• No se han encontrado resultados

Entrevista y Sugestiones Indirectas

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Entrevista y Sugestiones Indirectas"

Copied!
170
0
0

Texto completo

(1)

ENTREVISTA Y SUGESTIONES

INDIRECTAS:

ENTRENAMIENTO COMUNICATIVO

PARA JÓVENES PSICOTERAPEUTAS

(2)

INDICE

INDICE

INTRODUCCIÓN: La comunicación y el cambio de actitudes en psicoterapia Primera Parte: La entrevista psicoterapéutica

1. Conceptos básicos

1.1.1. Una teoría clínica de la comunicación humana 1.1.2. La entrevista en psicoterapia

1.1.3. Escala de evaluación de intervención de los entrevistadores 2. Lo no verbal

2.1. Inventario de comunicación no verbal durante la entrevista terapéutica 2.2. Ejercicios: A) De papel y lápiz B) Ensayos conductuales 2.3. Soluciones 3. Lo verbal 3.1. Saber escuchar

3.1.1. Ejercicios: De papel y lápiz 3.1.2. Soluciones

3.2. Saber preguntar

3.2.1. Ejercicios: De papel y lápiz 3.2.3. Soluciones

3.3. El enfoque

3.3.1. Ejercicios: De papel y lápiz 3.3.2. Soluciones

4. Las técnicas verbales 4.1. Técnicas no directivas 4.1.1. Clarificación 4.1.2. Paráfrasis 4.1.3. Reflejo 4.1.4. Resumen 4.1.5. Autorrevelación 4.1.6. Inmediatez 4.1.7. Ejercicios A) De papel y lápiz B) Ensayos conductuales 4.1.8. Soluciones 4.2. Técnicas directivas 4.1.1. Sondeo

(3)

4.1.3. Confrontación 4.1.4. Interpretación 4.1.5. Instrucciones 4.1.6. Encuadre 4.1.7. Información 4.1.8. Ejercicios A) De papel y lápiz B) Ensayos conductuales 4.1.9. Soluciones 5. La interacción 5.1. Percepción interpersonal 5.1.1. Autoimagen 5.1.2. Expectativas 5.1.3. Valores 5.1.4. El sexo y la raza 5.2. Dimensiones de la interacción 5 .2.1. La dimensión afectiva

5.2.1.1. Calidez o aceptación incondicional 5.2.1.2. Empatía

5.2.1.3. Autenticidad

5.2.2. La dimensión jerárquica

5.3. Profundidad de la interacción terapéutica 5.4. Ejercicios

A) De papel y lápiz B) Ensayos conductuales 5.5. Soluciones

6. El proceso

6.1. Control y evitación del control de una relación

6.1.1. Control del contenido de la comunicación verbal 6.1.2. Instrucciones 6.1.3. Modelado 6.1.4. Condicionamiento verbal 6.2. Concepto de estructura 6.2.1. Directividad/No directividad 6.2.2. Nivel de actividad 6.2.3. Especificidad/Ambigüedad 6.3. Desarrollo de la comunicación terapéutica

6.3.1. Autorrevelación y resistencia 6.3.2. Comunicación de emociones

6.3.3. Comunicación de emociones penosas 6.3.4. Comunicación de emociones gratas 6.4. Ejercicios

A) De papel y lápiz B) Ensayos conductuales 6.5. Soluciones

(4)

7. Las etapas

7.1. Primera etapa o etapa inicial 7.2. Segunda etapa o fase intermedia 7.3. Tercera etapa o fase final

7.4. Ejercicios: Ensayos conductuales

Segunda Parte: Sugestiones indirectas 8. ¿Qué son las sugestiones indirectas?

9. Patrones lingüísticos de las sugestiones indirectas. 9.1. Implicaciones-Presuposiciones

91.1. El prerrequisito implicado 9.2. Salpicadura

9.3. Lenguaje Metafórico: Cuentos, Parábolas, Chistes, Acertijos, Analogía Y Metáforas

9.3.1. Los cuentos y las parábolas 9.3.2. Los chistes

9.3.3. Acertijos

9.3.4. Analogías y metáforas

9.4. Reencuadre- Redefinición-Desencuadre 9.5. Truismos

9.6. Emplear el Sistema Representacional del Paciente 9.7. Acompasamiento-Amplificación y Refuerzo 9. 8. Anclajes. 9.9. Elección ilusoria 9.10. Non-sequitur 9.11. Sugestiones abiertas 9.12. Preguntas 9.13. Aposición de opuestos 9.14. Sugestiones negativas 9.15. Conectores lingüísticos 10. Ejercicios. 11. Soluciones. BIBLIOGRAFÍA

(5)

INTRODUCCIÓN:

La comunicación y el cambio de actitudes en psicoterapia

El estudio de la comunicación humana depende del desarrollo del conocimiento en áreas tan distintas como la lingüística, la semiótica, la psicología del lenguaje, la psicología cognitiva y la psicología social. Y esta circunstancia explica por sí misma el hecho de que la investigación en este campo se esté desarrollando bajo el signo de la asistematicidad y la falta de coordinación.

Ahora bien, cuando el campo de estudio se circunscribe a la comunicación terapéutica, a esa situación general hay que añadir otros factores de dispersión. Porque los primeros estudios sobre la comunicación terapéutica comenzaron a aparecer en los años treinta del pasado siglo, cuando los trabajos de Lasswell (1935) y Fairbanks y Pronovost (1939) relacionaron las pautas paralingüísticas de las verbalizaciones del paciente con el valor pragmático de sus emisiones (Marín, 2000) Sin embargo, hasta una década más tarde no aparecieron los primeros sistemas de clasificación de las intervenciones verbales del terapeuta en función de su valor como estrategias al servicio de una intención (Porter, 1943; Snyder, 1945)

Posteriormente, tales sistemas de clasificación comenzaron a proliferar, en buena medida gracias a las polémicas afirmaciones publicadas por Rogers en 1951 sobre el valor terapéutico de las terapias no directivas. Así, la mayor parte de los datos disponibles procedentes de investigaciones previas a la década de los 80 del pasado siglo, vieron la luz por razones que poco o nada tenían que ver con un interés real por el esclarecimiento del tema. Por el contrario, respondían a la necesidad experimentada por ciertos profesionales de encontrar argumentos en pro o en contra de la eficacia de modelos de intervención tan dispares como el psicodinámico, el conductual o la terapia centrada en el cliente. Por ejemplo, el impulso recibido por la cualificación comunicativa de los terapeutas a partir de las aportaciones de autores como Carkhuff y Pierce (1975), quienes estaban fuertemente influenciados por Rogers, generó serias discrepancias, parcialmente irresueltas aún hoy, con los terapeutas conductuales. Porque si los primeros concibieron los recursos comunicativos del terapeuta como destrezas o talentos no adquiribles mediante el simple entrenamiento, los segundos defendían y defienden que tales recursos no son sino habilidades fácilmente adquiribles cuando se observan las adecuadas pautas de aprendizaje.

Posteriormente, diversos autores (Russell y Stiles, 1979; Elliot, 1984) propusieron abordar el proceso terapéutico en cuatro planos distintos. El primero recoge el contenido de la interacción; es decir, lo que en ella se dice. El segundo se refiere a la acción y, por tanto, a lo que se hace en el curso del tratamiento. El tercero tendría que ver con el estilo; esto es, con la forma en que se hace o dice algo durante el proceso. Y, por último, el cuarto, con la cualidad o grado de destreza con que se conduce el proceso.

(6)

La mayor parte de los datos empíricos de que disponemos hoy sobre la comunicación terapéutica se centran en los contenidos y en los modos de intervención verbal del terapeuta. Pero aunque han sido muchas las clasificaciones que se han propuesto para tipificar dichos modos, la investigación exhaustiva de su valor predictor respecto a la eficacia del proceso todavía está por realizar.

Por otra parte, asimismo durante las dos últimas décadas del pasado siglo, la emergencia de innovadoras metodologías de investigación del proceso terapéutico enriqueció las metodologías de la comunicación terapéutica (Russell, 1987) y, de forma progresiva, emergieron también las siguientes premisas hoy asumidas de forma mayoritaria:

1) la competencia comunicativa del terapeuta es, como la de cualquier comunicante, una competencia pragmática en el sentido lingüístico del término (Recaneti, 1981; Reyes, 1990; Escandell, 1999)

2) Existen diferencias individuales en las capacidades para desarrollar esa competencia

3) Ciertos profesionales hiperdesarrollan su competencia comunicativa (abogados, periodistas, psicólogos, vendedores), sin que eso signifique que renuncien a su perfil estilístico como comunicantes (cálidos-fríos, directos-ambiguos, etc.) Sin embargo, los escasos trabajos comparativos existentes indican que estos profesionales se parecen entre sí más en que evitan hacer, que en lo que hacen (Rojí y San Juan, 2000)

4) Esa competencia es de naturaleza retórica y, por tanto, vincula la comunicación terapéutica con el cambio de actitudes, esto es, con la persuasión. Dicho de otra manera, vincula la comunicación terapéutica con los llamados factores comunes de la psicoterapia (Frank, 1982)

En efecto, tal como propuso Glasser (1980) la comunicación terapéutica es un fenómeno retórico, puesto que su función última consiste en producir un cambio o inducción a la acción. Y como tal es analizable en función de los cuatro mecanismos descritos por la retórica clásica retomados por esta autora: ethos, logos, mecanismos de tensión/relajación y dispositivos estilísticos.

El término ethos se refiere a aquellas características del hablante que actúan como vehículo de persuasión. La cualificación profesional percibida, la capacidad para generar confianza y el atractivo social del comunicante son elementos que convierten al terapeuta en un interlocutor cuyas aserciones tienden a ser fácilmente aceptadas por el apaciente, puesto que esos factores le definen como fuente de información digna de crédito. En cambio, la noción logos se refiere al peso que los contenidos del discurso adquieren como argumentos. En este caso se resalta el valor persuasivo que poseen los ejemplos, estadísticas, citas o analogías con las que el terapeuta arropa sus propuestas de cambio. Por su parte, los mecanismos de tensión/relajación hacen referencia a la dinámica que, a través de las palabras, se establece cuando el terapeuta primero recopila o incluso vivifica las características del problema del paciente, para ofrecerle luego una vía de solución. Por último, en la concepción clásica de la retórica los

(7)

como la metáfora, las imágenes y comparaciones, las inversiones o el paralelismo. Estos dispositivos tienen en común su valor como recursos para dirigir la atención del oyente sobre algún aspecto concreto del mensaje.

La persuasión o cambio de actitudes en psicoterapia fue definido por Golfried (1980) como un heurístico clínico que guía implícitamente los esfuerzos del terapeuta. Este heurístico se situaría en un nivel intermedio entre la teoría y la técnica y está directamente relacionado en lo conceptual con los procesos de persuasión. Sin embargo, la relación terapéutica reúne una serie de características que la diferencian claramente de otras situaciones interactivas. Porque, en primer lugar, la psicoterapia implica una relación que se establece entre un profesional debidamente cualificado, por una parte, y alguien que solicita ayuda con objeto de resolver sus problemas personales, por otra. En segundo lugar, la ayuda terapéutica se desarrolla a lo largo de un tiempo y mediante encuentros periódicos; y, por último, la conversación es la modalidad comunicativa que sirve de soporte a la interacción. La concurrencia de estas circunstancias hace que la relación terapéutica sea una relación fuertemente asimétrica en la que, si bien la persuasión puede ser bidireccional, en principio, el terapeuta dispone de una capacidad notablemente superior para influir sobre el paciente, haciendo uso, entre otras, de sus habilidades retóricas.

Pese al rechazo que suele provocar entre los profesionales de la psicoterapia la idea de que sus logros deben mucho a la persuasión -rechazo posiblemente relacionado con el temor a ser socialmente considerados como charlatanes de feria o como amenazantes para la libertad de sus clientes-, lo cierto es que el vínculo entre psicoterapia, comunicación y persuasión facilita el abordaje científico de lo que acontece durante un proceso terapéutico, pues el cambio de actitudes es un fenómeno bien conocido y tradicionalmente atendido por disciplinas como la psicología social.

Porque, en efecto, la relación entre comunicación interpersonal, recursos persuasivos y cambio de actitudes constituye un entramado (Cohen, Morgan & Pollack, 1990; Daly &Wiemann, 1994) que, en cuanto objeto de estudio, recibe atención periódica por parte de los psicólogos sociales de orientación cognitiva. Más concretamente, en 19986, Petty y Cacioppo propusieron un modelo que da cuenta de los pormenores que ligan comunicación y persuasión -o, lo que es lo mismo, lenguaje con cambio de actitudes- y, en los dieciocho años transcurridos hasta el momento de escribir estas líneas, esa propuesta ha dado sustanciales rendimientos heurísticos (Briñol, de la Corte y Becerra, 2001; Mercer, N. 2001; Bohner & Wänke, 2002)

Se trata del E. L. M. -Elaboration Likelihood Model ó Modelo de Probabilidad de Elaboración-, un paraguas conceptual (Petty, Cacioppo y Kasner, 1998) basado en la presuposición de que las personas modifican sus actitudes como resultado de las comunicaciones a que se ven expuestas, ya que tales modificaciones constituyen una forma fundamental de adaptación al medio. Sin embargo, el verdadero atractivo de este paraguas conceptual consiste en que permite integrar los resultados empíricos obtenidos al estudiar la persuasión comunicativa en contextos sociales muy diversos (entre ellos la psicoterapia), ya que considera el cambio de actitudes a la luz de

(8)

variables intervinientes tales como la fuente, el mensaje, el receptor, el canal y el contexto.

El E. L. M. distingue dos rutas o procesos distintos mediante los cuales puede producirse el cambio de actitudes: una central y otra periférica. Se dice que la persuasión sigue la ruta central cuando la información relativa a un determinado asunto es considerada de manera explícita, cuidadosa y razonada. Es decir, cuando se produce un cambio de actitudes por la ruta central el persuadido habría realizado una consideración muy detallada y atenta de la información de que disponía sobre el objeto de su actitud. Para que la información sea elaborada mediante este proceso dos son los requisitos básicos propuestos por Petty y Cacioppo: una alta motivación del persuadido respecto al objeto de su actitud y una alta habilidad del persuadido para procesar la información que le ofrece el persuasor. Y si la motivación estaría vinculada con variables del tipo relevancia personal, necesidad de control cognitivo, responsabilidad personal, etc.; la habilidad de procesamiento estaría ligada a variables del tipo grado de atención prestada, repetición del mensaje y comprensibilidad del mismo, conocimiento previo, etc.

En cambio, se dice que la persuasión sigue una ruta periférica cuando la motivación y/o la habilidad del persuadido es/son baja/s; de forma que en este supuesto el cambio de actitudes se debería al procesamiento de indicios relacionados con el mensaje emitido por el persuasor, pero no con la argumentación de éste propiamente dicha. Asimismo, en este supuesto las variables implicadas serían del tipo atractivo y credibilidad de la fuente, número de argumentos empleados, cualidad de los sentimientos que despierta la argumentación, etc.

En resumen, el E.L.M. propone que, cuando la probabilidad de elaboración de la información ofrecida por el persuasor es alta, el cambio de actitudes vendrá dado por la relevancia de los argumentos empleados y la persuasión tendrá lugar por la ruta central. En cambio, cuando la probabilidad de elaboración ofrecida por el persuasor es baja, el cambio de actitudes tendrá lugar a través de la ruta periférica y, en consecuencia, el procesamiento de indicios presentes en la interacción se vería primado respecto al escrutinio de argumentos.

Tras su presentación a la comunidad científica, el interés que despertó el E.L.M. en los psicólogos clínicos no se hizo esperar. Y así, por ejemplo, Stoltenberg y McNeil (1987) destacaron que el verdadero mérito del E.M.L. en relación con la psicoterapia consiste en aportar una base conceptual capaz de clarificar los mecanismos subyacentes a las intervenciones terapéuticas sin necesidad de proponer otros nuevos. Ahora bien, ya entonces se hizo evidente que recurrir al E.M.L. para dar cuenta de la comunicación terapéutica subrayaba la importancia de que las investigaciones de proceso en psicoterapia tuvieran en cuenta las interrelaciones que se generan entre:

 las variables debidas al terapeuta –su credibilidad como profesional, su atractivo social, su congruencia cultural con la cultura del paciente,…-

 las debidas a la individualidad del paciente –su nivel intelectual, su motivación para el cambio, su estilo cognitivo,…-

(9)

 y las variables relacionadas con los mensajes del terapeuta –si son pro actitudinales o contraactitudinales respecto a las actitudes del paciente, si desencadena o no afectos y en caso afirmativo de que tipo,…-

pues en base a estas interrelaciones se pueden llegar a explicar, tanto la profundidad y la amplitud del cambio, como las resistencias al mismo.

Pero este reto no fue debidamente recogido por los investigadores y, por ello, existe un importante vacío de datos empíricos a la hora de afrontar una cuestión de suma importancia práctica. Pues, de acuerdo con la propuesta de Petty y Cacioppo, la persistencia del cambio tiende a ser más estable cuando las actitudes se han modificado procesando la información por la ruta central, ya que este tipo de actividad cognitiva favorece la integración de las nuevas actitudes con los esquemas cognoscitivos previos; mientras que, cuando la persuasión se produce por la ruta periférica, dicha integración no tiene lugar o es más endeble y, por esta razón, el cambio de actitudes suele tener repercusiones menos sólidas sobre la conducta del persuadido. Es decir, de acuerdo con Petty y Cacioppo, en principio, las intervenciones comunicativas más estructuradas y directas (véase epígrafe 4.2.) deberían tener una eficacia clínica superior a las menos estructuradas y más indirectas (véanse epígrafes 4.1., 8 y 9). Sin embargo, como bien saben los terapeutas experimentados, sea cual sea su marco teórico de referencia, esta hipótesis no se corresponde con las observaciones clínicas. Es más, cualquiera que sea dicho marco los intentos sistemáticos y directos del terapeuta por persuadir al paciente tienden a desencadenar más resistencias y abandonos que las estrategias indirectas o relativamente desestructuradas.

¿Por qué? Actualmente no existe una respuesta empíricamente fundada a esta pregunta, aunque todos los datos disponibles indican, por una parte, que los mecanismos implicados por el cambio actitudinal promovido en y desde la comunicación paciente-terapeuta no son sustancialmente distintos de los implicados en cualquier otra situación persuasiva y, por otra, que la complejidad del contexto interactivo está en la base de esta aparente paradoja. Así, ya desde los primeros años de andadura del E.M.L., diversos autores fueron señalando la relevancia en el cambio actitudinal terapéutico de variables intervinientes tales como los afectos implicados en la situación comunicativa (Petty, Cacioppo y Kasner,1988; Bargh, 1988) y la relación entre la reiteración de los mensajes, su grado de estructuración y sus peculiaridades estilísticas (Rojí 1989a, 1989b), mientras que, paralelamente, desde otras áreas de conocimiento afines se iban desvelando los vínculos existentes entre los aspectos más analógicos del lenguaje natural y las arquitecturas cognitiva (Lakoff y Jonhson, 1980) y comunicativa (Tuson, 2000)

Con todo, hasta la fecha las investigaciones de proceso no han considerado la complejidad de la comunicación terapéutica con la extensión y profundidad que este objeto de estudio requiere. Por eso, de lo que en verdad disponemos hoy en esta materia es de un conocimiento de facto, de un saber hacer comunicativo e interactivo fundamentado en la experiencia, que profesionales tan cualificados como Bandler, R. y Grinder, J. 1975; Gunnison, H. 1990; Hammond, D.C. 1990; Cormier, W. H. y Cormier, L. S. 1994; Miller, W.R. y Rollnick, S. 1999; Memon A. y Bull, R. 2000; Chaika, E. 2000;

(10)

Wiger, D. E. y Huntley, D. K. 2002; Fernández Liria, A. y Rodríguez Vega, B. 2003 ó Greenspan, S.I. & Thorndike Greenspan, N., 2003, se han esforzado en transmitir a los jóvenes terapeutas.

En consecuencia, conscientes a un tiempo de las carencias de verificación empírica que inevitablemente afectan a cualquier procedimiento diseñado para entrenar la comunicación terapéutica, y de la necesidad de adquirir formación de quienes dan sus primeros pasos hacia la práctica clínica, en esta ocasión, hemos optado por primar la claridad expositiva, los ejemplos y los ejercicios prácticos. Y bajo este criterio hemos elaborado las páginas que siguen.

PRIMERA PARTE

(11)

1. CONCEPTOS BÁSICOS

La relación terapéutica puede definirse como un tipo particular de interacción, cuyo acontecer se fragua y desarrolla en y a través de la comunicación que se establece entre un paciente y un terapeuta.

La comunicación capaz de producir un efecto terapéutico no difiere básicamente de la que se establece en la vida cotidiana, porque la influencia mutua entre los comunicantes y la transmisión de información son fenómenos comunes a todo intercambio comunicativo. Por esta razón, la comunicación con efectos terapéuticos se caracteriza por la motivación que guía al entrevistador: influir sobre su interlocutor con objeto de ayudarle a resolver sus dificultades de índole psicológica, sin abusar en ningún momento del propio poder ni obtener más ventajas personales que las debidas a los honorarios.

Ahora bien, de la misma manera que la motivación del entrevistador introduce un factor esencial en el intercambio comunicativo de la entrevista terapéutica los modelos teóricos que guían la interacción pautan de manera decisiva la estructura de esos mismos intercambios. Concretamente, se pueden distinguir tres formas prototípicas de comunicación terapéutica. La primera de ellas se origina en la práctica psiquiátrica clásica. Adoptada después por los entrevistadores de orientación conductual, este modelo comunicativo define la interacción a partir de la búsqueda de objetividad por parte del entrevistador. Así, éste se sienta frente al cliente y con frecuencia introduce entre ambos la presencia de algún objeto de registro, como un cuaderno de notas, una cinta magnetofónica o una simple mesa de despacho, que alude a su cualificación como experto. Por tanto, el esquema que dirige la comunicación es del tipo « Yo experto te pregunto a ti, paciente/Yo experto te propongo como solución, a ti paciente....». La segunda forma prototípica de interacción terapéutica es la propuesta por el psicoanálisis. En ella la interacción se desarrolla de tal manera que todo el contexto tiende a favorecer la libre asociación. Es por esto que el paciente se tumba en un diván y el terapeuta se sitúa a su espalda, ya que ambas circunstancias favorecen la emergencia de la fantasía. Igualmente, el analista tiende a emplear con profusión la primera persona del plural para referirse a las circunstancias relatadas por el paciente, pues este modo de enunciación refuerza la alianza terapéutica establecida entre ambos. En consecuencia, toda la interacción queda enmarcada por el sutil imperativo que se desprende de la regla fundamental: «Diga todo cuanto le venga a la mente».

Por último, la tercera forma prototípica de comunicación terapéutica es la representada por las entrevistas de orientación fenomenológica y existencial. En ellas la comunicación se apoya ampliamente en recursos retóricos facilitadores de la empatía, ya que una de las metas fundamentales de la comunicación consiste en que el entrevistador llegue a ver el mundo con los ojos de su paciente. Esta actitud se traduce enunciativamente en el predominio de la tercera persona del singular con función de impersonal, como forma habitual de referirse a la experiencia del cliente («Es terrible»,

(12)

«Eso es gozoso ¿no?»). Es decir, en esta clase de entrevista la distancia psicológica que se pretende establecer entre los comunicantes es la mínima.

Sin embargo, al margen de todas las restricciones impuestas a la comunicación terapéutica por sus fines específicos y por los modelos teóricos, esta clase de comunicación, como cualquier otra forma de relación interprofesional, puede ser considerada, tanto un instrumento de la interacción, como una de sus consecuencias, ya que también lo más peculiar de una entrevista terapéutica se basa en el fenómeno que une ineludiblemente comunicación e interacción: dos personas pueden hablar entre sí sin que ninguna de ellas transmita una información relevante sobre la realidad que les circunda, pero no es posible que hablen sin que estén afirmando algo sobre la clase de relación que mantienen en esta situación.

1.1. Una teoría clínica de la comunicación humana

Los fenómenos interactivos y comunicativos en el contexto clínico fueron estudiados con especial atención por un grupo de profesionales de la psicoterapia, encabezados por Jackson, Haley y Weakland, quienes en los años cincuenta se agruparon en torno al eminente antropólogo Gregory Bateson, para formar el grupo de Palo Alto.

Las actividades de este grupo de investigadores estuvieron dirigidas al estudio sistemático de la comunicación humana, a partir de algunos principios elementales de la cibernética y la Teoría General de Sistemas. Basándose en un análisis exhaustivo de los esquizofrénicos y abordando la comunicación como forma más que como contenido, Watzlawick, Beavin y Jackson (1971, 49-71), llegaron a establecer los siguientes axiomas básicos de la comunicación:

1. No es posible no comunicarse.

2. Toda comunicación tiene un aspecto de contenido y un aspecto relacional. 3. La naturaleza de la relación depende de las secuencias de puntuación de las comunicaciones establecidas por los comunicantes.

4. Los seres humanos se comunican tanto digital como analógicamente. El lenguaje digital cuenta con una sintaxis lógica sumamente compleja y poderosa, pero carece de una semántica adecuada para la definición inequívoca de las relaciones.

5. Todos los intercambios comunicativos son simétricos o complementarios, según estén basados en la igualdad o la diferencia.

Los conceptos digital y analógico provienen de la Cibernética e inicialmente hacen referencia a dos tipos de computadoras. Las computadoras digitales reciben este nombre porque trabajan con dígitos, utilizando el principio de «todo o nada» con que funcionan sus transistores. Esto es, tanto las instrucciones como los datos son

(13)

información y su expresión digital es arbitraria. En contraposición, las computadoras analógicas manejan cantidades discretas, siempre positivas; es decir, los caracteres que procesan guardan cierta relación con la naturaleza de los datos.

La diferencia entre estas dos formas de computación reside en la arbitrariedad subyacente a la codificación digital. De manera paralela, en el lenguaje natural la relación entre expresión y contenido, exceptuando algunos casos de onomatopeya, es arbitraria y por eso se denomina digital. En cambio, en las formas de comunicación no verbales, hay algo similar a la cosa que se trata de comunicar, por lo que recibe el nombre de analógica. En otras palabras, el prototipo de codificación digital lo constituyen las lenguas naturales, mientras que la codificación analógica abarca todo aquello que se considera comunicación no verbal: posturas, gestos, expresiones faciales, inflexiones de la voz, secuencia, ritmo, cadencia de las palabras y, en general, cualquier otra manifestación no verbal que sea emitida en un contexto interactivo. El grupo de Palo Alto, a través de sus estudios sobre la esquizofrenia, demostró que los aspectos de contenido de una comunicación, o sea, la información relativa al mundo, se transmiten de manera digital, mientras que los aspectos relacionales de la comunicación, es decir, la información que concierne al tipo de relación que mantienen dos interlocutores, son transmitidos predominantemente por cauces analógicos. Igualmente, estos autores evidenciaron que los niveles analógicos de una comunicación carecen de una estructura lógica capaz de explicitar relaciones del tipo «si.. luego», «o ... o», «no» y las distinciones temporales presente, pasado, futuro.

De esta última apreciación se derivan dos consecuencias:

a) Existe una gran dificultad para traducir un mensaje analógico a un código digital y viceversa, de manera que por tratarse de vías de comunicación cuyas estructuras internas se oponen, una traducción supone siempre una considerable pérdida de información.

b) En el contexto interactivo, los niveles analógicos y digitales de un mensaje mantienen entre sí, necesariamente, una relación que se conoce con el nombre de puntuación. La puntuación de un nivel de la comunicación respecto al otro es congruente, cuando las informaciones que transmiten uno y otro no entran en conflicto, e incongruente, cuando la información transmitida en un nivel de la comunicación entra en conflicto con la transmitida por el otro. La puntuación incongruente se denomina descalificación. Un ejemplo de comunicación congruente consiste en la emisión de la palabra «si» moviendo ligeramente la cabeza de arriba hacia abajo, mientras que una comunicación incongruente o descalificación sería emitir el mensaje «estoy muy enfadado contigo» acompañándolo de una sonrisa franca.

Cuando dos personas entran en contacto van definiendo progresivamente su relación, a través del tipo de conducta comunicativo que se establece entre ambos. De entre todos los mensajes posibles seleccionan aquellos tipos que ambos interlocutores están de acuerdo en que son esos y no otros los que deben emitirse. Así, cada mensaje intercambiado es, o un refuerzo del tipo de relación que se ha establecido, o una

(14)

propuesta para modificar esa relación. Por ejemplo, si dos vecinos se encuentran en el ascensor y uno de ellos realiza un comentario sobre el tiempo, éste está indicando que esta es la clase de cosas sobre la que pueden entablar una conversación. Si su interlocutor continúa con el tema estará aceptando el tipo de relación propuesta por el primero, pero si le pregunta por su nuevo empleo estará proponiendo un tipo de relación más personal. A su vez, esta propuesta puede ser aceptada por el primer comunicante, hecho que se manifestará si contesta a la pregunta, o rechazada, lo que se hará evidente en caso de que desvíe el tema de conversación hacia la climatología. El acuerdo sobre la relación al que llegan los comunicantes nunca se establece de manera definitiva, sino que se desarrolla paulatinamente, de acuerdo con las preguntas que realizan los interlocutores, con la forma en que reaccionan ante ellas y con las variaciones del medio ambiente, que influyen sobre su conducta.

La comunicación que se establece entre dos personas incluye el contexto en que tiene lugar, los mensajes verbales, las pautas paralingüísticas y los movimientos del cuerpo. De esta forma, la relación que entablan dos personas se define tanto por la cualidad de la información que se transmite por los canales ya citados, como por la presencia o ausencia de información procedente de ellos. Nadie puede dejar de puntuar un mensaje, ya que las palabras son emitidas de una manera determinada y el silencio adquiere siempre una significación, de acuerdo con la postura que adopta el que calla y con el contexto en que tiene lugar.

Si las puntuaciones que se establecen entre los niveles analógico y digital de un mensaje fueran siempre congruentes, las relaciones entre las personas serían claras y simples, hasta el punto de que las dificultades interpersonales surgen allí donde la comunicación se torna incongruente, a través de mensajes que se descalifican unos a otros. Como afirma Haley (1977, 188) «la gente tiende a juzgar la conducta de otros como falsa o sincera, seria o bromista, etc., observando si realmente confirman lo que dicen por medio de calificaciones congruentes. Y cuando una persona responde a otra dando su propia definición de la relación entre ambas, dicha respuesta comprende todos los niveles del mensaje».

En resumen, volviendo al tema de la entrevista terapéutica, para profundizar en el manejo de este tipo de interacción es preciso conocer antes las características y funciones de los niveles analógicos y digitales de la comunicación, así como las relaciones que se establecen entre ello en la situación terapéutica.

1.2. La entrevista en psicoterapia

La entrevista terapéutica es un procedimiento empleado en psicoterapia, cuyo objetivo consiste en observar y analizar la conducta de un paciente, para después integrar la información obtenida de cara al tratamiento de sus dificultades psicológicas.

Este tipo de entrevista conlleva el establecimiento de un tipo especial de relación interpersonal caracterizada por el hecho de que el terapeuta está socialmente

(15)

reconocido como un experto en relaciones interpersonales, mientras que el paciente tiene expectativas de obtener en ese encuentro algún provecho para sus necesidades». Las características más destacadas de cualquier entrevista de naturaleza terapéutica se definen en los siguientes planos: comunicación, interacción, estructura y técnicas específicas de intervención. Todas ellas convergen en el objetivo general de provocar cambios más o menos estables en la conducta del entrevistado. Pero la consecución de los objetivos terapéuticos de la entrevista requiere, con frecuencia, la elaboración de un detallado historial clínico del paciente. Bajo estas circunstancias, la entrevista terapéutica se acerca al modelo médico tradicional y, en consecuencia, su función terapéutica tiende a solaparse con actividades de tipo diagnóstico. Dicho de otra manera, aunque la entrevista terapéutica es un género claramente diferenciable de otras variedades de entrevista psicológica, en determinados momentos de su desarrollo integra facetas que, como en el caso del diagnóstico, constituyen toda una especialidad de la práctica profesional del psicólogo clínico.

Por otra parte, la entrevista terapéutica adopta objetivos específicos, de acuerdo con el contexto en que tiene lugar y con el tipo de población a que se aplica. En este sentido, se pueden diferenciar diversas clases de entrevista terapéutica, entre las que destacan por su frecuencia las llamadas entrevistas iniciales. En ellas, el entrevistador puede tener alguna o ninguna información previa acerca del cliente, pero siempre sus objetivos específicos son, por una parte, la identificación global de la clase de problemas que han motivado la consulta y, por otra, esclarecer si puede prestarle ayuda terapéutica o si debe remitir el caso a otro profesional o institución.

Otra categoría de entrevistas terapéuticas está formada por aquellas en las que el objetivo específico consiste exclusivamente en la identificación pormenorizada de las dificultades del paciente. Este tipo de entrevistas suelen concluir, bien con un juicio diagnóstico, bien con una descripción pormenorizada de la conducta del paciente y del entorno ambiental en que tiene lugar. La mayoría de las veces las descripciones de esta clase constituyen la exploración clínica que precede al tratamiento; por eso, mediante ellas se pretende identificar los puntos fuertes y débiles del entrevistado, así como la configuración de las situaciones conflictivas más destacadas en su historia y su presente.

Se denominan entrevistas de orientación aquellas entrevistas terapéuticas cuyo objetivo específico consiste en ayudar al paciente a tomar algún tipo de decisión. Es característico de estas situaciones el hecho de que el paciente experimente algún tipo de bloqueo en su capacidad de elección, lo que a su vez suele comprometer alguna dimensión importante de su futuro.

Muy relacionadas con la orientación, las entrevistas de terminación se caracterizan porque durante ellas el terapeuta informa sobre las conclusiones a que ha llegado, en relación con la naturaleza de los problemas del paciente o, si ha habido tratamiento, respecto a sus previsiones del tipo de dificultades que éste encontrará en el futuro y el grado de éxito con que podrá abordarlas.

(16)

En cambio, las entrevistas en situación de crisis pretenden atajar, de manera eficiente y rápida las posibles consecuencias de un momento de desesperación, que puede acabar en suicidio, o la sintomatología más florida de una ruptura brusca del contacto con la realidad. En estos casos, el entrevistador se enfrenta, en pocos minutos, a circunstancias que generalmente se distribuyen a lo largo de varias sesiones, como, por ejemplo, aumento rápido de la ansiedad, inminencia de una toma de decisiones, etc. Durante la entrevista en situación de crisis es conveniente que el terapeuta apoye emocionalmente al paciente y que, al mismo tiempo, busque informaciones concretas que le faciliten el desarrollo de un plan de ayuda. Esta clase de objetivos suelen alcanzarse intensificando la propia serenidad, la atención y la aceptación del paciente. A su vez, los objetivos específicos de cada una de las categorías de entrevista terapéutica mencionadas cobran matices peculiares en función de factores tales como si el paciente es un niño o un adulto, si el régimen es ambulatorio o institucionalizado, si el paciente acude individualmente o como miembro de un grupo familiar, formando parte de un grupo con el que no tiene vínculos naturales, etc.

Por último, otro factor que incide directamente en la configuración de la entrevista terapéutica, tanto a través de la determinación de sus objetivos específicos, como de las técnicas de intervención o el grado de estructuración, consiste en la influencia que ejercen los modelos teóricos a que se adscriben los distintos entrevistadores.

En resumen, la entrevista terapéutica es un procedimiento cuyo objetivo general consiste en facilitar la resolución de las dificultades psicológicas mediante un cierto tipo de interacción personal: la establecida entre un profesional cualificado y una persona que necesita ayuda. Las peculiaridades que adopta este procedimiento difieren considerablemente en función de las situaciones en que se desarrolla, de las condiciones demográficas e institucionales que concurren y del marco teórico que sirve de guía al entrevistador. La incidencia de todos estos factores hace que algunas entrevistas terapéuticas se diferencien mucho de otras, pese a lo cual todas mantienen algunas características en común.

Aprender a realizar una entrevista terapéutica es una tarea para la que no existen ni reglas fijas, ni consejos capaces de sustituir a la experiencia clínica propiamente dicha. Sin embargo, el psicólogo que haya llevado a cabo un buen entrenamiento y que cuente con un grado suficientemente elevado de habilidad en el manejo de las distintas técnicas de intervención verbal, podrá afrontar su primera entrevista terapéutica con tranquilidad y una alta probabilidad de éxito.

El entrenamiento de nuevos entrevistadores posee diversas facetas, algunas de las cuales han sido objeto de estudios más o menos exhaustivos, cuyas conclusiones recomiendan que la formación de un entrevistador-terapeuta siga la siguiente secuencia:

1. Adquisición de las habilidades necesarias para el correcto manejo de las diversas estrategias y técnicas de intervención terapéutica.

(17)

2. Integración de dichas habilidades en un estilo personal flexible y espontáneo, que permita al entrevistador novato saber abordar con soltura la comunicación y la interacción, frente a una amplia gama de pacientes.

3. Actuación clínica supervisada por un profesional con más experiencia, capaz de proporcionar una retroalimentación exhaustiva de la ejecución del joven entrevistador.

4. Autosupervisión o autocontrol de las entrevistas. Esta tarea se puede ejecutar fácilmente mediante el análisis de las características de las intervenciones propias (tipo de intervención, pautas enunciativas predominantes, estabilidad/variación del enfoque, adecuación de la intervención al momento en que se produce, etc.) y de los efectos de tales intervenciones sobre la comunicación y la interacción con el paciente. En el desarrollo de esta forma de control es aconsejable la grabación, en cinta magnetofónica o vídeo, de las entrevistas realizadas. En este caso, es requisito indispensable que el paciente conceda explícitamente su permiso para efectuar la grabación. En caso de que el cliente manifestara reticencias se le puede recordar que el contenido de las entrevistas está sujeto al secreto profesional, pero en ningún caso se le presionará para que acepte la propuesta de registro mecánico, ya que esta clase de conductas por parte del entrevistador afectan negativamente al nivel de cooperación que desarrollará el paciente.

De cara a la facilitación de las etapas 1ª y 2ª del proceso arriba descrito, en los capítulos que siguen se han incluido dos clases de tareas: ejercicios de papel y lápiz y ejercicios de ensayo conductual o role-playing. Los ejercicios de papel y lápiz están pensados para ser realizados individualmente, en cambio, los ensayos conductuales se caracterizan porque necesitan de una ejecución en grupo, bajo el control de un experto. Pese a que en este tipo de tareas no hay aciertos y errores, su inclusión en un programa de aprendizaje es obligado por dos razones. En primer lugar, el ensayo conductual de una entrevista terapéutica ofrece, a quien desarrolla el papel de entrevistador, la oportunidad de integrar en una ejecución activa las distintas técnicas y habilidades que ha aprendido aisladamente, y a quien desempeña el papel de cliente, la posibilidad de identificar aquellas conductas que deben ser evitadas por un terapeuta, en base a su efecto contraproducente cuando son considerados bajo la óptica del cliente. En segundo lugar, el resto de los participantes que desempeñan el papel de audiencia adquieren una mayor habilidad perceptiva y crítica de los fenómenos de la comunicación y la interacción terapéuticas, ya que su tarea, junto con la del experto que planifica la sesión, consiste en hacer una evaluación detallada de la ejecución de quienes hacen de entrevistador y entrevistado. Cuando la audiencia es numerosa suele resultar útil encargar a cada participante de la evaluación de un aspecto concreto del desarrollo de la entrevista, como por ejemplo, la expresión facial, los titubeos, la empatía, etc.

La retroalimentación se incrementa notablemente, en amplitud y precisión, cuando las sesiones de ensayo conductual son grabadas en vídeo o cinta magnetofónica, para que dichas grabaciones sirvan de soporte a los comentarios del entrenador y de los

(18)

observadores. Igualmente, la escala de evaluación de la intervención de entrevistadores publicada por Cormier y Cormier en 1979 incluida a continuación, suele ser de gran utilidad, tanto para la facilitación de una observación detallada, como en la valoración de la ejecución propiamente dicha.

(19)

1.3. Escala de evaluación de las intervenciones del entrevistador

1. Hasta que punto el entrevistador se sentía cómodo y no ansioso en relación con el cliente y con los temas tratados:

1. NADA. 2. POCO. 3. ALGO. 4. BASTANTE. 5. MUCHO.

2. Hasta que punto el entrevistador evitaba persuadir al cliente para que aceptase sus valores y expectativas:

1. NADA. 2. POCO. 3. ALGO. 4. BASTANTE. 5. MUCHO.

3. Hasta que punto el terapeuta evitó que sus necesidades personales en la elección del tema y del control de la entrevista dominaran o interfirieran con la sesión:

1. NADA. 2. POCO. 3. ALGO. 4. BASTANTE. 5. MUCHO.

4. Hasta que punto el terapeuta evitó comunicar verbal o no verbalmente desaprobación o enjuiciamiento al cliente:

1. NADA. 2. POCO. 3. ALGO. 4. BASTANTE. 5. MUCHO.

5. Hasta que punto el entrevistador se preocupó del cliente y no de las habilidades que tenía que desarrollar:

1. NADA. 2. POCO. 3. ALGO. 4. BASTANTE. 5. MUCHO.

6. Hasta que punto el entrevistador transmitió una habilidad espontánea y no mecánica:

1. NADA. 2. POCO. 3. ALGO. 4. BASTANTE. 5. MUCHO.

7. Hasta que punto parecía que el cliente volvería a ver a este terapeuta:

(20)

2. LO NO VERBAL

La comunicación no verbal puede definirse como aquella clase de eventos comunicativos que transcienden la palabra hablada o escrita. La importancia de la clase de conductas que llamamos no verbales tiene dos dimensiones: una se relaciona con el tipo o cualidad de la información que transmiten y la otra, con la cantidad de información que pueden cursar. Esta última puede llegar a constituir el 65 por 100 del total de la información transmitida durante una conversación cotidiana. Por ello, el terapeuta tiene que estar especialmente sensibilizado respecto al tipo de conductas que, tanto en su paciente como en él mismo, configuran la comunicación no verbal. Tradicionalmente, las conductas comunicativas no verbales han sido clasificadas en tres categorías: kinésica, paralingüística y proxémica. Se consideran conductas kinésicas todo tipo de movimientos corporales, como son los gestos, las expresiones faciales, el contacto ocular y la postura. Igualmente, en esta categoría se suelen agrupar otros elementos de naturaleza más estable, como son el aspecto físico, la altura, el peso o el aspecto general del comunicante, ya que todos estos rasgos contribuyen a crear expectativas en un interlocutor sobre la clase de persona que es aquél.

La paralingüística aglutina todas aquellas conductas relacionadas con los aspectos vocales no lingüísticos de un mensaje, como son la calidad de voz, las vocalizaciones, los silencios, la fluidez de la pronunciación o los errores del habla.

Por último, se consideran conductas proxémicas todas las ligadas al uso del espacio personal y social, como, por ejemplo, la distancia interpersonal, la manera de sentarse o la forma de disponer una habitación.

Durante la comunicación, la conducta no verbal puede relacionarse con la conducta verbal de seis maneras diferentes:

Repetición: El mensaje verbal y no verbal transmiten idéntica información,

como en el caso en que un ligero movimiento de cabeza de arriba hacia abajo acompaña a la palabra «sí».

Contradicción: El mensaje no verbal se opone al verbal. En estos casos, la

mayoría de los comunicantes tienden a tomar como válido el mensaje no verbal. Un ejemplo lo tenemos en la forma en que las personas suelen entender las palabras de bienvenida cuando las acompaña un gesto adusto.

Sustitución: En este caso una conducta no verbal ocupa el lugar de un mensaje

lingüístico. Así sucede, por ejemplo, cuando alguien sonríe para indicar conformidad.

Complementación: Una conducta no verbal complementa una conducta verbal

cuando la modifica, termina o elabora de algún modo. Es el caso de un comunicante que dice haber abandonado un determinado proyecto y, al mismo tiempo, se encoge de hombros.

(21)

Acentuación: Habitualmente los mensajes verbales se enfatizan mediante el

uso de los registros no verbales. Generalmente las emociones que acompañan a las palabras suelen expresarse a través de la cara, mientras que el resto del cuerpo tiende a expresar la intensidad de dicha emoción.

Regulación: La conducta no verbal contribuye de manera definitiva a la

regulación del flujo de la conversación. Así, por ejemplo, el turno de intervención suele expresarse mediante un movimiento que compromete las cejas y la barbilla.

Durante la entrevista terapéutica la conducta no verbal del paciente se constituye en una importante fuente de información acerca de sus sentimientos, emociones y preocupaciones, pues la conducta no verbal de un paciente forma parte de la expresión de sí mismo. Este aspecto cobra un interés especial cuando, como sucede con mucha frecuencia, el paciente no tiene conciencia de su conducta no verbal. Es más, puesto que la comunicación no verbal es más espontánea y mucho más difícil de controlar conscientemente que las palabras, aquélla puede facilitar al terapeuta la identificación de un conflicto, tanto como éstas pueden distorsionar su percepción. Al respecto, diversos autores se han mostrado de acuerdo en que un elevado número de incongruencias entre los mensajes verbales y no verbales, o sea, las descalificaciones frecuentes, constituyen un claro indicio de conflicto o falta de integración de la personalidad.

Las posibles reacciones, explícitas o implícitas, del terapeuta ante la conducta no verbal del paciente pueden clasificarse en cinco categorías:

1. Averiguar la validez o congruencia entre la conducta verbal y no verbal del paciente.

2. Registrar y responder a las incongruencias o descalificaciones que se establezcan entre los niveles verbales y los no verbales. Este tipo de reacción puede ser elaborado de tres maneras distintas. La primera, a través de un registro encubierto que no se notifica al paciente; la segunda, a través de la descripción verbal de la discrepancia observada mediante una confrontación y, por último, preguntando directamente al paciente qué significa esa incongruencia.

3. Responder a, o anotar la conducta no verbal que acompaña a los silencios del paciente. También en este caso el terapeuta tiene tres opciones: registrar mentalmente la conducta no verbal de su paciente, describir el silencio del cliente a partir de la conducta no verbal que lo acompaña y preguntar al paciente sobre el significado del silencio en cuestión.

4. Distraer o interrumpir al cliente dirigiendo la atención y el tema de conversación hacia la conducta no verbal. Esta clase de intervención suele ser especialmente útil cuando el cliente tiende a perderse en una digresión o evita sistemáticamente ciertos temas. Pero este tipo de intervención terapéutica sólo da buenos resultados cuando se refiere al «aquí-ahora» de la conducta no verbal del paciente; en cambio, sus efectos suelen resultar contraproducentes cuando se interrumpe el flujo de la

(22)

interacción, para examinar una conducta no verbal que fue significativa en un momento ya pasado.

5. Tener en cuenta los cambios que se producen en la conducta no verbal del paciente a lo largo de una entrevista o serie de ellas. En el primero de los casos las modificaciones suelen indicar un cambio de actitud, en el segundo, cuando la tónica general se inclina hacia la relajación y la asertividad es un indicio de mejoría, bien de la relación terapéutica, bien de la problemática del paciente.

En cualquier caso, la manera concreta en que el terapeuta responderá a la conducta no verbal del paciente está en función de factores tales como el tipo de cliente y su problemática específica, la calidad de la relación terapéutica que ha llegado a establecer con él, el tema que se debate o la forma en que anteriormente el terapeuta ha manejado la información procedente de los canales no verbales de comunicación. Sin embargo, en la relación terapéutica no sólo la conducta no verbal del paciente resulta de interés, sino que el entrevistador debe estar igualmente atento a los mensajes no verbales que él mismo envía a su paciente, porque de estos va a depender en buena medida el grado de colaboración que obtenga. Así, por ejemplo, diversas investigaciones han puesto de relieve la influencia de la conducta no verbal del terapeuta, sobre aspectos tales como el grado en que los clientes le perciben como alguien socialmente atractivo y profesionalmente experto, el grado y tipo de informaciones relevantes que proporcionan los pacientes y el resultado final del proceso terapéutico.

Concretamente, las incongruencias y descalificaciones en los mensajes que el entrevistador dirige a su cliente suelen producir en éste confusión y rechazo, o pérdida de confianza en la efectividad del tratamiento. Las conductas no verbales del terapeuta que tienen mayor influjo sobre la buena marcha de la entrevista comprometen los ojos y la cara en general, la orientación del cuerpo, la postura, la distancia interpersonal y algunos registros de la voz. Entre las conductas no verbales del terapeuta que pueden producir un efecto más pernicioso en la interacción terapéutica destacan: contacto ocular infrecuente, posición del cuerpo en ángulo de 45º en relación con el cliente, mantener echado el cuerpo hacia atrás, cruzar las piernas en dirección opuesta al paciente y cruzar los brazos sobre el pecho.

Sin embargo, aunque resulta indiscutible la gran incidencia de la comunicación no verbal en aspectos tan centrales para el desarrollo de la entrevista terapéutica, como son la manifestación de la propia intimidad, la regulación de la interacción y el manejo del control social, tampoco se puede olvidar que, con mucha frecuencia, el significado de las conductas no verbales ha sido generalizado y considerado de manera aislada. Este hecho constituye una fuente de errores de considerable importancia en la práctica clínica y, por esta razón, antes de interpretar una conducta no verbal, conviene tener en cuenta las siguientes restricciones:

 El significado de una determinada conducta no verbal varía de una persona a otra.

(23)

 El significado de una determinada conducta no verbal varía de una cultura a otra, existiendo amplias diferencias en lo que concierne al contacto ocular, contacto físico y distancia interpersonal.

2.1. Inventario de comunicación no verbal durante la entrevista terapéutica

Conductas Relación Paciente-Terapeuta

Significados Posibles

Contacto ocular directo

El cliente acaba de

hablar al terapeuta.

Este responde. El

cliente mantiene la

mirada.

Deseo de

comunicación o

relación. Atención.

Falta de contacto ocular

continuo

propone el tema de su

Cada vez que se

familia, el cliente aparta

la mirada.

Renuncia al tema de

conversación,

disconformidad,

embarazo o

preocupación.

Mirada ceñuda. Aparta la

mirada

El paciente habla sobre

su situación laboral. Se

para y mira hacia abajo:

resume lo dicho y mira

a los ojos del terapeuta.

Preocupación

Perder o fijar la mirada en

una persona o cosa.

cliente que reconsidere

El terapeuta pide al

las consecuencias de

una decisión. El cliente

calla y mira un cuadro

en la pared.

Preocupación. Posible

rigidez o tensión.

Mover rápidamente los

ojos. Parpadear. Fruncir

las cejas.

El cliente expresa el

deseo de hablar de un

tema, aunque todavía

duda. Mueve los ojos

rápidamente alrededor

de la habitación.

Excitación o ansiedad.

Usa lentillas.

Mirar de soslayo o

arquear las cejas

El cliente pide consejo.

El terapeuta le explica

su rol y el cliente mira

de soslayo y arquea las

cejas.

El terapeuta sugiere

que explore las

dificultades con los

padres. El cliente calla y

arquea las cejas.

Estar pensativo o

perplejo. O evitar una

persona o un tema.

Evitar un tema o al

interlocutor.

(24)

Humedecimiento de los

ojos.

El cliente acaba de

contar la reciente

muerte de su padre.

Aparecen lágrimas en

sus ojos.

El cliente cuenta un

progreso importante en

la comunicación con su

pareja. Se le humedecen

en los ojos.

Tristeza. Frustración.

Felicidad.

Mover los ojos.

El terapeuta le pide

que recuerde hechos

significativos. El cliente

calla y desvía la

mirada, luego responde

y mira de nuevo.

Procesamiento o

rememoración del

material; o gran

interés o satisfacción.

Dilatación de pupilas.

El cliente habla del

repentino desinterés de

su esposa y las pupilas

se le dilatan.

El cliente se inclina

hacia el terapeuta;

mientras éste habla sus

pupilas se dilatan.

Alarma o gran interés.

Gran interés o

satisfacción.

Sonrisas.

El terapeuta pide que le

cuente sucesos

agradables. El cliente

sonríe y cuenta

algunos.

El cliente responde con

una sonrisa al saludo

del terapeuta.

Ideas positivas,

sentimientos o actos

relacionados con la

conversación.

Saludo.

Apretar los labios

frunciéndolos.

esfuerzo por superar un

El cliente describe su

problema. Calla y

frunce los labios.

El cliente se irrita ante

el retraso del terapeuta.

Se sienta con los labios

apretados, mientras el

terapeuta explica sus

razones.

Estrés. Determinación.

Cólera. Hostilidad.

(25)

Bajar la comisura de la

boca o morderse los

labios

La cliente describe su

reciente violación.

Bajan las comisuras de

la boca y

ocasionalmente se

muerde los labios.

El cliente cuenta la

pérdida de apoyo de

sus padres después del

divorcio. Se muerde los

labios.

Ansiedad o tristeza.

Tristeza.

Abrir la boca sin hablar.

El terapeuta señala un

obstáculo en el proceso.

El cliente abre la boca y

luego dice que no era

consciente de ello.

La sesión ha sido larga.

El terapeuta habla y la

boca del paciente se

mueve un poco.

Sorpresa o supresión

de un bostezo. Fatiga.

Supresión de un

bostezo. Fatiga.

Contacto ocular con

sonrisa.

forma fluida. A veces

El cliente habla de

sonríe y mantiene el

contacto ocular la

mayor parte del

tiempo.

Felicidad o sentirse

cómodo.

Mirar de soslayo,

frunciendo las cejas y

apretando la boca.

El cliente cuenta una

situación tirante con su

hijo, aprieta los labios y

frunce el ceño.

Cólera, preocupación

o tristeza.

Inmovilidad de los ojos,

boca inanimada.

tiene nada que contar.

El cliente dice que no

No hay expresión

definida en su cara.

Preocupación,

ansiedad o miedo.

Sacudir la cabeza de

arriba abajo.

preocupado por su

El cliente está

estatus o su salud. El

terapeuta refleja sus

sentimientos. El cliente

mueve la cabeza y dice

“Sí”.

El cliente sacude la

cabeza mientras habla

el terapeuta.

Confirmación

asentimiento, escucha

o atención.

Escucha. Atención.

Sacudir la cabeza de

izquierda a derecha.

los continuos retrasos

El terapeuta dice que

del paciente deben ser

analizados. El cliente

dice “No” y sacude la

Desacuerdo o

desaprobación.

(26)

cabeza.

La cabeza cuelga hacia

abajo con la mandíbula

hacia el pecho

El terapeuta habla del

final del tratamiento. El

cliente inclina la cabeza

hacia le pecho y dice

que no quiere dejar las

sesiones.

Tristeza.

Preocupación

Encogerse de hombros.

El cliente cuenta que su

esposa ha salido sin dar

explicaciones. Se encoje

de hombros mientras lo

dice.

Incertidumbre.

Ambivalencia.

Inclinarse hacia delante.

El cliente estaba

recostado en la silla. El

terapeuta cuenta algo

de sí mismo, el cliente

se inclina hacia delante

y hace una pregunta.

Apremio. Atención.

Apertura a la

comunicación.

Repanchingarse.

Detenerse, rodear o

apartarse de una persona.

El cliente se siente mal

por sus bajas

calificaciones. Se

repanchinga. Cuenta

sus dificultades para

hablar. El terapeuta

indaga, el cliente se

repanchinga y aleja los

hombros.

Tristeza o

ambivalencia. Falta de

receptividad para la

relación interpersonal.

Brazos cruzados sobre el

pecho.

conversación. El cliente

El terapeuta inicia la

no responde. Se echa

hacia atrás en la silla y

cruza los brazos sobre

el pecho.

Evitación de la

relación interpersonal.

Disgusto.

Temblequeo y

retorcimiento de manos.

El cliente expresa su

miedo al suicidio; le

tiemblan las manos.

En voz baja el paciente

expresa su

resentimiento; sacude

las manos al decirlo.

Ansiedad o cólera.

(27)

Aferrarse a un objeto o

cogerse las manos con

fuerza.

Durante la primera

entrevista, el paciente

dice sentirse incómodo;

tiene cogidas las manos

de manera tirante.

El cliente expresa

hostilidad hacia su jefe;

aprieta las manos con

fuerza.

Ansiedad o cólera.

Cólera.

Brazos extendidos.

Brazos y manos

gesticulan.

El terapeuta pregunta y

el cliente gesticula sin

responder.

El terapeuta toca un

tema nuevo. El cliente

responde rápidamente,

con los brazos

relajados.

Acentuar o enfatizar

un aspecto. Apertura

a la relación.

Apertura a la

interacción.

Gestos escasos, los brazos

rígidos.

Durante la primera

sesión, el cliente

responde brevemente.

Los brazos están caídos

a los lados.

El paciente, con los

brazos caídos a los

costados, expresa su

irritación por haber

sido enviado al

psicólogo.

Tensión o cólera.

Cólera.

Piernas y pies en una

postura relajada y

cómoda.

El cliente tiene las

piernas y los pies

relajados mientras

habla libremente de sus

problemas. Los mueve

poco.

Apertura a la relación.

Relajación.

Cruzar y descruzar las

piernas repetidamente.

El cliente cuenta sus

problemas; cruza y

descruza las piernas

repetidamente.

Ansiedad. Depresión.

Taconeo.

El cliente taconea

durante un largo

resumen del terapeuta;

lo interrumpe para

hacer una precisión.

Ansiedad.

Impaciencia. Querer

hacer una precisión.

Piernas y pies tensos y

controlados.

relajadamente de su

El cliente habla

trabajo. Cuando el

terapeuta toca el tema

de su matrimonio sus

piernas se ponen

rígidas.

Tensión o ansiedad.

Estar cerrado a una

interacción amplia.

(28)

El cuerpo completamente

de frente o inclinado

hacia delante.

El cliente cuenta un

problema y mira

directamente al

terapeuta mientras

habla. Continúa igual

cuando el terapeuta le

responde.

Apertura a la relación.

Cambiar la orientación

del cuerpo en ángulo, no

mirando de frente o

repanchingándose en el

asiento.

Dificultades para entrar

en conversación. El

terapeuta pregunta por

las razones. El paciente

gira el cuerpo.

Cierto reparo en la

relación.

Mecerse o revolverse en

el asiento.

miedos relacionados

El cliente cuenta sus

con una situación

conflictiva. Se mece al

hablar.

Dificultades.

Preocupación.

Ansiedad.

Estar tieso. Sentarse

derecho y rígido en el

borde del asiento.

El cliente dice que no

sabe en qué consistirá

la entrevista. Está

sentado muy tieso y

derecho.

Tensión. Ansiedad.

Preocupación.

Hablar en un susurro

inaudible.

silencio. El terapeuta le

El cliente estaba en

pregunta y él responde

en un susurro

inaudible.

Dificultad para hacer

revelaciones.

Cambios en el tono de

voz.

El paciente habla de su

trabajo en un tono

moderado. Al hablar de

su jefe su tono de voz

sube

significativamente.

Los temas de

conversación tienen

diferente significado

emocional.

Tartamudeos, dudas

errores en la

pronunciación.

El cliente habla

rápidamente de sus

sentimientos sobre una

relación. Tartamudea y

comete errores de

pronunciación.

Tema impactante.

Ansiedad o

desagrado.

Habla rápida, lenta o

espamósdicamente.

El cliente comienza la

entrevista despacio,

contando un mal fin de

semana. Al hablar de

los sentimientos sobre

sí mismo habla más

rápido.

Tema impactante o

asuntos con diferente

(29)

Silencio

El cliente entra y el

terapeuta le invita a

hablar. El cliente calla.

El terapeuta hace una

pregunta. El cliente se

para pensar la

respuesta.

Reticencia a hablar o

preocupación.

Preocupación o deseo

de seguir hablando

después de una pausa.

Manos húmedas,

respiración superficial,

sudoración, dilatación de

pupilas, rubor, cuello

congestionado.

El cliente habla de la

interesante perspectiva

de dos puestos de

trabajo. Su respiración

se hace más rápida y

sus pupilas se dilatan.

El cliente cuenta sus

dificultades sexuales.

La respiraciones hace

poco profunda y su

cuello enrojece.

Excitación positiva

(interés) o negativa

(ansiedad o

embarazo)

Ansiedad. Embarazo.

Alejarse.

El terapeuta hace una

confrontación. El

cliente se mueve hacia

atrás antes de

responder verbalmente.

Invasión del espacio

interpersonal.

Incrementote la

excitación. Rechazo.

Acercarse.

A media sesión el

cliente se aproxima al

terapeuta.

Búsqueda de una

interacción más

íntima.

Sentarse detrás o cerca de

un objeto (mesa o

escritorio)

Un cliente nuevo entra

y se sienta en una silla

alejada del terapeuta.

Búsqueda de

protección o de más

espacio.

Sentarse detrás o cerca

del terapeuta sin ningún

objeto en medio.

Un cliente habitual se

sienta cerca del

terapeuta.

Nivel de comodidad

adecuado.

2.2. Ejercicios A) De papel y lápiz

Describe brevemente el posible efecto o significado asociado a cada una de las siguientes conductas no verbales del cliente, teniendo siempre muy en cuenta la situación descrita.

1. Conducta: Contacto visual directo.

Situación: El cliente le ha contado un problema al terapeuta y ha mantenido el

Referencias

Documento similar