→Traducido a más de 150 idiomas.
→ Más de 100 millones de ejemplares en circulación. → Todo un clásico de la literatura cristiana.
→ Lo mejor que se ha escrito sobre la salvación. → De contenido claro, directo y profundo; inspirado e inspirador.
El mejor camino para conseguir renovación y crecimiento espiritual, paz interior y exterior, buena comunicación
con los demás y con el cielo; y superar las grandes dudas existenciales.
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Presidente Pablo Perla
Vicepresidente Editorial Francesc X. Gelabert Vicepresidente de Producción Daniel Medina Vicepresidenta de Atención al Cliente Ana L. Rodríguez
Vicepresidente de Finanzas Saúl Ortiz
Actualización del texto Francesc X. Gelabert Edición del texto Jorge L. Rodríguez Diseño de la portada Kathy Hernández de Polanco
Diseño de interiores Daniel Medina Goff
Copyright © 2015
Inter-American Division Publishing Association® ISBN: 978-1-61161-551-7
Impreso por Nanjing Amity Printing Co., Ltd Impreso en China / printed in China 1ª edición con el texto cuidadosamente corregido
y totalmente renovado: octubre 2015
Está prohibida y penada, por las leyes internacionales de protección de la propiedad intelectual, la traducción y la reproducción o transmisión, total o parcial, de esta obra (texto, imágenes, diseño y diagramación); ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia, en audio o por cualquier otro medio, sin el permiso previo y por escrito de los editores.
En esta edición de El mejor camino las citas bíblicas han sido tomadas indistintamente de la Nueva Versión Internacional: NVI © Bíblica y de la versión Reina-Valera revisión de 1995: RV95 © Sociedades Bíblicas Unidas. Cuando se citan otras versiones se indica con las siglas usuales: Reina-Valera Antigua, revisión de 1909: RVA, revisión de 1977: RV77 © CLIE, Reina-Valera Contemporánea: RVC © Sociedades Bíblicas Unidas, La Palabra Hispanoamericana: LPH © Sociedad Bíblica de España, Nueva Traducción Viviente: NTV © Tyndale House Foundation, Palabra de Dios para Todos: PDT © Centro Mundial de Traducción de La Biblia, Nueva Biblia al Día: NBD © Bíblica, Traducción en Lenguaje Actual: TLA © Sociedades Bíblicas Unidas. Todas las cursivas en los textos bíblicos son de la autora y no figuran en el texto bíblico.
Contenido
PÁGINA
Prefacio 6
1. Amor supremo 9
2. Nuestra necesidad más urgente 17
3. Un poder maravilloso que convence 23
4. Para obtener la paz interior 37
5. La consagración 43
6. Maravillas obradas por la fe 49
7. Cómo lograr una magnífica renovación 57
8. El secreto del crecimiento 67
9. El gozo de la colaboración 77
10. Los dos lenguajes de la Providencia 85
11. ¿Podemos comunicarnos con Dios? 93
12. ¿Qué hacer con la duda? 105
Prefacio
Entre las preguntas más importantes que el ser humano se ha formulado, y debe formularse, se destaca la que hizo el carcelero de Filipos a Pablo y Silas: «Seño res, ¿qué tengo que hacer para ser salvo?».1
Encontrar la respuesta correcta a esta pregunta es de vital importancia, pero un tanto difícil. La discusión en torno a la naturaleza y al significado de la salvación resulta interminable. Los intentos por definir y distinguir la parte humana y la parte divina, dentro de la dinámica de la salvación, es en la actua-lidad motivo de agrios debates. Tratar de captar el contenido de términos como «santificación», «justificación», «expiación» y «redención», desanima a cualquiera en su deseo de comprender qué es la salvación y qué se tiene que hacer para alcanzarla.
Sin embargo, Ellen G. White en su libro ElmEjorcamino
describe de forma magistral y sencilla el significado y la dinámica de la salvación. En las páginas de esta obra Cristo y la salvación llegarán a ser para el lector mucho más que una idea teológica, mucho más que un tema de debate. Jesús llegará a ser el Salvador y el Señor que necesitamos para vivir con gozo la certeza de nues-tra salvación.
Hoy se tiende más a buscar la realidad que la verdad, más la vida que el pensamiento, más la existencia plena que las grandes ideas. Por eso la humanidad necesita ElmEjorcamino. Este
li-bro, a toda persona que lo lea, le resultará verdaderamente rele-vante. Ca da uno de sus capítulos ilumina la mente, toca el cora-zón y mueve la voluntad, al mostrarnos el inmenso amor de Dios, y animarnos a la confesión, la consagración y el arrepentimiento.
En este pequeño gran libro se destacan asimismo las maravillas de la fe, nos son desvelados los secretos del crecimiento espiritual, se nos se ñalan los be neficios de la oración, y somos motivados a servir al prójimo desinteresadamente.
Con la intención de hacer más claro el mensaje de ElmEjor camino se ha actualizado el vocabulario y se ha mejorado, donde
se ha visto necesario, la traducción. De este modo en esta revisión del siglo XXI rendimos homenaje a su inspirada e inspiradora autora, y esperamos haber llegado a conseguir que su lenguaje sea un modelo digno de imitación de buen castellano; en todo caso con un apego escrupuloso al mensaje original de Ellen G. White y total respeto al buen estilo de esta pequeña gran obra. Al preparar esta edición tan especial en el año 2015, queremos además que sea nuestra contribución a la conmemoración del centenario del fallecimiento de la autora.
Sin lugar a dudas StEpSto crhiSt, publicado por primera
vez en 1892, traducido a más de 150 idiomas y con más de 100 millones de ejemplares en circulación, ha llegado a ser un clásico de la literatura cristiana.
loS EditorES
Referencias bíblicas
“Por aquí es el camino, vayan por aquí”» Isaías 30: 21, DHH «Según el hombre, todo camino es limpio,
pero el Señor pondera los espíritus». Proverbios 16: 2, RVC «“¿Cómo vamos a saber el camino?”.
Jesús le contestó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”».
9
T
anto la naturaleza como la revelación dan testimo-nio del amor de Dios. Nuestro Padre celestial es la fuen-te de vida, sabiduría y go zo. Observemos las maravillas y bellezas de la naturaleza; fijémonos en su prodigiosa adap-tación a las necesidades y a la felicidad, no solamente de cada ser hu mano, sino de todos los seres vi vientes. La luz del sol y la lluvia que alegran y refrescan la tierra; los montes, los mares y las praderas, to do nos habla del amor del Crea dor. Dios es el que satisface las ne ce si da des diarias de todas sus criaturas. El Salmista lo expresó con estas hermosas palabras:«Los ojos de todos se posan en ti, y a su tiempo les das su alimento. Abres la mano y sacias con tus favores a todo ser viviente».1
Amor supremo
1
Dios hizo al hombre perfectamente santo y feliz. La tie-rra con toda su hermosura no tenía, al salir de la mano del Creador, mancha de decadencia ni sombra de maldición. Fue la transgresión de la ley de Dios, la ley de amor, lo que trajo consigo dolor y muerte. Sin em bargo, en medio del sufri-miento, que es el resultado del pecado, se manifiesta el amor de Dios. Está escrito que Dios le dijo al hombre: «¡Maldita será la tierra por tu culpa!».2 Los cardos y espinas, las
dificul-tades y pruebas que colman nuestra vida de trabajos y preo-cupaciones, nos fueron asignados para nuestro bien, como parte de la preparación necesaria, según el plan de Dios, para liberar a la humanidad de la ruina y la degradación que el pecado ha causado. El mundo, aunque caído, no es todo tristeza y miseria. En la naturaleza misma hay mensajes de esperanza y consuelo, hay flores en los cardos, y las espinas están cubiertas de rosas.
«Dios es amor» está escrito en cada capullo de flor que se abre, en cada tallo de la hierba que crece. Las lindas avecillas que llenan el aire de melodías con sus dulces trinos, las flo-res exquisitamente matizadas que en su perfección perfuman el ambiente, los imponentes ár boles del bosque con su ri co follaje de esplendoroso ver dor; todo ello atestigua el tier no y paternal cuidado de nuestro Dios y de su de seo de hacer felices a sus hijos.
La Palabra de Dios revela su carácter. Él mismo decla-ró su infinito amor y piedad. Cuando Moisés dijo a Dios: «Déjame verte en todo tu esplendor», el Señor respondió: «Voy a darte pruebas de mi bondad, y te daré a conocer mi nombre».3 Esa es su gloria. El Señor pasó delante de
Moisés y proclamó: «El Señor, el Señor, Dios clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fidelidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y
1. Amor supremo
que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado».4 Él es
«lento para la ira y lleno de amor»,5 porque su «mayor placer
es amar».6
Dios atrae nuestros corazones mediante innumerables pruebas de amor en el cielo y en la tierra. Procura revelár-senos valiéndose de la naturale za y de los más profundos y tiernos lazos que el corazón humano puede conocer en la tierra. Y todo ello no representa más que imperfectamente su amor. Aunque se habían dado todas estas pruebas evidentes, el enemigo del bien cegó el entendi mien to de los seres huma-nos, para que miraran a Dios con temor y lo consideraran severo e implacable. Sa ta nás ha inducido a la hu manidad a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo es una justicia implacable, como juez minucioso, severo e irreflexi-ble. Representa al Creador como alguien que vela con ojo inquisidor para descubrir los errores y las faltas de los seres humanos y hacer caer sus juicios sobre ellos. A fin de disipar esta negra sospecha vi no el Señor Jesús a vivir entre nosotros, y manifestó al mundo el amor infinito de Dios.
El Hijo de Dios descendió del cielo para revelar al Padre. «A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Pa dre, nos lo ha dado a conocer».7 «Y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a
quien el Hijo quiera revelarlo».8 Cuando uno de sus
discípu-los le dijo: «Muéstranos al Padre», Jesús le respondió: «¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: “Muéstranos al Padre?”».9
Jesús dijo, describiendo su misión terrenal: «El Espíritu del Señor [...] me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos
y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos».10
Esta era su misión. Anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos de Satanás.
Había aldeas enteras donde no se oía un solo gemido de dolor en ninguna casa, porque él había pasado por ellas y sanado a todos sus enfermos. Su obra demostraba su unción divina. En cada acto de su vida revelaba amor, misericordia y compasión; su corazón rebosaba de tierna consideración por todos los seres humanos. Se revistió de la naturaleza humana para poder solidarizarse con nosotros en nuestras necesidades. Los más pobres y humildes no tenían te mor de acercarse a él. Aun los niñitos se sentían atraí dos hacia él. Les gustaba sentarse en sus rodillas y contemplar su rostro pensativo, que irradiaba be nignidad y amor.
Jesús no suprimía una palabra de la verdad, pero siem-pre la exsiem-presaba con amor. En su trato con la gente habla-ba con el mayor tacto, afabilidad y compasiva solidaridad. Nunca fue rudo ni pronunció innecesariamente una pala-bra severa, ni ocasionó innecesariamente dolor a ningún alma sensible. No censuraba la debilidad humana. Decía la verdad, pero siempre con cariño. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero las lágrimas velaban su voz cuando profería sus agudas reprensiones. Lloró sobre Je ru salén, la ciudad amada, que rehusó recibirlo, a él, que era «el camino, la verdad y al vida».11 Sus habitantes habían
rechazado al Salvador, pero él los consideraba con piadosa ternura. Fue la suya una vida de abnegación y preocupa-ción por los demás. Cada persona era valiosa a sus ojos. A la vez que se condujo siempre con divina dignidad, se preo-cupaba con la más tierna consideración por cada uno de los miembros de la familia de Dios. En todos los hombres y mujeres veía almas caídas a quienes era su misión salvar.
1. Amor supremo
Este fue el carácter que Cristo reveló en su vida. Y este es el carácter de Dios. Del corazón del Padre es de donde manan para todos los seres humanos los ríos de la compasión divina demostrada por Cristo. Jesús, el tierno y piadoso Salvador, era Dios que «se manifestó como hombre».12
Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Se hizo «Varón de dolores» para que nosotros fuésemos hechos parti-cipantes de la dicha eterna. Dios permitió que su Hijo ama-do, «lleno de gracia y de verdad»,13 viniera de un mundo de
indescriptible glo ria a esta tierra corrompida y manchada por el pecado, oscurecida por la sombra de la muerte y la maldición. Permitió que dejase el seno de su amor, la ado-ración de los ángeles, para sufrir oprobio, insultos, humi-llación, odio y muerte. «Sobre él re cayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados».14
¡Míralo en el de sierto, en el Get semaní, sobre la cruz! El Hijo inmaculado de Dios tomó sobre sí la carga del pecado. El que había sido uno con Dios sintió en su alma la terrible separa-ción que el pecado crea entre Dios y el hombre. Esto arran-có de sus labios el angustioso clamor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».15 Fue la carga del pecado, el
recono ci miento de su terrible enormidad y de la separación que causa en tre el alma y Dios, lo que quebrantó el corazón del Hijo de Dios.
Pero este gran sacrificio no fue hecho para suscitar hacia nosotros amor en el corazón del Padre, ni para moverlo a sal-varnos. ¡De ningún modo! «Por que tanto amó Dios al mun-do, que dio a su Hijo unigénito».16 Si el Padre nos ama no es
a causa de la gran propiciación, sino que él proveyó la pro-piciación porque nos ama. Cristo fue el medio por el cual el
Padre pudo derramar su amor infinito sobre un mundo caído. «En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo».17
Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getse maní, en la muerte del Calvario, el corazón del Amor infinito pagó el precio de nuestra redención.
Jesús declaró: «Por eso me ama el Padre, porque yo pon-go mi vida para volverla a tomar».18 Es decir: «De tal manera
te amaba mi Padre, que me ama tanto más porque di mi vida para re dimirte. Me hice tu sustituto y fian za, y en tre gué mi vi da por ti, asumiendo tus responsabilidades y trans -gresiones. De ahí que me aprecie aún más mi Pa dre. Así, me diante mi sa crificio, sin él dejar de ser justo, es quien justifica al que cree en mí».
Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra re-dención; porque únicamente «el Hijo único, que es Dios y vive en íntima unión con el Padre, nos lo ha dado a cono-cer».19 Solo él, que conocía la amplitud y la profundidad del
amor de Dios, podía manifestarlo. Nada que fuera inferior al infinito sacrificio hecho por Cristo en favor nuestro podía expresar el amor del Padre hacia la perdida humanidad.
«De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito».20 Lo dio, no solo para que viviera entre los
seres humanos, llevara los pecados de ellos y muriera para expiarlos; sino que lo dio a la raza caída. Cristo tenía que identificarse con los in tereses y las necesidades humanas. Él que era uno con Dios se hermanó con los hijos de los hom-bres mediante vínculos que jamás podrán ser rotos. Je sús «no se avergüenza de llamarlos hermanos».21 Es nuestro
Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Her mano, que lleva nuestra forma humana delante del trono del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza a la cual redimió: es
1. Amor supremo
el Hijo del hombre. Y todo esto para que la humanidad fuera rescatada de la ruina y degradación del pecado, a fin de que pudiera reflejar el amor de Dios y compartir el gozo de la santidad.
El precio pagado por nuestra redención, el sa crificio infinito que hizo nuestro Padre celestial al entregar a su Hijo para que muriera por no so tros, debería hacer que au-mentara nuestra valoración de lo que podemos llegar a ser por intermedio de Cristo. Al considerar el inspirado após-tol Juan «la anchura, la longitud, la profundidad y la altu-ra»,22 del amor del Padre hacia la raza que perecía, se llena
de alabanzas y reverente admiración. Al no haber podido encontrar palabras para ex presar la grandeza y ternura de ese amor, exhorta al mun do a contemplarlo. «¡Fí jen se qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!».23 ¡Qué valiosos nos hace esto! Por la transgresión,
somos hechos súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrifi-cio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán podemos llegar a ser hijos e hijas de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la humanidad. Al vincularse con Cristo, los seres humanos caídos somos colocados donde podemos llegar a ser verdaderamente dignos del título de «hijos de Dios».
Tal amor es incomparable. ¡Que podamos ser hijos del Rey celestial! ¡Preciosa promesa! ¡Tema dig no de la más profunda meditación! ¡Incom parable amor de Dios para un mundo que no lo amaba! Este pensamiento ejerce un poder subyugador que somete el entendimiento a la volun-tad de Dios. Cuanto más es tudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, mejor vemos la misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y con mayor claridad nos percatamos de las innumerables pruebas de
profunda compasión que siente una madre hacia su hijo extraviado. Referencias bíblicas 1. Salmo 145: 15, 16 2. Génesis 3: 17 3. Éxodo 33: 18, 19 4. Éxodo 34: 6, 7 5. Jonás 4: 2 6. Miqueas 7: 18 7. Juan 1: 18 8. Mateo 11: 27 9. Juan 14: 8, 9 10. Lucas 4: 18 11. Juan 14: 6 12. 1 Timoteo 3: 16 13. Juan 1: 14 14. Isaías 53: 5 15. Mateo 27: 46 16. Juan 3: 16 17. 2 Corintios 5: 19 18. Juan 10: 17 19. Juan 1: 18, LPH 20. Juan 3: 16 21. Hebreos 2: 11 22. Efesios 3: 18 23. 1 Juan 3: 1
17
2
O
riginalmente el ser humano es taba dotado de una capacidad portentosa y de una mentalidad equilibrada; era perfecto y estaba en ar monía con Dios; sus pensa-mientos eran puros, sus propósitos, santos. Sin embargo, por su desobediencia, sus fa cultades se per vir tieron y el egoísmo reem plazó al amor. Su naturaleza quedó tan de bi li tada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, re sistir el poder del mal. Satanás lo convirtió en su esclavo, y habría per manecido así para siempre si Dios no hubiera interveni-do de una manera especial. El tentainterveni-dor quería desbaratar el propósito que Dios había tenido cuando creó al hombre. Así iba a llenar la tierra de sufrimiento y desolación, para luego señalar todo ese mal como resultado de la obra de Dios al crear al hombre y a la mujer.En su estado de inocencia, la mujer y el hombre gozaban de completa comunión con Aquel «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento».1 Pero
Nuestra necesidad
más urgente
después de su caída no pu dieron encontrar gozo en la san-tidad e intentaron ocultarse de la presencia de Dios. Esa es todavía la condición del corazón que no ha sido regenerado. No está en armonía con Dios ni encuentra gozo en la co-munión con él. El pecador no podría ser feliz en la presencia de Dios; le de sa gra daría la compañía de los seres santos. Y si pu die ra ser ad mitido en el cielo, no se sentiría feliz allí. El es-píritu de amor abnegado que reina allí, donde todo corazón corresponde al Cora zón del amor infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de bondad. Sus pensamientos, sus intereses y móviles serían distintos de los que mueven a los moradores celestiales. Sería una nota discordante en la me-lodía del cielo, que sería para él un lugar de tortura. Ansiaría esconderse de la presencia de Aquel que es su luz y el centro de su gozo. No es un decreto arbitrario por parte de Dios el que ex clu ye del cielo a los pecadores contumaces. Ellos mis-mos se han ce rrado las puertas por su propia ineptitud para la fraternidad que allí reina. La gloria de Dios sería para ellos fuego consumidor. De searían ser destruidos a fin de ocultar-se del rostro de Aquel que mu rió para salvarlos.
Es imposible que escapemos por nosotros mismos del abismo de pecado en el que estamos hundidos. Nuestro cora-zón es perverso, y nosotros no lo podemos cambiar. «¿Quién de la inmundicia puede sacar pureza? ¡No hay nadie que pueda hacerlo!».2 «La mentalidad pecaminosa es enemiga
de Dios, pues no se so mete a la ley de Dios, ni es ca paz de hacerlo».3 La educación, la cul tura, la fuerza de vo luntad,
el esfuerzo hu mano, tienen su lugar; pero carecen de poder para salvarnos. Pueden producir un cambio externo de la conducta, pero no pueden transformar el corazón; no pue-den purificar las fuentes de la vida. Es necesario que haya un poder que obre desde el interior, una vida nueva de lo
2. Nuestra necesidad más urgente
alto, antes que alguien pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Únicamente su gracia puede revitalizar las adormecidas facultades del al ma y atraerla a Dios, a la santidad.
El Salvador dijo: «Quien no nazca de nuevo», es decir, si no recibe un corazón nuevo, nuevos deseos, nuevos propósi-tos y motivaciones correctas que lo guíen a una nueva vida; «no puede ver el reino de Dios».4 La idea de que lo único
ne-cesario es que se desarrolle nuestra supuesta bondad innata, es un engaño fatal. «El que no tiene el Es píritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmen-te».5 «No te extrañes de que te diga: “Todos tienen que nacer
de nuevo”».6 De Cristo está escrito: «En él estaba la vida, y la
vida era la luz de la humanidad»,7 el único «nombre dado
a los hombres mediante el cual po damos ser salvos».8
No basta comprender la amante bondad de Dios ni perci-bir la benevolencia y paternal ternura de su carácter. No basta discernir la sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamba: «Estoy de acuerdo en que la ley es bue-na», en que «la ley es santa, y que el mandamiento es santo, justo y bueno»; y, en la amargura de su alma agonizante y desesperada, añadía: «Pero yo soy meramente humano, y es-toy vendido como esclavo al pecado».9 Ansiaba la pu re za, la
justicia que no podía alcanzar por sí mis mo, y dijo: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?».10 El
mismo clamor ha surgido en todas partes y en todo tiempo de co ra zo nes cargados de culpabilidad. Para to dos ellos hay una sola respuesta: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mun do!».11
Muchas son las figuras mediante las cuales el Espíritu de Dios ha procurado ilustrar esta verdad y hacerla comprensible a todos los que desean verse libres de su carga de culpabilidad. Cuando Jacob tuvo que huir del hogar paterno, después de haber pecado engañando a Esaú, y abrumado por el peso de la culpa, se sentía solo, abandonado y se parado de todo aquello que le hacía agradable la vida. El pensamiento que más opri-mía su alma era el temor de que su pecado lo hubiera aparta-do de Dios y que el cielo lo hubiera abanaparta-donaaparta-do. Aba tiaparta-do por la tristeza, se recostó pa ra descansar so bre la dura tierra. Se ha llaba ro deado por las solitarias montañas y lo cu bría la bó veda celeste con su manto de estrellas.
Mientras dormía, de repente vio una extraña luz. Desde la llanura donde estaba acostado, una larga e impresionante es-calera parecía conducir a lo al to, hasta las mismas puertas del cielo. Los án geles de Dios subían y bajaban por ella, mientras que desde la gloria de las alturas se oía la voz divina procla-mando un mensaje de consuelo y es pe ranza.
Así se le reveló a Jacob lo que satisfacía la necesidad y ansia de su alma: un Salvador. Con gozo y gratitud vio que se le mostraba un camino por el cual él, aunque pecador, podía ser restituido a la comunión con Dios. La mística escalera de su sue ño representaba al Señor Jesús, el único me dio de co-mu nicación entre Dios y los seres humanos.
A esta misma figura se refirió Cristo en su conversación con Natanael, cuando dijo: «Ciertamente les aseguro que us-tedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».12 Al caer en pecado, la
hu-manidad se alejó de Dios; la tierra quedó separada del cielo. A través del abismo que surgió no podía haber co mu nicación alguna. Sin embargo, mediante el Se ñor Jesucristo, el mundo se unió nuevamente al cielo. Con sus propios méritos, Cristo
2. Nuestra necesidad más urgente
creó un puen te sobre el abismo que el pecado había abierto, de tal manera que todos podamos tener ahora comunión con los ángeles ministradores. Cristo une con la Fuen te del poder infinito a los seres hu ma nos caídos, débiles y desamparados.
Vanos son los sueños de progreso humano, inútiles todos los esfuerzos por elevar a la humanidad, si se menosprecia la única fuente de esperanza y am paro para la raza caída. «Toda buena dádiva y todo don perfecto»13 provienen de Dios. Fuera
de él, no hay verdadera excelencia de carácter, y el único cami-no para ir a Dios es Cristo, quien dice: «Yo soy el camicami-no, la verdad y la vida [...]. Nadie llega al Padre sino por mí».14
El corazón de Dios suspira por sus hijos terrenales con un «amor» que «es más fuerte que la muerte».15 Al dar a su Hijo
entregó todo el cielo en un don. La vi da, la muer te y la inter-cesión del Salvador, el mi nis te rio de los ángeles, las súplicas del Espíritu San to, el Pa dre obrando por encima y a través de todo, el incesante interés de los seres celestiales: todo ha sido movilizado en favor de nuestra re dención.
Hemos de ser conscientes del asombroso sacrificio que ha sido hecho a favor nuestro. ¡Qué in conmensurable esfuerzo! ¡Cuánta energía dedicada por el cielo en el rescate del perdi-do para hacer que vuelva a la casa de su Padre! Jamás podrían haberse puesto en acción motivaciones más fuertes y energías más poderosas. ¿Acaso las grandes recompensas por hacer el bien, el disfrute del cielo, la compañía de los ángeles, la co munión y el amor de Dios y de su Hijo, la elevación y el acrecentamiento de todas nuestras facultades por las eda des eternas, no son incentivos y estímulos poderosos que nos ins-tan a dedicar a nuestro Crea dor y Salva dor el amante servicio de nuestro co ra zón?
Por otra parte, los juicios de Dios pronunciados contra el pecado, la retribución inevitable, la de gra dación de nuestro carácter y la destrucción final se pre sentan en la Palabra de Dios como una ad ver tencia contra el servicio a Satanás.
¿Seremos capaces de despreciar la misericordia divina? ¿Acaso podría Dios haber hecho más todavía? Unámonos estrechamente a Aquel que nos ha amado con amor eterno. Aprovechemos los medios provistos para nosotros a fin de que seamos transformados conforme a su semejanza y restituidos a la comunión con los án ge les ministradores, a la armonía y comunión con el Padre y el Hijo.
Referencias bíblicas 1. Colosenses 2: 3 2. Job 14: 4 3. Romanos 8: 7 4. Juan 3: 3 5. 1 Corintios 2: 14 6. Juan 3: 7, DHH 7. Juan 1: 4 8. Hechos 4: 12 9. Romanos 7: 16, 12, 14 10. Romanos 7: 24 11. Juan 1: 29 12. Juan 1: 51 13. Santiago 1: 17 14. Juan 14: 6 15. Cantares 8: 6, LPH
23
¿
C
ómo nos justificaremos ante Dios? ¿Cómo se hará justo el pecador? Únicamente por me dio de Cris to podemos ser puestos en armonía con Dios y con la santidad. En tonces ¿cómo hemos de ir a Cristo? Muchos for-mulan hoy la misma pregunta que hizo la multitud el día de Pen tecostés, cuando, convencida de pecado, exclamó: «¿Qué debemos ha cer?». La primera pa la bra de la respuesta del após-tol Pedro fue: «Arre pién tanse». Poco después, en otra ocasión, dijo: «Para que sean borrados sus pecados, arrepiéntanse y vuélvanse a Dios».1El arrepentimiento incluye tristeza por el pecado, y ade-más, abandonarlo. No renunciaremos al pecado a menos que nos demos cuenta de su malignidad; y mientras no lo repudie-mos de corazón no habrá cambio real en nuestra vida.
Un poder
maravilloso
que convence
Muchos no entienden la verdadera naturaleza del arre-pentimiento; y se entristecen por haber pe cado, e incluso se reforman exteriormente, porque temen que su mala conduc-ta les provoque sufrimiento. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido bíblico. La mentan el sufrimiento más bien que el pecado. Eso fue lo que sintió Esaú cuando vio que había perdido su primogenitura para siempre. Balaam, aterrorizado por el ángel que estaba en su camino con la espada desenvai-nada, reconoció su culpa porque temía perder la vida, pero no experimentó un sincero arrepentimiento del pecado; no cam-bió de propósito ni aborreció el mal. Judas Is cariote, después de haber traicionado a su Señor, se lamentó: «He pecado […] porque he entregado sangre inocente».2
La confesión de Judas fue arrancada a su alma atormen-tada por un tremendo sentimiento de condenación y «una terrible expectativa de juicio».3 Las consecuencias que
ten-dría que afrontar lo llenaban de terror, pero no experimentó profundo quebrantamiento de corazón ni dolor en su alma por haber traicionado al Hijo inmaculado de Dios y negado al Santo de Israel. Cuando el faraón de Egipto sufría bajo los juicios de Dios, reconocía su pecado a fin de escapar al casti-go, pero volvía a desafiar al cielo tan pronto como cesaban las plagas. Todos los mencionados lamentaban los resultados del pecado, pero no experimentaron pesar por el pecado mismo.
Sin embargo, cuando el corazón cede a la in fluencia del Espíritu de Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra. «La ver-dadera luz, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegan-do al munllegan-do»,4 mostrándonos los más ocultos recovecos del
alma; que así nos son puestos de manifiesto. La convicción se posesiona de la mente y del corazón. El pecador reconoce
3. Un poder maravilloso que convence
entonces la justicia del Señor, y siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña los corazones. Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la pu-reza. Ansía ser pu rificado y restituido a la comunión del cielo. La oración de David después de su caída ilustra la natu-raleza del verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento fue sincero y profundo. No se esforzó por atenuar su culpa y su oración no fue inspirada por el deseo de escapar al juicio que lo ame nazaba. David, al percatarse de la enormidad de su transgresión, y de su profundo envilecimiento, sintió aversión por su pecado. Así que no solo pidió perdón, sino también que su corazón fuera purificado. De seaba ardientemente el gozo de la santidad y ser restituido a la armonía y la comu-nión con Dios. Y así lo expresaba con toda su alma:
«Dichoso aquel a quien
se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el Señor no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño».5
«Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones. […] Yo reconozco mis transgresiones; siempre tengo presente mi pecado. […] Purifícame con hisopo, y quedaré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. […] Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me alejes de tu presencia ni me quites tu santo Espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación; que un espíritu obediente me sostenga. […] Dios mío, Dios de mi salvación,
líbrame de derramar sangre, y mi lengua alabará tu justicia».6
Sentir un arrepentimiento como este es algo que supera nuestra humana capacidad. Se obtiene únicamente de Cristo, quien, «cuando ascendió a lo alto, […] dio dones a los hom-bres».7
Precisamente es ahí donde muchos se confunden, y por eso no reciben el amparo que Cristo nos ofrece. Consideran que no pueden acudir a él a menos que primero se hayan arrepenti-do, y que el arrepentimiento los prepare para que sus pecados les sean perdonados. Es cierto que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados; porque es únicamente el «corazón quebrantado y arrepentido»8 el que siente la necesidad de un
Salvador. Ahora bien, para po der ir al Señor Jesús, ¿ha de es-perar el pecador hasta ha berse arrepentido? ¿Debe hacerse del arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador?
La Sagrada Escritura no enseña que el pecador tenga que arrepentirse antes de poder aceptar la invitación de Cristo: «¡Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso!».9 La virtud proveniente de Cristo es la que
nos induce a un arrepentimiento genuino. El apóstol Pedro presentó el asunto de una manera muy clara cuando dijo a los israelitas: «Por su poder, Dios lo exaltó como Príncipe y Salvador, para que diera a Israel arrepentimiento y perdón de pecados».10 Tan imposible es arrepentirse si el Espíritu de
Cristo no despierta la conciencia, como lo es obtener el per-dón sin Cristo.
Él es la fuente de to do buen impulso. Es el único que pue-de im plantar en el corazón ene mistad contra el pe cado. Todo
3. Un poder maravilloso que convence
deseo de ver dad y pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, evidencian que su Es pí ritu está obrando en nuestro corazón.
Jesús dijo: «Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo».11 Cristo tiene que ser revelado
al pecador como el Salvador que murió por los pecados del mundo; y mientras contemplamos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a revelarse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arre-pentimiento. Al morir por los pecadores, Cristo manifestó un amor incomprensible; y a medida que el pecador lo contem-pla, este amor enternece el corazón, impresiona la mente e infunde arrepentimiento al alma.
Es verdad que a veces los seres humanos se avergüenzan de sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero siempre que, animados de un sincero deseo de hacer el bien, hacen un esfuerzo por reformarse, es el poder de Cristo el que los está atrayendo. Una influencia de la cual no se dan cuenta actúa en su interior, su conciencia se vivifica y su conducta ex-terna se enmienda. Y cuando Cristo los induce a mirar su cruz y a contemplar a Aquel que fue traspasado por sus pecados, el mandamiento se graba en su conciencia, y se percatan de la maldad de su vida, de lo profundamente que está arraigado en su alma el pecado, y así empiezan a entender de algún modo la justicia de Cristo, y exclaman: «¿Qué es el pecado, para que haya exigido tal sacrificio por la redención de sus víctimas? ¿Fueron necesarios todo ese amor, todo ese sufrimiento, toda esa humillación, para que yo no perezca, sino que tenga vida eterna?».
El pecador puede resistirse a semejante amor, pue de re-husar ser atraído a Cristo; pero si no se resiste, será atraído
a Jesús; y el conocimiento del plan de la salvación lo guiará al pie de la cruz, arrepentido de sus pecados, los cuales causaron los sufrimientos del ama do Hijo de Dios.
La misma divina Inteligencia que interviene en toda la naturaleza habla a los corazones de los hombres y las muje-res, y crea en ellos un indecible deseo de algo que no poseen. Nada de este mundo puede satisfacer ese anhelo. El Espíritu de Dios les suplica que busquen lo único que les puede dar paz y quietud: la gracia de Cristo y el goce de la santidad.
Por medio de influencias visibles e invisibles, nues tro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón de las mujeres y los hombres y apartarlos de los vanos place-res del pecado para llevarlos a las infinitas bendiciones que pueden obtener de él. A todas esas almas que procuran vana-mente beber en las «cisternas rotas» de este mundo, se dirige el mensaje divino: «El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida».12
Si en tu corazón existe un anhelo de algo mejor que cuan-to este mundo pueda ofrecer, reconoce en ese deseo la voz de Dios que te está hablando. Pí dele que te dé arrepentimiento, que te revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza absoluta. En la vida del Salvador fueron perfectamente ejem-plificados los principios de la ley de Dios: el amor a Dios y a la humanidad. La benevolencia y el amor desinteresado fue-ron la vida de su alma. Cuando contemplamos al Redentor, y su luz nos inunda, es cuando ve mos la pecaminosidad de nuestro corazón.
Podemos ufanarnos, como Nicodemo, de que nuestra vida ha sido íntegra, de lo correcto que es nuestro carácter moral, y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común; pero cuando la luz de Cristo resplandezca en nuestra alma, veremos lo impuros que somos:
3. Un poder maravilloso que convence
nos percataremos del egoísmo de nuestras motivaciones y de nuestra enemistad con Dios, que han manchado todos los actos de nuestra vida. En tonces nos daremos cuenta de que nuestra propia justicia es realmente como «trapos de inmun-dicia»,13 y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos
de la contaminación del pecado y renovar nuestro corazón a la semejanza del Señor.
Un rayo de la gloria de Dios, una vislumbre de la pureza de Cristo, que penetre en el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de pecado, y descubre la deformidad y los defec-tos del carácter humano. Hace patentes los deseos profanos, la in credulidad del corazón y la impureza de labios. Los actos de deslealtad mediante los cuales el pe cador conculca la ley de Dios quedan expuestos a su vista, y su espíritu se aflige y se acongoja bajo la penetrante influencia del Espíritu de Dios. En presencia del carácter puro y sin mancha de Cristo, el transgre-sor se aborrece a sí mismo.
Cuando el profeta Daniel contempló la gloria que ro-deaba al mensajero celestial que le había sido enviado, se sintió abrumado por su propia de bilidad e imperfección. Describiendo el efecto de aquella impresionante escena, relató: «Las fuerzas me abandonaron, palideció mi rostro, y me sentí totalmente desvalido».14 El alma así conmovida
odiará su egoísmo y amor propio, y mediante la justicia de Cristo buscará la pureza de corazón que armoniza con la ley de Dios y con el carácter de Cristo.
El apóstol Pablo dice que, «en cuanto a la justicia que se basa en el cumplimiento de la ley», es decir, las obras externas, él «era irreprochable»;15 pero cuando percibió el carácter
espi-ritual de la ley, se reconoció pecador. Juzgado por la letra de la ley como la gente la suele aplicar a la vida externa, él se sentía libre de pecado. Ahora bien, cuando pudo ver el alcance de
los sagrados preceptos, y se vio a sí mismo como Dios lo veía, se humilló profundamente y confesó su culpabilidad: «Hubo un tiempo en que viví sin entender la ley. Sin embargo, cuan-do aprendí, por ejemplo, el mandamiento de no codiciar, el poder del pecado cobró vida».16 Cuando percibió la
natura-leza espiritual de la ley, vio lo horrible que es el pecado, y su orgullo se desvaneció.
Para Dios no todos los pecados son de igual relevancia. Hay diferencias entre los pecados a su juicio, como las hay a juicio de los seres humanos. Sin em bargo, aunque este o aquel acto malo pueda a noso tros parecernos trivial, ningún pecado es pequeño a la vista de Dios. El juicio de los seres humanos es parcial e imperfecto; pero Dios ve todas las cosas como son realmente. El borracho es despreciado y se le dice que su peca-do lo excluirá del cielo, mientras que demasiapeca-do a menupeca-do el orgullo, el egoísmo y la codicia no son reprendidos. Sin embar-go, son estos pecados que ofenden a Dios especialmente, por-que contrarían la benevolencia de su carácter, ese amor abne-gado que es la esencia misma del universo no caído. Quien comete alguno de los pecados más groseros puede avergonzar-se y avergonzar-sentir su pobreza y ne cesidad de la gracia de Cristo; pero el orgulloso no siente necesidad alguna y así cierra su corazón a Cristo, y se priva de las in finitas bendiciones que él vino a derramar.
El pobre publicano que oraba diciendo: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!»,17 se consideraba a sí
mis-mo un ser terriblemente malvado, y así lo veían los demás. Él, sin embargo, sentía su necesidad, y con su carga de culpabili-dad, y abochornado, se presentó a Dios e imploró su miseri-cordia. Su corazón estaba abierto para que el Espíritu de Dios llevara a cabo en él su obra de gracia y lo libertara del poder del pe cado. La oración jactanciosa y presuntuosa del fariseo
3. Un poder maravilloso que convence
demostró que su corazón estaba cerrado a la influencia del Espíritu Santo. Por estar lejos de Dios, no tenía idea de su propia corrupción, que contrastaba con la perfección de la santidad divina. No sentía necesidad alguna y nada recibió.
Si percibes tu condición pecaminosa, no esperes hasta ha-certe mejor a ti mismo. ¡Cuántos hay que piensan que no son bastante buenos para ir a Cristo! ¿Esperarán hacerse mejores por sus propios esfuerzos? «¿Puede el etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas? ¡Pues tampoco us tedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal?».18 Únicamente en Dios hay ayuda para nosotros. No
de bemos per ma ne cer en espera de persuasiones más intensas, de mejores oportunidades, o de haber alcanzado una mayor santidad de carácter. Nada po demos hacer por nosotros mis-mos. Hemos de acudir a Cristo tal como somis-mos.
Pero nadie se engañe a sí mismo pensando que Dios, en su gran amor y misericordia, salvará in cluso a quienes recha-zan su gracia. La tremenda malignidad del pecado solo pue-de medirse a la luz pue-de la cruz. Cuando los seres humanos in-sisten en que Dios es demasiado bueno para desechar al pe-cador, que miren al Calvario. Si Cristo cargó con la culpa del deso bediente y sufrió en lugar del pecador, fue porque no había otra manera de que los seres humanos pudieran ser salvos. Sin ese sacrificio sería imposible que la familia huma-na escapara del poder contamihuma-nador del pecado y fuera resti-tuida a la comunión con los seres santos; sería imposible que volviera a participar de la vida espiritual. El amor, los sufri-mientos y la muerte del Hijo de Dios, ponen de manifiesto lo espantoso que es el pecado y demuestran que no hay modo de escapar de su poder, ni esperanza de una vida superior; sino mediante la sumisión del alma a Cristo.
Algunas veces los incrédulos se excusan diciendo de quie-nes profesan ser cristianos: «Soy tan bueno como ellos. No se comportan con más altruismo, sobriedad y equilibrio que yo. Les atraen los placeres y la complacencia propia tanto como a mí». Así hacen de las faltas ajenas una excusa para descuidar su deber. Pero los pecados y las faltas de otros no disculpan a nadie, porque el Señor no nos ha dado un modelo humano sujeto al error.
El inmaculado Hijo de Dios es quien nos ha sido dado como ejemplo, y los que se quejan de la mala conducta de aquellos que profesan creer en él, deberían comportarse mejor y ofrecer mejor ejemplo. Si tienen un concepto tan elevado de lo que un cristiano debe ser, ¿no es su pecado mucho mayor? Saben lo que es correcto, y sin embargo rehúsan hacerlo.
Ten cuidado con las dilaciones. No postergues el abando-no de tus pecados, ni la búsqueda de la pureza del corazón, por medio del Señor Jesús. En esto es donde son incontables los que han errado a costa de su perdición eterna. No incidiré aquí en la brevedad e incertidumbre de la vida; pero se corre un terrible peligro, que no es suficientemente valorado: el de ir postergando la decisión de ceder a la suplicante voz del Santo Espíritu de Dios. Como se prefiere seguir viviendo en pecado, no se sale nunca de la indecisión. No se puede continuar en el pecado, por insignificante que lo consideremos, sin correr el riesgo de una pérdida infinita. Lo que no venzamos nos vencerá, y nos destruirá.
Adán y Eva se convencieron de que algo tan insignificante como el hecho de comer el fruto prohibido no podía tener consecuencias tan calamitosas como las que Dios había anun-ciado. Pero aquel simple acto era una transgresión de la santa e in mutable ley de Dios, que separó de su Creador a la primera pareja y abrió las puertas a través de las cuales se precipitaron
3. Un poder maravilloso que convence
sobre nuestro mundo la muer te e in numerables desgracias. Como consecuencia de la desobediencia del hombre y de la mujer, siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra un continuo la men to de aflicción y «toda la creación hasta ahora gime a una, y sufre como si tuviera dolores de parto».19 El cielo
mis-mo ha sentido los efectos de la rebelión del ser humano contra Dios. El Calvario se destaca como un recordatorio del asom-broso sacrificio que se re quirió para expiar la transgresión de la ley divina. No consideremos pues el pe cado como algo trivial.
Toda transgresión, todo descuido o rechazo de la gracia de Cristo, obra indirectamente sobre noso tros; endurece el corazón, menoscaba la voluntad, entorpece el entendimiento, y no solo nos vuelve menos inclinados a ceder a las tiernas súplicas del Espíritu de Dios, sino incluso menos capaces de oírlas.
Muchos apaciguan la inquietud de su conciencia con la idea de que pueden cambiar su mala conducta cuando quie-ran, de que pueden tratar con ligere za las invitaciones de la misericordia, y seguir sintien do todavía las impresiones de ella. Piensan que des pués de menospreciar al Espíritu de gracia, y después de someterse a la in fluencia de Satanás, en un mo-mento de extrema necesidad podrán cam biar su modo de pro-ceder. Pero esto no se logra tan fácilmente. La experiencia y la educación de una vida entera han amoldado de tal manera el carácter, que pocos de sean después recibir la imagen de Jesús.
Un solo rasgo negativo en el carácter, un solo deseo pe-caminoso, albergado con persistencia, a menudo acaba por neutralizar todo el poder del evangelio. Ca da vez que uno cede al pecado, se fortalece la aver sión del alma ha cia Dios. El hombre y la mujer que manifiestan un descreído atrevimiento o una insensible indiferencia hacia la verdad, no están más que recogiendo la cosecha de su propia siembra. En toda la
Escri tu ra no hay amo nestación más terrible contra el hábito de jugar con el mal que estas palabras del sabio: «El perverso quedará atrapado en su propia maldad».20
Cristo está listo para libertarnos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si esta, por la persistencia en la transgresión, se inclina por completo al mal, y no deseamos ser libres ni quemos aceptar la gracia del Señor, ¿qué más puede hacer él? Si re-chazamos deliberadamente su amor, labramos nuestra propia destrucción. «Y ahora es el momento oportuno. ¡Ahora es el día de la salvación!». «Cuando oigan hoy su voz, no endurez-can el corazón».21
«La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón»;22 ese corazón nuestro con sus encontradas
emocio-nes de gozo y de tristeza; ese extraviado y voluble corazón hu-mano, morada de tanta impureza y engaño. El Señor conoce sus motivos, sentimientos y propósitos. Acude a él con tu alma manchada así tal cual. Como el Salmista, abre lo íntimo de tu corazón al ojo que todo lo ve, exclamando: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensa-mientos que me in quietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna».23
Muchos asumen una religión intelectual, una apa riencia de santidad, sin que su corazón haya sido purificado. Que tu oración sea: «Dios mío, ¡crea en mí un corazón limpio! ¡Renueva en mí un espíritu de rectitud!».24 Sé honesto contigo
mismo. Sé tan diligente, tan persistente, como lo serías si tu vida mortal estuviera en peligro. Este es un asunto que debe decidirse entre Dios y tu conciencia, y es una decisión para la eternidad; puesto que una esperanza irreal lo que haría es provocar tu propia ruina.
Hemos de estudiar con oración la Palabra de Dios; ya que, a través de ella, se nos presentan, en la ley de Dios y en
3. Un poder maravilloso que convence
la vida de Cristo, los grandes principios para «estar en paz con todos y llevar una vida santa; pues sin la santidad, nadie podrá ver al Señor».25 La Palabra de Dios nos convence de pecado,
y nos revela plenamente el camino de la salvación. Préstale atención como la voz de Dios hablando a tu alma.
Cuando veas la enormidad del pecado, cuando te veas como eres en realidad, no te entregues a la desesperación, pues a los pe cadores es a quienes Cristo vino a salvar.
No tenemos que re conciliar a Dios con no sotros, sino que —¡oh increíble amor!— «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo».26 Y con su tierno amor procura atraer
hacia él los corazones de sus hijos errantes. Ningún padre hu-mano podría ser tan paciente con las faltas y los yerros de sus hijos, como lo es Dios con aquellos a quienes trata de salvar. Nadie podría argüir más tiernamente con el pecador. Jamás enunciaron los labios humanos invitaciones más tiernas que las dirigidas por él al ex traviado. Todas sus promesas, sus amo-nestaciones, no son más que la expresión de su amor ine fable. Cuando Satanás acude a decirte que eres un gran pecador, alza los ojos a tu Redentor y habla de sus mé ritos. Lo que te ayudará será dejarte iluminar por él. Re conoce tu pecado, pero di al enemigo que «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores»,27 y que pue des ser salvo por su in com parable
amor. El Señor Jesús hizo una pregunta a Simón con respecto a dos deudores. El primero debía a su se ñor una pe queña suma y el otro una enorme; pero él a los dos los perdonó. Entonces Cristo pre gun tó a Simón cuál de estos dos deudores amaría más a su señor. Simón contestó: «Supongo que aquel a quien más le perdonó».28 Hemos sido gran des deudores,
pero Cristo murió para que seamos perdonados. Los mé ritos de su sacrificio son suficientes para presentarlos al Padre en nuestro fa vor. Aquellos a quienes más haya perdonado, lo
amarán más y es tarán más cerca de su trono para alabarlo por su gran amor y su sacrificio infinito. Cuanto más plenamente comprendamos el amor de Dios, mejor nos percataremos de la malignidad del pecado. Cuando vemos cuán largo es el cable que se nos tendió para rescatarnos; cuando en tendemos algo del sacrificio infinito que Cristo hizo en nuestro favor, nuestro corazón se conmueve de ternura y dolor por el pecado. Referencias bíblicas 1. Hechos 2: 37, 38; 3: 19 2. Mateo 27: 4 3. Hebreos 10: 27 4. Juan 1: 9, LPH 5. Salmo 32: 1, 2 6. Salmo 51: 1-14 7. Efesios 4: 8 8. Salmo 51: 17 9. Mateo 11: 28, LPH 10. Hechos 5: 31 11. Juan 12: 32 12. Jeremías 2: 13; Apocalipsis 22: 17 13. Isaías 64: 6 14. Daniel 10: 8 15. Filipenses 3: 6, DHH 16. Romanos 7: 9, NTV 17. Lucas 18: 13 18. Jeremías 13: 23 19. Romanos 8: 22, RVC 20. Proverbios 5: 22, PDT 21. 2 Corintios 6: 2, DHH; Hebreos 3: 7, 8 , NTV 22. 1 Samuel 16: 7, NTV 23. Salmo 139: 23, 24, NTV 24. Salmo 51: 10, RVC 25. Hebreos 12: 14, DHH 26. 2 Corintios 5: 19 27. 1 Timoteo 1: 15 28. Lucas 7: 43
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«
E
l que encubre sus pecados no prospera; el que los confiesa y se aparta de ellos alcanza la misericordia divina».1 Las condiciones indicadas para obtenerla misericordia de Dios son sencillas, justas y razonables. El Señor no nos exige que nos someta mos a duros sacrificios para obtener el perdón de nuestros pecados. No necesitamos ha cer largas y agotadoras pe re grina cio nes, ni practicar rigurosas pe-ni tencias, para encomendar nuestras al mas al Dios de los cielos o para expiar nues tras transgresiones; sino que todo aquel que con fiese su pecado y se apar te de él al canzará misericordia.
El apóstol dice: «Confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados».2 Confiesen sus
pecados a Dios, el único que puede perdonarlos, y sus faltas unos a otros. Si has hecho algo que ha ofendido a tu amigo o vecino, tienes que reconocer tu falta, y es su deber perdonarte con buena voluntad. Y entonces es necesario que busques el
Para obtener
la paz interior
perdón de Dios, porque el hermano a quien ofendiste perte-nece a Dios, y al perjudicarlo pecaste contra su Crea dor y Redentor. El caso se de be presentar al único y verdadero Mediador, nuestro gran Sumo Sacerdote, que «ha sido tenta-do en totenta-do de la misma manera que nosotros, aunque sin pe-cado», y pue de «compadecerse de nuestras debilidades» «para per donar nuestros pe cados y limpiarnos de toda maldad».3
Quienes no han humillado su alma delante de Dios reco-nociendo su culpa, no han cumplido to davía la primera con-dición de la aceptación. Si no hemos experimentado ese «arre-pentimiento para salvación, de lo cual no hay que arrepentir-se»,4 y si no hemos confesado nuestros pecados con verdadera
humillación del alma y quebrantamiento del espíritu, aborre-ciendo nuestra iniquidad, en realidad nunca he mos buscado el perdón de nuestros pecados. Y si no lo hemos buscado, tam-poco encontraremos la paz divina. La única razón por la cual no obtenemos la remisión de nuestros pecados pa sados es que no estamos dispuestos a humillar nuestro co razón ni a cumplir las condiciones que indica la Palabra de verdad. Se nos dan instrucciones ex plícitas en cuanto a es te asunto. La con-fesión de nuestros pe cados, ya sea pública o pri va da, tiene que ser de co ra zón y vo lun ta ria. No de be ser impuesta al pecador. No ha de hacerse de un modo ligero y descuidado, o exigirse de quienes no tienen una comprensión real del carácter aborre-cible del pecado. La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de infinita piedad. El Salmista nos dice: «El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho peda-zos y han perdido la esperanza».5
La verdadera confesión es siempre de carácter específi-co y reespecífi-conoce pecados específi-concretos. Quizá sean de tal natu-raleza que solo puedan presentarse de lante de Dios. Quizá sean males que tengan que con fesarse individualmente a los
4. Para obtener la paz interior
que hayan si do da ñados por ellos; o quizá sean de carácter público, y en ese caso es preciso confesarlos públicamente. Ahora bien, toda confesión debe ser concreta y directa, para reconocer en forma definida los pecados de los que uno sea culpable.
En los días de Samuel los israelitas se había alejado del Señor y estaban sufriendo las consecuencias del pecado; pues habían perdido su fe en Dios y el discernimiento de su poder y de su sabiduría para gobernar a la nación. No confiaban en la capacidad divina para defender y vindicar su causa. Se habían alejado del gran Gobernante del universo, y deseaban ser gobernados como las naciones que los ro deaban. Antes de encontrar la paz hicieron esta confesión explícita: «A todos nuestros pecados hemos añadido el de pedir un rey».6 Tenían
que confesar ese pecado concreto del cual se habían hecho culpables; puesto que era su ingratitud lo que oprimía sus almas y los distanciaba de Dios.
La confesión no resulta aceptable para Dios si no va acompañada de sincero arrepentimiento y de propósito de en-mienda. Tiene que haber un cambio positivo; es necesario abandonar todo lo que ofenda a Dios. Este es el resultado de una verdadera tristeza por el pecado. Se nos presenta claramen-te lo que claramen-te nemos que hacer por nuestra parclaramen-te: «¡Lávense, lím-piense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡De jen de ha-cer el mal! ¡Aprendan a haha-cer el bien! ¡Bus quen la justicia y reprendan al opresor! ¡Aboguen por el huérfano y defiendan a la viuda!».7 Si el malvado «devuelve lo que tomó en prenda y
restituye lo que robó, y obedece los preceptos de vida, sin co-meter ninguna iniquidad, ciertamente vivirá y no morirá».8 El
apóstol Pablo dice, hablando de la obra del arrepentimiento: «Fíjense lo que ha pro ducido en ustedes esta tristeza que pro-viene de Dios: ¡qué em peño, qué afán por disculparse, qué
indignación, qué temor, qué anhelo, qué preocupación, qué disposición para ver que se haga justicia! En todo han demos-trado su inocencia en este asunto».9
Cuando el pecado finalmente amortigua la percepción moral, quien obra mal no discierne los de fectos de su carácter ni comprende la enormidad del mal que ha cometido; y a menos que ceda al poder convincente del Espíritu Santo per-manecerá parcialmente ciego con respecto a su pecado. Sus confesiones no son sinceras ni brotan del corazón. Cada vez que reconoce su maldad añade una disculpa por su conducta al considerar que si no hubiera sido por determinadas cir-cunstancias no habría hecho esto o aquello que se le reprocha. Después de haber comido el fruto prohibido, a Adán y Eva los embargó un sentimiento de vergüenza y de terror. Al principio solo pensaban en có mo podrían excusar su pecado y escapar a la temida sentencia de muerte. Cuando el Señor les habló de su pecado, Adán respondió echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: «La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí». La mujer echó la culpa a la serpiente, diciendo: «La serpiente me engañó, y comí».10 ¿Por qué hiciste la serpiente? ¿Por qué
per-mitiste que entrara en el Edén? Esas eran las preguntas implí-citas en la excusa que dio por su pe cado, haciendo así a Dios responsable de su caída. El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el pa dre de la mentira, y lo han manifestado todos los hijos e hijas de Adán.
Las confesiones de este tipo no son inspiradas por el Espíritu divino, y para Dios no resultan aceptables. El arre-pentimiento verdadero nos in duce a reconocer, sin en ga ño ni hipocresía, nuestra propia maldad. Como el pobre pu-blicano que no se atrevía ni siquiera a alzar los ojos al cielo, exclamaremos: «Dios, ten misericordia de mí, porque soy un
4. Para obtener la paz interior
pecador».11 Quie nes reconozcan así la iniquidad serán
justi-ficados, porque el Señor Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida.
Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que da la Palabra de Dios revelan un es píritu de confesión que no busca excusas por el pecado ni intenta su propia justifica-ción. El apóstol Pablo no procuraba defenderse, sino que pin-taba su pecado con sus colores más oscuros y no intenpin-taba atenuar su culpa. Dijo: «Eso es precisamente lo que hice en Jerusalén. Con la autoridad de los jefes de los sacerdotes metí en la cárcel a muchos de los santos, y cuando los mataban, yo manifestaba mi aprobación. Muchas veces anduve de sinagoga en sinagoga castigándolos para obligarlos a blasfemar. Mi ob-sesión contra ellos me llevaba al extremo de perseguirlos inclu-so en ciudades del extranjero».12 Sin vacilar declaró: «Cristo
Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero».13
El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo que se confiesa a un padre amoroso, quien esté verdaderamente arrepentido pre-sentará todos sus pecados delante de Dios. Y escrito está: «Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad».14
Referencias bíblicas 1. Proverbios 28: 13, RVC 2. Santiago 5: 16 3. Hebreos 4: 15; 1 Juan 1: 9, RVC 4. 2 Corintios 7: 10 5. Salmo 34: 18, DHH 6. 1 Samuel 12: 19, DHH 7. Isaías 1: 16, 17 8. Ezequiel 33: 15 9. 2 Corintios 7: 11 10. Génesis 3: 12, 13 11. Lucas 18: 13, RVC 12. Hechos 26: 10, 11 13. 1 Timoteo 1: 15 14. 1 Juan 1: 9
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l Señor lo ha prometido: «Si me buscan de todo co-razón, podrán encontrarme».1 Hemos pues de en tregarlepor completo a Dios el corazón, o no se efectuará en nosotros ese cambio que tiene que producirse, por el cual he-mos de ser transformados conforme a la semejanza divina. Por nuestra naturaleza estamos enemistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición diciendo: «Antes ustedes estaban muertos a causa de su desobediencia y sus muchos pecados».2 «Tie nen herida toda la cabeza, han
perdi-do las fuerzas por completo. […] No hay nada sano en uste-des».3 Satanás, nos ha hecho caer en «la trampa» y nos «tiene
cautivos, su misos a su voluntad».4 Dios quiere sanarnos y
libertarnos. Pero como esto exige una transformación com-pleta y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos en-tregarnos por completo a él.
La consagración
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La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande que jamás se haya reñido. Rendir el yo, entregando todo a la voluntad de Dios, requiere una lucha. Ahora bien, para que el alma sea renovada en santidad, ha de someterse antes a Dios.
El gobierno de Dios no se funda en una sumisión ciega, ni en una reglamentación irracional, co mo Satanás quiere hacerlo aparecer. Al contrario, apela a la razón y a la concien-cia. «Ven gan, pongamos las cosas en claro»5 es la invitación
del Crea dor a los seres que formó. Dios no fuerza la volun-tad de sus criaturas. No puede aceptar un homenaje que no le sea tributado voluntaria e inteligentemente. Una mera sumisión forzada impedirá to do desarrollo real de la mente y del carácter: haría de las personas simples autómatas. Este no es el designio del Creador. Él desea que el ser humano, que es la obra maestra de su poder creador, alcance el máxi-mo desarrollo posible. Nos presenta la gloriosa altura a la cual quiere elevarnos mediante su gracia. Nos invita a que nos en-treguemos a él para que pueda cumplir su voluntad en noso-tros. Por nuestra parte nos toca decidir si queremos ser libres de la esclavitud del pecado para compartir «la libertad glorio-sa de los hijos de Dios».6
Al consagrarnos a Dios, tenemos necesariamente que abandonar todo aquello que nos separaría de él. Por eso dice el Sal va dor: «Piénsenlo bien. Si quieren ser mis discípu los, tendrán que aban donar todo lo que tienen».7 Es necesario que
renunciemos a todo lo que aleje de Dios nuestro corazón. Las riquezas son el ídolo de muchos. El amor al dinero y el afán por acumularlo constituyen la cadena de oro que los tiene sujetos a Satanás. Mucha gente adora la fama y los honores mundanos. Una vida de comodidad egoísta, libre de responsabilidad, es el ídolo de otros. Pero estas ataduras
5. La consagración
de servidumbre tienen que ser rotas. No podemos consagrar una parte de nuestro corazón al Señor y la otra al mundo. No somos hijos de Dios a menos que lo seamos sin reservas.
Hay quienes profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios esfuerzos para obedecer su ley, desarrollar un carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por un sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que procuran cumplir los deberes de la vida cristiana como algo que Dios les exige para ganar el cielo. La religión planteada así no tiene ningún valor. Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal manera de su amor y del gozo de su comunión, que se aferra a él; y contemplándolo se olvida de sí misma. El amor a Cristo es el móvil de sus acciones.
Quienes se sienten motivados por el amor de Dios no pre-guntan cuánto es lo mínimo que pueden ofrecerle para satis-facer lo que él requiere; no preguntan cuál es la norma más baja que acepta, sino que aspiran a una vida de completa con-formidad con la vo luntad de su Redentor. Con sus mejores anhelos se lo entregan todo a él y manifiestan un fervor que guarda relación directa con el valor del objeto de sus afanes. Pretender que se pertenece a Cristo sin sentir ese profundo amor, resulta en mera palabrería, o en estéril formalismo o gravosa e insoportable obligación.
¿Crees que es un sacrificio demasiado grande darlo todo a Cristo? Pregúntate: «¿Qué hizo Cristo por mí?». El Hijo de Dios lo dio todo para redimirnos: vida, amor y sufrimientos. ¿Es posible que no sotros, seres indignos de tan inmenso amor, nos ne guemos a entregarle nuestro corazón? Cada momento de nuestra vida hemos compartido las bendiciones de su gracia, y por eso no podemos comprender plenamente las profundida-des de la ignorancia y la miseria de las que hemos sido resca-tados. ¿Es posible que veamos a Aquel a quien traspasaron
nuestros pecados y continuemos, sin embargo, menosprecian-do tomenosprecian-do su amor y sacrificio? Vienmenosprecian-do la humillación infinita del Señor de gloria, ¿murmuraremos porque no podemos en-trar en la vida sino a costa de conflictos y humillación propia? Muchos corazones orgullosos preguntan: «¿Por qué he-mos de arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que somos aceptados por Dios?». Mira a Cristo. En él no había pecado alguno, y lo que es más, era el Príncipe del cielo, y sin embargo, por causa de nuestros pecados, se hizo pecado. «Fue tratado como un criminal, pero en realidad el cargó sobre sí el castigo que muchos merecían. Ahora él está […] intercediendo por los pecadores».8
¿Y qué abandonamos cuando le entregamos todo? Un co-razón manchado de pecado, para que el Señor Jesús lo purifi-que y lo limpie con su propia sangre, para purifi-que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, a las mujeres y a los hom-bres se nos hace tan difícil renunciar a todo! Me avergüenzo de oírlo decir y de escribirlo.
Dios no nos pide que renunciemos a nada de cuanto pue-da contribuir a nuestro mejor provecho. En todo lo que hace tiene presente el bienestar de sus hijos. ¡Ojalá que todos aque-llos que no han decidido seguir a Cristo pudieran comprender que él tiene algo muchísimo mejor que ofrecerles que cuanto puedan conseguir por sí mismos!
Los seres humanos nos causamos a nosotros mismos los mayores per juicios y quebrantos cuando pen sa mos y actuamos de un modo contrario a la vo luntad de Dios. No se puede ob-tener realmente verdadera dicha si guien do la senda prohibida por Aquel que conoce lo que es mejor, y tiene en mente el bien de sus criaturas. La senda de la transgresión es el camino de la miseria y la destrucción.
5. La consagración
Es un error dar cabida a la idea de que Dios se complace en ver sufrir a sus hijos. Todo el cielo está interesado en la fe-licidad de cada ser hu mano. Nues tro Padre celestial no cierra la puerta de la felicidad a ninguna de sus criaturas. Los re-que ri mientos de Dios nos invitan a dejar a un lado todos los placeres que traen consigo sufrimiento y contra tiempos, que nos impiden la entrada en la dicha celestial. El Re dentor del mundo acepta a los seres humanos como son, con todas sus necesidades, im perfecciones y de bilidades, y no solamente los limpiará de pecado y les concederá redención por su san-gre, sino que satisfará el anhelo de todos los que consientan en llevar su yugo y su carga. Es su de signio dar paz y descan-so a quienes acudan a él en busca del pan de vida. Solo nos pide que cum pla mos los deberes que guiarán nuestros pasos a las alturas de una dicha inefable que los desobedientes ja-más podrán alcanzar. Para disfrutar de una vida abundante y dichosa «el secreto es: Cristo vive en ustedes. Eso les da la seguridad de que participarán de su gloria».9
Muchos se preguntan: «¿Cómo me entregaré a Dios?». Tú deseas hacer su voluntad, pero eres moralmente débil, esclavo de la duda y dominado por los hábitos de tu vida pecaminosa. Las promesas y resoluciones que haces son tan frágiles como telarañas. No puedes gobernar tus pensamientos, im pulsos y afectos. El recuerdo de tus promesas no cum plidas y de tus votos quebrantados debilita la confianza que tenías en tu pro-pia sinceridad, y te induce a sentir que Dios no pue de acep-tarte; pero no tienes por qué desesperarte. Lo que necesitas es to mar conciencia del verdadero poder de la vo luntad. Este es el poder gobernante en la naturaleza del ser humano, la facultad de decidir o elegir. Todo depende de la correcta acción de la voluntad. Dios nos dio a los seres humanos la capacidad de elegir; así que nos toca ejercerla. Tú no puedes cambiar