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Gral Toribio Ortega Biografia

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La Historia del Hombre que Inició la Revolución Mexicana de 1910

Toribio Ortega

y la Brigada

González

Ortega

Por Francisco de P. Ontiveros

(c) Copyright 2001, Derechos Reservados por Armando Ortega Mata.

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GRAL. TORIBIO ORTEGA RAMIREZ,

INICIADOR DE LA REVOLUCION MEXICANA DE 1910

PRESENTACION

Con mucho orgullo publico este libro que por 88 años ha sido un tesoro disfrutado casi exclusivamente por los familiares del General Toribio Ortega Ramírez. Escrito y publicado por uno de sus leales soldados, Francisco de P. Ontiveros, testigo ocular de la mayoría de los hechos narrados, a apenas escasos meses del fallecimiento del General, más que una herencia familiar, el documento es un verdadero texto histórico.

Sin editar en forma profunda, solamente he corregido unos cuantos errores ortográficos, sin pretender haberlos desaparecido todos.

La historia del General Ortega ha sido historia viva en mi familia durante casi un siglo. Mi abuelo, Armando Ortega Ramírez, su hermano, participó con él en muchos de los eventos destacados del principio de la Revolución.

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Mi padre, Cruz Ortega Padilla, nacido el 24 de noviembre de 1905, y fallecido hace apenas 17 años, me mostraba, por fuera, — y me contaba

historias, no todas muy agradables, de su infancia en la Revolución — las

dos casas donde vivieron ambas familias en la ciudad de Chihuahua, la quinta de Juárez y Colón y la ubicada en Independencia y Bolívar, frente al Panteón de La Regla, donde murió el General.

Mi padre escuchó los primeros disparos de la Revolución de 1910 y estuvo presente cuando Toribio y 60 hombres valientes se levantaron en armas contra Porfirio Díaz el 14 de Noviembre de 1910, los primeros que lo hicieron en todo el país.

El patriotismo, la lealtad y la honradez del General Ortega, así como su sobrada valentía y su gran corazón, desde las historias oídas en mi tierna infancia hasta los testimonios fehacientes de personajes tales como John Reed y tantos otros observadores independientes, armonizan con las historias vivas contadas por aquellos que conocieron y trataron de cerca al General, algunos de los cuales, longevos y lúcidos, conocí de niño.

Testigo también he sido, durante la segunda mitad del Siglo XX, de cómo los regímenes revolucionarios, por razones inconfesables, han tenido a la Cuna de la Revolución, Cuchillo Parado, en el mayor de los abandonos. Nunca supe, por ejemplo, de que las familias de los 60 héroes hayan sido protegidas o pensionadas o beneficiadas de alguna manera por el gobierno. Si alguna vez hubo ayudas, todas se quedaron en un cedazo del aparato gubernamental conocido como gobierno municipal de Coyame.

Mi pueblo no ha merecido siquiera 14 kilómetros de carretera para unirlo a la civilización. Si algún progreso se mira en mi pueblo, se debe al esfuerzo individual de sus habitantes, la mayoría de los cuales han emigrado a los Estados Unidos.

Cada año, el 14 de Noviembre, diferentes autoridades visitan el lugar por una o dos horas y hacen su función de la cual el pueblo solamente mira con una incredulidad que ya casi cumple cien años. El pueblo que cimbró a México ha sido reducido a simple espectador de un circo.

Chihuahua, la capital de las estatuas, no ha podido abrir los ojos y honrar al más grande de sus héroes. Los traidores, como Pascual Orozco y otros, son honrados en avenidas que llevan su nombre. Qué cierta la sentencia que dice que la historia la escriben los vencedores (y sus hijos): los vencedores de la Revolución no fueron los que la hicieron, sino los que la explotaron. El General Toribio Ortega merece más que una estatua en el sitio más visible de la ciudad de Chihuahua. Merece que su historia se conozca y que se aprecie su heroísmo y su entrega por las mejores causas de México. Este

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libro muestra la grandeza de un hombre del pueblo. Su ejemplo, inspiración permanente en el seno de nuestra familia, debe llegar más allá, para llenar de valores elevados la fértil imaginación de nuestros niños y jóvenes. El General murió en Julio de 1914 y en sus últimas palabras expresó el sueño fallido de llegar hasta la Gran Capital. Su nombre debe grabarse, con letras de oro, en el Congreso de la Unión, ahora que, en breve, se cumplirá el Centenario de su gesta histórica.

Hace apenas siete meses que falleció, en Los Angeles, el hijo único del General. Galación Ortega Juárez murió en Abril de este 2001. Sobreviven aún muchos nietos a quienes conozco: Pedro Horacio Estrada, Alicia Estrada, Jacobo Martínez y Víctor Martínez.

No puedo dejar de mencionar la controversia añeja sobre el lugar de nacimiento del General. El biógrafo Francisco de P. Ontiveros dice que Toribio Ortega circunstancialmente nació en Coyame. Mis padres siempre aseguraron que nació en Cuchillo Parado. Don Francisco Nieto, un

“cuchilleño” de unos 90 y tantos años de edad, me aseguró, allá por 1975

que el General realmente nació en Las Vigas, un rancho cercano a Cuchillo

Parado donde sus padres trabajaban la tierra y que la propia madre de “Don Chico” fue la mujer que atendió el parto, en 1870. 

De cualquier manera, este es un libro que disfrutarán los descendientes de aquellos héroes de principios del siglo pasado, así como los residentes de las poblaciones donde se realizaron los principales hechos de guerra. Espero tener la oportunidad de publicar otros documentos y testimonios históricos sobre mi tío abuelo así como numerosas fotografías en manos de la familia del General. Entre ellos el relato de uno de aquellos 60 valientes de Cuchillo Parado, Esteban Luján, quien nos da muchos detalles sobre lo ocurrido el mismo día del principio, 14 de Noviembre de 1910. El estuvo allí. Su relato se llama "EL RONDIN".

Armando Ortega Mata

Teléfonos (614) 419-4238, Celular (625) 105-9222. Chihuahua, Chihuahua., México.

A 24 de Noviembre de 2001, en memoria de mi Padre (en el día de su cumpleaños, Nació en 1905).

Para obtener ejemplares adicionales de TORIBIO ORTEGA Y LA BRIGADA GONZALEZ ORTEGA, dirigirse a: Armando Ortega Mata [email protected] o visitar www.armandoortega.com

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Indice General

PARTE PRIMERA

La Revolución de 1910. . . .. .. . . 1 CAPITULO I

Cuchillo Parado. Notas Históricas.

Estado Moral del Pueblo . . . 1 CAPITULO II.

Toribio Ortega. Su Vida Privada . . . 5 CAPITULO III.

El Defensor del Pueblo.

Su Propaganda Democrática . . . 8 CAPITULO IV.

Levantamiento. Acción de Venegas. Primer Combate en el Mulato y Ataque

a Coyame . . . 15 CAPITULO V.

Combates de Cuesta de Aldea.

Segundo de El Mulato y Sitio de Ojinaga . . . ... . . 22 CAPITULO VI.

Batalla de Cuesta del Gato.

Dispersión de las Fuerzas Sitiadoras. Prisión del Mayor Ornelas.

Ortega Marcha Tras la Columna Hasta Aldama. Restablecimiento de la Paz.

Licenciamiento de sus Tropas.

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PARTE SEGUNDA

La Campaña Orozquista. . . 35 CAPITULO I.

Primeras Revueltas y la Traición de Orozco.

Braulio Hernández. Batalla de Coyame . . . 35 CAPITULO II.

Salida del General Sanginés para el Sur. Batalla de Bachimba.

Entrada a Chihuahua. . . 42 CAPITULO III.

Batalla de Cuchillo Parado.

De Ojinaga. Persecusión de Caraveo.

Escisión de Ortega con el Ejército. . . 45

PARTE TERCERA.

Toribio Ortega y la Brigada González Ortega. . . .52 CAPITULO I . . . 50 CAPITULO II. Carranza y Maytorena. . . .. . . 52 CAPITULO III. El Estado de Chihuahua . . . 57 CAPITULO IV.

Los Primeros Levantamientos. Rosalío Hernández. Manuel Chao. Primera Batalla en Parral. Maclovio Herrera.

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CAPITULO V.

El General Francisco Villa.

Sus Primeras Acciones en el Estado . . . 66 CAPITULO VI.

Ataque y Toma de las Plazas

de Jiménez y C. Camargo. . . 69 CAPITULO VII.

Llegada del General Francisco Villa a Ciudad Camargo. Batalla del Saucillo.

Derrota Completa de la Columna Romero . . . 75 CAPITULO VIII.

Coronel Toribio Ortega. Asalto y Toma de Coyame.

Ataque a las Plazas de Guadalupe y San Ignacio. . . . 79 CAPITULO IX.

Marcha del General Villa de Camargo al Noroeste. Combate en Bustillos.

Ataque y Toma de Casas Grandes. . . 84 CAPITULO X.

Asedio a la Capital. Acción de Santa Eulalia. Combate en Aldama.

Retirada al Sur a la Aproximación de Orozco.

Combate en Díaz. Combate en Ciudad Camargo. . . 89 CAPITULO XI.

Salida del Coronel Ortega de Guadalupe. Sangriento Combate en Ranchería.

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Arribo de la Brigada Villa . . . .. . . 94 CAPITULO XII.

Memorable Batalla de San Andrés. La Columna Terrazas Destrozada.

Movilización de la Fuerza a Ciudad Camargo . . . 100 CAPITULO XIII.

Sangrienta Batalla de Avilés. Ataque y Toma de Torreón. . 106 CAPITULO XIV.

El Coronel Hernández. Acción de Meoqui.

Escaramuza de la Mora. Degradación del Coronel Almanza. Movilización a Ciudad Camargo.

Fusilamiento del General Yuriar. . . ... . . . 112 CAPITULO XV.

Ataque a Chihuahua. Cinco Días de Rudo Combate. Retirada de las Fuerzas y Combate en Mápula.

Causas por las Que No Se Tomó la Capital. . . .115 CAPITULO XVI.

Funestas Noticias de Torreón. Acción de Encinillas y Laguna. Ingeniosa Toma de Ciudad Juárez.

Grande y Sangrienta Batalla de Mesa y Tierra Blanca . . . .122 CAPITULO XVII.

Evacuación de la Plaza de Chihuahua.

Entrada de Nuestras Fuerzas. El General Villa Gobernador Militar del Estado. Toma de Torreón por el Enemigo . . . . .130

CAPITULO XVIII.

Una Columna de Tres Mil Hombres Sobre Ojinaga. Combate de La Mula. Ataque a Ojinaga.

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El General Villa Marcha a Auxiliar a los Sitiadores.

Segundo Ataque a Ojinaga y Toma de la Plaza . . . .134 CAPITULO XIX.

El Estado de Chihuahua Limpio de Traidores.

El Papel que Representa en la Actual Revolución . . . .141 CAPITULO XX.

El Espíritu Guerrero de los Chihuahuenses. El Estado de Chihuahua Marcha a la

Vanguardia de la Revolución Actual.

Su Fuerza y Elementos de Guerra. . . .146

PARTE CUARTA

Toribio Ortega y la Brigada González Ortega. . . 151 CAPITULO I.

Combate de Bermejillo.

Primero y Segundo Ataque a Gómez Palacio. . . .151 CAPITULO II.

Movilización a San Pedro de las Colonias. Serie de Terribles Combates.

Regreso a Gómez Palacio. Campaña de Saltillo.

Viaje del General Ortega a Monterrey. . . 159 CAPITULO III.

Ataque y Toma de la Plaza de Zacatecas. Parte oficial del Primero,

Segundo, Tercero y Cuarto Regimientos.

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PARTE QUINTA Conclusión

La Cuestión Villa-Carranza. . . .. . . .. . . 188

PARTE SEXTA Epílogo

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Toribio Ortega

y la Brigada González Ortega

Parte Primera

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CAPITULO I .

Cuchillo Parado.

Notas Históricas.

Estado Moral del Pueblo.

Al Nordeste del Estado de Chihuahua, junto a las márgenes del Río

Conchos, situado sobre una alta y dominante colina, se encuentra un pueblo humilde que figura en el mapa de nuestro país con el popular nombre de Cuchillo Parado.

Su aspecto, aunque un poco triste, presenta un aspecto de severidad imponente semejando un Atalaya de donde se mira a todas partes, cual si fuese el Atalaya de libertad, puesto en las regiones fronterizas, como un dique a la ambición de los tiranos. Al pie de la colina donde está situado el pueblo, se ven exuberantes y ricos plantíos de cereales, que merceden por la laboriosidad de asiduo trabajo de los habitantes del pueblo, que vierten en abundantes cosechas, pues todos se dedican a la agricultura.

Los vecinos de Cuchillo Parado son hospitalarios y de una franqueza característica, sin que se halle en ellos la hipocresía ni la doblez. Son amantes, cual pocos, de su libertad y de nobles y progresistas aspiraciones, no han admitido jamás la servidumbre, pues todos, aunque en pequeña escala, trabajan en propiedad. Hasta los más pobres tienen un pedazo de tierra que cultivar, de donde se saca la manutención de sus familias. Fundada esta colonia desde la época virreinal, cuando las hordas salvajes de indígenas asolaban esa región, formaban, con los presidios de Coyame y del Norte, las fortalezas donde se defendían y refugiaban los vecinos

pacíficos de los ataques de los indígenas. Una de las industrias florecientes en ese pueblo, es sacada de una planta que se llama lechuguilla, con la que hacen tapetes, costales y lazos. Todo habitante de allí tiene lo que ellos llaman tallador, con el cual, frotando dicha planta, sacan los hilillos que sirven para la elaboración de los antedichos objetos.

En todas las épocas, en todas las edades, ha sido notable el espíritu libertario de ese pueblo minúsculo, que se ha distinguido entre todos los demás que existen en la frontera.

Allí jamás se le ha temido al tirano y nunca se han humillado al altivo terrateniente. Con bastante frecuencia se registraban altercados entre esos

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valientes y laboriosos trabajadores y los señores feudales Creel, Terrazas y Muñoz. Su historia guerrera se remonta a la época de la Intervención Francesa, en que estuvieron de parte de su patria.

Más tarde, cuando Porfirio Díaz, engañando solapadamente al pueblo con falsas promesas, se rebeló contra el gobierno de don Sebastián Lerdo de Tejada aconsejando los de Cuchillo Parado que la revolución era por bienes propios.

Tomó parte en la contienda y alistándose muchos de ellos en el ejército del General Ángel Trías, tuvieron un combate en su pueblo y encontráronse con la acción de Tabalaopa.

Poco después, hondamente decepcionados, a la vista de la miserable burla que había hecho el Dictador de sus derechos, manifestaron abiertamente su descontento, y si no hubo rebelión armada, fue debido a que vieron que el resto de la República soportaba pasivamente las arbitrariedades del tirano. El gobierno del Estado empezó a hostilizar a esos humildes labriegos tan celosos de sus libertades, y por medios arteros y maquiavélicos, valiéndose de un sátrapa de espíritu ladino y de carácter hipócrita y falaz, empezó a sugestionar aquellas almas dignas que a pesar de su ignorancia, rendían pleitesía y homenaje a la diosa libertad.

Entonces aparece en escena un hombre de condición humilde; pero de alma gigante, un gran ciudadano cuyas virtudes cívicas y hechos posteriores lo elevarían a una envidiable altura en los fastos de la Historia. Ese insigne apasionado de los derechos del pueblo, se enfrenta al pseudo apóstol embaucador, y sin temor alguno a infamias y represalias, le disputa en lid abierta el pueblo que pretende sumir en la ignominia. Toribio Ortega, el patriota y noble ciudadano, se torna en paladín y defensor de aquellos hombres que quieren convertir en parias.

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CAPITULO II.

Toribio Ortega. Su Vida Privada.

Toribio Ortega nació en Coyame, Distrito Iturbide, del Estado de

Chihuahua, el día 16 de Abril de 1870, siendo sus padres el señor Teodoro Ortega y la señora Isidra Ramírez de Ortega.

Su nacimiento verificóse en el lugar antedicho, por una circunstancia meramente casual, pues sus padres vivieron actualmente en Cuchillo Parado y allí pasó él su niñez y su juventud, por lo cual siempre conoció a este pueblo como a su verdadero país.

Tratándose de esto, hay que hacer notar la diversidad de tendencias y de ideas políticas de los pueblos de Cuchillo Parado y Coyame. Mientras el primero se distingue por sus ideas liberales y su amor a la libertad, en el segundo ha sido notorio su incondicional apego al despotismo y la ignominiosa adhesión a la tiranía; pudiendo calificarse esta actitud retrógrada de un fanatismo semi-bárbaro, como se verá plenamente comprobado en el transcurso de esta historia.

Desde temprana edad mostró el niño Toribio una afición desmedida al estudio y una afición notable al trabajo. Careciendo en el lugar de una escuela competente, y teniendo que trabajar todos los días para ayudar a sus padres, dedicaba sus ratos de ocio, cosa notable en un niño de su edad, en concurrir a una escuela particular donde recibía lecciones de un anciano maestro, las cuales estudiaba en la noche.

Desde entonces su carácter fue serio, de una seriedad varonil que hacía del niño un hombre, y aunque respetuoso y grave cuando las circunstancias lo requerían, jamás se mostró huraño e intratable con los demás, a quienes trataba con afabilidad y cariño. Dotado de un espíritu justiciero, él dirimía las reyertas infantiles en favor del que tenía razón.

A los catorce años de edad, por el año de 1884, fue enviado por sus padres a la capital del Estado, con el objeto de que entrara en algún

establecimiento comercial, lo cual hizo, hallando empleo en una de las casas de la ciudad, entrando después al servicio del Señor Martiniano Sandoval, como dependiente de su tienda. Allí observó tan buena conducta dando muestra de su honradez intachable, que el señor Sandoval le propuso estableciera en su pueblo una tienda, facilitándole el crédito necesario para sostenerlo.

El año de 1886 regresó a Cuchillo Parado, dedicándose exclusivamente al comercio; pero malos tiempos y negocios desafortunados, lo hicieron que

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se presentara en quiebra. No queriendo ni por un momento que su honra y reputación sufriera menoscabo en lo más mínimo, vendió cuanto tenía, despojándose hasta de su hogar para solventar la deuda, quedando

sumamente pobre; pero altamente satisfecho de haber sacado en limpio su honor.

Este golpe de la fortuna no hizo desmayar ni por un momento su grande alma y dedicóse de nuevo a trabajar con más ahínco. Cruzó la línea divisoria y trasladándose a Estados Unidos, se dirigió a los campos de trabajo, donde ingreso como un simple obrero.

Al año volvió a su pueblo, dedicándose nuevamente al comercio y más especialmente a la agricultura.

El 22 de Abril de 1900 se casó con la señorita Fermina Juárez Levario, y en su nuevo estado, demostró ser un buen esposo y padre cariñoso, así como había sido un hijo ejemplar, que siempre fue el sostén de sus ancianos padres.

Una de las virtudes más loables y meritorias de nuestro biografiado, fue la notable fuerza de voluntad que se distinguió en todos los actos de su vida. Dotado de un carácter impetuoso, efecto inmediato de un sistema

sumamente nervioso, sabía dominarse y no incurrir nunca en la violencia. Tal fué en su vida privada el noble ciudadano que estaba predestinado a ser inmortal.

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CAPITULO III.

El Defensor del Pueblo.

Su Propaganda Democrática.

Por los años de 1890 arribó a Cuchillo Parado uno de esos bohemios sin Patria y sin profesión, que abundan en todas las regiones del país, tenía una arpa vieja y desvencijada a cuyo son salmodiaba monótonas canciones populares, con las cuales divertía a los labriegos que acudían en su torno con el objeto de comprarle el licor que siempre traía.

Cuando intoxicaba a la multitud, cesaba de cantar y abandonando el octogenario instrumento, con una zalamería inimitable y halagando las pasiones de todos, de cada uno de ellos, paulatinamente, iba ganando terreno en el ánimo de sus interlocutores, yendo directo hacia su completa conquista. Dotado de una sagacidad poco común y de una hipocresía refinada, aquel harapiento tenía por ley fatal que progresar.

Con una falta absoluta de conciencia y una alma negra y despiadada, Ezequiel Montes, el músico bohemio, soñó realizar su sórdida ambición: dominar un pueblo libre y ser su amo y señor. ¿Lo consiguió por fin? Desgraciadamente sí. Con el tiempo logró sugestionar a aquellos hombres honrados, consiguiendo no sólo captarse sus simpatías; sino transformarse en una especie de protector a quienes acudían en busca de consejo y apoyo. De aquí data la serie de infamias y cínicos fraudes del audaz bohemio. Por medios arteros, merced a maquinaciones fraudulentas, logró hacerse de muchos terrenos agrícolas en el pueblo, y viéndose de improviso, transformado el aventurero vagabundo en rico propietario.

Después, en frecuentes viajes a la capital del Estado, ganose la confianza de los agiotistas Creel y Terrazas, pónese de acuerdo con las corrompidas autoridades de entonces y consigue por fin que lo designen como ejecutor de las miras del Gobierno, para cuyo fin lo nombran presidente municipal de aquel pueblo.

Con semejante cargo, transfórmase el embaucador empalagoso y zalamero en cacique despótico, y sin embozo alguno, ya empieza abiertamente a tiranizar a quienes lo habían acogido hospitalariamente, sirviéndole de pedestal para que subiera, y dedícase a robar con todo el cinismo y

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rindiendo acato y profundo respeto a esa nulidad, sólo capaz para el latrocinio y el fraude.

Toribio Ortega, el honrado y laborioso ciudadano, en vista de la

preponderancia de ese hombre nocivo y de la sumisión pasiva de los hijos de su pueblo, jura luchar hasta regenerarlo, arrancándolo de manos de aquel sátrapa. Con infatigable celo dedicóse a exhortar a cada uno de sus

paisanos, haciéndoles ver lo abyecto de la situación en que estaban, por confiar demasiado en una gente de la dictadura. Por espacio de largos años, sin perder un instante la fe y la confianza, estuvo en continua brega con el odiado cacique. Todos los actos inicuos ejecutados por éste, eran censurados a viva voz por nuestro hombre, a quien acudían los vecinos en busca de é1 para que los defendiera. Sus sinceras palabras y su

desinteresado patriotismo, hallaron eco en el alma de aquel pueblo que tan celoso fue siempre de su libertad y resurgiendo sus ideas liberales,

agrupáronse en torno del que laboraba constante e infatigable por los derechos y progreso de su pueblo; no obstante, la lid fue encarnizada, en muchos había fanatismo por el decrépito cacique y no querían convencerse de su abyección. Ortega armado de una paciencia a toda prueba, con su afabilidad característica, con su bondad peculiar, logró apartarlos de allí, contando entonces con la mayoría de los habitantes de su pueblo.

Corría el año de 1910. Se acercaba e1 período de las elecciones presidenciales. Todo el mundo se preparaba a votar en el año del

Centenario de nuestra Independencia. El insigne demócrata don Francisco I. Madero, había hecho una gira por las principales poblaciones de la República, derramando en todas partes la luz de su doctrina emancipadora. Fundáronse Clubs Anti-reeleccionistas en todas las ciudades de

importancia, con el objeto de lanzar una candidatura que se opusiera a la del dictador, el cual pensaba eternizarse en el poder, dejando a su muerte un sucesor.

En la capital del Estado don Francisco I. Madero encontró un auxiliar y colaborador infatigable en la persona del insigne,y honrado ciudadano don Abraham González, quien fué el primer fundador del primer Club en el Estado.

Ortega, que se encontraba en su país natal, al contemplar las primeras alboradas de una democracia que surgía, abrazó con inmensa fe y gran entusiasmo el partido, y trasladándose sin demora alguna a Chihuahua, entrevistó a don Abraham, poniéndose de acuerdo para fundar un Club en su pueblo y extender por toda esa región fronteriza, las redentoras doctrinas del Apóstol Madero.

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De vuelta al lugar de su residencia, convocó a algunos miembros de su familia y a otras personas de su confianza e integró el Club, formando la mesa directiva de esta manera: Presidente, Toribio Ortega; Vicepresidente, Epitacio Villanueva; Secretario, Esteban Luján; y Vocales: José María Lucero, Fabián Rico, Marcelino Juárez y Fulgencio Olivas.

Inmediatamente empezó sus primeros trabajos, enviando agentes a Coyame, Ojinaga, San Antonio y San Carlos, con objeto de que hicieran propaganda democrática en dichos lugares y fundaran nuevos clubs. Comunicándose frecuentemente con ellos, dándoles instrucciones y a la vez dirigíanse al Presidente del Club anti-reeleccionista de

Chihuahua, para estar al corriente de la marcha que llevaban los asuntos políticos. El celo que demostraba en ello era infatigable, pues nunca se daba un momento de descanso tratándose de estas cuestiones. Innumerables fueron las dificultades con que tuvo que tropezar. En primer lugar con la ignorancia de los comarcanos que veían en todo aquello, una

causa inútil de seguir y de ningunos resultados. En segundo, con el inmenso temor que abrigaban todos en cometer el más mínimo acto, que incurriera en el desagrado del dictador y por último, con las autoridades que, presintiendo su futura caída, poníanle toda clase de trabas y llevaban a cabo arbitrarias e injustificadas persecusiones.

Ezequiel Montes, el aventurero de antaño, al tener conocimiento de la fundación del Club en Cuchillo Parado y de la propaganda democrática de Ortega, tuvo un acceso terrible de cólera y se prometió hostilizar por cuantos medios estuvieran a su alcance a los antireeleccionistas.

Por pretextos futiles y valiéndose del engaño, puso preso a un sobrino de Ortega quien le echó en cara sus robos y villano proceder.

Llegó la época de las elecciones y todos estaban preparados para sacar avante las candidaturas de señor Francisco I. Madero y don Francisco Vásquez Gómez, que en una convención efectuada en la capital de la República, por representantes de todos los Clubs anti-reeleccionistas, resultaron candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República. Sordos rumores corrían de que todas las autoridades que estaban al servicio del tirano, se preparaban para hacer las elecciones a su arbitrio, nulificando las legales. Teniendo Ortega conocimiento de ello, en una de las sesiones que tuvo en su club, exhortó a todos sus correligionarios a que con toda entereza, sostuvieran sus ideales y apoyaran a los representantes de su

partido, diciéndoles estas célebres palabras: “Si el dictador impide con sus

bayonetas que salgan nuestros candidatos, apelaremos a las armas para

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El día en que se verificaron éstas, hubo un tumulto que produjo un serio altercado. Montes, elogiado cacique se presentó a la casa donde estaban reunidos y por medio de la autoridad pretendió hacer el cómputo de los votos a su gusto. Ortega con noble entereza, se enfrentó a é1 protestando enérgicamente de tal arbitrariedad, y habiéndose acalorado los ánimos, los anti-reeleccionistas se echaron sobre los esbirros del cacique.

E1 elector salió por parte de aquellos, el cual votaría por los candidatos demócratas.

Escenas de igual índole pasaron en Ojinaga, San Carlos y San Antonio, menos en Coyame, donde el voto unánime fue para el dictador.

Sin embargo, sucedió lo que necesariamente tenía que acontecer. Una inmensa mayoría del pueblo acudió a las urnas electorales y en sus

papeletas escribieron el nombre de Francisco I. Madero; los esbirros de la tiranía las sacaron con la punta de la bayoneta y pusieron en ellas a Porfirio Díaz. Un nuevo ultraje a los derechos del pueblo: un sarcasmo sangriento a la libertad y una flamante y cínica usurpación del poder. El apóstol

demócrata fue reducido a prisión en San Luis Potosí, con el objeto de que no tuviera parte en las elecciones. Esto agotó la paciencia rebosando la medida. Como una corriente eléctrica contaminó a un tiempo de

indignación a todos los partidarios del ilustre prisionero, y mientras el orgulloso César se exhibía con gran pompa y regio fausto en las fiestas centenarias, una conspiración inmensa se tramaba en toda la República. Agotados los medios pacíficos y conciliadores, para hacer que descendiera el que pretendía erigirse en monarca, no quedaba otra disyuntiva que levantarse en armas contra un gobierno falaz, asesino y usurpador. De acuerdo con el señor Madero, principió don Abraham González a entrevistar a todos los presidentes de clubs, a los que detallándoles

pormenorizadamente la situación, los invitaba a lanzarse a la revoluci6n. Ortega se presentó a é1, y al escuchar de sus labios el relato de lo acaecido, sin vacilación y con la energía propia de su carácter, contestó:

“Lucharemos hasta morir o derrocar a esos infames.” 

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CAPITULO IV.

Levantamiento.

Acción de Venegas.

Primer Combate en

El Mulato y Ataque

a Coyame.

La noche del día 13 de Noviembre, estando Ortega en su pueblo, tuvo conocimiento de que otro día iba a ser aprehendido por la autoridad del lugar, quien sospechaba que pretendía levantarse en armas.

Sin pérdida de tiempo reúne a todos los adictos a la causa y

después de tener una larga conferencia acordaron desconocer otro día al gobierno, lanzándose a la revolución.

El día 14 de Noviembre de 1910, Toribio Ortega, el patriota y abnegado ciudadano, al frente de sesenta hombres, en su mayoría desarmados, arrojó el guante del desafío a la cara del dictador, y con las armas en la mano desconoció abiertamente a la usurpación. Se lanzaba a la lucha sin ningunos elementos, teniendo por rival a un gobierno poderoso; pero é1 contaba con la justicia, y no midiendo la talla y valer de su enemigo, tenía entera fe en el triunfo. Si perecía en la lucha, ofrecería gustoso su

existencia por su patria.

A propósito de la fecha del levantamiento, hago constar, por ser de justicia y rigurosamente histórico que el primero que se levantó en armas en la República, contra el gobierno de Díaz, no fue Aquiles Serdán, ni mucho menos Orozco, puesto que ellos lo verificaron del 20 en adelante. Nuestro biografiado fue, como antes he dicho, el primero, lo cual está plenamente comprobado por documentos que aun existen y que están debidamente autorizados por don Abraham González. Si esto no ha sido público y notorio, fue porque el ameritado General jamás quiso hacer de ello un reclamo ni adquirir por ese medio popularidad, dada la humildad que lo caracterizó.

La mañana del acontecimiento, Ezequiel Montes, el malvado e hipócrita cacique, poseido de un pánico indescriptible, huyó despavorido del pueblo. Llevando el río alguna agua, lo pasó vestido y hubo quien lo viera en una labor cercana, lleno de lodo, sin sombrero, y temblando en el paroxismo del

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pavor. Esta es la virtud de las almas viles y miserables: la cobardía. Ortega pudo haberlo hecho prisionero: pero dotado de una alma generosa y

magnánima, lo dejó ir echando al olvido sus grandes villanías.

Del pueblo dirigiose Ortega con su gente a una sierra cercana que se llama El Peguis. Admiración causaría el contemplar aquella falange de hombres entusiastas, que no teniendo una arma en sus manos, marchaban alegres y contentos a hacer una revolución contra un gobierno que en treinta y cinco años de odiosa paz, había acumulado grandes elementos de guerra y

contaba con un ejército bien disciplinado.

Las gentes timoratas y los acomodaticios los tildaban de locos, porque locura era rebelarse contra Porfirio Díaz, una especie de semi-dios, a quien  jamás podrían vencer; pero donde la imbecilidad y la conveniencia

 juzgaban encontrar la locura, el buen sentido y la sensatez, hallan un heroísmo rayano en sus límites. ¿Creería aquella pléyade de valientes, en la victoria? Tal vez si, y en tal caso, eran dignos de loa por su inmensa fe en la justicia. ¿Dudarían por ventura de su triunfo? Su acción entonces, sería sencillamente heroica y su patriotismo no tendría igual.

De la sierra del Peguis se movilizaron al Saucito. Las personas que lo acompañaban entonces y que siempre estuvieron a su lado hasta la hora de su muerte, fueron Porfirio Ornelas, que fungía como su segundo, Epitacio Villanueva, Marcelino Juárez y algunos otros, que hoy figuran en el Ejército Constitucionalista con la categoría de Jefes y Oficiales. Encontrándose la pequeña columna en el barranco de Guadalupe se

incorporaron a ella don Abraham González y el Coronel Perfecto Lomelí. Ortega siempre modesto y sin ambición alguna le indicó a don Abraham, que le diera el mando en jefe al Coronel Lomelí, quedando

é1 como segundo, a pesar de haber organizado y reclutado la gente. El día 11 de Diciembre, encontrándose en el rancho de Venegas, lugar distante siete leguas de Ojinaga y situado a las márgenes del Río Bravo, tuvieron noticia de que el regimiento al mando del Coronel Alberto

Dorantes marchaba a atacarlos. Ortega, de acuerdo con don Abraham y con el Coronel Perfecto Lomelí, decidió esperarlos, posesionando su gente en unas lomas que están al Oeste de la vía telegráfica. Los alambres de esta los bajaron hasta la mitad de los postes, y encendiendo grandes hogueras en el centro, donde se encontraba el rancho, dejaron lista la emboscada a los asaltantes.

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La noche era obscura, sin poder distinguirse nada. Un silencio mortal reinaba por todas partes. E1 enemigo, al distinguir las hogueras, creyendo que los revolucionarios se encontraban allí, se dirigió en línea recta al lugar, cuando de improviso, una descarga cerrada de fusilería, salida de entre las sombras, encendió el pavor entre las filas federales, quienes

dispersándose en espantosa confusión, huyeron a la desbandada por el lado del Río Bravo, donde hallándose el alambre de telégrafo caído, desmontaba a la caballería al mantearse. La mayor parte de la fuerza se pasó a territorio americano y desde allí comenzaron a tirar con una ametralladora.

Don Abraham, en vista de que carecían por completo de parque, pues sólo un reducido número contaba con unos cuantos cartuchos, ordenó que la gente se retirara y aprovechando las tinieblas, abandonaron las posiciones, dejando a los soldados de línea combatiendo solos, pues todavía por largo rato se prolongó el tiroteo. De allí se dirigieron al Mulato, con el objeto de pasar parque de los Estados Unidos, lo cual efectuaron con múltiples dificultades, pasando apenas cuatro mil cartuchos.

En esos días se incorporó a la gente de Ortega, el Coronel José de la Luz Soto, con cuarenta hombres, reclutados en San Carlos y San Antonio. Este refuerzo caía en momentos propicios, pues se sabía que el Coronel Dorantes, con una columna de 500 hombres se dirigía a atacar a los rebeldes.

El día 18 de Diciembre, como a las diez de la mañana, se avistaron las primeras avanzadas de federales, entablándose en seguida el combate con gran furia y denuedo. Dorantes intenta desalojar a los revolucionarios, primeramente de un bordo que está por la derecha y frente del pueblo; pero es rechazado con grandes pérdidas. Entonces dirigiose con todo el grueso de sus fuerzas a atacar los cerros, donde había un reducido número de insurrectos. Al notar el movimiento, el Coronel Ortega se dirige al lugar y se traba un encarnizado y terrible combate que termina con la derrota de los federales, los cuales, viendo la imposibilidad de desalojar a los nuestros, principian a retirarse a las tres de la tarde, dejando en el campo de batalla quince muertos, dos heridos, ocho fusiles mausser y gran

cantidad de parque.

Habiendo sabido por esos días que el señor Madero se encontraba en E1 Paso, se fueron don Abraham y el Coronel Lomelí a recibir sus

instrucciones, dejando la gente al mando de los Coroneles Ortega y Soto. Con motivo de una falsa noticia propalada, de que una poderosa columna venía por el lado de las Orientales, con el objeto de embotellarlos en E1 Mulato, se movilizaron de allí al pueblo de San Carlos, y a continuación a

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San Antonio, atravesando las extensas propiedades de Creel. En San Salvador, a petición de toda su fuerza, se dió de baja al Coronel José

de la Luz Soto, por haberse comprobado, en bastantes ocasiones, su falta de espíritu militar y su ineptitud.

Soto es oriundo del Distrito de Jiménez. Dotado de un espíritu intrigante y ambicioso, aunque siempre demostró simpatías por las ideas liberales, su conducta sospechosa e incierta, lo ponía en peligro de cometer un dislate. En el lugar antedicho se supo que una poderosa columna de 1,000 hombres, al mando del General Gonzalo A. Luque, se dirigía a marchas forzadas a Ojinaga.

Con el objeto de reunir caballada para montar a la gente, se detuvieron tres días en Polvorillas. En Maijoma, a instancias del Coronel Ortega, se

levantó don José de la Cruz Sanchez, empezando a reclutar gente en todas las comarcas, donde tenía un gran partido, marchando después reunidos, hasta arribar a Coyame.

En este punto había una guarnición compuesta de voluntarios del pueblo, quienes se habían mostrado Porfiristas recalcitrantes.

E1 día 8 de Enero de 1911, después de intimar la rendici6n de la plaza y habiendo recibido la negativa, los Maderistas en número de 200 atacaron con denuedo los cerros que están antes de llegar al pueblo. Todo el día se combatió con pequeñas intermitencias, y por la noche, fueron desalojados los gobiernistas de sus posiciones quedando reducidos al pueblo.

E1 día 9, habiendo cesado un momento el fuego, el Mayor Porfirio Ornelas estuvo parlamentando con uno de los gobiernistas que estaba situado en unas de las casas cercanas, el cual manifestó el deseo inusitado de rendirse: pero en esos momentos, recibe orden del Coronel Ortega de que se retiren inmediatamente de la plaza.

Obedecía esto a que habíase cogido prisionero a un correo, el cual traía a los de Coyame la fausta nueva de que una poderosa columna de federales se dirigía a marchas forzadas a auxiliarlos. Los Coroneles Sánchez y Ortega, se retiraron a Cuchillo Parado.

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CAPITULO V.

Combates de Cuesta de Aldea.

Segundo de El Mulato y Sitio de Ojinaga.

E1 día 15 de Febrero, los puestos avanzados que tenían cerca de la sierra, comunicaron a los Coroneles Ortega y Sánchez, que una fuerza enemiga venía bajando por la Cuesta del Gato. Eran 400 hombres de infantería y 100 de caballeria al mando del Capitán Guillén.

Inmediatamente ordenó el Coronel Ortega que toda la gente se movilizara a encontrar al enemigo y presentarle batalla. E1 combate se trabó en la falda de la cuesta, acometiendo los nuestros con tal ímpetu, que lograron

rechazar a los defensores del tirano, haciéndolos retroceder hasta unos cerros.

El Coronel Ortega, haciendo gala de un valor temerario, acompañado de Celso Rayos, y de otros tres, se arrojó sobre una de las posiciones más dificiles, desalojando de ella a unos soldados que se hallaban allí 

afortinados.

Todo el dia se prolongó el combate hasta la caída de la noche, haciendo importantes bajas al enemigo. Otro día reanudamos el combate con más ímpetu. Los federales, visiblemente desmoralizados, y hallando en los insurrectos una tenacidad y valor que no esperaban, empezaron a ceder visiblemente. Los nuestros redoblaron el ataque y lograron coparlos en la cima de un cerro de figura cónica donde los sitiaron por completo, cuando de improviso aparece por la retaguardia una linea de tiradores que avanza lentamente sobre nuestras fuerzas, haciendo un nutrido fuego. Era Dorantes que al frente de cien dragones venía al auxilio de la infantería de Guillén. Nuestras fuerzas se ven envueltas en dos fuegos: pero aun así, podían haber batido al enemigo y el Coronel Ortega se preparaba para hacerlo, cuando vió que toda la gente se retiraba huyendo

precipitadamente, obedeciendo una orden que desacertadamente dió el Coronel José de la Cruz Sánchez, creyendo todo perdido.

Las pérdidas que tuvimos fueron tres muertos y tres heridos, siendo de bastante consideración las del enemigo, pues quedó la cuesta regada de cadáveres de la infantería de Guillén.

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Fraccionados en pequeñas partidas; se dirigieron a Barrancas, y una vez reunidos todos, se movilizaron al Mulato. El Coronel Sánchez, con el objeto de habilitarse de parque, se dirigió a los Estados Unidos, dejando la fuerza al mando del Coronel Ortega.

A principios del mes de Febrero se supo que el General Luque, al frente de una poderosa columna, compuesta de las tres armas, se dirigia a atacarlos. Ortega mandó hacer fortificaciones inexpugnables desde los cerros hasta la orilla del Bravo, con el objeto de impedirles la entrada al pueblo.

Dos formidables detonaciones de artillería, fue al anuncio de que el enemigo estaba al frente. El Coronel recorre impasible en su corcel las fortificacions y ordena a todos que no disparen hasta no tener cerca al enemigo. Las bocas de fuego del enemigo, continuan por

largo tiempo vomitando metralla; pero al notar la impasibilidad e

indiferencia con que son recibidos en el campamento revolucionario, y los nulos efectos que hacían, destacó la infantería, que protegida por el

cañoneo, avanzó hasta cerca de las posiciones, siendo recibida por un diluvio de acero que salía de las rocas.

La lucha generalizase de uno a otro extremo de las posiciones, sin que cedan un ápice, tanto los asaltantes como los fortificados. Todo el día se tirotean intermitentemente, cazándose unos a los otros hasta que la sombra de la noche establece una tregua entre ambos contendientes.

Al día siguiente reanúdase el combate con más saña. Luque ordena que una línea de tiradores prosiga el avance de la infantería; pero las balas de los guerreros fronterizos hacen tales bajas en sus filas, que ésta se detiene indecisa, Ortega toma la ofensiva, y saliendo de sus posesiones, rechaza finalmente al enemigo.

Viendo el General en Jefe de la columna federal, la imposibilidad de vencer a los revolucionarios, ordena la retirada rumbo a Ojinaga. E1 Coronel

Sánchez regresa de Estados Unidos y toma otra vez el mando de la fuerza, permaneciendo en E1 Mulato; reclutando más gente de los lugares

circunvecinos, con el objeto de formar una competente columna

para atacar a Luque en Ojinaga, el cual, desde la terrible derrota de E1 Mulato, había cesado de perseguir a los revolucionarios.

E1 día 10 de Marzo, el Ejército Libertador compuesto de seiscientos

hombres, se encontraba en las cercanías de Ojinaga. Sánchez ordenó que su gente se posesionara desde el frente de la garita hasta las lomas de la

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Juliana, y el Coronel Ortega por la Cañada Ancha y San Francisco, quedando únicamente el tramo que abarca el Río Bravo, sin cubrirse. A1 avistar nuestra gente, el enemigo rompió el fuego, que se prolongó por varias horas. A los tres días de encontrarse en el sitio, durante el cual sólo se registraron leves tiroteos, una noche echaron en dirección al pueblo una manada con botes prendidos en la cola, la cual penetró a las calles de la población. Los sitiados creyeron que era un asalto de los revolucionarios, y formaron un espantoso tiroteo que duró hasta ya entrada la noche.

Ortega permaneció con su gente en la Cañada Ancha, y repetidas veces atacó al Coronel Dorantes que era el que defendía ese rumbo, logrando rechazarlo hasta las orillas de Ojinaga. Habiéndole confiado a un sujeto de nombre Antonio Carrasco las posesiones del lado de San Francisco, éste, poniéndose de acuerdo con los sitiados, las entregó, huyendo en seguida rumbo a Coyame a reclutar gente para volver a pegarles por la retaguardia a los sitiadores: pero alcanzado por Emilio Salgado, antes de arribar a dicho punto, fué conducido a presencia del Comandante en jefe de las

operaciones, quien ordenó su inmediata ejecución, siendo pasado por las armas a presencia de todo el ejército revolucionario.

Por esos días se incorporaron, procedentes de Coahuila, don Jesús Carranza, Emilio Salinas, Cayetano Trejo, y Cesáreo Castro, con una fracción de sesenta hombres. Poco después arriba Severiano Muñoz con veintisiete hombres, resto de la fuerza que mandaba Francisco Portillo al morir en el combate de Aldama.

En vista de que el sitio de Ojinaga se prolongaba por largo tiempo, dispuso el Jefe de la Revolución, don Francisco I. Madero, que el Coronel Antonio I. Villarreal, al frente de una columna de trescientos hombres, reclutados en E1 Paso, Texas, saliese de San Ignacio, dirigiéndose a incorporarse a las fuerzas de Sánchez, con el fin de cooperar a la toma de la plaza.

Con la mayoría de la gente de infantería, llevando un cañón de bronce que habían sacado de El Paso, y al que los Norteamericanos llaman el Silbador Azul y una ametralladora Colt. Villarreal marchó a cumplir la orden que se le había dado, llegando a Ojinaga el día 9 de Abril.

No obstante los considerables refuerzos recibidos, el Coronel Sánchez no se decide a efectuar el asalto decisivo, a pesar de las reiteradas instancias que le hacía el Coronel Ortega y otros jefes, alegando la pérdida de vidas al verificarlo. Unicamente dispone que sea emplazado el célebre cañón de bronce, con el cual piensa bombardear al sitiar. Cumpliendo con sus órdenes cargan la pieza, pero motivo a la mala calidad de la pólvora y lo

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deficiente del viejo mecanismo, no da éste buen resultado, haciendo solamente dos disparos. Viendo la inutilidad de ello, se concretan a seguir tiroteando a larga distancia. A fines del mes de Abril, la fuerza sitiadora asciende a mil hombres y convencido el jefe de las operaciones de la perentoria urgencia que había de tomar la plaza, determina que el asalto definitivo se dé el día lro. de Mayo pero esa determinación quedó fallida, porque nuevos acontecimientos vinieron a estorbarla.

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CAPITULO VI.

Batalla de Cuesta del Gato.

Dispersión de las Fuerzas Sitiadoras

Prisión del Mayor Ornelas.

Ortega Marcha Tras

la Columna Hasta Aldama.

Restablecimiento de la Paz.

Licenciamiento de sus Tropas.

Retírase a la Vida Privada.

Procedentes de Cuchillo Parado, llegan al campamento revolucionario multitud de habitantes de ese pueblo, notifican que una competente fuerza de la Federación se encontraba allá en el pueblo; era el General Gordillo Escudero, enviado por el Gobierno al frente de setecientos hombres, para que auxiliase a los sitiados en Ojinaga.

El Coronel Ortega al tener conocimiento de eso, pide que se le envíe con su gente para ir a estorbar el avance de los federales, hasta que se pueda enviar una fuerza competente para batirlos. Habiéndole advertido el peligro que corría al ir a enfrentarse con un enemigo doce veces superior, contestó:

“Aunque fueran miles, no temería, y aunque no tengo la pretensión

de vencerlos, es del todo importante detenerlos hasta que nuestras fuerzas se posesionen dela Cuesta del Gato donde podemos batirlos y vencerlos.”

Obtenido el consentimiento del Jefe de las operaciones, marcha con sus sesenta valientes, y atravesando las serranías, fue a encontrar la columna, marchando a una vista de ella. En Palo Blanco, determina darle un

ataque, y poniéndose al frente de sus denodados compañeros asalta al enemigo, quien se mostró asombrado de tal temeridad y se arrojó formándoles una escaramuza que duró algunas horas.

Cuando ya calculó que la gente del Coronel Sánchez se encontraba en la Cuesta del Gato, se dirigió a ese lugar. En efecto, don José de la Cruz Sánchez, dejando al Coronel Villarreal en los alrededores de Ojinaga, se movilizó a la cuesta mencionada y llegando a ella, distribuyó su gente por uno y otro lado del puerto, ordenándole al Coronel Ortega que

se posesionara del chaparral que se encuentra al Sur del Camino. Ortega quería que se le pusiera de avanzada en el puerto, para ser el primero en

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tener contacto con el enemigo; pero en vista de la determinación del Jefe, el cual no quiso ceder en este punto, obedeció al momento las órdenes dadas. E1 día 3 de Mayo, a las 6 de la mañana, se percibieron las avanzadas federales que en columna compacta venían por todo el camino. A1 arribar al puerto, las avanzadas de Sánchez que se encontraban a la vanguardia, abren el fuego; Gordillo Escudero, que traía a su servicio un cuerpo de Exploradores compuesto de los voluntarios de Coyame, los cuales conocían a la perfección el terreno, ordena que en líneas de tiradores avancen por ambos flancos, ejecutando un movimiento envolvente sobre las posiciones de los revolucionarios.

La fracción de Severino Muñoz, al percatarse de esta maniobra, abandona sus puestos y huye a la desbandada y la gente de Sánchez sigue su ejemplo, bajando precipitadamente de los cerros. Don José de la Cruz se anonada por completo, no da disposición alguna que modifique en algo la situación y concluye por declararse en derrota.

Só1o quedan Emilio Salgado con unos cuantos hombres y el Coronel Ortega con su gente, quienes se baten desesperadamente para proteger la salida de los que quedan, y en vista ya de lo irremediable, se alejan

haciendo fuego en retirada. E1 combate duraría a lo sumo media hora, y la derrota es completa para nuestras fuerzas, merced a la ineptitud e

ignorancia completa de conocimientos militares del Jefe de las operaciones. Las bajas no fueron de mucha importancia por parte nuestra: algunos

heridos y pocos muertos; pero el efecto moral si fue grande, y de fatales resultados. La fuerza del Coronel Sánchez, desorganízase por completo en fracciones de l0, 15, y 20 hombres y dispérsanse por todos lados, yendo a refugiarse a la sierra o a sus ranchos.

Sánchez, habiéndose herido con su pistola, “accidentalmente,” pasa el Río

Bravo y se dirige a Estados Unidos a curarse. Severino Muñoz que huyó desaforadamente a la vista del enemigo, se dirige con su gente a los ranchos del Norte, a cometer tropelías, a despojar villanamente a los habitantes pacíficos. Villarreal, al tener conocimiento del desastre de Cuesta del Gato, retira precipitadamente su gente de los alrededores de Ojinaga y marcha violentamente al Mulato y de alli a Ciudad Camargo. Emilio Salgado, con una fracción marcha igualmente al Mulato, donde es atacado por una avanzada federal, la cual lo cañonea y alli desbarátase por completo la fuerza que iba, pues don Jesús Carranza y los que lo

acompañaban, traspasan la línea divisoria e internándose en territorio americano, vuelven a pasar frente a San Carlos para dirigirse a Coahuila, mientras Salgado con tres hombres se dirige a San Pablo Meoqui.

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Todos vuelven la espalda al enemigo; sólo Ortega permanece en su puesto acompañado de sus leales y valientes compañeros y desde la derrota del Gato se va, según su costumbre, escoltando la columna federal hasta que ésta penetra en Ojinaga. Regrésase entonces al lugar del combate y de allí  se dirige a Cuchillo.

Más tarde, cuando las fuerzas reunidas de Luque, Gordillo Escudero y Dorantes; evacúan Ojinaga, marchando rumbo a la capital del Estado, é1 está listo con su gente, para esperarlos y presentarles combate; pero un acontecimiento inesperado le impide por completo el llevar a cabo sus planes.

Habiendo comisionado al Mayor Porfirio Ornelas, que era

su segundo, para que fuera a ver a las familias que se encontraban en la sierra, a fin de que les proporcionara medios de subsistir, encontrándose éste en Las Ánimas el día 10 de Mayo, fue sorprendido por unos espías de Coyame, que formaban la avanzada de la columna, quienes haciéndolo prisionero, lo condujeron a la presencia del General Luque. A1 verlo éste, sabiendo que era el segundo de Ortega, se dirigió a é1 y en tono sarcástico le dijo:“Buenos días mi teniente coronel, con que usted es uno

de los bandidos que se rebelaron contra el Supremo Gobierno?” “Si, mi general,” le contestóOrnelas con entereza, “yo soy uno de los que he combatido contra ese tirano.” A1 escuchar aquello, la oficialidad pedía a

grito abierto que lo fusilaran. Luque empezó a interrogarlo acerca de los encuentros y acciones de armas en que se había hallado y el número de muertos que habían tenido en todos ellos, y al relatarle el Mayor Ornelas la verdad histórica de lo acontecido, irritándose el General, ordenó que lo ataran con una soga del cuello y de las manos y que bien custodiado

lo llevaran a pie, con la consigna de que a los primeros tiros que se oyeran de algún asalto de los revolucionarios, lo pasaran por las armas.

Innumerables son los trabajos y las visicitudes y las vejaciones sin cuento que sufrió este valiente patriota durante la jornada que hicieron hasta Chihuahua. Atravesó a pie y fuertemente atado, ese inmenso desierto que se extiende desde Ojinaga a la capital del Estado, sufriendo los insultos de una soldadesca feroz y las privaciones y malos tratamientos que prodigan los federales a sus prisioneros de guerra.

Por fin, llegaron a Chihuahua, y fué internado en la Penitenciaría del

Estado, de la cual salió cuando ya la paz estuvo restablecida. Entre tanto, el Coronel Ortega al saber que su segundo había sido hecho prisionero, se movilizó tras de la columna, dando orden terminante a sus soldados para que por ningún motivo provocaran al enemigo, pues comprendía

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perfectamente que al hacerlo, sería fusilar al prisionero. Concretose a vigilar los movimientos de la columna y a ir a una vista de ella y en tal forma prosiguió hasta llegar a las cercanías en Aldama en donde recibió orden superior de suspender las hostilidades por haberse restablecido la paz, después de los tratados de Ciudad Juárez.

Establecido por fin su cuartel en Aldama y teniendo que verse con don Abraham González, se dirigió a la capital del Estado, donde tuvo con él una larga conferencia, donde acordaron licenciar toda la gente, dándoles $50.00 de gratificación y $25.00 más por el rifle a cada uno, dejándoles el caballo y la montura, verificándose dicho licenciamiento en Aldama.

E1 Gobernador provisional del Estado les expidió despachos de Coronel y Mayor a los ciudadanos Toribio Ortega y Porfirio Ornelas. Habiendo sido el primero que se levantó contra el gobierno usurpador; arregladas la bajas de la oficialidad y las tropas, se retiraron aquellos valientes a la vida privada, dedicándose exclusivamente a sus trabajos de agricultura. E1 Coronel quedó en el Depósito de Jefes y oficiales. Dirigióse entonces a su pueblo natal, donde al igual que sus compañeros se dedicó a trabajar con el mismo afán y entusiasmo que siempre.

Tal fué la participación que tuvo este hombre notable en la revolución de 1910. En ella se distinguió por la actividad en sus operaciones y por lo acertado en sus movimientos.

Cuantas veces le dejaron la dirección de las fuerzas, el éxito coronó sus esfuerzos derrotando al enemigo. Desprovisto por completo de ambiciones personales y dotado de una humildad y modestia a toda prueba, jamás pretendió tener el mando de la fuerza de la región, no obstante de tener más derecho que ninguno por haber sido el primero en levantarse

y haber formado un pie de Ejército que sirvió de escalón a los demás. Siempre dimitió el cargo con que pretendían distinguirlo, primero en el Coronel Lomelí, después en José de la Luz Soto y por último en don José de la Cruz Sánchez, y si al segundo se vio en la imprescindible

necesidad de eliminarlo, fué debido a las circunstancias y a la conducta observada por dicho sujeto.

Terminada la revolución, altamente satisfecho de haber cooperado en algo al derrocamiento de la tiranía volvió al seno de su hogar, estando siempre alerta en la marcha de los acontecimientos políticos, para entrar en acción

cuando según expresión textual de él: “Su querida Patria volviera a necesitarlo.” 

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Parte Segunda

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CAPITULO I.

Primeras Revueltas y

la Traición de Orozco.

Braulio Hernández.

Batalla de Coyame.

Nuestro horizonte político principiaba otra vez a empañarse. Sordos rumores corrían de que una contra-revolución se preparaba con el fin de derrocar al Gobierno legalmente constituido, representado en el señor Madero, elegido Presidente de la República por el voto unánime de toda la Nación.

Los vencidos, llenos de despecho, no dieron su brazo a torcer y empezaron a intrigar maquiavélicamente, halagando las bajas pasiones de los malos elementos que había en la Revolución.

Pronto hallaron eco sus intrigas infames en la alma ambiciosa de un patán a quien ellos mismos habían engrandecido a fuerza de adulación y lisonjas. Agréguese a esto los corruptos y viciados elementos que como en toda conmoción social se agregan a las revoluciones como tabla de salvación, y que como la espuma de los mares, suben arriba cuando una tempestad remueve el océano.

Unos bandidos de encrucijada y salteadores de caminos reales no les era muy placentero e1 que terminara la revolución a cuya sombra cometían sus crímenes y robos con la mayor impunidad, y al normalizarse la situación, tendrían que responder de sus actos y fechorías. Los otros, escontentadizos y ambiciosos, creían merecerlo todo por sus insignificantes servicios y al no acceder el Gobierno a sus exhorbitantes pretensiones, juraban en su interior, rebelarse contra él.

Todo ese conjunto heterogéneo de maldad y abyección maquinaba

solamente contra el ser que los había elevado de la miseria material y moral en que se hallaban a la categoría de ciudadanos y de hombres de

representación.

Pronto estalló la bomba en Ciudad Juárez al grito de viva Zapata las

chusmas analfabetas e indisciplinadas, desconocieron al Gobierno legítimo, apoderándose por sorpresa de 1a ciudad. Pronto siguen su ejemplo en la

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capital del Estado. Braulio Hernández, el rufián ambicioso, enarbolaba la bandera del socialismo, amparado por el nombre del ridículo licenciado Vásquez Gómez, y el bandolerismo, para concluir con esta serie de infidencias y defecciones, Pascual Orozco, el Judas de la revolución maderista, firma con Salazar el desconocimiento del gobierno de Madero. Y las legiones miserables de canallas corrieron ebrias en busca del botín y del pillaje.

E1 día 9 de Febrero de 1912 encontrándose el Coronel Ortega con el Mayor Ornelas en la Presidencia Municipal de Cuchillo Parado, llegaron a

avisarles que lo largo del camino, al otro lado del Río Conchos, se aproximaba una gruesa columna de gente armada.

Teniendo conocimiento el Coronel Ortega de los rumores que corrían acerca de la nueva revolución, aunque sin saber a punto fijo de qué

filiación política eran los que se acercaban, sospechando que serían de los nuevos levantados, salió precipitadamente de la Presidencia y parándose enfrente de la Plaza donde había un grupo de gente reunida, dio el grito de a las armas.

Todo el mundo obedeció dicha orden y en menos de media hora, más de sesenta hombres armados hasta con palos, se encontraban a la orilla del Barranco. En vista de la actitud belicosa de los vecinos del pueblo, Braulio Hernández, que era el Jefe de la fuerza compuesta de trescientos hombres, en su mayoría de Coyame, envió parlamentarios a Ortega, donde haciendo un llamamiento a la amistad que los unía, pues ambos se conocieron y relacionaron en el sitio de Ojinaga, le suplicaba lo dejara entrar al pueblo y hablar a sus habitantes.

Ortega le contestó que teniendo conocimiento que se había rebelado contra el Gobierno constituido, desde ese momento renegaba de su amistad, porque él no quería tratar con traidores; que para entrar al pueblo, necesitarían hollar sus cadáveres, pues que serían recibidos a balazos. Pocos momentos después, volvió otro correo, portando una nueva petición de Hernández, en la que suplicaba se le dejara al menos pasar por un lado de Cuchillo Parado, para dirigirse a Ojinaga; una nueva negativa por parte de Ortega fue la contestación, intimándole que si no se retiraba,

inmediatamente, abriría el fuego. Los de Coyame querían a toda costa que se atacara al pueblo; pero viendo Hernández lo difícil de la empresa, optó por retirarse.

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E1 Coronel Ortega, en vista de aquella intentona principió a organizar y reclutar más gente, dando cuenta de ello al Gobernador González, quien le dio su aprobación, diciéndole que estuviera listo para cualquiera

emergencia. E1 Coronel José de la Cruz Sánchez, reunió igualmente toda su gente en Ojinaga y dió parte al Gobierno; éste envió al General Agustin Sanginés, nombrándolo jefe de las Operaciones por esa región.

Ortega, al saber el arribo de este militar fue a ponerse a sus órdenes con 180 hombres que había reunido, ordenándole Sanginés que se estableciera en Cuchillo Parado.

Sabiendo que en el pueblo de Coyame se encontraba el enemigo, ordenó a1 Coronel Ortega que con su gente y la del Mayor Espiridión Piña, se

movilizara sobre ese pueblo. El día 5 de Mayo de 1912 a las dos de la

mañana, atacaron dicha plaza, que estaba defendida por ochenta hombres al mando de Manuel Meléndrez, todos nativos de alli.

Los cerros de la Cal, El Centinela y la Capilla, que se encuentran al Oriente del pueblo, eran las primeras fortificaciones del enemigo. E1 Coronel

Ortega formó su plan de ataque: el Mayor Ornelas debía encargarse del Cerro de la Cal, y él tomaría el de la Capilla: al Mayor Piña le encomendó las posiciones de El Centinela, y por último, ordenó al Capitán Silvestre Juárez que con una fracción de su fuerza se dirigiera al Puerto Frío, por la retaguardia del enemigo. En la noche de ese mismo día asaltaron los fortines, según las órdenes y distribución dadas, entablándose una terrible batalla en que los nuestros, a quema ropa, desalojaron con bombas de mano a los coyamistas de las posiciones, las cuales amanecieron en nuestro poder el día 7.

E1 día 8 llegó el Capitán segundo José Jiménez con cuarenta hombres, y Ortega le ordenó que se movilizara al puerto de Chorreras, para que reforzara la fracción de Juárez y estuviera alerta a las operaciones del enemigo que por momentos se esperaba, ordenándole

terminantemente, que lo detuviera, sin abandonar por ningún motivo el puesto.

E1 día 10, procedente de Ojinaga, llegó el General Sanginés con trescientos hombres, compuestos de la gente de Sánchez y de la del Mayor Víctor Manuel Navarro. E1 General en Jefe dispuso que una avanzada al mando del Capitán Ponciano Torres, se dirigiera al puerto del Piloncillo, pues sabiéndose de certeza que el enemigo ya estaba próximo, se

le ordenó que uniéndose a los capitanes Juárez y Jiménez, que se

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el último momento; pero sucedió que al arribar al puerto mencionado, se encontró con que el Capitán Jiménez había huido a la

aproximación del enemigo, dejando abandonado el punto que tanto se le había encomendado.

Regresó entonces, y rindió el parte respectivo. El día 13 ordenó a1 mismo Capitán Torres que con setenta hombres, que fueron reforzados por 30 más al mando del Teniente Quiñones, se dirigiera a la Ciénega, lugar que se encontraba al Sur de Coyame y atacara al enemigo, lo cual efectuó,

dispersándolo por completo. E1 día 13 llegó otro refuerzo a Gamboa, que era el jefe Orozquista, ascendiendo a 500 hombres su fuerza, la cual

permaneció acampada en la Ciénega. E1 General Sanginés libró las órdenes relativas a fin de dar un ataque decisivo.

Ortega con su gente, atacaría por el flanco izquierdo, del lado de la Ciénega, y él con la fuerza de Sánchez y la del Mayor Víctor Manuel Navarro operaría por el flanco derecho, es decir, al Norte, por el Puerto Frío. El día 14 la gente de Ojinaga al mando del Coronel José de la Cruz Sánchez abrió el fuego contra las avanzadas del enemigo que se vió lentamente se aproximaban, entablándose un duelo a muerte de fusilería. En el Puerto de los Ocotillos, el Mayor Víctor Manuel Navarro sostiene la parte más reñida del combate, dando pruebas de un valor temerario, se adelanta Navarro a pecho descubierto sobre las posiciones de los

Orozquistas que se encontraban fortificados tras de las rocas; pero apenas da unos cuantos pasos, cuando es atravesado en el estómago por una bala, cayendo moribundo.

Una lluvia de balas cae junto al cuerpo sin que nadie se atreva a levantarlo, pues es muerte segura para el que se acerque. En esos momentos llega el General Sanginés y ordena que se levante el cadáver, siendo conducido a la Capilla donde exhala su último suspiro.

Víctor Manuel Navarro era pariente del Presidente Madero. Dotado de un espíritu caballeroso y de una afabilidad característica, era estimado por toda la fuerza, la cual sintió profundamente su temprana muerte. La gente de Sánchez empezó a replegarse ante el empuje del enemigo, y sin saber de dónde partiría la confusión, concluyó por emprender la retirada en

desordenada fuga dejando abandonada una ametralladora que recogió el enemigo.

E1 General Sanginés quedó solo, después de haber hecho esfuerzos sobrehumanos para detener la gente.

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Entretanto el Coronel Ortega, cumpliendo con las órdenes que se le habían dado, atacó en la sierra de la Ciénega a los orozquistas. E1 empuje con que se batió su gente, fue formidable y avasallador, logrando en pocas horas derrotar por completo al enemigo, haciéndole buen número de prisioneros y quitándole gran cantidad de caballos ensillados y botín de guerra.

A consecuencia del fracaso de Sánchez, recibió orden de Sanginés de retirarse regresando a Cuchillo, pues corría peligro de ser ocupado por fuerzas superiores. Sin pérdida de tiempo obedeció la orden, encontrando en su pueblo al General en Jefe, acompañado nada más de su asistente, sumamente decepcionado de la conducta del Coronel Sánchez y de la gente de Ojinaga, a donde ya no quiso volver.

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CAPITULO II.

Salida del General Sanginés

para el Sur.

Batalla de Bachimba.

Entrada a Chihuahua.

Poco después, cuando la famosa derrota de los orozquistas en Rellano, recibió orden el General Sanginés, del Supremo Gobierno, de salir a encontrar a la División del Norte, y ponerse a las órdenes del General Huerta.

Acompañado de una escolta de doce hombres de la gente de Ortega, se dirigió a Santa Rosalia, lugar donde se encontraba ya la División, a donde arribaron. E1 General Huerta tenía instrucciones de mandar a Sanginés a hacer la campaña al Estado de Sonora, por lo cual, inmediatamente que llegó le dió dicha orden, saliendo sin demora alguna para ese Estado. Ortega, que se había quedado en su pueblo natal, recibió igualmente orden del General en Jefe de la División del Norte para que se movilizara con su fuerza a incorporársele.

A1 frente de doscientos hombres, tomó la dirección del Pueblito, donde sabía que merodeaba un cabecilla orozquista de nombre Concepción Domínguez, al cual persiguió, haciéndolo que tomara el rumbo de Bachimba donde se encontraba el Cuartel General de Orozco. E1 día 28 arribó Ortega con su fuerza a San Pablo y el día 29 de Junio de 1912, se incorporó a 1a División del Norte en la Estación de Consuelo. Huerta dispensó muy buena acogida al Coronel Ortega, dedicándole frases laudatorias y encomiásticas. El futuro traidor pensaba ganarse el ánimo del patriota fronterizo; pero cuan engañado estaba. En aquella alma de grandes convicciones, no cabía mas que la justicia.

Llegó el 4 de Julio, la gran batalla decisiva que reduciría a la impotencia al fatídico Orozquismo, se iba a librar. Al Coronel Ortega con su Regimiento, le tocó entrar por el Poniente de la vía en los cerros que están próximos a ella. Incorporado a la Brigada Horan, en combinación con el 23 Batallón que mandaba el Coronel Castro, y el 33 a las órdenes del de igual empleo Mancilla, avanzaron frente al enemigo. E1 Coronel Ortega, poniéndose al frente de su gente, ordenó que marchara a la vanguardia. E1 33

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intimidado por el nutrido fuego que el enemigo hacía de los cerros se quedó atrás, y únicamente parte del 23, lo siguió.

Al acercarse nuestra gente a las posiciones empezó a recibir un bombardeo terrible procedente de nuestra misma artillería. E1 Mayor Ornelas ordena que ninguno eche pie atrás y estoicamente sufren el fuego de ráfaga de la artillería Federal. ¿Fue esto una simple equivocación, o con intención aviesa dirigieron las bocas de fuego a ese lugar, sabiendo que

por allí iba un cuerpo de voluntarios? Los hechos posteriores de los miserables pretorianos nos inclinan a creer que ese bombardeo fue intencional. Díganlo los voluntarios de Peña en el ataque a la Ciudadela. Era el sistema favorito del traidor Huerta.

E1 Coronel Ortega envía al Teniente Quiñones para que notificara a Huerta que están siendo bombardeados por su misma artillería. Este mandó que se suspendiera el fuego, y entonces los nuestros pudieron avanzar desalojando al enemigo, pernoctando esa noche en las posiciones que quitaron.

Otro día continuaron su marcha unidos a la División rumbo a la Capital del Estado, la cual había sido evacuada después de la derrota de Bachimba, entrando triunfalmente a la histórica ciudad. Tenía poco tiempo de establecido en Chihuahua, cuando recibió orden del Cuartel General, de marchar en persecusión del bandido orozquista Juan B. Porras, que merodeaba por Aldama, cuya orden cumplió movilizándose con su regimiento al lugar antedicho y de allí a Potreros y San Diego, sin poder darle alcance, pues el célebre cabecilla orozquista logró esquivar la persecusión.

De regreso a Chihuahua, uniformó y equipó bien su gente y con

autorización del General en Jefe se dirigió a Cuchillo Parado, donde le ordenaron se estableciera.

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CAPITULO III.

Batalla de Cuchillo Parado

De Ojinaga.

Persecusión de Caraveo.

Escisión de Ortega con el Ejército.

El día 25 de Agosto de 1912 encontrándose el Coronel Ortega con su fuerza en su pueblo, percibe que del lado del Norte, se aproxima una inmensa polvareda. Sabiendo que Orozco había salido de Villa Ahumada con el resto de las fuerzas que le quedaron, calcula que esas deben ser. Sin pérdida de tiempo ni demora alguna, reúne a todos sus soldados y

mostrándoles la nube de polvo, les dice: Ahí vienen los traidores, deben ser muchos, diez veces superiores a nosotros, pero no importa, tenemos que batirlos hasta el último momento.

Con entusiasmo indescriptible se ponen todos a abrir fortificaciones y a levantar parapetos para resistir al enemigo. Era en efecto, Orozco, quien al frente de mil quinientos hombres se hallaba ya a un kilómetro del pueblo. Al intimar la rendición de la plaza, Ortega le contestó como Leónidas al héroe de las Termópilas: Ven a tomarla. Inmediatamente se rompió el

fuego; los orozquistas empezaron a bombardear el pueblo con un cañón que traían, disparando durante todo el día.

E1 Río Conchos, aumentado por las recientes lluvias llevaba gran cantidad de agua, impidiendo el pase de las tropas de Orozco. Muchos pretendieron pasar en lanchas o a nado, pero los certeros disparos de los leales los obligaron a ceder de su empeño, quedando algunos gravemente heridos, y otros muertos, siendo arrastrados sus cadáveres por las aguas.

Cinco días prolóngase la lucha, en uno de los cuales inutilízase el cañón de los rebeldes, cesando ya de oirse su formidable voz. E1 31 destaca Orozco una columna de 500 hombres, cinco leguas al Poniente del río, donde logran por fin pasar.

Ortega, que no cuenta más que con doscientos hombres, amagado al frente por mil, que no esperan más que abandone sus posiciones para poder vadear el río, y teniendo por el flanco derecho ese refuerzo, determina abandonar la plaza y ordena al Coronel Ornelas que salga al encuentro de los quinientos para detener el avance, mientras é1, con unos cuantos

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