «permanentes» en la his-toria, es decir, que en la historia se van repitiendo aspectos básicos. Y si la historia es «repetición» quiere decirse que es circular, cíclica (y en He-rodoto, además, con una ley interna de «compensación» de los ciclos, de manera que a grandes logros seguirán grandes desgracias de donde de-ducía que la conducta del hombre debía regirse por el «equilibrio» para no provocar, por la ambición, la catástrofe).
La otra forma que adopta en grecia el pensamiento lógico (racional) es la cosmológica, con un nivel de mayor desarrollo a partir de un nue-vo objeto del conocimiento: comprender y explicar el funcionamiento del cosmos, situando la base de este conocimiento —contrariamente a la anterior forma ontológica— en el movimiento: a partir de una materia única de la que todo procede, una dinámica interna, un movimiento ge-nerado por la oposición de contrarios —lo frío y lo caliente, lo seco y lo húmedo, lo sólido y lo líquido—, ha dado lugar a todo lo existente. La aportación es tan relevante que, con cierto nivel de abstracción, puede decirse que la ciencia posterior, en sus diferentes desarrollos, siempre ha tenido como objetivo descubrir el «movimiento», la dinámica interna, en los distintos ámbitos.
Si bien ambas formas se oponen entre sí, la oposición básica, la con-tradicción principal, es la que ambas generan —en cuanto «ideas nue-vas»— frente al viejo mundo mítico todavía vigente y estrechamente ligado a estructuras oligárquicas, de manera que no es solo un enfrenta-miento de ideas sino de intereses8, expresado a veces directamente
(Teog-nis y Píndaro vinculan directamente las creencias míticas, «virtuosas», a la propiedad9) y otras de manera indirecta y confusa como ocurre con el
mito de Prometeo que alberga, incluso, la contradicción mito-logos, en cuanto «los dioses» (el mito) castigan a Prometeo por trasladar «el fuego» (la «razón técnica») a los hombres.
8. B. Farringthon, Ciencia y política en el mundo antiguo, Ciencia Nueva, Ma-drid, 1968.
9. F. Rodríguez Adrados, Ilustración y política en la Grecia clásica, Alianza, Madrid, 1966, p. 42.
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Y estas dos formas de pensamiento lógico (la ontológica y la cos-mológica) se proyectan en una tercera que las alberga, la
antropológi-ca, referida al estudio del hombre en sociedad, a la polis (o «comuna
restaurada»). La primera, la ontológica o de la inmutabilidad del ser, se encuentra en la concepción platónica no solo por su propuesta para construir un orden social estable, permanente, sino por su ahistórico «mundo de las ideas». La segunda, la cosmológica, se manifiesta prefe-rentemente en Aristóteles, por situar el objeto de análisis para la com-prensión de la «política» en la dinámica social y entender, por tanto, que la realidad social, en cuanto cambiante, da lugar a múltiples diferencias que se reflejan en las distintas «constituciones» que recoge (hasta 150).
2) Aunque con algún reparo por la generalidad que supone, puede afirmarse que el feudalismo como modo de producción, y por consi-guiente, tanto por la estructura de sus formaciones sociales como por la ideología legitimadora y también conformadora (dado el específico pa-pel de la ideología en el precapitalismo), es un «ejemplo» históricamen-te negativo de pensamiento crítico en cuanto es su ausencia lo más ca-racterístico. Existen ciertamente divergencias significativas o elementos aislados10 pero, estrictamente, el pensamiento dominante es el
dogmáti-co, que, al fundarse en elementos al margen de la razón (se ha definido a la fe —desde este punto de vista— como una patología de la razón) y, aun en su manifestación más elaborada, la argumentatio, o disputatio, se somete a la formulación de partida o previa (dogma) sin poder tras-pasarla, pues su objetivo es, por el contrario, confirmarla, de manera que no solo no se progresa sino que, al final, se vuelve al principio. Por eso, aunque discrepante, lo que puede llamarse pensamiento herético es también dogmático y no tiene especial significación desde este punto de vista aunque históricamente sea significativo y muestre la vinculación material de la ideología y sus discrepancias y cuya manifestación más clara son, probablemente, las «guerras campesinas».
Por eso, el ejemplo siguiente de pensamiento crítico está represen-tado por la oposición a este pensamiento dogmático que supone el pos-terior desarrollo del racionalismo a través de sus dos formas básicas: el pensamiento científico y el pensamiento dialéctico.
10. Se puede citar a Abelardo o, más acentuadamente, lo que representan las herejías y el pensamiento herético, así como la corriente democrática medieval (Juan de Salisbury, Nicolás de Cusa, guillermo de Ockham, Marsilio de Padua) o, a medida que avanza la fase de transición, lo que supone el movimiento «monarcómaco», Spinoza, Maquiavelo, etcétera.
El pensamiento científico —como es bien conocido— es el que a través de la observación y la experimentación descubre y comprueba la existencia de legalidades necesarias, de fundamento inmanente y no trascendente, tanto en el interior del pensamiento (la matemática) como en el exterior (la naturaleza) y que explican su ser, su existencia y fun-cionamiento11. Y este sí parece el lugar adecuado para destacar la gran
11. El pensamiento científico no solo se ha comportado como «crítico» en esa fase histórica sino que tiene una potencialidad y vocación crítica permanente, tanto respecto del pensamiento dogmático (que también ha prolongado su existencia hasta la actualidad, aunque no sea con aquel carácter dominante) como respecto del propio paradigma cien-tífico dominante tantas veces convertido en apoyo a ideologías e intereses de sectores so-ciales poderosos. Solo como un ejemplo de esa vocación crítica respecto del pensamiento establecido, puede citarse lo que ocurre actualmente con el desarrollo científico cuántico, tan poco divulgado en sus aportaciones básicas cuando ya es una evidencia que ha termi-nado con buena parte de la problemática de la filosofía tradicional, en cuanto interrogantes y cuestiones básicas tienen ya una respuesta en ese ámbito de la ciencia, que, a su vez, ha removido supuestos centrales del pensamiento científico. Se puede por tanto afirmar (y lo que se dice a continuación, en lo que tiene de referencia «científica», es una divulgación simplificada con la que solamente se quieren subrayar los aspectos «críticos» que se indi-caban) que ese desarrollo científico cuántico implica una «crítica» en esos dos ámbitos: 1) En el «teórico» en cuanto ha supuesto romper con principios que parecían defi-nitivos e insuperables (los avalaba hasta el «sentido común» y la experiencia cotidiana) tales como los siguientes:
a) Las partículas cuánticas pueden existir, simultáneamente, en distintos lugares del
planeta.
b) Asimismo se establece un «entrelazamiento» entre ellas a través de espacios
leja-nos que produce, junto a su existencia «individual», su «inseparabilidad» (en una especie de globalización y relativa unidad planetaria que guarda alguna «lógica» con las concep-ciones «biológicas» de la tierra como «organismo»).
c) Igualmente se sostiene que las partículas cuánticas guardan una relación tan
espe-cial e intensa con el conocimiento u observación de ellas mismas que su propia existencia es dependiente de la información que suministran, pues, de un lado, las cambia y, de otro, puede entenderse que existen —o no— en función de la misma.
De todo lo cual, y además de las perplejidades que puede suscitar en el orden lógico general, no cabe duda de que resulta afectado un principio tan incontrovertible como ha sido hasta ahora el principio de contradicción, en el que tantos «saberes» —especialmente, de nuevo, los dogmáticos— se fundamentan.
2) En el orden material, en cuanto cambia el concepto de «producción», que ha signi-ficado, en todas las civilizaciones que han existido, la apropiación (y, por tanto, transforma-ción) de la naturaleza por el hombre. Porque ahora surge un significado distinto: no consiste en la apropiación y transformación sino en descubrir y tratar de imitar, de reproducir, cómo funciona la naturaleza (economía del conocimiento). Así ocurre en dos campos básicos:
a) En el de la computación, en cuanto a que los descubrimientos sobre cómo se
pro-duce el fenómeno natural de la fotosíntesis a través de procesos de computación suminis-tran las bases para una generación de computadores sustancialmente distintos y con posi-bilidades desconocidas en los actuales.
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aportación de Kant en la materia en cuanto desarrolla esos dos aspectos, pues, de un lado, el modelo de que se sirve para «reconstruir» la meta-física es la «matemática pura» —así la llama— que permite la formula-ción de principios o juicios exclusivamente a priori, y, de otro —como en el orden natural mostraron los grandes hallazgos científicos de los si-glos xvii y xviii—, establece una «legalidad» nueva para el conocimien-to. Todo lo cual lo hace a través de lo que él designa como «crítica», término que, además, enfatiza al utilizarlo de forma reiterada y del que se vale para expresar su posición (Crítica de la razón pura, Crítica de la
razón práctica, Crítica del juicio), lo que justifica que se llame
criticis-mo a este sistema que hace del propio conocimiento (del «conocer el conocimiento»), de la ética y de la estética, su nuevo objeto, de manera que esta crítica, el pensamiento crítico de Kant, afecta tanto al método como al objeto, lo que resulta necesario tener en cuenta a efectos de lo que seguirá después.
Debe indicarse, asimismo, que —antes de Kant— en la fase más avanzada de la transición del feudalismo al capitalismo (siglos xvi y xvii) se produce una notable ambigüedad en el interior de este tipo de pen-samiento, precisamente porque se separa el método del objeto (del con-tenido). Es lo que ocurre en el interior del iusnaturalismo (racionalista), la gran concepción dominante del periodo, donde no solo se encuentran grandes divergencias como sucede con la cuestión del «pacto» —supues-to básico de la Escuela—, sino que au—supues-tores que acentúan una base me—supues-to- meto-dológica racionalista «moderna», materialista, proponen un contenido político que se puede considerar no correspondiente, anticuado, «con-servador» (Hobbes). La cuestión desborda este ámbito de análisis que remite a la característica complejidad, confusión y contradicción de las
b) En el de la energía, en cuanto no se trata ya de apropiarse y transformar
materia-les (por ejemplo, el petróleo) sino de descubrir cómo se producen determinadas formas de energía en la naturaleza (de forma destacada la solar) para conseguir a través de esos procesos obtener la fusión (frente a la actual fisión) nuclear.
3) En el método científico (experimental) con una revalorización de las construccio-nes teóricas que ciertamente no están configuradas al margen de la experiencia pero que tampoco la «necesita», incluso en aspectos básicos, en virtud de los modelos de «realismo dependiente» en los que —a diferencia de los convencionales— la realidad y algunos com-ponentes de la realidad se «explican» y en cierto modo «existen» a partir de y cuando se «cuenta» con ellos en el modelo —es lo que Higs hizo y no necesitaba comprobación empí-rica a la manera tradicional— y es también lo que posibilita formulaciones como la que sostiene que existen múltiples, innumerables «universos» y que son, además, una «predic-ción científica». Finalmente, la rela«predic-ción con algunos supuestos metodológicos utilizables en las ciencias sociales no es difícil de establecer y puede añadirles un elemento de legitimación «científica» en cuanto se les ha considerado, peyorativamente, «excesivamente teóricos».
concepciones e ideologías de esas fases avanzadas de transición de uno a otro modo de producción, ya que las hace responder y hasta contener elementos de ambos.
La otra forma de racionalismo a que antes se aludía es el
pensamien-to dialéctico12. Aunque pensamiento dialéctico y pensamiento
científi-co son formas racionales, se científi-contraponen. El pensamiento científicientífi-co, en cuanto —como se decía— trata de descubrir las reglas, las leyes de cum-plimiento necesario de la realidad natural, apunta a un determinismo de los comportamientos, a un mecanicismo. Por el contrario, el pensamiento dialéctico, aunque también trate de descubrir y explicar el funcionamien-to de la realidad (social), el movimienfuncionamien-to de lo real, lo hace a través de la identificación de las contradicciones básicas que lo producen, pero de las cuales surgirá un resultado impredecible, no necesario y, por tanto, inclu-ye, frente al mecanicismo, la indeterminación, y, sobre la base de ambos aspectos (identificación de contradicciones e indeterminación) permite tomar actitudes e introducir elementos de influencia (se decía ya al princi-pio). Se opone, pues, a todo positivismo (instalado en el statu quo) y abre la posibilidad a la «negación» de lo existente y, por tanto, al pensamiento antisistema y, en consecuencia, al pensamiento utópico (entendido en la forma en la que se dirá más adelante).
3) Aunque presenta una gran complejidad que hace difícil acotarla y unificarla, la Teoría crítica (así denominada por sus cultivadores) debe figurar en una ejemplificación como la que aquí se hace.
De manera inicial y general, se define, negativamente, por su opo-sición al irracionalismo que sirve de sustrato ideológico a los fascis-mos (la realidad histórica es incomprensible y solo elementos extrarra-cionales como la voluntad, el poder o la fe permiten afirmarse ante ella y dominarla) contra los que se posiciona y cuyo embate sufre (sus representantes son violentamente perseguidos siendo el antes mencio-nado Walter Benjamin una de sus expresiones más dramáticas). Posi-tivamente, y también de manera general, se presenta como «crítica» al marxismo clásico; así se la considera desde el interior de la misma: se sitúa dentro del marxismo pero se configura como un «marxismo crítico»13. Esta crítica «desde dentro» del marxismo (a veces se
deno-mina «flexibilización» de este) pone el acento en que, en la nueva fase
12. Aunque seguramente es innecesario subrayarlo, presenta dos formas históricas: la «idealista» (Hegel) y la materialista (el materialismo dialéctico que incorpora el marxismo).
13. J. M. Romero, H. Marcuse y los orígenes de la Teoría crítica, Plaza y Valdés, Ma-drid, 2010.
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histórica, hay que revisar el análisis marxista de la etapa liberal sobre todo en el protagonismo que allí tenía la «crítica de la economía polí-tica» y abrir una reflexión sobre los efectos negativos de la razón ilus-trada por su potencialidad instrumental (Horkheimer) para poner en riesgo la libertad, lo que lleva a dar más relevancia a la crítica de los aspectos ideológicos, culturales y políticos.
No se trata —como en ninguna de las ejemplificaciones que se to-man en cuenta— ni siquiera de una exposición sintética, sino del sentido de su carácter crítico. En este caso, a la complejidad indicada, se añade su extensión, en el doble sentido de comprender amplios desarrollos tem-porales y espaciales (se distinguen varias «generaciones» en el desarrollo de la teoría con representación en ámbitos culturales y geográficos muy diferentes) y autores que se integran en ella con grados de intensidad y en formas muy diferentes.
Por eso, una caracterización como la que aquí se hace es seguramen-te tan simple como discutible. Pero, al menos desde la perspectiva que interesa, cabe indicar inicialmente —para salir al paso de alguna consi-deración que se le ha hecho debido a la postura «antirrazón» ilustrada de alguno de sus miembros— que se integra y mantiene en el raciona-lismo histórico, hasta el punto de que se considera un «denominador común» (y como no se pueden encontrar muchos adquiere una especial relevancia) entender que las patologías sociales producidas por el capi-talismo son resultado de un «déficit de racionalidad», y, en la misma lí-nea, el que la autorrealización individual (que se propugna) tenga que vincularse a la colectiva o cooperativa para conseguirse no es tanto una cuestión que tenga que ver con un enfoque o una base normativa, valo-rativa o ética, cuanto una cuestión de racionalidad14; y se añade que las
circunstancias sociales que generan y conforman esas patologías tienen la peculiaridad estructural de ocultarlas, lo que impide la reacción frente a ellas (la aparición de resistencias productoras de subjetividades, según se veía antes en la consideración general de la crítica); en virtud de las «posibilidades comunicativas o cognitivas» (en el lenguaje de Habermas) o, más genéricamente, de las distintas «prácticas sociales» —y se incor-poran algunos elementos del análisis de Freud—, esas patologías no se perciben con el sufrimiento que deberían provocar y que movilizarían a la razón como fuerza emancipadora. De todas formas, y como se indica-ba, hay notables diferencias desde los comienzos (Adorno, Horkheimer)
14. A. Honneth, «Una patología social de la razón. Acerca del legado intelectual de la Teoría crítica», en g. Leyva (ed.), La Teoría crítica y las tareas actuales de la crítica, Anthropos, Barcelona, 2006.
a sus desarrollos posteriores. En sus comienzos se entendía como obje-tivo de la «Teoría crítica», la «subversión social», a la vez que se tenía una concepción de las sociedades capitalistas, cerrada, hermética, en el sentido de que se entendía que ese carácter (capitalista) era, estructural-mente, su realidad, el origen de todo lo que ocurría en ellas y, por su-puesto, del tipo de dominación, por lo que no cabía análisis alguno que se «saliera» de ellas, que incorporara algún elemento externo a ellas; de ahí que se atacara duramente la apelación a cuestiones o ingredien-tes metafísicos (esta es la base del rechazo de Adorno a Kant que le lle-va a acusarle de abrir el camino que condujo a Auschwitz, a partir de lo cual la metafísica debía ser abolida para siempre y la poesía había dejado de ser legítima).
En los desarrollos posteriores se tiene una concepción más abierta de esas sociedades, se acepta la existencia en ellas de procesos sociales dis-tintos y elementos nuevos de análisis (como la aportación de Erich Fromn y su reinterpretación del psicoanálisis o la de Walter Benjamin y su rein-terpretación del arte, redimiéndolo de su estricta naturaleza burguesa) y, sobre todo, se observa un proceso de desmaterialización progresiva de los planteamientos y análisis que se hacen (está ya muy presente en Hannah Arendt y su consideración «autónoma» de la política y desde luego en Ha-bermas en el que ya predomina de manera destacada y central el concep-to de «sistema», recuperando, incluso, a Kant para introducir el elemenconcep-to normativo, moral, que se considera necesario y, sin embargo, ausente, en la anterior Teoría crítica).
Como valoración muy general y sintética (desde una perspectiva ex-clusivamente actual y por ello con falta de perspectiva histórica) se le atribuye, negativamente, su carácter estrictamente europeísta y eurocén-trico, así como sus notables déficits en materias básicas (en un plantea-miento tan ambicioso) como son el colonialismo y en general la proble-mática del Sur y de la periferia capitalista, así como su silencio sobre el feminismo15; positivamente, se tiene un general aprecio a su honradez,
audacia y riqueza intelectual, tan sugerente que se confía en encontrar en ella bases para un programa actual de pensamiento crítico, posición que proviene del «Sur», es decir, precisamente del ámbito sociocultural que se considera ignorado por ella y en el que ha surgido una importante ma-nifestación de pensamiento crítico16.
15. E. Dussel, «Desde la exclusión global y social. Algunos temas para el diálogo sobre la Teoría crítica», en g. Leyva (ed.), La Teoría crítica y las tareas actuales de la crítica, cit.
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4) El último supuesto que se contempla en esta enumeración ejem-plificativa y que comprende el momento actual representa una especial dificultad para el pensamiento crítico.
Ocurre en todas las sociedades y fases de escasa movilidad, sin pers-pectiva de transformación, lo que se traduce, ideológicamente, en un tipo de pensamiento justificador y sin cabida para propuestas discre-pantes, que, por otra parte, carecen —o así «parece»— de base real. Ese pensamiento es tan dominante que termina aproximándose al dog-mático.
En Europa, tras la Segunda guerra Mundial y a medida que se considera desaparecido todo peligro o riesgo para el «sistema», se de-sarrolla ese pensamiento justificador que, en su manifestación más ex-trema, tiene como hipótesis básica el «fin de la historia» y, en la más moderada, el «reformismo», que, en realidad, parte de supuestos ma-teriales muy próximos al anterior: en cuanto no hay alternativa glo-bal al sistema (por tanto, el fin de la historia) solo caben «mejoras», reformas parciales (desconociendo la lógica histórica según la cual el re-formismo solo tiene éxito cuando la revolución aparece como posibi-lidad). Sobre esta base material del reformismo, surge un pensamiento «posmoderno» que rompe con el pensamiento crítico global («fuerte») tradicional o clásico, correspondiente a la etapa histórica en la que se admitía la posibilidad de «alternativa» (ruptura, cambio total, revolu-ción) y se configura como parcial, fragmentario y el único epistemo-lógicamente válido (correspondiente a la única posibilidad del cam-bio parcial).
Esta última etapa es también la que se corresponde con la vigencia y crisis del Estado social al que se atribuye una importante cuota de res-ponsabilidad en esta situación. Se entiende que fue la estabilidad que aportó y la conflictividad que eliminó, lo que, en buena parte, contribu-yó a fijar la imagen inmutable del capitalismo en la historia. Y, además, determinó que la crítica, la protesta, abandonara el ámbito socioeconó-mico (asegurado, garantizado por el Estado social) y adquiriese un ca-rácter estrictamente «cultural», rompiéndose la vinculación entre uno y otro. La expresión más clara de ese hecho puede considerarse que fue el movimiento de Mayo del 68 protagonizado por los «hijos del Estado social», en cuanto —como se decía— asegurado su estatus socioeconó-mico familiar y personal y, por tanto, sin razones para criticar el modelo social en su aspecto material, lo hicieron solo en el «formal», en el cultu-ral, en el sentido de que lo que había que cambiar eran (exclusivamen-te) sus mecanismos para realizarlo (sus convenciones, sus tradiciones, en definitiva, sus formas autoritarias) sustituyéndolas por formas más libres
y creativas17. Esta ruptura entre la base material y la propuesta cultural
se extiende a las distintas formas artísticas en lo que se entiende como «el bienestar de la cultura de masas» (J. L. Pardo) a que conduce ese Es-tado del bienestar (expresión que se utiliza en lugar de la de EsEs-tado so-cial); se trata de una despreocupación o —más objetivamente— de una descontextualización respecto de toda problemática social que se ma-nifiesta desde las distintas expresiones «informales» como el «arte pop» (se ha señalado la ausencia en las letras de los Beatles de la menor «carga social» aunque sí la prueba —y esa sería la «ruptura» cultural— de que se podía hacer buena música fuera de los cánones clásicos; Warhol es, en pintura, el icono correspondiente) a la abstracción plástica o el for-malismo literario18. Inicialmente, la respuesta más generalizada fue de
rechazo y perplejidad, ya que estas nuevas expresiones culturales rom-pían la tradicional y supuesta equivalencia o, al menos, cierta corres-pondencia entre trabajo, esfuerzo, «mérito» y coste de los productos en el mercado y se entendía que «aquello» no era música (intencionado título del libro de J. L. Pardo) o no era pintura, en cuanto —así se en-tendía— no incorporaba esos ingredientes (en este sentido se ha afirma-do que se rompía la ley del valor, hecho que, por otra parte, sí se da en el Estado social, en cuanto los derechos sociales —en principio— no se corresponden, no «equivalen» a «méritos», «esfuerzos» personales sino que, objetivamente, se relacionan con situaciones y necesidades, aunque justamente una de las manifestaciones de la crisis del Estado social fue establecer esa correspondencia, al exigir cada vez más requisitos
perso-17. J. L. Pardo, Esto no es música, galaxia-gutenberg, Barcelona, 2007.
18. Es significativo lo ocurrido en España en la literatura. En pleno franquismo surge una corriente literaria «formalista», de origen y vocación claramente elitista (desde El
Ja-rama de Sánchez Ferlosio a Volverás a Región de Juan Benet), descontextualizada,
configu-rada desde la fuga de la realidad (y sin necesidad del «respaldo» del Estado social, inexisten-te), y —sin negar su carácter renovador y de aportación desde otras perspectivas—, desde ese elitismo, a la vez que desde su «comodidad» en la Dictadura, hacen objeto de crítica distante y satírica a la corriente de literatura realista (en cuanto comprometida y de denun-cia de la Dictadura, y por tanto, arriesgada y reprimida) a la que despectivamente designan como «literatura de la berza» (La mina de López Salinas; La Piqueta de A. Ferres; Central
eléctrica de López Pacheco). Sin embargo, autores distintos, como Martín Santos (Tiempo de silencio) o Martínez Menchén (Cinco variaciones), mostraron que se podía hacer con
gran dignidad una «estética» crítica. M. Delibes es, en este orden de ideas, representativo en cuanto expresión de las ambivalencias y tensiones del periodo: en la simplificación que aquí se hace, es, inicialmente, «realista» (especialmente en obras como Las ratas) aunque no «militante» ni comprometido en la línea de los anteriores, y obtiene desde el principio un notable reconocimiento; sin embargo trata en cierto momento (Cinco horas con Mario) de incorporarse a aquel «modernismo» formalista que, por otro lado, lo considera simple-mente como un «costumbrista castellano».
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nales para tener esos derechos). El rechazo no duró demasiado y el mer-cado mostró de nuevo su capacidad para transformarlos en mercancías y hasta condicionar su producción. En los casos de la música y la pintura, el proceso fue más claro, pero también se produjo en la literatura (en sentido amplio cabría decir) si bien más sofisticado al intervenir, además del mercado, la Academia (y ambos interrelacionados como receptor y condicionante). El hecho está detrás de conocidos boom literarios sufi-cientemente analizados19.
Estos movimientos (empezando por Mayo del 68) sirvieron para su-ministrar elementos de coartada ideológica cuando llegó la crisis del Es-tado social: había que «devolver al individuo su libertad y dignidad», ha-ciéndole responsable de su suerte sin ser «dependiente» del Estado; por otra parte, el Estado solo debía responder de la asistencia al menestero-so, «privatizándolo», en el sentido de que el Estado se comportara como el individuo en su ámbito privado: practicando la virtud de la caridad. La actual crisis ha añadido los elementos bien conocidos de la «insoste-nibilidad del Estado social», así como la inevitabilidad e indiscutibilidad de la respuesta a esta, sobre lo que se volverá más ampliamente.
Por todo ello y limitando las referencias al momento actual, el pensa-miento crítico se ha desenvuelto en difíciles circunstancias tanto para su aparición como para su difusión. De todas formas, la problemática que plantea el que hoy aparece como pensamiento crítico (el que representan autores como los que aquí se utilizan y citan en el lugar correspondiente) es la de descubrir dónde puede estar y cómo se puede contribuir a con-figurar una alternativa. Con las dificultades que tiene abstraer algún ele-mento común a propuestas diferentes, cabe indicar lo siguiente:
1) Se aprecia un cambio metodológico, porque, aunque en todos se trata de buscar el análisis y descubrir el sentido del «movimiento de lo real» (un objetivo del pensamiento crítico clásico de procedencia mar-xista), se advierte un cambio importante en el entendimiento de la dia-léctica que reviste dos formas distintas: una es la que —separándose del marxismo clásico en el que se percibe todavía una clara influencia hegeliana— considera que ese movimiento de lo real no tiene por qué
19. Este proceso lo descubre y denuncia lúcidamente D. Tabarosky en Literatura de
izquierdas, Periferia, Cáceres, 2010. Critica fundamentalmente a buena parte de la literatura
que se presenta como comprometida aunque su propuesta sobre qué «es» el espacio «autén-ticamente literario» —si bien tiene un punto de partida aceptable y que puede extenderse a otros ámbitos (incluido el del «constitucionalismo crítico»: ni Academia ni mercado)— se resuelve finalmente en un ensimismamiento y en una autorreferencia que plantea dudas so-bre el significado real que se pretende con una «pureza radical» («ser de izquierdas»).
conducir a una «síntesis integradora», sino que por el contrario puede incluir no solo elementos no integrables en el sistema sino desestructu-rantes; la otra es la superación «binaria» de la dialéctica al fragmentarse la contradicción y aparecer, por consiguiente, la multipolaridad.
2) El objetivo básico es identificar y contribuir a configurar el «su-jeto histórico» (por utilizar también el término clásico pero sin el sen-tido unitario que él conllevaba) que pueda incorporar y llevar adelante una alternativa al sistema. En este sentido se coincide en la pérdida de protagonismo único del proletariado como elemento real y de la cla-se como categoría, apuntándocla-se a una «fragmentación» de lo que antes aparecía como «sujeto unitario». Se difiere no obstante en su composi-ción, distinguiéndose:
— La posición que (desarrollada sobre todo por Negri y Hardt) pro-pone el concepto de «multitud» para indicar el «conjunto de singulari-dades subjetivas», de componentes sociales muy diversos que, en la in-tercomunicación y cooperación (a través de las nuevas posibilidades de trabajo inmaterial, redes sociales, etc.), configuran un espacio nuevo, el de «lo común», que es ya en sí mismo y en su configuración participada (nueva forma de democracia) un espacio «comunista».
— La posición que entiende la situación actual como atravesada por múltiples movimientos que —sin hacer una oposición frontal— abren fisuras y grietas en el sistema capitalista, creando ámbitos extrasistema (desde distintas perspectivas: De Santos o Haloway).
— La que parte de la existencia de una especie de «sujeto variable», en cuanto considera como tal una entidad social a la que designa como «pueblo» (es lo que se conoce como concepción «populista» de Laclau) pero que a diferencia del concepto tradicional de pueblo no tiene una existencia consolidada y única, sino que se configura de forma distinta en torno a demandas cambiantes y coyunturales.
Este pensamiento crítico actual supone también el fin del protago-nismo del pensamiento crítico europeo, del Norte, e incluye en muy importante medida el pensamiento crítico del Sur, con lo que impli-ca de recuperación de planteamientos epistemológicos víctimas hasta ahora del «epistemicidio» (Boaventura de Sousa) del Norte, otra de las formas de dominación, tales como los que aportan los estudios «pos- o decoloniales».
A partir de los «ejemplos» de pensamiento crítico que se han ex-puesto y aunque cabría deducir conclusiones más complejas, interesa aquí destacar y retener la de que, en una u otra forma, y dependiendo de perspectivas y ámbitos históricos distintos, el pensamiento crítico se
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relaciona intensa y directamente con el «conflicto» que en ellos aparece como básico o principal. Expresado sintéticamente se considerará, pues, en adelante, al pensamiento crítico como «el pensamiento del conflic-to». De ahí que aparezca y se desarrolle cuando se percibe la posibilidad de una existencia distinta en el orden real y la de expresarla en el orden intelectual. Por eso es también el pensamiento de la contradicción en distintas variantes y, por tanto, dinámico y, en este sentido, histórico.
Sobre la base de todo ello, incluye como ingrediente fundamental un elemento utópico, sobre lo que hay que hacer alguna precisión; porque al pensamiento utópico se le ha rechazado (además de por la vulgariza-ción de utopía como sueño o realidad inalcanzable) desde el marxismo clásico al oponer pensamiento utópico a científico y por tanto vincular utopismo a irracionalismo y, desde posiciones actuales (Richard gunn), al entender que este pensamiento utópico y sus propuestas se situaban «en el espacio», en el sentido de propuestas estáticas, de meta, de fina-lidad, de «tierra prometida», y que, en cierta forma, también incluía (como se contiene en otras propuestas de la concepción de la historia anteriores a la actual antes denunciada y de la que es un claro ejemplo la hegeliana20), el «fin de la historia», por lo que se propone que a este
pensamiento utópico se oponga un «pensamiento apocalíptico» en el sentido de que se sitúe «en el tiempo», en un tiempo «apropiado», no ya como duración sino como ruptura, como impulso sucesivo y nuevo, no «en el que se está» sino «con el que se hace».
En lo que se refiere al primer rechazo, no hay mucho que decir por-que se trata de un objeto distinto como es el por-que comprende desde las utopías históricas (clásicas y renacentistas) a las que, en cuanto tienen una matriz intelectual semejante, representó el que llamó —precisamen-te— «socialismo utópico».
Respecto del segundo rechazo, hay que señalar que lo que se toma y describe como pensamiento utópico (espacial, estático) no es tal. En su formulación más moderna (de Mannheim a Bloch) el pensamiento utópico no es una construcción de llegada, de término, sino que, inte-grándose en el racionalismo histórico, expresa una potencialidad del presente que puede activarse, ya que «lo real está siempre en proceso» (Bloch); es decir, una vía fuera del presente o contra él, racionalmente transitable, posible, a partir de la situación actual. Asimismo, ese racio-nalismo histórico en el que se incluye el pensamiento utópico no
admi-20. P. Anderson, Los fines de la historia, Anagrama, Barcelona, 1996. El fin de la his-toria (su perfección última) tiene lugar con la aparición de desarrollos propios del Estado (alemán), en la concepción de Hegel.
te un elemento «revelador», «profético», futurible o imaginario que se asocia al «pensamiento apocalíptico» que se propone.
En la fase actual del capitalismo, la configuración de un pensamien-to crítico como pensamienpensamien-to del conflicpensamien-to en las sociedades o formacio-nes sociales correspondientes tiene una especial dificultad derivada de la característica opacidad del funcionamiento capitalista. Porque a dife-rencia de los modos de producción anteriores que «vivían» —se susten-taban ideológicamente— de la transparencia, de la claridad y rotundi-dad justificadora e irresistible en la exposición de sus fundamentos (se explica y justifica la diferencia libre-esclavo en un caso o el orden esta-mental en otro), el capitalismo es «fotofóbico», «vive» en y de la oscuri-dad de sus bases y funcionamiento que alcanza ahora su máxima sofis-ticación. En este sentido se puede decir que expulsa al hombre (como sujeto) de la historia, en cuanto le oculta su situación real así como sus posibilidades y capacidad de actuar sobre ella y, por tanto, de cambiarla. Se produce así un «extrañamiento» de lo humano reducido a funciona-lidad sistémica, una configuración —desde esa perspectiva— cosificada y no humana de las relaciones (sociales) entre los hombres, por lo que puede concluirse que el capitalismo supone un bloqueo histórico de la razón. Por consiguiente, el pensamiento crítico tiene —según lo que se indicaba antes al hablar del supuesto ético-epistemológico— como ob-jetivo moral y racional contribuir al desbloqueo histórico de la razón, a posibilitar el despliegue de sus posibilidades cognitivas y comunicativas que destruya las falsas conciencias y percepciones del mundo y permita liberar y actuar a las fuerzas sociales que en cada momento y lugar pue-dan encarnar el «sujeto histórico». Porque, en último término, el pensa-miento crítico puede considerarse como el esclarecipensa-miento y autocon-ciencia de los conflictos, luchas y esperanzas de una sociedad así como de la forma de intervenir en ellos.
De todo lo dicho cabe concluir que el pensamiento crítico se carac-teriza por estas tres notas:
1.ª Es el pensamiento del conflicto, en cuanto lo expresa e intervie-ne en él tomando partido.
2.ª Es un pensamiento «racional», con una característica muy espe-cífica: producir la liberación, el desbloqueo, de la razón posibilitando el despliegue de sus capacidades comunicativa y cognitiva, introduciendo al hombre en la historia (hacer de la historia una «historia con sujeto») con la posibilidad de adueñarse de ella.
3.ª Según lo anterior, es el pensamiento de lo real, destruye las fal-sas conciencias, las opacidades e ideologías y se constituye en autocon-ciencia de una sociedad, de sus luchas y de sus esperanzas.