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Lutereau y Boxaca - Introduccion a La Clinica Psicoanalitica

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Academic year: 2021

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Lucas Boxaca

Luciano Lutereau

INTRODUCCIÓN

ALA

CLÍNICA PSICOANALÍTICA

Asociación libre

|

Interpretación

(2)

Introducción a la clínica psicoanalítica : Asociación libre, Interpretación, Transferencia, Síntoma, Duelo

- 1" ed. - Buenos Aires : Letra Viva, 2013, 99 p . ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-950-649-420-0 1. Psicoanálisis. I. Título CDD 150.195

© 2013, Letra Viva, Librería y Editorial

Av. Coronel Díaz 1837, (1425) C. A. de Buenos Aíres, Argentina

e-m a i l:[email protected] / WEB p a g e ; www.imagoagenda.com Dirección editorial: Le a n d r o Sa l g a d o

Primera edición: marzo de 2013 Impreso en Argentina - Printed in Argentina Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723

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índice

Prólogo, Gabriel L o m b a r d i...7

In tro d u c c ió n . ¿Q ué es la clín ica p s ic o a n a lític a ? ... 11

La reg la fu n d a m e n ta l y el decir a n a l i z a n t e ... 21

El comienzo de u n tratam iento a n a lític o ... 23

Condiciones de la regla f u n d a m e n t a l ...27

Asociación libre, síntom a y tra n sfe re n c ia ... 30

La in te rp re ta c ió n : “e n tre " cita y e n i g m a ... 37

Dos condiciones de la in t e r p r e ta c ió n ...39

El caso Juana ... 42

El sujeto de la in terpretación...44

Interpretación y acting o u t...47

T ran sferen c ia y re s to s tra n s fe re n c ia le s ... 51

La concepción freudiana: transferencia y resistencia...53

La elaboración lacaniana: de la relación dual a un elemento t e r c e r o ... 56

Restos tra n sfe re n c ia le s... ...60

Los usos del s í n t o m a ...67

De la ego-sintonía a la extra-territo rialid ad ...69

Del síntoma analizable al síntoma an alítico ...73

¿Del síntom a analítico al síntoma a n a liz a d o ? ... 80

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El acto del duelo, el duelo com o a c t o ... 85

Teoría del d u e lo ... 87

Del duelo al a c t o ...90

El acto del duelo... 92

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Prólogo

Una de las virtudes de esta introducción a la clínica psicoanalítica es su fuerza performativa. No describe la clínica psicoanalítica desde el exilio universitario, sino que la despliega en el ejercicio mismo de su explica­ ción. Tensa lo que se dice hasta hacerlo decir. Habla de una práctica al mismo tiempo que la practica. No objetiva ai ser hablante, le hace lugar, y con él, el clínico se hace lugar.

Sus autores, todavía jóvenes pero ya experimentados, no se tientan con el cognitivismo involuntario de los que ya saben, ese saber que retira al sujeto para volverlo objeto de conocimiento. Ensayan la enseñanza de Freud en sus textos, la de Lacan en su seminario, y lo hacen desde una posición de analizante que les permite saber no saber, preguntar, volver a los maestros para revisar lo que han dicho, y actualizarlo. La clínica psicoanalítica era para Lacan interrogar todo lo que Freud ha dicho, e interrogar al analista, ponerlo en el banquillo, incitarlo a que dé sus razones, que confiese sus interpretaciones, sus maniobras, el juicio íntimo que se reserva en el ejercicio de su acto, y que registre de algún modo la respuesta del analizante á su intervención, que extraiga algunas conse­ cuencias dichas o lógicas que den razón u orientación a su práctica.

Es el espíritu que encontram os en esta introducción que proponen Lucas Boxaca y Luciano Lutereau. Su lectura es útil, es placentera, y justo cuando por ser placentera podría resultar aburrida, sorprende. Encontré en ella la sorpresa trivial del recuerdo, que perm ite revivir parcialmente algo ya sabido, pero tam bién la sorpresa de esa verdadera novedad que es la repetición, el reencuentro de algo ya experimentado, pero no todavía articulado ni analíticam ente disuelto.

La aprehensión propiam ente clínica de los autores se apoya en el arte de las distinciones, que aplican a los conceptos, a los procedimientos, a la

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lectura, a la elaboración del caso clínico. Lo que se dice en u n análisis es interrogado discerniendo lo dicho del acto de decirlo. La pregunta quién dice les permite distinguir las diferentes posiciones y responsabilidades que tom an analizante y analista en cada m om ento de la cura. El texto hace presente la regla fundam ental destacando lo que ella implica de actividad del analista, pero sin dejar al analizante como mero paciente, en la mera obediencia irresponsable de una regla impuesta por otro.

Es incitante la posición de enunciación de los autores en el sostén de algunas tesis controversiales que perm iten dar vida, en cada uno de los capítulos, a las paradojas que impone la clínica.

En uno de ellos explican que la regla fundamental del psicoanálisis promueve la asociación libre para detectarlas determinaciones ya jugadas, que lim itan su cumplim iento. Esa determinación, esa estructura, son sin embargo la condición del ejercicio de la escasa y enorme libertad que resta, porque allí reside la responsabilidad con que el ser hablante se hace digno de su posición de ser electivo. La clínica psicoanalítica no sólo es lo imposible de soportar -predeterm inación estructural-, es tam bién lo imposible a soportar, imperativo ético, para habilitar el pase del dicho que mortifica al decir que vitaliza, ocasión de u n a dicha nueva, a situar en ese margen de libertad y realización posible que resta entre el placer y la muerte -el margen del deseo-.

En otro capítulo señalan que la interpretación analítica dice a medias, en la cita, en el enigma, incluso entre ellos, lo que le permite escapar de las sujeciones y de las subordinaciones de la oración. El profesor es alguien que term ina sus frases, escribió Barthes lapidariamente. El analista en cambio deja u n significante abierto sin cerrar gramatical­ m ente sus significaciones enigmáticas, cita un a secuencia incompleta que extrae del contexto que cerraba su potencial de evocación o invo­ cación, y tal vez más de lo que él mismo nota, actúa como poclte, poeta del destino de otro sujeto, flautista de un Rubicón que al mismo tiempo es íntim o y es ajeno.

El capítulo sobre la transferencia hace lugar precisam ente a ese m om ento y esa dim ensión de la experiencia analítica en que el sujeto se rebela contra la dom inación sugestiva, y revela su estructura afirmando su singularidad en la resistencia, en la negativa, y más precisamente, en la negativa de la intersubjetividad. En la experiencia de la transferencia, él no es ya paciente ni objeto de conocimiento o de tratam iento por

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parte de otro sujeto, sino que él es el único sujeto en actividad en tanto tal. La ubicación de ese mom ento es la clave de la renovación freudiana de la clínica, que abre de otro modo la praxis terapéutica a la dimensión ética. En lugar de hacer lo que el O tro le dice o espera de él, repite, no asocia, no hace nada de lo esperado, y si hace algo, lo hace anulando lo que hace, como quien jura cruzando por detrás los dedos. Los autores explican de qué modo este obstáculo, concebido desde una perspectiva que es freudiana, deviene el m otor de la cura.

Eso los conduce al síntomcí, la paradoja central de la clínica psicoa­ nalítica, la del sujeto tomado en su desgarramiento somático y moral, que es pasión y acción al mism o tiempo, sin transición. El síntom a es la división subjetiva sin la mediación de un pasaje de la pasión a la acción como en el juego, o de la acción a la pasión en el estilo femenino de algunos goces. Este curioso estado del ser, la división, admite usos diversos, y en esta Introducción encontram os un discreto inventario: el uso narcisista, el metodológico, el de saber, el de goce, y el uso actual del síntoma. Suficiente para advertir que el sujeto que proponen no es efecto de la res cogitans arrojada en la extensión por Descartes, sino más bien el ser que reacciona a esa operación, el ser hablante devuelto a su suerte de res eligens. En el caso del síntoma, es la dignidad electiva del sujeto lo que está en juego en su padecer y accionar contradictorio.

Desde esta perspectiva puedo entender que Hamlet sea no degradado sino “elevado al caso clínico ”, según u n a propuesta de nuestros autores sobre la que N orthrop Frye o Harold Bloom dispararían severas diatribas.

En su estilo, Boxaca y Lutereau se hacen cargo de ese real del que se ocupa el psicoanálisis, el reus, el culpable del que el térm ino "real” deriva etimológicamente -¿es preciso repetirlo para recordar con qué real confronta el psicoanálisis?-, por lo cual hablar del sujeto del síntom a resulta una suerte de pleonasmo, ya que el sujeto que interesa en la clínica psicoanalítica, el sujeto m oralm ente dividido, es él mismo el síntoma a tratar, es el analizante que se encuentra con el analista, si lo hay, hasta devenir intratable.

Los autores de este texto dan u n paso m ás en el sentido de lo que una introducción tiene de conclusiva: entienden que la apertura del incons­ ciente exigida por un análisis es la explicitación de un desconocimiento -que si se observa bien, incluye el conocim iento-. Nos perm iten así vislumbrar con buena luz y adecuado reojo el alcance del sueño como

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vía real de acceso a lo inconsciente. El comienzo del análisis implica entonces la curiosa coincidencia entre una Verleugnung del acto para el analista, y el conocim iento del síntom a que busca u n imposible recono­ cimiento del lado del analizante.

Y para finalizar, últim o capítulo, el duelo es sostenido com o tesis

que organiza el universo entre u n antes y un después. H abitualm ente pensamos que para actuar hay que elegir, o sea, jugarnos por alguna opción perdiendo otras. Pensamos que actuar es perder porque implica seleccionar u n a entre dos o m ás opciones. Los autores en cam bio sostienen que actuar es asumir u n a pérdida ya efectuada, que el acto no produce la pérdida sino que la aprovecha. Nos permite entrever, como a Lacan, que arrancarse lo ojos acaso n o sea para Edipo un autocastigo, sino u n a oportunidad de acceder al deseo, en su caso el de saber. El acto se paga por adelantado. No hay cómodas cuotas, no hay financiación posible por parte de u n Otro. El acto nos extrae del ser deudor. Sin duelo no hay acto, está escrito.

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INTRODUCCIÓN

¿Qué es la clínica psicoanalítica?

H abitualm ente utilizamos la palabra "clínica” en u n sentido ines- pecífico y así, por ejemplo, suele decirse que "se dedican a la clínica” aquellos que atienden pacientes. No obstante, por esta vía el concepto apenas consigue una aprehensión descriptiva y denota m eram ente u na "ocupación concreta”.

En esta introducción quisiéramos establecer una posición firme sobre el sentido de la expresión "clínica psicoanalítica” y otorgarle un estatuto conceptual específico: la clínica no es la experiencia, aunque, por cierto, la supone; en todo caso, la clínica es el redoblamiento de la experiencia a través del concepto. Pero, ¿cuáles son los conceptos del psicoanálisis?

En el seminario 11, Lacan se ocupó del estudio de cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: inconsciente, repetición, pulsión y trans­ ferencia. Vale apreciar el énfasis en el estatuto que se les otorgara: estos conceptos constituirían el "fundam ento” de la teoría psicoanalítica. Ahora bien, aquí cabe u n a precisión -acom pañada por el interés laca- niano en este seminario de interrogar el carácter científico del psicoaná­ lisis-: el psicoanálisis no es u na teoría o, al menos, no lo es en el sentido corriente en que suele hablarse de u n a teoría científica (un conjunto de enunciados falsables em píricam ente).1 En todo caso, Lacan sostiene que el psicoanálisis es una “praxis”:

1. Esta disquisición puede parecer simplista, no sólo porque una concepción semejante de una teoría científica no tiene vigencia epistemológica desde hace años, sino porque tampoco considera los dispositivos de investigación propios del psicoanálisis (como

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“¿Q ué es u n a praxis? M e parece d ud oso que este té r m in o pueda ser considerado im propio en lo que al p sicoan álisis respecta. Es el térm in o m ás am plio para designar la posibilidad de tratar lo real m ed ian te lo sim b ó lico .”2

Sin embargo, en este punto, una pregunta vuelve a plantearse; y que reformula la inquietud inicial respecto del estatuto conceptual del psicoa­ nálisis como praxis: ¿cuál es el real de que se ocupa el psicoanálisis? En un artículo indispensable - “Tres definiciones de lo real en psicoaná­ lisis” (2 000),3 Gabriel Lombardi realiza u n a lectura de la tercera confe­ rencia de Lacan en Roma -titulada justam ente “La tercera'' (1974)- y propone tres coordenadas desde las cuales cabría aproximarse al núcleo de la experiencia analítica: a) lo real es lo que retorna siempre al m ism o lugar; b) lo real es lo imposible (como modalidad lógica); c) lo real es... el síntoma; o bien, el síntom a es lo que viene de lo real.

Cabe apreciar que las tres definiciones no se cancelan entre sí, sino que podrían incardinarse y form ular una conclusión: en el núcleo de la expe- riencia analítica se encuentra el síntoma. Dicho de otro modo, la praxis analítica encuentra su fundam ento en esa división de la vida psíquica que recibe el nom bre de síntoma. En última instancia, si algo da razón a una praxis como el psicoanálisis es su capacidad para responder al intento de desembarazarse del padecimiento, respecto del cual el hablante nos dirige su demanda y, en el mism o acto, autoriza nuestra intervención.

Ahora bien, ¿de qué otro modo podríamos llam ar a ese cuerpo extraño que irrum pe (viene), insiste (retorna) y resiste (imposible de reducir) en la continuidad de la vida del alma? Podríamos tam bién darle el nom bre de "sujeto"4 en la m edida en que Lacan tam bién sostenía que el síntom a

el uso del “caso”). Por eso hemos dicho que se trata de una versión “corriente" -que, por ejemplo, cuestiona que no puedan hacerse predicciones de enunciados observa­ bles-, Asimismo, tampoco estamos afirmando que no pueda haber investigación empí­ rica en psicoanálisis cuando se diseñan instrumentos específicos para ese fin. 2. Lacan, J. (1964) El seminario 12: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis,

Buenos Aires, Paidós, 1989, p. 14,

3. Lombardi, G. (2000) “Tres definiciones de lo real en psicoanálisis” en Diván laca- niano, Vol. 0, Tucumán, pp. 46-48.

4. Desde un punto de vista descriptivo, podríamos decir que “síntoma” y "sujeto” coin­ ciden -ya que al psicoanálisis no le interesa el padecimiento com o algo “objetivable”, sino cuando requiere la producción de un efecto de división en el hablante que pueda testimoniarlo. N o obstante, desde un punto de vista estructural, cabría separar ambas

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es lo "analizable”5 en las neurosis, psicosis y perversiones, y ¿qué otra cosa se analiza sino la división subjetiva, esto es, la posición del sujeto respecto de su división sintomática?

De m odo convergente con este planteo, en el tram o final del seminario í 1 Lacan proponía titular a su seminario del año siguiente “Las posiciones subjetiva del ser” .6 Si bien el seminario llevó otro título - “Problemas cruciales para el psicoanálisis”-, Lacan no dejó de retom ar la cuestión de la posición subjetiva, ese núcleo de real en la experiencia analítica, al referirse a la “conjugación” (en la clase del 16 de junio de 1965) de tres térm inos: sujeto, saber, sexo, vinculados a través de la división (el im po­ sible saber sobre el sexo que divide al sujeto),

Por lo tan to , y de regreso a nuestro pregunta inicial -¿qué es la clínica?-, cabría advertir u n a conclusión paradójica: los conceptos del psicoanálisis buscan aprehender un saber sobre lo imposible. No obstante, esta paradoja es aparente, ya que u n “imposible saber” no es lo m ism o que un “saber imposible”. Asimismo, podría añadirse que es por este motivo que Lacan mismo, en el seminario 12, sostuvo u n a posi­ ción crítica respecto de la pertinencia de hablar de conceptos en psicoa­ nálisis -luego de la experiencia del seminario 11-:

“El añ o pasado h ablé de los fu n d a m en to s del psicoan álisis. Hablé de los co n ce p to s q ue m e parecen esen ciales para estructurar su experiencia y p u d ieron ver que en n in g u n o de esos niveles se trató de verdaderos con ceptos; que n o pude hacer que n in g u n o resistiera [...] que siempre,

nociones (y, por ejemplo, aclarar que el sujeto dividido por el síntoma tampoco es el sujeto del inconsciente) y, en todo caso, afirmar que el síntoma testimonia de la divi­ sión subjetiva, es una respuesta, sin duda, pero en su raíz no es sujeto, sino la morti­ ficación que el significante produce en el viviente. Esta última acepción se encuentra sostenida por Lacan en su comentario a la intervención de A. Albert sobre la regla fundamental: “En cierta manera podemos decir que si no existiera lo simbólico, es decir esta especie de inyección de significantes en lo real con lo cual estamos obli­ gados a pactar, no habría síntoma. El síntoma es [...] aquello que nos hace a cada uno un signo diferente de la relación que tenemos en tanto que hablante-seres con lo real”. Lacan, J. (1975) "Intervención tras la exposición de André Albert: ‘El placer y la regla fundamental”', Inédito.

5. Lacan, J. (1958) “La significación del falo” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 665.

6. Lacan, j. (1964) El seminario l i : Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, op. c it, p. 255.

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de algún m od o el sujeto, que es quien ap orta esos con cep tos, está im p li­ cado en su discurso m ism o; que no p u e d o hablar de la apertura o del cierre del in c o n sc ie n te sin estar im plicad o, en m i discurso m ism o, por esta apertura y e ste cierre...”7

Esta breve indicación permite considerar dos cuestiones relacionadas: por un lado, la distinción entre la constitución de una teoría y la trasm i­ sión del psicoanálisis (o bien, la diferencia entre u n profesor y u n ense­ ñante); por otro lado, la especificidad de la elaboración clínica a que debe responder el psicoanálisis como praxis: la clínica psicoanalítica no responde al padecimiento a través de su objetivación (como, por ejemplo, sí lo hace la clínica del médico) sino con ia apuesta de localizarla posición del sujeto. En definitiva, en u n análisis no importa ta n to qué le pasa a alguien como lo que dice respecto de lo que le pasa -siendo que lo que le pasa es, en parte, aunque sin llegar a recubrirlo, el decir de lo que le pasa-.

En función de esta últim a consideración, entonces, cabe detenerse en la definición de la clínica psicoanalítica que Lacan propusiera en el comienzo de la “Apertura de la sección clínica” (1976):

“¿Q ué es la clín ica psicoanalítica? N o es com p licad o, la clínica tien e u n a base: es lo que se dice en u n psicoan álisis."8

Ahora bien, com o suele ocurrir con las afirmaciones de Lacan, escla­ recer qué quiere decir "lo que se dice en u n psicoanálisis” requiere u n amplio ejercicio de paráfrasis. Por u n lado, cabe enfatizar que Lacan afirma que “lo que se dice” es la "base” de la clínica... pero no la clínica misma; por lo tanto , encuentra aquí aplicación nuestro rodeo anterior acerca del redoblamiento conceptual de la experiencia. Por otro lado, ¿en qué térm inos entender “lo que se dice” ? En prim er lugar, esta indicación destaca el lugar que la palabra tiene en la experiencia analítica -ya desde "Función y campo de la palabra y el lenguaje” (1953) Lacan había subra­ yado este aspecto-. No obstante, es im portante advertir que “lo que se dice” no necesariam ente remite a lo “dicho”, esto es, a los enunciados efectivamente proferidos. En todo caso, al analista le im porta menos lo

7. Lacan, J. (1964-65) "El seminario 12: Problemas cruciales para el psicoanálisis”. Inédito, clase del 2 de diciembre de 1964.

8. Lacan, J. (1976) “Apertura de la sección clínica" en Ornicar?, No. 3, Barcelona, Petrel, 1981, p. 37.

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dicho que el lugar desde donde se dice, o bien -parafraseando u n a cono­ cido expresión de L'etourdit (1 97 2)- que el decir no quede olvidado tras lo que se dice (en lo que se escucha). En esta últim a afirmación, "lo que se dice” no quiere decir lo mism o que en la definición de clínica psicoa­ nalítica. ¡He aquí un ejemplo precioso de cómo “lo m ism o” fue dicho desde dos posiciones distintas!

En segundo lugar, es notorio que Lacan no precise a quién corres­ ponde ese "lo que se dice”. ¿AI analizante? Nadie podría dudarlo. Pero, ¿no le toca tam bién al analista tener que decir algo? Ya en “La direc­ ción de la cura y los principios de su poder” (1958) Lacan subrayó que el analista tam bién paga con sus palabras, en el punto en que u n a vez que algo fue proferido ya no hay posibilidad de desdecirse o cancelar el efecto que podría haber producido su intervención cuando fue elevada al estatuto de u n a interpretación.

En tercer lugar, el decir no sólo tiene que ser entendido en térm inos de "conducta verbal”. Hay actos que dicen más que mil palabras -com o aquellos que Freud llam ara "actos sintom áticos”- y, asimismo, hay palabras vacías que no dicen nada. Aquí tam bién podría considerarse el caso del acting out, al que eventualm ente se aprehende -de modo extra­ viado- en función de un a teoría de la acción ajena al psicoanálisis: que Lacan afírme que el acting out es u na “conducta” no debe entenderse en térm inos ajenos a los operadores propios del dispositivo analítico, esto es, nom bra u n m om ento particular de la experiencia analítica en que se detiene el cum plim iento de la regla fundam ental de asociación libre. Ahora bien, en este punto debería distinguirse también entre el acting out y la puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente en la tran s­ ferencia -que para Freud tam bién se nom braba con la palabra “agieren” que, luego, los posfreudianos tom aron para su traducción el térm ino acting out-. En definitiva se trata de cuestiones complejas, que no espe­ ramos responder en esta introducción (ya que nos ocuparemos de ellas en el curso del libro), sino que anticipamos con el propósito de escla­ recer la segunda definición de clínica psicoanalítica que Lacan ofrece en la “Apertura de la sección clínica”: “La clínica psicoanalítica consiste en el discernimiento de cosas que im portan y que cuando se haya tom ado conciencia de ellas serán de gran envergadura”.9

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A este discernim iento en que consiste la clínica psicoanalítica es que podríamos llamarlo “formalización”. En psicoanálisis no se teoriza con el objetivo de delim itar conceptos estrictos -com o, por ejemplo, el de átomo en Física-, aunque no por eso se trata de u na actividad de u n rigor dispensable: los conceptos del psicoanálisis funcionan como opera­ dores de la dirección de la cura, que perm iten escandir los m om entos de un tratam iento; por eso, u na segunda acepción del discernimiento en cuestión requiere atender a la lógica con que se presenta u n caso. Hacer clínica, entonces, es organizar la experiencia en función de secuencias que p erm itan extraer las coordenadas que se van circunscribiendo para un padecim iento a lo largo de u n tratam iento -y no, meramente, hablar de pacientes, algo que a veces se aprende en las primeras supervisiones, a las que el practicante se acerca con innum erables anotaciones y, quizá, ninguna pregunta sobre su acto-.

Esta ú ltim a desagregación de la densidad conceptual del térm ino lleva a una últim a definición de clínica en la “A pertura”: la clínica es "lo real en cuanto que es lo imposible de soportar". Esta acepción remite, por un lado, a las definiciones de lo real que hem os m encionado, y permite volver a poner el padecimiento del síntoma en el núcleo de la praxis analí­ tica; pero tam bién perm ite aprehender, por otro lado, ese aspecto de la experiencia en que el analista tiene “horror de su acto" -com o Lacan sostuviera hacia el final de su vida-, en la m edida en que nunca cuando piensa su práctica puede ser el mism o que produjo efectos con el dispo­ sitivo. También podría decirse que el analista tiene que ser “al menos dos" -co m o Lacan lo hiciera el 10 de diciembre de 1974-, no obstante, la fórm ula anterior es u n poco más elocuente para dar cuenta de u n hecho epistemológico crucial, u na forma de división que atañe a la clínica misma: no sólo el sujeto del inconsciente no es el que teoriza el dispo­ sitivo -lo cual es algo obvio-, sino que el clínico, incluso cuando recae sobre sí el papel de enseñante, no es u n experto en psicoanálisis, dado que hay u n a separación inconm ensurable entre la verdad de la praxis y el saber que busca ilum inar ese acto que, en el m ejor de los casos, tam bién sorprende al analista.

De esta rápida presentación de los elementos que atraviesan la clínica psicoanalítica pueden desprenderse diversas conclusiones encadenadas: primero, los conceptos del psicoanálisis no son conceptos en sentido estricto (o, al menos, en el sentido de que puedan ofrecerse definiciones

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que indiquen condiciones necesarias y suficientes de su aplicación); segundo, la clínica interroga la posición del sujeto respecto del padeci­ m iento sintomático; tercero, esta noción de sujeto no debe ser enten­ dida en térm inos de individuo o persona (el paciente), sino en función del “sujeto que se va diciendo en el análisis",10 esto es, el sujeto es lo que se dice; por último, la clínica se transm ite de u n modo que requiere que el enseñante ponga en acto aquellos conceptos que busca exponer. Por esto, el psicoanalista no es u n experto en psicoanálisis cuando trans­ mite, sino que es alguien que piensa su acto con el propósito de encon­ trar coordenadas que perm itan la orientación de un tratam iento.

* * *

Quisiéramos ahora, en función de lo anterior, detenernos brevemente en una declaración del lugar desde el que fue escrito este libro. Por un lado, el conjunto de capítulos que lo conform an, y los temas de que se ocupan, responden a intereses clínicos específicos que fueron surgiendo en estos años de práctica, de familiarización y puesta en form a dei dispo­ sitivo analítico: la regla fundam ental, la interpretación, la transferencia, el síntoma, el duelo, son algunos de los elementos que inm ediatam ente salen al paso del practicante cuando comienza a participar de la expe­ riencia analítica. En este sentido, podríamos decir que nos proponemos u na introducción a la clínica psicoanalítica.

En cada uno de los capítulos que com ponen este libro, se encuentra u n a estructura semejante: plantear la pertinencia del concepto a través de u n problema concreto, eventualm ente confrontándolo con u n caso que requiere reformular alguna perspectiva que se consideraba como evidente o “ya sabida". En este punto, nos hem os servido recurrentem ente de los historiales freudianos como u n m odo de llevar a la intuición la perspec­ tiva operatoria de u n concepto, y hemos trabajado tam bién deliberada­ m ente con algunos casos canónicos de la bibliografía psicoanalítica (“El hom bre de los sesos frescos’’, de E. Kris, “El caso Frida”, de M. Little) para acom pañar el planteo de secuencias de la lógica de u n caso que, luego, el lector podría restituir con la lectura de las publicaciones originales. En

10. Lacan, J. (1964) El seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, op. cit., p. 279.

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las demás circunstancias, se trata de viñetas clínicas tom adas de nuestra experiencia, orientadas a ubicar cuestiones que actualm ente nos m oti­ varon a pensar. De este modo, podría circunscribirse, con mayor preci­ sión, que este libro apuesta a un a introducción a la clínica psicoanalítica a través de problemas que surgieron en la experiencia.

Por otro lado, este libro surge de otra práctica concreta, la enseñanza universitaria, que llevamos adelante en la Cátedra I de Clínica de Adultos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Allí, junto a los alum nos de cada cuatrimestre, hemos aprendido no sólo que la transm isión del psicoanálisis en la Universidad es posible y efectiva, sino que los alumnos no necesariam ente son esos “astudé” de los que habla Lacan en el seminario 17 -siem pre que un docente sepa abstenerse de hacer consistir el lugar del saber-; muy por el contrario, estos capítulos, que surgen principalm ente de notas de clases, se h an visto enriquecidos con las preguntas e inquietudes de aquellos que h a n confiado en que tem am os algo para decirles. Asimismo, primeras versiones de estos capí­ tulos h a n sido presentadas en Congresos, Jornadas, etc., o publicadas como artículos en revistas de psicoanálisis. He aquí u n a recensión de su proveniencia original:

U n precedente del cap ítulo “La regla fu n d am en tal y el decir an ali­ zante" se publicó origin alm en te en el Vol. X de la R evista Universi­ taria de Psicoanálisis (Facultad de Psicología, UBA), c o n el título: “La joven h o m o sex u a l de Freud: ¿un caso de perversión?” .

U na versión p relim inar de "La interpretación: ‘e n tre’ cita y en ig m a ” se publicó en el N o . 2 (A ñ o 1 7 ) de Investigaciones en Psicología. Revista del In stitu to de Investigaciones de la Facultad de Psicología (UBA) con el título: "La in terp retación en psicoanálisis: de lo determ in ado ai eq u ívoco” .

U n a elaboración previa de "Transferencia yrestos tran sferenciales” se p ub licó en M em orias del II Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología ~ X V II Jornadas de Investigación Sexto E ncuentro de Investigadores en Psicología del M E R C O S U Rco n el título "Restos tran sferenciales y elección de la n eu rosis” .

U n a versión anterior de “Los u so s del síntom a" se p u b licó en el N o. 12 de Desde él jardín de Freud. Revista de Psicoanálisis de la Universidad N acional de Colombia c o n el títu lo “Los usos del sín to m a . Sus trans­ form acion es en la cura an alítica” .

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U n a form a a n teced en te de “El acto del duelo, el duelo com o a c to ” se p ub licó en el N o . 11 de Desde el jardín de Freud. Revista de P sicoaná­ lisis de la U n iw rsid a d N acional cíe Colombia c o n el títu lo “El a cto del duelo, el d uelo c o m o acto. U na h ip ótesis clín ica acerca del d u elo en el in icio del a n á lisis” .

Por últim o, este libro nace de una práctica no menos interesante que las anteriores: la de la amistad. La posibilidad de escribir juntos este libro, cuyos capítulos fueron escritos a cuatro m anos, en una suerte de juego de preguntas y respuestas (y nuevas preguntas), nos permite afirmar que la transm isión del psicoanálisis comienza en la conversación con los colegas, junto a quienes se asum e la responsabilidad de dar razones en las cuales autorizarse. En últim a instancia, rescatamos en el proceso de escritura de este libro la función del interlocutor, ejemplarmente destacada por Lacan respecto de su amigo Henry Ey -co n quien sabemos que las discu­ siones y disentim ientos nunca fueron m enores- cuando lo consideraba “alguien a quien hablar” (Carta del 20 dé Noviembre de 1970).

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La regla fundamental

y el decir analizante

La concepción freudiana del inicio del tratam iento se resume en una metáfora, la del juego de ajedrez, que indica que la apertura de la partida (al igual que el final) tiene reglas precisas. Dicho de otro modo, el psicoa­ nálisis es un juego aparentemente sencillo, de una sola regla: la asociación libre. No obstante, formalizar en qué consiste este principio fundam ental del tratam iento analítico dista de ser una tarea trivial o expeditiva.

No resulta extraño escuchar que el analizante es aquel que debe trabajaren el análisis, punto que no cuestionamos en tanto que el trabajar (asociativamente en principio) es una de las ocupaciones que definen a aquel que h a aceptado tom ar la vía analítica. Lo ilustra expresamente Freud en su libro dedicado al sueño:

"Nadie tien e derech o a. esperar que la interp retación de sus su eñ os le caiga del cielo. Ya para la percep ción de fen ó m e n o s en d ó p tico s y otras sen sacion es q ue p or lo c o m ú n escapan a la a ten ción es preciso ejerci­ tarse H arto m ás difícil es entrar en p o sesió n de las ‘representaciones in volu n tarias’. Q u ien lo pretend a deberá hacer suyas las expectativas que se su scitaron en este tratado y, ob edeciendo a las reglas que se h a n dado aquí, em p eñ arse e n sofrenar durante el trabajo toda crítica, to d o precon- cepto, tod o co m p ro m iso afectivo o in telectual. D eberá seguir la norm a que Claude Bernard estableció para el experim entador en el laboratorio de fisiología: ‘Travaííler comme u n e béte’ (trabajar com o u n a b estia), es decir, c o n esa ten acid ad , pero ta m b ién co n esa d esp reocu p ación por el resul­ tado. El que siga este con sejo ya n o encontrará difícil la tarea.” 1

1. Freud, S. (1900) La interpretación de los sueños en Obras completas, Vol. V, Buenos Aires, Amorrortu, 1988, p. 517.

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Más habitual, lamentablemente, es que se suponga que el correlato del laborar analizante, del lado del analista, sea la ausencia de trabajo y, por ende, creer que el hacer aplicar la regla fundam ental se podría reducir a un a form ulación inicial, una especie de directiva que el analista com u­ nica ‘‘antes’' de empezar, y luego sólo le quedaría esperar que las asocia­ ciones surjan espontáneamente.

En este capítulo sostendremos que a ninguna concepción de la regla fundam ental cabría oponerse tan to como a aquella que, com o en el caso anterior, supone u n analista pasivo y meramente receptivo. De acuerdo con Lacan, consideramos que el analista cura por lo que "dice_y hace”2 y no por lo que es. Y, como habremos de desarrollar en lo que sigue, el acto fundamental del analista es hacer cum plir la regla de la asociación libre. De este m odo, jamás podría creerse que la regla fundam ental fuese algo que se im parte en el comienzo y luego se aplicaría por sí misma. Por el contrario, expondremos que la regla delimita u n inicio,, dado que prgcisa coordenadas estructurales para definir el discurso del analizante, pero se trata de u n inicio cuyo verdadero estatuto es la apertura de un campo a través de u n m odo específico de concebir el uso de la palabra.

Ahora bien, la enunciación de la regla tampoco puede confundirse con un enunciado estandarizado, que se repetiría u na y otra vez, con cada paciente, de la m ism a manera. En “La dirección de la cura y los princi­ pios su poder” (1958), Lacan afirma lo siguiente sobre esta cuestión:

“Estas directivas están en u na co m u n ic a ció n inicial planteadas bajo form a de con sign as de las cuales, por p o c o que el analista las co m en te, p uede sostenerse que h asta en las in flex io n es de su en u nciado servirán de v eh í­ culo a la doctrina que sobre ellas se ha h ech o el analista e n el p u n to a que h a n llegado para él.”3

De este modo, cada analista haría cumplir la regla fundam ental de acuerdo con el punto en que haya avanzado en su propio análisis y en sus interrogantes con respecto a la técnica en su articulación con la ética del psicoanálisis; por lo tanto, no habría u n enunciado fijo -reflejo de una técnica vacía- sino que el modo en que la regla se hace aplicar (y, por ende,

2. Lacan, J. (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 567.

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tam bién las modalidades que redundan en la proliferación de obstáculos al desarrollo de la cura) dependen de cada analista y de la singularidad del encuentro que se haya producido entre éste y la premisa que rige el diálogo que tiene lugar en el dispositivo. En otros términos, no hay un “saber” de la regla, en el sentido de u n a formalización que sería aplicable universal­ mente. No obstante, sí puede proponerse una reflexión clínica acerca de las condiciones que requieren la aplicación de la asociación libre.

En u n primer apartado nos detendremos en los vínculos entre asocia­ ción libre e inicio de la cura, con el objetivo de cernir el fundam ento de la oferta de un tratam iento analítico; en el segundo de los apartados explici- taremos las condiciones de la práctica del psicoanálisis, desde el punto de vista de la asociación libre. En el tercer apartado plantearemos la relación intrínseca que existe entre asociación libre, síntom a y transferencia.

El comienzo de un tratam iento analítico

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En el m om ento de aprehender clínicamente el comienzo de un tra ta ­ m iento analítico cabe formular, al menos, dos preguntas cruciales: por u n lado, ¿quién decide el comienzo del tratam iento? Y, por otro lado, ¿en función de qué coordenadas? El propósito de este apartado es dem ostrar que el inicio de u n análisis depende de u na decisión del analista; es este último el que elige aceptar a u na persona, como paciente y ofertarle el dispositivo .analítico como u n modo de elaboración de su padecimiento. No obstante, esta oferta no es arbitraria, ya que depende de circuns­ tancias específicas. En este apartado ubicaremos que una coordenada capital4 es la aptitud para el cum plim iento de la regla fundam ental del psicoanálisis: la asociación libre. Dicho de otro modo, el analista decide tom ar a alguien como paciente cuando verifica que puede responder a la regla analítica.

4. La otra circunstancia capital es que el consultante decida ceder el capital de goce que el síntoma aporta para que la satisfacción se despliegue en asociaciones y, por.ende, se haga accesible ata intervención, tsta decisión, correlativa de la decisión del analista, es -e n sentido estricto- el "inicio del tratamiento". Por ejemplo, una referencia freud­ iana para ubicar este pasaje es aquella en que expresa que para los neuróticos obse­ sivos su enfermedad tiene las características de una religión privada que ocultan y que difícilmente están dispuestos a desplegar ante un oyente.

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En este punto, podría contraponerse la siguiente inquietud: ¿acaso no alcanza con que alguien evidencie u n sufrimiento psíquico para que sea considerado un candidato para analizarse? ¿El pedido de ayuda no podría ser, a su vez, una condición más imperiosa que la m era atención al prin­ cipio de la asociación libre? A esta últim a pregunta podría responderse con u n a recensión m encionada p o r Lacan en su conferencia “Psicoaná­ lisis y medicina" (1966), la de aquel enfermo que, luego de dem andar con insistencia ser tratado, cuando fuera citado nuevam ente para dos días después, dejó en m anos de su madre ocuparse de que nada de eso ocurriese; es decir, es el caso de aquellos que vienen a dem andar que se los preserve en la enfermedad.5 Y, podría decirse, es el caso general de toda dem anda, que pide el reconocim iento de una satisfacción antes de que se la ponga en cuestión. No obstante, para desarrollar de u n modo más exhaustivo esta consideración, tom arem os u n caso paradigmático de la bibliografía freudiana: el caso de la llamada -p o r Lacan- “joven homo- sex u ar, que fuera llevada por sus padres a la consulta con Freud,

Una pregunta se desprende desde el comienzo de la lectura del informe

freudiano: ¿por qué Freud la tom a en tra ta m ie n to si, al mism o tiempo,

sostiene que la m uchacha no padece de ningún síntom a ni padecimiento, ni -respecto de su orientación sexuala concibe otro m odo de amar? En este contexto, Freud form ula tres “condiciones ideales" para el inicio de un tratam iento:

"[La m u ch a ch a ] n o estaba frente a la situ ación que el an álisis dem anda, y la ú n ic a en la cual éste puede dem ostrar su eficacia. Esta situación, co m o es sabido, en la p len itu d de su s notas ideales, p resen ta el siguiente aspecto: alguien, en lo dem ás d u e ñ o de sí m ism o , sufre de u n con flicto in terior al que por sí so lo n o p u ed e p on er fín; acude en to n c e s al analista, ie form u la su queja y le solicita a u x ilió .’’6

Ahora bien, si la m uchacha n o cumplía con "la situación que el análisis demanda" y, sin embargo, Freud decidió el inicio del tratamiento, entonces, cabría pensar que estas "notas" n o son condición suficiente. No sólo cabría objetar la idea de que existe alguien dueño de sí mismo, sino la

5. Lacan, J, (1966) ‘‘Psicoanálisis y medicina” en Intervenciones y textos 1, Buenos Aires, Manantial, 1985, p, 91.

6. Freud, S. (1920) Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina en Obras completas, Vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1994, p. 143,

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modalidad en que alguien puede pedir auxilio por u n conflicto. De hecho, en la continuación de la referencia, Freud m enciona dos casos que cabría pensar que perm iten entender por qué estas condiciones no son exhaus­ tivas: el “contratista” y el “donante piadoso” (a los que podríamos llam ar tam bién según sus nom bres lacanianos: el rico y el religioso). El co ntra­ tista de un a obra es alguien que efectivamente solicita que un conflicto le sea “solucionado”; esto es, dem anda que sea el O tro quien lo resuelva, sin . interrogar su posición en dicha coyuntura. Después de todo, i para eso paga! El religioso, en cambio, está siempre dispuesto a interrogar su posición su culpa, su “gran" culpa), pero no está dispuesto a renunciar a ella, y por eso busca hacerse reconocer como culpable -con el reaseguro narcisista que eso im plica- a través de u n dispositivo como la confesión. Y hay una.distancia m uy grande entre confesarse y encarnar la posición

de analizante. Por lo tan to , podría pensarse que estas condiciones ideales -com o las de todo ideal- están hechas para no ser cumplidas; o, mejor dicho, que son m eram ente descriptivas y no alcanzan a dar cuenta del motivo que podría decidir el inicio de u n análisis.

De acuerdo con lo anterior, entonces, sería más atinado delimitar condiciones estructurales, e intrínsecas al dispositivo analítico, para dar cuenta de la decisión del comienzo del tratam iento. El párrafo en que Freud justifica su elección de aceptar el tratam iento de la joven h o m o ­ sexual se expresa en los siguientes.términos:

‘‘..io s m o tiv o s g en u in os de la m u ch ach a, sobre los cuales tal vez podría apoyarse el tratam ien to an alítico. [.,.] quería som eterse h onradam en te al ensayo ter a p é u tico ...”7

En este punto, alguien podría sentirse extrañado por esta apelación a la “honradez” de la joven homosexual, dado que se podría considerar u n rasgo yoico. Sin embargo, ya en "Sobre la iniciación del tratam iento" (1913) Freud había destacado que la disposición y la expectativa del yo respecto del tratam iento es algo de lo que el analista puede prescindir: por lo general, aquellos que se presentan como más entusiasmados con la idea de analizarse suelen ser los que huyen con el primer obstáculo, mientras que aquellos que aducen cierta desconfianza term inan siendo, ocasionalmente, los que mejor pueden sostener las condiciones del dispo­

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sitivo analítico.8 Asimismo, es en este últim o texto que, justam ente, Freud presenta la regla fundam ental de acuerdo con lo que llam a u n a “promesa de sinceridad”:

“D iga, pues, tod o cu a n to se le pase por la m en te, C om pórtese co m o lo haría, por ejem plo, u n viajero sentado en el tren del lado de la v en ta n illa que describiera para su vecin o del p asillo cóm o cam bia el paisaje an te su vista. Por ú ltim o , no olvide nunca que ha prom etido absoluta sinceridad, y n unca om ita algo so pretexto de que p o r alguna razón le resulta desagra­ dable com unicarlo." 9

Antes de detenernos en el com entario de esta indicación, cabe destacar que n o es esta una m ención ocasional de Freud. Ya en el historial de Dora, Freud se había referido a la "insinceridad” que motiva ciertas lagunas del relato de un paciente, ya sea que por timidez o vergüenza “se guarde consciente y deliberadamente una parte de lo que le es bien conocido y debería contar” .10 Es interesante n o tar que, en este último caso, Freud hable de lo que u n paciente “debería” contar, asociado a lo que en la referencia anterior era una “prom esa”, como un modo de apreciar el carácter coactivo que tenía en su form ulación el comienzo del análisis. En el apartado próximo nos detendremos con detalle en u na descrip­ ción de esta fundam entación de la puesta en forma de la palabra anali­ zante a través de la asociación libre, con el propósito de esclarecer qué tipo de imperativo se pone en juego en la regla analítica. Para concluir este apartado sólo queda añadir un m odo distinto de concebir las indica­ ciones de Freud a la “sinceridad”, la "franqueza”, etc., si es que no e n ten ­ demos estos térm inos como predicados yoicos, dado que la palabra en alem án (Offenheit) que las reúne denota cierto carácter de "apertura” del ser hablante. En efecto, el inicio del tratam iento -y el motivo por el cual Freud aceptó las entrevistas con la joven hom osexual- coincide con la capacidad del analista para hacer cum plir la regla fundam ental y conse­ guir la apertura del discurso más allá de la conversación ordinaria, más allá de la situación comunicativa corriente de yo a yo.

8. Cf. Freud, S. (1913) “Sobre la iniciación del tratamiento" en Obras completas, Voi, XII, op. cit., p. 128.

9. Ibid,, p. 136. [Cursiva añadida]

10. Freud, S. (1905) Fragmento de análisis de un caso de histeria en Obras completas, Vol. VII, op. cit, p. 17.

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De este modo, que alguien padezca no es condición.suficiente (sí nece­ saria) para invitar a entrar en el dispositivo analítico. Tampoco lo es que haya u n pedido de ayuda, ya que -com o hemos visto- esa dem anda no suele ser u n pedido de “desembarazarse" del síntom a -com o sostuviera Lacan en la Conferencia de Yale (1975)- y, en todo caso, esta últim a coor­ denada y a implica la puesta en marcha del dispositivo y se revela como u n erecto del mism o (es el analista quien incita a tener otra relación con el síntom a que n o sea padecerlo). Por lo tanto, la única coordenada capital de apertura de u n tratam iento analítico, de acuerdo con la inspi­ ración freudiana, es el cum plim iento de la regla analítica. Asimismo, de este modo consideramos que debe ser entendida la sentencia de Lacan en “La dirección de la cura...” cuando afirma que la orientación del trata­ m iento “consiste en prim er lugar en hacer aplicar por el sujeto la regla analítica".11 Pero, ¿en qué consiste un modo de hablar de acuerdo con la asociación libre? Para esclarecer este aspecto es que en el apartado próximo nos detendrem os en un análisis pormenorizado de la defini­ ción dada por Freud.

Condiciones de la regla fundamental

De acuerdo con la formulación freudiana de la asociación libre en "Sobre la iniciación del tratam iento” podría considerarse, en u n primer m om ento, el alcance de la metáfora del viajero: ¿acaso el cum plim iento de la regla nos ofrece un discurso tan floreciente y continuo como el de u n viajero que mira por la ventanilla? En este punto, quizás el problema no esté en la m etáfora misma, sino en la paráfrasis y com entario que, luego, Freud enuncia cuando indica que nada sea omitido -incluso lo que se consideraría nim io, trivial, etc.-. Estas dos aristas de la concep­ ción de la regla fueron com entadas por Lacan en un apartado del artí­ culo "Más allá del principio de realidad” (1936), donde circunscribió el trasfondo de la regla a p artir de dos leyes básicas: la “ley de no omisión" y la “ley de no sistem aticidad”. No obstante, quisiéramos preguntarnos si él cum plim iento estricto de estas dos leyes coincide con la puesta en form a del discurso que requiere el inicio del tratam iento.

11. Lacan, J. (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder" en Escritos 2, op. cit., p. 566.

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Por un lado, consideremos la situación de que alguien no omita n ad a en el mom ento de hablar. El cumplimiento exhaustivo de esta condi­ ción podría ser parafraseado con la idea de que le regla fundam ental es u n imperativo de decirlo.todo. Sin embargo, ¿puede el psicoanálisis propugnar aquello que justam ente trata de verificar en su experiencia, que la estructura cuenta con u n indecible? Por otro lado, consideremos el caso de que alguien no sistematice en absoluto su discurso. En este punto, la regla podría ser parafraseada como u n imperativo de decir cual­ quier cosa. Pero, ¿no es esta la situación que menos describe al an ali­ zante y mejor ejemplifica el goce vacío de la defensa frente a u n decir que importe? De este modo, el cumplimiento de ambas condiciones -la no omisión y la no sistem aticidad- no parece ofrecer u n a descripción precisa del uso de la regla en el análisis. Quizá la dificultad radique en que lo hacen por la negativa, es decir, form ulan lo que n o hay que hacer. Sin embargo, ¿no sería mas provechoso deslindar qué prescribe preposi­ tivam ente la asociación libre?

En este punto, las referencias del apartado anterior a la “prom esa de sinceridad5' de la regla y la “insinceridad” inicial de quien consulta, podrían colaborar con esta formulación; en definitiva, la propuesta freu­ diana radica en decir aquello que no quisiera decirse, lo que se prefe­ riría callar (aquí se recorta el sentido de la om isión), va.sea porque causa vergüenza, timidez, etc., o bien porque se lo considera dispensable (aquí cobra sentido el valor de la sistematización), lo que podría m arcar un antes y un después a partir de su com unicación. De este m odo, la regla fundam ental prescribe el decir como acto v, antes que u n a im pli­ cación con el padecim iento, u n implicarse con el decir como acto. Por eso, de algún m odo podría decirse que el propósito de las entrevistas iniciales, en un a consulta radica en aue el futuro analizante consiga escucharse y, ocasionalm ente, advierta la división subjetiva intrínseca al acto de hablar.

Por esta vía cobra relevancia también la referencia freudiana -expre­ sada en "Sobre la iniciación del tratam ien to "- a lo "desagradable". ¿Quiere decir esto que en u n análisis se trata de decir cosas "terribles", "espantosas", etc.? En absoluto. Lo "desagradable", tal como Freud lo enuncia, es justam ente ese movimiento de discurso que destaca lo que se elegiría sustraer; eventualm ente son nimiedades, pequeños actos y deci­ siones, casi intrascendentes. Así cobra valor la ética freudiana de que

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por eso mism o debería ser dicho, no porque fuese “terrible”, “grotesco” o “angustiante" -el deseo del analista no es u n deseo de angustiar-, sino porque el analista n o puede condescender a la resistencia del yo. En todo caso, se trata de sustituir la resistencia yoica -que preserva de la división subjetiva- por la resistencia intrínseca al decir, con los ocasio­ nales efectos de liberación y verdad que produce este últim o. Por eso, en últim a instancia, si la regla fundam ental es un imperativo, no es el imperativo perverso que apunta a la división subjetiva de la angustia (y que, por lo general, deja m udo al otro), sino que el imperativo de la étic^ del psicoanálisis puede resumirse en la idea de que la travesía del .decir puede producir efectos sobre el síntom a y, como única vía posible, no acepta excusas n i sucedáneos.

Un m odo paradigmático para ejemplificar la forma en que el analista hace cumplir la regla fundam ental se encuentra en el historial de Hombre de las ratas. A la sesión siguiente de aquella en que Freud le com uni­ cara "la ú nica condición de la cura",12 esto es, la regla ju n d a m e n ta l, el Hombre de las ratas relata el famoso torm ento que, a su vez, escuchara del capitán cruel: u n castigo particularm ente terrorífico que se aplicaba en Oriente... Entonces, el Hombre de las ratas se detiene y ruega se lo disüense de los detalles. La respuesta de Freud no se hace esperar:

“Le aseguro que yo m ism o n o ten go in clin a c ió n alguna por la crueldad, por cierto que n o m e gusta martirizarlo, pero que natu ralm en te n o puedo regalarle n ad a sobre lo cu al yo n o posea p oder de d isposición. Lo m ism o podía p edirm e que le regalara dos c o m e ta s.”13

Distintas inflexiones pueden destacarse de la forma en que Freud hace cum plir la regla fundam ental en este m om ento: por u n lado, es interesante cómo interviene poniendo en cuestión cualquier suposición de goce en el O tro de la transferencia (a pesar de que su posterior refe­ rencia al em palam iento demostrase que, quizá, crueldad no le faltara); por otro lado, y más im portante, Freud suscribe que el analista no puede dispensar del cum plim iento de la regla ya que es condición de la práctica analítica, del dispositivo como tal, independientem ente de cada analista

12, Freud, S. (1909) A propósito de un caso de neurosis obsesiva (El hombre de las ratas) en Obras completas, Vol. X, Buenos Aires, Amorrortu, 1988, p. 127.

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particular. No obstante, por último, es atractivo el matiz final -casi un chiste, a partir de llevar la cuestión al absurdo- con que busca sostener el acto. He aquí u n rasgo de Freud como analista en singular, de su propia posición y sü saber hacer con el dispositivo.

De este m odo, esta breve secuencia del historial del Hombre de las ratas dem uestra que el cum plim iento de la asociación libre, en lo que al analista respecta, es un acto fundam ental, que nada tiene que ver con una recepción pasiva del discurso del analizante, y m ucho menos con un incentivo a que se diga cualquier cosa o se tenga la pretensión de decirlo todo, sino -com o bien lo dem uestra el acto de Freud- que se diga eso que preferiría n o decirse, y cuyas consecuencias -p o r el mero hecho de hablar- se quisieran evitar. La regla fundam ental, entonces, denota el acto del analista de sostener el decir del analizante, un decir que. tenga estatuto de acto e importe en lo real,

Asociación libre, síntom a y transferencia

Como hem os dicho en el prim er apartado, la situación inicial de un análisis ha sido suficientemente subrayada por Lacan en su “Confe­ rencia en Yale” (1975) de acuerdo con la presencia, en el consultante, de la dem anda de "desembarazarse" de u n síntom a. No es vano recor­ darlo, en ta n to que orienta la clínica psicoanalítica hacia aquello que le da razón de existencia: la de acoger u na dem anda hecha desde u n real imposible de soportar. Sabemos, como luego desarrollaremos en el capí­ tulo destinado al síntoma, que este últim o no está ni por lejos definido por su expresión efectiva en una dem anda que pueda considerarse “de verdad” . Es esperable inclusive que el padecimiento se encuentre apenas esbozado en la dem anda inicial del análisis. Sin embargo, la dem anda que el análisis puede recibir requiere como condición necesaria provenir de aquello que h a impedido algo, que se ha puesto en cruz, en la vida de quien solicita el análisis.

El sentido com ún podría inferir, entonces, que al partir de u n reque­ rim iento ta n definido como éste, es aconsejable la prescripción de que en adelante el paciente hable de su síntom a sistemáticamente. ¿Cómo dejar escapar esa oportunidad de hacer hablar de aquello por lo cual el consultante nos ha visitado? Es ante esta situación que el análisis

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realiza su oferta inédita: ir en contra de todo.intento de sistematización del relato. Surge así la pregunta acerca del modo en que podría el relato -que la regla fundam ental propugna- cernir aquello ta n específico que h a comenzado a estorbar la vida del sujeto. En otras palabras, ¿de qué modo u n decir “liberado” de objetivos podría abordar u n real específico que hace sufrir?

En La interpretación de los sueños Freud afirma la virtud de este decir que inten ta prescindir de u n am o rector y vectorizar el relato hacia el padecimiento:

“C uan do pido a un p acien te que deponga toda reflexión y m e cu en te to d o lo que se le pase p or la cabeza, m e atengo a la prem isa de que n o p u ed e dep oner las rep resen tacion es-m eta relativas al tratam ien to y m e c o n s i­ dero co n fu n d am en to para inferir que eso que él me cuenta, en apariencia lo m ás inofensivo, y arbitrario, tiene relación con su estado patológico. O tra rep resen tación -m eta de la que el p aciente n o tien e sosp ech a es la de m i p erson a.”14

¿Qué asidero tiene la inferencia freudiana? ¿Se sostiene exclusiva­ mente en una regularidad clínica que Freud halló en la experiencia o existe una correspondencia lógica entre la dirección a la que lleva la asocia­ ción libre y la estructura íntim a del síntoma? En otras palabras, ¿cómo justificar la afirmación freudiana de que la regla fundam ental perm itiría abordar el estado patológico?

Adelantamos ya que la asociación libre es u n decir que tiene como correlato una posición activa del analista para que se sostenga como tal. La regla fundam ental reserva u na posición para el analista que no puede pensarse como aquella pretendida por la ciencia.positivista. No se lo puede considerar u n observador objetivo de un experimento. Por el contrario, se espera que lleve adelante lo que Freud llamó “trabajo soli­ citante de la cura" y haga aplicar al consultante la regla a partir de la dem anda que se le realiza.

Lacan, en su intervención tras el comentario realizado por André Albert ( “El placer y la regla fundam ental”),15 demuestra u na vez más hasta qué

14. Freud, S. (1900) La interpretación de Jos sueños en Obras completas, Vol. V, Buenos Aires, Amorrortu, 1988, p. 525. [Cursiva añadida]

15. Lacan, J. (1975) "Intervención tras la exposición de André Albert: ‘El placer y la regla fundamentar”. Inédito.

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punto su labor se basa em inentem ente en u n retorno preciso a la obra de Freud. Afirma allí que la regla se orienta en oposición al principio del placer, lo cual no implica llevar al analizante a sufrir más, sino invi­ tarlo a adoptar u n a modalidad de decir que se oriente a decir aquello que intenta sustraerse de la formulación, hacia lo que “displace de ser dicho”.

Estas form ulaciones, no únicas en la obra de Lacan, ya hab ían sido anticipadas en la “La dirección de la cura...” (1958) donde cuestionaba la noción de libertad supuesta en la asociación libre -cuestión sufi­ cientem ente subrayada por Freud-, pero de tal modo que, en el mismo golpe, enrarece lo que los hábitos m entales suponen como determ i- nismo inconsciente:

“£l sujeto in vitad o a hablar en el análisis n o m uestra en lo que dice, a decir verdad, u n a gran libertad. N o es que esté en cad en ad o por el rigor de sus asociaciones: sin duda le op rim en , pero es m ás b ien que d esem b ocan en u n a palabra libre, e n u n a palabra p len a que le sería p en o sa .”16

De esta m anera puede sostenerse que la regla fundam ental va derecho a estrellarse con la resistencia, aunque no se trata en este caso de una resistencia que pueda atribuirse a la mala voluntad del enferm o, a sus defensas, sino de la resistencia propia de lo que excede al aparato signi­ ficante y n o perm ite que la totalidad del afecto se encarrile por la senda del principio del placer. Podemos, entonces, realizar la siguiente reflexión: ¿qué es aquello que para el psicoanálisis se encuentra más allá del prin- ¡ cipip.,del placer, sino es el síntoma? En el seminario 10 Lacan circunscribe al síntom a a este terreno:

"... lo que d escub rim os en el sín tom a, en su esen cia, n o es u n llam ad o al Otro, n o es lo que m uestra al Otro; el sín tom a, e n su naturaleza, es goce - n o lo o lv id e n - n o tiene n ecesid ad de u stedes co m o el acting o u t, el sín tom a se basta; es del orden de lo que les e n se ñ é a distinguir del deseo, el goce, es decir algo que va hacia la cosa h ab ien d o pasado la barrera del bien, es decir, del p rincipio del placer, y por eso d ich o goce p uede trad u ­ cirse por u n U hlust.”17

16. Lacan, J. (1958) ''La dirección de la cura y ios principios de su poder” en Escritos 2, op, cit., p. 596.

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Encontramos, entonces, u n a vía que no sostiene la inferencia freu- diana que m encionam os únicam ente de la constatación de u n a regula­ ridad clínica, sino tam bién de u n a articulación metapsicológica precisa. En .otros térm inos, el decir orientado por la regla de decir libremente lleva a hablar de aquello que displace, es decir, la definición fundam ental de lo que constituye u n síntoma. De esta m anera cobra sentido cierta afir­ mación de Lacan que, en un inicio, parece un tanto enigmática

“Es el sín to m a lo que está en el co r a zó n de esta regla, a lo que se ap un ta en el en u n ciad o de la regla fu n d am en tal, es a la co sa de la que el sujeto está m en o s dispuesto a hablar, es decir, de su sín tom a, de su particularidad.’'18

Como hem os m encionado en u n apartado anterior, u n ejemplo para­ digmático de esta orientación se encuentra en el caso del Hombre de las ratas, cuando Freud le indica a éste que complete la descripción del torm en to de las ratas en el punto en que para eso faltan las palabras. Relato cuya desagradable vestidura n o alcanza a disimular la paradójica satisfacción en juego para el paciente de Freud. ¿Qué sucede a partir de este trabajo solicitante de decir lo que displace? Justamente, la form u­ lación dé un a prim era aproximación al gran tem or obsesivo: "Inm e­ diatam ente m e sacudió la idea de que eso (el castigo) le sucedía a u na persona que m e es cara”.19

Llevar a decir lo que displace de ser dicho -espíritu del deseo del analista, encarnado en la acción desprendida de la regla que com anda su dispositivo-, ir en contra deí principio del placer, de lo que cierra e n u ñ a unidad de sentido coagulado a u n más allá, conduce a hablar del síntom a. De aquello que displace a lo que es imhíst; y es por ello que Freud insta al analista a sostener la asociación libre.

Enunciamos que el uso singular de la palabra que se promueve en el diálogo analítico es la vía regia para h ablar del síntoma, pero ¿qué otras consecuencias tiene liberar la palabra de su uso habitual?

La referencia que adelantamos de La interpretación de los sueños contiene aquella otra consecuencia de la regla fundam ental que el psicoanálisis

18. Lacan, J. (1975) “Intervención tras la exposición de André Albert: 'El placer y la regla fundamental"’, op. cit

19. Freud, S. (1909) A propósito de un caso de neurosis obsesiva (El hombre de las ratas) en Obras completas, Vol, X, Buenos Aires, Amorrortu, 1988, p. 133.

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descubrió por sorpresa. Parafraseemos lo que Freud dice allí: cuando el analizante depone las representaciones m eta conscientes cobran vali­ m iento las representaciones m eta inconscientes referidas al síntoma, pero tam bién: "otra representación-m eta de la que el paciente no tiene sospecha es la de m i persona”. Se trata, entonces, de la transferencia, cuestión que abordaremos más extensamente en u n capítulo posterior, pero destacaremos aquí su vínculo con la regla fundam ental.

La asociación libre conduce, es motor, de la transferencia. En “Sobre la dinámica de la transferencia" (1912) Freud articula magistralm ente las nociones de síntom a, asociación libre, resistencia y transferencia en los siguientes térm inos:

“Si se persigue u n com p lejo patógeno desde su su brogación en lo co n s­ cien te [llam ativa c o m o sín tom a, o b ien to ta lm e n te inadvertida] hasta su raíz en lo in co n scien te , en seguid a se entrará en u n a región en d onde la resistencia se h ace valer co n tanta n itid ez que la ocu rren cia siguiente n o p uede m e n o s que dar ranzón de ella y aparecer co m o u n com p rom iso entre sus req u erim ien tos y los del trabajo de in vestigación. En este p u n to, según lo atestigu a la experiencia, sobreviene la tran sferencia. Si algo del m aterial del com p lejo es apropiado para ser transferido sobre la persona del m éd ico, esta tran sferencia se produce, da por resultado la ocurrencia in m ediata y se an u n cia m ed ian te los in d icios de u n a r e siste n c ia ../’20

De este modo, la transferencia -al menos en su uso resistencial- brota del esfuerzo m ism o que implica el trabajo solicitante de la-cura que sigue los lincam ientos de la regla fundam ental. En este sentido, la transferencia no es un fenóm eno espontáneo sino que es una respuesta a la incidencia del deseo del analista puesto en acto.

No hace falta evocar otro fragmento clínico que el situado arriba por nosotros para ilustrar esta imbricación recíproca entre asociación libre y transferencia. Al finalizar la sesión en la que Freud lleva al Hombre de las ratas á decir aquello que escapa a la form ulación en la descripción del “torm ento de las ratas", el analizante no sólo da u n a primera aproxi­ mación a la form a de m anifestación de su síntoma, si no que tam bién presenta u n esbozo del O tro de la transferencia que se establece en el tratam iento:

20. Freud, S. (1912) "Sobre la dinámica de la transferencia” en Obras completas, Vol. XII, op. cit, p. 101

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"...al final de la segunda sesión se com p ortó com o atolondrado y c o n fu n ­ dido. M e d io repetidas veces el trato de 'señor cap itán '...”21

Por esta vía hem os abierto la puerta a los próximos capítulos: trans­ ferencia y síntom a, como conceptos fundam entales articulados. No obstante, antes de abocamos a su estudio, cabe realizar un rodeo que recupere, una vez más, el acto del analista a través de la interpretación -intervención que es subsidiaria del cum plim iento dé la asociación libre y fundacional del dispositivo analítico-.

21. Freud, S. (1909) A propósito de un caso de neurosis obsesiva (El hombre de las ratas) en Obras completas, Vol. X, op. cit, p, 135.

Referencias

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